Kitabı oku: «Es de sol»

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ES DE SOL

ES DE SOL
Ana Fernández de Nazar Anchorena

Editorial Mater

LID

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Índice

Portadilla

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20


Fernández de Nazar Anchorena, AnaEs de sol / Ana Fernández de Nazar Anchorena. - 1a ed - Buenos Aires : LID Editorial Argentina ; Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editorial Mater, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4467-21-81. Superación Personal. 2. Religión Cristiana. I. Título.CDD 248.46

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ISBN edición digital (ePub): 978-987-4467-21-8

Directora editorial: María Laura Caruso

Edición: MLC Servicios Editoriales

Diseño: Cecilia Ricci

Corrección: Pablo Di Julio

Primera edición en formato digital: marzo de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

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“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,

y yo los aliviaré”.

Mateo 25: 28-29



A mi amado Blas, que es LUZ en las tinieblas de la vida.

A mi querida Amparo, la precursora,

que me dio un corazón nuevo para escuchar

lo que Blas venía a decirnos.

A Pedro, Simón y Santos,

los peregrinos fieles de la vida posible.

Los quiero infinitamente.


Introducción


Este es el relato de mi vida y la de mi amada familia. Es la historia del sufrimiento profundo que nos atravesó y del renacimiento que ensayamos todos los días desde el más hondo de los dolores: el de la muerte de dos de nuestros hijos, Amparo y Blas. Es una historia de lucha implacable, de la batalla sólida que dimos mi marido Pedro y yo, junto a Simón y a Santos, los hijos que nos siguen acompañando en el camino de este lado del mundo.

Quería escribir un libro, pero no sobre la muerte de mis hijos, sino un libro sobre nuestra historia y sobre la senda de transformación hacia una vida nueva, pero sobre todo, hacia una vida posible.

Muchas veces me atreví a intentarlo. Pensaba que era algo que podía hacer bien. Necesitaba ponerle palabras a nuestro camino, pero quería escribir con el corazón, para que otros pudieran abrigar la alegría, la tristeza, las ganas de reír o incluso de llorar a mares leyéndome, empatizando con algo de lo que sentí yo en el momento que me tocó transitarlo.

Durante años había intentado concebir una buena historia, una trama que valiera la pena ser contada. Nunca nada me parecía lo suficientemente bueno o relevante. En general porque me gusta escribir de mí misma. Y no es que mi vida fuera especialmente interesante, sino que narrar lo que nos pasa es terapéutico y tiene un efecto liberador que además es sanador. Supongo será por eso que escribir es una actividad que nunca dejé de hacer, aunque solo quedara en la intimidad de mis notas, llevando un pequeño diario o ensayando escuetas oraciones en alguna libreta linda que llegara a mis manos. Dependía del momento, dependía mucho de lo que estuviera pasándome.

Me di cuenta, una vez, que en general había algo especialmente creativo y fructífero en las etapas de dolor, en los ratos de tristeza y en las noches que parecen largas o más oscuras que las demás. Sé mucho de esas noches, incluso antes de la historia que quiero contarles en este libro. No sé por qué. Quizás Dios me haya ido preparando para el dolor, quizás Dios me fuera moldeando y entrenando sin que yo lo supiera, a lo largo de los primeros años, incluso desde el principio de mi vida.

De modo que buscando una buena historia para contar, la historia me encontró a mí. Nace desde lo más profundo del alma, desde las emociones más intensas y en el estado más puro que pudiera sentir jamás. Se la ofrezco en estas páginas, dándome la posibilidad de sanar también yo, escribiéndola y siendo leída.

Descubrí enseguida que escribir suponía una disciplina que no tenía, porque las oraciones más geniales, verdaderas y llenas de sentido, aparecían siempre cuando no tenía lápiz y papel a mano, mucho menos una computadora. En general se trataba de momentos de mucha introspección y soledad o después de rezar, cuando las emociones y recuerdos venían a mí en forma más ordenada y apacible. Eran ratos en los que caminaba por mi jardín o me hacía un rico café por la mañana. Cuando el alma está absolutamente destrozada, los pequeños placeres de la vida son todo. Cada minúsculo momento que antes parecía trivial y mecánico, se transformaba en un pequeño ritual de sanación y de mucho aprendizaje también. Me preguntaba cuántos cafés había tomado en mi vida, calentitos y al reparo de mi bella cocina, una mañana helada de invierno mientras todos mis hijos estaban a salvo en casa o en el colegio, ¡y yo ni siquiera lo había notado, mucho menos agradecido! Seguramente dirán que esto es propio de las personas que han vivido situaciones traumáticas y que no se puede ir por la vida pensando en la rica comida que acabamos de comer, ni mirar con el asombro de un niño el milagro que representa la vida de nuestros hijos, pero se equivocan. Esto no solo debería salirnos intuitivamente del corazón, sino que además es casi una invitación obligada a ponernos en sintonía con nuestra capacidad de reconocer y venerar todo lo que permite que nuestra existencia tenga sentido y esté tan llena de amor y de paz.

Escribí las primeras líneas sentada en mi cocina y me parece tan acertado; porque de algún modo aquí empezó todo, en esta cocina. Aquí comenzó la historia que intento contarles lo más fielmente posible con este relato.

Capítulo


Conocí a mi marido, Pedro, estando los dos en nuestro viaje de egresados de quinto año. No sé si el amor a primera vista existe, pero sí recuerdo el primer minuto que lo vi. Estaba festejando la llegada al lugar donde íbamos a pasar la siguiente semana y se reía con toda su cara. Mi colegio y el suyo paraban en el mismo hotel. Alguien puso un viejo minicomponente en el pasillo y todas las puertas de los cuartos estaban abiertas, transformando el piso entero en una suerte de gran boliche. Una amiga tomó una foto de ese momento y así conservamos hoy, una imagen de los iniciales y escasos minutos del encuentro. Teníamos diecisiete años y una mezcla perfecta de inocencia e impunidad, cuando todavía nos creemos eternos e invencibles y que el mundo se postra servido a nuestros pies. No creo que sintiera amor al verlo, pero sí pensé que ese chico me gustaba mucho.

Pedro es mi mejor mitad y la persona que me hizo saber quién era yo misma. Suena muy cursi, pero la verdad es que Pedro me permitió mirarme a través de su propia mirada. Me puso enfrente de un espejo y lo que se veía en ese reflejo me gustó mucho, como si no hubiera conocido hasta entonces atributos de mi personalidad que él me dijo que tenía. Pero no solo eso, sino que además a Pedro le encantaban tanto, los descubría y quería con tanta convicción, que finalmente terminé aceptándolos como propios y haciéndolos míos. Somos la antítesis perfecta y cada vez que la vida nos impuso sortear situaciones tristes o problemas graves, supe porqué me había casado con él. Si la frase “me preocupa” es una de las más habituales en mi boca, Pedro podría identificarse con el lema “Dios proveerá”. Él nunca espera que nada malo pase, hasta que las circunstancias le indiquen lo contrario. Es un optimista nato, simple, noble y llano. Pedro ama y sufre con sencillez, con bondad. Nunca tiene pensamientos mezquinos o rebuscados sobre algo o alguien y quizás su peor defecto sea la falta de fuerza de voluntad. Para eso me tiene a mí, que soy tozuda y constante como pocas y con cierta agudeza y sensibilidad especial para percibir el mundo, motivo por el cual Pedro a veces se ve obligado a dar un vistazo con mis ojos, quizás chocándose con alguna realidad dolorosa de la que preferiría no tomar nota.

Unos diez años atrás, Pedro me propuso casamiento. ¡Estaba tan feliz! Había esperado ese día durante el larguísimo tiempo de novios y al fin estaba ocurriendo. Trabajé tres años con una diseñadora de vestidos de novia y por esos días tuve la posibilidad de ver muchísimas mujeres felices que iban a probarse los vestidos con sus mamás, suegras y amigas. El proceso de elegir las telas y el diseño era largo, pero valía la pena cuando quedaba concluido y llegaba el momento de ponerse la prenda terminada por primera vez. Recuerdo que se miraban al espejo y recién ahí se daban cuenta que efectivamente aquello estaba pasando: se iban a casar. Las veía con atención y pensaba que más tarde o más temprano yo sería una de ellas.

Tenía en la cabeza todo lo que quería para mi vestido de antemano. Me fui al centro, a una casa de antigüedades, a buscar lo que necesitaba para hacerlo realidad. Compramos un vestido usado muy antiguo y lindo. Se lo llevé a Laura, la diseñadora para la que trabajaba, capaz de hacer magia con sus manos y con su impronta tan característica. Tenía guardado un camisón viejo, pero alucinante, de encaje. Lo había conseguido por un valor irrisorio algunos años atrás en una tienda de venta de usados en el barrio de Flores. Entonces, Laura encontró la manera perfecta de hacer encastrar las dos piezas y transformarlas en una, increíblemente bella y perfecta, que era exactamente lo que yo quería. Mi vestido estaba en camino y la fecha del casamiento, fijada.

Para ese entonces, tuvimos la suerte de poder comprar una casa gracias a la ayuda de nuestros padres. Empezamos a ver departamentos en la ciudad. Íbamos de un barrio a otro tratando de poner en la balanza metros cuadrados y zona, sin encontrar jamás nada que nos cerrara del todo. Admito que no tenía mucha agudeza para buscar y elegir. ¡Cualquier cosa me venía bien! Se estaba haciendo realidad el sueño de mi propia familia y lo sentía como si la mejor parte de la vida estuviera recién por comenzar.

Finalmente terminamos viendo casas en las afueras de la ciudad y sin darnos mucha cuenta de cómo ocurrió, llegamos a la que sería la nuestra. Aquí pasamos los días más felices y las penas más hondas y profundas también. Las paredes de esta casa guardan la historia de la familia que en ese entonces no había nacido y recibió a dos personas que llegaron siendo casi niños despreocupados; personas que veo lejanas y por las que siento infinita ternura. A veces vuelo con la mente a quienes fuimos y nos abrazo con el pensamiento, dándonos ánimo y fuerza por todo el camino duro que tendríamos que recorrer. Me doy cuenta de que no sabíamos nada de la vida, ni de la valentía de la que seríamos capaces aún en las circunstancias más adversas y desgarradoras que hubiéramos podido vaticinar.

La nuestra es una cocina con casa y no al revés. Pedro trabaja con números en una oficina igual a la de casi todos los demás, pero cocinar es lo que más le gusta en el mundo. Es un cocinero amateur, un aficionado, pero lo hace tan bien como un profesional. Aprendió sin cursos, solo por el placer de hacer, viéndolo quizás a su papá o a las señoras que cocinaban en su casa cuando era chico. De grande acumuló horas y horas de programas de cocina y en casa se fueron apilando los libros del mismo tema. De cualquier modo, personalmente creo que Pedro une los ingredientes casi por intuición. Le sale fácil, simplemente porque disfruta hacerlo.

Ser cocinero lo lleva en el alma y no es estrictamente cocinar lo que Pedro hace; él más bien convoca, invita, hace una linda ceremonia que siempre reúne amigos, familiares, amigos de amigos, o incluso algún desconocido que enseguida sabe incluirlo como si viniera a casa desde siempre. Él me enseñó a querer e improvisar en este arte, cuando venía yo de una larga tradición de comida rápida, delivery o take-away. Me mostró que no era una tarea pesada en lo absoluto, sino algo que se puede hacer charlando y tomando un vaso de cerveza helada durante una noche de calor. Puse empeño y ganas y aprendí varias recetas suyas, incluso creo que tengo algún talento especial en los platos fáciles y de todos los días. Pedro dice que ama mis tartas y ensaladas y entonces yo me inflo de emoción, porque conquisté un espacio que no creía para mí y porque me gusta agasajarlo también, claro.

Cuando entramos a esta casa por primera vez, Pedro me dijo: “Quiero esta cocina”. Por suerte pudimos hacerla nuestra y vino con una casa lindísima incorporada.

El primer año de casados decidimos estar solos, sin hijos. No lo recuerdo como un año especialmente feliz, en contra de todo pronóstico. Vivir lejos de la ciudad, con escasa movilidad y pocos amigos cerca, no fue fácil. Era curioso porque lo teníamos realmente todo y especialmente nos teníamos mutuamente. Éramos jóvenes, con toda una vida por delante, entonces, ¿de qué podíamos quejarnos? El mundo estaba a nuestros pies, aunque a veces dudábamos de eso, dudábamos si queríamos todo lo que teníamos o si tal vez habíamos querido mal. Hablamos alguna noche con música sobre la posibilidad de vender la casa y aventurarnos por el mundo sin rumbo, aunque sabiendo que jamás nuestras tan conservadoras vidas permitirían semejante atrevimiento. ¡Y mucho menos nuestros padres, creo! Teníamos alma de niños tratando de hacer lo correcto y nos veíamos como hijos considerados y buenos. Entonces, en medio de toda esa deliberación, llegó Amparo, nuestra primera hija y también la primera gran lección de nuestras vidas. No podíamos adivinar, en ese momento, ni un minúsculo destello, lo que se avecinaba.

Capítulo


Mientras recordaba los orígenes de mi propia familia, volé con la imaginación mucho más atrás, a mi principio, a aquellos días tan remotos que fueron los primeros de mi vida en este mundo.

Muchas veces escuché el cuento del día en que nací. Seguramente el relato contenga algunos errores pequeños, sobre todo porque cada uno percibe las historias de acuerdo a las circunstancias que más nos llaman la atención, tal vez resaltando algo que a nuestros ojos resulta importante y dejando en el olvido otro tanto que fuera también de valor. Sin embargo, no puedo hacer más que escribirla tal y como la escuché, agitando la memoria e intentando ser lo más fiel posible a la verdad.

Nací un día de enero, estando papá, que es Capitán de Ultramar de la Marina Mercante, afuera, en un viaje que no lo esperó. Así que mamá, acompañada por mis tíos abuelos paternos, llegó una noche al sanatorio, próxima a parir. Era la más pequeña de las dos y última hija que tendría en su vida. Cuando pudieron revisarla, supieron que venía todo al revés. Estaba yo absolutamente dada vuelta y nadie lo supo de antemano, porque hasta el control anterior todo parecía ir como se debe. Presionando ya para salir y siendo imposible ubicar al médico que venía demorado de una comida lejana, la chance de hacer una cesárea quedó trunca, para iniciarse entonces el parto como estaban dadas las cosas. De forma tal que encaré ese primer gran paso de entrar al mundo puesta al revés. A veces me pregunto qué habrá pasado en la vida que transcurre en el interior de las entrañas de nuestra madre, para que me diera vuelta de pronto unos días antes de nacer.

Intentaron apresuradamente sacarme de cualquier manera. Durante algunos minutos, el médico que ya había llegado a las corridas, temió por nosotras, por las dos, pero logró que finalmente franqueáramos el contexto ilesas, al menos con seguridad mamá; tal vez y solo tal vez, también yo.

Resultó ser que el cordón se había enroscado no sé de qué manera, impidiendo el pasaje de oxígeno vaya a saber por cuánto tiempo, siendo imposible en principio evaluar daños si los hubiera. El tiempo diría entonces. Mamá estaba feliz conmigo y no se preocupó demasiado. Mi pequeña hermana claramente no se alegraba tanto, pero de a poco todo iría acomodándose entre nosotras. Papá llegó de viaje el día que nos íbamos del sanatorio y en principio nada parecía indicar que hubiera quedado en mí secuela alguna de la proeza del día del nacimiento. Hasta que la abuela Amanda, la mamá de mi mamá, empezó a mirarme diferente, a mirarme mejor y sospechó que algo no andaba bien. Le parecía que tenía la cabeza siempre de lado y que cada vez estaba más inclinada en forma notoria. Pero como los padres a veces no queremos ver o preferimos no escuchar del miedo que nos da que algo le esté pasando a nuestros hijos, mamá la retó bastante, enojada y pensando que intentaban buscar en su beba algún problema inexistente.

Sin embargo, la advertencia resultó suficiente alarma para despertar las suspicacia de mis padres, que empezaron también a verme más detenidamente, hasta que mamá no solo se dio cuenta de que mi abuela tenía razón, sino que además conectó este hecho con algunas características de mi personalidad naciente. Notó que podía pasar horas y horas en la cuna, muy quieta y tranquila, jugando con alguna cosa, pero que lloraba cada vez que alguien se acercaba a levantarme. Mientras estuviera sola y calmada, todo parecía ir bien, pero el movimiento que resultaba de intentar interactuar conmigo o hacerme upa, lograba que rompiera en llanto como si algo doliera, como si algo me hiciera mal.

Entonces me llevó al médico y le dijeron ahí cortito y al pie, que tenía la clavícula rota desde el día que había nacido. El hueso se había quebrado en el parto, en el intento por sacarme apurados esa noche, sin que aparentemente nadie lo hubiera notado. Los meses habían pasado y, para evitar el dolor o no sentirlo tanto, había ido encontrando alguna posición que me calmara, ladeando la cabeza por días y días, generando como consecuencia de la postura persistente, que los tendones y músculos se encogieran, hasta que la cabeza quedó de costado, inclinada.

Papá estaba furioso y creía que nada de eso hubiese pasado de haber estado él con nosotras ese día, lo que me recuerda que la culpa es un sentimiento que nace en los padres en el preciso momento en que nacen, también, los hijos. Con toda esa furia, fue a ver al obstetra. El pronóstico parecía algo complicado, porque algunos opinaban que la única forma de enderezar la cabeza sería operándome y haciendo algún tipo de cirugía para estirar lo que estaba encogido. Mamá se negaba. Supongo que tenía miedo por mí, tan chiquita y la sola idea de que alguien apoyara un bisturí sobre mi cuello, le parecía espantosa.

En esa entrevista tan cargada de bronca entre papá y el médico, con absoluta sinceridad admitió que aquella noche se había escuchado en la sala de partos un ruido extraño, un pequeño “crac” y que entonces habían decidido hacerme una placa de cadera, porque resulta habitual que los niños que nacen de cola tengan alguna lesión allí. La radiografía estaba perfecta y desestimaron entonces la cuestión, creyendo que nada había pasado. Papá preguntaba confundido por qué no siguieron buscando, por qué no miraron de qué otro lugar podría haber provenido el ruido, pero volver el tiempo atrás no era posible y seguir insistiendo en el asunto, no tenía ninguna razón de ser. Errar es humano. Punto.

Buscaron opiniones varias, hasta que alguien les dio una opción alternativa a la operación. Suponía algún tipo de ejercicio para estirar el cuello y volver a ubicarlo en el lugar, básicamente empujando la cabeza hacia el otro lado, rotándola hasta que lo que estaba encogido, cediera. Empecé con una kinesióloga especialista en niños y más adelante mamá misma había aprendido las maniobras y me las practicaba ella misma. Tomó las riendas de mi recuperación, segura de poder sacarme buena. ¡Y sin bisturí!

Me acostaban en una cama, atravesada y con la cabeza un poco colgando. Alguien me tomaba un rato de las manos para sostenerme, derecha y quieta y empezaban a girar y presionar la cabeza para el costado contrario al que estaba pegada. A Dios gracias no tengo consciencia de aquellas sesiones horrorosas que, aunque lograron exitosamente lo que se proponían, supongo habrán significado ratos de extremo dolor que evidentemente no fueron en vano. Tal vez nada sea casual tampoco y la vida nos vaya haciendo más resistentes para lo que vendrá.

Mi tía Amalia y madrina, que es una persona sensible y probablemente mucho menos determinada que mamá, recuerda siempre con horror los llantos en la quinta donde pasábamos los fines de semana. Se siente orgullosa, diría, de poder contar que jamás cumplió la tarea de sostenerme y que, aunque fuera por mi bien, prefería alejarse mucho para no escuchar o ver. De modo que así se fueron acumulando mis primeros llantos, que fueron tantos y tan intensos que llegaron a dibujar algunos moretones en la panza, de la fuerza que hacía para liberarme, gritar y encoger la cabeza, todo junto y a la vez.

A raíz de esto, empecé entonces a pensar cómo se va formando nuestra psiquis y moldeando con las experiencias que nos ocurren desde el comienzo. ¿Cómo sería yo sin este episodio y otros tantos que me pasaron en la vida? Quizás cada hecho fortuito y aparentemente aislado, tenga que ver con los que sucederán después, incluso cuando no podamos ver nosotros la relación que existe entre ellos, siendo que en realidad constituyen todos una cadena perfecta de sentido, donde cada evento resignifica a los anteriores y les da valor.

El siguiente recuerdo de cuando era chiquita, era el deseo enorme de tener una familia grande y llena de hijos. Jugar a la mamá y al papá era mi entretenimiento preferido en el mundo. Cada cumpleaños pedía un bebote nuevo, que jamás eran suficientes. Tenía cunitas, cochecito, moisés y sillita de comer. Papá viajaba muchísimo por trabajo y nos traía unos regalos increíbles en la época en la que no era tan común llegar a Estados Unidos y encontrar cosas que no se conseguían sino allá.

El día que volvía de viaje, después de haber estado ausente más de tres meses, mamá nos hacía faltar al colegio e íbamos todos en dulce montón al puerto para llegar justo antes de que el barco atracara. Recuerdo esos días con tanta emoción. Lo mejor que tenían era la magia que se respiraba en el aire. Mamá llevaría varias semanas a dieta estricta y anhelaba con tantas ganas el reencuentro, que disponía millones de cosas para que fuera perfecto. Los Fernández eran muchos y los viajes de papá los convocaban a largas noches de fiesta en casa, donde se charlaba hasta tarde, se escuchaba música y se contaban anécdotas del viaje y de lo que había ocurrido en casa mientras él no estaba.

El teléfono sonaba sin parar esa mañana. Mamá corría con el secador de pelo en la mano, a medio vestir y pintar, intentando a la vez cambiarnos a nosotras y peinarnos con moños perfectos: “¡Por favor, no se ensucien! ¡Y no se arruguen los vestidos!”. En cada llamado le recordaba a alguien a qué hora llegaba papá y en que dársena atracaba el barco. Entonces partíamos todos al puerto. Me acuerdo que cuando estábamos cerca y ya empezaba a ver los contenedores apilados y algunos barcos de fondo, sentía ansiedad y emoción; ¡y el olor a barco! Los barcos tienen un olor particular y la cercanía al puerto también: es olor a sal y a aceite, a combustible y a mar; olor a llegada y a partida, a premio después de tanta espera paciente, a recompensa sagrada…, olor a mi papá.

No sé por qué siempre teníamos que esperar muchísimo para subir al barco; por alguna cosa u otra, todo se demoraba. Papá salía a saludar desde la cubierta y cuando mamá lo veía… ¡ese momento era todo! Lo hacían por primera vez después de muchísimo tiempo y mamá estallaba de felicidad. Cuando sos chiquita, ver felices a tus papás es lo mejor que te puede pasar, no solo porque te hace bien su alegría, sino porque te sentís segura. Padres felices son padres capaces de protegerte, por eso la llegada de papá era un bálsamo en nuestras vidas. Finalmente, ponían la escalera y podíamos subir. Mis piernas eran cortas aún y la separación de cada peldaño bastante grande. Me daba miedo y miraba el agua sucia debajo de mis pies que golpeaba contra el borde del casco del barco. Llegábamos arriba y papá nos recibía con sus charreteras doradas y la gorra de capitán puesta. Tengo su perfume grabado en mi nariz, mezclado con algo de humo de cigarrillo, porque en esa época papá todavía fumaba. El abrazo entre mamá y papá era largo.

Entrar al camarote me parecía alucinante. Todo en el lugar tenía una mística especial. Tomábamos algo, había alguna charla rápida para ponerse al día con las noticias que no podían esperar y papá recibía a algunas personas para terminar el papelerío que requería el final del viaje. Entonces, nos llamaba a mi hermana y a mí a su cuarto. Arriba de la cama había una pila enorme de juguetes ordenados y dispuestos para nosotras. ¡No sabíamos por dónde empezar! De los miles de regalos que nos trajo en esos años, recuerdo especialmente estos: unos patines increíbles de cuatro ruedas que generaron una pelea entre mamá y papá (mamá le había pedido expresamente que no los comprara porque le parecían peligrosos y que éramos chicas para poder dominarlos, pero que al final los usamos por años y años y eran bastante fáciles de rodar), unas remeras con unas rockeras estampadas (las llamábamos las remeras con las caras locas y nos parecía lo más transgresor que podíamos ponernos) y unas cajitas con figuras de cerámica de chinitos (ese fue el viaje más largo de papá, a China. En ese momento todo lo que trajo me pareció aburrido, nada que ver con las maravillas que se podían conseguir en Estados Unidos y hoy lamento no tener esas cajas de cartón bellísimas con el sinfín de chinitos cuidadosamente pintados adentro). Pero ninguno de ellos me ponía tan feliz como recibir una muñeca. Daba una mirada rápida a los paquetes y buscaba ansiosa alguno que tuviera el tamaño para contener una adentro. Si papá decía que ese viaje no me había traído otra porque ya tenía demasiadas, tragaba con desilusión forzando la cara de alegría por todo lo demás. Y es que para mí nunca serían suficientes muñecas. Amaba peinarlas, vestirlas, cuidarlas y estar con ellas. Me daba un trabajo enorme que mi hermana quisiera jugar conmigo. A ella le interesaban las trepadoras. Y se ponía nerviosa cuando accedía y me preguntaba: “¿Qué muñeca va a ser tu hija?”. Y yo le contestaba: “Todas, todas ellas”. El sueño de tener muchos hijos siguió para siempre, no lo abandoné jamás. Y al día de hoy, le agradezco a Dios haberme dado la posibilidad de cumplirlo.