Kitabı oku: «Panza de burro»



Andrea Abreu
Andrea Abreu nació en 1995 en lo alto de un pueblo, siempre nublado, del norte de Tenerife. Creció entre gatos y flores de bruja y, al cumplir los dieciocho, comenzó sus estudios de periodismo en la Universidad de La Laguna (ULL). Después de incontables cambios de residencia, se mudó a Madrid en el verano de 2017, para cursar el Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Desde entonces, ha sido becaria, camarera y dependienta de una famosa marca de lencería.
Como periodista, ha escrito para la sección de Cultura del diario 20 Minutos y para diferentes medios, como Tentaciones (El País), Oculta Lit, LOLA (BuzzFeed), Quimera o Vice. Sus textos literarios han sido incluidos en varias revistas digitales y en papel. También en antologías como Macaronesia, de La Galla Ciencia; Los muchachos ebrios, antología de poesía jovencísima transoceánica, de La Tribu, o Piel fina. Poesía joven española (Maremágnum, 2019). Es autora del poemario Mujer sin párpados (Versátiles Editorial, 2017) y del fanzine Primavera que sangra (2017), un breve análisis poético sobre su relación con el dolor menstrual, que aparecerá este mismo año en la editorial Demipage. Ha participado en varios eventos literarios, como el festival cordobés de poesía Cosmopoética 2018 y es codirectora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. El pasado 2019 fue ganadora del accésit del XXXI Premio Ana María Matute de narrativa de mujeres. Panza de burro es su primera novela.


Vasca de nacimiento (San Sebastián, 1984), pero criada en Tenerife, vive en Madrid desde hace más de quince años. Ha sido vendedora de seguros, camarera, guionista, reportera, creativa de televisión y publicidad, locutora y cortadora de marihuana. También ha colaborado y colabora en El País, Cinemanía, eldiario.es, Oculta Lit, Vice, Salvaje, El Comidista, Notodo, Infolibre, Hoy por hoy y El Estado Mental, y ha entrevistado a personalidades tan dispares como La Veneno, Elvira Lindo, Eduard Limónov, Joaquin Phoenix o Cicciolina.
En 2017 la editorial Fulgencio Pimentel publicó su novela Las niñas prodigio, ganadora del Premio Javier Morote, otorgado por el CEGAL y seleccionada por New Spanish Books, que posteriormente ha sido publicada en portugués por la editorial Kalandraka. Asimismo ha participado en la antología La errabunda (Primer tratado ibérico de deambulología heterodoxa), editado por Lindo&Espinosa y en la antología Tranquilas. Historias para ir solas de noche, editada por Lumen. Además, también en 2017, tuvo lugar su charla TEDx Escapar de la niña prodigio (que se puede encontrar en Youtube), y en 2018 y 2019 participó en las Converses Literàries a Formentor.
Actualmente imparte clases de escritura en los Talleres de Escritura Fuentetaja. Editar Panza de burro, de Andrea Abreu, ha sido una de las experiencias más felices de su vida.
Título original: Panza de burro
Primera edición: junio de 2020
© del texto: Andrea Abreu
© del prólogo y la edición del texto: Sabina Urraca
© de la fotografía de cubierta: Alessandra Sanguinetti. Magnum Photos
© de la fotografía de la biografía de Andrea Abreu: Alex de la Torre
© de la edición: Editorial Barrett | www.editorialbarrett.org
Comunicación y prensa: Belén García | comunicacion@editorialbarrett.org
Impresión: Estugraf
ISBN: 978-84-121353-7-4
Depósito legal: SE 473-2020
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Siéntense en esta silla plástica, misniños
por Sabina Urraca
En el momento en el que escribo esto, hace dos días que Andrea Abreu y yo terminamos de editar la que parece que será la edición definitiva de Panza de burro. En realidad, nunca se sabe cuánto puede alargarse la edición de un libro. A día de hoy creo que si un manuscrito enamora al editor hasta el enloquecimiento, es posible que este continúe editándolo hasta el infinito, enredándose en palabras, retocándolo, eliminando frases, intentado que permanezca solo lo esencial, hasta terminar borrándolo. Este borrado no tendría una connotación negativa, sino todo lo contrario: hay veces en las que he llegado a pensar que Panza de burro no era un libro, sino más bien un largo y poderoso exabrupto, un estallido de emoción a las faldas de un volcán, un corazón de mirlo latiendo bajo la tierra. He pensado que podría expresarse a través de un grito en una playa. Y nada más.
Panza de burro ha sido mi primera experiencia como editora y aún estoy impresionada por el proceso, como recién bajada de los cochitos locos de la feria, un poco manoseada de tantos empujones. Editar un libro que me gusta tanto me ha parecido lo mismo que adoptar un animal extraño de un país exótico: lo acoges en tus brazos con miedo de que te ataque, comienzas a amarlo cada vez más, lo abrigas, lo bañas, le das de comer, lo despiojas. Sabes que va a estar siempre contigo, que lo vas a amar locamente, aunque, al mismo tiempo, tienes siempre presente que proviene de un lugar lejano. Hay un secreto que subyace en cualquier gesto tierno de la bestia. No te pertenece. A veces te asusta. Hay en ese animal un eterno misterio sin resolver. Tú solo puedes cuidarlo. Lo amas tanto que lo único que quieres es adiestrarlo lo mínimo, lo justo y necesario para que los demás lo amen tanto como tú. Eso ha sido editar Panza de burro: observar a la bestia con fascinación, verla crecer capítulo a capítulo y que de pronto enseñe los dientes, dejándome paralizada de belleza.
En el momento en el que escribo esto —me repito, pero es que me emociona repetirlo— hace dos días que Andrea y yo terminamos la edición del libro, tras una jornada de desayuno-comida-merienda, con pequeñas pausas para hablar de cosas que no eran el libro, pero contaminadas constantemente por él («Esto lo dejamos así, shit»). Ahora subo a la sierra de Madrid en coche con mi novio. Me siento, en cierta manera, satisfecha, y pienso que merezco este descanso. Lo subrayo porque hay pocas veces en las que crea que me merezca un descanso, pero, justo ahora, subiendo a la sierra helada, me siento genuinamente feliz al pensar que he puesto mi fuerza en algo tan bello. Como la adolescente que mira una y otra vez los mensajes de alguien que le gusta, no puedo dejar de ojear en mi móvil el documento de Google Drive. Le digo a mi novio: «¿Quieres que te lea los primeros capítulos de Panza de burro?» Y empiezo. Al tercer párrafo, una emoción ácida me sube por la mandíbula, mi voz empieza a chapotear y lloro. Incapaz de leer, apoyo la cabeza en el cristal del coche, miro afuera y recuerdo.
Hace año y medio, en aquel taller de Fuentetaja en el que yo era profesora y ella alumna, Andrea acababa de terminar un máster, trabajaba en un periódico en el que la exprimían, solía llegar apurada, con los deberes sin hacer. A veces conseguía abstraerse de toda la prisa y las presiones, y entonces sus escritos brillaban. La primera vez que apareció el personaje de Isora fue allí: Isora alongada al precipicio inverso del váter, su cadenita de la virgen de Candelaria pendiendo sobre un agua que iba a dar a las profundidades del Atlántico.
Esa misma noche, recordando el texto, sentí un destello de hambre editorial, un letrero luminoso que decía (disculpen mi vulgaridad): «Literatura millenial canaria». Un chisporroteo de todo lo nuevo y ultrafresco y jamás-publicado-antes que ese escrito anunciador podía contener. Para entendernos: de lo que me di cuenta en ese instante era de que nunca había leído literatura actual, joven, vibrante, que transcurriese en la isla en la que me había criado, que aprovechase su magia lingüística, que mostrase su extrañeza, su mezcla esquizoide. Siempre, desde que llegué a Madrid desde Tenerife, sentí una especie de rabia sorda al percibir que en el exterior se sabía más bien poco de las islas, y que mucho de lo que se sabía estaba de alguna forma errado o incurría en lugares comunes.
Reconozco que al principio, cuando Panza de burro solo había crecido unos capitulitos, pensé que sería una novela sencilla y hermosa que abriría un hachazo en esa tela de invernadero que parecía ocultar un imaginario y un mundo que debían ser mostrados. Más adelante, la grandeza del libro, la inteligencia y el salvajismo de Andrea, su pulso poético y su falta total de miedo hicieron trizas la rafia, y quedó a la vista una plantación intrincada, dolorosa, inmensa, nada sencilla. Hice la primera edición en un salón de Lisboa, y creo que fue allí cuando me di cuenta de que el libro era mucho más grande de lo que imaginé. También, y esto es importante, sentí envidia. Una envidia por la imposibilidad de escribir yo algo así. Yo, eternamente mestiza vasco-canaria a pesar de haber pasado toda mi infancia en la misma isla en la que transcurre Panza de burro, a pesar de conocer y amar ese mundo tan valioso y tan lleno de flor y fruto y veneno que he vivido, pero que no puedo explicar. Ojalá siempre se editara con envidia. Quizás los psicoterapeutas de la edición nieguen preocupados con sus batas blancas impolutas; es posible que este estado mental en la persona que edita se trate de un desorden peligrosísimo, pero yo le estoy eternamente agradecida a la envidia que me empujó y me empuja ahora.
Quiero decir esto. Quiero decir esto porque nunca se dice, y es importante: la gente se pregunta cómo se escribe una novela, cómo se logra sacar adelante y editarla y hacer una nueva versión y eliminar un capítulo o dos, e imagina quizás una estampa bucólica. Sentiría que no estoy siendo justa y sincera y que estaría callando cosas importantes si no dijera que a veces yo quería más capítulos y me impacientaba, y se los pedía a Andrea, que trabajaba de dependienta en una tienda de lencería y estaba agobiada y agotada, y cuando al fin me los enviaba, yo estaba en Benidorm haciendo un tour de verano enloquecedor de periodismo inmersivo, teniendo que pasar todo el día en una plataforma marina de la playa, menstruando al sol, y no podía leer esos capítulos que tanto había pedido. Panza de burro es, por tanto, una novela escrita a-pesar-de, en-contra-de, e inevitablemente atravesada por la precariedad y la urgencia. No son estos datos que afecten a la forma de la novela, pero hay fondos que no se pueden obviar.
Dice José Luis Morales, escritor canario, en el prólogo de su libro Sima Jinámar, refiriéndose a la narrativa sudamericana que liberó de ataduras y casi creó un canon en el que más tarde Sima Jinámar se apoyó, que «a la lengua que habla tanto, que dice tantas cosas, se le prohíbe prácticamente hablar». Recuerdo con gran emoción un día, cuando la novela aún no estaba terminada y yo iba leyendo el libro desmenuzado, capítulo a capítulo, como la gotita que cae de la destiladera de arenisca y va determinando la forma de la piedra. Ese día dejé de preocuparme y dije con voz firme: No pongamos glosario. ¡No pongamos glosario! Andrea estuvo de acuerdo. Sentí que estábamos reivindicando con la naturalidad de Rita Indiana o Cortázar o quien sea, clamando por que la literatura sea un fluido que se cuele en el cerebro de forma compacta, sin detenerse en un eventual tropezón lingüístico. Que se lea como se escucha una canción, una canción en un idioma extraño que el cerebro, a fuerza de escucharla, vaya desentrañando. Además, casi nadie quiere viajar a un lugar donde lo entienda todo perfectamente.
Pero huyamos de lugares comunes fácilmente explotables por los medios: Panza de burro no es una historia que refleje el habla canaria, porque es solo el habla de un lugar concreto, de un barrio concreto, de dos niñas concretas, de cien viejas concretas. En el proceso de edición, he sentido una identificación con su habla, ciertos momentos de comunión absoluta, pero también la extrañeza excitada de quien mira un animal desconocido —de nuevo la bestia salvaje siendo adoptada— pues la infancia de Andrea —o quizás debería decir la infancia de Isora y la protagonista— transcurrió a una hora y media en guagua de la mía —no es lo mismo La Laguna que los altos de Icod— y a once años menos de la mía (para entendernos: el día que cayeron las Torres Gemelas, vi el fuego en televisión mientras sentía entre las piernas el ardor gozoso de la reciente pérdida de la virginidad, y ese mismo día Andrea tenía solo seis años y no entendía por qué no ponían en la tele el programa que le gustaba y en cambio sí ese fuego). Es decir, Panza de burro no puede ser un canon del habla canaria —son tantas personas, son tantos momentos distintos— sino más bien una invitación a un ritual en el que no se conoce a mucha gente.
Si tuviera que describir o invitar a alguien a leer Panza de burro, a pasar a ese patio de helechos arrebatados, a sentarse en esa sillita plástica para que se le metiese el demonio dentro, para llenarse —en lugar de vaciarse— de pasiones y envidias, no sabría cómo hacerlo, la verdad. Si tuviera que definir el libro delante de un público, no sabría cómo hacerlo sin llorar un poco, la verdad. Panza de burro es una novela febril. Contamina. Este párrafo, de hecho, está absolutamente manchado de su estilo, ensuciado. Como el chorro de sangre que cae en el agua de una tarjea que pasa por el barrio más alto del pueblo más alto, a las faldas del vulcán. Solo puedo decir: Déjense envenenar, misniños. A Lucía Díaz López, la hermana que siempre quise.
A Lucía Díaz López, la hermana que siempre quise
Tan echadita palante, tan sin miedo
Como un gato. Isora vomitaba como un gato. Jucujucujucu y el vómito se precipitaba dentro de la taza del váter para ser absorbido por la inmensidad del subsuelo de la isla. Lo hacía dos, tres, cuatro veces por semana. Me decía me duele un montón aquí, y se señalaba el centro del tronco, justo en el estómago, con su dedo gordo y moreno, con su uña chasquillada como por una cabra, y vomitaba como quien se lava los dientes. Jalaba del agua, bajaba la tapa y con la manga del suéter, un suéter casi siempre blanco con un estampado de sandías con pepitas negras, se secaba los labios y continuaba. Ella siempre continuaba.
Antes nunca lo hacía delante de mí. Recuerdo el día en que la vi vomitar por primera vez. Era la fiesta de fin de curso y había mucha comida. Por la mañana, la colocamos encima de las mesas de la clase, todas unidas, con papelito de fiestita de cumpleaños por encima. Había munchitos, risketos, gusanitos, conguitos, cubanitos, sangüi, rosquetitos de limón, suspiritos, fanta, clipper, sevená, juguito piña, juguito manzana. Jugamos a los borrachos dentro de la clase e íbamos dando tumbos agarradas Isora y yo de los hombros, como dos maridos que le habían puesto los cuernos a las mujeres y ahora se arrepentían.
Se terminó la fiesta y llegamos al comedor y todavía había más comida. Las cocineras nos hicieron papas con costillas, piñas y mojo, la comida preferida de Isora. Y cuando pasamos con nuestra bandejita de metal, con nuestro panito, nuestro vasito de agua empozada (que sospechábamos que era del grifo, a pesar de que en la isla no se podía beber) y nuestros cubiertos y nuestros yogures Celgán, las maestras del comedor nos preguntaron que si mojo rojo o mojo verde e Isora respondió que mojo rojo, y yo pensé que qué echadita palante, mojo rojo, y no tiene miedo de que sea picón, no tiene miedo de comer cosas de gente grande, y que yo quiero ser como ella, tan echadita palante, tan sin miedo.
Nos sentamos en la mesa y comenzamos a comer a la velocidad a la que se tiraban los chicos con las tablas de San Andrés. No había gomas al final de la cuesta. Los chorros de mojo deslizándose por nuestras barbillas, las trenzas aceitosas de meter los pelos dentro del plato, los dientes llenos de trozos de millo y orégano, cagadas de paloma blanca, como llamaba Isora a la comida de los dientes. Y mientras tragábamos yo ya sentía una tristeza como un estampido, una agonía en la boca del estómago, la boca seca como después de haber comido leche en polvo mesturada con gofio y azúcar. En verano no íbamos a poder salir del barrio, la playa estaba lejos. No éramos como las otras niñas que vivían en el centro del pueblo, nosotras vivíamos en medio del monte.
Isora se levantó de la silla y me dijo shit, vamos pal baño.
Yo me levanté y la seguí.
La hubiese seguido al baño, a la boca del volcán, me hubiese asomado con ella hasta ver el fuego dormido, hasta sentir el fuego dormido del volcán dentro del cuerpo.
Y la seguí, pero no fuimos al baño del comedor, sino al de la segunda planta, donde no había nadie, donde decían que vivía una niña fantasma que se comía los roletes de las chicas que se copiaban de la tarea.
Hice pipi y me aparté para que hiciera Isora. Lo hizo y, después de subirse los pantalones, después de ver su pepe peludo como un helecho abriéndose en el suelo del monte, se alongó sobre lo blanco del váter, estiró el dedo índice y el medio y se los metió dentro de la boca. Nunca había visto algo así. Aunque en realidad en esa ocasión tampoco lo vi. Me viré pal espejo. La escuché toser como un animalito pequeño y desnutrido, me vi los ojos grandes, dos puños reflejados en el cristal. Mi cara asustada, un miedo que me mordía la piel por dentro, la garganta de Isora quemándose y yo sin hacer nada.
Escuché el vómito.
En mi cabeza imaginé su cadenita de la Virgen de Candelaria colgando de su cuello, colgando sobre el agua que después arrastraría todo lo que había arrojado.
Un fisquito namás
Doña Carmen, usté hace sopa magi, la de sobre?, le dijo Isora a la vieja. No, miniña, por qué? Dice mi abuela que la sopa magi es sopa de putas. Ah miniña, pues no sé. Yo la sopa que hago la hago de las gallinas que yo tengo. Doña Carmen estaba virada de la cabeza pero era buena. Casi todo el mundo la despreciaba, porque, como decía abuela, tenía cosas de guárdame un cachorro. Doña Carmen se olvidaba de casi todas las cosas, pasaba largas horas caminando y repitiendo rezados que nadie conocía, tenía un perro con los dientes de abajo salidos pafuera, salidos pafuera como los de un camello. Perro sato, perro sato, jala y que te cargue el diablo, le decía. A veces le posaba la mano sobre la cabeza con cariño, otras le gritaba juite, perro, juite, perro del demonio. Doña Carmen lo olvidaba casi todo pero era una mujer generosa. Le gustaba que Isora la visitara. Vivía por debajo de la iglesia, en una casita de piedras pintadas de blanco con la puerta pintada de verde y las tejas viejas y llenas de mujo y de lagartos y de lonas de zapatos viejos traídos de Caracas, Venezuela, y de verodes grandes como arbolitos. Doña Carmen lo olvidaba todo menos pelar las papas, eso sí sabía, las pelaba en círculos, las ponía de canto y con un cuchillo con el cabo de madera les sacaba la cáscara como un collar enorme. Doña Carmen hacía papas fritas con güevos para merendar. Isora le llevaba las papas y los güevos de la venta de la abuela y ella guardaba un poquito pa la merienda de Isora. Guardaba un poquito pa la merienda de Isora y si yo iba pues también me daba. Me daba, pero a mí doña Carmen no me quería tanto como quería a Isora, eso ya yo lo sabía. Isora sabía hablar con las viejas. Yo me limitaba a escuchar lo que se decían. Ustedes quieren un fisquito café, misniñas? A mí no me dejan beber café, le respondí. Yo sí, un fisquito, dijo Isora. Un fisquito namás. Ella siempre un fisquito namás. Lo probaba todo. Una vez comió comida de perro de la que había en la venta para saber lo que se sentía. Ella lo probaba todo y después si era necesario lo vomitaba. Yo tenía miedo de que mis padres me olieran el café de la boca y me arrestaran, pero Isora nunca tenía miedo. No tenía miedo aunque la abuela la amenazara con meterle un leñazo. Ella pensaba que la vida solo era una vez y que había que probar un fisquito siempre que se pudiese. Y un fisquito de anís, miniña? Un fisquito namás. Un fisquito namás. Un fisquito namás, decía.
Isora se tomó la gotita de café que le quedaba a la taza de la que estaba bebiendo doña Carmen y, directa, alargó el brazo para coger el vasito que la vieja había servido con anís del mono. Isora eructó, eructó como cinco veces seguidas. Y luego bostezó. Y en ese momento, doña Carmen la agarró por la barbilla y le miró los ojos, aquellos ojos verdes como uvas verdes. Escarbaba en sus ojos lagrimosos como quien saca agua de una galería. La vieja se quedó asustada: miniña, tú sabes si alguien te tiene envidia? Isora permaneció inmóvil. Por qué doña Carmen? Qué pasó? Miniña, tú tienes mal de ojo. Vete por Dios a cas Eufracia a que te santigüe. Díselo a tu abuela, que ella sabe desas cosas y que te lleve a echarte un rezado.
Al salir por la puerta estaba puesta la novela de las cinco. A esa hora del día, una cubierta de nubes enorme se posaba sobre los tejados de las casas del barrio. Ya no daban Pasión de Gavilanes, ahora daban La mujer en el espejo. La protagonista era la misma mujer que Gimena la de Pasión, pero a Isora y a mí no nos gustaba tanto. Era junio, en el barrio todavía no habían puesto los papelitos de colores de las fiestas y faltaba mucho para que los pusieran. Desde la ventana de la entradita de doña Carmen se podían ver el mar y el cielo. El mar y el cielo que parecían la misma cosa, la misma masa gris y espesa de siempre. Era junio pero podía haber sido cualquier otro mes del año, en cualquier otra parte del mundo. Podía haber sido un pueblo de monte del norte de Inglaterra, un lugar en el que casi nunca se viera el cielo abierto y azul azul, un sitio en el que el sol fuera más bien un recuerdo lejano. Era junio y hacía solo un día que las clases habían terminado, pero yo ya estaba sintiendo ese agotamiento inmenso, esa tristeza de nubes bajas sobre la cabeza. No parecía verano. Mi padre trabajaba en la costrusión y mi madre limpiando hoteles. Trabajaban en el Sur y a veces mi madre también iba a limpiar las casas rurales del barrio, al ladito mi casa, en El Paso del Burro. Salían temprano pal Sur y volvían tarde. Isora y yo nos quedábamos encerradas en un conjunto de casas, pinos y calles empinadas en lo alto del pueblo. Era junio y yo ya estaba sintiendo la tristeza. Y ahora, ahora también el miedo.
Cuando salimos por la puerta de doña Carmen un gusano me recorrió la garganta. Ese gusano negro me decía que alguna vez yo había envidiado a Isora. Me gustaba el color de su pelo y el de sus brazos. Me gustaba su letra. Hacía unas g con un rabo gigante que no dejaba que se entendiese lo que decía en la línea de abajo. Me gustaban sus ojos y tantas otras cosas. La envidiaba por cómo le hablaba a la gente grande. Era capaz de interrumpir las conversaciones y decir no, Moreiva es hija de Gloria la de la curva, no de la otra Gloria. La envidiaba por sus tetitas redondas y blanditas como una gomita con azuquita blanca, aunque a ella no le gustaban. Y porque tuviese la regla y porque tuviese pelos en el pepe. Isora tenía un monte de pelo negro tieso y picudo, como el cespe falso de las casas rurales. La envidiaba por su tarjeta de juegos para la guenboi, que le pirateó un primo segundo suyo que era informático y vivía en Santa Cruz. La envidiaba porque la tarjeta tenía el juego de Hamtaro y a mí me encantaba el juego de Hamtaro.
Isora no tenía madre. Vivía con su tía Chuchi y con su abuela Chela, la dueña de la venta del barrio. De que no tuviera madre, de eso no tenía envidia, la verdad. De que no tuviera madre y de que la cuidaran la tía y la abuela, no tenía envidia, la verdad. De lo que tenía entonces miedo, la verdad, era de que le dijeran que yo le hice mal de ojo. Chela, la abuela de Isora, era una mujer que creía mucho en esas cosas. Si se enteraba de que yo le había hecho eso a la nieta, me escachaba la cabeza. La abuela de Isora era una mujer gorda y bigotuda. Gorda y bigotuda y peleona. En realidad se llamaba Graciela, pero todo el mundo la llamaba Chela la de la venta. Era muy religiosa pero muy malhablada. Y por ser tan religiosa también la llamaban Chela la santa. Chela la santa porque todo el tiempo libre que tenía, que era muy poco, lo dedicaba a rezar y a hablar con el cura y a decorar la iglesia con orejas de burro y helechos que cortaba de por fuera la casa, y matas de lluvias, lluvias como pelusas blancas cayendo del cielo. Luego por otro lado, a la abuela de Isora le encantaba explicarnos a todas las niñas cosas sobre la gordura. O sobre la flacura, más bien. Para estar flaca hay que comer de un plato más pequeño, decía, y para estar flaca hay que comer menos papas fritas, y una papa frita es como comerse dos papas guisadas, y lo que tienen que hacer esas cachoputas es dejar de comer tanta golosina, y lo que le voy a dar a esa niña es un rebencazo pa que deje de comer mierdas, y yo tengo a la niña a dieta porque ya se está poniendo cachorrona, y si la dejo se me desbarata, y come y come gomitas y se engorda como una bestia, y comicomi y después le da cagalera y se pasa tres días en el cuartobaño como los abobitos, y comicomi después la siento arrojando, la cabrona se arroja toda y con cagalera, y come y caga y arroja y luego se manda los fortasé como si fueran una gomita, y come y caga y caga y caga y arroja la muy animalita y cuando se istriñe que parece que no le cabe una paja pol culo se pone los supositorios pa cagar otra vez. Y se me va a poner enferma y se me va a enfermar de tanto comer, esta niña, esta muchacha del diablo.
Isora odiaba a la abuela con todas sus fuerzas. En el colegio aprendió una vez que bitch significaba puta, y desde entonces siempre que la abuela le decía que si le lleves a Doña Carmen los güevos y las papas, que le cobres a la mujer, que le traigas dos cajas de muslos a la chica, cuatro panes, dosientos gramos de queso amarillo, dosientosincuenta gramos de queso cabra, que le pongas un trozo dulce guayabo a la chica, un saco papas, súbele unas gambas, que le cobres al estranero, que tú sabes hablar inglés, que yo solo sé hablar cristiano, Isora le respondía vale, bitch, ya voy, bitch, de acuerdo, bitch, lo que tú me pidas, bitch, gracias, bitch, alguito más, bitch? Y la abuela la miraba como desconfiada pero Isora le decía que bitch significaba abuela en inglés.
En la venta también trabajaba Chuchi. Chuchi, la tía de Isora, la segunda hija de Chela. A Chuchi todo el mundo la llamaba Chuchi pero nadie sabía cómo se llamaba en realidad. Chuchi tenía los ojos verdes como Isora, pero con manchas como de café derramadas en lo blanco. Como de café en el fondo de la taza. Chuchi era alta, flaca, de patas largas, chupada, seca. No se parecía a Isora sino en los ojos. Nunca nadie la había visto con un novio y no tenía hijos. Chuchi también era mucho de estar en la iglesia, pero su sueño no era ser santa, como su madre, sino vendedora. Durante un tiempo estuvo vendiendo pinturas para la cara y cremas y jabones para el pelo y jabones para el cuerpo a las vecinas del barrio. Iba con su ropa de secretaria, con una chaqueta verde, como sus ojos verdes, y una falda verde, como los ojos de Isora verdes, y unas botas marrones con tacón cuadrado y una carpeta con las revistas de Avon en las que mostraba los produtos, casa por casa. La madre le decía a la gente que la hija se le estaba echando a perder, porque estaba como los cueros, todo el día en los caminos.
Subimos por la carretera hasta pasar por delante de la venta. Isora no se paró a decirle nada a la abuela. Onde irán ustedes? Ustedes no caben en casa?, nos gritó Chela con el mostrador lleno de gente. Que lo único que hacen es estar juroniando poray! Isora siguió subiendo la cuesta como si nada. Yo la seguí y miré a Chela y a Chuchi. Chuchi picaba embutidos con la cabeza agachada, escuchando los rezados de Chela, como con un peso en la punta del cuello, el cernícalo posado en los huesos de la espalda que era la presencia pesada de la madre. Vamos pa cas Eufracia a que me eche el rezado, pa que la bitch esa no se entere, me dijo Isora. Y de nuevo el gusano negro. Yo sabía más bien poco sobre el mal de ojo. Sabía que a los niñoschicos, que están rojos y calvos y feos y sin dientes y con la cabeza llena de costras, les ponían un lacito rojo en el carro porque las madres y las abuelas tenían miedos. Miedos, decía abuela, del mal diojo. Si la gente miraba a los niñoschicos mucho rato a los ojos o les decían muchas cosas bonitas, que qué niño tan guapo, dios lo guarde, dios lo guarde, cuánto tiempo tiene, qué guapo, las madres y las abuelas se ponían más tiesas que la pata de un muerto. Cuando abuela veía un bebé recién nacido lo primero que hacía era hacerle la señal de la cruz y repetirle Dios lo guarde y lo bendiga de los pies a la barriga. De los pies a la barriga y de ahí parriba nada, pensaba yo. Entonces yo creía que el mal de ojo se lo hacían en esa zona del cuerpo, en la zona del pepe y del culo y de los pelos de las piernas, que yo quería que mi madre me afeitase y no me afeitaba. Isora y yo hacíamos muchas cosas por esa zona del cuerpo, la de los pies a la barriga. La zona del pepe, sobre todo. Entonces a lo mejor el mal de ojo tenía que ver con eso. Pero me callé y no lo dije, me callé y seguimos caminando.