Kitabı oku: «El juicio de Miracle Creek (versión española)»
EL JUICIO DE MIRACLE CREEK
ANGIE KIM
Traducción: Constanza Fantin Bellocq

“Donlea mantiene a sus lectores adivinando todo el tiempo. Las vueltas de la historia son inteligentes y atrapantes, para fans que disfrutan de las historias de misterios con giros inesperados”.
—Library Journal.
“Mejor thriller judicial del año”.
—Amazon
“Asombroso debut literario sobre los padres, los hijos y la inquebrantable esperanza de una vida mejor”.
—The Washington Post.
“Un fascinante estudio sobre la maleabilidad de la verdad”.
—The New York Times.
“Un cautivante debut literario... con una prosa clara y firme, y una penetrante inteligencia emocional”.
—Los Angeles Times.
“Una prosa maravillosa, conmovedora, verdadera, sencilla pero original y profundamente humana, con imágenes y descripciones sorprendentes, y, al mismo tiempo, de inmediata identificación con el lector”.
—Trini Vergara, editora.
Título original: Miracle Creek: A Novel
Edición original: Sarah Crichton Books
© 2019 Angela Suyeon Kim
© 2021 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2021 Motus Thriller
www.motus-thriller.com
España · México · Argentina
ISBN: 9788418711022
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
El Juicio de Miracle Creek
Elenco de personajes
El Incidente
Un Año Después El Juicio: Primer Día
Young Yoo
Matt Thompson
Teresa Santiago
Pak Yoo
Matt
Young
Mary Yoo
Elizabeth Ward
El Juicio: Día Dos
Matt
Young
Teresa
Elizabeth
Matt
Mary
Janine Cho
El Juicio: Día Tres
Pak
Young
Teresa
Elizabeth
Young
Matt
El Juicio: Día Cuatro
Janine
Matt
Young
Matt
Elizabeth
Matt
Teresa
Elizabeth
Matt
Elizabeth
Pak
Mary
Young
Después
Young
Agradecimientos
Si te ha gustado esta novela...
Angie Kim
Sinopsis
Manifiesto Motus
Para Jim, siempre y para Um-ma y Ap-bah, por todos sus sacrificios y su amor.
Oxigenación hiperbárica: también llamada oxigenoterapia hiperbárica; es la administración de oxígeno a una presión atmosférica mayor de la normal. El procedimiento se realiza en cámaras especialmente diseñadas que permiten respirar oxígeno puro en condiciones hiperbáricas, es decir, a presión barométrica o atmosférica tres veces más alta que la normal… Algunos factores que limitan la utilidad de la oxigenación hiperbárica son los riesgos de incendio y descompresión explosiva…
Diccionario de Medicina Mosby, 2013 (9ª edición).
Elenco de personajes
Propietarios de Miracle Submarine SRL
La familia Yoo
Pak Yoo, inmigrante coreano; técnico hiperbárico certificado y propietario de Miracle Submarine SRL, centro de Oxigenoterapia Hiperbárica (OHB) ubicado en Miracle Creek, Virginia.
Young Yoo, esposa de Pak y copropietaria de Miracle Submarine.
Mary, su única hija.
Pacientes de Miracle Submarine
La familia Thompson / Cho
Matt Thompson, médico radiólogo y primer paciente de Miracle Submarine, en tratamiento por infertilidad.
Janine Cho, esposa de Matt, consultora médica de Miracle Submarine .
Sr. y Sra. Cho, padres de Janine y suegros de Matt, inmigrantes coreanos, amigos de la familia Yoo.
La familia Ward
Elizabeth, madre divorciada, ama de casa.
Henry, el único hijo de Elizabeth, en tratamiento por autismo.
Víctor, exmarido de Elizabeth y padre de Henry.
La familia Santiago
Teresa, madre divorciada, ama de casa.
Rosa, la hija adolescente de Teresa, en tratamiento por parálisis cerebral.
Carlos, hijo menor de Teresa, hermano de Rosa.
La familia Kozlowski
Kitt, madre casada, ama de casa, con cinco hijos.
TJ, su hijo menor y único hijo, en tratamiento por autismo.
Participantes en el juicio
Frederick Carleton III, el juez.
Abraham Patterley (Abe), el fiscal.
Shannon Haug, abogada defensora principal de Elizabeth Ward.
Anna y Andrew, abogados del equipo de Shannon Haug.
Steve Pierson, detective jefe de la investigación y especialista en incendios intencionados.
Morgan Heights, detective de la policía y enlace de investigación con los Servicios de Protección del Niño.
EL INCIDENTE
Miracle Creek, Estado de Virginia
Martes, 26 de agosto de 2008
MI MARIDO ME PIDIÓ QUE mintiera. No era una gran mentira. Tal vez él ni siquiera la consideraba una mentira; y yo tampoco, al principio. Era algo tan pequeño lo que él quería. La policía acababa de poner en libertad a las manifestantes y él me pidió que, mientras salía a cerciorarse de que no volvieran, me sentara en su silla y le cubriera, como hacen habitualmente los compañeros de trabajo, como solíamos hacer nosotros también en la tienda de comestibles, mientras yo comía o él fumaba. Pero cuando iba a ocupar su lugar, golpeé sin darme cuenta el escritorio, y el certificado que colgaba de la pared se torció un poco, como para recordarme que este no era un negocio normal, que existía una razón por la que nunca antes me había dejado a al cargo.
Pak extendió el brazo por encima de mí para enderezar el marco, con los ojos sobre las palabras en inglés: Pak Yoo, Miracle Submarine SRL, Técnico Hiperbárico Certificado. Y dijo, sin apartar la mirada, como si le hablara al certificado y no a mí:
—Está todo en marcha. Los pacientes están dentro y el oxígeno está abierto. Solo tienes que quedarte sentada aquí —Me miró—: Nada más.
Observé los controles, los pulsadores e interruptores misteriosos de la cámara que el mes pasado habíamos pintado de color celeste claro e instalado en el granero.
—¿Y si los pacientes hacen sonar el timbre? —pregunté—. Les diré que vuelves enseguida, pero si…
—No, no pueden enterarse de que me he ido. Si alguien pregunta, estoy aquí, y he estado aquí todo el tiempo.
—Pero si hay algún problema…
—¿Qué problema podría haber? —exclamó Pak, con tono autoritario—. Volveré enseguida y no van a accionar el intercomunicador. No sucederá nada. —Se alejó, como poniéndole fin al asunto. Pero en la puerta se volvió para mirarme—. No sucederá nada —repitió, con voz suave. Parecía una súplica.
En cuanto se cerró la puerta del granero, sentí deseos de gritar que estaba loco si creía que no iba a haber ningún problema ese día, justamente ese día, en el que ya había sucedido de todo: las manifestantes y su plan de sabotaje, el apagón resultante, la policía. ¿Acaso pensaba que como ya habían ocurrido tantos problemas no podía haber más? La vida no funciona así. Las tragedias no inmunizan contra más tragedias y la mala suerte no se reparte en proporciones justas; los problemas se nos echan encima en tandas y lotes, incontrolables y caóticos. ¿Cómo podía Pak no darse cuenta, después de todo lo que habíamos pasado?
Desde las 20:02 hasta las 20:14 me quedé sentada en silencio, sin hacer nada, como él me había pedido. Tenía la cara húmeda de sudor; y al pensar en los seis pacientes encerrados herméticamente dentro, sin aire acondicionado (el generador controlaba solamente los sistemas de presurización, oxígeno e intercomunicación), agradecí que tuviéramos el reproductor portátil de DVD para mantener tranquilos a los niños. Me dije una y otra vez que tenía que confiar en mi marido y esperé, mirando el reloj, la puerta, el reloj de nuevo, rogando que volviera (¡tenía que volver!) antes de que el DVD del dinosaurio Barney terminara y los pacientes tocaran el timbre del intercomunicador para pedir otro. Justo cuando comenzaba la canción final del programa sonó mi teléfono. Era Pak.
—Están aquí —susurró—. Tengo que quedarme a vigilar que no vuelvan a intentar nada. Cuando termine la sesión, tienes que cerrar el oxígeno. ¿Ves el pulsador?
—Sí, pero…
—Gíralo en dirección contraria a las agujas del reloj, hasta el final. Ponte la alarma para no olvidarte. A las 20:20 exactamente del reloj grande. —Cortó.
Toqué el pulsador que decía oxígeno, de un color bronce desteñido similar al del grifo chirriante de nuestro antiguo apartamento en Seúl. Me sorprendió lo frío que estaba. Sincronicé mi reloj con el grande, puse la alarma a las 20:20 y justo cuando iba a presionar el botón para activarla, el reproductor se quedó sin baterías y aparté las manos, sobresaltada.
Pienso mucho en ese momento. Las muertes, la parálisis, el juicio… ¿Podría haberse evitado todo eso si hubiera presionado el botón para fijar la alarma? Sé que es extraño cómo mi mente vuelve una y otra vez a ese instante en particular, cuando aquella noche fui culpable de errores mucho más serios. Tal vez sea precisamente su pequeñez, su aparente insignificancia, lo que le da tanto poder y alimenta las dudas y las preguntas. ¿Y si no me hubiera distraído con el reproductor de DVD? ¿Y si hubiera movido el dedo un microsegundo antes, fijando la alarma ANTES de que se apagara el reproductor, justo en la mitad de la canción? Te quiero yo, y tú a mí, somos una familia…
El vacío de ese momento, la categórica ausencia de sonido, densa y opresiva, me comprimió desde todos los ángulos, aplastándome. Cuando finalmente llegó un sonido —el golpeteo de nudillos contra el ojo de buey desde el interior de la cámara— casi sentí alivio. Pero el golpeteo se intensificó hasta convertirse en golpes de puño en secuencias de cuatro, como gritando: ¡Quie-ro sa-lir! en código, luego en golpes potentes. Comprendí que tenía que ser TJ golpeándose la cabeza. TJ, el niño autista que adora a Barney el dinosaurio violeta, el niño que corrió hacia mí la primera vez que nos vimos y me abrazó con fuerza. Su madre se sorprendió, dijo que nunca abrazaba a nadie (odia tocar a la gente); tal vez fue por mi camiseta, del mismo color violeta que Barney. Desde aquel día la he usado siempre: la lavo a mano por las noches, me la pongo para las sesiones de TJ y él me abraza todos los días. Todos piensan que lo hago para ser amable, pero en realidad lo hago por mí, porque adoro la manera en que me rodea con los brazos y me aprieta, como solía hacer mi hija, antes de comenzar a dejar los brazos inmóviles y apartarse de mí cuando la abrazo. Me encanta besarle la cabeza a TJ y que su cepillo de pelo rojizo me haga cosquillas en los labios. Y ahora, el niño de cuyos abrazos disfruto a diario se está golpeando la cabeza contra una pared de acero.
No estaba loco. Su madre me había explicado que TJ sufría de dolor crónico causado por una inflamación intestinal, pero no podía hablar, de modo que cuando el dolor se volvía demasiado intenso, hacía lo único que podía hacer para sentir alivio: se golpeaba la cabeza y utilizaba ese dolor nuevo e intenso para acabar con el otro. Era como notar una picazón insoportable y rascarse hasta sangrar; qué bien se siente ese dolor, excepto que es mil veces peor que el anterior. Me contó que una vez TJ rompió el cristal de una ventana con la cara. La idea de que este niño de ocho años tuviera tanto dolor que necesitaba estrellar la cabeza contra una pared de acero me atormentaba.
Y el ruido de ese dolor… Los golpes, una y otra vez. La persistencia, el aumento de intensidad. Cada golpe desataba vibraciones que repercutían y se convertían en algo corpóreo, con forma y masa, que viajaba a través de mí. Lo sentía resonar contra mi piel, sacudirme las entrañas y exigir que mi corazón latiera a su ritmo, más rápido, más fuerte.
Tenía que detenerlo. Esa es mi excusa por haber salido corriendo del granero y haber dejado a seis personas atrapadas en una cámara sellada. Quería despresurizarla y abrirla para sacar de allí a TJ, pero no sabía cómo hacerlo. Además, cuando sonó el intercomunicador, la madre de TJ me suplicó (o mejor dicho, a Pak) que no detuviera la sesión, que ella lo calmaría, pero que por favor, por el amor de Dios, le cambiara las baterías al reproductor y continuara con el DVD de Barney… ¡ya mismo! En algún lugar de nuestra casa, al lado del granero, a veinte segundos de carrera, había baterías de repuesto y todavía me quedaban cinco minutos antes de apagar el oxígeno. Así que me fui. Me cubrí la boca para distorsionar la voz y dije con la voz grave y el acento marcado de Pak: “Las cambiaremos. Espera un momento”. Y salí corriendo.
La puerta de casa estaba entreabierta y tuve la esperanza de que Mary se encontrara allí, limpiando como le había pedido y de que algo, por fin, saliera bien en ese día. Pero entré y ella no estaba. No había nadie, no tenía idea de dónde estaban las baterías y nadie me iba a ayudar. Era lo que había supuesto desde el principio, pero esos segundos de esperanza me habían impulsado la ilusión hasta el cielo para después dejarla estrellarse. Mantén la calma, me dije y comencé la búsqueda en el armario de acero que utilizábamos para guardar cosas. Abrigos. Manuales. Cables. No había baterías. Cerré la puerta con fuerza y el armario se sacudió; el temblor metálico me pareció un eco de los golpes de TJ. Imaginé su cabeza martillando el metal, abriéndose como una sandía madura.
Sacudí la cabeza para expulsar ese pensamiento.
—¡Mei-ya! —grité el nombre coreano de Mary, que ella odiaba. Silencio. Sabía que no obtendría respuesta, pero me disgusté igual—. ¡Mei-ya! —volví a gritar más fuerte, estirando las sílabas para que me rasparan la garganta. Necesitaba sentir dolor para poder acallar los ecos tétricos de los golpes de TJ que retumbaban en mis oídos.
Busqué por toda la casa, caja por caja. Cada segundo que pasaba sin que encontrara las baterías, me indignaba más. Pensé en nuestro enfado de esa mañana, cuando le había dicho que tenía que ayudar más en la casa —¡tenía diecisiete años!— y ella se había marchado sin pronunciar palabra. Pensé en cómo Pak se había puesto de su lado, como siempre. (“No renunciamos a todo y vinimos a los Estados Unidos solo para que cocine y limpie”, dice siempre. “No, ese es mi trabajo”, quiero responder. Pero nunca lo hago). Pensé en cómo Mary gira los ojos con gesto irritado, cómo se tapa las orejas con los auriculares y finge no escucharme. Todo me servía para mantener activada la indignación, ocupar la mente y apartar los golpes de cabeza de TJ. La rabia contra mi hija me resultaba conocida y cómoda, como una vieja manta. Calmaba el pánico y lo convertía en un medio absurdo.
Cuando llegué a la caja que estaba en el rincón donde dormía Mary, abrí la tapa y tiré todo al suelo. Basura adolescente: entradas rotas de películas que yo nunca había visto, fotografías de amigas a las que yo no conocía, notas manuscritas. La que estaba encima de todo decía: Te estuve esperando. ¿Mañana, quizá?
Sentí deseos de gritar. ¿Dónde estaban las baterías? (Y en algún sitio de mi mente: ¿Quién había escrito esa nota? ¿Un chico? ¿Esperándola para qué?) En ese momento sonó el teléfono —era Pak, otra vez— y vi 20:22 en la pantalla y recordé: la alarma que no había activado. El oxígeno.
Al responder, quise explicarle que no había apagado el oxígeno pero que lo haría en unos minutos, que no era un problema porque él a veces lo dejaba correr más de una hora, ¿no? Pero mis palabras salieron de un modo diferente, como un vómito incontrolable:
—Mary no está —me quejé—. Hacemos todo esto por ella y nunca está. La necesito para que me ayude a encontrar baterías nuevas para el DVD antes de que TJ se reviente la cabeza a golpes.
—Siempre te imaginas lo peor de ella. Está aquí, ayudándome —respondió Pak—. Y las baterías están debajo del fregadero de la cocina, pero no dejes solos a los pacientes. Enviaré a Mary a buscarlas. Mary, ve ahora mismo, lleva cuatro baterías al granero. Yo iré en un minu…
Corté. A veces es mejor no decir nada.
Corrí hasta el fregadero de la cocina. Las baterías estaban allí como él había dicho, en una bolsa que yo había confundido con basura, debajo de unos guantes de trabajo sucios de tierra y hollín. Ayer mismo estaban limpios. ¿Qué había estado haciendo Pak?
Sacudí la cabeza. Tenía que regresar rápido al lado de TJ.
Cuando corrí hacia fuera, un olor desconocido en el aire —como madera húmeda quemada— me invadió la nariz. Oscurecía y no se veía bien, pero a lo lejos reconocí a Pak, corriendo hacia el almacén.
Mary iba delante de él, a toda velocidad.
—¡Mary, ya está, he encontrado las baterías! —grité, pero ella siguió corriendo, no en dirección a la casa, sino hacia el granero—. ¡Mary, para! —volví a gritar, pero ella siguió corriendo y pasó delante de la puerta del granero en dirección a la parte trasera. No sé por qué, pero me asustó verla ahí, y grité de nuevo, esta vez su nombre en coreano, más suave—: ¡Mei-ya! —Corrí hacia ella. Mary se volvió. Algo en su rostro me detuvo; parecía brillar, de algún modo. Una luz anaranjada le iluminaba la piel y resplandecía, como si estuviera delante del sol poniente. Sentí deseos de acariciarle el rostro y decirle: “Eres hermosa”.
Oí un ruido desde la dirección en que iba ella. Como un crujido, pero más apagado, como si una bandada de gansos levantara de repente, cientos de aleteos al mismo tiempo para elevarse al cielo. Me pareció verlos, una cortina gris recortando el viento y elevándose cada vez más hacia el cielo violáceo, pero parpadeé, y el cielo estaba vacío. Corrí hacia el sonido y entonces lo vi. Vi lo que había visto Mary, lo que la había hecho correr hacia allí a toda velocidad.
Llamas.
Fuego.
La pared trasera del granero… en llamas.
No sé por qué no corrí ni grité. Mary tampoco lo hizo. Yo quería correr, pero solo pude caminar despacio, con cuidado, paso a paso en esa dirección, con los ojos clavados en las llamas anaranjadas y rojas que revoloteaban, saltaban y cambiaban de lugar como compañeros de baile en plena danza.
Cuando sonó la explosión, se me doblaron las rodillas y caí. Pero en ningún momento le quité los ojos de encima a mi hija. Todas las noches, cuando apago la luz y cierro los ojos para dormir, la veo, veo a mi Mei en ese momento. Su cuerpo se eleva y se arquea por el aire como el de una muñeca de trapo. Con gracia. Con delicadeza. Justo antes de que aterrice en el suelo con un golpe suave, veo cómo rebota su cola de caballo. Como lo hacía cuando era una niña pequeña y saltaba a la comba.
UN AÑO DESPUÉS EL JUICIO: PRIMER DÍA
Lunes, 17 de agosto de 2009
YOUNG YOO
MIENTRAS ENTRABA EN LA SALA del tribunal, se sintió como una novia. Desde luego, su boda había sido la última vez —y la única— en que toda la gente reunida en un lugar guardaba silencio y se daba la vuelta para mirarla mientras caminaba por el pasillo. De no haber sido por la variedad de colores de pelo y los susurros en inglés (“Mira, los dueños”; “La hija estuvo en coma durante meses, pobrecita”; “Él se quedó paralítico, qué tremendo”), podría haber pensado que seguía estando en Corea.
La sala del tribunal era pequeña y se parecía a una iglesia antigua, con bancos de madera que crujían a ambos lados del pasillo. Mantuvo la cabeza agachada, al igual que había hecho veinte años antes durante su boda; no solía ser el centro de atención, le resultaba desagradable. Ser humilde, ser invisible, no llamar la atención:: esas eran las virtudes de las esposas, no la notoriedad ni la estridencia. ¿No era acaso ese el motivo por el que las novias llevaban velo, para protegerse de las miradas, para ocultar el rubor de sus mejillas? Miró hacia los lados. A la derecha, detrás del fiscal, vio caras conocidas, los familiares de los pacientes.
Los pacientes se habían reunido solamente una vez: en julio pasado, para la sesión informativa en el exterior del granero. Su marido había abierto las puertas para mostrarles la cámara azul recién pintada.
—Esto —había dicho Pak con expresión orgullosa—, es Miracle Submarine. Oxígeno puro. Alta presión. ¡A recuperarse, juntos! —Todos aplaudieron. Las madres lloraron.
Y ahora, aquí estaban las mismas personas, serias, sombrías. La esperanza del milagro se había evaporado de sus rostros y había sido sustituida por la curiosidad de los que compran revistas sensacionalistas en el supermercado. Y también por lástima… si era por ella o por sí mismos, no lo sabía. Había esperado ver ira, pero sonrieron al verla pasar y tuvo que acordarse de que aquí ella era la víctima. No era la acusada, a la que culpaban por la explosión que había matado a dos pacientes. Se repitió lo que Pak le decía todos los días —que la ausencia de ambos en el almacén aquella noche no había causado el fuego y que él no habría podido evitar la explosión ni siquiera si se hubiera quedado con los pacientes— y trató de devolverles la sonrisa. Sabía que era bueno que la apoyaran. Pero sentía que no lo merecía, que estaba mal, que era como un premio ganado haciendo trampa, y en lugar de levantarle el ánimo, la cargaba con el peso de que Dios vería la injusticia y la corregiría, le haría pagar por las mentiras de alguna otra manera.
Cuando Young llegó a la barandilla de madera, reprimió el impulso de saltarla y sentarse en la mesa de la acusada. Se colocó con su familia detrás del fiscal, junto a Matt y a Teresa, dos de los que habían quedado atrapados dentro de la cámara aquella noche. Hacía mucho que no los veía, desde su estancia en el hospital. Ninguno la saludó; mantuvieron la mirada esquiva. Ellos eran las víctimas.
*
El tribunal estaba en Pineburg, la ciudad vecina a Miracle Creek. Cosa extraña, los nombres; al contrario de lo que uno esperaría. Miracle Creek no parecía ser un sitio donde ocurrieran milagros, a menos que se considerara un milagro que la gente viviese ahí durante años sin enloquecer de aburrimiento. El nombre “Miracle” y sus posibilidades de marketing (además del precio económico de las propiedades) los había atraído allí a pesar de que no había una comunidad asiática; inmigrantes tampoco, en realidad. Quedaba a una hora de la ciudad de Washington, y era fácil llegar en coche desde modernas concentraciones urbanas como el aeropuerto de Dulles, pero daba la sensación de ser un pueblo aislado de la civilización, en un mundo completamente diferente. Había caminos de tierra en lugar de aceras de hormigón. Vacas en lugar de automóviles. Graneros de madera decrépitos, en vez de rascacielos de acero y cristal. Era como meterse en una película en blanco y negro. El pueblo daba la impresión de haber sido utilizado y desechado; la primera vez que Young lo vio, sintió la tentación de coger toda la basura que tenía en los bolsillos y arrojarla lo más lejos posible.
Pineburg, a pesar del nombre insustancial y la proximidad con Miracle Creek, era una ciudad atractiva; sobre las calles estrechas y empedradas había tiendas tipo chalet, pintadas de colores brillantes. Las de la calle principal le recordaban su mercado favorito en Seúl, con las famosas filas de productos frescos: espinaca verde, pimientos rojos, remolachas violetas, caquis anaranjados. Por la descripción, podía parecer estridente, pero era exactamente lo contrario, como si colocar los colores fuertes uno al lado de otro los apagara, dejando una impresión de belleza y elegancia.
El tribunal estaba al pie de una colina, rodeado de viñas plantadas en hileras sobre las laderas. La precisión geométrica brindaba una calma controlada; resultaba adecuado que el edificio de la justicia estuviera en el medio de las hileras de viñas.
Esa mañana, mientras contemplaba el tribunal, con sus altas columnas blancas, Young pensó que era lo que más se acercaba a los Estados Unidos que había imaginado. En Corea, después de que Pak hubiera decidido que ella debía trasladarse a Baltimore con Mary, había recorrido librerías buscando imágenes de Estados Unidos: el Capitolio, los rascacielos de Manhattan, el centro turístico de Inner Harbor en Maryland. En los cinco años que llevaba en el país, no había visto ninguna de esas cosas. Los primeros cuatro años trabajó en una tienda de alimentación a cinco kilómetros de Inner Harbor, pero en un vecindario al que llamaban el “gueto”, lleno de casas cerradas con tablones de madera y botellas rotas por todos lados. Una pequeña bóveda de cristal blindada: eso había sido Estados Unidos para ella.
Era curioso lo desesperada que estaba por escapar de ese mundo descarnado y, sin embargo, ahora lo echaba de menos. Miracle Creek era insular, con residentes de muchos años, que según decían ellos mismos, estaban allí desde hacía generaciones. Pensó que tal vez fueran lentos para abrirse, de modo que se concentró en entablar amistad con una familia vecina que le había parecido especialmente agradable. Pero con el tiempo comprendió que no eran simpáticos, sino amablemente antipáticos. Young los conocía muy bien. Su propia madre pertenecía a esa clase de gente que utiliza los buenos modales para esconder su antipatía, igual que otros usan perfume para disimular el mal olor: cuanto peor huelen, más perfume se ponen. Esos buenos modales tan rígidos —la perpetua sonrisita de labios cerrados de la esposa, el “señora” que colocaba el marido al comienzo o al final de cada oración— mantenían a Young a distancia y reforzaban su condición de desconocida. Si bien sus clientes más frecuentes en Baltimore eran ariscos, groseros y protestones, y se quejaban de todo, desde los precios excesivos a los refrescos calientes y las lonchas de fiambre demasiado finas, había sinceridad en su ordinariez, una especie de intimidad cómoda en sus gritos. Como sucede entre hermanos. Nada que disimular.
Cuando Pak se reunió con ellas en Estados Unidos el año anterior, se pusieron a buscar vivienda en Annandale, la zona coreana de la ciudad de Washington, a una distancia lógica en coche de Miracle Creek. El incendio había terminado con todo eso y seguían en su alojamiento “provisional”. Una casucha desvencijada en un pueblo destartalado, lejos de todo lo que había visto en los libros. Hasta el día de hoy, el lugar más elegante de Estados Unidos donde había estado Young era el hospital en el que Pak y Mary estuvieron ingresados durante meses después de la explosión.
*
Había mucho ruido en la sala del tribunal. No era la gente —víctimas, abogados, periodistas y vaya uno a saber quién más— la que lo causaba, sino dos antiguos aparatos de aire acondicionado colocados en las ventanas justo detrás del juez. Chisporroteaban como cortacéspedes cada vez que se encendían y apagaban, y como no estaban sincronizados, esto sucedía de manera aleatoria: primero uno, luego el otro, luego el primero otra vez; como una llamada de apareamiento entre extrañas bestias mecánicas. Cuando se enfriaban, zumbaban y traqueteaban en tonos diferentes, lo que hacía que a Young le picaran los oídos. Deseaba meterse el dedo meñique por la oreja, llegar hasta el cerebro y rascarlo.
En la placa del vestíbulo, se podía leer que el tribunal era un lugar histórico con 250 años de antigüedad y se solicitaban donaciones para la Sociedad de Preservación del Tribunal de Pineburg. Young no podía creer que existiera un grupo cuyo único propósito fuera evitar que este edificio se modernizara. Los estadounidenses se enorgullecían tanto de que las cosas tuvieran una antigüedad de doscientos años, como si ser antiguo fuera un valor en sí mismo. (Desde luego, esta filosofía no se aplicaba a las personas). No parecían darse cuenta de que el mundo valoraba a Estados Unidos justamente porque no era un país antiguo, sino moderno y nuevo. Los coreanos eran todo lo contrario. En Seúl existiría una Sociedad de Modernización dedicada a sustituir los suelos y las mesas de madera “antiguos” de este tribunal por la elegancia del mármol y el acero.
—Todos en pie. Entra en la sala el Tribunal Penal del Condado de Skyline, presidido por el honorable juez Frederick Carleton III —anunció el oficial, y todos se pusieron de pie.
Menos Pak. Sus manos se agarraron con fuerza en los apoyabrazos de la silla de ruedas; las venas verdosas de sus manos y sus muñecas sobresalían, como ordenándoles a los brazos que cargaran con el peso de su cuerpo. Young se movió para ayudarlo, pero se contuvo, sabiendo que para él sería peor sentir que necesitaba ayuda para algo tan básico como ponerse de pie que directamente no hacerlo. Pak se preocupaba demasiado por las apariencias, y por cumplir con las normas y las reglas… las típicas cosas coreanas que a ella nunca le habían importado (porque el patrimonio de su familia le permitía el lujo de poder ser inmune a ellas, diría Pak). De todos modos, Young comprendía la frustración que sentía él por ser la única persona sentada entre la multitud. Eso lo hacía vulnerable, como un niño, y ella tuvo que contener la tentación de protegerle el cuerpo con las manos y ocultar su vergüenza.
—Orden en la sala, por favor. Caso número 49621, el Estado de Virginia contra Elizabeth Ward —dijo el juez, y dio un golpe con el martillo. Como si fuera parte del plan, los dos aires acondicionados estaban apagados, por lo que el ruido del martillo contra la madera resonó en el techo a dos aguas que permanecía en silencio.
Ya era oficial: la acusada era Elizabeth. Young sintió un estremecimiento dentro del pecho, como si una célula inactiva de alivio y esperanza hubiera estallado y estuviera esparciendo chispas de electricidad por su cuerpo, destruyendo el miedo que se había apoderado de su vida. Aunque había pasado casi un año desde que Pak quedó libre de sospechas y detuvieron a Elizabeth, Young se había negado a creerlo del todo, y se había preguntado durante todo este tiempo si no sería un truco, una trampa; si hoy, al principio del juicio, no anunciarían que ella y Pak eran los verdaderos acusados. Pero ahora la espera había terminado, y después de varios días en los que se presentarían pruebas —“pruebas contundentes”, dijo el fiscal— Elizabeth sería declarada culpable y ellos podrían cobrar el dinero del seguro y rehacer sus vidas. Basta ya de vivir con esta incertidumbre.