Kitabı oku: «Provócame»
Provócame
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Angy Skay 2014
© Editorial LxL 2014
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-943832-1-2
Por el príncipe y rey de mi universo,
Bryan, mi rubio de ojos azules, mi niño.
ÍNDICE
ÍNDICE
Agradecimientos
1
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Bryan
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Annia
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Bryan
Annia
Bryan
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Annia
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Bryan
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Annia
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Bryan
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Annia
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Bryan
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Annia
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Continuará...
Continúa la serie solo por ti:
Agradecimientos
Nunca pensé que unos agradecimientos serían tan complicados ni que darían tantísimas vueltas. Hoy vengo dispuesta a dejarlos permanentes, a, de un modo u otro, agradecer a las personas que han estado a mi lado en esta andadura desde que se inició. Como en la vida misma —a veces injusta y cruel; otras, sabia y cierta—, te encuentras personas por el camino que te dan el empujón que necesitas, pero luego desaparecen con el paso del tiempo para dejar un simple recuerdo, y es de ser honestos decir que lo cortés no quita lo valiente. Por lo tanto, les doy las gracias a esas personas que un día vieron la luz en este primer tomo y que, pese a las adversidades de la vida, me dieron ese aliciente para que decidiera avanzar.
Por otro lado, la parte fundamental de esta historia se la debo a mi madre y a mi hermana, las únicas que hasta el momento no se han cansado de mí; ni de mis locuras ni de mis historias incomprendidas. Y, con todas y con esas, siempre me han apoyado con una frase muy cierta: «Tírate a la piscina. Si está llena, bien, si no, por lo menos lo habrás intentado». A mi pequeño lagartijo, porque estando dentro de mí me diste la inspiración que necesitaba para comenzar a teclear esta historia, abriendo una puerta que será imposible de cerrar.
A todos los que habéis seguido mis pasos desde el principio, a los que llegasteis después pero acogisteis la historia de Annia y Bryan catalogándola como una de las grandes, de las verdaderas, de las que te hacen sentir con el corazón en un puño, porque eso significa que pasasteis por las mismas emociones que yo. A mi grupo de provocadoras, tan especial, que tanto trabajo me costó formar pero que tantas alegrías me brinda cada día desde todos los puntos del mundo, con opiniones distintas, con mensajes cargados de ilusión; porque esas palabras son las que me hacen seguir en mi andadura sin mirar atrás, sin replantearme si lo que mis manos teclean será suficiente o no, porque siempre estáis para dejarme ver lo bueno y lo malo de una historia.
Y, por último, a todas las personas que se han unido a mi vida personal de una forma casual y me han dado la oportunidad de sentirme feliz, de poder reír. Gracias por todo vuestro apoyo, ya que, sin nombraros a ninguno, sabéis de sobra quiénes sois.
Y a ti, que te has atrevido a entrar dentro de mi locura, solo quiero decirte que espero de corazón que disfrutes de esta historia hasta el final de sus páginas y que, en el instante en el que la cierres, sea un momento que jamás puedas olvidar, porque eso querrá decir que te ha llegado al alma de verdad.
Dicen que los agradecimientos hay que hacerlos con el corazón, y esta vez será la última que modifique una sola letra de esta hoja, pues, para bien o para mal, la vida te hace seguir adelante, te hace ser más fuerte.
A mí me ha hecho ser más fuerte.
Angy Skay
1
Cádiz
Querer ser alguien en la vida es lo que tiene: exámenes, estudiar, estudiar y ¡estudiar! Pero ¿para cuándo dejamos la fiesta? Bah..., ¡estoy harta! El bachillerato es un asco. Esta noche hay una gran fiesta en la casa de Álex, un compañero de clase, que por nada del mundo pienso perderme, me diga mi padre lo que me diga. Últimamente, el ambiente está un poco caldeado en casa, más de lo habitual, por eso mismo necesito salir de allí todo el tiempo que pueda.
¡Ah! Mira, por ahí viene mi amiga Tania.
—¡Tania! ¿A qué hora nos vemos esta noche? —le pregunto, respirando con dificultad después de la carrera que me he pegado para llegar hasta donde está.
—A las siete. ¿Viene Mikel contigo? —Me mira con una sonrisa guasona.
—¡Oh, sí, claro! —exclamo, poniendo los ojos en el cielo—. Además, no será el único que venga. —Esbozo una pícara sonrisa, la cual ella imita—. También me acompañará Armando. Vamos a pegarnos otra fiestecita después… Tú ya me entiendes.
Las dos nos reímos a carcajadas, pues sabe perfectamente a qué me refiero. Y como la vida es muy corta, a disfrutar se ha dicho.
Cuando salgo del instituto, me dirijo a mi casa con mala cara, como todos los días. Es un infierno. Allí me encuentro a mi hermana Nina llorando como una descosida en el porche junto a las escalerillas, con la cabeza escondida entre las rodillas.
—Nina, ¿por qué lloras? —le pregunto, poniendo los ojos en blanco. Siempre está llorando, y eso que es la mayor de las dos hermanas que somos.
—Papá ha venido bebido y… Ya sabes… —Me mira con los ojos cargados de sufrimiento, algo que me parte el corazón en dos.
Ya estamos otra vez. Hace muchos años que mi padre dejó de ser mi padre, gracias a que él solito se lo buscó. Siempre está borracho, y algunas veces le pega a mi madre porque está enfadado, porque le falta dinero o simplemente porque se le antoja.
En casa estamos bastante mal de dinero. Hace años, mi padre perdió el empleo por su problema con el alcohol. La mayor parte de los días llegaba tan borracho que, al final, su jefe se cansó y lo despidió. Nina nunca se mete, pero como yo no lo soporto, me pongo en medio cuando lo veo hecho una furia con la pobre de mi madre, y siempre salgo mal parada, levemente, porque mamá se interpone, pero recibo, aunque sea un buen tortazo.
Recuerdo que cuando tenía trece años fue la primera vez que le pegó. No se me olvidará en la vida. Así ha sido desde hace muchos años: mi padre le pega a mi madre, yo me meto y me llevo también.
No sabemos por qué empezó a ser de esa manera. Creíamos que era debido al trabajo, pero la gente comentaba que, al parecer, mi padre se enamoró de una mujer que también estaba casada y ella lo dejó para estar con su familia, algo que realmente nunca nos confesó, así que no sabemos a ciencia cierta qué es lo que lo llevó a volverse de esa manera. Hemos intentado varias veces que mi madre lo denuncie, pero se niega. Dice que lo quiere demasiado como para hacerlo sufrir. A mí nunca me ha dejado marcas, por lo tanto, no he podido denunciarlo al no tener las pruebas suficientes. ¡No se puede ser más tonta de lo que es ella! En el fondo, me parte el alma que esté así. No se lo merece.
—Nina, esta noche voy a la casa de unos amigos. ¿Quieres venirte conmigo? —le pregunto para que se anime un poco y pueda despejarse.
Niega con la cabeza, se pone la cara entre las rodillas de nuevo y empieza a llorar. Decido entrar en mi casa para ver cómo está el ambiente; aunque, según mi hermana, no muy bien.
Parece que ya se ha cansado el gran hijo de puta que tengo por padre, porque está tirado en el sofá roncando como un oso. Ahora mismo, lo que más me apetece es ahogarlo con un cojín para que deje de hacerla sufrir.
Encuentro a mi madre en la cocina, limpiándose las lágrimas con disimulo, y entro para saludarla.
—Hola, mamá. —Aprovecho y le doy un abrazo cariñoso que me devuelve encantada.
—Hola, tesoro. ¿Qué tal el instituto? —se interesa con una bonita sonrisa en los labios.
¡Cómo la quiero! Siempre saca una sonrisa en los peores momentos. No sé cómo lo hace.
—Bien. Oye, mamá, esta noche tengo una fiesta en casa de Álex, un amigo de bachillerato. Vendré tarde, así que no te preocupes, ¿vale? —le digo, cogiendo un trozo de pan.
—De acuerdo, cielo, pero ten cuidado.
No puedo evitar fijarme en sus pesados ojos. Es muy joven para tener que estar así. Se la ve cansada de vivir.
—Mamá, ¿hasta cuándo piensas seguir de esta manera? ¿Es que no te das cuenta del mal que te hace? —le pregunto molesta.
No me contesta; se dedica a darse la vuelta y aparta la vista. No quiere hablar, lo he visto en sus ojos, pero estoy harta de esta situación. ¡Esto tiene que acabarse ya! Llevamos media vida así. Es insufrible. Algunas veces me dan ganas de hacer la maleta y marcharme de casa, aunque sea para vivir debajo de un puente. Seguro que allí no tendría tantos problemas ni tantas complicaciones, pero el solo hecho de separarme de mi madre y de Nina me destroza. Las quiero demasiado como para abandonarlas, y si alguna vez les ocurriera algo por mi culpa, por no estar con ellas, no me lo perdonaría.
Así que vuelvo a intentar hacer que entre en razón:
—Mamá, sé que no quieres hablar, pero no lo necesitas. ¡Por el amor de Dios, mírate! —exclamo, señalándola—. No puedes permitir que ese hombre siga poniéndote la mano encima.
—¡Ese hombre es tu padre! —sisea, apuntándome con el dedo.
—Ese hombre dejó de ser mi padre el primer día que te pegó —le respondo en el mismo tono que ha usado ella.
Nos miramos desafiantes, sin embargo, al final decido que no merece la pena seguir discutiendo. ¡Está totalmente ciega! Me voy de la cocina, no sin antes girarme y decirle:
—Tú sabrás lo que haces, pero yo estoy harta de todo esto. Y que sepas que algún día pasará algo peor, y luego nos lamentaremos.
Subo a mi habitación y me dispongo a ducharme y a cambiarme para ir a la fiesta. La verdad es que no conozco lo suficiente a Álex como para presentarme así en su casa, pero como van prácticamente todos mis colegas, yo he decidido hacerlo también. Además, vendrá Mikel conmigo.
Mikel es mi novio desde hace unos meses, y es cierto que encajamos perfectamente. No es muy atento conmigo, pero tampoco lo necesito; a los dos nos va el mismo rollo y compartimos muchas cosas en común. Y, aunque somos muy jóvenes, creo que tenemos un futuro por delante.
Me decido por una minifalda muy corta y un top con la barriga al descubierto. Como hace calor es lo ideal, y me queda a la perfección sobre mi vientre plano. Me calzo mis sandalias de plataforma y aliso mi pelo castaño. ¡Hala, ya estoy lista!
Al bajar, mi padre ya se ha despertado. ¡Mierda! Ahora me preguntará a dónde voy con sus formitas de siempre.
—¿Adónde te crees que vas con esa ropa, Annia? ¡Pareces una fulana!
—A donde a ti no te importa, y visto como me da la gana —le espeto en un tono de indiferencia hacia sus palabras.
—No me hables así, jovencita. ¡Soy tu padre! —sisea furioso.
—Por mí, como si quieres ser Dios —me burlo de él.
Avanzo por su lado. No tengo ganas de hablar con él, ya que hace mucho que le perdí el respeto, así que paso. Sin embargo, cabreado por mi contestación, me agarra del brazo y me gira de malas maneras, haciendo que mi espalda se golpee contra el marco de la puerta.
—¿Quién cojones crees que eres para hablarme así, niñata? —escupe en mi cara.
—¡Suéltame! Me haces daño. —Intento zafarme de él.
—Si no aprendes modales, ¡yo te enseñaré lo que son! —me amenaza, levantándome la mano.
—¿Cómo? ¿Pegándome como haces con mamá? —le reto.
En ese momento, mi hermana Nina nos ve y corre para llamar a mi madre, que viene a toda prisa hacia nosotros.
—¡Julián! ¡Julián! Por Dios, suelta a la niña, te lo suplico —le pide ella, desesperada.
Se posa ante él de rodillas, histérica, con las manos pegadas palma con palma a modo de súplica. ¡¿Cómo puede rebajarse así?! Él la mira y después me suelta con desdén.
—Natacha, sube a la habitación. ¡Ya! —le chilla.
Mi madre llora desconsolada en el suelo cuando mi padre se va escaleras arriba encolerizado. Va a pegarle, lo sé. Cada vez que tenemos la más mínima discusión él y yo, lo paga todo con ella, algo que me enerva.
—Anda, mi niña, vete y diviértete. Ten cuidado, cielo —me dice con ojos tristes.
La miro con cara de preocupación. Hace un breve movimiento con la cabeza para que me marche, se levanta y se da la vuelta sobre sus talones hacia donde le ha dicho que vaya. Me parte el alma verla así, pero no se deja ayudar nunca. Nina y yo hemos ido incluso a la policía a denunciarlo en varias ocasiones, pero siempre que llaman a declarar a mi madre, lo niega todo y se inventa excusas por los cardenales. Dice que se cae por su torpeza o por cualquier cosa que idea en ese momento.
Dudo durante un instante entre irme o quedarme en casa para intentar apaciguar las cosas. Algo me dice que debería quedarme, pero, por otra parte, necesito despejarme, así que doy media vuelta y salgo.
En cuanto estoy fuera, escucho un fuerte golpe, a mi padre gritar y a mi madre llorar. Está pegándole…, otra vez.
De camino a la fiesta, me encuentro por la calle con Mikel. Como ninguno tiene carné ni coche, nos toca ir a pie hasta la parada más cercana. Cogemos el primer autobús que pasa para dirigirnos hacia la fiesta. A lo lejos veo a John. Es el chico que está locamente enamorado de mi hermana, pero ella pasa de él, puesto que va a casarse con Norbert. Llevan algunos años juntos, aunque a mí ese tipo no termina de convencerme. Sé que esconde algo. Es más, estoy segura de que la engaña y ella no tiene ni idea. Ese es otro asunto que deberé tratar en cuanto pueda. Como siempre, metiendo las narices donde no me llaman.
Llegamos y la casa está a rebosar de gente, como imaginaba. A lo lejos diviso a Tania con más amigas y voy hacia ellas.
—¡Ey, ya has llegado! —me dice Tania con alegría.
—Sí, he tardado un poco más porque tenía movida en casa —me excuso.
Todo el barrio está enterado de lo que sucede. Los cuchicheos van de aquí para allá a todas horas. No sería la primera vez que escucho algo y tengo que liarme a golpes con algún vecino al oír hablar de cómo mi madre se deja pegar. Sé que llevan razón, pero ¡joder, es mi madre! Y, por supuesto, no voy a permitirlo.
Durante la fiesta nos ponemos a beber —y lo que no es beber— como cosacos. ¡Vaya ciego que cojo en una hora! Mikel, que está al tanto de mi estado de ánimo, me pide que me vaya con él a la parte de atrás de la casa. ¡Quiere fiesta! Así que vamos a darle alegría al cuerpo.
Nos dirigimos por los matorrales a la parte trasera de la enorme casa. Allí, apoyado en un muro junto a una especie de caseta de madera, me encuentro a Armando. ¡Oh, sí, trío a la vista! Pero mi sonrisa se borra cuando aparece Carolina, otra chica del instituto a la que, según sé, también le molan los tríos, aunque, visto lo visto, vamos a hacer una cama redonda. Me molesta un poco al principio, pero lo pienso mejor y me relajo pensando que puede ser divertido.
Nos miramos un instante, y Mikel, al ver mi cara de asombro, me dice al oído:
—Any, ¿te importa que Carolina se una a nuestra fiesta?
Niego con la cabeza y ella sonríe con cara de viciosa, cosa que no me hace tanta gracia. Las tías no me gustan. ¡Nada! Por lo tanto, me propongo dejarlo claro:
—No me importa, pero tened claro que no me gustan las mujeres. Creo que sabéis por dónde voy. —Miro a Armando y a Mikel.
Todos asienten y empezamos con nuestro tonteo entre los cuatro. Veo que Mikel comienza a meterle mano a Carolina, y es cierto que el simple hecho de mirar me pone un montón. Armando me quita con lentitud la ropa mientras me empuja hacia el interior de la caseta de madera. Por lo que puedo observar, es un cuarto para guardar herramientas y demás, y hay un montón de trastos por todos los rincones.
Contemplo a Armando. Es cierto que está mucho mejor dotado que Mikel en todos los sentidos, así que mientras mi novio se divierte con Carolina, intento aprovecharme de él todo lo posible.
Comenzamos a besarnos. Mete sus manos bajo mis bragas y empieza a masturbarme lentamente. Bajo las mías y desabrocho su pantalón para poder tocar su erección. Mmm…, cómo me gusta. Saboreo sus carnosos labios y aprovecho para darle pequeños mordiscos. En ese instante, noto que Mikel besa mis hombros, mi espalda y acaricia mi piel. Al mirar hacia el suelo, veo a Carolina hincada de rodillas chupándosela sin descanso. Armando también se postra de rodillas ante mí, y su ataque brutal contra mi sexo no se hace de rogar en cuanto Mikel pellizca mis pezones y se apodera de mi boca.
Nos tiramos un rato así hasta que Armando se levanta y me gira sobre él, dejando a un lado a Mikel, cosa que veo que a este no le agrada. ¿No ha querido traer a Carolina? Pues que la aproveche. Gracias a Dios, con Armando me lo paso de escándalo. Incluso pensándolo de manera fría, me sobraría mi novio.
Se sienta en el suelo sobre una especie de alfombra y agarra con fuerza mis caderas, tirando de mí para hacerme quedar a horcajadas encima de él. Poco a poco, introduzco su duro y excitante miembro en mi interior una vez que se ha colocado el preservativo, dando paso a un baile de lujuria. Estar con Armando tan íntimamente me excita y me gusta mucho a la vez. Es muy cariñoso, y siempre se preocupa por mí en todos los aspectos. Por ejemplo, siempre espera llegar al clímax junto conmigo, no como Mikel, que nunca ha tenido en cuenta ese pequeño detalle ni por un instante. Creo que esa es una de las razones por las que me encanta que venga con nosotros.
Después de tener mi primer orgasmo, noto que Mikel se sienta detrás, eleva mis caderas hacia arriba y se acomoda entre Armando y yo. Pone sus piernas por encima de las de Armando y entre los dos me colocan para una doble penetración.
—¿Estás bien, preciosa? —me pregunta Armando con cariño.
Asiento con la cabeza y, de reojo, veo que Mikel pone los ojos en blanco, como de costumbre. Nunca se preocupa por alguien más que no sea él. Y como ahora no es el momento de discutir, me dejo hacer. Todo esto me vuelve loca y no tengo ganas de pensar en nada más.
Armando se introduce por delante y, después, Mikel lo hace por detrás. Veo a Carolina masturbarse ante la escena, sin apartar los ojos de mí, algo que, de momento, no me molesta. Cuando estoy completamente apretada entre los dos, Mikel se mueve rítmicamente en mi interior, creando una sensación abrumadora e intensa, tan deliciosa y delirante que me hace gemir sin poder evitarlo. Apoyo mis manos en los hombros de Armando, arañando su fina piel sin ser consciente, hasta que las oleadas de placer comienzan a hormiguear por todo mi cuerpo sin darme tiempo a pensar.
Nos tiramos parte de la noche disfrutando del sexo, y sobre las cinco de la mañana, decido que ya es hora de volver a casa.
De regreso, creo que el pedo que llevo ha disminuido un poco, pero me fallan las piernas algunas veces. Entre el sexo, el alcohol y todo lo demás, estoy exhausta. Mikel se ha ido a su casa, y yo, al final, me he vuelto andando sola desde donde me ha dejado el autobús, en la oscuridad de la noche. Son muy pocas las veces que se digna a acompañarme. Estoy perdidamente enamorada de él, no voy a negarlo; me atrae mucho y espero que lleguemos a más. Sin embargo, algunas veces me saca de mis casillas.
Pienso en lo que ha pasado esta noche. No es la primera vez que lo hago, y me gusta bastante, siempre y cuando nadie se pase de listo y haga algo que alguno de los que participamos no quiera.
Cuando estoy a pocos metros de mi casa, veo todas las luces encendidas y me extraño. ¡Es tardísimo! Pero ¿qué hacen despiertos? Sigo el mismo paso que llevaba hasta que, de pronto, escucho a Nina gritar:
—¡Nooo! —Un sollozo sigue al alarido.
Mi pulso se acelera y corro hasta llegar con toda la sangre del cuerpo helada. Las llaves se me resbalan de las manos. ¡Mierda, los putos nervios! Cuando entro, no veo a nadie. Empiezo a correr en busca de mi madre y de Nina, mirando hacia todos los puntos que me son posibles.
—¡Nina! ¡Nina! ¿Dónde estás? ¿Mamá? ¡¿Mamá?! —chillo, dejándome la garganta.
No la escucho, así que intento llamar a mi madre otra vez. Pero nada, tampoco me contesta. Sin saber qué hacer, rebusco en todas las habitaciones de la casa y, por último, me dirijo a la parte de atrás del jardín, ya que es la única zona que no he visto. Cuando salgo, me encuentro a mi padre encima de mi hermana. Está agarrándola del pelo y tirando de ella. Sin dudarlo, voy hacia ellos.
—¡Suéltala! ¡Suéltala ahora mismo! —vocifero.
Trato de tirar de su hombro hacia atrás, sin éxito.
—¡Cállate, zorra! —Me mira furioso al mismo tiempo que me planta un bofetón.
Su tono de voz suena feroz. Es como si se le hubiera ido la cabeza por completo. Mi hermana está sangrando por la nariz.
Con toda la fuerza que soy capaz de reunir, me incorporo y empujo a mi padre, que cae de espaldas y se da en la cabeza contra el balancín. Sangra por la brecha que ha debido hacerse, pero yo no muevo ni un músculo para ayudarlo. Nina no para de sollozar y, como puedo, la acuno en mis brazos, intentando calmarla.
—Tranquila, Nina, ya ha pasado, ya ha pasado. Tranquila.
Le doy pequeños besos en el pelo. Pero ella no es capaz ni de hablar, hasta que, de pronto, murmura:
—Mamá... —vuelve a sollozar.
La miro sin entender nada. Busco a mi madre con la mirada, desesperada, pero no la encuentro. De repente, fijo la vista en una esquina del jardín y la veo... De mis ojos empiezan a salir lágrimas como puños. Está tirada en el suelo. Me levanto y corro hacia ella sin pensarlo.
—¿Mamá? ¡Mamá! Por favor, despierta, por favor... —le susurro.
Comienzo a gritar como una loca, zarandeándola impulsivamente. ¿Por qué no se mueve? ¿Por qué está tan quieta? Lo intento de nuevo y nada, es en vano. No puede ser... Finalmente, al ver que no responde, me derrumbo y lloro sin control.
Está… Está… muerta…
Por el rabillo del ojo, veo que mi padre se levanta y va hacia el salón tocándose la cabeza y maldiciendo. La rabia se apodera de mí. ¡Maldito cabrón! Vuelvo la vista hacia mi madre y, en un susurro desgarrador cerca de su oído, le digo, acariciándole el pelo:
—Lo siento, mamá. Te quiero.