Kitabı oku: «Me llaman Mzungu. Apuntes de una médica especialista en enfermedades infecciosas»
Traductor Yuliya Struve
Diseñadora de la portada Olga Miniyarova
Fotógrafa Olga Bernadskaya
© Anna Demina, 2026
ISBN 978-5-0071-2382-2
Created with Ridero smart publishing system

Anna Demina (seudónimo literario de Anna Koltsova Ushakova)
Demina Anna Vladimirovna (nacida en 1980) — doctora en ciencias médicas, especialista en enfermedades infecciosas, viróloga, escritora. Autora de más de 50 publicaciones científicas. Nacida en Novosibirsk, Rusia. Pasó su infancia en Bielorrusia. Se graduó en la Universidad de Medicina de Novosibirsk. Realizó sus estudios de posgrado en el Centro Estatal de Virología y Biotecnología “Vector”, en Koltsovo, región de Novosibirsk. La investigación de su tesis doctoral la llevó a cabo en Estocolmo, Suecia, en el Instituto Sueco para el Control de Enfermedades Infecciosas. Defendió su tesis doctoral en 2012.
Realizó su posdoctorado en la Universidad Ben-Gurión del Néguev, en Beer Sheva, Israel. Durante su trayectoria profesional trabajó en Uganda, África, donde escribió su primer relato, “Mi nombre es Mzungu”. Posteriormente surgieron nuevos relatos que pasaron a formar parte del libro.
Género: no ficción, autobiografía, memorias, en las que se relatan de manera cautivadora historias de la vida y la labor profesional de una médica especialista en enfermedades infecciosas.
PRÓLOGO
El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional Dulles de Washington. Pasé por el control de pasaportes, recogí mi equipaje y me dirigí a la sala de espera. Sobre las cabezas de los que saludaban se alzaba un cartel con mi nombre. Fue inesperado, pero agradable, y muy típico de David. Por supuesto, lo habría reconocido y visto incluso sin ese cartel. Era tan alto que siempre sobresalía por encima de la gente, y tan majestuoso que era imposible no prestarle atención. Creo que solo quería animarme en nuestro encuentro o imitar una recepción oficial.
David Franz era un coronel retirado del Ejército y director del Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de EE. UU.
La historia de cómo nos conocimos era bastante lógica para nuestras profesiones. Una vez, David vino a Rusia con una conferencia sobre infecciones especialmente peligrosas para la Universidad Estatal de Novosibirsk. Ese día, mi supervisor, Serguéi Víktorovich Netiósov, me pidió que tradujera su conferencia al ruso, ya que contenía muchos términos específicos que un traductor común podría no conocer.
Después de la conferencia, fuimos al museo de ciencias y yo permanecí en el papel de traductora. David y yo nos sentamos uno al lado del otro en el autobús y entablamos una conversación. Fue en ese momento cuando comenzó nuestra amistad. David y yo recordaríamos esto más de una vez y lo llamaríamos “día kármico”.
Intercambiamos contactos y, después de que David regresó a Estados Unidos, comenzamos a comunicarnos. Incluso teníamos una tradición maravillosa: “las cartas de los jueves”. El caso es que yo trabajaba como médica en el centro de salud, y era más fácil ir en metro que en coche para evitar los atascos. Todos los jueves, durante el trayecto, le escribía a David sobre mis pacientes, mis experiencias profesionales y las noticias, y él me escribía sobre su vida.
Más tarde, le presentamos a mi hija Sofía a su nieta Anna. Esta niña, originaria de China, había sido adoptada por la familia del hijo mayor de David. Mat y su esposa Amelia también adoptaron a un niño ruso, Kolia, y luego tuvieron su propio hijo. Así se convirtieron en una familia feliz con tres hijos.
Resultó que uno de los hijos de David había nacido el mismo día que yo, por lo que el profesor siempre me felicitaba puntualmente por mi cumpleaños. Por supuesto, hacíamos videollamadas, y así conocí a su hermosa esposa, Pat.
Pat es una mujer hermosa, tan fina y tan fuerte de espíritu. Siempre tenía una sonrisa en su rostro cuando nos encontrábamos. Pat daba clases de música a los niños. Y cocinaba maravillosamente. Creo que detrás de cada hombre exitoso hay una mujer así.
En mayo de 2017 me invitaron a dar una ponencia en una conferencia en Estados Unidos, en Washington. David Franz vivía cerca de allí, y llegué a propósito con antelación para quedarme con él y con Pat.
Tras un divertido encuentro en el aeropuerto, nos dirigimos al coche, donde nos esperaba su esposa. Fuimos por una carretera pintoresca, pasando junto a mansiones de una sola planta, como en las películas de Hollywood. La casa de David estaba junto a un lago y un prado verde, en un lugar tranquilo, el más adecuado para el descanso. La casa en sí había sido construida en estilo campestre, con vigas de madera y una gran mesa de madera en la sala de estar. Varias de las habitaciones estaban amuebladas en estilo vintage, con numerosos cojines decorativos sobre camas grandes. Y, en lugar de sentarme a descansar, comencé a fotografiar las habitaciones, porque quería mostrárselas a mi familia.
David me esperaba en la cocina, calentando la comida que su esposa había preparado de antemano. Ella también había horneado sus famosos brownies, los típicos pasteles de chocolate americanos. Rociados con nata montada, eran la mayor tentación, y por más dieta que siguiera, nunca podía rechazarlos.
La velada se volvió tan acogedora y propicia para las conversaciones que, durante muchas horas, sin parar, nos contamos historias de nuestras vidas. Recordamos cómo David había cambiado mi destino en un instante.
Y entonces David exclamó:
— ¡Anna, escribe un libro con todas tus historias! ¡Esto hay que publicarlo!
— ¿Quién, yo? ¿Un libro? —me reí.
— ¡Prométeme que lo escribirás! —insistió él, sin rendirse.
Continué bebiendo mi té verde con brownie, devolviéndole la sonrisa. Todavía no sabía que escribiría este libro: cómo decidí convertirme en médica de enfermedades infecciosas y, después, en viróloga. Escribiría sobre mi trabajo en Suecia, en África y en Israel. No sabía que me mudaría de Israel a España. Nadie imaginaba aún que el mundo viviría la pandemia del coronavirus Covid-19, ni cómo afectaría a tantos destinos. Los médicos comenzarían a atender por teléfono y videollamada. Y los virólogos se convertirían en personas conocidas.
Estaba sentada aquella noche en la cocina de una mansión en Estados Unidos, de visita en casa de David Franz, sin saber que esa noche sería tan decisiva.
David, te dedico este libro. Tengo muchas ganas de que lo leas en inglés. Y todavía me queda mucho trabajo por delante para publicarlo. ¡Pero este libro nació de verdad gracias a tu exclamación!
I. TESOROS DE LA VIEJA DOCTORA
Antes o después, todo lo oculto será revelado.
Sócrates
Pasé mi infancia en el sur de Bielorrusia, en la ciudad de Gómel, con mis abuelos por parte de madre. La mayor parte del tiempo estaba con mi bisabuela, Nadezhda Alexándrovna Koltsova, quien se convirtió en mi niñera. Fue médica especialista en enfermedades infecciosas y trabajó como tal durante la Segunda Guerra Mundial. Mi bisabuela trataba enfermedades que en el mundo moderno se consideran casi olvidadas: fiebre tifoidea y tifus, cólera, malaria.
Provenía de una familia de comerciantes. Nació en Moscú, pero pronto la familia se mudó a Siberia. Su padre había llegado desde Moscú a Tomsk para abrir tiendas de té al por mayor y al por menor de los célebres comerciantes Gubkin y Kuznetsov. En Tomsk, en la calle Zagórnaya, se encontraba su hermosa casa de madera, que no ha sobrevivido hasta nuestros días. Recibió su educación en la Universidad Médica de Tomsk. Se casó con Grigori Koltsov, teniente de la Guardia Blanca de Kolchak, que anteriormente había sido seminarista y cantaba maravillosamente. A él lo alcanzó el terrible destino de aquella época: fue declarado enemigo del pueblo, arrestado y fusilado. Tras la guerra civil y la pérdida de su esposo, Nadezhda Alexándrovna se mudó a Novosibirsk con su hijo.
Los altibajos de la vida la convirtieron en una mujer fuerte. También dirigió el hospital de enfermedades infecciosas al que acudían los evacuados durante la guerra, prisioneros alemanes o japoneses. Todo esto sucedía en medio de una epidemia de tuberculosis, brotes de disentería y muchas otras infecciones, en un contexto de devastación, hambre y frío en Siberia.

De izquierda a derecha: mi bisabuela Nadezhda Koltsova, mi madre Alexandra, mi abuela Raísa Koltsova y mi abuelo Georgy Koltsov
Recuerdo su mano fuerte, con la que apretaba dolorosamente mi palma mientras caminábamos por la calle. Recuerdo sus jarabes medicinales. Recuerdo cuántos libros me leía, mientras yo trenzaba coletas en los flecos de su alfombra, que colgaba de la pared según la vieja tradición. Con ella siempre me sentía tranquila. Ni siquiera puedo explicar por qué me comportaba en silencio y con obediencia, con seriedad y consideración. Para mí fue un símbolo de entereza, sabiduría e inteligencia.
En el dormitorio de mi abuela había un gran armario cuyas puertas se cerraban con llave. La llave de la puerta principal siempre estaba escondida. Se abría solo en ocasiones especiales. En uno de los estantes del armario había un cofre de metal. Los adultos susurraban que no debía tocarlo. Solo ellos podían abrirlo. Aparentemente contenía tesoros. Eso, al menos, pensaba yo cuando tenía cinco años.
Una vez acordé con mi abuelo que me mostraría lo que había en el armario y me explicaría por qué no me correspondía tocarlo. Tomó la llave, me miró con complicidad, me guiñó un ojo y se llevó el dedo índice a los labios. Entramos en silencio al dormitorio de la bisabuela. Fue tan emocionante como si entráramos en la tumba de un faraón y estuviéramos a punto de abrir el escondite principal. La llave hizo clic en la cerradura, la puerta crujió y el “cofre del tesoro” brilló ante nosotros.
Mi abuelo lo sacó con cuidado y lo colocó frente a mí. Abrió los dos cierres y levantó la tapa. Era una caja de metal para esterilizar instrumentos médicos: dentro había jeringas de vidrio reutilizables y agujas reutilizables, tijeras quirúrgicas con las puntas curvadas hacia arriba, un bisturí y una espátula metálica para examinar la garganta.
“Qué cosas tan valiosas”, pensé, y en ese momento quise tener justamente ese conjunto. Fue un recuerdo de infancia verdaderamente intenso.
Con la llegada de los instrumentos médicos desechables, finalmente me regalaron esa caja. Debo decir que todos mis juguetes se convirtieron de inmediato en pacientes. Cada muñeca y cada oso de peluche recibió su inyección. Luego llegó el turno del bisturí. Los juguetes fueron examinados en busca de órganos internos. En realidad, mi primer sueño era convertirme en cirujana, y por eso practicaba.
Ya en el instituto conseguí trabajo como enfermera en el departamento de cirugía del primer hospital de urgencias de la ciudad, para tener la práctica más intensa posible. Eran los tiempos de los famosos mafiosos rusos de los años noventa. Las ambulancias nos traían heridos: golpeados, accidentados de tránsito, cortados con arma blanca o con botellas rotas, heridos de bala, con laceraciones, desgarros y hemorragias. Y, por supuesto, hernias, apendicitis, úlceras, obstrucciones intestinales y otras enfermedades que requerían intervención quirúrgica urgente. Era el mejor lugar para practicar cirugía y templar el valor.
Los tesoros de la vieja doctora influyeron en mi decisión de convertirme en médica. Quizás la influencia definitiva vino, en realidad, de mi propia bisabuela, porque elegí la especialidad de enfermedades infecciosas en lugar de la cirugía. Así continué la tradición familiar. Y, de paso, adquirí una de las profesiones más raras del mundo.
II. CHERNÓBIL. RESIDENTES NO EVACUADOS
Y tocó la trompeta el tercer ángel, y cayó del cielo una gran estrella,
ardiendo como una antorcha,
y vino a dar sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas.
Y el nombre de la estrella es “Ajenjo”.
Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo,
y muchos hombres murieron a causa de esas aguas,
porque se habían vuelto amargas.
Apocalipsis, capítulo 8, versículos 10—11
Contaré esta historia a través de los ojos de una niña de seis años que vivía en Gómel, Bielorrusia, a 130 km de Prípiat, donde se encontraba la central nuclear de Chernóbil. Chernóbil, traducido del ucraniano, significa “Ajenjo”.
Son fragmentos de recuerdos que deberían quedar escritos para las futuras generaciones, tal como sucedieron.
El 26 de abril de 1986 paseaba con otros niños por la calle, en el patio de nuestro edificio de varios pisos. Soplaba un viento desagradable; parecía cargado de arena, y esa arena parecía atravesarme por completo. Fue un viento extraño, de lo contrario no lo recordaría. También recuerdo que quería volver a casa para refugiarme de él.
En los días siguientes, los adultos empezaron a comportarse de forma extraña. Me dieron a beber vino tinto y me obligaron a comer una lata de alga marina y medio vaso de nueces. Tal vez lo habría olvidado, pero, a partir de ese día, cada día durante todo el verano me daban uno de estos productos. Por cierto, ahora no bebo vino tinto ni como alga marina.
En la casa de campo teníamos un aparato interesantísimo: el “dosímetro”. La casa estaba en una zona maravillosa, con bosques de pinos, musgos y setas, a 5 km del pequeño pueblo de Vetka.
Con el dosímetro comprobábamos todas las raíces, verduras y bayas de la casa de campo. Cuando el aparato crepitaba, las verduras se hervían en tres aguas distintas: se ponían a hervir, se escurría el agua, se volvía a hervir, y así sucesivamente. Todo se lavaba y se volvía a lavar hasta que el dosímetro se calmaba.
Todos los residentes de Vetka fueron evacuados a finales de abril de 1986; el pueblo se convirtió en un fantasma: casas vacías, tiendas cerradas, silencio y vacío. Así es como se ve Prípiat en la actualidad. Pero entonces íbamos en bicicleta a contemplar aquel espectáculo, como si fuera una excursión. Nos colábamos en huertos abandonados para comer manzanas, y como nadie las lavaba, las frotábamos contra la camiseta y directamente a la boca.
Cuánto no entendíamos entonces. A nuestro alrededor había depósitos de yodo-131 y cesio-137. El epicentro estuvo precisamente en ese pueblo. Hasta el día de hoy, allí sigue habiendo cesio-137.
Lo único que recordamos con claridad es que no podíamos entrar al bosque, porque el dosímetro crepitaba siniestramente a pocos metros de él. El bosque fue un lugar prohibido durante toda mi infancia, desde los 6 hasta los 18 años. Nunca entré en el bosque, ni siquiera me acerqué. No conocí el sabor de las setas, porque estaba prohibido comerlas y, hasta hoy, siguen conteniendo sustancias radiactivas. No sé buscar ni recolectar setas. No sé orientarme en el bosque y puedo perderme con facilidad. El bosque allí es una fuente eterna de radiación, porque en ese ecosistema esta se elimina con gran dificultad.
Cultivábamos fresas extrañas: las bayas más grandes y de forma más singular me las daban a mí, por ser la niña de la casa. Pero eran bayas mutantes: fusionadas o de tamaño gigantesco. Yo realmente pensaba que las fresas normales tenían el tamaño de una palma, unos 10 cm. La mayoría de las veces nos crecía algo gigantesco y de forma anómala. Y nos maravillábamos y nos lo comíamos igual.

Verano de 1986, en la casa de campo, junto a los arbustos de fresas de formas anómalas
El yodo-131 empezó a sustituir rápidamente al yodo común en la glándula tiroides de las personas, y comenzaron las patologías, hasta llegar al cáncer de tiroides. Todos necesitaban tomar yodo normal para compensarlo. El yodo también impedía la acumulación de cesio y estroncio en el organismo.
El vino tinto no “eliminaba” la radiación, pero era un potente antioxidante. Es decir, suprimía la acción de los radicales libres e inhibía los procesos oxidativos del organismo que se desencadenan, entre otras causas, por la radiación. En ese sentido, puede considerarse un buen profiláctico.
Comer 5 nueces al día protegía frente al exceso de radiación. Las nueces aumentaban la resistencia a los rayos X de alto voltaje.
Cesio-137. Lo más molesto de este radioisótopo es su periodo de semidesintegración: 30,17 años. Lo más favorable es que forma compuestos de inmediato con el oxígeno, y todos esos compuestos son fácilmente solubles y se eliminan con agua. Pero es capaz de acumularse en los tejidos humanos. Se absorbe rápidamente en el torrente sanguíneo, se distribuye por todo el cuerpo y, más tarde, puede concentrarse en la parte inferior del organismo. El cesio-137 eleva la presión arterial (contrae los vasos sanguíneos) y provoca sarcoma.
En Bielorrusia, muchos de nuestros conocidos murieron de distintos tipos de cáncer, y mi bisabuela, médica especialista en enfermedades infecciosas, falleció ese mismo año. Más tarde, mi abuelo enfermaría de cáncer, ya que siempre había vivido cerca de Vetka. Y su esposa, mi abuela, tuvo problemas con la tiroides toda su vida. La mayoría de las mujeres jóvenes tuvieron abortos espontáneos o mortinatos. En mi entorno hay muchas tragedias de este tipo.
Los animales nacían con patologías y morían rápidamente. Dicen que las arañas dejaron de tejer telarañas simétricas y empezaron a crear algo extraño.
Aprecio todo lo que los adultos hicieron por mí: la prohibición del bosque, el lavado de los alimentos, las nueces, el alga marina y el vino tinto. ¡Y cuánto no pudieron controlar! Cuántas cosas descubrimos solo ahora, casi 40 años después. Y ahora, en la escuela, se enseña a los niños el mecanismo del accidente, la forma de detener un reactor nuclear y las causas de los errores en la gestión de una central nuclear.
Mi hija sabe muchas veces más sobre este tema de lo que yo sabía a su edad.
Qué pena que les dejamos este problema a ellos y a nuestros descendientes. Todavía tienen que construir un nuevo sarcófago y pensar en una energía segura.
Chernóbil es una lección trágica para la humanidad.
III. CAMPAMENTO GITANO
¡Ay, romalé, ay, chavalé!
¡Ay, romalé, ay, chavalé!
¡Ay, gitanos, ay, chicos!
¡Ay, gitanos, ay, chicos!
Canción popular gitana
El azote de nuestro barrio era un campamento gitano, por el que había que pasar desapercibida para llegar al mercado local. Preguntar «¿cómo llegar a la clínica infantil?” o «¿qué hora es?” dejaba al que preguntaba sin dinero y en estado de hipnosis durante el resto del día.
Las gitanas eran profesionales en su oficio, y además eran tan tradicionales que solo les faltaba un oso para completar el cuadro. Pañuelos en la cabeza, largas trenzas negras, dientes de oro, faldas largas de varias capas, chales, hipnosis y lectura de manos, “predicción de tu destino en 5 minutos”, “diagnóstico completo de tu salud en 3 minutos”.
Aquel día aciago, el 18 de marzo, era mi cumpleaños. Creo que cumplía 11 años. Mamá me dio 100 rublos para comprar provisiones y me envió al mercado y a la tienda. Los cien rublos, en billetes de diez, se enrollaron en un tubo y se guardaron con cuidado dentro de una manopla sujeta con una goma elástica. Sí, marzo en Siberia era tan crudo como el invierno entero.
Caminaba por el sendero “peligroso”, agarrando con fuerza el fajo de billetes de diez rublos. Y, por supuesto, la gitana ya esperaba a su presa a la vuelta de la esquina. Simplemente me preguntó: «¿Qué hora es?”. Y no pudo evitar notar que la mano con el reloj no se doblaba dentro de la manopla. En agradecimiento por mi respuesta, me dijo que veía en mí mal de ojo y enfermedad, algo que no podía sino entristecerme justo el día de mi cumpleaños. Me aseguró que lo eliminaría de inmediato. Muy rápido, la gitana me arrancó tres cabellos del flequillo y empezó a susurrarles algo.
Observé con atención mientras me “sanaba”. Al final del ritual, la gitana me propuso envolver los cabellos en cualquier billete de papel y enterrarlo en la tierra medio deshelada. Mmm. No tenía billetes pequeños, y sacar uno de diez rublos de un fajo enrollado era claramente complicado. Dudé.
Pero otras gitanas empezaron a rodearnos: un campamento multicolor con gritos, ruido y alboroto, que me dejó completamente aturdida.
La gitana alcanzó rápidamente mi manopla. En ese instante ocurrió algo, y me di cuenta de que la manopla colgaba de la goma elástica, pero no había dinero en la palma de mi mano. Ninguno. Tampoco había dinero en las manos de la gitana. Sopló sobre sus palmas vacías como un buen mago. Agitó las muñecas en el aire, como dispersando el “mal de ojo y el daño”, y anunció que ahora estaba completamente sana.
Me quedé completamente conmocionada, sintiéndome como una voluntaria de circo a la que un mago hubiera sacado del público. Y, al mismo tiempo, comprendí con claridad que ya no habría ensaladas, ni limonadas, ni tarta con una cereza en mi mesa de cumpleaños.
El campamento gitano desapareció en el aire, como si nunca hubiera existido. Me quedé sola en la calle. ¿Cómo?
Bueno, ese fue el final de mi fiesta. Me quedaban dos opciones: ir a casa y confesárselo todo a mamá o…
…¡Ir a la policía! ¿Dónde estaba nuestra policía?
Cerca había una estación de metro, “Plaza de Karl Marx”, y en ella había una comisaría local. Corrí hasta allí llorando y gritando: «¡Ayuda, me han robado!”.
Un policía alto, como un gigante bondadoso, me tomó de la mano y me preguntó quién lo había hecho. Describí el campamento gitano a la entrada del metro. Frunció el ceño con gesto de complicidad, llamó a su compañero, y los dos subieron. Allí atraparon a la gitana más anciana de todo el campamento. Lo cual me disgustó todavía más, porque no era ella quien me había robado. Incluso intenté decirles a los policías que no era la misma persona, porque me parecía que debían castigar a los culpables, y no a la más anciana, que no podía huir con rapidez de la policía.
Pero los policías eran profesionales. Sabían a quién atrapar. Nos llevaron a una habitación tras las rejas y cerraron la puerta. Comenzó el interrogatorio a la anciana gitana.
— Saca el dinero —le sugirieron con amabilidad. Pero la gitana aseguraba que no tenía nada.
— Oye, no vamos a levantarte las faldas nosotros, ¡hazlo tú misma! —eso me sorprendió; no sabía que las faldas de las gitanas tenían varias capas.
El policía bueno y el policía malo se turnaban para persuadir y amenazar a la anciana jefa del campamento.
Yo estaba sentada en un banco de madera enfrente, observándolo todo, como si asistiera al segundo acto de un espectáculo de circo.
Finalmente, la gitana se rindió y empezó a levantar un dobladillo tras otro. La última falda tenía un bolsillo grande, del cual el policía comenzó a sacar dinero y a colocarlo sobre la mesa, frente a mí. Billetes arrugados de distintas denominaciones, mis billetes de diez rublos enrollados entre ellos: todo el dobladillo con el salario diario del campamento gitano estaba ahora sobre la mesa.
— ¿Es tu dinero? —me preguntó el policía.
— Mío —respondí. Miré feliz mi tubo de billetes, y no quería decir nada más con eso.
— Llévatelo todo —ordenó el policía.
— ¿¡Todo?! ¿Todo, todo? —no podía creer lo que estaba pasando. Pero el policía ya estaba metiendo el dinero en un paquete grande, que me entregó.
— ¿Todo esto es para mí? —pregunté con sorpresa. El policía resopló, irritado, y dijo: “Vete a casa, no tenemos tiempo para andar contigo, ¡y no te metas más con los gitanos!”. Firmé un documento, cogí los billetes y me los guardé en el bolsillo.
La anciana gitana me miró con sus ojos terribles y brillantes, y yo la miré a ella mientras caminaba despacio hacia la salida. El duelo de miradas fue como un diálogo telepático, en el que ella me prometía volver a encontrarme en la calle, y yo les advertía a todas que no se atrevieran a hacerlo de nuevo, o volvería a terminar mal para ellas.
Regresaba a casa pensando si había tenido derecho a quedarme con todo el dinero. Aunque, por otro lado, aquello era como una recompensa por no haberme rendido, por no haberme dejado confundir, por no haber temido la magia gitana, y por haber resuelto sola mi problema, sin ayuda de mis padres. Yo misma había llamado a la policía, yo misma había firmado el atestado. Al fin y al cabo, ¡ya era un año más adulta!
La fiesta de aquel día fue maravillosa: con ensaladas, limonadas, dulces y una tarta con una cereza.
El azote de nuestro barrio era un campamento gitano a la entrada del mercado. El azote del campamento gitano fue una niña de 11 años, y nadie volvió a tocarla jamás.