Kitabı oku: «Me llaman Mzungu. Apuntes de una médica especialista en enfermedades infecciosas»
Traductor Yuliya Struve
Diseñadora de la portada Olga Miniyarova
Fotógrafa Olga Bernadskaya
© Anna Demina, 2026
ISBN 978-5-0071-2382-2
Created with Ridero smart publishing system

Anna Demina (seudónimo literario de Anna Koltsova Ushakova)
Demina Anna Vladimirovna (nacida en 1980) — doctora en ciencias médicas, especialista en enfermedades infecciosas, viróloga, escritora. Autora de más de 50 publicaciones científicas. Nacida en Novosibirsk, Rusia. Pasó su infancia en Bielorrusia. Se graduó en la Universidad de Medicina de Novosibirsk. Realizó sus estudios de posgrado en el Centro Estatal de Virología y Biotecnología “Vector”, en Koltsovo, región de Novosibirsk. La investigación de su tesis doctoral la llevó a cabo en Estocolmo, Suecia, en el Instituto Sueco para el Control de Enfermedades Infecciosas. Defendió su tesis doctoral en 2012.
Realizó su posdoctorado en la Universidad Ben-Gurión del Néguev, en Beer Sheva, Israel. Durante su trayectoria profesional trabajó en Uganda, África, donde escribió su primer relato, “Mi nombre es Mzungu”. Posteriormente surgieron nuevos relatos que pasaron a formar parte del libro.
Género: no ficción, autobiografía, memorias, en las que se relatan de manera cautivadora historias de la vida y la labor profesional de una médica especialista en enfermedades infecciosas.
PRÓLOGO
El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional Dulles de Washington. Pasé por el control de pasaportes, recogí mi equipaje y me dirigí a la sala de espera. Sobre las cabezas de los que saludaban se alzaba un cartel con mi nombre. Fue inesperado, pero agradable, y muy típico de David. Por supuesto, lo habría reconocido y visto incluso sin ese cartel. Era tan alto que siempre sobresalía por encima de la gente, y tan majestuoso que era imposible no prestarle atención. Creo que solo quería animarme en nuestro encuentro o imitar una recepción oficial.
David Franz era un coronel retirado del Ejército y director del Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de EE. UU.
La historia de cómo nos conocimos era bastante lógica para nuestras profesiones. Una vez, David vino a Rusia con una conferencia sobre infecciones especialmente peligrosas para la Universidad Estatal de Novosibirsk. Ese día, mi supervisor, Serguéi Víktorovich Netiósov, me pidió que tradujera su conferencia al ruso, ya que contenía muchos términos específicos que un traductor común podría no conocer.
Después de la conferencia, fuimos al museo de ciencias y yo permanecí en el papel de traductora. David y yo nos sentamos uno al lado del otro en el autobús y entablamos una conversación. Fue en ese momento cuando comenzó nuestra amistad. David y yo recordaríamos esto más de una vez y lo llamaríamos “día kármico”.
Intercambiamos contactos y, después de que David regresó a Estados Unidos, comenzamos a comunicarnos. Incluso teníamos una tradición maravillosa: “las cartas de los jueves”. El caso es que yo trabajaba como médica en el centro de salud, y era más fácil ir en metro que en coche para evitar los atascos. Todos los jueves, durante el trayecto, le escribía a David sobre mis pacientes, mis experiencias profesionales y las noticias, y él me escribía sobre su vida.
Más tarde, le presentamos a mi hija Sofía a su nieta Anna. Esta niña, originaria de China, había sido adoptada por la familia del hijo mayor de David. Mat y su esposa Amelia también adoptaron a un niño ruso, Kolia, y luego tuvieron su propio hijo. Así se convirtieron en una familia feliz con tres hijos.
Resultó que uno de los hijos de David había nacido el mismo día que yo, por lo que el profesor siempre me felicitaba puntualmente por mi cumpleaños. Por supuesto, hacíamos videollamadas, y así conocí a su hermosa esposa, Pat.
Pat es una mujer hermosa, tan fina y tan fuerte de espíritu. Siempre tenía una sonrisa en su rostro cuando nos encontrábamos. Pat daba clases de música a los niños. Y cocinaba maravillosamente. Creo que detrás de cada hombre exitoso hay una mujer así.
En mayo de 2017 me invitaron a dar una ponencia en una conferencia en Estados Unidos, en Washington. David Franz vivía cerca de allí, y llegué a propósito con antelación para quedarme con él y con Pat.
Tras un divertido encuentro en el aeropuerto, nos dirigimos al coche, donde nos esperaba su esposa. Fuimos por una carretera pintoresca, pasando junto a mansiones de una sola planta, como en las películas de Hollywood. La casa de David estaba junto a un lago y un prado verde, en un lugar tranquilo, el más adecuado para el descanso. La casa en sí había sido construida en estilo campestre, con vigas de madera y una gran mesa de madera en la sala de estar. Varias de las habitaciones estaban amuebladas en estilo vintage, con numerosos cojines decorativos sobre camas grandes. Y, en lugar de sentarme a descansar, comencé a fotografiar las habitaciones, porque quería mostrárselas a mi familia.
David me esperaba en la cocina, calentando la comida que su esposa había preparado de antemano. Ella también había horneado sus famosos brownies, los típicos pasteles de chocolate americanos. Rociados con nata montada, eran la mayor tentación, y por más dieta que siguiera, nunca podía rechazarlos.
La velada se volvió tan acogedora y propicia para las conversaciones que, durante muchas horas, sin parar, nos contamos historias de nuestras vidas. Recordamos cómo David había cambiado mi destino en un instante.
Y entonces David exclamó:
— ¡Anna, escribe un libro con todas tus historias! ¡Esto hay que publicarlo!
— ¿Quién, yo? ¿Un libro? —me reí.
— ¡Prométeme que lo escribirás! —insistió él, sin rendirse.
Continué bebiendo mi té verde con brownie, devolviéndole la sonrisa. Todavía no sabía que escribiría este libro: cómo decidí convertirme en médica de enfermedades infecciosas y, después, en viróloga. Escribiría sobre mi trabajo en Suecia, en África y en Israel. No sabía que me mudaría de Israel a España. Nadie imaginaba aún que el mundo viviría la pandemia del coronavirus Covid-19, ni cómo afectaría a tantos destinos. Los médicos comenzarían a atender por teléfono y videollamada. Y los virólogos se convertirían en personas conocidas.
Estaba sentada aquella noche en la cocina de una mansión en Estados Unidos, de visita en casa de David Franz, sin saber que esa noche sería tan decisiva.
David, te dedico este libro. Tengo muchas ganas de que lo leas en inglés. Y todavía me queda mucho trabajo por delante para publicarlo. ¡Pero este libro nació de verdad gracias a tu exclamación!
I. TESOROS DE LA VIEJA DOCTORA
Antes o después, todo lo oculto será revelado.
Sócrates
Pasé mi infancia en el sur de Bielorrusia, en la ciudad de Gómel, con mis abuelos por parte de madre. La mayor parte del tiempo estaba con mi bisabuela, Nadezhda Alexándrovna Koltsova, quien se convirtió en mi niñera. Fue médica especialista en enfermedades infecciosas y trabajó como tal durante la Segunda Guerra Mundial. Mi bisabuela trataba enfermedades que en el mundo moderno se consideran casi olvidadas: fiebre tifoidea y tifus, cólera, malaria.
Provenía de una familia de comerciantes. Nació en Moscú, pero pronto la familia se mudó a Siberia. Su padre había llegado desde Moscú a Tomsk para abrir tiendas de té al por mayor y al por menor de los célebres comerciantes Gubkin y Kuznetsov. En Tomsk, en la calle Zagórnaya, se encontraba su hermosa casa de madera, que no ha sobrevivido hasta nuestros días. Recibió su educación en la Universidad Médica de Tomsk. Se casó con Grigori Koltsov, teniente de la Guardia Blanca de Kolchak, que anteriormente había sido seminarista y cantaba maravillosamente. A él lo alcanzó el terrible destino de aquella época: fue declarado enemigo del pueblo, arrestado y fusilado. Tras la guerra civil y la pérdida de su esposo, Nadezhda Alexándrovna se mudó a Novosibirsk con su hijo.
Los altibajos de la vida la convirtieron en una mujer fuerte. También dirigió el hospital de enfermedades infecciosas al que acudían los evacuados durante la guerra, prisioneros alemanes o japoneses. Todo esto sucedía en medio de una epidemia de tuberculosis, brotes de disentería y muchas otras infecciones, en un contexto de devastación, hambre y frío en Siberia.

De izquierda a derecha: mi bisabuela Nadezhda Koltsova, mi madre Alexandra, mi abuela Raísa Koltsova y mi abuelo Georgy Koltsov
Recuerdo su mano fuerte, con la que apretaba dolorosamente mi palma mientras caminábamos por la calle. Recuerdo sus jarabes medicinales. Recuerdo cuántos libros me leía, mientras yo trenzaba coletas en los flecos de su alfombra, que colgaba de la pared según la vieja tradición. Con ella siempre me sentía tranquila. Ni siquiera puedo explicar por qué me comportaba en silencio y con obediencia, con seriedad y consideración. Para mí fue un símbolo de entereza, sabiduría e inteligencia.
En el dormitorio de mi abuela había un gran armario cuyas puertas se cerraban con llave. La llave de la puerta principal siempre estaba escondida. Se abría solo en ocasiones especiales. En uno de los estantes del armario había un cofre de metal. Los adultos susurraban que no debía tocarlo. Solo ellos podían abrirlo. Aparentemente contenía tesoros. Eso, al menos, pensaba yo cuando tenía cinco años.
Una vez acordé con mi abuelo que me mostraría lo que había en el armario y me explicaría por qué no me correspondía tocarlo. Tomó la llave, me miró con complicidad, me guiñó un ojo y se llevó el dedo índice a los labios. Entramos en silencio al dormitorio de la bisabuela. Fue tan emocionante como si entráramos en la tumba de un faraón y estuviéramos a punto de abrir el escondite principal. La llave hizo clic en la cerradura, la puerta crujió y el “cofre del tesoro” brilló ante nosotros.
Mi abuelo lo sacó con cuidado y lo colocó frente a mí. Abrió los dos cierres y levantó la tapa. Era una caja de metal para esterilizar instrumentos médicos: dentro había jeringas de vidrio reutilizables y agujas reutilizables, tijeras quirúrgicas con las puntas curvadas hacia arriba, un bisturí y una espátula metálica para examinar la garganta.
“Qué cosas tan valiosas”, pensé, y en ese momento quise tener justamente ese conjunto. Fue un recuerdo de infancia verdaderamente intenso.
Con la llegada de los instrumentos médicos desechables, finalmente me regalaron esa caja. Debo decir que todos mis juguetes se convirtieron de inmediato en pacientes. Cada muñeca y cada oso de peluche recibió su inyección. Luego llegó el turno del bisturí. Los juguetes fueron examinados en busca de órganos internos. En realidad, mi primer sueño era convertirme en cirujana, y por eso practicaba.
Ya en el instituto conseguí trabajo como enfermera en el departamento de cirugía del primer hospital de urgencias de la ciudad, para tener la práctica más intensa posible. Eran los tiempos de los famosos mafiosos rusos de los años noventa. Las ambulancias nos traían heridos: golpeados, accidentados de tránsito, cortados con arma blanca o con botellas rotas, heridos de bala, con laceraciones, desgarros y hemorragias. Y, por supuesto, hernias, apendicitis, úlceras, obstrucciones intestinales y otras enfermedades que requerían intervención quirúrgica urgente. Era el mejor lugar para practicar cirugía y templar el valor.
Los tesoros de la vieja doctora influyeron en mi decisión de convertirme en médica. Quizás la influencia definitiva vino, en realidad, de mi propia bisabuela, porque elegí la especialidad de enfermedades infecciosas en lugar de la cirugía. Así continué la tradición familiar. Y, de paso, adquirí una de las profesiones más raras del mundo.
II. CHERNÓBIL. RESIDENTES NO EVACUADOS
Y tocó la trompeta el tercer ángel, y cayó del cielo una gran estrella,
ardiendo como una antorcha,
y vino a dar sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas.
Y el nombre de la estrella es “Ajenjo”.
Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo,
y muchos hombres murieron a causa de esas aguas,
porque se habían vuelto amargas.
Apocalipsis, capítulo 8, versículos 10—11
Contaré esta historia a través de los ojos de una niña de seis años que vivía en Gómel, Bielorrusia, a 130 km de Prípiat, donde se encontraba la central nuclear de Chernóbil. Chernóbil, traducido del ucraniano, significa “Ajenjo”.
Son fragmentos de recuerdos que deberían quedar escritos para las futuras generaciones, tal como sucedieron.
El 26 de abril de 1986 paseaba con otros niños por la calle, en el patio de nuestro edificio de varios pisos. Soplaba un viento desagradable; parecía cargado de arena, y esa arena parecía atravesarme por completo. Fue un viento extraño, de lo contrario no lo recordaría. También recuerdo que quería volver a casa para refugiarme de él.
En los días siguientes, los adultos empezaron a comportarse de forma extraña. Me dieron a beber vino tinto y me obligaron a comer una lata de alga marina y medio vaso de nueces. Tal vez lo habría olvidado, pero, a partir de ese día, cada día durante todo el verano me daban uno de estos productos. Por cierto, ahora no bebo vino tinto ni como alga marina.
En la casa de campo teníamos un aparato interesantísimo: el “dosímetro”. La casa estaba en una zona maravillosa, con bosques de pinos, musgos y setas, a 5 km del pequeño pueblo de Vetka.
Con el dosímetro comprobábamos todas las raíces, verduras y bayas de la casa de campo. Cuando el aparato crepitaba, las verduras se hervían en tres aguas distintas: se ponían a hervir, se escurría el agua, se volvía a hervir, y así sucesivamente. Todo se lavaba y se volvía a lavar hasta que el dosímetro se calmaba.
Todos los residentes de Vetka fueron evacuados a finales de abril de 1986; el pueblo se convirtió en un fantasma: casas vacías, tiendas cerradas, silencio y vacío. Así es como se ve Prípiat en la actualidad. Pero entonces íbamos en bicicleta a contemplar aquel espectáculo, como si fuera una excursión. Nos colábamos en huertos abandonados para comer manzanas, y como nadie las lavaba, las frotábamos contra la camiseta y directamente a la boca.
Cuánto no entendíamos entonces. A nuestro alrededor había depósitos de yodo-131 y cesio-137. El epicentro estuvo precisamente en ese pueblo. Hasta el día de hoy, allí sigue habiendo cesio-137.
Lo único que recordamos con claridad es que no podíamos entrar al bosque, porque el dosímetro crepitaba siniestramente a pocos metros de él. El bosque fue un lugar prohibido durante toda mi infancia, desde los 6 hasta los 18 años. Nunca entré en el bosque, ni siquiera me acerqué. No conocí el sabor de las setas, porque estaba prohibido comerlas y, hasta hoy, siguen conteniendo sustancias radiactivas. No sé buscar ni recolectar setas. No sé orientarme en el bosque y puedo perderme con facilidad. El bosque allí es una fuente eterna de radiación, porque en ese ecosistema esta se elimina con gran dificultad.
Cultivábamos fresas extrañas: las bayas más grandes y de forma más singular me las daban a mí, por ser la niña de la casa. Pero eran bayas mutantes: fusionadas o de tamaño gigantesco. Yo realmente pensaba que las fresas normales tenían el tamaño de una palma, unos 10 cm. La mayoría de las veces nos crecía algo gigantesco y de forma anómala. Y nos maravillábamos y nos lo comíamos igual.

Verano de 1986, en la casa de campo, junto a los arbustos de fresas de formas anómalas
El yodo-131 empezó a sustituir rápidamente al yodo común en la glándula tiroides de las personas, y comenzaron las patologías, hasta llegar al cáncer de tiroides. Todos necesitaban tomar yodo normal para compensarlo. El yodo también impedía la acumulación de cesio y estroncio en el organismo.
El vino tinto no “eliminaba” la radiación, pero era un potente antioxidante. Es decir, suprimía la acción de los radicales libres e inhibía los procesos oxidativos del organismo que se desencadenan, entre otras causas, por la radiación. En ese sentido, puede considerarse un buen profiláctico.
Comer 5 nueces al día protegía frente al exceso de radiación. Las nueces aumentaban la resistencia a los rayos X de alto voltaje.
Cesio-137. Lo más molesto de este radioisótopo es su periodo de semidesintegración: 30,17 años. Lo más favorable es que forma compuestos de inmediato con el oxígeno, y todos esos compuestos son fácilmente solubles y se eliminan con agua. Pero es capaz de acumularse en los tejidos humanos. Se absorbe rápidamente en el torrente sanguíneo, se distribuye por todo el cuerpo y, más tarde, puede concentrarse en la parte inferior del organismo. El cesio-137 eleva la presión arterial (contrae los vasos sanguíneos) y provoca sarcoma.
En Bielorrusia, muchos de nuestros conocidos murieron de distintos tipos de cáncer, y mi bisabuela, médica especialista en enfermedades infecciosas, falleció ese mismo año. Más tarde, mi abuelo enfermaría de cáncer, ya que siempre había vivido cerca de Vetka. Y su esposa, mi abuela, tuvo problemas con la tiroides toda su vida. La mayoría de las mujeres jóvenes tuvieron abortos espontáneos o mortinatos. En mi entorno hay muchas tragedias de este tipo.
Los animales nacían con patologías y morían rápidamente. Dicen que las arañas dejaron de tejer telarañas simétricas y empezaron a crear algo extraño.
Aprecio todo lo que los adultos hicieron por mí: la prohibición del bosque, el lavado de los alimentos, las nueces, el alga marina y el vino tinto. ¡Y cuánto no pudieron controlar! Cuántas cosas descubrimos solo ahora, casi 40 años después. Y ahora, en la escuela, se enseña a los niños el mecanismo del accidente, la forma de detener un reactor nuclear y las causas de los errores en la gestión de una central nuclear.
Mi hija sabe muchas veces más sobre este tema de lo que yo sabía a su edad.
Qué pena que les dejamos este problema a ellos y a nuestros descendientes. Todavía tienen que construir un nuevo sarcófago y pensar en una energía segura.
Chernóbil es una lección trágica para la humanidad.
III. CAMPAMENTO GITANO
¡Ay, romalé, ay, chavalé!
¡Ay, romalé, ay, chavalé!
¡Ay, gitanos, ay, chicos!
¡Ay, gitanos, ay, chicos!
Canción popular gitana
El azote de nuestro barrio era un campamento gitano, por el que había que pasar desapercibida para llegar al mercado local. Preguntar «¿cómo llegar a la clínica infantil?” o «¿qué hora es?” dejaba al que preguntaba sin dinero y en estado de hipnosis durante el resto del día.
Las gitanas eran profesionales en su oficio, y además eran tan tradicionales que solo les faltaba un oso para completar el cuadro. Pañuelos en la cabeza, largas trenzas negras, dientes de oro, faldas largas de varias capas, chales, hipnosis y lectura de manos, “predicción de tu destino en 5 minutos”, “diagnóstico completo de tu salud en 3 minutos”.
Aquel día aciago, el 18 de marzo, era mi cumpleaños. Creo que cumplía 11 años. Mamá me dio 100 rublos para comprar provisiones y me envió al mercado y a la tienda. Los cien rublos, en billetes de diez, se enrollaron en un tubo y se guardaron con cuidado dentro de una manopla sujeta con una goma elástica. Sí, marzo en Siberia era tan crudo como el invierno entero.
Caminaba por el sendero “peligroso”, agarrando con fuerza el fajo de billetes de diez rublos. Y, por supuesto, la gitana ya esperaba a su presa a la vuelta de la esquina. Simplemente me preguntó: «¿Qué hora es?”. Y no pudo evitar notar que la mano con el reloj no se doblaba dentro de la manopla. En agradecimiento por mi respuesta, me dijo que veía en mí mal de ojo y enfermedad, algo que no podía sino entristecerme justo el día de mi cumpleaños. Me aseguró que lo eliminaría de inmediato. Muy rápido, la gitana me arrancó tres cabellos del flequillo y empezó a susurrarles algo.
Observé con atención mientras me “sanaba”. Al final del ritual, la gitana me propuso envolver los cabellos en cualquier billete de papel y enterrarlo en la tierra medio deshelada. Mmm. No tenía billetes pequeños, y sacar uno de diez rublos de un fajo enrollado era claramente complicado. Dudé.
Pero otras gitanas empezaron a rodearnos: un campamento multicolor con gritos, ruido y alboroto, que me dejó completamente aturdida.
La gitana alcanzó rápidamente mi manopla. En ese instante ocurrió algo, y me di cuenta de que la manopla colgaba de la goma elástica, pero no había dinero en la palma de mi mano. Ninguno. Tampoco había dinero en las manos de la gitana. Sopló sobre sus palmas vacías como un buen mago. Agitó las muñecas en el aire, como dispersando el “mal de ojo y el daño”, y anunció que ahora estaba completamente sana.
Me quedé completamente conmocionada, sintiéndome como una voluntaria de circo a la que un mago hubiera sacado del público. Y, al mismo tiempo, comprendí con claridad que ya no habría ensaladas, ni limonadas, ni tarta con una cereza en mi mesa de cumpleaños.
El campamento gitano desapareció en el aire, como si nunca hubiera existido. Me quedé sola en la calle. ¿Cómo?
Bueno, ese fue el final de mi fiesta. Me quedaban dos opciones: ir a casa y confesárselo todo a mamá o…
…¡Ir a la policía! ¿Dónde estaba nuestra policía?
Cerca había una estación de metro, “Plaza de Karl Marx”, y en ella había una comisaría local. Corrí hasta allí llorando y gritando: «¡Ayuda, me han robado!”.
Un policía alto, como un gigante bondadoso, me tomó de la mano y me preguntó quién lo había hecho. Describí el campamento gitano a la entrada del metro. Frunció el ceño con gesto de complicidad, llamó a su compañero, y los dos subieron. Allí atraparon a la gitana más anciana de todo el campamento. Lo cual me disgustó todavía más, porque no era ella quien me había robado. Incluso intenté decirles a los policías que no era la misma persona, porque me parecía que debían castigar a los culpables, y no a la más anciana, que no podía huir con rapidez de la policía.
Pero los policías eran profesionales. Sabían a quién atrapar. Nos llevaron a una habitación tras las rejas y cerraron la puerta. Comenzó el interrogatorio a la anciana gitana.
— Saca el dinero —le sugirieron con amabilidad. Pero la gitana aseguraba que no tenía nada.
— Oye, no vamos a levantarte las faldas nosotros, ¡hazlo tú misma! —eso me sorprendió; no sabía que las faldas de las gitanas tenían varias capas.
El policía bueno y el policía malo se turnaban para persuadir y amenazar a la anciana jefa del campamento.
Yo estaba sentada en un banco de madera enfrente, observándolo todo, como si asistiera al segundo acto de un espectáculo de circo.
Finalmente, la gitana se rindió y empezó a levantar un dobladillo tras otro. La última falda tenía un bolsillo grande, del cual el policía comenzó a sacar dinero y a colocarlo sobre la mesa, frente a mí. Billetes arrugados de distintas denominaciones, mis billetes de diez rublos enrollados entre ellos: todo el dobladillo con el salario diario del campamento gitano estaba ahora sobre la mesa.
— ¿Es tu dinero? —me preguntó el policía.
— Mío —respondí. Miré feliz mi tubo de billetes, y no quería decir nada más con eso.
— Llévatelo todo —ordenó el policía.
— ¿¡Todo?! ¿Todo, todo? —no podía creer lo que estaba pasando. Pero el policía ya estaba metiendo el dinero en un paquete grande, que me entregó.
— ¿Todo esto es para mí? —pregunté con sorpresa. El policía resopló, irritado, y dijo: “Vete a casa, no tenemos tiempo para andar contigo, ¡y no te metas más con los gitanos!”. Firmé un documento, cogí los billetes y me los guardé en el bolsillo.
La anciana gitana me miró con sus ojos terribles y brillantes, y yo la miré a ella mientras caminaba despacio hacia la salida. El duelo de miradas fue como un diálogo telepático, en el que ella me prometía volver a encontrarme en la calle, y yo les advertía a todas que no se atrevieran a hacerlo de nuevo, o volvería a terminar mal para ellas.
Regresaba a casa pensando si había tenido derecho a quedarme con todo el dinero. Aunque, por otro lado, aquello era como una recompensa por no haberme rendido, por no haberme dejado confundir, por no haber temido la magia gitana, y por haber resuelto sola mi problema, sin ayuda de mis padres. Yo misma había llamado a la policía, yo misma había firmado el atestado. Al fin y al cabo, ¡ya era un año más adulta!
La fiesta de aquel día fue maravillosa: con ensaladas, limonadas, dulces y una tarta con una cereza.
El azote de nuestro barrio era un campamento gitano a la entrada del mercado. El azote del campamento gitano fue una niña de 11 años, y nadie volvió a tocarla jamás.
IV. AVES DEL PARAÍSO
En el cuartito detrás del salón de actos
ensayaba el conjunto escolar
vocal-instrumental,
llamado “Juventud”.
Batería, ritmo, solo y bajo…
Canción “Eterna juventud”, grupo Chizh y Cía.
La escuela-gimnasio N.º 10, con estudio profundo del idioma inglés, era famosa en toda la ciudad. Los alumnos siempre ganaban las olimpiadas municipales de inglés. El mejor entrenador de atletismo de la ciudad formaba deportistas que obtenían premios en todas las carreras. Pero, sobre todo, la escuela era una fuente de creatividad y autoexpresión. Cada promoción era célebre por su banda de rock. Al principio, nuestros ídolos eran los Hot Punks y su baterista pelirrojo. En las paredes y en las vallas del camino a la escuela lucían sus logotipos rojos de “Hot Punks”.
Después apareció “Anatomía del alma”, liderada por Ilyá Sokolov. Por costumbre la llamábamos “Anatomy of Soul”, porque cantaban en inglés. Primero versionaban canciones de Nirvana, luego empezaron con las suyas. Ilyá era aún más carismático, más guapo, y rompía los frágiles corazones de las chicas. Su banda de rock terminó siendo conocida en toda Rusia.
Yo era un año menor que Ilyá; íbamos juntos a la escuela y, después de clase, actuábamos juntos en el mismo teatro. Puedo confesar que los laureles de Ilyá no me dejaban en paz, y yo también quería cantar en una banda de rock, pero a las chicas no las aceptaban.
Mi sueño se hizo realidad al empezar el décimo curso, cuando nos dividieron por especialidades. En mi clase “médica” se reunieron chicas con formación musical. Exactamente cinco personalidades creativas que querían formar una banda de rock femenina. Fue nuestra respuesta a las bandas anteriores y su machismo. No hubo disputas entre nosotras, y cada una decidió enseguida qué papel tendría en el grupo. Así surgieron una baterista, una bajista, una teclista, una guitarrista solista, y yo me convertí en la vocalista.
Como todos los músicos, enseguida tuvimos apodos: la baterista era “Stiepashka”, la bajista “Benia”, la teclista “Jobotkova” o “Nevera”, la guitarrista solista “Yermilchik”, y yo era “Ushachkova” o “Ushachok”. Todos eran variaciones de nuestros apellidos, nacidas de manera completamente natural en aquel ambiente creativo.

De izquierda a derecha: la bajista “Benia”, la baterista “Stiepashka”, la solista “Ushachkova”, la guitarrista solista “Yermilchik”
Luego llegaron los cambios de imagen. Nuestra guitarrista solista se tiñó el pelo de verde; la bajista nos tejió tantas pulseritas que a cada una nos llegaban hasta el codo en ambos brazos. Yo decidí hacerme un piercing en la oreja y convertirlo en el sello distintivo de mi estilo. Según las reglas no escritas, había que hacerlo en la oreja izquierda y con un número impar de agujeros. En total, solo había espacio para cinco.
Pero incluso eso bastó para “provocarles un infarto” a mis padres. Recuerdo a mi madre sentándose en una silla, quedándose callada un buen rato y pidiendo después tiempo para prepararlo a mi padre. Así que durante un par de semanas anduve con el pelo suelto, tapándome las orejas. Sin embargo, la idea final —insertar cinco imperdibles de mayor a menor en la oreja izquierda— acabó delatándome. El espectáculo llamaba claramente la atención: todos miraban mi oreja, unos con admiración, otros con sorpresa, otros con horror. Pero el objetivo principal —destacar— se cumplió sin duda. Después llegaron los vaqueros rotos, muchos anillos de metal en los dedos y unas botas extrañas de plataforma gruesa.
Ahora necesitábamos un nombre: llamativo, provocador y desafiante. Decidimos llamarnos “Sin Límites”, pero, para que fuera aún más misterioso y solo unos pocos elegidos entendieran su verdadero sentido, tradujimos el nombre al inglés: “Boundless”. No sé muy bien por qué lo tradujimos así, porque el sentido que le dábamos era más bien “arbitrariedad, anarquía, voluntad propia”, pero terminó sonando de un modo más poético: “infinito, sin fronteras”. No es de extrañar que en nuestra escuela el nombre gustara a todos, incluso a los profesores.
A partir de entonces empezamos a aprender a tocar nuestros instrumentos. Sí, sí: hasta ese momento ninguna de nosotras sabía tocar la batería ni la guitarra. Todas habíamos estudiado piano en escuelas de música. Solo la teclista dominaba a la perfección su instrumento. Aunque en un principio yo solo iba a cantar, pensé que nos hacía falta una guitarra rítmica, así que también empecé a aprender acústica, la cual le supliqué a mi madre que me comprara.
Compramos nuestro primer bajo a un punk por 100 rublos. Para conseguirlo, tejimos pulseritas de abalorios que llevamos a vender a una tienda para turistas. La tienda las vendía a 20 rublos y nos daba la mitad de la ganancia. Así, ganábamos 10 rublos por cada pulsera, y muy pronto reunimos lo suficiente para comprar la primera guitarra del grupo.
Heredamos la primera batería de los Hot Punks y de Anatomía del Alma. Nos aconsejaron buscar al técnico de sonido de la escuela, el tío Kostia, que podría prestárnosla para los ensayos.
El tío Kostia trabajaba en un cuartito detrás del salón de actos. Era un hombre alto y delgado, de ojos grandes y pelo despeinado. Un buen día, después de clase, cinco chicas invadimos su pequeño despacho con la noticia de que éramos un nuevo grupo femenino de rock-punk y que necesitábamos, con urgencia, que nos abriera el salón de actos para ensayar, montar la batería en el escenario y conectar el bajo eléctrico al amplificador. No movió ni un músculo de la cara; ni siquiera pareció sorprendido. Probablemente, todos los años anteriores, con la misma exigencia, se le habían presentado punks aún más punks y rockeros aún más duros. Nosotras, en cambio, éramos casi dulces e inofensivas, y difícilmente podíamos infundir el temor de que fuéramos a romper el tambor o destrozar la guitarra contra el escenario.
El tío Kostia incluso empezó a enseñarle a la baterista algunos ritmos básicos y le encontró una guitarra eléctrica a la solista. Y, lo más importante, nos abría el salón de actos, colocaba el equipo en el escenario, encendía los micrófonos, ajustaba el volumen y escuchaba nuestros aullidos durante todo el tiempo que durara el ensayo, sin insinuar jamás que ya era tarde y que su jornada había terminado.
Poco después, los padres de la teclista le regalaron un sintetizador moderno capaz de imitar muchos sonidos, lo cual, sin duda, enriqueció nuestro sonido. Luego, los padres de la baterista le compraron su propia batería para casa, que ocupaba un tercio de su habitación. A partir de entonces empezamos a ensayar allí. No entiendo cómo los vecinos toleraban nuestra creatividad, pero ensayábamos a todo volumen. Poco después, un conocido músico de rock me regaló una guitarra eléctrica y me convertí en guitarrista rítmica. Ya podíamos considerarnos una banda de rock en toda regla.
Empezamos a ensayar canciones de Yegor Lётov, nuestro punk siberiano: “Todo va según lo previsto” y “Un tonto camina por el bosque”. Y teníamos nuestras propias ideas sobre cómo cantar canciones de rock. Repartimos las partes en tres voces: la teclista, la bajista y yo teníamos tres timbres distintos —soprano, mezzosoprano y contralto—, y las canciones sonaban con un estilo propio e inconfundible: rock polifónico femenino. A partir de entonces, cada nueva canción se repartía por voces. Luego llegaron temas de otros grupos: Chizh y Cía., Chaif, DDT y Nautilus Pompilius. Finalmente, animadas por el éxito, empezamos a escribir nuestras propias letras y a componer canciones. Así, nuestro repertorio propio comenzó a crecer y enriquecerse. La bajista fue la más prolífica: compuso muchas de las canciones que entraron en nuestro repertorio. Yo también componía, a veces incluso sobre versos de poetas clásicos, y me atraía el rock gótico.
Para un concierto cosimos capas largas y oscuras con grandes capuchas que nos ocultaban el rostro. En la penumbra, subimos así vestidas al escenario; el bajo abrió con un solo, luego yo tiré de las cuerdas graves en mi guitarra eléctrica, pisé el pedal de distorsión, disfrutamos de aquel sonido poderoso y maravilloso, y cantamos con voces de ultratumba una canción basada en versos de Nikolái Gumiliov, que, como ninguna otra, encajaban con el estilo gótico:
Soñé que ambos habíamos muerto,
yacíamos con la mirada serena,
dos ataúdes blancos, blancos,
colocados uno junto al otro.
¿Cuándo dijimos basta?
¿Hace cuánto, y qué significa?
Pero es extraño que el corazón no duela,
que el corazón no llore.
Los sentimientos impotentes son tan extraños,
los pensamientos helados son tan claros,
y tus labios ya no se desean,
aunque son eternamente hermosos.
Sucedió: ambos habíamos muerto,
yacíamos con la mirada serena,
dos ataúdes blancos, blancos,
colocados uno junto al otro.
El concierto fue un éxito. Hasta llegamos a tener un club de fans entre los cursos más jóvenes: venían a vernos ensayar en el salón de actos o nos seguían por los pasillos en los recreos.
Junto con el repertorio, crecía también nuestra fama en los círculos musicales; como resultado, nos mudamos a ensayar a la Casa de la Cultura, junto a la escuela, y allí conseguimos un productor: Oleg Borísovich. Era un rockero de pelo largo, siempre vestido con vaqueros y una chaqueta tejana sin importar la estación. En la ciudad era el técnico de sonido más famoso y admirado. Por eso organizaba conciertos para grupos e intérpretes populares, y gracias a él llegábamos constantemente a conciertos de estrellas del rock. Empezó a promocionarnos en los círculos musicales de la ciudad, y para el verano habíamos alcanzado tal nivel que nos invitaron a cantar en un festival de rock veraniego.
En el centro de la ciudad se montaba siempre un gran escenario para la ocasión, y los grupos, turnándose sin parar, actuaban durante todo el día. La calle principal se cortaba al tráfico, y desde el río Obi hasta el centro se convertía en zona peatonal. La gente se agolpaba en la plaza junto al escenario para disfrutar del ambiente, de la música rock y para saltar sacudiendo la cabeza.

La banda Aves del Paraíso, con el productor Oleg Lapin, actuando en una ceremonia de graduación escolar en 1997
Cuando llegó nuestro turno de salir, el presentador del concierto olvidó el nombre del grupo en inglés, “Boundless”, y tampoco sabía la traducción al ruso. Así que, improvisando, gritó con fuerza por el micrófono: «¡Grupo de rock… Aves del Paraíso! ¡Recibidlas!”.
¿Qué? ¿Qué acababa de decir? ¿Cómo se atrevía a llamarnos con un nombre tan ridículo? El público recogió la idea, y oímos silbidos y a los espectadores borrachos gritando: «¡Gallinas del Paraíso! ¡Vamos! ¡Codornices! ¡Pollas!”.
Qué golpe tan bajo para nuestro amor propio. Por primera vez, alguien no nos tomaba en serio, no entendía que las mujeres también podíamos formar una banda de rock. Sí, a los dieciséis ya éramos adultas, y nos silbaban como si fuéramos niñas. ¡Cómo se atrevían! A pesar de todo, el grupo actuó. Pero las chicas volvieron a casa con el corazón encogido y la confianza en sí mismas hecha pedazos.
Menos animadas, seguimos ensayando. Así, después de un ensayo, volvíamos a casa muy entrada la noche con las guitarras a la espalda, y entramos en una pequeña tienda a comprar pan. Tras pagar en caja, nos dirigimos a la salida, pero un grupo numeroso de chicos, mayores y más altos que nosotras, nos bloqueó la puerta. Nos rodearon, y parecía que de allí no saldríamos con vida.
Al principio pensé que querían robarnos, y calculé cuánto dinero me quedaba en la cartera. El más engreído del grupo dio un paso al frente y preguntó: «¿Sois vosotras las Aves del Paraíso?”. En ese momento nos quedamos todas pálidas, las piernas nos flaquearon y se nos trabó la lengua. Nos habían reconocido.
Durante los años noventa, en nuestro país, la clase de los “gopniks” atacaba activamente a la clase de los “informales”, a la que pertenecíamos nosotras. Las peleas entre ambos bandos eran constantes y, por lo general, ganaban los gopniks. Primero, porque siempre iban en grandes grupos; segundo, porque se consideraban “chicos de verdad” y tenían contactos, así que con un solo silbido se les unían más “chicos duros” del barrio. Los informales no tenían ninguna posibilidad.
Rodeadas por aquellos chicos, ya nos imaginábamos claramente la paliza que nos esperaba, cubriéndonos instintivamente el pecho y el vientre con las manos. Yo incluso intentaba adivinar cuándo empezarían a golpearnos: ¿allí mismo, en la tienda, o nos dejarían salir primero? El dependiente podría llamar a la policía, pero, antes de que llegara, ya estaríamos retorciéndonos sobre el césped. Al final pensé que había que afrontar el tormento con orgullo, y dije con firmeza: «¡Sí, somos el grupo Aves del Paraíso!”. ¿Qué me había pasado? ¿Qué pájaros ni qué pájaros? ¡Si éramos Boundless!
Para nuestra sorpresa, los chicos se animaron, sonrieron de oreja a oreja y empezaron a mirarnos con auténtica admiración. El líder de la banda se puso a buscar en los bolsillos un bolígrafo o un papel: «¡Chicas, dadnos vuestros autógrafos, por favor!”. Se pusieron a competir por decirnos que eran nuestros fans, que les encantábamos, que estaban felices de conocernos en persona. Al final aparecieron bolígrafos y algunos papeles, y empezamos a firmar autógrafos.
Para Vasia, con cariño, del grupo Aves del Paraíso
Escribí en un papel, y pensé que, en ese mismo instante, estábamos aceptando aquel nuevo nombre para el grupo. Desde esa noche y hasta el final de nuestra trayectoria, fuimos las Aves del Paraíso. Al fin y al cabo, la gente de la ciudad nos recordaba con ese nombre. Nos reconocían por la calle con ese nombre. ¿Acaso no era eso la fama?
Volvimos a casa como con alas. Ahora éramos una banda de rock femenina conocida en toda la ciudad, con un nombre precioso que ya nadie confundiría jamás.
Al año siguiente, en el último curso de bachillerato, ingresamos en los cursos preparatorios de la Academia de Medicina, adonde íbamos después de los ensayos con las guitarras a la espalda. Las clases se impartían en el edificio principal, donde estaba la administración. Allí llamamos la atención del decano de la facultad de Medicina, Anatoli Fiódorovich Ganin. Era una persona creativa que siempre organizaba conciertos y concursos televisivos entre estudiantes en el instituto. Nos invitó de inmediato a actuar con ellos. Anatoli Fiódorovich se convirtió así en nuestro siguiente padrino.
Nada podría habernos ido mejor que conocerlo. Nuestro destino estaba escrito: la facultad de Medicina nos esperaba. En abril de ese curso académico aprobamos los exámenes de los cursos preparatorios, y ya fuimos “admitidas” en la Academia de Medicina sin haber terminado siquiera el bachillerato. Puede decirse que la carrera musical nos abrió el camino hacia la carrera de medicina, e incluso determinó nuestra especialidad: la facultad de Medicina General. Ganin no nos habría cedido a nadie más.
Cuatro de nosotras empezamos a estudiar en la Academia de Medicina. La banda siguió tocando, y mantuvimos nuestra imagen informal.
Recuerdo cómo empezó el primer ciclo de “enfermedades terapéuticas” en el hospital, cuando a las estudiantes de medicina nos enviaron a las salas, con pacientes de verdad. Sintiéndonos casi médicas, nos repartimos por el departamento. Me acerqué a mi paciente y me senté frente a ella, con las piernas cruzadas. La rodilla asomaba por los vaqueros rotos, una bota de plataforma colgaba en el aire, las pulseritas con nombres de bandas de rock me caían sobre la muñeca, dificultándome escribir la historia clínica, y en la oreja lucían los imperdibles. La paciente me miraba de un modo muy extraño y respondía a las preguntas de mala gana. Sin embargo, yo ya estaba acostumbrada a esas miradas, e incluso lo interpretaba como una muestra de atención hacia mi persona. Al fin y al cabo, era una estrella de rock.
Después de la consulta volví a la sala de médicos para terminar de rellenar la historia clínica y prescribir los medicamentos. En ese momento, la puerta se entreabrió y apareció una mujer que se dirigió a la jefa del departamento. La doctora levantó la cabeza y le preguntó qué deseaba. La paciente, algo azorada, preguntó con voz lastimera: “Disculpe, ¿sería posible cambiarme de médica?”. En ese instante todas miramos a la mujer con interés. Para mi sorpresa, era mi paciente.
— ¿Qué le pasa con su médica? —preguntó la jefa, irritada.
— No confío en ella —explicó la paciente, insegura.
— ¿Quién es su médica? —y la jefa empezó a mirar detenidamente los rostros de las estudiantes de medicina. Nuestras miradas se cruzaron: me delataban las mejillas rojas, las pulseritas, los vaqueros rotos y los imperdibles en la oreja izquierda. Me observó un momento, pensativa. —Le cambiaremos de médica; puede irse —le prometió a la paciente.
La puerta se cerró en silencio. La doctora volvió a mirarme y me dijo, escueta: “Mañana venga con ropa normal y quítese esos imperdibles de la oreja”.
Parecía que habíamos llegado a un compromiso. En efecto, desde entonces mantuvimos, para los pacientes, un cierto código de vestimenta, que por defecto sigue siendo la imagen de una médica. Desde ese día, en lugar de imperdibles llevo cinco pendientes discretos, y el número de pulseritas se redujo considerablemente. La banda de rock siguió existiendo hasta el final de mis estudios en la Academia de Medicina. Después llegaron el trabajo, las guardias nocturnas, las familias, los hijos, y la música simplemente pasó a un segundo plano, tras haber cumplido un papel importante en nuestras vidas como vía de realización creativa. Adoro aquellos tiempos de las Aves del Paraíso.
V. RÉQUIEM POR ÉL
Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus:
Pie Jesu Domine,
Dona eis requiem. Amen.
Lacrimosa, aquel día
en que se levante de las cenizas
el hombre, para ser juzgado.
Perdónalo entonces, oh Dios,
misericordioso Señor Jesús,
concédeles el descanso eterno. Amén.
Réquiem, Lacrimosa, W. A. Mozart
Siempre quiso que yo fuera médica. Y él mismo era curandero.
Me enseñó a recolectar hierbas, a secarlas, a guardarlas y a usarlas. Tenía un cuaderno grueso, escrito a mano, con recetas y nombres de hierbas. Sabía preparar cualquier infusión curativa. Sabía cómo tratar casi todas las enfermedades con licores de hierbas.
Pasaba el verano con él, al aire libre. Me despertaba con los primeros rayos del sol. Buscábamos capullos de caléndula a medio abrir, los cortábamos y los secábamos en el desván. Durante el día caminábamos por los campos en busca de helicrisos amarillos y jóvenes. Los ramilletes se secaban sobre listones, bajo el tejado.
En el prado arrancábamos tanaceto. De niña creía que eran margaritas que habían perdido sus pétalos. Las manzanillas medicinales nunca faltaban en nuestra colección. Y el tomillo aromático, el eneldo, el cilantro, la menta, el bálsamo de limón, la hierba luisa: todo crecía en el jardín, junto a la casa.
Sabía preparar soluciones químicas para proteger las plantas de enfermedades y plagas. Su “laboratorio” contenía bolsitas, frascos y cajas con polvos y cristales de colores. Por entonces yo creía que los alquimistas y la piedra filosofal existían de verdad.

Mi abuelo, Georgy Koltsov, y yo en 1980
Aprendía de él todo. Lo más interesante era mezclar soluciones y polvos. Varias veces confundí las proporciones correctas de los preparados y sufrí intoxicaciones severas. Luego, él tenía que traerme de vuelta a la vida. Por eso siempre recordé que había que seguir estrictamente los protocolos.
Una vez, sin cuidado, comí bayas de un arbusto que él había tratado con sulfato de cobre. En la literatura sobre toxicología forense, los preparados de cobre suelen clasificarse, por su acción, como venenos destructivos; esta propiedad se manifiesta de forma especialmente marcada en los cambios que provocan en el hígado y los riñones. En caso de intoxicación por sulfato de cobre se produce la destrucción de los eritrocitos, típica de la acción de los venenos hemolíticos: destrucción de glóbulos rojos, anemia, ictericia y depósitos de hemosiderina en el hígado, el bazo y los riñones.
Mi estado era grave. Pero él, una vez más, encontró la manera de curarme.
Pero un día enfermó él. Los médicos le diagnosticaron cáncer de vejiga. A pesar de la operación, las metástasis llegaron al hueso púbico. Para el tratamiento solo podían usarse la quimioterapia y la radioterapia. Los médicos dijeron que le quedaban un par de meses de vida.
Pero él encontró un excelente régimen a base de hierbas y empezó a seguirlo. Ese fitoprotocolo le alargó la vida hasta once años, a pesar del veredicto de los médicos. Cada año bebía un ciclo de licores de hierbas y seguía viviendo.
Más tarde, dimos ese mismo esquema a muchas personas con cáncer, y a la mayoría les prolongó la vida.
En aquel momento crítico, cuando le diagnosticaron el cáncer por primera vez, empezó a escuchar música clásica. Sobre todo amaba el Réquiem de Mozart. Tenía un viejo tocadiscos. Recuerdo aquel gran disco de vinilo negro. E incluso sabía en qué punto exacto del disco empezaba “Lacrimosa”. Nos encantaba escuchar juntos esa parte. Hasta la cantaba:
Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus:
Pie Jesu Domine,
Dona eis requiem. Amen.
Nueve años después de aquel momento, le compré el CD “Réquiem” de Mozart. Ya me había convertido en médica y científica.
Nos parecía que habíamos vencido a la enfermedad.
Pero un día se sintió mal: tenía debilidad y dolor en las piernas. Llamamos a una ambulancia. Los paramédicos lo llevaron de inmediato a cirugía. Sospechaban una trombosis venosa. Seguí a la ambulancia en mi coche, con la mirada fija en las puertas traseras, marcadas con cruces rojas. Tenía miedo de quedarme atrás; volábamos a través de semáforos y cruces. Tenía miedo de perder de vista aquellas puertas.
Llegamos a un antiguo hospital en las afueras de la ciudad. Tras muchas horas de exámenes y consultas, finalmente nos dejaron ir a casa y nos derivaron a un oncólogo.
Al día siguiente ya estábamos en la recepción del dispensario oncológico regional. El médico hizo una punción de los ganglios linfáticos y la envió al laboratorio para su diagnóstico.
Después de eso, el oncólogo me llamó a su despacho, a mí sola. Recuerdo que a él le propuso ir a ver el museo de cálculos extraídos tras litiasis urinaria, mientras a mí me llevaba de la mano hasta la sala de médicos.
— Estas son sus últimas dos semanas —dijo el médico.
— ¿Qué? —pregunté, como si no le hubiera oído.
— Son las dos últimas semanas de su vida.
— ¿En qué sentido? —murmuré, como si esas palabras pudieran significar otra cosa.
— No podemos ayudarlo.
— ¿Cómo que no podemos? ¿Y la operación?
— Técnicamente no es posible. Son metástasis múltiples que trombosan las venas.
— ¿Radioterapia?
— Ya recibió la dosis máxima; no se le puede dar más radiación.
— ¿Quimioterapia?
— Comprenda: aunque le prolongara la vida otras dos semanas, ese mes transcurriría entre una intoxicación terrible, debilidad y depresión. ¿Querría usted desearle ese estado?
— ¡No! —exclamé—. Pero ¿qué podemos hacer por él?
— Haga que estas dos últimas semanas de su vida sean lo más felices posible.
Nuestra conversación fue, por supuesto, más larga. Por supuesto que discutí con el oncólogo, que repasé muchos más tratamientos posibles. Pero su respuesta se reducía siempre a lo mismo: “HAGA QUE LOS ÚLTIMOS DÍAS DE SU VIDA SEAN LO MÁS FELICES POSIBLE”.
Y, por supuesto, no quería creer que fueran las últimas dos semanas. Pero lo sabía. Así fue como caí en el infierno. ¿Sabéis dónde está el infierno? Se encuentra entre el cerebro y el corazón. Es lo que sientes y lo que piensas. Y ya estás en el infierno, donde es horrible estar.
Salí de la sala de médicos, lo encontré en el museo y fuimos hacia el coche. En silencio. Nos sentamos en silencio. Un nudo se me había atascado en la garganta, y me causaba un dolor físico que no me dejaba ni tragar ni hablar.
En silencio, él sacó el CD del Réquiem de la guantera del coche y lo puso. Subió el volumen al máximo, bajó las ventanillas y pidió que condujera a la velocidad máxima permitida. Maldita Lacrimosa, maldito Mozart. ¿Cómo sabía aquel violín serrar el cerebro de forma tan fina y tan aguda? Yo moría un poco con cada nota, por cada uno de los días que se acercaban.
Lacrimosa dies illa…
No hablábamos de nada; permanecíamos en silencio, y yo trataba de adivinar, por el suyo, si él entendía por qué callaba yo.
Al final, no le conté a nadie lo de aquellas dos semanas. Porque no quería compartir ese dolor con nadie. Porque para mí era importante que, durante esas dos semanas, todos a nuestro alrededor fueran felices. Él tampoco me preguntó nada; todavía no sé si llegó a saber que aquello era el final.
Fue un verano maravilloso: soleado y alegre. Y las últimas dos semanas fueron las más intensas de todas. Viajamos, hicimos lo que quisimos, compramos lo que quisimos, comimos y bebimos lo que quisimos. Solo yo arrancaba las hojas del calendario: 9, 8, 7, 6… 1. Llegó el último día. Me llamó para contarme que había cambiado de plan de tarifas y me había añadido como “amiga”, así que ahora podíamos hablar por teléfono gratis y sin límite.
Murió exactamente treinta minutos después. Tromboembolismo pulmonar. Muerte instantánea. Exactamente dos semanas después, tal como había dicho el oncólogo. Exactamente catorce días en mi calendario.
Un día después, sonó mi teléfono. Estaba sentada en mi coche y miré la pantalla con sorpresa: aparecía su nombre. Sabía con certeza que era él, así que descolgué: «¿Hola?”.
Se oía algo de ruido al otro lado.
“¿Hola? Te escucho”, repetí.
El sonido, parecido a una onda de radio, continuó: crujía, golpeaba, silbaba. Escuchaba como si intentara descifrar algo. Algo importante que habíamos dejado sin resolver entre los dos. Y, de pronto, lo comprendí.
“Siempre te recordaré… ¿Quieres que ponga el Réquiem?”. Y encendí la música. Volvimos a correr en el coche, con las ventanillas bajadas, él, Mozart y yo. Como aquel día.
LACRIMOSA. RÉQUIEM POR ÉL. EN SU MEMORIA.
“Misericordioso Señor Jesús, concede la paz. Amén”.
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