Kitabı oku: «Brillarás», sayfa 3

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Oscuridad y luz

En cuanto puse un pie en casa volví a sentirme atrapada. Con mamá en la cama y papá en el trabajo, me sentía sola y desamparada. Mamá parecía haber olvidado que le quedaba una hija y, aunque podía comprender su dolor, no quería encerrarme en el problema. Si lo hacía, terminaría como ella.

Cada vez que iba a mi habitación, pasaba por delante de la de Hillie y me quedaba mirando la puerta, tentada a entrar y pasar un rato con sus cosas. La echaba de menos, tanto a ella como a lo que solía ser nuestra familia antes de que se pusiera enferma. En ese momento me di cuenta de que nunca me había sentido tan ignorada como desde que se había ido. En comparación, antes ni siquiera lo hacían.

Para mi sorpresa, ese día la puerta estaba entreabierta y la luz, encendida. Espié: se habían llevado la camilla y las máquinas, y el dormitorio volvía a ser el que era antes de que Hilary se pusiera enferma. Mamá estaba sentada en el borde de la cama, abrazada a un osito de peluche que mi hermana adoraba cuando era pequeña. Lloraba.

Suspiré, tentada de entrar. No lo hice. Intenté consolarme pensando que ese día había cumplido uno de los deseos de Hilary y me fui a mi habitación. Ni siquiera tenía ganas de cenar.

Busqué la copia de la lista y taché el punto número dos. Había ido a ver a la abuela y pensaba volver. Como el seis no contaba, me quedaban ocho deseos para cumplir.


Al día siguiente, el instituto me esperaba para hacerme olvidar el dolor y el miedo a no recuperarnos de la muerte de Hilary.

Después de la primera clase, mis amigas y yo salimos comparando nuestros exámenes de matemáticas. El de Liz, como de costumbre, era perfecto. Por suerte, a mí me había ido bien, pero las líneas de las gráficas se parecían al dibujo de un anciano tembloroso, y eso nos hizo reír.

Me detuve de repente al lado de un tablón de anuncios. Un folleto me había llamado la atención: se trataba de la publicidad de un bar. Según la información, varias bandas iban a tocar versiones de canciones de rock, y eso me llevó a pensar en otro deseo de Hilary. No pude resistirme a llevármelo. Después de todo, no era un sitio para menores de edad y, si alguien de la Administración veía el anuncio, lo tiraría a la basura.

—¡Vamos, Val! —insistió Glenn, tirándome de la manga de la camisa.

Les enseñé el folleto.

—¿Me acompañaríais al bar este sábado? —les pregunté.

Liz me lo arrancó de las manos y me lo devolvió en menos de un segundo.

—¿A ver bandas que versionan canciones de rock? Debe ser un lugar para gente mayor. Los Stones Tribute seguro que tocan canciones de los Rolling Stones. No es lo mío, lo siento. Además, tengo que estudiar para literatura.

—Yo no puedo —contestó Glenn—. Mi padre no me deja salir por la noche. Además, el sábado tenemos un especial de góspel en la iglesia a las siete.

No hacía falta que dijeran nada más: sabía que me había quedado sola.

—¿Cuándo te escucharemos cantar? —le preguntó Liz a Glenn mientras volvíamos a caminar—. Cada vez que entonamos el himno desearía que todos se callaran para escucharte solo a ti.

—Podéis venir a la iglesia cuando queráis.

—Me refiero a escucharte cantar canciones que todas conozcamos —Liz le dejó de hablar a Glenn y se giró hacia mí. Señaló el folleto—: ¿Para qué quieres eso? Tíralo a la basura antes de que piensen que lo hemos colgado nosotras.

—Sí, después lo tiro —dije mientras me lo guardaba en un bolsillo de la mochila.

En casa, encontré a papá de milagro. Estaba sentado en el sofá de la sala de estar, frente a la mesita. Encima había dos tazas de café. En el otro sillón había un señor con las piernas cruzadas. Tenía el pelo lleno de canas y llevaba unas gafas redondas con el marco negro. Llevaba unos pantalones y una chaqueta caqui, y una camisa blanca.

—Doctor, le presento a nuestra hija Valery —dijo papá, que estiró una mano hacia mí—. Acércate, cariño —me pidió, a lo que obedecí—. Este es el doctor Hauser, es psiquiatra. Vendrá dos veces por semana para ayudar a mamá. Le gustaría hablar con nosotros de vez en cuando. A solas contigo, conmigo, con los tres juntos� ¿Te supone algún problema?

—Ninguno en absoluto —respondí. Y decía la verdad.

—Gracias, cariño. ¿Lo ve, doctor? Ya le he dicho que era una chica brillante y comprensiva.

Cuando dijo brillante, tuve que aguantarme la risa. A los diez años había dejado de pensar que era brillante, justo cuando Hillie empezó a destacar en el colegio.

Entendí que mi momento en el salón había terminado, así que me despedí del psiquiatra y me fui a mi habitación. Dejé la mochila en el suelo y lo primero que hice fue buscar el folleto del bar. Como no podía ser de otra manera, era negro, con letras de estilo gótico. Se llamaba Amadeus, y varias bandas desconocidas que versionaban canciones de grupos famosos iban allí a tocar. Ese fin de semana estaban los Tourniquets, los Stones Tribute, los Rats, los Dark Shadow… Me aburrí de leer tantos nombres terribles.

¿Ir a ver bandas tocando versiones en un bar contaba como concierto de rock? Esperaba que sí porque, por el momento, era mi única opción. Solo tenía que solucionar un inconveniente: necesitaba un DNI falso donde pusiera que era mayor de edad.

«Imposible», pensé «No puedo cometer un delito para cumplir uno de los deseos de mi hermana». Además, tampoco sabía dónde podría conseguirlo; lo mío nunca habían sido las falsificaciones. ¡Si ni siquiera había copiado nunca en un examen! Prefería suspender a que me pillaran haciendo algo tan ruin.

Solo me quedaba una opción: entrar en el dormitorio de Hilary, aunque mamá me lo hubiese prohibido, y robarle alguna de sus identificaciones. No éramos idénticas, pero si me maquillaba y me peinaba igual, podría usar su nombre. Si alguien me preguntaba, le diría que me había teñido el pelo y que últimamente estaba comiendo más de lo normal.

Esa noche, mientras mis padres dormían, me levanté sigilosamente, iluminando donde pisaba con la linterna del móvil, y entré en la habitación de Hilary. Sentí un escalofrío, pero seguí avanzando y abrí el primer cajón de su escritorio, donde suponía que guardaría los documentos que necesitaba más a menudo. Me equivoqué. Al fin, encontré credenciales que me podían ser de utilidad en la mesita de noche. Me quedé con su carnet de profesional del deporte, ya que tenía la foto en la que más nos parecíamos, y volví a mi cuarto.

Tenía un concierto al que asistir y una identificación que me permitiría entrar.


El sábado por la mañana, el psiquiatra quiso verme a solas. Papá me llevó hasta la consulta para no tener que pagar la visita domiciliaria y me esperó en la sala de espera. La visita fue bastante rápida: el doctor me preguntó por mis sentimientos, mi familia y mi percepción de lo que le había pasado a Hilary. Le dije toda la verdad, ya que no me pareció que tuviera que ocultarle nada: si queríamos encontrar nuestro eje de nuevo y esa persona podía ayudarnos, debía ser honesta con él. Lo único que no le conté fue que había encontrado la lista de deseos de Hilary y que tenía intención de cumplirlos. No creía que eso fuera importante a la hora de volver a unir a la familia, ¿o sí?

Me pasé la tarde preparándome para la noche. Nunca había ido a un concierto, y mucho menos a uno de rock, así que no sabía cómo vestirme, cómo actuar o qué decir. Pensé en mis compañeros de clase que escuchaban esa clase de música, aunque ni loca usaría las tachuelas, pendientes y anillos que usaban ellos. Vestirme de negro no era un problema, ya que casi toda la ropa que tenía era oscura, así que enseguida encontré qué ponerme: una blusa un poco escotada, una chaqueta tejana, unos vaqueros negros y botas de tacón. Con dos anillos plateados, el pelo suelto y sombra de ojos en tono burdeos, podía pasar por una amante del rock. Ni siquiera Hilary se vestía así, aunque era su estilo de música favorito, así que no hacía falta cumplir todos los estereotipos.

Por primera vez en dos semanas, mamá bajó a cenar. Me sentí extraña al verla sentada en la mesa: llevaba el pijama, estaba pálida y tenía ojeras. Se apreciaba a simple vista que estaba triste. A diferencia de papá, que llevaba bastante bien la situación, parecía que ella había envejecido de golpe.

Me miró sin levantar la cabeza y enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Val� —susurró, abriendo los brazos para que la abrazara.

Avancé despacio, con miedo y un poco confundida. En cuanto me tuvo al alcance de la mano, me rodeó la muñeca y tiró de mí. Me rodeó la cintura y empezó a llorar.

—Lo siento, hija —gimoteó—. Te quiero.

Yo estaba congelada. No quería echarme a llorar, pero no me pude resistir y le acaricié el pelo. Lo tenía áspero y húmedo, no parecía el cabello de mi madre. En realidad, esa persona que me abrazaba no conservaba nada de ella.

—¿Vas a salir? —me preguntó papá con una bandeja de verduras en la mano.

—Sí —dije.

Mamá levantó la cabeza y me miró, sujetándome las manos.

—No salgas —me pidió—. Quédate en casa.

Tragué saliva con fuerza. En la vida me había pedido eso. ¿Por qué ahora, de pronto, se preocupaba por mí?

Papá se sentó en la mesa y puso su enorme mano sobre las nuestras.

—Deja que Val se siente —le pidió a mi madre. Ella me soltó y yo di un paso hacia atrás.

—En realidad ya me iba —dije.

Papá me miró preocupado.

—Val, el doctor ha sugerido que tu madre pase unos días en un hospital psiquiátrico.

—¡No voy a ir! —exclamó mamá, incluso antes de que yo pudiera procesar la información—. Me he levantado. ¿No era eso lo que querías? ¡Aquí me tienes!

—¡Quiero que te sientas mejor! —replicó mi padre. Yo di un paso atrás.

—¿«Mejor»? ¿Como tú, que actúas como si no te importara? No estoy loca, ¡estoy sufriendo! ¡Y parece que soy la única! —exclamó mi madre mientras me miraba enfadada. No se había tomado bien el hecho de que quisiera salir. Me alejé un poco más.

—¡No eres la única! Eres una egoísta. ¿Qué esperas? ¿Que los demás nos quedemos en la cama todo el día como tú? ¡Queremos ayudarte! ¡Y, por el amor de Dios, queremos superar la muerte de Hillie! ¡La velamos durante más de un año! ¡Todo el maldito año que estuvo enferma!

—Ya he tenido suficiente —les interrumpí—. Me voy.

—Val… —aunque papá me llamó, di media vuelta y me alejé—. ¡Val!

Abrí la puerta y salí.

Oscuridad y luz. En eso se había transformado mi vida. En cuanto un destello de paz aparecía, todo se transformaba en una tormenta de nuevo. Esa noche, al parecer, había un huracán.


6

¿Y si el rock es lo mío?

En el bus, le cogí el teléfono a papá, ya que no quería preocuparle más de lo que ya estaba.

—Val, lo siento, ¿dónde estás? ¿Quieres que vaya a buscarte? Por favor, vuelve a casa ahora mismo.

—Estoy bien, papá. He salido con mis amigas —mentí.

—¿Está Glenn contigo? —indagó él—. ¿La han dejado salir sola de noche?

—Claro que no, me invitó a algo de la iglesia.

—Val… Deja de mentir, ¿quieres? ¿Tú, en la iglesia? —me hizo reír.

—Está bien. Voy a un bar, ¿de acuerdo? —confesé.

—¿Es apto para menores? ¿Va Liz?

«Deja de mentir, deja de mentir, deja de mentir…»

—Sí.

Suspiró. Era imposible saber si me había creído; intuí que no.

—De acuerdo —se rindió de todos modos—. Por favor, prométeme que tendrás cuidado.

Se lo prometí y colgué.

Contemplé la foto de Hilary en el carnet. «Voy a cumplir otro de tus deseos, Hillie», pensé. «Tú solo tienes que ayudarme». Me dolía el estómago de los nervios.

Bajé en la parada más cercana al bar y caminé tres calles hasta encontrarlo. Se trataba de una puerta negra en medio de una pared de ladrillo rojo. Se podía leer el nombre en un cartel un poco viejo. Detrás de un vidrio, estaba el mismo folleto que alguien había pegado en el tablón de anuncios del instituto, pero mucho más grande. Eso era Amadeus.

Me puse bien la chaqueta, que llevaba abrochada hasta el escote, respiré hondo y crucé la calle en dirección a mi objetivo. El guardia de seguridad estaba sentado junto a la puerta.

—Buenas noches —le saludé intentando sonar lo más natural posible.

Me miró de arriba abajo; parecía un armario empotrado.

—Hola. Carnet de identidad, por favor —solicitó. Ahora venía lo difícil.

Busqué en el bolsillo, saqué el carnet de mi hermana y sonreí.

—Tengo esto —anuncié mientras se lo enseñaba.

Me lo quitó de la mano y lo examinó por ambos lados. Se fijó en mi cara con los ojos entrecerrados. Yo trataba de parecer relajada, aunque me temblaran las rodillas.

—Estás un poco diferente —señaló.

—Un poco —admití. Me preguntaba si alguien me daría un premio si conseguía extraerle una sonrisa.

Él asintió.

—Bueno, entra —indicó devolviéndome el carnet mientras movía la cabeza en dirección a la puerta.

Estuve a punto de gritar de la emoción, pero, si lo hacía, me delataría, y necesitaba cumplir el deseo de Hillie. Oculté mi alegría, me guardé el carnet en el bolsillo y entré rápido en el bar.

Atravesé un pasillo oscuro donde solo había una ventanilla y, al otro lado, una chica que jugaba con su móvil. Por lo que alcancé a ver, era el guardarropa. Seguí avanzando hasta llegar a una sala grande con algunas mesas de madera. Estaba lleno de gente. La hilera de las mesas terminaba frente a un escenario donde se acumulaban decenas de personas de pie. El humo de los cigarrillos y el olor a alcohol invadían el lugar. Nunca me había metido en un sitio como ese y no pensaba volver a hacerlo.

«Tú y tus malditos deseos», le dije a Hillie mentalmente en el momento en que un chico que iba abrazado a su novia se me llevaba por delante. Por supuesto, ni siquiera se disculpó.

Me coloqué en un rincón. No tenía ninguna duda de que los que tocaban en ese momento eran los Stones Tribute: sonaba Satisfaction, un clásico de los Rolling Stones, y el público estaba como loco. Saltaban, cantaban a gritos y se reían sin parar.

Otro chico se me llevó por delante. Me giré y nos miramos. Enseguida me miró los pechos. Mi reacción fue subir la cremallera de la chaqueta para ocultarlos. ¡Qué pervertido! Con razón no dejaban entrar a menores de edad.

Quería llamar a papá para que fuera a buscarme. Pero era mi noche, y no podía salir corriendo ante el primer inconveniente. Los conciertos duraban, al menos, una hora y media; así que tenía que quedarme todo ese tiempo e intentar disfrutar para poder decir que había cumplido el deseo de Hillie.

Me acerqué a la barra y pedí una cerveza. Cuando ya me estaba acabando el vaso, los falsos Stones terminaron y la gente se puso a aplaudir eufórica. Apenas un minuto después, un presentador salió al escenario y anunció que los siguientes serían los Dark Shadow.

Cuatro chicos aparecieron en el escenario, cada uno con su instrumento. Uno llevaba un bajo; otro, palillos de batería; y otros dos, guitarras.

Me quedé prendada del que se puso delante del micrófono principal. Era rubio y tenía los rasgos bien definidos. Llevaba una camiseta de los Red Hot Chili Peppers y unos pantalones ajustados. Llevaba unos anillos de plata enormes y botas de cuero. Llevaba el pelo tan embadurnado de gomina que ni siquiera se movió cuando lo rozó al colgarse la guitarra.

—¡Buenas noches, Amadeus! —gritó con un tono espectacular.

En ese momento, mientras la gente estallaba en un sonoro aplauso, empezó a tocar la guitarra. La canción se llamaba Aeroplane. Como no podía ser de otra manera, era de los Red Hot Chili Peppers.

En el estribillo, el otro guitarrista y el bajista empezaron a hacerle los coros. Entonces, la canción subió a otro nivel. El chico que quedaba a la izquierda del cantante, el que tocaba la otra guitarra, tenía una voz dulce y melodiosa que contrastaba con el tono áspero del líder de la banda. Llevaba el pelo negro peinado con gomina y vestía del mismo color que su compañero: unos vaqueros oscuros, una camiseta con un dibujo confuso y botas militares. Llevaba puesto un anillo plateado en el dedo anular de la mano izquierda y una ancha muñequera negra en la derecha. Movía hábilmente los dedos por las cuerdas de la guitarra, y hasta llegué a ver que tenía una púa.

La canción pasó a segundo plano; me maravillaba la capacidad que tenían para hacer música y para que esta me atrapase. Fue la primera vez que me pregunté: «¿y si el rock es lo mío?». Nunca se me hubiera ocurrido, quizá porque no había encontrado la canción adecuada o porque no había escuchado a la banda correcta.

Al llegar a la segunda canción, quería que el líder se callara y que el guitarrista tomara su lugar. Las partes que más me gustaban eran aquellas en que el chico de pelo negro entonaba con fuerza partes específicas de Fortune Faded.

Ni siquiera me di cuenta de que, cuando los Dark Shadow acabaron de tocar, ya llevaba una hora en el bar.

Me acerqué a la barra, decidida a quedarme un rato más para escuchar a los Rats, que, según decía el folleto, versionaban canciones de los mejores grupos de metal, y me senté en el único taburete que quedaba libre. Me vibró el teléfono: me acababa de llegar un mensaje de Liz.

Liz.

¿Qué haces?

Val.

Estoy en el bar.

Liz.

¿Al final has ido a ese bar de abuelos?

Val.

Bueno, «los abuelos» están bastante bien. El cantante del

último grupo es el típico chico que les gusta a todas.

—Dos cervezas —ordenó alguien a mi lado.

Seguí pendiente del móvil hasta que uno de los vasos se interpuso entre mi vista y la respuesta de Liz. Levanté la cabeza en una fracción de segundo y me quedé de piedra: el cantante de los Dark Shadow me estaba ofreciendo una cerveza.

—¿Qué hace una chica tan guapa como tú pendiente de su teléfono en vez de disfrutar de la noche? —preguntó.

Mis neuronas empezaron a correr en todas direcciones, chocándose entre sí hasta el punto de dejarme sin habla. Primero: me estaba hablando el líder de una banda conocida por todos los que estaban en el bar. Segundo: me acababa de ofrecer una bebida. Tercero: acababa de decir que era guapa. Seguro que necesitaba gafas.

—Eh… —balbuceé.

—Vamos, ¡fría está más buena! —exclamó, y me puso la mano alrededor del vaso.

Cuando nuestros dedos se rozaron, sentí mariposas en el estómago. A pocos centímetros como estábamos, el chico parecía todavía más guapo que encima del escenario, y la voz le vibraba como las cuerdas de la guitarra.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, y luego se bebió medio vaso de un trago.

—Valery —respondí—, pero todo el mundo me llama Val.

—«Val» —repitió—. Me gusta. Es la primera vez que te veo por aquí.

Un trago me devolvió la capacidad de conversar.

—Es la primera vez que vengo —admití.

—¿Y eso por qué? —preguntó.

—Creía que no me gustaba el rock.

—¿Y ahora?

—Pues gracias a tu grupo, ya no estoy tan segura.

Se rio con ganas y pidió otras dos cervezas.

—Para mí no, gracias —me apresuré a aclarar.

—No hay excusa que valga. Cuando aceptas un trago, aceptas dos —respondió con entusiasmo.

Seguimos hablando del bar, de su banda y de la noche en general mientras me bebía las dos cervezas que me había regalado. Me contó que habían empezado a tocar juntos cuando tenían dieciocho años y todavía iban al instituto, que cada sábado tocaban en el Amadeus y, los viernes, en un sótano llamado The Cult, como la legendaria banda de los 80. Yo solo conocía la música que sonaba en la radio, así que me contó algunas anécdotas de grupos que le gustaban, entre ellas, como era obvio, los Red Hot Chili Peppers.

—Soy Brad —se presentó, un poco tarde, y me tendió la mano para que se la estrechara.

—Val —respondí, entregándole la mía. Enseguida me di cuenta de que estaba un poco borracha y me eché a reír—. Pero creo que ya me había presentado —agregué.

Brad me estrechó la mano, tiró de mí y, en un microsegundo, me encontraba abrazada a su pecho. Casi al mismo tiempo, me empezó a besar y mi mundo se convirtió en una nube de confusión. Tenía los labios suaves y carnosos, que devoraron los míos con la precisión de un experto. No me pude resistir al deseo y respondí sin pensarlo. Le sujeté por la nuca, apreté aún más nuestros labios y empezamos un juego peligroso.

Sus dedos buscaron el borde de mi ropa y se metieron entre mi piel y la tela. Me acarició la espalda, la cintura y, de pronto, tenía su otra mano en mis pechos, por encima de la camiseta.

—Oh, por Dios, estás tan buena —me susurró contra el cuello.

Nunca me había sentido tan guapa. Nunca me habían deseado de ese modo, y eso me llevó por un camino en el que no era capaz de reflexionar nada.

—Ven. Quiero enseñarte algo —dijo de repente.

Me tendió la mano y dejé que me guiara mientras me mordía el labio. Me creía adulta y atractiva, algo que no había sentido en la vida. ¿Era así como se sentía ser perfecta como Hillie? Si le gustaba a un chico que podía tener a la chica que quisiera, entonces mis compañeros de clase, que me seguían llamando «gorda», eran unos idiotas.

Me condujo por un pasillo oscuro que las parejas usaban para besarse y tocarse, y apartó una cortina. El otro lado olía a marihuana y a tabaco. Aparecieron, además, los otros integrantes de su banda y algunos chicos de las anteriores. El batería de los Dark Shadow estaba sentado en el suelo, con una chica sobre las piernas; se besaban y tocaban como si estuvieran a punto de follar ahí mismo.

Brad se sentó en un rincón y me invitó a acomodarme a su lado. Era bastante ingenua, así que, ni siquiera cuando cogió un espejo, algo que parecía una pajita y se sacó una bolsita de la chaqueta, me di cuenta de lo que estaba haciendo. Volcó un poco de polvo blanco sobre el espejo e inhaló. Estaba esnifando cocaína.

La música sonaba muy fuerte y me embotaba los oídos. Me quedé boquiabierta, mirando como se drogaba. De pronto, lo bella y deseada que me sentía se transformó en miedo.

Miré a mi alrededor: casi todos sus amigos se estaban enrollando con chicas que, seguramente, también habían bebido y esnifado. Solo una se miraba las uñas, un poco despeinada y distraída, en un rincón, con el guitarrista de la voz dulce, que bebía con los ojos entrecerrados. Supuse que ya no se estaba drogando porque había llegado a su límite.

—Toma —me dijo Brad, ofreciéndome el espejo, y volvió a tocarme una teta.

—No, gracias —dije. Él se rio.

—Venga, no te hagas de rogar. Te gusta tanto como que te toque —murmuró, buscando mi cuello.

¿«Te gusta tanto como que te toque»? Le di vueltas a la frase que acababa de decir.

—Déjame —pedí. Él no me hizo caso—. Déjame, ¡no quiero! —grité, a la defensiva.

Intentando quitármelo de encima, golpeé el espejo sin querer. La cocaína voló por los aires y se esparció por nuestros pantalones.

—¡¿Qué haces?! —exclamó enfadado mientras me empujaba—. ¿Quién te crees que eres? —tiró el espejo a un lado y sacó el móvil mientras yo no cabía en mí por el asombro—. Ahora verás. Le voy a decir a todo el mundo que eres una puta histérica. Pobre del que se enrolle contigo.

El corazón me empezó a latir frenéticamente. Me temblaban las manos, no acababa de entender qué estaba pasando.

—¡¿Qué te pasa?! —proferí intentando arrebatarle el teléfono.

Él se puso de pie. Yo le cogí del antebrazo, con la intención de ver a quién iba a decirle todas esas cosas. ¿Acaso me conocía del instituto y yo no me había dado cuenta? ¿Por qué me amenazaba?

Se soltó de forma tan brusca que acabé en el suelo.

—¡Eh, Brad! —le llamó alguien. Los dos miramos al mismo tiempo: era su amigo, el guitarrista de la voz dulce, quien, en ese momento, sonaba como un cantante de heavy metal—. Ven a ver esto.

Le puso una mano en el hombro y le guio hacia la cortina. Yo seguía en el suelo, temblando, sin entender del todo qué había pasado. El chico de pelo negro que se llevaba a Brad me miró por encima del hombro y se apresuró a salir. Yo me quedé de pasta de boniato. Cuando conseguí, al menos, respirar calmadamente, recogí los fragmentos de mi dignidad, que se habían dispersado por el suelo, me puse de pie con las rodillas todavía temblorosas y salí al pasillo.

Me llevé a algunas parejas por delante y llegué a la calle con el corazón en la boca. No podía respirar. Me sentía angustiada y más sola que nunca, humillada hasta los huesos. ¿Cómo podía alguien hacerte sentir la más hermosa y, al segundo, la peor persona que existe?

Empecé a caminar con intención de alejarme de ese bar lo antes posible. Antes de que llegara a la esquina, me pareció que alguien me llamaba con un «¡Eh!».

Me giré y lo vi: el guitarrista de pelo negro me seguía. Se acercó con pasos largos y, en menos de un segundo, le tuve cara a cara.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—¿Y a ti qué te importa? —protesté entre lágrimas.

—Si no me interesase, no te hubiera preguntado —respondió tajante, aunque calmado. Todo lo contrario a mí.

—Eres un imbécil… —espeté—. Aun así, para tu información, no, nada está bien. Mi madre está deprimida y mi padre se pasa el día trabajando. He venido a un bar de mala muerte, he dejado que un chico me sobara y mi hermana murió hace dos semanas. Así que no. Nada está bien.

Se quedó callado unos segundos.

—Siento mucho lo de tu hermana —dijo al fin con voz calmada.

Me reí como una histérica.

—¿Eres idiota? Por supuesto que no lo sientes. Solo mi madre, mi padre y yo lo sentimos, así que no seas falso. ¿Por qué no vuelves con tus amigos? Nadie que valga la pena se juntaría con ese inútil de Brad, así que déjame en paz. Ve a beber y a esnifar coca con tus amigos. Adicto.

Orgullosa de haberle dicho todo lo que querría haberle chillado a Brad, me di media vuelta y me alejé del bar.

«Siento mucho lo de tu hermana». ¡Ja!

¿Y si el rock era lo mío?

Estaba segura de que sí porqué había puesto en su lugar a ese idiota al que decidí llamar «Dark Shadow».

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304 s. 7 illüstrasyon
ISBN:
9788412314694
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