Kitabı oku: «Brillarás», sayfa 4

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7

Dark Shadow

Dark Shadow, el guitarrista de voz dulce y pelo negro, se convirtió en una sombra oscura en mi conciencia.

Como era tarde, volví a casa en taxi, y me fui enfadando cada vez más por el camino. La humillación había dado paso a la ira. Debería haberle partido la cara a Brad, en vez de insultar a Dark Shadow.

Papá se dio cuenta de que había llegado y llamó a la puerta de mi habitación justo cuando terminaba de ponerme el pijama.

—Pasa —dije.

Entró mientras me metía en la cama. Cuando terminé de poner bien el edredón, se sentó en el borde de la cama y me miró de forma compasiva.

—¿Estás bien? —preguntó—. Juraría que has llorado. ¿Quieres contarme qué ha pasado?

—Me he peleado con Liz, no es nada importante —mentí. En la vida se me ocurriría preocupar a mi padre con lo que había pasado esa noche teniendo en cuenta nuestra situación.

—Esta semana internarán a mamá. No hay vuelta atrás. Será poco tiempo, para prevenir que la depresión empeore. ¿Qué opinas?

—Solo quiero que vuelva a ser la de antes —contesté—. Si esto va a ayudarla, entonces me parece bien —papá asintió y me sujetó la mano.

—Gracias por ser tan comprensiva, cariño. Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? Todo lo que te pase.

—Sí, papá, gracias.

—Bien. Te dejo dormir.

Me dio un beso en la frente, se levantó y apagó la luz al salir.

Me recosté pensando en mamá. Quería que se sintiera mejor lo antes posible.

Pensé en Hilary. Cumplir sus deseos no estaba resultando tan fácil como esperaba; debería haber empezado por la pizza.

Después, para mi sorpresa, pensé en Dark Shadow. Repasé nuestra discusión a la salida del bar y me di cuenta de que, a decir verdad, la única que había discutido había sido yo. Él se había limitado a escuchar o a responder con voz calmada. Había hecho bien en apartarme de él, era igual de rastrero que su amigo rubio. Sin embargo, había algo que me reconcomía por dentro.

No paraba de darle vueltas a por qué me sentía mal por haberle insultado si se lo merecía. Era amigo de un gilipollas y solo la gente con ideas parecidas deciden formar un grupo de música. Casi no había hablado, así que me basaba en su silencio y dos o tres palabras. Al cabo de unos minutos comprendí que el secreto no radicaba en lo que había dicho o no, ni en cómo había actuado, sino en su mirada. Concretamente, la expresión que puso cuando lo llamé adicto.

Con esfuerzo logré conciliar el sueño, pero no sirvió de nada: cuando amaneció seguía pensando en Dark Shadow y esa mirada herida. Tenía los ojos azules… No, grises. No lo tenía del todo claro porque me había dedicado a insultarle, pero recordaba que eran preciosos.


—¿Qué tal en el bar? —me preguntó Liz antes de que llegara la profesora de matemáticas. Me encogí de hombros. Ella se rio—. ¿Qué pasa? ¿No era lo que esperabas?

—Me pasó algo horrible.

Le conté lo que había pasado con Brad y su amigo el guitarrista. Glenn llegó en medio del relato y tuve que empezar de nuevo para ponerla al corriente.

—No es culpa tuya —concluyó Liz, muy segura—. Si el guitarrista no quiere que le prejuzguen, que se junte con gente decente.

Así era ella: concreta y exigente, por eso caía mal a mucha gente. Sin embargo, era una de las razones por las cuales sus palabras significaban tanto, y consiguió que dejara de sentirme culpable, al menos durante un rato.

Las clases hicieron que me olvidara del guitarrista durante horas. Las bromas de Liz y Glenn sobre el bar me sacaron más de una sonrisa. Incluso encontramos una canción que se llamaba Rock Me Amadeus y jugamos a cambiarle la letra: «Amadeus, Amadeus, no me tientes, Amadeus».

Todo eso me ayudó a restarle importancia a lo que había pasado, pero cuando me acosté por la noche, Dark Shadow volvió a perseguirme como un fantasma. Repasaba los insultos y me sentía cada vez más desalmada. Lo había llamado imbécil, idiota, falso… adicto.

Me tapé la cabeza con la almohada y enterré la cara en el colchón hasta que me quedé sin aire y tuve que salir a respirar con la boca abierta. Me giré hacia arriba y empecé a hablar mentalmente con Hilary. Hasta que murió, creía que tenía mucha experiencia con los chicos. Al parecer, ni siquiera se había acostado con uno, pero seguía siendo mi hermana mayor y seguro que sabía, aunque fuera poco, algo más que yo.

Me sentí un poco decepcionada cuando no encontré consuelo. Había actuado mal y lo sabía, pero no quería reconocerlo.


El día siguiente fue horrible. El más horrible de todos después de la muerte de Hillie.

El doctor Hauser llegó con dos enfermeros, que entraron en la habitación de mamá junto a mi padre. Aunque cerraron la puerta, escuché los gritos de mi madre, hasta que, de golpe, se calló. Cuando salieron, me di cuenta de que la habían sedado.

Se la llevaron mientras estaba dormida y nos aseguraron que mejoraría en pocas semanas o, con suerte, en unos días. Sabíamos que recuperarse de una depresión llevaba tiempo, pero, al menos, superaría la crisis en la que se había sumido desde el funeral de Hillie.

Cenar a solas con papá ya se había convertido en una costumbre.

—¿Quieres que mañana vayamos a ver a mamá? —me preguntó mientras nos terminábamos las hamburguesas que había preparado—. El doctor dijo que podíamos ir todos los días. Es más, dice que sería lo mejor para ella.

—Iré todos los días —dije.

Después de la cena, me fui a mi habitación y taché el recital de la lista de Hilary. Me preguntaba cuál sería el siguiente paso. Aunque merecía un respiro y la pizza era lo más sencillo, decidí que me haría un piercing.

Lo de mamá, el instituto y cumplir el siguiente deseo me entretuvieron bastante, pero cuando me iba a dormir o cuando me despertaba, solo podía pensar en Dark Shadow. Me preguntaba por qué no había respondido a mis insultos, si su amigo Brad, sin que yo le hubiera hecho nada, me había humillado. Me habría gustado saber de qué color tenía los ojos, cómo se llamaba…

Pensé en volver a hablar de él con Liz y Glenn. Como buenas amigas, intentarían levantarme el ánimo y empezarían a bromear con que me gustaba un rockero y todas esas tonterías con las que pasábamos el rato. Pero eso no resolvería mi problema, ni acallaría la culpa. Me sentía mal por haberle insultado y temía haberle herido.

Contárselo a papá ni se me pasaba por la mente. Pero estaba mi abuela. Rose seguro que me daría un buen consejo, así que decidí visitarla el sábado.

Ir a ver a mamá al hospital fue casi tan horrible como ver a los enfermeros llevársela. Sin embargo, aunque pareciera increíble, unas horas con la medicación adecuada y buenos profesionales habían mejorado su aspecto y su carácter. Esperaba que volviera a casa pronto, que fuera otra vez ella misma.


—¡Val! —exclamó Rose al verme entrar en su negocio.

Del mismo modo que había hecho la vez anterior, cerró las cortinas, apagó el cartel luminoso y cambió el anuncio que decía «Abierto» por el lado que decía «Cerrado».

—¿Me vas a contar cómo adivinaste cosas sobre mí el otro día? —aproveché para preguntar mientras pasaba junto a la mesita donde descansaban las cartas y las runas.

Mi abuela sonrió con picardía.

—Está bien, te contaré el secreto en caso de que algún día quieras dedicarte al oficio.

—No, gracias —murmuré entre risas. Ella también se rio.

—Lo único que tienes que hacer es observar. Primero, la mirada del cliente; los ojos indican cómo se siente una persona. Por otro lado, aunque no lo creas, los problemas de la gente se repiten, y al final te das cuenta de que casi todas las personas siguen un patrón. Mirando al cliente puedes intuir cuál es ese patrón y, cuando aciertas con una cosa, el resto es fácil de deducir.

Entrecerré los ojos pensando en mis propias deducciones.

—Está bien: la mochila y cómo iba vestida te indicaron que venía de clase—admití—. Pero eso de que se me dan mal los deportes…

—Ese día tenías una marca en el dorso de la mano. Apuesto a que te tocó colgarte de las anillas en gimnasia. Solo una persona que no sabe hacerlo bien acaba con esas marcas.

Abrí la boca como si fuera a comerme una hamburguesa. Había dado en el clavo.

—¿Y lo de mi hermana?

—Muchas chicas de tu edad se comparan con sus hermanas, igual que los chicos lo hacen con sus hermanos. Es extraño que una chica y un chico se comparen entre sí. Fue arriesgado, pero no me equivoqué, ¿verdad? Si realmente te hubiesen interesado mis servicios, eso te habría convertido en mi cliente.

Hice una mueca.

—No te ofendas, pero me parece que estafas a la gente.

—¡No! Bueno, a veces le vendo algún producto que no es más que agua con hierbas aromáticas a algún cliente, pero la mayoría de las personas solo necesitan hablar con alguien, y lo mío es mucho más económico que ir al psicólogo.

—¡Rose! Sin el psiquiatra, mi madre se habría ido con Hillie.

—¡No estoy diciendo que sustituya a un psiquiatra, Valery! Solo digo que, a veces, las personas necesitan creer en algo para resolver sus problemas. Por eso van a la iglesia o buscan un mentalista. No me refiero a la salud, sino a asuntos de la vida. Les digo que mi producto puede acabar con su problema y, lo creas o no, la mayoría de las veces solucionan ese problema. ¿Sabes por qué? Porque las personas creyeron que lo haría —me puso una mano en el hombro y dijo una de sus frases cargadas de sabiduría—. No importa lo que pienses: pasará lo que tenga que pasar. ¿Te apetece un té?

Solo pude asentir con la cabeza.

Entramos en la casa y mi abuela fue a la cocina. Dejé la mochila en una silla del comedor y me planté junto a ella, frente a la encimera.

—¿Por qué has dicho eso de tu madre? —preguntó mientras llenaba dos tazas con agua.

—A mamá le está costando superar la muerte de Hillie. Pasará la semana en un hospital psiquiátrico —no sé si eran sus habilidades o qué, pero, cuando estaba con ella, solo sentía unas ganas irrefrenables de confesarme.

Me miró, preocupada.

—Ojalá eso la ayude —dijo.

—¿Tú qué crees? —pregunté. Me importaba su opinión porque era una persona muy perspicaz.

—Yo creo que mejorará —aseguró, y metió las tazas en el microondas.

—El sábado fui a un bar —fui directamente a la parte de la conversación que me había llevado allí en primer lugar. Seguí hablando mientras jugaba distraídamente con el borde de la encimera—, conocí al cantante de una banda de versiones y nos besamos —la abuela me miró con los ojos muy abiertos—. Después me llevó a un lugar privado y bueno, él y sus amigos empezaron a hacer cosas que yo no quería hacer.

—¿Se estaban drogando? —preguntó sin tapujos.

—Sí, estaban esnifando coca.

—¡Val! —exclamó. La miré al instante, a punto de arrepentirme de haber tenido la intención de contarle lo que me preocupaba.

—¿Vas a juzgarme?

—No —bajó la cabeza, después volvió a mirarme—. Tú no la esnifaste, ¿verdad? Sé sincera conmigo: ¿tú no…?

—No. Le dije que no quería, así que me rechazó. La cuestión es que, justo cuando la discusión se complicó, vino su amigo, otro chico del grupo, y se lo llevó. Cuando salí, me siguió y me preguntó si estaba bien. Y yo le insulté.

—¿Al que te rechazó o al amigo?

—Al amigo.

—¿Por qué te preocupa eso? Pareces preocupada.

—Porque no puedo dejar de pensar en él. ¿Y si en realidad se llevó a su amigo cuando estábamos discutiendo para protegerme? No sé por qué me siento culpable si se merecía todo lo que le dije.

—¿Él te había hecho algo?

—No directamente, ¡pero él y el otro chico eran amigos! Se supone que entablamos amistad con personas que se parecen a nosotros.

—Cuéntame: ¿quiénes son tus amigas?

Me daba la impresión de que esa pregunta no tenía ninguna relación con lo que le estaba contando y que no obtendría respuesta.

—Se llaman Liz y Glenn —respondí, un poco perdida.

—¿Y por qué sois amigas? —siguió indagando.

—No sé. Supongo que nos llevamos bien porque el resto nos ignora. A mí me llaman gorda, Liz les cae mal por su forma de ser y Glenn no es el tipo de chica que quieren tener cerca; les parece aburrida.

—Me preocupa eso de que te llamen gorda. Hablaremos de ello en otro momento. Ahora dime: si tuvieras que describir con dos palabras a cada una de tus amigas, ¿cuáles serían?

Lo pensé durante un momento.

—Mmm… Diría que Liz es estudiosa y perfeccionista; y Glenn, ingenua y religiosa. Con «ingenua» me refiero a que no tiene maldad y que es muy soñadora.

—Ajá. «Religiosa». Y tú, ¿vas a la iglesia? ¿Eres muy� «religiosa»?

Si antes me había dejado pensando, ahora estaba muda.

—N... no —balbuceé.

—Apuesto a que tampoco eres tan perfeccionista ni soñadora. Entonces, puede que ese chico tampoco sea igual que su amigo. Forjamos amistad con personas afines a nosotros, no idénticas. No subestimes tu intuición: si crees que, en realidad, el chico te salvó de su amigo, confía en tu percepción.

Miré como ponía unas cuantas galletas en un plato. Eran las mismas que había servido la vez anterior.

—¿Siempre horneas las mismas galletas? —pregunté, pellizcando una.

—Sí. ¿Quieres que te prepare otra cosa?

La oferta me entusiasmó.

—Me gustan los muffins de chocolate.

—¡Pues la semana que viene te haré muffins! —exclamó.

—Abuela… Quería pedirte algo más —dije. Ni siquiera me di cuenta de que, por primera vez, la había llamado abuela, pero ella sí que lo hizo. Lo supe por cómo me miró.

—¿Sí? —respondió.

—¿Conoces a alguien que pueda hacerme un piercing sin que me pida una autorización firmada por parte de mis padres?

La sorprendí tanto que dio un respingo.

—¡Val! No me pidas eso, por favor. Sí, conozco a alguien, pero no puedo ser tu cómplice a espaldas de tus padres.

—¡Venga, vamos! Papá ya está enfadado contigo, ¿qué más da darle otro motivo para estarlo? Además, nunca se enterará de que me ayudaste. Tampoco denunciaré al que me lo haga, no te preocupes; lealtad ante todo —ella se rio, negando con la cabeza. Vi una grieta en su determinación, así que intenté darle más razones para que me ayudara—. Piensa que lo voy a hacer de todas formas, me acompañes o no. Le pediré a Liz que me lo haga en el baño del colegio, así que, si me llevaras a un profesional, en realidad estarías evitándome una infección.

Suspiró y supe que había ganado.

—De acuerdo.


8

Ay

Tanto el negocio al que me llevó la abuela como su dueño se llamaban Xiang. Con ese nombre y por los rasgos del chico, no cabía duda de que era chino. Las paredes estaban revestidas de dibujos asiáticos y olía a tinta: Xiang, además de tatuajes, también hacía piercings. No debía tener más de veinticinco años, era atractivo y, por supuesto, iba tatuado de la cabeza a los pies.

—Esta es mi nieta Valery —le explicó la abuela—. Quiere hacerse un piercing, y yo lo autorizo.

—¿Qué estilo quieres? —me preguntó Xiang.

—Nada muy difícil, solo un aro en la nariz —contesté.

—¿A qué lado?

No lo había pensado.

—El izquierdo —solté, solo porque sí.

Me pidió que me sentara en un sillón parecido al que usan los dentistas y me sugirió que me relajara. Hasta ese momento no había sentido miedo, pero, en cuanto empezó a limpiar la zona y a estirar la piel para estudiar la posición en la que haría el agujero, me puse nerviosa. Le vi manipular los instrumentos y me mordí la lengua para no preguntar ¿dolerá? como si fuera una niña.

Cuando la aguja traspasó la piel, se me escapó un quejido. El dolor duró un segundo y enseguida noté el calor de la sangre. Después de desinfectarme la zona, Xiang me ofreció un espejo: me había colocado un aro en el lado izquierdo de la nariz.

Me vi rara. Sabía que era estúpido, pero me sentía mayor. Me quedaba bien.

—Gracias —dije, sonriendo.

Asintió con la cabeza y se arrastró con la silla de ruedas hasta un soporte metálico que colgaba de la pared. Arrancó un papel y me dio un bote.

—No te toques el piercing. Sigue estas instrucciones, debes desinfectártelo con este líquido varias veces al día y, ante cualquier inconveniente, no dudes en ir al médico. ¿Te ha quedado todo claro?

—Todo claro —dije.

—Gracias, Xiang —le dijo la abuela, tocándole el hombro—. ¿Cuánto te debo?

—¡Oh, no! —exclamé yo—. Ha sido idea mía, así que me lo pago yo.

Me agarró el brazo para detenerme.

—Otras abuelas regalan pulseras o pendientes. Déjame regalarte esto. Somos un poco raras, ¿no? —se rio y entregó el dinero a Xiang antes de que pudiera hacerlo yo.

Cuando salimos del negocio, fuimos de compras, como la vez anterior.

—Por favor, la próxima vez que vengas no me pidas un tatuaje —rogó. Yo me cubría la nariz por el olor a pescado de la tienda y notaba una ligera molestia donde llevaba el piercing.

—No. No me hace falta un tatuaje… por ahora —aseguré un poco gangosa.

—Tampoco le digas a tu padre que…

—Ni siquiera sabe que vengo a visitarte. ¿Podemos salir ya de la pescadería?

La abuela se volvió a reír.

—Sí, salgamos.

Saludó a la dependienta gritándole algo en chino y, al fin, respiramos aire fresco. Bueno, lo más fresco que podía estar en el barrio chino, donde todo, absolutamente todo, olía a algo comestible.

Nos volvimos a despedir en la puerta de su tienda.

—Val —me dijo la abuela—, ¿crees que tu padre me perdonará algún día?

Respiré hondo y, esta vez, fui yo la que le sujetó la mano para consolarla.

—Si no lo hace, significa que es un idiota —respondí.


Cuando llegué a casa, papá no estaba. Mamá seguía en el hospital, así que abrí nuestra conversación y le envié un mensaje para avisarle que iría al mismo bar del sábado anterior. El mensaje llegó, pero como no respondía, subí a mi habitación y me vestí. Cuando salí, aún no había respondido.

En el autobús, no podía apartar los ojos del reloj. Me humedecí los labios; estaba aún más nerviosa que cuando me hice el piercing. Levanté la cabeza y me di cuenta de que estábamos llegando. Me bajé lo más cerca que pude del bar.

Aceleré el paso, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, preguntándome qué le diría a Dark Shadow cuando le viera. Tenía que ser breve: su amigo Brad estaría cerca y no quería cruzarme con él. Después de la agresión con la que había terminado nuestro primer y único encuentro, le tenía un poco de temor y resentimiento.

En la puerta me reencontré con el mismo guarda del sábado anterior. Estuve a punto de mostrarle el carnet de mi hermana cuando me hizo un gesto con la mano para que entrara. Al parecer, me había reconocido. Asentí con la cabeza a modo de agradecimiento y entré.

En el guardarropa estaba la misma chica, jugando con el móvil. Todo parecía igual, sin embargo, me había dado cuenta de que yo no lo era. Cuando reconocí la canción que sonaba en ese momento, se me hizo un nudo en la garganta: alguien con una voz preciosa cantaba Dust in the Wind.

Caminé rápido hasta que llegué a la barra. Desde el fondo, apenas alcanzaba a ver quién tocaba por un espacio angosto que se había formado entre varias cabezas. Dark Shadow estaba solo sobre el escenario, sentado en un taburete con su guitarra. Entonaba All we are is dust in the wind con voz melodiosa. «Solo somos polvo en el viento». Me quedé helada, parecía que el cuerpo se me hubiese vuelto de porcelana. ¿Por qué esa canción? ¿Por qué él?

Cuando acabó dio las gracias al público y se puso bien la guitarra para seguir cantando en una marea de aplausos. A continuación cantó The Sounds of Silence, de Simon & Garfunkel. Igual de triste que la canción anterior. Ay.

Me aguanté las ganas de acercarme hasta que terminó de cantar y se despidió. Enseguida salió un presentador a anunciar que, a continuación, tocarían los Young Emancipation.

No quería ir al otro lado de la cortina, donde Brad estaría esnifando coca con sus amigos, ni quería ver como Dark Shadow hacía lo mismo. Le esperé en el pasillo, entre las parejas que se besaban y se tocaban, más sola que la una.

Maldije cuando vi que Dark Shadow salía de detrás de la cortina y se escabullía con una chica por el lado contrario de la sala. Me abrí paso entre la multitud al ritmo de una canción de Godsmack y, justo cuando le alcanzaba, tropecé con el pie de alguien. Caí hacia delante y no me quedó otra que agarrarme a su chaqueta. De un momento a otro se había dado la vuelta y me sujetaba las manos, impidiendo que cayera al suelo e hiciera el ridículo delante de todos. Nos miramos y, sin pensármelo dos veces, lo solté, como si acabara de tocar brasas calientes.

—¿Por qué has cantado esa canción? —pregunté. Fue lo primero que me vino a la mente. «Así que tienes los ojos grises», pensé con admiración.

Dark Shadow frunció el ceño; seguro que pensaba que estaba loca.

—¿Qué canción? —contestó. ¡Por supuesto! Me había olvidado de que había cantado unas cuantas.

—La de Kansas —aclaré.

—Ah. Dust in the Wind.

Dust in the Wind —repetí.

—¿Porque me gusta? —replicó, con la mano abierta con la palma hacia arriba, como si fuera obvio.

Tragué con fuerza, estaba alterada. Me sentía una idiota.

—¿Tienes un segundo? —pregunté. Era imposible hablar justo donde estábamos, tan cerca de un altavoz.

Se giró hacia la chica que lo acompañaba, le dijo algo al oído y me puso una mano en la espalda. Me sentí vulnerable. No sé por qué me ablandaba.

Le seguí hasta una puerta lateral. Puso un código en un panel numérico y esta se abrió. En un abrir y cerrar de ojos estábamos fuera, en el frío de la noche, rodeados por el ruido de la música enlatada.

—¿Hoy no tocas con tu grupo? —pregunté.

—No. Hoy voy por libre. Si estás buscando a Brad…

—¿Qué? —fruncí el ceño—. No. No me interesa Brad. Quiero decir… yo…

No sabía qué inventarme. No me había molestado en preparar un discurso, y algo en la energía de Dark Shadow me había dejado indefensa.

—Entonces ¿qué quieres? —siguió preguntando. Hablaba con un tono tan sereno, ¡y yo estaba tan nerviosa!

—¡Quiero que me dejes en paz! —bramé. Me di cuenta de que estaba desorientado y a punto de echarse a reír, así que me apresuré a explicárselo todo—: Quiero que salgas de mi cabeza. No quiero pensar en ti cada vez que me voy a dormir o cuando me despierto. Quiero que dejes de torturarme con la manera en la que me miraste cuando te llamé «adicto». No quiero sentir que fui injusta o que te hice daño. Eso es lo quiero.

—Ya puedes vivir tranquila: no me heriste mis sentimientos. No me importa lo que diga una completa desconocida. ¿Conforme? ¿Ahora dejarás de pensar en mí?

¿Solo eso? ¿De verdad había sido tan fácil?

Me enderecé, porque acababa de darme cuenta de que estaba encorvada como una anciana, y suspiré.

—Sí. Por fin dejaré de pensar en ti.

—Qué bien —dijo él.

—Sí. Qué bien.

Nos quedamos callados, mirándonos a los ojos. ¡Dios! Eran preciosos, como sus facciones y su boca.

—¿Te gusta Dust in the Wind? —continuó.

—¿Qué?

—Si te gusta…

—Sí. Sí —dije. En realidad, había escuchado la pregunta, pero por algún motivo seguía actuando como una tonta.

—A mí también.

Nos volvimos a quedar callados.

—Bueno… —balbuceé—, tu chica debe estar esperándote, ya puedes volver con ella.

—No es mi chica. Es solo una chica, y me apuesto lo que quieras a que no me está esperando. ¿Tú sí lo hacías?

—Sí. ¡No! —me retracté—. ¿Quién te crees que eres?

Agachó la cabeza. Estoy segura de que se reía por dentro, pero cuando me miró, seguía serio. Solo su mirada era sagaz.

—Es tarde. ¿Puedo llevarte a casa?

Me quedé congelada, con los ojos muy abiertos y aguantando la respiración. Dark Shadow se había ofrecido a llevarme a casa, pero lo peor de todo era que me hubiera gustado decirle que sí.

—Voy a coger el autobús —aclaré.

—Bueno, pues te acompaño a la parada —propuso él.

—La calle es de todos, así que puedes venir —contesté.

Dio un paso hacia delante y yo me quedé mirándole fijamente en vez de retroceder.

—Soy Luke. Luke Wilston —se presentó. Su mirada me quemaba, su voz me embriagaba, su estatura me hacía sentir diminuta.

—Valery Clark —dije, intentando no sentirme intimidada por su tamaño—. Pero mis amigos me llaman Val.

—Encantado de conocerte, Val. ¿Hacia dónde vamos?

Señalé a la derecha.

Luke Wilston.

Luke «Dark Shadow» Wilston era el chico más interesante que había conocido en la vida y me hacía sentir cosas muy raras.

Ay.

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9788412314694
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