Kitabı oku: «Cosas del destino (I): El diario de Claire Lewis»
Cosas del destino.
El diario de Claire Lewis
Cosas del destino
El diario de Claire Lewis
Cris Ginsey & Anna Pólux
Primera edición: abril de 2018
Primera reimpresión (revisada): octubre de 2019
© Cris Ginsey y Anna Pólux, 2018
© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2018
Imagen original de portada de Olichel Adamovich
bajo licencia Creative Commons CC0
LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.
www.leseditorial.com
info@leseditorial.com
ISBN: 978-84-948263-3-7
IBIC: FA, FP, FRD
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A todas esas personas que leyeron,
sufrieron y disfrutaron con nosotras.
Gracias por ayudarnos a hacer realidad
uno de nuestros sueños.
Índice
Portada
Créditos
Dedicatoria
1 El diario de Claire Lewis (I)
2 El diario de Claire Lewis (II)
3 Un paseo por el parque
4 La chica de ayer
5 Y quién es él
6 Ser o no ser, esa es la cuestión
7 Mientras dormían
8 Fighting temptations
9 What you’re made of
10 El karma es una puta
11 Let it snow
12 Thinking of you
13 Just my imagination
14 Can’t stop the feeling
15 All I want for Christmas
16 She loves you
17 Kiss me
18 Lo que la verdad esconde
19 Un estúpido malentendido
Autoras
1 El diario de Claire Lewis (I)
Verano de 2008.
Putos mosquitos.
Es que no respetaban nada, en serio. En su incansable afán por ir chuperreteando sangre por aquí y por allá, no tenían la más mínima sensibilidad por las necesidades ajenas. Ni la más mínima sensibilidad, ni la deferencia de darle tan solo unos minutos para poder continuar aquella inesperada, a la par que increíblemente interesante, lectura sin tener que estar pegándose manotazos cada dos por tres en cada centímetro cuadrado de su anatomía. Y no era fácil seguirles el ritmo con una mano ocupada por la linterna, cuya luz le permitía avanzar por las páginas de aquel diario que alguien había dejado olvidado precisamente allí. Lo habían abandonado así, como si nada, bajo la almohada de aquella litera. Más concretamente bajo la almohada de su litera. Si eso no le otorgaba el derecho y, es más, el deber de leérselo de cabo a rabo sin sentir culpabilidad ninguna, que bajara Dios y lo dijera. Así que, mientras esperaba la posible segunda venida de nuestro salvador Jesucristo, allí estaba, devorando páginas a un ritmo vertiginoso y con más ganas de descubrir si «mi gran amor, Brian Connelly» acudió finalmente, o no, a la fiesta de cumpleaños de Britney McDonald, que de saber quién sería el ganador de American Idol.
¡Joder, menudo susto! Casi se le cayó el diario al suelo de la impresión, porque, sin previo aviso, el brazo de Ronda había caído como un peso muerto desde la litera de arriba y se balanceaba ligeramente de un lado a otro mientras su dueña seguía roncando desde las alturas, como si no tuviera ni una preocupación en el mundo. Ni una sola. Le golpeó la mano con fuerza, molesta por el amago de infarto que le había provocado, y escuchó cómo cesaban sus ronquidos tras un ruido sordo semejante al gruñido de un cerdo. Pura poesía. Volvió a golpearle la mano y, por fin, debió de caer en la cuenta de que había perdido una extremidad y la replegó de vuelta a su territorio. Segundos después, su amiga retomaba los ronquidos. Bufff…
El décimo mosquito de la noche atacó su cuello. La gota que colmó el vaso, porque ya no aguantaba más. Era verdad que había respondido «Tú lo flipas» cuando su madre le repitió, por centésima vez, que se echara aquel repelente de mosquitos por las noches para evitar la masacre, pero es que por muy mal que oliera, y olía muy muy mal, situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas, y su madre no tenía por qué enterarse jamás. De modo que, dejando la linterna y el diario de la tal Claire Lewis a un lado, se levantó de la cama y se dirigió a su mochila, que descansaba apoyada contra la pared a escasos metros. Se movió con sigilo para no molestar a la cerda durmiente ni al resto de ocupantes de la cabaña. Así, muy bien, ni un solo sonido, con la elegancia de un gato en mitad de la noche, con la habilidad de un ninja, cinturón negro en el arte de… ¡me cago en la puta! Apretó la mandíbula mientras se sujetaba el pie entre las manos saltando a la pata coja, porque se había golpeado el dedo meñique contra la pata de la cama de Olivia, y a lo mejor el gato ya no parecía tan elegante.
—El karma es una puta —escuchó el susurro de Olivia.
Bah. Decidió ignorarla y continuó con su camino hacia la mochila, tragándose los improperios que aquel golpe a traición había gestado en la boca de su estómago. «¿No se te ocurrirá leerte el diario, Ashley?», «Son los pensamientos íntimos de alguien, Ashley», «Debería darte vergüenza, Ashley», «El karma te lo devolverá, Ashley», «Bla, bla, bla, Ashley». En ese plan habían estado Ronda y Olivia desde que encontró el diario aquella tarde, cuando los monitores las cambiaron de cabaña. Menudas Pepitas Grillo tenía por amigas.
Se hizo con su repelentemente repelente repelente de mosquitos y, cuando se disponía a regresar a su lecho pasando junto a la cama de Olivia, la Pepita Grillo número dos volvió a susurrarle de nuevo:
—El karma no perdona, Ashley.
Uf, qué pesadilla, por Dios. Destapó el repelente para mosquitos y la pulverizó con él sin la menor vacilación.
—Duérmete ya —le susurró, y sonrió al escucharla toser y llamarla gilipollas, pero con cariño. ¡Qué gran amistad a prueba de pulverizaciones!
Dejó atrás a Olivia y su dramática lucha por recuperar la respiración, y volvió a parapetarse en su cama haciendo de tripas corazón y rociándose con el espray insecticida. Tenía mejores cosas que hacer que esperar a descubrir si su amiga finalmente vivía o moría, como, por ejemplo, retomar la lectura de aquel misterioso diario. Se lo debían de haber regalado a la tal Claire cuando cumplió los catorce, porque la primera entrada hablaba precisamente de eso y describía su fiesta de cumpleaños con todo lujo de detalles. Lo más interesante había sido cuando todas las asistentes a la celebración descubrieron con horror que el hermano de Claire había añadido laxantes a la tarta. Épico. El puto amo. Días después, y ya recuperada de las consecuencias de la consumición de aquel postre, la tía había cogido el bote de champú de su hermano y lo había vaciado por el sumidero para reemplazar su contenido por crema de depilar. De las rápidas. Bautizó la operación como «Calvicie Total. La gran venganza» y quedó a la espera de que su hermano decidiera lavarse el pelo. Pero ella no podía esperar más para enterarse del desenlace de aquella vendetta, de modo que urgía el seguir con la lectura de aquel apasionante documento, pero ya.
***
¿Que cuántas horas había dormido? Pocas, muy pocas. Y prefería no entrar en detalles de la forma en que sus amigas la habían despertado aquella mañana, porque ella no era de las rencorosas. Solo diría que el que te tiren un vaso de agua congelada en plena cara no resulta nada agradable.
Su adormilada mente captaba retazos de la conversación que estaban manteniendo sus amigas en esos momentos mientras removía su leche con una cucharilla. Estaba tan cansada que desayunaba casi por inercia. Benditos automatismos. Y aquellas mesas y bancos de madera al aire libre de normal le parecían un lugar cojonudo para desayunar, pero justo en esos momentos, el sol incidía de lleno en su cara y sin piedad, y ella solo tenía ganas de apagarlo para siempre. Estaba dispuesta a sufrir las consecuencias. ¿Inminente oscuridad completa y absoluta? Le venía de perlas, gracias. ¿Descenso drástico de las temperaturas? Se agradecía, que llevaban ya unos días bastante sofocantes. ¿Muerte de todos los organismos vivos que pueblan la Tierra? Un daño colateral que estaba dispuesta a asumir.
—Si no te hubieras pasado media noche enganchada a ese diario, ahora tendrías otra cara, ¿sabes?
Era Ronda. Estaba sentada frente a ella y se untaba mantequilla en una tostada con una vitalidad envidiable, sin parar de parlotear ni para coger un poco de aire.
—¿Por qué? No habría podido dormir de todas formas con tus ronquidos —exageraba, claro, pero le gustó la cara con la que la miró ante aquella afrenta.
—¿Perdona? Yo no ronco —negó lo evidente y ella le respondió con una risa irónica—. Olivia, dile a la voyeur de diarios ajenos que yo no ronco —pidió respaldo a la morena sentada a su lado.
—Un poquito —tuvo que admitir su amiga, juntando sus dedos índice y pulgar indicando que ese «poquito» era tan poco que ni siquiera debería ser tenido en cuenta—. ¿Tan interesante es la vida de esa chica? —preguntó dirigiéndose a ella y obviando las protestas de Ronda.
Ja. Ahora tenían curiosidad.
—¡Ja! Ahora tenéis curiosidad —dijo sonriendo complacida.
—Me rociaste con espray antimosquitos para poder seguir leyendo. Tenía que ser bueno —le reprochó. Menuda rencorosa.
—No necesito una razón para rociarte con espray contra mosquitos. Lo hago por el simple placer de hacerlo —puntualizó y le dio un sorbo a su leche—. Pero sí, era bueno. Me pregunto si seguirá en el campamento…
Paseó su mirada por las chicas que desayunaban a su alrededor inmersas en diversas conversaciones con sus compañeros de mesa. ¿Alguna de ellas estaría lamentándose por la pérdida de su diario en esos mismos momentos?
—¿No crees que si siguiera aquí habría querido recuperar su diario? —sugirió Ronda.
—A lo mejor aún no se ha dado cuenta de que lo ha perdido —sopesó aquella posibilidad Olivia—. Y cuando lo haga y vuelva para recuperarlo, te encontrará a ti pegada a él y se te caerá la cara de vergüenza —la avisó, señalándola con un dedo acusador.
—Vergü… ¿qué? —bromeó frunciendo el ceño.
Pero sí, si de repente apareciera la dueña del diario y la pillase en plena faena, se cagaría de miedo. ¡Había dejado calvo a su propio hermano, por el amor de Dios! ¿Qué no le haría a una desconocida que violaba su intimidad de una manera tan ruin y miserable? Tan solo de pensarlo le daban escalofríos.
—En serio, ¿qué cuenta en ese diario? —insistió Ronda mientras se inclinaba ligeramente sobre la mesa para crear un ambiente más íntimo y propiciar así la afluencia de cotilleos.
—No lo sé… cosas. Cumpleaños, problemas con las asignaturas… —respondió con vaguedad encogiéndose de hombros—. ¿Qué contáis vosotras en los vuestros?
—Si os contara lo que escribo en mi diario tendría que mataros después —se hizo la misteriosa Olivia.
—Eso si no morimos de aburrimiento en el proceso —apuntó aquella posibilidad Ronda. Sonrió cuando la morena le golpeó el brazo—. No me creo que te hayas pasado media noche despierta leyendo sobre fiestas de cumpleaños y suspensos en matemáticas. No seas perra y desembucha.
—Os advierto que estáis perdiendo muchos puntos como voz de mi conciencia —dijo mientras mojaba una galleta en la leche antes de llevársela a la boca.
Estaba segura de que Ronda se disponía a seguir insistiendo, pero, de pronto, Olivia cambió de tema radicalmente con tan solo una frase.
—Te está mirando otra vez.
Ah, sí, aquel asunto que las había ocupado desde que llegaron al campamento hacía tres días. Había sido momentáneamente desbancado por el hallazgo de aquel diario y su consiguiente dilema moral en plan «Leer o no leer, esa es la cuestión», pero allí estaba de nuevo, y ella prefería no levantar la vista de su vaso de leche.
—Ashley, en serio, te va a desgastar las facciones —insistió su amiga.
—Cállate —gruñó entre dientes, porque aquel tema la hacía sentirse increíblemente incómoda.
Sí, había una chica en el campamento que la miraba más de la cuenta. Y sí, en varias ocasiones se había acercado a hablar con ella con mil estúpidas excusas que dejaban en evidencia la verdadera razón de su interés. Y era guapa, muy guapa, o al menos a ella se lo parecía. ¿Que por qué no quería que se tocara el tema entonces?
—Antes de que acabe el día te quiero ver enmorrada a esa chica como si fuera un botijo —ordenó Ronda.
Por eso. Por eso mismo evitaba el tema como la peste en el Medievo, porque hacía solo un par de meses que les había confesado a sus amigas que creía que era gay y ellas habían abrazado la causa con un poquito más de fervor del esperado. Les agradecía el apoyo y todo eso, pero es que cuando se ponían en plan casamenteras a ella le subía la tensión hasta cotas casi incompatibles con la vida; y, desde que llegaron al campamento, estaban más casamenteras que nunca. Casi hasta se había acostumbrado a la taquicardia.
—Ronda, no seas burra. ¿No ves que se pone nerviosa con las chicas guapas? —la reprendió Olivia.
—No entiendo por qué. Está acostumbrada a estar rodeada de tías buenas —enfatizó aquel hecho señalándose a sí misma.
Lo odiaba. Odiaba cuando se ponían a hablar de ella como si no estuviera a medio palmo de sus narices.
—Uh… está viniendo —susurró Olivia cubriéndose la boca con la mano. Fingiendo después estar muy interesada en un hilo suelto de su camiseta.
Aquello paró el funcionamiento de su organismo entero. Oh, joder… ¿estaba viniendo? Ni siquiera sabía seguro si su mesa era el destino final del desplazamiento de esa chica, y ya comenzaba a sentir aquel inoportuno calor en las mejillas. ¡Por Dios, Woodson! No te pongas roja ahora, no te pongas roja ahora…
—Su llegada es inminente. Disimulad, ¡disimulad! —casi graznó Ronda—. Y entonces le dije: «¿Y levantas pesas con esos bracitos de pollo?» —comentó después con toda la naturalidad del mundo, justo cuando la chica llegaba a su altura—. ¡Ah! ¡Hola, Alison! ¿Qué tal te va? —saludó a la muchacha con una sonrisa.
Ciertamente admirable el cuajo que tenía la tía. A ella, en cambio, se le había secado la boca de golpe, como si se le hubiera metido dentro el Sáhara entero. Se obligó a levantar la vista porque no quería que Alison pensara que era una puta retrasada mirando un vaso como si no hubiera tenido otro delante en la vida. Cuando se atrevió a mirarla, ella estaba sonriendo mientras hablaba con Ronda y con Olivia; y es que sonreía muy bien, tan bien que el corazón se le saltó un latido cuando pasó a sonreírle a ella.
—Hola, Ashley, ¿qué tal?
—Ey, Alison. —Le devolvió la sonrisa y la de la chica se hizo más grande en consecuencia, así que, a lo mejor, sus amigas tenían razón y algo sí que le gustaba. Ese pensamiento le infundió un poquito de confianza en sí misma, la justa para atreverse a seguir hablando—. ¿Os han dicho ya con qué actividades van a torturarnos hoy?
Alison se rio antes de contestar.
—Se rumorea que lo primero va a ser remo en pareja. Sarah y Jessica se han puesto juntas, así que venía a preguntaros, como también sois tres, si alguna quiere ponerse de pareja conmigo —explicó, y ella miró a sus dos amigas, a sabiendas de lo que iba a suceder a continuación.
—¡Por supuesto! —dio por sentado Olivia—. Echémoslo a suertes, a ver quién se pone conmigo —propuso. Menuda farsa—. En la casa de Pinocho… —comenzó a recitar mientras las señalaba a Ronda y a ella alternativamente al ritmo de la cancioncilla— solo cuentan hasta ocho… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho.
Aquella estupidez de canción terminó y el dedo la estaba señalando a ella, vaya contrariedad, un revés bastante importante para los maléficos planes de aquellas dos casamenteras. Le sorprendió un poco la punzada de desilusión que le produjo la perspectiva de ser la pareja de Olivia en vez de poder remar con Alison, la verdad. Malditas hormonas y puta pubertad.
—Ashley, descalificada. Olivia, ¡a mis brazos, compañera! —resolvió Ronda, derrochando desfachatez por los cuatro costados.
Y hacía esas cosas sin despeinarse siquiera. Qué barbaridad. Se fijó en que Alison sonreía ante aquel desenlace, y una ceja se le levantó sola en plan «porque yo lo valgo». Vaya, vaya, parecía que la chica se moría por que fuera su pareja de remo esa mañana.
Ashley Woodson, te gustan las chicas y tú también les gustas a ellas.
***
A veces tengo la sensación de no saber quién soy en realidad, ¿será algo típico de la adolescencia? La crisis de los quince años tal vez. ¿Eso existe? No lo sé, pero creo que la tengo. Mi madre dice que lo que me pasa es que tengo las hormonas revolucionadas y que estoy «insoportablemente dramática» y mi padre, al oírlo, le ha dicho que es que he salido a ella. Se han empezado a pelear en el plan que se pelean siempre, como si estuvieran tonteando y fueran ellos los adolescentes, y han acabado besándose en mitad de la cocina sin importarles que Jonathan y yo estuviéramos allí y se nos fuera a cortar la digestión del desayuno. Menudos pervertidos. Por cierto, a Jonathan ya ha empezado a crecerle otra vez el pelo, le está saliendo todo desigual y parece una rata recién salida de la secadora. A veces me siento un poco culpable de lo bien que salió «Calvicie Total. La gran venganza», porque tiene que ir a todos lados con la gorra de béisbol puesta, pero luego me pega chicles debajo del escritorio de la habitación y se me pasa la culpabilidad así de golpe. Tener un hermano de diez años no es nada divertido.
—¿Estás sonriendo?
Joder, había estado tan absorta en la lectura de aquel pasaje del diario de Claire Lewis que ni se había dado cuenta de que medio cuerpo de Ronda colgaba de la litera superior, desafiando toda ley de gravedad conocida por el ser humano.
—Olivia, Ashley está sonriendo mientras lee el diario de esa tal «Levi’s» —se burló.
¡Ella no estaba sonriendo mientras leía el diario de nadie! Pero, coño, es que lo de la operación «Calvicie Total» tenía su gracia. Observó el pelo de Ronda, todo desparramado por aquella posición tan antinatural, y pensó que más le valía a su amiga tener cuidado con lo que iba diciendo por ahí. La operación «Calvicie Total. La gran venganza» podría perfectamente tener una secuela.
—¿Hay sexo? —preguntó la castaña.
—¿No se te baja la sangre a la cabeza? —le devolvió otra pregunta, dando a entender que no iba a desvelar tales secretos.
—Si no hay sexo, no entiendo por qué tanto interés por tu parte —admitió y regresó a su litera algo decepcionada.
—Desde que Kevin le magreó las tetas, esta chica está en celo permanente —dijo Olivia desde su cama sin desviar la vista del libro que tenía entre manos.
Escuchó a Ronda reírse desde su posición elevada. Negó con la cabeza al recordar cómo les había explicado, superdetalladamente, la forma en que se había enrollado con el capitán del equipo de fútbol debajo de las gradas durante la fiesta de fin de curso.
—No lo digas así, lo haces sonar guarro —la reprendió Ronda—. Fue mágico.
—Mágicamente guarro —intervino ella entonces, compartiendo una mirada cómplice con Olivia.
Ambas escucharon un gruñido indignado proveniente de la litera más alta y sonrieron satisfechas.
—Puede que yo esté en «celo permanente», pero Ashley está «idiotizada permanente» con un pedazo de papel —indicó Ronda refiriéndose al diario—. Tan idiotizada está que aún no ha soltado prenda de qué ha pasado hoy con Alison. Me tienes con el corazón en un puño, chica.
—No ha pasado nada hoy con Alison, te lo he dicho cincuenta veces —le recordó—. Y ya van cincuenta y una.
—Podrías decirlo cien veces más y seguiría sin creerlo —admitió tranquilamente. Se descolgó de nuevo, sin previo aviso, reapareciendo en su campo de visión, lo que le hizo llevarse la mano al pecho por el susto justo antes de soltar un bufido cuando se dio cuenta de que era su amiga otra vez y no la mismísima niña del exorcista—. ¿Le arrejuntaste el boquino?
La miró frunciendo el ceño y después buscó ayuda en su amiga más cuerda.
—¿Qué coño está diciendo? —le preguntó a Olivia.
—Pregunta que si la besaste. Es argot de la calle entre los sexualmente activos —tradujo la morena.
—Cómo te conoces la jerga, Oli. ¿Pensando ya en estrenarte? —preguntó divertida Ronda, girándose lo justo para mirar a su amiga. Menuda flexibilidad para hacer contorsionismos colgada bocabajo de una cama.
—¿Y acabar como tú? Prefiero morir siendo virgen —respondió sin asomo de duda.
—Menudas mojigatas —suspiró la castaña, dándose por vencida, y regresó a su colchón.
¿Eran en realidad unas mojigatas por no haber practicado sexo aún? No habían cumplido los dieciséis todavía y, además, Ronda lo había hecho por primera vez hacía menos de un mes e iba por la vida como si fuera una protagonista más de Sexo en Nueva York. Menuda flipada.
Milagrosamente, el silencio las envolvió de nuevo. La castaña debía de estar ocupada imaginando diversos escenarios sexuales y Olivia había regresado su vista a Harry Potter y la Orden del Fénix. Agradeció el descanso a la pervertida mente de Ronda y a J. K. Rowling, se sumergió de nuevo en aquel diario y descubrió que había un periodo en blanco en la vida de Claire Lewis. Durante seis meses enteros no había escrito nada de nada. ¡Nada! ¿No se daba cuenta aquella muchacha de que con lagunas de tales dimensiones iba a ser muy difícil seguirle el hilo a su historia? De una página a otra, de repente, tenía dieciséis años y hablaba mucho de un tal Jake. Así era imposible aclararse. ¿Qué había pasado finalmente con el pelo de rata de su hermano? ¿Y con su crisis existencial de los quince?
No puedo creerme que hayan pasado ya seis meses desde la última vez que escribí aquí…
Pues créetelo.
Han pasado tantas cosas en este tiempo que no sé por dónde empezar. Supongo que el cambio más importante que ha habido es Jake. Llegó nuevo al instituto en mitad de año, va un curso por encima de mí, pero comenzamos a coincidir casi todos los días de vuelta a casa. Es muy divertido y tiene unos ojos superazules. Me invitó al cine un par de meses después de conocernos y estaba tan nervioso cuando lo hizo que tuve que decirle que sí. La película no me gustó demasiado, la verdad, pero él no intentó meterme mano como no paraban de advertirme Susan y Megan, y eso sí que me gustó. No nos besamos hasta la siguiente «cita» y fui yo la que dio el paso. Buf… parece que hace de eso mil años y apenas han pasado cuatro meses. Jake es un amor, cariñoso, divertido y superdetallista. Todos dicen que hacemos la pareja perfecta, y supongo que desde fuera puede parecer así, a veces incluso a mí me lo parece, pero otras… no sé, simplemente estoy divagando…
—Creo que «Sexy Lady de pacotilla» se ha dormido —se sobresaltó al escuchar a Olivia susurrándole a su lado—. ¿Me dejas un hueco y hablamos? —propuso su amiga—. Prometo no presionarte. Solo quiero saber qué tal estás —se apresuró a aclarar.
Sonrió y le hizo hueco en la cama, invitándola a colarse entre las sábanas; a Olivia nunca le había podido negar nada. Era su amiga más antigua, se conocían desde el parvulario y, a pesar de que haría cualquier cosa por Ronda y sabía que aquel sentimiento era mutuo, siempre había congeniado mejor con la morena.
—Sé que has dicho mil veces que no ha pasado nada con Alison, así que te creo.
—Un salto de fe. —Sonrió.
—Cuando se trata de ti no me hace falta. Sé cuándo estás mintiendo incluso antes de que lo hagas —dio por sentado la morena.
—Escalofriante —bromeó, pero era verdad.
—Sé lo que no ha pasado, sé lo que Ronda quiere que pase, pero lo que no sé es qué quieres tú —susurró para no despertar a las chicas que ya dormían—. Y supongo que es lo más importante, ¿no?
—Depende de para quién —respondió en el mismo tono.
—Para mí lo es —aclaró Olivia.
Ay, joder, cómo la quería. Si es que más que su amiga era su hermana.
—No sé qué quiero —admitió.
—Y no pasa nada por que no lo sepas, Ash, pero creo que, mientras tú no lo sabes, Alison lo tiene muy claro —dijo con media sonrisa que se le contagió un poco.
—Me desea, ¿eh? —alardeó.
—¿Y puedes culparla? Con esos ojos y esa sonrisa te vas a llevar a las chicas de calle —aseguró—. Ellos se lo pierden.
—Bueno, les quedáis Ronda y tú.
—Tendrán que conformarse —bromeó su amiga.
Por unos segundos se quedaron en silencio; no era uno de esos incómodos, era confortable, de los que te daban tiempo hasta que tuvieras algo más que decir, porque no tenía prisa.
—Tengo curiosidad por saber cómo será besar a una chica —admitió al fin.
—No puede ser muy distinto de besar a un chico —dijo Olivia.
—Dios, pues espero que sí lo sea —señaló, y la hizo reír.
—Olvidaba que besar chicos te da alergia.
—Las dos veces fue como besar cartón.
—Una imagen muy gráfica —la felicitó—. ¿Te gustaría besarla entonces? —probó suerte.
Ahí estaba, la pregunta del millón. ¿Quería besar a Alison? Y la verdad era que sí, que claro que sí, que por supuesto que sí, y por favor. Debía confesar que se moría por besarla, porque desde que la había visto el primer día del campamento algo le había pasado a su cerebro y ya no funcionaba tan bien como antaño. Entraba en cortocircuito cada vez que la chica andaba cerca, su corazón decidía saltarse algún latido cuando asomaba su sonrisa y era una sensación la mar de interesante. Nunca le había pasado antes. Las sonrisas de los chicos siempre le habían parecido más bien vacías de contenido; había algunas bonitas, pero para ella era como si estuvieran huecas. Como un póster publicitario llamativo tras el que no hay nada, un par de cactus resecos a lo sumo. Olivia y Ronda se volvían locas y, al besarlos, se les subían los calores mientras ella pensaba «bah». Con ellos todo era un poco aséptico.
—La verdad es que sí —admitió, e igual se estaba poniendo un poco roja con tan solo verbalizarlo, pero estaba oscuro y, además, Olivia nunca lo utilizaría contra ella—. Sí, sí que me gustaría besarla —ratificó su confesión.
—Hazlo. Ashley, te aseguro que ella lo está deseando —le infundió coraje.
—¿Y si mi primer beso con una chica es un desastre? —preguntó temerosa.
—Vía libre para el segundo. —Se encogió de hombros.
—Lo haces sonar muy fácil —admitió. Olivia tenía ese don.
—Tal vez es que, simplemente, lo es y nosotros nos empeñamos en complicarlo todo —sugirió—. Tienes la oportunidad de que tu nuevo primer beso sea como tú quieras que sea. Eres afortunada, mi primer beso siempre será de dos segundos a la salida de un Pizza Hut, con sabor a pan de ajo y cebolla. Está escrito en piedra.
—Siempre sabes qué decir para animarme. —Sonrió al oírla quejarse, una vez más, de las circunstancias en las que se produjo su primer beso.
—Bueno, es mi trabajo —le quitó importancia—. Es tarde y mañana van a reventarnos a correr, deberíamos descansar un poco.
En cuanto terminó de hablar, abandonó el hueco a su lado dispuesta a volver a su cama.
—Buenas noches, y gracias por la charla —le dijo antes de incorporarse un poco sobre el colchón, apoyándose para ello en su antebrazo.
—Buenas noches, y no hay de qué —correspondió revolviéndole el pelo antes de regresar casi a tientas a su cama.
Apenas se veía nada, ya que el resto de ocupantes de la cabaña habían apagado las luces. Cómo se notaba que ellas no tenían aquel best seller desconocido entre sus garras. Recuperó el diario de bajo las sábanas y se estiró para poder hacerse con la linterna que la había ayudado la noche anterior. Nada más encender su pequeña luz, la oyó.
—Ronda tiene razón, estás «idiotizada». Mañana vamos a tener que llevarte a cuestas.
—No os será muy complicado, soy peso pluma —susurró.
—En serio, ¿qué te está pasando con ese diario? —dijo ahogando un bostezo.
—No lo sé, y cállate si no quieres que vuelva a pulverizarte —amenazó.
***
Malditos monitores sádicos. ¿Cuánto tiempo llevaban corriendo ya? Por lo menos dos vidas seguidas. De las longevas, además. Ay, madre mía, iba a sufrir un fallo cardiorrespiratorio masivo y fatal, pero ya. Caería fulminada y allí acabaría sus días, tirada en mitad del camino forestal más largo del mundo. Le dolía hasta el respirar, y Olivia y Ronda trotaban a su lado como si nada, como si fueran jodidos robots inmunes al agotamiento. «Mañana vamos a tener que llevarte a cuestas», pues no le vendría mal, la verdad, porque sentía sus piernas como si fueran de cemento. Pero la falta de sueño, por muy molesta que fuera en el momento presente, había merecido la pena.
Menudo fragmento de diario le había tocado leer la madrugada anterior. Jake y Claire se habían acostado. Su primera vez. Se había sentido un poco incómoda accediendo a un momento de una índole tan personal y había decidido saltarse un par de páginas, en parte, por darle intimidad a la chica y, en parte, porque el sexo heterosexual le interesaba más bien poco tirando a nada de nada. Había pasado directamente a las reflexiones poscoitales, y estas sí que le habían interesado bastante más. Le gustaba mucho la manera de escribir de la tal Claire y le intrigaba su forma de pensar, las cosas que decía, las que hacía y las que decidía no hacer. Era como estar conociendo a alguien sin conocerlo en realidad. No la había visto jamás, pero ya la había hecho sonreír como veinte veces. Era raro, joder. Muy raro. Y la noche anterior había tenido que obligarse a cerrar el diario a la fuerza, porque si por ella fuera, se habría pasado la madrugada entera leyendo. Dormir estaba sobrevalorado. Porque, en uno de los pasajes que la chica escribió tras su primera vez con Jake, había un párrafo que le había erizado los pelos de la nuca. Una reacción fisiológica que le decía: «Al loro, que esto es trascendente».