Kitabı oku: «Amor bajo sospecha»
Annabeth Berkley
Amor bajo sospecha

© Annabeth Berkley
© Kamadeva Editorial, octubre 2020
ISBN papel: 978-84-122428-4-3
ISBN ePub: 978-84-122428-5-0
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Índice
Amor bajo sospecha
Querida lectora
Sobre la autora
Amor bajo sospecha
Opal cogió aire antes de salir cargada con una bandeja de sus exquisitos canapés. Se movía con precisión, firmeza y elegancia entre los asistentes a la inauguración de la sala de exposiciones.
Su sonrisa era discreta, educada y formal, y pese a que no pretendía llamar la atención, no podía evitar que los hombres la miraran dos veces… o más.
Opal era consciente de su magnetismo, de su atractivo, pero no le importaba en absoluto. Apenas se maquillaba, solía recoger su preciosa y oscura melena en una coleta alta, y su ropa distaba de ser ceñida, aunque tampoco escondía su cuerpo proporcionado y esbelto.
Vestía el uniforme negro de la empresa, su empresa. Un pequeño negocio de catering que en poco tiempo se había situado como líder en el sector. Todo había empezado como un experimento en la cocina de su apartamento alquilado, y en menos de un año eran ya cuatro los camareros fijos que contrataba para los eventos, además de una cocinera por horas, en una cocina comercial que alquilaba puntualmente y que estaba muy cerca de su piso.
Como buena profesional, observaba los pequeños detalles mientras servía el catering: la sonrisa de los asistentes al dar el primer bocado, la rapidez y armonía de su equipo mientras discretamente recorría la estancia sirviendo las bandejas, las diferentes tarjetas de su empresa Silver Cup estratégicamente colocadas... Parecía todo en correcto orden, pero no le gustaba relajarse hasta que el lugar del evento cerraba sus puertas o llegaba la medianoche, que era su hora de cierre en ese contrato en concreto.
Dave Malone se fijó en ella nada más entrar a la sala de exposiciones. La vio de espaldas; su esbelta silueta era digna de admirar. Eso y sus largas piernas enfundadas en tupidas medias negras llamaban la atención sin poder evitarlo. Su larga melena oscura tampoco la ayudaba a pasar desapercibida. Supuso que su rostro estaría a juego con todo ello, pero, aunque le gustaría averiguarlo, no le interesaba lo suficiente. Por lo menos no en su jornada laboral.
Prestó atención a lo que le rodeaba. La sala de exposiciones estaba bastante concurrida. Miró por encima las obras de arte diseminadas por el espacio pulcro y minimalista. No le gustaba especialmente el arte abstracto, por lo que no prestó demasiada atención a lo expuesto. Decidió cambiar de sala no sin antes echar un último vistazo a la camarera de las piernas largas que se movía con elegancia y destreza entre los asistentes.
—¿Qué haces aquí, Molly? —preguntó Opal a su empleada mientras entraba con las bandejas vacías en el espacio destinado a la preparación del catering—. ¿Falta algo?
—No, no, Opal, va todo bien. —Sonrió, maliciosa, mirando a hurtadillas hacia la sala—. Pero mira quién acaba de llegar.
Opal dejó la bandeja y se acercó hacia la puerta, curiosa. Molly Harris vestía de negro, igual que ella, pero su silueta se ceñía más a la ropa y tenía que engominar su cabello para que no se le escapara de su corta coleta.
—¿Quién?
—Mi futuro marido, sin duda. —Sonrió señalándole a un hombre en traje de etiqueta, como exigía la invitación a la inauguración.
Opal sonrió ante el comentario que estaba acostumbrada a escuchar con frecuencia y prestó atención al hombre trajeado que observaba todo con atención. Era alto, delgado, con piernas largas, y el traje le quedaba de maravilla, pero estaba de espaldas a ellas. Realmente parecía muy atractivo, aunque a Molly se lo parecían muchos con bastante frecuencia.
—Anda, sal con la bandeja de los canapés de queso —le sugirió sonriendo antes de coger los de salmón y albahaca y volver a la sala.
Dos bandejas después, Opal pasó junto a Ray Cross, el hijo mayor de sus anfitriones. Estaba acostumbrada a verlo y ya no le llamaba la atención su atractivo, demasiado refinado para su gusto. El joven alto y rubio le sonrió reteniéndola al coger uno de los aperitivos de su bandeja. Opal sonrió discreta y educada y miró indirectamente al interlocutor del joven para ofrecerle un canapé. No pudo evitar mirarlo dos veces.
Pelo muy corto, ojos azules, guapo, muy guapo, y atractivo, muy atractivo.
Él la miraba indiferente, con las manos en los bolsillos.
—Perfecto, como siempre —le comentó Ray a Opal con una sonrisa de prepotencia.
Opal asintió con la cabeza y prosiguió su camino. No le gustaba el tono de superioridad de Ray, ni su forma de mirarla. Le faltaba darle unos golpecitos en la cabeza diciéndole «buena chica», para intentar quedar por encima de ella.
Dave la siguió con la mirada. No se había equivocado en su suposición. El bonito rostro de la camarera iba acorde con su escultural cuerpo. Ojos oscuros que parecían echar chispas, labios carnosos, y caminaba muy erguida, transmitiendo una seguridad en ella misma que muy pocas mujeres parecían tener, o que por lo menos él no había visto con frecuencia.
Se había quedado sin palabras al verla. Y ahora que se movía entre los invitados, observarla era realmente un placer para todos los sentidos.
Se dio cuenta de que Ray le estaba hablando.
—¿Perdona?
Ray, con una carcajada, le señaló a Opal.
—Te decía que esa gatita es puro fuego.
Dave asintió disfrutando de la vista de la joven morena. No le importaría comprobarlo por él mismo, pero tampoco iba a hacer nada por intentar llevársela a la cama.
—¿La has probado? —preguntó mostrando indiferencia.
—Estoy en ello. —Sonrió seguro de sí mismo—. Espero no tardar en convencerla.
Opal observó a Molly pasar varias veces por delante del hombre atractivo sin que él se fijara en ella. Parecía distraído buscando a alguien con la mirada.
Se recreó mirándolo de arriba abajo sin disimulo desde detrás de la puerta. Lo cierto era que no estaba nada mal, pero tampoco parecía muy dispuesto a entablar alguna conversación con nadie que no fuera Ray y eso ya le valió una mueca.
Poco antes de las doce, la sala de exposiciones quedó vacía.
Opal y su equipo esperaban con todo recogido en la sala destinada a ellos. Habían ido recogiendo discreta y gradualmente el menaje utilizado, y solo quedaba esperar a que los anfitriones les comunicaran que podían irse.
No era la primera vez que trabajaban con los Cross. Eran rápidos pagando y muy atentos y generosos con los invitados a sus recepciones.
Fue Ray el que entró en la sala con su relamida sonrisa.
—Muchas gracias, chicos —les dijo yendo hacia Opal—. Ha salido todo perfecto, como siempre.
Opal se incorporó de la mesa en la que estaba apoyada mientras veía como su equipo empezaba a coger los paquetes donde habían metido las cosas, y sin perder la sonrisa salían por la puerta.
—Gracias a vosotros, Ray —le respondió Opal cogiendo su bolso distraídamente y evitando encontrarse cara a cara con él.
Ray era muy transparente en sus intenciones con ella, pero era un buen cliente, o por lo menos, sus padres lo eran, y no quería perderlos porque su vanidoso hijo no supiera controlar sus caprichos.
Opal dejó su bolso sobre una caja que cogió con ambas manos y la puso entre los dos justo cuando él se le iba a aproximar más de lo estrictamente correcto.
—¿Querías algo más? —preguntó con fingida inocencia—. Lo cierto es que ha sido una inauguración grandiosa —le alabó para desviar la posible e incómoda respuesta.
Ray sonrió seguro de sí mismo y de su atractivo. Opal se lo estaba poniendo difícil. Solo quería un revolcón con ella, o dos, nada más. El jamás se mezclaría con alguien que no fuera de su clase para algo más serio.
—Creo que a final de semana mis padres te han contratado para otro evento, ¿no?
—Sí —respondió ella esquivándolo con sutileza para ir hacia la puerta—. La subasta benéfica.
Ray sacó de su bolsillo un billete de cien dólares doblado y se lo sujetó elegantemente entre el contenido de la caja, con una sonrisa de prepotencia.
Opal observó el gesto con aire inocente. No era tonta. Intuía las intenciones que tenía con ella. Estaba acostumbrada a los flirteos, a que los hombres que la contrataban pensaran que estaba incluida en el precio del catering o en las generosas propinas. Pero tenía preparada la estrategia para evitar esos momentos embarazosos.
—Oh, Ray, muchas gracias, pero no tienes por qué… —«Tres, dos, uno», contó mentalmente…
—¿Sales ya, Opal? —le preguntó Mario desde la puerta, sin separarse de ella.
Mario Vélez, moreno, delgado, alto y con el uniforme negro de la empresa, esperó atento la respuesta que sabía que no era necesaria. Su intervención era una excusa para evitar algún momento desagradable e innecesario, y le parecía bien la idea de prevenirlos. Normalmente era él quien hacía la aparición pese a saber que su presencia, más que imponer, causaba molestias, pero le divertía lo suficiente para repetir las veces que hiciera falta.
—Sí, Mario —respondió a su compañero mientras andaba escoltada por Ray, que no perdía la oportunidad de mirar su redondeada cadera.
—Nos vemos el fin de semana —le dijo Ray quedándose en la puerta—. Gracias por todo, chicos.
—Hasta el sábado —le respondió Opal simplemente correcta.
Se montaron todos en la furgoneta del catering y, sonriendo, chocaron las manos entre sí como hacían cada vez que terminaba un evento.
—¿Os llevo a casa? —preguntó Opal al volante—. ¿O dejo a alguien en algún sitio diferente? —Giró la llave y arrancó el vehículo.
—A mí déjame en la 23, que te pilla de camino a la casa de Camilla —le pidió Mario—. Tengo una cita.
Todos sonrieron divertidos, vitoreando con respeto y cariño al joven y tímido hispano.
—Qué calladito lo tenías —le dijo la exuberante Molly dándole un codazo—. ¿Cómo lo conociste?
—Por unos amigos en común. —Sonrió—. Es algo mayor que yo —se encogió de hombros un poco inseguro—, pero como con los de mi edad tampoco funciona…
—Bah, nunca se sabe —le animó Molly—. Tú disfruta mientras dure.
Mario fue el primero en bajar y las cuatro chicas prosiguieron el viaje.
—Hoy voy a soñar con el amigo de Ray —les dijo Molly con una sonrisa de oreja a oreja y sus verdes ojos, brillantes—. Hacía tiempo que no veía algo tan perfecto.
—Sí, y probablemente él sepa que es perfecto —dijo Opal mirando por el retrovisor.
—Si te refieres al moreno de ojos azules, el que parecía militar, a mí casi me daba miedo —comentó Camilla Fischer, discreta como siempre.
—Parecía militar, ¿verdad? —asintió la bonita Violet O´Toole bostezando sin disimulo.
Divertida, Molly se echó a reír.
—Veo que nos hemos fijado todas.
—No es mi tipo —dijeron a la vez Camilla y Violet.
—Bueno, pero un buen rato nos lo haría pasar a cualquiera de las cuatro —sonrío Molly—. Esta noche todas a dormir solas, vaya plan.
Camilla, rubia y menuda, se despidió de ellas cuando la dejaron frente a la puerta de su edificio.
Cuando las chicas vieron que se asomaba a la ventana de su apartamento tras encender la luz, siguieron su recorrido.
Era algo que Opal había hecho desde que empezó a trabajar con ellos: acompañarlos a casa y asegurarse de que llegaran bien.
—¿Hay alguien en tu casa, Violet? —preguntó Molly mientras veía bajar a la aspirante a actriz.
Violet miró hacia la ventana de su apartamento.
—Será Ryan.
—¿Quién es Ryan? No nos lo has contado —le acusó Molly sonriente.
—Es un chico que conocí en el último casting —les explicó ella encogiéndose de hombros—. Me dio un poco de pena, no tenía dónde ir.
—Eres demasiado confiada —le recriminó Opal con cariño, tratando de no parecer muy seria.
Violet sonrió agradecida por la preocupación de su jefa y compañera. Opal era solo unos años mayor que ellos y siempre estaba atenta a todo lo que les pudiera pasar.
—Sí, mamá… Sabía que me dirías algo así.
Opal, con una media sonrisa, fue a replicar, pero Violet lo impidió levantando la mano.
—Que sé que tienes razón —reconoció—. Pero no me dio mala impresión. Lleva solo una semana en la ciudad.
—Bueno, pues ten cuidado, que nunca se sabe —le respondió Opal despidiéndose.
Cuando la vieron saludar por la ventana, prosiguieron el viaje.
—¿Te ayudo a descargar todo en casa? —le preguntó Molly, que no vivía muy lejos de ella.
—No, gracias, no te preocupes. En dos viajes lo dejaré todo en la cocina y mañana ya lo recogeré.
—Nos vemos el sábado para la subasta. Estos dos días a coger fuerzas… Ah, bueno, tú no, que cocinas… ¿Vendrá Leslie de refuerzo?
—Sí, supongo que sí. He quedado mañana por la mañana con ella —comentó Opal aparcando frente al apartamento de Molly.
—Otra noche durmiendo sola —suspiró exageradamente antes de salir.
—Así descansas más —dijo Opal sonriendo antes de que Molly cerrara la puerta.
Cuando Opal aparcó frente al local que había alquilado como cocina, suspiró. Estaba cansada, pero prefería no pensarlo. También estaba muy satisfecha y orgullosa de lo que había conseguido.
Decidió salir cuanto antes y descargar aprovechando la adrenalina que se le desataba en el trabajo. La calle estaba tranquila y desierta, aunque a lo lejos había una pareja compartiendo besos bajo una farola.
Abrió la puerta trasera, sacó el carro que utilizaba para llevar las bandejas y las colocó en él.
Llegó hasta el local, entró y cerró la puerta a su espalda.
Como hacía siempre, metió todo el menaje en los lavavajillas industriales que tenía y, tras programarlos, volvió hacia la furgoneta.
A la mañana siguiente, mientras ultimaba los detalles con Leslie, lo organizaría todo y terminaría de recoger.
Cuando llegó frente a su apartamento, la adrenalina había desaparecido. Solo quería descalzarse, darse una ducha rápida y dormir.
Aparcó rápido y subió distraída, casi arrastrando los pies. Le gustaba llevar tacones, estaba muy acostumbrada, pero era más de medianoche y llevaba toda la tarde con ellos.
Nada más cerrar la puerta de su apartamento, se los quitó y los dejó en mitad del pasillo. Descalza y a oscuras, llegó hasta su cuarto de baño y abrió la ducha.
—¿Qué tal fue ayer? —preguntó Leslie Falcon entrando por la puerta y viendo a Opal colocando en su sitio las últimas copas.
—Muy bien —le sonrió Opal—. ¿Y tú qué tal?
Leslie se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.
—Bueno, han expulsado a Bryan del instituto. Lo he dejado en casa con la vecina. Espero que esté allí cuando vuelva.
—Haberlo traído —le dijo Opal prestándole toda su atención.
A Leslie se le llenaron de lágrimas sus enormes ojos claros. Se sentó en una silla suspirando, tratando de que estas no fluyeran.
—A veces me lo hace muy difícil —se sinceró ocultando su cara con sus manos.
—Está en una mala edad —le consoló Opal yendo hacia ella y colocándose a su lado.
—Lo sé —asintió Leslie—. Y hay tantas tentaciones aquí... A veces pienso en volver a Polson. Allí la vida era más tranquila.
Opal asintió recordando el bonito pueblo en el que ambas habían nacido.
—¿A casa de tu abuelo? —Sabía que había tenido problemas con él al quedarse embarazada siendo tan joven.
—Sí, no sé… Bryan no tiene referentes masculinos. Mi abuelo está muy mayor, pero, no sé, es la única familia que tengo. —Suspiró secándose una lágrima que había empezado a resbalar por la mejilla—. Bueno, ya está, empecemos.
Opal la miró con preocupación.
—¿Quieres que antes nos tomemos un café?
Leslie negó con la cabeza, sonriendo con los ojos llenos de lágrimas.
—No, gracias. No es nada. Solo un bajón. Ya pasará.
—Y si no, ya sabes dónde estoy —le dijo Opal mientras la veía ponerse el delantal—. Sabes que puedes llamarme a cualquier hora.
—Lo sé, Opal. Gracias.
—Pero no lo harás —pronosticó ella frunciendo el ceño—. Déjate ayudar, Leslie…
—Ya me estás ayudando —aseguró ella—. Este trabajo me está ayudando a ahorrar lo suficiente para un proyecto que tengo en mente.
—Esto no es ayuda —le dijo Opal colocándose a su lado con el cuaderno en el que habían apuntado el menú del sábado por la noche—. Esto es un trabajo para el que estás más que cualificada.
—Sí, lo sé, pero gracias igualmente —le respondió Leslie sabiendo que el que fueran antiguas compañeras de instituto había sido la puerta de entrada para trabajar con ella.
Pasaron toda la mañana ultimando detalles del catering para la fiesta benéfica que organizaban los Cross. Esa tarde podían adelantar bastantes elaboraciones y el sábado por la mañana concluirían el resto.
—Tráete a Bryan aquí —le sugirió Opal antes de despedirse de Leslie—. Quizá le guste el mundo de la hostelería y encauce sus pasos.
—Gracias, Opal…, no sé lo que haré. El sábado por la noche sí que lo dejaré con la vecina. Me vendrá bien ese dinero extra.
—Ah, ayer nos dieron cien dólares de propina —le dijo ella sacando el billete del bolsillo trasero de su pantalón y metiéndolo en la hucha destinada para ello.
—¿Nos dieron o te dieron? —Sonrió—. ¿Quién fue? ¿Ray Cross?
Opal le hizo una mueca confirmándolo.
—¿Sigue sin parecerte atractivo?
Opal negó con la cabeza.
—Reconozco que no está mal, pero no es mi tipo y no quiero nada con ningún hombre ahora. Estoy feliz como estoy, con mi trabajo, y no necesito nada más.
—Pero la vida pasa, Opal, y hay más cosas además del trabajo… Una pareja, hijos… Cuando Bryan no está en sus momentos malos, me da fuerzas para seguir adelante.
—Bah, no tengo prisa —le dijo Opal—. Si tiene que ser, será, como dice Amber.
—¿Qué tal están tus hermanas? —le preguntó Leslie, que también había compartido curso con ellas.
—Muy bien. Amber está en París, creo que está empezando una relación con un compañero de trabajo. Y Jade ya está viviendo con el hombre de mis sueños. —Opal sonrió divertida.
—¿Cómo es eso? —preguntó extrañada Leslie.
—Sí, el escritor Parker Wallace —le respondió—. ¿Lo conoces? Me encantan sus novelas… y me encanta su protagonista… Con alguien así, sí que me plantearía algo serio…, supongo…
—No tengo tiempo de leer —se disculpó, arrepintiéndose, como siempre, de no haber acabado sus estudios universitarios.
Leslie había dejado de estudiar demasiado pronto. El embarazo de Bryan, o más bien su abuelo, al enterarse y echarla de casa, le habían obligado a encontrar trabajo para mantenerse y desde entonces no había parado.
—Lo conocí las pasadas Navidades. Hacen muy buena pareja.
—Pero ya lleva tiempo con él, ¿no?
—No… estaba con otro escritor, bueno, aspirante a ello, pero lo pilló en la cama con otra y lo dejó. Así conoció a Parker.
Leslie asintió mientras escuchaba a su jefa y amiga.
—Y Jeff sigue como siempre; bueno, aunque ahora ya no juega profesionalmente hablando… Te acuerdas de Jeff, ¿verdad? Iba dos cursos por delante de nosotras.
Leslie abrió la nevera para observar si había crecido la masa de los canapés.
—Sí, creo que sí que lo recuerdo… —murmuró distraída.
Opal sonrió satisfecha. Todo estaba saliendo perfecto, como a ella le gustaba. Los camareros extra que le había proporcionado el hotel donde se celebraba la gala benéfica de los Cross eran muy educados y profesionales. Y su equipo estaba haciendo muy buen trabajo, como siempre.
Desde la puerta de la cocina podía ver el ambiente en el que reinaba el dinero y el lujo. Las mujeres, enjoyadas, vestían con sus mejores galas, y los hombres, elegantísimos, sus trajes oscuros. La música no sonaba muy alta y facilitaba que interactuaran entre ellos.
Salió con otra bandeja de canapés salados dispuesta a mezclarse entre la gente.
Dave se llevó la mano a la barbilla, pensativo. No saber qué es lo que estaba buscando exactamente no le gustaba.
Se giró para ver pasar, sin que ella se diera cuenta, a la bonita camarera de la sala de exposiciones. Le sorprendió verla de nuevo. Ahí estaba con sus largas piernas enfundadas en las tupidas medias, su discreto uniforme y su largo cabello recogido en una coleta alta. Realmente era muy atractiva. Tampoco a él le importaría nada pasar un buen rato con ella. Pero ahora estaba trabajando, se recordó.
Una camarera morena de pequeños ojos verdes y gran sonrisa se situó frente a él ofreciéndole su bandeja de canapés.
El negó con la cabeza, serio. En horario de servicio no le gustaba distraerse con otros detalles y era muy firme para las normas que él se había marcado a sí mismo.
—Venga, no te arrepentirás —le insistió la camarera excesivamente maquillada.
Dave negó con la cabeza. No le gustaba repetir las cosas, así que se giró para mirar hacia otro lado dando la espalda a la joven, que se sorprendió ante la muestra de desprecio.
Ray se le acercó, cogió un canapé ignorándola y saludó a su amigo.
—Aprovecha para comer algo —le sugirió antes de dar un trago a la copa que llevaba en una de las manos—. No probarás nada igual.
Dave le sonrió cruzándose de brazos.
—No de servicio —le respondió sincero.
—Pues cuando acabe tu servicio entra en la cocina a ver si ha quedado algo —le recomendó terminando de un bocado su canapé—. ¿Se tiene alguna noticia?
Dave negó con la cabeza.
—De momento, no —comentó sin entrar en detalles del caso que estaba investigando.
Opal se cruzó con Molly en la cocina mientras ambas cambiaban de bandeja.
—Realmente es imbécil —le dijo Molly.
—¿Quién?
—El tipo ese que iba a ser mi futuro marido —le respondió—. No se puede ser más desagradable. ¿Qué se ha creído? Por muy bien que le siente el traje. ¿Ningunearme por ser camarera? —farfulló.
—¿De quién hablas? —insistió Opal.
—De mi futuro marido, el que estaba en la sala de exposiciones el jueves —suspiró—. El amigo de Ray… Menos mal que aquí hay mucho hombre suelto…, quizá encuentre otro candidato. —Le guiñó el ojo a Leslie, que había entrado en la cocina a mitad de conversación, y salió con otra bandeja con rapidez.
—No lo dirá en serio, ¿verdad? —le preguntó Leslie a Opal mientras cogía otra fuente.
Opal sonrió negando con la cabeza.
—No. Trabaja muy correcta, pero no puede evitar disfrutar de las vistas.
Leslie sonrió a su amiga y salió tras ella de la cocina que les había prestado el hotel para dejar la comida que habían elaborado.
Si podía preverlo, Opal esquivaba a Ray. Ya se había acostumbrado a hacerlo, pero en ese momento estaba casi frente a él sin posibilidad de evitarlo sin parecer en exceso descortés.
Estaba junto al hombre del que había hablado Molly, que miraba el ambiente con los brazos cruzados. Opal evitó mirarlo. Realmente le parecía muy, pero que muy atractivo y ella no quería distracciones de ningún tipo por muy tentadoras que resultaran.
Ray le sonrió dando un codazo a su amigo. Dave se giró para prestarle atención y no pudo evitar sonreír muy discretamente al ver frente a ellos a la preciosa camarera de las piernas largas.
Ray la miró de arriba abajo con descaro ante de coger un canapé de la bandeja que llevaba.
—Cada día te superas.
Dave levantó una ceja sorprendido por la chispa de rabia que apareció en los ojos de la bonita joven mientras forzaba una sonrisa de agradecimiento.
—Estos son de salmón, Dave. Coge uno —le sugirió cogiendo el que más cerca estaba de la falta de escote de Opal.
Opal contó mentalmente hasta diez controlando las ganas de tirarle la bandeja encima.
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