Kitabı oku: «Pinceladas de amor»
Annabeth Berkley
Pinceladas de amor

© Pinceladas de amor
© Kamadeva Editorial, abril 2021
ISBN papel: 978-84-122884-8-3
ISBN ePub: 978-84-122884-9-0
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Índice
Pinceladas de amor
Querida lectora
Sobre la autora
Pinceladas de amor
Amber Maxwell sonreía satisfecha mientras dejaba que el sol le regalara su caricia. La ligera brisa que soplaba suave le alborotaba el cabello. Respiró profundamente sintiendo el momento presente del que estaba disfrutando. Le encantaba sentarse frente a la torre Eiffel en la ciudad que se había convertido en su hogar.
Sacó una manzana amarilla de su bolso y la mordió con ganas mientras observaba el centenar de turistas que se hacían fotos junto al magnífico emblema de París.
Allí había comenzado su nueva vida, hacía ya casi tres años. En ese mismo banco, ante esa misma vista, había tomado la decisión de quedarse y se sentía realmente feliz.
Después de pasar el verano recorriendo Europa, mochila en mano, con sus hermanas, al llegar a París acabó su viaje. Había tomado la decisión de no volver a casa por el momento y tras la sorpresa inicial que se llevó su familia, finalmente le dieron la bendición confiando en su sensato juicio… quizá también un poco soñador y bohemio. Sonrió con cariño rememorando esos entrañables momentos.
Había habido también momentos duros, recordó. No solo por la soledad que había experimentado, sino también económicamente hablando. Pero había reducido gastos al máximo, había encontrado un trabajo por horas y los ingresos por su pintura iban aumentando poco a poco. Todo ello le había enseñado a ser emocionalmente muy fuerte, o así le gustaba considerarse a ella.
Entonces lo vio. No parecía un turista. Más bien parecía un hombre perdido en su mundo. Mirando la torre Eiffel, pero sin verla. Con las manos en los bolsillos de los vaqueros oscuros. Su camiseta negra ceñida a un musculoso torso. Su oscuro cabello zarandeado por la brisa, su mirada perdida, su ceño fruncido… Amber lo admiró desde la distancia, sin ningún tipo de vergüenza. Le pareció tremendamente atractivo. Estaba solo. Pensativo.
Michael Stonewall soltó de golpe todo el aire que había retenido sin darse cuenta. Estaba confuso, molesto, irascible e insoportable. Llevaba así una larga temporada. No se aguantaba ni él mismo. Se sentía como un león enjaulado y no le gustaba en absoluto. Resopló de nuevo. Ese era un gesto que repetía últimamente con demasiada frecuencia.
Se había cansado de todo. Los éxitos en los negocios no le causaban la misma satisfacción que antes, compartir la cama con la misma mujer tampoco le daba el placer que esperaba, las visitas al gimnasio, cada vez más frecuentes, tampoco terminaban de liberar ni su energía ni la tensión que sentía… Volvió a resoplar.
Sabía que debía tomar decisiones en su vida, pero no era capaz de controlar las consecuencias de ellas, y eso le frustraba y enfurecía a partes iguales.
Meneó un poco la cabeza para sacudirse esos pensamientos y miró a su alrededor. Empezó a ser consciente de la multitud de personas que lo rodeaban. La mayoría sonreían, algunos se movían muy rápido, otros se hacían fotos cambiando de pose…
Recorrió la zona de un vistazo y su mirada se cruzó con la de una preciosa joven que parecía estar mirándolo.
Ella sonreía femenina, bonita, mientras el sol la iluminaba todavía más. Michael retiró la mirada para seguir contemplando lo que le rodeaba, pero no pudo evitar volver a fijarse en la mujer que lo miraba sin ningún reparo.
Tuvo un momento de confusión y miró tras él. Quizá estaba sonriendo a alguien a su espalda y él se estaba imaginando algo que no era real. No. Detrás no había nadie en concreto, solo más turistas concentrados en hacerse fotos o en probar los gofres y demás delicias con chocolate del puesto ambulante.
Volvió a mirarla. Su cabello ondulado, largo, suelto y libre se movía ligeramente con la brisa. Retiró la mirada. Ya no recordaba la última vez que alguien lo había mirado con tal aceptación de su persona sin saber quién era o el dinero que tenía.
Resopló de nuevo. Tenía que pensar qué hacer con su vida. Había cosas que tenía claras, otras que no… Sus ojos se volvieron a dirigir inevitablemente a la joven que había empezado a comer una manzana. Le sorprendió que no fuera uno de los gofres del puesto por lo que supuso que no sería una turista más. Su boca simuló una sonrisa que ella recibió ampliando más la suya.
Eso le sorprendió. Después del rato que llevaba mirándole, supuso que se avergonzaría de que él se hubiera dado cuenta, pero no fue así. Le pareció divertido, y sobre todo algo nuevo. Eso le recordó a cuando era más joven y no tenía tantos compromisos y obligaciones como tenía en ese momento. La sensación le gustó. Le pareció retador, divertido, gratificante y fue hacia ella sin saber qué pensar.
Mientras se acercaba le mantuvo la mirada y la sonrisa. Conforme más se aproximaba más bonita le parecía.
—¿Me estás mirando? —le preguntó.
—Sí —respondió sincera con un bonito brillo en los ojos.
—Pero ¿nos conocemos? —su acento era americano.
—No —sonrió—. Todavía no.
Eso le sonó a invitación, ligeramente descarada, y se sentó a su lado sin pensar en nada más.
—Me llamo Michael.
Amber sonrió. De cerca ya no parecía tan preocupado, pero sí mucho más atractivo, masculino y arrebatador. Sus ojos eran de un bonito color azul.
—Amber.
Ella miró hacia la torre mientras él, visiblemente relajado, se apoyaba en el respaldo a su lado.
—¿Quieres una manzana?
—¿Cómo? —le preguntó él.
Amber sacó otra manzana del bolso, la frotó contra la manga de su vaporoso vestido y se la tendió sin esperar respuesta.
—Gracias —respondió confundido dándole un mordisco a la jugosa e inesperada manzana—. No eres de aquí, ¿no?
—No —le sonrió ella—. Tú tampoco.
Michael la miró sorprendido. Inspiraba tanta confianza, tanta serenidad, tanta sencillez, tanta sensualidad y tanta seguridad en sí misma, que le dejaba casi sin aire.
—No —se relajó él dispuesto a vivir lo que el encuentro deparara—. ¿Tanto se nota?
—Bueno, no llevas cámara de fotos ni mapa… pero el ceño fruncido es lo que te delata.
Michael asintió con un suspiro.
—Todo pasa —le respondió Amber sincera.
—Sí —murmuró él tratando de no pensar en las decisiones que debía tomar.
—Vamos —Amber interrumpió sus pensamientos levantándose del banco—. ¿Te enseño lo mejor de París?
—¿No eres tú? —le preguntó él con una sonrisa tan espontánea como su comentario, apreciando la estilizada silueta de la joven oculta tras un largo y amplio vestido.
Amber sintió un escalofrío por todo su cuerpo ante su sonrisa y lo miró con admiración. ¡Wow! Estaba acostumbrada a halagos, palabras bonitas o incluso comentarios obscenos sin sentir la más mínima emoción, pero ese comentario con esa sonrisa arrebatadora le había llegado muy adentro… hasta estremecer sus sólidos e íntegros cimientos.
—Vamos —le insistió.
Michael la siguió sorprendido y divertido a la vez. Tenía todo tan calculado y organizado en su vida que hacer algo imprevisto era como un soplo de aire fresco. Mentalmente repasó todas sus obligaciones para ese día y supuso que nada se derrumbaría en su ausencia, así que se relajó caminando al lado de tan inesperada y atractiva sorpresa.
Amber se detuvo en el puesto callejero de gofres. Tiró el corazón de la manzana ya comida en una papelera cercana, y le invitó a hacer lo mismo con un gesto.
—Empecemos por aquí —le señaló uno de los gofres cubiertos de chocolate.
Michael asintió mientras sacaba su cartera del bolsillo de su pantalón. Amber negó con la cabeza.
—Te invito yo.
—No es necesario —le dijo él acostumbrado a correr con todos los gastos, estuviera con quien estuviera.
—No es necesario, pero quiero hacerlo —le respondió con dulzura.
Pidió un gofre de chocolate y nata y sacó de su monedero azul turquesa un billete para que le cobraran.
—Creí que tú también comerías —le dijo él mientras lo preparaban, un poco decepcionado.
Como todas las mujeres que conocía, estaba preocupada por su dieta, pensó.
—Claro —Amber dio el primer mordisco antes de ofrecérselo a él para que la imitara.
Michael sonrió sorprendido y cogió el gofre para morder y sostenerlo él. Empezaron a caminar hacia la entrada de metro.
—¿A que está muy bueno? —le preguntó Amber con una sonrisa.
Michael asintió masticando mientras ella daba otro mordisco al gofre y relamía después sus labios para retirar posibles restos de chocolate. Michael sintió una punzada en su entrepierna, algo que hacía años no sentía, y sonrió. No se podía creer que fuera tan afortunado de que la vida le hubiera regalado la compañía de una mujer así.
—No sé si preguntarte qué es lo que piensas —le comentó Amber sorprendida por los cambios de expresión de la cara de él.
—Mejor que no lo sepas —le contestó sincero.
Amber dio un paso atrás, insegura. No sabía qué pensar. Era un hombre muy atractivo y ella quizá había sido muy directa, pero no era en sexo en lo que pensaba. Le había llamado la atención todo el peso que parecía cargar sobre sus hombros, y su oscura mirada. Ella no buscaba nada más que distraerlo y distraerse una tarde, sin complicaciones. Y eso era lo que el sexo siempre traía.
Michael temió haber sido tan directo. No quería asustarla. No pretendía ser tan transparente con sus pensamientos. La sombra del peso sobre sus hombros volvió a caer sobre él.
—¿Dónde vamos? —quiso cambiar el rumbo de la conversación.
Amber volvió a ver su ceño fruncido, su preocupación latente por lo que le acababa de decir. Era un buen hombre, sintió.
Sonrió.
—Vamos —le cogió de la mano sintiendo el calor que irradiaba, y tiró de él hacia las escaleras de la boca de metro.
Michael se dejó llevar confiado.
Llegaron a la Plaza de Tertre. Parecían dos turistas más entre tantos como había en la pequeña y coqueta plaza. Pasearon cogidos de la mano, sintiendo que sus manos encajaban a la perfección.
Algunos de los talentosos pintores saludaban con afecto a Amber. Ella se sentía muy cómoda y relajada entre ellos, equilibrando la inseguridad que parecía sentir él y que desentonaba tanto con su apariencia.
—Este es uno de mis lugares favoritos —le comentó con una sonrisa sincera.
Michael asintió. No recordaba haber estado por allí en alguno de sus anteriores viajes a París. No solía salir de los hoteles cuando viajaba.
—No pareces muy cómodo —le comentó con dulzura Amber poco después—. Vamos a tomar algo… ¿Te gusta el queso?
Michael se encogió de hombros. Hacía tiempo que no se tomaba una tarde libre para él, para no hacer nada, y le resultaba de lo más extraño. Eso unido a que no llevaba uno de sus habituales trajes de chaqueta, que no estaba en el entorno empresarial en el que tan bien se desenvolvía y que parecía que no importara que su cartera estuviera llena de billetes, lo descolocaba.
Compartieron una tabla de quesos franceses y frutos secos con dos copas de vino en un pequeño y acogedor restaurante no muy lejos de donde estaban.
Amber lo miraba maravillada. Tan guapo, tan atractivo, tan atento sin pretenderlo… No recordaba alguna vez en la que algún hombre le hubiera impactado tanto, y ya no era una niña. Se sentía cómoda y segura con él. Estuvieron hablado de todo y de nada en particular, sin entrar en detalles en la vida privada de cada uno.
Un buen rato después, Amber sacó el móvil de la colorida bandolera que llevaba cruzada, para confirmar la hora. Michael se sorprendió de no haber utilizado su móvil en toda la tarde ni haber pensado en mirarlo siquiera de tan distraído como estaba.
—Tengo que irme a trabajar —le informó ella sonriente—. Voy aquí cerca. ¿Necesitas que te señale alguna dirección o te indique algo?
Michael se había levantado como respuesta a la vez que ella y negó con la cabeza. No quería que la tarde acabara nunca.
—¿Cuándo te vuelvo a ver?
Amber negó con la cabeza, sorprendida.
—Ah… No sé… No te preocupes, tú volverás a tu casa, a tu vida… ya nos veremos. —Sentía que le faltaba el aire, que se le partía el alma en dos, que unas lágrimas inesperadas de tristeza profunda se atascaban en su garganta.
—No… pero… —Inexplicablemente él no quería dejarla ir.
Amber salió rápida. Michael la siguió sin pensarlo. No podía quedarse ahí. No quería separarse de ella. La alcanzó en la calle.
—Amber…
Ella se giró rápida hacia él mientras él sentía alarmado la sensación de que se le escapaba de las manos.
La rodeó entre sus brazos y no pensó. Se perdió en sus ojos de color miel, en sus bonitos labios y su instinto primitivo se desató besándole la boca con una pasión que nunca había conocido. Devorándola, grabando en su alma el momento que amenazaba con desaparecer.
Amber respondió al sensual y devastador beso. Con la respiración agitada, entre unos fuertes brazos que prometían protección y una vida eterna. No quería que acabara nunca…. Pero sabía que no podía ser.
Se separó por un momento, sin habla.
—Quiero volver a verte —casi le suplicó Michael—. ¿Dónde puedo encontrarte?
—Tengo que irme a trabajar… —y después de aquel impresionante beso apenas podía pensar—. Mañana… donde nos hemos visto hoy… No sé… al mediodía….
—A las 10 —le pidió él.
Ella recuperó su dulce sonrisa.
—Trabajo hasta tarde… Tendré sueño.
—Yo también —le confesó él, sospechando que no dejaría de pensar en ella.
Amber asintió y salió corriendo mientras Michael experimentaba la libertad que sentía que estaba a punto de perder en su vida.
—Amber, llegas justa de tiempo —le comentó su bonita amiga Patricia mirando el reloj cuando entró por la puerta—. Creí que te había pasado algo. —La siguió hasta el pequeño espacio que habían habituado como camerino en el sótano del hotel, y que utilizaban para sus cambios de ropa.
Amber se giró y miró a su amiga española a los ojos con una gran sonrisa. Tenía su cabello oscuro y rizado recogido en una coleta en la nuca, y sus ojos negros la miraban con preocupación.
—Dios —se paró en seco Patricia al ver la expresión de su rostro—, a ti te ha pasado algo.
Amber la abrazó, radiante.
—No te lo puedes imaginar… Ayúdame a cambiarme y te cuento… ¿Por aquí todo bien?
—Bueno, creo que ha llegado el jefe, el señor Stonewall —le explicó—. Los nervios del personal están a flor de piel.
—Vaya. —Se puso la larga y vaporosa falda dorada—. ¿Lo has visto? ¿Te han dicho algo?
—No. No le he visto y no se sabe nada, pero cuéntame el motivo de tu tardanza —le pidió mientras le abrochaba el bonito sujetador de lentejuelas doradas a la espalda.
—He conocido a alguien.
—¡¿Qué?! ¿Tú? ¡¿A alguien?!
Le sorprendió que su selectiva amiga en cuestión de relaciones de pareja hiciera semejante afirmación.
—¡¡Sí!! —sonrió Amber, radiante—. Es atento, educado, respetuoso, amable, podría estar hablando horas con él.
Patricia la miró sorprendida. Ella también quería alguien así.
—¿De verdad? ¿Dónde?
—En la torre Eiffel. —Se empezó a maquillar frente al espejo de la pared, con precisión y destreza.
—¿Un turista?
—Sí… No… No sé —le confesó.
—Estuvisteis hablando y ¿no lo sabes? —Le tendió el pintalabios rojo.
—No… —Sonrió con dulzura—. Cada vez que iba a salir algún tema relacionado con su vida su mirada se oscurecía… así que no hablamos de nada en particular.
—¿Entonces?
—He vuelto a quedar con él mañana. —Se anudó su pañuelo de escandalosas monedas a la cadera.
—¿Mañana? ¡Amber! ¿Estás segura? Tú no actúas así… ¿Te has enamorado?
Amber dejó el pintalabios junto al espejo.
—No… O sí… No sé…
Patricia dio un salto de alegría.
—¡¡Amber!! ¡¡Por fin!! Cuánto me alegro por ti.
Amber la abrazó y saltaron como niñas hasta que empezaron a oír los sonidos de la música oriental que precedían a su baile. Salió corriendo tras marcar la mejilla de su amiga con un sonoro y colorado beso.
—¿Dónde has estado toda la tarde? —le preguntó serio su padre cuando lo vio salir del ascensor en el hall del hotel de su propiedad.
—Viendo París, padre —le respondió Michael con la misma seriedad.
Ambos vestían sus habituales esmóquines hechos a medida, y juntos pasearon por la planta baja del hotel como solían hacer con frecuencia, para cerciorarse de que todo estuviera en su sitio.
Michael se mantuvo en silencio. Frank Stonewall enarcó una ceja, extrañado. Notaba algo diferente en su hijo. Se le veía más relajado. Quizá, por fin, había aceptado su compromiso con la mujer que habían elegido para él. Casandra Graham era guapa y sobre todo era muy buena oportunidad para aumentar el próspero patrimonio familiar.
—¿Has estado con una mujer?
Michael lo miró sorprendido. Su cara debía de ser muy transparente para que su padre fuera capaz de apreciar algo así.
—Que no se entere Casandra —le advirtió serio—. Françoise te pondrá al corriente de lo que necesites saber del turno de noche. Nos vemos mañana en el despacho a las nueve…
Michael miró la hora en su Rolex y asintió ahogando una mueca. Hablar con Françoise, el gerente del turno de noche, no le apetecía en absoluto.
—… A no ser que algo te entretenga —añadió Frank torciendo la comisura de sus fríos labios en una sonrisa cínica.
Michael se sorprendió por el gesto de su, normalmente, inexpresivo padre. Pese a sus canas y su edad se mantenía en buena condición física, pero nunca se había planteado que pudiera haber sido infiel a su esposa. Quería creer que su madre no lo permitiría, aunque las infidelidades en su entorno social eran siempre muy discretas.
—Si no llego puntual te lo haré saber.
Su padre asintió y se alejó caminando firme y seguro.
Michael respiró profundo. Volvía a ser el hombre exitoso de negocios en el que su educación, sus genes y la costumbre le habían convertido. Volvía a sentir la carga de las responsabilidades heredadas sobre sus hombros. Volvía a colocarse la máscara de frialdad y precisión mientras el estirado gerente del hotel se acercaba a él para informarle de lo que creía que debía saber.
Una hora después acabaron la conversación cuando Michael ya se había hecho un mapa mental de todo lo que necesitaba conocer sobre el funcionamiento del hotel.
Decidió supervisar personalmente el salón de baile. Se pidió una copa de whisky de malta en la barra mientras sus oídos empezaban a distinguir los acordes de una música árabe. Se giró para buscar su origen. Le sorprendió ver a una bailarina oriental en un ambiente tan selecto.
La exótica y esbelta bailarina se fundía en el ambiente con una elegancia y un estilo que pocas veces había presenciado en un baile tan sensual.
Apreció sus generosas y suaves curvas, su larga y ondulada melena castaña, el ritmo tribal que parecía llevar en la sangre, y de nuevo una punzada en la entrepierna le recordó el hombre que era.
Michael se sintió molesto por el recordatorio de su, últimamente, escasa vida sexual y porque por segunda vez en el día sentía deseos por una mujer. Bebió un trago. Quizá fuera París. Se había centrado tanto en sus negocios, que las mujeres habían pasado a ser un mero adorno en las reuniones sociales a las que acudía.
Quedaban muy lejos los días en los que disfrutaba con tener una mujer diferente cada noche en su cama. Sus padres habían escogido para él a una mujer hermosa, correcta, elegante y distinguida. Educada, como él, para ser quien tenía que ser. La relación entre los dos era como se esperaba: perfecta de cara a la galería, pero en la intimidad le resultaba demasiado fría, por lo menos para él. Y, por mucho que se esforzara para que fuera diferente, no conseguía demostrar lo que no sentía.
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