Kitabı oku: «Un viaje sin retorno»

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Annabeth Berkley

Un viaje sin retorno


© Un viaje sin retorno

© Kamadeva Editorial, julio 2020

ISBN papel: 978-84-120323-8-3

ISBN ePub: 978-84-120323-9-0

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Índice

Un viaje sin retorno

Querida lectora

Sobre la autora

Un viaje sin retorno

Jade Maxwell salió indignada a la calle. El frío invernal le hizo estremecerse. Contrastaba con toda la furia que sentía dentro, pero no quería pararse ni un solo minuto a pensar. Se abrazó con más fuerza el abrigo sobre su cuerpo mientras las lágrimas de rabia se mezclaban con los pequeños copos de nieve que habían empezado a caer. Empezó a andar decidida, sin rumbo. Sus pasos resonaban en la acera y rompían la oscuridad que ya se cernía sobre la última hora de la tarde.

A la mierda la nieve, a la mierda Henry, a la mierda todo, pensaba una y otra vez, en bucle, como si fuera un mantra.

No estaba segura de dónde ir. Había salido de casa como un vendaval sin tener elegido su destino, pero decidida a mandar a la mierda todo lo que allí se quedaba. Eso era lo único que tenía claro.

Parker Wallace aparcó su viejo chevrolet en el primer sitio que vio y se frotó las manos entre sí para combatir el frío que sentía en ellas. No quería poner la calefacción del coche. Necesitaba despejarse la cabeza para alejar el bloqueo que sentía desde hacía unos meses. Sabía que la inspiración aparecería tarde o temprano, pero hacía tiempo que no le tardaba tanto en llegar y estaba empezando a preocuparse.

La puerta trasera del coche se abrió de repente sobresaltándolo.

—Lléveme a Polson, Montana —le ordenó una enérgica voz femenina.

—¿Perdone? —Preguntó extrañado girándose para mirar a la joven que acababa de entrar y sentarse entre las sombras del asiento de atrás.

—Arranque, lléveme a Polson, Montana —repitió impaciente la joven cerrando la puerta y mirando distraída y furiosa por la ventana.

Parker se extrañó por la situación.

—A ver, señorita…

—A ver nada —le dijo furiosa-señalándole el letrero de la parada de taxi donde había estacionado—. Quiero ir a Montana, por favor.

Parker miró hacia donde le señalaba la joven. Justo frente a él había una señal de estacionamiento. Había aparcado en la parada de taxi y ella se había limitado a subir sin darse cuenta de que su coche no tenía ningún distintivo que lo hiciera parecer siquiera un taxi. Fue a replicar, pero en un segundo cambió de idea. No tenía nada mejor que hacer. Quizá fuera lo que necesitaba para distraerse y que la inspiración le llegara.

—Eso está a tres días en coche —le mantuvo la equivocación sin dejar de mirarla por el espejo retrovisor. Apenas le veía la silueta.

—No me importa —le respondió cruzándose de brazos sin mirarle—. Le pagaré cuando lleguemos.

—¿Y su equipaje?

Jade hizo un mohín y resopló molesta. Ya sabía que no llevaba equipaje. Se había ido de casa solo con lo puesto.

—Compraré lo que necesite por el camino— respondió tajante fundiéndose con el silencio y el frío de la noche.

—Pero yo tampoco llevo equipaje —replicó sorprendido y expectante ante la inesperada e imprevista situación.

Jade resopló impaciente.

—Le compraré lo que necesite, por favor, ¡¡arranque!!

Parker obedeció sin inmutarse. No era amigo de grandes riesgos ni aventuras en su vida personal, cosa que suplía con éxito en sus novelas, pero no tenía nada mejor que hacer así que decidió dejarse llevar por la situación. Además, dejarse llevar era algo que se le daba muy bien, o de eso lo acusaban siempre las mujeres con las que se relacionaba.

Jade se limpió alguna de las lágrimas que aún le recorrían las mejillas. La primera reacción antes de salir de casa había sido coger la maleta para meter su ropa y largarse, pero tener que dejarla sobre la cama donde acababa de descubrir a su novio con una mujer, era algo que no podía soportar. Así que haciendo uso de su fuerza mental y repasando rápidamente lo que tenía de valor en el piso, solo metió en el bolso sus tarjetas del banco y el dinero que tenía reservado para emergencias.

Haciendo un inventario ligero de lo que había dejado pensó que solo echaría de menos sus libros de medicina y aun así también podría reponerlos, igual que la ropa. De todas maneras, siempre podía volver a coger sus pertenencias, algún día. En ese momento solo quería alejarse. Irse lejos, muy lejos.

Parker la observaba de reojo por el espejo retrovisor. No podía distinguir sus rasgos, pero sí podía ver como ella se limpiaba las lágrimas que caían silenciosas por sus mejillas y como miraba con rabia su móvil, que no dejaba de vibrar, una y otra vez.

—Pare un momento —le pidió nada más salir de Boston por la autopista.

—¿Ha cambiado de idea?

—No —le ordenó ella impaciente—. Pare un momento.

—¿No prefiere una gasolinera? —Le propuso suponiendo que tendría ganas de ir al servicio y estaban en mitad de la nada, con solo tierra a ambos lados de la carretera.

—No —le contestó molesta.

Él paró en la orilla del camino. Había empezado a llover suavemente. Todo estaba a oscuras y en silencio. Ella salió cerrando la puerta tras de sí.

—¡¡¡Hijo de puta!!! —Gritó como si le fuera la vida en ello.

Parker se sobresaltó alarmado en su asiento. La miró sorprendido mientras ella lanzaba por su boca una amplia colección de improperios mientras pateaba el suelo y agitaba los brazos con cada palabrota. Le pareció una situación surrealista. La chica no le había parecido desequilibrada pero su comportamiento le había descolocado. La miró bien, o todo lo bien que podía en la oscuridad de la noche. No le pareció peligrosa. Parecía delgada, de estatura normal. Miró hacia su bolso que había dejado en la parte trasera. Era un bolso normal, no tenía por qué ser una asesina en serie. Como estaba abierto echó un vistazo rápido y no le pareció ver ningún arma de fuego.

Cuando los insultos pararon volvió a meterse en el coche.

Jade carraspeó como si nada hubiera sucedido. Ahora se sentía mucho mejor. La rabia contenida le estaba ardiendo en la garganta y casi le estaba impidiendo respirar. Sentía que también se había deshecho del nudo en el estómago que se le había formado ante lo que había visto. Ahora se sentía más ligera. Bastante mal, pero sin la opresión de las palabras no dichas. Suspiró empezando a sentir lástima por ella misma. Lástima y enfado.

—Puede arrancar, por favor —le pidió como si nada hubiera pasado.

Parker asintió.

—¿Polson, Montana? —confirmó.

—Sí —le dijo ella echándose el aliento en sus manos—. Y, por favor, encienda la calefacción, vamos a morir de frío.

Parker obedeció divertido por la situación.

—¿Pongo música?

—Si no la canta... —le respondió ella encontrando su mirada a través del espejo retrovisor.

Parker sonrió por el comentario y arrancó el coche.

Jade sintió que se le secaba la garganta ante esa sonrisa. No se había fijado antes en el conductor. Era un hombre joven y muy guapo. Ella esperaba un taxista de mediana edad, con el pelo canoso y bonachón. Y se encontraba con un adonis emprendiendo un viaje de tres días en coche. Bueno, quizá no fuera tan atractivo y tuviera barriga. Intentó mirar un poco más abajo de lo que el espejo retrovisor le permitía, pero no podía ver nada desde donde estaba. Recordó entonces que acababa de encontrar a su novio desde hacía tres años en la cama con otra y bufó. No quería saber nada de ningún hombre. En cuanto entró ligeramente en calor se quitó el abrigo y lo dejó a su lado. El viaje era realmente largo. Se relajó en el asiento.

Pasaron las siguientes tres horas en silencio escuchando música y sin que ninguno de los dos intentara mantener una conversación.

Jade recordó sus tres años de convivencia. No había visto ninguna señal de infidelidad antes de esta, pero eso no quitaba que no las hubiera habido. Había conocido a Henry por unos amigos en común. Le había parecido culto e interesante. Estaba persiguiendo el sueño americano: triunfar escribiendo novelas. En poco tiempo se habían ido a vivir juntos a un piso de alquiler. Sin saber cómo, se había encontrado doblando turnos en el hospital y corriendo con todos los gastos, mientras él pasaba las horas en casa escribiendo una novela que parecía no acabar nunca. Aunque, claro, quizá no solo escribía.

Se sentía estúpida y muy furiosa. No recordaba la última vez que habían mantenido relaciones sexuales. Entre su trabajo, sus horarios y la apatía de él, el tiempo había pasado demasiado rápido y sin gran pasión, y ella se había acomodado.

Parker se dejó llevar por su imaginación y la inspiración acudió inmediatamente. Invierno, noche fría y solitaria, las oscuras calles de la ciudad... Hunter Brown, el protagonista de sus novelas, podía verse envuelto en un viaje con su antagonista… una espectacular y exhuberante asesina en serie… cosa que él confirmaría muy a su pesar a mitad de novela después de haber mantenido un tórrido romance…

Un pitido en el salpicadero interrumpió sus descriptivos pensamientos.

—Tengo que repostar gasolina y quizá deberíamos pensar en buscar un sitio para dormir. La noche parece que será fría —informó a su desconocida pasajera.

Jade volvió a la realidad y asintió.

Parker se desvió hasta la gasolinera para llenar el depósito. Bajó del coche pensando en las sorpresas que te podía deparar la vida. El frío le hizo estremecerse, pero lo agradeció para relajar sus pensamientos. Jamás hubiera pensado al salir de casa esa tarde que no solo no volvería a dormir, sino que viajaría hasta Montana. Distraído pagó con su tarjeta.

Jade aprovechó para mirar su móvil y con una mueca lo dejó caer y mezclarse entre el contenido del bolso. No le apetecía saber nada de Henry. Apenas reparó en que Parker había salido hasta que volvió al coche.

—Deme el ticket, por favor —le pidió para ver el importe.

Parker recordó que ella creía que él era un taxista y con una sonrisa que no pudo esconder se lo dio. Ella lo guardó en su bolso sin prestarle atención.

—Podemos parar ahí —le dijo ella poco después, señalando un motel de carretera con luces de neón amarillas y verdes.

Para pasar la noche cualquier techo le valía. En el coche se estaba caliente, pero estaba deseando estirar las piernas y además, era lógico y justo parar a pasar la noche. Los accidentes de tráfico podían ser mortales, y ella no estaba dispuesta a jugarse la vida.

Parker desvió el coche hasta el estacionamiento que había frente al motel elegido y salió tras la joven que parecía tener ganas de llegar a la habitación, a juzgar por la prisa con la que se estaba alejando de él.

Mientras se acercaban a la recepción, Parker tomó nota mental del típico motel de carretera de dos alturas. Un poco decrépito, alguna luz encendida… solo había estado en esos moteles para documentarse para alguna de sus novelas, nunca para utilizarlo en la vida real. Pero tampoco le habían confundido nunca con un taxista. Divertido e intrigado, a partes iguales, por lo que esa historia pudiera deparar, siguió a la mujer que ya estaba llegando a la puerta.

Llevaba su melena oscura hasta los hombros, un poco ondulada, y caminaba con paso firme y decidido. Mediría poco más del metro sesenta y cinco y los vaqueros parecían ocultar unas largas y finas piernas.

Parker aceleró el paso y entró en el cubículo que parecía ser la recepción y donde a la mujer ya le estaban dando la llave.

Jade estaba sacando su tarjeta de crédito cuando vio que en un lateral junto a la recepción había a la venta varios sets de viaje con cepillo de dientes, gel y champú y añadió dos a la cuenta.

—¿Sabe de algún sitio donde tomar una copa? —Preguntó al joven pecoso que le estaba atendiendo.

No tenía sueño debido a sus diferentes turnos de trabajo y no le apetecía pensar en nada relacionado con Henry, que era lo único en lo que parecía centrarse su cabeza. Si se encerraba en un dormitorio sin nada que hacer seguro que seguiría pensando en su frustración y desengaño una y otra vez.

—Aquí detrás tiene un tugurio —le dijo el chico sin ningún interés señalando con la cabeza la dirección a la que debía dirigirse.

Ella asintió y tras despedirse se giró sin darse cuenta de que Parker estaba justo ahí. Afortunadamente ella le llegaba a la altura del hombro y fue con su pecho enfundado en una parka marrón con lo que ella se topó.

Parker se quedó sin palabras al mirarla de frente. No la esperaba tan guapa, tan arrebatadora. La joven morena tenía la piel blanca, los ojos verdes, la nariz pequeña y una boca carnosa que solo apetecía besar. Entonces ella levantó su mirada extrañada de que él no se hubiera movido.

—¿Todo bien? —Le preguntó reconociendo que era aún más atractivo y guapo de lo que había percibido en el coche. Olía a perfume caro, tenía el cabello claro un poco largo y unos ojos de color coñac, y a juzgar por la mano que ella había apoyado en su pecho, sorprendida por el golpe, no tenía la barriga que esperaba y que le podría quitar atractivo.

—¿Eh? Sí, sí —contestó dejándole pasar mientras sentía que el calor que le recorría la entrepierna le templaba todo el cuerpo.

—Vamos —le dijo ella dirigiéndose a una de las habitaciones de la planta baja.

—¿Solo una habitación? —preguntó extrañado cuando vio que solo llevaba una llave con un llavero de tamaño desproporcionado.

—Sí —le respondió ella—. Espero que no le suponga ningún problema —le enfrentó la mirada.

No estaba dispuesta a pagar gastos superfluos. Habría sitio para dos y no necesitaban nada más que una cama para dormir.

Él levantó las manos en señal de paz.

—A mí, ninguno —le respondió pensando en cómo deshacerse de la erección que le acompañaba desde que se había fijado mejor en ella.

Entraron y Jade bufó al encender la luz. La verdad es que era lo que esperaba, pero no por eso le gustaba más. Una sola cama de matrimonio, un papel horrible en las paredes, una luz tenue, pero bueno, solo era de paso, para una noche. Entró al pequeño cuarto de baño, que estaba bastante limpio, y dejó los neceseres mientras él encendía el pequeño televisor y la calefacción por aire que había sobre la puerta.

—Voy a tomar una copa —le avisó saliendo del cuarto de baño decidida.

Él se levantó para acompañarla por inercia, pero su bonito rostro lo miró extrañada y seria.

—Tú tienes que conducir mañana.

Él aceptó recordando que no era más que el taxista que conducía y volvió a sentarse en la cama. La vio salir siguiéndola con la mirada.

Se dejó caer de espaldas con un suspiro. No tenía sueño y su cuerpo le pedía estirarse. Si hubiera estado en casa podría haber aprovechado para hacer pesas o hubiera salido a correr un par de kilómetros, pero en esas circunstancias, la mejor opción, sin duda, era salir a dar una vuelta. Y no parecía que hubiera muchos sitios a los que acudir. Así que decidió arriesgarse a visitar el bar donde se suponía que estaría su compañera de viaje.

Jade llevaba ya tres chupitos de whisky cuando el primer hombre se le acercó. Se estaba maldiciendo por lo idiota que había sido de seguir con Henry. Se había acomodado a la situación. Era fácil convivir con él. No le exigía sexo, no le exigía estar en casa, ni hacer comidas. No le exigía ni dinero porque ella simplemente lo compartía. Era rabia lo que sentía más que dolor, así que no tuvo ningún remordimiento al ignorar también deliberadamente al segundo hombre que la abordó.

Jade se giró en la banqueta en la que estaba y observó la mesa de billar en un extremo del bar. Había dos hombres jugando. Hacía mucho que no jugaba, desde la Universidad. Se bebió de un trago el cuarto chupito de whisky y fue hacia allí. Jugar a ganar era algo que le disparaba la adrenalina y eso era lo que quería sentir en ese momento.

Parker entró en el momento en que a ella le tendían uno de los palos de billar. Los dos hombres la miraron lascivos y no era de extrañar. Jade llevaba unos ajustados vaqueros negros y una estrecha camiseta blanca que resaltaba aún más su escultural figura. La erección volvió a su lugar y todas las señales de alarma que podía imaginar se dispararon en su cabeza cuando analizó la situación. Inconsciente e irresponsable era como podía definir en ese momento a su atractiva pasajera de la que no sabía ni el nombre. No dudó en ir hacia ella y coger con seguridad y firmeza otro palo del billar.

—Vamos juntos —informó con determinación sin dar ninguna opción con su actitud a una negativa por parte de los dos hombres tatuados que habían decidido ya cuál era el premio.

Jade bebió el chupito que le ofreció otro hombre acercándose a mirar el espectáculo mientras veía a Parker quitarse el anorak marrón y dejarlo sobre un taburete. Vestía normal, con vaqueros y camisa azul que parecía de buena calidad, y contrastaba enormemente con los motoristas y camioneros que había en el bar.

Lo vio remangarse la camisa mientras la miraba serio y receloso. Realmente era muy atractivo, pensó Jade empezando a sentir que su cabeza no era capaz de pensar fríamente.

Empezaron a jugar. Jade se sentía más relajada y aliviada. Parecía que el mal humor se le había ido así que empezó a disfrutar de las atenciones de los hombres que la rodeaban. Aceptaba desinhibida sus bebidas y sus sonrisas.

Parker empezó a percibir las señales de peligro. Desde luego que estaba en desventaja en número, cinco a uno, y que Jade se dejara rozar accidentalmente cada vez que alguno pasaba a su lado no facilitaba las cosas.

—Amigos, tenemos que dejarlo aquí —anunció arrojando unos billetes sobre la mesa de billar, dando la partida por perdida y cogiéndola del brazo para sacarla de allí.

—Amigo, ese no era el premio —le avisó uno de los motoristas señalando el dinero que había dejado.

—Tengamos la fiesta en paz —pidió él firme, pero dispuesto a entrar en pelea si era necesario, aun sabiendo que llevaba todas las de perder.

La tensión se respiraba en el ambiente. Parker tomaba nota mentalmente de todas las sensaciones que percibía, de todos los detalles, de todos los gestos que podía ver, allí entre sombras, en aquel sórdido bar de carretera. Sentía los nervios a flor de piel y estaba preparado para cualquier respuesta ante la decisión de abandonar el local.

Los motoristas se miraron y con una mueca despectiva se encogieron de hombros antes de coger el dinero.

Parker suspiró aliviado sin que se le notara visiblemente. No se había visto implicado en ninguna pelea desde su época universitaria, y desde luego nunca en inferioridad numérica. Se puso su abrigo mientras salían y le echó por los hombros el suyo a Jade que andaba arrastrando los pies y murmurando palabras que no entendía y prefería no entender.

Llegaron a la habitación donde ya se notaba y se agradecía la calefacción. Ella se deshizo del abrigo y se dejó caer sobre la cama. Acto seguido estaba dormida profundamente.

Parker prefirió no tocarla. Si pensaba en desnudarla para que estuviera más cómoda no sabía si sería capaz de responder de sus actos. A fin de cuentas, ella había cogido solo una habitación y bien podía tomárselo como una invitación. La descalzó y la arropó antes de quitarse la ropa y meterse bajo las mantas en esa fría y sorprendente noche.

Parker sintió que algo muy suave se movía junto a su muslo alertándolo de inmediato. Se despertó de repente para encontrarse entre los brazos a la joven semidesnuda durmiendo plácidamente. Una de sus largas y suaves piernas le estaba presionando la entrepierna que, evidentemente, estaba deseando responder a la caricia. La alejó de él como si quemara. En algún momento de la noche ella se había quitado la ropa y se había metido bajo las sábanas sin ningún pudor. Esto no podía ser real, se pasó las manos por la cara. Ya estaba amaneciendo a juzgar por la luz que entraba por la persiana. Le sorprendió su capacidad de contención para no colocarse sobre ella. ¿Cuánto tiempo llevaba sin acostarse con alguien? Ni lo recordaba. Su última relación se había acabado hacía bastante tiempo y no había tenido interés en buscar ninguna otra. ¿Para qué? Siempre eran ellas las que se le ponían en bandeja y él solo tenía que dejarse llevar. Pero esta vez dudaba, acertadamente, de que la joven desconocida se le estuviera ofreciendo de manera consciente.

Se levantó rápidamente, casi perdiendo el equilibrio y entró directo al baño sin querer mirarla.

Se lavó los dientes haciendo uso del contenido del neceser y se metió bajo la ducha fría relajando su erección. No pasaron más de dos minutos que la puerta se abrió y ella entró en ropa interior. Despeinada, somnolienta, atractiva. Muy atractiva.

—Pero… —se dio la vuelta en la ducha sabiendo que solo le mostraba una vista trasera de su cuerpo y ella actuó como si ni estuviera.

—Parece que me vaya a estallar la cabeza-comentó malhumorada empezando a lavarse los dientes sin prestarle la más mínima atención.

Parker se rindió a los intentos de no excitarse. Allí estaba tan natural, con una ropa interior negra llena de puntillas y encajes.

—Estoy aquí —la avisó pretendiendo que se diera cuenta de que era un hombre.

Un hombre desnudo. Un hombre joven y saludable, desnudo.

—Ya lo sé —le dijo ella enjuagándose la boca sin mirarle—. Estoy hablando contigo.

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81 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412032390
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