Kitabı oku: «Noche»


Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Anne Kristine Stuart Ohlrogge. Todos los derechos reservados.
Noche, Nº 60 - noviembre 2017
Título original: Night
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2002.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9170-597-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Uno
6:00 p.m.
Cuando Michael Blackheart abrió los ojos, el dormitorio estaba en penumbra. No se movió mientras intentaba orientarse. Había llegado de Londres siete horas atrás y nada más registrarse en la suite del hotel Carlyle, se había metido en la cama para adentrarse en un sueño tranquilo y reparador.
Se había despertado a la hora requerida sin necesidad de despertador. Eran las seis de la tarde, hora de San Francisco, y tenía que robar una fortuna. Aquella iba a ser una noche muy ajetreada.
Se duchó y vistió y se sentó después a disfrutar tranquilamente de la cena, servida por el excelente servicio de habitaciones del Carlyle. Probablemente no tendría oportunidad de comer nada durante las próximas dieciocho horas y jamás subestimaba la necesidad de combustible de su cuerpo. Al día siguiente, a aquella misma hora, estaría regresando a Europa. Pero hasta entonces, tenía trabajo que hacer.
Su habitación tenía terraza, y salió para sentir la brisa otoñal. Siempre le había gustado San Francisco, el ambiente, el clima, las colinas y el olor de la bahía. Sentía una extraña afinidad con aquel lugar.
Bajó la mirada hacia sus bulliciosas calles. En menos de una hora, la entrada del Carlyle estaría rodeada de limusinas de las que saldrían pasajeros elegantemente ataviados. De momento solo estaban los detectives del hotel y algunas furgonetas de diferentes cadenas de televisión. Un inconveniente menor. Pero no era la primera vez que trabajaba ante las cámaras. Además, su presencia añadía cierta gracia a su desafío.
Se apartó de la barandilla y miró hacia el cielo. Sonrió débilmente al ver la niebla. Le gustaban la oscuridad y la lluvia, la noche y las sombras. Era una criatura de la noche, siempre lo había sido y siempre lo sería.
Pero hasta que la noche llegara, tenía que concentrarse en los motivos que lo habían llevado hasta allí. El Tesoro Norenheld iba a ser subastado al día siguiente, y la recepción y el baile previos a tal acontecimiento se celebraban esa misma noche en el salón de baile del hotel. Pero para cuando la fiesta hubiera terminado, no quedaría nada que subastar.
Aquel sería su último trabajo y pretendía salir de allí como una bala. Sería un robo maestro y atrevido, que dejaría a la policía, a la venerable casa de subastas Southworth y al servicio de seguridad tan frustrados como desconcertados. El servicio de seguridad de Blackheart, su estimado padre.
Si no hubiera sido por su tío Félix, ni siquiera habría sabido quién era su padre. Y aquel robo no habría tenido ningún atractivo para un hombre con su trayectoria. Michael pensaba que no tenía nada que demostrar, ni a sí mismo ni a los demás. Había sido un estafador, un artista de la doble vida durante la mayor parte de sus veintinueve años, pero quería dejar todo aquello tras él y buscar una ocupación más pacífica.
Hasta que había descubierto que tenía un padre.
En un arrebato de sentimentalismo, había decidido ir a ver a su tío abuelo. Félix era pariente de su abuela materna y uno de los escasos miembros que quedaban de una de las principales familias gitanas del norte de Europa. Tenía cerca de noventa años y había conseguido eludir a la policía durante toda su vida. Michael no había tenido tanta suerte. Su último robo había sido una chapuza. No a causa de su competencia, sino por la debilidad de su socia. En cuanto habían comenzado las presiones, Marybeth no había dudado en delatarlo.
Michael se había tomado flemáticamente aquel asunto. Había aprendido el arte de la estafa de su abuelo y lo había perfeccionado durante años con la ayuda de sus tíos y tías, y el corto período de tiempo que había tenido que pasar en prisión, había expirado hacía tiempo.
Se había marchado de Francia decidido a convertirse en un hombre nuevo, a reorientar sus energías hacia nuevas tareas. Hasta que se había reunido con su tío Félix en un café de Budapest y había oído las palabras que cambiarían el curso de su vida una vez más.
—¿Retirarte? —había repetido Félix, con aquel acento casi ininteligible—. ¿Por qué va a retirarse un hombre joven como tú? Estás preparado para ejercer una de las mejores profesiones del mundo, ¿por qué vas a desperdiciar todo ese talento?
—No es un profesión, tío. Es una carrera delictiva.
—¿Tienes miedo de que vuelvan a agarrarte? Jamás lo habría creído de ti, chico. Siempre has tenido unos nervios de acero. La cárcel forma parte de nuestro juego. No puedes tomarte tan en serio el haber pasado una temporada entre rejas.
—Para ti es fácil decirlo. A ti nunca te atraparon.
—No, la policía no. La policía no era nada. Pero conseguí sobrevivir a los nazis, una hazaña un poco más complicada, puesto que su intención era la de eliminarme.
—No sabía que eras judío —había bromeado Michael.
—Gitano, muchacho. Los nazis tenían tres objetivos: judíos, nazis y homosexuales. Es increíble que después de aquello todavía quede alguna creatividad en Europa.
Con mano temblorosa, el anciano se había encendido uno de sus fuertes cigarrillos y había mirado fijamente a Michael.
—¿Y a qué quieres dedicarte entonces? ¿Quieres hacerte contable? ¿Convertirte en un burócrata?
Michael se había encogido de hombros.
—No tengo ninguna prisa. Tengo suficiente dinero como para sobrevivir durante una temporada. Solo quería comunicarte mi decisión, puesto que tú eres el cabeza de familia.
—De una familia condenadamente pequeña —había musitado Félix—. Odio ver cómo los convencionalismos van acabando con nuestras tradiciones. Si al menos viviera tu madre…
—Pero ya no vive, tío. Murió junto a mi padre en una accidente de coche cuando yo tenía tres años. Si no hubiera sido por ti y por el abuelo, me habrían metido en un internado. Y ya he descubierto que no me gustan los internados —había añadido con una sonrisa.
Félix había sacudido la cabeza.
—Entonces, creo que debería decírtelo —había respondido crípticamente.
—¿Decirme qué?
—Tenía pensado un último trabajo para ti. Pensaba mandar a alguien a buscarte cuando recibí tu llamada. Es el trabajo perfecto, un trabajo que puede hacerte rico.
—Tengo dinero más que suficiente para una buena temporada.
—El dinero nunca es suficiente —había respondido Félix—. Si es más de lo que necesitas, siempre podrás dárselo a alguien a quien le haga falta. Y las personas a las que se lo vas a quitar, no se merecen tenerlo.
—Eso es lo que siempre me decía el abuelo. Y quizá tengáis razón, pero he decidido que no quiero seguir emitiendo esos juicios.
Félix lo había mirado fijamente, con expresión frustrada.
—Entonces no te diré nada de ese trabajo. Es mejor que no te tiente.
—Mucho mejor —había respondido Michael.
Su tío estaba tendiéndole una trampa. Michael conocía perfectamente las señales. Félix siempre había sido un maestro en conseguir lo que quería.
—Además, ¿por qué iba a importarte lo que los alemanes le hicieron a tu familia? Si no hubiera sido por esos carniceros, no quedaríamos únicamente tú y yo en la familia.
—Tío… —estaba haciendo un buen trabajo, pero Michael no tenía intención de dejarse convencer.
—No te preocupes —había contestado Félix apesadumbrado—. Como tú mismo has dicho, aquello ocurrió hace mucho tiempo. Ya han pasado treinta años desde que naciste y tu padre desapareció. Ya es tiempo de perdonar y olvidar.
La trampa ya estaba dispuesta y lo único que a Félix le quedaba por hacer era esperar a que Michael cayera en ella. Si hubiera sido sensato, Michael se habría levantado en aquel momento, habría dejado algunas monedas en la mesa para pagar los cafés y se habría despedido de su tío con un beso en la mejilla.
Pero la curiosidad siempre había sido su peor pecado.
—¿Mi padre? —había repetido—. Mi padre no desapareció, mi padre era un piloto de carreras y murió en un accidente de coche —no había terminado de decir aquellas palabras cuando tuvo la sensación de que el cepo comenzaba a rodearle el cuello.
—Eso es lo que a ti te han contado. Paulus siempre insistía en que no te dijéramos la verdad. Temía que tu padre apareciera e intentara llevarte con él. Tu padre no era ningún piloto de carreras, hijo, y no está muerto. Era un ladrón, como tú y como yo, y vive en San Francisco.
Michael ni siquiera parpadeaba.
—Así que está vivo —había respondido al cabo de un momento—. ¿Y por qué debería importarme?
—Porque os abandonó a ti y a tu madre y después de él, tu madre no fue capaz de querer a otro hombre. ¿No crees que un hombre debería responsabilizarse de sus hijos?
—La verdad es que ahora mismo me importa muy poco que no lo hiciera.
—Él también le dio la espalda a su profesión. Quizá te parezcas a él más de lo que crees.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Tu padre ya no es un ladrón. Es asesor de seguridad, se dedica a atrapar ladrones. A ladrones como tú, Michael. Su empresa ha sido contratada para encargarse de la seguridad de una subasta que se va a celebrar en San Francisco. Se subasta el Tesoro Norenheld. ¿Has oído hablar de él alguna vez?
—¿Y quién no? Es la colección que reunió el tío de ese millonario informático noruego. Joyas, cuadros y libros que valen una fortuna. Bueno, pues como ya te he dicho, no me importa.
—¿Y si te dijera que ese tesoro es una estafa y que todas esas obras de arte pertenecen en realidad al padre de William Helms y no a su tío? Y, sin embargo, la procedencia de todas esas obras ha sido cuidadosamente falsificada. Cuando se tiene el dinero de Helms, es posible hacer cualquier cosa.
—¿Y para qué iba a hacer algo así?
—De esa manera, puede vender el tesoro y ganar una fortuna sin que los propietarios originales de todas esas obras de arte monten ningún escándalo.
—¿Entonces son obras robadas? Somos ladrones, tío. A nosotros no debería importarnos que alguien robe obras de arte y vuelva a venderlas.
—Pero en este caso nos importa porque el padre de Helms no es otro que Wilhem von Helmich. Has oído hablar de él, ¿verdad?
—¿El Carnicero de Berlín? Sí, claro que sí.
—Fue uno de los generales de las S.S. que consiguió escapar con un montón de obras de arte robadas.
—¿Y lo sabes a ciencia cierta?
Félix se había encogido de hombros.
—Quién puede estar seguro de nada.
—Es muy triste, tío, pero como tú mismo has dicho, los propietarios originales están todos muertos. Es demasiado tarde para intentar reparar el mal.
—Lo cual significa que puedes robar todo ese tesoro con la conciencia tranquila, que es lo que parece ser más importante para ti en esta etapa de tu vida.
Michael había sacudido la cabeza.
—A mí no me importa que el hijo de un criminal de guerra pueda ganar algún dinero. Al fin y al cabo, él no fue el único que cometió crímenes.
—¿Y si te dijera que se rumorea que el dinero que se obtenga en esa subasta servirá para financiar actividades de grupos neonazis?
Ya estaba. El cepo se había cerrado por completo. Michael había hecho un último intento de resistirse.
—Nunca he querido involucrarme en asuntos relacionados con la política.
Pero Félix lo conocía demasiado bien.
—Para un hombre con tu talento será un juego de niños. Tienes que llevarte el tesoro antes de que sea subastado y de esa forma privarás a los nazis de sus ganancias, evitarás que ese dinero llegue a manos de terroristas y le meterás un buen gol al hombre que os abandonó a ti y a tu madre. Además, terminarás convertido en un hombre rico. ¿Cómo puedes negarte a una cosa así?
El tío Félix había apagado su cigarrillo.
—No será fácil, por su puesto —había continuando explicándole—. ¿Pero cuándo son fáciles las cosas que realmente merecen la pena? Puedes hacerlo, tu abuelo y yo te hemos preparado para ello, transmitiéndote los conocimientos de generaciones y generaciones de ladrones. Yo ya he hecho las investigaciones preliminares. Tengo los planos de los sistemas de alarma y algunos juguetitos tecnológicos para interferirlas. También conozco la distribución de la habitación en la que se va a celebrar la recepción. Creo que ese sería el mejor momento para llevarte el tesoro.
—¿A la vista de todo el público?
—A ti siempre te han gustado los desafíos —había contestado Félix con una sonrisa—. La recepción se celebrará el veintinueve de octubre. En cuanto acabe, el tesoro será trasladado a la casa de subastas y a partir de ahí será el equipo de seguridad de la propia casa el que se ocupe de protegerlo. Y no estando Blackheart a cargo de todo, la tentación ya no sería tan fuerte, ¿verdad?
—Pareces convencido de que voy a hacerlo.
—Yo mismo te he criado, Félix. Te conozco bien. Sé que lo harás. Y esta vez yo no me llevaré nada. Mi recompensa será saber que se ha efectuado el robo.
—Muy noble por tu parte. ¿Y si me atrapan?
—No hay prisión que pueda retenerte, ambos lo sabemos. Siempre me he preguntado por qué decidiste cumplir la sentencia en Francia cuando ambos sabíamos que no tenías necesidad de hacerlo.
—Decidí que era el momento —había respondido Michael—. Antes o después, uno tiene que pagar por lo que hace.
—Bueno, pues esta vez has pagado por adelantado. Lo que vas a hacer es algo muy noble, Michael.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
—Pero lo harás.
Michael había esbozado entonces una lenta y pesarosa sonrisa.
—Pero lo haré, sí —había terminado aceptando.
Un mes después, todavía se estaba arrepintiendo de su decisión. La posibilidad de dar un último golpe le había parecido una idea excelente al principio, con el placer añadido de poder ajustar algunas cuentas en el proceso. Podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas y sabía que el arrepentimiento era lo último que necesitaba aquella noche. Estaba a punto de entrar en escena y estaba dispuesto a ganar.
No se molestó en revisar su aspecto en el espejo mientras abandonaba la habitación. Tenía un cuerpo alto y esbelto al que le sentaban estupendamente los trajes de Armani.
La primera tarea era adentrarse en la zona de recepción. Se accedía a ella con invitación y todos los invitados habían tenido que mostrarla mucho antes de que les fuera permitido acceder al salón. Al parecer, Southworth no quería malgastar ni su tiempo ni sus carísimos canapés en gente que no pudiera permitirse el lujo de licitar en la subasta.
Michael no sabía si su padre iba a estar o no por allí, lo que añadía un atractiva emoción a la tensión.
Caminó a grandes zancadas hacia el elegante vestíbulo del hotel. Otro punto a su favor; habían elegido uno de los hoteles más antiguos y venerables de San Francisco, en vez de uno de esos edificios altos con complejos sistemas de seguridad. El Carlyle había sido adaptado y remodelado, pero su antigüedad y su singularidad lo convertían en un candidato mucho más propicio a los robos que aquellos edificios angulares con minúsculas ventanas.
También ayudaba que Southworth hubiera decidido ofrecer la recepción fuera de la casa de subastas. Contarían con una fuerte presencia de medios de comunicación y con mucha más gente de la que podrían haber albergado en su establecimiento.
Sí, tío Félix tenía razón. Aquel era un trabajo a su medida. Había pasado ya el momento de los arrepentimientos y había llegado la hora de actuar.
Pero antes tenía que pasar por delante de los guardas de seguridad que vigilaban las puertas de entrada al salón.
Isabel Linden hervía de indignación a pesar de su aparente calma. Aquel mes había sido una continua sucesión de desastres y al final había llegado al límite de su paciencia. Diez meses como asistente personal de William Helms la habían dejado destrozada. Pero debería haberse imaginado desde el principio que tanto el salario como el trabajo eran demasiado buenos para ser verdad.
A Isabel le gustaba su trabajo. Siempre le había gustado. Tenía el don de ser capaz de convertir en orden el caos y durante cinco años había llevado su propia firma consultora, ayudando a agobiados ejecutivos a estructurar sus vidas. No debería haber escuchado los cantos de sirena de Bill Helms, uno de los hombres más ricos del mundo. Este le había pedido que se ocupara personalmente de organizar sus negocios y su vida social, y el dinero y el prestigio que ese puesto le ofrecían eran demasiado buenos como para rechazarlos.
Pero debería haberlo hecho. Por una parte, Helms apenas le permitía acercarse a ningún asunto realmente interesante en su oficina; siempre había un aire de secreto alrededor de lo que hacía. Y, por otra, había descubierto que realmente no le gustaban en absoluto los billonarios que pensaban que su vasta cantidad de dinero los convertía en seres inteligentes, atractivos e incapaces de cometer error alguno. Particularmente uno rubio, de poco más de un metro sesenta de altura y complexión rolliza que prácticamente babeaba en cuanto ella se le acercaba. Siempre encontraba alguna excusa para inclinarse sobre ella o para rozarla, pero por alguna razón nunca le había pedido realmente una cita. Probablemente porque sabía que le diría que no.
Y que eso le daría una excusa para despedirse, algo que había estado deseando hacer desde el primer mes de trabajo.
Pero, maldita fuera, era difícil renunciar a tanto dinero.
Aunque pensaba hacerlo. No había nada que deseara más que despedirse esa misma noche, pero Isabel era una persona organizada y tranquila y sabía perfectamente que tenía que esperar a la luz del día para poner su renuncia por escrito. Con una persona tan poderosa como Bill Helms, había que hacer las cosas con un cuidado extremado.
Tenía un dolor de cabeza terrible, causado por la escandalosa multitud de personas elegantemente vestidas que la rodeaban, por el tintineo de las copas y la incomodidad de tener que embutirse en ese vestido plateado en el diminuto cubículo de un baño de aquel viejo hotel sin arruinar el moño en el que le habían recogido el pelo. No soportaba tampoco los tacones y habría dado cualquier cosa por poder quitarse los zapatos, soltarse la rubia melena y salir corriendo de aquel ruidoso y abarrotado salón.
No haría nada parecido, por supuesto. Su trabajo consistía en hacer las veces de anfitriona y en asegurarse de que la velada transcurriera sin problemas. Pero al día siguiente se despediría.
Así que aquella noche sonrió y conversó intentando sacar lo mejor de sus encantos, hasta que se volvió y se encontró frente a un rostro desconocido que la hizo quedarse momentáneamente sin habla.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.