Kitabı oku: «Perdido en Buenos Aires», sayfa 3

Yazı tipi:

CAPÍTULO 5

Nada más atravesar la verja se fijó en un Rambler descapotable de 1925 que era, con diferencia, el mejor y más deslumbrante de los coches que se alineaban en el parking frente a la oficina de la agencia. Lo conocía bien porque había manejado uno igual en Nueva York. Tenía la forma estilizada de un cisne y el empuje y la velocidad de un ave de presa en pleno vuelo. Se decidió por él y firmó un contrato por una semana, con posibilidad de renovación y descuentos por kilómetro recorrido. Allí mismo compró un mapa de la ciudad y otro de la provincia de Buenos Aires, por si en algún momento tuviera la necesidad o el deseo de viajar por la región. Luego, cuando salió conduciendo su esplendente luciérnaga, no se dirigió al hotel, en donde tenía previsto encontrarse con la muchacha, sino que recorrió durante un rato las calles de la ciudad, que ahora parecía transformarse continuamente ante sus ojos. Sentado al volante, inmerso en el tráfico de sus avenidas y con el aire del anochecer batiéndole la frente, Capablanca sentía que la enorme urbe se le había vuelto de repente más pequeña y manejable. Cuando aparcó por fin en las inmediaciones del hotel, en una estrecha calle de Recoleta, ya la noche de domingo se cernía sobre la ciudad, poniendo un halo de misterio sobre las casas y las calles del viejo Buenos Aires.

Ella había llegado a la hora señalada, un poco antes que él. Traía puesto un traje azul de chaqueta y falda ancha, y llevaba un pequeño sombrero que parecía una cofia de enfermera y dejaba al descubierto buena parte de su cabello rubio. Allí, en el vestíbulo del hotel, a la luz de la enorme araña del techo, la muchacha parecía aún más joven y hermosa que la noche anterior. Al verlo, ella se levantó del asiento que ocupaba – casualmente, el mismo desde el que él la había llamado esa tarde – y vino a su encuentro con una expresión en el rostro que, pese a ser alegre, evidenciaba cierto nerviosismo.

– Hola, señor Capablanca. ¿Llega siempre tan puntual a las citas con sus admiradoras?

Sin poder evitar la sorpresa por la pregunta, él echó un vistazo a su muñeca.

– No, no siempre. Sólo cuando me interesa mucho la persona que espera. ¿Podemos sentarnos?

Mientras lo hacían, ella lo miró asombrada, sin saber por lo visto cómo tomar la respuesta del recién llegado. Finalmente, le sonrió complacida.

– Muy gracioso. Pero la culpa es mía. Creo que he venido demasiado temprano.

– Si quiere, podemos compartirla. Por lo que a mí me toca, acabo de alquilar un coche y no pude resistirme a la idea de dar una vuelta por las calles de Buenos Aires.

– ¿Sabe ya orientarse en ellas?

– No mucho. Precisamente por eso llegué tarde. La ciudad es enorme y yo todavía no la conozco bien. No me ha dado tiempo.

– Tampoco es un monstruo. Cómprese un plano y verá cómo se la aprende en unos días.

– Ya tengo uno. Por cierto, ¿me perdonaría la tardanza si la invito a tomar algo en el bar?

La muchacha ladeó el rostro y dejó ver una sonrisa que afectaba recelo.

– Depende de cómo se comporte.

Él se levantó del asiento y le tendió la mano, al tiempo que decía, siempre medio en broma:

– Yo soy un caballero, señora.

Y la tomó del brazo para conducirla en dirección al bar, que se encontraba en otro ángulo del vestíbulo, a algunos metros de distancia.

– Gracias – respondió Marina, y se dejó llevar.

Se sentaron en un rincón y pidieron de beber, ella un vermouth y él un refresco de cola. Cuando el camarero se alejó, Marina preguntó a Capablanca si no le gustaban las bebidas alcohólicas. La noche anterior había tomado sólo limonada… Él la interrumpió, sin dejar de lado cierto tono jocoso.

– Cualquiera diría que he estado siempre controlado. Desde el primer momento.

La muchacha se llevó la mano a la boca, como si tratara de contener la risa.

– ¡No, por favor! ¿Cómo se le ocurre? Desde luego que no. Pero es algo que llama la atención. Y hablando de Buenos Aires, ¿qué es lo que más le gusta?

– El tango, el ambiente que se respira aquí. Me encantaría conocerlo mejor, aunque tal vez no llegue a hacerlo. Desgraciadamente, apenas sé andar por la ciudad.

– Veo que necesita alguien que lo ayude en eso, una especie de guía, ¿no?

– Sería fantástico; pero no sé… Por cierto, ¿no podría ser usted?

– Quizás. Bueno, sí, podría; aunque, eso sí, con una condición.

– Usted dirá…

– De eso se trata, precisamente: basta ya de «usted» – y elevando ligeramente la voz, como si le riñera, agregó – : Si no me tratás de vos, pues no podré hacerte de guía.

Capablanca sonrió divertido, sobre todo porque era la primera vez que alguien se dirigía a él usando el voseo porteño.

– De «vos» no puedo, seguro. Pero me encantaría poder decirte «tú».

– Son equivalentes; la relación es la misma.

– Bueno, pues ya está hecho, Marina; te trataré de tú. ¿Qué tal te suena?

– Suena mucho mejor, señor Capablanca.

– Me alegro; pero si me vas a tratar de vos, será mejor que dejes eso de «señor Capablanca» y me digas José Raúl. O Capa, como casi todos mis amigos.

– Me gusta más «Capa». Voy a llamarte así.

– Perfecto. Es más, me agradaría que fuéramos amigos, que me consideraras, pues eso, un amigo tuyo.

– Pues yo, encantada – dijo la muchacha, tendiéndole su mano por sobre la mesa. Él alargó las dos suyas y la tomó entre ellas, acariciándola un instante, hasta que Marina reaccionó y, delicada pero firmemente, la retiró de nuevo. A Capablanca le pareció que la pequeña mano hervía.

– Oye, ¿sabes, por casualidad, dónde está El Café de los Angelitos? – dijo entonces.

– Claro, y no por casualidad. Es el sitio preferido de Gardel. Siempre está ahí.

– ¿Canta en ese café?

– No, ahora no está cantando en ningún sitio. Es decir, no canta en público. Está grabando. Se pasa el día en el estudio, y cuando va a Los Angelitos es para cenar. Casi siempre tarde.

– ¿Cómo sabes todo eso?

– Porque mi marido es quien le paga.

Capablanca sacudió la cabeza, sorprendido.

– No me digas. ¿Podrías explicármelo mejor?

– No tiene mucha ciencia. Mi esposo es el director de los estudios Odeón en La Argentina. Todos los cantantes quieren grabar con él. Quieren vender discos y ganar mucha plata. Así de simple.

– ¿Dónde está tu esposo ahora?

– De viaje. Va a estar unos días por el interior. ¿Y vos, lo querés conocer a Gardel?

– Sí, me gustaría conocerlo. Creo que es el mejor cantor de tangos. Es muy conocido fuera de la Argentina, ¿sabes?

– Vos también sos muy conocido. Más que Gardel, incluso.

– ¿Tú crees?

– Pues claro. A vos todo el mundo te conoce en todos los países. Actualmente hay como una fiebre de ajedrez por todas partes. Cuando me preparaba para ir a cubrir tu encuentro leí en algún lugar que vos no sos conocido por el ajedrez, sino que es al revés: es el ajedrez el que es mundialmente conocido gracias a vos. Algo de eso decía.

– Si sigues hablando así, me voy a poner colorado.

– Sabés que es verdad. No te hagas el modesto. Por cierto, ¿tenés algún disco suyo?

– ¿De Gardel? Sí, tengo varios. Cuando me encuentro alguno nuevo, lo compro y me lo llevo a casa. Siempre me ha interesado mucho la música.

– ¿Música o ajedrez? ¿Cuál de las dos cosas preferís?

– Ésa no es una buena pregunta. Son cosas diferentes. El ajedrez es mi carrera. Vivo de él y le dedico todo mi tiempo de trabajo. Lo hago lo mejor que puedo, y creo que bastante bien, modestia aparte. Pero, aparte del trabajo de cada cual, hay otras cosas en la vida, cosas que disfrutas y que te ayudan a vivir y ser feliz. En mi caso, la música es una de ellas.

– ¿Disfrutás mucho con ella?

– Sí, mucho, con la música en general. Pero con el tango es diferente. El tango no sólo se disfruta. No sé lo que tendrá, pero a mí me apasiona.

La muchacha estaba radiante.

– A mí me pasa igual – dijo con vehemencia – . Es que el tango es pasión; una pasión capaz de llegarte a lo más hondo y estremecerte el alma.

Esta vez Capablanca no replicó enseguida. La miró a los ojos y estuvo un rato así, contemplándola en silencio. Cuando volvió a hablar, lo hizo para decir que era verdad, que el tango era pasión. Quizás fuera por la mezcla de ritmos y de sangres que estaba en la base de su origen, o tal vez esto se debía a los instrumentos con que se tocaba, venidos de diferentes partes del mundo; o quién sabía si al alma de la gente que lo componía, o a la de aquellos que lo interpretaban. Anoche mismo, sin ir más lejos, él se había sentido estremecer, como ella había dicho, con la música de un tango que había oído tocar en el restaurante donde cenaba. Y trató de describirle los sentimientos que le provocó la interpretación del trío del hotel Regina. Como no pudo hacerlo, terminó diciéndole que aquel tango le había erizado hasta los últimos pelos del cuerpo. Ella lo oyó, risueña y satisfecha.

– ¿Recordás cómo se llama la pieza?

– Sí, claro, se llama La Cumparsita. Por cierto, Illa me contó algo de su historia; pero me pareció un poco confusa, y la verdad es que no entendí mucho de ella. Creo que él no sabía demasiado. Quizás tú puedas contarme un poco más.

– A mí también me gusta mucho ese tango. Creo que en el futuro ése será «el tango». Pero es cierto que su historia es un poco oscura. De entrada, el autor no es argentino. Es uruguayo y se llama Gerardo Matos Rodríguez. Se dice que Matos lo escribió en 1916 para los carnavales de Montevideo, y que se lo dio a Roberto Firpo para el arreglo y la interpretación. Aunque no está muy claro el año en que ocurrió eso. Hay quien afirma que fue en el 17. Dicen que Firpo rescribió la música y luego estrenó el tango con su orquesta en el Café La Giralda, de Montevideo. Pero hay otras versiones diferentes acerca de quién fue el primero en grabarlo y con qué firma.

– ¿No tiene letra?

– Sí tiene, y demasiadas. Ése es otro de los problemas, el gran problema, diría yo. En estos momentos está en litigio, pendiente de los tribunales. Hace unos años, creo que en el 24, dos compositores argentinos, Contursi y Maroni, escribieron una letra a la música de ese tango y le pusieron de nombre Si supieras. Pero lo hicieron sin la autorización de Matos, que montó en cólera y escribió su propia su letra. Creo que la publicó y que algunos cantantes la han interpretado y grabado en algún sitio. Pero lo cierto es que la canción, que ya estaba casi olvidada, ha cobrado nueva vida con la letra de estos dos músicos argentinos. Es la más conocida, la que todo el mundo tararea. Y la que canta Gardel, por cierto. Los versos de Si supieras no tienen nada que ver con la letra de Matos. Pero es La Cumparsita, ¿me entendés?

Cómo no la iba a entender, si hablaba como los ángeles, si era un ángel toda ella, un ángel rubio con rostro de chiquilla, que se expresaba, además, con una voz profunda y clara, matizada por la suave cadencia rioplatense. Él asintió sonriente. De pronto comprendió que había pasado el tiempo. ¿Cuánto? No tenía idea. ¿Desde qué hora estaban allí, sentados en el bar? Tampoco sabía. Entonces le preguntó si no tenía hambre, y al ver la respuesta afirmativa en su mirada le propuso ir a cenar en algún sitio fuera. Ella dijo que le parecía bien, y Capablanca llamó al mozo y pagó la cuenta. Luego se levantaron y salieron del bar. Cuando abandonaron el hotel eran las nueve de la noche. Unos minutos más tarde caminaban hacia el sitio donde había quedado el coche. Al llegar, Capablanca señaló hacia el vehículo y preguntó:

– ¿Y a eso cómo le dicen ustedes?

– Aquí decimos «auto». Y ustedes, carro, ¿no?

– Yo digo casi siempre carro, por la influencia americana. Pero en Cuba se usa la palabra «máquina». No sé por qué razón, pero allá dicen así.

– Me gusta mucho tu «máquina».

– Deja que veas cómo anda – le dijo Capablanca, abriéndole la puerta. Ella dijo «gracias» y ocupó el asiento del pasajero. Luego él dio la vuelta, se sentó al volante y puso en marcha el vehículo, que se deslizó suavemente sobre los adoquines de la calle. Al llegar a la esquina, se detuvo un instante, antes de incorporarse al flujo que transitaba por la avenida.

– ¿Adónde pensás ir? – preguntó entonces Marina.

Capablanca se encogió de hombros. Adonde ella dijera, como si quieres llegar al fin del mundo, bromeó. No, gracias, todavía no estoy interesada en ese viaje, replicó la muchacha, en el mismo tono. Mientras el coche se desplazaba por la avenida, él le confesó que no tenía una idea muy clara de los lugares interesantes de Buenos Aires. La ciudad, además, había cambiado mucho desde la última ocasión que había estado allí, hacía nada menos que catorce años, cuando ella, seguramente, era todavía una chiquilla. Marina quiso protestar, pero él no la dejó. Sabía, por ejemplo, que la zona de la costanera sur había sido transformada en una hermosa playa…

– Sería buena idea, si fuera de día. Pero vos sos un poco pícaro – dijo la muchacha con acento alegre – , creo que sabés más de lo que aparentás.

Capablanca la miró de reojo. Se había quitado el sombrero por temor a que se lo llevara el aire y, con la ayuda de las manos, trataba de mantener el orden en su peinado.

– No es verdad. Hay muchas cosas que no conozco y que me imagino deben de ser muy interesantes.

Ella lo miró desafiante.

– ¿Como cuáles?

– ¿Ves? – dijo él divertido – . Me has puesto en un aprieto.

– Sí, sos un pícaro; pícaro y peligroso.

A Capablanca le pareció que era mejor cambiar la conversación y comentó:

– Me habías dicho que tenías hambre, ¿no?

– Igual que vos.

Así las cosas, había que ir a cenar a algún lugar. Y, como no podía ser de otra manera, el primero de todos los lugares posibles vino a ser El Café de los Angelitos, que fue, por supuesto, el lugar elegido. De modo que, sin demorarse en discutirlo, acordaron llegarse hasta él y ver qué había por allí.

CAPÍTULO 6

La muchacha apareció primero. Surgió de entre la sombra con el halo de luz y permaneció un instante inmóvil, plantada en medio del salón y dando la espalda a la mayoría de las mesas. Llevaba el pelo negro recogido sobre la nuca y un vestido bermellón que le ceñía las caderas y caía suelto hasta más allá de las rodillas. Los zapatos, de tacón alto, eran también rojos. Pronto sonaron los primeros acordes provenientes del piano, y su cuerpo comenzó a ondular como un campo de trigo frente al viento. Enseguida entró la guitarra y se oyó la voz del bandoneón. Ella elevó un brazo, y luego el otro, hendiendo el aire con sus manos y dedos, mientras se dejaba llevar por las progresiones del violín, que parecía gobernar toda su anatomía. Según la música subía en el aire del local, la muchacha agitaba las caderas en un incitante y sinuoso movimiento de rotación, al tiempo que deslizaba suavemente un pie tras otro sobre el piso, dibujando imaginarios círculos con ellos. Su manera de moverse estaba llena de sensualidad. Bailaba como si flotara sobre las notas que llegaban en oleadas desde el estrado de los músicos, y se veía que disfrutaba haciéndolo. Capablanca no había presenciado nunca un espectáculo semejante, ni siquiera en sus anteriores visitas al país. En cualquier caso, el hecho de ver a aquella mujer moviendo brazos, manos y cintura en el único punto iluminado del salón, le producía un enorme placer estético.

Muy pronto entró en escena el muchacho, que iba vestido de negro, incluido el sombrero y los zapatos de charol. Lucía bigote y llevaba el pelo liso, con la raya a la izquierda y profusamente engominado. Al verlo aparecer, la muchacha retrocedió unos pasos, como si se pusiera en guardia. Parecía recelosa. Entonces él le tendió la mano y ella, sin dejar de marcar el compás de la música, dio algunos pasos hacia su compañero y se dejó tomar en los brazos del hombre para seguir bailando juntos. Capablanca los miraba arrobado. Y Marina lo miraba a él, entre arrobada y suspicaz.

– ¿Te gusta?

– Es un placer verlos bailar.

– Sí, ya me di cuenta cómo se te iban los ojos cuando la chica meneaba ese cuerpo que Dios le dio.

Él le sonrió, sin poder ocultar las ansias, cada vez más fuertes, que habían empezado a carcomerle la conciencia. Entonces empujó el plato con los restos de la cena y, señalando a la pareja, preguntó:

– ¿Qué tal se te da el tango?

– Creo que bien – respondió ella, con voz sugestiva – . ¿Y a vos?

– Para no ser argentino, me defiendo algo. Claro, con una profesora del país, seguramente mejoraría mucho. Por cierto, ¿aquí no se baila?

– Sí, claro; y eso forma parte del show. Ya lo verás.

– ¡Qué bien! – dijo él, visiblemente contento – . Veremos qué tal nos va.

Marina sonrió feliz, y Capablanca volvió la vista a la pareja de bailadores. En aquel momento el muchacho se inclinaba sobre su compañera, cuyo cuerpo se dobló hacia atrás como una caña de bambú. Estuvieron un instante así, aparentemente inmóviles, mientras la música elevaba el tono y la insistencia del violín los mantenía enlazados en aquel estado de incitación, como dos pinceladas de una misma pintura. Luego, a un llamado del bandoneón, volvieron a la posición erecta y continuaron entrecruzando piernas, rozando pechos y vientres, enredándose uno sobre el otro en un baile que era toda una exaltación del juego erótico. Parecían las dos mitades de un organismo vivo que se revolvía sobre sí mismo, estirándose y encogiéndose con los acordes de la música que tocaba el cuarteto. Aún estuvieron un rato girando, sacando y metiendo las piernas, moviéndose suavemente al compás de la música que llegaba del pequeño estrado donde cuatro virtuosos regalaban lo mejor de su arte al público que esa noche llenaba El Café de los Angelitos.

Cuando se fueron los bailarines, la orquesta la emprendió con Caminito, uno de los tangos preferidos de Capablanca, y la gente, conocedora de las reglas del lugar, comenzó a salir a la pista para bailar. Marina miró a su nuevo amigo cubano y le sonrió. Éste entendió inmediatamente y, levantándose de su asiento, tendió la mano a la muchacha y la sacó a bailar. Ninguno de los dos lo hacía mal, por lo que muy pronto se acoplaron mutuamente.

Marina se había quitado la chaqueta, y la blusa que llevaba bajo ella, de color blanco, dejaba al descubierto gran parte de su espalda. Capablanca sintió aquella carne joven y tibia agitándose bajo su mano, y no pudo evitar que una incipiente erección llamara a su bragueta. La sensación se hizo aún más aguda cuando, en uno de los pasillos del baile, Marina se pegó a su vientre y apoyó los senos en su pecho. Así estuvieron bailando buen rato, ella provocando, él dejándose provocar y haciéndole sentir a la mujer que la noche que los esperaba estaba llena de promesas. De repente, cuando Capablanca pensaba que la partitura de Caminito estaba próxima a su fin, una mujer de espesa cabellera negra, estatura más bien baja y modales desenfadados se acercó al micrófono y comenzó a entonar los versos del entrañable tango. Su voz no era muy alta, pero cantaba con mucho temperamento y trasmitía una cálida sensación de inmediatez.

– ¿Quién es? – murmuró Capablanca al oído de Marina, aprovechando la ocasión para dejarle allí un poco del calor de su aliento.

– Es una cantante que ha surgido en los últimos tiempos. Se llama Nina Mederos y es una bataclana.

– ¿Una bataclana? – se extrañó él – . ¿Qué significa eso?

– Una bataclana es una corista del teatro Bataclán, que queda en la zona portuaria. Ya te podés imaginar.

– Pero no canta mal, ¿verdad?

– No sé qué decirte – la voz de Marina revelaba desdén – . En todo caso, ése no es su estilo; no sé por qué se metió a cantar Caminito. ¿No sentís que a veces desafina? Lo de ella es otra cosa. Pero aparte de eso, creo que su éxito se debe en gran medida a su amistad con Gardel. Hace poco él habló con mi marido para que le grabara un disco a ella.

– Pues a mí me parece que no canta mal – repitió Capablanca – . Y, además, se ve que tiene ángel.

– Sí, ya veo que te gusta.

Él dejó correr un asomo de sonrisa por su rostro y apretó a la muchacha un poco más. Su erección había aumentado y se le estaba volviendo irresistible. Ya ella había comprendido lo que ocurría y se veía feliz, apretándose cada vez más a Capablanca. De repente, él sintió que la tensión de Marina se aflojaba, que por algún motivo ella se había separado de su cuerpo y cambiaba incluso la expresión de su rostro. Observó, igualmente, que muchos de los bailadores desviaban la mirada hacia un grupo de hombres que habían entrado en el salón y avanzaban por el pasillo en dirección a la parte trasera del local.

– ¿Qué pasa? – preguntó Capablanca.

– Nada. Llegó Carlos Gardel. Seguramente se sentará a su mesa de siempre y cenará. Después pasaré a saludarlo y le diré que estás aquí.

– ¿Tú crees que esté bien? No quisiera…

– ¡Hombre! – rió ella divertida – . No te preocupes. Ya te dije que vos sos más famoso que él. Estoy segura que se volverá loco por conocerte. Quizá hasta quiera ser tu amigo.

Cuando Nina Mederos terminó de cantar Caminito recibió una salva de aplausos. Sobrevino entonces una pequeña pausa, y Capablanca y Marina regresaron a su mesa. No bien se hubieron sentado, la muchacha dijo que iría a hablar con Gardel. Y con una mirada que él no pudo descifrar del todo, se alejó en dirección al fondo del local. Casi al instante Nina Mederos se acercó de nuevo al micrófono y le hizo una seña a los músicos. Desde el estrado llegó la percusión de un tamboril, acompañado por el punteo de la guitarra. Capablanca reconoció los acordes de Milonga Sentimental1, una pieza que – no sabía por qué – le producía un especial sentimiento de cercanía. La versión que él tenía en casa era la interpretada por Gardel, que se acompañaba sólo de guitarras, con lo que la canción perdía un poco del ritmo que había estado seguramente en sus orígenes. Pero ahora, antes de que Nina Mederos comenzara a entonar la letra, los músicos ya le habían imprimido a su arreglo un acento que estaba muy próximo al del candombe y a otros aires de raíz africana. Muy pronto la Mederos comenzó a cantar:

 
Milonga pa’ recordarte,
milonga sentimental.
Otros se quejan llorando,
yo canto por no llorar.
 

Su voz sonaba desgarrada, llena de sentimiento, Pero, quienquiera que la cantara, esa canción le sonaría a él siempre entrañable y cercana. Entonces se plegó en la silla y continuó escuchando:

Tu amor se secó de golpe,

nunca dijiste por qué.

Yo me consuelo pensando

que fue traición de mujer.

Cuando Nina Mederos calló, el cuarteto siguió tocando, y Capablanca advirtió algo en lo que no había reparado nunca antes: Milonga Sentimental le recordaba a alguna canción cubana que por el momento no podía precisar.

Varón, pa’ quererte mucho,

varón, pa’ desearte el bien,

varón, pa’ olvidar agravios

porque ya te perdoné.

Tal vez no lo sepas nunca,

tal vez no lo puedas creer,

¡tal vez te provoque risa

verme tirao a tus pies!

La cantante volvió a detenerse, y desde el estrado llegó la percusión del tamboril. Y él sintió de nuevo, esta vez más intensamente, la relación de aquélla pieza con la música de su patria. Allí estaban las sonoridades del candombe, pero también las de un ritmo que había llegado a La Habana desde la provincia de Oriente y estaba por entonces muy en boga: el son cubano. Pero aquí, en el Café de los Angelitos de Buenos Aires, aquella mujer le ponía pasión, mucha pasión, sobre todo cuando decía:

Es fácil pegar un tajo

pa’ cobrar una traición,

o jugar en una daga

la suerte de una pasión.

Pero no es fácil cortarse

los tientos de un metejón,

cuando están bien amarrados

al palo del corazón.

Y después de una breve pausa, volvía a repetir:

Varón, pa’ quererte mucho,

varón, pa’ desearte el bien,

varón, pa’ olvidar agravios

porque ya te perdoné.

Tal vez no lo sepas nunca,

tal vez no lo puedas creer,

¡tal vez te provoque risa

verme tirao a tus pies!

Y seguía, cada vez con más emoción:

Milonga que hizo tu ausencia.

Milonga de evocación.

Milonga para que nunca

la canten en tu balcón.

Pa’ que vuelvas con la noche

y te vayas con el sol.

Pa’ decirte que sí a veces

o pa’ gritarte que no.

Finalmente, cuando ya Capablanca tenía los ojos húmedos por la emoción, llegó Marina de vuelta y se sentó a su lado. Para entonces, Nina Mederos repetía el cuplé, ya por última vez:

Varón, pa’ quererte mucho,

varón, pa’ desearte el bien,

varón, pa’ olvidar agravios

porque ya te perdoné.

Tal vez no lo sepas nunca,

tal vez no lo puedas creer,

¡tal vez te provoque risa

verme tirao a tus pies!

Tras lo cual, el cuarteto ejecutó el cierre y terminó su versión, que fue despedida con un tupido aplauso del público asistente. Marina lo observaba desde su asiento. Entonces, acercando todo lo que podía su rostro, dijo con voz ligeramente temerosa:

– ¿Qué te pasa que tenés los ojos húmedos? No me digas que esa mujer te ha emocionado tanto.

– No es la mujer – replicó él, saliendo ya del trance – , es la canción; pero no sé si podrías entenderme si te explico.

– Quizás. Probá a ver.

– Es que el arreglo que hizo ese cuarteto me ha recordado mucho algunos ritmos de mi tierra.

– Comprendo, claro que te comprendo – y cambiando radicalmente el tono, agregó – : Misión cumplida. He hablado con Gardel. Y, por supuesto, él quiere conocerte.

Capablanca sonrió, agradecido y feliz a la vez.

– Muchas gracias, Marina. Eres un encanto.

– Gardel también me agradeció por acordarme de él, en este caso.

– Bueno – dijo entonces Capablanca – , ¿cómo haremos? ¿Vamos para allá o qué?

– Él estaba cenando en compañía de algunos de sus músicos. Me dijo que me daría una señal.

Capablanca volvió a expresar su agradecimiento a la muchacha y desvió la vista hacia el estrado. Entonces reparó en que el cuarteto había dejado de tocar. Supuso que los músicos habían cogido un tiempo de pausa. Sin embargo, aún no había tenido tiempo de retomar el diálogo con Marina, cuando vio que tres hombres ascendían los peldaños del estrado y se acercaban al micrófono. Uno de ellos era Carlos Gardel; los otros, evidentemente, eran los guitarristas que lo acompañaban por entonces, un mulato alto y delgado y un individuo de apariencia rubicunda. Cada uno de ellos llevaba una guitarra en las manos. Cuando quería preguntarle a su compañera de qué iba la cosa ahora, Gardel se acercó al micrófono y dijo:

– Queridos amigos, respetable público. Esta noche se encuentra entre nosotros una persona a quien quiero dedicar esta canción que vamos a interpretar ahora. Este hombre es un cubano y, por naturaleza, un hermano de sangre y de cultura – aquí todos los presentes volvieron la cabeza, tratando de encontrar a alguien que pareciera cubano. Pronto dieron con él, quizás por el rubor que debía de estar enrojeciendo su rostro. Mientras, Gardel seguía hablando – . Pero este hombre no es cualquier cubano. Él es también una gloria de nuestros pueblos hispanoamericanos, un orgullo para todos nosotros. Se encuentra ahora en nuestra patria porque aquí en Buenos Aires se está celebrando – como quizás muchos de ustedes sepan – el campeonato mundial de ajedrez. Ese hombre es, señoras y señores, el gran José Raúl Capablanca, el campeón mundial del juego ciencia. Y para él quiero cantar esta canción. Espero que le guste.

Capablanca sentía que la piel del rostro le ardía, que no podía contener la emoción. Tenía los ojos húmedos, aunque por suerte estaba todavía lejos de dejar escapar la menor lágrima. Mientras buscaba protección en el rostro de Marina, que lo miraba llena de orgullo y regocijo, Capablanca vio, o más bien escuchó, cómo los tres hombres comenzaban a rasgar las cuerdas de sus guitarras. La melodía que salía de ellas era nada menos que la del tango que tanto lo había emocionado en la cena con Rolando Illa, es decir la de La Cumparsita. Sólo que aquí, en esta versión, tocada con guitarras, la canción se le aparecía en su forma original, tal como él imaginaba que la había compuesto el autor uruguayo. Parecía una canción campera. En cualquier caso, los tres hombres descendieron del estrado y, sin dejar de tocar, echaron a andar hacia él, hacia la mesa que ocupaba con Marina. Cuando llegaron junto a ellos, la vibrante voz de Carlos Gardel se elevó sobre la concurrencia, que parecía haber entrado en trance y guardaba un silencio absoluto. Y cantó:

 
Si supieras,
que aún dentro de mi alma,
conservo aquel cariño
que tuve para ti…
Quién sabe si supieras
que nunca te he olvidado,
volviendo a tu pasado
te acordarás de mí…
 

Y ahora sí, los ojos de Capablanca se llenaron de lágrimas, al punto que debió sacar el pañuelo y secárselos. Marina lo miraba también llena de emoción. Mientras tanto, Gardel seguía entonando los versos de aquel hermoso tango. Pero ya él apenas era capaz de distinguir una palabra de otra. Pese a ser una persona acostumbrada a los homenajes y las grandes puestas en escena, el detalle de aquellos argentinos – amigos, conocidos, de todos, en fin – había llegado a emocionarlo tanto que sintió que el pecho se le apretaba y que, aunque hubiera querido, no habría podido siquiera articular una palabra. Durante un tiempo imposible de determinar, Carlos Gardel y sus acompañantes estuvieron tocando la guitarra, cantando allí para él, que recibía además la caricia de los ojos de Marina. Y aquello era mucho más de lo que él había esperado del pueblo de Buenos Aires, de la Argentina toda. Qué importancia tenía el ajedrez, el campeonato del mundo, la partida perdida, comparados con aquella muestra de cariño y simpatía hacia su persona.

Cuando los músicos terminaron su interpretación, Capablanca se puso de pie y se abrazó con ellos, primero con Gardel y luego con los otros dos. Para entonces, todos los asistentes al Café de los Angelitos se habían puesto también de pie y aplaudían, no se sabía si la interpretación de su ídolo, o el gesto de éste hacia Capablanca o – él no pudo evitar la idea – a él como persona. E independientemente de su voluntad, esta última idea fue la que se asentó con más fuerza en su cerebro. Y le pareció que nunca antes había sido tan feliz como esa noche, ni siquiera en su primera gran victoria internacional, en San Sebastián, hacía ya muchos años.

– Muchas gracias, amigo. Es usted muy generoso.

– Gracias a usted, señor Capablanca. Todos los argentinos estamos muy reconocidos y orgullosos de usted. Reciba mi humilde canción como un homenaje, mucho más pequeño que el que se merece. Además, sé muy bien que le gusta mucho ese tango.

– Gracias – dijo él, dudando un instante si debía devolverle el trato en forma de señor Gardel. Por fin, decidió omitir cualquier forma y siguió – : Sí, es un tango muy hermoso, sobre todo cantado por usted – y cambiando el tono, agregó – : ¿No quiere sentarse?

1.Milonga Sentimental (Música: Sebastián Piana – Letra: Homero Manzi) fue compuesta en 1931, unos años más tarde de la época en que se desarrolla esta historia. Con ella los autores complacían una petición de la cantante Rosita Quiroga. Ésta, sin embargo, no quedó satisfecha con la composición, pues lo que esperaba y quería interpretar era una milonga campera. De tal suerte, la obra permaneció inédita hasta el día en que Mercedes Simoni la estrenó en Montevideo, un tiempo después. Se dice que Sebastián Piana la compuso en algo menos de una hora. Por último, espero que el lector sepa disculparme esta licencia. (La nota es del autor, al igual que todas las que aparezcan en lo adelante)

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
19 ağustos 2020
Hacim:
290 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9785005134158
İndirme biçimi: