Kitabı oku: «Perdido en Buenos Aires», sayfa 4

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Gardel le puso familiarmente la mano en el hombro y, con una amable sonrisa, contestó:

– Usted sabe, nosotros allá – y señaló hacia el fondo – aún no habíamos terminado de cenar. Sólo que no pude resistirme a la idea de cantarle su tango preferido. Pero me gustaría invitarlo a que se llegue por nuestra mesa para charlar un rato conmigo y con mis amigos.

Capablanca miró en dirección a Marina; pero Gardel no le dio tiempo a responder. Para ese momento ya estaba diciendo que lo esperaba sin falta allá, y que para él sería un placer enorme compartir un rato y hablar de tangos y, por supuesto, ajedrez. Y de muchos otros temas, seguramente. Y dicho esto, le dio un apretón de mano y se alejó de nuevo por donde había venido.

CAPÍTULO 7

Habían juntado varias mesas en el ángulo más apartado del café, y Gardel y sus amigos comían y disfrutaban allí de lo que parecía ser una alegre tertulia tras la cena. A la derecha del cantor se ubicaba un hombre que Capablanca no había visto antes; y más allá, los guitarritas que acompañaban a Gardel. La banda de la izquierda estaba ocupada por Nina Mederos y los músicos del cuarteto. Al verlos aparecer, el cantante se puso de pie y los invitó a sentarse y compartir con ellos. Las tres personas que estaban a su derecha también se levantaron y cedieron el puesto a los recién llegados, desplazándose dos lugares más allá. Tras los primeros saludos y sonrisas, ya todos sentados, vinieron las presentaciones. El personaje que había estado a la derecha de Gardel resultó ser José Razzano, su gran amigo y antiguo compañero de dúo, ahora apoderado del artista. Los guitarristas se llamaban José Ricardo (más conocido como el Negro, bromeó Gardel) y Guillermo Barbieri, que era un tipo delgado y rubicundo, de expresión afable. De los integrantes del cuarteto, Capablanca retuvo sólo el nombre del director, un individuo de frente amplia y sonrisa fácil que era quien tocaba el bandoneón. Se presentó como Osvaldo Fresedo, aunque enseguida aclaró que en el ambiente tanguero lo llamaban «El Pibe de la Fraternal», por el barrio de donde había salido. «El Pibe», pues, se alineaba a la izquierda de Nina Mederos, seguido por sus tres músicos, que cerraban el círculo de las personas sentadas a la mesa. Capablanca, que no quiso aceptar nada de comer, no tuvo otra salida que dejar que le sirvieran una copa de vino, del cual no pensaba probar más que algún que otro sorbito. Había quedado al lado de Marina, pero enfrente de Nina Mederos, y lo primero que hizo fue dirigirse a los músicos para felicitarlos por su interpretación. Y puesto a hablar del tango, dijo sentirse sorprendido por el modo en que había evolucionado la música porteña desde su última visita al país, hacía de aquello trece o catorce años, no podía precisarlo bien. Que él recordara, no había visto ni oído nada semejante a lo que veía ahora. Gardel agradeció sus palabras y explicó que, desde hacía unos años, el tango había entrado en una nueva etapa de desarrollo, cada vez más conocida con el nombre de «tango – canción». Y explicó que los tangos de antaño eran estilos y tonadas criollas. Y poco más. Apenas se cantaban, o bien tenían letras muy rudimentarias. A partir de una canción titulada Mi noche triste, escrito por el gran Pascual Contursi con una letra totalmente innovadora y que él había grabado hacía diez o doce años con Odeón, las cosas comenzaron a cambiar. En la actualidad nacían a diario infinidad de tangos de ese tipo, y muchos de ellos con excelente letra. Había un gran número de poetas – como el propio Contursi – que escribían versos y trabajaban con los músicos en la creación de estas nuevas canciones. Y había músicos puros – y señaló hacia Fresedo – , que llegaban con ímpetu, inyectándole savia fresca a la música de aquella tierra que todos ellos amaban tanto. En este punto metió baza Razzano. Acallando con su voz la de Gardel, proclamó ante Capablanca que la primera figura que estaba dándole lustre y renovando el tango, era, precisamente, aquel morocho que estaba sentado allí a su lado, el Che Carlitos, – sos muy modesto, vos – le echó en cara desde su silla – ; pero acordáte que ya no sos el chico del Abasto. Sos Carlos Gardel, el primer cantor de tangos – . Aquí intervino Fresedo, que dirigiéndose también a Capablanca tomó el relevo de Razzano: no es que él sea modesto, dijo, es que se está haciendo. El tango es él, y él es el tango; y él lo sabe bien. Luego, y aprovechando que había cogido la palabra, la usó para decir que conocía algo de música cubana, y que le gustaba mucho. La había descubierto hacía unos años, durante un viaje a los Estados Unidos. Y, sin dar tiempo a nadie a reaccionar, mencionó nombres que Capablanca nunca habría pensado oír por esos predios. No lo esperaba, sencillamente. Y menos aún si algunos de esos nombres era los del Sexteto Habanero o Abelardo Barroso. Y Fresedo no se detuvo ahí, sino que mencionó también al dúo de María Teresa Vera y Rafael Zequeira, de quienes dijo apreciar sobre todo un disco que había comprado en Nueva York y que traía una deliciosa rumba titulada, si mal no recordaba, Papá Montero o algo así. Capablanca no salía de su asombro. Realmente, aquélla era la música popular que se estaba tocando y grabando en Cuba por entonces, y de la que él mismo no estaba siempre al día. Por eso lo oía aquella noche estupefacto, superado por la sorpresa de saber que aquel argentino, alguien tan lejano al acontecer diario de su patria, conocía semejantes detalles del panorama musical cubano. Gardel también lo miraba asombrado, y de soslayo miraba a Capablanca, como si no pudiera creerse que su compatriota supiera de veras lo que hablaba y lo quisiera contrastar con alguien del país. Con una sonrisa, Capablanca asintió a la mirada inquisitoria del cantor. Pero el hombre siguió. Retomando la palabra, declaró con gran autoridad que, si aquella música incorporara un instrumento con la gama de voces del bandoneón, podría conquistar rápidamente Europa, como estaba ocurriendo con el tango. De todos modos, sentenció, estoy seguro que Cuba tendrá mucho que decir en el futuro musical del mundo. Capablanca estaba anonadado por lo que había oído sobre la música de su tierra, algo de lo que ni siquiera él sabía demasiado. Y aprovechando un respiro del músico, lo felicitó por ello. Sin embargo, lejos de tranquilizarlo, el asombro del cubano aguijoneó la elocuencia del argentino, que siguió hablando de música cubana, citando ahora a Manuel Corona, quien era, dijo, su compositor favorito entre los de la Isla. Y para avalarlo, finalizó su conferencia entonando allí mismo el estribillo de la Loma de Belén, un son que Capablanca sí conocía bien, ya que en uno de sus últimos viajes a Cuba había comprado el disco grabado por el Sexteto Habanero con aquel sabroso tema.

Digerida la disertación de Fresnedo, Capablanca volvió a traer a colación el tema de la música local. Se reconoció amante del tango, y reveló sentirse muy feliz de que su viaje a Buenos Aires coincidiera con un período en el que el tango estaba presente por doquier. En el centro de la ciudad no había cuadra donde no existiera confitería, cine, salón o café que no difundiera el tango o la milonga. Y en todos ellos actuaban músicos y cantantes de valor.

– A mí antes me gustaba la música típica de este país – dijo aún el cubano, sinceramente conmovido – ; ahora la amo. Yo tengo algunos discos en mi casa; pero cuando parta de regreso, pienso llevarme una maleta llena.

Al oírlo hablar de esa manera, todos los reunidos alrededor de la mesa lo miraron sin esconder su agrado. Gardel levantó la mano con el índice apuntando hacia arriba.

– Cuente con los míos. Le regalaré la colección completa.

– Y con algunos míos – dijo Fresnedo desde el otro lado de la mesa.

– Y con los míos también. Es decir, si los quisiera.

La última en hablar había sido Nina Mederos, que apenas lo había hecho antes. Entonces Capablanca se fijó en ella y le sonrió.

– No faltaba más. Por cierto, me ha gustado mucho su estilo de cantar.

– Gracias – dijo halagada la cantante, sonriendo con la mirada a Capablanca y, de paso, examinando brevemente a Marina Lemm. Ésta, por su parte, también sonrió, en consonancia con el ambiente de alegría general que reinaba en la mesa.

En este punto apareció un individuo con cara de dueño del café y se acercó a Gardel. Después de saludar calurosamente al cantor, se volvió hacia Capablanca y le tendió la mano. Luego saludó a Nina Mederos y a los demás. Finalmente, fue a sentarse entre los músicos del cuarteto e intercambió algunas palabras con Osvaldo Fresnedo. Bien pronto, éste y sus hombres se pusieron de pie y se dirigieron al estrado para continuar con su actuación.

– Bueno, señor Capablanca – comenzó a decir Marina, en un tono mucho más comedido y respetuoso de lo que él hubiera esperado – , ¿por qué no nos cuenta algo de su experiencia profesional? Dicen que su récord de victorias es impresionante. Es casi imbatible.

– ¡Qué va, amiga! En este mundo nadie es imbatible – se defendió él – . Esos son cuentos de camino y la mejor prueba fue la partida del debut. El nivel de los maestros internacionales es bastante parejo. Tienes un mal día y caes ante cualquier rival.

Gardel movió la cabeza, como si espantara una idea desagradable.

– Ya lo ha dicho usted: «un mal día». Pero aquí todos conocemos algún que otro detalle de su historia profesional y sabemos que casi nunca pierde. Y le aseguro que Buenos Aires pasará a la historia como el lugar en que el gran José Raúl Capablanca defendió y mantuvo el título de campeón mundial de ajedrez. ¿No piensan ustedes lo mismo? – terminó diciendo, dirigiéndose al resto de la concurrencia.

Los aludidos estuvieron ruidosamente de acuerdo. Y entonces Razzano propuso un brindis por la victoria del campeón. Así lo hicieron, y luego casi todos los presentes dijeron alguna palabra de apoyo a Capablanca. Algunos de ellos se deshicieron incluso en halagos hacia el cubano. De repente todos sabían algo de ajedrez, todos estaban al día del campeonato y hasta conocían detalles de su partida contra Alekhine. Y todos estuvieron convencidos de que Capablanca retendría el título de campeón por muchos años. Por su parte, Guillermo Barbieri afirmó que sabía jugar bastante bien, y que asistía con frecuencia a un club para aficionados que había cerca de su casa. Le gustaría, si en algún momento el señor Capablanca disponía de tiempo, probar suerte con él. Éste le respondió que lo tendría en cuenta, sobre todo si se lo encontraba en alguna de las simultáneas que pensaba dar en Buenos Aires. De todos modos, dijo con una alegre sonrisa, le recomendaba que no dejara la carrera de músico, pues, además de hacerlo muy bien, con ella sí tenía el sustento asegurado, lo cual no podría decirse seguramente de la práctica del ajedrez.

– No crea, amigo – respondió Barbieri – la vida del músico es bastante dura.

Y miró al dueño del café, que para entonces se había cambiado a una silla más próxima y sonreía todo el tiempo, satisfecho de contar esa noche con invitados de tanto nivel. Capablanca, por su parte, dudaba para sus adentros. Le parecía poco probable que alguno de los allí presentes supiera en realidad en qué consistían sus méritos como jugador de ajedrez. Pero igualmente se sentía feliz de percibir tanto cariño y calor humano por parte de personas a quienes veía por primera vez. Si exceptuaba a Gardel, a quien tampoco conocía personalmente, no había visto nunca aquellas caras que ahora lo miraban con una sincera admiración. Entonces el cantor, que oficiaba de patriarca de aquella cofradía, puso la mano sobre el brazo de Capablanca y le dijo sonriente:

– No se preocupe por Guillermo, que lo suyo es tocar la guitarra. Eso sí, muy bien. Pero no creo que se atreva con las piezas del ajedrez. Y usted, ¿por qué mejor no nos dice cómo se siente en Buenos Aires? Ya se habrá dado cuenta de que los argentinos son gente muy cariñosa, ¿no?

Entonces reparó en que Nina Mederos lo estaba observando de un modo raro, quizás incluso provocador. Y se detuvo un breve instante en ella. No era una mujer hermosa, pero tenía ojos profundos y labios gruesos y sensuales. En aquel momento, precisamente, los distendía en una sonrisa que él no lograba descifrar. Cuando iba a responderle a Gardel, José Ricardo tomó la palabra y dijo divertido:

– Che Carlitos, no digás pavadas, que podés ponerlo al señor Capablanca en un aprieto.

– ¿Por qué? – dijo Nina Mederos, replicando a Ricardo, pero mirando de reojo a Marina Lemm – . ¿Acaso no es verdad que somos gente cariñosa?

– No, José – dijo Capablanca, dirigiéndose al guitarrista – no se preocupe. No son pavadas, como usted dice. Es cierto que siento mucho cariño aquí en la Argentina – y volviéndose hacia la Mederos – : Pero ustedes no son los únicos. Los cubanos también son muy cariñosos.

– Sí – respondió la aludida – , eso ya lo sabía yo. Todo el mundo lo dice – y, haciendo una pausa se levantó – . Y ahora les pido disculpas; tengo que irme a cantar.

Capablanca consideró que había llegado el momento de darle un vuelco a la conversación y dijo, para todos los que seguían allí:

– ¿Ninguno de ustedes ha estado en Cuba?

Gardel elevó la voz para decir:

– Todavía no; pero iré sin falta. Quizás incluso pronto. La verdad es que me gustaría mucho conocer a esa gente de su isla.

– Se la recomiendo. Le va gustar. Además, allí se le conoce y se le quiere mucho. Verá qué bien lo tratan.

– Sí – dijo Gardel. Su voz sonaba ufana – . Seguro que iré; pero será más adelante. Por ahora hay que seguir luchando por conquistar Europa. ¿Verdad, José?

Razzano levantó la copa y brindó por Cuba. Los demás lo imitaron. Luego Capablanca preguntó, de nuevo a Gardel:

– ¿Ha estado en España?

– Varias veces, en Madrid y en Barcelona; aunque también actuamos en Vitoria.

– Madrid es fabuloso – dijo Barbieri, que no había hablado mucho hasta ese instante, sobre todo La Gran Vía. ¡Qué de minas en la Gran Vía!

José Ricardo lo interrumpió burlón.

– ¿Querés que haga el cuento de la percanta que te encontraste en la Gran Vía?

Gardel fingió que les peleaba.

– Dejen eso para otro día. ¿No ven que hay una dama presente? Discúlpelos, señora. – Aquí hubo unos instantes de silencio y confusión, y Gardel volvió a dirigirse a Capablanca – . La última vez fue el año pasado. Grabamos en Barcelona y luego pasamos a Madrid y actuamos en el teatro Romea. Y el mes que viene, es decir, dentro de unos días, partiremos de nuevo.

– El primer viaje a España fue apoteósico – insistió Ricardo, que ya experimentaba los efectos del vino y seguía varado en sus recuerdos – . Cuando actuamos en el Apolo, la reina y las infantas no salían del teatro. La infanta Isabel iba casi todas las noches a vernos.

Carlos Gardel no lo desmintió. Volvió a dirigirse a Capablanca y dijo sonriente:

– Es verdad; pero eso ya pasó. Ahora hay que conquistar París – y aclaró que, al igual que la vez anterior, sería primero España. En Barcelona pensaban grabar algunos tangos, entre ellos ése que le gustaba tanto a él y que le habían dedicado hoy.

– Muchas gracias de nuevo – dijo Capablanca y, aprovechando la pausa que abrieron sus palabras, preguntó a Gardel por qué cantaba tangos – , quiero decir, por qué precisamente tangos.

El cantor pareció sentirse sorprendido por la pregunta, como si nunca antes se la hubiera formulado a sí mismo.

– Al principio de mi carrera Razzano y yo interpretábamos temas camperos. Pero luego me fui decantando por el tango. Creo que a la gente le gustaba mucho más. ¿Y sabe por qué? Porque el tango nació aquí, con esta gente; nacieron mezclados y crecieron juntos, el tango y los porteños. Esta música es parte de nuestra conciencia, del alma nacional. Y yo soy muy criollo, ¿sabe? Soy parte muy firme de este pueblo. Creo que yo no sólo canto el tango; yo lo vivo. Sí, el tango es mi vida. Yo soy él y él es yo; yo soy el tango, amigo Capablanca.

– ¿Podría cantar otros géneros?

– Claro que podría; pero en ese caso sería un cantor de tangos que se ha prestado para cantar, eventualmente, otra cosa. No más que eso. Por cierto, usted me lo pregunta porque no sabe lo que es el tango. Ya le dije que es un sentimiento colectivo, el sentimiento del porteño. Por eso, cualquiera con una buena voz puede cantarlo; pero no todo el mundo puede hacerlo bien. ¿Y sabe por qué? Para cantarlo bien, hay que sentirlo. Para entonar un tango no basta con tener la voz más melodiosa del mundo. No. Hay que sentirlo; y yo lo siento.

– ¿Y en otros idiomas? ¿No ha pensado en cantar algo en inglés? En los Estados Unidos hay un público enormemente extenso y rico.

– ¡Qué dice usted, mi amigo! Yo no podría cantar en otro idioma. Lo mío es el español. Y es más, no sólo el español, sino el porteño. No podría siquiera decirle a una mujer “¿me quieres?». No lo sentiría. Yo tengo que decir “¿me querés?», como decimos en porteño. Para nosotros el «vos» es tan importante como el aire. Si nos lo quitaran un día de repente, nos quedaríamos mudos de viaje. Y ya le dije que el tango es puro sentimiento. Sin sentimiento no hay tango, como no hay lluvia sin nubes o marejada sin oleaje.

– Entiendo – dijo Capablanca – . Sentimiento y pasión. Siempre me ha parecido que los rioplatenses le ponen mucha pasión a todo lo que hacen.

– Y le parece bien – respondió Gardel – . Eso es exactamente así. Por eso el tango existe, porque es pasión. Todo ese mundo donde nació el tango está lleno de pasión. Mujeres que aman y son capaces de cualquier cosa por su hombre; hombres que se baten con el cuchillo por mantener limpio su honor. No sé si sabe que el tango surgió en el arrabal, en los cafetines de mala muerte y en las casas de mala reputación. Allí la gente es pobre y tiene poca cosa que perder; por eso tratan de conservar lo único que tienen, cosas que no se compran con dinero, como el amor, la amistad y, claro, el honor. De eso tratan las letras de los tangos, por cierto. ¿Y sabe por qué gusta tanto? Porque está hecho con alma. Sale del alma del compositor, pasa por el alma del intérprete y va directo al alma de quien lo escucha. Directo, como un puñal o una bala. No sé si me entiende.

En el silencio que sobrevino cada cual parecía estar formulándose su propia idea del tango. Nadie, sin embargo, se atrevía a agregar nada a las palabras de Gardel. Éste, que se sentía en la obligación de mantener alegre a su invitado, le preguntó de repente si no le gustaban las carreras de caballos. Al oír la frase, Capablanca se alegró sinceramente.

– Yo soy un competidor nato, amigo Carlos – respondió enseguida – . Me gustan los retos y me gusta ganar.

– En eso nos parecemos, pues. Pero no me ha respondido. ¿Le gustan las carreras de caballos?

– Mucho, aunque no había pensado en ellas. ¿Se dan buenas en Buenos Aires?

Gardel rió satisfecho.

– Eso depende. Si corre Lunático, seguro que la carrera es buena.

– ¿Quién es Lunático? ¿Un jockey?

– Es mi caballo – explicó Gardel – . Un potrillo que corre como una exhalación. Y el jockey es casi mi hijo. Se llama Leguisamo y es el mejor de los mejores. Se lo aseguro.

Capablanca se animó más aún.

– ¿Cuándo corre?

– El domingo 23 de octubre, y quizás también el siguiente. Yo estaré allí, claro. Aunque estamos preparando el viaje y a lo mejor tenemos grabación algunos de esos días – Aquí Gardel extendió la mano hacia Razzano – . Pero nuestro amigo José no se pierde una carrera. Y usted, ¿irá?

– Es muy probable – respondió Capablanca, y para sí añadió: «Si todavía estoy en Buenos Aires».

Como si fuera la cosa más natural del mundo, levantas tu dama desde la casilla en que ha permanecido durante las últimas jugadas, y la llevas hasta ésa que acaba de ocupar el único alfil de tu rival. Una vez allí, ejecutas un movimiento rápido de muñeca y cambias una pieza por otra. Seguidamente, colocas el alfil bien fuera del tablero. Juan Corzo frunce el ceño y levanta un instante la mirada hacia tus ojos, como si no pudiera creer lo que acaba de ver. Sí, te has vuelto loco, pensará sin duda. No puede ser que se lo hayas puesto tan fácil. Ahora él se comerá tu dama con la suya; tranquilamente, sin que tú te lleves nada a cambio. Corzo, que es un tipo tan inteligente como racional, no puede imaginarse, sin embargo, que todo esto forma parte de tu juego. Le es mucho más fácil pensar que ha sido un error tuyo. En definitiva, no eres nada más que un niño. Y así, ¿qué tendría de extraño que un chiquillo que acaba de cumplir trece años juegue todavía con cierta torpeza al ajedrez? Esto, lo sabe todo el mundo, es una ciencia que requiere no sólo de inteligencia natural, sino también de madurez y capacidad de análisis. Y, por muy inteligente y hasta genial que pueda ser un chiquillo de tu edad, un niño es siempre un niño. Tú tienes, por supuesto, otra opinión. Sientes dentro de ti una fuerza que él no es capaz de conocer ni apreciar. Ni él ni nadie… todavía. Sabes que en los últimos meses se habla mucho de ti, que se ha hablado sobre todo desde hace unas semanas, cuando le ganaste a todos los miembros del club excepto a Juan y a su hermano Enrique. Has oído cómo en repetidas ocasiones se te alaba, pero siempre con aquello de que sí, es verdad, el muchacho tiene mucho talento, y a lo mejor, futuro; pero hay que ver que no se malogre de aquí a allá. Aún tiene que crecer y madurar. Y ahora que cree haberte pillado en un fatal error, Corzo apenas puede esconder su condescendencia. Ya lo ven, señores, dirá después de la partida, yo tenía razón: el niño de Capablanca es todavía, pues eso, un niño. Por motivos bien opuestos, tú estás igual de eufórico, aunque también te esfuerzas en disimularlo. Cómo no ibas a estarlo, si tienes ya tres partidas ganadas y, si te llevas ésta, habrás ganado el encuentro con Corzo. Y ahí lo tienes enfrente, convencido de que has cometido un gran error, y que será él quien habrá de llevarse la partida. Ahora finge que piensa, aunque no es cierto. La euforia no lo deja. Además, está seguro de que no lo necesita, que tú solito te has metido en el hueco. De manera que juega y, con toda la lógica del mundo, se come tu dama. Muy bien, amigo Juan, ha mordido usted el anzuelo.

Juan Corzo es una persona legal, un hombre honrado, que te ha ayudado mucho con todo tipo de consejos y recomendaciones. Durante todos estos años ha sido como un maestro para ti. Desde aquella tarde en que tu padre te trajo por primera vez al Club, sin haber cumplido aún los cinco años y le ganaste al señor que te dio la dama de ventaja, Juan te ha considerado siempre como su mejor pupilo. Quiere – eso sí – demostrarte que la maestría en ajedrez es algo que no cae del cielo, como el talento, sino que requiere de tiempo, experiencia y estudio. El hecho de que le ganes a tu padre y a unos cuantos maestrillos en la ciudad, no significa que seas el número uno de Cuba. Ese lugar le pertenece a él, que para eso es el campeón real del país. Eso, desde luego, tú lo conoces bien, pero sabes también que en los últimos tiempos has aprendido mucho, que durante las últimas semanas algo parece haberse liberado en tu cabeza, y que hoy por hoy te sientes capaz de muchas cosas. Por eso le agradeces enormemente que te haya propuesto este encuentro entre tú y él, el primero que gane cuatro partidas será el campeón moral de Cuba. En fin, que ahora él te mira sin poder esconder un poco de lástima…

De manera que se ha comido tu dama, y tú no haces el más mínimo gesto. Te gustaría que supiera que no ha sido ningún error tuyo, que eso formaba parte de tu plan. Pero el ajedrez es un juego de silencios, te ha dicho él mismo alguna vez. Sea, pues, máxime cuando aún no sabes si tu plan dará resultado. En definitiva, él también juega. Pero lo que sí sabes – eso está claro, cada vez más claro – es que, a sus ojos, tú sigues siendo un niño, un muchacho atrevido que se figura que el hecho de haber ganado unas partidas a algunos de los miembros del Club, le da derecho a disputar un encuentro de tú a tú con él, con Juan Corzo, el campeón cubano de ajedrez.

Mientras reflexionas de este modo, Juan, cada vez más seguro de su victoria, cambia varias veces la vista del tablero a tus ojos y viceversa, como si ya empezara a saborear el triunfo. Tú, por lo pronto, te limitas a hacer avanzar un peón. Una casilla, pero eso también es avanzar. Él mueve la torre y te vuelve a mirar. Sí, después de todo, eres un muchachito que tiene todavía mucho que aprender con los mayores. Si de verdad jugaras al ajedrez no hubieras hecho eso, hijo, no podías en ningún caso regalarle la dama así como así, cambiándosela no más por un vulgar alfil. Nadie regala una dama, muchacho, a no ser un chico sin experiencia como tú. Y lees claramente en sus ojos: después de todo, no era tanto el peligro. ¿Cuánto peligro puede haber en el ajedrez de un chico de apenas doce o trece años? Ahora sabe que, en definitiva, a un chiquillo de esa edad no hay que tenerle miedo. Las tres partidas anteriores no las has ganado tú, sino más bien las ha perdido él. Y ahora te lo demostrará, y te pondrá la mano en la cabeza, «lo has hecho muy bien, muchacho, pero debes crecer un poco más. Tienes un buen futuro; sigue estudiando y lo verás. Quizás en el próximo encuentro haya más suerte.» Sí, eso es lo que piensa decirte, y sientes que tiene el discurso preparado. Sólo que él no lo sabe aún; no sabe que eso no ocurrirá, porque ya se comió tu dama; ya ha picado el anzuelo que le ha lanzado un muchachito de trece años, un niño que ha tenido el atrevimiento de aceptar su reto.

Pasadas unas jugadas, le comes el caballo que le quedaba. ¿Se habrá ya dado cuenta de que el error, si es que ha habido alguno, ha sido suyo? Quizás ahora sí, o tal vez más adelante, en la treinta y seis, cuando él también pierde su dama, víctima de tu torre. Y, con esto, ya están de nuevo parejos en calidad, con la diferencia de que tú tienes mejor posición que él. Sí, ya se ha dado cuenta de que las cosas no van bien, que la partida ha tomado el rumbo que tú le has querido dar. Te esfuerzas en contener o, más bien, en disimular el entusiasmo. No olvides nunca, José Raúl, que el ajedrez es un juego de caballeros, que los silencios forman parte del ritual, como en una ocasión te explicó este mismo Juan Corzo que ahora lucha frente a ti. Sí, lucha y lucha y se defiende bien, que no por gusto es el campeón de Cuba. Pero tú vas desgastándolo paso a paso, liquidándolo pieza tras pieza, haciéndolo retroceder y refugiarse, cada vez más solo y desvalido, en una esquina del tablero. Ya vas por él, ya preparas el golpe definitivo. Sabes que no hay marcha atrás, que esta última partida será tuya, y con ella, ganarás el primer encuentro serio de tu vida.

Aún hay movimientos, pequeños combates puntuales; pero Corzo ya nada puede hacer. Y así, movimiento a movimiento, vas desarmando lo que le queda de defensa, construyendo este primer gran triunfo tuyo, hasta que, en la jugada 60, cansado de huir, el campeón de Cuba eleva la vista hasta tus ojos y asiente con un movimiento de cabeza. Enseguida se levanta del asiento y te extiende la mano. Tú haces lo mismo y allí, en el Club de Ajedrez de La Habana, realizas tu entrada en el mundo de los grandes del ajedrez en Cuba. Por ahora en Cuba…

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Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
19 ağustos 2020
Hacim:
290 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9785005134158
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