Kitabı oku: «Psicoterapia breve psicoanalítica»

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Psicoterapia breve psicoanalítica

Una experiencia de psicoanálisis aplicado

Clínica y teoría

Antonio Pérez-Sánchez


Colección Psicoterapias

Créditos

Título original: Psicoterapia breve psicoanalítica – Una experiencia de psicoanálisis aplicado – Clínica y teoría

© Antonio Pérez-Sánchez, 2014

© De esta edición: Pensódromo SL, 2014

Revisión y corrección:

Miquel Àngel Riera

Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions

Diseño de cubierta:

Pensódromo

Editor: Henry Odell

p21@pensodromo.com

ISBN ebook: 978-84-124690-5-9

ISBN print: 978-84-122116-8-9

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Índice

1  Agradecimientos

2  Prólogo por Francisco Palacio–Espasa

3  Introducción 1. Fuentes de la obra a) Monografía «Elementos de Psicoterapia Breve Psicoanalítica» b) Seminario y supervisión en un proyecto de investigación de Psicoterapia de Orientación Psicoanalítica (POP) 2. Estructura y método de la obra 3. Aspectos a investigar a) La indicación de la PBP b) Importancia del tiempo y la focalización como factores específicos de la PBP c) Intervenciones terapéuticas prioritarias en PBP d) Proceso psicoterapéutico en PBP e) Influencia de la supervisión en el trabajo del terapeuta

4  Capítulo I – Modelo de la mente y Psicoterapia Breve Psicoanalítica 1. Las aportaciones de M. Balint 1.1. Consideraciones generales 1.2. M. Balint: el caso del Sr. Baker 1.3. Comentarios al caso del Sr. Baker y al modelo de la mente implícito 2. Un modelo psicoanalítico de la mente

5  Capítulo II – Conceptos psicoanalíticos básicos aplicados a la psicoterapia y definición de Psicoterapia Breve Psicoanalítica 1. Conceptos generales 1.1. Encuadre 1.2. Tipo de relación de objeto 1.3. Trabajo interpretativo 1.4. Importancia del aquí–y–ahora de la situación terapéutica 2. Conceptos técnicos 2.1. Conceptos técnicos en función del paciente 2.2. Conceptos técnicos en función del terapeuta 3. Definición de Psicoterapia Breve Psicoanalítica en el contexto de otras psicoterapias psicoanalíticas 3.1. Psicoterapia breve psicoanalítica: concepción de lo psicoanalítico 3.2. Psicoterapia breve psicoanalítica: concepción de lo psicoterapéutico 3.3. Psicoterapia breve psicoanalítica: concepción del tiempo

6  Capítulo III – Indicaciones de la Psicoterapia Breve Psicoanalítica 1. Generalidades 2. Enfoque clásico 2.1. Motivación para el cambio 2.2. Capacidad de autoobservación y de insight 2.3. Otros criterios 3. Indicadores psicodinámicos para la psicoterapia psicoanalítica 4. Criterios de indicadores psicodinámicos específicos para la Psicoterapia Breve Psicoanalítica 5. Material clínico: tabla y resúmenes de casos 5.1. Material clínico A: Tabla de psicoterapias terminadas 5.2. Material clínico B: Breves resúmenes de algunos casos de la tabla 5.3. Comentarios generales sobre los casos de la tabla 5.4. Material clínico C: Caso I. «El chico responsable de la “higiene” relacional familiar» (Caso 10) 5.5. Comentarios al caso I

7  Capítulo IV – Pacientes no indicados, contraindicaciones e interrupción de entrevistas diagnósticas 1. Generalidades 2. Pacientes no indicados. Material clínico: Tabla y resúmenes de casos 2.1. Material clínico A: Tabla de pacientes no indicados para PBP 2.2. Material clínico B: Resumen de casos 2.3. Comentarios generales a los pacientes no indicados 3. Pacientes que interrumpen el proceso diagnóstico 3.1. Material clínico A: Tablas de casos que interrumpen el proceso diagnóstico 3.2. Material clínico B. Resumen de casos que interrumpen el diagnóstico 3.3. Comentarios generales e hipótesis sobre las interrupciones durante el proceso diagnóstico 4. Contraindicaciones 5. PBP y otras terapias alternativas o concomitantes

8  Capítulo V – Focalización 1. Introducción 2. Concepto de focalización 2.1. Contexto del foco 2.2. Niveles del foco 2.3. Deslizamiento del foco 3. Focalización y método psicoterapéutico en PBP 4. Especificidad de la focalización en PBP 4.1. La focalización no es exclusiva de la PBP 4.2. Diferencias entre la focalización en PBP y la psicoterapia de larga duración 4.3. La focalización no es imprescindible para la PBP 4.4. La focalización sola no es un factor suficiente para la realización de la PBP 5. Focalización y proceso psicoterapéutico 6. Material clínico. Caso II: Histeria y conflicto materno 7. Material clínico. Caso III: «La mamá híper–responsable» 8. Focalización: síntesis

9  Capítulo VI – Intervenciones terapéuticas e interpretación 1. Cuestiones generales 2. «Intervenciones» no verbales 3. Intervenciones verbales 3.1. Intervenciones no interpretativas 3.2. Intervenciones interpretativas 3.2.1. Interpretaciones no transferenciales 4. Material clínico: I. Etapa diagnóstica II. Proceso psicoterapéutico III. Inicio de la elaboración de la terminación 5. Material clínico: I. Etapa diagnóstica II. Inicio de la psicoterapia III. Etapa media del proceso psicoterapéutico IV. Etapa de terminación V. Entrevistas de seguimiento

10  Capítulo VII – Tiempo y proceso psicoterapéutico 1. El tiempo 1.1. El tiempo en las psicoterapias psicoanalíticas y en PBP 1.2. Duración de las sesiones 1.3. Frecuencia de las sesiones 1.4. Duración del tratamiento 2. El proceso psicoterapéutico en PBP 2.1. Etapa diagnóstica y de indicación de psicoterapia 2.2. Etapa de establecimiento de la relación terapéutica 2.3. Etapa intermedia 4. Comentarios generales al Caso VI en relación al tiempo

11  Capítulo VIII – Terminación en Psicoterapia Breve Psicoanalítica 1. Terminación y etapas del proceso psicoterapéutico 1.1. Terminación y primera etapa: tiempo prefijado 1.2. Terminación y etapa media: «olvido» del tiempo 1.3. Terminación y etapa final. Fase de terminación propiamente. Inicio de la elaboración del duelo por el final 2. Entrevistas de seguimiento post–terminación 3. Material clínico: Caso VII. I. Entrevistas diagnósticas II. Inicio de la psicoterapia. Primeras sesiones (3ª y 4ª) III. Etapa media del proceso IV. Etapa de terminación V. Entrevistas de seguimiento

12  Capítulo IX – Interrupción en Psicoterapia Breve Psicoanalítica 1. Concepto de interrupción de la psicoterapia 2. Material clínico 2.1. Material clínico A: Tabla 2.1.1. Comentarios a la tabla 2.2. Material clínico B: Resúmenes de los casos 3. Conclusión. Hipótesis generales de la interrupción 4. Formas de interrupción

13  Capítulo X – Aprendizaje y supervisión en Psicoterapia Breve Psicoanalítica 1. Aprendizaje en PBP 2. La supervisión 2.1. Cuestiones generales 2.2 Ilustración clínica de una supervisión colectiva 3. Conclusiones finales

14  Apéndice – Casos clínicos detallados

15  Bibliografía

16  Acerca del autor

Agradecimientos

Parte del material recogido en esta obra surge de un proyecto de investigación en psicoterapia psicoanalítica del que formé parte, como director de un seminario teórico introductorio de la psicoterapia breve primero, y posteriormente como supervisor de las psicoterapias que se incluían en el mismo, lo que explicaré más detalladamente en la Introducción. E. de la Lama fue el coordinador del proyecto y depositó en mí la confianza para llevar a cabo dicha colaboración, por lo que le estoy muy agradecido. La experiencia duró casi siete años y en el transcurso de la misma participaron un total de dieciocho psicoterapeutas que menciono a continuación con el número de psicoterapias realizadas respectivamente entre paréntesis: Juan Carlos Alba (1), Miguel Álvarez (6), Isabel Benítez (2), Mª Call (2), Mª Rosa Coca (3), Mª Teresa Font (1), Cristina García (2), Neus García (1), Ana Garre (6), Jesús Gracia (4), Mª Jesús Larrauri (1), Rosa Mª Roca (2), Jaume Rovira (4). Mabel Silva (3), Santiago Surís (6), Pilar Tardío (3), María Trías (7) y Isabel Vallés (1). El material que conforma las tablas y algunas de las ilustraciones clínicas extensas de los capítulos proceden de sus presentaciones en los seminarios de supervisión, mi agradecimiento a todos ellos. A los seminarios acudieron también como observadores alumnos del Máster de la Fundación Vidal i Barraquer, que colaboraron registrando los comentarios del grupo, no puedo mencionarlos a todos, pero sí al menos dejar constancia de mi gratitud.

Obviamente, mi agradecimiento también para los compañeros del equipo del Centro de Salud Mental de Sant Andreu (Barcelona) con los que publicamos los primeros esbozos de la Psicoterapia Breve Psicoanalítica. Ellos son: Marimí Anabitarte, Javier Bermejo, Marta Canals y Rosendo Camón. Recordar de manera especial a Francisco Palacio–Espasa que me honró con la pronta y generosa aceptación en prologar el libro.

Finalmente, no puedo dejar de expresar mi agradecimiento a los editores: Salvador Foraster por su pronta disponibilidad aceptando mi texto para iniciar la colección Psicoterapias, y a Henry Odell por su amable y paciente guía en las cuestiones técnicas.

Prólogo

por Francisco Palacio–Espasa1

Es para mí una enorme satisfacción presentar este libro y no sólo porque tengo en gran estima personal a su autor sino porque comparto con él su interés por las grandes posibilidades terapéuticas que tiene el psicoanálisis sin que se recurra necesariamente al encuadre clásico «cura tipo» de cuatro o cinco sesiones por semana.

El autor es muy modesto cuando en la Introducción dice que este libro no es sino parcialmente un «Manual de psicoterapia breve». Sin embargo, para los que hemos seguido desde los trabajos de Malan en los años 60 y los del grupo de Lausana (P.B. Schneider, Guillieron) y continuadores actuales sobre las psicoterapias breves psicoanalíticas, este libro es un modelo de claridad y de precisión tanto teórica como técnica.

La revisión de la literatura sobre el tema que hace en el primer capítulo muestra como esquiva los riesgos de caer en modelos rígidos, que pese a su utilidad en bastantes casos, se pueden transformar en excesivamente constrictivos en otros, perdiendo contacto con el sufrimiento y la realidad del paciente.

Su modelo psicoanalítico de la mente se inspira en los desarrollos de M. Klein y los autores post–kleinianos (Bion), de las bases de la teoría y la técnica del psicoanálisis establecido por Freud y su escuela. Es un modelo que yo comparto porque tiene en cuenta las ansiedades precoces fácilmente vividas como aniquilantes y o catastróficas que movilizan mecanismos defensivos radicales, como la escisión, la negación, la proyección, etc., que perturban severamente el funcionamiento psíquico. Estas angustias y mecanismos radicales se organizan, con el desarrollo, en vivencias más realistas de preocupación por la pérdida de las personas investidas libidinalmente. Tales vivencias movilizan mecanismos de defensa que dan lugar a conflictos psíquicos y crean mucho sufrimiento pero son más fácilmente accesibles para el individuo.

En el capítulo II se revisan de modo claro y preciso cómo los conceptos psicoanalíticos se aplican a las psicoterapias para diferenciar la psicoterapia psicoanalítica breve del psicoanálisis y de la psicoterapia psicoanalítica sin limitación en el tiempo.

La limitación en el tiempo (entre seis meses y un año) precisada desde el momento que se indica la psicoterapia reclama una «focalización» sobre el conflicto o conflictos centrales del sujeto. La frecuencia de una sesión a la semana y la actitud receptiva pero activa del psicoterapeuta señalando los conflictos en el «aquí y ahora» sobre todo busca la integración del foco conflictual central y su elaboración junto con el duelo de la terminación de la terapia fijada de antemano.

En el capítulo III se precisan las características estructurales y dinámicas de los casos en que están indicadas las psicoterapias breves entre los que sobresalen: la motivación del paciente para modificar su sufrimiento (lo que implica capacidad de auto observación de sí mismo, así como de las relaciones con los otros) y un cierto grado de confianza en la posible ayuda del psicoterapeuta. Lo que nosotros2 hemos llamado «pretransfer positivo» en las intervenciones psicoterapéuticas breves padres–niños.

En este capítulo se detallan muy precisamente las características de estos pacientes, así como los indicadores psicodinámicos para la psicoterapia psicoanalítica breve.

Solo comentaré: la tolerancia al dolor–placer, al sufrimiento al desplacer, etc., así como el contacto de estos pacientes con los aspectos infantiles de su personalidad y su tolerancia a las ansiedades de vinculación versus separación.

Con ayuda de casos clínicos trabajados en grupo y supervisados por el autor se precisan los criterios de indicadores psicodinámicos específicos por la Psicoterapia Breve Psicoanalítica. Este capítulo es extraordinariamente didáctico y matizado así como el siguiente.

En el capítulo IV se precisan los límites de las indicaciones, las contraindicaciones y los casos que tienen tendencia a interrumpir las entrevistas diagnósticas. Entre las contraindicaciones se destacan los trastornos severos de la personalidad de tipo narcisista o los duelos patológicos con grandes mecanismos de negación de los conflictos emocionales.

Los capítulos V, VI, VII y VIII detallan los elementos técnicos de la «focalización» del conflicto psíquico; las interpretaciones centradas en el «aquí y ahora»; el papel del tiempo limitado en el proceso terapéutico y la terminación o interrupción de la psicoterapia.

Sin embargo hay que precisar que estas directivas técnicas nunca son aplicadas rígidamente sino adaptadas con flexibilidad a las asociaciones y conflictos del paciente. Así pues se hacen interpretaciones transferenciales como lo muestra el caso del «hombre de los petardos» a quien se le analiza con éxito el transfer negativo; así como se proponen «construcciones» de conflictos infantiles en este mismo caso. También con el tiempo y la duración del tratamiento hay una gran flexibilidad bajo la forma de proposición de entrevistas ulteriores a los tres o seis meses y un año.

El capítulo X trata el problema de la formación y la supervisión en PBP.

El rigor de los desarrollos teóricos y técnicos junto con la flexibilidad para adaptarse a las particularidades del paciente constituyen la riqueza y sutileza de este libro que no dudo en recomendarlo vivamente a los profesionales de la psicoterapia, médicos psiquiatras, psicólogos, educadores, etc. Así como a estudiantes de estas diversas disciplinas interesados por el tema.

Y no puedo concluir sin felicitar de todo corazón al autor de quien conozco otras obras de calidad teórica y técnica igual de encomiables.

Ginebra, Septiembre de 2013

Introducción
1. Fuentes de la obra

Esta obra es el resultado de la conjunción de varios factores. Una publicación anterior, Elementos de Psicoterapia Breve Psicoanalítica (1990), en la que colaboraron algunos compañeros, como ya indiqué en Agradecimientos. Un seminario teórico introductorio sobre la técnica de Psicoterapia Breve Psicoanalítica (PBP) seguido de varios años de trabajo de supervisión de las psicoterapias realizadas con un grupo de psicoterapeutas de las cuales me hice cargo, y que formaba parte de un proyecto de investigación en Psicoterapia de Orientación Psicoanalítica (POP). Y finalmente, otros seminarios que he impartido sobre el tema, así como mi propia práctica con esta modalidad tanto en el ámbito público como en el privado.

a) Monografía «Elementos de Psicoterapia Breve Psicoanalítica»

El punto de partida arranca de la experiencia habida en un Centro de Salud Mental en el que tratamos de aplicar los fundamentos psicoanalíticos a una práctica psicoterapéutica a tiempo limitado y relativamente corta. Puesto que se trataba de una tarea poco frecuente en nuestro medio en ese momento, años noventa, acudimos a algunas referencias clásicas de orientación psicoanalítica, en especial M. Balint (1961, 1972) y D. H. Malan (1963, 1976 y 1979). Aunque dichos presupuestos teóricos fueron adaptados en función de nuestro modelo de concepción de la mente, algo diferente del de tales autores. Con esos elementos iniciamos una experiencia con pacientes del centro y la fuimos discutiendo entre nosotros. Como resultado de ello, al cabo de un tiempo, publicamos sendos trabajos sobre tres aspectos de la psicoterapia breve: I. Concepto (A. Pérez–Sánchez, J. Bermejo, M. Canals, 1987); II. Focalización (A. Pérez–Sánchez y M. Anabitarte, 1987) y III. Tiempo y terminación (A. Pérez–Sánchez y R. Camón, 1987) que posteriormente reuní y amplié de lo que resultó la monografía Elementos de Psicoterapia Breve Psicoanalítica (1990). Agotada la edición de esta última y siendo un tema de interés para el trabajo de la asistencia en salud mental, en general, y particularmente en la pública, me plantée la posibilidad de recuperar la monografía. Pero al hacerlo encontré que, desde el momento de su publicación, había acumulado y registrado un considerable material y experiencia a partir de las otras fuentes citadas, por lo que me propuse reescribir la monografía, añadiendo estas últimas, teniendo que reestructurar la obra completamente. En cuanto a Elementos de PBP, incluyo la parte teórica redactada por mí, aunque bastante revisada, con desarrollos de aspectos no suficientemente tratados en aquella. Del material clínico expuesto en la monografía tan sólo recupero el de las psicoterapias que yo realicé.

b) Seminario y supervisión en un proyecto de investigación de Psicoterapia de Orientación Psicoanalítica (POP)

La institución3 a la que pertenecía el Centro de Salud Mental en el que yo colaboraba propuso un proyecto de investigación empírica para evaluar la psicoterapia de orientación psicoanalítica focalizada y a tiempo limitado en la Asistencia Pública, que fue coordinado por E. de La Lama. A fin de unificar criterios y reducir las variables en lo que respecta al terapeuta, se consideró necesario que todos los psicoterapeutas participantes en la investigación asistieran a un seminario introductorio de un curso sobre PBP. Todos los profesionales ya eran psicoterapeutas, es decir, tenían una formación previa en el campo de la psicoterapia, en general. En una segunda etapa, tales psicoterapeutas iniciaron psicoterapias breves con pacientes de la asistencia pública la mayoría, junto a algunos de una institución privada, y se introdujo el criterio imprescindible de que los terapeutas supervisaran todos los casos incluidos en la investigación. Por mi parte4, me ocupé de dirigir el seminario introductorio teórico así como de la supervisión de una de las instituciones que participaron en el proyecto y que incluyó a 18 psicoterapeutas, para lo cual organizamos dos grupos semanales de trabajo, que duró siete años. Otros psicólogos ajenos a los psicoterapeutas del seminario se hicieron cargo de las herramientas de medición de base psicodinámica. A fin de no interferir con cada proceso psicoterapéutico, las escalas propuestas se pasaban al principio, al final y al cabo de un tiempo de finalizado el tratamiento. En el seminario de supervisión se procuró examinar cada psicoterapia con el máximo de frecuencia posible para ir conociendo el curso de la psicoterapia. Se revisaron todas las primeras entrevistas diagnósticas, de manera que el criterio de valoración e indicación de la PBP fuese homogéneo. Asimismo todas las psicoterapias que se encontraban en la etapa de terminación tenían prioridad de presentación en la supervisión. Igualmente tomamos en consideración destacada aquellos tratamientos en los que hubiera surgido alguna incidencia especial: amenaza de interrupción, acontecimiento externo traumático que complicara la vida del paciente o la estabilidad del encuadre, etcétera. Dicho proyecto tuvo lugar en varias Instituciones, como digo, donde se organizaron sendos seminarios, con terapeutas y directores diferentes. En esta obra tan solo me referiré exclusivamente al material recogido por mí en el grupo que yo coordiné. Obviamente, la versión aquí expuesta del material y su elaboración es de mi exclusiva responsabilidad. A fin de preservar la confidencialidad del material, cuando lo hago en extensión procuro adoptar las medidas habituales en estos casos, de evitar los datos externos que pudieran identificarlos, también eludo referirme al terapeuta concreto que los atendió, salvo cuando se trata de material mío. Tampoco me ocupo de la parte empírica de la investigación en la que no participé. E. de la Lama publicó un estudio sobre el consumo sanitario de pacientes, antes y después de la realización de la PBP (E. de La Lama y cols., 1994).

El método seguido en el seminario de supervisión que yo dirigí fue el siguiente: el terapeuta traía el material escrito de las entrevistas o sesiones, registradas lo más fielmente posible tras el encuentro con el paciente. Se entregaba una copia de este material a cada uno de los miembros del seminario. Una vez leído y discutido el material, los comentarios y sugerencias del supervisor y de los integrantes del grupo eran recogidos por uno de éstos. Cuando, en supervisiones siguientes, se volvía a revisar el mismo caso, se leían tales comentarios, para recordar las opiniones aportadas y las líneas de trabajo sugeridas, y rectificar, si fuera necesario, la fidelidad del registro con lo aportado en el seminario. Dicho procedimiento ofrecía ventajas. En primer lugar, el hecho de que el terapeuta trajera escrita la sesión, y con copia para todos, le obligaba a atenerse a lo allí registrado, y de esa manera comunicar la experiencia lo más fiel posible a cómo la había vivido. Se evitaba así la tendencia inconsciente a modificar sobre la marcha el relato de la sesión para encubrir deficiencias técnicas que en el curso del seminario se pusieran de manifiesto, o para, también sin clara conciencia de ello, entrar en complicidad con el paciente pretendiendo disminuir la gravedad de su psicopatología, o todo lo contrario, dar la imagen de un paciente muy difícil. Ese esfuerzo y rigor en atenerse a lo que uno había observado en el paciente y en la relación con él, según lo registrado inmediatamente después de las entrevistas o sesiones, constituía también una buena fuente de aprendizaje para todo psicoterapeuta. Además, el registro de lo discutido permitía analizar si la(s) línea(s) de pensamiento sugerida(s) en un seminario encuentra(n) continuidad, o no, en el siguiente; y si ello depende de la evolución de la psicoterapia; o si hubo algún aspecto que el grupo dejó pasar por alto, lo que podía entenderse como que la contratransferencia del psicoterapeuta había sido compartida por el grupo de tal manera como para cegarse y no ver dicho aspecto.

Es precisamente ese procedimiento en el trabajo del seminario lo que me permitió la recogida de un rico material, que ahora considero valioso para tener en cuenta y así completar, ampliar y corregir lo que se inició con la monografía Elementos de PBP.

En cuanto a los pacientes procedentes de esta fuente, la Tabla 1 indica algunas estadísticas. Nos fueron derivados para psicoterapia cincuenta y tres5 pacientes. En el caso del Centro de Salud Mental (asistencia pública), la derivación fue realizada por el neuropsiquiatra de zona, informado del proyecto, así como por el propio centro. En este último caso a través de las breves entrevistas de recepción que los trabajadores sociales realizaban y posteriormente discutían con el equipo cada vez que un paciente consultaba. Otra procedencia de los pacientes era el Centro Médico Psicológico de la FVB, por colegas de la propia institución. En esta tabla tan solo recojo los datos relativos a las psicoterapias que pasaron por mi seminario, como ya señalé.

Tabla 1. Pacientes revisados seminario


PacientesTotal 53
No Indicados9
Interrumpe Diagnóstico9
Indicadas35
Interrumpe proceso psicoterapéutico5Entre 1ª y 10ª sesión: 47
Otros períodos: 15 (1), 34ª (1) y 42ª (1)
TerminadasEntre 11 y 15 m: 2428
Entre 6 y 9 m : 3
10 meses: 1

Este es el significado que le doy a algunas de las expresiones utilizadas en la tabla, y que irán apareciendo a lo largo de la obra. Interrumpe el diagnóstico: cuando el paciente ha hecho al menos una entrevista en la que se ha contemplado la posibilidad de psicoterapia, pero no termina el proceso diagnóstico, es decir, interrumpe sin que se le haya indicado el tratamiento de elección. Se consideran entrevistas diagnósticas, los encuentros con el paciente para llevar cabo una exploración psicopatológica clínica y psicodinámica, así como la historia personal fundamental del paciente. En nuestra práctica, ello ha supuesto entrevistas de una hora de duración, y con un total de dos o tres, habitualmente, siendo menos frecuente las de mayor número. Paciente no indicados para PBP, cuando una vez realizadas las entrevistas diagnósticas se considera que el paciente no reúne las condiciones para una PBP, o el terapeuta, como ocurrió en alguna ocasión, no se sintió capaz de asumirlo. Al paciente se le hace otra indicación terapéutica. Indicación de PBP: realizadas las entrevistas diagnósticas el seminario valora que el paciente es subsidiario de PBP. Interrupción del proceso psicoterapéutico: cuando el paciente se le ha indicado PBP, ha iniciado el proceso terapéutico y al cabo de un tiempo lo interrumpe.

De los 53 pacientes, nueve interrumpieron el proceso diagnóstico, es decir, sin que se hubiera establecido aún la indicación terapéutica, aunque eran pacientes, como dije, en principio presumiblemente subsidiarios de ayuda psicológica, por lo que fueron derivados a los psicoterapeutas. No se indicó PBP a otros nueve, entre los cuales se hicieron otras indicaciones que incluyó psicoterapia de apoyo, psicoterapia psicoanalítica larga y psicoterapia de grupo. Es decir, se hizo la indicación de PBP como tratamiento de elección a 35 pacientes. De éstos, interrumpieron el proceso psicoterapéutico 7, por lo que terminaron todo el proceso, 28.

c) Otras fuentes de la obra

Además de los pacientes que formaron parte del proyecto de investigación que acabo de describir, he tenido en cuenta, también, las psicoterapias que llevaron a cabo profesionales psicoterapeutas del mismo centro, pero cuyo trabajo no se incluyó en la investigación. No obstante, con ellos también se realizó el mismo procedimiento de trabajo de supervisión descrito. Asimismo, he tenido en cuenta como fuente de experiencia clínica mi práctica privada con esta técnica. Aunque cuantitativamente mucho menor que la recogida en la pública, tiene su importancia, en cuanto validar este procedimiento como una psicoterapia con sus indicaciones precisas, y no solamente como una manera de descargar la presión asistencial, como podría valorarse si sólo se tiene en cuenta el trabajo en la asistencia pública.

También ha contribuido a enriquecer la obra mi experiencia en la enseñanza de este tipo de técnica psicoterapéutica en seminarios, conferencias y supervisiones dados en diversos lugares.

2. Estructura y método de la obra

En primer lugar, expongo de manera detallada el modelo de la mente que subyace en el trabajo con PBP desde mi perspectiva, para lo cual lo contrasto con el que entiendo que alienta el material clínico de una psicoterapia breve realizada por un destacado psicoanalista, M. Balint (capítulo I). Describo luego los conceptos psicoanalíticos básicos aplicados a esta psicoterapia que me permitan ofrecer una definición de la PBP (capítulo II). Después tomo los elementos fundamentales en una PBP y los desarrollo teóricamente: indicaciones (capítulo III), focalización (capítulo V), la cuestión del tiempo y la terminación (capítulos VII y VIII, respectivamente). Además, dedico un capítulo a las intervenciones terapéuticas e interpretativas, para señalar las que son específicas de esta psicoterapia (capítulo VI). Hay un tema que no suele ser contemplado, hasta donde yo conozco, en los tratados sobre psicoterapia y es el de las deserciones de los pacientes. Bien sea en el mismo proceso diagnóstico, lo que trato en el capítulo IV, donde también incluyo aquellos que no se consideraron aptos para la PBP; así como los pacientes que interrumpieron el proceso psicoterapéutico una vez iniciado el tratamiento (capítulo IX). En ambos casos propongo hipótesis de la interrupción que podrían ayudar a prevenir situaciones similares con próximos pacientes.

Pero quiero destacar que toda esta exposición teórica está fundamentada clínicamente de manera profusa. Se ha tenido en cuenta una suficiente cantidad de ejemplos a fin de ilustrar facetas distintas, que aunque nunca se agotan, pues cada paciente ofrecerá siempre matices nuevos, pueden aproximar más a la realidad clínica.

Podría decirse que la obra se encuentra a medio camino entre un manual de psicoterapia breve, una exposición de la experiencia psicoterapéutica en el sentido narrativo de la misma, según el modelo del «caso único», pero teniendo en cuenta también la cantidad, el número considerable de psicoterapias realizadas. No es un manual puesto que las afirmaciones que se hacen respecto del tipo de procedimiento psicoterapéutico se procura que estén avaladas por la ilustración clínica, pero más aún, porque las conclusiones técnicas que aquí se aportan, en algunos casos pueden verse no tan sólo como ilustración o ejemplo de ese proceder técnico que «el manual» recomienda, sino que es la integración a la técnica de aspectos que la experiencia habida con los pacientes que pasaron por el seminario nos permite hacer; por ejemplo, uno de los hallazgos que podemos adelantar es que hay dos tipos de pacientes en los que se consideró indicada la PBP: los que denominamos con duelo patológico antiguo (DPA) y los adultos jóvenes con una adolescencia tardía no resuelta (AT). De manera que el lector puede asistir a ese proceso necesario en el desarrollo de la teoría en psicoterapia y es que la aplicación de una técnica determinada nos lleva a modificaciones o ampliaciones de la misma. La obra tampoco corresponde al modelo del relato único, más propio del estudio profundo de un solo caso en las publicaciones psicoanalíticas. Y tampoco se pretende que sea una investigación empírica, aunque la experiencia está referida a un número considerable de psicoterapias.

De acuerdo con esa posición en que sitúo la obra, a medio camino entre el manual, lo empírico y el relato del caso único, también la manera de presentar el material clínico responde a una vía intermedia. Así, distingo tres niveles de material clínico. Un nivel A, donde expongo todos los casos recogidos en el seminario en una tabla que incluye brevísimamente un par de datos clínicos destacados, lo que justifica el foco y la indicación, no indicación o interrupción, según el caso. Un nivel B del material clínico en el que muestro un resumen de unos cuantos casos de la tabla, con explicaciones algo más detalladas. Y un tercer nivel C, en el que describo casos completos de psicoterapias realizadas con este procedimiento, desde las entrevistas de indicación hasta la terminación y las entrevistas de seguimiento posterior, cuando las hubo, en los casos que llegaron a término. En total, son siete los casos descritos de manera completa, distribuidos cada uno de ellos en los diferentes capítulos, según el aspecto que me interesaba destacar más. Los incluyo en aquellos capítulos más importantes, por significativos de la PBP, como son los referidos a las indicaciones (capítulo III), la focalización (capítulo V), el tiempo y proceso psicoterapéutico (capítulo VII), intervenciones terapéuticas (capítulo VI) y la terminación (capítulo VIII). Aunque, como se verá, la exposición de estos casos no se limita a mostrar el aspecto del material que ilustra el tema del que trata el capítulo, sino que se hace una extensa síntesis, desde el comienzo a fin. De esta forma se podrá tener una idea del inicio, curso y finalización de siete casos tratados en PBP, lo que permite observar cada uno de los aspectos técnicos en el contexto general de todo un proceso psicoterapéutico, y adquirir más sentido y coherencia clínica. Se advertirá que, algunos de los casos clínicos expuestos para ilustrar especialmente determinados aspectos técnicos, no siempre cumplen los requisitos «teóricamente» requeridos. Ello es intencional, a fin de mostrar la complejidad de la clínica, de manera que las orientaciones «teóricas» y «técnicas», deben tomarse solamente como puntos de partida; un aspecto más, que aleja a la obra del modelo del «manual». Por otra parte, a lo largo del libro, con frecuencia establezco referencias comparativas a las condiciones técnicas de la psicoterapia psicoanalítica y el psicoanálisis, a modo de telón de fondo, que contraste el perfil de la técnica de la PBP. De esa manera, se pretende situar a la última en su especificidad así como retener su procedencia conceptual.

En la obra se encontrarán pues esquemas, resúmenes y tablas. En las publicaciones de ámbito psicoanalítico, tales artificios expositivos suelen ser poco habituales. Y se entiende que así sea, puesto que la complejidad de la mente desde la perspectiva psicoanalítica encuentra más posibilidades expresivas en la narración. Los esquemas y tablas tienen el riesgo de caer en un simplismo y mecanicismo que distorsione la realidad de la clínica. ¿Por qué usarlos, entonces?

Creo que al presentar tanto material clínico, hubiera sido excesivamente farragoso y aburrido si solamente hubiera ofrecido casos «relatados». Por otra parte, la panorámica de un conjunto de casos expuestos muy sintéticamente, lo que he denominado en el nivel A, permite una visión más extensa; que puede completarse con el estudio en «profundidad» de los casos del nivel C. En cuanto a los esquemas, ofrecen puntos de partida, más que conceptos o preceptos técnicos acabados. Son más bien como mapas de un territorio a una determinada escala, que sirvan de guía al lector para que se oriente sobre los criterios fundamentales (teóricos y técnicos) en los que se ha sustentado la PBP.

3. Aspectos a investigar

La revisión del material que ha proporcionado la confluencia de las diferentes experiencias señaladas nos permite indagar sobre una serie de cuestiones, invitando al lector a que haga lo propio. De manera que se trata de saber qué sucede con la propuesta de una técnica terapéutica, una vez puesta en práctica. Estas son algunas de las cuestiones que me han parecido más significativas:

a) La indicación de la PBP

Entendemos por indicación terapéutica la elección de un determinado tipo de tratamiento con una expectativa razonable de que el resultado previsible será proporcional a los esfuerzos desplegados tanto por el paciente como el terapeuta y a los logros conseguidos. Para que los factores considerados determinantes de la indicación tengan suficiente peso es necesario relativizar la importancia de otros que son menos favorables. Algunas cuestiones que cabe plantearse: ¿Qué tipo de relación de objeto (ansiedades y defensas) predomina en los pacientes que consiguieron acabar la PBP, y cuál en los que interrumpieron, o en los que no fueron indicados? Para ello nos resultará útil el concepto de indicadores, que ya propuse en otra parte (A. Pérez–Sánchez, 2006) y aquí adapto a la PBP.

Aún en el ámbito de las indicaciones conviene indagar la importancia del grado de motivación del paciente para la modificación del sufrimiento, en lugar de su evitación. Dicha motivación presupone un cierto grado de conocimiento de aquellos aspectos de la personalidad que contribuyen a generar o perpetuar el malestar. También nos interesa valorar la influencia de las circunstancias externas actuales desencadenantes de la descompensación psicológica, así como su reconocimiento por parte del propio paciente; la antigüedad de las mismas, así como la existencia de antecedentes no resueltos, conectados con ellas. Asimismo, considerar el grado de proporción entre el desencadenante y la reacción del paciente.

b) Importancia del tiempo y la focalización como factores específicos de la PBP

En cuanto al foco, nos preguntamos: ¿Es imprescindible la focalización para realizar una psicoterapia breve? ¿Qué grado de precisión del foco se requiere? En cuanto al tiempo: ¿Es suficiente el tiempo planteado en nuestra técnica para llevar a cabo un trabajo psicoterapéutico? ¿Limita, o por el contrario, estimula dicho trabajo, saber que se cuenta con un tiempo determinado? ¿Existe un tiempo óptimo para la psicoterapia breve? También conviene revisar la relación entre la duración de la psicoterapia y el tipo de intervenciones interpretativas.

c) Intervenciones terapéuticas prioritarias en PBP

En PBP, ¿podemos especificar algunas intervenciones terapéuticas, interpretativas o no, que sean prioritarias para alcanzar, no solo una mejoría clínica sino algún tipo de cambio psíquico?

d) Proceso psicoterapéutico en PBP

El concepto de proceso incluye, a mi entender, el desarrollo de una relación terapéutica entre paciente y terapeuta, con la suficiente duración y frecuencia en el encuentro de ambos como para que se desplieguen manifestaciones de la transferencia, independientemente de que sea interpretada o no. Los factores ya mencionados del foco, tiempo e intervenciones terapéuticas pueden ser estudiados desde la perspectiva del proceso. Es decir, qué modificación experimentan cada uno de estos factores según en qué momento de la psicoterapia se producen. También valorar el tiempo requerido para que se desarrolle un proceso así como las características de la terminación en PBP.

e) Influencia de la supervisión en el trabajo del terapeuta

Dadas las condiciones en que se llevaron a cabo muchas de las experiencias terapéuticas que describo en la obra, conviene estudiar la posible influencia de la supervisión y en qué sentido. ¿Resulta un marco suficientemente continente o por el contrario existe una exigencia superyóica persecutoria? ¿Se modifica la actitud del terapeuta para con su paciente y su comprensión del mismo, antes y después del trabajo de supervisión realizado en el seminario?

No pretendo dar respuesta a todas estas preguntas. Cada una de ellas justificaría un trabajo específico. Pero como aquí trato de ofrecer una visión de conjunto de la experiencia del trabajo en psicoterapia breve, todas estas cuestiones se derivan del mismo. Tan sólo intentaré contestar algunas de ellas. El considerable material expuesto permite dejar abiertas una serie de posibilidades entre las cuales el lector tiene la opción de tratar de encontrar sus respuestas.

Capítulo I Modelo de la mente y Psicoterapia Breve Psicoanalítica

Antes de mostrar mi idea de un modelo psicoanalítico de la mente me referiré a la aportación clínica de M. Balint sobre un caso de psicoterapia breve, y lo examinaré atendiendo al modelo que creo subyace para contrastarlo con el que me es habitual.

1. Las aportaciones de M. Balint
1.1. Consideraciones generales

El psicoanalista británico M. Balint realizó una considerable labor al introducir las aplicaciones del psicoanálisis al campo sanitario general. Fuera del ámbito psicoanalítico es sobre todo conocido por sus ya clásicas contribuciones al destacar los componentes psicológicos en la relación médico enfermo en medicina general, mediante su trabajo con médicos de cabecera (Balint, 1957; Balint y otros, 1966; Balint y otros, 1972). Pero también realizó alguna incursión en la psicoterapia breve, impulsando a un grupo de psicoanalistas, encabezados por D. Malan, a continuar la investigación en este terreno.

Previamente, y de manera sumaria, quisiera recordar los antecedentes más relevantes de las formas breves de tratamiento psicológico fundamentadas en la teoría psicoanalítica. Algunos (Orstein, en M. Balint, 1972) consideran el caso de Catalina tratado por Freud en una sola entrevista como la primera psicoterapia breve (Freud y Breuer, 1885). Teniendo en cuenta el concepto de psicoterapia de hoy día, como explicaré más adelante, parece abusiva tal consideración. S. Ferenczi (1919, 1920, 1925) primero, y F. Alexander y T. French más tarde (1946) propusieron intentos de abreviar el psicoanálisis pero a mi entender con unos resultados fallidos para ambos, el paciente y el psicoanálisis. Para el paciente, porque tanto la propuesta de la técnica activa (Ferenczi, 1919) como de las denominadas «actividades» por parte del terapeuta (Alexander, 1946) suponen una forma de manipulación de aquel, contrario al fundamento del psicoanálisis y toda psicoterapia psicoanalítica de contribuir al crecimiento del paciente dentro de los límites de la propia libertad que es capaz de tolerar. Y resultaron nocivos también para el propio psicoanálisis porque además de alejarse de sus presupuestos básicos, al proponer dichos tratamientos como alternativa de la práctica psicoanalítica, desposeía al psicoanálisis de su principal fuente de conocimiento que es el encuadre específico psicoanalítico.

M. Balint, por el contrario, y tal vez teniendo en cuenta estos antecedentes, no pretendió realizar un «psicoanálisis abreviado» sino que reconociendo la especificidad de los objetivos y encuadre propios del psicoanálisis, trató de encontrar otras formas de ayuda psicológica que incluyeran una comprensión psicoanalítica de ciertas posibilidades de cambio. De ahí su psicoterapia focal que examinaremos a continuación.

1. 2. M. Balint: el caso del Sr. Baker

La obra de Balint sobre el tema: La psicoterapia focal (Balint, 1985) se ocupa de la descripción, sesión a sesión, de un tratamiento completo. Es de destacar el esfuerzo, valentía y honestidad del autor al realizar esta publicación. La exposición del material clínico en detalle es lo que nos permite en psicoanálisis y psicoterapia comprender la teoría y técnica implícitas en el autor. De ahí que Balint nos brinde una excelente oportunidad para extraer las teorías subyacentes a su manera de conducir el caso y nos permita contrastarla con otras formas de comprensión, desde otra perspectiva teórica.

Además de sumamente ilustrativo, el caso presentado pretende ser «modélico», es decir, que acuñe un tipo de psicoterapia focal, el de la prestigiosa Clínica Tavistock de Londres, según reza en el subtitulo de la edición española, por lo que tiene una importancia mayor que el de la mera ilustración de un tratamiento individual. De ahí también la pertinencia de su revisión. Es de destacar el rigor y minuciosidad con que están expuestos, no solo el material del paciente sino las intervenciones del terapeuta, incluidas aquellas que fueron pensadas pero no formuladas.

Ciertamente, todo análisis de un material clínico tomado de una publicación, y tan extenso como éste, inevitablemente no deja de estar sujeto a parcializaciones y omisiones, por lo que el resumen que haré del caso no excusa la lectura del libro a fin de que el lector pueda también, a su vez, realizar una revisión del análisis que aquí se hace y contrastarlo con las propias concepciones teóricas.

El caso presentado por Balint trata de un hombre de mediana edad diagnosticado por el autor como «paranoia de celos, con carácter obsesivo y homosexualidad latente» (op. cit. p. 42). El paciente acude derivado por el médico de cabecera, con el apoyo de la esposa que le acompaña en la primera entrevista. Se plantea un doble foco. Primer foco: admitir y tolerar el triunfo sobre el padre y las figuras que lo representan (¿entre ellas el terapeuta?); segundo foco: «compartir a la mujer (del paciente) con una tercera persona, el terapeuta en la relación terapéutica» (op. cit. p. 40).

Tras las dos primeras entrevistas diagnósticas, el paciente propone hacer cuatro o cinco sesiones, a lo que el terapeuta responde ofreciendo entre diez y veinte, «a fin de ver qué le había ocurrido para que se desencadenaran las crisis de celos» (motivo por el que consulta) (op. cit. p. 39). El paciente no vuelve hasta al cabo de quince semanas, mediante solicitud de consulta urgente del médico de cabecera a instancias de la esposa, angustiada por los continuos interrogatorios a los que la sometía el marido, por sus ideas obsesivas de base celotípica. Con esta conducta, el paciente pretendía verificar, siempre infructuosamente, si el amor de su esposa por él era mayor que el que pudo sentir por un antiguo novio.

Esta vez el terapeuta le propone sesiones semanales sin precisar por cuánto tiempo, para ver si esta ayuda sería suficiente o si habría que plantear un análisis o psicoterapia psicoanalítica larga. Realizan cuatro sesiones más, tras las cuales hay un intervalo de dos semanas por vacaciones del terapeuta. En la última de esas sesiones, el paciente pregunta si continuará viniendo una vez a la semana, a lo que el terapeuta responde que queda en sus manos la decisión, y dependerá de cómo se encuentre durante los próximos quince días. El paciente pregunta por la posibilidad de traer también a su esposa en la sesión posterior a las vacaciones para una entrevista conjunta, a lo que accede el terapeuta.

En esa sesión (la número 8), el paciente acude solo sin la esposa y le aclara al terapeuta, a petición de éste, que lo hizo así para no depender de ella. El terapeuta propone continuar el tratamiento «hasta consolidar los resultados alcanzados» (p. 64). En la sesión 9, el paciente habla del sentimiento de «soledad total» que asocia con experiencias de su infancia marcadas por la indiferencia del padre hacia él. El terapeuta le interpreta la dependencia respecto del padre y ahora respecto del propio terapeuta, dependencia que explica que haya aceptado el acercamiento homosexual durante su niñez y adolescencia (existieron algunas experiencias homosexuales con hombres mayores). El paciente asocia entonces un sueño: una serpiente se le sube por las piernas y reposa su cabeza amigablemente sobre ellas. El terapeuta anuncia el final del tratamiento para dentro de cuatro semanas, coincidiendo con una ausencia prolongada del mismo. A la sesión siguiente (la 10) el paciente se presenta con su mujer. La pareja muestra una idealización mutua. El autor observa que esta entrevista había estado programada para semanas atrás a fin de hablar de la terminación, pero se produce ahora sin que nadie (ni el propio terapeuta) hiciera comentario alguno sobre ello.

En la sesión 11, el autor expresa su confusión ante los nuevos descubrimientos de contenido celotípico del paciente a propósito de la posible atracción de su mujer por el antiguo novio. El autor comenta que duda si dar por terminada la psicoterapia cuando tan solo faltan dos sesiones, o si habrá de aceptar el fracaso y tendrá que derivarlo para un psicoanálisis. También se plantea si no han agotado el foco original (la rivalidad y triunfo sobre el padre) y el paciente está ofreciendo un nuevo foco: la relación con la madre y las figuras maternas. Asimismo, el autor piensa que tal vez hayan terminado el trabajo y que el paciente esté atando cabos (no queda claro en el texto a qué se refiere Balint) y que el terapeuta, según confiesa, por falta de receptividad no se haya percatado de esa situación. En la sesión 12, el paciente solicita la posibilidad de que se le realice otro test de Rorschach, como al principio del tratamiento, para valorar los cambios habidos. El terapeuta accede y le propone además hacer algunas sesiones más a la vuelta de vacaciones, antes de pasarle el test.

La sesión 13 es la última de este primer período de tratamiento. El paciente vuelve con pensamientos obsesivos celotípicos preguntando si desaparecerán. El terapeuta confiesa que se asustó porque lo entendió como una demanda de psicoanálisis o de psicoterapia más intensa, lo cual no le parecía una propuesta práctica en vista de su enfermedad y de la lejanía geográfica para acudir a sesiones frecuentes. Además, tampoco le parecía adecuada esta posibilidad porque, tratándose de un paciente paranoide importante que había conseguido una relación de confianza con él, dudaba que consiguiera establecer dicha confianza con otro terapeuta. El autor comenta que podría haber interpretado en la transferencia la tendencia del paciente a atormentar a la gente, como estaba haciendo ahora en el tratamiento. Pero se abstiene. Además considera que la interrupción puede servir de período de prueba para ver si se mantiene lo conseguido en la terapia.

La sesión siguiente (la 14) tiene lugar una semana más tarde de lo previsto, debido a que el paciente se había tomado una semana de vacaciones justo cuando debía regresar, con lo que la interrupción acaba siendo de seis semanas. Vuelve diciendo encontrarse bien, que disfruta de la vida, y que se ha comprado un coche descapotable y rápido. Que ahora no siente ningún temor por el padre, sino pena o simplemente indiferencia. El terapeuta se muestra satisfecho y no hace ninguna interpretación.

En la próxima sesión (la 15), el paciente se presenta con la esposa, a petición de esta, preocupada por el retroceso clínico del marido. El terapeuta entiende esta actitud como un intento del paciente de llamar la atención y le interpreta la transferencia: la agravación de los síntomas debe ser, le dice, a causa de la terminación del tratamiento. En la sesión 16, inesperadamente de nuevo el paciente acude acompañado de la esposa, aunque el terapeuta propone acabar la sesión con él solo. Interpreta también la transferencia en cuanto que la recaída parece ser una protesta por tener que abandonar una relación que significa tanto para él. El paciente responde asociando que la madre se está volviendo vieja y tiene miedo de que vaya a enloquecer. Luego se refirió al padre, con el que dice mantener una relación de bastante indiferencia. Ante la propuesta del terapeuta de la posibilidad de continuar el tratamiento, el paciente responde que no necesita más apoyo de momento y muestra su agradecimiento.

M. Balint considera que se han cumplido los objetivos propuestos. El primer foco: aceptar que es el ganador, que ha vencido a otros hombres, incluyendo al padre, y que al mismo tiempo puede llevarse una buena imagen del terapeuta. En cuanto al segundo foco: compartir a su mujer con un tercero, se consiguió simbólicamente en las dos últimas entrevistas, al acudir ella a las mismas.

Transcurridas siete semanas, el médico de cabecera de nuevo solicita visita para el paciente. Éste acude con la esposa, exigiendo del terapeuta que antes se entreviste con ella a solas, a lo que éste accede. Se ha reagudizado el estado paranoide con ideas celotípicas que le llevan a continuos interrogatorios torturantes para la mujer. Se le propone iniciar una nueva etapa de tratamiento, intensificando la frecuencia de las sesiones a dos por semana.

Dos sesiones después —la 19—, el paciente se presenta con un amigo íntimo conocedor de la situación, quien deseoso de colaborar viene a aportar algunas sugerencias sobre el paciente. En la sesión 20 acude con la esposa, para sorpresa del terapeuta, con la idea de aclarar entre los tres sus insistentes dudas sobre la autenticidad del amor de ella para con él. El terapeuta responde con firmeza para poner límite a esa tendencia torturante del paciente. En la siguiente, el paciente acude solo, pero es una sesión apática y distante, precisa M. Balint. El terapeuta le señala sus sentimientos de inferioridad respecto de varias figuras masculinas, incluida la del terapeuta. El paciente responde que es así y que le resulta extraño haber superado al padre así como al antiguo novio de su mujer. Muy perspicazmente, Balint comenta: «a mí no me incluyó». Al final de esta sesión conciertan que después de la próxima pasarán a una sesión semanal de nuevo, para terminar el tratamiento antes de la próxima marcha del terapeuta.

En las cinco sesiones siguientes no se habla de la «interrupción» inminente del tratamiento durante dos meses, a causa del terapeuta. En la sesión 26, anterior a dicha interrupción, únicamente se menciona el hecho para concertar una visita a la vuelta del terapeuta. Durante estas últimas sesiones el paciente muestra un bienestar, dice, como nunca había experimentado. La sesión 27, de vuelta de la interrupción, será la última de la psicoterapia. El paciente se presenta de nuevo con la esposa, como cada vez que ha habido una interrupción previa. Dicen ambos que persiste el estado de mejoría del paciente, y éste considera que es debido a que, ante otro de sus interrogatorios, ella le había respondido que si bien estuvo enamorada del antiguo novio durante su ausencia, cuando él volvió, ella recuperó su amor por él, y esto fue lo que le dio la tranquilidad. El médico de cabecera le había recetado un hipnótico y le aconsejó que quizá no fuera conveniente profundizar más en sus problemas, y lo adecuado sería terminar la psicoterapia. Le trasmite esta propuesta al terapeuta quien la acepta, dejando abierta la posibilidad de volver si lo necesitara.

Al comentar esta última sesión, Balint dice que la decisión del paciente de interrumpir el tratamiento pudo estar influida por: a) la ausencia inminente del terapeuta; b) la influencia del médico de cabecera, así como por c) los logros terapéuticos conseguidos. En cuando al segundo factor, dice que parece que el médico de cabecera había perdido la confianza en el tratamiento durante el último período.

1.3. Comentarios al caso del Sr. Baker y al modelo de la mente implícito

Al revisar este caso, lo que me interesa mostrar es que una determinada concepción del funcionamiento mental y de las relaciones humanas da lugar a una práctica psicoterapéutica diferente de la que es posible con otros modelos teóricos, aún dentro del ámbito psicoanalítico. Por lo tanto, es desde otro punto de vista del sustentado por M. Balint que trataré de comprender el material clínico. Y es por ello, que al resumir el caso he escogido aquel material que permita una determinada línea de reflexión desde la perspectiva que sostengo.

Las cuestiones que me interesan destacar son las relativas al encuadre, a la transferencia y a la focalización. Toda la experiencia terapéutica dura un año y tres meses, con un total de 27 sesiones, incluidas las dos entrevistas diagnósticas. El ritmo de las sesiones ha variado: un primer período de una vez a la semana, un segundo de dos, para pasar al tercer período de una sesión semanal de nuevo, con una última sesión realizada tras dos meses de interrupción y en la que se decide dar por terminado el tratamiento, a propuesta del paciente. Durante este tiempo se han producido tres interrupciones, además de la previa a la última sesión. Las interrupciones han sido: entre la 8ª y 9ª sesión (quince días); entre la 13ª y 14ª (seis semanas); entre las 16ª y 17ª (siete semanas); y entre la 26ª y la 27ª (dos meses).

Me interesa examinar lo que sucede en las sesiones realizadas en torno a dichas interrupciones. En primer lugar, es de señalar que el planteamiento del terapeuta respecto del encuadre terapéutico en lo que se refiere al tiempo de duración del tratamiento siempre estuvo abierto y supeditado a la decisión del paciente. La única propuesta firme del terapeuta es la que ofrece al comienzo de realizar entre 10 y 20 sesiones, como alternativa a la del paciente de tan solo 4 o 5. Parece que esta es la única vez que el terapeuta no acepta la propuesta de encuadre del paciente, mientras que sí admite todas las demás relativas al setting y sin ser interpretadas. A mi modo de ver, cabe entender tales propuestas del paciente como maniobras defensivas, mediante ataques al setting, y, por tanto, a la relación transferencial; su aceptación por parte del terapeuta sin interpretación la vería como una «alianza» —inconsciente— del terapeuta con el paciente, es decir, una colusión de ambos contra el tratamiento.

Así, cuando en la sesión séptima, previa a la primera interrupción, el paciente pregunta al terapeuta si luego continuará viniendo semanalmente, éste deja en manos de aquel la decisión a la vuelta de los quince días, en función de cómo se encuentre. Además, también accede a la petición del paciente de venir con la esposa. Al parecer, el Sr. Baker no se siente capaz de hacer frente a esta separación, por lo que implica de enfrentar solo la relación con la esposa con quien, recordemos, vivía un serio conflicto de celotipia. En mi opinión, como las ansiedades de separación no fueron tratadas en las sesiones previas a la interrupción, y además eran tan próximas al comienzo del tratamiento, hizo necesario, al retomarlas, que el paciente acudiera con la esposa, como una garantía de cierto freno ante su propia reacción agresiva frente al terapeuta. Otra cuestión que no se ha tenido en cuenta, porque no queda incluida desde la perspectiva teórica del autor, es lo que la esposa puede representar de aspectos disociados y proyectados del paciente. De ahí, también, surgió la necesidad de traerla a la vuelta.

En la octava sesión, en contra de lo acordado, el paciente viene solo, aduciendo que así trataba de independizarse de la esposa. Sin embargo, cuando en la novena sesión se le anuncia el final del tratamiento para cuatro sesiones después, coincidiendo con que el terapeuta tomará unas vacaciones, el paciente necesitará venir acompañado de la mujer de nuevo, sin avisar previamente, lo que el terapeuta acepta, al menos durante la primera parte de la sesión. Además, dicha aceptación es intencional, pues es acorde con uno de los focos escogidos por el terapeuta: que el paciente comparta simbólicamente a su mujer con una tercera persona. Desde mi perspectiva, cabe entender la situación como una actuación del paciente (el venir con la esposa, sin avisar) en la medida que no pudo tolerar la ansiedad que le despertó el anuncio de la terminación del tratamiento. Ansiedad que no fue recogida, es decir, interpretada; de ahí la inevitable actuación que tampoco fue interpretada, pues, al contrario, fue considerada expresión positiva del logro de una de las áreas focalizadas. Más adelante volveré sobre la focalización.

Desde la perspectiva de la ansiedad ante la separación, estas sesiones previas a la interrupción, además considerada por el terapeuta como un posible final, pueden comprenderse de otra manera. Así, se entiende el retroceso clínico del paciente que, según advierte el propio terapeuta pero no interpreta, parece que tenía la finalidad de torturarlo a él mismo, como reacción vengativa, al sentirse abandonado cuando el paciente sigue necesitando de ayuda. La demanda de un test que hace el paciente podría entenderse como una petición más genérica de ayuda, lo que parece que es intuido por el terapeuta al ofrecerle unas sesiones más a la vuelta. Pero como el propio Balint reconoce, tal demanda le asusta, porque no se encontraba con las condiciones de encuadre adecuado para responder a las mismas en un paciente tan grave.

Da la impresión que el terapeuta se tranquiliza a sí mismo al calmar al paciente mediante el aplazamiento de la decisión de terminar después de la vuelta, a la espera de los resultados de cómo el paciente tolerará la separación, como una prueba que le permitirá valorar la consistencia de lo conseguido en el tratamiento. Pero Balint no parece muy convencido de ello cuando contempla la posibilidad de derivarlo a un tratamiento más intenso que es lo que necesitaría. Aunque enseguida piensa que no lo ve viable por varias razones. Una, porque no parece que el paciente pudiera cumplir con las exigencias del encuadre necesario para ello, como una mayor frecuencia de sesiones, dadas las dificultades de desplazamiento; pero otra razón que aduce el terapeuta, y que me parece significativa, es la de que difícilmente el paciente aceptaría la derivación a otro profesional dada la confianza conseguida con él. De manera que el terapeuta se encuentra en un dilema contratransferencial. De una parte, quiere dar por terminado el tratamiento ahora con su marcha y, aunque tiene dudas de que el paciente esté en condiciones, pues necesitaría un tratamiento más largo si fuera viable, lo que debe generar algún sentimiento de culpa por dicho «abandono»; por otro lado, al haber trabajado en base a la transferencia positiva exclusivamente, cabe la posibilidad de que la transferencia negativa disociada sea dirigida al próximo terapeuta al que se derive el paciente, según teme el propio Balint.

La reacción del paciente a la vuelta de las vacaciones puede entenderse de carácter más bien maníaco: retrasa la vuelta a las sesiones, tomándose él una semana más, como si con ello indicara que puede prescindir del terapeuta cuando quiera; o que el paciente no es menos que el terapeuta, en el sentido que si éste se toma cinco semanas de vacaciones, él se toma seis. Esta actitud de autosuficiencia y triunfo parece confirmada por el material clínico (sesión 14) en el que dice sentirse bien y es capaz de disfrutar de la vida. ¿Cómo es posible semejante mejoría en un paciente tan grave, precisamente después de seis semanas de ausencia de tratamiento? Esta reacción maníaca, ¿no se tratará más bien de una huida hacia la «salud»? Pero queda más evidente aún en el hecho de que se ha comprado un coche veloz, y al decir que ya ha superado su temor al padre, sintiendo ahora más bien pena o indiferencia por él. Obviamente, cabe preguntarse si también respecto del terapeuta.

Desde la perspectiva de las ansiedades de separación con que estoy analizando el material, sorprende que el terapeuta no haga ninguna interpretación sobre este último, y que incluso llegue a sentirse satisfecho por la reacción del paciente. Quizá porque se había temido lo peor, tal y como quedaron las cosas antes de la interrupción.

Pero dicho bienestar dura muy poco, lo que se entiende desde la línea de reflexión que estoy desarrollando. En efecto, al cabo de dos sesiones, el paciente vuelve acompañado de la esposa. ¿Responde ello a la necesidad de que sea la mujer quien comunique todo el malestar y sufrimiento del paciente, que el terapeuta no captó tras la defensa maníaca, para encubrir su desesperación ante la inminencia de la terminación? Es entonces cuando Balint interpreta la transferencia al relacionar la reagudización de los síntomas con la terminación del tratamiento. Pero parece que eso no es suficiente porque el paciente responde que las figuras paternas (incluidas en ellas las del terapeuta) son inservibles: la madre vieja de la que teme que se vuelva loca (¿es por temor a volverse loco también el terapeuta por lo que ha de terminar este tratamiento? podría ser la fantasía del paciente.), y por otro lado, la figura del padre con quien mantiene una actitud de indiferencia (el terapeuta, ha sido vencido y, por lo tanto, ya no le sirve). De acuerdo con esta reflexión, no sorprende que el paciente no acepte la propuesta del terapeuta de continuar el tratamiento, argumentando que ya no necesita más ayuda, y mostrando incluso su agradecimiento por él, en la medida que ha quedado disociada y no interpretada la transferencia negativa.

De todo ello el autor extrae la conclusión de que se han cumplido los objetivos terapéuticos propuestos, consistentes en que el paciente acepte ser el ganador frente a otros hombres, incluido el padre (y el terapeuta, podemos añadir) que era el primer foco. Conclusión sorprendente desde la perspectiva que lo estoy considerando, de las ansiedades de separación, pues como hemos visto, más bien cabría entenderlo como una reacción de triunfo maníaco. En cuanto al hecho de que el paciente se presente con la mujer es considerado por el terapeuta como el logro del segundo foco propuesto, el de compartir a la mujer con un tercero, en este caso el terapeuta. Sin embargo, como yo lo entiendo, lo vería más bien como un acting–out del paciente ante la intolerancia por la terminación del tratamiento, como he dicho, como una maniobra defensiva de que sea la esposa quien asuma las quejas del malestar que él no se atreve a mostrar al terapeuta. Esto último, hace pensar que bajo la imagen de cordialidad que es percibido el terapeuta debe existir otra imagen temida ligada a la transferencia negativa disociada, y por lo tanto no resuelta.

A instancias del médico de cabecera, el paciente vuelve en un estado de empeoramiento. Balint lo entiende como expresión de no haber tolerado vencer al oponente. ¿No será que el propio Sr. Baker no ha podido hacer la demanda, ya que no ha quedado un predominio de transferencia positiva de la relación terapéutica, sino de la negativa? ¿No podría también comprenderse esta transferencia negativa como que al fracasar la defensa maníaca, frente al sentimiento de culpa por la desvalorización del terapeuta, al convertirlo, como a los padres, en un figura vieja, incapacitada, que le inspira más bien pena e indiferencia, es sentido como persecutorio? Sin embargo, la respuesta del terapeuta al intensificar el tratamiento, incluso, aumentando las sesiones a dos por semana, muestra que es suficientemente fuerte y no débil, como el paciente pudiera desear y temer al mismo tiempo.

Creo que el hecho de venir acompañado por alguien en algunas sesiones muestra la necesidad del paciente en depositar en la mujer, primero, y en el amigo, después, la responsabilidad de enfrentarse a un terapeuta con el que hay tantos problemas. Así, el amigo viene a «aconsejar» al terapeuta sobre ciertas medidas que debería tener en cuenta con el paciente, poniendo implícitamente en entredicho la capacidad terapéutica de aquel, queja que el paciente no puede asumir y expresar directamente. No extraña, pues, que durante todo el tratamiento predomine un clima de cordialidad, es decir, de transferencia positiva, aún tratándose de un paciente paranoide, precisamente en la medida que toda la negativa queda disociada.

Tampoco se aclara si la inmediata interrupción de dos meses será un paréntesis o la terminación definitiva del tratamiento, ni siquiera en la última sesión (la 26) antes de la interrupción. A la vuelta, la sesión 27, el paciente viene de nuevo acompañado de la esposa, como cada vez que se ha producido un corte en el tratamiento. Pero de manera sorprendente manifiesta una mejoría clínica que justificaría, de acuerdo con el médico de cabecera, la terminación del tratamiento, pues «no habría necesidad de seguir profundizando en sus problemas». El propio Balint comenta que entre las razones de dicha decisión parecía estar la pérdida de confianza del médico de cabecera en la psicoterapia. Es decir, una vez más, el paciente no puede asumir la responsabilidad de la queja por la pérdida de confianza en el terapeuta debiendo delegarla, ahora en el médico de cabecera.

Es indudable la habilidad técnica y capacidad terapéutica del autor para manejarse con un paciente sumamente difícil. Por ello, lo que se pretende con esta revisión, no es poner en tela de juicio dicha capacidad en Balint, sino la posible generalización de la técnica para una psicoterapia focal, que pueda considerarse modélica, como explícitamente se dice en el subtítulo de la edición española. Carácter de modelo que viene avalado no tan sólo por la firma del primer autor, sino por una institución prestigiosa en el ámbito psicodinámico, la Clínica Tavistock de Londres.

Balint guarda fidelidad a su conocida actitud técnica de ser receptivo a las «ofertas» del paciente, como recomienda a los médicos de cabecera. Pero, como he tratado de mostrar, tal actitud en el marco de una psicoterapia puede constituir más bien la aceptación de acting–outs del paciente para evitar el insight de algo que resulta doloroso, lo que comporta una colusión del terapeuta.

La flexibilidad en la técnica es algo necesario para atender la demanda específica de un paciente, sobre todo cuando se trata de patologías graves, y puede ser la única manera de preservar un vínculo asistencial con el paciente. Creo que eso es lo que sucede con una serie de cambios que introduce el autor: variación en la frecuencia de sesiones, aceptar la presencia de la mujer en algunas, dejar abierta la duración del tratamiento, e incluso la fecha de finalización cuando estaba a punto de terminar, etc. Todo ello me hace pensar que nos encontramos frente a lo que yo denominaría una «situación terapéutico–asistencial» más que una psicoterapia propiamente, en la que se trata de mantener una continuidad de la relación terapéutica, para lo cual se irán introduciendo modificaciones en el encuadre en función de las necesidades. Pero creo que es diferente del encuadre específico de una psicoterapia focal, como yo lo entiendo y veremos más adelante. Así que mi sugerencia es que lo que se describe en el caso del Sr Baker estaría más cerca de lo que podemos denominar un proceso terapéutico–asistencial, que un auténtico proceso psicoterapéutico.

En mi opinión, incluso en una psicoterapia breve, para que se desarrolle un proceso psicoterapéutico, me parece necesario establecer claramente unas condiciones de encuadre. Y toda modificación que nos viene dada por el paciente debería acompañarse de una imprescindible clarificación e interpretación, para luego aceptarla o no, según que vaya a favor o en contra del proceso. Ello es bien diferente del proceso «asistencial», donde las «ofertas» del paciente (graves) y el entorno inmediato han de ser más ampliamente aceptadas.

Desde esta perspectiva, de la consecución de un proceso psicoterapéutico, el establecimiento y mantenimiento del encuadre es una cuestión que compete de manera especial a la responsabilidad del psicoterapeuta. Es decir, que aunque contamos con la colaboración del paciente, también cabe que por su psicopatología haya momentos en los que trate de alterar o introducir modificaciones del encuadre, lo que requiere del terapeuta que comprenda de dónde procede dicho intento para interpretarlo. Por ello, me parece discutible la argumentación que da el autor de las actuaciones del paciente en el sentido de alterar las condiciones de encuadre, como traer a la mujer sin previo aviso, aduciendo que ello «le permitiría hacer descubrimientos por sí mismo». Creo que tales actuaciones en las que el paciente evita asumir la responsabilidad de la sesión, como en este caso al pretender que lo haga la mujer, corresponde al terapeuta la responsabilidad de clarificar el porqué de las mismas a fin de ayudar al paciente a comprender lo que está sucediendo. También incluyo en la responsabilidad del terapeuta la duración del tratamiento, no dejándolo exclusivamente en manos del paciente, como hemos visto aquí.

De todas formas, para comprender mejor la obra de M. Balint sobre la psicoterapia focal, habrá que considerarla en el contexto de otros trabajos suyos de aplicación de las ideas psicoanalíticas. Como es sabido y ya mencioné, Balint realizó una importante labor en el campo de los médicos de cabecera. Esta considerable experiencia quedó recogida en su ya clásico libro de 1957, El médico, su paciente y la enfermedad. Posteriormente, realizó (en colaboración con Enid Balint) una elaboración teórica de la técnica utilizada en psicoterapia médica: Técnica Psicoterapéuticas en Medicina (M. y E. Balint, 1961).

La conclusión que puede extraerse de la consideración conjunta de estas obras, junto a la de psicoterapia focal, es que M. Balint parece sentirse más cómodo en aquellas que en esta última. Es decir, en la medida en que pretende «aplicar» el psicoanálisis a una modalidad de psicoterapia que no sea la de larga duración, sino más limitada en sus objetivos parece entrar en una contradicción. Por una parte, resulta «demasiado» psicoanalítico en cuanto a la comprensión del contenido, tratándose de una psicoterapia limitada (en el tiempo y los objetivos). Así, al considerar la homosexualidad latente como una cuestión subyacente central, plantea como objetivo terapéutico el conseguir que el paciente acepte triunfar en la rivalidad derivada de ello ante la figura parental, así como el poder compartir la esposa simbólicamente con el terapeuta. Por otro lado, tal vez por un exceso de prudencia se ha evitado un encuadre sistemático para que no se aproximara demasiado al de una psicoterapia psicoanalítica de larga duración, y menos aún al de un psicoanálisis, y evitar confundir entonces la psicoterapia focal con éstas. Pero, como hemos visto, se hace de tal forma que se dejan de considerar cuestiones que me parecen básicas desde una perspectiva fundamentada en principios psicoanalíticos, como es la de establecer un encuadre específico, en este caso para la psicoterapia breve y focal.

Por el contrario, en mi opinión, M. Balint se muestra «más psicoanalítico» en la obra anterior, Técnicas Psicoterapéuticas en Medicina, (op. cit.). Al menos desde la perspectiva que explicaré más adelante al hablar del modelo de la mente. Aunque parezca paradójico, dicha obra está desprovista de «comprensiones psicoanalíticas» pretendidamente profundas, en la medida que no se utilizan descripciones con terminología psicoanalítica, como es el caso en Psicoterapia focal. En esta última, tales comprensiones parecen más bien esquemáticas, y aunque se insiste en la necesidad de que toda interpretación ha de ir acompañada del componente emocional para ser efectiva, del material se desprende que resultan un tanto intelectualizadas, en ocasiones. Pero precisamente por eso, por forzar demasiado la descripción en términos de lo que se supone es una «comprensión psicoanalítica». En las obras relativas a su trabajo con los médicos de cabecera, en cambio, su actitud es la de estar cerca de la clínica, de lo que el paciente «ofrece» y el terapeuta responde. Y es eso precisamente lo que, hoy día, entendemos como la mejor descripción de los dinamismos inconscientes, y no tan solo en los pacientes orgánicos de los médicos de cabecera, sino en los atendidos en psicoterapia.

Además, la obra Psicoterapia focal me parece que adolece de la falta de otros elementos psicoanalíticos posibles de aplicación en una psicoterapia aún con las limitaciones propias del setting que ofrece la focal. Y esto es así en el sentido de que, al enfatizar una postura receptiva en el terapeuta y de crear un clima facilitador para el paciente, estimulando la transferencia positiva, creo que se descuidan otros aspectos de la contención como son el detectar y mostrar las ansiedades de separación y las defensas correspondientes, así como el reconocimiento de la transferencia negativa, en particular la ligada a las mismas.

Da la impresión que la actitud técnica del autor de Psicoterapia Focal es una especie de compromiso derivado de dos factores. Por un lado, el Balint en su experiencia como psicoanalista; y, por otro, el Balint que realiza la experiencia con médicos de cabecera. Pero parece que no hubiera escogido lo mejor de cada una de tales experiencias. Tal vez, como decía, por esa prevención en evitar que se pueda malentender que con la psicoterapia breve se está pretendiendo una especie de psicoanálisis abreviado. Así, de la experiencia como psicoanalista toma el trabajo interpretativo «profundo» que, tal vez resulta demasiado esquemático e intelectual, no apreciándose las posibilidades de elaboración por el paciente. Del trabajo con médicos de cabecera escoge la actitud flexible de aceptar las ofertas del paciente lo que, como he señalado, en el marco de una psicoterapia puede suponer un riesgo de entrar en colusión con aquel, al no clarificar lo que en dichas modificaciones del encuadre hay de acting–out del paciente.

Por ello, parecería más recomendable para el psicoterapeuta de orientación psicoanalítica el estudio de Técnicas psicoterapéuticas en medicina, aunque lo que sistematiza en esta obra es una «psicoterapia para el médico», que Psicoterapia focal, a pesar del primer subtítulo de esta última en la versión española, «una psicoterapia breve para psicoanalistas», como ya mencioné. Con respecto a «la psicoterapia para el médico» habría que decir unas palabras. Puede dar la engañosa impresión de que se trata de una actividad de fácil aprendizaje. El mismo Balint lo advierte (Balint, 1961) cuando dice que tantas instrucciones que aporta en su libro sólo pueden seguirse si ya se sabe cómo ejercitar esta destreza (cursiva mía). Parece una contradicción: ¿cómo se puede aprender algo si para ello se necesita tener un aprendizaje previo? La explicación consiste en que se está refiriendo a un tipo de aprendizaje particular no exclusivamente intelectual, sino que comporta un componente emocional básico. Es lo que Bion ha denominado «aprendizaje a través de la experiencia» (Bion, 1963). De ahí el método que propuso para aprender esta técnica y que hoy conocemos con el nombre de «Grupos Balint». De manera que para alcanzar esa «sencilla profundidad» se requiere de una dilatada experiencia. Pero tanto o más aún si se pretende llevar a cabo una psicoterapia, y no tan sólo tener en cuenta los aspectos psicológicos de la práctica médica. Pues en ese caso se trata de una actividad específica que requiere del especialista psicoterapeuta una formación determinada.

Por eso, hablar de «la psicoterapia del médico de cabecera» puede dar lugar a confusión, tanto para los propios médicos, como los psicoterapeutas y los pacientes, en la medida que el concepto de psicoterapia queda demasiado difuminado. De ahí la necesidad de precisar qué se entiende por psicoterapia, como haré en el próximo capítulo.

En cuanto a la obra de Malan (1963), referencia importante en la aplicación del psicoanálisis a la psicoterapia breve, no es posible hacer un análisis clínico tan exhaustivo como en el trabajo de Balint, debido al enfoque estadístico de sus estudios, donde la exposición del material clínico se hace de manera muy resumida y esquemática. No obstante, se pueden detectar unas directrices generales. Así, la comprensión del paciente está referida al nivel edípico, puesto que se considera que los niveles pregenitales no serían susceptibles de tratamiento en el setting de la psicoterapia breve. De ahí que no se contemple, al igual que Balint, la interpretación de las ansiedades de separación, más ligadas a la relación dual. Pero a diferencia del último, Malan propone un encuadre más establecido desde el comienzo, como es, por ejemplo, fijar el tiempo de duración del tratamiento, y en una obra posterior (Malan, 1976) recomienda que se informe al paciente desde el inicio.

2. Un modelo psicoanalítico de la mente6

Para la comprensión de la vida mental, desde la perspectiva psicoanalítica, es fundamental la idea de que el individuo se encuentra en relación con su entorno, desde que nace. Que dicha relación permite que las fuertes tensiones y necesidades que surgen desde dentro del individuo puedan exteriorizarse y encontrar alguien fuera, personas, u objetos en la terminología psicoanalítica, que puedan aliviar o satisfacer aquellas. Freud nos habla de la necesidad del individuo de deshacerse de aquellas tensiones que causan displacer, y el mecanismo de la proyección es central para ello. Esto se entiende si tenemos en cuenta que la lucha que se libra en el interior del individuo, sobre todo en los comienzos de su vida, tiene lugar entre las fuerzas de vida y las fuerzas destructivas, cuando éstas amenazan con desequilibrar o aniquilar su existencia. En este sentido, cualquier trauma o enfermedad vivida durante esos primerísimos años es experimentado como la expresión de fuerzas destructivas, que en última instancia pueden ser vividas como fuerzas que llevan al caos, a la aniquilación, y destrucción total del individuo (sensaciones que podemos denominar como ansiedades catastróficas o de aniquilación). Se ha de tener en cuenta, además, que en esos momentos, la mente del pequeño tiene una organización muy frágil e incipiente, y, por tanto, su capacidad y fortaleza para tolerar tales ansiedades son muy precarias. Por lo que la necesidad de deshacerse de esos estados es imperiosa. El niño que llora con desesperación, no solo reclama la atención de la madre, sino que es una manera de transmitirle a ésta el estado de desesperación en que se encuentra, para que ésta lo viva, lo que sería una manera de poner fuera tales vivencias de muerte.

Melanie Klein introdujo el término identificación proyectiva (Klein, 1946) para ese fenómeno que acabamos de describir entre el niño pequeño y la madre o persona a su cuidado. Y que tiene su correlato en la situación clínica en la relación entre paciente y terapeuta, cuando el paciente trata de «deshacerse» de todo, o bastante, de lo que considera como indeseable de su persona, «depositándolo» en la figura del terapeuta. A fin de cuentas, como señala Bion, se trata de un tipo de comunicación, aunque muy primitivo. Es de carácter inconsciente, y se transmite sobre todo por las vías no verbales de comunicación: los gestos, el tono y timbre de voz, la actitud, toda la conducta, en definitiva.

La idea de la identificación proyectiva ha sido un concepto muy fecundo que ha dado lugar a desarrollos, por otros autores, tanto para un mejor conocimiento de la vida mental, como de la técnica psicoanalítica y psicoterapéutica. Uno de los autores que ha conseguido ahondar en el mismo de una manera más creativa ha sido el ya citado W. Bion (Bion, 1962). Este psicoanalista inglés, a través del estudio de pacientes psicóticos esquizofrénicos y, basándose en las ideas de M. Klein, ha aportado los elementos para la comprensión de un modelo de la mente. Para que el individuo pueda desarrollar una capacidad de pensar los contenidos de su mente, necesita «aprender mediante la experiencia». Ello es posible a partir de las primerísimas relaciones, cuando se establece esa modalidad de comunicación primitiva que es la identificación proyectiva. Por tanto este «mecanismo» deja de ser, según Bion, tan sólo una defensa, para constituirse también en un modo de relación; además, imprescindible para dar lugar a una mínima organización de las primeras experiencias, en colaboración con el objeto con quien se establece esa comunicación. Lo que el individuo intenta comunicar por esa vía, como hemos dicho, es aquello que le resulta insoportable e intolerable. Y necesita del objeto para que reciba esas proyecciones. Una cuestión importante es el destino y evolución posterior de tales proyecciones. Si el objeto es suficientemente capaz para recibir y tolerar las experiencias proyectadas sobre él, podrá retenerlas el tiempo suficiente para asimilarles y transformarlas en contenidos menos intolerables, de manera que pueda devolverlas luego al individuo, para que éste pueda, a su vez, tolerarlas.

Lo que acabo de describir constituye el modelo continente/contenido de la mente, a partir de las ideas de Bion. El otro concepto que introdujo este autor es el de la relación existente entre los dos estados o posiciones descritos por Klein, los denominados posición esquizoparanoide (Klein, 1946) y posición depresiva (Klein, 1935). Bion representó la relación entre ambos con la siguiente grafía, Ps←→D, (Bion, 1962). Digamos que tal relación supone un equilibrio inestable entre una posición →Ps y la otra →D. Muy resumidamente, diría que la posición esquizoparanoide, o simplemente →P, designa aquellos estados de la mente con una tendencia a la escisión y fragmentación de la experiencia; mientras que la posición depresiva, o →D, por el contrario, implica la tendencia a la integración, unión y articulación de las experiencias, con el concomitante dolor y satisfacción. En la primera, →P, la preocupación básica es el propio individuo. En la segunda, →D entra en consideración el objeto y su preocupación por él. Si esta interrelación entre una y otra posición tiene lugar en la mente en la que existe un predominio de la función continente, el resultado es que se produce una organización mental en la que resulta prioritaria la tendencia hacia la integración, en la que existe, en definitiva un predominio de los elementos de vida.

Por otra parte, Bion desarrolló la idea de personalidad psicótica al estudiar a pacientes esquizofrénicos (Bion, 1957). Muy sintéticamente, cabe decir que en ésta existe una gran incapacidad para tolerar el reconocimiento de la realidad psíquica por lo muy dolorosa que le resulta, y de ahí la necesidad del predominio del funcionamiento primitivo de manera extrema, con la escisión y fragmentación intensa de la experiencia, así como el uso considerable de la identificación proyectiva, la negación, y el carácter de omnipotencia de sus fantasías inconscientes defensivas. Pero, añadió Bion, esa personalidad psicótica no solo existe en el paciente esquizofrénico, sino que es consustancial del individuo, aunque en los no psicóticos no ocupe una parte predominante. Y viceversa, en todo paciente psicótico existe una parte no psicótica que es precisamente la que permite establecer una colaboración en la relación terapéutica con el profesional.

Si bien, pues, los conceptos de salud y enfermedad no son tan claramente excluyentes, como ya lo indicó Freud, no obstante existen unos criterios que nos permiten diferenciar el sufrimiento ligado a la patología del sufrimiento que contribuye al desarrollo; el sufrimiento ligado a lo destructivo (auto o heterodestructivo) y el sufrimiento ligado a lo constructivo. El criterio básico, desde el psicoanálisis, es que el reconocimiento de la realidad psíquica comporta un cierto dolor emocional que es necesario tolerar. Este reconocimiento es el punto de partida del crecimiento y desarrollo del individuo. La incapacidad para tolerarlo da lugar a formas de defensa, tanto más acusadas y radicales cuanto mayor sea la intolerancia. Dicho reconocimiento de la realidad psíquica comporta el aceptar, como propios, incluso aquellos aspectos indeseables que forman parte del individuo. Este es un criterio de la salud desde la perspectiva de lo que atañe al self del individuo. En lo que se refiere al objeto, la salud comporta el reconocimiento del otro como independiente y autónomo, y a la vez de quien se necesita. La patología incluida en el ámbito de lo psicótico participaría fundamentalmente de la primera dificultad. En la patología narcisista en un sentido amplio (y no tan solo de las personalidades narcisistas) sería predominante el segundo aspecto, relativo a las dificultades en el reconocimiento del objeto.

Para dar idea de la concepción de la mente de que partimos, necesitamos referirnos también a las ansiedades básicas7, que, desde la perspectiva psicoanalítica, están presentes en el trabajo en salud mental. Podemos distinguir tres tipos de ansiedades, las ansiedades catastróficas –también se las ha denominado confusionales– ya mencionadas, que están en la base de los temores a vivir experiencias nuevas, con el correspondiente temor a desaparecer; las ansiedades de integración (o vinculación), surgidas de las experiencias de integración, en cuanto unir aspectos contrarios del propio individuo, o un individuo a otro, o de los distintos aspectos del objeto con la amenaza de que el dolor correspondiente resulte intolerable. Y, por último, las ansiedades de separación, derivadas de la falta, o el temor a la pérdida del objeto fundamental. En efecto, si el objeto ha sido reconocido como básico para establecer una buena identificación proyectiva, y contener aspectos no integrados, su ausencia es sentida con ansiedad. Y cuando el individuo ha evolucionado, la separación del objeto además comporta sentimientos de pérdida que requieren de un proceso de elaboración. Si ésta se realiza con éxito da lugar a un enriquecimiento de la vida mental del individuo.

Como ya dije en otra publicación (A. Pérez–Sánchez, 1996), en líneas generales, encuadres psicoterapéuticos diferentes propician la emergencia predominante de unas ansiedades u otras. Por ejemplo, las ansiedades de separación estarán más presentes en las terapias individuales o duales, mientras que las ansiedades catastróficas y confusionales lo estarán en las modalidades colectivas (grupal y familiar). Aunque en ciertos casos, en los pacientes con una psicopatología grave, la separación del objeto no sólo estimula las ansiedades de separación, en el sentido de la pérdida del otro, sino las catastróficas, al mismo tiempo, en cuanto que el objeto es vivido como parte del propio individuo y por tanto su falta es sentida como la pérdida de algo de sí mismo, lo cual es fundamental, para la supervivencia psíquica.

El propósito de toda intervención terapéutica, desde la perspectiva psicoanalítica, consiste en promover el cambio psíquico o relacional versus la curación, es decir, la creación o desarrollo de un espacio mental continente de las experiencias necesarias para el crecimiento personal. Desde una perspectiva psicodinámica, curación es un concepto que sustenta fantasías omnipotentes, no tan sólo en los pacientes sino en los terapeutas. Así que no empleamos el término curación, sino otras expresiones que indiquen que la intervención que se ha realizado con el paciente ha ejercido alguna modificación en sus relaciones y en su mundo interno. Por ejemplo, hablamos de progreso, de mejoría, de crecimiento y, en última instancia, de cambio psíquico. En función de los criterios sustentados para referirnos a la cuestión de la salud y la enfermedad, diríamos que el cambio psíquico tiene lugar cuando el individuo ha sido capaz de ampliar su espacio mental para ser más continente de experiencias de su vida emocional –en particular las que implican dolor–; lo que comporta haber conseguido una mayor integración de diferentes aspectos de su self y de sus objetos (o imágenes internas, que se han formado en su interior a lo largo de su historia relacional) y una aceptación de la necesidad del otro, al tiempo que tolerando su autonomía. En realidad, es un proceso que no se acaba nunca, y por tanto, el objetivo terapéutico se logra, en cierta medida, cuando el paciente descubre/conoce su manera de relacionarse, con sus obstáculos y posibilidades y está dispuesto a continuar dicha tarea, (y descubre también lo inacabable de la misma) pudiendo entonces beneficiarse de la satisfacción y el enriquecimiento mental consiguiente.

Capítulo II Conceptos psicoanalíticos básicos aplicados a la psicoterapia y definición de Psicoterapia Breve Psicoanalítica
1. Conceptos generales

En la actualidad el psicoanálisis considera que la vía de comprensión del paciente no requiere remontarse a las vicisitudes de su biografía, sino según se manifiesta «aquí–y–ahora» en el curso de un proceso largo de la relación analítica. No porque se niegue su historia, sino porque esta se halla inscrita en el tipo de relación que despliega en la actualidad. Es esta versión de la comprensión psicoanalítica de la vida mental del paciente la que permite una mayor aplicación de sus fundamentos teóricos y técnicos a otros ámbitos distintos del de la sesión de análisis, aunque con las correspondientes modificaciones

No es posible entrar en detalle sobre los conceptos básicos de las psicoterapias psicoanalíticas, para lo que existen excelentes tratados como, entre nosotros, el de J. Coderch (1987), pero considero necesario postular las directrices técnicas que enmarcan la aplicación de la Psicoterapia Breve Psicoanalítica (PBP). Teniendo en cuenta el modelo de la mente descrito en el capítulo anterior, se derivan unas consecuencias técnicas para su aplicación en la psicoterapia psicoanalítica, en especial, la de tiempo limitado, que describiré a continuación de manera sumaria.

1.1. Encuadre

Importancia de crear un encuadre adecuado que se constituya en un buen continente, en el sentido de receptivo y fuerte, donde el terapeuta pueda realizar su función de contención. De ahí la importancia de establecer con claridad las condiciones del tratamiento, incluidas la duración de las sesiones y frecuencia, así como del proceso, en el caso de la PBP. La firmeza del terapeuta en velar por la integridad del encuadre no debe impedir la flexibilidad cuando sea adecuada a las necesidades del paciente y no al servicio de la defensa, del último o del terapeuta.

1.2. Tipo de relación de objeto

Importancia de la comprensión y elaboración de la relación de objeto según el tipo de ansiedad predominante (en especial la de vinculación, de separación y de integración), en un clima básico de contención. Es decir, tener en cuenta tanto los niveles pregenitales del individuo, en los que se prioriza el nivel dual, como el edípico, con sus correspondientes ansiedades y defensas. Obviamente, la elaboración y tolerancia por las dos primeras ansiedades permite una mayor aceptación de la tercera. De ahí la importancia de valorar la psicopatología y el proceso terapéutico a desarrollar en función de la experiencia de vinculación y de separación, como se muestra en el esquema siguiente.

Esquema 2.1: Proceso desde las ansiedades de vinculación/separación

Proceso de vinculación y proceso de separación

Valorar la psicopatología en relación con el contexto de la personalidad del paciente; y la personalidad del paciente en función del tipo de relación de objeto:

El proceso psicoterapéutico está vertebrado por dos procesos: el proceso de vinculación y el proceso de separación. Por tanto la psicopatología que tenga dificultad para el desarrollo y tolerancia de ambos procesos encontrará obstáculos importantes para la indicación de la PBP. Por ejemplo: Personas con tendencia a establecer relaciones dependientes o simbióticas, en el primer caso; y personalidades narcisistas, en el segundo.

1.3. Trabajo interpretativo

Trabajo interpretativo que permita la integración en el mundo interno del paciente de aspectos fundamentales disociados y proyectados. Supone que desde un clima de transferencia positiva básica, el paciente vaya tomando conciencia (insight) de tales proyecciones en sus relaciones, incluidos, a veces, los sentimientos negativos respecto de la figura del terapeuta (transferencia negativa).

1.4. Importancia del aquí–y–ahora de la situación terapéutica

Para que sean posibles ciertos cambios psíquicos, más allá de la mejoría sintomática, la experiencia terapéutica debe ser viva, es decir, que los contenidos del material sean referidos a situaciones próximas emocionalmente. Las referencias al pasado ocupan un segundo lugar, y ayudan a completar la comprensión de lo que está sucediendo en la actualidad en el mundo interno y relacional del paciente. Ello implica estar atento también a las reacciones transferenciales.

Veamos ahora algunos elementos técnicos implícitos de toda psicoterapia psicoanalítica aplicados a la PBP, tanto en función del paciente como del terapeuta.

2. Conceptos técnicos
2.1 Conceptos técnicos en función del paciente

1 La asociación libre, («hable de lo que tenga presente en su mente»). En PBP, la asociación libre está matizada por la propuesta de focalizar, aunque relativamente –después volveremos sobre ello en el capítulo sobre focalización–, los temas centrales de conflicto. En realidad, la asociación libre es algo que inicialmente es fácil, pero luego es difícil de mantener. Quiero decir, que si el analista tiene una actitud de escucha, de atención flotante es suficiente estímulo para que el paciente necesitado pueda abrirse a la comunicación de todo aquello que le urge en la «búsqueda de un continente». Pero es difícil también, ya que cuando el paciente, asociando libremente, se pone en contacto, o se acerca simplemente, a cuestiones conflictivas se detiene la fluidez y aparecen maniobras defensivas de las más diversas: silencio, desgana, desinterés, desconfianza, o tendencia a intelectualizar u otras maneras de presionar al terapeuta para que intervenga en ese momento para ayudarle o bien para aliarse con él a huir de lo conflictivo.De hecho la auténtica asociación libre, es decir, la de estar dispuesto a decir todo aquello que se le ocurra, es sumamente difícil. La razón es que «asociar» y de manera «libre» es una tarea que implica un considerable grado de madurez y capacidad mental que los pacientes pueden conseguir una vez que han terminado un proceso terapéutico intenso y largo. Es así porque la madurez mental estriba en esa capacidad de estar abierto a las emergencias inconscientes, tener esa libertad interna, de una manera que se pueda tolerar, el ligar, asociar, unos elementos con otros. De lo contrario, puede darse una actitud en la que existe una aparente libertad asociativa, la expresión máxima sería, por ejemplo la fuga de ideas en los estados maníacos, pero de una manera disociada, es decir, sin conciencia de lo que se dice, y lo que ello supone. Por otro lado, puede suceder al revés que exista un control excesivo de los fenómenos mentales que se trata de «ligar», de manera que se asocia de forma monotemática a fin de impedir la emergencia de los contenidos inconscientes que se temen desborden al individuo.Las asociaciones libres tienen especial relevancia cuando en la comunicación fluida del paciente aparece inopinadamente una ocurrencia, un recuerdo, un sueño que están ligeramente conectados con el discurso que viene relatando, es decir, cuando parece que se produce un cambio de sentido del discurso, pero que permite una nueva perspectiva de lo que venía diciendo hasta ahora. Pero si ese cambio en el mismo es muy frecuente y dispar, se produce una fragmentación del relato, y una imposibilidad de dar significado, resultando, por el contrario, que éste se pierde cada vez más, entrando en confusión, en cuyo caso lo que ha sucedido es que la asociación libre está al servicio de la defensa.Las asociaciones libres son especialmente significativas cuando surgen como respuesta a una intervención o interpretación del terapeuta. A una chica con problemas de alimentación (anorexia), en las entrevistas diagnósticas le hice una interpretación señalando que tal vez la explicación que ella se daba para no comer por «sentir asco de la comida que le daba la madre, por lo poco limpia que es», podría estar expresando la vivencia de que ella rechaza a una madre que parece no darle todo el cuidado afectivo «limpio» que ella siente que necesita; «limpio», es decir, sin estar contaminado por otros intereses afectivos de la madre. La paciente contesta que en ese momento se le ocurre, sin saber por qué, que odia a los niños, por el hecho de que necesitan de los mayores para saber la verdad de las cosas. Es decir, que con esta asociación espontánea, «libre», la paciente me advierte que el problema no radica tan sólo en que exista una madre no suficientemente «limpia», sino también en su dificultad para reconocer sus necesidades infantiles y la dependencia necesaria de las figuras adultas para aprender y crecer.Pero en PBP, como decimos, la asociación libre viene determinada por dos elementos específicos de esta terapia: la focalización y el tiempo. El paciente sabe que dispone de un tiempo limitado, aunque luego, a veces, lo olvida. Pero aún así en estas condiciones, también le resulta difícil asociar libremente, pues ello le acerca a cuestiones conflictivas difíciles de tolerar. Al comunicar al paciente la consigna de la asociación libre se le añade que eso puede ser compatible con el hecho de que las áreas focalizadas reclamen mayor interés en la psicoterapia. Y en efecto, en el curso de la misma, el paciente se «olvida» en cierta manera del foco y trae a la sesión aquello que está más en primer plano en su mente. Lo veremos más adelante en el capítulo sobre focalización.

2 Insight y elaboración. Los expongo conjuntamente porque pienso que son dos conceptos que responden a fenómenos clínicos estrechamente ligados en el proceso psicoterapéutico. Los insights adquiridos sin elaboración subsiguiente son como frágiles burbujas que desaparecen pocos instantes después. Y la elaboración sin insights puede transformarse en meras racionalizaciones desprovistas de profundidad emocional. El insight y la elaboración son actividades mentales que corresponden al paciente y forman parte del proceso psicoterapéutico. La elaboración comporta el desarrollo de ciertos aspectos de la mente «obtenidos» a partir de las interpretaciones o trabajo interpretativo producido por el terapeuta y que ha suscitado algún insight en el paciente. Cuando el terapeuta muestra, pone luz, sobre una determinada área de la vida mental del paciente, la respuesta de éste puede ser, o bien de rechazo, levantando las más diversas defensas —vale decir que experimentando la relación con el terapeuta sobre la base de ciertas fantasías inconscientes— cuya finalidad estriba en inutilizar, invalidar, borrar lo mostrado o evidenciado por el último. Otra reacción frente a la interpretación es la de poner en marcha el trabajo de elaboración de aquello que ha adquirido nueva vigencia en la vida mental del paciente. Hasta ahora, se encontraba disociado y proyectado y, en consecuencia, «como si» no formara parte de su personalidad, es decir perdido, aunque sería más preciso decir secuestrado en los objetos en los que se ha proyectado. En este momento, en que la interpretación ha dado su fruto, es decir, ha prendido —y ello gracias a un trabajo interpretativo previo— estimula el interés, la curiosidad, la necesidad del paciente en iniciar esa actividad mental que llamamos elaboración, en cuanto que ahora existen unas condiciones de fortaleza del self y de la relación psicoterapéutica que permiten una mayor tolerancia del dolor concomitante al proceso de elaboración.La elaboración es un trabajo psíquico del paciente, pues, y por tanto requiere su tiempo, que es particular de cada individuo. A veces es difícil distinguir cuándo el tiempo que tarda un paciente en asimilar y elaborar el trabajo interpretativo del terapeuta se trata de una defensa pertinaz del paciente, y cuándo responde a una necesidad de sus capacidades y limitaciones, más allá de las cuales estamos forzando una situación que puede tener el efecto contrario, acentuar las actitudes defensivas. Por ello, en PBP, aún cuando el terapeuta sea capaz de comprender ciertas áreas o focos de la mente del paciente, si resultan extremadamente dolorosos, la elaboración requeriría de un tiempo mayor que el propuesto en esta terapia, y en consecuencia, lo aconsejable es declinar su abordaje.

2.2. Conceptos técnicos en función del terapeuta

1 La atención flotante. Como es sabido, la actitud del terapeuta de atención flotante sería la contrapartida de la asociación libre del paciente. Pero, como en aquella, conviene matizarla en su aplicación a la PBP. Es decir, que también viene determinada por los dos factores centrales, la focalización y la limitación del tiempo. En primer lugar, el terapeuta tiene presente el área de conflictos diagnosticados en las primeras entrevistas como lo que ha de ocupar básicamente su atención. Sin embargo, está abierto a todo lo que el paciente aporte en las sesiones. Qué duda cabe que ese tipo de escucha no deja de ser un tanto selectiva, lo que lleva al terapeuta a desoír consciente e inconscientemente parte del material que no se corresponda con lo focalizado.Pero una de las aportaciones básicas del psicoanálisis al desarrollo de las técnicas psicoterapéuticas es la de un determinado método de observación de los hechos que se le ofrecen por parte del paciente mediante su comunicación. Este método estriba en la atención flotante. ¿Qué se quiere decir con ello? Suspender toda la atención del terapeuta de cualquier otra cuestión que no sea lo que aporta el paciente. Ese estado de la mente del terapeuta es el que propicia una mayor receptividad de los fenómenos mentales de aquel, sin que queden demasiados contaminados por sus ideas preconcebidas o sus prejuicios, u otras presiones del entorno inmediato del paciente, o de la escuela teórica de pertenencia del profesional.De manera que la actitud del terapeuta de «atención flotante» requiere de una cierta disciplina mental, un esfuerzo considerable. Aunque en la PBP, y en toda psicoterapia de objetivos limitados dicho estado mental queda restringido, como hemos dicho. Y por tanto deberíamos hablar de una atención flotante relativa, en el sentido de que aún manteniendo una atención preferencial respecto de los problemas que hemos considerado centrales con el paciente, ello no sea obstáculo para escuchar todo aquello que el paciente trae a la sesión. En realidad, diríamos que el terapeuta de PBP necesitaría ser capaz de un cierto grado de disociación instrumental, es decir, al servicio de su técnica. Por un lado, puede escuchar todo aquello que el paciente le hable. Por otro, tiene disponible, en «stand by», las cuestiones que se han focalizado o que se consideran centrales de los conflictos del paciente.

2 La neutralidad (benevolente), clásica en la técnica psicoanalítica, es una actitud adecuada para toda psicoterapia. Aunque en la PBP, no obstante, el terapeuta requiere una mayor actividad en sus intervenciones, lo cual no quiere decir una postura directivista, por supuesto. ¿A qué llamamos neutralidad benevolente? Es una actitud difícil de comprender para la persona de la calle. Cuando alguien explica un problema a otra persona, ésta responde en el nivel similar de registro emocional. Es decir, si una persona explica a otra sus penas por la pérdida de una relación, la última responderá consolándola, y en el peor de los casos deprimiéndose con ella. En otra situación, una persona explica sus angustias frente a un problema laboral y el interlocutor de la calle puede responder dándole consejos sobre cómo intervenir ante esa situación. En todas estas situaciones hay alguien que vive una situación que le desborda, no puede pensar sobre la misma, y busca a otra persona que lo haga por él.La neutralidad benevolente, en cambio, es la actitud propia del terapeuta que en primer lugar evita esas reacciones del interlocutor de la calle. Es decir, de no entrar en colusión, diríamos, con el paciente en cuanto evitarle que piense sobre su problema. (Hablo de pensar en el sentido bioniano de tolerar una experiencia para metabolizarla y darle un significado). Por el contrario, tratamos de ayudarle a pensar. Y la primera cuestión estriba en que el terapeuta aprenda a tolerar el impacto de lo que se le ha comunicado, para pensar sobre ello.Pero dicha actitud no se corresponde con la imagen que Freud nos dio del analista como un espejo en sentido literal, ni siquiera en el propio psicoanálisis. No responder como la persona de la calle no quiere decir adoptar una actitud distante y fría. Y mucho menos en una psicoterapia psicoanalítica breve. Hay muchas maneras de reaccionar ante el paciente, dando muestras de una actitud receptiva, pero sin responder en el sentido de ofrecer una tranquilización inmediata, para evitarle que piense sobre su experiencia. Otra cosa es la respuesta explícita del terapeuta, es decir, sus intervenciones, sean interpretativas o no.

3 Trabajo interpretativo. Aunque dedicaré todo un capítulo para desarrollar este tema de manera específica en PBP, aquí daré algunas generalidades.Como vengo diciendo, en psicoterapia breve hay dos cuestiones principales en las que el terapeuta debe asumir la responsabilidad de retener y, en su momento, aportar al paciente. Una, conectar la comprensión de un tema con el área de conflicto focalizado, y dos, recordar de vez en cuando, la duración del tratamiento, sobre todo en la etapa final del mismo. Además, esta actitud un poco más activa incluye no prolongar demasiado los silencios del paciente, por ejemplo, introduciendo elementos de la vida actual del mismo cuando sea pertinente para ampliar la comprensión de un conflicto. Y, por supuesto, las demás intervenciones no interpretativas de toda psicoterapia: esclarecimiento, señalización, propuesta de indagación sobre determinados aspectos, recordar cuestiones ya tratadas etc., aunque siempre a partir del material inmediato que permita relacionarlo. De todas formas, ello debe entenderse a partir de una actitud básica de escucha, por parte del terapeuta. Puesto que se trata de una psicoterapia de base psicoanalítica, es necesario que se establezca una relación que permita que afloren aspectos inconscientes del paciente, y para ello se requiere que sea éste quien más hable. Si, por el contrario, el terapeuta adopta una actitud demasiado pasiva, se trataría de una postura pseudo–psicoanalítica, inadecuada, que puede crear desorientación o confusión en el paciente, puesto que no existe la frecuencia ni nivel interpretativo para trabajar el material que aporte.

3. Definición de Psicoterapia Breve Psicoanalítica en el contexto de otras psicoterapias psicoanalíticas

En primer lugar, algunas aclaraciones sobre el término psicoterapia breve psicoanalítica acuñado para la experiencia que aquí se recoge. Al revisar las expresiones utilizadas por diferentes autores, en especial anglosajones que han practicado más este tipo de psicoterapia, y durante la primera época del desarrollo de las terapias breves, encontramos que no se empleaba el adjetivo psicoanalítico, a pesar de que la mayoría de ellas han surgido o se fundamentan en muchos de los principios psicoanalíticos. Veamos algunas de los autores más representativos: Psicoterapia Breve (Malan, 1963; Bellak y Small, 1965; Guilleron, 1987); Psicoterapia limitada en el tiempo, (Time-Limited Psychotherapy, Mann, 1973); Psicoterapia corta en el tiempo (Short-Term Psychotherapy Provoking Anxiety, Sifneos, 1972; y Short-Term Dynamic Psychotherapy, Davanloo) y Psicoterapia focal (M. Balint, 1972). Posteriormente, sí encontramos que lo psicoanalítico se ha incluido para denominar esta técnica. Por ejemplo, Braier (1987): Psicoterapia breve de orientación psicoanalítica; Farré, Hernández y Martínez: Psicoterapia psicoanalítica focal y breve (1992).

Ante ese hecho inicial, cabe pensar que predominó un interés en resaltar el factor limitación del tiempo. Sólo en dos autores se añade alguna precisión más. Sifneos, por ejemplo, aporta algún dato específico a su psicoterapia con la expresión «provocadora de ansiedad». Davanloo califica su técnica de «dinámica», que, como se sabe, es el término abreviado de «psicodinámico», es decir, de la psicología derivada del psicoanálisis, que muchos autores utilizan para indicar que aunque proveniente de aquel se diferencia del mismo. Sirva esto de ejemplo, pues no pretendo hacer una revisión exhaustiva de las diferentes denominaciones y técnicas de psicoterapia breve. Para ello puede consultarse la revisión que hace E. Guilleron (1987).

Parece, pues, que la limitación en el tiempo y la no utilización del adjetivo psicoanalítico como una manera de establecer la diferencia respecto del psicoanálisis propiamente, es lo que caracteriza estas denominaciones. Pero se tiene la impresión, en algunos casos, que se ha priorizado tanto el factor tiempo en detrimento de lo psicodinámico, que han derivado en una preocupación por otras «dinámicas» de la conducta que poco tienen que ver con lo psicoanalítico. Es el caso de Sifneos y Davanloo, no obstante lo cual se les sigue incluyendo entre los autores que comparten el terreno psicoanalítico, como hace Guilleron (1987), por ejemplo. Por otra parte, durante mucho tiempo el término psicoterapia ha estado ligado a la psicoanalítica o psicodinámica, por lo que no era necesario adjetivarla. Pero desde hace ya bastantes años han ido proliferando técnicas psicoterapéuticas procedentes de las fuentes teóricas más diversas, como la cognitivo conductual y la sistémica por citar dos de las más relevantes en la actualidad.

En cuanto a la no utilización del adjetivo psicoanalítico para evitar confusiones entre psicoterapia y psicoanálisis, probablemente fue una reacción contra los primeros intentos de utilizar formas abreviadas de psicoanálisis como alternativas al mismo, según vimos al estudiar la aportación de M. Balint. Hoy día la situación podría ser más clara, salvo para algunas tendencias, en llamar psicoanálisis a toda intervención psicoterapéutica que esté de alguna manera fundamentada en la teoría psicoanalítica. Por mi parte, considero que el psicoanálisis ha conseguido desarrollos teóricos y técnicos que le han dado una mayor consistencia, lo que le permite prestar elementos de ambas a diferentes campos de aplicación. Así, ha sido posible el desarrollo de diferentes formas de psicoterapia, inspiradas u orientadas psicoanalíticamente: psicoterapias psicoanalíticas de larga duración, psicoterapias breves, grupales, familiares, por citar las que me resultan más próximas, que pueden quedar bien delimitadas en su metodología y ámbito de acción terapéutico respecto del psicoanálisis propiamente.

Hechas estas salvedades, parece lícito recuperar el adjetivo psicoanalítico para toda modalidad psicoterapéutica que, con un mínimo de rigor, trate de aplicar ciertos principios del psicoanálisis. Así es que hablamos de psicoterapia psicoanalítica en la individual. Pero cuando se trata de otras modalidades, en función del tiempo (breve) o del número de pacientes (grupal) o del ámbito de intervención (familiar o institucional) creo más clarificador anteponer el adjetivo que especifique la misma. Así, en el caso de las psicoterapias de tiempo limitado, el caso que aquí nos ocupa, he escogido el término breve, otros emplean el de «limitada», y diremos «Psicoterapia Breve Psicoanalítica». Otro tanto cabe hacer con la «psicoterapia de grupo psicoanalítica» o la «psicoterapia familiar psicoanalítica». Creo que, por el contrario, si anteponemos lo «psicoanalítico» al tipo de modalidad se puede prestar a confusión. Por ejemplo, si decimos psicoterapia psicoanalítica breve, parecería que nos referimos a una psicoterapia psicoanalítica o psicoanálisis abreviado. Por otra parte, los términos «analítico» y «dinámico», han ido experimentado un cambio de significado que dificulta saber lo que se entiende por los mismos excepto que han perdido la especificidad de lo psicoanalítico en algunos casos, como decía más arriba.

Dado que en las últimas décadas el psicoanálisis se ha desarrollado en líneas de pensamiento diferentes, conviene precisar cuál es la concepción de los principios psicoanalíticos en los que se fundamenta una psicoterapia breve, que es lo que ya hice en el capítulo anterior. Me parece un requisito obligado para clarificar las diferencias técnicas existentes respecto de otras prácticas de este tipo de psicoterapias, basadas también en la teoría psicoanalítica, como mostré al examinar el caso de M. Balint, y como veremos también a continuación.

Como dice Sifneos (citado por Malan, 1976) tal vez durante mucho tiempo el único elemento común entre las diversas modalidades de psicoterapia que se adscribían al rótulo de breve era el de la cortedad del tiempo. Muestra extrema de ello la constituye la obra de Small (1971) que bajo el título de Psicoterapias Breves expone una relación de técnicas e intervenciones que acogen un abanico de posibilidades tan amplio y heterogéneo como la técnica focal de Malan y la terapia electroconvulsiva (¡!), pasando por diversas modalidades conductistas. En esta obra, como en la conjunta de este autor con Bellak (Bellak y Small, 1975) lo prioritario parece ser la respuesta terapéutica inmediata, rápida y de breve duración ante situaciones asistenciales de emergencia, pero que al incluirlas todas ellas bajo el título de psicoterapia breve induce a confusión. En el caso de querer informar de técnicas alejadas del marco teórico de los autores (el psicodinámico) cabría, en todo caso, ofrecer una comprensión psicodinámica de lo que la aplicación de tales otras técnicas comporta, diferenciando la psicoterapia breve de orientación dinámica de las otras intervenciones.

Pero sin ir tan lejos, la heterogeneidad de prácticas psicoterapéuticas de corta duración puede cubrir un espectro que corre, según la perspectiva de la frecuencia de las sesiones, por ejemplo, desde las que consideran como tal psicoterapia el haber realizado una sola sesión, hasta los que proponen un número de sesiones que oscila entre treinta y cuarenta. ¿Es posible denominar de la misma manera al procedimiento terapéutico de una sola sesión que el que insume cuarenta? ¿Qué se entiende entonces por psicoterapia? En consecuencia, parece obligado tratar de precisar qué entiendo por psicoterapia, lo que haré enseguida.

La práctica psicoanalítica se ha ido convirtiendo en un proceso cada vez más largo, que requiere de una dimensión temporal dilatada. Ello es así debido al mayor conocimiento de la vida mental que hoy día tenemos, lo que ha permitido dar más cuenta de las complejidades y dificultades que implica el proceso de cambio en el individuo. Y aunque el tiempo de dicho proceso es estrictamente individual, en cualquier caso puede decirse que el factor tiempo es una de las variables menos determinantes en el psicoanálisis como terapia.

¿Cómo es posible entonces plantear una modalidad de psicoterapia que, a la vez que basada en los principios psicoanalíticos esté limitada en el tiempo? ¿Las adjetivaciones breve y psicoanalítica no son excluyentes por principio? Hay quien resuelve este problema priorizando la psicoterapia breve como alternativa al psicoanálisis, en unos intentos de corto alcance. Aunque tales autores se basan en algunos de los principios psicoanalíticos, reniegan del psicoanálisis como técnica terapéutica, por obsoleto e inadecuado a las exigencias actuales. Utilizan los términos dinámico, terapias dinámicas o psicodinámicas para modalidades terapéuticas que suelen albergar una profusión de principios, por lo que raramente evitan caer en la confusión cuando no el simplismo de escaso rigor científico. Sirva de ejemplo la obra de Davanloo8 en la posición extrema de ofrecer la psicoterapia breve como alternativa al psicoanálisis; o, más cercano a nosotros, la de Kesselman (1972), donde la profusión del uso de técnicas terapéuticas desvirtúa la especificidad de la psicoterapia breve; y, aunque en menor medida, Ruiz Ogara (1969) también propugna una psicoterapia dinámica, alternativa al psicoanálisis.

Pero es posible plantear la cuestión de otra forma. La teoría psicoanalítica ofrece un conjunto de principios, conocimientos y datos elaborados que, aunque extraídos fundamentalmente de la práctica clínica psicoanalítica pueden ser aplicados a otros campos de la actividad humana. Desde esta perspectiva, cabe considerar la psicoterapia breve y toda psicoterapia de orientación psicoanalítica como una aplicación9 de la teoría psicoanalítica. Pero evidentemente, no es lo mismo la utilización de esta teoría para la comprensión de una obra literaria o teorizar sobre el proceso creativo en las artes plásticas, para aplicarla a la práctica de la asistencia sanitaria en general, y menos semejante lo es al tratarse de su aplicación a una práctica psicoterapéutica. Y esto es así por la sencilla razón de que la última se encuentra mucho más próxima, en cuanto a técnica y objetivos a conseguir a la práctica psicoanalítica que los otros campos de aplicación. De ahí también la necesidad de establecer con claridad los límites entre psicoanálisis y psicoterapias psicoanalíticos del tipo que sean.

3.1. Psicoterapia breve psicoanalítica: concepción de lo psicoanalítico

Trataré de explicar cómo entiendo cada uno de los elementos de la expresión «psicoterapia breve psicoanalítica», que acuñamos para designar la experiencia realizada en el seno de un equipo10, y de la que fundamentalmente esta obra se nutre, para sus desarrollos teóricos y clínicos. El adjetivo psicoanalítico alude a que adoptamos como fundamento los principios psicoanalíticos en el sentido de una concepción de la vida mental, en la salud y la patología, determinada por conflictos y vicisitudes inconscientes y en su relación con lo consciente. También hace referencia a lo psicoanalítico en cuanto «terapia», es decir, a una relación entre dos personas en la que se pretende el objetivo de cambio de una de ellas con la ayuda de la otra, y por lo tanto toma algunos elementos técnicos del psicoanálisis, aunque con las modificaciones pertinentes. Por tanto, al adjetivar a esta modalidad de psicoterapia como psicoanalítica se hace en un doble sentido: por un lado, los fundamentos teóricos del psicoanálisis, y, por otro, ciertos elementos técnicos del psicoanálisis. Las bases de ello quedan expuestas en el capítulo anterior y en el presente.

3.2. Psicoterapia breve psicoanalítica: concepción de lo psicoterapéutico

En cuanto al término psicoterapia, también son necesarias algunas precisiones para limitar su uso de manera rigurosa. La propuesta es que se reserve el término para aquellas modalidades terapéuticas de índole psicológica en las que estén presentes, al menos, estos dos elementos: el proceso terapéutico y un objetivo de cambio. Y entiendo por proceso, como ya adelanté en el capítulo anterior, la creación de un vínculo entre terapeuta y paciente con un mínimo de consolidación como para que pueda desarrollarse una experiencia emocional que posibilite la emergencia de aspectos inconscientes y un determinado conocimiento de los mismos. Como ya dije, desde mi posición teórica, el proceso implica el desarrollo de dos componentes, el de la experiencia de vinculación y la de separación. Esto quiere decir también que se requieren de unas condiciones (encuadre) para que esa relación pueda producirse, para que sea posible una historia de la misma, que comporte momentos de separación y de reencuentro, lo que implica una secuencia temporal mínima, suficiente para que los fenómenos que ligan a una persona con otra puedan ir emergiendo. En el Esquema 2.2 resumo las diferencias entre proceso psicoanalítico, proceso psicoterapéutico y proceso asistencial. Al hablar del tiempo en el capítulo VI, retomaré el tema del proceso tan ligado a éste.

El otro elemento que propongo para la definición de psicoterapia es el objetivo de cambio psíquico. Evidentemente, las posibilidades de cambio en algunas áreas de la personalidad del individuo varían ostensiblemente según el procedimiento utilizado, desde el psicoanálisis propiamente hasta la psicoterapia breve, pasando por la psicoterapia psicoanalítica de larga duración. Pero lo diferenciamos del objetivo terapéutico, exclusivo en otras terapias. Pues aun cuando dicho objetivo también está presente, desde la perspectiva psicoanalítica, cabe sostener la tesis de que la mejoría sintomática por la vía de la comprensión de los dinamismos inconscientes que generan los síntomas comporta una mayor solidez en los logros terapéuticos.

Esquema 2.2. Proceso psicoanalítico, psicoterapéutico y asistencial

Proceso psicoanalítico

 Vínculo paciente/terapeuta presidido por múltiples experiencias transferenciales.

 Presencia de diferentes niveles de simbolización, desde los más adultos hasta los más primitivos, desde los más sanos a los más psicóticos.

 Transformaciones y creación de sentido en la interacción de la transferencia y contratransferencia

Proceso psicoterapéutico

 Vínculo entre terapeuta y paciente matizado por componentes transferenciales.

 Aspectos adultos del paciente más presentes.

 Transformaciones de aspectos del mundo interno del paciente y relacional

Proceso asistencial

 Vínculo con el terapeuta menos intenso que en psicoterapia y psicoanálisis. Y vínculo múltiple con varios profesionales en función de plan terapéutico.

 Ciertos cambios relacionales y del mundo externo del paciente.

También parece adecuada la propuesta de Guilleron (1983) al hacer un intento de clasificación de las psicoterapias sobre la base de dos parámetros: la relación terapéutica y el encuadre, lo que permitirá trazar una frontera clara entre la psicoterapia propiamente dicha (que implica proceso temporal) y lo que este autor denomina las intervenciones con objetivos psicoterapéuticos. En general, estaría de acuerdo, aunque por mi parte, las líneas fronterizas pueden trazarse entre distintas modalidades terapéuticas (me refiero tan sólo a las individuales), por ejemplo: psicoanálisis, psicoterapia psicoanalítica de larga duración, psicoterapia breve psicoanalítica e intervenciones o entrevistas psicoterapéuticas. Los objetivos terapéuticos y los procedimientos técnicos utilizados en cada una de estas prácticas deben estar claramente definidos.

A continuación propongo en la Tabla 2.111 una comparación de diferentes métodos de psicoterapia individuales, entre ellas la PBP, mostrando sus diferencias entre sí y con respecto al psicoanálisis en función de varios criterios: objetivos terapéuticos, tipo de proceso terapéutico, método y encuadre establecido.

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22 ekim 2025
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9788412469059
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