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Kitabı oku: «El Cuarto Poder», sayfa 17
Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, El Faro y El Joven Sarriense emplearon útilmente sus columnas en injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha. Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo, contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a quienes El Faro había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no saludaban a los del contrario, aunque hubieran, sido hasta entonces buenos amigos.
El Faro y El Joven Sarriense comenzaron a criticarse respectivamente el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en el régimen.– «Esa palabra no es castellana»– decía El Joven.– «La palabra desilusionar, que los peleles del Joven Sarriense afirman que no es castellana— contestaba El Faro,– la hemos visto empleada por los más eminente escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el tiro por la culata.» Replicaba El Joven, contrarreplicaba El Faro, citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos lados el Don Juan Tenorio de Zorrilla y los artículos del Curioso parlante. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática lata de la Academia, que no reposaban nunca.
Contra quien se dispararon los tiros lingüísticos más envenenados, fué contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía, la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones, considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática, Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla. Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones castellanas.
Este prurito de ajustarle los galicismos al Faro, fué una de las manías que tuvo El Joven Sarriense o sea el colega local, como le llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía, trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano» del Faro. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le echaba encima El Joven, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué carcajadas las del Joven Sarriense! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a su estilo libre, feliz e independiente.
Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables», «cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario. Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos padres. El Joven Sarriense fué el primero que dió la señal, publicando un cuento árabe titulado La esclava Daraja en que bajo este nombre, se relataba ce por be la historia de doña Paula y su matrimonio con Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo, escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.
El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron, pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes. No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió. Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección. Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones, se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos amigos. El Faro le había zarandeado de lo lindo con este motivo. Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del Faro con más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media, comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno del Faro, ordenaba prontamente la vuelta.
Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso. En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido, la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin, el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos. Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta, como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al servicio del poder constituído.
Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno. Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas, su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.
Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos, sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada. Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba. Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
– «Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras, que suba o baje la rasante.
Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor, que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado. Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como all, call, mall. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal a y de la consonante ll, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más o menos legítima.
Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar. Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser. Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle, percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo! ¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para restablecerlos en su sitio.
Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque! ¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc., que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna, después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un instante deslumbrado. De repente no vió nada.
Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso de apoplejía fulminante.
XV.
de la entrada famosa que hizo en sarrió el duque de tornos, conde de buenavista
Eonvendríal señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a participar al presidente de la Academia que el alcalde le había amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde iban a la romería de San Antonio.
– ¿Cómo es eso?– preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de noche..– ¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?
– No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.
– ¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?– profirió con acento irritado.
– Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo… y como la carretera atraviesa la romería…
– Ah, sí, el duque de Tornos… ¿Pero qué tiene que ver?… ¡Vamos, están locos!… Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza. Creo que lo arreglaremos. Déjame.
Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia. Pidió el desayuno.
– No puedo dárselo, señor. La señora, se ha llevado las llaves, y no hay chocolate fuera.
– ¡Siempre lo mismo!– murmuró el anciano, no tan enojado como debiera.– Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que hace falta… Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero puede haber un negocio urgente como ahora…
– ¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
– No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay por ahí nada que comer?
La criada tardó unos segundos en contestar.
– No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora…
– Sí, sí, ya sé.
Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
– ¡Caramba, si diera alguna llave!
Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas no tuvieron buen éxito.
Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
– Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.
Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a la doméstica:
– ¿Hay pan por ahí?
– No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío…– respondió la muchacha sonriendo.
– Bueno; a ver ese pan tuyo.
Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo sacó un medio pan de centeno, bastante negro.
– Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba— dijo cortando un pedazo.– ¡Viva la gente morena!– añadió paseando por la boca un bocado de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.
La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.
– Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro…
Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado, se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por don Gabino.
– El señor alcalde está en sesión.
– ¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!
En efecto, por lo rara se había señalado.
Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora presente padecían las amarguras de la derrota. Aun tenían mayoría en la corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.
Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente, por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: ayúdate y ayudaréte, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo. Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales, anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también, dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave. Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía; esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del Faro, y tumultos sin cuento en las sesiones municipales.. Pero a Maza se le daba por todo una higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.
Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don Mateo.
– ¿Esperando que termine la sesión, eh?
– Sí, señor— respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano el deseo de entrar en más averiguaciones.
Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.
Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura, el Cielo mismo.
– ¡Qué lástima de día!– exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo.
– Verdad— contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.– Sin embargo, la tierra de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días.
– ¡Qué ha de estar!– profirió don Mateo.– Ahora en el verano pronto se seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua fácilmente.
Los notarios le miraron con enternecimiento.
– Me ha dicho Pepe la Esguila— prosiguió— que los paisanos han visto saltar las liebres estos días en Ladreda.
– Ya lo sabemos,– dijo Sanjurjo.– Hoy, si no fuera por un quehacer que nos ha salido, hubiéramos ido a allá.
Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.
– Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos ayer noche.
Los notarios se miraron consternados.
– ¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!– exclamó don Víctor.
– Francamente, me engañó ese tuno… Bueno; alguna dejarán… Mañana iremos usted y yo, don Víctor.
Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado. Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al orden.
Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.
– Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda dedicarse a la caza.
– ¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo— exclamó don Víctor con cariñoso entusiasmo.– En cuanto se pone sobre la pista de la liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.
– ¡Si usted me lo hiciera bueno!– profirió Sanjurjo, sonriendo con resignación.
Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se había puesto en cuatro patas: era una exhalación.– ¿Cómo?– preguntaba don Mateo asombrado,– ¿en cuatro patas?– Lo que usted oye. Sanjurjo se reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño, cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella obstinación suya había dado al fin resultado!– ¿Se acuerda usted de aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco, o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?
La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el nudo de la corbata en el cogote.
– ¡Sanjurjo!… ¡Sanjurjo, venga usted!– dijo con voz alterada, sin saludar, sin ver siquiera a don Mateo.
El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.
