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Kitabı oku: «El Cuarto Poder», sayfa 16

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Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones, al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio, exclamaba riendo:– «¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?… Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de Ventura:– «Ya verás— le decía;– dentro de algunos meses no se acordará de semejantes tonterías».

Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo, algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante, él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:– «¡Qué lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!»

Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío, admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías, aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor, procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle de otra cosa.

En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven.

– Gonzalo— le dijo,– me encuentro ya en edad y en disposición de casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás. Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable. Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña, la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las cosquillas que es una bendición… Además, tu cuñada tendrá una buena fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de dejar también alguna hacienda… ¿Quieres preguntarle si le he sido antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente que me presenten en su casa?

Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la hiciera, habían sido atendidas.– «Creo que si yo no consigo llevar a remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»– concluyó por decir en un rapto de expansión y de orgullo.

Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño:

– ¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?… ¿No?… Pues siéntate un momento, que voy a confesarte.

La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse.

– ¿Tienes novio?– la preguntó bruscamente.

– ¡Qué pregunta!– exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse.

– No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado. Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que hubiese logrado interesarte más o menos.

– ¿Para qué quieres saber eso?

– Contesta.

Cecilia hizo un gesto negativo.

– Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo ha suplicado… Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático.

– ¿Antipático?– preguntó con sorpresa.– ¿Por qué? A mi no me es nadie antipático mientras no cometa alguna grosería.

– Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado en esta casa.

– Eso es otra cosa— respondió poniéndose repentinamente seria.– Yo no puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a dárselo.

– No se trata de que lo aceptes por novio— se apresuró a decir Gonzalo.– Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se la niegues.

– Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato— replicó con firmeza la joven.

– Es muy pronto eso— dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación que aquella brusca respuesta le había producido.

– Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?

– Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un año, no te enamores de él.

– Soy incapaz de enamorarme— dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado no entendió.

– El amor viene cuando menos se piensa— afirmó éste sentenciosamente.– Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja.

Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada, repuso:

– Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día.

– ¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres, están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo están construídos para la producción de esta vida…

Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena familia, con brillante carrera, etc., etc.

Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que esperaba un príncipe de la sangre?… Pues que no se descuidara mucho, porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos asuntos bastantes chascos…»

La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

XIV.
de los galicismos que cometía «el faro de sarrió» y otros asuntos no menos interesantes.-primeras bajas de la batalla del pensamiento.

Donvendríaespués de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos, explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.

Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible, recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del Faro había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó percibir risas comprimidas.

¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo unos y otros lo tornaron con calma y se decían riendo:– «Acabo de encontrarme con don Rosendo.– Qué tal, ¿te ha tosido?– Ya lo creo; ¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto desafío de dos yankees, al topar junto al café de la Marina con Maza, se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca, le dijo al oído con acento rabioso:

– Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado de tisis! ¿lo oye usted?

Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste, no parecieron.

El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo, consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron solamente los redactores del Faro y los tertulios del Saloncillo quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire. También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas, que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las actas que inmediatamente se publicaban en el Faro y en los periódicos de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites ordinarios.

Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por un comunicado inserto en El Porvenir de Lancia, en el que se decía que los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria. El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín, por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos, se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le caracterizaba:

– Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?

El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:

– Bueno… si usted cree que merece la pena…

– ¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino por móviles mezquinos bastardos es insultarle… A vej, don Feliciano. ¿Quiere usted escuchaj una palabra?

Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado, con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un esclavo para labrarse un capitalito… Y ahora que lo tenía… por una quijotada de ese farfantón… ¡acaso!… El fabricante apenas podía pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.

La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba… que él no tenía agravio alguno de don Rudesindo… al contrario. Pero Peña le había atajado, diciéndole:

– Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas que se entiendan con nosotros.

El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio antiguo, en las primeras horas de la mañana.

Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo trayecto. Peña le dijo antes de llegar:

– Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el corazón… Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego muy difícil, ¡muy difícil!…

El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo no difícil, sino imposible.

– Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo… Pero, como ya sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme, hágalo antes que lleguemos.

Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con voz sorda:

– Si perezco, déle usted esto al señor Benito.

Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.

– ¿El señor Benito el Rato?– preguntó Peña.

Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante para ocultar su emoción.

Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro ser, de las que no teníamos la menor sospecha.

El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar sitio, porque las ortigas y zarzales impedían marchar y romper convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don Feliciano Gómez cometió la incorrección (¡Dios le bendiga por ella!) de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de tila que había tornado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.

– Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!… ¡Mire usted que levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! (Silencio interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.) Hubiera dado el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar. Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave… ¿Dónde está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está? ¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! (Nuevo silencio y nuevos eructos de don Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma resignación que si la pusiera sobre el tajo.) ¡Cuánto mejor sería estar metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi queridín?– profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido gutural.

– ¡Ya lo creo!– siguió el comerciante.– Por más que me digan, don Pedro, yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo… Un vecino… que ha sido su amigo hasta hace poco… con quien se ha criado y ha ido a la escuela…

– No… yo gana… ninguna— murmuró don Pedro, siempre con la cabeza sobre el tajo.

– ¡Velo usted ahí!– exclamó don Feliciano dando una gran palmada.– ¡Lo que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que me lo digan!

Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia. Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo seña de que se acercase.

Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y vacilante.

– ¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don Rudesindo?– preguntó el comerciante a Miranda.

– Ninguna— murmuró éste.

– ¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?

– Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo— balbució el propietario.

– ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?– gritó don Feliciano con triunfal exaltación.– Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo, ¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?

– Sí, señor.

– Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro… un vecino… que ha sido tu amigo hasta hace poco… con quien te has criado y has ido a la escuela de don Matías el Churro?

– Yo, ¿por qué?– dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.

– ¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?

– Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.

– ¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?… Entonces, lo que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.

Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.

En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una jeparación».

– ¡Una reparación!– exclamó el óptimo don Feliciano.– ¡Qué más da que la exigieras, rapaz!

– ¿Se negaría usted a batijse conmigo?– preguntó el ayudante con su voz campanuda.

– ¿A qué habíamos de batirnos?

– A lo que usted quiera.

– Yo, a bailar un tango o una-guaracha, mi queridín— respondió, y diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y desabrido.

Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas del Faro, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.

Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos. El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo. Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en denominar al nuevo órgano El Joven Sarriense. A los postres se brindó con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles enemigos.

La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que devorar durante muchos meses los insultos del Faro, se desahogaban con verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón. Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón Don Quijote y don Rudesindo Sancho, Sinforoso Marqués del Tirapié, Peña El Capitán Cólera, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a quien también insultaban en El Joven Sarriense, se había encontrado con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una de garrotazos que tocaba Dios a juicio.

El Joven Sarriense se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu, valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña. En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias, efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y estaba cada vez más flaco. El Faro, en el número del jueves, después de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con él llamándole maliciosa y torpemente Pericles.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
30 ağustos 2016
Hacim:
480 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain