Kitabı oku: «Riverita», sayfa 6

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VII

Aquel chico gordo, rubio y tan espigado que aporreó al hijo del brigadier, tenía un nombre sonoro y aristocrático, Pedro Mendoza y Pimentel. Era en el fondo un muchacho excelente, tranquilo, amable, inofensivo: si había cometido aquella vileza fue solamente por instigación de la planchadora. A los pocos días, arrepentido sin duda, procuró hacer las paces con Miguel; éste, que no era rencoroso, le perdonó fácilmente y le aceptó por amigo: en poco tiempo llegaron a ser íntimos. No poco contribuyó a estrechar esta amistad por parte de nuestro héroe la ojeriza injustificada que el cura había tomado a Mendoza, y que le hacía padecer bastante. Mendoza era en la clase de don Juan el blanco de todos sus donaires y el hazme reír de los chicos. Llamábale alternativamente brutandor o parisiense; el primer mote, como la palabra misma indica, porque le tenía por el mayor majadero que comía pan; el segundo, porque era muy pulcro, aficionado a vestir a la moda y a llevar esencias en el pañuelo. Aquella vaya continua, aquel martilleo, parecíale muy pesado a Miguel. El pobre Mendoza no hacía en clase nada que no fuese tuerto; en todo hallaba motivos el cura para soltar una cuchufleta o un sarcasmo que hacía prorrumpir en carcajadas a los alumnos: cuando le sacaba al medio para traducir, ya sabían todos que había jarana para rato.

La verdad es que el pobre Mendoza no era de los más despiertos, pero no se podía negar que estudiaba y trataba de cumplir con su deber, y que solamente por capricho o por algún sentimiento menos digno, el cura se ensañaba con él. Miguel le compadecía de veras: si carecía de inteligencia para aprender y explicar bien las lecciones, la culpa no era suya. Así que, cedió en seguida al ruego que le hizo, poco tiempo después de trabar amistad con él, de estudiar juntos y ayudarse a «sacar las composiciones.» Y como Miguel era de comprensión rápida y expedita, aunque un poco aturdido, no fue pequeño el servicio que le prestó; tanto, que al verle traducir con más facilidad y al examinar sus temas mejor concertados, el cura no salía de su asombro: «¡Brutandor, parece que la Providencia ha querido al fin mandarte un rayo de sentido común; alabada sea ella!» El capellán, aunque presumía de perspicaz, no dio en la razón de este favorable cambio hasta pasados algunos meses; cuando al fin averiguó que las composiciones y las traducciones se sacaban con ayuda de vecinos, no quisiera equivocarme, pero tuvo un verdadero alegrón, porque veía confirmado su juicio: «¡Hola! ¿conque Bullita se ha dignado tenderte su mano protectora? ¡Oh generoso niño!… Ven aquí, Bullita… declíname generoso puer.......... y tú, Brutandor, declíname asinus.......... a un tiempo.» Y en verlos ir declinando a voces formando algarabía holgábase D. Juan y se divertía la clase.

Este capellán era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasión de conocerle muy bien, porque le mostró predilección desde el principio, aunque no dejaba por eso de castigarle duramente y a menudo; en los últimos años de la segunda enseñanza llegó a ser su favorito, y hasta le trajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas confidencias, y gustaba de charlar con él, o, más propiamente, murmurar del personal del colegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tenía un amor propio exagerado; presumía de todo lo que un hombre puede presumir, hasta de guapo, pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa. Nada había que le placiese tanto como enseñar los músculos del brazo y los tendones, y ponerlos contraídos y tiesos. Los demás eran hombres afeminados por los vicios; sólo conservándose puro como él, no bebiendo más que agua, no tomando café y huyendo de las porcuzas (las mujeres), se podía llegar a tal robustez, energía, ánimo y hermosura.

No obstante el cariño que Miguel tenía a su amigo Mendoza, no dejaba de jugarle algunas pasadas. Había notado que el capellán era muy aficionado a las palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y que experimentaba cierto deleite pronunciándolas; a cada momento decía examen, o resumen, o dictamen, y a veces traía poco apropósito algunas raras, y que no eran muy castellanas, como el velamen de los barcos, el cacumen, etc. Pues bien; preguntándole un día a Mendoza cierto punto que no traía el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rápidamente al oído: «Di que no lo trae el textumen.» El infeliz, que estaba atortolado, lo repitió sin fijarse, y..... ¡aquí fue ella! D. Juan, pensando que uno y otro se burlaban de él, les dio a entrambos una corrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba y reía a un mismo tiempo. En otra ocasión el hijo del brigadier, que dormía en la misma sala que Mendoza, se levantó por la noche, y con un pedazo de nitrato de plata que se había procurado, le pintó las manos mientras se hallaba dormido. Al día siguiente Mendoza le preguntó muy apenado lo que serían aquellas manchas. Miguel quedose grave y pensativo y le contestó:—«Mientras estén en las manos me parece que no tienen mucha importancia; pero oí decir a mi padre que si salen en la cara es muerte segura, porque manifiesta que la sangre está corrompida; un tío mío se murió de esa enfermedad.» Con estas noticias se quedó Mendoza más apenado aún. Por la noche no dejó Miguel de pintarle tres o cuatro manchas en el rostro, con lo cual, al verse por la mañana en el espejo, comenzó a dar tales gritos y a proferir tales lamentos, que acudió el director y algunos profesores. Enterados del caso y hechas las correspondientes averiguaciones, se le impuso a Miguel un severo castigo. El capellán, que sabía la amistad que ambos chicos mantenían, salió de la sala diciendo:—«Tanto quiso el diablo a su madre, que al fin le sacó los ojos.»

Sin embargo, la amistad seguía inalterable. Mendoza le perdonaba al instante estas y otras bromas, y Miguel, que no las llevaba a cabo con intención malévola, sino por el afán irresistible de reírse, le pagaba su paciencia «sacándole los significados» y metiéndole en la cabeza las lecciones. Y eso que Brutandor, según todas las señas, continuaba siendo el favorito de la planchadora; pero a Miguel ya se le había pasado aquella prematura inclinación amorosa y no se le daba un bledo por el antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba las órdenes perentorias del director, llevando a Mendoza a su cuarto, si bien con secreto; y digo que era ella y no éste quien las burlaba, porque el muchacho nunca hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obligaba. Al fin, tanto miedo tuvo de que el terrible coronel lo supiese, que con precoz sentido determinó separarse de aquel devaneo que no le convenía y no subir más al cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la enhorabuena. Petra le persiguió todavía algún tiempo; pero el nuevo Teseo se hizo el sordo y la dejó abandonada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo, porque el demagogo Marroquín comenzó a romper con desusada frecuencia los botones de la levita y el pantalón, y con la misma frecuencia a subir a su morada buscando remedio para tales desperfectos. Y era lo extraño, que aunque Petra era expedita y tenía la mano larga para el trabajo, nunca tardó menos de media hora en pegar un botón a Marroquín o en coserle el más insignificante siete.

Estos retrasos injustificados comenzaron a notarse en el colegio; los chicos se pusieron en observación y al instante se propalaron entre ellos mil especies, absurdas unas, verosímiles otras, pero todas graciosas. Uno decía que había visto a Marroquín por el agujero de la llave, de rodillas delante de Petra y besándola una mano lo mismo que un caballero andante; otro le había visto pellizcarla un muslo al pasar por su lado; otro le había oído decir, estando los dos asomados a un balcón:—«Petra, te amo;» otro, más serio que los demás y más digno de crédito, aseguraba que su criado había visto un domingo a Marroquín en un merendero de las Ventas del Espíritu Santo, mano a mano con la planchadora. Estas noticias volaban por el colegio y se comentaban entre risa y algazara. Pero los demás profesores, sus compañeros, no se reían; estaban indignados. Distinguíase entre todos el cura D. Juan, a quien no le faltaba más que esto para aborrecer de muerte al heterodoxo naturalista. Después que éste salía de la estancia destinada a los profesores, entregábase a furiosos comentarios y soltaba toda la bilis que tenía acumulada: «¡Barájoles, si no fuese mirando a Dios, le ponía los cinco dedos en la cara a ese puerco!… ¿Han visto ustedes nunca un hombre más rijoso?… ¡Ese hombre quema por donde pasa, barájoles!… ¡Y luego, con quién va a ensuciarse!… ¡con una porcuza!…» Este desprecio que D. Juan testimoniaba a Petra, no era sincero, según pudo convencerse más adelante Miguel; el odio a Marroquín, sí. Otro de los que expresaban con más calor su indignación era Pppsicología: propuso que se diese parte a don Jaime y que se arrojase ignominiosamente a Marroquín del colegio, y que él se comprometía a desempeñar sus clases hasta fin de curso, mediante una corta gratificación; pero los compañeros se negaron a dar este paso. Al poco tiempo, el mismo Pppsicología fue sorprendido por el inspector durmiendo la siesta con la cocinera, una mujerota fea y obesa hasta la monstruosidad, y enterado el coronel, los puso a ambos en la calle, con alegría general de los alumnos por lo que se refería a D. Benigno y con sentimiento en lo que tocaba a la cocinera, que era generosa y amable en sumo grado.

Con este suceso, que llamó extraordinariamente la atención, dejose en paz al hirsuto Marroquín, «el cual por lo menos sabía guardar las formas,» según decía D. Leandro, el tiple de San Isidro. Andando el tiempo se supo que aquél estaba enseñando a leer y escribir a Petra, que después le dio lecciones de Historia, Geografía, Aritmética, Física e Historia natural, que en seguida la hizo leer la Historia de los Papas y la Inquisición y algunos folletos materialistas, y que después de haberla separado convenientemente de toda religión positiva, la hizo su esposa «ante el altar de la propia conciencia.» Pero cuando sucedió esto ya había salido Miguel del colegio.

El carácter del hijo del brigadier nunca pudo modificarse, ni por las buenas ni por las malas; últimamente ya se había renunciado a corregirle y se le castigaba únicamente cuando las travesuras subían de punto. Todos reconocían que tenía mucha disposición y que si se aplicase sería el número uno del colegio; desgraciadamente, durante el curso estudiaba poco, y sólo al llegar el último mes apretaba de firme; pero le bastaba para sacar en el Instituto tan buenas notas como el primero. Tampoco era buen guardador de los deberes religiosos; el cura le tenía encerrado muchas veces por hincarse sólo con una rodilla en misa o pellizcar a los compañeros; durante el rosario se entretenía en comer castañas y meter las cortezas en los bolsillos de los otros, o en prolongar la ese del ora pro nobis más de la cuenta, o en cualquier otra irreverencia que solía costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el colegio con su director espiritual, quien los preparaba previamente en el estudio de la doctrina cristiana y con un examen de conciencia colectivo; se hacía en el salón mayor del establecimiento a fin de que cupieran todos los alumnos; las ventanas se entornaban para que en la estancia hubiese una luz discreta y misteriosa que convidase al éxtasis y la meditación; cada cuál estaba sentado en una silla formando círculo en torno del cura, el cual iba leyendo por un libro los diversos pecados que en la vida pueden cometerse y explicándolos en seguida con proligidad invitándoles después a recordar si tenían que acusarse de ellos. Reinaba un silencio profundo durante algunos minutos. Volvía el cura a leer otro pecado, y así se pasaba casi toda la tarde. «Terminado el examen de conciencia—dijo una vez don Juan—el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado (el cura tendió la vista en torno, y no viendo ninguna, dijo cambiando de tono:)—A ver, Miguel, ve al oratorio y trae el crucifijo grande de madera.» Miguel se presentó en seguida con él en las manos.—«Ponte ahí de frente y levántalo.» Todos se arrodillaron frente al hijo del brigadier, que estaba de pie sosteniendo la imagen. «Terminado el examen, el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado y dirá conmigo con el mayor fervor posible: ¡Dios!…» El cura pronunció esta palabra en voz tan alta y tan lastimera, que Miguel, sin poder contenerse, soltó el trapo de la risa, cayéndole los mocos sobre las manos. Don Juan se indignó tanto, que levantándose de un salto y agarrando la vara de señalar en los mapas, arremetió con él hecho un basilisco. Fue de ver entonces a Miguel correr por la sala y brincar sobre las mesas con el Cristo en alto, perseguido de cerca por el cura, que cuando le tenía al alcance de la vara, se la arrimaba a las carnes no suavemente. Los alumnos que aún viven recordarán seguramente aquel incidente chistoso, que terminó mandando a Miguel al encierro y poniéndose otro chico en su lugar.

Al día siguiente por la mañana, iban a confesarse uno por uno al oratorio, y desde allí a comulgar a la iglesia de San Martín. El cura era muy aficionado a imponer penitencias extrañas y severas. A uno le mandó una vez que cuando sintiese tentaciones de pecar, arrimase el dedo índice a una luz hasta quemárselo, rezando después un padrenuestro: a Miguel le mandó en cierta ocasión que metiese ortigas en la cama y se acostase en cueros con ellas una noche; pero el muchacho no tuvo ánimos para cumplir esta penitencia, y a la postre el cura se vio precisado a conmutársela por otra. Mandole también en otra ocasión que cuando soltase alguna palabra obscena, besase inmediatamente la tierra: esta sí la cumplió, con no poca risa y algazara de los compañeros, pues cuando se hallaba más embebecido en el juego y se le escapaba cualquier palabra de aquéllas, se bajaba rápidamente a dar un beso en el suelo; mas él no se ruborizaba y llegó a tomarlo a risa como ellos.

Los domingos, y también algunas tardes serenas y templadas entre semana, iba todo el colegio de paseo, alumnos y profesores: marchaban de dos en dos uniformados por las calles de Madrid, y salían a menudo por el Salón del Prado hacia Atocha o por la puerta de Toledo hacia San Isidro. Los transeúntes se detenían un instante para ver pasar aquella comitiva donde abundaban los rostros delicados de cutis nacarado, un tanto pálidos por la clausura y los hábitos viciosos del colegio: cruzaban poblando el aire de un murmullo suave, como un enjambre de abejas, más atentos a la conversación que llevaban entablada que a la perspectiva de las calles y a las bellezas del campo. Delante iban los más pequeños, y detrás los mayores; el capellán, el inspector y los demás profesores cerraban la marcha. Cuando llegaban a un paraje solitario y apartado, se hacía alto y se rompían filas. Durante una hora entregábanse todos a los juegos peculiares de la infancia, el salto, la pelota, la peonza, etc. A veces, los profesores alternaban con ellos en estos juegos y llegaban a interesarse y a herirse en el amor propio; el capellán, principalmente, ya sabemos que se jactaba de sobresalir en toda clase de ejercicios corporales, y creía poseer las fuerzas de Sansón; así que le pinchaban un poco, se despojaba de los manteos y la sotana y se ponía a dar brincos como un zagal, cogía a los bueyes de las carretas por los cuernos, sacudía los árboles, enseñaba los brazos, levantaba los chicos a pulso y ejecutaba otras prodigiosas hazañas que recordaban las celebradas de Orlando furioso.

Si el director los acompañaba, que no era siempre, había sesión de pintura; un chico le llevaba la caja, y en cuanto se hallaban frente a un objeto digno de ser pintado (y el coronel no era escrupuloso en la elección de asunto), sentábase en una tijerita formada con el mismo bastón y comenzaba el degüello del arte de Vinci y Rafael. D. Leandro, por su parte, sacando del bolsillo la flauta hecha pedazos, y uniéndolos después con esmero, y templándola con pausa, principiaba a atormentar a Rossini y Mercadante, aunque más tímidamente y confesando su indignidad. Los chicos se reunían en torno de uno o de otro, según sus aficiones; pero los más preferían los ejercicios gimnásticos del capellán. Marroquín, el velloso, no tomaba parte casi nunca en el juego; prefería apartarse un buen trecho de todos y sentarse sobre alguna piedra y entregarse a la meditación; últimamente había descubierto que el estudio servía de muy poco para ilustrarse; lo principal era pensar, meditar mucho.

Ya hemos dicho que el cura mostró predilección por Miguel, apesar de su conducta nada ejemplar. Sin duda la misma travesura del chico le caía en gracia; además, tenía en mucho sus partes intelectuales y creía de buena fe «que en formalizando llegaría a ser algo de provecho.» Cuando hubo un poco de aprieto en el colegio por el excesivo número de muchachos, no tuvo inconveniente en llevarle a su habitación y en que se le armase una cama a su lado. El hijo del brigadier, al principio no encontró de su gusto este cambio; prefería la celda formada con biombos en el salón, donde a hurtadillas del inspector, recorría las camas tirando de los pies a los compañeros o «haciéndoles carteras con las sábanas.» Después se halló mucho mejor, cuando el capellán comenzó a tratarle con cierta familiaridad de amigo más que de profesor. Las extravagancias y el carácter de aquél llegaron a hacerle tanta gracia, que no había para él mayor placer que tirarle de la lengua y escuchar. D. Juan necesitaba un oyente a quien exponer los muchos pensamientos que le fatigaban la cabeza, sus teorías, su braveza, sus fuerzas, su higiene y su horror a «las porcuzas.» Miguel, que era ya un mancebo de quince años, le servía admirablemente para el caso; a veces el capellán, pensando que hablaba con un hombre ya formado, se deslizaba un poco en ciertas materias escabrosas. Observó Miguel que apesar de su odio al sexo femenino, D. Juan gustaba mucho de esta conversación y venía a ella con frecuencia. Por las noches, después que se acostaban y apagaban la luz, era cuando se departía largamente acerca de este y otros asuntos. Decíale el cura muchas veces, que había aceptado aquella plaza en el colegio por no ir de párroco a un pueblo, y eso que le habían ofrecido curatos muy lucrativos.—«Pero en un pueblo está uno muy expuesto; no tendría más remedio que tomar ama de gobierno, y eso siempre es comprometido… ¡Cuántos han caído y se han roto las narices!… El que ama el peligro, perecerá en él, dice el apóstol… Figúrate, Miguel, que meto de ama a Petra u otra así por el estilo, y que una noche la gran porcuza, con mala intención, viene a mi cuarto a llamar.—¿Quién está ahí?—Señor cura, tengo miedo.—¿A qué tienes miedo, gran yegua?—Señor cura, tengo miedo a los truenos… ¿Y qué hace un hombre en este caso, barájoles? Lo más probable es que uno abra la puerta, y entonces ¡adiós con la colorada!… El hombre más santo mete la cara en el barro y queda perdido para siempre jamás, amén.» Observaba Miguel que cuando el capellán describía tales escenas, nunca dejaba de traer como elemento de ellas a Petra, si bien en calidad de término de comparación; esto le hizo presumir que todo aquel desprecio que hacia ella afectaba era pura música, y que la gentil planchadora obraba sobre su corazón la misma mágica influencia que sobre otros muchos del colegio. Y entonces penetró también la razón del odio profundo que Marroquín le inspiraba de algún tiempo a aquella parte, y hasta de la antipatía hacia Mendoza, de quien todos los alumnos creían que estaba Petra enamorada. Riose no poco en su interior al descubrir aquella flaqueza, y con intención poco caritativa, comenzó a soliviantarle siempre que podía, sacándole conversación acerca de las relaciones de Marroquín y la planchadora, noticiándole todo lo que corría por el colegio acerca de ellas, y agregando él mismo cuanto podía para abrasarle de celos. El cura llegaba a ponerse frenético y se le oía dar vueltas después en la cama sin lograr conciliar el sueño.

En cierta ocasión descubrió en el baúl de un alumno un libro de mitología con estampas deshonestas, y se lo llevó a su cuarto. Miguel le sorprendió con él entre las manos mirándole atentamente: el capellán quedó algo confuso:—«Barájoles, acabo de encontrar este libraco en el baúl de Adolfito Medina… ¡Con estas cosas se entretiene ese cerdo!» Miguel tomó el libro y comenzó a hojearlo, sin que el cura se lo impidiese; antes echaba miradas intensas y escrutadoras cada vez que daba vuelta a la página y aparecía una nueva figura, que era por lo general la de una mujer desnuda o medio desnuda; pero nunca dejaba de hacer algún comentario despreciativo.—«¡Mire V., barájoles, mire V. esa porcuza enseñando todo lo que Dios la dio!… ¿Y todo eso qué es, Miguel?… ¡Nada!… ¡Porquería!… ¡Barájoles! ¿No es vergüenza que los hombres se pierdan por esas cochinadas?» Tales comentarios servían de contrapeso a las miradas; pero Miguel no se dejaba engañar.—«¿No le parece a V., señor cura, que esta sirena se parece a Petra?—Pchs… un poco, pero no debe de ser tan gorda como ésta.—¿Que no? Anda, anda, pues se conoce que V. no la ha reparado bien.—Puede ser, puede ser—decía el cura bajando los ojos,—yo no reparo mucho en esas cosas.» Después que las hubieron visto con detención sin dejar una, D. Juan le echó un largo sermón acerca de la necesidad de mantenerse puro, para ser vigoroso física e intelectualmente, tomándolo nada más que desde el punto de vista utilitario.—«Aquí me tienes a mí, que derribo de una mocada a un hombre fornido. ¿Por qué? Porque en cuanto amanece me levanto de la cama, y… ¡al agua, patos! Sin temor de ninguna clase me echo el jarro lleno sobre el cuerpo… Por la noche me acuesto en cuanto puedo… A la comida, agua pura… Los alimentos sanos, nutritivos… Y en cuanto a esas porcuzas que acaban con los hombres, siempre procuré tenerlas lejos… Cuando era estudiante, hubo una que hasta quiso ponerme casa; pero yo alcé el bastón ¡barájoles! y, si no se me escapa pronto, la dejo como una breva. Nada… en cuanto alguna se me acercaba en la calle, mocada limpia… ¡Vayan allá, al infierno, a tener tratos indignos!…»

A pesar de esta higiene y régimen espartano, el cura tuvo la desgracia de enfermar. Comenzó a ponerse triste y amarillo, que daba pena verlo: comer, comía bien, pero no le aprovechaba. El médico del colegio, que vino a visitarlo, le dijo que tenía una afección hepática, una ictericia, y que era de todo punto necesario que se distrajese, pasease largo, y mejor que a pie, a caballo. Pero don Juan no era jinete, por más que sobresaliese en otros ejercicios gimnásticos, y no quería verse expuesto a ser derribado. Sin embargo, como el médico insistía en los paseos a caballo, se determinó a alquilar un jamelgo para dar una vuelta por las afueras, de madrugada. Miguel alquiló otro para acompañarle, y así que Dios amanecía, salíanse ambos por la puerta de Toledo o San Vicente, y se espaciaban por aquellos campos media legua o una, según el tiempo y la ocasión. El cura llevaba en el bolsillo una onza de chocolate, y había aconsejado a Miguel que llevase otra: en el primer merendero o taberna que tropezaban, las tomaban disueltas en agua, y proseguían su marcha. A Miguel le gustaba mucho trotar, pero el cura se oponía, porque según él «se batían demasiado los hipocondrios:» en realidad era que temía caerse. Ordinariamente iban emparejados, departiendo amigablemente: el capellán mostraba a su discípulo cada día más estimación: en una cosa no estaba conforme con él, y se la recriminaba a menudo: era la amistad que Miguel profesaba a Brutandor.—«¡Mentira parece ¡barájoles! que seas amigo de ese jumento! Y él ha sabido bien aprovecharse. Si no fuese por ti, no sale adelante nunca de algunas asignaturas.» Nuestro héroe pensaba mal del cura por esta antipatía, achacándola a lo que ya hemos dicho, porque si bien Mendoza no era un águila, ni había de sobresalir jamás en los estudios especulativos, tampoco le parecía un asno; discurría bastante acertadamente en ocasiones, era amigo de cumplir con su deber, y tenía un carácter, aunque grave, muy apacible y simpático. Por este aborrecimiento injusto, por su presunción y ridiculeces, Miguel no pagaba al cura su estimación; antes buscaba modo de reírse de él y remedarle delante de los compañeros. Un suceso de poca monta vino a aumentar este desprecio y a hacerle formar una idea más ruin aún de su carácter.

Ni los paseos ecuestres, ni otras medicinas que el médico le propinó, consiguieron ponerle bueno. Iba decayendo de día en día y en poco estuvo que se muriese; pero la providencia de Dios, que sin duda le reservaba todavía para algo útil, quiso que, cuando menos lo pensaba, arrojase algunas varas de solitaria. Averiguada con tal motivo la enfermedad que le aquejaba, era fácil curarle, y en efecto, en poco tiempo se curó y quedó tan bueno como antes. Así que se vio sano comenzó de nuevo a bravear y hacer piernas esforzándose en levantar pesos enormes y enseñando de nuevo los músculos del brazo. Pero no bastaba esto a sus ánimos y a su presunción de varón atlético y gladiador: quería demostrar alguna vez que estas fuerzas que el cielo le había concedido podían utilizarse y dejar bien sentada en el colegio su fama de valiente y esforzado. Había en el establecimiento un criado gallego, mozo de veinticinco años a lo sumo, alto, grueso, fornido, del cual se contaba entre los chicos que había levantado dos hombres con los dientes y otras proezas; con éste determinó de habérselas nuestro capellán. Un día descubrió que el gallego se había puesto sus botas para ir a paseo; no quiso mejor ocasión, y ardiendo en cólera, le dijo a Miguel:—«¿Sabes que el bribón de Manuel se puso ayer mis botas para irse a tunantear por las tabernas?… ¡Pero no se ha de reír de mí ese jayanote indecente!… Ahora vas a ver, barájoles.» Y le llamó desde su cuarto. Acudió Manuel; el cura cerró la puerta y comenzó a recriminarle durísimamente; Manuel, bajando la cabeza, se disculpó torpemente; mas el cura, en vez de suavizarse con esta actitud humilde, siguió alzando el gallo cada vez más, y concluyó por pasar a vías de hecho, dándole una tremenda bofetada, que resonó en toda la casa. El pobre Manuel, avezado a llevar palizas de cabos y sargentos cuando estaba en el servicio y penetrado desde niño del profundo respeto que se debe a los sacerdotes, no se movió y aguardó, escondiendo la cara, la granizada de mojicones y puñadas que el cura le descargó. No bastaron a desarmarle ni la humildad evangélica del gallego (que por cierto a levantar la mano le hubiera deshecho), ni las súplicas de Miguel que presenciaba conmovido aquel escándalo. Hasta que se cansó estuvo aporreando al infeliz criado, dejándole con varios chichones en la cara y las narices ensangrentadas. Esta conducta indignó a Miguel en alto grado, y lo que acabó de desprestigiar al cura fue que, en vez de avergonzarse de haber pegado a un hombre que no se defendía, aún se jactaba de ello el muy ruin.—«¿Has visto, barájoles, has visto qué mocada tan gorda le asesté la primera? ¿Qué bien sonó, eh?… Pues aún fueron mejores las que le di por debajo, en las narices, aunque no sonaban tanto… ¡Barájoles, ya le tenía yo ganas a ese mastuerzo!… ¡que eche roncas ahora con sus dientes de caimán!»

Pero no se pasaron muchos días sin que el cielo vengara al pobre Manuel, dejando a Miguel en extremo complacido, y fue del modo siguiente: Salieron una tarde de paseo hacia la Moncloa todos los alumnos y profesores, y cuando hubieron llegado a sitio a propósito, mandó el director romper filas, y los chicos comenzaron, como ordinariamente, a recrearse acompañados por sus maestros. Armose juego de peonza en un paraje, en otro de salto, más allá de aro, y así se distribuyeron en un instante todos; el coronel se puso, como siempre, a dibujar, copiando del natural un carromato, y don Leandro se fue a un lugar apartado a sonar la flauta acompañado solamente de tres o cuatro discípulos; mientras el cura, que desde que había expulsado la solitaria andaba muy galán y boyante, se divertía, tumbado en el suelo, en levantar a pulso dos niños, uno en cada brazo. Mas cansado al fin de este ejercicio, se levantó y comenzó a pasear buscando medio de utilizar nuevamente sus músculos poderosos: y sin darse cuenta de ello, fue acercándose en silencio al paraje donde tocaba la flauta D. Leandro. Una vez cerca de él, no se le ocurrió nada más gracioso que agarrar por detrás al infeliz preceptor, levantarle en alto y apretarle con todas sus fuerzas:—«¡Suélteme, D. Juan, que me hace daño!»—gritó el tiple de San Isidro medio asfixiado y pataleando. D. Juan se reía sin soltar. Pero no contó con la huéspeda, la cual en esta ocasión fue Marroquín, quien indignado de aquel acto brutal, o por ventura cediendo a la aversión que le inspiraban todos los clérigos, acudió velozmente en auxilio de su compañero, y sujetando a su vez al cura por la espalda, le apretó tanto la cintura, que aquél se vio obligado, no solamente a dejar en paz a D. Leandro, sino a pedir con voz quejumbrosa misericordia. Dejole al cabo de un rato Marroquín, pero tan estropeado y maltrecho, que en vez de reírse de la broma, comenzó a toser y a quejarse; la verdad es que estaba muy pálido:—«¡Barájoles! esto pasa de broma, Sr. Marroquín.—¿Pues no estaba V. haciendo lo mismo con D. Leandro?—Pero yo no le apretaba con todas mis fuerzas, como V. ha hecho conmigo.»

Los chicos se rieron del percance, hallando el castigo de Marroquín muy en su lugar. En cambio, el cura se puso cada vez más hosco, y comenzó a pasearse solo tosiendo y escupiendo a menudo y llevando la mano al bajo vientre. Cuando llegó la hora de la cena, no probó bocado; los alumnos se hacían guiños y contenían a duras penas la risa. Al tiempo de acostarse, Miguel se vio obligado por más de media hora a oírle vomitar injurias contra su mortal enemigo. Al fin concluyó diciendo:—«Por las buenas, Miguel, ya sabes que no hay hombre mejor que yo… ¡Pero por las malas, soy una fiera! Marroquín me las ha de pagar. Se figura, barájoles, que porque soy clérigo no he de pedirle satisfacción… Se equivoca… yo lo mismo visto los hábitos del sacerdote, que empuño la espada del militar. Mañana hablaremos.»

Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
26 temmuz 2019
Hacim:
370 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain
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