Kitabı oku: «Riverita», sayfa 7

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Durmiose, por último, en estas disposiciones belicosas, mientras Miguel sonreía entre sábanas, pensando que todo quedaría en agua de cerrajas. No fue así, sin embargo. Al día siguiente el cura continuaba taciturno y encrespado, meditando feroces venganzas: el apretón del día anterior hacía rebasar la copa, y sentía la necesidad de dar cualquier desahogo a su odio. Mientras duraron las clases se mantuvo grave, y sosegado: actitud digna del que piensa jugar la vida a las pocas horas: comió poco y sin hablar palabra. Al llegar la noche comenzó a pasear, agitadamente, por uno de los corredores. Poco rato después pasó por allí Marroquín que iba al comedor a cenar: el cura le dejó cruzar a su lado sin saludarle; pero cuando estaba a unos cuantos pasos de distancia, le llamó:—«Oiga usted una palabra, Sr. Marroquín.»—Miguel, que estaba en acecho, vio que Marroquín se volvía y el cura le hablaba al oído; el profesor heterodoxo levantó la cabeza con sorpresa y se apresuró a decir en voz bastante alta y nada pacífica:—«Cuando usted quiera.»—D. Juan volvió a hablarle al oído, y tornaron a separarse. Miguel, interesado y afanoso por saber el resultado de aquella aventura, no perdió de vista al cura un instante: viole sentarse a la mesa y no probar apenas bocado. Marroquín comió como si tal cosa. Concluida la cena, el cura subió a su cuarto y se estuvo allí un ratito: después salió cautelosamente y subió a la boardilla. Marroquín, que estaba paseando por el corredor y le vio subir, no tardó en seguirle también sin hacer ruido. A entrambos los siguió Miguel con más sigilo aún. Cerraron tras sí la puerta de la boardilla; pero esta puerta, vieja y desvencijada, tenía tales rendijas, que le permitieron a Miguel enterarse de lo que dentro ocurría: el cura encendió un quinqué, que había sobre la mesa de la plancha, y acto continuo se despojó de la sotana, y quedó en mangas de camisa hecho un gladiador; y para que todavía la semejanza fuese más perfecta, remangóselas, y lo mismo los pantalones. Marroquín se limitó a quitarse el gorro y la levita. Todo se volvía ojos Miguel tratando de ver dónde estaban las espadas a que el cura había aludido la noche anterior; pero no parecían por ninguna parte. Y con gran sorpresa y desengaño, pues estaba creído de que iba a presenciar una extraña y terrible aventura, vio que los campeones se ponían a darse de morradas como mozos de cuerda. El cura, que estaba espantosamente lívido, dijo con voz ronca:—«Podemos empezar,»—y al instante arremetió con Marroquín, dándole una granizada de puñetazos que, por precipitados y descompuestos, no consiguieron aturdir al hirsuto profesor, el cual echando dos pasos atrás, y alzando la mano, asestó al cura, en medio de la cara, tan tremenda bofetada, que medio le volcó, y si no hubiera sido por la mesa, en que tropezó, le hubiera volcado por entero. Y sin aguardar a que el clérigo se repusiese, le alumbró una nueva, por el otro lado, de tal manera que le puso derecho. El cura entonces se trabó con él, cuerpo a cuerpo, procurando con todas sus fuerzas arrojarle al suelo; pero Marroquín, sujetándole a su vez por el cuello y metiéndole la cabeza debajo del brazo, principió a darle con el otro tan fieros golpes en las narices, que el cura gritó con voz sofocada:—«¡Socorro; que me matan!»—Miguel le dejó gritar un poco más, pues no le pesaba de aquel merecido vapuleo, y sólo cuando vio que Marroquín persistía incansable en solfearle, bajó a escape la escalera llamando al inspector:—«D. Ruperto, creo que D. Juan y el Sr. Marroquín se están pegando allá arriba en la guardilla.»—Subió el inspector a saltos y halló al cura en un estado que daba lástima verlo: echando sangre por las narices y los dientes. No quiso, sin embargo, que se diese parte al director, ni se dijese nada en el colegio. Entre D. Ruperto y Miguel lleváronle a su cuarto, le pusieron algunos paños de árnica, y le dejaron acostado. Al día siguiente se quedó en la cama, porque tenía la nariz muy hinchada y un ojo también. Miguel fue a hacerle compañía y procuró consolarle del mejor modo que pudo con alguna piadosa lisonja. Lo que más alivió la pesadumbre del vencido atleta fue oírle decir:—«V. está malo, señor cura; pero Marroquín tampoco anda muy bueno… Tiene la cara como un pan… Además, dicen que va a quedar resentido del pecho.»

VIII

En los dos primeros años vino el asistente de su padre a sacarle todos los domingos del colegio y llevarle a casa. El corazón le palpitaba de alegría cuando el inspector le avisaba para que se vistiese el uniforme y se preparase a salir. En casa, sin embargo, no le aguardaban grandes recreos: comer con su padre, besar a su hermanita, retozar con los criados en la cocina y salir a paseo en coche: y a cambio de estos gustos, contemplar todo el día el rostro de su madrastra que cada vez le parecía más aborrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el pobre chico apetecía con ansia el amor y los cuidados de la familia: ante la bárbara indiferencia del colegio, el cariño y la consideración que le testimoniaban los criados de su casa éranle sabrosos.

Fácil es de suponer que la antipatía de la brigadiera no cedió nada durante este tiempo; antes se fue recrudeciendo gradualmente, por más que no tuviese tantas ocasiones como antes de mostrarla. Otro tanto acaeció con Miguel: en su naturaleza impresionable fue echando raíces de tal suerte, que apenas podía mirarla sin advertir que se le encendían las mejillas y la cólera le roía el corazón. En ciertos momentos, cuando se hallaba bajo el peso de algún nuevo agravio, volaba su imaginación en alas de la cólera y se complacía en ir estudiando detenidamente todos los tormentos de que había oído hablar, los que empleaba la Inquisición con los herejes y los Emperadores romanos con los cristianos, y todos ellos se los aplicaba con fruición a su madrastra. Al cabo sucedió lo que era de esperar. Una tarde, al regresar del paseo con sus compañeros, cruzando desde el Prado a la calle de Alcalá, se vieron obligados a pararse por no ser atropellados de los carruajes. Los ojos de Miguel, que estaba en primera fila aguardando el desfile, tropezaron con los de su madrastra, que venía en carretela abierta. La brigadiera le hizo un signo con la cabeza; pero el niño contestó clavando en ella una mirada fría y apartando después los ojos con desdén. ¡Ay! la brigadiera llegó a su casa en tal estado de exaltación, que los criados pensaron que se había vuelto loca: hubo necesidad del frasco del éter, fricciones de agua fría en las sienes y una cucharada del anti-espasmódico; al cabo de media hora la irascible andaluza rompió a llorar perdidamente, llamándose la mujer más infeliz de la tierra. La brigada toda padeció durante quince días por causa de la grosería de Miguel; pero muy particularmente su digno jefe, que tardó algunos meses en ver limpio de nubarrones el cielo conyugal. Desde entonces el colegial no volvió a pisar las escaleras de la casa, mal llamada de su padre, pues era de todo en todo de su madrastra.

No le pesó tanto a Miguel como era de presumir: por aquella época comenzaban a estrecharse sus relaciones singulares con Petra, y los domingos en que a la planchadora no le tocaba salir, pasaba la mayor parte del tiempo en su grata compañía. Lo único que sintió positivamente fue el verse privado de acariciar a su hermana, de la cual continuaba siendo el gato predilecto. En cuanto a su padre, empezó a visitar con más frecuencia que antes el colegio de la Merced: dos o tres veces por semana le llamaban a la hora de recreo para decirle que su papá le aguardaba en el salón, y al oírlo, volaba hacia allá con el corazón henchido de alegría. El brigadier le recibía con los brazos abiertos y le apretaba contra el pecho preguntándole después con sonrisa dulce y triste:—«¿Cómo te va, hijo mío?»—Se enteraba minuciosamente de sus estudios, de sus recreos, de sus faltas, de sus premios, de cuanto le ocurría, en suma, y no se cansaba de recomendarle la formalidad y la aplicación; casi nunca se marchaba sin dejarle algún regalo o dinero, que no pocas veces pasaba íntegro a las manos de la gentil planchadora, dueño absoluto de sus acciones y pensamientos.

Miguel empezó a notar que el abrazo que su padre le daba al verle era cada vez más prolongado, y la sonrisa con que le saludaba cada día más dulce y más triste. El corazón le dijo que era muy desgraciado, y a medida que lo era aumentaba el cariño que le profesaba. El brigadier Rivera, que ostentaba en su pecho los días de besamanos la cruz laureada de San Fernando, gemía en una esclavitud insoportable. La red en que la soberbia andaluza le tenía aprisionado, era ya tan tupida, que el triste no podía sacar un dedo fuera sin riesgo de provocar algún conflicto. ¡Quién sabe los esfuerzos y la habilidad que desplegaba, los peligros que corría para lograr el ver tan a menudo a su hijo! Apagado el fuego de la pasión amorosa que le había arrastrado a un segundo matrimonio, padeciendo los vejámenes que éste trajo consigo, despertose en su memoria la pura felicidad que había gozado con el primero y el recuerdo de las virtudes de su infeliz esposa; el amor del hijo que le había dejado, creció en su pecho con estas dulces memorias, y la común desgracia que sobre ellos pesaba, contribuyó también a acalorar su cariño. Al fin era su primogénito, el fruto deseado de sus primeros amores, el depositario de su apellido y el único que podía trasmitirlo, por cuanto de su esposa Ángela no tenía varón: todo se fue agregando en favor del colegial. Además, su hija Julia se criaba con tanto mimo y melindres, producía tales disturbios en la casa y originaba tantos disgustos, que en medio del amor de padre, que no muere nunca, el brigadier Rivera no podía menos de sentir hacia ella cierto leve rencor que la desgracia de Miguel contribuía a sostener. Por eso su tremenda esposa, al verle algunas veces salir de casa sin dar un beso a la niña, le llamaba padre desnaturalizado.

Los momentos de verdadera dicha para el brigadier eran aquellos en que se encerraba con su hijo en el salón del colegio. Lejos de las miradas del enemigo común, podía entregarse libremente a las expansiones del afecto paternal, y se entregaba de buen grado. Teníale larguísimo rato entre sus rodillas, mirándole fijamente con ojos aterradores para cualquiera menos para Miguel, que ya sabía a qué atenerse; tirábale por los cabellos suavemente, y a menudo le rozaba las mejillas con sus feroces y encrespados bigotes. Algunas veces le montaba sobre los muslos y se entregaba, sin saber por qué, a un movimiento vertiginoso de caballo desbocado haciéndole saltar más de lo que el chico deseara. Cuando el furioso corcel quedaba rendido y jadeante, nuestro colegial veía a menudo deslizarse por el rostro de su padre una lágrima abultada que se deshacía al llegar al bigote, después de lo cual, el bravo brigadier apretaba a su hijo contra el pecho hasta descoyuntarlo, murmurándole al oído palabras amorosas. Algunas veces solía decirle:—«Tú no sabes, hijo mío, lo que te quiere tu padre; ya lo sabrás, ya lo sabrás… ¡y a alguno le pesará!» añadía en tono triunfal. Miguel no sabía lo que estas palabras significaban; pero veía sonreír a su padre, y esto le ensanchaba el corazón.

Un día aquél vino a noticiarle con tristeza que había pedido el cuartel para Sevilla. Miguel comprendió inmediatamente que quien lo había pedido era su madrastra. El brigadier le abrazó llorando y se despidió repitiéndole al oído las mismas incomprensibles palabras: «¡Ya sabrás, ya sabrás lo que te quiere tu padre!» La andaluza no quiso decirle adiós, ni Miguel se humilló a solicitarlo. Desde Sevilla su padre le escribía muy a menudo, y cada cinco o seis meses venía a hacerle una visita; pero jamás intentó llevarle a pasar las vacaciones en su casa. El pobre colegial, al llegar el mes de junio, veía partirse a todos sus compañeros alegres como las golondrinas, y durante algunos días lloraba a solas en su cuarto. Mas pronto se consolaba, que en su edad las penas no abren surco profundo en el corazón, y aceptaba la vida monótona y holgazana del colegio con gusto.

Su respetable tío D. Bernardo Rivera venía a visitarle de vez en cuando, y si él no podía hacerlo a causa de sus graves ocupaciones, comisionaba al bueno de Hojeda, para que fuese en su nombre. Miguel prefería estas visitas por representación. D. Facundo era un hombre corriente que le enteraba de todo lo que ocurría por el mundo (el mundo de D. Facundo), le traía siempre alguna golosina y se dejaba interrogar con la paciencia de un santo. Por él supo que su prima Eulalia se casaba al fin con Arturo Valle, el joven abolicionista que había conocido en casa de tío Bernardo, quien había consentido en este matrimonio en vista de que Valle iba templando un poco sus opiniones avanzadas y había renunciado a los banquetes antiesclavistas. Pero como la naturaleza sensible de este joven necesitaba algún tierno desahogo, sustituyó a los esclavos por los niños, dedicando toda su actividad a la protección de estos seres inocentes; fundó una sociedad para el efecto, e inauguró una serie de banquetes que dieron mucho que decir a los periódicos; también escribió algunos folletos acerca de «la educación física intelectual y sentimental de los niños,» «los juegos de la infancia,» «el trabajo de los párvulos,» etc., etc. D. Bernardo le dejó este recurso inofensivo, aunque hubiera deseado más que se dedicase a los trabajos del foro y a la resolución de otros problemas jurídicos de mayor importancia. También supo por Hojeda (y esto le llenó de asombro), que Lucía Población, aquella señorita rubia, tan dulce, tan poética, amiga de su madrastra había dado su mano al coronel Bembo, ascendido hacía poco tiempo a brigadier. En esto habían venido a parar aquellas largas disertaciones acerca del amor, el ideal, los presentimientos y otras reconditeces psíquicas que le había oído, aunque sin comprenderlas, cuando iba a comer a casa; en casarse con un elefante. Su tío Manolo venía también a verle; pero era muy caprichoso y desigual en sus visitas; le daba una temporada por ir casi diariamente y sacarle a menudo a paseo, violentando para ello la voluntad del director y las prácticas del establecimiento; después se pasaba dos o tres meses sin parecer por el colegio.

Cuando Miguel se hizo bachiller, con la nota de sobresaliente en letras y la de aprobado en ciencias, vino su padre de Sevilla, y tuvieron una larga conferencia para tratar de la elección de carrera: el brigadier se inclinaba a la de ingeniero; pero Miguel quiso ser abogado, y aquél no se atrevió a contrariarle. Ofreciose después la cuestión de alojamiento; en el colegio ya no podía permanecer; el brigadier pensó en la casa de su hermano Bernardo; pero habiéndole tocado el asunto con delicadeza, halló una acogida tan fría, quizá por la fama que Miguel tenía adquirida de travieso, que le dejó muy ofendido, y jurando no volver a pedir jamás un favor a su hermano. En Manuel no pensó, porque conocía demasiado su género de vida, incompatible con los cuidados y la vigilancia que exige un muchacho de diez y siete años. Al fin no tuvo más remedio que dejarlo acomodado en una casa de huéspedes, modesta, pero decente, de la calle de Jacometrezo. Antes de marchar le pronunció un sentido discurso acerca de la necesidad de ser formal y estudioso, «siquiera porque aquella no me saque loco echándome todo el día a la cara tus travesuras.»

Con esta etapa dio comienzo para nuestro mancebo un modo de vida totalmente distinto del que hasta entonces había tenido. El goce inefable de la independencia le embargó por algunos meses; entraba y salía de casa cien veces al día, sin necesidad alguna, sólo para convencerse de que era libre, dueño de sus acciones; tiraba de la campanilla y se hacía traer vasos de agua sin tener sed; compró una petaca y algunas libras de tabaco picado, y para aprender a hacer cigarros, se ensayó, por consejo de un teniente de artillería que se alojaba en la misma casa, haciéndolos con arenilla de la salvadera; corría por las calles deteniéndose largo rato delante de los escaparates, y gastaba el dinero alquilando por horas berlinas de punto; entraba en los cafés y pedía copas de ron o cognac, sólo por enjuagarse la boca, pues no podía atravesar los licores. Se enamoraba de cuantas corbatas veía, y no pudiendo resistir a la tentación de comprarlas, llegó pronto a poseer una colección asombrosa: después le dio por los gemelos y trasladó a su cómoda toda una tienda de bisutería; después, por las boquillas de espuma de mar. Últimamente se enfrascó en la lectura de novelas: leía bueno y malo, cuanto caía en sus manos.

En los primeros meses de curso asistió unas cuantas veces a la Universidad: los profesores le aburrieron: usaban todos una jerga filosófica que le parecía necia e incomprensible. Prefirió corretear por Madrid en compañía del teniente de artillería y otros amigos, que no tardó en adquirir, de los cuales fue al instante muy querido por su genio abierto y simpático y su «buena sombra.» Su vida durante aquel curso hay que confesar que no fue muy edificante. Su amigo íntimo y compañero de colegio, Perico Mendoza, también comenzó cuando él la carrera de derecho, pero con muy diversos auspicios. Desde la apertura del curso no hubo estudiante más puntual ni más diligente; cargado siempre de cuadernos camino de la Universidad, o metido en su cuarto poniendo los apuntes en limpio; esta era su vida. Alojaba en una modestísima posada de la Corredera baja de San Pablo, pagando nueve reales al día. El pobre Brutandor, apesar de sus apellidos ilustres y sonoros, estaba muy lejos de nadar en la opulencia. Su padre, según pudo averiguar más adelante Miguel, era un cirujano de un pueblecillo de Extremadura; la carrera se la costeaba un tío cura. Pero nada de esto dejaba traslucir su exterior, siempre pulcro y aliñado. Había crecido y engordado hasta convertirse en lo que el vulgo suele llamar «un real mozo.» Su rostro, aunque sin expresión, no tenía nada de repulsivo; era fresco, sonrosado, rebosando de salud y cercado por una patilla rubia y precoz que le sentaba admirablemente. Lo único que afeaba aquella figura hermosa e imponente, era cierta desproporción entre la cabeza y el tronco: era un poco cabezudo. Miguel se había quedado pequeñito y menudo: poseía en cambio una fisonomía expresiva y simpática, modales sueltos y un modo de hablar tan agraciado, que cautivaba a cuantos le trataban. Su temperamento inquieto se había modificado, o, por mejor decir, había tomado otro sesgo, manifestándose ahora en su conversación, siempre viva y salpicada de frases oportunas: para intimar con cualquier persona le bastaba media hora.

Pocos meses después de abierto el curso, se encontraron Miguel y Mendoza en la calle. Aunque seguían siendo muy amigos, estaban algo alejados en el trato, a consecuencia de la vida tan distinta que hacían; pues mientras Mendoza asistía con puntualidad a las cátedras y pasaba muchas horas en casa, el hijo del brigadier rodaba en compañía del teniente y sus nuevos amigos por los cafés, teatros y otros sitios menos santos todavía de la corte. Se saludaron con efusión y se contaron su vida. Mendoza aconsejó a su amigo que fuese por la Universidad, porque era muy fácil perder curso; los profesores tenían fama de severos; las asignaturas eran largas y difíciles, y acostumbraban a apretar más a los que no asistían a clase. Miguel se encogió de hombros, riose un poco de la gravedad con que Mendoza le decía todas aquellas cosas, y prometió ir a la Universidad y empezar a estudiar de firme. Después Brutandor le habló con rubor de ciertos apuros económicos que a la sazón padecía.

–En este momento—le dijo—iba pensando en ti y trataba de ir a visitarte por si pudieras sacarme de este pilanco… Debo a la patrona cerca de dos meses…

–¿Qué dinero necesitas?—le preguntó Miguel en seguida.

–Cuarenta duros.

–Pues no los tengo; pero mañana se los pediré a mi tío con cualquier pretexto, y te los daré… Pásate a la hora de comer por mi casa.

Al día siguiente se pasó, en efecto, por la calle de Jacometrezo, y Miguel le dio los cuarenta duros.

Trascurrido algún tiempo, Mendoza volvió a visitarle y le pidió veinticinco. Se encontraba en deuda con otra patrona, pues se había mudado a la calle del Pez. Miguel volvió a abrir su bolsa y a remediarle. Por fin, cierta noche en los últimos días de enero, regresando Miguel a casa, le dijo el criado al entregarle la luz:

–Señorito, en su cuarto está un joven que ha venido ya otras veces a verle… Llegó en mangas de camisa y sin sombrero y me pidió por favor que le dejase entrar a esperarle… No sé si habré hecho bien… Me dijo que le había pasado una desgracia…

Miguel, lleno de asombro, se dirigió a su habitación: al entrar oyó la voz de Perico.

–Buenas noches, Miguelito.

Miró a todos los rincones del gabinete, y no vio a nadie.

–Estoy aquí, en la alcoba.

Miguel fue a allá y le encontró metido dentro de su cama.

–¡Pero hombre!…

–Perdóname… me hallaba medio desnudo y tenía mucho frío…

–Pero ¿qué ha sido eso?

–El patrón de la calle del Pez… Me quitó el baúl con la ropa, me arrancó la levita que llevaba puesta, el sombrero, la corbata… y después de darme unas cuantas bofetadas, me echó a la calle a las diez de la noche…

Dijo esto con la misma calma que si hablase de otro. Miguel le miró estupefacto.

–¿Y tú qué has hecho?

–Venir aquí.

–Ya lo veo, ¿pero antes no has devuelto ninguna de las bofetadas que te han dado?

–Ninguna.

–¿Y para qué quieres entonces esas manazas que Dios te ha concedido?

–Si le hubiera pegado, me llevarían a la cárcel.

Miguel volvió a mirarle de hito en hito, y quitándose el sombrero con afectado respeto, le dijo:

–¡Oh, varón prudentísimo, yo te saludo! Aunque no esté bien averiguado todavía si es mejor llevar bofetadas que ir a la cárcel, no puedo menos de admirar tu profunda sabiduría… ¿Y por qué ha osado poner las manos en tu rostro virginal y aligerarte tanto de ropa?

Mendoza un poco amoscado contestó:

–Porque le debía mes y medio de pupilaje.

–¡Problema!—exclamó Miguel.—Si por adeudarle mes y medio de pupilaje el patrón te ha dado quince bofetadas… ¿Fueron más o menos?…

Mendoza, más amoscado y fruncido, no quiso contestar.

–Pongamos quincé… Si hubieses llegado a deberle año y medio, ¿cuántas bofetadas te hubiera dado?

–Me parece que el lance no es para reírse.

–Si no me río: es que soy muy aficionado, como sabes, a las matemáticas. Pero vamos a otra cosa: ¿y por qué debías mes y medio en la posada cuando no hace uno que te he dado veinticinco duros?

Mendoza tampoco contestó.

–Este problema te lo voy a resolver yo. Consiste en que tú, en vez de pagar la posada, gastas todo el dinero en levitas, sombreros, guantes, corbatas, etc., etc. Siempre has tenido la manía de ponerte muy guapote… y sin consecuencias ulteriores, como no sea la de enseñarte de balde por esas calles de Dios… Hasta ahora no te he visto conquistar a nadie más que a la planchadora del colegio…

Esto último se lo dijo en un tono más irritado, que podía achacarse muy bien al recuerdo de su derrota.

–¿Qué te propones saliendo a la calle tan perfilado? Que digan: «¡ahí va un buen mozo!» Pues para tan flojo resultado, no merece la pena que sacrifiques a tu familia, que pases tantos apuros y te expongas como hoy a coger una pulmonía.

Mendoza escuchó la reprensión sin impacientarse. La irritación de Miguel pasó al instante. Llegándose a la cama, y tirándole cariñosamente de los pelos, comenzó a decir riendo:

–Animal, procura estrecharte un poco, y no ronques, porque voy a acostarme contigo. ¡Qué honor para ti y para tu familia! ¿verdad?… Pero has de ser modesto. Perico, ¡cuidado que lo propales por ahí!

La consecuencia de todo fue que Brutandor se quedó definitivamente a vivir con Miguel: éste pagaba un duro por su gabinete; el ama de la casa, acomodándose los dos en él, rebajó el pupilaje a cuatro pesetas cada uno; de las cuatro pesetas que le tocaban, quedó convenido entre ambos que Mendoza pagaría diez reales y Miguel supliría los otros seis en tanto que aquél no mejorase de fortuna. Mas aunque así se convino, lo que acaeció fue que la mayor parte de los meses se vio necesitado el hijo del brigadier a pagar íntegra o casi íntegra la cuenta de ambos. Mendoza continuó perfilándose, como decía Miguel, a más y mejor; cuando éste, encolerizado después de pagar la cuenta desahogaba con él su bilis, ponía una cara tan compungida e inclinaba la frente con tanta humildad, que la ira de su amigo disipábase como por encanto y concluía por reírse y resarcirse del dinero que soltaba con algunos sarcasmos que también resbalaban sobre la piel de Brutandor, sin lograr hacerle cambiar de conducta.

Los dos últimos meses Miguel asistió puntualmente a las clases, y se dio tal atracón de estudiar, que obtuvo en los exámenes la nota de sobresaliente en una asignatura, y la de notable en otras dos. Mendoza, apesar de su constante aplicación y de sus voluminosos cuadernos de apuntes, no consiguió más que la de bueno en las tres asignaturas. Por más que esto le dejase un poco despechado, no lo manifestó; estaba acostumbrado ya a ver a Miguel meterse en la cabeza los libros rápidamente; por otra parte, el hijo del brigadier tenía la delicadeza de no comentar el asunto de las notas y darle muy poca importancia.

En el curso siguiente Miguel dejó la compañía del teniente y sus disipados amigos y se aplicó de todas veras al estudio. Pronto adquirió fama en la Universidad de buen estudiante, y más particularmente de muchacho despejado e ingenioso. Comenzó a llamársele entre los compañeros Riverita a causa de su figura exigua y también por su carácter alegre y decidor. El suyo y el de Mendoza formaban contraste notable, y quizá en esto consistiera aquella mutua simpatía que a entrambos los tenía sujetos: mientras Miguel tenía a todas horas suelta la llave de la conversación, a Mendoza había que sacarle las palabras del cuerpo con tirabuzón. Si por casualidad aquél guardaba silencio, no había miedo que éste lo turbase; horas enteras se pasarían sin comunicarse nada. Muchas veces, después de comer, se sentaban ambos al par de la chimenea; era el momento en que a Miguel le asaltaba la melancolía; se acordaba de su padre, de la triste suerte que le había cabido separado de él, viviendo sin familia hacía ya tantos años. Solía permanecer callado y taciturno algún tiempo, durante el cual Mendoza le seguía el humor y se mostraba más taciturno todavía, aunque sin motivo alguno. Al fin, cuando los malos pensamientos de Miguel se disipaban, rompía súbito el silencio poniéndose a cantar o a brincar, si es que no se le ocurría alguna cosa para embromar a su amigo:

–Oyes, Perico, ¿sabes lo que estoy observando?

–¿Qué?—decía éste levantando los medio caídos párpados.

–Que te suena la cabeza.

Perico abría los ojos desmesuradamente sin comprender.

–Sí; ya rato que la estoy oyendo sonar: hace glu, glu, como las ollas cuando hierben…

–¡Qué tonterías tienes, Miguel!

–Te digo que sí, que te está sonando. ¡Milagro que tú no la oyes!

Perico, entendiendo al fin la broma, se encerraba de nuevo en su mutismo.

Otras veces, cuando paseaban juntos por el Retiro y llevaban largo rato sin despegar los labios, decía Miguel:

–¿A que no sabes, Perico, para lo que me sirves tú en el paseo?

–¿Para qué?

–Para darme sombra.

En efecto, Mendoza era tan alto y tan gordo, que la figurilla de Rivera se resguardaba perfectamente detrás de él.

–En resumidas cuentas, lo mismo me da caminar contigo por aquí que con un árbol frondoso: eres tan fresco y tan sombrío como cualquiera del Retiro.

Y cuando algún amigo los tropezaba y les decía:—Siempre juntitos, ¿eh?—Miguel contestaba guiñando el ojo:—El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

Perico ponía una cara muy indigesta y masticaba algunas palabras de disgusto.

Siguió aplicándose el hijo del brigadier al estudio del derecho, si bien con cierta desigualdad: mientras en algunas asignaturas apretaba de firme y llamaba poderosamente la atención del profesor y los compañeros, otras las abandonaba casi por completo. Su padre le seguía visitando una que otra vez y se mostraba en extremo complacido de su conducta y aplicación: no tanto de su economía; fuese por motivo del gasto suplementario que Mendoza le ocasionaba o por su propia prodigalidad, o por ambas cosas a la vez, lo cierto es que gastaba bastante más de lo que debiera. Cuando el brigadier se lo advertía suavemente, quedaba algunas horas triste y pesaroso, formaba propósitos de enmienda; pero a los pocos días olvidábase enteramente de ellos y seguía dando acometidas crueles al bolsillo paterno. Pasaba las vacaciones en Madrid, o a todo más se iba algunos días al Escorial en compañía de una familia conocida. El brigadier, cuando llegaba el verano, le invitaba a irse con ellos a un pueblecito de la costa donde solían pasar los meses de calor; pero Miguel observaba tal vacilación y frialdad en este convite, que comprendía perfectamente que no debía aceptarlo: su presencia en la casa era ocasionada a muchos disgustos, y de ningún modo quería que su buen padre padeciese ninguno por su causa.

En el cuarto año de su carrera se hizo presentar como socio en el Ateneo. Desde entonces fue asiduo discípulo de sus cátedras y tertuliano de sus pasillos; mañana, tarde y noche, en todas las horas que las clases le dejaban libre, se encerraba en el clásico establecimiento, centro resplandeciente en aquella época de las ciencias y las letras; ordinariamente pedía un libro y se enfrascaba en la lectura; en poco tiempo se tragó un número considerable de volúmenes, versando casi todos sobre estética y filosofía. Era el terror del bibliotecario, pues le traía constantemente en ejercicio, encaramado sobre los armarios. Una vez en posesión del libro apetecido, nuestro mancebo corría a sentarse al lado de la chimenea y se dejaba tostar las pantorrillas, mientras el cerebro navegaba por los mares ignotos de la metafísica; primero faltaría el sol en su carrera, que nuestro estudiante en una de las butacas de terciopelo carmesí del Ateneo. Al llegar el mes de octubre empezaba éste a poblarse, y sus pasillos a rebosar de campeones literatos y filósofos que noche y día se ejercitaban en el arte de la discusión; no sin detrimento de los tímpanos de otros socios más pacíficos. Al mismo tiempo se abrían la cátedras donde se explicaban las materias más indispensables para la vida: los orígenes de los pueblos semíticos; examen del código Gregoriano; el hombre en el terreno terciario, etc., etc. En la sesión de ciencias morales se debatían arduos e interesantes problemas: en la de literatura se leían versos tan arduos, aunque menos interesantes.

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26 temmuz 2019
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370 s. 1 illüstrasyon
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