Kitabı oku: «La vocación como libertad responsable»
LA VOCACIÓN COMO LIBERTAD RESPONSABLE
Armando Raffo
LA VOCACIÓN COMO LIBERTAD RESPONSABLE
EDUCC
Editorial de la Universidad Católica de Córdoba
Índice
Portada
Portadilla
Legales
PRÓLOGO
PRESENTACIÓN GENERAL
I. LA VOCACIÓN Y LA LIBERTAD: DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA
Una libertad responsable
El sujeto potencialmente capaz de asumir un llamado y responder con libertad
Función de los otros y la cultura en la configuración del sujeto
¿Un "yo previo a la historia personal?
La perspectiva cristiana
II. PERSPECTIVA BÍBLICA: PROTAGONISTAS CLAVES
1. La historia de Abraham
2. Isaac, el hijo de Abraham
3. Al profeta de Isaías se la recuerda su nombre
4. Samuel: “Dios me ha escuchado”
5. David: el elegido de Dios
6. Los sueños: espacios privilegiados para las epigafías
La historia de José, el hijo de Jacob
Los sueños de José, el esposo de maría y de los reyes magos
III. PERSPECTIVA BÍBLICA: VOCACIÓN-MISIÓN E IDENTIDAD PERSONAL
1. Yahvéh cambia el nombre a Jacob
2. Jesús cambia el nombre a Simón el hijo de Jonás
3. El rico epulón no tiene nombre
IV. MISIÓN Y PROMESAS DEL SEÑOR
1. El arte de vislumbrar las promesas de Dios
2. La fe que descubre las promesas
3. Una mirada atenta sobre un texto paradigmático
4. Arriesgando una interpretación
V. LA VOCACIÓN COMO LIBERTAD RESPONSABLE. ALGUNAS CONCLUSIONES
1. La vocación ha de enraizarse en los anhelos de un pueblo
2. La vocación-misión implica apertura
3. La esperanza ha de ser columna y vector
4. Cuidar-cultivar el deseo
5. La fidelidad ha de coronar la libertad
VI. UNA MIRADA CRÍTICA SOBRE LA CULTURA ACTUAL
VII. LA LIBERTAD: UN DESAFÍO QUE VA DIBUJANDO LA IDENTIDAD
1. Las raíces de la propia identidad
2. La libertad "no es barata"
3. La libertad responsable
EPÍLOGO: LA VOCACIÓN EN CLAVE CRISTIANA
BIBLIOGRAFÍA
| Raffo, ArmandoLa vocación como libertad responsable / Armando Raffo. - 1a ed. - Córdoba : EDUCC - Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-626-479-21. Cristianismo. 2. Dios. 3. Religión Cristiana. I. Título.CDD 248.6 |
De la presente edición:
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Primera edición en formato digital: diciembre de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
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Diseño de tapa: Sofía García Castellanos.
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PRÓLOGO
Esta es la obra de un hombre maduro y de un jesuita convencido.
Armando Raffo, sj ha asumido diferentes responsabilidades en la Compañía de Jesús desde muy joven, con “grande ánimo” y valentía, así como con la obediencia propia de quien eligió una vez y siguió eligiendo siempre ser jesuita. Pero a la par de los distintos cargos que ha ocupado en varias ciudades y países, siempre generosamente se ha dedicado al acompañamiento espiritual. Ha cultivado el don de escuchar, con gran apertura, pero también agudeza, para detectar el paso del Espíritu en la vida de las personas, y ayudarlas a descubrir el hilo de oro que va dejando como huella, como invitación a la plenitud humana a la que están llamadas desde el origen en Dios.
Afirmaría que el ser humano, la libertad y la construcción de la persona a la luz de un sentido de vida, que orienta y descentra para responder generosamente al llamado divino, ha sido el centro de interés de toda su vida al que ha sido fiel. Las grandes preguntas existenciales han atravesado la vida de este hombre y orientado sus estudios, lecturas y vertebrado su espiritualidad. ¿Quién soy?, ¿qué hago aquí en esta historia?, ¿cuál es mi lugar en ella?, ¿hay Alguien en mi origen o soy fruto del azar?, ¿tiene un futuro de plenitud la aventura humana o se hunde inexorablemente en la nada?, ¿tiene la vida un propósito trascendente?, ¿existe un sentido y cuál es el sentido de mi vida, de esta única que he recibido? O, para decirlo en versos de Antonio Machado: “¿los yunques y crisoles de tu alma/ trabajan para el polvo y para el viento?”.
Este libro es fruto maduro del genuino interés de Armando Raffo por afrontar esas preguntas y en especial por comprender –y ayudar a comprender a otros– las dinámicas humanas profundas. Esas que siempre –hoy como ayer– se abren paso en el barro de la encarnación, entre las grandezas y las fragilidades humanas que nos caracterizan, en las que se hace presente fiel y discretamente el Espíritu de Dios.
El autor plantea unas temáticas, a saber: la libertad, la vocación y la responsabilidad, en la estrecha relación que da título al libro, que interpela a cualquier persona de buena voluntad que desee vivir auténticamente. Y, de modo especial a los cristianos que nos sentimos llamados por Dios a la vida y la co-construcción del reino, eje axiológico de las opciones de Jesús y por el que dio la vida. Huelga quizá decir que no se le ahorró a Jesús el discernimiento, de ahí que pueda ser nuestro Maestro.
Destaco la pedagogía de este libro, su itinerario claro que va conduciendo al lector desde la terminología tal como se maneja coloquialmente hasta ir precisando los conceptos a desarrollar. Esa pedagogía también lleva a pasar por distintas etapas como son los planteos filosóficos y bíblicos. A esta etapa, que titula “perspectiva bíblica”, dedica dos amplios capítulos, donde analiza pormenorizadamente textos y personajes de nuestra tradición judeo-cristiana. Los textos y personajes del Antiguo Testamento, y en particular del Génesis, que muchas veces rehuimos o nos quedamos presos de su formulación arcaica, son para Armando Raffo, una cantera, una riquísima fuente de sabiduría para acceder a los principios y dinámicas humanas profundas. Por supuesto también aborda textos del Nuevo Testamento a fin de elucidar el tema objeto del libro. Si bien son expuestos estos capítulos bíblicos como fundamentación del tema escogido, valen por sí mismos y yo diría que son puntos culmen del libro.
Cabe destacar que esta obra, allende el tema en cuestión, se puede leer también como un lúcido y esclarecedor planteo acerca de la revelación divina, tan necesario para un cristiano adulto, y obviamente, para quien pretende discernir una vocación hoy. Siguiendo sus capítulos el autor va desgranando, ante una lectura atenta, cómo es que Dios se comunica con el ser humano, y cómo este acoge dicha revelación en un contexto histórico concreto y desde una apertura que podríamos llamar -con su amigo Juan Luis Segundo- de “fe antropológica”. Armando hace una rica exposición de una clave, que ha sabido leer en su propia vida y en la de tantos que ha acompañado: Dios se revela y hace sus “promesas” en los más profundos y auténticos anhelos que anidan en el ser humano.
Es interesante, asimismo, que al hilo de esa revelación histórica de Dios que llama una y otra vez a participar de su sueño al ser humano, el autor no elude su inquietud por la cultura actual en la que las mujeres y los hombres de hoy hemos de discernir en libertad la respuesta –responsable– a la vocación recibida, so pena de quedar atrapados en ella. Como todas, nuestra cultura tiene valores y oportunidades, pero comporta también no pocas demandas que tiran en sentido inverso a la vocación humana a ser con otros y para otros, trascendiendo el narcisismo y la búsqueda de placer inmediato.
Quiero resaltar, entonces, que a mi juicio es un libro muy pertinente, y, en el caso de los cristianos, de sumo valor para el seguimiento lúcido y responsable de la alta vocación a la que hemos sido llamados, a través de la cual podemos vivir con sentido y plenitud en la entrega a una misión. Vivir la vocación como libertad responsable es una aventura que puede ser venturosa, a pesar de los pesares, de tal modo que a la pregunta “¿Valió la pena?”, bien podemos responder como Fernando Pessoa “¡Todo vale la pena, si el alma no es pequeña!”.
Armando Raffo, como hombre maduro y jesuita convencido, ha sabido recoger en este libro su rica experiencia humana y de fe, y la pone al servicio de formadores, de acompañantes espirituales, y, por qué no, también, al de tantos jóvenes que buscan con sincero corazón ser fieles al llamado de Dios. Gracias Armando, por el paciente esfuerzo de organizar tus aprendizajes y ofrecerlos en este libro. Confío que estas páginas pueden ayudar a muchos a decirle “Sí” al Señor que nos llamó a la vida y a seguirlo, dispuestos con alegría y sencillez de corazón “en todo amar y servir”, en expresión de San Ignacio.
Rosa Ramos
PRESENTACIÓN GENERAL
Existen términos y vocablos que usamos de continuo y que, en muchas ocasiones, lo hacemos apelando a significaciones con acentos claramente diferentes. Así mismo, sabemos que los términos cobran sentidos diferentes según los ámbitos y espacios culturales en que se verbalizan. Se trata de expresiones que acentúan o remiten a distintos significados según los contextos existenciales y lingüísticos en que ocurren.
Uno de esos términos que a mi entender es especialmente complejo y polisémico, es el de “libertad”. Debe ser una de las expresiones más usadas, así como discutidas y utilizadas, de una forma u otra, para promover o atacar propuestas políticas, modos de convivencia, estilos de vida, etc. Más aún, según cómo se entienda la libertad, se establecen modos de convivencia y representación ciudadana de muy distinto signo. Esclarecer y comprender el sentido profundo de la libertad entrañará un esfuerzo que habrá de apoyarse en una postura antropológica que, en nuestro caso, posee raíces claramente cristianas como se podrá ver.
Otro de los términos que también genera muchos equívocos es el de “vocación”. Si bien no es un concepto que despierte posturas encontradas ni alimente enconos o disensos radicales, sí es susceptible de equívocos en cuanto a su significación profunda.
Al referirnos a la vocación como libertad “responsable” introducimos un tercer término o concepto que, aunque no despierta disensos especiales, sí importa esclarecer su sentido para evitar equívocos. Como adjetiva a la libertad intentaremos explicitar su relación con ella.
Como es obvio, intentaremos clarificar el significado de dichos términos para que las propuestas y conclusiones a las que arribemos sean bien comprendidas. Cabe notar que, en este caso, las etimologías de las palabras “vocación” y “responsabilidad” ofrecerán una buena ayuda para entender y disminuir los posibles equívocos que suelen producirse cuando nos referiremos a ellas.
El presente libro pretende ofrecer una reflexión que ayude a clarificar dichos términos y la relación que les es intrínseca desde la mirada y la tradición cristianas. Hacer un esfuerzo por entender ambos conceptos y su intrínseca relación, ayudará a vislumbrar la importancia que tienen para nuestras vidas. Como fue dicho, los términos, aunque muy valorados y significativos para la gran mayoría de las personas, son, en muchos casos, comprendidos de maneras muy diferentes. Intentaremos acercarnos a los mismos desde una postura racional y comprensible para cualquier persona interesada, aunque la mirada y el enfoque provengan de la tradición cristiana. Más aún, podríamos decir que para los cristianos se trata de conceptos esenciales. La libertad, la vocación y la responsabilidad entrañan asuntos extremadamente importantes para los seres humanos en general y para los cristianos en particular. Podemos decir que a partir de Jesús es imposible entender la vida cristiana sin atender, con toda seriedad, lo que esos términos suponen para nuestra tradición.
Hacer un esfuerzo por comprender qué es la libertad, así como lo que podríamos llamar su raíz o punto de apoyo, será de gran ayuda para asumirla con mayor lucidez y compromiso. Otro tanto podríamos decir al respecto de la vocación y la responsabilidad que se refiere al modo de llevar adelante la propia vocación desde la libertad aludida. Trataremos de mostrar el origen de dichos términos y su significación antropológica.
En efecto, desde la perspectiva cristiana, todo ser humano llega a la historia con una vocación incoada que solo podrá ser desarrollada a través de la libertad y en forma responsable. Mostrar el sentido y las características esenciales de esa relación constituye uno de los propósitos más importantes de esta obra. Como fue dicho, la mirada que nos permite ver y describir el modo en que esas realidades han de relacionarse, tiene su asiento último en la tradición cristiana.
Cuando nos referimos a la mirada cristiana, no aludimos a una frase hecha ni a una caricatura de lo que es el hecho cristiano en general. Nos referimos a una tradición que, en algún sentido, es tan antigua como la humanidad misma y que ha ido progresando a lo largo de los siglos hasta llegar a Jesús de Nazaret como su momento más álgido y definitivo. El propio Jesús desencadena una historia nueva resignificando el camino recorrido con la impronta de sus propuestas fundamentales. Los cristianos vemos en Cristo el alfa y el omega, el principio y el fin; el punto de apoyo y la meta a perseguir. Desde él miramos el pasado y nos proyectamos hacia el futuro. La vida y la propuesta de Jesús conforman lo que podríamos llamar el colirio que aclara nuestras pupilas para ver el camino a seguir y lo que supone la vocación de todo ser humano.
Arraigados en la libertad a la que nos impulsa Cristo, confiamos en desplegar nuestra propia humanidad y ofrecer un aporte significativo en la construcción de una humanidad nueva. Comprendemos la libertad y la vocación humanas desde la vida y la propuesta de Jesús, verdadero hombre Nuevo. Cristo es el verdadero sí de Dios a todo lo que hay de promesa en el ser humano.(1) Su vida nos descubre el sentido profundo de toda vida humana y nos abre el camino para ir hacia la humanidad nueva que todos anhelamos en el fondo de nuestros corazones.
Para hablar con pertinencia y un mínimo de rigurosidad respecto de la vocación humana en general, tendremos que hacer un esfuerzo por dilucidar qué entendemos por persona humana. Más específicamente, trataremos de asomarnos a aquello que subyace y sustenta a cada individuo. Intentaremos especificar a qué nos referimos cuando hablamos del sujeto humano. Ello nos ayudará a comprender mejor qué entendemos por vocación, qué por libertad y, también, la relación que habrán de sostener la una con la otra.
Otro elemento importante de la presente obra lo constituye el deseo de mostrar el modo en que los creyentes vamos descubriendo el sentido de la vida y la misión que nos compete. Para ello será necesario mostrar el modo en que Dios se hace presente en los dinamismos de la vocación y libertad humanas. Tendremos que ver el modo en que Dios alienta la libertad y fortalece la responsabilidad de los creyentes para ir en pos de la tan ansiada Humanidad Nueva. Para ello nos apoyaremos en pasajes bíblicos tan paradigmáticos como elocuentes respecto del tema que nos ocupa. Buscaremos mostrar, en definitiva, el modo en que Dios se hace presente en aquellos que han querido dar un sentido a la vida en el seno de la tradición judeocristiana.
Por último, mostraremos cómo la vocación cristiana entraña una crítica profética para nuestro tiempo. En efecto, la libertad, asumida y vivida desde la vocación cristiana posee un potencial crítico de los dinamismos culturales que envuelven y moldean a las personas de nuestros tiempos. Así mismo, la libertad cristiana tiene el potencial de ofrecer y promover propuestas de convivencia humana que tengan sabor a vida abundante. La dialéctica entre la crítica y la propuesta, propias de las comunidades cristianas, puede y debe movilizar la historia hacia estadios más humanos para todos.
Los aires que predominan en la mal llamada cultura occidental cristiana, en casi nada parecen guiarse por la propuesta de Cristo. Los cristianos buscamos, desde el seno de la Iglesia, ser signos que tengan una carga profética tanto para anunciar caminos nuevos, como para denunciar aquello que nos deshumaniza. El ADN de la comunidad cristiana se expresa denunciando lo que deshumaniza y anunciando caminos de mayor humanización. Por ese motivo, en el último capítulo del presente libro procuraremos describir en qué sentido y cómo la propuesta cristiana es fuertemente crítica de la cultura predominante y cómo, al mismo tiempo, procura ofrecer experiencias y propuestas que despierten entusiasmo por construir una historia más humana y, por ello mismo, más divina. González Faus logra expresar en una frase el deseo profundo que mueve a los cristianos cuando dice que “la Humanidad Nueva solo podrá ser una comunión totalmente insospechada entre los hombres, porque es una comunión insospechada de éstos con Dios. Jesús es el ser relativo de Dios, y la revelación a nosotros de ese ser de Dios”.(2)
1. Cfr. González Faus, José Ignacio, La humanidad nueva. Ensayo de cristología. Sal Terrae, Santander, 1984, p. 222.
2. Ibíd., p. 345.
I. LA VOCACIÓN Y LA LIBERTAD: DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA
Por “vocación” se suele entender el tipo de actividad relacionada al trabajo que se realiza o se desea realizar. Entiendo que, ese significado alude, en realidad, a lo que se podría definir como la “vocación específica”, aquello que las personas eligen para desarrollar su vida. Por eso se dice que las personas tienen vocación de médico, arquitecto o cualquier otra profesión; que tienen vocación a la vida religiosa, a determinado arte o a cualquier otra actividad a la que se sienten inclinados. Se trata, en definitiva, de la dimensión que alude a lo que las personas aspiran realizar a lo largo de la vida.
Intentaré mostrar que hay una “vocación” más radical y anterior a la mencionada. Cabe notar que la palabra vocación proviene del latín “vocare” que significa llamado. Así mismo, el “llamado” puede referirse a distintas dimensiones o niveles del ser de la persona. En ese sentido, nuestro planteo sostiene que existe un “llamado radical”, inherente a toda vida humana y que llega con las personas cuando desembarcan en la vida. Por eso planteamos que la vocación, tal y como suele entenderse, podría ser, en el mejor de los casos, el vehículo privilegiado de la “vocación radical” que caracteriza a todo ser humano. Hay un llamado primero y radical a toda persona que nace y se desarrolla normalmente, que pide una respuesta que se expresa a nivel existencial.
En efecto, entendemos que el ser humano tiene una “vocación radical” y general y que es como el punto de apoyo desde el cual las distintas personas llevan adelante sus “vocaciones específicas”. Más aún, sostenemos que la integridad y la felicidad de las personas radica en la conexión y la continuidad profunda que debe haber entre la vocación radical y la vocación específica.
En otras palabras, el ser humano, tal y como lo conocemos, posee, como inherente a su misma libertad, un llamado radical al que responder a lo largo de la existencia. Ese llamado posee algunas dimensiones o características, que se podrían considerar como básicas o esenciales, y que habrán de ser respetadas para acertar en el camino de la vida. Entendemos que la persona que optara por llevar una vida claramente disociada de lo que es y supone la llamada radical, acabaría por desfigurar su propia humanidad.
Por lo dicho, las vocaciones específicas habrán de estar en línea o al servicio de la vocación radical para que tengan consistencia y significación. Las vocaciones específicas deben ser entendidas como medios y no como fines; deben ser formas específicas que las personas asumen para servir o responder al llamado radical que entraña la libertad humana.
La vocación o el llamado radical al que nos estamos refiriendo está íntimamente vinculado a lo que llamamos la “conciencia refleja”. En efecto, el ser humano es el único animal que sabe que sabe, es decir, que tiene conciencia de la realidad en sí. Importa ver esto con un poco de detención. Decir que el ser humano tiene “conciencia refleja”, es decir que es el único animal que tiene conciencia de sí y de la realidad en que se encuentra. Es el único ser que sabe que sabe; que percibe a los otros y a las cosas como realidades en sí, e independientes de él mismo. A diferencia de los otros animales que son “seres de entornos”, los seres humanos somos seres de “realidades”.(3) Ahora bien, cabe notar, desde ya, que esa conciencia refleja, si bien es esencial a la vida humana, no es automática ni algo espontáneo en el ser humano; esa conciencia emerge en la relación con los otros. A ello nos abocaremos un poco más adelante.
El hecho de que ser humano se caracterice por tener conciencia refleja o que sea definido como un ser de realidades y no de entornos tal y como lo sostuvo Zubiri, revela un rasgo esencial del ser humano y que nos distancia absolutamente del resto de los animales. Afirmar que el ser humano es un ser de realidades y no de entornos significa que el ser humano es el único que ve en los demás y en sí mismo realidades en sí y no meros estímulos a los que responder en forma mecánica. Los animales no “saben” que en frente de ellos hay algo distinto de ellos o que tiene realidad en sí; solo ven estímulos a los que responder en forma mecánica o predeterminada por sus naturalezas. Los seres humanos nos caracterizamos por relacionarnos con realidades que están ahí, más allá de nosotros y que sabemos que tienen una entidad en sí mismas. Como bien dijo Zubiri, somos seres de realidades y no de entornos.
Pues bien, esa distinción que puede parecer poco significativa o un juego de palabras, entraña una diferencia radical y total para con el resto de los animales. El ser humano es el único animal que se pregunta por el sentido de la vida; que se pregunta por sí mismo y por la realidad. ¿Qué es esto que está ante mí?, ¿qué es el mundo?, ¿de dónde venimos y a dónde vamos? ¿Quién soy yo? ¿por qué y para qué estoy en este mundo? ¿por qué tengo este nivel de conciencia tan radicalmente diferente al del resto de los animales?
Son preguntas que reflejan “la” pregunta por el sentido de la vida en general y de la propia en particular. Inherente a esa pregunta veremos que se esboza la misma libertad. La pregunta por el sentido de la vida deja ver que hay una realidad que desafía y que es pasible de diferentes respuestas. Según la respuesta que cada uno dé a la pregunta por el sentido de la vida, orientará su vida en un sentido o en otro. A esa solicitación intrínseca de la propia conciencia refleja podemos entenderla, pues, como un llamado a ejercer la propia libertad.
En otros términos, podemos decir que los seres humanos hemos de vivir sin respuestas predeterminadas para las distintas situaciones que se presenten. En efecto, tenemos que elegir qué hacer y cómo desarrollar nuestra vida. Esta situación existencial puede ser reconocida con mayores o menores niveles de conciencia; puede ser más o menos lúcida, pero es indudable que se trata de una condición existencial a la cual ningún ser humano puede sustraerse. En ese sentido, bien podemos decir que el ser humano es un ser radical y esencialmente libre.
Ahora bien, esa libertad inherente al ser humano, puede ser leída como una vocación, como un llamado inscrito en la propia naturaleza y que desafía a cada sujeto a construir su propia historia. Por ello, podemos afirmar que el ser humano posee una vocación radical de la que no puede sustraerse. A esto nos referimos cuando decimos que el llamado radical es inherente a toda vida humana. Sabemos, así mismo, que la propia “conciencia refleja” se despierta y desarrolla a través de instancias que, en el fondo, ofrecen pistas u orientaciones sobre el modo en que la persona habrá de ir respondiendo al llamado radical.
En efecto, de la mano de lo que llamamos la “conciencia refleja” se asoma la conciencia de la finitud de la vida y la percepción de no estar, a diferencia de los demás mamíferos, programados a nivel de instintos para vivir de una determinada manera. El ser humano tiene que elegir qué tipo de vida llevar y decidir qué hacer en las distintas circunstancias de la vida. El ser humano se descubre como un ser histórico, un ser en el tiempo. Eso quiere decir que ha de ir diciendo quién es en relación a la historia y en el seno de la cultura. De ello se sigue que su llamado radical tendrá que realizarse o llevarse a cabo en y desde la historia.
Otra nota fundamental del llamado radical al que nos venimos refiriendo es que la conciencia refleja no emerge en forma automática, sino que se despierta a través de los otros. Cada ser humano es un “alguien” llamado por los otros a la existencia y que emerge de la relación con los otros en el sentido más amplio y profundo del término. Su humanidad “aparece” en la relación y nunca en el aislamiento. Importa subrayar que, desde la fe cristiana, todo ser humano es una realidad que se expresa y desarrolla en la comunión con los otros y con Dios. Más aún, entendemos que ese llamado a la comunión con los otros tan esencial y definitivo para toda vida humana, esboza la oferta del propio Dios a entrar en comunión con Él.
El Génesis, que es el libro que nos habla de los principios en el sentido de aquellos dinamismos que rigen siempre, muestra, claramente, la esencia dialógica del ser humano y su responsabilidad respecto de toda la creación. Allí leemos que Dios, después de crear todas las cosas y los animales, crea al ser humano a su imagen y semejanza: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gn.1,26), “varón y mujer los creó” (v.27) y, luego de bendecirlos les encomienda toda la creación. En ese mismo y breve movimiento, además de significar la dignidad de toda persona humana, se refiere a una finalidad o un “para qué” de la vida humana cuando les dice: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla” (Gn.1,27-28).
Importa notar que Dios, después que Adán y Eva cometen lo que se conoce como el pecado original y se esconden, sale en busca de ellos y le pregunta a Adán: “¿Dónde estás?” (Gn.3,9) Adán responde: “tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí” (v.10). Dios insiste con otra pregunta: “¿Y quién te dijo que estabas desnudo? (v11) Y todavía sigue el diálogo a partir de otra pregunta de Dios a Adán. “¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?” (v.11) Lo que aparenta ser el interrogatorio de un fiscal, entraña, en realidad, una noticia muy profunda: Dios aparece como interlocutor del ser humano; aquel que quiere entrar en relación con nosotros para despertar toda nuestra capacidad de amar. El Génesis nos revela que Dios quiere ser nuestro interlocutor, ese Tú misterioso e incondicional, que puede ayudarnos a tomar conciencia de nuestra propia realidad, así como de los sueños que nos habitan y podemos desplegar.
En efecto, Dios promueve a través de sus preguntas a que Adán tome conciencia de su realidad, de lo que le pasa, de su verdad. No se debe olvidar que el libro del Génesis no pretende ofrecer un cuento respecto de los comienzos del mundo, sino hablar del “Principio” o de “los principios” en su sentido más radical. El libro del Génesis habla de los principios que rigen siempre y no de cómo sucedieron las cosas. Habla de los principios ontológicos, de aquello que constituye la realidad y los seres humanos.
Los relatos del Génesis afirman que los seres humanos, además de ser creados “semejantes” a Dios, lo que vale decir, capaces de amar, también sostienen que Dios es su más hondo interlocutor. Él está siempre a disposición para ayudarnos a tomar conciencia de nuestra realidad y para ayudarnos a descubrir el sentido de la vida. Dios es quien deja impreso en lo más hondo de su creatura ese llamado radical que la constituye como creatura humana.
Pero volviendo al esfuerzo que hacemos por clarificar los conceptos de “vocación” y “libertad”, cabe asomarnos a la etimología de la palabra “llamado –vocación–” y lo que los diccionarios dicen de ella. Vocación proviene del latín “vocatio” que derivó, a su vez, del verbo “vocare”, llamar, que, a su vez, provendría del vocablo originado en la raíz indo-europea wekw, de la cual provienen también los términos: voz, evocar, invocar, provocar y vocabulario. La voz del Diccionario Salamanca de la lengua española sobre “vocación” señala como primera acepción la siguiente definición: ‘Inclinación de una persona hacia una profesión, una forma de vida o una actividad’.
La definición citada supone que la persona se inclina a –decide– vivir de determinada manera o a realizar algún tipo de actividad o profesión. Quien elige ejerce su libertad y lo hace sin saber exactamente lo que dicha decisión supondrá con el correr del tiempo. Se trata de una inclinación, de algo que mueve hacia cierto lugar y que requiere de la decisión existencial para hacerse realidad. En ese sentido, se puede afirmar que la vocación es un desafío a la libertad, una invitación a lo posible, un impulso hacia la superación.