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El hijo inconcebible

Premisas para un abordaje psicoanalítico de la esterilidad y la reproducción asistida

Beatriz M. Rodríguez

Ensayos

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Beatriz M. Rodríguez

El hijo inconcebible

E-Book

ISBN 978-987-86-4812-5

© 2020, Al Fondo a la Derecha Ediciones.

José Cubas 3471 (C1419), Buenos Aires, Argentina.

www.alfondoaladerecha.com.ar

© 2020, Beatriz M. Rodríguez.

Primera edición: Tekné, Buenos Aires, 1996.

Diseño de tapa e interior:

Al Fondo a la Derecha

Imagen de tapa:

Néstor Crovetto

www.nestorcrovetto.com.ar

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Hecho el depósito que marca la ley 11.723

A mis hijos Martín Sebastián

y Valeria Inés

Contratapa

Desde la antigüedad hasta nuestros días, todas las sociedades se han interrogado acerca de la esterilidad, y pretendido dar —de algún modo— solución a la misma.

He aquí reunidos los resultados de una vasta investigación: junto a una visión histórica de la esterilidad, y una revisión y elucidación de los mitos y tabúes populares acerca de ésta, hallaremos el cuestionamiento a las respuestas que hoy se ofrecen a la misma.

Indispensable para quienes deban intervenir en cuestiones vinculadas a la reproducción médicamente asistida, este libro propone una lectura desprejuiciada —y despojada del a priori dogmático— de un asunto tan polémico como es su vertiginoso avance.

Con un enfoque complejo y original, la autora propone la exhaustiva exploración de una variedad de materias que han sido escasamente estudiadas en nuestro medio y a las que los medios masivos de comunicación han contribuido a distorsionar. Su heterogeneidad no disminuye la rigurosidad con que son enfocadas las mismas; el presente es un análisis tan lúcido como profundo.

Desde una articulación entre la fantasía y el discurso social, el psicoanálisis y la perspectiva antropológica —y conjugando además una diversidad de discursos que proceden tanto de la biología, como del derecho—, este libro analiza un dilema de nuestro tiempo: la relación entre ética y ciencia.

Desafiando las nociones aceptadas que alternativamente exageran o niegan las repercusiones de los desarrollos en el campo de la bio-tecnología, arroja luz sobre esta controvertida temática.

Reconocimientos

Hace casi un año comenzó la tarea de preparar este libro, durante ese período he recibido muchas y valiosas sugerencias, tantas que encuentro difícil ahora hacer justicia a todas.

Estoy en deuda, no obstante, con Tait, que con amorosa paciencia facilitó mi acercamiento al ordenador y resolvió todos mis problemas técnicos y con Enrique Ogni, que hace ya tiempo me dio el primer impulso.

Debo agradecer a Doris Sherman, por su cordial orientación en los —para mí— espinosos temas legales. A Reina Sarkisián y Edgardo Piuzzi, por sus aportes a mi investigación.

A Stella Diamanti, por su calidez y por su estímulo constante y a mis colegas del Equipo de Psicosomática del Hospital Español. A Liliana Ferrero por los momentos que dedicara a la lectura del original.

Mi particular reconocimiento a Lía Ricón y a mis maestros, por su generosidad. A Graciela Hidalgo, cuyos cuestionamientos y agudeza me ayudaron a profundizar en mis reflexiones.

A la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, que me brindó el enriquecedor espacio de la docencia; y a los participantes de mis Seminarios, por el intercambio.

A mis pacientes, a quienes tal vez nunca agradezca lo bastante.

Buenos Aires, junio de 1996.

Introducción

... los óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al método de Bokanovsky.

... Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo bokanovskificado prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se conseguía uno. Progreso.

Aldous Huxley, Un mundo feliz

La disminución de la natalidad, característica de la civilización occidental, parece estar relacionada principalmente con dos hechos: la limitación voluntaria de la procreación y el aumento de la esterilidad (involuntario desde la conciencia).

La primera de estas causas es explicada por la antropóloga australiana Germaine Greer, quien sostiene que las sociedades industrializadas son básicamente gerontomórficas: en ellas la vida se ha hecho tan complicada, que la inserción en la sociedad adulta requiere muchos años de preparación y aísla efectivamente al adulto socializado del niño no socializado, existiendo escasa interpenetración entre los mundos de ambos. Mientras la escala y velocidad de este entorno son absolutamente excluyentes para el niño, el narcisismo del mundo adulto se ha intensificado con el desarrollo de la sociedad de consumo. Así, en particular entre los miembros de los grupos sociales que presentan un mayor poder económico y bienestar, existe un marcado desinterés por tener niños.

Por cierto, en las grandes ciudades, la actividad sexual (aun de parejas estables) es sensiblemente menor que en los suburbios y ambientes rurales. El uso generalizado de anticonceptivos parece contribuir al ideal de la “planificación familiar”; en tanto el acceso de la mujer a la educación terciaria y su inserción en el mercado laboral, han determinado para ésta, la postergación de la maternidad para después de los treinta años de edad, período de la vida en que la fertilidad efectivamente comienza a descender.

Simultáneamente, la medicalización creciente de la gestación y el parto en las prácticas occidentales, ha hecho que dichos procesos aparezcan transformados en fenómenos patológicos, que requieren de una compleja tecnología, farmacología y hasta cirugía, para alcanzar una exitosa culminación y que sólo pueden ser superados gracias a la guía y constante supervisión del facultativo; no obstante lo cual gran parte de las mujeres occidentales se enfrenta al embarazo y al parto fundamentalmente solas, en una situación de absoluta pasividad, donde la pérdida del rol protagónico es generadora de ansiedades y temores para los que la medicina no ofrece respuesta. Un solo ejemplo basta para dar cuenta de esta situación: la episiotomía, signo de la incapacidad de la mujer de parir por sí misma, llevada a cabo casi rutinariamente en la obstetricia de nuestros días, es más una mutilación ritual que un procedimiento médico necesario.

La manera de conducir el embarazo, el parto y la crianza de los hijos, ha sido en otro tiempo expresión de la red femenina familiar y un elemento de cohesión social; mas el dolor que antaño la mujer podía soportar, se ha convertido hoy en una tensión emocional para la cual no está preparada, desanimándola de hecho en cuanto a pasar por este trance y reforzando el paradigma de la reproducción tecnológica.

En cuanto a la mayor frecuencia de la esterilidad, se supone que obedece al incremento de agentes que pudieran ejercer algún efecto sobre la función reproductiva, tales como el avance de ciertas enfermedades de transmisión sexual, el sostenido stress de la vida moderna, la mayor incidencia de enfermedades como la endometriosis, la exposición a agentes tóxicos, o la propagación de elementos contaminantes. Por cierto, un mosaico de factores confluentes: genéticos, biológicos, vínculos parentales fantasmáticos, elementos situacionales, impide a la pareja estéril el logro de lo deseado; pero lo deseado no siempre es el hijo, aunque lo parezca.

Independientemente de los factores que la determinan, nuestra cultura, que manifiesta una actitud ambivalente hacia los niños, se comporta de idéntico modo respecto de la esterilidad: en principio está mucho más dispuesta a aceptar a una pareja estéril, que a una que rechaza la paternidad; pese a ello la esterilidad aparece como una especie de estigma social, para quienes la padecen, una falla vergonzante que precisa ser reparada, a veces mediante verdaderos “actos expiatorios”, que confunden el amor con el sometimiento.

No es de extrañar, entonces, que muchas mujeres encuentren en la tecnología un vehículo de expresión de la verdadera maternidad y cuanto más doloroso resulte el recurso por el cual se logra la concepción, más se crea amar a su producto.

Si bien tener un hijo puede ser entendido como un acto de amor, no tenerlo no implica necesariamente lo contrario; empero la tecnología reproductiva puede aparecer como respuesta universal ante esta falta. Así son cada vez más vastos y diversos los artilugios por los que se la propone como alternativa, no sólo para remediar la esterilidad, sino también multiplicidad de trastornos vinculados a la descendencia. La presión social encuentra de este modo, su aliado en la ciencia; los científicos un desafío a su omnipotencia.

Nadie ignora la gran disponibilidad de métodos y técnicas que en nuestro medio pretenden dar solución al problema de la esterilidad humana; sin embargo, hasta el momento, las mismas no sólo no alcanzan un nivel razonable de efectividad, sino que carecen de un marco legal que las regule. En tal sentido es posible afirmar que todo está permitido; pero, de ser esto cierto, están en riesgo: la dignidad humana, los derechos del niño a una filiación segura y los derechos del individuo frente a la arbitrariedad y los excesos. Algunos de los riesgos a que me refiero son de carácter médico (en tanto ciertas maniobras pueden atentar contra la salud psicofísica de la mujer, el grupo familiar o el niño por nacer). Otros involucran aspectos éticos complejos. Todos los cuestionamientos de este orden tienen, sin embargo, un desesperado carácter post-hoc: la alteración de la materia viva y la multiplicación de sus potencialidades, se han desarrollado de tal modo en las últimas décadas, que es posible afirmar que en la ciencia ya no hay “ficción”; sino un vasto terreno donde la ilimitada curiosidad, la fascinación por la trasgresión y el incontenible afán hacia la experimentación por sí misma, hacen a muchos investigadores —amparados en la soberbia de un supuesto saber científico— abandonar peligrosamente el campo del respeto humano, justificando la nueva eugenesia.

Los avances en bioquímica, embriología, endocrinología y cirugía, han hecho posible el control médico de la procreación y el sexo, en favor del anhelo narcisístico de realización absoluta de los deseos y la sostenida anulación de las diferencias.

Por cierto, la fascinación que ejercen estas técnicas no está vinculada con sus posibilidades de éxito (de momento realmente escasas), sino con la ilusión de dominio y la fantasía de realización de lo imposible. El espacio lúdico de la investigación se supone acotado por las necesidades terapéuticas. Al considerar la esterilidad como una patología, el discurso médico confunde la indagación científica con el objetivo curativo; en tanto que la tendenciosa espectacularidad con que la prensa ha tratado a las nuevas técnicas reproductivas (NTR) impide una serena reflexión.

Pues bien, se sostiene ingenuamente que la ciencia no es en sí misma ni buena ni mala, sino que lo son los usos que de ella se haga. Es necesario dejar de fingir que la investigación puede ser neutra. El desarrollo tecnológico siempre está precedido de una intención. La aplicación de una técnica puede muchas veces alejarse de esta intención original, empero no podemos eludir el hecho de que la investigación científica y el desarrollo tecnológico requieren de un soporte económico, tras el cual siempre será posible advertir un interés, una finalidad que dará origen a un encadenamiento automático de resultados, más allá de la buena fe del investigador.

En cuanto a las NTR, es sólo cuestión de tiempo. Si hoy las posibilidades que se abren ante nosotros parecen poco probables y hasta descabelladas; no debemos olvidar que idéntica reacción suscitaron las otrora fantásticas hipótesis que pertenecen ya al campo de nuestra realidad cotidiana. El catálogo (no exhaustivo) de “horrores” descritos hace casi diez años por Jacques Testart, cede progresivamente ante el criterio de supuesta necesidad.

Cuando en 1931 Huxley describió su “mundo feliz” conjeturó que la humanidad aún estaba técnica e ideológicamente alejada del extremo fantástico de “los bebés embotellados”, de modo que situó su Utopía dentro de seiscientos años en el futuro. Quince años más tarde supuso que sus profecías podían llegar verosímilmente a realizarse, si bien no en un sentido disparatadamente literal, en el plazo de un solo siglo. En la novela los logros de la física, la química y la mecánica se dan por sobrentendidos tácitamente. Los únicos progresos científicos que en el texto se describen específicamente, son aquellos que entrañan la aplicación, a los seres humanos, de los resultados de investigaciones en biología, psicología y fisiología y cuyos efectos serían: “una revolución profunda en las mentes y los cuerpos humanos. (...) y un sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinado a estandarizar el producto humano facilitando así la tarea de los dirigentes” (Huxley, A.; 1986:15). Tal revolución ha dejado de ser una hipótesis fantástica, lo meramente posible ha devenido probable.

Los siete pequeños estudios reunidos en este libro sintetizan el contenido de los seminarios que dicté durante 1994 y 1995 en la Facultad de Psicología de la U.B.A., bajo el título: “El hijo inconcebible; un enfoque psicoanalítico de la esterilidad y las nuevas tecnologías reproductivas”. De ningún modo se trata de una exposición acabada de esta controvertida temática; pretenden sí, profundizar el análisis de la misma, considerando que la comunidad “psi”, particularmente en nuestro medio, asiste silenciosa a las extrañas transformaciones que se operan en referencia a las identidades y a los sistemas de valores. Pues en tanto la hipótesis de neutralidad, permite al psicoanálisis un guiño cómplice o tal vez una mirada distraída; amparado en una supuesta prudencia metodológica y limitado a su observación, omite expedirse ante fenómenos que se han convertido en una perturbadora realidad.

Así, en alguna medida, mi propósito es precisar aquí la dimensión en que se inscribe la experiencia analítica de la esterilidad y la procreación artificial. Por ello varias de las viñetas con que ocasionalmente ilustro mis ideas, son relatos que sintetizan las vivencias de algunos de mis pacientes; no obstante prefiero referirme a estas como a historias de vida y no como a casos clínicos, ya que intento, del modo en que las transcribo, expresar antes bien el conmovedor dramatismo de los sucesos de que han sido protagonistas, que la evolución clínica de los procesos terapéuticos de que fueron parte.

Finalmente, y por tratarse de fenómenos escasamente discutidos con seriedad, a los que no obstante los medios de difusión han contribuido a distorsionar, no he podido excluir construcciones de tono especulativo; propongo empero una lectura de los mismos desprejuiciada y sin “aprioris” dogmáticos, desde una articulación entre la fantasía y el discurso social, el psicoanálisis y la perspectiva antropológica.

1

Semilla de eternidad

Había una persona

Y no podía liberarse de su madre

Como si él fuera su rama más alta.

Entonces la machacó y la tajó

Con números y ecuaciones y leyes

Que él inventó y que llamó verdad.

La investigó, incriminó

Y le impuso penas, como Tolstoi,

Prohibiendo, gritando, condenando,

Persiguiéndola con un cuchillo,

Tapándola con disgustos,

Palas mecánicas y detergentes,

Requisas y calefacción central,

Rifles y whisky y sueño aburrido.

Con todos sus bebés en los brazos,

[en espectrales sollozos,

Ella murió.

Su cabeza cayó como una hoja...

Ted Hughes, Revenge Fable

La esterilidad es un fenómeno universal. Tan antigua como la humanidad misma, ha sido experimentada como una evidencia del encono divino, una maldición, una herida narcisística, expresión de incompletud o anticipación de la muerte. Como puede advertirse su sentido no es unívoco, sino que le es otorgado por los patrones culturales imperantes y si bien algunas veces la dificultad para procrear puede estar en sólo un miembro de la pareja, existe probablemente en el otro algún tipo de conflicto que es desplazado en el cónyuge, de modo que estrictamente debiera ser considerada como un fenómeno de la pareja.

No puedo dejar de destacar, empero, la intensa resistencia del hombre en general, y aun hoy del médico en particular, para reconocer alguna responsabilidad del varón en ella. El motivo de que esto ocurra es, precisamente, porque tal reconocimiento altera cierto orden y coherencia sociales: para muchas sociedades —la nuestra entre ellas— el honor está íntimamente ligado al concepto de virilidad. En efecto, el ideal del hombre honorable está contenido en expresiones tales como hombría e integridad, involucrando, en un sentido vulgar, la quintaesencia física del macho (sus testículos); de ello puede deducirse obviamente que el concepto contrario implica la vivencia de mutilación, es decir significa castrado: en tanto se equipara la potencia sexual a la función genésica.

El primer texto psicoanalítico en que se menciona la esterilidad son los minuciosos informes clínicos de las Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente, mejor conocido como “caso Schreber”, donde Freud afirma que: “acaso el doctor Schreber forjó la fantasía de que si él fuera mujer sería más apto para tener hijos y así halló el camino para resituarse en la postura femenina frente al padre, de la primera infancia” (Freud, S.; 1910:54). El ulterior delirio de Schreber, según el cual por su emasculación el mundo se poblaría de hombres nuevos de “espíritu schreberiano”, estaba orientado a subsanar su falta de descendencia.

El doctor Schreber manifestó haber estado enfermo en dos oportunidades, la primera en el otoño de 1884. “Tras la curación de mi primera enfermedad —reseñó—, he convivido con mi esposa ocho años, asaz felices en general, ricos también en honores externos y sólo de tiempo en tiempo turbados por la repetida frustración de la esperanza de concebir hijos” (Freud, S.; 1910:13).

Debemos, asimismo, a las observaciones efectuadas por Franz Baumeyer, el conocimiento más detallado acerca de datos complementarios sobre la vida de Schreber, el más importante es quizá el concerniente a su esposa, quien tuvo en el transcurso de su matrimonio seis embarazos infructuosos (hijos nacidos muertos o abortos), de los cuales informó luego su hija adoptiva.

La falta de hijos debió resultarle particularmente penosa, si consideramos, tal como lo revelara su delirio, que Schreber poseía un acentuado orgullo familiar. Luego de la muerte de su hermano era el único descendiente varón de su familia, por ello en su fantasía ocupa un lugar destacado la ilusión de parir él mismo.

Diez años más tarde, en Psicoanálisis y telepatía, Freud volverá a hacer referencia a la esterilidad, particularmente a la esterilidad masculina, al relatar el caso, por cierto revelador, de una mujer, que a punto de someterse a una intervención ginecológica es disuadida por su marido, quien le confiesa ser él quien había perdido la capacidad para engendrar: “Sólo una cosa faltaba: no tenían hijos. Ahora tiene 27 años, casada hace 8, vive en Alemania y tras vencer todos los reparos acudió a un ginecólogo de allí. Pero este, con la desaprensión habitual en los especialistas, le prometió éxito si se sometía a una pequeña operación. Ella está dispuesta, al atardecer del día anterior habla con su marido. Van cayendo las sombras, ella quiere encender la luz. El marido le pide que no lo haga, tiene algo que decirle para lo cual prefiere la oscuridad. Que desista de la operación, la culpa de la falta de hijos está en él” (Freud, S. 1921:178).

Es difícil discernir por qué Freud, habiendo relatado con tal minuciosidad este episodio, no profundizó el análisis del mismo. Sólo podemos suponer que el propio Freud no escapó a los condicionantes culturales de su época. La esterilidad masculina ha sido y aún es hoy, una manifestación comúnmente silenciada. Muchas sociedades, para ocultarla, han arbitrado ingeniosas instituciones que garantizan la paternidad a cada varón. En tal sentido es sumamente eficaz la actitud de los Same de Burkina-Fasso (Alto Volta), quienes permiten a las jóvenes púberes, antes de ser entregadas a un marido, elegir un compañero que las visite de modo oficial durante algunos años; la joven sólo se reunirá con su marido cuando nazca un niño que será considerado el primogénito de la unión legítima. Entre los Same un hombre puede tener varias esposas legítimas, lo cual depende de las alianzas que haya logrado procurarse e implica, al menos, tantos hijos como esposas.

Más difundido a su vez, el levirato, por el que una viuda se casa con un hermano menor o un primo de su marido difunto, permite a un hombre engendrar hijos para el muerto, a quien suplanta, para que el nombre de éste no sea borrado de su pueblo.

Estas, como otras instituciones de efecto similar representan un modo, sostenido y legitimado por la cultura, de ocultar la esterilidad masculina.[nota1]

Ahora bien, si la esterilidad ha sido históricamente atribuida a la mujer considerando a la primera inserta en lo que se podría llamar el hecho femenino, que comprende los fenómenos ligados a la reproducción, al sexo y a las hoy llamadas crisis vitales de la mujer, lo que está en juego, como puede verse, es el concepto mismo de mujer y no exclusivamente la falta de descendencia.

Ninguna cultura se ha mantenido neutral ante la aparición de las reglas femeninas inspiradoras de miedo reverente. La menarca y la menstruación, así como el parto, el puerperio y la menopausia, han sido muchas veces objeto de tabú, por cuanto implican la aparición o desaparición del sangrado femenino, generador de inquietud y extrañeza.

En general, el término tabú alude del mismo modo a las personas y objetos sagrados, como a aquellos a los que se designa impuros; de hecho puede ser tabú: tanto una emanación mágica desprendida de un objeto, como del nombre que lo designa. Gran parte de las normas reguladoras de los tabúes, se fundan en los principios de la magia homeopática, según la cual “lo semejante produce lo semejante”.

El Levítico previene sobre este contacto: “Si el marido se junta con ella en el tiempo de la sangre menstrual, quedará inmundo siete días y toda cama en que durmiere quedará inmunda” (Levítico; 15, 24). Y es igualmente preciso en las advertencias respecto del puerperio: “Si la mujer, cuando hubiere concebido, pariere varón, quedará inmunda siete días, separada como en los días de regla menstrual. Al día octavo será circuncidado el niño. Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa, ni entrará en el Santuario hasta que se cumplan los días de la purificación. Mas si pariere hembra, estará inmunda dos semanas, según el rito acerca del flujo menstrual y por sesenta y seis días quedará purificándose de su sangre” (Levítico; 12, 2-5).

Frazer llamó la atención sobre la impureza ritual de las mujeres en la ley mosaica y su analogía a otras costumbres que han existido (y todavía existen) entre tribus de distintas partes del mundo. Para éstas la mujer menstruante debe abstenerse de tocar la vajilla y los alimentos, compartir el lecho con su esposo o tocar las vestiduras y utensilios de éste y aun, en ciertos casos, mencionar su nombre, pues de hacerlo seguramente le acaecería un grave daño.

Igualmente riesgoso es considerado el contacto con la mujer parturienta. Historiadores y antropólogos nos han brindado numerosas precisiones acerca de las costumbres que previenen ese contacto. Así, en Tahití una mujer en el puerperio era recluida en una choza construida en terreno sagrado, e impedida de tocar los alimentos, debía ser alimentada por otra mujer. El recién nacido participaba de las mismas restricciones que su madre hasta la celebración de la ceremonia de purificación.

Algunas tribus bantúes abrigaban nociones aún más exageradas acerca del daño causado por una mujer, cuando ésta por ejemplo había tenido un aborto.

Según el Talmud, si una mujer menstruante pasa entre dos hombres, uno de ellos morirá. Los campesinos del Líbano suponían que las mujeres podían causar muchas desgracias durante su periodo menstrual, que su sombra marchitaba las flores, secaba los árboles y hasta paralizaba el movimiento de las serpientes.

Las supersticiones de civilizaciones más avanzadas no son menos extravagantes: en la Historia natural de Plinio, citada por Frazer, la lista de los peligros que pueden proceder de la menstruación “es más larga que la de los propios bárbaros. Según Plinio, el tacto de una mujer menstruante convertía el vino en vinagre, atizonaba los granos, mataba los semilleros, plagaba las huertas de parásitos, hacía caer prematuramente los frutos de los árboles, nublaba los espejos, embotaba las navajas, oxidaba el hierro y el latón..., hacía abortar a las yeguas y así sucesivamente.” (Frazer, J. 1890:681)

En nuestros días, bajo formas atenuadas o ingenuas el tabú subsiste en creencias tales como que si una mujer con sus reglas toca cerveza o leche, ésta se agriará; si bate una mayonesa se cortará... Aún hoy, en Latinoamérica, muchas madres si bien desconocen el origen o el sentido de sus consejos, recomiendan a sus hijas púberes abstenerse de tocar flores (a riesgo de marchitarlas) durante su menstruación, de bañarse o lavarse el cabello (es decir, por desplazamiento, abstenerse de tocar agua a riesgo de secar la fuente).

Hasta fines del siglo pasado todas las funciones orgánicas femeninas, en particular las reglas —su aparición y su ausencia— fueron consideradas necesariamente enfermas.

Freud articuló el tabú de la menstruación, con el tabú de la virginidad observado como advirtió, casi sin excepciones, por pueblos primitivos. Estos —dijo— hacen consumar la desfloración fuera del matrimonio, algunas veces combinando la perforación del himen con un coito ritual, otras encargando a una anciana esta tarea. El primer acto sexual no debe realizarlo el novio. El horror de los primitivos a la sangre femenina es comprensible en tanto “el primitivo no puede mantener exento de representaciones sádicas el enigmático fenómeno del flujo mensual catamenial. De hecho interpreta la menstruación como evidencia del comercio sexual de la mujer con algún espíritu o demonio, por lo cual la misma deviene tabú” (Freud, S. 1917:193). Freud explicó dicha conducta combinando dos posibles motivos complementarios: el horror ante la sangre y la angustia del primitivo frente a lo nuevo, lo ominoso.

La tercera explicación posible pone en evidencia que el tabú de la virginidad, observado por los primitivos, no es sino uno más de los aspectos tabuados de la sexualidad femenina y de la mujer misma. En efecto, como hemos visto no sólo la desfloración es tabú, lo es el sexo, el embarazo, el parto, el puerperio: la vida de la mujer y el contacto con ésta, están sometidos a rígidas limitaciones.

Ahora bien, allí donde hay un tabú es posible suponer la inminencia de un peligro. La hembra parece ajena y hostil al varón; puede ejercer su influjo sobre el hombre y éste debilitarse y perder sus habilidades. El psicoanálisis, empero, nos ha enseñado que detrás de cada temor es posible encontrar un deseo encubierto; frente a la posibilidad de muerte que una riesgosa misión implica, el anhelo inmediato remite a la actividad sexual, vinculada con la vida. Pero es la mujer justamente quien parece dominar estas potencias. “La omnipotencia femenina y maternal ocupa en verdad un lugar destacado en el imaginario masculino” (Tort, M.; 1994:126). Para eludir su nefasto ascendiente, los primitivos erigieron una serie de preceptos de evitación, que eran observados en cada oportunidad en que el varón se hallaba ante una empresa considerada importante.

Así, apartado de la mujer y en particular del comercio sexual con ésta, el primitivo creía preservar su potencia e integridad.

A fines del siglo XIX la ciencia ofrecía ya, sólidas explicaciones para proceder de modo semejante, basadas en la “ley fisiológica de conservación de la energía”. De acuerdo al primer postulado de la misma, cada cuerpo humano contiene un monto limitado de energía que puede desplazarse de un órgano, o función, a otro. Ello implica que determinado órgano puede desarrollarse a expensas de los demás, restando energía a aquellos que no se desarrollan. Los órganos sexuales, en particular, compiten con otros órganos para adjudicarse la energía del cuerpo. Las implicancias de esta teoría en los roles masculino y femenino fueron de gran importancia: “la temible devoradora, con su lujuria insaciable, había dejado paso al ángel de la casa, un ser dependiente, casto, desexualizado e inocuo...” (Fox Keller, E.; 1991:69) Si la mujer debía concentrar su energía en el vientre, reservándola para la maternidad; el hombre, en cambio debía evitar el riesgo de la actividad sexual y dedicar su energía a fines más elevados. El segundo postulado de esta teoría enfatizaba que la reproducción era el aspecto fundamental de la vida biológica de la mujer. El varón, por lo contrario, no podía permitir que el sexo drenara sus fuerzas, apartándolo de sus deberes civilizadores.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
240 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9789878648125
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