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Kitabı oku: «Episodios Nacionales: La estafeta romántica», sayfa 8

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XVIII

De D. José M. de Navarridas (incluyendo esquelas de las niñas de Castro) a Fernando Calpena

De La Guardia, a 6 de Mayo.

Ilustre señor y dueño: Dios le premie a usted el regocijo que ha dado a este viejo dignándose comunicarnos noticias directas de su persona; y que no ha sido menor el alegrón de toda la familia por este feliz suceso, lo comprenderá usted sin necesidad de que yo se lo diga. Mi gozo subió de punto al notar que el tono y conceptos de su carta no indican una grande turbación del ánimo. Si por algún renglón de la misma veo asomar la melancolía, la cual más en lo que calla que en lo que dice se manifiesta, me tranquiliza el pensar que no es mal de cuidado cuando recae en jóvenes a quienes la inteligencia ofrece mil recursos contra el fastidio y las tristes memorias. Un hombre como usted, mi Sr. D. Fernando, tiene en su lozana imaginación, en su variado saber de todas las cosas, el remedio contra los desmayos del ánimo. Denos pronto la noticia, que aquí recibiremos repicando muy recio, de que se le han pasado esas murrias. Y si me permite darle un consejo, le diré que sólo con medir la distancia entre su mérito altísimo por los cuatro costados y la bajeza de los que le han ofendido, ha de sentir gran consuelo. Esto y el perdonarles de todo corazón serán medicinas de notoria virtud. Viva mi Sr. D. Fernando, y dele Dios toda la felicidad que se merece.

También agradezco infinito a mi señora Doña Valvanera que haya contribuido a vencer la pereza de usted para escribirnos; y si por mil respectos no mereciera esa noble dama mis homenajes, por esta sola fineza quedaríamos obligados eternamente. Hágame el favor de decirle que en esta carta van cumplidos sus encargos con toda la eficacia que nos permite nuestra inutilidad. Incluyo las respuestas de puño y letra de mi sobrina mayor, la cual ha manifestado un deseo muy vivo de servir a la señora de Maltrana.

Mi hermana María agradece a usted sus finos recuerdos, y se los devuelve con sinceros votos porque conserve usted su salud, así del cuerpo como del alma, deseando que encuentre su tranquilidad en la esfera del mundo que por su nobleza le corresponde. Tanto mi señora hermana como yo hemos leído con especial satisfacción el parrafito de su carta en que se muestra deseoso del buen giro de nuestros planes con respecto a la unión de las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga. Conociendo lo que aprecia usted a esta familia, esperábamos esa manifestación, a la que tenemos el gusto de contestar dándole esperanzas de que nuestro proyecto se realice, pues reanudadas las negociaciones, hemos visto que presentan un excelente cariz. Quiera Dios que pronto pueda dar a usted la buena noticia de que es un hecho el enlace de los escudos de Castro y Sariñán. Y si se dignara usted honramos asistiendo a la boda, no tendríamos palabras con que mostrarle nuestro reconocimiento.

Concluyo, pues las chiquillas quieren escribir a usted en este mismo pliego. Ya les he dicho que escriban aparte, y aquí meteré los papelejos que me den. De todos modos, no quiero cansar más a usted: sólo le digo que no se ha armado floja revolución en la casa con sus dulces encargos. No sintiéndose bastante fuerte en sus conocimientos la señora Demetria, reunió concilio de autoridades, que bien puedo llamar ecuménico por la muchedumbre de eminencias que concurrieron. Las de Álava fueron las primeras en penetrar en aquellas salas vastísimas, y al instante trabaron una tan fuerte controversia escolástica con mi hermana sobre el punto del punto que se debe dar al dulce de tomate, que hube de retirarme medio loco. Acudieron también al cónclave, llamadas por Demetria, dos monjas exclaustradas de esta localidad y de Vitoria, maestras en toda suerte de dulzuras, y si le digo a usted que tres tardes con sus respectivas primas-noches gastaron en dilucidar los problemas, invocando estas las tradiciones conventuales, aquellas la experiencia de unas y otras casas, no me tenga por hiperbólico. De los estados de Paganos y Samaniego, y aun de la remota Bastida, vinieron labradores viejos, cuyo dictamen y luces se estiman indispensables para determinar las mejores tierras y el abono más adecuado a los tirabeques, así como para la elección de simiente, etcétera, etcétera.

He aquí, señor mío, que entran las dos estrellas matutinas de la casa trayendo cada cual el papelito que debo incluir en esta. El de Demetria viene abierto para que yo lo lea y le dé mi exequatur antes de enviarlo a su destino. El de Gracia llega cerrado con tales cerrojos de obleas y candados de lacre, que no hay curiosidad bastante aguda para penetrar en las entrañas de este mamotreto. La chiquilla se ríe al entregármelo, y presumo que habrá metido sinnúmero de cuchufletas para embromar y divertir al amigo melancólico. Esto me parece de perlas, y accedo a no intervenir el manuscrito. Allá van uno y otro, y celebraré infinito que los informes de Demetria satisfagan por entero a la señora de Maltrana, y que los inocentes donaires de la pequeñuela recreen el ánimo del noble caballero a quien van dirigidos. Aquí termino, pidiendo a Dios que me le guarde cuanto he menester. Su atento amigo y capellán – José M. de Navarridas.

Esquela de Demetria

Sr. D. Fernando: Mi buen tío le informará de cuán festejada ha sido su carta, por la cual vinieron al fin las nuevas de su existencia y de la buena memoria que conserva de estas pobres campesinas. Si su salud no es tan buena como usted merece y todos deseamos, cuídese, distráigase y lleve con paciencia su mal, que este no es de los incurables, y casi estoy por decir que quizás sea de los benéficos, o que, pareciendo que matan, lo que hacen es dar a la larga mejor vida. Usted me entiende.

Por dos trajineros de toda confianza que llevan trigo de casa a Balmaseda y Bilbao, mando a la señora de Maltrana los mejores tirabeques que por acá se han podido encontrar, cosechados en nuestras tierras de Paganos. Hemos escogido la clase llamada aquí de cuerno de carnero, que es la más tierna y se cuece de un hervor. Plántenlos inmediatamente que lleguen, poniendo diez o doce en cada surco, sin echarlos en remojo, pues no quieren extremada humedad. La tierra que sea bien suelta, con abono muy hecho, mezclado de ceniza. Basta con la primera cava por toda labor, arropándolos bien y disponiendo los tutores antes que tomen direcciones viciosas. En esto han de mirar mucho, pues siendo su crecimiento de más de seis palmos, conviene guiarlos desde el principio con dos varas para cada pie, o tres si ellos mismos indicasen la necesidad de más apoyo. En las cruces pongan palos de mayor robustez, tirando cuerdas desde estos a las varas laterales, conforme la extensión de las guías altas lo vaya pidiendo. El toque está en acomodar la planta para que suba bien derecha y no se tuerza, pues si caen y se doblan, se malogra, por falta de aire, parte del fruto. Si a pesar de estas precauciones se doblan, por causa de fuertes vientos, vale más dejarlos jorobaditos, que en este caso la enmienda es tardía y empeora su situación. Se les deja como están, y se aprende para otra vez. ¿Entendido? Lo demás lo hace Dios. Celebraré que cuando el Sr. D. Fernando los coma se encuentre ya bien derecho y con propósito firme de no volver a torcerse.

El dulce de tomate lo hacía mi madre sin ciruelas. Pero no faltan aquí autoridades que recomiendan el empleo de esta fruta, mezclada en proporción de una libra por tres de tomate. Mi madre, como digo a usted, lo hacía sin mezcla. Recuerdo muy bien la operación, pues en ella le ayudé miles de veces; recomiendo que se fijen principalmente en la elección de tomates, siempre de mediano tamaño, rechazando todos los que tengan daño o picadura por pequeña que sea, pues estos, aun los de apariencia más bonita, la pegan. Es condición precisa cogerlos cuando empiezan a pintar. Se les extrae la semilla por un corte en redondo hecho en el pezón, de modo que resulten huecos y enteros, conservando la pulpa menos blanda. Ponía mi madre libra de azúcar por libra de tomate, teniéndolos veinticuatro horas en almíbar. Luego los hervía tres veces a un punto no extremado, pues desmerece si se deshacen y reblandecen demasiado. Tenía las orzas al aire, sin cubrirlas, otras veinticuatro horas. Con esto concluye mi ciencia, pues no sé más, y sentiré mucho que no quede satisfecha con tan escasos conocimientos esa digna señora. Su arte suplirá mi insuficiencia, y espero que usted, que es tan goloso, se chupará los dedos cuando le sirvan el tomate en dulce. Mi madre decía que mientras más desabridas son las frutas, más apropiadas resultan al buen dulce: el mejor de todos, que es el llamado de cabello, se hace de calabaza.

Y vamos ahora al mostillo. Suponiendo que el arrope de Villarcayo es excelente y muy azucarado, el mostillo que de él se saque no será inferior al de mi tierra. Mi madre ponía el arrope a cocer en un gran perol, a fuego lento, echando en él nueces peladas y cortezas de naranja y limón. Después de bien hervido lo apartaba del fuego, y entonces empezaba la operación más delicada, consistente en echarle harina, dando vuelta al caldo con cuchara de madera, sin cesar, y de la cantidad de polvo que se echara dependía el poco o mucho cuerpo del mostillo, y su mayor o menor mérito. Tenía mi madre para esto tan buena mano, que rara vez le salía mal, y cuando no quedaba a su gusto por demasiado espeso y pegajoso, o por muy fluido y clarucho, lo desechaba, haciéndolo de nuevo, sin acordarse más de la inutilidad de su tarea ni lamentarse de ello. Su sistema era empezar de nuevo lo que una vez salía mal, sin tratar de enmendarlo. Y tenía razón, porque las equivocaciones rara vez pueden corregirse, y lo mejor es aprovecharlas como enseñanza… y a otra. El punto del buen mostillo es como el de natillas claras, ni más ni menos. Luego se pone en orzas vidriadas, fijense en que han de ser vidriadas por dentro, y se tapa con una pergamino bien sujeto a la boca para que la cerradura sea perfecta. Y ya no falta más que comerlo. Yo estoy preparando una tarea, de la cual mandaré a la señora de Maltrana unas orcitas, si me sale bien, lo cual es dudoso, porque con tantos cuidados voy perdiendo un poquito los papeles. Pero he de esmerarme en la obra, recordando a mi madre y su arte consumado para estas cosas.

Creo haber respondido a las consultas con que usted me honra por encargo de la señora de Maltrana, a quien con este motivo tengo el gusto de ofrecer, juntamente con mi hermana, mis respetos más afectuosos. Tanto ella como yo deseamos que nos franquee ocasión de poner a su servicio nuestra inutilidad. Y usted, Sr. de Calpena, disponga de su amiga – Demetria.

Papelito de Gracia

Fernandito: Eres un pillo, y no mereces que te escribamos, pues tú no nos as escrito a nosotras, sino al tío, y eso lo iciste porque esa señora en cuyo palacio vives te cogió de una oreja y te puso la pluma en la mano; que si no, maldito lo que te acordabas tú de nosotras, ni de La Guardia, ni de las cortinas de damasco, ni de los mimos que yo te acía para que comieras y recobraras el apetito y el buen umor. ¡Vaya con la ingratitud del señorito! ¿Qué te abíamos echo nosotras para que así nos trataras? Pues aora, como vuelvas acá, que no volverás, ni falta; pues como vuelvas, ni te doy golosinas, ni te cuento cuentos, ni te ago vendas para tu patita coja, ni nada. Me tienes furiosa, deseando que rabies, que te desesperes y lo pases muy mal, que así las pagarás todas juntas. Cada cual lleva su merecido según sus acciones, y las tuyas son de lo más perverso que emos visto. No puedes figurarte mi satisfacción al saber que tuviste un desengaño muy tremendo. Eso les pasa a los casquivanos y desagradecidos, que se van por el mundo en busca de aventuras… Mira, niño, entre paréntesis te digo que no agas caso de mi ortografía, no porque sea muy mala, sino porque como me equivoco siempre en las haches, he determinado suprimirlas, y así no tengo que devanarme los sesos por saber dónde caen y dónde no. El montón de haches que me sobran lo pongo al final, por si quieres enmendarme con ellas la plana.

Bueno: pues si cuando te dieron ese sofoco te ubieras venido a casa, aquí lo abrías pasado bien, y tú contándonos el lance, y nosotras riéndonos de ti, te abrías curado, que más pronto se cura un corazón flechado que una pata erida de bala. ¿No te acuerdas ya de cuando te pegaron el tirito los cafres del Jabalí? Pues yo sí me acuerdo. Sabrás que an venido aquí dos pobrecitos de los de Aránzazu a traer carbón. Allí ya no ay miseria, porque emos señalado a cada familia un diario, que todos los meses van a cobrar a Salvatierra. Nos an preguntado por ti, por el buen caballero, y yo les dije que tú ya no eras caballero, sino un pillo muy grande… Sabrás también que vinieron a esta villa dos ombres de mala traza preguntando por ti… Parecían quincalleros o titiriteros: traían una carta que no quisieron dejar. En la casa donde se aposentaron, que era de la de la Bonifacia, calle de Enmedio, dijeron que tú eras príncipe, y que una princesa muy ermosa, vestida de zagala, te andaba buscando por los pueblos del llano de Vitoria. Con que ya ves cuánta noticia te doy. La más gorda la dejo para lo último, y antes te diré que todos los conocidos nos tienen marcadas preguntándonos por ti. Unos dicen que te as casado, y otros que todavía no. Las de Crispijana y las de Paternina andan en averiguaciones de quién podrá ser esa princesa disfrazada que te busca.

Más noticias: uno de los lebreles pequeños se nos a muerto de moquillo. La Leona no te olvida, y todos los días viene a echarse en la alfombrita que está a los pies de tu cama. Tu cuarto está lo mismo que lo dejaste, y en el jarrón aquel que tiene la pintura de Juanita de Arco vestida con armadura, no pongo ya flores, como cuando estabas aquí, sino cardos borriqueros. Este año emos tenido tanta cereza, que después de regalar a todo el mundo, y de acer mucho dulce, aún a sobrado para los de la vista baja, con perdón. ¡Lo que te as perdido!

¿Y qué me dices de lo sabia y leída que estoy? De ver leer a Demetria me entró la afición; sólo que el tío me quita de las manos lo que según él es lectura mala para niñas. Yo afano todo lo que puedo, y a más del País de las monas, e leído El Doncel de D. Enrique el Doliente, escrito por ese que se mató. ¡Cuánto me a gustado! Me parece que te estoy viendo a ti con armadura toda negra, calad a la visera, entrar en el palacio, castillo o lo que sea… ¿Pues y la dama, aquella Doña Elvira? ¡Qué simpática…! ¿Y el tunante del Marqués de Villena…? Todo es precioso. También me an dejado leer la Atala, que es muy triste, y la Serafina, que ace llorar a las piedras. A Demetria, que tiene licencia del tío para leer todo, le an traído una obra que se llama Nuestra Señora de París, que dicen es la más romántica de todas cuantas se an escrito. Del autor no me acuerdo: es D. Victor de no sé qué. Las de Crispijana dicen que es el acabose de lo bonito, y que vuelve locos a los que la leen, de tanto romanticismo y tanto amor estrepitoso. Una tarde pude quitársela a mi ermana, y leí un poquitín, que me enamoró. Es una muchacha bonita que tenía una cabra, a la que abía enseñado a leer. Por las láminas e visto que el más enamorado que allí pone el autor es un corcovilla que toca las campanas de la iglesia mayor de París. El tío me a prometido darme Los Mártires, que dice son cosa bonita y muy de religión, y los versos de Quintana, que serán muy buenos, pero a mí me aburren, porque no lo entiendo. Yo quiero relaciones de galanes y damas, amores con lances muchos, y trapisondas y contratiempos, que acaban en casarse, pues cuando se matan o no les casan me entristezco tanto, que lloro como si los ubiera conocido y fuesen de mi familia. Que aya mucho interés y sorpresas, me gusta; que se pase miedo y zozobra, siempre que al fin se casen. Yo compongo también mis novelas, y todas las acabo cansando a los que se aman, y aora estoy pensando en que conozco a dos que se quieren, pero no se lo an dicho, porque ninguno quiere ser el primero. Les da vergüenza: el galán calla y ace muchos melindres por aquello de ser galán; la dama, por el aquél de ser dama, no debe tampoco declararse… y con estas tonterías puede que suceda una cosa muy mala, y es que el segundo galán, uno que está en acecho y no para de echar memoriales, se aproveche de la poca resolución del galán primero, y logre lo que no merece ni le corresponde.

Mira, Fernandito: lo que voy a decirte aora es secreto. Por Dios, no me comprometas. Cuidadito, cuidadito como me vendas; que no seas malo, Fernando; que no me agas la trastada de ablar de esto al tío cuando le escribas. Y si cayeres en la tentación de ablarle, no me nombres a mí para nada… Vaya, que no me atrevo a decírtelo, por miedo a que me vendas. Ea, sí te lo digo. Pues sabrás que eres el mayor tonto del mundo en apurarte tanto y ponerte melancólico y medio tísico porque tu novia se a casado con otro. ¿Sabes lo que pienso? Que Dios te favorece, pues ay otra que vale mil millones de veces más que la que as perdido, y te quiere más. ¿Quién es? Pues si no lo adivinas eres más tonto todavía. El nombre no lo pongo aquí: no debo, no quiero. Me da mucha vergüenza. Creo que la misma tinta se pondrá colorada. Sólo te digo que si tú le propones amores con buen fin, te contestará con un sí tan grande como esta casa.

¡Ay, qué vergüenza! Pero, en fin… no puedo retirar lo escrito. No te descuides… Vosotros los sabios no servís para estas cosas. Por eso un tonto cualquiera os quita las novias.

Y punto final. ¡Hadiós! con hache y todo para que no digas.

Que lo pases muy mal; que te mueras muy pronto, y que te vayas a los infiernos, desea tu enemiga, que te aborrece de corazón, – Gracia.

XIX

De Valvanera a Pilar

Villarcayo, Mayo.

No creas, mi querida Tostada, que las dimensiones de tus cartas puedan serme enfadosas. Al contrario, las leo de punta a cabo con indecible placer, y siempre me saben a poco; suelo quedarme desconsolada de que aún no vengan un par de pliegos más. Y ello es así, porque en tu escritura y estilo te veo tan viva como si delante te tuviera. No hay persona que tan claramente se muestre en lo que escribe. En tus cartas estás como eres: traviesa, sutil, amante, nerviosa, voluble. A veces tu sinceridad me asusta tanto como me admira; tus juicios tan pronto son acertadísimos como desatinados. Da gracias a Dios por tenerme a mí de reguladora de tu carácter en este negocio, pues si yo no moderara tus arrebatos y te alentara en tus decaimientos, no sé lo que pasaría. Lo mismo piensa Juan Antonio, a quien leo mis cartas y las tuyas. Recordarás que esto fue lo convenido por nosotras, pues no quiero poseer secretos que no conozca mi marido, ni traer entre manos enredillos cuyo principal hilo no esté en las de él. Se interesa por el buen giro de tu asunto tanto como yo, y sus consejos y observaciones son la luz que en estos laberintos me guía. Y basta de preámbulos, que tenemos mucho que hablar.

Disparatada me parece, como chispazo de las hogueras de tu romanticismo, la idea de que la niña de Castro pueda tener otro novio, otro amor. La existencia de un desconocido, cuarto factor, es un supuesto absurdo. Según mis noticias, corroboradas por las que hace pocos días dieron a Juan Antonio personas de gran crédito, Demetria viene a ser como un santito puesto en el altar del respeto y estimación que le tributan sus convecinos, y ni con palabra ni mirada se digna responder a ninguna manifestación amorosa, venga de quien viniere. Desecha esa superstición, pues no merece otro nombre. No hay más figuras sobre el tablero, no hay más factores que los tres que conocemos.

Y allá va otro hecho notable que no debes ignorar. Demetria renuncia al mayorazgo, quedando las dos hermanas, por virtud de este arranque generoso, igualmente partícipes del gran patrimonio de Castro-Amézaga. ¿No te parece que esta novedad permite vislumbrar una solución equitativa? A otra cosa: enterada de la tirantez de tus relaciones con Juana Teresa, he resuelto escribir a mi ladinísima y cuquísima cuñada, poniendo en ello tal diplomacia y cautela, que hemos tardado Juan Antonio y yo como unas tres noches en enjaretar nuestra epístola. Ello va bien hilado, con las necesarias marrullerías para conseguir que se claree. Le hablamos de ti, sin mezclarte para nada en la intriga que traemos. Esperando estoy su respuesta, que nos dará pie para otros avances y manifestaciones.

Lo que ha de sorprenderte y alegrarte es la noticia de que he logrado tender un hilo a La Guardia, y ponerme en comunicación con las niñas de Castro. ¿Cómo? dirás. Hija, no sólo tú tienes talento para estas cosas: concédenos algo de tu diplomacia y delicada trastienda. Pues verás: en la contestación que dio Fernando a una carta del cura Navarridas, ingerí unos encarguitos o consultas hechas a las niñas requiriendo la contestación inmediata. Cayeron en la trampa, y a los pocos días vi gozosa que el valijero me traía la deseada respuesta. Te incluyo las cartas de La Guardia, para que las leas, medites sobre ellas, y me des tu opinión… Pero dejemos esto, que quiero hablarte de lo más importante, y por Dios que no es muy lisonjero lo que ahora leerás. No te asustes antes de tiempo, y fíjate bien en lo que escribo.

Hace días que notábamos en Fernando un recrudecimiento grande de sus tristezas, agravado con estados nerviosos que me ponían en cuidado. Poco atento al ensayo de la comedia, pretextaba dolores de cabeza para encerrarse en su cuarto, o pasear sólo por las inmediaciones de la casa. El lunes, interrogado por Juan Antonio, dijo que necesitaba forzosamente ausentarse por pocos días; que nos prometía volver; que nos lo juraba con palabra de caballero. Fingimos acceder a su pretensión, proponiendo yo que mi marido le acompañase, y en eso quedamos. El miércoles por la noche, viéndole sombrío y taciturno, preparando la maleta pequeña que usa para viajes cortos, le llamé al cuarto de los niños, que ya dormían, y empleando la severidad combinada con las expresiones más dulces del cariño materno, logré que me confesara el motivo del trastorno que no podía disimular. ¡Pobrecillo! Es tan bueno, tan noble, que no se llama, no, a su corazón sin que este al punto responda. Con hidalga franqueza díjome que había recibido una carta de su amigo Pedro Pascual Uhagón, en la cual le manifestaba sucesos de indudable gravedad; dócil a mis instancias, me dio la carta para que la leyese, y enterada de lo substancial, se la devolví. Saqué un extracto, que te incluyo. Entérate y juzga. Los documentos que con esta recibes son de un interés palpitante: nos manifiestan sentimientos efectivos de las personas a que se refieren, estados de las almas… y debemos meditar sobre ellos.

Naturalmente, traté de arrojar la mayor cantidad posible de agua fría sobre la hoguera que el pobre chico llevaba en sí; pero bien comprenderás que no me habrá sido fácil apagarla. A las razones que le di encareciendo el desprecio y olvido, me respondió con otras que, expresadas por él, eran de una elocuencia y fuerza incontestables, por supuesto, echando siempre por delante el honor; y cuando los hombres sacan este Cristo, nos quedamos las pobres mujeres muy desguarnecidas de razones. En efecto: si ahora resulta que esa hembra loca, después de dejarse secuestrar tan torpemente, rompe con su nueva familia, atropella toda conveniencia, y se lanza decidida en busca del hombre a quien había jurado fe, para que este la ampare, deshaciendo la odiosa trama de su forzado casamiento, pueden sobrevenir incidentes de la mayor gravedad. Yo insistí en que no hiciera caso, y que pues el matrimonio religioso era efectivo, no procedía ninguna clase de acción protectora en favor de la infeliz Aura. Pero no he podido convencerle. Sobre todas las leyes sociales y religiosas está la caballería. Un hombre, un galán, un caballero no puede desamparar en trance aflictivo a la que fue su dama, aun teniéndola por culpable. La caballería, tal como Fernando la ve, es la suprema justicia, superior a todas las justicias de nuestras leyes divinas y humanas; la idea de castigar una traición, y de restablecer las cosas en el estado anterior a la intriga villana. Y aquí nos tienes, mi amada Pilar, en pleno drama o novela. Pocas novelas he leído yo desde que me casé; pero por lo que recuerdo de libros y teatros, en tales asuntos, inventados y compuestos con arte, domina la idea de justicia caballeresca, y de tal modo subyugan a los lectores y espectadores, que estos enloquecen de entusiasmo cuando ven atropellada la ley y aun la misma religión. Los desafíos, los raptos de monjas, la burla de padres o esposos, son admitidos con aplauso, sobre todo si el galán que tales atrocidades acomete es atrevido, insolente, y guapo por añadidura.

Discutía yo con Fernando sobre estas materias, y no quiero decirte que con su ingenio y gracia me arrollaba lindamente. Yo, al fin, no sabía por dónde salir. Nuestro asunto, pues, toma ya el carácter de obra dramática o novelesca, y o mucho me engaño, o se trae un chisporroteo romántico que pone los pelos de punta. ¿Qué me dices a esto? La dama escapadita de la casa conyugal, los burladores burlados, el galán con ganas de salir al encuentro de la dama y ampararla contra los viles que la engañaron, el traidor acechando en las tinieblas y preparando alguna nueva trapisonda… No, querida, no te asustes; te digo esto para que veas cuán malo es el romanticismo. Inmenso servicio se haría a la sociedad suprimiendo tales invenciones, que no sirven más que para dar malos ejemplos a la juventud. Cierto que Fernando me arrojó a puñados los rayos y centellas de su exaltación caballeresca y dramática; pero yo no me dejé cegar, ¡buena soy yo!, y con fría calma, razonando con el juicio que Dios me ha dado, le solté todas las andanadas del buen sentido, del respeto que debemos a las leyes y prácticas sociales. Como esto no era bastante, saqué también mi Cristo: díjele que te morirías de pena si él, por meterse en lances de poesía teatral, comprometía su existencia, su opinión, aquel honor mismo que invocaba; añadí que todo escándalo que por tales violencias sobreviniera, además de herirle a él y menoscabarle, a ti principalmente habría de lastimar… y ante esto vi que flaqueaba su tenacidad quijotesca. Si no era ya mío, era tuyo, y esto me bastaba. En fin, para no cansarte, me prometió no salir de aquí sin darnos de ello conocimiento, y que no buscaría el drama, concretándose a proceder como caballero si el drama le buscaba a él. Así hemos quedado: está más tranquilo, y yo también. ¿Vendrá el drama? Pues si viene, algo se me ocurrirá para espantarlo. Por de pronto nos recreamos con la dulce comedia de Moratín. Hoy han vuelto a ensayar, y Fernando, recobrando su aplomo, nos ha hecho pasar un rato agradabilísimo.

Es tarde, mi buena Tostada. Mañana continuaré.

Martes. – Nada ocurre hoy digno de contarse, como no sea que el drama no ha parecido. Por si viene, me dispongo a esperarle detrás de la puerta, pertrechada con el palo de una escoba. Si ahora resultara que no hay tal drama, que el que nos asusta es pura invención o engaño del corresponsal bilbaíno, este merecería el escobazo por ponernos en tal zozobra. No afirmaré que sea inverosímil: los buenos dramas tampoco lo son; pero algo hay en este que me parece extraño a la realidad. La dichosa carta de Uhagón me huele a verso. Con todo, no nos fiemos mucho, engañadas por la atmósfera desabrida de la vida corriente. En esta, cuando menos se piensa, salimos todos hablando en verso sin saberlo, y a lo mejor suceden cosas que convierten en cuentos de niños las invenciones novelescas y teatrales. No estoy tranquila, no, y a cada ruido extraño que siento fuera de la casa tiemblo y me digo: «Es el drama, que llega».

Se me había olvidado decirte que la carta de ese Miguel de los Santos no engañó a nuestro caballero, pues antes de llegar a la mitad de la lectura reconoció por tuyo el salado escrito. Lo ha leído veinte veces, celebrando tu ingenio; el legítimo orgullo se le sale por los ojos en llamaradas. Me ha dicho que ese Miguel es un talento perezoso, y un corazón de amigo como pocos se encuentran, y se pasma de que te hayas asimilado tan graciosamente su original socarronería en el pensar y en el escribir. Espera que le mandes nuevos engaños como ese.

Y hablando de otra cosa, que por cierto no es nada grata, tengo a la niña mayor malita. Se nos constipó ayer en el ensayo, porque teníamos todo abierto por causa del calor, y debió de sofocarse interpretando con demasiado brío la escena de Doña Irene con D. Diego. Me faltó tiempo para meterla en cama: la tos me la ahoga. Ya nos tienes a todos con el alma en un hilo… En fin, dice el médico que no es nada; pero yo no me fío, conociendo la propensión de estos chicos a las afecciones pulmonares. Desde que perdí a mi Ángel, tiemblo cuando les oigo toser. A estos dramas de la salud de mis hijos les temo más que a los otros, pues no puedo ahuyentarlos a escobazos. Empiezan con la tos; luego la calentura, que ni sube ni baja; siempre lo mismo días y días, consumiéndose, perdiendo las carnes. Cada catarro de mis hijos es una ansiedad mortal de cuatro o cinco semanas. Toda la fortaleza quiso Dios que fuera para los padres, que somos dos robles; fortaleza que sin duda nos es necesaria para soportar las dolencias de la familia menuda. Y el pequeñín no anda bueno tampoco. Toda la noche se la pasa en un sudor; está triste; no tiene apetito; se le ve desmejorar por días. Gracias a la riquísima leche que aquí tenemos y a los sanísimos aires de este país, les voy defendiendo. Por su salud ofrezco al Señor la mía; pero a Dios no le conviene el trato, y sigue quitándoles porciones de vida que a mí me da. Él se sabe lo que hace.

Con el cuidado de la niña no vivo, amiga del alma, y como nuestro asunto no nos traiga alguna sorpresa, no te escribiré ni mañana ni pasado. Pídele a Dios que no me quite a mi hija, y yo espantaré los dramas que vengan por acá… no te dé cuidado. Tu amantísima – Valvanera.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
30 ağustos 2016
Hacim:
240 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain
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