Kitabı oku: «Episodios Nacionales: Zumalacárregui», sayfa 10
XIX
Toda aquella tarde anduvo sin encontrar tropas. Las de Córdoba fueron hacia el Sur, y la división de Oraa habíase retirado por la estrechura de San Gregorio. Encontró, sí, gentes dispersas, que corrían a recobrar los hogares abandonados; rebaños fugitivos, y, de trecho en trecho, caballos muertos, despojados ya de sus arzones militares; algunos cadáveres de cristinos y facciosos, que nadie se había cuidado de enterrar, y multitud de objetos de vestuario y armamento, despojos tristísimos de la guerra. Ignorante de la verdadera residencia del Cuartel Real, confiaba que algún campesino adicto a la causa, y por allí casi todos lo eran, se lo dijese; mas no quiso formular su pregunta hasta no hallarse más cerca del terreno dominado por realistas. Mas no le habría gustado encontrar al ejército, y si pudiera meterse en el Cuartel Real sin pasar por entre los batallones de Zumalacárregui, se creería dichoso.
Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí le dieron noticias contradictorias respecto al Cuartel Real: que había pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán, que en la Amézcoa… Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias ciertas, y se durmió sosegado, después de cenar habas mal cocidas y un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día subsiguiente no fue la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable. Amaneció todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos. Era, pues, el tránsfuga prisionero de la Naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío. Resolvió esperar, toda vez que sus patronos, con gallarda nobleza, le ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se les ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás de alta categoría, y le escuchaban con respeto y se desvivían por agasajarle. «Señor – le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas, muchachas y niños, pues todos los mozos estaban en la facción, – vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido, y que no tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa, y puede estar tranquilo, pues. Sabemos que vocencia eminentísima es ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real Majestad; ese que le nombran D. Sebastián, D. Grabiel, o no sé cómo, y que anda por estos lugares desaminando pueblos al ojeto de ver dónde se pone una grande fortaleza o laberiento de trincheras que piensan hacer, para que se apoyen las tropas, y den las batallas en regla. Aquí está vocencia seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la tierra y montes y honduras radicantes arriba y abajo. Yo también he sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el comandante de Ingenieros Sr. Sangenís, y sé lo que son escarpas y contraescarpas, líneas quebradas, y obras de tierra y fajina. De modo que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto antiparras, bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan por servir a la real persona».
Respondió Fago que él no era príncipe ni magnate, sino un pobre capellán del Cuartel Real, que se había extraviado en la acción de Arquijas, y deseaba volver a reunirse con los suyos. No se dio por convencido el viejo, y continuaba mirándole con las antiparras de redondos vidrios, montados en gruesa armadura de cuerno.
«Pues diré a vocencia que, para mí, el Cuartel Real está ya sobre Salvatierra, y las tropas van a forzar el paso de Pancorbo para plantamos en Burgos en menos que canta un gallo».
Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado, aseguraban que el Rey con toda su Corte estaba en la Amézcoa Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas: de todo ello coligió que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión católica y del trono legítimo? Dios sobre todo.
Oía esto con indiferencia el buen Fago hasta que de concepto en concepto, picando el Sr. de Pitillas en uno y otro asunto, vino a resultar inopinadamente que había conocido a D. Adrián Ulibarri. De tal modo se desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de Falces, que en un punto estuvo que apretase a correr, poseído de un pánico semejante al que sintió en la batalla de Arquijas. Como el buen Pitillas era tan cegato que no veía tres sobre un burro, no advirtió la turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos tiempos había tratado íntimamente a Ulibarri, y que la difunta de éste, doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña Manuela Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento de D. Adrián, pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar soplo a los cristinos de los movimientos de los leales; cosa fea, porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa disoluta. Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre, que removía en su alma heces amarguísimas; pero su ardiente curiosidad pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la tímida pregunta, dijo: «Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre, no se atrevió a presentarse a él después del estropicio, y ahora…
– ¿Ahora qué?
– Dicen que dicen… Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me calle.
– ¿Luego vive?
– ¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.
– ¡Jesús mío!
– Dicen que dicen… yo no digo nada… Volviose con el mismo que la perdió; éste, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión, se hizo cura, y ella…
– Eso no es verdad, Sr. Pitillas, – afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba, que el viejo se desconcertó.
– Yo no lo he inventado.
– Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.
– Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé… Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay clérigas, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa… Eso pienso; no sé.
– ¿Y dónde están?
– Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo».
Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.
«¿Y se llama…?
– No lo sé… Sólo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.
– Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún pueblo?
– Capellán del Cuartel Real.
– ¿Y es el mismo que…?
– No, señor; es otro.
– Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?… Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?
– Repicando… cuando entraba en el pueblo Su Majestad D. Carlos Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.
– ¿Dónde? ¿Qué pueblo era ése?
– Aranarache, en la Amézcoa Baja.
– También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni clériga, ni nada de eso, y al que lo diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: dondequiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento, casa de religión o cosa así.
– No se incomode vocencia – le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote. – ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?
– Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla dondequiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.
– Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a comer, que ya es hora».
Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba tan sólo con monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa de toda la familia pitillesca, afirmó que no podía detenerse; y resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido de lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de la necesidad de ejercicio físico, o quizás de una impaciencia que ni él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa o caballeresco… ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.
No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa capa cubría la tierra, marchó resueltamente hacia el Norte en busca del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo. Escasos dineros llevaba: dos pesetas columnarias y una regular porción de cuartos. Sus víveres eran un pan con chorizo entre la miga, que al salir le dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y el garrote. No llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una idea, y ésta no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un compañero de viaje que al compás de los pasos, y convirtiendo en voz humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al oído. ¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto llevaba, generosa ofrenda de los Pitillas, había, cuando se lo dieron, una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la prenda de ropa de manos de la vieja había registrado los bolsillos, encontrando en ellos un pedazo de yesca, dos cuartos y un papel escrito. Rompió el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese impedirlo, por no sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino dio en pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre, pronunciado inopinadamente aquella mañana, había removido su ser todo. La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba sólo con la sílaba Mé, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela. «Parece que es esto obra del demonio – pensaba. – Ahora veo los pedazos del papelejo, rotos y echados al viento por señá Martina, y creo recordar, creo recordar… como no sea esto una artimaña del espíritu maligno… creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba delante de mis ojos, estaba escrito: Mé… Y yo digo: ¿esto del creer recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la palabra Mé por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el querer recordarlo? Luego no hubo tal palabra… ¿Y no podría suceder que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que significaba?…».
Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue viendo algo como huellas de una cabra, un signo que evidentemente decía: Mé, Mé, Mé…
XX
La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue en una choza humilde, y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en borrico unas cuatro leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los caminos y senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto, el peregrino seguía, y a medida que se aproximaba a las alturas de la Amézcoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En Galbarra encontró a dos conocidos: el uno, aragonés; el otro, navarro, y por ellos se informó de las posiciones de la tropa, sin dar a entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron que el Cuartel Real estaba en Artaza, y que allí permanecería cuando el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta de Navidad. Con estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse en Artaza sin pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza de tres días, durante los cuales iba viendo el Mé, Mé, ya representado por la huella de cabras, ya por letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de iglesias o en tapiales de caserones.
Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle a esperar el día para entrar en las calles, y arrimose a un vivac, donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del propio Oñate. Éste le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas, y que el Sr. Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando de operaciones, díjole el mismo que pasada Navidad se emprendería la guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy envalentonadas las divisiones de Espartero y Jáuregui.
No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se guardó de dar a conocer su desencanto. Tales confianzas no podía tenerlas más que con su protector y amigo, el Sr. Arespacochaga, ante quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si fuese alma del otro mundo. Era el tal cortesano de D. Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los cincuenta años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado; facciones que podrían llamarse eclesiásticas, con la salvedad de que carecían de toda expresión mística. Su mirada se esforzaba en ser aguda y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que sólo es privilegio de la inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de comerciante en mercedes palatinas. Usaba en el trato social tosecillas, pausas, caídas de ojos y otros medios auxiliares de expresión que conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un juego que respondía a la vaciedad de su inteligencia. Y como había otros más negados que él, para éstos tenía un repertorio de frases comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros prohombres burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la muchedumbre de casacón y sombrero de tres picos, que es sin duda la más fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.
Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado presbítero se presentó al Sr. Arespacochaga, el cual habría desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de la vida. A poco de entrar Fago, sirvieron a los dos el chocolate. Su Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el capellán le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que parecía una deserción, pues no estando herido debió incorporarse inmediatamente al 5.º de Navarra. «Con estas cosas, Sr. de Fago, y estas rarezas de su carácter – dijo el Consejero de Castilla, – me ha puesto usted en ridículo, pues yo le aseguré al señor General en jefe que usted era un gran soldado y un sagaz estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen desde su juventud. Y ahora pregunto: ¿usted sirve o no sirve para las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en gloria y provecho de nuestro augusto Soberano, lo mejor será que vuelva a ponerse la sobrepelliz y procure sernos útil en la esfera eclesiástica…
– Señor – replicó Fago con efusión humilde, – yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.
– Pues entonces, ¿a qué aspira usted?
– Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.
– Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas – dijo el Consejero sin mirarle, – y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos resulta fallido… Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo militar, el valor?
– De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.
– Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en quien, como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?
– El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para nada.
– Hombre, hombre… no estamos conformes… Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese…?
– Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los pensamientos del General en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa presunción ridícula… Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.
– Hombre, hombre… Pues estamos bien. Me deja usted lucido… Aquí nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice: «Señor, soy un necio» lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto».
Al llegar a este punto, el Sr. Arespacochaga, apurado el chocolate y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago continuaba sentado, y aún mojaba bizcochitos en el soconusco.
«No, no, señor mío – prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza; – aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía, etcétera. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí no.
– Ni a usted ni a nadie – dijo el capellán mirando fijamente al Consejero, el cual se paró ante él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.
– Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos… ¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa… ¿Por qué no lo dice usted claro?
– Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido; pero eso… líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Sr. D. Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel, despiadado.
– ¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdoba en la mañana siguiente al combate de Arquijas?
– Estuve, sí, señor, porque me perdí… porque…
– Se perdió usted… y tan perdido… Ya lo veo.
– Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy…
– Es que… bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de espionaje… Valor se necesita para ello… De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero cobarde no es.
– Sí que lo soy, Sr. D. Fructuoso – dijo el otro poniéndose en pie, – pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo… lo aguanto; yo… continúo respetando al que ha sido mi protector y mi amigo».
Viendo pasear al Consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector y tirarle por la ventana.
«Permítame usted que me retire – le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.
– ¡Ah! no… ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones que estimo pertinentes?
– ¿Explicaciones? Ya las he dado todas.
– Ahora lo veremos. Siéntese usted… Considere que, si se me alborota, me será fácil mandarle preso… y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido, a los enemigos de la Fe.
– Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen como quieran.
– Le digo a usted que se siente, y oiga.
– Oigo sentado…
– Pues… yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?
– ¿De mí?… ¿Una mujer? Lo ignoro – replicó el capellán palideciendo.
– Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.
– ¿La vio usted? – dijo Fago con apagada voz, tragando saliva. – ¿Qué señas tenía?
– Alta, buena presencia, ojerosa… vestida de negro.
– ¿Edad?
– Como unos veinticinco años… quizás menos».
Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con hueca severidad: «Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en sus propias mentiras.
– Yo no miento… Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri.
– ¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?
– ¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.
– ¿Y qué clase de relaciones…? ¿Se puede saber…?
– Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.
– ¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.
– Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones».
La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al Sr. Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.
«Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la Penitencia. Pero no se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.
– ¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.
– A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán D. José Fago.
– ¿Y la abrió usted?
– Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente la de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque no lo fuera… aunque no lo fuera… La carta, muy mal escrita, le decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, Parador del Manco se llama, donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.
– ¿Y firmaba…?
– Firmaba Mé.