Kitabı oku: «Cinco años a caballo»

Yazı tipi:

Bettina Bonifatti

Cinco años

a caballo

Un viaje desde

el fin del mundo



Con el caballo árabe Nabil y Lagarto Juancho, de la policía fueguina, en Ensenada.

Bonifatti, Bettina

Cinco años a caballo : un viaje desde el fin del mundo / Bettina Bonifatti. - 1a ed.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editores Argentinos, 2018.

ISBN 978-987-3876-15-8

1. Crónica de Viajes. I. Título.

CDD 910.4

De esta edición:

© 2018, Bettina Bonifatti

© 2018, Editores Argentinos

Diseño de tapa e interiores: Theo Contestin

Editores Argentinos

www.eeaa.com.ar

info@eeaa.com.ar

Para contactar a la autora: bbonifatti@yahoo.com

Hecho el depósito que indica la ley 11.723.

A Hassan y León, mis hijos.

A mis familias del camino.

A Luis Thonis.


Mapa de Argentina con el recorrido del viaje.

NOTA PRELIMINAR

Quién no quiso alguna vez dejar todo de lado y tomar las riendas de un caballo con el propósito de no detenerse hasta recorrer ocho mil kilómetros. Estos kilómetros no son meras leguas sino cardonales, desiertos, llanuras, cañadones, banquinas, montes; pero también costumbres, historias, vidas, pueblos, dramas y celebraciones. Es cierto que este viaje (1987-1992) pudo realizarse en una época que todavía no era lejana, donde las condiciones de riesgo eran menores que en el pasado. Pero por el estilo mismo del viaje, que se desvía de las coordenadas habituales del turismo y que ocurrió en un tiempo en que las comunicaciones aún no eran masivas, el peligro es el peaje que hay que pagar para descubrir de primera mano una voz o un rostro inédito. La protagonista de este libro en la primera jornada desconoce casi todo del mundo ecuestre. El viaje —que dura cinco años— es el aprendizaje de todo lo que compete al caballo que además de ser un medio es también un símbolo, evocado por la autora (en la que se convierte la protagonista) que contrasta en ese aprendizaje la tradición, sus usos, la historia y el mito. El viaje se bifurca en escenas: el taller de pintura ambulante en Colonia Liebig o en La Silleta, las historias de artistas anónimos y diálogos con pensadores populares, el encuentro humorístico-religioso con el padre Francisco, los grandes cascos insólitos de las estancias, la suntuosidad que llega hasta lo cómico en una historia de toallas en una mansión del Paraguay, un taller de escultura en la selva misionera, las salinas del desierto santiagueño, o un cubano líder estudiantil en la revolución a quien los acontecimientos mundiales no dejaron de lado ni en el terremoto de México. Y otros temas: el camionero como ser nacional, la inexistencia del gaucho, el valor del hombre de campo, las cartas a la familia. El cuerpo —que en este caso se obstina en mantener la costumbre de usar sábana— es el cuerpo de las cabalgatas, escritas en un estilo telegráfico como agendas de tareas. Hallazgo de frases cortas que subjetivan lo que tocan y que extraen una técnica de ese esfuerzo. Un yo desprotegido que pasa a relatar su combate con la sordidez en las microhistorias: vacas arrojadas al océano Pacífico desde un buque carguero de ganado en el sur de Chile, más que el cruce de la gran Cordillera de los Andes. La recopilación final en el Testimonio técnico y el recorrido de kilómetros en detalle, muestran los rastros de un viaje real que como tal está perdido, y contienen casi un libro de bolsillo acerca de cómo viajar a caballo a fines del siglo XX. Allí se reúnen saberes tradicionales —la sahumada, la herrada, los aperos, las razas equinas: árabe, criollo, cruza con percherón— con el tiempo, el equipo, los nudos y la marcha. Un libro desnudo que pone la aventura en la voz. Visión de un mundo que no volveremos a ver.


Arriba: los caballos en Tierra del Fuego.

Abajo: Don Chacho Piedra, Villa de María del Río Seco, Córdoba.

RAZÓN DE LA PARTIDA


Bettina Bonifatti.

Olí por primera vez el cuero en 1973. Fue al entrar a una talabartería. En la vidriera había un caballo embalsamado. La conmoción me acompañó toda la infancia. Mi bicicleta era un caballo. Iba a la esquina, la apoyaba contra el mármol negro para observar ese ojo como de vidrio. El único caballo que había montado era el de la calesita, que no bajaba el círculo de madera. Lo noté bastante tarde, cuando advertí que al saludar a mi madre esta volvía a aparecer y entonces supe que no me iba.

La experiencia no se extendió más. El día que me subieron a un verdadero animal de alquiler, un domingo, nunca fue con aquella fuerza: cuando de montar, nada vivo. Caballos automáticos en los que con solo colocar una ficha se movían, con riendas de cuero y cabezadas pintadas. Hasta aquí, el sueño y lo imposible.

En 1987, vivía en San Telmo. Salí con la ropa pintada al teléfono público del Bar Británico. En la cola había una mujer, y hablando, un hombre con una bolsa que contenía unos mil cospeles. Hablaba fuerte, decía que se iba desde Ushuaia hasta Alaska a caballo. Temblé. Quise tocarle el hombro y decirle “voy”. Cortó y salió dejando la puerta en un vaivén. Disqué. Me di vuelta y lo vi. Estaba detrás de mí. Este imprevisto facilitó la idea. Hablé entonces de una expedición al Amazonas. Él escuchó. Cedí el tubo a la mujer y hablé con él. Primero allí de pie, sobre su inminente viaje. Almorzamos. Me contó ya en el café que había dos hombres más: eran tres. Un ruso nacionalizado francés, llamado Vladimir Fissenko, y un norteamericano, Louis Brounke, Licenciado en Ciencias Políticas. El argentino, Roberto Raffo, único del grupo que hablaba castellano, me invitó allí mismo a conocer los caballos. Faltaban días para la partida. En los campos de Necochea ensilló dos caballos de la futura expedición y, al paso, me confesó que estos dos hombres eran muy amigos y que se llevaba bastante mal con ellos ya antes de partir. Y allí mismo, mientras yo disimulaba mi inexperiencia al respecto, me hizo la pregunta: ¿Harías este viaje conmigo?

Por entonces era más indecisa de lo que soy hoy, y solo asentí. El recuerdo del olor a cuero que me perseguía desde chica me decidió. Ni siquiera ensayé una cabalgata corta. Esperé la partida. Fue fatídica, porque el caballo lobuno llamado Ñandú le dio en ese mismo instante de la salida una patada al ruso, y lo quebró dejándolo fuera de juego por seis meses. El ruso fue a reponerse a los campos de Necochea con un criador de árabes. Los dos integrantes que quedaban fueron en camión a Ushuaia con los caballos. Viajé en avión a Tierra del Fuego sola, con un permiso firmado por mi padre (quien pensaba que iría por un mes), dado que era menor de edad para cruzar la frontera a Chile. Aunque después pasamos la frontera por el Paso San Sebastián con casi todos los animales, y el ruso y el norteamericano repusieron su tropilla y decidieron ir por la ruta 40, el argentino y yo, por Chile, decidimos hacer nuestro viaje también.

El argentino y el norteamericano tenían ya sus diferencias cuando salimos, y el ruso se reponía para volver. Todos los criadores que habían donado los animales al argentino se peleaban para quitarle la propiedad de los caballos y pasársela al ruso y al norteamericano: esto no se debía a un entreguismo apátrida sino que había entrado una mujer (yo, para el caso…) en el asunto; y eso era un desastre seguro para la promoción de sus razas: tenían razón. Pero las razones de un viaje son a veces razones del corazón.


Tierra del Fuego.

NOTA ACERCA DE LA CABALGATA I


Bettina con Lobuna y Ñandú, camino a Puerto Octay, Chile.

Sufro esta primera cabalgata cada vez que la leo, porque no hay modo de contar el inicio de un viaje a caballo desde Tierra del Fuego a fin de siglo. El dolor, la sed, el cansancio —pensaba— les doy batalla y se rinden. En esta primera cabalgata en la que no sabía montar, cada tanto escribo un deseo de época o cuento un sueño. Pero la vida consistía en ordenar estas frases cortas, frente a los días largos, interminables. Despertaba sin poder moverme, la sangre empezaba a circular en la idea y me volvía alegre aun intentando mover el índice: primera semana.

Estas primeras páginas son el inicio del viaje mismo: frías, entrecortadas, telegráficas. Al principio estuve muda: anoté aquellas frases cortas, y solo me miraban a veces pocos peones sin saber que yo estaba deshaciendo una vida de ciudad, despojándome de todo relleno y necesidad. Luego, invertida la cámara lenta a la que el frío obliga, la velocidad reapareció y al año el viaje fue mi descanso.

Nunca escuché la palabra gaucho; es un término que usa la gente de las ciudades para hablar de los paisanos. Pero si uno le pregunta a un paisano por los gauchos, le dirán otra cosa.

La primera cabalgata tiene la forma en que está contenido lo que ocurrió. Había dejado lo que sabía y lo que podía. La debilidad, el miedo, el dolor de cuerpo, el frío, el agotamiento y la soledad, no iban a dominarme los ojos por mucho tiempo más. No esperé condiciones creadas, y me compliqué la vida: el viento impedía vivir, se volaban hasta las palabras. Ese viento atroz era una fuerza desconocida a la que yo me entregaba, y no es mi tarea salvar esas frases que se perdieron. No hay eslabones que faltan, no hay nada que conectar. Inicio sorpresivo y monótono, cortado de golpe frente al alma de alguien o frente a un objeto que me conmovió dándome una feroz necesidad de responderle. Por esas cosas dichas (la dicha de lo dicho) hice lo que tenía que hacer: viajar a mi modo preguntándome: ¿Esto es el viaje? ¿Tengo que regalar mi semana a este mar de ovejas berreando a diecisiete grados bajo cero? Me adueñé del terreno que pisaba, que era un lugar demasiado grande, sin amigos, sin una casa, sin un libro, y empecé a querer detalles de un ritmo aún no probado, mientras me daba cuenta de que si pasaba por eso llegaría a una intensidad desconocida.

Vi girar a la Tierra —con mayúscula porque hablo del planeta, no de los remolinos de viento. Iba al tranco y anotaba: mientras amanece la mitad del cielo es de noche y la mitad de día y eso se ve en la llanura como un plano con cielo, y cada minuto alcanza a hacerse ver, correr la línea y el cielo cambiar de color. Vendrían las otras estaciones, no se gira en redondo solamente. La traslación me llevaría; iba (no sé si a un lugar) sino al calor de un verano; y soñaba con ver un árbol durante treinta días seguidos y ese árbol al aparecer era otra cosa que un árbol, pero ya no sabía qué. Rozaba la ridiculez.


Lago Llanquihue, Chile.

Si supiera por qué hice esto no lo habría hecho de este modo. ¿Uno escribe de lo que sabe? Yo no sabía nada de campo ni de caballos, solo sabía seguir y tenía un sentido del tiempo. La libertad no estaba, no se es libre en una expedición a caballo. Pero hay una pequeña libertad conquistada mucho tiempo después: años de viaje pasaron. Fue cuando el hábito se asentó y cada parte de mi alma se enteró de lo que hacía. Antes solo tuve la noticia de haber partido, pero mi cuerpo estaba todavía en Buenos Aires, años estuvo. Cientos de noches viajé y no estaba del todo ahí. Llegó un día y fue de a saltos abruptos cada vez que otra parte de mi alma se enteraba. Recuerdo una, cuando algo me soltó: iba por la precordillera y vi los baguales, los llamados en la ciudad caballos salvajes, una tropilla. Anoté que estos padrillos en manada robaban caballos mansos. Ese día vi venírseme al lado uno de estos animales libres; tuve miedo y admiración. ¡Ladrón no humano! ¿Se acercaba a robar mi yegua? Yo la tenía del cabresto, de tiro a la asidera; recuerdo que la agarré con temor y mi zaino binzudo sorpresivamente se adelantó a defender la tropilla. Nunca pensé que este animal mal capado haría las veces de jefe; esto era un comportamiento animal claro, pero yo lo veía como nos deben ver las plantas a nosotros si tuvieran ojos. El ladrón bajó los ollares al suelo, el zaino le enfrentó el cráneo bajando el cogote (quedaron cabeza con cabeza), gritaron como gritan las personas y se pararon de manos; tres veces lo hicieron y yo miraba el ritual, el veredicto esperaba: cuándo, cómo y por qué decidieron quién vencía, no lo sé. A partir de ese momento yo vi otra cosa: algo animal me había soltado (un saber inútil es muy importante tener siempre a mano). Fue una conversión: la yegua había mirado conmigo la escena: y ya la vi de lejos, aunque había logrado conservarla a mi lado, ella ya estaba en un mundo incomprensible donde yo no quería entrar nunca más: eso es ser de campo, no querer entrar en la vida animal. La gente de ciudad ve los animales con romanticismo, ninguna persona de campo hace eso. Y me alegró quedarme de mi lado. Mantuve mi tradición (la de ser una persona) y cuidé mis hábitos, mi sábana, ¡mi tiro de gracia al romanticismo antropomórfico!, el cual desapareció milagrosamente modificando todo de allí en más. Me hice de campo. Ya no anhelaba, ni tenía ninguna esperanza de que el viaje me diera algo (saber, experiencia, amigos, como antes creía), todo eso lo dan las ciudades. Si me había ido así no iba a esperar, solo ir y ver, escuchar, aprender a administrar el silencio de voces y el ruido de la vida sin voces; sin perder de vista que hechos únicos sin un significado ni un objetivo aparecerían ante mi vista, visión serena que yo mantenía entonces tantas horas diarias disponible al mundo; con el cansancio que ayudó a vencer el temor y el temor del cual nace la valentía. Fin de la vida parlante. Mundo irreconocible.

Cuando vivía a oscuras usaba los relámpagos para ver lo más rápido posible. Eso pasó al recuerdo: no hay visión pareja en mí, tampoco hoy veo antes sino tarde o justo a tiempo. En siglo equivocado entonces, nadie sabía viajar a caballo. Que todo se unía entre mi cuerpo y el mundo; y viajé de los veinte a los veinticinco años (pero no lo sabía aún en estas páginas anotadas en el primero de mis veinte cuadernos de hule), con algo automático y a la vez del alma que me dejaba libre. Al cuerpo no le queda otra opción. No podía hablar con gente de otro siglo para saber cómo eran los antiguos viajes a caballo. Sin ideales (ni a favor ni en contra del hecho en sí) todo se juntaba o unía entre mi cuerpo y el mundo, por lo cual no era agresivo el afuera ya de tan permanente.

Cuando salí de viaje, en Río Grande, en la Estancia María Behety, me hicieron pie para subir al lobuno torcaz. Como en Tierra del Fuego no andan autos, pensé que tendría un sur de meses para dominar la rienda y los caballos de tiro. Lo primero que hice fue verificar en la alforja si estaba mi cuaderno y si tenía birome de repuesto. El viento me partía la cara. Iba a anotar lo que yo quisiera y eso me daba alegría de revancha al frío, peor enemigo natural para mí. Viviría como había querido: descubrir el mundo, no esperar, hacerlo, vivir por mi cuenta. Pero cada día del inicio del viaje admiraba a quien vivía a medias. Añoraba una pared, una silla; las encontraba en casillas de otros, seres vivaces o comunes, y quería decirles que yo era como ellos: con los fastidios cotidianos, las rutinas inamovibles, las responsabilidades y los cansancios. Una casa solía parecerme un sueño cuando llovía. Bajo un techo cualquiera era más dichoso que yo. Luego, se me ocurrió que si no fuera por esto que hacía jamás sabría lo que es que las piedras de una tormenta castiguen así la espalda; ni podría reír al sentirme apaleada por el cielo (como si la presencia de Dios fuese más notoria al no tener techo). La relación frecuente con la variedad celestial da mundos reales.


Recorrido de Tierra del Fuego a Chile.

Mapas no llevé nunca. Pero tengo dibujado en el pecho por el dedo de mi abuela el mapa de su pueblo natal en Eslovaquia; yo esperaba donde aparecía el caballo en el relato: el caballo y la nieve de Europa en 1930. Ahí me dormía. Las tierras nombradas, los barcos, los caballos, la guerra y el mar. Palabras que hacían querer salir de la casa y descubrir el mundo. Era un mapa sin escrituras, sobre mi pecho y mi corazón, con líneas hechas con el filo de su uña o el canto del dedo. Luego vi que el tiempo pasaba muy rápido: no perder tiempo, no perder vida. Que la muerte me agarre al día; pero tampoco se puede vivir así. Hay que perder tiempo para tenerlo.

Puse la pava para tomarme unos mates antes de partir. Bajé la escalinata de madera de la casa de los esquiladores.

¿Por qué partir desde el fin del mundo?, pensaba. ¿No hay un punto de partida más fácil que ayude a aprender a viajar a caballo? Y no, era desde el fin del mundo, cuestión no solo simbólica: lo entendí la primera noche del viaje cuando tan temprano se hizo la oscuridad y vi tantas estrellas ¡una al lado de la otra!, no quedaba cielo libre de ellas. Empecé a preguntarme qué valor tenían los datos, qué importancia podía tener escribir: los peones toman té dulce y comen capón. O: el viento sopla a ciento treinta kilómetros por hora. Sí, el viaje lo valía.

Al año de la partida me parecía que estaba entre el siglo XIX y el XX; porque un día veía arrear las majadas a un estanciero belga en motocross, y al siguiente amanecer estaba sentada sobre cojinillos con un criollo calladísimo frente a una salamandra llena de pavas tiznadas que me enseñaba a hacer el palenque pampa con una soga.

El mundo —me decía y ya me tomaba con demasiada confianza el término—, no es tan grande. La naturaleza no es inmensa. Cuando pasé años en ella la vi cada vez más pequeña. Solo Dios es inmenso, y hasta me parecía que esa obra (el mundo) era la palma de una mano. Antes eso debe haberle pasado a alguien, cuando se cruzaban los mares en pequeños barcos y el hombre retaba más al agua del mundo.

Un día saqué la cuenta: en tres meses llegaría al mar; fue después de cruzar la Cordillera de los Andes. Paso a paso, sed a sed, me preguntaba: ¿Por qué cierro los ojos para tomar agua como los caballos sedientos? El norte traería el agua disponible, pero yo todavía no sabía lo fácil que era la adversidad —o que lo sería en mi recuerdo— porque da fuerzas, y se pelea contra lo inamovible y atroz: viento, tormenta, hambre, dolor, peligro, altura, pumas, derrumbes o precipicios. Ríos o puentes con nieve. Lo más difícil sería el mundo poblado; recibir las críticas y las opiniones ciudadanas, las preguntas iguales, pueblerinas o universitarias, con esperanzas que ni dije ni tuve, significaciones que no pensé porque pensaba en la patria; pero para mí patria era otra cosa como era otra significación la de la palabra pueblo.

Cada tanto aparecería entre la muchedumbre una mirada antigua, reconocible: tendrá nombre y apellido cada vez, y me hará volver el alma al cuerpo igual que lo hace la comida. Y fue salir de una prisión ver el mundo; esos primeros días sentí que también era una prisión ser libre (no estaba oprimida entre horizontes), y al cielo continuo me preguntaba de qué encierro se trataba. Pensé que yo iba a ser más valiente, ¡desdichados los que creen que viajando se enriquecen! Mi alma se debilitó tanto que di vuelta las apariencias y busqué despojarme de todo, derrotarme en la acción; no pensar, no celebrar nada, la libertad no coincidía con el hecho de viajar. El día y la noche se juntaron sin antítesis, en el punto en que el cielo se divide en dos brutal y divinamente, con medio planeta de cada color, sin noche ni día.

La desilusión me sirvió de alguna manera. Ver fue la acción predominante. Luego, oír. Poco se puede tocar desde el caballo. En algunas zonas tocaba ramas o hielos al pasar, o piedras en las que llegué a encender montada algún fósforo de cera.

No fue todo un esfuerzo de la voluntad sino que me hicieron algo las cosas (situaciones y escenas vistas que cambiaron lo que hacía) como cuando uno lee un libro que le hizo algo y ya no puede vivir igual que antes de leerlo. La cautela la obtuve en mitad del viaje y solo con el fin de no distraerme.

CABALGATA I

El sur


Estalactitas en el cruce de la Cordillera de los Andes.

Evitar los pensamientos sobre Buenos Aires.

Engrasar los cueros, pedir grasa a los esquiladores.

Acostumbrarme a la sopa de capón.

Aprender a ensillar.

Montar y practicar con dos de tiro a la asidera.

Nadie me dice nada.

Evitar la nostalgia, es mejor la bronca de no aflojar.

Comprar ginebra.

Los caballos no avisan cuando sufren.

Tantear antes de pisar, manejarse en la noche cerrada sin linterna.

El viento sopla a 130 kilómetros por hora.

Las cosas se vuelan (cuaderno, documentos, pelero).

El tema del viento no es un tema menor, porque a esa velocidad es irrecuperable el sombrero.

No olvidar ir a ver a los buscadores de oro del Cordón Baquedano.

Dejar de pensar en la desnudez como un sueño irrealizable.

Inventariar mentalmente para no olvidar las cosas al partir. Si sigo dejando una por día, en doscientos kilómetros no tendré nada.

Constato varias veces que los paisanos oyen lo que uno dice en voz baja a distancia.

Averiguar cuál es el antecesor del fósforo.

Para poder fumar mientras escribo, tener a mano piedras de pesa sobre el cuaderno.

Las velas se apagan, probar escribir con la linternita en la boca, aunque se alterne con el cigarrillo.

Antonio Navarro vio el invierno, cuando las ovejas quedaron bajo la nieve y con su propia respiración hicieron agujeros que llegaron hasta la superficie. Vio el vapor desde arriba, los agujeros esparcidos por donde cada una quedó encajonada, y dice que allí abajo se comieron la lana unas a otras para sobrevivir. Sus caballos se comieron las colas, las crines y la corteza de los árboles.

Anotar todas las soluciones caseras y remedios para curar mataduras hasta hoy: jabón neutro, grasa de auto, orín de cristiano, azufre molido con kerosene, carbón de pila, betún y nafta.

La mano en la rienda con el cuerpo agotado al final del día donde surge un solo pensamiento: esto no es para mí.

Reforzar los botones.

Barcaza Melinka. Pasan algas de cuatro metros.

Cumplí veintiún años y tiré al Estrecho de Magallanes el permiso de viaje de mi padre.

Comprar velas.

No saltar sobre los arroyos congelados.

Caminar de a ratos con el cabresto en la mano para entrar en calor y poder tener las manos libres de guantes.

Extraño verme las manos.

Aprender el nudo cola bozal para llevar los caballos de tiro hasta Morro Chico.

Sillón con cuero de oveja en el que me siento muy pequeña y friolenta para semejante emprendimiento. ¿Cómo hacer para ser como ellos y vivir así?

Es muy mal visto no saber ensillar ni montar. Cuchichean: No sabe ni subirlo.

Pájaros blancos diminutos vuelan al ras de la tierra cuando anochece. Entre tordos y leña apilada, me quedo dormida en todas partes.

Recordar quitarme las antiparras de moto al entrar a una estancia.

Perros prolijos, ante el silbido del arriero traen un mar de ovejas que encandila. Meterse contramano en el arreo de vacas es temible: me arrimo contra el alambrado, con los ojos cerrados como si cada vaca fuera un disparo de bala y espero que pasen. El estruendo es de muerte.

Descansan asegurándoseles el sustento y cuentan con enormes jaulas para su cuidado con un encargado. Se les dice perros jubilados. Hay de vacunos y de lanares, según peguen el tarascón o solo toreen.

Dependo de la eficacia de los nudos que hago.

Silencio magallánico: sin viento. Sonido: solo el viento.

Hay casillas vacías, con alguna vela o yerba. Dejar algo al irse para quien pudiera venir atrás.

Se permite carnear una oveja pero hay que estirar el cuero en el alambrado para contabilidad del dueño del campo.

Cuidado con los números, los hombres confunden el diez con el cien.

Antes de preguntar las distancias asegurarse de que conocen los números.

No corregir a los paisanos cuando afirman algo. Por ejemplo, que España es limítrofe con Argentina. Se puede contestar: queda más apartado.

Ni intentar pescar con arpón, pone fuera de sí errar tanto.

Casi todas las actividades que requieren precisión ponen fuera de sí por el frío.

Poner fin de algún modo a esto de soñar todas las noches con caballos hace dos meses: caballos gigantes que me persiguen entre los árboles, caballos apedreados, caballos transformados, cárceles y patadas.

Conseguir sal y azúcar para poner de a puñados en el balde al agua de los caballos.

Anotar referencias de Punta Arenas.

Para herrar, los chilenos manean los caballos, los echan al suelo con riesgo de que se quiebren. Para nosotros es impensable no herrar parado.

Luis Barrientos con un cuchillo saca del cuero vacuno una lonja en forma de círculo y le quita el pelo. Dice: La voy a amarrar a la cincha de mi caballo y arrastrar por las matas duras para que se ablande. Así se hace un lazo, se engrasa con pecho de capón y se estira. Barrientos lo retuerce hacia un lado. Prende un fósforo golpeando con una sola mano la caja en el taco de la bota y me mira sonriente.

Averiguar por qué esa Bahía se llamaba Inútil.

Usar barbada y retranca en el sombrero.

Las novedades dispersan. No se puede pensar igual que antes en la casa de uno.

No existe el café.

Las peores ofensas para el paisano son: corregirlo y dejarlo a pie.

Ir a Navimag para conseguir el Roll on roll off e ir por mar a continente en el carguero de ganado.

Despedida con Pedro Brstilo en cubierta en medio de los mugidos de mil doscientas vacas. Del frío no podemos ni llorar y hablamos como los mugidos.

El extremo agotamiento también produce este hablar en cámara lenta; nunca en mi vida había hablado yo así.

Improvisar un corral con pasto en la cubierta por cuatro días dado que en los tres niveles de camiones jaula van mil doscientas vacas hacinadas.

Aconsejan dormirse antes de entrar al Golfo de Pena para evitar la vigilia durante las doce horas de cabeceo y rolido. Imposible dormir en el suelo de un trasbordador que se sacude en el Pacífico. ¿Por qué le llamarán pacífico a un océano así?

Hay cuatro puntos cardinales más que nunca.

Para subir por la escalera a cubierta, aprovechar cuando cabecea la proa, lo que hace que uno se caiga para arriba y suba como si bajara. Subir a cubierta a dar agua a los caballos en el brete improvisado y atarlos cortos a la baranda para que usen su cogote como una quinta pata.

La poca gente de la tripulación bromea. Los que no se marean quieren atar al cocinero para que les cocine.

No pisar de noche a los que están tirados en el suelo.

Esperar la quietud del barco es una tortura.

Agarrarse de las paredes de los pasillos de los camarotes. Recostarse es recibir los sacudones como palizas fuertes, como si la sangre se te fuera para los costados y presionara la piel por horas. Muchas horas, siete, acostada; prefiero andar por el barco, aun con náuseas y jugar con la percepción, para ver si pasa más rápido el tiempo.

Voy al baño a mojarme el cuerpo, en medio de los movimientos descubro que es un recurso secarse haciéndose viento con la remera si no hay toalla.

Ir a ver los cóndores cuando se haga de día.

No olvidar pasar por el comedor a jugar una partida de dominó con los políticos que están de campaña y también van a continente entre las vacas.

Ir a conversar con el Capitán.

Despertar con el sol del ojo de buey. Bajar a los niveles de camiones jaula a ver cómo sacan las pocas vacas muertas durante la noche.

El Servicio Agrícola Ganadero de Chile (SAG) prohíbe llegar a puerto con animales muertos. El negocio es llevar quinientas de más y que mueran asfixiadas cinco. A las vacas muertas voy a ver cada noche, antes de acostarme en el suelo.

Se necesitan cinco hombres para tirar una vaca al mar: uno la agarra de cada pata y otro empuja el lomo. La arrastran por la cubierta, como marineros cowboys, hasta alzarla en el borde y la arrojan. Me asomo a ver eso, cuando vuela como una suicida, cae en un estruendo y perfora la negrura del océano con espuma alrededor. Parece un pez muerto y enorme sobre la estela que deja el barco y que la abandona.

Visión de las vacas tiradas al mar desde la altura en cubierta. Visiones intraducibles son las que a veces me hacen seguir. Ver lo nunca visto. Oír lo no oído.

Pedirle al Capitán una manguera para sacar agua de la canilla de cubierta y dejar de acarrear el balde. La manguera pasa por abajo de los camiones jaula que chorrean bosta. Dos mudas de ropa: con y sin bosta. No volver a entrar con esa ropa al comedor.

Evitar a los Carabineros de Puerto Chacabuco y, al llegar, a los de Puerto Montt. Los papeles no están en regla para Chile.

Puerto Montt. Fin barco. Salir rápidamente. Cualquier sombra parece un carabinero que viene a pedir los papeles. Escondo el pelo rubio bajo el ala del sombrero. Por la explanada de acero sin barandas veo bajar los caballos quietos en la noche del puerto. Ellos no han viajado en jaula sino en cubierta, mirando el mar conmigo.

Puerto Montt. Bañarme por partes en el hilo de agua de Villa Alerce.

No molestar al borracho que duerme abrazado al gato.

Aceptar la cena de Claudio para comer curanto y regalarle los easy boot (bota fácil), zapato para caballo inventado por los norteamericanos. Son de caucho y tienen una polea similar a la bota de esquí. La huella, que deja como una zapatilla deportiva con la forma del vaso genera extravagantes suposiciones en el campo. Los paisanos se ríen y quieren tenerlas para hacer bromas provocando a los rastreadores intrigados.

La noche siempre llena de hombres desconocidos.

Buscadores de oro. Cordón Baquedano. Veo correr el agua mientras los buscadores de oro mueven sus tamizadores. Hoy hallaron unas pepas. Otros cavan con picos y palas en el cerro. Subí veinte kilómetros. Comemos chuletas con sopaipilla y bebemos vino en un rancho oscuro. Los tres hermanos cocinan.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
230 s. 67 illüstrasyon
ISBN:
9789873876158
Telif hakkı:
Bookwire
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