Kitabı oku: «Madres, avisad a vuestras hijas»
BONNIE JO CAMPBELL (1962) creció en una pequeña granja de Michigan con su madre y sus cuatro hermanos y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe cómo se castra un cerdo. Cuando se marchó a Chicago a estudiar filosofía, su madre alquiló su habitación. Después se recorrió EE.UU. y Canadá haciendo autoestop. Un día vio en una farola de Phoenix un cartel del célebre circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey y se unió a la caravana vendiendo granizados. Los demás vendedores eran tipos rudos, desdentados, tatuados y llenos de cicatrices. La gente prefería el puesto de Bonnie Jo porque parecía la vecina inocente de la puerta de al lado. Se sacó mucha pasta. Más tarde ascendió los Alpes en bicicleta y organizó viajes de aventura por Rusia, los países bálticos y Europa del Este. En 1992, tras obtener un máster en matemáticas, comenzó a escribir sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan. Es autora de dos novelas y tres colecciones de relatos y ha sido nominada al National Book Award en dos ocasiones. Actualmente reside con su marido y otros animales en las afueras de Kalamazoo. Estudia Kobudō, «el camino antiguo del guerrero», el arte marcial ancestral de Okinawa, y le gusta pasar el rato con sus dos burros: Jack y Don Quijote. En su refugio subterráneo ideal para el fin del mundo habrá arroz, frijoles, frutos secos, hortalizas deshidratadas, agua, una buena reserva de guantes y calcetines (porque es de pies fríos), material para escribir y todo Dickens. Su bar favorito es el Tap Room, donde suele haber peleas. Le gusta estar donde está la vida. La gente de ese bar son los personajes que pueblan sus relatos, su tribu. Aunque conviene señalar que ya no bebe ni se pelea tanto como antes, porque necesita estar despejada por las mañanas para poder escribir.
MADRES, AVISAD
A VUESTRAS HIJAS
MADRES, AVISAD
A VUESTRAS HIJAS
Bonnie Jo Campbell
Traducción Tomás Cobos

Título original:
Mothers, Tell Your Daughters
W. W. Norton & Company, Inc., 2015
Primera edición Dirty Works: Mayo 2021
Segunda edición Dirty Works: Julio 2021
© Bonnie Jo Campbell, 2015
© 2020 de la traducción: Tomás González Cobos
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Tomás González Cobos (esta traducción ganó mucho con la ayuda de Ione Harris, Javier Lucini, Tracy Rucinski y, por supuesto, de BJC. También compartieron sus conocimientos para mejorarla Jonathan Gleave, Pablo González, Melani Horcajuelo, Jaime Narváez y Kim Ruddy). Diseño de cubierta: Nacho Reig Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento» Maquetación y correcciones: Marga Suárez
Mr. Underwood, Fernando Peña, gracias por el «mojo» y las resequillas.
ISBN: 978-84-19288-23-3
Producción del ePub: booqlab
ÍNDICE
Despeinadas
Casa de juegos
Cuéntate
El Mayor Espectáculo del Planeta, 1982: Lo que estaba
Mi perro Roscoe
Madres, avisad a vuestras hijas
El dolor de mi hermana
Una multitud de pecados
A ti, como mujer
Hijas del reino animal
Un lugar cálido
Mi dicha matrimonial
Prueba de sangre, 1999
Hijos de Transilvania, 1983
Desastres naturales
El fruto del papayo
Agradecimientos
Madres, avisad a vuestras hijas es una obra de ficción. Todos los personajes son producto de la imaginación de la autora y todos los escenarios, lugares y situaciones han sido inventados por la autora o se utilizan con fines ficticios. Cualquier semejanza con hechos o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Para Susanna

Ed y yo estábamos enrollándonos a la luz de las velas, en el sofá.
Pammy estaba en mi habitación, con el hermano de Ed; quería estar a oscuras porque tenía muchos granos.
–Antes estuvimos hablando de que sería genial que tu cabeza estuviera en el cuerpo de Pammy –dijo Ed–. Las dos juntas seríais la chica perfecta.
Lo tomé como un cumplido; a diferencia de Pammy, yo era de pecho plano. Ed me besó en la boca, la garganta, la clavícula; presionó su pelvis contra la mía. La luna llena sobre la entrada de casa me recordó el faro de un automóvil o un globo ocular gigante. Tenía la lengua de Ed en la oreja cuando las luces del coche de mamá inundaron el ventanal. Ed se tiró al suelo y silbó para avisar a su hermano, que vino del dormitorio arrastrándose a cuatro patas. Salieron corriendo por la puerta mosquitera, hacia el patio trasero, y saltaron la valla. Pammy y yo nos arreglamos la ropa y repartimos a toda prisa una mano de Rummy a la luz de las velas.
–Chicas, os vais a estropear la vista –dijo mamá, encendiendo la lámpara de mesa.
Cuando mamá fue a cambiarse, Pammy me susurró que había dejado que el hermano de Ed le metiera la mano por debajo de las bragas. Estaba despeinada, así que le alisé el pelo detrás de la oreja.
–Qué pena que no sea en color –dijo Pammy después, cuando estábamos viendo Frankenstein.
Mientras el médico estaba todavía juntando las partes del cuerpo, Pammy se durmió con sus preciosos piececitos en mi regazo. Yo, sin embargo, me quedé despierta y vi que los hombres del pueblo se reunían para matar al monstruo.

Entro en el pequeño patio de la casa de mi hermano y cierro, detrás de mí, la cancela de dos metros de altura. No hace falta que le avise antes de venir ya que paso aquí la mitad de mi vida. Desde que nací, nunca ha transcurrido tanto tiempo –tres semanas– sin ver a Steve, y no estoy exagerando. Espero que no parezca que soy una histérica, porque no lo soy, pero desde su fiesta del solsticio de verano me siento enferma, rara, y en dos ocasiones Steve no me ha devuelto las llamadas. Quizá es que las salchichas que comimos aquel día no estaban bien hechas o estuvieron mucho tiempo al sol y por eso me encuentro débil. Nos peleamos en la fiesta, le dije: «Vete a la mierda», me llevé una botella de tequila junto a las peonías rosas –hasta ahí recuerdo todo– y después me desperté en casa. En concreto, me desperté en la ducha mientras me caía agua fría por encima y JC, mi novio, me gritaba. Por eso, desde esa noche no soporto que JC me toque.
Las relucientes hojas de las enredaderas oscurecen la mayor parte de la valla, y los lechos de gladiolos y lirios están en plena ebullición, desbordándose por las baldosas y pintando con polen color mostaza mis piernas desnudas. En primavera ayudé a Steve a descargar un camión lleno de estiércol de vaca –los vecinos pusieron el grito en el cielo– y todavía puedo olerlo. Al llegar a la esquina de la casa, siento el latigazo de las flores rosadas de un arbusto, que se menean como si estuvieran instaladas sobre muelles. A ambos lados de la puerta hay cestas colgantes repletas de petunias de color violeta oscuro, con un olor que me sobrepasa. Me inclino sobre una fuente de lirios amarillos y vomito. Me planteo volver al coche a limpiarme la boca con un guante de tela marrón que tengo en el asiento de atrás, pero se enciende la luz de seguridad del jardín y a continuación la de la cocina.
–Mira, es Janie –le dice Steve a una niña que lleva en la cadera; y al verlo con su hija de tres años me invade una oleada de bienestar.
–Hola –digo–. Cuánto tiempo sin vernos.
–Tu tía Janie tiene el pelo naranja. Pero... ¿qué te has hecho?
–Hola, Pinky –digo.
En realidad se llama Patricia, pero nadie la llama así. Pinky tiene las mejillas rosadas y el pelo rizado, oscuro como el de Steve, como el mío antes de cometer el error de teñírmelo. No puedo dejar de sonreír al ver a mi hermano con mi sobrina, y caigo en que tendría que haberle traído un regalo, un libro con dibujos o un objeto que brille en la oscuridad.
–Pues que al final he pensado que voy a ir a la universidad. A la facultad de payasos –bromeo, y le sigo al interior.
Me queda fatal el pelo así, ya lo sé, no hace falta que me lo diga nadie.
Pinky parece contenta, como si la llevaran a un sitio al que le gusta ir. Con sus tres añitos, todavía quiere que su papi la lleve en brazos.
–¡Eh, cierra la puerta! Tengo el aire acondicionado encendido –dice Steve–. ¿Naciste en un establo?
–En el mismo que tú, chaval.
La casa, de una sola planta, es tan grande como la de JC, donde vivo desde hace dos años, pero Steve tiene un patio trasero enorme donde hace barbacoas en verano. Todavía huele a lo que sea que haya cenado, seguramente salchichas, y se me revuelve el estómago otra vez; lo mismo me pasa al ver unos platos de cartón llenos de grasa en el cubo de la basura. Me gustaría preguntarle sobre la posibilidad de que algo me sentara mal en la fiesta del solsticio, pero no quiero empezar en plan negativo.
–¿Quieres un vino? –pregunta Steve, y deja en el suelo a Pinky–. Pero, en serio, ¿qué te ha pasado en el pelo?
–Me lo lavé en el río Kalamazoo –digo, y lo sigo hasta la cocina, donde hay un suelo amarillo y blanco que se comprime bajo los pies. Resulta raro si no lo esperas. Justo antes de que naciera Pinky, Steve puso un suelo nuevo de vinilo con relleno acolchado por debajo, para amortiguar las caídas de la niña. Trabaja poniendo suelos, así que conoce todos los materiales especializados.
Acepto un vino blanco en un vaso con un par de cubitos de hielo, con la esperanza de que me asiente el estómago, y rechazo el cigarrillo que Steve se ofrece a liarme. He estado tratando de dejarlo, aunque hoy ya me he fumado tres en el trabajo.
–¿Qué has estado haciendo además de destrozarte el pelo? –pregunta Steve cuando nos sentamos en el sofá.
Delante de nosotros, casi tapando la televisión, hay una enorme casa de juguete de plástico. Esta casa dentro de otra casa ocupa gran parte de la sala y tiene un aspecto resplandeciente, acogedor, con un tejado magenta de pendiente suave sobre unas fachadas amarillas de ventanas perfectas. Debajo de la ventana que tenemos enfrente hay pegatinas de frutas. Odio la sensación de hacinamiento que produce la casa de muñecas, pero no voy a empezar a despotricar tan pronto.
–Era por probar algo diferente –digo.
JC cree que mi pelo es una señal de que estoy perdiendo los papeles. He prometido teñírmelo de negro otra vez, pero los compuestos químicos del tinte me provocaron náuseas la primera vez y aún no estoy lista para volver a olerlo.
–Pues a Pinky no le toques ni un pelo –dice Steve, con un tono jovial, como si no hubiera nada raro entre nosotros.
Quizá no le funciona bien el teléfono. Quizá no es verdad que no haya querido responder a mis llamadas. El vino tiene un sabor agrio. Prefiero los cubatas cuando hace calor, como ahora, o en todo caso los chupitos. Aunque no tantos como la noche de la fiesta.
Steve se sienta de golpe, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La gente siempre dice que Steve y yo tenemos mucha energía. Nuestro padre tiene la misma energía y la emplea arreglando los aparatos electrónicos que ocupan toda su caravana, excepto el catre en el que duerme.
–Por cierto, Janie, tienes que ayudarme con la casa de juguete. Le pedí a la Perra que lo hiciera, pero dice que pasa de estar conmigo cuando tengo herramientas eléctricas. Dice que tengo mucha rabia interior. Le dije: «Pues antes bien que te gustaba mi rabia interior, Perra».
La Perra es la madre de Pinky, que todavía viene a ver a Pinky a veces, aunque perdió sus derechos de custodia cuando la condenaron por cocinar metanfetamina.
–¿No vas a sacar la casa al jardín?
–Hoy ha hecho casi cuarenta grados. La niña se pone a jugar sin enterarse y se abrasa. Ya la sacaré por la puerta corredera cuando baje la temperatura.
Asiente en dirección a la puerta corredera de cristal, como si él y la puerta tuvieran un acuerdo.
–¡Mi casa de juegos! –dice Pinky.
–Así es como llaman a la casa de juguete de la guardería. –Steve se vuelve hacia Pinky y habla con un soniquete infantil–. Te diviertes mucho en la casa de juegos, ¿a que sí?
Pinky flexiona las rodillas y balancea los brazos de manera ostentosa, da un salto de apenas dos centímetros y sale corriendo hacia la casa de juguete, abriendo las puertecitas de estilo cantina del Oeste. Desaparece en el interior. Me cuesta pensar que alguna vez yo también fui igual de pequeña y llena de vitalidad.
–Parece que es todo de plástico. ¿Para qué necesitas herramientas eléctricas?
–La niña le dio un golpe con la escoba y se cayó el techo. Será algún defecto de fábrica. No me apetece que se le caiga el techo encima a mi hija –dice.
Pinky sale de la casa de juguete y se sienta a mi lado en el sofá. Le paso el brazo alrededor y me pregunto si realmente se dejaría abrasar al sol por un rato de diversión. Tiene suerte de tener un padre que la proteja. Cuando Steve sale de la habitación para buscar el taladro inalámbrico, me sorprendo a mí misma exhalando una bocanada larga. Steve vuelve, abre la mano y me enseña cuatro tornillos galvanizados de siete centímetros. Le tiembla la mano igual que a mí.
Vacío el vaso y lo pongo en un estante que hay detrás del televisor. En la fiesta, vi a Pinky bebiendo de vasos que la gente había dejado en la mesa de café. No es normal que a una niña de esa edad le guste el sabor de los cubatas aguados, la cerveza sin gas o el vino. Mi discusión con Steve empezó cuando se lo mencioné.
–Sujeta aquí –dice Steve, y señala el borde del techo hueco antes de arrastrarse dentro de la casa a cuatro patas.
Ver a su padre, que mide más de 1,80, agachado en la casa de juguete hace reír a Pinky, que mete la mano por la ventana y le da golpecitos en la cabeza. Él no se inmuta, concentrado en apuntar con el taladro. Se retuerce para colocarse bocarriba y Pinky salta a un lado cuando se activa el taladro, cubriéndose los oídos por el ruido chirriante. Fija el techo con facilidad mientras yo empujo ligeramente hacia abajo con el antebrazo. Después del segundo tornillo, me desplazo al otro lado, donde hay una pegatina que dice «Gasolina», con un surtidor de gasolina encima –un tubo brillante con una boquilla de plástico en el extremo–.
En la televisión hay un reportaje sobre el Impuesto Justo. He oído hablar antes del tema y siempre me he preguntado si realmente es «justo», así que me apoyo en el techo y miro la pantalla, pero con el chirrido del taladro no puedo entender lo que están diciendo. Cuando llega el momento del cuarto tornillo, Steve dice:
–Aprieta fuerte ahora. Es aquí donde se ha descolocado.
Enciende el taladro, empujo más fuerte con el antebrazo contra el techo y, de repente, siento algo más que presión. Algo va mal; el tornillo me alcanza, me atraviesa la piel, y el rugido del taladro vibra a través de mi brazo y mi hombro. Cuando intento apartarme, siento un desgarro.
–Steve, ¿puedes sacar el tornillo, por favor? –digo con la voz entrecortada, como un robot, tratando de conservar la calma para no alarmar a Pinky, aunque el corazón me late con fuerza y todo mi cuerpo rezuma sudor.
–¿He traspasado el techo?
–Sí. Sácalo.
Empujo con el brazo contra el techo de plástico, tratando de no tirar del tornillo.
–Eso del Impuesto Justo es una gilipollez –dice Steve, súbitamente enfadado, negando con la cabeza en dirección al televisor, aunque no alcanza a ver toda la pantalla desde dentro de la casita.
–Sí, pero ¿podrías sacar el tornillo? Ah... Rápido, por favor.
Cuando Steve vuelve a conectar el taladro, siento una sacudida, y por un instante el tornillo se adentra más y quizá llega a tocar el hueso.
–Perdona –dice.
Invierte la dirección y lo hace retroceder.
–Mierda –susurro, mientras intento recuperar el aliento.
Me apoyo en la pared y presiono con fuerza la herida para detener el sangrado, pero no me atrevo a mirar.
–Joder, ahora sobresale. –El taladro vuelve a rechinar y perforar–. Qué raro que haya atravesado el tejado.
Toca el exterior a través de la ventana, encima del surtidor de gasolina, y pasa los dedos por el techo hasta que siente el agujero que ha hecho el tornillo. Al dejar de presionar con el brazo, el tornillo ya no sobresale. Ver su brazo salir por la ventana me hace pensar en Alicia en el País de las Maravillas, cuando su cuerpo se vuelve demasiado grande para la casa después de comerse un trozo de pastel.
–¿Has visto el precio de la gasolina aquí? Dos dólares por cuatro litros. Eso sí que eran buenos tiempos.
Steve empuja el techo desde abajo para asegurarse de que no se va a caer. Después de guardar el taladro en su caja y salir a gatas de la casita, repara en mis aspavientos.
–¿Qué pasa? –pregunta–. No te habrá entrado el tornillo, ¿no?
–Sí.
–A ver...
Me aprieto el brazo con más fuerza.
–Ven que lo vea –dice, y da una palmada en el sofá.
Al sentarme a su lado, me toma del brazo y achica los ojos para mirar la herida.
–Parece que es superficial.
–¿En serio? ¿Crees que no hace falta ir a urgencias?
–Si vas a urgencias, vas a tardar años en pagar la factura. Lo sabes, ¿no? ¿Te duele?
–No. Pero fue una sensación muy rara.
–Yo creo que está bien. Míralo tú misma. ¿Crees que se ha roto algo más que la piel?
–Eso pensé.
Miro. El caso es que no está sangrando nada. La herida no parece gran cosa, solo una manchita roja. Como siempre, la tranquilidad de Steve me calma más que mis propios pensamientos.
–Lo que está claro es que no puedo llevarte, eso seguro. Si voy en coche con Pinky después de haber bebido, sería un delito doble por ponerla en peligro. Pero, vamos, a mí me parece que no es nada.
–Igual tienes razón –digo, mirando otra vez la mancha roja.
–Acabo de ver un reportaje sobre los servicios de urgencias –dice, con gesto de desaprobación–. Seguramente sea el mayor problema de la atención médica en este país, la gente que va a urgencias como si fuera el médico de cabecera. De media le cuesta a cada contribuyente más que un mes de alquiler, solo por presentarse en la recepción, sin contar las pruebas.
A ambos nos gusta reírnos de este mundo, pero Steve es capaz de pasar de las bromas a sus opiniones reales y luego defenderlas a capa y espada, mientras que yo me encuentro más cómoda dando la razón para evitar discusiones.
–Yo no tengo médico de cabecera –digo–. Solo la clínica de ginecología.
–¡Mi nueva casa de juegos! –proclama Pinky.
Se ha metido dentro otra vez, asomándose entre las persianas, apoyando los codos en el alféizar de la ventana que hay encima de las fotos de naranjas, manzanas y plátanos, como si fuera una regordeta comerciante en miniatura de los viejos tiempos. En una mano aprieta un conejo de peluche con un lazo rosa alrededor del cuello. Se lo regalé por su cumpleaños, en abril, y siento una gratitud absurda por el hecho de que le guste.
–Qué mona está así, asomada a la ventana –digo.
Pinky saluda y los dos le devolvemos el saludo.
–¿Te acuerdas de nuestra casita de juguete? –pregunto cuando me vuelvo a acomodar en el sofá con un segundo vaso de vino.
–Esa sí que era chula –dice Steve–. Pero aún no sé cómo cocinaban los indios dentro de los tipis sin ahumarse.
El verano en que él tenía catorce años y yo once, dormíamos dentro de aquella casa para poder fumar tabaco y marihuana. En octubre, sin embargo, intentamos hacer una hoguera dentro y la quemamos. Había un vecino mayor, un amigo de Steve, que vendía marihuana y solía pasar allí el rato con nosotros. Una vez, cuando Steve no estaba, el tipo se me subió encima y me inmovilizó sobre la vieja alfombra. Él llevaba pantalones cortos, así que pude meter la mano por debajo y darle un pellizco en las pelotas, y seguí retorciendo hasta que aulló de dolor y me soltó. Ahora no parece gran cosa, pero estuve varios días asustada, temblorosa, y a partir de ese momento nunca más entré en la casita sin Steve. A Steve le pareció la monda que yo le retorciera las pelotas y unos meses después, cuando el chico dejó de venir, yo también empecé a verle la gracia.
Pinky saluda de nuevo por la ventana de la casa de juguete y el movimiento de su mano me hace llorar sin razón, así que le pregunto a mi hermano sobre el Impuesto Justo. Siempre ha estado al día en temas de política y le gusta criticar a los conservadores. Estoy segura de que comparto sus ideas, pero no se me da bien explicarlas, sobre todo cuando hablo con JC, que odia tanto a los demócratas como a los republicanos.
–Es una mierda de impuesto al consumo que se han inventado los republicanos para acabar con todos los demás impuestos –dice Steve–. Si fuera por esos cabrones, no habría impuestos, ni leyes laborales, ni sindicatos, ni agencia medioambiental. Ahora me preocupa el tema de la ecología, por Pinky.
Está algo alterado, pero cuando mira la casa de juguete y saluda a Pinky, la alteración desaparece.
–Tiene más pelo que cuando la vi hace tres semanas –digo–. Esos rizos morenos son la bomba.
–A los desconocidos les encantan –dice Steve.
Tiene un tobillo sobre la rodilla y flexiona el pie contra el suelo alfombrado.
–En el supermercado, la gente me dice que tiene un pelo precioso. Y en la consulta del médico. No veas qué trabajo cepillar una cabeza así. He tenido que aprender a ponerle pasadores. Joder, hasta estoy aprendiendo a hacer trenzas. No es que sean cosas de hombres, precisamente.
Deja de tamborilear con los dedos y enciende un cigarrillo. Cuando me lo ofrece, acepto, y él se enrolla otro. Tiene abierta la ventana detrás de él, pero aun así flota un humo azul en el aire. Me fijo en que Steve ha perdido mucho pelo –moreno y ondulado–, aunque solo tiene veintiséis años. ¿Será algo de las tres últimas semanas?
–¿Qué tal en el Smart Mart? –pregunta.
–Una mierda como una casa, igual que siempre. Esta mañana vino un tío con un calcetín sudado lleno de monedas, con una pinta asquerosa. Se puso a contar tres dólares en el mostrador y detrás de él se montó una cola impresionante, así que hice rápidamente un cartel que decía: «No se aceptan monedas sudorosas». En ese momento entró Matt, me tiró el cartel a la cara y me dijo que tenía que limpiar el baño antes de irme.
–¿Y por qué no te sacas el GED1 de una vez? Así tendrías un trabajo mejor.
Cuando Steve dice eso, me duele un poco más el brazo. Termino el vino y voy al baño a mirarme en el espejo. La herida sigue siendo solo una mancha roja, ahora con un pegote de pelusa del sofá. Tal vez esté un poco hinchado. Meo, tiro de la cadena y salgo con la idea de pedirle a Steve que mire el brazo más de cerca.
Cuando vuelvo, Pinky está apoyada en la mesa baja, con el vaso de vino en la mano, de modo que parece una borrachina regordeta. Levanta el vaso hacia sus labios, pero le agarro la mano y le separo los dedos uno a uno.
–Gracias por venir –dice Steve, tiene los ojos acuosos, como si estuviera a punto de llorar. Se le arruga la frente–. Quería pedirte perdón por lo de la fiesta, cuando te llamé «puta imbécil». Sé que odias que te diga eso.
Mira a Pinky, que abre las puertas de la casa y las cierra cuidadosamente después de salir.
–Creo que estaba demasiado colocado y además la Perra andaba por aquí –dice Steve–. Estuvimos discutiendo y yo estaba tomando unos antidepresivos que me dejan hecho una mierda. La buena noticia es que he dejado de tomarlos.
–No te pongas a lloriquear como un bebé, joder –digo, pero entonces me echo a llorar, aliviada, y cuando ya he arrancado me cuesta parar debido al dolor de la herida, mucho más intenso ahora.
Me muevo en el sofá y rodeo a mi hermano mayor con un brazo. No voy a preguntarle por qué no me devolvió las llamadas; vamos a reconciliarnos sin mirar atrás.
–Supongo que es algo que no me incumbe –digo–. Lo que dije. No debería haberlo dicho.
–¿El qué? No sé si me acuerdo de lo que dijiste.
–Que Pinky estaba bebiendo de los vasos de la mesa. Me preocupé.
–Ahora me acuerdo. Dijiste que yo era un mal padre.
–No dije eso, ¿no? –Retiro el brazo–. Yo no diría eso. Eres un buen padre.
–¿Y qué sabrás tú de ser padre? –Sacude la cabeza como si estuviera enfadado otra vez–. Ahora me acuerdo.
–No lo dije en serio. Es que estaba preocupada.
–En teoría la Perra se iba a llevar a Pinky esa noche, pero decidió quedarse de fiesta. –Levanta la voz a medida que habla–. Te habría pedido que te encargaras de la niña, pero ya estabas demasiado borracha. Y la verdad es que no ayudó mucho la chuza que llevabas delante de Pinky, porque se te fue la olla. No me gusta que vea esas historias.
–¿Qué historias? Ella sabe que la gente bebe –digo.
–¿Te acuerdas de haber llegado a casa esa noche? Roger estaba muy preocupado, me dijo que te caíste de boca justo en la puerta.
–JC se cabreó conmigo. De eso no hay duda. Ya estábamos peleados y me encuentra tirada en la puerta de casa a las tres de la mañana.
Me recuesto en el sofá. Según JC, alguien llamó al timbre y cuando salió yo estaba desmayada, sola, con vómito en la camisa.
–Siento decirlo, Janie, pero JC es un capullo. Te mangonea como si fueras uno de sus hijos. Y además es miembro del Tea Party o algo así, ¿no?
–No conoces bien a JC. Es buena gente. Lo único...
–Es un capullo, Janie. Todos los hombres son unos capullos –dice Steve–. Hazme caso, yo soy uno de ellos.
–Ahora está enfadado conmigo porque no quiero follar con él.
–¿Y por qué no quieres follar con él? En la fiesta no tenías tantos remilgos.
–No sé. No quiero, sin más.
No tengo ninguna intención de contarle a Steve que JC y yo solemos hacer el amor conforme a una agenda establecida: dos veces a la semana, los viernes por la noche y los domingos por la mañana. Steve pensaría que soy una marciana, pero a mí me gusta saber lo que va a pasar con antelación. Sin embargo, desde la fiesta, solo pensar en sexo me da náuseas.
–De todas maneras, ¿cuántos años tiene ahora? ¿Cuarenta? –pregunta Steve.
–Treinta y ocho.
–Es demasiado viejo para ti. Tienes que estar con alguien de tu edad. Con uno de los que te tiraste en mi fiesta. Roger es majo. Tiene un buen curro.
–¿Qué quieres decir con «los que te tiraste»? –pregunto.
A través de la ventana de la casa de juguete puedo ver a Pinky hablando con el conejo de peluche sobre algún asunto serio. Cuando me ve mirando, cierra las contraventanas.
–Lo que he dicho. Los que te tiraste –dice Steve en voz baja. Tiene la mirada clavada en la televisión, pero está midiendo las palabras con mucho cuidado.
–No me tiré a nadie en tu fiesta. Sabes que no soy así.
–Antes no. –Steve sacude la cabeza, aunque ahora mira más atentamente a la televisión y agita una pierna de manera compulsiva–. ¿En serio no te acuerdas de lo que pasó con Roger? ¿Y con ese amigo suyo, Mickey?
–¿De qué me hablas?
–Estabas tirada, cascándote la botella de tequila junto a las peonías, y a ellos se les había acabado el alcohol, así que les dije que bajaran a incordiarte.
–Espero que a los cabrones no se les ocurriera quitarme el tequila –digo, forzando una risa.
Recuerdo las peonías cerca de mi cara. Ya no eran bonitas y estaban esparcidas por la hierba, como si los tallos, cansados, ya no pudieran sostener las enormes flores rotas. También recuerdo la pata astillada de la mesa de pícnic, con la pintura descascarillada. Ahora que lo dice Steve, recuerdo que alguien me arrebató la botella de tequila de la mano, aunque yo la sostenía con fuerza.
–Ese tío, Mickey, sacó unas fotos con el teléfono –dice Steve–. No te preocupes, cuando vi que se las enseñaba a Roger, le quité el teléfono y las borré todas.
–¿Fotos? ¿Qué fotos?
–No son las típicas cosas que le gustaría ver a un hermano.
–¿Y dices que Roger me llevó a casa? ¿Por qué no me llevaste tú?
–Yo no podía llevarte porque estaba aquí Pinky. Además, Roger no estaba tan borracho como yo.
–Ni siquiera tiene carné de conducir, ¿no? –digo yo–. Me estás tomando el pelo, ¿verdad? Déjate de bromas, Steve.
Me levanto, me lío un cigarrillo torcido y me vuelvo a sentar.
–No me he encontrado muy bien últimamente. A lo mejor comimos carne pasada o algo así aquel día.
–Algo de carne sí que pillaste, sí. Mickey se enfadó cuando borré las fotos, pero pensé que no te gustaría que llegaran a manos de JC –dice, y mira para asegurarse de que Pinky no está escuchando antes de añadir–: Y a nadie le gusta ver a su hermana con la polla de un tío en la cara.
–Sería otra tía.
Miro al exterior de la puerta corredera de cristal y solo alcanzo a ver el patio, pero sé que las peonías están solo unos 30 metros más allá. Cualquiera me habría visto allí tirada.
–Eras tú. En la primera foto salía Roger lamiendo el tatuaje del Demonio de Tasmania que tienes en la teta. No hay duda.
Siento una corriente eléctrica en el pecho izquierdo. Steve se levanta, mete algo en el reproductor de vídeo para Pinky y le dice que falta media hora para acostarse; Pinky se acurruca en su diminuto sillón, igual que el de un anciano pero en miniatura y de color rosa. De repente, irrumpen unos osos de dibujos animados en la pantalla.
–Joder –digo en voz baja. No puedo dejar de negar con la cabeza–. No es posible que yo hiciera eso.
–No te tortures. Estabas borracha. Estabas a malas con JC. Te estabas relajando, divirtiéndote.
–¿Pero no dijiste que me quedé dormida fuera?
–Supongo que te despertaste cuando la cosa se puso interesante.
–¿Estás diciendo que me quité la camisa con un desconocido?
–Roger no es un desconocido. Lo has visto muchas veces por aquí. Es un tío legal.
Siempre me ha dado vergüenza desnudarme delante de JC y nunca hago el amor con él si no me he duchado y lavado los dientes.
–Después de borrar las fotos, bajé y volví a ponerte la maldita ropa. Y no es que me ayudaras mucho. Fue como vestir a un cadáver. Antes prefiero a una niña que se retuerce como una culebra. Al principio me sentí mal por ti, pero luego me cabreé. Desapareció algo de dinero y marihuana mientras estaba vistiéndote. Quizá tienes que beber menos, Janie.
Ahora me duele tanto el brazo que no lo soporto. Debería hacer algo. Algo que lo cambiara todo. Levantarme y gritar, imitar el sonido atronador y chirriante del taladro. Dejar de beber, de una vez, ahora mismo. O tal vez mañana. Ir a urgencias a que me vean el brazo. Pero no me gusta montar una escena por algo sin importancia, y esto tiene que ser algo sin importancia. Estoy esperando a que llegue el final del chiste, el momento en que se revele que todo es una broma de Steve. Cuando se levanta para acostar a Pinky, me hago un ovillo y me quedo dormida en el sofá mientras oigo los murmullos de mi hermano contándole un cuento.
Me despierto más tarde con el sonido de un llanto solitario que parece el mío, pero viene de la habitación de Pinky. La casita está a oscuras salvo por la luz de la televisión, que tiene el volumen bajado. Me palpita el brazo y, cuando me pongo de pie, me inunda una oleada de dolor y vuelvo a oler la grasa de las salchichas. Steve ha dejado una nota en la encimera en la que dice que ha salido a buscar zumo para el desayuno de mañana y que volverá enseguida. La habitación de Pinky huele a talco para bebés, a algún tipo de ambientador y a orina; me oriento para llegar hasta ella por el brillo de una lamparilla con forma de conejo rosa. La niña deja de llorar cuando la saco de su cama cuna. Por suerte, se aferra a mi hombro como un bebé chimpancé, porque apenas tengo fuerza en el brazo palpitante. Con delicadeza, me paso a Pinky a la otra cadera y la llevo al baño, le aliso el camisón bajo el trasero y la coloco en el lavabo. Cuando enciendo la luz, se activa el extractor y Pinky se frota los ojos. La pequeñez de sus puños me provoca melancolía. Me pregunto si Steve conocerá a otra chica o si volverá con la Perra para tener otro bebé y darle a Pinky un hermano o una hermana. Steve me ha dicho que alguna vez le gustaría que yo tuviera una hija para que Pinky tenga una prima con quien jugar y así no esté sola cuando sea mayor. Yo habría estado perdida si no hubiera tenido a Steve.
Cuando me toco la marca roja en el brazo, pienso que va a salir sangre, pero solo está un poco hinchado. Haciendo equilibrios con Pinky en un brazo frente al lavabo, rebusco en el botiquín de Steve. Al acercar un frasco a la luz, veo que las dos pastillas que contiene son de Vicodin, aunque el frasco dice prednisona. Seguramente Steve las esconde para que no las vea la madre de Pinky. Cuando me echo en la mano una pastilla, con una V impresa, Pinky estira un brazo para agarrarla, así que me la trago a toda prisa.
–¿Qué hostias pasa? –dice Steve desde la puerta del baño, con la cara brillante de sudor.
No lo he oído entrar. Hay veces en que se mezclan la hostilidad y el buen humor en el cáracter de Steve, sobre todo cuando está drogado, y normalmente soy capaz de inclinarlo hacia el buen humor. Pero en este momento, mientras su cuerpo irradia calor y humedad, en este pequeño baño de paredes alicatadas, no me siento capaz de influir en el humor de nadie.
–Estaba llorando, así que fui a verla.
–No tienes que ir a verla cada vez que llora. A veces llora mientras duerme.
Los movimientos de mi hermano parecen torpes, pero no creo que se haya drogado tan tarde por la noche, así que tal vez la torpeza esté en mí. Sus hombros anchos llenan la puerta del baño y parece enorme a nuestro lado. Una palabra suya habría parado a esos tipos junto a las peonías, lo que sea que estuvieran haciendo conmigo. Si es que estaban haciendo algo.
–Pensé que quizá tuviera miedo –digo.
–Será que ha sentido que me he ido –dice Steve, suavizando el tono–. Tenemos un vínculo muy fuerte, Pinky y yo. ¿A que sí, Ojos Bonitos? Necesitas un pañal nuevo, te tendría que haber cambiado tu tía.
Mientras la cambia y la vuelve a acostar, yo vuelvo al sofá con otro cigarrillo liado y observo la casita de plástico. No teníamos nada así cuando éramos niños, pero JC se lamenta de que mi generación está malcriada. Me pregunto qué estará haciendo, si estará preocupado, si ha hecho una lista de las cosas de las que quiere hablarme. Ni en un millón de años podría decirle lo que, según Steve, pasó en la fiesta. Se pondría a gritarme y solo pensar en las fotos le sacaría de quicio, aunque yo prometiera que las habían borrado. Cuando Steve sale de la habitación de Pinky, levanto el brazo a la luz tenue.
–¿Entonces crees que está bien, aunque se esté hinchando?
–A mí no me parece que esté tan mal, Janie. Es solo un punto. Pero es tu brazo, tú sabrás.
Steve se frota los ojos. Nadie debería tomar decisiones a altas horas de la noche, cuando todo el mundo está tan cansado. El Vicodin empieza a hacer efecto y el dolor se calma.
–¿Te lo estás inventando, lo de las fotos? –pregunto.
–¿Por qué me iba a inventar algo así? –dice–. No tengo ningún interés en ver esa mierda. Un par de tipos montándoselo contigo.
–Estaría dormida.
–Venga ya, Janie, nadie se queda dormido en medio de algo así.
–¿Fue sexo? O sea, ¿sexo de verdad? –pregunto, cerrando los ojos–. ¿Con los dos?
Se encoge de hombros.
–Roger dijo que estabas por la labor.
–Maldita sea, Steve. Tenías que haberlos parado. –Me meto los dedos en el pelo, que parece encrespado, como si fuera el pelo de otra persona, y tiro–. No tenías que haberles dicho que fueran a incordiarme.
–A mí no me eches la culpa, hermanita –dice Steve, y hay algo en la forma en que lo dice que me hace pensar que lleva mucho tiempo pensando en ello y ha tomado una decisión al respecto–. Tendrías que haberles dicho que no si no querías. Tendrías que haberles pellizcado las pelotas. Me dijiste que habías discutido con JC. Pensé que querías darle una lección.
–Pero tú tendrías que haberme protegido. –Me sale un gallito en la voz.
–¿Protegerte? Joder, si alguna vez vienes a protegerme cuando esté entre los arbustos con dos tías buenas encima, te doy una patada en el culo. –Ahora parece el Steve de siempre–. Tuve que llevarme a Pinky a su habitación y leerle un cuento para asegurarme de que no te viera ahí tirada.
–Creo que a lo mejor me violaron, Steve. –La palabra «violaron» parece fuera de lugar y el corazón me late con tanta fuerza que me siento mareada.
–¿Roger? Déjate de historias. Trabajo con él todos los días. Es un tío honrado, quizá no sea el más listo del mundo, pero no es un violador, Janie.
Dice «violador» como si estuviera diciendo «alienígena».
–O algo parecido a una violación –sugiero. La segunda vez que digo la palabra, suena aún más fuera de lugar, como si yo fuese una histérica, creando de la nada una víctima, perpetradores y cómplices.
–No es lo que me pareció, es lo único que digo. –Steve da una calada, exhala a conciencia y luego apaga el cigarrillo–. Pero digo yo que serás tú la que tiene que saberlo.
Suspiro. Steve se va a la cama y yo me tumbo en el sofá. Ahora mismo todo está confuso, pero puedo percibir las peonías marchitas cerca de mi cara –¿o es piel apretada contra mi boca?– y puedo oler la hierba fresca. Este recuerdo es como rememorar algo muy lejano, de antes de que pudiera hablar, como la gran estatura de mi abuelo muerto; murió cuando yo tenía la edad de Pinky, pero solía esconderme detrás del sofá al verlo, por miedo a que me pisara y me aplastara. Tengo la imagen nítida de que me quitan los pantalones en esa hierba fresca, de que me arrastran por los pies. El peso de un cuerpo sobre mi cuerpo. Pruebo a pensar en la palabra «violación» una vez más y, aun así, no encaja con el idiota de Roger ni con nadie de una fiesta de Steve, no encaja con las peonías ni con la mesa de pícnic. Ojalá pudiera ver esas fotos, entonces sabría lo que pasó. ¿Tenía los ojos abiertos?
Steve tiene música puesta en el dormitorio, así que no me oye salir. La puerta lateral se cierra con un sonido de succión y abro la contrapuerta con delicadeza. Las flores rosas y los lirios de día inclinan su nariz hacia mí y tengo la sensación de que, si me quedo quieta, las enredaderas bajarán por la valla y me atraparán. En el coche, me cuesta levantar el brazo para manejar el volante y alargo el brazo izquierdo para meter primera.
Después de estar sentada en el aparcamiento del hospital durante un buen rato, salgo y paso por delante de un guardia de hombros anchos, que resulta ser una mujer corpulenta, una mujer que probablemente recuerda con exactitud lo que le sucede cada minuto de cada día, pase lo que pase. Doy mis datos en el mostrador de urgencias, me siento en una silla al lado de la puerta y contemplo a una mujer de piel oscura y pelo canoso que pasa la aspiradora. Tiene la cara de la típica persona que no aguanta tonterías, así que me traslado a una zona que ya ha limpiado. El recuerdo de las peonías en mi cara, de la hierba y los vaqueros arrancados no prueba nada, pero ahora no puedo imaginar que ignoro esas cosas. Después de media hora, una enfermera de aspecto cansado me dirige a una pequeña habitación con un escritorio, me toma la presión sanguínea y el pulso y escucha mis lamentos cuando le cuento que no tengo seguro médico. Después me levanta el brazo con amabilidad, lo examina y asiente con la cabeza. Ver que alguien reconoce que algo anda mal es como si el viento cambiara abruptamente de dirección.
–Viene mucha gente por accidentes con herramientas eléctricas –dice la enfermera cuando le explico lo del taladro y los tornillos–. Gente que se cae de escaleras con motosierras o radiales. Las sierras de banco también dan muchos problemas. ¿Por qué tardó tanto en venir?
–No estaba segura de si era algo serio –digo, y me pregunto si realmente estoy ahora más segura que antes–. No me gusta ir de histérica. Parecía solo un punto rojo.
–Bueno, menos mal que no dejó pasar más tiempo –dice.
Las palabras de la enfermera me proporcionan el alivio que siento cuando tomo el primer sorbo de tequila después del trabajo, pero a pesar de ello vomito en mi regazo antes de que me dé tiempo a pedirle una toalla.
–Lo siento –le digo–. Me está pasando últimamente. No es nada personal.
–¿Cuánto tiempo lleva vomitando?
–Las tres últimas semanas. De vez en cuando. Aunque esta noche ha sido peor.
Me mira con cara de sorpresa, y siento una brecha hacia un espacio donde ella podría estar interesada en escuchar lo que siento, un espacio donde podría querer escuchar mi versión sobre lo que pasó, lo que temo que ocurrió, pero no sé cómo empezar. Y de todas maneras, seguramente pensará que soy una puta y me dirá que vaya a Alcohólicos Anónimos.
–¿Puede ser que esté embarazada? Vamos a hacer la prueba –dice la enfermera antes de que pueda responderle que no, que estoy tomando la píldora, que la tomo exactamente a la misma hora cada mañana. Tuve la regla hace dos semanas, pero el mundo se ha convertido en un lugar donde todo es posible.
Me guía hacia el interior del hospital, a un cuarto sin ventanas, y corre una cortina por la puerta, de forma que me siento tapada y sola, congelada en un instante en el tiempo. Cuando llega el doctor, un hombre bajito y rechoncho con una etiqueta que dice «Dr. Sethi», examina mi brazo sin presentarse siquiera, hace preguntas en un inglés con acento fuerte, corrige la posición de sus gafas de montura de oro y explica con calma que va a abrir la herida y liberar la sangre y el pus que se están acumulando en el interior.
–Habrá notado usted la hinchazón –dice.
–Sí –digo, y me siento orgullosa por haberla notado.
Después de que el test de embarazo salga negativo y de comprobar en la radiografía que el hueso no está dañado, el doctor Sethi me inyecta una sustancia anestésica. Una enfermera me limpia el área con antiséptico y me pone un campo quirúrgico en el brazo con el fin de crear una ventana para el procedimiento, de modo que todo lo que ve el médico cuando regresa es un rectángulo de piel. Su voz resulta reconfortante mientras me hace un corte en el brazo anestesiado. Cuando un líquido rosado comienza a manchar la gasa, mi alivio es instantáneo. Agarra las pinzas hemostáticas –como las que Steve y yo solíamos usar para fumar chustas–, saca con mucho cuidado algo de mi brazo y lo sostiene en alto. Tengo que achicar los ojos para distinguir una pequeña espiral de color magenta de algo más de medio centímetro. Mientras observo, una pequeña gota de sangre acuosa resbala del plástico a la gasa.
–¿Un regalito de alguna fiesta? –pregunta el doctor Sethi, y los tres observamos el pequeño trozo de plástico con forma de sacacorchos.
Los ojos de la enfermera sonríen por encima de la mascarilla. Tiene más o menos mi edad, veintitrés años, con el pelo de color miel, justo lo que yo quería conseguir con el tinte. Estaría bien tener un trabajo como el suyo, ayudando a la gente, aunque mi tendencia a tomarme las cosas a la ligera quizá no sea muy apropiada aquí. Me gustaría trabajar en un sitio limpio como este, en lugar de detrás del mostrador desordenado y grasiento del Smart Mart. Desde la fiesta, cuando veo a los niños que agarran caramelos y chicles en la tienda, pienso en las manos regordetas de Pinky tocando los vasos de vino y cerveza.
–Es de una casa de juegos –digo yo.
–¿Una casa de juegos? –pregunta la enfermera.
–Es la casa de juguete de una niña, pero ella la llama «casa de juegos». Es lo que estábamos arreglando mi hermano y yo.
De repente me entra miedo a que el médico eche la culpa a Steve. Siento el deseo de manifestar que «cualquier cosa que haya pasado, es culpa mía. Él no sabía que yo tenía el brazo justo donde estaba el tornillo».
–Casa de juegos –repite el médico, sosteniendo todavía el sacacorchos de plástico, y por la forma en que lo dice me hace reír. ¿Quién no se reiría cuando un hombre le ha sacado del brazo un diminuto y sangriento juguete festivo?
–¿Cree que puede haber algo más ahí dentro? –pregunta. Al principio tiene una expresión seria, pero luego se ríe al ver que sigo riéndome.
–A saber –digo yo.
Admiro el hecho de que todos los armarios y cajones de esta habitación lleven una etiqueta con su contenido: «Esponjas y vendas», «Mascarillas», «Hisopos», «Frascos de muestras», «Campo quirúrgico» y «Cubiertas». Me gusta estar en un lugar donde siempre se sabe lo que hay dentro desde fuera.
–Es posible que sea esto lo que ha causado la infección –anuncia el doctor–, pero la hemos cortado de raíz.
Me limpio las lágrimas de los ojos. Pensé que estaba riéndome, pero ahora estoy llorando y me falta el aire. Me imagino a Pinky de adolescente. Tendrá piernas largas como su madre y pelo rizado como su padre. Se escabullirá por la ventana de su dormitorio en las noches de verano como cualquier chica, pero no tendrá un hermano que la cuide, estará sola. No sé cómo se puede evitar que una chica beba hasta el punto de no saber qué está haciendo, de no saber qué le pasa. Todas las precauciones del mundo podrían ser pocas para una chica a la que le guste jugar, pasarlo bien. Para empezar, yo debería haber enjuagado mi vaso de vino y ponerlo en el fregadero antes de irme de casa de Steve.
–Jodie la limpiará –dice el médico, y desaparece tras la cortina.
La enfermera desenvuelve el resto de mi brazo y lo deja al descubierto. Abre un envoltorio de papel y se dispone a aplicar un vendaje especial para cerrar la herida, pero antes hace una pausa.
–¿Le está doliendo? –pregunta–. Está conteniendo la respiración.
Lo hecho, hecho está, pienso yo, pero ella me lo pregunta como si realmente quisiera saberlo. Me entra un deseo de soltárselo todo, pero hablar de ello no mejorará la situación y abrirá una caja de Pandora, así que respiro hondo y me concentro en no vomitar. Cuando pienso en Pinky, arropada en su cama, en el cuarto con la lamparilla del conejo rosa, con olor a talco para bebés, rodeada de animales de peluche, puedo exhalar al fin. Por ahora está a salvo.
–Perdone... –dice la enfermera. Me doy cuenta de que he apartado el brazo sangrante de ella y estoy abrazándome a mí misma.
–Vaya –digo, apretándome más fuerte, a pesar de los goterones de sangre en los pantalones–. Ahora que lo menciona, la verdad es que sí que duele.
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1 El GED (Graduate Equivalence Diploma) es un programa para alumnos, en algunos casos mayores, que no terminaron la secundaria y eligen esta vía con el fin de acceder a estudios universitarios o a trabajos que requieran el título de secundaria. (N. del T.)

–No voy a volver para la cena, mamá –dice tu hija.
Levantas la vista de la propaganda y demás correo basura que ha llegado esta mañana y ves que Mary emerge de su habitación con unos vaqueros tan bajos que, si tuviera vello púbico, se le vería. Ella jura que todas las chicas de secundaria también se afeitan el pubis, aunque seguramente tu hija no tendría más que un poco de vello fino, como el de la cabeza de un bebé. Al ver que la estás mirando, se sube los vaqueros y hace un esfuerzo para bajarse la camiseta, pero el resultado final sigue dejando quince centímetros desnudos de vientre y caderas.
–Tengo que ir a casa de Amber. Su padre nos va a hacer lasaña de cena.
–¿Quieres que te lleve? –le ofreces.
No te importaría que el padre de Amber te viera con tus botas de punta de acero y tu uniforme de trabajo. No te importaría recordarle que eres una mujer formidable.
–Son solo setecientos metros, mamá.
–¿Pero qué es lo que hacéis allí todo el tiempo?
No deberías interrogar a Mary de esta manera sobre qué es lo que sucede allí. Mary probablemente no te contaría nada desagradable que pudiese ocurrir entre ella y el joven –y curiosamente servicial– padre de Amber si te comportas como una neurótica. Por ejemplo, no te contaría si resulta que el padre de Amber se pone a pelear en broma con ellas sobre la alfombra trenzada y de repente quedan solo él y ella; si entonces ella relaja el cuerpo debajo de él y echa la cabeza hacia atrás, dejando que sus estrechos hombros toquen el suelo, y lo mira a los ojos, entreabriendo los labios, y él se abalanza sobre ella.
–Estamos haciendo un proyecto de biología. Es un cartel sobre células, tenemos que entregarlo mañana, pero aún no lo hemos empezado –dice tu hija. Le gusta la ciencia y antes no dejaba las cosas para el último momento–. Nos va a ayudar el padre de Amber. ¿Sabías que hay treinta y siete billones de células en el cuerpo humano?
El padre de Amber nunca ha sido condenado por manosear a menores ni por ningún otro delito sexual (lo has buscado en internet), y no hay razón para que concibas la imagen de tu hija bajándose los vaqueros de tiro bajo, ni la del padre de Amber con tu hija en su regazo, bajo una manta. No hay razón para asociar al padre de Amber con tu antiguo vecino, el fumador de porros, con quien follaste cuando tenías catorce años mientras su esposa estaba en el trabajo y su hijo pequeño dormía la siesta en el dormitorio adyacente. Ambos hombres lucen bigote de vaquero, pero nada más.
–No entiendo el motivo por el que retrasáis el trabajo hasta el último minuto –le dices.
Y tampoco entiendes el motivo por el que alguien ha diseñado una camiseta tan provocativa como la que lleva tu hija, con un par de magdalenas enormes dibujadas en el pecho. Tiras el montón de correo en el contenedor de reciclaje. Cálmate, mujer. No todos los hombres van a intentar tirarse a tu hija, independientemente de cómo se vista. Hay hombres que ni siquiera fantasean con tocar sus adorables pechos jóvenes. Algunos hombres se muestran indiferentes, por ejemplo, o son homosexuales, mientras que otros prefieren a las mujeres maduras, sorprendentemente.
Te sientas en la mecedora de madera que heredaste el año pasado de tu abuela, la madre de tu madre, que en paz descanse. Al principio no la querías –¿acaso eres una anciana?– pero está hecha a mano y has descubierto que mecerte al final del día te ayuda a relajarte.
–¿Sabías que la mitocondria es el motor de las células? –explica Mary.
Se sitúa detrás de ti, agarra el respaldo y comienza a mecerte a un ritmo muy molesto. No te quejes; al menos, mientras sus manos estén en la mecedora no estarán en el móvil por una vez.
–¿Estás trabajando en un cartel? Igual os puedo ayudar.
–Entonces, ¿por qué cortaste con Stanley Steemer? –pregunta Mary–. Es el único novio decente que has tenido.
–Es asunto mío –le dices a tu hija– con quién salgo o dejo de salir.
Es la primera vez que Mary menciona a Stan.
–Entonces a lo mejor lo que yo hago es asunto mío –dice Mary, y revienta un globo de chicle para un público invisible.
De repente detiene el balanceo de la mecedora, lo que te propulsa ligeramente hacia delante. Tienes la sensación de que se imagina que sus amigas están siempre con ella, admirando sus gracias.
–No es solo asunto tuyo si me llama el director del colegio y me dice que enseñas los pechos a los chicos en el hueco de la escalera.
Te pones de pie, cruzas los brazos y observas a la chica por la que sufriste trece horas de parto, la chica que has alimentado y vestido durante trece años..., aunque no recuerdas haber comprado ninguna de las prendas provocativas que lleva ahora.
–Ya te lo he explicado, mamá. Fue un reto de Amber. Lo hicimos las dos. Y también había otra chica. Pero solo me pillaron a mí.
Habla sin darle importancia, pero está agarrando la mecedora muy fuerte.
–Si Amber te retara a que te tiraras de un puente, ¿lo harías?
–Sí –dice, y suelta la silla. Intenta subirse los pantalones de nuevo, aunque ya le están marcando la entrepierna.
–Amber es tonta en ciencias, pero es muy lista en otras cosas. Es muy espabilada.
Tiene que haber una manera calmada y razonable de explicarle a tu hija por qué debe negarse a mostrar su cuerpo como lo ha estado haciendo, sin que parezca que eres sobreprotectora, que estás loca o que tienes celos. No puedes negar lo emocionada que estabas por la atención que recibía tu cuerpo cuando tenías su edad. Habrías desnudado tus pechos para los chicos guapos por un reto, sin duda.
–¿Sabes que hoy tuve que caminar a casa desde el entrenamiento del equipo de animadoras, cinco kilómetros? Stanley Steemer pasó al lado. Ni siquiera me devolvió el saludo.
–Deja de llamarle así2 –dices–. De todas formas, podrías haberme llamado para que te recogiera.
La primera vez que Stan trajo a tu hija a casa, le diste las gracias, pero también te acordaste de las veces que el novio de tu madre, Teddy, pasaba a tu lado en coche cuando ibas por la carretera vieja, junto a la central eléctrica. Iba fumando un Marlboro y, tras bajar la ventanilla, soltaba una gran nube de humo y te decía que estabas muy guapa. Pensabas que era halagador y divertido, y nunca se lo dijiste a tu madre. Ni siquiera cuando abusó de ti... Por aquel entonces, no tenías muy claro qué sucedió en el asiento trasero, pero al pensarlo de forma retrospectiva, está dolorosamente claro.
–Esa furgoneta da vergüenza –dice tu hija, refiriéndose a la furgoneta de Al’s Appliances que conduces para ir al trabajo–. ¿Sabes?, la madre de Nicole compró una estufa en Al’s, y había una cucaracha muerta dentro. Y ese tío con el que trabajas apesta a meados.
–Jimmy.
–No tiene cuello. Y tiene más pelo que un neandertal. –Se ríe de ese chiste privado como si sus amigas estuvieran aquí con ella–. El señor Glover dice que todos somos en parte neandertales, pero algunos más que otros.
Cuando Stan se presentó a cenar con tu hija por cuarta vez, dos días después del incidente de los pechos en el hueco de la escalera, no podías sacarte de la cabeza que pasaba algo. Y cuando besaste a Stan, la chaqueta le olía al perfume de caramelo afrutado de Mary. Conoces a Stan desde hace tres años –era el entrenador de tus hijos en las ligas infantiles de béisbol y fútbol americano–, y llevabas tres meses saliendo con él, así que venía a cenar un par de veces a la semana, por lo que te dijiste que no había motivo para pensar que hiciera otra cosa que no fuera recoger a Mary y traerla directamente a casa. Porque no es que tuviera mucho tiempo de hacer una parada en la antigua central eléctrica... Y ni siquiera tuvo por qué ocurrírsele hacer algo así. Al fin y al cabo, parecía que a Stan le gustabas, que admiraba tu visión hastiada del mundo, e incluso se reía cuando te ponías a soltar palabrotas. Su matrimonio había sido difícil, como el tuyo, y pensaste que los dos erais almas gemelas.
La última vez que trajo a Mary a casa, cuando la habían castigado en el colegio, durante la cena te propusiste mantener la calma y no reaccionar de forma exagerada. Después de cenar, Stan sonrió al ver tu mirada expectante y ansiosa mientras se acomodaba de nuevo en el sillón reclinable para ver un programa de antigüedades contigo.
–¿Pasa algo? –preguntó Stan–. Pareces alterada.
–¿Pasa algo entre Mary y tú? –preguntaste.
No podías creer que esa pregunta saliera de tu boca, ni siquiera ahora, pero una vez que salió no te arrepentiste. Tenías la esperanza de que Stan respondiera: «Claro que no, ni loco», o que se riera y dijera: «Estarás de broma».
–¿De qué hablas? –Inclinó la cabeza, entrecerró un ojo. Lo habías visto hacer ese mismo gesto cuando un niño despistado le explicaba por qué había hecho alguna jugada equivocada en un partido de béisbol.
–De nada. Era solo una pregunta.
Te dijiste a ti misma que no se parecía en nada al antiguo novio de tu madre ni a tu vecino fumeta, y que nunca había mostrado ningún interés en Mary más allá de bromear y preguntarle sobre los deberes y sus ejercicios de animadora, pero querías estar absolutamente segura, al cien por cien, de que tu hija estaba a salvo con él.
–¿Una pregunta? Pero ¿cuál es la pregunta?
–Es que hueles a su perfume.
–Me echó esa mierda cuando le dije que no se lo pusiera en mi coche –dijo, y su discurso se ralentizó cuando se dio cuenta de lo que estabas sugiriendo–. Ya sabes cómo es.
–Ya, pero solo quería saber...
Sabías que Mary también rociaba con la colonia a sus hermanos pequeños, aunque ellos se pusieran a chillar. Y, por supuesto, también te roció a ti.
–¿Qué es lo que querías saber? Si yo... había hecho... ¿qué?..., ¿con Mary?
Pareció despertar en ese momento. Primero puso cara de ofendido y, después, de perplejidad. Buscó un cigarrillo en el bolsillo de la camisa, se lo colocó entre los dedos, lo volvió a meter en la cajetilla y se la volvió a guardar en el bolsillo.
–Me conoces desde hace mucho tiempo. Tus hijos han jugado con el mío durante años.
–Es que me resulta raro que siempre la lleves en coche sin consultarme antes.
Tu voz calmada contrastaba con la confusión que sentías.
–¿Viste que hoy llovía? ¿Preferías que pasara a su lado como si nada? Normalmente una madre se quejaría. –Se estaba enfureciendo.
–No, es que... A ella le gusta mucho coquetear.
Odiaste la palabra en cuanto la dijiste, aunque la verdad es que Mary es muy coqueta, igual que tú a su edad.
–¿Te estás oyendo? –Se echó hacia delante y clavó la mirada en ti. Entrecerró los ojos y también los labios–. Mary es una niña. Soy entrenador. Y una acusación como esa podría hacerme daño de muchas maneras, no solo en lo personal. Es que no puedo ni... Si de verdad crees que soy un depredador...
–No lo pienso. Solo necesito que me lo digas tú.
–Por el amor de Dios, actúas como si no me conocieras de nada. Y es posible que yo tampoco te conozca.
Cuando Stan vio a tus tres hijos aparecer por el pasillo, destensó los músculos de la cara, se levantó, se puso la chaqueta y salió hecho una furia. La puerta mosquitera se cerró de un portazo mientras murmuraba unas palabras sobre la confianza.
En realidad no estabas acusándolo, te dijiste. No pretendías decir nada en concreto, solo le preguntaste.
–Si insistes, me puedes llevar en coche –dice Mary–. Ah, mamá, tendrías que haber visto lo que ha pasado hoy en clase de ciencias. Nicole le escupió un chicle a una chica en el pelo, la chica no se dio cuenta y siguió tocándose el pelo, así que se le quedó todo pegado.
Pero, en serio, ¿qué interés podría tener un hombre adulto en una chica que masca chicle de la manera en que lo hace tu hija, haciendo ruido y con la boca abierta? ¿Cómo podría interesarle a un hombre una chica que, cuando no está enviando mensajes por teléfono, habla sin pensar de las otras animadoras del colegio y cuenta al detalle todo lo que pasa –todas y cada una de las escenas– en la última película o programa de televisión que ha visto? Tu hija te saca de quicio a ti y al resto de la familia con su parloteo insustancial y te dan ganas de abofetearla al menos una vez al día por la forma en que eleva los ojos al cielo cuando dices cualquier cosa, incluso cuando quieres abrazarla, esconderla y protegerla. Tienes los hombros tan encogidos que te tocan las orejas. ¡Respira hondo, mujer!
–Entonces la chica se iba a quitar el chicle del pelo con unas tijeras, pero el señor Glover preguntó si alguien tenía un sándwich de mantequilla de cacahuete en la bolsa del almuerzo. Según el señor Glover, el chicle es hidrofóbico y por eso no se disuelve en el agua, así que teníamos que sacarlo con otra sustancia hidrofóbica.
Sacó un poco de mantequilla de cacahuete del pan de una chica, la untó en el chicle y se lo quitó. Y luego le dijo que fuera a enjuagarse el pelo al baño.
Tienes la esperanza de que su pasión por la ciencia le enseñe los conceptos de causa y efecto en lo que respecta a su cuerpo, además de su relevancia en un laboratorio. Tienes la esperanza de que su pasión le permita alcanzar el éxito de maneras que tú jamás soñaste, pero te preocupa su seguridad hasta entonces. Ojalá fuera una chica empollona con pantalones de cintura alta. Ojalá tuviera que llevar gafas, por lo menos.
–Amber y Nicole ni siquiera sabían lo que significa hidrofóbico –dice–. ¿Te lo puedes creer?
–¡Joder! –gritas al fin–. ¿No te das cuenta? Estoy muy preocupada por ti. Me preocupa que todos los cabrones del mundo quieran liarse contigo y tocarte con sus sucias manos. Sí, me preocupa lo que haces con los chicos en el hueco de la escalera del colegio. Y, peor aún, me da miedo que algún hombre te engatuse y te lleve a su coche para abusar de ti, Mary. Y me preocupa que además te guste. O que le sigas la corriente aunque no te guste.
Una vez que lo has soltado, no puedes creer que lo hayas hecho. Pero no te arrepientes de haberlo dicho. No sabes cómo has aguantado tanto tiempo sin decirlo. Mary parece aturdida, pero menos de lo que esperabas. Le cuelgan los brazos a los lados, y su vientre desnudo parece más redondeado y desprotegido que nunca. Tal vez estuviera esperando tu arrebato desde el incidente de la escalera. Te recuestas en la mecedora, agotada.
–Jo, mamá. Qué asco –dice finalmente–. Sabes que no me gustan los hombres así. Tienen demasiado pelo. –Está tratando de aligerar la conversación, la pobre. Intenta subirse los pantalones de nuevo, pero hasta ella se da cuenta de que ya no sirve de nada–. ¿Sabes?, no te lo dije, mamá, pero Amber y yo estuvimos en el parque Cooper después del colegio el viernes, y había un tío mirándome las tetas, entonces Amber y yo le tiramos las manzanas de la comida. Hicimos como que llamábamos a la policía y se fue en su bicicleta.
–Pero ¿y si el tío no te diera asco? –replicas. Te preguntas por qué no te dijo nada de eso el viernes–. ¿Y si fuera un chico atractivo de secundaria? ¿Un jugador de fútbol guapo? ¿Y si no fuera nada peludo? ¿Y si se afeitara todo ese cuerpo perfecto y oliera como una flor?
–Pero mamá... Era un tío asqueroso. Y puedes fiarte de mí. No soy tonta. No voy a quedarme embarazada, si es eso lo que te preocupa.
–¿Stan intentó alguna vez algo contigo? –preguntas, y aguantas la respiración–. ¿O te dijo algo en plan... seductor?
–¿Stanley Steemer? –Mary da una patada a un travesaño de tu mecedora y sacude la cabeza–. Estás loca, mamá. Te preocupas por unas cosas rarísimas.
Ante tu insistencia, tu hija se cambia de camiseta y, en cuanto se carga su teléfono, se marcha a pie a casa de Amber, mascando chicle, sacudiendo la cabeza, elevando la vista al cielo y mandando mensajes con el móvil, envuelta en una nube de colonia de flores y caramelo. Le pides que te avise cuando llegue y que luego te llame para que vayas a recogerla. Murmura un «vale» mientras la puerta mosquitera choca con el marco.
Estás hecha polvo por lo de Stan, más de lo que pensabas, pero al no andar él ya por casa, puedes estar un poco más segura de que Mary está a salvo. Naturalmente, no es más que un hombre entre millones en el mundo, uno entre decenas de hombres que podrían interesarse por tu hija entre vuestra casa y la de Amber. Cierras los ojos y te dices a ti misma que no todos los hombres son como ese vecino que te permitió faltar a clase y que te quedaras en su casa a fumar tanta marihuana que ya no podías armar una frase entera. No todos los profesores –ni siquiera los que tocan el pelo de una chica– son como tu profesor de ciencias sociales, alto y de ojos marrones, con unas atenciones que te halagaban tanto que nunca habrías dicho que no. Y las chicas también son diferentes ahora: fíjate en tu hija, que te dice que no todo el tiempo, una actitud que tú nunca habrías tenido con tu madre por miedo a que te abofeteara. Tu hija sabe mucho más de lo que tú sabías a su edad, e incluso es posible que acuda a ti cuando de verdad tenga algún problema, siempre que no te pongas histérica.
Stan no te ha llamado desde esa noche, hace dos semanas, y tú tampoco lo has llamado. Reflexionas sobre qué es lo que necesitas para estar segura de que tu hija está a salvo. Un «no» rotundo, todos los días, de Stan y de todos los hombres que pululan a su alrededor. Un «sí, lo entiendo» rotundo, todos los días, de Mary, confirmándote que ve los peligros, que no piensa que estás loca. No estaría mal para empezar.
Calientas el horno para los palitos de pescado de los niños, algo que les das cuando no está su hermana, y cortas unas rodajas de patatas para asarlas de guarnición. Te gustaba cocinar para Stan, que valoraba cualquier tipo de comida casera, incluso los palitos de pescado si era lo único que tenías. A veces, cuando veíais la tele después de cenar, Stan se daba una palmadita en los muslos y te invitaba a sentarte en su gran regazo para que te relajaras. Allí sentada, envuelta en sus poderosos brazos, con su vientre presionando la parte baja de tu espalda, como un cojín lumbar, hacía que te olvidaras de los espantosos clientes de la tienda y del dolor de instalar lavadoras; te hacía olvidar incluso la forma en que el paso de los años ha ido ensanchando tu cuerpo y te ha dibujado arrugas en la cara. Cuando dejabas que tu cabeza descansara sobre el hombro de Stan, el calor y el tamaño de su cuerpo te hacían sentir pequeña y guapa, como una niña otra vez.
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2 Mary alarga el nombre de Stan para convertirlo en Stanley Steemer, denominación de una empresa de limpieza de alfombras y suelos muy conocida en Estados Unidos por sus omnipresentes furgonetas amarillas y unos anuncios que rozan lo ridículo, con un logo que recuerda al salvaje Oeste, como si su actividad fuera propia de vaqueros. (N. del T.)

Estaba el látigo plateado del tren del circo, que se estiraba sobre una vía lateral, calentándose bajo el sol de Arizona, y dentro del vagón número setenta y ocho, detrás de la puerta corredera, cerrada, de un habitáculo de acero, había dos personas inhalándose mutuamente el aliento y el sudor. Estaban Buckeye, una rubia de bote –como le decía su madre, en Akron– de cuarenta y cinco kilos, y Mike Field, de cerca de un metro ochenta y cinco, con la piel negra como el café, ambos sentados en el cuarto de Mike, un habitáculo con paredes de acero pintado de azul, sin aire acondicionado, apenas más grande que un ataúd. Y por el pasillo llegaba Red, bajito, fornido, con tatuajes caseros en los brazos pecosos y en los nudillos (A-M-O-R, O-D-I-O, águila, mujer desnuda, etc.), pisando fuerte con sus botas de trabajo, y comenzó a aporrear la puerta metálica, situada al final del vagón, diciendo:
–¡Buckeye, venga, sal ya, vamos! –Hizo una pausa para encenderse un cigarrillo, y añadió–: Vuelvo en cinco minutos y más vale que estés lista.
Estaban también el muslo desnudo de Buckeye, presionando contra el muslo de Mike, enfundado en unos pantalones negros; la cadera de Buckeye, vestida con pantalones cortos, en contacto con la cadera de Mike; y el cuerpo de Buckeye, lleno de deseo, de algo más que deseo: su cuerpo, su corazón y su mente estaban repletos de Mike, de hacerle el amor en la litera la noche anterior. Y estaba lista para amarlo de nuevo a pesar del calor, a pesar del aviso de Red. Una semana antes, Red había explicado por qué tenían que hacer lo que tenían que hacer esta mañana, la mañana del miércoles, la primera mañana en Phoenix; Red explicó que Buckeye iba a tener que recuperarse en un solo día, que no tendrían otra oportunidad porque había tres espectáculos de jueves a domingo, y el jefe del algodón de azúcar no iba a estar contento si su vendedora número tres estaba tirada en su habitación en lugar de atender su puesto de nubes rosadas y azules de algodón de azúcar. Estaban en Phoenix, una ciudad donde se hacía mucho dinero, donde se suponía que todo el mundo ganaba suficiente para gastar esos días e incluso ahorrar para cuando llegaran a ciudades arruinadas como Fresno, aunque al final nadie ahorrara.
–¿Vas a ir con él? –preguntó Mike.
–Tengo que hacerlo.
–¿Te has acostado con él alguna vez?
Mike era cuatro años más joven que ella, acababa de cumplir veinticuatro.
–Ya te he dicho que no es eso. Red es como un hermano mayor.
–¡Eh! Os estoy oyendo –dijo Red–. Sé que estáis ahí dentro.
Red hablaba a través de la puerta con voz enojada, pero Buckeye no creía que estuviera enfadado de verdad todavía. Buckeye se estaba dejando atrapar por la forma en que la mano enorme de Mike le cubría el muslo, por la forma en que sus dedos extendidos podían rodear su hombro con la misma facilidad que sujetarle la nuca. Como siempre, llevaba la camisa azul del uniforme abotonada sobre las muñecas, y las venas de la parte inferior de sus manos estaban casi limpias, con solo unas cuantas marcas de pinchazos. Buckeye nunca se había inyectado nada, ni siquiera tenía un tatuaje. Su madre siempre había dicho que los tatuajes en las chicas mostraban al mundo lo putas que eran. Solo tenía perforadas las orejas, un agujero a cada lado.
Estaba Buckeye, llevándose el dedo a los labios mientras Red gritaba fuera, estudiando un lado de la cara de Mike, que estaba sudando. Levantó la mano y le tocó la cicatriz en forma de V, ya curada de un percance ocurrido dos meses antes, cuando un par de búlgaros le dieron una paliza por no devolverles el dinero con la suficiente rapidez. Le hicieron sangrar por la mejilla y la boca, y él se quedó quieto, recibiendo la paliza. Mientras lo golpeaban, ella imaginaba el momento en que besaría su cara hinchada, el momento en que le diría que lo quería, que no hacía falta que dejara el circo, que podían superarlo juntos. Como parte de su número, los búlgaros ayudaban a levantar una torre de cinco personas para que una niña con coletas se subiera a la parte superior, pero en otras ocasiones esos hombres podían ser unos brutos.
Le puso la mano en la cabeza. Le gustaba la firmeza de su cabello, cómo recuperaba su forma al presionarlo con la mano. Le hacía pensar en un gato que tuvo, un animal valiente y rápido, peleón, que mataba ratones y pájaros a zarpazos, le llevaba los pequeños cuerpos rotos y después la rozaba suavemente en la pierna con el rabo. Le encantaba acariciar la cabeza áspera de aquel gato atigrado, rugosa de peleas antiguas, pero una mañana no regresó y después ya nunca volvió a verlo.
–Sé que estáis ahí. –Red intentó forzar el cierre de la puerta.
Mike apartó la mano de ella.
–Abre la puerta, Mike Negro, cabronazo.
Ella había intentado explicarle a Mike, cuando llegó, que ya había otro Mike en el circo. En realidad ya había dos Mike. El Mike a secas, de Sells Floto, segundo a cargo de los puestos de venta, y Mike Espagueti, de pelo negro y con pinta de italiano, que pidió espaguetis en el vagón restaurante el primer día, y espaguetis que sobraron el segundo día, y también los pidió de nuevo el tercer día, cuando ya no había, así que le pusieron ese mote. Buckeye había sido la primera persona blanca en hacerse amiga de Mike cuando se unió al circo hacía seis meses. Ya desde el principio, los miembros de la Troupe de Monociclismo del Rey Charles parecían albergar dudas sobre él, y al Rey Charles enseguida le cayó mal; le criticaban por vestir como un paleto, con manga larga en verano, por tener el pelo ensortijado y escuchar death metal. En cuanto a los equipos mexicano y búlgaro, solo reparaban en los nuevos cuando empezaban a pedir dinero prestado o querían comprar metanfetamina.
–Maldita sea, Buckeye –gritó Red a través de la puerta–. Mike Negro, déjala salir.
–No me hace ninguna gracia que tengan que pasarse todo el día llamándote negro –susurró Buckeye.
–Soy negro, por si no te has dado cuenta.
–Tendrías que haberles dicho que tu nombre era Mick o Mitch. Si yo pudiera empezar desde cero, entraría en el circo con un nombre precioso. –Buckeye suspiró–. Diría que me llamo Rosella. O Annabella. O Margerina. –Aunque aquello no iba a ninguna parte, no había podido evitar pensar en nombres bonitos de chicas toda la semana–. Mermelada.
–¿Por qué quieres que te llamen como algo que se echa en las tostadas? –preguntó Mike, como si quisiera reírse pero no le saliera–. Mi madre hacía mermelada con cáscaras de naranja, no las tiraba. No le gustaba tirar nada.
Buckeye pensaba que el sonido de algunos nombres podía llevar en volandas a una persona. Mermelada. Rubelina o Rosamaría. Cuando ella oyó que la esposa del jefe de los granizados se llamaba Becky –la misma abreviación de Rebecca por la que la gente conocía a Buckeye hasta entonces–, tendría que haber dicho que ella se llamaba Rebecca o haber usado su segundo nombre, Jo, o tal vez Josephina, y así no la llamarían Buckeye.
Y nunca debió haberles dicho que era de Ohio.
–Si tuvieras un nombre elegante, no querrías estar conmigo –dijo Mike.
–Eso no es cierto –dijo Buckeye, tomando entre sus dos pequeñas manos una de las inmensas manos de aquel hombre. Mike había tenido un par de dedos rotos y después de sanar se le habían quedado torcidos, pero ella tenía la idea de que podía enderezarlos si seguía acariciándolos día tras día.
Apretó la mano hasta que sintió que la electricidad de Mike recorría su cuerpo. Él se estaba despertando y su sangre apenas había comenzado a fluir con más fuerza a través de su gran corazón. Mike le había dicho que, cuando estaba en el instituto, el médico del equipo de lucha no le dejaba competir, porque tenía un corazón demasiado grande, y Buckeye pensó que esa definición era certera. Mike no se había chutado nada de speed esa mañana, así que hablaba despacio y relajado. El jefe de los granizados era consciente de que tomaba speed, pero le gustaba la forma en que la sustancia hacía que Mike subiera y bajara las escaleras del estadio vendiendo granizados más rápido que nadie. Muchas veces eran los nuevos vendedores como él los que más facturaban, y él era famoso por sus ventas en los seis meses que llevaba en el circo. Si no se hubiera gastado todo el dinero en drogas, ya sería medio rico.
–Estaría contigo en cualquier caso, aunque estuvieras en el vagón de los animales y yo fuera corista –dijo.
Se sentía bien al decir la verdad así. Le alegraba que Mike no estuviera en aquel vagón, el número 76, donde vivían los hombres que se ocupaban de los animales del espectáculo. Dormían en literas apiladas contra la pared, sin privacidad, salvo por una sábana pegada con cinta adhesiva, cuando había una de sobra. Algunos de los hombres olían como los animales que después limpiaban. Buckeye era la número tres en ventas de dulces porque se duchaba siempre y olía bien, porque se quitaba las manchas de la camisa del uniforme enseguida. A nadie se le pasaría por la cabeza decir que era guapa, pero llevaba el pelo recogido en una impecable coletita, y había algunos blancos que solo compraban dulces a una chica como ella porque tenía aspecto de poder ser su vecina.
Nunca había conocido a un hombre tan ancho de hombros y delgado de caderas como Mike Negro. Tenía la complexión de un trapecista de gran tamaño. Tan pronto como lo conoció, le entró el deseo de contonearse en torno a él, y no tardó en decírselo tal cual. La forma tranquila en que hablaba le hizo saber que este hombre no le pegaría y eso era algo en lo que nunca se había equivocado. A su madre, en Akron, le pegaron todos los hombres con los que estuvo, y algunos de ellos también golpearon a Buckeye. Su amigo Red tampoco pegaba a nadie, pero una vez le sacudió los hombros con tanta fuerza –con ese zarandeo que desaconsejan para los bebés– que luego le dolió el cuello. Red le hizo eso al día siguiente de que ella hiciera el amor con un hombre en el vagón de los animales, mientras los otros hombres escuchaban desde sus literas. Red no creía en anteponer el amor a todo lo demás como hacía ella. A Red lo llamaban así porque solía ser pelirrojo, aunque ya casi no tenía pelo, y siempre usaba un sombrero o un pañuelo. Antes Buckeye sabía su verdadero nombre, pero ahora no lo recordaba. Jim algo o tal vez Alan. El calor estaba afectando a su cerebro. Se apartó los mechones de rubia de bote de los ojos.
–Hace mucho calor aquí con la puerta cerrada –dijo Mike.
Buckeye se acercó una mano de Mike a los labios y le besó los dedos torcidos y las marcas de las agujas; le besó las uñas, que le había limado suavemente en la víspera, durante el lento viaje desde la ciudad de Oklahoma.
–Espera un minuto y ahora abrimos. Por favor –dijo Buckeye.
Mike le apretó la mano y colocó el dorso contra su mejilla, que estaba llena de sudor. El sudor empapó la piel de Buckeye como si le perteneciera a ella tanto como a él.
–¿Cómo es que nunca sudas? –preguntó Mike.
–No sé.
–Seguramente estás sudando por dentro.
La habitación individual era apenas algo más grande que la litera, de manera que las rótulas de Mike casi chocaban con la puerta de metal. Buckeye descansaba los talones desnudos en la bolsa militar de lona que contenía todas las pertenencias de Mike, siempre la tenía lista, como si en cualquier momento se fuera a echar el petate al hombro y salir corriendo. Aparte de eso, solo poseía una columna de cajas vacías de casetes en una repisa y un póster de Metallica. Había tapado la ventana de plexiglás con un plástico negro pegado con cinta adhesiva. En la bolsa de lona se leía la inscripción «McIntyre», pero ese no era su apellido. Si Buckeye se casaba con él, se convertiría en la señora Field. Encima de la bolsa de lona reposaba su bolso de tela suave. Se había metido en los bolsillos la barra de cacao, la navaja militar, la cartera, todo lo que podía necesitar en la clínica. Si Mike reparaba en el bolso, le diría a Buckeye que se lo llevara a su habitación, pues no querría ser responsable de lo que le pudiera pasar al bolso si lo dejaba allí.
Buckeye se preguntó qué ocurriría si no se iba con Red, si decidía quedarse. Aquella tarde, Mike y ella podrían ir juntos al estadio, como en cualquier otra ciudad, para ayudar a montar los puestos. Cruzarían juntos las puertas del estadio y con el aire acondicionado estarían muy a gusto después de dos días calurosos de viaje desde Oklahoma City.
–Voy a abrir la puerta –dijo Mike.
Cuando tocó el picaporte con la punta de los dedos, se oyó un golpetazo. Un puño había aporreado la puerta metálica desde el exterior, creando una onda expansiva en el espacio del cuarto. Se sentaron erguidos. Buckeye subió los pies a la cama y se abrazó las piernas desnudas.
–O te llevo ahora, Buckeye, o no te llevo –dijo Red a través de la puerta de chapa–. Te doy dos minutos, y si no olvídalo.
–No le hagas caso –susurró Buckeye, a pesar de que ella misma tenía miedo de Red, no por temor a que la golpeara, sino algo parecido al miedo que inspira un padre, para quien lo tenga.
Red llevaba veintiún años en el circo, más que nadie. En los siete años desde que se había unido al Mayor Espectáculo del Planeta, Buckeye había encontrado a Red borracho y tirado sobre las piedras de las vías férreas por todo el país, unas cuantas veces apaleado, otras cuantas con un nuevo tatuaje lleno de costras, y ella lo había limpiado y lo había metido en su litera en el tren. Con todo, la mayor parte del tiempo, Red hacía su vida sin molestar a nadie.
–No sé si puedo seguir viviendo en este tren –dijo Mike–. Esta habitación me está volviendo loco. Es enana.
–Lo dices solo por el calor. Tendrías que ponerte una camisa de manga corta, no de manga larga.
–¿Y si tienes el bebé? –preguntó Mike–. Como mi madre. La gente le decía que era una locura tenerme estando soltera.
–Tú y yo no tenemos una vida estable como tu madre. O como la mía. Tenemos que cuidarnos el uno al otro, no a un bebé.
–Pero si tuvieras un bebé –dijo Mike–, ¿cómo lo llamarías?
–Venga, vale. Si fuera niño, lo llamaría Mitch o Mick, algo sencillo, pero que nadie le quitara.
Es curioso, pero ni siquiera había pensado en nombres de niño.
–Mitch. Es un nombre de niño blanco. Mi bebé va a ser negro.
Era verdad, Buckeye lo sabía. Mike Negro era más negro que cualquiera de la Troupe del Rey Charles, mucho más negro que las dos coristas negras, que no hablaban con él y tampoco con Buckeye, o con cualquiera que viviera más allá del vagón restaurante, el número ochenta y dos.
–A lo mejor es por eso por lo que no quieres tenerlo –dijo Mike–. A lo mejor no quieres un bebé negro.
–No es por eso.
Buckeye se imaginó sosteniendo un bebé del color de la cara de Mike contra su pecho pálido. Había pensado en ello cada hora de cada día durante esas últimas semanas, y aún se le entrecortaba el aliento ante la idea de sostener al bebé y protegerlo para que nadie pudiera lastimarlo.
–¿Y qué tal Mary de nombre de chica? –preguntó Mike. Su voz ya no era un susurro–. Mi madre se llamaba Mary. Mary Sarah Field.
–No me estás escuchando –dijo Buckeye–. Si es un nombre como Mary, habrá otra persona que lo tenga primero, y no querrás que a tu hija la llamen siempre «Mary la Negra», ¿no? ¿Qué tal un nombre de flor, como Marigold3? La llamaremos Mary para abreviar, tú y yo, pero al resto de la gente ella le dirá que se llama Marigold, y puede ser que la llamen Goldie.
Mike se bajó las mangas para que le cubrieran las muñecas, algo que hacía cuando estaba nervioso. A Buckeye le provocaba tristeza y a veces un poco de irritación la forma en que Mike se tapaba siempre, salvo en la oscuridad. No dejaba que ella encendiera la luz hasta estar vestido. Le suplicaba que no lo mirara a hurtadillas, aún no, decía siempre, no si me quieres, y ella nunca se había opuesto.
–Podríamos tener un apartamento –dijo Mike, mirándole las piernas–, tú y yo, y el bebé.
Red estaba callado fuera, pero Buckeye oía el crujido del suelo, así que se llevó el dedo a los labios. Mike la ignoró.
–Me gustaría tener un bebé sentado en la rodilla, botando, un bebé que supiera que soy su padre. –Se dio una palmadita en la rodilla–. Que supiera que lo quiero.
La forma de vestir de Buckeye era todo lo contrario a la de Mike, porque ella quería que él admirara su cuerpo todo el tiempo y así la quisiera más. De subir las escaleras con el algodón de azúcar todas las tardes y noches, tenía las piernas tan torneadas como las de una corista, y cuando no llevaba el uniforme de trabajo, se ponía unas faldas y unos pantalones cortísimos; además, sus piernas estaban siempre bien depiladas.
–Entonces ya no podrías tomar meta –dijo Buckeye–. Ni coca. Tendrías que darme todo tu dinero.
–¿Todo? ¿Por qué?
–Para comprar comida al bebé, y pañales, y para pagar el alquiler. Y no podrías pasarte todo el tiempo tapado. Tendrías que desnudarte como los demás.
–¿Por qué?
–Para que pudiera verte. Para que el bebé pudiera verte.
¡Pumba! Hubo otro golpe en la puerta y se oyó la voz de Red.
–Sal ya, Buckeye. Abre la puerta, Mike Negro. Han pasado cinco minutos.
En su tarjeta de identificación del circo aún ponía Becky, pero se había acostumbrado, más o menos, a Buckeye. A veces usaba un bolígrafo para decorarse la palma de la mano, dibujando un ciervo con cuernos. En la otra dibujaba un gran ojo vigilante con su ceja y sus pestañas4. Siempre se frotaba la tinta por la noche.
–Es muy raro que nunca te haya visto desnudo –dijo Buckeye–. No negarás que es raro, ¿no?
Mike tenía un tatuaje con forma de collar en la nuca que decía FIELD en grandes letras góticas; Buckeye intentaba distinguir otros tatuajes por la noche, intentaba interpretarlos al tacto, como si leyera Braille, pero solo detectaba ronchas y lugares escarbados, líneas de cicatrices de agujas, y una franja en un brazo que formaba una cuadrícula de protuberancias diminutas. A veces imaginaba que en el cuerpo de Mike había remolinos de tinta que recorrían su cuerpo, palabras hermosas en cursiva que rodeaban sus cicatrices, contando su verdadera historia, una historia que tenía un final feliz viviendo con ella para siempre. Buckeye imaginaba que, si podía seguir cuidando de él, algún día se le curaría la piel y se le pondría lisa.
Mike Negro abrió la puerta corredera, y allí estaba Red, de pie, con un hueco donde antes estaban sus dos dientes delanteros inferiores, las manos en las caderas, una camiseta con manchas en las axilas que no habían salido al lavarla, y la tela gastada de los vaqueros pegada a los muslos. El aire del pasillo los golpeó como si fuera aire acondicionado, cinco grados por debajo de la temperatura de la habitación, y Buckeye pudo oler el whisky de la noche anterior en el aliento de Red. Hoy llevaba un pañuelo rojo en la cabeza, como un pirata.
–Hola, Red –dijo Buckeye. Siempre se sentía feliz al ver a su amigo.
–Vamos –dijo Red. Desde que se había caído en una vía férrea el año pasado y se había roto los dientes, silbaba al hablar.
–No sé –dijo ella–. No estoy segura.
–Ni se te ocurra cambiar de opinión, Buckeye. Tan pronto como el jefe de los dulces se dé cuenta de que tienes tripa, te va a largar, da igual en qué ciudad estés.
–Mike dice que tal vez deberíamos dejar el circo de todos modos.
Ya había estado en esta situación dos veces en los siete años que llevaba con la compañía, y en ambas ocasiones fue Red quien la ayudó a solucionarlo. Las otras veces había esperado a que se notara, pero esta vez se lo dijo a Red desde el momento en que no le bajó la regla.
–Podría trabajar en un almacén –dijo Mike, sin dirigirse ni a Red ni a Buckeye–. Trabajé en un almacén cuando salí de la cárcel.
–Yo podría trabajar en una lavandería o en una residencia de ancianos, como mi madre –dijo Buckeye–. O podría ser camarera y ganar propinas.
–Mierda –dijo Red. Se detuvo para encenderse un cigarrillo–. ¿Vosotros dos os creéis capaces de criar a un niño? ¿Dónde vais a vivir?
–En esta ciudad, tal vez –dijo Buckeye–. En Phoenix. Hace calor en invierno.
–¿Sabes cuánto cuesta un apartamento? ¿Tienes dinero para la fianza? Mike Negro, ¿te queda algo después de comprar speed y coca?
–Una vez tuve un apartamento, en mi ciudad, Akron –dijo Buckeye–. Con una amiga.
–Mierda –dijo Red otra vez, como si estuviera escupiendo–. No vas a dejar el circo, Buckeye, y lo sabes.
Ella se encogió de hombros.
Mike Negro apartó la vista de ella deliberadamente, también de Red, y concentró su atención en las casetes de la esquina, pero ahora sostenía la mano de Buckeye, dejando que el dorso de su enorme mano presionara el muslo desnudo de ella. Las otras dos veces, una en Ohio, otra en Los Ángeles, se había sentido enferma y dispuesta a deshacerse de aquello que la aquejaba, pero esta vez no fue así. Ni siquiera estaba segura de si iba a funcionar, pues era posible que si acudía al médico tal como estaba, llena de amor y deseo, su cuerpo no dejara que la cosa saliera. Una clínica era un lugar para el arrepentimiento, para los errores, y su cuerpo no sentía que hubiera cometido ningún error. Esta vez se sentía fuerte, perfecta. Sabía que la idea de Mike como padre, con sus problemas, era absurda para todos, pero cuando estaba cerca de él, su cuerpo de mujer le transmitía algo diferente, le transmitía que tal vez era el momento de tener un bebé, que tal vez el bebé era la solución a todos sus problemas.
–Ponte las chanclas de una puñetera vez y sal ya –dijo Red–. Yo no soy el malo. Explícale lo que es un condón y verás cómo se acaban los problemas. Tú, Mike Negro, que vas por ahí con los brazos y las piernas tapados como si tuvieras cáncer de piel, ¿por qué no te tapas la polla para variar?
Era verdad, Red no era el malo. Era el único que la cuidaba, la única persona que se quedaba con ella cuando otros hombres la dejaban por otras chicas, los metían en la cárcel o desaparecían un día, sin más, quedándose en alguna ciudad en lugar de volver al tren.
–A lo mejor más adelante podemos tener un bebé –le susurró Buckeye a Mike, pero él no la miraba.
Ella sabía que Mike se quedaría en aquel cuarto, en el tren del circo, mientras ella estuviera sentada a su lado, pero si se iba con Red, es posible que no estuviera allí para cuando volviera. Mike no entendía que Red tenía razón, que ella no podía asentarse en una ciudad y tener un bebé como otra gente, no podía quedarse sentada en un apartamento a esperar que un hombre volviera a casa con la esperanza de que trajera algo de dinero. La madre de Buckeye había tenido un bebé cuando Buckeye tenía quince años y solía mandarla a robar comida para bebés, hasta que la echaron de todas las tiendas del barrio. Además, Mike no iba a dejar las drogas de un día para otro, nadie lo lograba. Cuando Mike estuviera colocado, Buckeye no sabría si podía dejarle al bebé mientras iba a trabajar. Cuando tuvo un apartamento con su amiga en Akron, no podían pagar el aire acondicionado. Vivir con un calor así todo el rato volvía loco a cualquiera.
Y allí estaba Red, delante de ella, con sus brazos pecosos, gruesos de los veintitantos años que llevaba sujetando bandejas de granizados por encima de su cabeza, con unos muslos fibrosos de subir las escaleras de los estadios ocho horas al día. Con su voz ronca –de gritar «¡Granizados!», «¡No se queden sin su granizado!»–, Red le estaba indicando que tenía que irse con él. Ya. Buckeye se levantó y Mike le soltó la mano, pero luego la agarró por la muñeca y la retuvo. Hasta Buckeye sintió un deseo urgente de que la soltara. Ella tiró para liberarse, mientras la cara de Mike permanecía inexpresiva, como cuando los búlgaros le daban la paliza. Red agarró la mano de Mike y trató de despegarle los dedos, pero la tenía aprisionada. Con los búlgaros, Mike se había quedado inmóvil mientras la sangre le corría por la cara. Ahora sujetaba a Buckeye mientras Red le golpeaba el brazo con el puño. Mike ni siquiera recurrió a su mano libre para detener los golpes de Red.
–No, Red –dijo Buckeye–. No me está haciendo daño.
–Suéltala –dijo Red–. Tenemos una cita.
–Tienes que soltarme, Mike –dijo ella.
Después de que los búlgaros le dieran una docena de puñetazos en la cara y unos cuantos en la tripa, Buckeye les rogó que pararan, les dijo que les pagaría de su propio bolsillo. Aquel día Mike había querido largarse, dejar el circo sin más, pero ella le rogó que se quedara. Hoy, Red le iba a prestar dinero para la clínica.
–Si voy con Red es por los dos. También es por ti, Mike. Lo que pasa es que ahora mismo no lo ves.
Red dejó de dar golpes a Mike. Se encajó el cigarrillo entre los labios, entrecerró los ojos por el humo, estiró las manos hasta la muñeca de Mike, la que sujetaba a Buckeye, y comenzó a desabrocharle un botón del puño de la camisa. Tan pronto como lo logró, Mike movió el brazo instintivamente para abrochárselo de nuevo y Red aprovechó para liberar el brazo de Buckeye. Y allí estaba Buckeye saliendo con Red, dejando a Mike sentado en la litera con la sábana desprendida del colchón sucio.
–Volveré en un par de horas –dijo Buckeye desde el pasillo–. Quédate a esperarme. Por favor, Mike.
Las otras dos veces que fue a una clínica, no había nadie esperándola, nadie más que Red que se preocupara por lo que le pasara.
–Tenemos que andar casi un kilómetro hasta la parada del autobús –dijo Red mientras pasaban por el vestíbulo–. Me han dicho que el autobús pasa cada quince minutos.
Siguió a Red al exterior y caminaron por las piedras de las vías del tren, algunas tan afiladas que le cortaban los pies a través de las suelas. Cuando llegó al segundo tramo de vías, se volvió a mirar a la ventana de Mike. Él había quitado el plástico negro y la observaba a través del plexiglás rayado. Mike era el único hombre que había querido seguir con ella.
–Espera –le dijo a Red.
–¿Adónde vas?
–Me he olvidado el bolso.
–Date prisa –dijo Red–. No voy a ir a por ti otra vez.
Subió al vestíbulo mientras Red se quedaba de pie sobre las piedras con los brazos cruzados. Encontró a Mike todavía sentado en la litera con la puerta abierta, la frente llena de sudor, los auriculares puestos, la música tan alta que Buckeye podía oír la rabia de un solo de guitarra desde el vestíbulo. Vio su bolso encima de la bolsa de lona, pero, en lugar de cogerlo, alisó la sábana sobre el colchón desnudo y apartó un poco de arena. Se colocó cerca de Mike, tan cerca que él podría haberla agarrado y rogado que no volviera a irse; podría haberle dicho otra vez que dejarían el circo y harían su vida en Phoenix, o en algún otro lugar. Se quitó los auriculares y el death metal tronó por los diminutos altavoces.
–Igual cambio de opinión –dijo Buckeye.
Sabía que antes de ver al médico tendría que rellenar formularios y hablar con alguien sobre la decisión de tener o no el bebé.
Mike apoyó una muñeca en la rodilla, con la palma hacia arriba. Con la otra mano se desabrochó el puño de la camisa. Empezó a remangarse como nunca lo había visto hacer en los meses que había estado con él, dejando al descubierto unas estrías de color azul y negro que se convertían en dos tatuajes de relámpagos que bajaban como una descarga por el brazo. Reveló también una docena de líneas rojizas escarificadas que le atravesaban la muñeca como si se hubiese cortado con una cuchilla de afeitar. Mientras seguía subiéndose la manga, Buckeye vio una serie de cruces toscas e hinchadas del tamaño de monedas de diez centavos. Dobló la manga a la altura del codo, dejando al descubierto la longitud de los rayos y una cicatriz que parecía un ciempiés lacerado, largo y gordo como un dedo meñique. Tenía tres costras en la vena. Cuando giró el brazo, Buckeye pudo ver unas ronchas negruzcas como puñaladas en el músculo y moretones en forma de sombra que parecían venir desde debajo de la piel. Había lugares donde la carne se elevaba en protuberancias. Al levantar la manga aún más descubrió unas quemaduras de un gris rosáceo, la mayoría tan pequeñas como el extremo de un cigarrillo, una de ellas tan grande como una boca gritando, y más manchas de color azul y negro. Una vena hinchada en la parte interior del codo tenía unos bultos tan juntos que formaban una cresta oscura. Por encima había un parche en forma de lágrima compuesto de puntitos irregulares levantados. En la oscuridad, aquellas heridas le habían parecido siempre tristes al tacto, pero a la luz de color azul metálico de aquel cuarto, eran unas heridas feroces, hambrientas.
Agarró el bolso, se lo apretó contra el vientre y retrocedió; se encaminó lentamente hacia el pasillo, hasta que uno de sus hombros chocó con la pared de acero con la misma fuerza que si la hubieran arrojado contra ella. Cuando Mike la miró con los ojos inyectados en sangre, dejó de respirar. Nunca lo había visto enfadado, ni con los búlgaros ni con Red, y ciertamente no con ella, pero su mirada estaba cargada de sangre hirviente.
Se dio la vuelta y caminó, aún sin respirar, hacia el vestíbulo, sosteniéndose con una mano en la pared. Bajó las escaleras y se apoyó en el exterior del coche setenta y ocho. Cuando se derrumbó de rodillas bajo la ventana de Mike, estuvo a punto de caer sobre la rueda de acero del tren. Había estudiado las heridas de Mike con sus dedos en la oscuridad y había soñado que las marcas contaban la historia de ellos dos juntos, pero ahora comprendió que se trataba únicamente de la historia de él, de su terrible historia.
Ahuecó las manos sobre las rodillas. Se las había raspado en las piedras y una estaba sangrando.
Red estaba de pie donde lo había dejado, con los brazos cruzados, dando pataditas con el pie a una vía que relucía blanca como un hueso bajo el sol de Arizona. Buckeye agarró una piedra de la vía, tan caliente que le quemó la mano. Había pensado que sería capaz de aliviar o incluso curar las heridas de Mike. Presionó la afilada piedra gris contra la parte más blanda y blanquecina de su muslo, y cerró los ojos con fuerza al sentir el dolor. Él no podía verla bajo la ventana, pero estaba tan cerca que sintió que el enorme corazón de Mike se hinchaba. Buckeye oyó los gritos de Red, pero no distinguió sus palabras. Aquel no era el sitio para criar a un niño. Ningún sitio lo era. No podía hacerlo, no podía dar a luz a otro cuerpo que solo iba a sentir confusión, humillación y dolor. Miró al otro lado de las vías y vio gente que cargaba con bolsas de ropa para lavar, mientras otros volvían con comida, refrescos y cerveza. Dos coristas rieron al entrechocar los hombros. Sin pelucas ni maquillaje, vestidas con pantalones cortos de correr y camisetas sin mangas, parecían adolescentes despreocupadas. Más allá, unas palmeras destartaladas se mecían, distorsionadas por el calor. Presionó la piedra con fuerza en la herida mientras Red se acercaba. Se acordó del nombre de Red: James Allen.
–¿Qué coño estás haciendo? –dijo Red agachándose a su lado.
Se quitó el pañuelo rojo y lo apretó contra la rodilla de Buckeye. Le quitó la piedra ensangrentada de la mano y la arrojó con las otras piedras. Ella oyó quejidos procedentes de algún lugar, o tal vez era el zumbido del generador del tren. Cuando Red se inclinó sobre Buckeye, ella le tocó la cabeza calva con ambas manos, y al encontrar unos pelos finos de bebé, presionó allí su mejilla.
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3 «Caléndula» en inglés. (N. del T.)
4 En inglés, buck (ciervo macho) y eye (ojo). (N. del T.)

Tal como predijo mi hermana mayor, desde su celda en la cárcel del condado, me quedé embarazada muy pronto tras mi matrimonio con Pete el electricista. Aquella lectura del tarot que me hizo Lydia fue la última antes de que una de sus compañeras de celda denunciara sus supuestas actividades satánicas a las autoridades y le quitaran las cartas.
Justo cuando empezaba a notarse mi tripa, se presentó un perro callejero –más grande que un cocker spaniel, más pequeño que un retriever, blanco con manchas de pimienta negra y un círculo negro alrededor de un ojo– en la puerta trasera de la casa que Pete y yo alquilábamos con opción a compra. El collar rojo descolorido del perro no tenía etiquetas de identificación, pero alguien había escrito «Roscoe» con un rotulador de alcohol. Al principio traté de ahuyentarlo, le dije que se fuera a su casa, pero se quedó, y me encariñé de su cara asimétrica –una oreja le colgaba más baja que la otra–. Pete sugirió que esperáramos a que naciera el bebé para tener un cachorro. Yo siempre había apreciado la visión a largo plazo de Pete, pero aquí había una criatura viva que respiraba y me necesitaba ahora; además, al estar en mi quinto mes de embarazo, es posible que también influyeran las hormonas. Durante una semana, le recordé a Pete lo sola que me sentía cuando él trabajaba fuera de la ciudad y, mientras tanto, alimenté al perro con cereales de desayuno y restos de pizzas y pastel de carne bajo las escaleras del porche trasero, donde le construí un nido con mantas. Cuando Pete aceptó adoptar a Roscoe, lavé el pelaje del perro con champú de alquitrán de hulla, lo llevé al veterinario para que le pusieran inyecciones y, siguiendo el consejo de la doctora Wellborn, pedí una cita para la esterilización quirúrgica unas semanas más tarde.
Poco después de que se mudara con nosotros, empecé a notar que en los ojos oscuros de Roscoe brillaba una luz con mucho mundo. Su emotiva expresión revelaba que había conocido el dolor, si no en esta vida, sí en una anterior. Tal vez habíamos sufrido juntos en tiempos pasados. Tal vez habíamos estado en un barco romano de esclavos, encadenados a nuestros remos, codo con codo. O, si yo había sido Cleopatra, quizá él había sido un esforzado estibador en el Nilo, o un marinero, un apuesto hombre moreno en el que yo apenas había reparado hasta que arrojó su cuerpo entre la espada de un asesino y mi pecho.
Roscoe procedía con cautela en torno a Pete, quizá porque Pete era muy alto pero, cuando el perro y yo estábamos solos, tenía el hábito de revolcarse sobre su espalda y abrir las patas de una manera que no me recordaba tanto a un compañero esclavo o a un egipcio, sino a mi antiguo prometido Óscar, que en paz descanse. Dos años antes, el gallardo y mujeriego Óscar se cayó de cabeza de un pajar donde se encontraba amancebado en pelota picada con una chica de Galesburg, que en el funeral afirmó que Óscar había sido su prometido. Mi hermana Lydia, que como wiccana5 practicante debería haber sido respetuosa con los muertos, nunca me dejó pronunciar el nombre de Óscar con nostalgia sin recordarme las formas en que me había traicionado. En los ocho años que Óscar y yo estuvimos juntos, me había pegado dos veces la clamidia (jurando en ambas ocasiones que se había contagiado en una bicicleta estática) y en los últimos años de nuestra relación desaparecía durante horas o días sin explicación. La vida con Óscar había tenido muchos altibajos, pero yo me había enamorado de él cuando íbamos a cuarto de secundaria y lo había amado con una ceguera y una intensidad que no estaba segura de poder concitar para mi marido Pete, por muy buen hombre que fuera.
Una mañana, a la semana de la adopción, mientras le rascaba el pecho, que era de una musculatura sorprendente para un perro sin raza de nueve kilos, sacó la lengua de manera sinuosa y empezó a lamerme la parte interior de la muñeca. Me provocó un escalofrío. Solo había dos personas en esta vida que supieran que mis muñecas eran la parte más sensible de mi cuerpo en términos románticos. Quizá Roscoe nos había estado estudiando a Pete y a mí en nuestros momentos íntimos a través de la rendija de la puerta. O quizá este perro y yo habíamos estado muy unidos en una vida anterior. Tal vez los capitanes de los barcos de esclavos lo habían azotado de mala manera cuando expresó sus opiniones sobre los derechos humanos y tal vez yo lo reanimé con agua fresca de mis propias y escasas raciones antes de que nos fundiéramos en un abrazo apasionado.
Roscoe se apartó de mí para dedicarse a sus propias partes. Cuando se cansó de ello, se dirigió a la cocina, pero se detuvo en la puerta para mirarme, hinchar el pecho y –o eso me pareció– meter su barriguita, de idéntica manera a como lo hacía Óscar, mi novio sexy. Lo seguí hasta la cocina y me arrodillé para mirarle a la cara. No podía ser. Ridículo. Había muchos perros con ojos marrones expresivos. Muchos perros lamían las muñecas de la gente e inflaban el pecho. ¿Cómo podía ocurrírseme tal cosa? Roscoe se metió una bola de pienso en la boca y la crujió distraído, fingiendo que no se daba cuenta de que lo estaba mirando, pero ¿acaso no era esa precisamente una de las tácticas de Óscar?
Cuando salí de la ducha unas horas después, miré hacia abajo y vi a Roscoe mirándome los pechos con la lengua fuera. Hasta entonces me había sentido orgullosa de mi tripita, pero había algo en la expresión del perro que me avergonzó. Me envolví en la bata de baño y pasé por encima de él.
–Basta –lo regañé.
El perro gimoteó y bajó los ojos con una mirada de culpabilidad que yo conocía demasiado bien.
Mientras Pete estaba fuera cambiando el aceite de la furgoneta, me recosté en el sofá y abrí una bolsa de patatas fritas Be-Mo, con sabor a crema agria y cebolla. Aunque Pete prefería las patatas fritas con sal, sin más, no le molestaba que yo comiera cualquier otra opción de picoteo; hacía poco me había permitido deletrear nombres de bebés en su vientre desnudo con ganchitos de queso mientras él leía una biografía de Abraham Lincoln.
Los ojos de Roscoe seguían mi mano mientras me acercaba las patatas a la boca. Cuando finalmente le ofrecí una, Roscoe se estiró y la tomó entre los dientes. Exhalé un suspiro de alivio. Óscar siempre había odiado las patatas fritas, especialmente las de crema agria y cebolla, y se quejaba cuando yo las comía. Pero a este perro le gustaban y con eso se acababa la historia: todo había sido obra de mi imaginación. Roscoe caminó hacia la cocina y, al inclinarme desde el sofá, lo vi escupiendo la patata. Procedió a dar unos lametones en su plato de agua, como para quitarse el sabor. Luego hinchó el pecho y se sentó, ignorándome.
–¿Óscar? –dije.
El perro se volvió hacia mí y metió tripa.
–¿Eres tú de verdad? –le pregunté.
Trotó hacia mí e inclinó la cabeza hacia un lado; fue un gesto adorable. La doctora Wellborn había dicho que la oreja caída indicaba daño por congelación, pero yo sabía que no era así. Óscar había dejado este mundo como resultado de haberse caído desde el desván de aquel granero a la púa de una cosechadora, que le había entrado en el cerebro a través de la oreja derecha.
Roscoe abrió la boca y dejó que su lengua colgara sobre sus pequeños dientes inferiores.
Mi primera reacción fue de jubiloso reconocimiento, pero rápidamente me acordé de todo lo que había pasado entre nosotros. Inhalé profundamente para calmarme y resoplé.
–Así que has vuelto, ¿verdad? Tenía que haberme imaginado que no habías terminado de aprovecharte de mi naturaleza indulgente.
El perro se acercó y presionó el hocico contra mi mano.
–No intentes hacerte el simpático conmigo después de todo lo que hiciste.
Me levanté y le puse el plato de la comida en la encimera, donde no podía alcanzarlo, y después de pensarlo un poco le quité también el plato de agua. Si tenía sed, que bebiera del inodoro.
–¿De verdad pensaste que te aceptaría si volvías? ¿Que perdonaría todos tus crímenes?
Saltó hacia donde le había dejado la comida. Cuando se dio cuenta de que no la iba a alcanzar, ejecutó una especie de estúpido giro de baile que culminó con una caída de culo en el suelo, pero me negué a reírme.
–No eres tan mono como te crees, señorito –dije–. Siempre sacabas esa labia para salir de apuros, pero ahora no te va a valer de nada.
Le recordé con pelos y señales algunos de sus peores comportamientos, comenzando con las enfermedades venéreas y pasando por el revolcón con aquella bibliotecaria malvada. Óscar siempre negó el encuentro, pero después de la noche en cuestión la mujer le renovaba siempre los libros para que nunca tuviera que pagar los recargos por retraso, mientras que a mí me exigía un estricto cumplimiento de las normas de préstamo. Incluso le dejaba sacar libros de referencia, por el amor de Dios.
–¿Y pensaste que no me daría cuenta de que tenías una segunda novia? Has sido muy muy malo –sentencié.
Roscoe no respondió, pero finalmente cerró la boca y gimoteó.
–¡Ja! –dije–. ¡Por fin admites tu culpa!
Ahora no podía inventar más excusas para todas aquellas horas de ausencia –que en su día atribuyó a visitas a la residencia de su abuela– y ciertamente no podía negar la libidinosa coreografía en el pajar. Y, como no podía alcanzar el pomo de la puerta, no podía salir hecho una furia, resoplando de indignación, como acostumbraba en el pasado. Miró mi dedo con arrepentimiento, hasta que de repente giró bruscamente la cabeza y se royó la pata trasera, fingiendo morder una pulga.
–Mírame cuando te hablo –le dije, agarrándole el hocico–. No puedes evitarme, Óscar, Roscoe, como te llames. Ahora que tengo un hombre fiel que me ama, veo lo mal que me trataste.
Después de reflexionar, até al pequeño chucho fuera, al tendedero, y le informé de la castración que le esperaba en una semana.
Cuando Pete me preguntó después por qué había sacado al perro, le dije que era porque Roscoe todavía tenía pulgas y necesitaba otro tratamiento. Pete echó unas cuantas miradas inquietas al patio durante la noche y antes de irse a la cama le llevó los platos de la comida y el agua.
–Quizá deberías poner unos carteles para encontrar al dueño –sugirió Pete a la mañana siguiente.
Aunque era domingo, Pete iba a estar fuera de casa tres días, en Ann Arbor, trabajando horas extras. Yo le había dado vueltas al asunto durante toda la noche, como si estuviera royendo un juguete masticable, y decidí que la solución no era deshacerme de él; al fin y al cabo, él nunca había tenido escrúpulos a la hora de dejarme sola con mi ira. Mi plan era hacerle pagar por lo que me había hecho.
Cuando salí rumbo al trabajo en el primer día completo del destierro de Roscoe, me miró con esos ojos apasionados que yo conocía tan bien. Mientras me dirigía al coche, Roscoe suspiró y apoyó el hocico moteado entre sus patas moteadas sobre las hojas secas. Cuando volví a casa, saltó de alegría, elevándose en el aire de emoción al verme. Y pronto mi corazón comenzó a ablandarse. Sí, Óscar me había traicionado mucho, pero también me había enseñado mucho, y su mal comportamiento no anulaba la profundidad de su amor por mí. Él y yo habíamos crecido juntos, a fin de cuentas, y de haber seguido vivo probablemente habría dado un giro a su vida y se habría comportado mejor con el tiempo. Saqué la bolsa de premios para perros del cubo de basura de la cocina y le di unos cuantos. Cuando le vertí un poco de agua en el plato, se bebió medio litro. Con todo, llegué a la conclusión de que ceder ahora, cuando por fin tenía la sartén por el mango en nuestra relación, sería un disparate.
Aquella tarde le di de comer y beber, tratando de no revelar mi vacilante resolución mientras lo arropaba con una manta, y después no pude dormir al pensar que estaba allí fuera. Por la mañana observé que se había desarropado y estaba temblando: obviamente quería sufrir para demostrar su amor. Por la forma en que me miró, pude ver que nunca había sentido tanto arrepentimiento por sus acciones como ahora. Yo desconocía lo que había experimentado desde su muerte, pero sin duda estaba pagando un precio muy alto por sus crímenes al tener que volver a mí como un animal indefenso.
Por la tarde estaba lloviendo cuando volví del trabajo. Roscoe estaba temblando bajo el porche, pero se acercó a saludarme y se quedó allí, empapado, hasta que lo desaté y lo invité a entrar. Después de comer y beber en abundancia, me miró con ojos llenos de profunda gratitud.
–Igual puedo darte otra oportunidad –dije–. Pero esta va a ser tu última oportunidad para siempre. Si la desperdicias, se acabó todo entre nosotros. ¿Entendido?
Nunca le había dado un ultimátum con tanta contundencia o al menos nunca lo había hecho con la convicción con que lo hice entonces.
Mientras me preparaba para irme a la cama, oí jaleo en el cuarto de la lavadora, y entonces apareció Roscoe con un ratón muerto entre los dientes. Lo depositó a mis pies.
–La verdad es que estás demostrando tu utilidad, Roscoe.
Le quité el ratón y lo tiré al patio, para los cuervos.
–Ahora pide perdón por todo lo que has hecho mal en todos estos años –le dije al volver.
Gimoteó.
–Pero perdón de verdad, no como antes, cuando solo querías que me callara o acostarte conmigo.
Gimoteó y luego acompañó el gimoteo con un par de aullidos. Cuando me vio empezar a sonreír, se puso a mover la cola. Aquel frenético meneo me indicó que lo sentía en el alma, mucho más que unas simples palabras.
–¿Te acuerdas de todas las veces que te dije que no podías vivir sin mí? Supongo que tampoco podías soportar estar muerto sin mí, ¿verdad?
Le alisé el pelaje de la cabeza y sentí que temblaba de sinceridad y gratitud. Di una palmadita al cojín del sofá para que se sentara a mi lado.
–Sube aquí, grandullón.
El perro saltó al sofá y reposó la cabeza sobre mi vientre. Me miró la cara un rato y luego centró su atención en la televisión. Solo lo aparté cuando sus babas empezaron a calarme el camisón.
Nunca me había gustado dormir sola en la cama grande, así que esa noche llamé al perro para que me acompañara y le recordé nuestros primeros achuchones en la casa del árbol de mi hermano y en la caseta que había detrás de la cochera de los autobuses. Recordé el baile de graduación, donde bailó con una animadora la mayor parte de la noche. Después de repasar lo bueno y lo malo, era innegable la pasión que aún sentía por mi primer amor. Durante meses había soñado con Pete y nuestro bebé, pero ahora quería olvidarme un rato de esos pensamientos.
Necesitaba consejo, pero en mi marido no podía confiar. Pete sabía que Óscar me había traicionado, pero no conocía la profundidad de mi amor por él, ni lo mucho que había llorado su muerte. Y, sobre todo, Pete no sabía que, al hundirnos en la rutina de nuestro matrimonio, yo empezaba a anhelar algo de la vieja exaltación e incertidumbre de mi romance juvenil.
La mañana siguiente, en el trabajo, el reloj de mi escritorio pareció ralentizarse al acercarse a las diez y media. A mi hermana Lydia se le permitía hacer una llamada a esa hora todos los miércoles. Después de un rápido saludo le dije que Óscar había vuelto a por mí.
–¿Para atormentarte, quieres decir, como un fantasma? –dijo. Siempre había interferencias en la línea telefónica de la prisión, como si mi propia hermana fuera un fantasma–. Ojalá pudiera ir a tu casa y echar un hechizo de alejamiento aprovechando que tu Pete está fuera de la ciudad. Porque la otra opción es que vayas a desenterrar el cadáver de Óscar, le tires sal por encima y lo quemes. Pero supongo que no es muy práctico, ¿no?
–No, no quiero un hechizo de alejamiento, Lydia. Es más complicado. No está muerto exactamente –dije.
–Murió en el accidente de la granja. Fui al funeral. Lloraste mientras nos abrazábamos.
–Se cayó de un pajar, pero ha renacido con una nueva forma. Ahora es un perro.
–Siempre fue un perro.
–Esta vez es un perro de verdad. Guau, guau. Y anoche cazó un ratón y me lo trajo para demostrar que ha cambiado su conducta y que quiere ser útil.
–Sarah, esto no me suena nada bien –dijo Lydia–. Llevo preocupada por ti desde ayer. Te hice una tirada de cartas de tarot y me salió una lectura alarmante.
–Creí que te las habían quitado –dije.
–Hice una nueva baraja con papel higiénico. Es solo provisional. Escucha, aparecieron Los Amantes en una posición importante y al revés. Fue anoche, y además salió El Loco. –La carta de Los Amantes no era necesariamente mala, obviamente, pero sugería tentación, elección, la lucha entre el amor sagrado y el profano, y al revés advertía contra una mala elección–. Pero no te preocupes. Le echaré una maldición a Óscar para sacarlo de tu vida para siempre.
–No me estás entendiendo –protesté–. Es posible que como perro sea mucho mejor que como novio. Y creo que está muy arrepentido de cómo me trató. Tendrías que ver su mirada. Está arrepentidísimo. Y es tan mono.
Le conté lo de las patatas fritas.
–¿Y Pete? –preguntó, con voz de alarma.
–No tiene por qué saber nada. Él no cree en estas cosas.
–Me parece, hermanita, que estás a punto de traicionar a tu marido. Más vale que te controles –gritó al teléfono, tan alto que tuve que alejármelo de la oreja. Por lo general, mi hermana era una persona de mentalidad abierta, así que me sorprendió su tono duro–. Tu Pete es una luz que brilla por encima de la chusma. Has encontrado el amor verdadero con un buen hombre, y ahora vas a tener un bebé, así que deja de hablar de Óscar y de ese maldito perro. De hecho, deshazte del perro. Es demasiado peligroso tenerlo cerca.
Me quedé callada, con el teléfono en la mano, preguntándome si habían vuelto a meterle manteca de cerdo en el hojaldre de las empanadas vegetarianas.
–¿Me estás diciendo que no crees que sea Óscar?
–¿Qué ha hecho el perro? ¿Ha gimoteado y te ha mirado con ojos tristes para que le des comida? Es un perro, por el amor de Dios. Es lo que hacen todos los perros.
–¿Estás diciendo que no crees en la reencarnación?
–Estoy diciendo que durante ocho años arruinaste tu vida con ese tipo. Y tu prueba de las patatas fritas es una idiotez –dijo–. Si pudiera salir de aquí, robaría un coche, iría hasta tu casa y te daría dos hostias.
–Bueno, no lo voy a echar a la calle –le dije–. Me necesita y me quiere. Nunca entendiste lo que significábamos el uno para el otro, Óscar y yo.
–Y si de verdad es Óscar, razón de más para mandarlo a la perrera.
–Gracias por tu ayuda. La próxima vez llamaré a la Red de Amigos Videntes.
Colgué antes de decirle que iba a ingresar dinero en su cuenta de la cárcel y que le había comprado un libro sobre cómo mejorar el feng shui de los espacios reducidos.
–Debería haberme imaginado que no lo entendería –le dije a Roscoe sobre mi hermana cuando me escapé del curro, a la hora de comer, para llevarle un premio y sacarlo a pasear–. Siempre hemos sido tú y yo, solos. Nadie más puede ver lo que hace que siempre volvamos el uno al otro. Nadie más entiende nuestro magnetismo animal.
Aquella tarde, me detuve en la carnicería y compré oreja de cerdo. A Óscar siempre le habían gustado las cortezas de cerdo, así que no me extrañó que la oreja fuera un éxito. Después, mientras nos tumbábamos en el sofá, me maravillé de lo mucho que mi antiguo novio había cambiado, sobre todo a mejor. Óscar siempre había sido un hombre de costillas y solomillo, pero Roscoe se comió su pienso y sus galletitas con sabor a ternera y pollo. Con gran alivio, descubrí que también había madurado en sus hábitos televisivos. Óscar solía hacer una mueca de desprecio cada vez que yo veía alguna serie de policías o abogados a las diez de la noche, pero Roscoe parecía contento de verlas conmigo ahora, sin sugerirme que cambiara de canal para ver las noticias o la lucha libre. Por el lado negativo, mientras que Óscar había sido muy meticuloso con el aseo personal, Roscoe no perdía oportunidad de rebuscar en el reciclaje de los vecinos o de hacer rodar los cadáveres de las ardillas atropelladas en nuestra calle. Roscoe también había sacado uno de los calcetines de Pete del cesto y lo había destrozado de tanto masticarlo. Introduje las pruebas en la basura de la cocina y luego, tras reflexionar, saqué la bolsa al contenedor.
Aquella noche empecé a preguntarme qué trato habría hecho Óscar con el universo para regresar a este mundo convertido en mi perro. ¿Habría un conjunto de circunstancias por las que, con un beso o un conjuro, Roscoe volvería a ser Óscar? Mi marido tenía un trabajo peligroso. ¿Y si le pasaba algo mientras instalaba un cable eléctrico en el duodécimo piso de un nuevo edificio de oficinas? ¿Y si se electrocutaba con 20.000 voltios por una subida de tensión excepcional? ¿Sería Óscar capaz de transformarse para consolarme?
Pete regresó a casa el martes por la noche. Cuando se metió en su lado de la cama, vio que Roscoe estaba tumbado en la alfombra, a mi lado, con un aspecto más melancólico que de costumbre, y que yo me inclinaba para acariciarlo.
–¿Ya no hay pulgas? –preguntó Pete.
–Ninguna. Roscoe ha sido un gran consuelo para mí mientras no estabas.
–¿Crees que se pondrá hecho una furia si alguien intenta entrar en casa? No me gusta nada dejarte sola cuando trabajo fuera de la ciudad.
–Me defendería hasta la muerte –dije, aunque me pregunté si Roscoe se distraería de esa tarea por una ardilla, ya fuera una viva que hubiera que perseguir o una muerta que hubiera que hacer rodar con las pezuñas.
La ropa de trabajo de Pete estaba colocada en la silla, a su lado de la cama. El temporizador de la cafetera, programado. Las puertas y ventanas, cerradas y revisadas. Las cuentas, todas pagadas. Vivir con Pete había parecido seguro y sensato todos aquellos meses, pero últimamente la seguridad me hacía sentir un poco inquieta.
–Tal vez no deberíamos castrarlo –dije.
–¿Qué? –Pete apartó la mirada de su libro de Stephen Hawking, Breve historia del tiempo.
–¿Es justo? ¿Y si quiere tener familia? ¿Quién les da a los seres humanos el derecho de imponer su voluntad a otras especies?
Me daba miedo que la castración fuera una de las cosas que Roscoe mantuviera aun después de lograr su transmigración en un ser humano, si es que llegaba a producirse. En dicho escenario, nuestra futura vida juntos se vería empañada por su conocimiento de que yo le había hecho algo tan terrible.
–Sarah, no le estás imponiendo tu voluntad. Lo estás rescatando. Si no fuera por ti, probablemente ya lo habrían atropellado o lo habrían gaseado en la perrera.
Cuando Pete se durmió, invité a Roscoe a subirse a la cama y a la mañana siguiente, temprano, dejé un mensaje a la doctora Wellborn para cancelar la cita quirúrgica del viernes.
El jueves por la mañana, Roscoe gimoteó para salir antes de lo normal, mientras Pete se duchaba. Me arrastré fuera de la cama y, mientras trataba de enderezar la correa, me di cuenta de que Roscoe había masticado una de las botas de trabajo nuevas de Pete. Pete acababa de gastarse cientos de dólares en un par nuevo con el que reemplazar las antiguas, con las que llevaba cinco años. Pensé en la docena de zapatos de cuero que había en el armario de Óscar, lustrosos y elegantes, listos para bailar o ir a cualquier tipo de restaurante. En aquella época ir a restaurantes no era mi prioridad, pero al salir con Óscar me volví más sofisticada –una tenía que vestir con clase para sentirse digna de caminar al lado de un hombre tan bien vestido como Óscar– y ahora echaba un poco de menos mi pasado estiloso. Pensar en aquellos zapatos me recordó lo mucho que Roscoe había perdido en esta nueva vida, me recordó que ahora yo era todo lo que él tenía.
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