Kitabı oku: «Madres, avisad a vuestras hijas»
BONNIE JO CAMPBELL (1962) creció en una pequeña granja de Michigan con su madre y sus cuatro hermanos y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe cómo se castra un cerdo. Cuando se marchó a Chicago a estudiar filosofía, su madre alquiló su habitación. Después se recorrió EE.UU. y Canadá haciendo autoestop. Un día vio en una farola de Phoenix un cartel del célebre circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey y se unió a la caravana vendiendo granizados. Los demás vendedores eran tipos rudos, desdentados, tatuados y llenos de cicatrices. La gente prefería el puesto de Bonnie Jo porque parecía la vecina inocente de la puerta de al lado. Se sacó mucha pasta. Más tarde ascendió los Alpes en bicicleta y organizó viajes de aventura por Rusia, los países bálticos y Europa del Este. En 1992, tras obtener un máster en matemáticas, comenzó a escribir sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan. Es autora de dos novelas y tres colecciones de relatos y ha sido nominada al National Book Award en dos ocasiones. Actualmente reside con su marido y otros animales en las afueras de Kalamazoo. Estudia Kobudō, «el camino antiguo del guerrero», el arte marcial ancestral de Okinawa, y le gusta pasar el rato con sus dos burros: Jack y Don Quijote. En su refugio subterráneo ideal para el fin del mundo habrá arroz, frijoles, frutos secos, hortalizas deshidratadas, agua, una buena reserva de guantes y calcetines (porque es de pies fríos), material para escribir y todo Dickens. Su bar favorito es el Tap Room, donde suele haber peleas. Le gusta estar donde está la vida. La gente de ese bar son los personajes que pueblan sus relatos, su tribu. Aunque conviene señalar que ya no bebe ni se pelea tanto como antes, porque necesita estar despejada por las mañanas para poder escribir.
MADRES, AVISAD
A VUESTRAS HIJAS
MADRES, AVISAD
A VUESTRAS HIJAS
Bonnie Jo Campbell
Traducción Tomás Cobos

Título original:
Mothers, Tell Your Daughters
W. W. Norton & Company, Inc., 2015
Primera edición Dirty Works: Mayo 2021
Segunda edición Dirty Works: Julio 2021
© Bonnie Jo Campbell, 2015
© 2020 de la traducción: Tomás González Cobos
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Tomás González Cobos (esta traducción ganó mucho con la ayuda de Ione Harris, Javier Lucini, Tracy Rucinski y, por supuesto, de BJC. También compartieron sus conocimientos para mejorarla Jonathan Gleave, Pablo González, Melani Horcajuelo, Jaime Narváez y Kim Ruddy). Diseño de cubierta: Nacho Reig Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento» Maquetación y correcciones: Marga Suárez
Mr. Underwood, Fernando Peña, gracias por el «mojo» y las resequillas.
ISBN: 978-84-19288-23-3
Producción del ePub: booqlab
ÍNDICE
Despeinadas
Casa de juegos
Cuéntate
El Mayor Espectáculo del Planeta, 1982: Lo que estaba
Mi perro Roscoe
Madres, avisad a vuestras hijas
El dolor de mi hermana
Una multitud de pecados
A ti, como mujer
Hijas del reino animal
Un lugar cálido
Mi dicha matrimonial
Prueba de sangre, 1999
Hijos de Transilvania, 1983
Desastres naturales
El fruto del papayo
Agradecimientos
Madres, avisad a vuestras hijas es una obra de ficción. Todos los personajes son producto de la imaginación de la autora y todos los escenarios, lugares y situaciones han sido inventados por la autora o se utilizan con fines ficticios. Cualquier semejanza con hechos o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Para Susanna

Ed y yo estábamos enrollándonos a la luz de las velas, en el sofá.
Pammy estaba en mi habitación, con el hermano de Ed; quería estar a oscuras porque tenía muchos granos.
–Antes estuvimos hablando de que sería genial que tu cabeza estuviera en el cuerpo de Pammy –dijo Ed–. Las dos juntas seríais la chica perfecta.
Lo tomé como un cumplido; a diferencia de Pammy, yo era de pecho plano. Ed me besó en la boca, la garganta, la clavícula; presionó su pelvis contra la mía. La luna llena sobre la entrada de casa me recordó el faro de un automóvil o un globo ocular gigante. Tenía la lengua de Ed en la oreja cuando las luces del coche de mamá inundaron el ventanal. Ed se tiró al suelo y silbó para avisar a su hermano, que vino del dormitorio arrastrándose a cuatro patas. Salieron corriendo por la puerta mosquitera, hacia el patio trasero, y saltaron la valla. Pammy y yo nos arreglamos la ropa y repartimos a toda prisa una mano de Rummy a la luz de las velas.
–Chicas, os vais a estropear la vista –dijo mamá, encendiendo la lámpara de mesa.
Cuando mamá fue a cambiarse, Pammy me susurró que había dejado que el hermano de Ed le metiera la mano por debajo de las bragas. Estaba despeinada, así que le alisé el pelo detrás de la oreja.
–Qué pena que no sea en color –dijo Pammy después, cuando estábamos viendo Frankenstein.
Mientras el médico estaba todavía juntando las partes del cuerpo, Pammy se durmió con sus preciosos piececitos en mi regazo. Yo, sin embargo, me quedé despierta y vi que los hombres del pueblo se reunían para matar al monstruo.

Entro en el pequeño patio de la casa de mi hermano y cierro, detrás de mí, la cancela de dos metros de altura. No hace falta que le avise antes de venir ya que paso aquí la mitad de mi vida. Desde que nací, nunca ha transcurrido tanto tiempo –tres semanas– sin ver a Steve, y no estoy exagerando. Espero que no parezca que soy una histérica, porque no lo soy, pero desde su fiesta del solsticio de verano me siento enferma, rara, y en dos ocasiones Steve no me ha devuelto las llamadas. Quizá es que las salchichas que comimos aquel día no estaban bien hechas o estuvieron mucho tiempo al sol y por eso me encuentro débil. Nos peleamos en la fiesta, le dije: «Vete a la mierda», me llevé una botella de tequila junto a las peonías rosas –hasta ahí recuerdo todo– y después me desperté en casa. En concreto, me desperté en la ducha mientras me caía agua fría por encima y JC, mi novio, me gritaba. Por eso, desde esa noche no soporto que JC me toque.
Las relucientes hojas de las enredaderas oscurecen la mayor parte de la valla, y los lechos de gladiolos y lirios están en plena ebullición, desbordándose por las baldosas y pintando con polen color mostaza mis piernas desnudas. En primavera ayudé a Steve a descargar un camión lleno de estiércol de vaca –los vecinos pusieron el grito en el cielo– y todavía puedo olerlo. Al llegar a la esquina de la casa, siento el latigazo de las flores rosadas de un arbusto, que se menean como si estuvieran instaladas sobre muelles. A ambos lados de la puerta hay cestas colgantes repletas de petunias de color violeta oscuro, con un olor que me sobrepasa. Me inclino sobre una fuente de lirios amarillos y vomito. Me planteo volver al coche a limpiarme la boca con un guante de tela marrón que tengo en el asiento de atrás, pero se enciende la luz de seguridad del jardín y a continuación la de la cocina.
–Mira, es Janie –le dice Steve a una niña que lleva en la cadera; y al verlo con su hija de tres años me invade una oleada de bienestar.
–Hola –digo–. Cuánto tiempo sin vernos.
–Tu tía Janie tiene el pelo naranja. Pero... ¿qué te has hecho?
–Hola, Pinky –digo.
En realidad se llama Patricia, pero nadie la llama así. Pinky tiene las mejillas rosadas y el pelo rizado, oscuro como el de Steve, como el mío antes de cometer el error de teñírmelo. No puedo dejar de sonreír al ver a mi hermano con mi sobrina, y caigo en que tendría que haberle traído un regalo, un libro con dibujos o un objeto que brille en la oscuridad.
–Pues que al final he pensado que voy a ir a la universidad. A la facultad de payasos –bromeo, y le sigo al interior.
Me queda fatal el pelo así, ya lo sé, no hace falta que me lo diga nadie.
Pinky parece contenta, como si la llevaran a un sitio al que le gusta ir. Con sus tres añitos, todavía quiere que su papi la lleve en brazos.
–¡Eh, cierra la puerta! Tengo el aire acondicionado encendido –dice Steve–. ¿Naciste en un establo?
–En el mismo que tú, chaval.
La casa, de una sola planta, es tan grande como la de JC, donde vivo desde hace dos años, pero Steve tiene un patio trasero enorme donde hace barbacoas en verano. Todavía huele a lo que sea que haya cenado, seguramente salchichas, y se me revuelve el estómago otra vez; lo mismo me pasa al ver unos platos de cartón llenos de grasa en el cubo de la basura. Me gustaría preguntarle sobre la posibilidad de que algo me sentara mal en la fiesta del solsticio, pero no quiero empezar en plan negativo.
–¿Quieres un vino? –pregunta Steve, y deja en el suelo a Pinky–. Pero, en serio, ¿qué te ha pasado en el pelo?
–Me lo lavé en el río Kalamazoo –digo, y lo sigo hasta la cocina, donde hay un suelo amarillo y blanco que se comprime bajo los pies. Resulta raro si no lo esperas. Justo antes de que naciera Pinky, Steve puso un suelo nuevo de vinilo con relleno acolchado por debajo, para amortiguar las caídas de la niña. Trabaja poniendo suelos, así que conoce todos los materiales especializados.
Acepto un vino blanco en un vaso con un par de cubitos de hielo, con la esperanza de que me asiente el estómago, y rechazo el cigarrillo que Steve se ofrece a liarme. He estado tratando de dejarlo, aunque hoy ya me he fumado tres en el trabajo.
–¿Qué has estado haciendo además de destrozarte el pelo? –pregunta Steve cuando nos sentamos en el sofá.
Delante de nosotros, casi tapando la televisión, hay una enorme casa de juguete de plástico. Esta casa dentro de otra casa ocupa gran parte de la sala y tiene un aspecto resplandeciente, acogedor, con un tejado magenta de pendiente suave sobre unas fachadas amarillas de ventanas perfectas. Debajo de la ventana que tenemos enfrente hay pegatinas de frutas. Odio la sensación de hacinamiento que produce la casa de muñecas, pero no voy a empezar a despotricar tan pronto.
–Era por probar algo diferente –digo.
JC cree que mi pelo es una señal de que estoy perdiendo los papeles. He prometido teñírmelo de negro otra vez, pero los compuestos químicos del tinte me provocaron náuseas la primera vez y aún no estoy lista para volver a olerlo.
–Pues a Pinky no le toques ni un pelo –dice Steve, con un tono jovial, como si no hubiera nada raro entre nosotros.
Quizá no le funciona bien el teléfono. Quizá no es verdad que no haya querido responder a mis llamadas. El vino tiene un sabor agrio. Prefiero los cubatas cuando hace calor, como ahora, o en todo caso los chupitos. Aunque no tantos como la noche de la fiesta.
Steve se sienta de golpe, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La gente siempre dice que Steve y yo tenemos mucha energía. Nuestro padre tiene la misma energía y la emplea arreglando los aparatos electrónicos que ocupan toda su caravana, excepto el catre en el que duerme.
–Por cierto, Janie, tienes que ayudarme con la casa de juguete. Le pedí a la Perra que lo hiciera, pero dice que pasa de estar conmigo cuando tengo herramientas eléctricas. Dice que tengo mucha rabia interior. Le dije: «Pues antes bien que te gustaba mi rabia interior, Perra».
La Perra es la madre de Pinky, que todavía viene a ver a Pinky a veces, aunque perdió sus derechos de custodia cuando la condenaron por cocinar metanfetamina.
–¿No vas a sacar la casa al jardín?
–Hoy ha hecho casi cuarenta grados. La niña se pone a jugar sin enterarse y se abrasa. Ya la sacaré por la puerta corredera cuando baje la temperatura.
Asiente en dirección a la puerta corredera de cristal, como si él y la puerta tuvieran un acuerdo.
–¡Mi casa de juegos! –dice Pinky.
–Así es como llaman a la casa de juguete de la guardería. –Steve se vuelve hacia Pinky y habla con un soniquete infantil–. Te diviertes mucho en la casa de juegos, ¿a que sí?
Pinky flexiona las rodillas y balancea los brazos de manera ostentosa, da un salto de apenas dos centímetros y sale corriendo hacia la casa de juguete, abriendo las puertecitas de estilo cantina del Oeste. Desaparece en el interior. Me cuesta pensar que alguna vez yo también fui igual de pequeña y llena de vitalidad.
–Parece que es todo de plástico. ¿Para qué necesitas herramientas eléctricas?
–La niña le dio un golpe con la escoba y se cayó el techo. Será algún defecto de fábrica. No me apetece que se le caiga el techo encima a mi hija –dice.
Pinky sale de la casa de juguete y se sienta a mi lado en el sofá. Le paso el brazo alrededor y me pregunto si realmente se dejaría abrasar al sol por un rato de diversión. Tiene suerte de tener un padre que la proteja. Cuando Steve sale de la habitación para buscar el taladro inalámbrico, me sorprendo a mí misma exhalando una bocanada larga. Steve vuelve, abre la mano y me enseña cuatro tornillos galvanizados de siete centímetros. Le tiembla la mano igual que a mí.
Vacío el vaso y lo pongo en un estante que hay detrás del televisor. En la fiesta, vi a Pinky bebiendo de vasos que la gente había dejado en la mesa de café. No es normal que a una niña de esa edad le guste el sabor de los cubatas aguados, la cerveza sin gas o el vino. Mi discusión con Steve empezó cuando se lo mencioné.
–Sujeta aquí –dice Steve, y señala el borde del techo hueco antes de arrastrarse dentro de la casa a cuatro patas.
Ver a su padre, que mide más de 1,80, agachado en la casa de juguete hace reír a Pinky, que mete la mano por la ventana y le da golpecitos en la cabeza. Él no se inmuta, concentrado en apuntar con el taladro. Se retuerce para colocarse bocarriba y Pinky salta a un lado cuando se activa el taladro, cubriéndose los oídos por el ruido chirriante. Fija el techo con facilidad mientras yo empujo ligeramente hacia abajo con el antebrazo. Después del segundo tornillo, me desplazo al otro lado, donde hay una pegatina que dice «Gasolina», con un surtidor de gasolina encima –un tubo brillante con una boquilla de plástico en el extremo–.
En la televisión hay un reportaje sobre el Impuesto Justo. He oído hablar antes del tema y siempre me he preguntado si realmente es «justo», así que me apoyo en el techo y miro la pantalla, pero con el chirrido del taladro no puedo entender lo que están diciendo. Cuando llega el momento del cuarto tornillo, Steve dice:
–Aprieta fuerte ahora. Es aquí donde se ha descolocado.
Enciende el taladro, empujo más fuerte con el antebrazo contra el techo y, de repente, siento algo más que presión. Algo va mal; el tornillo me alcanza, me atraviesa la piel, y el rugido del taladro vibra a través de mi brazo y mi hombro. Cuando intento apartarme, siento un desgarro.
–Steve, ¿puedes sacar el tornillo, por favor? –digo con la voz entrecortada, como un robot, tratando de conservar la calma para no alarmar a Pinky, aunque el corazón me late con fuerza y todo mi cuerpo rezuma sudor.
–¿He traspasado el techo?
–Sí. Sácalo.
Empujo con el brazo contra el techo de plástico, tratando de no tirar del tornillo.
–Eso del Impuesto Justo es una gilipollez –dice Steve, súbitamente enfadado, negando con la cabeza en dirección al televisor, aunque no alcanza a ver toda la pantalla desde dentro de la casita.
–Sí, pero ¿podrías sacar el tornillo? Ah... Rápido, por favor.
Cuando Steve vuelve a conectar el taladro, siento una sacudida, y por un instante el tornillo se adentra más y quizá llega a tocar el hueso.
–Perdona –dice.
Invierte la dirección y lo hace retroceder.
–Mierda –susurro, mientras intento recuperar el aliento.
Me apoyo en la pared y presiono con fuerza la herida para detener el sangrado, pero no me atrevo a mirar.
–Joder, ahora sobresale. –El taladro vuelve a rechinar y perforar–. Qué raro que haya atravesado el tejado.
Toca el exterior a través de la ventana, encima del surtidor de gasolina, y pasa los dedos por el techo hasta que siente el agujero que ha hecho el tornillo. Al dejar de presionar con el brazo, el tornillo ya no sobresale. Ver su brazo salir por la ventana me hace pensar en Alicia en el País de las Maravillas, cuando su cuerpo se vuelve demasiado grande para la casa después de comerse un trozo de pastel.
–¿Has visto el precio de la gasolina aquí? Dos dólares por cuatro litros. Eso sí que eran buenos tiempos.
Steve empuja el techo desde abajo para asegurarse de que no se va a caer. Después de guardar el taladro en su caja y salir a gatas de la casita, repara en mis aspavientos.
–¿Qué pasa? –pregunta–. No te habrá entrado el tornillo, ¿no?
–Sí.
–A ver...
Me aprieto el brazo con más fuerza.
–Ven que lo vea –dice, y da una palmada en el sofá.
Al sentarme a su lado, me toma del brazo y achica los ojos para mirar la herida.
–Parece que es superficial.
–¿En serio? ¿Crees que no hace falta ir a urgencias?
–Si vas a urgencias, vas a tardar años en pagar la factura. Lo sabes, ¿no? ¿Te duele?
–No. Pero fue una sensación muy rara.
–Yo creo que está bien. Míralo tú misma. ¿Crees que se ha roto algo más que la piel?
–Eso pensé.
Miro. El caso es que no está sangrando nada. La herida no parece gran cosa, solo una manchita roja. Como siempre, la tranquilidad de Steve me calma más que mis propios pensamientos.
–Lo que está claro es que no puedo llevarte, eso seguro. Si voy en coche con Pinky después de haber bebido, sería un delito doble por ponerla en peligro. Pero, vamos, a mí me parece que no es nada.
–Igual tienes razón –digo, mirando otra vez la mancha roja.
–Acabo de ver un reportaje sobre los servicios de urgencias –dice, con gesto de desaprobación–. Seguramente sea el mayor problema de la atención médica en este país, la gente que va a urgencias como si fuera el médico de cabecera. De media le cuesta a cada contribuyente más que un mes de alquiler, solo por presentarse en la recepción, sin contar las pruebas.
A ambos nos gusta reírnos de este mundo, pero Steve es capaz de pasar de las bromas a sus opiniones reales y luego defenderlas a capa y espada, mientras que yo me encuentro más cómoda dando la razón para evitar discusiones.
–Yo no tengo médico de cabecera –digo–. Solo la clínica de ginecología.
–¡Mi nueva casa de juegos! –proclama Pinky.
Se ha metido dentro otra vez, asomándose entre las persianas, apoyando los codos en el alféizar de la ventana que hay encima de las fotos de naranjas, manzanas y plátanos, como si fuera una regordeta comerciante en miniatura de los viejos tiempos. En una mano aprieta un conejo de peluche con un lazo rosa alrededor del cuello. Se lo regalé por su cumpleaños, en abril, y siento una gratitud absurda por el hecho de que le guste.
–Qué mona está así, asomada a la ventana –digo.
Pinky saluda y los dos le devolvemos el saludo.
–¿Te acuerdas de nuestra casita de juguete? –pregunto cuando me vuelvo a acomodar en el sofá con un segundo vaso de vino.
–Esa sí que era chula –dice Steve–. Pero aún no sé cómo cocinaban los indios dentro de los tipis sin ahumarse.
El verano en que él tenía catorce años y yo once, dormíamos dentro de aquella casa para poder fumar tabaco y marihuana. En octubre, sin embargo, intentamos hacer una hoguera dentro y la quemamos. Había un vecino mayor, un amigo de Steve, que vendía marihuana y solía pasar allí el rato con nosotros. Una vez, cuando Steve no estaba, el tipo se me subió encima y me inmovilizó sobre la vieja alfombra. Él llevaba pantalones cortos, así que pude meter la mano por debajo y darle un pellizco en las pelotas, y seguí retorciendo hasta que aulló de dolor y me soltó. Ahora no parece gran cosa, pero estuve varios días asustada, temblorosa, y a partir de ese momento nunca más entré en la casita sin Steve. A Steve le pareció la monda que yo le retorciera las pelotas y unos meses después, cuando el chico dejó de venir, yo también empecé a verle la gracia.
Pinky saluda de nuevo por la ventana de la casa de juguete y el movimiento de su mano me hace llorar sin razón, así que le pregunto a mi hermano sobre el Impuesto Justo. Siempre ha estado al día en temas de política y le gusta criticar a los conservadores. Estoy segura de que comparto sus ideas, pero no se me da bien explicarlas, sobre todo cuando hablo con JC, que odia tanto a los demócratas como a los republicanos.
–Es una mierda de impuesto al consumo que se han inventado los republicanos para acabar con todos los demás impuestos –dice Steve–. Si fuera por esos cabrones, no habría impuestos, ni leyes laborales, ni sindicatos, ni agencia medioambiental. Ahora me preocupa el tema de la ecología, por Pinky.
Está algo alterado, pero cuando mira la casa de juguete y saluda a Pinky, la alteración desaparece.
–Tiene más pelo que cuando la vi hace tres semanas –digo–. Esos rizos morenos son la bomba.
–A los desconocidos les encantan –dice Steve.
Tiene un tobillo sobre la rodilla y flexiona el pie contra el suelo alfombrado.
–En el supermercado, la gente me dice que tiene un pelo precioso. Y en la consulta del médico. No veas qué trabajo cepillar una cabeza así. He tenido que aprender a ponerle pasadores. Joder, hasta estoy aprendiendo a hacer trenzas. No es que sean cosas de hombres, precisamente.
Deja de tamborilear con los dedos y enciende un cigarrillo. Cuando me lo ofrece, acepto, y él se enrolla otro. Tiene abierta la ventana detrás de él, pero aun así flota un humo azul en el aire. Me fijo en que Steve ha perdido mucho pelo –moreno y ondulado–, aunque solo tiene veintiséis años. ¿Será algo de las tres últimas semanas?
–¿Qué tal en el Smart Mart? –pregunta.
–Una mierda como una casa, igual que siempre. Esta mañana vino un tío con un calcetín sudado lleno de monedas, con una pinta asquerosa. Se puso a contar tres dólares en el mostrador y detrás de él se montó una cola impresionante, así que hice rápidamente un cartel que decía: «No se aceptan monedas sudorosas». En ese momento entró Matt, me tiró el cartel a la cara y me dijo que tenía que limpiar el baño antes de irme.
–¿Y por qué no te sacas el GED1 de una vez? Así tendrías un trabajo mejor.
Cuando Steve dice eso, me duele un poco más el brazo. Termino el vino y voy al baño a mirarme en el espejo. La herida sigue siendo solo una mancha roja, ahora con un pegote de pelusa del sofá. Tal vez esté un poco hinchado. Meo, tiro de la cadena y salgo con la idea de pedirle a Steve que mire el brazo más de cerca.
Cuando vuelvo, Pinky está apoyada en la mesa baja, con el vaso de vino en la mano, de modo que parece una borrachina regordeta. Levanta el vaso hacia sus labios, pero le agarro la mano y le separo los dedos uno a uno.
–Gracias por venir –dice Steve, tiene los ojos acuosos, como si estuviera a punto de llorar. Se le arruga la frente–. Quería pedirte perdón por lo de la fiesta, cuando te llamé «puta imbécil». Sé que odias que te diga eso.
Mira a Pinky, que abre las puertas de la casa y las cierra cuidadosamente después de salir.
–Creo que estaba demasiado colocado y además la Perra andaba por aquí –dice Steve–. Estuvimos discutiendo y yo estaba tomando unos antidepresivos que me dejan hecho una mierda. La buena noticia es que he dejado de tomarlos.
–No te pongas a lloriquear como un bebé, joder –digo, pero entonces me echo a llorar, aliviada, y cuando ya he arrancado me cuesta parar debido al dolor de la herida, mucho más intenso ahora.
Me muevo en el sofá y rodeo a mi hermano mayor con un brazo. No voy a preguntarle por qué no me devolvió las llamadas; vamos a reconciliarnos sin mirar atrás.
–Supongo que es algo que no me incumbe –digo–. Lo que dije. No debería haberlo dicho.
–¿El qué? No sé si me acuerdo de lo que dijiste.
–Que Pinky estaba bebiendo de los vasos de la mesa. Me preocupé.
–Ahora me acuerdo. Dijiste que yo era un mal padre.
–No dije eso, ¿no? –Retiro el brazo–. Yo no diría eso. Eres un buen padre.
–¿Y qué sabrás tú de ser padre? –Sacude la cabeza como si estuviera enfadado otra vez–. Ahora me acuerdo.
–No lo dije en serio. Es que estaba preocupada.
–En teoría la Perra se iba a llevar a Pinky esa noche, pero decidió quedarse de fiesta. –Levanta la voz a medida que habla–. Te habría pedido que te encargaras de la niña, pero ya estabas demasiado borracha. Y la verdad es que no ayudó mucho la chuza que llevabas delante de Pinky, porque se te fue la olla. No me gusta que vea esas historias.
–¿Qué historias? Ella sabe que la gente bebe –digo.
–¿Te acuerdas de haber llegado a casa esa noche? Roger estaba muy preocupado, me dijo que te caíste de boca justo en la puerta.
–JC se cabreó conmigo. De eso no hay duda. Ya estábamos peleados y me encuentra tirada en la puerta de casa a las tres de la mañana.
Me recuesto en el sofá. Según JC, alguien llamó al timbre y cuando salió yo estaba desmayada, sola, con vómito en la camisa.
–Siento decirlo, Janie, pero JC es un capullo. Te mangonea como si fueras uno de sus hijos. Y además es miembro del Tea Party o algo así, ¿no?
–No conoces bien a JC. Es buena gente. Lo único...
–Es un capullo, Janie. Todos los hombres son unos capullos –dice Steve–. Hazme caso, yo soy uno de ellos.
–Ahora está enfadado conmigo porque no quiero follar con él.
–¿Y por qué no quieres follar con él? En la fiesta no tenías tantos remilgos.
–No sé. No quiero, sin más.
No tengo ninguna intención de contarle a Steve que JC y yo solemos hacer el amor conforme a una agenda establecida: dos veces a la semana, los viernes por la noche y los domingos por la mañana. Steve pensaría que soy una marciana, pero a mí me gusta saber lo que va a pasar con antelación. Sin embargo, desde la fiesta, solo pensar en sexo me da náuseas.
–De todas maneras, ¿cuántos años tiene ahora? ¿Cuarenta? –pregunta Steve.
–Treinta y ocho.
–Es demasiado viejo para ti. Tienes que estar con alguien de tu edad. Con uno de los que te tiraste en mi fiesta. Roger es majo. Tiene un buen curro.
–¿Qué quieres decir con «los que te tiraste»? –pregunto.
A través de la ventana de la casa de juguete puedo ver a Pinky hablando con el conejo de peluche sobre algún asunto serio. Cuando me ve mirando, cierra las contraventanas.
–Lo que he dicho. Los que te tiraste –dice Steve en voz baja. Tiene la mirada clavada en la televisión, pero está midiendo las palabras con mucho cuidado.
–No me tiré a nadie en tu fiesta. Sabes que no soy así.
–Antes no. –Steve sacude la cabeza, aunque ahora mira más atentamente a la televisión y agita una pierna de manera compulsiva–. ¿En serio no te acuerdas de lo que pasó con Roger? ¿Y con ese amigo suyo, Mickey?
–¿De qué me hablas?
–Estabas tirada, cascándote la botella de tequila junto a las peonías, y a ellos se les había acabado el alcohol, así que les dije que bajaran a incordiarte.
–Espero que a los cabrones no se les ocurriera quitarme el tequila –digo, forzando una risa.
Recuerdo las peonías cerca de mi cara. Ya no eran bonitas y estaban esparcidas por la hierba, como si los tallos, cansados, ya no pudieran sostener las enormes flores rotas. También recuerdo la pata astillada de la mesa de pícnic, con la pintura descascarillada. Ahora que lo dice Steve, recuerdo que alguien me arrebató la botella de tequila de la mano, aunque yo la sostenía con fuerza.
–Ese tío, Mickey, sacó unas fotos con el teléfono –dice Steve–. No te preocupes, cuando vi que se las enseñaba a Roger, le quité el teléfono y las borré todas.
–¿Fotos? ¿Qué fotos?
–No son las típicas cosas que le gustaría ver a un hermano.
–¿Y dices que Roger me llevó a casa? ¿Por qué no me llevaste tú?
–Yo no podía llevarte porque estaba aquí Pinky. Además, Roger no estaba tan borracho como yo.
–Ni siquiera tiene carné de conducir, ¿no? –digo yo–. Me estás tomando el pelo, ¿verdad? Déjate de bromas, Steve.
Me levanto, me lío un cigarrillo torcido y me vuelvo a sentar.
–No me he encontrado muy bien últimamente. A lo mejor comimos carne pasada o algo así aquel día.
–Algo de carne sí que pillaste, sí. Mickey se enfadó cuando borré las fotos, pero pensé que no te gustaría que llegaran a manos de JC –dice, y mira para asegurarse de que Pinky no está escuchando antes de añadir–: Y a nadie le gusta ver a su hermana con la polla de un tío en la cara.
–Sería otra tía.
Miro al exterior de la puerta corredera de cristal y solo alcanzo a ver el patio, pero sé que las peonías están solo unos 30 metros más allá. Cualquiera me habría visto allí tirada.
–Eras tú. En la primera foto salía Roger lamiendo el tatuaje del Demonio de Tasmania que tienes en la teta. No hay duda.
Siento una corriente eléctrica en el pecho izquierdo. Steve se levanta, mete algo en el reproductor de vídeo para Pinky y le dice que falta media hora para acostarse; Pinky se acurruca en su diminuto sillón, igual que el de un anciano pero en miniatura y de color rosa. De repente, irrumpen unos osos de dibujos animados en la pantalla.
–Joder –digo en voz baja. No puedo dejar de negar con la cabeza–. No es posible que yo hiciera eso.
–No te tortures. Estabas borracha. Estabas a malas con JC. Te estabas relajando, divirtiéndote.
–¿Pero no dijiste que me quedé dormida fuera?
–Supongo que te despertaste cuando la cosa se puso interesante.
–¿Estás diciendo que me quité la camisa con un desconocido?
–Roger no es un desconocido. Lo has visto muchas veces por aquí. Es un tío legal.
Siempre me ha dado vergüenza desnudarme delante de JC y nunca hago el amor con él si no me he duchado y lavado los dientes.