Kitabı oku: «Nuestra asignatura pendiente», sayfa 4

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Martes, 7 de agosto de 2018
Faltaba poco para las ocho cuando a Emily le empezó a sonar el móvil con Photograph de Ed Sheeran. Con reticencia, quitó la vista de la pantalla del portátil, donde tenía varias pestañas abiertas en el navegador, y miró la de su teléfono, el cual tenía sobre el escritorio, al alcance de la mano. Respiró hondo al ver que la llamaba Kyle. Dejó que la canción siguiera sonando unos segundos, sin saber qué hacer. Mientras tanto, su cabeza empezó a transformarse en un torbellino. Para cortar de raíz tantas dudas e interrogantes, y para aflojar el nudo que se le había formado en el estómago, impostó la voz y descolgó.
—Hola —saludó con sequedad, producto de los nervios.
—Hola, Milly —respondió él. Tras una pausa, añadió—: Soy Kyle.
—Sí, lo sé —se produjo una nueva pausa—, me ha aparecido tu nombre en la pantalla.
—¡Ah, claro! Como te apuntaste el número en un papel, no sabía si habías llegado a agregarme a contactos.
—Lo hice el sábado, al llegar a casa —le confesó ella.
A ambos les costaba comportarse de manera natural, estaban tensos y la conversación era muy forzada. Emily se levantó y caminó hacia la ventana de su estudio. Miró fuera; las vistas del parque Primrose Hill solían devolverle la paz interior cuando algo la inquietaba o la alejaba de su eje. En ese momento, necesitaba relajarse más que nunca. Paseó la mirada sobre las colinas y las múltiples farolas que había desperdigadas por todo el terreno.
—¿Y cómo me guardaste? ¿Como «el demente»? ¿«El espía»? —Kyle recurrió al humor para distender el ánimo. Esta táctica podría haber salido muy mal, pero era un riesgo que estaba dispuesto a correr. Al oírlo, Emily dio un respingo porque no esperaba ese comentario. Antes de acabar la pregunta, ya sabía que lo había conseguido. Milly se rio al otro lado de la línea.
—Te he guardado como Kyle, ya está —aseveró ella, todavía con una sonrisa dibujada en los labios. Echó un último vistazo al parque antes de volver a su escritorio y sentarse donde había estado antes. Distraída, jugueteó con el recipiente de vidrio en el que una vela con aroma a fresias ardía despacio; pasó el dedo varias veces por el borde hasta que percibió el suave calor en la piel.
Mientras tanto, sentado sobre la hierba, Kyle se apoyó en el muro del jardín. Había salido para evitar que Bethany lo oyera. Después de cenar, su hija se había ido corriendo a su habitación para continuar con la lectura de una de las novelas de Miranda, así que él había aprovechado para llamarla.
—Espero no haber interrumpido nada importante… Sé que es tarde, pero, bueno, dime si quieres que llame a otra hora si estás ocupada o a punto de irte a dormir.
—La hora no es un problema, no te preocupes. Muchas veces me quedo trabajando hasta tarde, así que para mí incluso es pronto. Cuando llega la inspiración, me pongo a escribir y la hora se me pasa volando —contó. Sujetó el móvil con la mano izquierda y, con la derecha, cogió un lápiz y, de manera inconsciente, empezó a garabatear figuras circulares en el bloc de notas—. Ya sabes… es como si el tiempo no existiera, ¡pero vaya si existe! Cuando «vuelvo al presente», miro la hora pensando que solo han pasado unos minutos, pero me doy cuenta de que llevo horas inmersa en otra realidad. Es fascinante, ¿no crees?
—Lo es, y no sabes cuánto te comprendo. Me pasa lo mismo cuando me pongo delante de una antigüedad, cuando la observo e intento averiguar de dónde viene, dónde estuvo, por qué manos pasó… qué le provocó esa abolladura o ese rasguño, qué eventualidad pudo haber hecho que se le cascara el esmalte. Después, ya en una segunda etapa, desentraño esos misterios a través de la investigación, que me ayudan a reproducir la «vida» de ese objeto. Así que, igual que tú, puedo pasarme horas enteras realizando una misma tarea.
—Esto solo pasa cuando algo nos apasiona de verdad. Me alegra saber que, aunque no pudiste estudiar lo que querías, hayas encontrado la pasión en lo que haces —manifestó mientras seguía trazando garabatos: ahora el bloc de notas estaba lleno de flores unidas con trazos curvos, e incluso algunas rosas con las espinas marcadas.
—No te negaré que, al principio, renegué bastante de este oficio. Con dieciocho años, que apenas había acabado el instituto, me molestaba estar entre «trastos viejos». Es como llamaba a las antigüedades cada vez que discutía con mi padre —aclaró con una sonrisa nostálgica.
—Es completamente normal, Kyle. Seguro que estabas frustrado.
—¡Y que lo digas! Siempre quise tener un trabajo actual y moderno, y, en cambio, acabé encerrado entre cuatro paredes, rodeado de objetos que me producían rechazo. ¡Hasta el olor me resultaba insoportable!
—Aunque eso cambió, ¿no es así?
—¡Y que lo digas! —repitió para enfatizar cuánto había cambiado su percepción.
—¿Y qué hizo que pasaras a mirarlo con otros ojos? —quiso saber ella. Se reclinó en la silla de escritorio y mordisqueó el lápiz. Su mente de escritora nunca desperdiciaba una buena oportunidad para recabar datos que podría acabar utilizando en algún personaje o historia. Kyle se rio al otro lado, le encantaba su risa.
—Crecí. Maduré.
—Buen argumento —acotó ella.
—En primer lugar, comprendí y acepté que todo era una consecuencia directa de mis actos. Me lo había buscado yo solito, no podía culpar a nadie más. Con la aceptación, también llegó la resignación. De nada servía que siguiera lamentándome, como me hizo ver mi padre en una de nuestras discusiones. De esa manera, nunca avanzaría, y no podía olvidar que estaba a punto de ser padre. Era hora de madurar y pensar en el bebé. Mis sueños ya no importaban.
—Imagino que un hijo lo cambia todo.
—Un hijo se convierte en el centro de tu mundo. Lo descubrí el día que vi a Bethany por primera vez. Era tan pequeña… las enfermeras decían que era enorme porque pesó tres kilos y medio; pero yo la veía tan pequeña, tan indefensa. Y cuando su madre la abandonó a los pocos meses, solo me tenía a mí … dependía de mí para sobrevivir. Al principio entré en pánico. Me daba miedo no estar a la altura, no tenía ni idea de cómo ser padre —le confesó. Nunca se había abierto de esa manera con nadie, así que sintió cierto alivio al hacerlo.
—Dicen que nacemos con ese instinto, ¿no? Quizá no sepamos nada, pero la naturaleza nos guía. Imagino que eso ayudó a que lo hicieras bien. Además, por cómo hablas de ella, cualquiera puede ver que la quieres con locura —acotó Emily. Aunque pudiera resultar extraño, la conversación no la hacía sentir incómoda. No sentía celos de Bethany, aunque su concepción había sido el motivo de su ruptura. Sentía que ya habían superado la etapa de los reproches y que ahora resultaba más enriquecedor descubrir hacia dónde les había llevado la vida. El amor que Kyle sentía por su hija la conmovía.
—Al final, el anticuario se convirtió en una bendición, ya que me permitía trabajar sin descuidar a la niña. Mi padre me enseñó el oficio, a estudiar e investigar al respecto, y cuando quise darme cuenta, me encantaba lo que hacía, me apasionaba.
—¿Ya no sentías que estabas entre trastos viejos? —bromeó ella. Se notaba que ambos sonreían.
—No, ya no. Me parecía estar inmerso en un mundo mágico, plagado de ricas historias por desentrañar —respiró hondo—. Encontrar un objeto, restaurarlo, devolverle el esplendor sin que pierda la esencia, su alma. Y, después, saber a quién vendérselo: museos, coleccionistas… es toda una aventura. Supongo que te pasa lo mismo cuando escribes una novela, ¿no? —dedujo.
—Ni más ni menos. Escribir una novela también es una gran aventura: es idear o reflejar un mundo que ya existe, y requiere llevar a cabo una gran investigación si quieres que el resultado sea creíble. Es componer cada personaje delineando sus características no solo físicas, también psicológicas, emocionales, su entorno, tiempo y lugar en el que transcurre la acción; y todo eso debe ser coherente. Es plantear una trama y, a partir de ella, crear una vida a esos seres que, para el escritor, son tan reales que puede llegar a producir escalofríos. Porque, mientras dure el proceso de escritura, convives con ellos, te involucras, los tienes en la cabeza, comparten contigo sus vivencias, sus diálogos, sus triunfos y fracasos. Te hacen enfadar o reír, te enamoran, te hacen sufrir… sientes todas y cada una de sus emociones. Eres parte de ellos y ellos son parte de ti. Puede que la vida del escritor no se refleje en la trama; pero es como si lo fuera. O, mejor dicho, durante ese tiempo, lo es. ¿Te das cuenta por qué digo que resulta escalofriante y al mismo tiempo maravilloso? Es de esas experiencias que no pueden llegar a explicarse con palabras… —sonrió—. ¡Y mira que me dedico a esto!
—Lo has hecho muy bien, Milly. Mientras hablabas, he cerrado los ojos y he sido capaz de ver cómo vives el proceso. Tienes un don, siempre lo has tenido. Inspiras —expresó, aunque no le dijo que había inspirado a su hija a ir en busca de sus raíces maternas.
—Gracias, Kyle —susurró ella. Aspiraba a transmitir todo eso a los demás, y aunque no estaba segura de lograrlo siempre, pese a esforzarse al máximo para conseguirlo, él le acababa de decir que lo hacía. Sus palabras le habían acariciado el alma y solo pudo quedarse en silencio, disfrutando.
—Acabo de ver una estrella fugaz —mencionó Kyle con frescura.
—¿Estás fuera?
—En el jardín. Se está muy bien.
—¿Y has pedido un deseo? —le preguntó mientras dibujaba estrellas fugaces, aunque la hoja ya estaba llena de garabatos.
Kyle cerró los ojos durante un segundo. Habían tenido una conversación parecida hacía muchos años, cuando un anochecer de abril los había encontrado en ese mismo jardín, tirados sobre el césped, mirando el cielo, con los dedos entrelazados y hablando de cualquier cosa. Había pedido un deseo, se había apoyado en un brazo e inclinado sobre ella para hacer realidad su deseo, que había coincidido con el de Milly.
—Sí, lo he pedido —confirmó. Después de un breve silencio, formuló una pregunta—. ¿Qué tono de llamadas tienes?
—¿Qué tono tengo? —inquirió Milly entre risas—. ¿Y eso a qué viene?
—Es mi deseo.
Emily volvió a reírse.
—¿Saber cómo suena mi teléfono?
—Conocerte. Volver a conocerte —aclaró Kyle—. Cuando nos reencontramos, dijiste que ya no éramos los mismos, y tienes razón. Hace dieciséis años odiaba el anticuario, pero ahora me apasiona. Antes lo sabíamos todo el uno del otro. Quiero eso… que volvamos a descubrirnos.
—Photograph —susurró Emily, y a Kyle le empezó a latir el corazón a mil por hora. Con esa respuesta, Milly había dado a entender que no rechazaba sus intenciones; al menos, las de volver a conocerse.
—De Ed Sheeran —completó él.
—Sí, me gusta mucho. Es uno de mis artistas preferidos —manifestó, y en ese momento tomó la decisión de dejar esa canción solo para Kyle, así sabría, sin necesidad de mirar la pantalla, que él era quien la llamaba—. ¿Y tú, qué tono de llamadas tienes?
—Paint it black.
—¡No me extraña! Era tu favorita de los Rolling Stones.
—¡Sigue siéndolo! Aún lo recuerdas…
—Claro que sí. Que no acabásemos de la mejor manera no significa que fuera a olvidar todo lo que compartimos durante... ¿cuánto? ¿Doce años? ¿Trece?
—Catorce. Desde parvulario. Y tienes razón, yo tampoco he olvidado nada.
—Ahora me toca preguntar a mí —clamó Emily, buscando desviarse de un tema de conversación que podía dejarlos demasiado expuestos a los dos—. Estos últimos años, ¿qué ha sido lo más loco que has hecho?
—Mmm… —Kyle se rio mientras le daba vueltas. Presentarse en la librería para verla y pedirle que retomaran el contacto después de dieciséis años había sido una de sus mayores locuras, pero prefirió no decirlo en voz alta—. Disfrazarme para interpretar el papel de León Cobarde de El Mago de Oz en una obra cuando Bethany tenía cinco años. También la llevé a un concierto de su grupo favorito, Imagine Dragons, cuando cumplió quince… no es que fuese una locura, pero fue divertido y diferente. Como ves, las cosas más locas, o esas que nunca creí que sería capaz de hacer, fueron por ella. ¿Y tú?
—Volar en parapente.
—¿¡Volar en parapente!? —Kyle tuvo que reprimirse para no gritar, aunque se inclinó hacia delante—. ¡No, no puede ser! ¡No me lo creo, Milly!
—¡Créetelo, te juro que es verdad! —clamó ella, entre risas. Desvió la mirada hacia una de las fotografías que decoraban la pared de su estudio y que certificaba sus palabras. La había sacado el instructor de parapente cuando se encontraban en pleno vuelo; se la veía asustada, pero tenía una sonrisa de oreja a oreja—. Fue hace años —decidió contárselo—. La protagonista de la novela que estaba escribiendo tenía que volar en uno y decidí hacerlo yo para saber qué se sentía.
—¡Pero si tienes miedo a las alturas! O, al menos, lo tenías… ¡Cuando fuimos a la inauguración del London Eye te negaste a subir!
—Es verdad. Para volar en parapente tuve que enfrentarme a mi mayor miedo, y te aseguro que no fue fácil. Pero tenía tanta determinación, tantas ansias de conseguirlo, que asumí el desafío y llegué hasta el final. Y la sensación de libertad cuando por fin me animé a abrir los ojos fue increíble. Esa experiencia y, por supuesto, la ayuda psicológica previa y posterior que recibí, me ayudaron a superar mi acrofobia. De hecho, aunque te parezca increíble, ahora disfruto de las alturas, aunque no te negaré que, en algunas ocasiones, siguen provocándome un nudo en el estómago… pero ya no me parecen tan terribles ni mortales. La vida también es eso, ¿no? Asumir riesgos, desafíos, enfrentarse a los miedos y superarlos. Avanzar, nunca quedarse parado —reflexionó.
—Es muy admirable, Milly. Me siento un poco tonto por haber contado «mis locuras» —entonó las últimas palabras como si las hubiese entrecomillado.
—Todo lo contrario. Hemos tenido motores distintos, pero igual de importantes. Debes sentirte orgulloso de las cosas que has hecho por tu hija, sobre todo porque te ha movido tu amor como padre. ¿Puede haber algo más maravilloso que eso? Te aseguro que, para Bethany, eres un héroe.
—¿Realmente lo crees? No es que quiera que me vea como un héroe, ni siquiera me lo he planteado, solo me conformo con saber que estoy haciendo las cosas bien. A veces tengo tantas dudas…
—No tengo experiencia al respecto, pero me imagino que todos los padres tienen esas inquietudes. Pero no te preocupes, Kyle, intuyo que lo estás haciendo bien.
—Eso espero…
—¿Te das cuenta de que ha pasado casi una hora? —señaló después de echar un vistazo al reloj de pared, en el que destacaban tres mariposas azul índigo en pleno vuelo sobre un fondo de flores en tonos pastel.
Él no respondió de inmediato, solo curvó los labios en una sonrisa. Se sentía satisfecho porque había vislumbrado esa conexión que tenían antaño, cuando eran capaces de hablar durante horas y no paraban de hilar temas e irse por las ramas, solo para tomar un nuevo hilo. No sería tan iluso como para suponer que ya habían superado todas las barreras, claro que no; pero sí representaba un avance, un escalón más, un pequeño logro.
—Creo que ha llegado el momento de dejarte dormir —reconoció él. Antes de despedirse, le preguntó—: ¿Puedo volver a llamarte un día de estos?
Emily se mordió el labio inferior y cerró los ojos mientras respondía:
—Puedes.

7
Jueves, 9 de agosto de 2018
Sentada en el borde de la cama perfectamente hecha, sobre una colcha de mariposas, Emily volvió a repasar la documentación, el billete de avión y el itinerario de viaje. La maleta y el bolso de mano, preparados para lo que la esperaba, estaban al lado de la puerta. Aún faltaban más de doce horas, pero la ansiedad se había apoderado de su cuerpo.
A mediados de mayo tomó la decisión de escribir una novela basada en la historia de sus abuelos maternos, Malak y Ricardo, y los obstáculos que habían tenido que superar para poder estar juntos, ya que provenían de países, culturas y religiones diferentes. Desde entonces, mientras reproducía las recetas de su abuela Malak, se esforzaba en recordar todo lo que le había contado. Escarbó todo lo que pudo para delinear la trama y desarrollarla. Sin embargo, mientras avanzaba en el proceso de producción, Milly sintió que no era suficiente, que necesitaba relacionarse con la cultura marroquí de una manera más profunda, ya que la sentía lejana, ajena.
Buscaba información, miraba vídeos, fotografías de paisajes, descifraba mapas; pero nada lograba que conectase al cien por cien. Entonces se le ocurrió hacer un viaje a Marruecos. Al principio le pareció una locura, después, a medida que lo analizaba en profundidad, se transformó en una meta que prendió fuerte en su ser.
Después de tomar la decisión, Emily ideó un itinerario inicial con los sitios que sabía que habían sido importantes para sus abuelos. Había comprado el billete de ida, pero no se había atrevido a comprar el de vuelta porque no sabía cuánto tiempo le llevaría investigar.
Y ahí estaba, a punto de dar uno de los pasos más importantes de su carrera, pero sobre todo de su vida personal, y debía reconocer que la adrenalina y el miedo la recorrían a partes iguales.
En un acto sin premeditación, pero que obedecía a una necesidad interna, cogió el móvil, lo desbloqueó con la huella digital y abrió la agenda de contactos. Pulsó la letra «k» y, de inmediato, apareció el nombre que esperaba. Se lo quedó mirando, aunque no hizo nada.
No se reconocía a sí misma… o, mejor dicho, no reconocía su versión actual porque, de pronto, actuaba como la Milly adolescente: la que lo compartía todo con su mejor amigo, quien después acabó siendo su novio, y es que, en ese momento, el deseo de contarle a Kyle lo que estaba a punto de hacer la había sorprendido.
En busca de imponer su yo adulto, volvió a bloquearlo. La pantalla negra le devolvió su reflejo, se quedó con la mirada fija en sus propios ojos y el dedo pulgar listo para volver a encender el aparato mientras la cabeza se le llenaba de interrogantes.
«¿Por qué has vuelto a mi vida, Kyle?» «¿Te fuiste alguna vez?». No le había mentido al decirle que no había olvidado esa media vida compartida porque cada dos por tres pasaba algo que le recordaba a él. «¿Cómo se olvida esa persona que nos marcó? ¿Cómo se destierran del corazón, del alma, esos sentimientos que ya forman parte de ti? ¿Cómo se hace para arrancar a alguien de tu vida y que sea verdad y no una mentira que nos contamos y nos obligamos a creer para que la ausencia no duela tanto? ¿Cómo se lidia con las emociones cuando son tantas y tan dispares? ¡Se niegan, se anulan!», se respondió con energía mientras respiraba hondo y volvía a dejar el teléfono sobre la cama.
Poco después, el sonido del timbre la salvó de esos pensamientos. Le servía como una excusa para no llamar a Kyle.
Un par de días antes, sus padres, John y Cristina, le habían dicho que irían a cenar para despedirse antes de que se fuera de viaje. Al abrir la puerta, se encontró con cuatro sorpresas más.
—¡Tía Emy! —clamaron los gemelos de tres años al verla mientras se lanzaban sobre ella con los brazos abiertos, esperando que los alzara. A Emily se le iluminó la cara.
—¡Ey! ¡Pero qué sorpresa, si son mis duendecillos irlandeses! —exclamó mientras les alborotaba el pelo pelirrojo. Los niños seguían intentando treparle por los brazos—. Esperad, que ya no puedo levantaros a la vez, ¡estáis enormes! —señaló Emily. Después se acuclilló para quedar a la misma altura que los pequeños y poder responder a sus muestras de cariño—. ¿Qué hacéis aquí? —al formular la pregunta, levantó la vista hacia su hermano y su cuñada Sarah, que, como los gemelos, era pelirroja. Emily sonreía, incrédula.
—Venga, niños, que todos queremos saludar a la tía Emy —indicó Sarah, quien cogió a Liam de la mano para despegarlo de la anfitriona mientras Cristina hacía lo mismo con su nieto Noah.
—¿De verdad creías que dejaría que mi hermanita emprendiera el viaje más importante de su vida sin despedirme con un abrazo?
—¡Justin! —clamó Milly, emocionada, mientras se refugiaba entre los brazos de su hermano mayor, quien desde hacía cuatro años vivía en Dublín con su mujer y sus hijos, así que ya no se veían con tanta frecuencia.
Cuando acabaron de saludarse, entraron al salón. Como su familia había llevado la cena, enseguida se sentaron alrededor de la mesa. Se pusieron al día mientras degustaban los platos. Los gemelos y la vida en Dublín fueron el tema central durante un buen rato. Con el paso de las horas, y agotados todos los temas de conversación, llegó el turno de bombardear a Emily con preguntas acerca del viaje.
—¿Tienes todos los papeles en regla? —le preguntó su padre.
—Los tengo… Lo he revisado cinco veces —añadió. Su padre era tan obsesivo como ella. Sin modificar su rictus serio, asintió conforme, justo como Milly había supuesto que haría.
—Bien, una preocupación menos. Y ahora, hija, ten en cuenta que mañana tendríamos que salir a las dos, como mucho a las dos y cuarto, para llegar al aeropuerto con el tiempo suficiente para hacer el check in —indicó John.
Como el vuelo de Emily salía muy pronto, habían acordado que la familia dormiría en su piso. De este modo, su padre ya estaría ahí para llevarla al aeropuerto. Además, Cristina y John se quedarían las llaves para vigilar la casa, regar las plantas y limpiarla.
—Sí, papá, yo también creo que esa es la mejor hora para salir. Aunque solo dormiremos unas horas.
—Será mejor que no te vayas a dormir tarde —acotó Cristina—. Nosotros podemos recuperar el sueño perdido, pero tú no pararás quieta.
—No te preocupes, mamá, estaré bien —le aseguró mientras alargaba el brazo por encima de la mesa y le cogía la mano—. Aunque no creo que sea capaz de pegar ojo antes de las once. Es la costumbre… Soy más productiva de noche.
—Lo sé, hija, pero hoy deberías tratar de dormir un poco —insistió Cristina.
—Lo intentaré —le prometió para que se quedase tranquila.
—Entonces, hermanita, ¿dices que ya lo tienes todo planeado? ¿Has elegido bien los hoteles, verdad? Supongo que te habrás asegurado de que sean hoteles respetables y con buenas referencias —en esa ocasión, fue el turno de Justin de despacharse a gusto con una artillería de interrogantes—. La verdad es que aún no me hago a la idea de que te vayas completamente sola a un país que tiene una cultura tan diferente a la nuestra —reconoció. Desde pequeño, Justin había sido bastante sobreprotector con su única hermana, que era tres años más pequeña.
—Tranquilo, no es para tanto. No soy ni la primera ni la última mujer que viaja sola. Y estás hablando de la cultura de nuestra abuela, no lo olvides.
—Pero una cosa es que una dulce ancianita te cocine un par de platos regionales y te relate cuentos sobre el desierto con camellos y hombres con turbantes azules como protagonistas, y otra muy distinta es que, de pronto, te sumerjas en esas calles laberínticas donde todo, absolutamente todo, será una novedad. Además, los marroquís se comportan de un modo completamente distinto, no sé si me entiendes.
—¿Qué son los camellos? —preguntó Noah.
—¡Eso! ¿Qué son los camellos? —se sumó Liam.
—Son animales muy grandes que tienen una joroba en la que almacenan grasa para poder aguantar muchos días sin agua o comida en el desierto, que es donde viven —les explicó Sarah a sus hijos. Después de disculparse con el resto de los comensales y de hacerles una breve indicación a los pequeños, se levantaron de la mesa. La joven los guio hasta el sofá de la sala de estar, donde continuó respondiendo a sus preguntas mientras Emily y Justin proseguían con su conversación.
—Ay, Justin, deja ya de preocuparte, no soy una niña. De todos modos, para que no te angusties, te aseguro que he tomado todas las precauciones necesarias para evitar contratiempos o malos momentos durante el viaje.
—Sigue sin convencerme la idea… —masculló él, reacio.
Justin nunca había admitido la parte marroquí de su herencia. Adoraba a su abuela, sin embargo, había interpretado sus historias como relatos de fantasía. Y más tarde, durante su adolescencia, había dejado de mantener conversaciones profundas con ella.
—Emy, cuando vayas a Tetuán, recuerda visitar a tu tía Fadila, que te estará esperando —acotó Cristina.
—Claro, mamá, iré a verla cuando pase por allí.
—No lo entiendo, Emy. Podrías quedarte en casa de la tía Fadila y que tanto ella como su familia te enseñen el país, pero prefieres rechazar su oferta y hacerlo sola —arremetió su hermano.
Emily respiró hondo para no perder la paciencia. Los argumentos que Justin esgrimía en persona ya los había sacado a relucir en varias conversaciones telefónicas que habían tenido durante el último mes.
—Ya hemos hablado sobre esto, Justin, y espero que respetes mi decisión. No voy a hacer turismo, busco algo más. Sé que tú nunca has sentido la necesidad de conocer tus raíces, pero yo sí. Esto no quiere decir que vaya a adoptar la religión musulmana o su cultura, solo quiero conocerla mejor. Necesito vivir la experiencia, la conexión, sin influencia de nadie; necesito que sea a mi ritmo. Quedarme en casa de la tía Fadila y depender de ellos hasta para ir al zoco, que es lo que tú pretendes, me limitaría. Necesito sentir la libertad de decidir mis horarios, mis propios deseos.
—Lo siento, Emy, no quiero que te enfades; pero no puedes culparme por preocuparme por ti —terció él.
—No, no puedo culparte, aunque sí puedo pedirte que respetes mis decisiones y que confíes en mi criterio —señaló ella—. Además, me voy a Marruecos, no a Afganistán.
—¡Si fueras a Afganistán estaríamos teniendo otra conversación! —enfatizó él, poniéndose pálido solo de pensar en esa posibilidad.
—Justin, por favor... —demandó Emily.
—Lo intentaré —masculló, y esbozó una mueca, claro indicio de que no estaba convencido de que los argumentos de su hermana fueran acertados.
—¿Os apetece un té? —sugirió Cristina con la intención de distender los ánimos y que sus hijos dejaran de discutir. La vida la había acostumbrado a esos episodios en los que Justin se tomaba demasiado en serio el papel de hermano mayor y adoptaba una actitud acorde a la de un padre sobreprotector, incluso más que el mismísimo John. Y Emy nunca había sido una chica sumisa. Si había algo que valoraba, y mucho, era su libertad e independencia. Los hermanos se querían con locura, Cristina no tenía ninguna duda, aunque eso no impedía que sus intercambios de opinión se volvieran interminables.
—Creo que nos vendría bien a todos —secundó John con actitud seria. Las discusiones le disgustaban sobremanera, sobre todo si eran entre miembros de su familia. Con una ceja en alto y el resto de su rostro impertérrito, se dirigió a sus hijos con contundencia, aunque sin levantar la voz—: A ver si cambiamos de tema.
Los jóvenes adultos, que en ese instante se sintieron como adolescentes ante la reprimenda, asintieron con la cabeza.
—Es hora de que los niños se vayan a dormir —anunció Sarah. Los pequeños, tumbados en el sofá, se frotaban los ojitos con los puños y bostezaban. No solían quedarse despiertos hasta tan tarde.
Justin y John se levantaron para cargar a los niños en brazos.
—¿Los ponemos en la habitación de siempre? —le preguntó Justin a su hermana de forma calmada.
—Sí, pero tengo que preparar las camas; de haber sabido que veníais, las hubiese hecho antes —indicó Emily. La siguieron a través del pasillo y los hizo pasar a una habitación grande, con buena ventilación y bien iluminada que reservaba para las visitas. A los pequeños les encantaba ese dormitorio porque había pintado un arcoíris en una pared.
Emily volvió al comedor a recoger la mesa. Su madre ya había empezado a hacerlo, así que acabaron en pocos minutos. Mientras Cristina lavaba los platos, ella puso agua a hervir y buscó un par de tazas.
—He traído un regalo para mi hermana Fadila. No pesa mucho… —garantizó Cristina. Parecía inquieta. Se secó las manos en un paño de cocina y permaneció con la cadera apoyada en el mármol de la encimera.
—Por supuesto que se lo llevaré, mamá; no hay problema —le aseguró. La observó con detenimiento, con los párpados entornados. Su madre evitó mirarla y se pasó los dedos por el pelo, que llevaba corto y teñido de castaño claro con reflejos dorados para ocultar las canas que, a sus sesenta y ocho años, le habían arrebatado su color natural. Emily la estudió con detenimiento: la angustia resaltaba las finas arrugas que tenía alrededor de los ojos y a ambos lados de la boca—. Pero te preocupa algo más, ¿verdad?
Cristina suspiró.
—¿Tendrás cuidado? —le preguntó en vez de responder. Alzó la cabeza para mirarla—. Aunque solo lo haya dicho Justin, todos nos preocupamos por lo mismo —declaró.
—Sabes que sí, mamá —reafirmó. Después, deteniendo sus movimientos antes de colocar las hebras de té en la tetera, expuso su duda—: ¿Qué os pasa a todos con este viaje? No es la primera vez que me voy sola. ¡De hecho, llevo haciéndolo desde los veinte años! He viajado a Francia, a Canadá, a la Patagonia argentina…
—Lo sé, cariño —Cristina se sentó en la mesa de la cocina y suspiró—. Tienes que entendernos: lo desconocido asusta. He visto vídeos en internet y…
—¿¡Vídeos en internet!? —clamó Emily, incrédula. Negó con la cabeza. Su madre parecía dispuesta a no callarse ahora que se había animado a exponer sus preocupaciones.
