Kitabı oku: «Nuestra asignatura pendiente», sayfa 5

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—¡Sí, Emy, y te aseguro que es un caos! ¡Los mercadillos de Londres son un juego de niños comparados con los zocos de Marruecos! Dicen que los comerciantes son demasiado insistentes, incluso acosadores a veces. Y lo que es peor, si entras a una tienda, ¡ciertos vendedores acostumbran a bajar las persianas metálicas! ¡Dios me libre si alguno hace eso y quiere propasarse contigo, hija!

—Me sorprende que pienses así. Dices que lo desconocido asusta, pero para ti esa cultura no debería ser desconocida, ¡tu sangre es mitad marroquí! ¿O es que renegarás de tu herencia como hace Justin?

—No reniego de nada, Emy, pero tampoco me identifico con ella, ¿qué quieres que te diga? Tus abuelos sufrieron mucho para poder estar juntos… —se llevó un puño a la boca para no ceder ante la angustia que le recorría el cuerpo cada vez que recordaba el pasado de sus padres. Bajando la voz, añadió—: El Islam no permite que una mujer musulmana se case con un hombre de otra religión, y ya sabes que tu abuelo Ricardo era católico…

Emily la cogió de la mano para infundirle fortaleza, entonces Cristina continuó con su relato:

—A los hombres sí se les permite casarse con mujeres cristianas o judías porque, para el islam, la transmisión de la fe, la herencia, todo, se da por vía paterna. Para que su matrimonio fuera legal en Marruecos, mi padre debía convertirse al islam, pero si lo hacía, la crianza y educación de sus hijos hubiese estado regida por este, y él no quería que fuese así. Por su parte, mi madre no podía renunciar a su fe; la apostasía era vista como un delito… ¡Hasta hace poco, Marruecos aplicaba la pena de muerte en esos casos! ¿Entiendes? Mis padres lo tenían todo en contra.

—Lo sé. Y ahora entiendo por qué nunca hablábamos libremente de este tema; sé que has sufrido y que ese dolor todavía te corroe por dentro. Espero que este camino que estoy a punto de emprender ayude a sanar las heridas de toda la familia.

—Y que no provoque heridas nuevas, cariño —rogó Cristina, después abrazó a su hija en un intento de transmitirle el amor que sentía por ella. La cogió por los hombros y la apartó un poco, lo mínimo y necesario para poder mirarla a los ojos—. Emily Evans, prométeme que no te enamorarás de ningún marroquí.

La joven sonrió y negó con la cabeza.

—No te preocupes, mamá, no me enamoraré de nadie, ni marroquí ni de ninguna otra nacionalidad. La fantasía solo tiene cabida en mis novelas. En la vida real, prefiero guiarme por la razón.

—¡Ay, cielo, eso también me preocupa! Tú no eras así. De hecho, lo que reflejas en tus historias es tu verdadera esencia, hija, esa Emily que creía en el amor romántico, en las ilusiones.

—Puede que al crear esté plasmando el espíritu de esa joven adolescente. Al fin y al cabo, es algo que puedo permitirme al escribir fantasía —insistió.

—Cariño, el amor no es una fantasía, es real, muy real —Cristina negó con la cabeza, aunque a los pocos segundos entornó los ojos al meditar en una idea. Suspiró antes de decir—: Tienes razón, Emily, necesitas reconstruir la historia de tus abuelos. Te demostrarán que el amor existe y que es muy poderoso.

La escritora se limitó a asentir.

—Deberíamos volver al comedor, que el té se está enfriando —no quería ahondar en un tema que le resultaba espinoso. Cogió la bandeja y salió de la cocina.

Cuando atravesaban el pasillo, Emily oyó el tono de llamada de su teléfono y, sin poder evitarlo, se le aceleró el corazón. Dejó la bandeja sobre la mesa a toda prisa y lo cogió para ocultar el nombre del contacto. Prefería que su familia no supiera que ella y Kyle habían vuelto a verse.

—Mamá, ¿puedes servir el té mientras contesto? —le preguntó, aunque se fue antes de que contestara.

—Claro, hija.

Emily arrimó la puerta y se retiró hacia la parte más alejada, frente a una pequeña ventana y de espaldas a la puerta; entonces descolgó.

—Kyle… —dijo en voz baja para que su familia no la oyera.

—Hola, Emily, ¿cómo estás? —le preguntó él, experimentando una vez más esa extraña satisfacción que le provocaba oír, después de tantos años, su nombre en labios de Milly. ¡Cuánto había añorado su voz y su dulzura!

—Estoy bien, aunque no puedo hablar mucho porque tengo a la familia en casa —se excusó. Apoyó la frente en el cristal de la ventana. Él no fue capaz de decir nada porque Emily le confesó de manera compulsiva—: Me voy, Kyle.

—¿Te vas? ¿Cómo que te vas, Milly? —preguntó preso del pánico, ya que ella no había dicho nada más. Respiró hondo e, impostando la voz para sonar tranquilo, formuló un nuevo interrogante—: ¿Puedo preguntar adónde?

—Me voy a Marruecos. Mi vuelo sale en unas horas, a las seis y veinte —le explicó sin saber a ciencia cierta la razón por la que le estaba dando tantos detalles. No estaba segura de si esa necesidad obedecía a la costumbre de compartirlo todo con él o a otro motivo en el que prefería no pensar… ¿es que de forma inconsciente esperaba verlo antes de partir?

Kyle se esforzó para no mostrar lo mucho que le había afectado la noticia.

—Pero… volverás a Londres, ¿verdad? ¿O te vas para siempre?

—Claro que volveré, pero no sé cuándo. En principio solo tengo visado para tres meses, pero puedo alargarlo hasta seis. Todo depende de cuánto tarde en escribir la novela; planeo acabarla durante el viaje.

—Entiendo —murmuró Kyle.

Se oyeron pasos en el pasillo. La puerta de la cocina se abrió. Milly se giró para ver como Justin asomaba la cabeza.

—Dice mamá que te vas a beber el té frío —indicó su hermano.

—Ahora voy —aseguró ella. Justin la observó durante unos segundos antes de asentir con la cabeza e irse, aunque no cerró la puerta.

Milly suspiró.

—Tengo que colgar.

—Sí, lo sé. Ese era Justin, ¿verdad?

—Sí. Han venido todos para despedirse.

Kyle se guardó para sí que a él también le hubiese gustado verla antes de que se marchase. Descartó enseguida ir a su casa, ya que los Evans no querían saber nada de él, sobre todo Justin.

Se lo había dejado muy claro hacía dieciséis años: «Si vuelves a acercarte a mi hermana, te romperé hasta el alma». No es que Kyle le tuviera miedo, solo que no quería causarle un disgusto y mucho menos estresarla cuando estaba a punto de coger un avión. Pedirle que se vieran fuera tampoco era una opción inteligente; ella se negaría a dejar a su familia cuando se habían tomado la molestia de ir a verla.

—¿Puedo seguir llamándote aunque estés de viaje? —le preguntó.

—Me encantaría que lo hicieras —confesó Emily—. Así podré compartir contigo todo lo que descubra.

—¡Te llamaré todos los días! —la voz de Kyle sonó con tanta pasión que la hizo vibrar—. Y cuando no quieras hablar conmigo, no hace falta que descuelgues el teléfono. Te prometo que no insistiré.

—No te preocupes, te contestaré todos los días. Aunque deberías dejar que te llame yo de vez en cuando, si no, te gastarás una fortuna —bromeó, a lo que ambos rieron.

—Pero ¿en qué planeta vives? ¿Es que no sabes que, con una buena conexión a internet, podemos hablar sin tener que pagar nada? Seguro que en el hotel tienen wifi.

—¡Tienes razón! Aunque te prometo que seré yo quien llame —le aseguró Emily. Deseaba seguir hablando con Kyle como lo habían hecho días atrás, sin embargo, su familia la esperaba en el comedor. Además, debía irse a dormir ya si quería levantarse con energías renovadas; anticipaba que sería un día duro—. Tengo que dejarte—le dijo en contra de su voluntad.

Después de un suspiro, él le pidió:

—Por favor, avísame cuando llegues a Marruecos.

—Te avisaré cuando me instale en el hotel de Tánger, cuando ya haya pasado por todo el trajín del viaje.

—Está bien. Lo estaré esperando —guardó silencio antes de desearle buen viaje.

Emily tragó saliva para aliviar el nudo que se le había formado en la garganta.

—Adiós, Kyle.


8
Viernes, 10 de agosto de 2018

Después de un desayuno rápido, que consistió en una taza de té y un par de galletas de vainilla que Emily siempre tenía en casa, padre e hijos, ya que Justin había decidido acompañarla en lugar de su madre, se fueron al aeropuerto en coche. Eran poco más de las dos de la mañana.

Al cabo de cincuenta minutos de trayecto, que a Emily le sirvieron para espabilarse y llegar con la adrenalina y la ansiedad por las nubes, entraron en la terminal y se dispuso a hacer el check in. El aeropuerto era un mar de gente a todas horas, por lo que tuvo que hacer cola y esperar alrededor de una hora para poder facturar el equipaje. Cuando acabó, solo le quedó el bolso de mano. Se dirigió al sitio en el que la esperaban Justin y su padre. El tiempo se les pasó volando mientras Emily volvía a recibir un sinfín de recomendaciones.

—Creo que ya es hora de irse —les sugirió Emily cuando, después de mirar la hora en el móvil, vio que faltaban pocos minutos para las cuatro y media. El embarque para su vuelo, el BA 7270 de British Airways, estaba previsto para las cinco y treinta y cinco, así que ya era hora de pasar por el puesto de control.

—Bueno, hermanita, aquí nos despedimos —Justin la envolvió en un fuerte abrazo mientras le reiteraba las consabidas recomendaciones—. Mira bien dónde entras, y lo mismo con las calles, que aprovechados hay en todos lados y una mujer sola es fácil de engañar —Emily suspiró; su hermano siguió con la lista—: ¡Cuídate mucho y mantennos informados de tus movimientos!

—¡Justin, basta ya! —le advirtió ella, exhausta y, a esas horas, carente de energía. No tenía fuerzas para aguantar de nuevo sus sermones. Él la soltó, reticente. Al parecer, aún no le había dicho todo lo que quería.

—Tu hermano ya lo ha dicho todo —simplificó John.

—No te creas —siseó Justin, confirmando con esas palabras lo que Emy ya sospechaba.

—Ya es suficiente —le hizo notar ella.

—Que tengas buen viaje, hija —resumió John. La besó en la mejilla, aunque sin tanta efusividad, procurando mantener su porte serio y poco demostrativo en todo momento.

—Gracias, papá. Y ahora iros —les solicitó—, que no me gustan las despedidas.

Emily volvió a darles un beso a cada uno y, sin mirar atrás, se dirigió hacia el puesto de control de seguridad. Al llegar, vio que ya había varias personas esperando antes del escáner. Aprovechó ese tiempo para repasar mentalmente lo que llevaba puesto, comprobando que no tenía nada metálico encima que pudiera hacer sonar la alarma. Después pensó en su bolso de mano; no llevaba líquidos ni objetos afilados, así que estaba segura de que superaría el control sin inconvenientes.

La fila fue avanzando al ritmo de las manecillas del reloj y la adrenalina volvió a recorrerle el cuerpo.

Avanzó unos pasos más, pero se giró porque había visto por el rabillo del ojo como alguien se acercaba a la carrera. Se paró en seco, e incluso se quedó sin aliento, al ver que se trataba de Kyle.

Él sonrió al ver que ella lo había visto y reconocido. Emily se mordió el labio inferior y le devolvió la sonrisa, que pronto se amplió hasta que le abarcó toda la cara y le iluminó la mirada. Salió de la fila y le alargó una mano, que se apresuró en agarrar.

—¿Qué haces aquí?

—No podía dejar que te fueras sin despedirme.

—Kyle… —se le quebró la voz—. Nada ha cambiado —susurró. Sentía la necesidad de dejar las cosas claras para que no se creara falsas ilusiones. No obstante, era probable que se tratara de su parte racional, buscando imponerse a sus propias emociones.

—Shhh, no hace falta que digas nada. Solo quería verte y…

—Señorita, le toca —le avisó alguien de la fila.

Emily miró hacia el puesto de control, preguntándose por qué el tiempo había pasado tan rápido.

—Lo siento, debo irme —le informó. No podía arriesgarse a tener que hacer toda la cola de nuevo porque acabaría perdiendo el vuelo. Kyle se sacó un objeto del bolsillo del abrigo y se lo puso en la palma, Emily cerró la mano en un puño de forma casi automática.

—Para que siempre encuentres el camino a casa —logró decir antes de que ella se alejara y lo dejara solo.

Kyle la siguió con la mirada y fue testigo del momento en el que abrió el puño y miró lo que le acababa de dar: una preciosa brújula antigua de bronce.

A pesar de que ya era su turno, se giró para mirarle. Milly asintió y articuló una palabra que entendió a la perfección y le hizo cosquillas en el alma: Volveré.

—Por favor, señorita, tiene que depositar todas sus pertenencias en la bandeja —la apresuró la guardia de seguridad encargada de atenderla, una mujer de evidente procedencia india que la trató con amabilidad a pesar de lo lenta que iba.

Emily guardó la brújula en el bolso y obedeció sin rechistar.

Después de pasar el escáner con éxito, y ya desde el otro lado del control de seguridad, donde solo podían acceder los pasajeros, Milly volvió a mirar a Kyle. Él le sonrió con cierta ternura y alzó la mano a modo de despedida. Esa imagen se le quedó grabada en la retina durante horas.

Un poco más tarde, después de embarcar y sentarse en el avión, Emily abrió el bolso y sacó la brújula. Acarició el borde de bronce con el dedo. Era preciosa: las agujas negras contrastaban con el marfil del fondo, donde aparecía dibujada la rosa de los vientos. No sabía de qué época sería, eso era la especialidad de Kyle, aunque supuso que debía tener alrededor de cien años. El material con el que estaba hecha le recordaba al antiguo reloj de bolsillo de su abuelo Ricardo. Mientras observaba la brújula y la cabeza se le llenaba de posibles escenas e historias, se dio cuenta de que ni siquiera le había dado las gracias a Kyle por el regalo. Se sintió mal al respecto, no solo porque era de buena educación, sino porque realmente le había gustado.

Miró el objeto otra vez antes de volver a guardárselo en el bolso y activó el modo avión del móvil; después dejó el equipaje en el suelo, tal como había indicado la azafata durante la explicación de las normas para el despegue. Se abrochó el cinturón de seguridad y observó su propio reflejo en la ventanilla. La mirada pronto se le perdió en el infinito y la mente empezó a darle vueltas a todo lo que había vivido hacía apenas una hora y a las intensas emociones que había experimentado.

No quería pensar en eso, pero tampoco podía quitárselo de la cabeza.

Suspiró y los labios se le curvaron en una ligera sonrisa.


9
Viernes, 10 de agosto de 2018

Kyle salió de la zona del control de seguridad sin saber cómo sentirse. Se alegraba de haber visto a Milly, pero no podía evitar sentir tristeza y miedo por el tiempo que pasarían separados. Ni siquiera ella sabía si se iba durante tres o seis meses.

«¿Y si se enamora de un marroquí? ¿Y si no vuelve nunca?». Estos interrogantes le nublaban los pensamientos y provocaban que no supiera cómo controlar sus sentimientos y emociones. Ignoraba cómo desprenderse de su presencia ahora que habían vuelto a acercarse. Sabía perfectamente que distaban mucho de ser pareja, pero al menos habían empezado a recomponer la relación de amistad y la conexión que habían tenido durante la infancia y la adolescencia.

Le consoló la promesa de llamarse a diario y se le ocurrió que, si se animaban, quizá podían hacer alguna que otra videollamada; se lo propondría a Emily en alguna de sus charlas.

Cerca de los baños, el destino quiso que se chocara con John y Justin Evans; a Kyle no le quedó más remedio que saludarlos. La expresión que pusieron lo decía todo: no se alegraban de verle.

—¿Kyle Cameron? —masculló Justin con los ojos llenos de rencor. Se había tensado de arriba a abajo y, por instinto, había cerrado las manos en un puño. A Kyle le impresionó el parecido físico entre padre e hijo: los dos eran altos y fornidos, aparte de rubios, tenían la piel pálida y los ojos azules. Eran muy diferentes a Emily, cuyo pelo castaño y ojos marrones evidenciaban que había salido a su madre, aunque los genes de su padre habían provocado que el cabello le adquiriera una tonalidad dorada cuando la luz del sol le daba directamente.

—Justin… señor Evans —saludó Kyle mientras procuraba mantener la distancia.

—¡Pero qué desagradable coincidencia! —espetó John con altivez. Se giró para salir del aeropuerto.

—Espero que no estés aquí por mi hermana —exclamó Justin con desdén y, sin esperar respuesta, siguió los pasos de su padre.

Kyle parpadeó, sorprendido por el encuentro. Si había algo de lo que podía estar seguro en ese momento era que los Evans seguían odiándolo con todas sus fuerzas y que no querían que se acercara a Emily. Tendrían que aguantarse porque, si Milly lo aceptaba, estaba dispuesto a luchar contra todo y todos.


Kyle llegó a casa pasadas las siete y media, justo a tiempo para preparar el desayuno, arreglarse y emprender el viaje hacia Brighton que tenían organizado. Había actuado con tanta discreción que Bethany ni siquiera se había enterado de que su padre había salido a la calle, y aún menos de que había ido al aeropuerto. Kyle prefería que fuera así porque no quería involucrarla, sobre todo teniendo en cuenta que la idolatraba.

Conducir por el centro de Brighton era caótico porque estaba lleno de zonas peatonales, así que Kyle había decidido que irían en tren o autobús. Días atrás, después de consultar las páginas web de los servicios de transporte, escogieron la segunda opción porque el precio de los billetes de tren se disparaba si no se reservaban con mucha antelación.

Después de desayunar, Kyle echó un vistazo al reloj. Tenía tiempo suficiente para limpiar, pero no tanto como para hacerlo tranquilamente. Le dijo a Bethany que se diera prisa al lavarse los dientes y acabar de arreglarse mientras él se disponía a hacer lo mismo.

Después de caminar un poco y de un discreto viaje en el autobús 52, llegaron a Victoria Coach Station para poner rumbo a Brighton.

Sentada en el lado de la ventanilla, Bethany observaba el paisaje.

Kyle aprovechaba el silencio de su hija para mirar el móvil. Lo había cogido con la esperanza de encontrar algún mensaje de Milly, aunque sabía que tardaría horas en aterrizar. En cambio, encontró un hilo de conversación en el grupo de WhatsApp de aficionados al fútbol que tenía, amigos con los que solía quedar de vez en cuando para jugar.

Todo había empezado cuando uno propuso jugar un partido al día siguiente. No obstante, dos de los integrantes, con quienes Kyle solía ir al estadio Stamford Bridge a ver los partidos del Chelsea, su equipo favorito, se habían negado. No era para menos, ese sábado el Chelsea jugaba contra el Huddersfield Town por el título de la Premier League, y querían verlo en directo. Kyle también lo hubiese hecho, por supuesto, de no haber sido por su viaje de fin de semana. Su máxima prioridad era compartir esos días con su hija y apoyarla en ese encuentro con su familia materna, ya que no sabía cómo podía acabar. Les comentó que ese sábado estaría fuera de la ciudad y, al cabo de un rato, volvió a guardar el teléfono. Entonces Bethany se dio la vuelta para mirarlo.

—Hace unos días le envié un mensaje privado a Miranda —le contó. Kyle frunció el ceño.

—¿A Miranda Darcy? ¿La escritora?

—Sí, la escritora del relato, ¿recuerdas?

—Sí, claro. También ha escrito todos esos libros que no paras de releer. Seguro que llevas alguno en la mochila.

Bethany sonrió de oreja a oreja.

—Solo he metido dos.

—¡Pero si solo estaremos fuera el fin de semana! ¿De verdad crees que te dará tiempo a leer dos libros?

—Uno ya estoy a punto de acabármelo, papá. No podía arriesgarme a quedarme sin nada para leer —justificó con una mueca que reforzaba lo aberrante que le parecía la idea de acabarse el libro sin tener otro a mano.

—En ese caso está justificado, cariño —mencionó él, condescendiente—. Pero, cuéntame, ¿por qué le has escrito a la autora? ¿Ha sido para comentarle que te encantan sus libros?

—Por un lado, sí. Quería que supiera lo mucho que la admiro, pero también necesitaba contarle mi historia y decirle que me ha inspirado a investigar mis raíces maternas.

—Me parece bien… —asintió Kyle. Después seleccionó con cuidado las palabras para no delatarse y adoptó un tono ligero para no dejar entrever su interés personal—. ¿Cuándo se lo enviaste?

—Hace un par de días. ¿Y sabes qué? ¡Me respondió! —exclamó ilusionada—. ¡Miranda Darcy leyó mi mensaje y me respondió! ¡Casi me muero de la emoción, papá! Es tan buena…

Kyle se apuntó mentalmente que debía darle las gracias a Milly por haber tenido ese gesto con su hija. ¿Sería consciente de lo feliz que hacía a la gente con sus palabras? Y no solo con las que salían en sus libros, sino también con aquellas que dedicaba a sus lectores, como había sido el caso de Bethany.

Su hija estaba radiante.

—¿Y qué te respondió?

—Me animó a seguir adelante con el viaje. También me dijo, porque le conté la relación tan complicada que tengo con mi madre, que no debo desmoralizarme si las cosas no salen como espero.

—¿Sí? Es un consejo muy sabio —Kyle esperaba que Bethany no se llevara una desilusión. Él ya había intentado ponerse en contacto con los Foster, sin éxito alguno; esperaba que esta vez actuaran diferente.

—Me mandó un correo bastante largo, aunque ese viene a ser el resumen —aclaró Bethany.

—Con mayor razón, entonces. Es muy valorable la actitud que Mil… Miranda ha tenido contigo —a punto de cometer un desliz, Kyle se autofelicitó por haber sido capaz de corregirlo a tiempo. De hecho, creía que Bethany no lo había notado—. Me alegro mucho por ti, hija.

—Gracias, papá. Gracias a vosotros decidí hacer este viaje. Sea cual sea el resultado, me ayudará a crecer como persona.

Kyle estaba fascinado con lo madura que era su hija. Estaba tan orgulloso de ella que se quedaba sin palabras.

Meditó un momento acerca de las ironías del destino. Sin saberlo, Milly había impulsado a Bethany a buscar a su madre. Justo ella, que era la persona que peor lo había pasado. «¿Sabrá el papel que está jugando en la vida de Bethany? ¡Dios mío, si estamos hablando del fruto de mi aventura con Pauline!» Kyle suspiró ante esos pensamientos tan perturbadores. «Y si no lo sabe… ¿cómo reaccionará cuando se entere?», se preguntó entonces.

—¡Eh, papá! —Bethany le tiraba del brazo. Kyle parpadeó para fijar la vista. Entonces cayó en la cuenta de que lo había estado llamando.

—¿Qué, Bethany? ¿Qué pasa? —le preguntó.

—¿Qué te pasa a ti? —le regañó—. Te has quedado absorto mirando a un punto fijo.

—En nada, cariño. En nada.

—Ya veo que no me lo piensas decir —dijo restándole importancia—. Solo quería saber si falta mucho para llegar.

—Ah, eso… —Kyle echó un vistazo a través de la ventanilla, aunque no sirvió de nada. Cogió el móvil y miró la ubicación—. Estamos cerca de Banstead, así que nos queda una hora de viaje, más o menos —le indicó.

—Entonces tengo tiempo de sobra para leer algunos capítulos más, si no te importa.

—Claro que no, lee tranquila —la animó.

Kyle volvió a pensar en Milly. A esas horas, supuso que estaría haciendo escala en el aeropuerto Barajas, en Madrid. Seguro que estaba muy ilusionada, con los ojos bien abiertos y expectantes, observando hasta el más mínimo detalle para grabarlo todo en su memoria. Puede que incluso estuviera tomando notas, conjeturando e imaginando cuentos y situaciones relacionadas con las personas con las que se cruzaba.

Sonrió sin darse cuenta, entonces cerró los ojos para intentar retener las imágenes que su mente creaba.

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