Kitabı oku: «Jesús, el primer indignado»

Carlos Abad
Jesús,
el primer indignado

| Abad, CarlosJesús, el primer indignado / Carlos Abad. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2016.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-599-458-41. Jesucristo. 2. Análisis de Políticas. I. Título.CDD 230 |
Edición a cargo de Diana Paris / Espliego
Diseño de tapa: Gonzalo Lamas
Foto de tapa: geishaboy500 - www.flickr.com/photos/geishaboy500
© Libros del Zorzal, 2015
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
Introducción | 9
Estas páginas… | 10
Primera parte
Jesús. El Maestro | 13
Allá lejos, en Galilea | 14
Segunda parte
El mercado | 35
Ayer fue la plaza… | 36
Tercera parte
Los ladrones | 59
La “solución siciliana” | 60
Epílogo | 75
A Raúl Caballero Yoccou,
quien fuera testigo fiel y maestro con una
vida coherente al servicio de Jesús.
He aquí un hombre que nació en una aldea insignificante.
Creció en una villa oscura.
Trabajó hasta los 30 años en una carpintería.
Durante tres años fue predicador ambulante.
Nunca escribió un libro.
Nunca tuvo un puesto de importancia.
No formó una familia.
No fue a la universidad.
Nunca puso sus pies en lo que consideraríamos
una gran ciudad.
Nunca viajó más de trescientos kilómetros
de su ciudad natal.
No hizo ninguna de las cosas que generalmente
acompañan a los grandes.
No tuvo más credenciales que su propia persona.
La opinión popular se puso en contra suya.
Sus amigos huyeron.
Uno de ellos lo traicionó.
Fue entregado a sus enemigos.
Tuvo que soportar la farsa de un proceso judicial.
Lo asesinaron clavándolo en una cruz,
entre dos ladrones.
Mientras agonizaba, los encargados de su ejecución se disputaron la única cosa que fue de su propiedad:
una túnica.
Lo sepultaron en una tumba prestada por la compasión de un amigo.
Según las normas sociales, su vida fue un fracaso total.
Han pasado veinte siglos y hoy es la pieza central en el ajedrez de la historia humana.
No es exagerado decir que todos los ejércitos que han marchado, todas las armadas que se han construido,
todos los parlamentos que han sesionado y todos los reyes y las autoridades que han gobernado, puestos juntos, no han afectado tan poderosamente la existencia del ser humano sobre la tierra como la vida sencilla de Jesús.
Phillips Brooks
(Predicador y obispo americano,
Boston, 1835-1893)
Introducción
Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, deviene autorreferencial y entonces se enferma. Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico.
Jorge Bergoglio
Estas páginas…
El modelo se agotó, la sociedad sufre de un narcisismo patológico y la indignación crece. En medio de tanto desaliento, la voz del papa Francisco nos da amparo a la intemperie, remedio a los dolores del alma.
Este libro tiene un profundo espíritu bergogliano, y me regocija que así sea. Me guía su sencillez, espero estar a la altura de este propósito.
Me asiste su humildad: desde mi pequeña perspectiva, intento ser claro y amplio en mis conceptos.
Me ilumina su amistad, cultivada por años antes de su llegada al Vaticano, en tiempos de sus caminatas por las calles de Buenos Aires, las charlas compartidas, sus frases, que en mi recuerdo funcionan como un faro.
Jorge Mario Bergoglio, con sus más de siete décadas vividas, se propone cambiar el mundo desde la entrega y el amor, con valentía pero sin renunciar a su corazón de pastor, con su mano abierta ofreciendo su testimonio como alimento y reconfirmando cada día el llamado de Padre: servir a los más olvidados.
“Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia, y verán que la fila se formará.”
Así les hablaba Francisco a los cardenales pocos días después de la elección de este hombre del barrio de Flores, de este jesuita amoroso, para ocupar el trono de Pedro.
En estas páginas estructuro mi pensamiento sobre cuatro pilares:
1. Jesús. El Maestro. Exégesis. Mercaderes en el templo. Jesús no tolera ese acto de profanación.
Quién es Jesús. El buen Maestro de Galilea, un rabí judío llega al templo y ve la profanación. El sublime reconocimiento a la bondad de Dios se adulteró y tornó lo sublime en mercancía. Jesús reacciona para proteger lo sagrado enfrentándose al capitalismo salvaje.
2. El mercado. “Han hecho de la casa de mi Padre, cueva de ladrones, casa de mercado.”
Desarrollaré la noción de “capitalismo funeral” esgrimida inteligentemente por Vicente Verdú. Analizaré qué es el mercado: ayer, transacción en la plaza; hoy cambió de rostro. ¿Dónde se domicilia? ¿Hay comercio justo? Palabras con sentido olvidado: recuperemos vocablos como transparencia, equidad, ética, satisfacción bilateral.
3. Los ladrones. La sociedad delictiva. Qué es un ladrón, quién es un ladrón.
Los ladrones bíblicos que rodearon a Jesús en la cruz. Los ladrones del presente: nueva fisonomía. Los ladrones de la confianza, del tiempo ajeno, de la energía; los apropiadores, caranchos y vampiros emocionales.
4. La cruz. Cristo muere en la cruz entre dos ladrones. Maldito todo aquel que muere en un madero. Reinaugurar la fe: resurrección.
Recuperar lo sagrado, limitar la voracidad y reencontrar la convivencia y el ejemplo de Jesús. Cristo resucitado es una sociedad nueva, de equidad, solidaria, con respeto por el prójimo.
Me inspira la vocación en la fe, el análisis de la realidad y la fuerza de la predicación. Persigo un afán: que la conciencia se expanda y nos conceda más humanidad, que nos oriente cada vez mejor hacia el repudio de todas las formas de violencia: las más evidentes y las maquilladas como son los “hurtos legales” en nombre del negocio perfecto, el abuso de poder, el sacrificio de la esperanza, el reino de la impunidad, la crucifixión de la verdad.
Que así sea.
Primera parte
Jesús. El Maestro
El Señor permanece fiel a su palabra.
Él no se desdijo de su promesa de estar todos los días con nosotros hasta el fin del mundo. Hay hermanas y hermanos que con sus vidas nos piden por favor que no hagamos un rodeo y sepamos descubrir en sus llagas las del mismo Cristo.
Jorge Bergoglio
Allá lejos, en Galilea
Esa es la porción del mundo judío que los romanos llamaron Palestina, “la tierra vista desde el mar de los comerciantes”, o los philisteos, es decir, los “filisteos”, “los que comercian”, pues a través del Mediterráneo (Mare Nostro de los romanos) todo se llevaba y traía, se vendía y compraba, personas incluidas: los esclavos. Esta tierra sería un territorio más si la historia no le hubiera dado al más importante de sus hombres.
En esa tierra de comerciantes, Galilea era una región fértil, “granero” que abastecía a Roma en buena parte de sus veinte mil kilómetros cuadrados, pero sin ningún prestigio.
El historiador judío Flavio Josefo –que sabía con precisión los datos de la época, pues había servido como general para defender Galilea en el 66 d. C.– describe una zona verde, de clima agradable, de naturaleza pródiga (higueras, palmeras, nogales, olivos, “y los frutos más diversos”). Una verdadera sociedad agraria en los valles y pescadora cerca del lago. Pero unos y otros trabajos (los agrícolas y los pesqueros) estaban controlados por los recaudadores de impuestos.
Galilea estaba lejos del centro de culto que era Jerusalén, no tenía una clase dirigente que cuidara las tradiciones del sabath, la ley de Moisés y los ritos ancestrales propios de Judea, administrados por los sumos sacerdotes, pero vivía la religión de manera menos estricta sobre ciertas normas de pureza ritual.
El templo se vivía como “casa de Dios”, pero era también punto de reunión para la recaudación de dinero por diezmos o impuestos. Cuando nace Jesús, ya muchos judíos de Judea habían dejado a sus mayores y otros parientes para trasladarse a cultivar y habitar las tierras de Galilea. Es decir, la población mayoritaria de los contemporáneos de Jesús no eran griegos, ni romanos, ni “gentiles”, sino judíos cuyo centro espiritual provenía de una región geográficamente lejana: Judea. Pero aunque “subían” en peregrinaciones festivas y sociales a Jerusalén a visitar a abuelos y otros familiares, el acento arameo los diferenciaba sutilmente del hebreo hablado en la capital.1
Sin embargo, Galilea era un margen, una frontera, un más allá del centro de poder y religioso. Igualmente, sus habitantes se sentían parte del reino de Dios y mantenían la vieja oración de la mañana y de la noche como las tradiciones más grabadas en sus corazones: Shemá Israel (“Escucha, Israel”).
Ayer como hoy
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Fito Páez
En los “Evangelios de la infancia”2 no tenemos demasiados datos históricos, pero sabemos que nació en Nazaret, una pequeña aldea de la Baja Galilea, el campo, con apenas unos trescientos habitantes, a 350 metros de altura y lejos de toda carretera principal.
Y que pocos fueron conservando sus tierras, porque les eran arrebatadas, y se transformaban en esclavos o huían al mar. Para los galileos, el mar era “lo menos malo”, no lo bueno. Era símbolo de haber abandonado los cultivos para dedicarse a tareas propias de los hombres del imperio: navegar para sobrevivir. Y a la fuerza se hicieron pescadores. Todavía hoy, ayunar implica comer pescado, la comida de los pobres.
¡Cuánta humillación arrastra la historia desde hace siglos! Tan diferente y tan igual a tantas situaciones actuales…
¿Cómo no actuar? ¿De qué manera perma-necer inmóviles al lado del camino mientras se llevan a mis antiguos vecinos como esclavos? ¿Y –si como dijera el poema de Brecht– mañana fuera a mí que me toca ser arrestado?…
Qué difícil mantener la pasividad, la indiferencia.
Ser un indignado es reaccionar ante las jerarquías que aprisionan, ser un servidor, ser uno más: confesarse como lo hizo el Papa Francisco en abril de 2014, asombrando al mundo, arrodillado ante un sacerdote atónito por el gesto humilde del Sumo Pontífice. Gesto de acercamiento que los argentinos conocemos de cuando era el cura Jorge o el padre Bergoglio y lavaba los pies a los presos o a los enfermos, asistía a asambleas para denunciar la trata de personas o desmantelar talleres clandes-tinos donde se explotaba a niños y niñas.
Ante esas profanaciones, ¿cómo no indignarse? ¿Cómo callar el terremoto que nace en las entrañas?
Los griegos usaban un verbo maravilloso para decir ese revoltijo de intestinos, dolor de corazón y vientre hecho nudos: esplagjnizomai3, es decir, lo más profundo de lo profundo que se moviliza ante la intemperie de mi prójimo; ese dinamismo visceral que nos impele a actuar ante semejante estremecimiento de todo el cuerpo.
¿Cuántos de nosotros lo sentimos? ¿Qué dosis de televisión barata y de noticias mentirosas nos alcanzan para adormecernos hasta petrificarnos la emoción, la compasión? Muchos aguardan hace miles de años, los más cercanos sienten más que cien años de soledad o los mil que duerme la bella durmiente de los cuentos infantiles. Muchos esperan que el tsunami interno de los más revoltosos –revoltosos como Jesús, revoltosos espirituales– salgan “a hacer lío”, tal como lo pidió Francisco al mundo; muchos esperamos a otros para unirnos e indignarnos y decir basta a la naturalización de la violencia. Es hora de que reaccionemos con la indignación que surge de la esplagjnizomai, de la compasión, sentir al prójimo en las tripas. Actuar e impactar sobre lo que hay profanado para producir cambios.
Así lo expresaba Francisco cuando en Lampedusa habló sobre la injusticia y la realidad humillante de quienes deben abandonar sus tierras en busca de un mejor horizonte: “Esta es la globalización de la indiferencia en una sociedad que ha perdido hasta la capacidad de llorar”.4
La sociedad en la que Jesús se animó a actuar también necesitaba de esos cambios…
¿Quién dijo que todo está perdido…?
Ibbá, inmmá
“Padre” y “madre” en arameo son palabras corrientes en la casa de un niño nacido en Galilea, hijo de un artesano de la madera, la piedra y el hierro, y de una mujer llamada como la hermana de Moisés, Myriam (María).
Se llamó Yeshúa –etimológicamente, “salvación del Señor– y era un nombre muy común en su tiempo. En su pueblo, lo conocían como “el hijo de José” (Yeshúa bar Yosef); más tarde se lo llamó “Jesús, el de Nazaret”.
Vivió en las afueras del Imperio y sufrió en carne propia las injusticias de su gente. Jesús tenía motivos para indignarse –todas las épocas dieron suficientes motivos de ira ante el desproporcionado poder y el abuso sistemático de los sistemas de su tiempo–, pero durante su corta vida terrenal supo de los dominadores del mundo por entonces, aunque nunca se cruzó con Augusto o César. Sin embargo, debe haber visto monedas con sus imágenes grabadas en el metal y sabía que los romanos eran los patrones de Galilea, los amos que subyugaron de forma suprema la escena política y social de su patria.
Para ser aceptado en su comunidad judía, el propio José lo habría circuncidado en el patio de la casa y, con ese acto, el niño, de apenas una semana de vida, era reconocido miembro de la Alianza. El Señor estaba en cada familia judía sin necesidad de templos. La única sinagoga, hacia donde todos peregrinaban, estaba en Jerusalén. En cada aldea, en cada pueblo, una casa o una plaza servían de lugares de reunión en la fe.
Creció en un ambiente rural y sus primeras palabras fueron arameas. Celebraba en la humildad de la casa paterna la bendición del sábado: día de descanso, encuentro de oración y de reunión entre amigos. El paso del tiempo marcaba en cada momento del año una fiesta religiosa: en el verano, celebración de “las cosechas” (Pentecostés).
Las Pascuas (Pesaj) se celebraban en primavera conmemorando la liberación del pueblo judío del yugo egipcio.
En otoño, era más festivo: septiembre daba paso al Año Nuevo (Rosh Hashaná), unos días después, “el perdón” (Yom Kippur), y unos más adelante, “las tiendas o los candiles” (Sukkot).
Jesús creció en un ambiente religioso y bajo los preceptos de la oración. Luego conoció el hebreo bíblico de las Escrituras y fusionó términos al griego de los muchos que lo seguían.
Tal vez ayudó a su padre en las tareas de carpintería y en la época de cosecha. Su casa debió de ser como la de tantos: sencilla, tal vez excavada en la roca, como una cueva, con paredes sin encalar, oscura y fresca para conservar los alimentos y el agua, o con techumbre de hojas y ramas. Con una misma estancia para todos y un patio comunitario entre miembros de un mismo clan.
Allí aprendió a compartir y a observar el trabajo cotidiano. Por eso supo hablar la lengua de todos, sin los libros sagrados en las manos. Y entendió el ciclo de la vida como lo más natural y equitativo: “Porque Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, así como manda la lluvia sobre justos e injustos”.
Rodeado de un amplio grupo de familiares –tiene cuatro hermanos (Santiago, José, Judas y Simón) y algunas hermanas de las que no nos han llegado sus nombres–,5 su grupo familiar le quedó pequeño, y también la aldea rural. Entonces salió de la protección conocida a la vida exterior, amplia, ajena, inclusiva.
Por eso hay quienes lo nombraron como “el arameo itinerante” (la lengua materna que había desplazado al hebreo en Galilea), “buen pastor”, y quienes vieron en su figura a “un judío marginal”; hubo quienes lo tildaron de “simple hijo de un carpintero”, o apenas uno más entre los predicadores campesinos. Un insignificante galileo más en el vasto territorio gobernado desde Roma. El poder imperial abarcaba las tierras que recorrían las aguas del Mediterráneo, el Danubio, el Rin, la Mesopotamia y el Mar Muerto. De ahí, “todos los caminos conducen a Roma”: el pago de impuestos de cada pueblo conquistado llegaba al centro del imperio que se fortalecía con el sometimiento de los más débiles.
Fuera del cobijo familiar
Jesús recorría las aldeas de la Baja Galilea y veía cómo sus habitantes se empobrecían a expensas del poder, los pocos propietarios de tierras pagaban altos tributos y la mayoría eran jornaleros esperando en las plazas a ser contratados en tiempos de cosecha. Jesús caminaba las callejuelas polvorientas y se cruzaba con enfermos excluidos de sus familias, con niños hambrientos y con mujeres prostituidas. Subsistir con dignidad se hizo más difícil. La amenaza de las deudas ante los recaudadores fueron fantasmas cotidianos en una sociedad cada vez más envilecida por chantajes para alimentar a la clase dominante, presiones, humillaciones, hostigamiento y esclavitud crecientes.
Sus amigos fueron los niños, los campesinos y los pescadores, los pobres, los impuros y los pecadores. Solamente algunos contemporáneos comprendieron su idioma en el que el único mandamiento fue amarse unos a otros. Solamente unos pocos se unieron a la actitud cuestionadora e indignada ante la profanación de lo más sagrado. Solamente una minoría “sintió su presencia” en aquella Galilea de los años treinta de nuestra era.
El Hijo de José no tendría aún más de 25 años, veía el mundo a su alrededor y habló por la voz reprimida de tantos. Su mensaje era revolucionario: ¿cómo este vagabundo que ni cultiva ni pesca, ni paga impuestos ni tiene domicilio fijo se ufana de mencionar “el reino de Dios”?
Era un desafiante, un hombre sin equipaje ni sandalias de repuesto que caminaba incansablemente pidiendo perdonar las deudas y compadecerse con los que sufren, sin esposa e hijos que aseguraran sus descendencia. Un “raro” a los cánones de la época.
Un pobre rodeado de pobres que fundará una iglesia de pobres. “Quien quiera seguirme que se haga servidor de los pequeños”.
Predica bondad. No juzga, ama, da dignidad. No habla de culpas, celebra. Sana emociones y cura heridas.
Es amoroso, misericordioso. Comprometido ante el dolor de los demás. Libre. Ascético. Subversivo. Independiente. Revolucionario con los preceptos rígidos de su cultura monolítica, patriarcal, excluyente.
Ofrece perdón. Es cercano. Es maternal. Tiene relación piel a piel. No usa blindajes. No teme ensuciarse o volverse impuro ante los olvidados de toda gracia. Denuncia la hipocresía y la burocracia del poder. Señala a los corruptos. ¡Qué osado! ¡Gritar que deben romperse las jerarquías, que los últimos serán los primeros!
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