Kitabı oku: «Pico della Mirandola»

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PICO DELLA MIRANDOLA

EL FILÓSOFO DE LA CONCORDIA

© del texto: Carlos Goñi, 2020

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: agosto de 2020

ISBN: 978-84-17623-65-4

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: © Ritratto di giovane,

de Sandro Botticelli. Este retrato se suele

atribuir a la figura de Pico della Mirandola,

aunque su origen es desconocido.

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ebook: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Carlos Goñi

PICO DELLA MIRANDOLA
EL FILÓSOFO DE LA CONCORDIA


SUMARIO

PRÓLOGO DE JAUME CASALS

PICO DELLA MIRANDOLA, EL FILÓSOFO DE LA CONCORDIA

Presentación

I. El proyecto de una vida

II. El «manifiesto» del Renacimiento

III. Siete veces siete

IV. Dux Concordiae

V. Muerte en Florencia

Epílogo: el olvido de la filosofía

DISCURSO SOBRE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

Oración de Giovanni Pico della Mirandola

NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

A Pilar

PRÓLOGO DE JAUME CASALS

Giovanni Pico della Mirandola, un nombre que suena como un verso, ha estado siempre presente en lo que hoy se llamaría la core faculty del Renacimiento. Los historiadores del arte suelen dar mucho crédito al concepto de Renacimiento, e incluso lo dividen en períodos específicos. Desde luego no es lo mismo el quattrocento que el cinquecento, podría ser que el trecento tuviera que incluirse parcialmente en el concepto de Renacimiento, cabría empujar algo el Barroco hacia delante para ampliar el espacio reservado al manierismo… El asunto es más peliagudo cuando la mirada se dirige a los acontecimientos que solemos considerar de tipo filosófico. Aquí, la Antigüedad, el advenimiento del fenómeno «religión» y la Edad Media y, finalmente, la Modernidad presiden un todo que suele arrasar las periodizaciones más minuciosas y delicadas.

La historiografía social y económica seguramente también pondría reparos al Renacimiento como concepto significativo en la época a la que se refiere; quizás nos invitaría a situar el concepto en la época en que se acuña, muy posterior, ya en el siglo XIX, entorno al historiador suizo Jacob Burckhardt, o bien como un fenómeno propiamente académico, con el surgimiento de una especialidad en la investigación universitaria, en la que lucen nuestros casi contemporáneos, por longevos, Eugenio Garin y Paul Oskar Kristeller.

En cualquier caso el concepto de Renacimiento en la historia de la filosofía es discutible. No es fácil encontrar diferencias radicales de mentalidad entre los héroes del siglo XV como Pico o Ficino y autores que nadie osaría no identificar con el estudio de asuntos centrales para el pensamiento medieval, como Ramon Llull o Dante Alighieri, sin ir más lejos. Cuando uno se hace más o menos cargo de cómo imaginaba Pico la vida intelectual y el tipo de problemas que se reflejaban en su disputa con la doctrina papal, parece absurdo no considerarlo un epígono de las disputas interculturales características de lo que, con muy poca precisión, solemos llamar Edad Media.

Tenemos, pues, por un lado, un concepto borroso de cierta época. Por otro lado, en cambio, aparece paradójicamente la figura rutilante del Pico real, muerto a la edad gloriosa de treinta y un años, personaje brillante, aventurero, intelectual destacado en París y Roma, autor de una obra quizás poco conocida y estudiada, pero celebérrima, la Oratio de hominis dignitate, y con un nombre en verso. Sospecho que esta musicalidad total, más que el conocimiento de sus obras y de su periplo intelectual y personal, le dan un relieve en el marco de los estudios universitarios. Y todo ello, la imagen de Pico, el prototipo de Pico, nos puede parecer más útil para definir al dudoso Renacimiento que cualquier tentativa historiográfica o conceptual.

Sin embargo, la mirada más profunda descubre algunos elementos en su obra escrita que empujan sin duda hacia la Modernidad y hacia algo también muy borroso que solemos tapar con la palabra anacrónica «humanismo». Para que la emancipación de la humanidad con respecto al teocentrismo del mapa de ideas medieval pueda tener lugar, es necesario algo que damos por supuesto muchas veces sin ni tan siquiera pronunciarlo y sin asumirlo. No se trata de sustituir a Dios por el hombre en el centro de los estudios. Esta sustitución, a mi juicio, no hubiera dado lugar a la Modernidad en Occidente, sino a otra época imposible de conocer por ahora. No se trata de una sustitución, pues, sino de dotar al ser humano, igualmente precario y, con o sin Dios, perdido en el mundo, de un instrumento que permita prestar atención a dicha precariedad. Esta operación la realiza Pico con una claridad digna de mención. Para él, el ser humano no ocupa lugar privilegiado alguno, pero tiene algo peculiar que le permite salir, cuando ocurre que hay pensamiento, del esquema fijo de la scala naturae: la libertad. El ser humano en cierto modo cuenta solo con su libertad.

Acabo de mencionar con palabras poco apropiadas que, para ello, el pensamiento debe surgir. En este punto, Pico se convierte, quizás sin querer, en intérprete profundo de la filosofía en su origen, concebida como razón común, como discurso que puede ser para todos y debe intentarlo. Pico es uno de los teóricos del punto de arranque por así decir «griego» de la filosofía cartesiana y moderna: la unidad de la razón. Tema del prolongado debate averroísta que había movido a Tomás de Aquino a sus mejores páginas, tema parisino apropiado para un filósofo formado en París, toma con nuestro autor un relieve particular que merece también ser destacado como inseparable de la apuesta por la libertad.

Diría que Carlos Goñi es un estusiasta de Pico della Mirandola. Y su lectura me ha convencido para intentar rescatar una vieja afición por el platonismo del siglo XV. Tengo el gusto de presentar aquí un trabajo en el que la seriedad y cierta apologética conviven sin perjudicarse mutuamente. Las dosis son las justas para asegurar lo que, de mala manera, he intentado reflejar en estas primeras páginas. Una biografía de estilo nos induce a asumir la representatividad del personaje en su momento y a tomar en consideración el valor de cierto individuo singular para tratar de comprender una época como el Renacimiento, que suele escaparse de las manos de los historiadores. Asimismo su versión anotada del Discurso sobre la dignidad del hombre convierte este volumen en una obra de referencia en el ámbito de los estudios sobre la filosofía renacentista. Ambos textos, de excelente factura, tienen por sus características una virtud infrecuente, que quizás solo esta especie de fortuna y de belleza asociadas a Pico, junto con la destreza y el talento de Carlos Goñi, podían conseguir: unas horas de lectura profunda y entretenida de un clásico de la filosofía.

JAUME CASALS

PRESENTACIÓN

No es hombre el que está limpio de filosofía.

Carta a Ermolao Barbaro

«PICCOLO PICO»

Cuenta Voltaire en su Diccionario Filosófico (voz Fe) que, en cierta ocasión, el príncipe Pico della Mirandola se encontró con el papa Alejandro VI en casa de la cortesana Emilia. A la sazón, Lucrecia, la hija del Santo Padre, estaba embarazada y, en teoría, nadie en Roma sabía de quién podría ser el niño: si del papa, de su hijo el duque de Valentinois o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón, quien era tenido por impotente.

Rodrigo Borgia, que cuando accedió a la sede de San Pedro en 1492 tomó el nombre de Alejandro VI, mantuvo con el príncipe Della Mirandola un jugoso diálogo, como contará años más tarde el cardenal Pietro Bembo. El papa saludó al joven muy cariñosamente:

Piccolo Pico [Pequeño Pico] —le dijo, y le preguntó sin más preámbulo—: ¿quién piensas que es el padre de mi nieto?

—Yo creo que es vuestro yerno —respondió el príncipe Della Mirandola saltándose también los ademanes protocolarios.

El Borgia arreció la apariencia de sorpresa:

—¡Hombre! ¿Cómo puedes creer esta barbaridad?

Afectando a su vez Pico la apariencia de humildad, contestó:

—La creo por la fe.

De esa forma elegante y, a la vez, atrevida, el fiel súbdito tiró todas las piedras sobre el tejado papal, y el pontífice preguntó con mayor sorna:

—¿Pero no sabes de sobra que un impotente no puede engendrar hijos?

—La fe consiste —explicó entonces Pico— en creer las cosas porque son imposibles; y, además, el honor de vuestra casa exige que los hijos de Lucrecia no pasen por ser hijos de un incesto. Vos me hacéis creer misterios más incomprensibles. ¿Acaso no tengo el deber de creer que una serpiente habló y que, desde entonces, todos los hombres fueron condenados; que la mula de Balaam habló también con gran elocuencia, y que las murallas de Jericó cayeron al sonido de las trompetas?

Pico continuó —sigue contando Voltaire— con la letanía de todas las cosas admirables en que creía. Y Alejandro VI, poseído por la risa, se dejó caer sobre el diván.

—Lo creo todo tal como lo creéis vos —decía—, porque veo bien claro que no me puedo salvar sino por la fe, ya que de ninguna manera me salvaré por mis obras.

—¡Ah, Santo Padre! —replicó Pico sin disimular cierta socarronería—. Vos no tenéis necesidad de obras ni de fe; eso es necesario para los pobres profanos como nosotros; pero vos, que sois el vicario de Dios, podéis creer y hacer todo lo que os plazca. Tenéis las llaves del cielo y, sin duda, san Pedro no os dará con la puerta en las narices. En cuanto a mí, sin embargo, confieso que tendría necesidad de una poderosa protección si, pues no soy más que un pobre príncipe, me hubiera acostado con mi hija y hubiese usado el estilete y el veneno con tanta frecuencia como lo hace vuestra santidad.

Voltaire apunta que Alejandro VI sabía tomarse a bien las bromas.

—Hablemos seriamente —le dijo al príncipe Della Mirandola—. Dime, ¿qué mérito puede haber en el hecho de decir a Dios que uno está persuadido de cosas de las cuales no podemos estar persuadidos de ninguna manera? Entre nosotros, decir que uno cree lo que es imposible creer es mentir.

Pico della Mirandola se persignó exageradamente.

—¡Dios paternal!

—exclamó—. Que vuestra santidad me perdone: vos no sois cristiano.

—¡No, a buena fe! —dijo el papa.

—¡Ya lo sospechaba! —concluyó el Piccolo Pico.

El diálogo tiene todos los ingredientes para preparar un aperitivo de lo que fue la vida y el pensamiento de Giovanni Pico della Mirandola. Podríamos decir que el Piccolo Pico, como lo llama cariñosamente el papa Alejandro, fue siempre joven, un adolescente hasta la hora de su muerte, su temprana muerte. Pero el diálogo tiene también todos los condimentos que nos permiten saborear la época de Pico, una época especialmente especiada, con un sabor intenso a ganas de vivir y a deseo de sabiduría.

En casa de una cortesana, un filósofo y un papa hablan de temas teológicos y mezclan lo trágico y lo cómico del mismo modo a como se añade un grano de sal al chocolate para hacer más intenso su sabor. Estamos en una época intensa, apasionada, llena de contrastes, una época que necesita, ante todo, la conciliación intelectual que propuso (y nos está proponiendo aún hoy) el «filósofo de la concordia».

Es probable que la breve conversación entre Alejandro VI y Pico della Mirandola nunca tuviera lugar, aunque resulte perfectamente verosímil. En efecto, el encuentro entre el joven filósofo y el papa, quienes se conocían, se respetaban y se apreciaban mutuamente, no pudo ser ni antes de 1492, año en que el Borgia accedió al papado, ni después de 1494, cuando murió Pico. Sin embargo, sabemos que Lucrecia se casó con Alfonso de Aragón en 1498, cuya impotencia queda en entredicho en el diálogo y es lo que lo motiva. Así que, en términos estrictamente históricos, deberíamos dar el caso por sobreseído.

No obstante, a pesar de la más que posible falta de historicidad, el relato que rescata Voltaire tiene un ineludible aroma, podríamos decir, metafórico, como el del café que anuncia su sabor. Un breve intercambio de palabras, un encuentro casual, una conversación banal, reflejan la condición de los protagonistas y la esencia de la época.

Sea verdad o mentira, un papa y un filósofo en un burdel es algo que no puede pasar desapercibido, máxime si el tema de conversación transita sin solución de continuidad de un posible incesto a tratar sobre la fe teologal, y no digamos nada si el mismísimo vicario de Cristo reconoce no ser cristiano, mientras el filósofo secular se muestra como un humilde creyente. Sea verdad o mentira, la anécdota cumple su cometido de despertar las papilas filosóficas para saborear los deliciosos manjares que nos ofrece la corta pero intensa trayectoria intelectual de Giovanni Pico della Mirandola.

Resulta claro que la intención de quien «inventó» este diálogo fue mostrar tanto el cinismo del Santo Padre, que a la sazón no fue ni santo ni padre (por lo menos en sentido espiritual), cuanto la osadía y desenvoltura del joven filósofo, que, por lo que diremos en adelante, fue tanto una cosa como la otra: filósofo y joven.

El hedonismo torpe de Alejandro VI se torna sutil en la figura del imberbe filósofo en cuanto en su persona dio cumplimiento cabal a la máxima de Epicuro cuando animaba a su discípulo Meneceo a que «nadie, por ser joven, vacile en filosofar, ni por hallarse viejo de filosofar se fatigue». El joven Pico fue filósofo de los pies a la cabeza, dedicó su vida entera a la búsqueda de la sabiduría sin escatimar esfuerzos y sin dejase llevar por los partidismos tan a la moda en su tiempo; el filósofo Pico fue joven de edad y de espíritu, lo que le dio a la filosofía un ímpetu nuevo, un aire fresco, atrevido y alegre. Si todo filósofo es un amante del saber, el Piccolo Pico fue un enamorado de la sabiduría, apasionado y febril, entusiasta y delicado, entregado y romántico. Nunca fue besada la dama Sabiduría con tanta pasión como la besó el «filósofo de la concordia».

EL ALMA DEL RENACIMIENTO

El 29 de septiembre de 1516, Erasmo de Róterdam escribe a un buen amigo, que se siente desdichado, para recriminarle que ose hablar de infelicidad cuando él ha tenido la fortuna de visitar Italia en los años maravillosos en que florecían Angelo Policiano, Ermolao Barbaro y Giovanni Pico della Mirandola. Sobre todo este último, quien fue sin duda, como espero que se pueda comprobar a lo largo de estas páginas, el más profundo pensador del humanismo italiano. Seguramente, el humanista neerlandés pensaba, como lo hará siglos más tarde uno de sus principales intérpretes, el italiano Eugenio Garin, que el filósofo de la concordia fue el «alma del Renacimiento».

El Renacimiento nos atrae hoy con una fuerza especial. No como nos seduce el pasado y su historia, con esa mezcla de curiosidad y melancolía, sino como lo hace el futuro y sus promesas. Fue una etapa extraordinaria: audaz, inteligente, revolucionaria, atrevida, adolescente, viva. Por eso, no volvemos sobre ella para recordar sino para revivir porque, en el fondo, aunque lo parezca, no estamos mirando hacia atrás, sino hacia delante. No queremos hacer un inventario, sino seguir inventando; no vamos a profanar tumbas, sino a descubrirnos a nosotros mismos. Podemos decir, probablemente sin el beneplácito de la historia pero sí con el de la filosofía, que el Renacimiento es hoy.

Una época de cambios profundos, descubrimientos y contradicciones, como fue sin duda el quattrocento italiano (y el cinquecento), una época en la que la historia corría más deprisa que los hombres que la protagonizaron, una época marcada por lo «moderno», la búsqueda incesante y la pasión por el conocimiento, necesitaba un hombre joven, audaz y valeroso, capaz de interiorizar el tiempo que le tocó vivir. Ese joven fue Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), que saltó al escenario cuando el siglo del humanismo estaba ya acabándose, y desapareció por la trampilla antes de que se acabara. Como una estrella de rock de nuestros días, Pico vivió sus 31 años con apasionada intensidad, y su corta vida le deparó éxitos y fracasos, amores y desamores, momentos de euforia y de paz, amigos y enemigos, calumnias y alabanzas, envidias y reconocimientos. Es la factura que tuvo que pagar por ser un hombre de su tiempo.

El Renacimiento, lo forman, más que un estilo, unas ideas o nuevas teorías, sobre todo un conjunto de hombres. No en vano, el arquitecto renacentista Giorgio Vasari dice que «cuando la naturaleza crea a un hombre realmente excelso en su profesión, tiene por costumbre no crearlo solo, sino que sitúa a otro en un lugar próximo y en el mismo tiempo para que compita con él».

El historiador británico Peter Burke ha seleccionado a seiscientos personajes, solo italianos, que destacaron en esta época. Son pintores y escultores (314), científicos (55), músicos (50) y humanistas y escritores (181). Llama la atención, algo que el propio autor reconoce, que en esta «élite creativa» haya únicamente tres mujeres, las tres, poetisas: Vittoria Colonna (1492-1547), Veronica Gambara (1485-1550) y Tullia d’Aragona (1510-1556).

La época se inicia con Nicolás de Cusa (1401-1464) y se cierra con la trágica muerte de Giordano Bruno (1548-1600). Dos siglos de hombres, como Lorenzo Valla (1404-1457), Crisóforo Landino (1425-1498), Marsilio Ficino (1433-1499), Sandro Botticelli (1445-1510), Leonardo da Vinci (1452-1519), León Hebreo (1460-1523), Pietro Pomponazzi (1462-1525), Pico della Mirandola (1463-1494), Erasmo de Róterdam (1466-1536), Nicolás Maquiavelo (1469-1527), Nicolás Copérnico (1473-1543), Baltasar Castiglione (1478-1529), Tomás Moro (1478-1535), Francesco Guiccardini (1482-1540), Juan Luis Vives (1492-1540), Teofrasto Paracelso (1493-1541), Gerolamo Cardano (1501-1576), Bernardino Telesio (1509-1588), Guillaume Postel (1510-1581), Pierre de la Ramée (1515-1572), Francesco Patrizi (1529-1597), Etienne de la Boètie (1530-1563), Michel de Montaigne (1533-1592)…, hombres que crearon una nueva atmósfera intelectual y vital.

Se podría describir someramente esta atmósfera con las siguientes características:

Pluralidad. Frente a la filosofía medieval, en la cual, sin menosprecio de la variedad e independencia de opiniones, el desarrollo filosófico fue una empresa común, como si trabajaran en equipo; los «modernos» van por libre, cada cual hace la suya, porque el individuo alcanza una categoría que no tenía en la época anterior. De modo que se puede hablar de filosofía medieval, pero no de «filosofía» del Renacimiento, sino de una rica pluralidad de planteamientos. Pico della Mirandola es un buen ejemplo de este sincretismo, como pone de manifiesto su ideal de armonizar el pensamiento de Aristóteles y Platón.

Renacimiento. El Renacimiento supone, valga la redundancia, un renacimiento de la cultura clásica, tanto de la literatura como de la filosofía y de la sensibilidad artística, «un intento sistemático de avanzar retrocediendo», en palabras de Peter Burke, de buscar la novedad volviendo atrás. El modelo clásico grecorromano, que había sido sustituido por el caballero cristiano medieval, emerge, sin renegar de la carga profunda de la fe, en el cortesano renacentista, por utilizar, no sin reservas, la expresión de Baltasar Castiglione. Un dato: la recuperación de la mitología en este período no tiene parangón alguno con las lánguidas referencias mitológicas que se pueden encontrar en la literatura medieval. Sin ir más lejos, Pico es un ejemplo elocuente no solo del uso abundante de elementos mitológicos en su obra, sino del hecho más significativo si cabe de tomarse los mitos en serio o, cuando menos, de atenerse a ellos como fuentes de sabiduría, al igual que tuvo en consideración la magia, la Cábala u otros saberes esotéricos.

Antropocentrismo. Se ha dicho, demasiado lacónicamente, que la Edad Media es teocéntrica y el Renacimiento, antropocéntrico. La afirmación, siendo verdadera, no se ajusta del todo a la realidad, aunque, en sentido general, se puede decir que la nueva época es más laica que la anterior. Porque ni en el medievo se despreció al hombre, ni los humanistas son ateos en el sentido que le damos hoy en día. Bien es verdad que los pensadores renacentistas transmiten muchas veces una idea del hombre autosuficiente y sin conexiones aparentes con la religión; sin embargo, los autores de esas imágenes naturalistas del hombre fueron por lo general cristianos. Es decir, se preconiza una concepción del hombre autónomo que, aunque cristiana en general, era más naturalista que la medieval. Johan Huizinga, en El otoño de la Edad Media, dice que en esa época la gente trataba lo sagrado con una «familiaridad no exenta de respeto», algo que se puede aplicar perfectamente al Renacimiento con la salvedad de que la familiaridad no tenía por qué incluir el respeto. Pico, como muchos de sus contemporáneos, era profundamente creyente y, aunque se las tuvo que ver, como otros muchos, con la Inquisición, no renegó de su fe. Es más, acercó tanto el hombre a Dios que su doctrina puede ser llamada antropoteísmo. Veremos más adelante el alcance de esta denominación.

Nueva ciencia. En este período crece el interés por los estudios científicos. Lo peculiar del Renacimiento es, si no su nacimiento, por lo menos la concepción de la ciencia experimental tal y como ahora la entendemos y, sobre todo, la tendencia a considerar la naturaleza como un sistema autónomo gobernado por sus propias leyes. Leonardo da Vinci, por ejemplo, describe los tendones del cuerpo humano como «instrumentos mecánicos» y se refiere al corazón como un «instrumento maravilloso». ¿Se inicia aquí la visión mecanicista del mundo? La cosmología no se ha zafado completamente del esquema aristotélico-ptolemaico, aunque la confrontación con la rediviva cosmovisión platónica hace que la física aristotélica se tambalee hasta perder un equilibrio sostenido a base de demasiada metafísica. Pero para eso queda todavía mucho, los elementos antiguos siguen pesando incluso en el propio Pico, quien se muestra crítico con la astrología por considerarla peligrosa pseudociencia y echa mano de la autoridad de Aristóteles, mostrándose leal a la física aristotélica por considerarla una ganancia de la razón respecto a la superstición.

Libertad. De pronto el ser humano descubre la libertad. Eso es el Renacimiento. La humanidad ha llegado a la adolescencia y ha descubierto su bien más preciado. Ahora debe aprender a vivir con él, a gestionar el infinito interior que acaba de descubrir. La época valora ante todo el espíritu emancipado, la autonomía del pensamiento, la razón liberada de una autoridad externa, en definitiva, la autoafirmación de una voluntad que se ha descubierto a sí misma. La libertad irrumpe con una fuerza desconocida e insufla los espíritus de los hombres del Renacimiento. Pico siente con verdadera pasión esa libertad recién descubierta en su propia persona y acomete la primera definición del ser humano en términos de libertad.

Humanismo. Lo que hoy conocemos como estudios humanísticos proceden de los «estudios de humanidades» (studia humanitatis) de esta época, un conjunto de cinco disciplinas académicas: gramática, retórica, poesía, historia y ética (las dos primeras ya contenidas en el trivium). De modo general se puede decir que es humanista cualquier autor que con su obra transmite el legado cultural grecolatino. En este sentido, el humanismo pertenece con propiedad al Renacimiento, pero no con exclusividad, ya que en todas las épocas ha habido humanistas, también en la Edad Media y en la actualidad. Lo singular del humanismo renacentista es una vuelta radical a lo humano, una revolución copernicana, nunca mejor dicho, según la cual el centro del universo no es ya Dios ni la naturaleza, sino el ser humano. Pico dice del él, en su hermosa Oración sobre la dignidad del hombre, donde expone su «antropología humanista», que es copula mundi, cópula del mundo. Según Eugenio Garin, Pico della Mirandola es «humanista en el sentido más verdadero de la palabra», y lo es porque aplica al hombre lo que la teología escolástica había dicho de Dios (lo que hemos llamado antropoteísmo), a saber, que conociéndose a sí mismo, conoce todo: así, en el humanismo piquiano el hombre es quien le da ser a la realidad, quien la hace ser a la medida de su intelecto, porque él es, en sus propias palabras, un universi contemplator, un contemplador del universo, y un verdadero microcosmos.

Por todo esto y por mucho más que iremos descubriendo, Pico fue sin duda ninguna el alma del Renacimiento.

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9788417623654
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