Kitabı oku: «Los mares de la infancia»
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Los mares de la infancia
Los mares de la infancia
(relatos)
Carlos Skliar

| Skliar, CarlosLos mares de la infancia / Carlos Skliar. - 1a ed. - Paraná : Editorial Fundación La Hendija, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-8472-13-31. Relatos. 2. Literatura. I. Título.CDD 808.883 |
Primera edición en formato digital:
Invierno de 2021
I.S.B.N.: 978-987-8472-13-3
© por Fundación La Hendija
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Diagramación: Martín Calvo
Obra de tapa: Geraldine Schroeder
Digitalización: Proyecto451
I.S.B.N.: 978-987-8472-13-3
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
Índice de contenidos
1 Portada
2 El camino hacia el lago
3 Paseo al correo
4 Una despedida sin fin
5 No pude sonsacarle una palabra
6 Yo no lo rompí
7 Testimonio
8 La suerte de ese hombre
9 Anunciarse antes de entrar
10 Broadway, año 1923
11 La sutura imposible
12 Preferirían no hacerlo
13 Plenitud y planicie
14 Temblor de tren
15 No todo está a la venta
16 No mentirás
17 Todo deseo es húmedo
18 El regreso de la partida
19 Irse, antes de que llegue la noche
20 No me interrumpas
21 Declaración del ardor
22 Un cambio innecesario
23 La extrañeza de las imágenes
24 El diluvio anterior
25 Un signo sobre la arena
26 La llaga de la mendicidad
27 Esa palabra
28 Un golpe, o quizá dos
29 Un hombre sin atributos
30 Sonrisa en el zapato
31 Los mares de la infancia
32 El peso de la mariposa
33 Conversaciones imposibles
El camino hacia el lago
Aquellos días la nieve se había vuelto una presencia permanente, un manto impiadoso que recubría los suelos y los techos del poblado; todavía era posible recorrer con prisa los pasadizos de la vecindad en horas del mediodía, y los perfiles de los ventanales se ensanchaban hasta tal punto que parecían gruesas fortalezas de vitrales claros que reflejaban la única y precisa hora de luz circular en que las personas se apreciaban por sus siluetas más que por sus dimensiones.
Incluso los pájaros permanecían guarnecidos en las oquedades de los árboles que aún conservaban zonas verdes, todavía no hundidas en el misterio de unos suelos que nadie recordaba qué contenían ni hacia dónde conducían.
El lago, a cuyos pies se erguían pequeñas casas de solitarios y sedentarios, ya no estaba hecho de agua sino de la misma tonalidad enceguecedora que la tierra.
El anciano lo había comentado sin mayores rodeos unos días antes: no podría soportar demasiado tiempo más de reclusión, la vida no podría continuar así, él confinado, exiliado no por voluntad propia sino por la pereza ajena de unos hijos que se habían marchado en el verano y prometieron regresar en el invierno.
El tiempo era tan inclemente que el viejo notaba la intemperie incluso debajo de sus párpados, la calefacción no era suficiente para esos días en que la noche volvía sin haberse ido del todo, los pocos libros ya habían sido leídos nuevamente, la radio exhalaba noticias de un mundo insoportable, y no había nada para hacer salvo buscar la bebida blanca y tragarla como si fuera la poca sangre que aún restaba.
Los días no pasaban: se estancaban como rituales de la muerte apenas entrecortados por labios que sangraban de frío, y una lejana humareda de un fuego encendido cada vez a horas más tempranas anunciaba la inminencia de la poca comida hecha siempre de col y de patatas.
El olor de la tarde era insulso, como si nadie viniera a conversar o como si el musgo atrapado entre las piedras se hubiera consumido bajo el peso indolente de la gravedad de la sombra. Y la noche lo era todo: principio y fin, sin medianías.
El anciano pensaba demasiado, ¿qué otra cosa podía hacer si su cuerpo había sido abandonado sobre una silla de ruedas y la superficie que podía recorrer no iba más allá de la cocina y el cuarto? A esa edad, sus ideas no eran muchas ni variadas, pero la intensidad y la extensión anquilosada de la muerte se repetían monocordes como heridas expuestas al ritmo gutural de un viento estrepitoso que atravesaba la aldea, más preciso que un reloj de cuerdas, a las siete de la tarde.
Fue mucho tiempo después, incluso cuando el cielo ya se había saturado por el gris y tornado algo más violácea la estación del tiempo, cuando vieron que aunque las huellas no eran nítidas dejaban entrever con claridad una única y larga pisada, sigilosa y recta, a lo largo de siete metros, como un deslizamiento que mostraba, tímidamente, el inefable trayecto de ida sin regreso desde la puerta de la casa del anciano hacia el fondo de un lago todavía enmascarado por la niebla.
Paseo al correo
El hombre avanzaba muy lentamente desde su casa hasta el correo postal de la esquina, que estaba a cargo de una mujer que trabajaba sola y muy despaciosamente en la clasificación de correspondencias y remisión de cartas, que atendía sin ninguna prisa a los clientes quienes, por lo general, concurrían para enviar telegramas de renuncias a sus empleos o para recibir cédulas de notificación de despidos laborales.
La tienda, estrecha y oscura, con carteles amarillentos de niños y niñas buscadas, era un resabio de la época en que allí mismo se prodigaban jóvenes que enviaban cartas de amor a prometidas de otros pueblos, padres e hijos que esperaban con impaciencia la edición de nuevos sellos de colección, y un conjunto indefinido de señores y señoras que tramitaban giros postales para enviar dinero a familiares desperdigados por otras ciudades del país.
Desde hace tiempo que el correo se había transformado en una agencia de malas noticias, porque las buenas ya casi no existían o no eran importantes, y porque recrudecía aquella sensación según la cual ya no había nada interesante ni largo para decir a través de las cartas, y el mundo se reducía a un intercambio de mensajes rápidos, utilitarios y urgentes.
El hombre se sentaba siempre en el centro exacto de la tercera hilera de asientos y aguardaba pacientemente su turno, que la mujer solía anunciar con voz ronca y abierta, como si se tratara de un número ganador de la lotería o, en los días primaverales, de un verso de soneto recién escrito. No le quitaba los ojos de encima, le fascinaba ver cómo la mujer mutaba su rostro serio hacia una sonrisa plácida en el breve camino que separaba al nuevo cliente del mostrador; admiraba las innúmeras posibilidades que le ofrecía a cada una de las personas como mejor opción para sus necesidades; apreciaba ese cabello ensortijado que daba marco a una tez blanquísima, sus ojos almendrados, las arrugas que nacían a los costados de los labios y recalaban al borde de la nariz pequeña, el traje entallado, alisado, impecable, y suspiraba por sus manos de dedos alargados y resueltos a la hora de sellar un sobre o una encomienda o desestimar un inválido reclamo.
El hombre aguardaba ser llamado, pero en verdad gozaba plenamente de esos instantes previos en que veía esa sucesión de hombres y mujeres de todas las edades siendo atendidos con elegancia, a los que la mujer dedicaba minutos tras minutos, como si se tratara de una vocación por escuchar y no por despachar.
Durante esos breves momentos, él creía encontrar allí una suerte de paraíso perdido: la conversación, cierta discreción, la solución a los problemas mediando poquísimo dinero y, sobre todo, esas pausas provocadas por las dudas, el volver a preguntar, el posible y dilatado desenlace.
Pero lo que más adoraba era la calma apacible con que la mujer reordenaba su mínimo escritorio antes del próximo llamado, el trapo apenas humedecido con el que corregía los desvíos de la tinta derramada, el pañuelo claro con el que se secaba las manos, el reordenamiento de los lápices, la cinta adhesiva, los papeles apilados con una prolijidad desmesurada.
Le fascinaba, además, ver a los niños que acompañaban a sus madres o sus padres, intentando trepar hasta la altura del escritorio y situarse cara a cara frente a la mujer, sosteniéndose en puntas de pie para descubrir un universo hasta allí ignorado: el reino de los objetos que formaban parte de un presente y un pasado, como si se tratase de la última oportunidad para apreciar esas cosas que luego formarían parte del olvido, de negocios de segunda mano, o de los escasos museos.
Cuando llegaba su turno parecía despertar de un letargo.
Esa voz lo convocaba con una tonalidad que le parecía especialmente dirigida a él, como si lo llamaran por su nombre, con un timbre que sonaba ceremonial a la vez que secreto. Daba sus pasos desde la tercera fila hasta la ventanilla recordando algo parecido a una tienda de juguetes, y preparaba su voz como quien está a punto de confesar, al fin, la frase más importante del día o de la vida.
Al llegar al umbral de la ventanilla y tocar con su cuerpo esa separación rigurosa e indigna entre él y la mujer, el hombre acomodaba su corbata raída, carraspeaba, colocaba sus dos manos sobre la mesa, la miraba con sus mejores ojos –extensos, atrevidos–, sentía un rubor que lo recorría desde la espalda hasta las sienes, le dedicaba el mejor buenos días del que era capaz, sonoro, intenso, duradero, y se daba la vuelta para reemprender el camino a casa, sin más, sin ningún trámite de por medio, sin siquiera esperar la respuesta de la mujer, sin necesitarla, con esa extraña y venturosa alegría que sólo es posible comprender cuando alguien es niño, hombre y anciano a la vez.
Una despedida sin fin
Aquello que había escuchado la tarde en que nos despedimos no era, entonces, lo que habías dicho de verdad. Qué pena. Era una tarde preciosa, la recuerdo, con unos nubarrones violetas apostados a los costados del horizonte y un sol tímido, aquietado por la bruma de un cielo que a los pocos minutos cubriría la ciudad de una suerte de manto grisáceo, espeso, como si se tratara de una fina capa sobre una vestimenta demasiado estrecha. Ya han pasado veintiún años, siete meses, doce días. No sé cómo esta correspondencia ha llegado hasta aquí, aunque es cierto que en estos tiempos no me he movido demasiado, y que prácticamente permanecí inerte, como una suerte de impericia para seguir adelante. Aquí ha sido mi único lugar, inalterable, inmóvil como una estatua de espaldas en un parque deshabitado. Y tu carta me dice ahora que lo que habías dicho no fue que nuestra vida era imposible sino imprevisible. Yo escuché que era imposible, no imprevisible. No sé por qué quise oír esa palabra y desoí la otra. Quizá porque ignoraba el significado de imprevisibilidad y no tuve ni paciencia ni fuerza para buscarlo. En todo caso me pareció percibir que imposible era una palabra más bien recta u obtusa que no requería de mayores explicaciones por tu parte. Una palabra concluyente, el sonido después del látigo. Por eso al marcharte seguí tu rastro una semana o dos y luego anduve vagando detrás de una sola quimera, pues tener una vida imposible me parecía insoportable o, perdón por la repetición, imposible: la quimera fue rendirme, vivir como si nada pasara, como si no fuese importante tomar decisiones o dejar de tomarlas, desaprensivo, pensando que la vida nos es dada pero sobre todo arrancada; ligero, sin pesos excesivos, con cautela, solitario, sin ilusiones, mezquino, adormecido. Evidentemente escuché mal, pero tal vez no podía entonces escucharte de otro modo: habías decidido partir porque –pensé yo– nuestra vida era imposible, no porque sentías que tu vida era imprevisible, y yo no tenía coraje para mutar lo imposible en posible. Me disculpo, claro, por mi absurda indolencia. Ahora lo comprendo, aunque es demasiado tarde para escuchar de otro modo lo que entonces dijiste y regresar a ese banco de la plaza en que solíamos abrazarnos y divisar los planetas sin nombre o aún por nombrar: que nuestra vida era imprevisible, es decir, que no era posible ofrecer garantías ni éxitos, que no había ninguna posibilidad de cotejar o de probar sin ignorar qué ocurriría, que habría que abonarse al azar de la furia, de los volcanes activos y, también, de la voracidad de la destemplanza. Pienso ahora: ¿era imprevisible o, mejor dicho, impredecible? Da igual. Lo cierto es que me hubiera gustado estar a tu lado cuando iniciaste aquel largo viaje luego de la separación, también cuando enfermaste y comenzó tu agonía, pero me fue imposible saberlo, no era previsible que ello ocurriera. Además, lo confieso, me hubiera encantado conocer a tu hijo, que según observo en esta fotografía que acompaña tu carta, es tan parecido a mí, de un modo remoto y extraño. Como si tuviera un parentesco conmigo trazado con líneas borrosas, difusas, inestables. Y de haber sabido que yo era su padre, como sugiere tu escrito, pues nada, quién sabe, cómo saberlo, tal vez la vida, mi vida, nuestra vida, hubiese sido de otra manera, o no, y en todo caso tan imposible como imprevisible –¿o impredecible?– a la vez.
No pude sonsacarle una palabra
Un poco más allá, en el patio, detrás de la hierba marchita, en ese hueco mínimo que dejan los maceteros cóncavos con las flores maltrechas, allí lo encontré. Estaba con el rostro aturdido, lloriqueando, mocoso, avergonzado, escondido dentro de sí como un caracol en su concha, abismado, abovedado, quejándose. No pude sonsacarle una palabra, ni un fragmento de palabra, ni un pedacito de sílaba. Dos horas y quince minutos esperé a que me contara qué ocurría, lo recuerdo bien porque luego de una hora comencé a mirar el reloj con inquietud. Y me quedé a su lado, tieso, sin ninguna voluntad de conversación ni de dar ánimos ni de apelar a esa vieja y espuria costumbre que consiste en decir que ya pasará, que no es tan grave, que después de todo en unos días lo recordaría como una tontería, todos esos comentarios que se dicen sin que el cuerpo exprese nada, como si fuese tan fácil afrontar la vida que nos toca, ésa, que reclama de nosotros siempre la entereza, permanecer erguidos, como si fuésemos un ejército de nosotros mismos, rectos, erectos, estrictos. Por el contrario, lo que se me venía a la mente era confirmar el desatino, la nula voluntad de continuar, la necesidad de ser débiles, la impotencia, el descanso, el deseo de imprudencia, la infinita sustracción de experiencias que resulta de vivir en este mundo. Pero no podía hablarle así, cómo iba a hacerlo, qué lección podía darle yo que había evitado a toda costa cada riesgo y, hasta allí, creía que adaptarse era la virtud más sublime de lo humano. Por eso me callé, como un modo de compañía, porque después de todo hay que saber no decir una palabra y que al mismo tiempo todo el lenguaje pese como un ancla milenaria de un navío extraviado en altamar, hay que saber no utilizar las zonas más flemáticas de la lengua para convencer de un error imprudente, hay que saber vacilar y ocupar ese silencio que es más grave aún que la sonrisa hipócrita que todo lo calma y después viene la llaga mal curada, esa herida del respirar que no cesa de reclamar aire para sí y para ninguna otra parte, y la mente se te llena de un embrollo hecho de maldiciones y distracciones. Me callé, sí, pero busqué el modo de estar allí presente, rodeándolo, abrazándolo, acariciándolo, sin importunarlo, sin humillarlo como lo hacen esas ancianas que pasan sus manos deshechas sobre la cabeza de los niños sin preguntarles si acaso lo desean, sin la impostura de esos amantes que mientras deslizan sus dedos infames sobre la piel húmeda se relamen con un cuerpo distinto de rostro diferente. Y es que en esos instantes, frente al dolor, delante del cuerpo compungido, asustado, apocado, no vale la conmiseración o la falsa complicidad: es mejor, mucho mejor, quedarse al lado pero sin enfatizar nuestra presencia, como si le mostráramos una prolongación del dolor, una especie de alargamiento en uno del cuerpo golpeado, aturdido, que sí, que puede ocurrir, que no se puede estar siempre bien, atento, disponible, al servicio del frenesí del mundo. Aunque luego comencemos a sentir que eso que ocurre al otro comienza a sucedernos a nosotros mismos, como una celebración de la fragilidad, aunque estallemos en mil pedazos y ya no nos recompongamos más. Porque es una salvaje ilusión volver al punto de partida, o al momento inmediatamente anterior al embate, y de nada vale que canturreemos alguna melodía suave, como si fuésemos espasmos de alegría, o que insistamos en mecer lo que precisa a los gritos seguir aullando. Así fue como después de casi dos horas y quince minutos logré alzarlo sin moverlo demasiado, le susurré unos sonidos en otra lengua, me levanté junto a él, lo llevé de vuelta a casa y lo apoyé sobre su sillón preferido cubierto con esa manta de tejido grueso y resistente para que pudiera al fin retozar un poco, recuperar el aliento, dormir si quisiera y pudiera; en qué guerras habría estado, qué manada de bestias le asestó semejante paliza, por qué me desobedece y sale sólo a la calle, qué bello es, cómo quisiera que me comprenda, cómo me gustaría que siga viviendo, pobre perro mío.
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