Kitabı oku: «La mecánica secreta del mundo»

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LA MECÁNICA SECRETA DEL MUNDO

Un libro de

Cat Rambo

Diseño de cubierta

Cristian Arenós Rebolledo

Traducción

Carlota Villate Moreno

Corrección de galeradas

Santiago García Soláns

Cristian Arenós Rebolledo

ISBN 978-84-123051-0-4

© Cat Rambo

© de la presente edición

La máquina que hace PING!

Primera edición febrero 2022

La máquina que hace PING!

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón

España



Carpe Brillen


Carpe brillen, decía siempre mi abuela Gloria. Aprovecha el brillo.

Y eso era lo que más recordaba de ella, los destellos. El fulgor de la pedrería, una vaharada de Patou Joy, el lápiz de labios como un estandarte rojo sobre su boca. Debajo de todo eso, una ancianita enérgica con el pelo plateado y la piel pálida como la de un vampiro.

No era un vampiro, por supuesto. Pero Gloria Aim se juntaba con todos los que eran alguien durante aquellos días y también eran su público en Las Vegas. Famosos, presidentes, periodistas, todos acudían a su espectáculo en el Sparkle Dome, la contemplaban mientras se pavoneaba con su sombrero negro de copa y sus medias de rejilla, conjurando llamas y palomas (nunca hacía trucos de cartas, los odiaba), provocando fantasmas que se dirigían hacia los seres queridos que tenían entre el público. Y cuando se bajaba del escenario, lo hacía entre un fulgor deslumbrante, como la reina de las hadas bajando de su trono.

Todo ese brillo. ¿Y en casa?

Era una acaparadora de mugre.

Me quité el sudor de la frente con el dobladillo de la camiseta y ataqué otra pila de revistas. El polvo ascendía y me llenaba las fosas nasales, me hacía estornudar. Caía y cubrí los pelos de mis antebrazos. Algo se había podrido en un rincón. Limpiaba esa zona de la casa tras haber despejado el camino que llevaba hacia ahí. Respiraba por la boca.

En su día fue una habitación para invitados, pero había sido tomada por una tropa de muñecas con cabeza de porcelana, apiladas sobre montones de revistas y periódicos deteriorados. Nada de pis de gato, me había librado de eso en estas habitaciones del fondo que llevaban cerradas desde hacía, al menos, un par de décadas.

La abuela había comprado la casa cuando llegó a la cima de su primera fortuna. Acababa de irrumpir en la escena de la magia teatral. Era una mujer de Brooklyn que se había formado en prestidigitación. Había estudiado con la maga más famosa de su tiempo, Susan Day.

De hecho, el montón de revistas más cercano, que se desmenuzaba nada mas tocarlo, mostraba a la abuela y a su mentora en la portada. Un cartel de su breve gira juntas, justo después de la Segunda Guerra Mundial. La anciana y glamurosa Day, con el pelo rubio recogido en un elegante moño y los ojos azul turquesa. La abuela resplandecía y deslumbraba, no solo por las piedras falsas que brillaban sobre su pecho, sino también por sus ojos de ensoñación y por una sonrisa tan amplia que le abría la boca.

La pila contenía docenas de ejemplares del mismo número, por mucho que sacara y sacara. Un enjambre de pececillos de plata se escabulló cuando levanté la última revista. Despejé la habitación por completo antes de sacar mi arsenal de insecticidas y atacar con ellos.

Cayeron confetis amarillentos cuando hice de la pila un montón para meterlo en una bolsa y tirarlo a la basura. A estas alturas ya veía que un papel que se desmenuzaba tanto se traduciría en un compungido movimiento de cabeza del tasador, quien murmuraría: «Demasiado deterioradas, señorita Aim».

De igual manera que en cada una de las siete habitaciones que había ordenado hasta el momento, clasifiqué el contenido en montones. El de los desechos era, de largo, el más grande. Para valorar había cosas interesantes, más allá de los montones de muñecas que la abuela había coleccionado. El montón de cosas a guardar era, en realidad, dos sub montones. Uno para mamá y otro para mí.

Objetos y más objetos para clasificar y evaluar. Revistas viejas entre restos de envoltorios de caramelos. Mucha ropa, la mayoría formal, que curioso. Estaba rasposa por el almidón envejecido. Utilería artística, amontonada en bolsas que había adquirido en mercadillos de la iglesia, aún sin abrir. Frascos de perfume a medio llenar y neceseres cubiertos de polvo.

Y también había cosas curiosas: un cuadro cosido con pelo humano que mostraba un castillo en un acantilado, una enorme bola de cristal de medio metro de ancho, un trío de banjos mecánicos que tocaban solos que venía con una biblioteca de canciones de antaño a elegir, una cesta llena de abanicos de sándalo.

Una “cosa podrida” que resultó ser un montón de pieles. Cuando las moví despidieron un hedor que recordaba al chucrut pasado y que me empujó a salir un rato al pasillo. Apoyada en el amarillento papel de la pared respiré aire más fresco.

La colección de muñecas puede que valiera algo, según me habían dicho. Pero nada en la escala de ganancias que había previsto. La abuela había sido rica, aunque era comedida a la hora de gastar, aparte de este extraño desbarajuste de casa. ¿Dónde había ido a parar todo ese dinero?

¿Y por qué lo había ahorrado todo? Pensé que tal vez se trataba de un retorno a su infancia incierta y plagada de mudanzas. Mi bisabuelo había sido un estafador, siempre a punto de ser expulsado de la ciudad, según contaba ella. Más de una vez habían tenido que marcharse a medianoche, abandonando todo aquello que no cabía en una maleta. Esto podría ser una reacción ante aquello.

Sin embargo, no tenía sentido psicoanalizar a mi abuela muerta. Una vez embolsadas y sacadas las pieles, la habitación resultó mucho más soportable. Seguí buscando, revisando los últimos montones antes de examinar la alfombra disecada que había debajo, tan seca que me preocupaba que se desintegrara si le pasaba la aspiradora.

Mi móvil vibró en mi cadera. Lo saqué del bolsillo del pantalón y miré la pantalla. Mi madre.

Tomé aire antes de contestar.

—¿Sí? —dije.

—Ojalá no hubieras elegido eso —dijo mi madre, volviendo a la misma discusión que habíamos tenido durante toda la semana, desde que dije en la lectura del testamento: «En realidad, me quedo con la segunda opción»—. Es una estupidez. Podrías decirles que has cambiado de opinión, que quieres el dinero en vez de eso.

—Nunca se sabe, podría encontrar algo maravilloso —le dije poniendo a prueba una nueva táctica. Tal vez si la convencía de que podía haber un tesoro enterrado entre los montones y pilas de esta enorme amalgama de tres casas, me apoyaría.

Siseó de impaciencia. Al menos eso es lo que siempre había significado ese sonido estrangulado, tanto emitido por ella como por la abuela. A mamá le gustaba pensar que era la antítesis de la abuela, pero la verdad era que se parecían más de lo que cualquiera de las dos hubiera admitido. Incluso yo había encontrado algún gesto que otro que no consideraba mío, sino de ellas, que se colaba en mi forma de hablar.

—¿Has encontrado algo? —me preguntó.

—Todavía no —le contesté—. Pero solo he empezado a rascar la superficie. No tienes ni idea de la cantidad de cosas que ha conseguido meter aquí. Es alucinante —le di un golpe a la pila que había estado ordenando, y se movió hacia un lado emitiendo un olor a cedro y calcetines viejos que casi me produjo una arcada.

—¿Por qué te pones tan terca con esto, Persephone?

—Tengo treinta años. Puedo tomar mis propias decisiones. La abuela me lo propuso —dudé antes de añadir—: No es una decisión tuya —sentí que esas palabras aumentaban la distancia entre nosotras, y eso que mi madre ya estaba muy lejos.

Colgó sin decir nada. Me quedé mirando las palabras «llamada finalizada» antes de limpiarme la cara otra vez, saboreando sal en mis labios. Estaba sudando a mares con este calor atroz. Eso era todo.

Cuando acabé el instituto y la abuela me dijo que no me pagaría la universidad, le supliqué a mi madre que intercediera.

—Tú provocaste esto —le dije—. No te pido que me cuentes lo que pasó. Todo queda entre vosotras. No voy a tomar partido. Pero si le...

Mi madre negó con la cabeza rápidamente, alejando con nerviosismo cualquier posibilidad. Sus manos, de dedos largos y diestros como los de mi abuela, como los míos, se revolvían delante de su cara, como si firmaran esa negación.

Apoyé el brazo en la mesa de la cocina y me arrepentí al instante. Vivíamos en un piso situado encima de una cafetería. Siempre olía a hamburguesas rancias, y todas las superficies adquirían una película pegajosa y aceitosa que se asemejaba a un film transparente pegado a la piel. En la puerta vecina, una de las tres mujeres de Laos que vivían allí empezó a gritarle a otra iniciando una de sus interminables discusiones.

—No, no —dijo mi madre arrastrando las palabras, desesperada. La sola mención de la abuela le provocaba pánico—. No hablemos de eso. Pero piensa qué más puedes hacer. Has escrito todos esos maravillosos ensayos para la revista de literatura. Seguro que tienen alguna beca para estudiantes prometedores. O enrólate en la Guardia Nacional, te pagarán, y entonces sabrías qué hacer, ¡directamente desde el instituto!

—Mamá —negué con la cabeza copiando su gesto en cámara lenta—. ¿Crees que no he mirado todas las demás opciones? El plazo para solicitar becas ha pasado. Tendría que dejar de estudiar un año...

—¡Entonces déjalo un año! Puedes vivir aquí, encontrar trabajo, ahorrar...

—¡No!

Había visto a demasiada gente dejar que un año se convirtiera en dos, luego en tres y luego en nunca. Siempre hay algo que se come los ahorros.

Tenía que aprovechar la coyuntura mientras pudiera. Había visto cómo el escaso sueldo que mi madre ganaba como secretaria, desde que mi abuela dejó de mantenernos, se esfumaba cada mes. Siempre había algo: un techo que arreglar, la operación de úlcera de mi madre, mil problemas con el coche.

Me las había apañado para gestionar la situación, consiguiendo trabajos a tiempo parcial, pero nunca era suficiente. Nunca podía ahorrar para la universidad. Y no me preocupaba, asumí siempre que mi abuela me la pagaría. No esperaba vivir a lo grande, estaba más que dispuesta a seguir trabajando, pero sin su aportación, estaba perdida.

Podría haber llorado entonces, pero ¿de qué habría servido más allá de amargar a mi madre?

Así que fui a ver a mi abuela.

Su casa estaba igual que siempre, era una especie de complejo conformado por tres casas unidas. No tenía césped, sino un elaborado jardín de cactus y otras plantas desérticas. Enormes agaves estriados y saguaros desmesurados que la abuela le encargó a un jardinero antes de que yo naciera, mucho antes de que se utilizaran términos como xerojardinería o tolerante a la sequía.

Dos de las casas, en un principio, fueron de una sola planta. Después se les añadió terrazas en los tejados, cenadores y una estructura de cobertizos apilados que nunca habría sobrevivido en una zona con un clima de verdad. La tercera y última en añadirse a la mezcolanza fue una Tudor de tres plantas, en el lado norte. Entré por la entrada de la primera casa, que era la que albergaba la mayoría de las habitaciones que la abuela utilizaba a diario.

Conocía el tema del acaparamiento. Había pasado muchas tardes de verano en mi infancia jugando en ese vasto complejo, con la libertad que me daba mi abuela, que me echaba de allí para pasar la tarde practicando la prestidigitación o diseñando armarios trucados en su enorme taller, el cual ocupaba el espacio de un garaje de tres plazas y en el que construí mi primera casita para pájaros, una librería y una pequeña caja de madera.

La puerta de la entrada, con su panel de vidrieras rojas y doradas, resonó cuando llamé. Me hubiera dejado entrar sin más. Yo todavía tenía una llave por algún lado, pero mi abuela cambiaba las cerraduras cada año, aunque nunca me explicó por qué. Además, cada una tenía su propia llave, así que vete a saber cuál era la tuya.

En el interior, sin embargo, pocas puertas tenían cerraduras, salvo la del santuario íntimo de la abuela, un estudio forrado de libros alrededor de un enorme escritorio de ébano y nácar repleto de esquemas y correspondencia. Solo la abuela y sus secretarios tenían esa llave. Quizá ese era el motivo del cambio anual de cerraduras, aunque se podría pensar que, de ser así, solo se realizaría cuando uno de ellos se marchara, si se daba el caso.

Utilicé la aldaba, un elaborado fundido en bronce de dos dragones chinos. A la abuela le encantaba el misticismo y recargaba su espectáculo con todos los símbolos que podía. Muchos de sus fans acudían repetidamente a los espectáculos, intentando descifrar el popurrí de claves cabalísticas y arcanas que incorporaba en sus trajes y en su instrumental.

La puerta se abrió dejando un reguero de olor a incienso almizclado. Esperaba que apareciera algún secretario, pero era la abuela en persona. Había empequeñecido. Antes me llegaba a las orejas, ahora andaba más cerca de los hombros. Pero seguía caminando como la abanderada de un desfile.

—Pasa —dijo como si me hubiera visto el día anterior. Se dio la vuelta y se fue para dentro esperando, claramente, que la siguiera.

Entré en la sala de visitas, la cual era una de mis habitaciones favoritas. Un enorme ventanal formado por mil fragmentos diferentes de cristales refractantes engarzados por un hilo de pescar translúcido daba al jardín de cactus del exterior. El terciopelo color cobalto de los muebles, muy desgastado, exhibía un brillo sedoso en la trama, pececillos eléctricos de neón que se esparcían por la superficie del océano. Aquí era donde la abuela solía recibir a las visitas, sin permitirles entrar más adentro de la casa.

Sin embargo, no recordaba que estuviera tan abarrotada, repleta hasta la claustrofobia. Las paredes estaban llenas de estanterías que sobrepasaban mi cabeza, adornadas a su vez por una serie de muñecas, desde las más pequeñas hasta las que me llegaban a las rodillas, vestidas con elaborados trajes. Reconocí algunas, ataviadas a imagen y semejanza de los trajes escénicos que había llevado la abuela a lo largo de los años. Yo había jugado con las originales más de una vez.

Más muñecas se alzaban sobre la repisa de la chimenea, en otros rincones insólitos, o se alineaban en los alféizares de las ventanas. Algunas estaban colocadas a lo largo de la pared, de pie, en una larga fila.

En un rincón había cajas apiladas, con etiquetas en las que se leía: «Edición Limitada», tras lo cual seguía el nombre de mi abuela. Y ventanas con hornacinas que contenían muñecas. El aire olía a crin de caballo, a polvo y a plástico viejo.

La mesa, a la altura de las rodillas entre dos sillas, presentaba una bandeja de plata con una cafetera, tazas, nata, azúcar, un pequeño plato con galletas y dos servilletas de tela. ¿Me esperaba la abuela? Me resultaba imposible pensar que mi madre hubiera llamado antes para avisarla.

Me acomodé en la silla frente a ella y cogí una galleta mientras ella servía té para las dos. Sin decir nada, me lo preparó tal y como me gustaba, un chorrito de leche y media cucharada de azúcar, mientras yo mordisqueaba el borde de una galleta, que sabía a cartulina y limón.

Sin preámbulos, dijo:

—Has venido porque necesitas dinero para la universidad.

—No demasiado —dije—. Pienso trabajar para cubrir los gastos de comida y alojamiento, y yendo al interior del estado los costes serán bajos.

—Estoy dispuesta a pagarte la totalidad de la matrícula y los gastos de manutención en determinadas condiciones —dijo.

Parpadeé.

—¿Cuáles son?

Dejó su taza para remarcarlas con dos dedos.

—A. Asistirás a la universidad que yo elija. B. Te especializarás en el campo que yo elija.

—¿Qué? —dije. Me atravesó algo que estaba entre la indignación y el pánico, e hizo que me echara hacia delante—. ¿Qué universidad? ¿Qué especialidad?

Quién sabía qué clase de peculiaridad tenía en mente.

—Puedes ir a otro estado —dijo—. Pero debe estar en la costa este. Preferiría que fueras al MIT.

—¿Por qué el MIT?

—Allí es donde fue Susan Day. Es mi homenaje a ella.

—¿Cuál era su especialidad?

—Esa parte no entra en juego. Quiero que estudies ingeniería.

—¿Qué? —mi frente se arrugó en señal de desconcierto—. ¿Por qué ingeniería?

—No he dicho que te lo vaya a explicar —dijo, y levantó su taza para dar otro sorbo.

No tenía ninguna baza, ningún poder para negociar. Acepté todos los términos que me impuso. Cuando le dije a mi madre que iba a ir al MIT, no me preguntó de dónde salía el dinero ni por qué había elegido ir allí.

No preguntes, no digas. Así que no dije nada.

Imagina todo el detritus que genera una persona a lo largo de su vida. No me refiero a la basura (envoltorios de alimentos y cajas viejas), sino a los objetos con los que interactuamos, que creamos: listas de la compra y postales de verano, libros en los que garabateamos notas durante el colegio, diarios, cartas y dibujos.

Y las fotografías. Dios, ¡las fotografías!

La abuela era una celebridad y las celebridades están documentadas en diapositivas, en viejas polaroids y rollos de película polvorientos. Recortes de periódicos, en poses de pin-up autografiadas y enviadas a los fans por alguno de los rubios secretarios que se encargaban de la correspondencia de la abuela, invisibles como gorriones. Ninguno duró más de un par de años. Ninguno fue mencionado en el testamento de la abuela. Al igual que mi madre.

Todo estaba metido en cajas de cartón cerradas con cinta adhesiva vieja que se deshacía al tocarla. Al menos el calor y la sequedad de Las Vegas me habían librado del moho y de los insectos, a excepción de los interminables pececillos de plata y los ocasionales escorpiones. De alguna manera asombrosa, parecía que ningún ratón se había aventurado a entrar entre estas paredes. La abuela debía de haber puesto veneno, o bien un secretario habría hecho algo en alguna ocasión.

Avanzaba, caja a caja, lentamente. Aceleraba el ritmo a medida iba aprendiendo a clasificar mejor, o quizás simplemente preocupándome menos ante esta desconcertante masa de trastos.

A menudo encontraba cosas que parecían haber sido empaquetadas por error. Un rollo de toallas de papel, un cuenco de sauce lleno de galletas viejas que se habían quedado grises como el cartón. Un rastrillo envuelto en una manta. Media docena de macetas, un paquete de semillas de caléndula de 1963, guantes de jardinería sin usar y una pequeña pala del tamaño de una casa de muñecas. Ceniceros de cristal con colillas y puntas arrugadas de porros entremezcladas con ceniza. Un tarro de manteca de karité agrietado. Viejas máscaras de Halloween y tarjetas de felicitación, de la infancia de la abuela, firmadas a lápiz: Ursula, Jimmy, Laverne. Animales taxidermizados, entre los que había un panda, una iguana y una cabra con un cuerno de unicornio injertado.

Tenía la esperanza de encontrar un tesoro. Y encontré algunas piezas que guardar, por aquí y por allá, pero con demasiada frecuencia todo era basura. Los joyeros de la abuela resplandecían como las promesas cuando abría la tapa y dejaba entrar la luz, pero todo ese brillo era una ilusión. Buena bisutería, me dijo el tasador, y no del todo despreciable ya que era vintage. Pero distaba mucho de ser el tesoro del dragón que había imaginado al empezar. ¿Cómo es posible que algo tan reluciente valga tan poco?

Lo más extraño que encontré aquella primera semana fue una mano de metal totalmente articulada y con dedos tan finos como los de mi mano, la cual extendí a su lado para comparar. La de metal era un cincuenta por ciento más grande que la mía. No era de oro, pero lo parecía. Y era vieja, parecía tener décadas. El grabado era tan fino que al principio no pude distinguirlo.

Cuando lo miré entrecerrando los ojos, iluminado por un rayo de sol que entraba por la ventana, vi que eran esvásticas y rayos, un patrón entrelazado. Su diseño era elegante, pero me produjo la misma reacción que esa guerra y sus atrocidades, una náusea en la boca del estómago.

¿Sería un recuerdo de la guerra que Day había coleccionado? La mano tenía un aire científico, y recordé que Day había espiado a los científicos alemanes, se había infiltrado fingiendo ser una simpatizante nazi. ¿Quizás sería un modelo de trabajo?, ¿un prototipo de alguna clase más que un objeto artístico?

El muñón estaba sellado por una tapa metálica de finas y profundas ranuras. Me resultó extraño agarrarlo. Parecía suelto, como si su centro de gravedad cambiara constantemente. Y como si fuera a moverse en cualquier momento, como si fuera a escaparse de mis manos y hacer alguna cosa extraña y siniestra (por supuesto, era una mano izquierda).

¿Qué habría hecho mi abuela con ella? ¿Había hecho algo? Muchos de los objetos que se veían estaban sin usar, todavía dentro de sus envoltorios originales. Así que tal vez no la había utilizado nunca. La respuesta probablemente estaría en el dormitorio de mi abuela, que aún no me había atrevido a abordar. Aquellas habitaciones me parecieron amplias en mi infancia, pero ahora estaban abarrotadas. Eran un laberinto de pasillos tortuosos delimitados por cajas de cartón grandes y cajas de zapatos, cajas redondas para sombreros y pelucas, pequeños tocadores repletos de cosméticos en cantidades industriales.

El primer día despejé una habitación, uno de los dormitorios de invitados de la planta baja, simplemente apilando su contenido en el primer lugar que pude. Por ejemplo, en unos cuantos cubos de plástico en el patio. Tal vez por instinto, o por la intuición de que iba a necesitar ese espacio.

A pesar del amarillento papel de pared, el polvo del viejo suelo de madera y el mismo olor a incienso que impregnaba las primeras estancias, esa habitación se convirtió en un lugar ordenado en el que me refugiaba cuando me abrumaba el caos. Lo mantenía escrupulosamente limpio para poder sentirlo como un refugio libre de polvo en suspensuón. Entre un ligero aroma a limón, hice la cama con el edredón de seda azul cielo bordado con estrellas doradas y mariposas carmesí que saqué de un dormitorio del piso de arriba. Siempre me encantó este edredón. Mi maleta estaba vacía, sobre un estante. Todo su contenido pasó a las seis perchas del armario y a los tres cajones de la pequeña cómoda.

En el sótano había una lavadora y una secadora, así que no temí quedarme sin ropa limpia. Desde mis años universitarios estaba acostumbrada a vivir con una mochila, resistiendo ese impulso de anidar que parecía reclamar a todas las demás mujeres de mi familia.

No había más adornos en la habitación: ni obras de arte ni alfombra ni cachivaches ni velas votivas. Cogí la mano y la puse sobre la cómoda.

Era tarde y estaba cansada. Pero cada vez que cerraba los ojos no podía evitar visualizar aquella mano, la cual se levantaba sobre las yemas de los dedos, reptaba silenciosamente por el lateral de la cómoda, avanzando sigilosamente hacia mí. Al final me levanté y la metí en el cajón inferior de la cómoda, que por lo demás estaba vacío, y lo cerré con fuerza. La madera vieja estaba pegajosa; si la mano intentaba escapar, haría suficiente ruido como para despertarme.

Con ese pensamiento, al fin pude dormir.

Puedo decir exactamente cuándo empezó la abuela a acumular todo aquello. Mi madre me había contado la historia. La abuela empezó a coleccionar las muñecas cuando era niña, pero entonces la colección era una cosa manejable. El asunto no llegaría a una etapa insostenible hasta pasada la adolescencia.

Cuando Susan Day murió, nombró a la abuela como su única heredera, así que la abuela encargó que el contenido de la casa que Day tenía en Brooklyn, una enorme casa de antes de la guerra, fuese enviado a su casa de Las Vegas. Al mismo tiempo, compró la casa de al lado y mandó construir un pasillo que las uniese. Los muebles del antiguo morador quedaron en su sitio y se combinaron con los nuevos, lo cual creó una profana amalgama de elementos decorativos setenteros aguacate y almendra tostada que, además, se entremezclaban con tallas de madera alemanas del viejo mundo, estatuas cabalísticas y setenta urnas chinas (una vez las conté).

Recuerdo haber visitado esa doble casa. Ya entonces era agobiante y extraña, pero cuando eres una niña todo te parece normal.

Cuando tenía trece años, tenía una vecina que se llamaba Elena. Jugábamos juntas fuera. No creo que intentara conscientemente que no entrara en casa, pero no me ofrecí a llevarla. Ella insistió y acabé aceptando que se quedara a dormir.

No pensé mucho en su motivación. Estaba encantada de que una chica de mi edad quisiera ser mi amiga. Mi madre y yo habíamos cambiado de casa tan a menudo que no había vivido casi nunca cosas así. Y mi abuela se mantuvo prudente, al margen, más allá de pedirnos alguna pizza, decirnos que nos comportáramos y desaparecer en su taller durante el resto de la noche.

Mi habitación tenía dos camas individuales, así que cada una eligió la suya. Mucho después de la “hora de acostarse” estuvimos hablando de la escuela y de las clases que aborrecíamos.

—Tía, todo el mundo va a flipar con que haya pasado la noche aquí —dijo Elena.

—¿Por qué? —su tono me hizo sentir incómoda.

—Nadie más ha estado aquí. Cuando la gente va por ahí vendiendo revistas, caramelos, cualquier chorrada que te haya encargado el colegio para recaudar fondos, tu abuela ni siquiera te abre la puerta. A esto le llaman la casa de la bruja.

Forcé una risa.

—Bueno, ahora puedes decirles que no es la casa de la bruja.

Se hizo un breve silencio antes de que Elena dijera:

—Sí, ahora puedo decírselo.

Por la mañana fuimos a la enorme cocina que usaba la abuela. La de la otra casa era pequeña y estrecha. Se refería a esta como la cocina de las fiestas, a pesar de que nunca, durante todo el tiempo que la conocí, celebró una fiesta en ella.

Abrí la alacena y le mostré a Elena las opciones en cuanto a cereales para el desayuno. Yo siempre desayunaba los cereales azucarados que mi madre no me dejaba comer en casa. La abuela se preocupaba de que hubiera antes de mis visitas.

Elena optó por algo más adulto, aunque echó mano del azucarero cuando le pasé los copos de maíz.

—Qué asco —dijo.

Había volcado la caja de cereales sobre su cuenco y lo que apareció fue una mezcla de copos, pequeños bichos marrones y larvas blancas aún más pequeñas.

Todas las cajas de la alacena, salvo las de mi producto edulcorado, estaban en ese estado, según descubrí cuando volví más tarde. Elena se rindió después del tercer intento y se fue a casa. No volvimos a hablar. Me esquivó un par de veces para que nuestros caminos no se cruzasen.

Unos años más tarde, la abuela compró la casa de atrás y procedió de la misma manera, la unió a las otras, pero esta vez construyó pasillos de verdad. En el centro, un patio cerrado albergaba una piscina gigantesca en la que me bañé en innumerables tardes de verano, y un jardín de piedra descuidado, repleto de sedum y siemprevivas que brotaban por cualquier parte donde pudieran afianzarse. Nunca he visto esa variedad en otro lugar. Habían aparecido originalmente en nueve macetas color púrpura, pero se habían extendido por todo el jardín, desbancando a las variedades más comunes.

Las plantas tenían un extraño tono violáceo y producían racimos de flores blancas que solo se abrían al atardecer, llenando el patio de un olor indescriptible, dulce, que para mí siempre será el olor de la nostalgia.

Me desperté con ese maravilloso olor que entraba por la ventana abierta. Al principio, no sabía qué era lo que había interrumpido mi sueño, pero volvió: un golpe en la puerta. Así que fui y abrí.

—¿Señorita Aim? —dijo el hombre que tenía delante. Lo pronunció con el más leve de los acentos sureños: zeñorita Ay-yum. Era una voz joven, pero el hombre no iba a la par. El gris de su traje le apagaba la piel hasta dejarla pálida, y dejaba su pelo cortado al ras del mismo color cenagoso. El otro hombre que estaba detrás de él era más bajo, más achaparrado, más moreno, pero tenía la misma postura y apariencia en general—. Tenemos entendido que está clasificando la herencia de su abuela y queríamos hacerle algunas preguntas.

—Me gustaría ver alguna identificación —dije.

—Por supuesto —me tendió una tarjeta.

—Cualquiera puede falsificar algo así —dije dándole la vuelta a ese plástico rígido. Estaba bastante gastado, por lo menos—. Nunca he oído hablar de esta agencia, señor Forest. ¿El Departamento de Historia de Guerra?

El agente Alan Forest esbozó una tensa sonrisa.

—Lo único que nos gustaría es poder hablar con usted, señorita Aim. Preferiblemente no aquí en la calle.

La valoración que tenía de él subió un peldaño cuando no se inmutó ante la decoración cuando entró.

Su compañero, sin embargo, emitió un pequeño sonido ahogado mientras miraba a su alrededor.

—¿Estás abriéndote camino entre todo esto? —preguntó—. Hombre, no te envidio. Mi tía abuela también era una persona que acumulaba cosas. Hace ya tres años y seguimos encontrando cajas donde escondía de todo.

Parecía verdad, pero el primer hombre intervino con demasiada delicadeza.

—Estamos dispuestos a ofrecerle ayuda con esta tarea, señora Aim. Un equipo de tasadores profesionales que revisaría el lugar y prepararía un inventario, sugiriendo dónde colocar cada cosa. Sin cargo para usted.

—Pero quieren algo a cambio.

—Tenemos razones para creer que puede tener algunos objetos de interés histórico, heredados de la señora Day. Mientras tu abuela vivía, nos pusimos en contacto con ella en repetidas ocasiones, pero se mostró reacia a revisar todo lo que había recibido de la señora Day. Nos indicó que se encargaría de ello en el testamento, pero al parecer nunca llegó a incluir esa cláusula.

Su tono tocó todas las teclas correctas. Sentí lástima, sabía lo testaruda que mi abuela podía llegar a ser. De hecho, di un paso adelante, dispuesta a aceptar lo que me pidiera, pero un destello de luz solar bailó a través de uno de los cristales del gran ventanal y me deslumbró durante un segundo, el tiempo suficiente para que recuperara el aliento y cerrara la boca con tanta fuerza que mis dientes chasquearon.

—Lo siento —dije. La expectativa iluminó sus ojos, que se apagaron al segundo siguiente cuando continué—: Tendré que pensármelo.

Ambos insistieron en dejar sus tarjetas. Las tiré sobre un montón en la habitación donde guardaba los materiales reciclables hasta que el ayuntamiento pudiera enviar un camión la semana siguiente. Había aprendido por las malas que la basura es algo que los funcionarios de la ciudad se toman muy en serio. Si sacas a la acera tantas bolsas como para llenar un camión entero, puede que tengas que volver a meter la mayoría en casa, o al menos en un porche cerrado.

La redacción del testamento me había hecho pensar que la abuela quería que me quedara con la casa para ¿ordenar sus pertenencias?, ¿para entender la vida que representaban? Pero tuve que preguntarme si fue consciente de lo penoso que resultaría.

¿Qué era esta casa sino un monumento a los remordimientos guardados? El brillo requiere movimiento. Por aferrarse tanto al brillo guardándolo en cajas lo había despojado de todo lo que adoraba de él.

Sacudí un antiguo vestido de escena. Las lentejuelas se desprendieron como escamas de pescado y se esparcieron por el suelo, a mis pies. Lo único que quedó era un esqueleto de hueso y tul antiguo que se mantuvo erguido durante un segundo, como si lo vistiera un fantasma, antes de desplomarse por el suelo.

Mi abuela conocía a muchos otros magos de escena. De todos ellos, mi favorito era Eterno. Por eso, cuando aquella tarde me lo encontré en el supermercado, me alegré tanto que le abracé. Él me devolvió el abrazo, de un modo familiar, casi paternal. Era un hombre grande, con una cara angulosa con barba y bigote, nevada como una montaña. Iba vestido formalmente, siempre había hecho hincapié en ello, y el alfiler de su corbata mostraba un par de máscaras plateadas, una riendo y otra llorando.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté mientras dirigíamos juntos nuestros carros hacia la cola de caja.

—Estaba visitando a una amistad de la zona y pensé en parar de vuelta a casa para comer. Para reponer fuerzas —me guiñó un ojo.

Arrugué la nariz hacia él.

—No necesito saber los detalles de tu vida sexual, muchas gracias.

Se rio a carcajadas.

—¿Crees que los viejos no lo hacen, mi niña? Qué equivocada estás. ¡Oh!, qué equivocada estás.

Me puse las manos en las orejas.

—La-la-la-la-la, no puedo oírte.

—Ven a tomar café, niña.

Nos acomodamos en los sillones de cuero de la cafetería anexa a la tienda de comestibles.

Eterno pidió una especie de café de alta calidad con sus complementos. Miró mi café, divertido.

—Siempre fuiste muy purista de niña. No debería sorprenderme. ¿Cómo va la gran purga?

—Demasiadas cosas —dije—. Un montón de fotos tuyas que dejé en un rincón. Se os ve muy felices juntos. La abuela y tú habéis estado alguna vez... ya sabes... —hice un pequeño gesto con la mano, pero no estoy segura de lo que debía transmitir exactamente.

Me miró fijamente.

—Claro que sí. ¿Cómo puedes preguntar eso?

—Era una niña —dije—. No lo sabía.

Levantó su elaborada bebida y le dio un sorbo, sin dejar de mirarme a los ojos.

—¿Nunca te lo preguntaste?

—¿Preguntarme si estabais comprometidos? Claro.

Mientras negaba con la cabeza su pelo cayó hacia delante ensombreciendo sus ojos.

—Me refiero a si yo era realmente tu abuelo o no.

—¿Lo eres?

Dio un trago.

—Permíteme decirte que es una posibilidad. Incluso bastante probable.

—¿Podemos hacer una prueba de ADN?

Levantó una ceja.

—Tú también fuiste siempre una niña muy pragmática. Pero no.

—¿Por qué no?

—Porque tu abuela nunca lo consideró oportuno. Fue su decisión. ¿Quién soy yo para contradecirla? —extendió sus manos de prestidigitador con sus largos dedos haciendo un gesto de impotencia.

Le miré fijamente.

—Si realmente fueras mi abuelo, tendrías todo el derecho a decírmelo —le dije—. Ergo, no lo eres —me sentí un poco triste porque se diera esa posibilidad, aunque la lógica la desterrara.

Suspiró. Se inclinó hacia delante.

—Escucha, niña, estoy a tu lado sea como sea. ¿Has encontrado alguna rareza al revisar sus cosas?

Mi mente se centró en la mano de metal, pero mantuve el rostro inexpresivo. Nadie juega al póquer como el hijo de un prestidigitador. Y dije:

—¿Qué clase de rareza?

—Compró un montón de recuerdos mágicos a lo largo de los años —dijo—. Algunos están malditos. Si lo sacas de la protección que lo rodea, puedes desencadenar todo tipo de efectos secundarios no deseados.

Me burlé.

—Actúas como si todo esto fuera real.

Se limitó a mirarme. Hizo un gesto de desprecio torciendo los labios.

Ambos sabíamos que era real.

Ambos la habíamos visto hacer cosas que solo la magia podría lograr.

La pierna me sorprendió cuando la encontré. No es que me sorprendiera encontrar una pierna, sino que había pensado que aparecería fragmentada: espinilla, rodilla, muslo. En cambio, era toda de una pieza, bastante pesada, aunque no tanto como cabría esperar, así que era hueca, obvio. Podía hacer que la rodilla se flexionara tanto hacia delante como hacia atrás. Se movía con soltura, sin ningún indicio de rigidez. Casi de forma natural.

La metí en el armario. ¿Cuántas cosas así, de esa calidad, encontraría completas? ¿Era ésta la última muñeca de la colección de la abuela? ¿Alguno de sus recuerdos mágicos?

¿Era algo mágico?

Cuando tenía ocho años, mi abuela eclipsó la luna para mí.

Lo hizo como un truco. Eterno había acabado una actuación y habían estado bebiendo elaborados cócteles hechos por el secretario que tenía en ese momento. Le dije:

—¿Puedes hacer un truco, yaya?

Con el característico acento que se apoderaba de su hablar cuando estaba borracha, me respondió:

—Te haré un truco de verdad.

Eterno me cogió de la mano y ambos nos sentamos en el patio mientras mi abuela se paseaba por él, murmurando para sí misma. Se quitó las horquillas. Su pelo blanco se desenredó y le cayó por su espalda. Lo tenía más largo de lo que yo pensaba. Gritó algo hacia el cielo y vimos cómo una negrura se retorcía y empezaba a comerse a la luna. La luz se volvió fría, las farolas se habían apagado en algún momento del que yo no me había dado cuenta. Pude sentir los latidos del corazón de Eterno en sus dedos apoyados en los míos, y su respiración.

De alguna manera, sentí que estaba tan aterrado como yo. Porque esto significaba que el mundo era diferente de lo que pensábamos, con reglas que no comprendíamos. Para una niña, no fue tan demoledor. No puedo imaginar lo que sería para un adulto.

En total, duró una hora, quizás. Una fría luz procedente de ningún lugar nos traspasaba, y escuché un canto. Un canto agudo que provocaba una sensación de terror y deleite vertiginoso a la vez. Era difícil tomar aire, había que pelear cada bocanada.

Cuando la negrura liberó la luna, pudimos volver a respirar.

Pero ninguno de nosotros volvió a hablar de esto después de aquella noche. Me dio la impresión de que mi abuela se arrepintió.

Un buen mago nunca revela sus trucos.

No me quedaba nada más que abordar que aquello que había pospuesto durante tanto tiempo: la suite de la abuela. Ocupaba la mitad de la segunda planta de la casa Tudor: dormitorio, baño lujoso y sala de estar. Los techos altos eran preciosos, y también le permitieron apilar las cajas a mayor altura, hasta el punto de que no podía alcanzar las filas superiores de la mayoría de las pilas, lo que me hizo preguntarme cómo se las había arreglado mi diminuta abuela hasta que vi el taburete plegable encajado en una esquina.

Había evitado este lugar a pesar de que no tenía sentido hacerlo. Si había objetos de valor, este era el lugar lógico en el que tendrían que estar. No, fue otra cosa la que me disuadió. En cualquier otro lugar de la casa podía explorar y hacer como si mi abuela hubiera salido un momento. Invadir su dormitorio era otra cosa.

Era asimilar que estaba muerta.

No me gusta glorificar a los muertos. No voy a sostener que mi abuela era una mujer simpática. No voy a sostener que era una mujer amable. La verdad es que estaba ensimismada. Tenía una personalidad potente hasta el punto de ser una fuerza de la naturaleza.

Pero me quería. Yo era su única nieta y, a sus ojos, yo no podía hacer nada malo de pequeña. Esa fue, quizás, una de las cosas que nos distanció a mi madre y a mí. Ella se había esmerado durante toda la vida por conseguir la aprobación de su madre, mientras que yo la había obtenido sin siquiera pedirla.

Cuando alguien te quiere así, profunda e incondicionalmente, es muy difícil no corresponder. Pese a que mi abuela me obligó a ir a la universidad que ella decidió, las dos sabíamos la verdad: aunque me había utilizado mucho para perjudicar a mi madre en el largo y enrevesado juego al que habían estado jugando toda la vida, retenerme como rehén era una estrategia que habría sido válida para cualquiera de las dos partes. Mi madre no la había utilizado. No sabía si era por desconocimiento o por algún escrúpulo moral. Nunca entendí todas las corrientes emocionales que corrían entre ellas.

Me detuve frente a la puerta doble de roble. No era originaria de la casa, la había traído de algún rincón de Baviera. Tallada con sauces y doncellas del Rin, cada puerta tenía una manilla hecha con un cisne de latón. Puse los dedos en el cuello del cisne y probé la manilla: estaba cerrada. Suspiré y empecé a probar las llaves del enorme manojo sin marcar que había encontrado en la cocina. Tras diez minutos de ensayo y error, la cerradura hizo clic y abrí la puerta.

Encontré el interruptor de la luz y lo accioné a un lado y a otro, pero la bombilla estaba fundida. La habitación no se veía debido a un montón de cajas que obstaculizaban casi toda la luz que procedía de las ventanas. Entre pilas de cajas de cartón, algunas viejas cajas de licor y otras etiquetadas como material escénico, se abría un estrecho pasillo.

En la caja que quedaba a la altura de mis ojos se leía «Plumas blancas: 1 enormes». Unos pelillos fantasmales aún se aferraban a la cinta adhesiva pegada a lo largo de una de las esquinas.

Avancé por ese pasillo de cartón, tan estrecho que mis hombros rozaban ambos lados. Continuaba recto durante unos pasos para después bifurcarse. Un camino se dirigía hacia la ventana y (supongo) la zona de la cama, el otro serpenteaba hacia la sala de estar.

Opté por este último.

En el umbral entre las dos habitaciones, cerca de un perchero de vestidos de fiesta, busqué otro interruptor de luz, pero fue igual de infructuoso que antes. El aire olía a polvo, a perfume y a una antigua tela que rozaba continuamente, como si me buscara al pasar.

La habitación de al lado estaba aún más a oscuras, con las ventanas completamente cubiertas por largas cortinas. Estaba usando el móvil como linterna, sosteniéndolo con las yemas de los dedos. Me sobresalté cuando sonó.

Miré la pantalla. Mi madre.

Contesté de pie, en medio de esa oscuridad polvorienta que olía a la abuela.

—¿Sí?

—Necesito que me recojas en el aeropuerto a la 1:15 —dijo mi madre.

—¿Hoy?

—¡Claro que hoy! Estoy a punto de subir al avión. Voy a volar en United, en el vuelo 323. ¿Necesitas que te repita todo para que lo apuntes?

—¿Para qué vienes?

—Así podré ayudarte.

Me asaltó una sospecha.

—¿Dónde te vas a quedar?

Se produjo una pausa, como si le hubiera preguntado en algún idioma extranjero que requiriera traducción antes de procesar.

—Contigo. ¿No te quedas ahí en la casa?

Me imaginé a mi madre “ayudándome”. Se me hizo un nudo en la garganta. Durante toda mi vida había visto a las dos pelearse. Ahora mi madre venía a cacarear una victoria que consistía simplemente en haber sobrevivido a la otra. O, lo que sería peor: como los demás, los agentes, Eterno, quería algo pero no me decía el qué.

Me armé de valor y le dije:

—No, no puedes hacer eso. Te buscaré un hotel.

—No digas tonterías. ¿Por qué narices no puedo quedarme ahí?

Mi mente buscaba excusas. Tenía que existir alguna razón.

—Es un tema legal —le dije—. El testamento dictaba que tenía que ordenar todo yo sola. Sin ayuda.

Lo cual era una verdad a medias, pero mi madre nunca había sido precisamente una persona detallista y esperé que se lo creyera.

Lo hizo, aunque no le gustó nada.

—Puedes recogerme por la mañana y puedo ayudarte, al menos —dijo—. Sé de dónde procedían muchas de sus cosas y puedo ayudarte a clasificar lo que es valioso y lo que no.

Había conseguido una prórroga, así que no me preocupé. A mi madre le encantaba Las Vegas y podría desviar su atención con facilidad prometiéndole ir a ver un espectáculo de música (nunca de magia) o ir a cenar a un club. A ella le encantaba apostar. Durante mucho tiempo pensé que el desencuentro entre ellas se debía a una de las deudas de juego de mi madre, pero ninguna me había afirmado que eso fuera cierto. Sabía que esa era una de esas cosas que a mi abuela le encantaba reprocharle a mi madre.

Aparté el teléfono y me quedé en medio de la oscuridad, escuchando. Pero los únicos sonidos existentes eran los largos y lentos crujidos de la casa, el roce del viento contra el tejado, el lejano bramido del aparato de aire acondicionado que intentaba mantener fresco el piso de abajo.

Me adentré en la habitación oscura. Algo brillaba al fondo.

Tal vez debería haber sabido que me dejaría lo que consideraba más importante allí, en el salón donde había pasado tantas horas practicando juegos de manos o tocando el arpa de pie que se encontraba junto al sofá en el que se desmayaba. Era evidente que había pasado gran parte de sus últimos tiempos aquí. Un amasijo de piezas de puzzles de metal salpicaba la superficie de la mesa de centro, junto a revistas acumuladas durante varios años. Incluso jubilada, había decidido mantenerse al día y competitiva en su campo.

Lo había colocado sobre la mesita de palisandro y ébano que sostenía una estatua de la diosa Atenea de un metro de altura. Era un tarro de un litro, pero el cristal brillaba con una luz blanca y aceitosa, teñida de verde. No como si algo en el interior del tarro brillara, sino como si el propio cristal brillara, resplandecía multiplicándose y casi alcanzaba el resplandor de una lámpara. Las sombras que proyectaba oscilaban sobre el interior de la habitación, sorprendentemente libre de pilas de cajas de cartón. Me acerqué al borde de la mesa y miré el frasco. Estaba sellado. Tenía una etiqueta en el lateral, escrita con la cuidadosa caligrafía de mi abuela.

«Fantasma de Susan Day, 22/2/63», se leía. Apoyada en la base del frasco, una tarjeta escrita misma letra: «Ella te ayudará».

Toqué el lateral del frasco. A pesar de su resplandor casi radiactivo, estaba frío como la luna. Tan frío que me preocupó que me hubiera congelado la piel.

Unos cristales de escarcha recubrían a su vez el canto de la tapa de metal.

—Pero ¿qué puedo hacer contigo? —me pregunté mirándola fijamente. Esperaba que el frasco respondiera, pero se mantuvo mudo.

Si desenroscaba la tapa, lo que parecía lo más lógico, sobre todo por la falta de instrucciones, ¿liberaría al fantasma?

¿Era éste el objeto que todos buscaban? ¿Cómo sabían que tenía una cosa así? ¿Y para qué lo había usado?, si es que lo había usado. Pensé en las pastillas de jabón envueltas en celofán que había encontrado apiladas en un cuarto de baño: suficientes jabones olor a mandarina como para limpiar toda la ciudad. Pastillas tan viejas que el jabón se había moteado y tornado marrón.

¿El fantasma había estado esperando todo este tiempo ser liberado? ¿Y si estaba enfadada? Retiré la mano.

Era necesario investigar.

La biblioteca de la abuela era literalmente intransitable, así de altas eran y así de juntas estaban las cajas de libros. Muchos eran libros enviados por fans, con notas personales dirigidas a ella escritas en el interior de la cubierta. Otros eran de historias de magia de escena con notas a pie de página, a veces capítulos enteros, que trataban sobre su vida. Se habían publicado tres biografías de Gloria Aim. Solo una autorizada, podías saber cuál debido a la cantidad de cajas de las otras dos que había guardado aquí.

Me traje el frasco conmigo. Para resguardarme de su frío, lo envolví con una mantita que saqué del sofá de los desmayos. Incluso envuelto, su luz resplandecía. Iluminaba la tela desde el interior. La puse sobre la mesa próxima a la puerta y empecé a mover las cajas, despejando el camino hacia la pared este.

La mayoría de los magos de escena tratan de encontrar elementos de magia real, la verdadera, como si fuera un mandato, un geas que viene incluido en el trabajo. La abuela no había sido una excepción, y en las estanterías de la pared este había manuscritos que habían pertenecido a John Dee y a Roger Bacon. Grimorios de brujas y pergaminos, ya antiguos mucho antes de que Las Vegas floreciera en el desierto.

No había ningún catálogo de fichas ni índice alguno, por supuesto. Pasé el dedo por los lomos hasta que encontré Sobre fantasmas, un libro fino con una sobrecubierta de papel azul llena de espirales. Estaba escrito por un sanfranciscano que recordé que había venido a casa una o dos veces cuando era niña, aunque no me acordaba de si habían hablado de fantasmas. Me pareció un punto de partida tan bueno como cualquier otro. Bajé unos cuantos títulos más, los apilé en una mesa y me senté a pensar. Mi madre llegaría dentro de unas horas, y tenía que preparar el terreno con tanto cuidado como haría un militar en campaña.

Parte de esto suena hiperbólico, como si mi madre fuera una representación estilo Crawford de la rabia. En realidad, era una criatura bastante pasiva. Pero al mismo tiempo, una que veía el mundo a través de una lente de negatividad constante. Todo le parecía mal a mi madre. Siempre había un gusano en el corazón de la rosa, y yo no había sido una excepción.

Era lo suficientemente despreocupada como para dejarme a mi aire cuando fui niña. La mayoría de mis comidas eran frente a la televisión. De hecho, comía frente al televisor mientras ella estaba fuera trabajando.

Mi madre estaba descentrada de una manera que fui incapaz de ver hasta que salí de casa y pude observar a otras familias en acción. Los demás no llamaban a sus padres por su nombre de pila. Los demás celebraban cosas como los cumpleaños y la Navidad. A mi madre le parecían tópicos. Los demás tenían padres que venían a ver las obras de teatro y los juegos del colegio, y acudían a las noches de padres y profesores.

Sólo pensar en ella me destrozaba. Estar cerca de ella suponía una batalla.

Guardé en mi habitación todo lo que no quería que viera. Tenía el gran aro con las llaves, al fin y al cabo, y ahí estaba la única llave de la habitación. Había guardado allí la pierna metálica. Ahora llevé el tarro, pero movida por algún impulso lo escondí aún más. Lo metí en el fondo del armario de las toallas del baño y cerré la puerta, para ocultar su luz.

Hice chasquear la llave en la cerradura.

Escondiéndole cosas a mi madre como si fuera un oponente o un enemigo. Incluso muerta, mi abuela proseguía con su guerra.

Mi teléfono sonó mientras la esperaba en el parking del aeropuerto, su avión se había retrasado media hora. Una empresa de la que nunca había oído hablar me ofrecía un trabajo.

Halagada, respondí que estaba disponible, pero no antes de que la casa estuviera ordenada, por lo menos un mes más.

La oferta no me pareció para nada especial. Se mostraron molestos e insistieron. Un sueldo increíble, pero solo si podía empezar la semana siguiente.

Intenté averiguar la razón de las prisas, pero el entrevistador no me dijo nada, solo me insistió más. Finalmente, me forcé a decir que no (la suma era muy elevada) y colgué, contenta de que la conversación no hubiera ocurrido en presencia de mi madre.

Pero era extraña esa insistencia. Seguramente sería paranoico pensar que el agente Forest era capaz de elaborar un plan para manipularme de esa manera.

¿No?

Mi madre llegó entre un revuelo de bufandas, y con un conjunto muy poco apropiado para el calor.

—Me había olvidado de lo horrible que es esto —dijo indicándole al mozo que pusiera sus cuatro maletas en la parte trasera de mi coche—. Por el amor de Dios, llévame a un lugar con aire acondicionado.

Le pregunté cómo había sido el vuelo, y me lo contó. Con demasiado detalle.

—Te he reservado una habitación en el Luxor —le dije—. Pensé que querrías disfrutar el estilo de vida de Las Vegas mientras estés aquí—. Eso, además, colocaba un margen de treinta minutos de camino entre nosotras. Sin coche, acabaría dependiendo de mí, y esa era distancia suficiente para que no hiciera triviales desplazamientos de ida y vuelta.

Pude ver cómo calculaba todo eso, pero también cómo lo contrapesaba con el aliciente de tener los locales de juego a solo un ascensor de distancia. Me miró con cara de “sé lo que estás haciendo”, pero se limitó a murmurar:

—De acuerdo.

—Después de que te deje allí volveré en un par de horas —añadí—, y te recogeré para ir a cenar. ¿Qué te apetece?

—Ese restaurante chino tan bueno al que a veces nos lleva Eterno —dijo ella—. ¿Lo has visto?

—Ayer me lo encontré en el supermercado. Tomamos un café.

—¿Está bien?

—Igual que siempre. Más imponente que la vida. Me preguntó si alguna vez yo me había preguntado si era mi abuelo.

Ella resopló.

—Por supuesto que no lo es.

La seguridad de sus palabras me sorprendió.

—¿Entonces sabes quién era mi abuelo, tu padre? Creía que la abuela nunca te lo había dicho.

—Conocí a mi padre —sonrió ligeramente mientras miraba por la ventana delantera.

—¿Sigue vivo?

Silencio.

—¿Por qué no puedo saberlo? —le pregunté—. Lo sabes, por el amor de Dios.

—Es complicado.

Seguía sonriendo. Le encantaba ser la que tenía todas las cartas. La muerte de mi abuela había cambiado nuestra dinámica.

Una vez más, me pregunté si yo iba a sustituir a la abuela como el oponente en torno al cual madre centraría su vida. Mejor sería prevenir.

Me arrimé a ella para tocarle la mano.

—Lo siento. No hace falta que me lo digas. Quería decirte que te agradezco mucho que hayas venido.

Apaciguarla ahora, preguntarle de nuevo más tarde, y ver si podía pillarla desprevenida en el momento adecuado.

—¿Qué has encontrado hasta ahora? —me preguntó.

—Un montón de trastos. Las cosas no tienen el valor que había pensado. Y el clima de la casa resulta ser nefasto para el papel. Se cae a trozos.

—Susan Day tenía algunas cosas viejas y valiosas —dijo mi madre.

Acabábamos de entrar en el Strip. Incluso a la luz del día, parecía palpitante, cargado de electricidad y dinero. La mirada distante de mi madre recorrió las hordas de turistas sudorosos.

—Algunas cosas antiguas muy valiosas —repitió—. Antigüedades. Recuerdos militares de su época de espía.

Pensé en la mano con la esvástica grabada.

—¿Qué tipo de recuerdos militares?

Giró la cabeza.

—¿Por qué? ¿Qué has encontrado?

Su reacción me hizo recelar. Me eché atrás.

—Nada más que periódicos —mentí—. Quizás he buscado en los lugares equivocados. Todavía no he pasado de unas pocas habitaciones.

Se relajó.

—Bueno, ahora que estoy aquí para ayudarte irá más rápido —dijo—. Después de la cena podemos echar un vistazo.

Llamé a Eterno para ver si quería venir con nosotras, pero ya había hecho planes. «Eres capaz de lidiar con tu madre tú sola, chiquilla», me dijo.

Hice una mueca. ¿Era realmente tan evidente?

—Quiero hablar contigo —le dije.

—¿Sobre qué?

—Sobre fantasmas.

—¿Eh? —dijo. El hecho de que no titubeara me hizo pensar que, después de todo, no era el fantasma de Susan Day lo que andaba buscando.

No. Tenían que ser los miembros mecánicos lo que todos buscaban.

Durante la cena, le insistí a mi madre para en que tomara unas copas de vino para relajarse y adaptarse al cambio de hora.

—Bueno, vale —dijo.

También se dejó convencer y se tomó un licor después de cenar. Creí que tendría sueño y que estaría un poco borracha mientras volvíamos, y que no se opondría a que la dejara en el hotel.

Pero a pocas manzanas del restaurante, dijo:

—¿No vamos a la casa?

—Es tarde —le dije—. Debes estar cansada.

—¿Va a ser así toda la visita?

Me quedé de piedra.

—¿Qué quieres decir?

—Está muerta, Perséfone. Ya no necesitas protegerla de mí.

Suspiré.

—¿Qué quieres, madre?

—Que seas feliz. ¿Cuándo he querido otra cosa?

—Mogollón de veces.

Se sumió en un silencio indignado. Quería que me deshiciera en disculpas, que me doblegara ante ella, pero esta vez me atrincheré. Ya era bastante mayor para que nadie más que yo gobernara mi vida.

Aunque estuviese aquí ordenando unas casas por el capricho de una mujer muerta. Pero deseché ese pensamiento.

Volvimos al hotel sumidas en un silencio glacial.

—Tengo recados que hacer por la mañana —dije—. Pasaré a la hora de comer.

—Ya veremos —dijo cortando las palabras, pero cedió y se inclinó para abrazarme. Una largo e intenso apretón que mostraba todo el afecto que nunca podría pronunciar en voz alta.

Cuando llegué a la casa, me di cuenta de que había perdido las llaves en algún momento de la noche. Se trataba de mi pequeño llavero, el que correspondía a las puertas exteriores. El gran llavero que controlaba todas las puertas interiores de la casa lo tenía en mi habitación. Llamé a un cerrajero, pero no podía venir hasta pasadas unas horas. Así que aproveché y llamé a Eterno, que no tuvo inconveniente en dejarme que fuese a verlo con dos cafés y una bolsa de rosquillas.

—Me ha dejado un fantasma —le dije.

Levantó las cejas, sorprendido.

—Un fantasma.

—El fantasma de Susan Day, para ser exactos.

Se frotó la barbilla con el lateral de un dedo. Su cocina era pequeña, pero estaba inmaculada. Daba la sensación que rara vez comía allí. Busqué leche para el café y el frigorífico solo contenía viejos envases de comida para llevar y una jarra de cristal con agua.

—Estuvo en su lecho de muerte, lo sé —reflexionó—. Pero siempre pensé que estuvo allí para proteger el fantasma de Day, para que no lo tomaran. No para tomarlo ella. Maldita sea, que desalmada.

—¿Para qué se lo llevaría? —le pregunté.

—Hum. Déjame pensar cómo decírtelo —Se tocó la frente—. Algunas personas se los llevan para hablar con ellos. Pero la mayoría... bueno, son una fuente de poder. Piensa en que si estuvieras construyendo una casa necesitarías cosas para alimentar los dispositivos, como una caldera para los calefactores o un cuadro de mandos para la electricidad... Un fantasma puede actuar así. Es por lo que la mayoría de los magos tratan de conseguirlos. Los meten dentro de otras cosas.

Le miré fijamente.

Él me devolvió la mirada.

—¿Qué?

Hice un gesto de impotencia.

—Esperaba encontrar más negaciones. Que me dijeras que me estaba poniendo paranoica o que estaba loca.

Negó con la cabeza y se echó hacia delante para tocarme la mano con ánimo tranquilizador.

—La mayoría de los magos saben que no pueden negarle la existencia del Mundo Oculto a alguien que se ha topado con él. O que ha sido llevado hasta él, en tu caso.

—Ya que estamos siendo transparentes y honestos —dije—, ¿qué es esa pieza, recuerdo de la guerra, que todos buscan?

Su atención se acentuó.

—¿Quién más la está buscando?

—¿Quién no? —contesté—. Por eso mi madre está aquí, estoy segura —empezó a relajarse hasta que añadí—: Y algunos agentes del gobierno también.

Sus hombros se hundieron en medio de un suspiro.

—Muy bien. Susan Day tenía un autómata que le había robado a los nazis.

—¿Robo partes o se lo llevó completo? —le pregunté pensando en lo que había encontrado hasta ahora.

—Oh, completo. Hablé con él, en su día.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Tu abuela lo tuvo en funcionamiento hasta que naciste. Algo se estropeó. No sé si el problema era mecánico, siempre supuse que lo era, u otra cosa.

Parpadeé.

—¿Por qué lo desmontaría la abuela?

Entrecerró los ojos para mirarme.

—¿Tu madre nunca te dijo nada al respecto? Estaba obsesionada con esa cosa.

—¿Qué quieres decir con obsesionada?

—Se sentaba y hablaba con él como si fuera una persona. Decía que se llamaba Heinrich. Pasaba horas con él.

—¿Y él no le podía responder?

—Claro que sí. En alemán. Con un vocabulario bastante limitado, por cierto. Tu madre era una niña rara. De ahí te debe venir —me sonrió.

—¿Por qué la abuela odiaba los trucos de cartas?

Eterno barajó unas cartas que tenía en la mano.

—Por una cuestión filosófica. ¿Por qué los jugadores juegan a las cartas?

—Porque pueden apostar con ellas. Salen al azar.

Negó con la cabeza y las cartas se revolvieron en sus manos en señal de desaprobación.

—Los jugadores apuestan por el futuro. Creen que pueden predecirlo con un sistema adecuado o un amuleto de la suerte. Porque, ¿qué son las cartas sino patrones?

Se echó hacia delante, con el labio torcido formando media sonrisa. Estaba disfrutando de la oportunidad de jugar al abuelo pedante.

—No entiendo qué quieres decir —dije impaciente. No me gusta la palabrería, las florituras por las florituras, y todo esto me parecía algo así.

—Lo entenderás con el tiempo —dijo—. Los patrones lo son todo. ¿Qué es el autómata sino un patrón de opciones programadas y moldeadas en origen? Es necesario que lo entiendas, Perséfone. Era una máquina de guerra, y sigue siéndolo, no importa cuántas flores le pongas. Tu abuela lo entendió, con el tiempo.

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