Kitabı oku: «La mecánica secreta del mundo»

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LA MECÁNICA SECRETA DEL MUNDO
Un libro de
Cat Rambo
Diseño de cubierta
Cristian Arenós Rebolledo
Traducción
Carlota Villate Moreno
Corrección de galeradas
Santiago García Soláns
Cristian Arenós Rebolledo
ISBN 978-84-123051-0-4
© Cat Rambo
© de la presente edición
La máquina que hace PING!
Primera edición febrero 2022
La máquina que hace PING!
Plaza Estación, 9 Bajo 12560
Benicasim - Castellón
España


Carpe Brillen

Carpe brillen, decía siempre mi abuela Gloria. Aprovecha el brillo.
Y eso era lo que más recordaba de ella, los destellos. El fulgor de la pedrería, una vaharada de Patou Joy, el lápiz de labios como un estandarte rojo sobre su boca. Debajo de todo eso, una ancianita enérgica con el pelo plateado y la piel pálida como la de un vampiro.
No era un vampiro, por supuesto. Pero Gloria Aim se juntaba con todos los que eran alguien durante aquellos días y también eran su público en Las Vegas. Famosos, presidentes, periodistas, todos acudían a su espectáculo en el Sparkle Dome, la contemplaban mientras se pavoneaba con su sombrero negro de copa y sus medias de rejilla, conjurando llamas y palomas (nunca hacía trucos de cartas, los odiaba), provocando fantasmas que se dirigían hacia los seres queridos que tenían entre el público. Y cuando se bajaba del escenario, lo hacía entre un fulgor deslumbrante, como la reina de las hadas bajando de su trono.
Todo ese brillo. ¿Y en casa?
Era una acaparadora de mugre.
Me quité el sudor de la frente con el dobladillo de la camiseta y ataqué otra pila de revistas. El polvo ascendía y me llenaba las fosas nasales, me hacía estornudar. Caía y cubrí los pelos de mis antebrazos. Algo se había podrido en un rincón. Limpiaba esa zona de la casa tras haber despejado el camino que llevaba hacia ahí. Respiraba por la boca.
En su día fue una habitación para invitados, pero había sido tomada por una tropa de muñecas con cabeza de porcelana, apiladas sobre montones de revistas y periódicos deteriorados. Nada de pis de gato, me había librado de eso en estas habitaciones del fondo que llevaban cerradas desde hacía, al menos, un par de décadas.
La abuela había comprado la casa cuando llegó a la cima de su primera fortuna. Acababa de irrumpir en la escena de la magia teatral. Era una mujer de Brooklyn que se había formado en prestidigitación. Había estudiado con la maga más famosa de su tiempo, Susan Day.
De hecho, el montón de revistas más cercano, que se desmenuzaba nada mas tocarlo, mostraba a la abuela y a su mentora en la portada. Un cartel de su breve gira juntas, justo después de la Segunda Guerra Mundial. La anciana y glamurosa Day, con el pelo rubio recogido en un elegante moño y los ojos azul turquesa. La abuela resplandecía y deslumbraba, no solo por las piedras falsas que brillaban sobre su pecho, sino también por sus ojos de ensoñación y por una sonrisa tan amplia que le abría la boca.
La pila contenía docenas de ejemplares del mismo número, por mucho que sacara y sacara. Un enjambre de pececillos de plata se escabulló cuando levanté la última revista. Despejé la habitación por completo antes de sacar mi arsenal de insecticidas y atacar con ellos.
Cayeron confetis amarillentos cuando hice de la pila un montón para meterlo en una bolsa y tirarlo a la basura. A estas alturas ya veía que un papel que se desmenuzaba tanto se traduciría en un compungido movimiento de cabeza del tasador, quien murmuraría: «Demasiado deterioradas, señorita Aim».
De igual manera que en cada una de las siete habitaciones que había ordenado hasta el momento, clasifiqué el contenido en montones. El de los desechos era, de largo, el más grande. Para valorar había cosas interesantes, más allá de los montones de muñecas que la abuela había coleccionado. El montón de cosas a guardar era, en realidad, dos sub montones. Uno para mamá y otro para mí.
Objetos y más objetos para clasificar y evaluar. Revistas viejas entre restos de envoltorios de caramelos. Mucha ropa, la mayoría formal, que curioso. Estaba rasposa por el almidón envejecido. Utilería artística, amontonada en bolsas que había adquirido en mercadillos de la iglesia, aún sin abrir. Frascos de perfume a medio llenar y neceseres cubiertos de polvo.
Y también había cosas curiosas: un cuadro cosido con pelo humano que mostraba un castillo en un acantilado, una enorme bola de cristal de medio metro de ancho, un trío de banjos mecánicos que tocaban solos que venía con una biblioteca de canciones de antaño a elegir, una cesta llena de abanicos de sándalo.
Una “cosa podrida” que resultó ser un montón de pieles. Cuando las moví despidieron un hedor que recordaba al chucrut pasado y que me empujó a salir un rato al pasillo. Apoyada en el amarillento papel de la pared respiré aire más fresco.
La colección de muñecas puede que valiera algo, según me habían dicho. Pero nada en la escala de ganancias que había previsto. La abuela había sido rica, aunque era comedida a la hora de gastar, aparte de este extraño desbarajuste de casa. ¿Dónde había ido a parar todo ese dinero?
¿Y por qué lo había ahorrado todo? Pensé que tal vez se trataba de un retorno a su infancia incierta y plagada de mudanzas. Mi bisabuelo había sido un estafador, siempre a punto de ser expulsado de la ciudad, según contaba ella. Más de una vez habían tenido que marcharse a medianoche, abandonando todo aquello que no cabía en una maleta. Esto podría ser una reacción ante aquello.
Sin embargo, no tenía sentido psicoanalizar a mi abuela muerta. Una vez embolsadas y sacadas las pieles, la habitación resultó mucho más soportable. Seguí buscando, revisando los últimos montones antes de examinar la alfombra disecada que había debajo, tan seca que me preocupaba que se desintegrara si le pasaba la aspiradora.
Mi móvil vibró en mi cadera. Lo saqué del bolsillo del pantalón y miré la pantalla. Mi madre.
Tomé aire antes de contestar.
—¿Sí? —dije.
—Ojalá no hubieras elegido eso —dijo mi madre, volviendo a la misma discusión que habíamos tenido durante toda la semana, desde que dije en la lectura del testamento: «En realidad, me quedo con la segunda opción»—. Es una estupidez. Podrías decirles que has cambiado de opinión, que quieres el dinero en vez de eso.
—Nunca se sabe, podría encontrar algo maravilloso —le dije poniendo a prueba una nueva táctica. Tal vez si la convencía de que podía haber un tesoro enterrado entre los montones y pilas de esta enorme amalgama de tres casas, me apoyaría.
Siseó de impaciencia. Al menos eso es lo que siempre había significado ese sonido estrangulado, tanto emitido por ella como por la abuela. A mamá le gustaba pensar que era la antítesis de la abuela, pero la verdad era que se parecían más de lo que cualquiera de las dos hubiera admitido. Incluso yo había encontrado algún gesto que otro que no consideraba mío, sino de ellas, que se colaba en mi forma de hablar.
—¿Has encontrado algo? —me preguntó.
—Todavía no —le contesté—. Pero solo he empezado a rascar la superficie. No tienes ni idea de la cantidad de cosas que ha conseguido meter aquí. Es alucinante —le di un golpe a la pila que había estado ordenando, y se movió hacia un lado emitiendo un olor a cedro y calcetines viejos que casi me produjo una arcada.
—¿Por qué te pones tan terca con esto, Persephone?
—Tengo treinta años. Puedo tomar mis propias decisiones. La abuela me lo propuso —dudé antes de añadir—: No es una decisión tuya —sentí que esas palabras aumentaban la distancia entre nosotras, y eso que mi madre ya estaba muy lejos.
Colgó sin decir nada. Me quedé mirando las palabras «llamada finalizada» antes de limpiarme la cara otra vez, saboreando sal en mis labios. Estaba sudando a mares con este calor atroz. Eso era todo.
Cuando acabé el instituto y la abuela me dijo que no me pagaría la universidad, le supliqué a mi madre que intercediera.
—Tú provocaste esto —le dije—. No te pido que me cuentes lo que pasó. Todo queda entre vosotras. No voy a tomar partido. Pero si le...
Mi madre negó con la cabeza rápidamente, alejando con nerviosismo cualquier posibilidad. Sus manos, de dedos largos y diestros como los de mi abuela, como los míos, se revolvían delante de su cara, como si firmaran esa negación.
Apoyé el brazo en la mesa de la cocina y me arrepentí al instante. Vivíamos en un piso situado encima de una cafetería. Siempre olía a hamburguesas rancias, y todas las superficies adquirían una película pegajosa y aceitosa que se asemejaba a un film transparente pegado a la piel. En la puerta vecina, una de las tres mujeres de Laos que vivían allí empezó a gritarle a otra iniciando una de sus interminables discusiones.
—No, no —dijo mi madre arrastrando las palabras, desesperada. La sola mención de la abuela le provocaba pánico—. No hablemos de eso. Pero piensa qué más puedes hacer. Has escrito todos esos maravillosos ensayos para la revista de literatura. Seguro que tienen alguna beca para estudiantes prometedores. O enrólate en la Guardia Nacional, te pagarán, y entonces sabrías qué hacer, ¡directamente desde el instituto!
—Mamá —negué con la cabeza copiando su gesto en cámara lenta—. ¿Crees que no he mirado todas las demás opciones? El plazo para solicitar becas ha pasado. Tendría que dejar de estudiar un año...
—¡Entonces déjalo un año! Puedes vivir aquí, encontrar trabajo, ahorrar...
—¡No!
Había visto a demasiada gente dejar que un año se convirtiera en dos, luego en tres y luego en nunca. Siempre hay algo que se come los ahorros.
Tenía que aprovechar la coyuntura mientras pudiera. Había visto cómo el escaso sueldo que mi madre ganaba como secretaria, desde que mi abuela dejó de mantenernos, se esfumaba cada mes. Siempre había algo: un techo que arreglar, la operación de úlcera de mi madre, mil problemas con el coche.
Me las había apañado para gestionar la situación, consiguiendo trabajos a tiempo parcial, pero nunca era suficiente. Nunca podía ahorrar para la universidad. Y no me preocupaba, asumí siempre que mi abuela me la pagaría. No esperaba vivir a lo grande, estaba más que dispuesta a seguir trabajando, pero sin su aportación, estaba perdida.
Podría haber llorado entonces, pero ¿de qué habría servido más allá de amargar a mi madre?
Así que fui a ver a mi abuela.
Su casa estaba igual que siempre, era una especie de complejo conformado por tres casas unidas. No tenía césped, sino un elaborado jardín de cactus y otras plantas desérticas. Enormes agaves estriados y saguaros desmesurados que la abuela le encargó a un jardinero antes de que yo naciera, mucho antes de que se utilizaran términos como xerojardinería o tolerante a la sequía.
Dos de las casas, en un principio, fueron de una sola planta. Después se les añadió terrazas en los tejados, cenadores y una estructura de cobertizos apilados que nunca habría sobrevivido en una zona con un clima de verdad. La tercera y última en añadirse a la mezcolanza fue una Tudor de tres plantas, en el lado norte. Entré por la entrada de la primera casa, que era la que albergaba la mayoría de las habitaciones que la abuela utilizaba a diario.
Conocía el tema del acaparamiento. Había pasado muchas tardes de verano en mi infancia jugando en ese vasto complejo, con la libertad que me daba mi abuela, que me echaba de allí para pasar la tarde practicando la prestidigitación o diseñando armarios trucados en su enorme taller, el cual ocupaba el espacio de un garaje de tres plazas y en el que construí mi primera casita para pájaros, una librería y una pequeña caja de madera.
La puerta de la entrada, con su panel de vidrieras rojas y doradas, resonó cuando llamé. Me hubiera dejado entrar sin más. Yo todavía tenía una llave por algún lado, pero mi abuela cambiaba las cerraduras cada año, aunque nunca me explicó por qué. Además, cada una tenía su propia llave, así que vete a saber cuál era la tuya.
En el interior, sin embargo, pocas puertas tenían cerraduras, salvo la del santuario íntimo de la abuela, un estudio forrado de libros alrededor de un enorme escritorio de ébano y nácar repleto de esquemas y correspondencia. Solo la abuela y sus secretarios tenían esa llave. Quizá ese era el motivo del cambio anual de cerraduras, aunque se podría pensar que, de ser así, solo se realizaría cuando uno de ellos se marchara, si se daba el caso.
Utilicé la aldaba, un elaborado fundido en bronce de dos dragones chinos. A la abuela le encantaba el misticismo y recargaba su espectáculo con todos los símbolos que podía. Muchos de sus fans acudían repetidamente a los espectáculos, intentando descifrar el popurrí de claves cabalísticas y arcanas que incorporaba en sus trajes y en su instrumental.
La puerta se abrió dejando un reguero de olor a incienso almizclado. Esperaba que apareciera algún secretario, pero era la abuela en persona. Había empequeñecido. Antes me llegaba a las orejas, ahora andaba más cerca de los hombros. Pero seguía caminando como la abanderada de un desfile.
—Pasa —dijo como si me hubiera visto el día anterior. Se dio la vuelta y se fue para dentro esperando, claramente, que la siguiera.
Entré en la sala de visitas, la cual era una de mis habitaciones favoritas. Un enorme ventanal formado por mil fragmentos diferentes de cristales refractantes engarzados por un hilo de pescar translúcido daba al jardín de cactus del exterior. El terciopelo color cobalto de los muebles, muy desgastado, exhibía un brillo sedoso en la trama, pececillos eléctricos de neón que se esparcían por la superficie del océano. Aquí era donde la abuela solía recibir a las visitas, sin permitirles entrar más adentro de la casa.
Sin embargo, no recordaba que estuviera tan abarrotada, repleta hasta la claustrofobia. Las paredes estaban llenas de estanterías que sobrepasaban mi cabeza, adornadas a su vez por una serie de muñecas, desde las más pequeñas hasta las que me llegaban a las rodillas, vestidas con elaborados trajes. Reconocí algunas, ataviadas a imagen y semejanza de los trajes escénicos que había llevado la abuela a lo largo de los años. Yo había jugado con las originales más de una vez.
Más muñecas se alzaban sobre la repisa de la chimenea, en otros rincones insólitos, o se alineaban en los alféizares de las ventanas. Algunas estaban colocadas a lo largo de la pared, de pie, en una larga fila.
En un rincón había cajas apiladas, con etiquetas en las que se leía: «Edición Limitada», tras lo cual seguía el nombre de mi abuela. Y ventanas con hornacinas que contenían muñecas. El aire olía a crin de caballo, a polvo y a plástico viejo.
La mesa, a la altura de las rodillas entre dos sillas, presentaba una bandeja de plata con una cafetera, tazas, nata, azúcar, un pequeño plato con galletas y dos servilletas de tela. ¿Me esperaba la abuela? Me resultaba imposible pensar que mi madre hubiera llamado antes para avisarla.
Me acomodé en la silla frente a ella y cogí una galleta mientras ella servía té para las dos. Sin decir nada, me lo preparó tal y como me gustaba, un chorrito de leche y media cucharada de azúcar, mientras yo mordisqueaba el borde de una galleta, que sabía a cartulina y limón.
Sin preámbulos, dijo:
—Has venido porque necesitas dinero para la universidad.
—No demasiado —dije—. Pienso trabajar para cubrir los gastos de comida y alojamiento, y yendo al interior del estado los costes serán bajos.
—Estoy dispuesta a pagarte la totalidad de la matrícula y los gastos de manutención en determinadas condiciones —dijo.
Parpadeé.
—¿Cuáles son?
Dejó su taza para remarcarlas con dos dedos.
—A. Asistirás a la universidad que yo elija. B. Te especializarás en el campo que yo elija.
—¿Qué? —dije. Me atravesó algo que estaba entre la indignación y el pánico, e hizo que me echara hacia delante—. ¿Qué universidad? ¿Qué especialidad?
Quién sabía qué clase de peculiaridad tenía en mente.
—Puedes ir a otro estado —dijo—. Pero debe estar en la costa este. Preferiría que fueras al MIT.
—¿Por qué el MIT?
—Allí es donde fue Susan Day. Es mi homenaje a ella.
—¿Cuál era su especialidad?
—Esa parte no entra en juego. Quiero que estudies ingeniería.
—¿Qué? —mi frente se arrugó en señal de desconcierto—. ¿Por qué ingeniería?
—No he dicho que te lo vaya a explicar —dijo, y levantó su taza para dar otro sorbo.
No tenía ninguna baza, ningún poder para negociar. Acepté todos los términos que me impuso. Cuando le dije a mi madre que iba a ir al MIT, no me preguntó de dónde salía el dinero ni por qué había elegido ir allí.
No preguntes, no digas. Así que no dije nada.
Imagina todo el detritus que genera una persona a lo largo de su vida. No me refiero a la basura (envoltorios de alimentos y cajas viejas), sino a los objetos con los que interactuamos, que creamos: listas de la compra y postales de verano, libros en los que garabateamos notas durante el colegio, diarios, cartas y dibujos.
Y las fotografías. Dios, ¡las fotografías!
La abuela era una celebridad y las celebridades están documentadas en diapositivas, en viejas polaroids y rollos de película polvorientos. Recortes de periódicos, en poses de pin-up autografiadas y enviadas a los fans por alguno de los rubios secretarios que se encargaban de la correspondencia de la abuela, invisibles como gorriones. Ninguno duró más de un par de años. Ninguno fue mencionado en el testamento de la abuela. Al igual que mi madre.
Todo estaba metido en cajas de cartón cerradas con cinta adhesiva vieja que se deshacía al tocarla. Al menos el calor y la sequedad de Las Vegas me habían librado del moho y de los insectos, a excepción de los interminables pececillos de plata y los ocasionales escorpiones. De alguna manera asombrosa, parecía que ningún ratón se había aventurado a entrar entre estas paredes. La abuela debía de haber puesto veneno, o bien un secretario habría hecho algo en alguna ocasión.
Avanzaba, caja a caja, lentamente. Aceleraba el ritmo a medida iba aprendiendo a clasificar mejor, o quizás simplemente preocupándome menos ante esta desconcertante masa de trastos.
A menudo encontraba cosas que parecían haber sido empaquetadas por error. Un rollo de toallas de papel, un cuenco de sauce lleno de galletas viejas que se habían quedado grises como el cartón. Un rastrillo envuelto en una manta. Media docena de macetas, un paquete de semillas de caléndula de 1963, guantes de jardinería sin usar y una pequeña pala del tamaño de una casa de muñecas. Ceniceros de cristal con colillas y puntas arrugadas de porros entremezcladas con ceniza. Un tarro de manteca de karité agrietado. Viejas máscaras de Halloween y tarjetas de felicitación, de la infancia de la abuela, firmadas a lápiz: Ursula, Jimmy, Laverne. Animales taxidermizados, entre los que había un panda, una iguana y una cabra con un cuerno de unicornio injertado.
Tenía la esperanza de encontrar un tesoro. Y encontré algunas piezas que guardar, por aquí y por allá, pero con demasiada frecuencia todo era basura. Los joyeros de la abuela resplandecían como las promesas cuando abría la tapa y dejaba entrar la luz, pero todo ese brillo era una ilusión. Buena bisutería, me dijo el tasador, y no del todo despreciable ya que era vintage. Pero distaba mucho de ser el tesoro del dragón que había imaginado al empezar. ¿Cómo es posible que algo tan reluciente valga tan poco?
Lo más extraño que encontré aquella primera semana fue una mano de metal totalmente articulada y con dedos tan finos como los de mi mano, la cual extendí a su lado para comparar. La de metal era un cincuenta por ciento más grande que la mía. No era de oro, pero lo parecía. Y era vieja, parecía tener décadas. El grabado era tan fino que al principio no pude distinguirlo.
Cuando lo miré entrecerrando los ojos, iluminado por un rayo de sol que entraba por la ventana, vi que eran esvásticas y rayos, un patrón entrelazado. Su diseño era elegante, pero me produjo la misma reacción que esa guerra y sus atrocidades, una náusea en la boca del estómago.
¿Sería un recuerdo de la guerra que Day había coleccionado? La mano tenía un aire científico, y recordé que Day había espiado a los científicos alemanes, se había infiltrado fingiendo ser una simpatizante nazi. ¿Quizás sería un modelo de trabajo?, ¿un prototipo de alguna clase más que un objeto artístico?
El muñón estaba sellado por una tapa metálica de finas y profundas ranuras. Me resultó extraño agarrarlo. Parecía suelto, como si su centro de gravedad cambiara constantemente. Y como si fuera a moverse en cualquier momento, como si fuera a escaparse de mis manos y hacer alguna cosa extraña y siniestra (por supuesto, era una mano izquierda).
¿Qué habría hecho mi abuela con ella? ¿Había hecho algo? Muchos de los objetos que se veían estaban sin usar, todavía dentro de sus envoltorios originales. Así que tal vez no la había utilizado nunca. La respuesta probablemente estaría en el dormitorio de mi abuela, que aún no me había atrevido a abordar. Aquellas habitaciones me parecieron amplias en mi infancia, pero ahora estaban abarrotadas. Eran un laberinto de pasillos tortuosos delimitados por cajas de cartón grandes y cajas de zapatos, cajas redondas para sombreros y pelucas, pequeños tocadores repletos de cosméticos en cantidades industriales.
El primer día despejé una habitación, uno de los dormitorios de invitados de la planta baja, simplemente apilando su contenido en el primer lugar que pude. Por ejemplo, en unos cuantos cubos de plástico en el patio. Tal vez por instinto, o por la intuición de que iba a necesitar ese espacio.
A pesar del amarillento papel de pared, el polvo del viejo suelo de madera y el mismo olor a incienso que impregnaba las primeras estancias, esa habitación se convirtió en un lugar ordenado en el que me refugiaba cuando me abrumaba el caos. Lo mantenía escrupulosamente limpio para poder sentirlo como un refugio libre de polvo en suspensuón. Entre un ligero aroma a limón, hice la cama con el edredón de seda azul cielo bordado con estrellas doradas y mariposas carmesí que saqué de un dormitorio del piso de arriba. Siempre me encantó este edredón. Mi maleta estaba vacía, sobre un estante. Todo su contenido pasó a las seis perchas del armario y a los tres cajones de la pequeña cómoda.
En el sótano había una lavadora y una secadora, así que no temí quedarme sin ropa limpia. Desde mis años universitarios estaba acostumbrada a vivir con una mochila, resistiendo ese impulso de anidar que parecía reclamar a todas las demás mujeres de mi familia.
No había más adornos en la habitación: ni obras de arte ni alfombra ni cachivaches ni velas votivas. Cogí la mano y la puse sobre la cómoda.
Era tarde y estaba cansada. Pero cada vez que cerraba los ojos no podía evitar visualizar aquella mano, la cual se levantaba sobre las yemas de los dedos, reptaba silenciosamente por el lateral de la cómoda, avanzando sigilosamente hacia mí. Al final me levanté y la metí en el cajón inferior de la cómoda, que por lo demás estaba vacío, y lo cerré con fuerza. La madera vieja estaba pegajosa; si la mano intentaba escapar, haría suficiente ruido como para despertarme.
Con ese pensamiento, al fin pude dormir.
Puedo decir exactamente cuándo empezó la abuela a acumular todo aquello. Mi madre me había contado la historia. La abuela empezó a coleccionar las muñecas cuando era niña, pero entonces la colección era una cosa manejable. El asunto no llegaría a una etapa insostenible hasta pasada la adolescencia.
Cuando Susan Day murió, nombró a la abuela como su única heredera, así que la abuela encargó que el contenido de la casa que Day tenía en Brooklyn, una enorme casa de antes de la guerra, fuese enviado a su casa de Las Vegas. Al mismo tiempo, compró la casa de al lado y mandó construir un pasillo que las uniese. Los muebles del antiguo morador quedaron en su sitio y se combinaron con los nuevos, lo cual creó una profana amalgama de elementos decorativos setenteros aguacate y almendra tostada que, además, se entremezclaban con tallas de madera alemanas del viejo mundo, estatuas cabalísticas y setenta urnas chinas (una vez las conté).
Recuerdo haber visitado esa doble casa. Ya entonces era agobiante y extraña, pero cuando eres una niña todo te parece normal.
Cuando tenía trece años, tenía una vecina que se llamaba Elena. Jugábamos juntas fuera. No creo que intentara conscientemente que no entrara en casa, pero no me ofrecí a llevarla. Ella insistió y acabé aceptando que se quedara a dormir.
No pensé mucho en su motivación. Estaba encantada de que una chica de mi edad quisiera ser mi amiga. Mi madre y yo habíamos cambiado de casa tan a menudo que no había vivido casi nunca cosas así. Y mi abuela se mantuvo prudente, al margen, más allá de pedirnos alguna pizza, decirnos que nos comportáramos y desaparecer en su taller durante el resto de la noche.
Mi habitación tenía dos camas individuales, así que cada una eligió la suya. Mucho después de la “hora de acostarse” estuvimos hablando de la escuela y de las clases que aborrecíamos.
—Tía, todo el mundo va a flipar con que haya pasado la noche aquí —dijo Elena.
—¿Por qué? —su tono me hizo sentir incómoda.
—Nadie más ha estado aquí. Cuando la gente va por ahí vendiendo revistas, caramelos, cualquier chorrada que te haya encargado el colegio para recaudar fondos, tu abuela ni siquiera te abre la puerta. A esto le llaman la casa de la bruja.
Forcé una risa.
—Bueno, ahora puedes decirles que no es la casa de la bruja.
Se hizo un breve silencio antes de que Elena dijera:
—Sí, ahora puedo decírselo.
Por la mañana fuimos a la enorme cocina que usaba la abuela. La de la otra casa era pequeña y estrecha. Se refería a esta como la cocina de las fiestas, a pesar de que nunca, durante todo el tiempo que la conocí, celebró una fiesta en ella.
Abrí la alacena y le mostré a Elena las opciones en cuanto a cereales para el desayuno. Yo siempre desayunaba los cereales azucarados que mi madre no me dejaba comer en casa. La abuela se preocupaba de que hubiera antes de mis visitas.
Elena optó por algo más adulto, aunque echó mano del azucarero cuando le pasé los copos de maíz.
—Qué asco —dijo.
Había volcado la caja de cereales sobre su cuenco y lo que apareció fue una mezcla de copos, pequeños bichos marrones y larvas blancas aún más pequeñas.
Todas las cajas de la alacena, salvo las de mi producto edulcorado, estaban en ese estado, según descubrí cuando volví más tarde. Elena se rindió después del tercer intento y se fue a casa. No volvimos a hablar. Me esquivó un par de veces para que nuestros caminos no se cruzasen.
Unos años más tarde, la abuela compró la casa de atrás y procedió de la misma manera, la unió a las otras, pero esta vez construyó pasillos de verdad. En el centro, un patio cerrado albergaba una piscina gigantesca en la que me bañé en innumerables tardes de verano, y un jardín de piedra descuidado, repleto de sedum y siemprevivas que brotaban por cualquier parte donde pudieran afianzarse. Nunca he visto esa variedad en otro lugar. Habían aparecido originalmente en nueve macetas color púrpura, pero se habían extendido por todo el jardín, desbancando a las variedades más comunes.
Las plantas tenían un extraño tono violáceo y producían racimos de flores blancas que solo se abrían al atardecer, llenando el patio de un olor indescriptible, dulce, que para mí siempre será el olor de la nostalgia.
Me desperté con ese maravilloso olor que entraba por la ventana abierta. Al principio, no sabía qué era lo que había interrumpido mi sueño, pero volvió: un golpe en la puerta. Así que fui y abrí.
—¿Señorita Aim? —dijo el hombre que tenía delante. Lo pronunció con el más leve de los acentos sureños: zeñorita Ay-yum. Era una voz joven, pero el hombre no iba a la par. El gris de su traje le apagaba la piel hasta dejarla pálida, y dejaba su pelo cortado al ras del mismo color cenagoso. El otro hombre que estaba detrás de él era más bajo, más achaparrado, más moreno, pero tenía la misma postura y apariencia en general—. Tenemos entendido que está clasificando la herencia de su abuela y queríamos hacerle algunas preguntas.
—Me gustaría ver alguna identificación —dije.
—Por supuesto —me tendió una tarjeta.
—Cualquiera puede falsificar algo así —dije dándole la vuelta a ese plástico rígido. Estaba bastante gastado, por lo menos—. Nunca he oído hablar de esta agencia, señor Forest. ¿El Departamento de Historia de Guerra?
El agente Alan Forest esbozó una tensa sonrisa.
—Lo único que nos gustaría es poder hablar con usted, señorita Aim. Preferiblemente no aquí en la calle.
La valoración que tenía de él subió un peldaño cuando no se inmutó ante la decoración cuando entró.
Su compañero, sin embargo, emitió un pequeño sonido ahogado mientras miraba a su alrededor.
—¿Estás abriéndote camino entre todo esto? —preguntó—. Hombre, no te envidio. Mi tía abuela también era una persona que acumulaba cosas. Hace ya tres años y seguimos encontrando cajas donde escondía de todo.
Parecía verdad, pero el primer hombre intervino con demasiada delicadeza.
—Estamos dispuestos a ofrecerle ayuda con esta tarea, señora Aim. Un equipo de tasadores profesionales que revisaría el lugar y prepararía un inventario, sugiriendo dónde colocar cada cosa. Sin cargo para usted.
—Pero quieren algo a cambio.
—Tenemos razones para creer que puede tener algunos objetos de interés histórico, heredados de la señora Day. Mientras tu abuela vivía, nos pusimos en contacto con ella en repetidas ocasiones, pero se mostró reacia a revisar todo lo que había recibido de la señora Day. Nos indicó que se encargaría de ello en el testamento, pero al parecer nunca llegó a incluir esa cláusula.