Kitabı oku: «El Fuego dice Maravilla», sayfa 3
Capítulo 12
Los acompañaba algo retrasada. Varias veces se detuvieron para dejarla recuperarse. Continuaron avanzando en silencio por la vereda poco iluminada hasta que el Indio se puso a hablar de lo pintón que se veía con esas pilchas, Ismael se reía con ganas. En adelante intercambiaron una serie de comentarios criticándose mutuamente. Mara recordaría la situación con cariño cuando ya no fuese la misma.
Tomando la tercera esquina, a mitad de cuadra, le señalaron el primer local. Se lo distinguía de los otros frentes por una lamparita roja que iluminaba una de las angostas y desgastadas puertas. Los tres entraron siguiendo a la enorme morocha que les abrió. Los condujo por un extenso pasillo atravesando un patio, al interior del último PH devenido en bailable.
Adentro del departamento estaba casi tan oscuro como la calle, a no ser por los destellos de unas guirnaldas navideñas. Todo el resto del decorado lo constituían unos ramos de flores artificiales a los costados de unos parlantes sobre las paredes, y un espejo manchado con un marco antiguo que contrastaba con las tres mesas y sus sillas de caño. Los manteles de hule floreados reflejaban las luces titilantes. Al fondo del ambiente había una pequeña barra, con otra puerta abierta fuente de una luz más intensa.
Comenzó a escucharse “Quién puede detener la lluvia”. Esperaron a que la mujer trajera una cerveza que podría haber sacado de su escote. De la parte inferior del mostrador, tomó un canastito con maní y lo dejó con la botella. Se quedó muy cerca de Hipólito que arrancó:
—Cusco, lindura, esta hermanita nuestra está necesitando encontrarse con un familiar que trabaja la noche por acá...
—Señora, busco a mi tía que se llama Silvia y a un lugar que se llama Insomnio. −Mara miró fijamente la cara de su interlocutora y aunque pensó inmediatamente “sabe” esperó callada.
—Salen a Escalada, cruzan las vías por Palacios, siguen dos cuadras y giran a la derecha, hacia el río. Desde el puente se ve. El cartel es grande, cambió el nombre, antes se llamaba Abracadabra, ahora se llama como tú dices, Insomnio. Estos caballeros no lo conocen porque no son habitués. −La Cusco habló con Hipólito colgando de su cintura. Pegó la vuelta después de hacerle una seña y salió por el costado del mostrador. Él la imitó.
A Mara le pesaba la cabeza y el corazón le trotaba golpeándole el pecho, sintió los ojos de Ismael.
—Nos quedamos un rato, ¿no?
—Sí −contestó él, sirvió dos vasos y empezó a tararear “Todo un palo”, de Los Redondos, que comenzó a sonar:
“El futuro llegó hace rato
¡Todo un palo, ya lo ves!
Veámoslo un poco con tus ojos.
¡El futuro ya llegó!”.
Se miraron. Ninguno aflojó la vista.
—¿Y para qué buscás a tu tía? −preguntó Ismael.
—Porque necesito un lugar para vivir.
—Si fuera un boliche como este. ¿Te quedarías igual?
Mara se rio sin querer...
—Cualquier opción es mejor que el lugar de donde vengo. ¿Vos tenés familia? −La chica tragó un sorbo del suave líquido frío. Era la primera vez en su vida que tomaba alcohol. El cuerpo se le ablandaba. En ese instante supo con certeza qué clase de persona era Ismael... lo vio en su mente jugando con dos niños pequeños y un perro grande, en un amplio terreno verde. Sintió sed y pegó otro sorbo rápido.
—Mis viejos viven... −inició su respuesta, no terminó porque Mara le completó la frase.
—En el campo y tenés dos hermanos que querés más que a vos mismo −evidentemente relajarse le soltaba la lengua.
Ismael se apoyó en el respaldo y la observó sorprendido.
Mara levantó las cejas varias veces y también se reclinó hacia atrás. No terminaba de decidir de qué manera contarle su historia. Justo el “Indio feo” volvió escoltado por Cusco y los tres partieron al Insomnio.
Insomnio, parte II
Capítulo 13
Alguien repite “buscan a Silvia”. La mujer avanza entre las mesas ondulando la cadera con un tema que suena lento “Every rose has its thorn”. Les clava los ojos, sobre todo a Mara. Se dirige a los dos hombres con un par de ademanes amables y una sonrisa pidiéndoles que las dejen hablar solas. Se arrima a Mara y le susurra:
—Felicitaciones, nena, me encontraste.
Después de acomodarse una al lado de la otra, toma un poco de uno de los dos vasos que traía y agrega:
—Soy Silvia, pero acá me dicen La Lupe −la mira con asombro−. Nunca me imaginé que iba a ser tan fácil reconocer a alguien de la familia. −Se acerca todavía más balanceando la cabeza como si no creyera lo que ve, agita el líquido dentro de su vaso y deja el otro frente a Mara−. Sos igual a tu papá. Desde que me vine, no tengo muchas visitas de la familia. −Estira los labios rojos hacia adelante a la vez que alarga los brazos sobre la mesita sosteniendo su bebida−. A fin de cuentas es una ventaja, creeme que sí... pero no sé, ahora que te veo... −Le vuelve a fijar esos tremendos ojos negros y cambia de tema.
—¿No te dijo tu papá que somos un montón? −y se responde−. ¡Qué te va a decir ese, gracias que sabe hablar!... Y a mí con lo que me gusta usar la boca −explica riéndose−. Increíble lo diferente que se puede ser con un hermano. Siempre me gustó la gente que sabe hablar. Los que no esquivan ir directo al grano. Van y lo dicen bien. ¡Qué sé yo! Allá en Santiago todos me decían que hablaba demasiado, que era una lengua larga... boca sucia, y claro que era boca sucia... ¡¿Cómo no?! En ese pueblo de mierda... −Mara recorre la cara de su tía concentrada. Continúa sonando “Drive” de The Cars que las ayuda a no levantar la voz.
—Te vas a reír pero en este laburo ser bocona puede ser muy útil... −ante la expresión de Mara agrega−... Además, además, −y se vuelve a reír−. Es útil primero porque te podés defender y segundo porque si sabés chamuyarte a un tipo podés ganar más platita. Obvio que también ayudan unas buenas tetas, o una carita como la tuya... Sos linda, ¿eh? Una mezcla linda...
Mara se marea, pero intenta mostrar todo el interés posible. Silvia lo nota y quiere saber:
—Perdoname, a mí y a mi boca. ¿Cómo te llamás? No te pregunté... −Cuando escucha casi salta de la alegría−. ¿Mara?... ¿Maravilla? ¡Qué buen nombre! Alicia en el país de las maravillas... Es mi cuento favorito. ¡Es una señal! Me parece que este lugar conmigo es tú lugar.
Mara siente un pinchazo agudo en la cabeza y se toma la frente...
—¿No te sentís bien? −Le toca suavemente el hombro.
—Antes de buscarte tuve una pelea con mi viejo...
—... Y te pegó. Emilio sigue siendo un sorete. ¿Lo sabías? Claro... Sos dura si llegaste hasta acá. −La abraza unos segundos y luego le hace señas a una mujer que está ahí no más−. Una de las chicas te va acompañar a mi casa. Vivo arriba. Descansá todo lo que necesites. Allá... −apuntó con el mentón al techo— nadie te va a molestar. Después subo y seguimos charlando. Ahora descansá, descansá, mamita. −Le pasa la mano por la espalda con firmeza y la ayuda a pararse. La música cambia, rítmica y estridente “Roam”, de B-52’s. Con la piel manchada por las luces de colores se acercan las dos caminando despacio hasta un amplio dintel que da a una especie de vestíbulo. Rápidamente la sostiene “Pichí”, mano derecha de Silvia, es bajita, así que a Mara no le cuesta apoyarse.
Suben dos pisos por una escalera alfombrada. En el primero atraviesan una serie de pequeñas puertas numeradas a lo largo de un pasillo, en el fondo una escalera caracol. Suben y dan a un pequeño hall y luego a una habitación espaciosa donde Mara se siente tranquila al fin.
—Esa puerta antes del balcón es el baño, ¿querés? −Y lo señala.
—Sí, por favor −contesta Mara. La mujer redondita la acompaña y le abre la ducha. Deja un toallón y sale.
Mara observa el gran espejo de la pared hipnotizada por la lisa superficie brillante. No puede creer que en un baño haya tanta luz, tanto brillo, tanta limpieza y tanto espacio. El piso le parece hermoso, lo toca. Piensa que sería un buen lugar para festejar su cumpleaños de quince. Es la primera vez que se siente tan libre. “Tantotán”. Se sonríe mientras se desviste.
Capítulo 14
Mara se queda abajo de la lluvia caliente un rato. Observa la espuma, el vapor y los dibujos cambiantes que puede hacer con su pelo pegado a la cerámica clara de la pared. Está encantada con la sensación de la ducha y el brillo del agua. Es la primera vez en su vida que se baña con esa libertad. Se seca y entra en la habitación con una intensa necesidad de acostarse y encuentra a la mujercita esperándola al borde de la cama que le dice:
—Mirá, me llamo Pichí, acá a las chicas les enseño masajes. Si querés te hago un poquito. A la Lupe le pareció que por ahí te vienen bien... Vení. No tengas miedo. −Le hace un gesto con la mano golpeando el colchón. Mara se acerca segura de que el cambio que ha empezado también tiene que ver con este momento, con entregarse.
−Muy bien. Acostate acá, boca abajo. Ella se deja llevar, no tiene fuerzas para resistirse.
Lo último que escucha es un comentario lejano del tatuaje.
Durante el sueño se siente igual que si sobrevolara una colosal muñeca. Flotando sobre un inmenso laberinto de piezas que más o menos reconoce. En todas ellas se repite el símbolo, un dragón, mezcla de lobo y murciélago, los números romanos MDCXIV y el nombre “Csetje”, en distintos tamaños, muchísimas veces. Percibe una rara energía al acecho... mezcla de ansiedad, temor y enojo. “Una linda mezcla”. Escucha su ritmo respiratorio, hace circular ese aliento a través de todo el paisaje aun en los lugares más oscuros, animándolos. Libera oleadas de tensión. Sus músculos ceden y se relaja cada vez más profundamente. Al final, se observa a sí misma descansar en un capullo de suaves y luminosos tonos rosados.
La voz alegre de su tía la trae otra vez a tierra.
—¡Buen día, sobrina! ¡Qué bueno que te hayas despertado!... Dormiste un montón. ¿Cómo estás? ¿La cabeza? Preparé el desayuno... mejor dicho, almuerzo... bueno, merienda. −Silvia se pone su reloj pulsera. Está sentada al lado de Mara que recién abre un poco los ojos.
—Vino Luisa, una amiga enfermera de mucha confianza, y te revisó. Nos dejó más tranquilas a la Pichí y a mí, pero le tenemos que avisar que estás bien. −Se levanta a buscar su agenda. Va y viene vestida con una bata roja que le flamea por detrás igual que una bandera. Así continúa siendo hermosa, con sus ojos hinchados de la noche y el pelo a medio recoger. Mara, un poco aturdida, la sigue con la mirada y le sonríe, “parece la más puta de las campanitas”, piensa para sí. Alta sobre unas chinelas de pompón acomoda una pila de ropa y le pregunta:
—¿Cómo te fue con la Pichí...?, una genia, ¿viste? Es un avión la petisa. A mí también me enseñó −continúa−. nos conocimos trabajando en lo de otra amiga que te quiero presentar, Cusco.
—¿Cusco? −Mara levanta la cabeza sorprendida y repite señalando un gran tamaño con una mano levantada−. ¿Cusco? Ella nos guio a vos. Pasamos con los dos señores que venían conmigo por su casa antes de llegar acá.
—¡Esa bruja! Ella me cuidó cuando llegué de Santiago. ¿Sabés que nuestro pueblo se llama Matará? ¡Mamita! Yo no sabía nada de cómo vivir en la ciudad. Apenas el Bicho se enamoraba de tu mamá. Una gringa linda tu vieja. Yo la vi un par de veces en casa. Era maestra, muy jovencita. A ella yo le caía bien. No sé qué le agarró con Emilio. −La sensual campanita se queda mirando la pared sin darse cuenta del impacto que causan sus palabras, ante el silencio se aproxima, le acaricia la cara y la abraza.
—Es que no sé ni siquiera cómo se llamaba mi mamá. ¿Entendés?
Capítulo 15
Pasadas las siete del lunes 10 de agosto de 1992 el ambiente diluye sus contornos en sombras azuladas de frío. Mara se siente mucho mejor, pero algo nerviosa porque están por salir con la tía y no sabe cómo actuar. Hace mucho tiempo que no se siente tenida en cuenta, mucho menos protegida por alguien. Hace mucho tiempo-nunca. Que la inviten a pasear le resulta absolutamente desconocido e incomprensible... Así que se decide por la opción que le parece más razonable: copiar a su tía, quien está de buen humor constantemente. De a ratos Mara se observa y se marea. No puede creer lo feliz que se ve. Llega a convencerse de que su futuro va a ser diferente.
Salen en busca del lugar donde la Lupe merienda los lunes. Una esquina en la estación Lanús. En el camino Mara vuelve a preguntar por el nombre del pueblo del que venía la familia.
—Matará. ¿Podés creer? −le contesta Silvia y acto seguido le repite por décima vez la pregunta−. ¿Estás segura de que querés trabajar en el Insomnio? Mirá que conmigo te podés quedar igual. −Y Mara le da por décima primera vez su respuesta:
—Claro. Necesito trabajar. −Al principio a Lupe le pareció una idea estupenda, pero de a poco le entra miedo o algo, no sabe muy bien qué le entra, pero no puede parar de confirmar la decisión de su sobrina.
A Mara no la perturba tanto saber que va a estar con el “chongo capo” como mirar los ojos a su tía y pensar que si vieran a su madre podrían reconocerla.
La pizzería está llena. Una mesa se desocupa cerca de la pared del fondo junto a la gran ventana de la entrada a la izquierda. La gente pasa apurada y envuelta en sus abrigos. Mara inaugura el placer de observar sin sentirse amenazada.
No logra elegir nada del menú. Silvia pide un cortado y un café con leche con dos baybiscuit. Problema resuelto. Excelente.
Con los dedos flacos rompe las galletitas sumergiendo los pedazos en la taza que rebalsa. Se dedica a empujarlos hasta tocar la base, dejarlos salir y desarmarlos contra los bordes con la cucharita. Se imagina que son los pedazos de su antigua vida. Revuelve el líquido humeante y traga varios sorbos. Piensa que va quedando muy poco de la que fue. Este es un buen renacimiento.
Regresa al presente escuchando la charla de su tía que le cuenta sobre los hombres que trabajan allí. Se acuesta con tres de los ocho. Uno peludo y amargo. Que el problema de muchos hombres es el gusto y el olor. Literal. Algunos dan la impresión de estarse pudriendo. Que por eso las chicas del Insomnio se bañan tanto. Y son todas muy muy limpias. Ese otro, el gordito, siempre se anda quejando de la vaca de su mujer y del cajero, que tiene pinta de blindado, pero es un bombón de buen tipo con ella.
Mara le presta mucha atención y la observa tratando de aprenderse sus rasgos de memoria... Silvia está sentada bien derecha, realzando sus hombros fuertes y angulosos por una polera roja, los lunares en el cuello y la mejilla, los hermosos ojos negros maquillados por demás, cola de caballo, cinturón de charol... Si tiene la suerte de parecerse un poco a ella tal vez pueda cambiar su destino.
Silvia le pregunta desde cuándo es señorita. Mara se queda unos segundos recordando esa época. Ve la casa oblicua, una pelea de Emilio con la mujer que antecedió a Marcela, no se acuerda el nombre. Celos, plata. Recién cumple trece. La tristeza de dejar la primaria la parte a la mitad. Lo mal que le fue en la secundaria.
Entra al local una nena como de doce repartiendo estampitas. Se acerca hablando con una persona y con otra. Llega a su mesa. Mara cree reconocerla del barrio. Mantienen un instante la mirada. Tiene miedo. La idea de que su papá pueda rastrearla y llevársela le eriza la piel. El papelito con la imagen del santo la inquieta.
−San Jorge y el Dragón me siguen −murmura. Lupe le acaricia la mano, deja un par de monedas, se levantan para irse. Antes compran algo para llevar a lo de la Cusco. La tía coquetea con el cajero y salen. Son las nueve y hay neblina.
“La Campanita suburbana y atorranta” acomoda su larga cola de caballo, y toca con energía la puerta de madera que se ilumina con la luz de la vereda, y pasan. Atraviesan el pasillo igual de oscuro que cuando lo recorrieron con Hipólito e Ismael. Mara siente un calor en el pecho, una puntada. Sigue como si nada. Los pasos se escuchan nítidos en las baldosas, y desde la última puerta llega la voz de Tita cantando “El choclo”. Por suerte el dolor al final cede y deja solo una leve tensión. Una gran sombra termina de revisar las plantas del cantero pegado al muro y se incorpora afectuosamente para recibirlas. Su tamaño queda expuesto a contraluz.
Abrigada con un chal grueso la Cusco las guía pasando por el salón de las mesitas con manteles floreados y el antiguo espejo. Mara se aparta de él al percibir algo indefinido en la moteada superficie, se pega más a su tía y continúan avanzando hacia el fondo.
—¡Qué tanguera te has vuelto, lindura! −comenta ella y todas sonríen.
El aroma es fuerte y sabroso en la cocina. Tiene una ventana que da a la parte trasera del patio y dos puertas, una lateral y otra atrás del todo abierta que exhibe una cama de acolchado bordó iluminado suavemente.
La Cusco cocina su especialidad, “arroz chaufa con tres salsas y pan de coca”. Silvia con su brillo acharolado deja un paquete en la mesada. Se sientan alrededor de la mesa más grande que está en el centro. Mara vuelve a un molesto estado de alerta, no entiende por qué se imagina a un tipo de traje acechando en la última pieza, sus ojos husmean por allí y por donde está el espejo. Las interrumpen unos golpes que vienen de la entrada.
—Seguro que es la Pichí. ¿Habrá preparado sangría? Dios quiera porque le sale bien rica. ¡Qué mano tiene!
—¡Sí! ¡Qué mano tiene la muy chanchita! −agrega Silvia a las carcajadas. Y sí, efectivamente es ella. La pequeña rubia trae una canasta de mimbre con una olla de aluminio.
“Si la tía es campanita esta rubia es caperucita”, la ocurrencia la afloja un poco. Festejan que la olla está llena de manzanas flotando en vino tinto y sirven de inmediato. Es la segunda vez que Mara toma en su vida y la primera vez que toma de verdad. Es cierto, este es el renacimiento.
Capítulo 16
Eso de copiar a su tía le sale, pero aun divirtiéndose como las otras mujeres sigue inquieta por saber si hay alguien más en la casa y qué clase de espejo es ese...
—Mi primo se queda bastante, seguro que viste su ropa colgada... El espejo es una antigüedad familiar. Mi abuela, que era una mujer de misterios, decía que es un objeto de poder con un alma muy poderosa adentro −le explica Cusco con naturalidad mientras las invita a servirse la cena que había preparado.
—Mara es una de las nuestras, ¿eh? −Silvia se dirige a la Cusco con satisfacción.
—Eso parece, eso parece −comenta ella. Pichí cruza los dedos sobre sus redondos pechos con un gesto afirmativo achinando los ojos.
—Jovencita, pienso que estás muy segura con nosotras. Tranquila, el espejo no te va a mostrar algo que no puedas ver... Y la comida, ¿no te gustó? −le pregunta la gigante arreglándose el pelo lacio y negro detrás de su oreja.
Mara siente un impulso que le sube desde el pecho por la garganta y se desencadena con una picazón en los párpados. Dos lágrimas llegan hasta su mentón y se desprenden.
—Nunca nadie cocinó para mí, ni me regaló ropa, ni me hizo un lugar en su casa, ni me hizo masajes. Tengo miedo de estar soñando y que todo desaparezca después. −Mira a cada una y contagia un puchero rígido. Finalmente lloran juntas y se toman las manos varias veces.
Mientras Silvia lava con Mara a su lado, Pichí prende velas tomando licor de un vasito que deja siempre junto a ella y Cusco busca algo en su cuarto. Vuelve con un hermoso pañuelo violeta, un mazo grande de cartas y se oyen unos huaynos peruanos.
—Por fin, brujas. ¿Con quién empiezo? −dice y le acerca los naipes a Mara−. ¿Te animás a que te hablen a ti? −Corta la pila en dos.
—¡Que se anime, que se anime! −cantan a coro las otras imitando la ovación de una tribuna.
—Tienes que elegir 10 cartas. Te voy nombrando cositas y tú si puedes te las imaginas. −Aparta las preferidas y le pide a Pichí que detenga la música. El silencio irrumpe.
—La primera indica para el tarot cómo estás en el presente: El colgado, eres una víctima, estás siendo la que recibe los palos de alguna situación. −El clima de alegría desaparece bajo el peso de la imagen−. Cambien esa cara, que no es una cosa tan mala. Que ninguna derrota es definitiva y esta mujercita es una de las nuestras. El problema viene ahora, en la segunda carta. −Cusco da vuelta la próxima baraja sobre la anterior en forma de cruz−. La Reina de espadas, invertida. Una mujer poderosa, fría y calculadora actúa en tu contra. −Silvia se inclina hacia adelante y abre más los ojos−. ¿Qué hay en la base del problema? Dos de bastos invertida. La búsqueda tiene un buen inicio, pero se malogra y hay un hombre enloquecido que amenaza. −Mara cree escuchar los pensamientos de Cusco: “no está siendo buena idea, no está saliendo bien”. Algo en el aire cruje o gruñe a un costado de la cabeza de Cusco. Ella lo oye con claridad porque su actitud cambia de repente. Pichí abandona su posición más alejada y pega tres sonoras palmadas que las sobresaltan a todas. Cusco se ríe teatralmente y continúa−. Sí, hay mucho que limpiar rondando a esta señorita... ¿Cómo podemos entender mejor esto que nos estás diciendo? −le habla al tarot−. Cuarta carta, arriba, diez de oros también invertida. ¡Santa Madre del Camino! Uff... acá hay algo feo cocinándose en la familia hace mucho tiempo.
Su tía murmura:
—Pueblo de la Santa Mierda. −Y no les pasa desapercibido, pero Cusco retoma:
—Algo malo en la herencia, seguro. ¿Qué sale para el pasado?... A ver para el quinto lugar, un as de copas invertido. Tu padre, quizá. −Silvia casi grita y se acomoda inmediatamente pidiendo disculpas solo con señas.
—Obviamente puede ser alguien que se emborracha −agrega la tarotista sonriendo−, pero lo estás dejando atrás. No nos preocupemos ¿Qué nos dice el futuro? La muerte invertida, lo que está muerto, pero no muere... Bueno, esta tirada está brava, podemos parar acá si te sientes mal. −Mara tiembla, pero su curiosidad es muy fuerte.
—Sigamos −dice bajito. Cusco entiende y las otras dos asienten.
—Vas a tener que estar alerta a lo que se avecine. A ver, para el oráculo. ¿Cuál es la medida exacta de tu talla, hoy? Cuatro de copas invertida. Acá somos cuatro copas, y tú eres la cuarta. Estás angustiada, tienes miedo por algo, estás mal por algo. Y no me extraña, niña... −Mara observa tensa y callada lo que pasa afuera y también el quiebre que siente en su interior. Recuerda el instante de esa tarde sentada en la pizzería, en el que hacía rebalsar la taza humeante partiendo las galletitas, empujándolas al fondo y desarmándolas en el borde. Recuerda lo que pensó del renacimiento, su renacimiento. El interés que le genera todo este momento la mantiene a flote en esta revuelta interior.
—¿Cómo te ven los demás? −pregunta al aire Cusco más alta a pesar de estar sentada−. La templanza invertida −explica−. Claro, no estás segura de nada ahora, ¿no? En la posición de los miedos y de las esperanzas, que es la que sigue, qué te sale, qué te sale... Siete de oros invertida. Estás contemplando tu vida, que no ha sido fácil, no seas dura. Persevera en lo que empezaste... Y para el final, tarán, tarán. ¿Cómo terminas este aterrizaje?
Mara vuelve a percibir que capta los pensamientos de Cusco “que no salga algo terrible por favor, por favor Santa Madre del Camino” y ella entonces anuncia :
—Dos de oros, al derecho. Bien, respiremos. −Y todas respiran aliviadas−. Se soluciona aprendiendo a jugar, acompañando lo que pase como si fueses una bailarina o una acróbata de circo. ¡Que la Lupe te enseñe!
—Hermosas, hago mate. −La Pichí se para agitando su falda en dirección a la cocina, Silvia aprovecha para salir y se prende un cigarrillo. Mara no puede moverse, apoya la frente sobre las manos cruzadas encima de la mesa. Cuzco besa las cartas, y porque conoce el único alivio para ciertas heridas, las guarda y le acaricia la cabeza con una ternura de otro mundo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.