Kitabı oku: «Hong Kong Hacker (versión latinoamericana)»
HONG KONG HACKER
CHAN HO-KEI
Traducción: Constanza Fantin Bellocq

“Una novela aguda e intensa, revela un peligroso submundo de batallas virtuales, crímenes cibernéticos y la existencia de un depredador que acecha en Hong Kong”.
—Booklist.
“Los giros de la trama son lógicos y sorprendentes, y Chan nos presenta personajes profundos y reales. Ideal para los fans de los tecno-thrillers como los libros de Stieg Larsson”.
—Publishers Weekly.
“Hong Kong Hacker es prácticamente irresistible, con vueltas y manipulaciones que no se ven venir y garantizan que los lectores se mantengan despiertos hasta altas horas de la madrugada”.
—Shelf Awareness.
“Chan Ho-Kei se merece completamente ser el escritor de thrillers número uno en chino. No solo ofrece una lectura acelerada, con giros inteligentes y sin fisuras hasta la última página, también muestra una visión cruda y rica de los diversos mundos de Hong Kong: la vida en espacios mínimos; los adolescentes, sus amistades, celos, pero también el acoso e hipocresía en temas de género. Imposible dejarlo hasta la última página, imposible de olvidar… ¡hasta el próximo libro del autor!”.
—Trini Vergara, editora.
Chan, Ho-Kei
Hong Kong Hacker / Ho-Kei Chan. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Trini Vergara Ediciones, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Constanza Fantin Bellocq ; Jeremy Tiang.
ISBN 978-987-8474-06-9
1. Literatura. 2. Narrativa. 3. Hong Kong. I. Fantin Bellocq, Constanza, trad. II. Tiang, Jeremy, trad. III. Título.
CDD 895
Título original: 網內人
Edición original: 皇冠文化出版有限公司
Traducción: Constanza Fantin Belloqc
Corrección de estilo: Cristina Martín Sanz
Diseño de colección y cubierta: Raquel Cané
Diseño interior: Flor Couto
© 2017 Chan Ho-Kei
Derechos de traducción gestionados por Crown Publishing Company, Ltd. en asociación con The Grayhawk Agency a través de International Editors’ Co.
© 2021 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2021 Motus Thriller
www.motus-thriller.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-987-8474-06-9
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
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Chan Ho-Kei
Sinopsis
Manifiesto Motus
PRÓLOGO
CUANDO NGA-YEE SALIÓ DE SU apartamento a las ocho de la mañana, no tenía idea de que su vida cambiaría ese día.
Después de la pesadilla del año anterior, sentía que les esperaban tiempos mejores si solamente apretaban los dientes y se mantenían firmes. Estaba convencida de que el destino era justo y de que, cuando sucedía algo malo, después, naturalmente, seguía algo bueno. Por desgracia, a los poderes de turno les encanta gastar bromas crueles.
Pasadas las seis de la tarde, Nga-Yee, extenuada, se arrastró hacia su casa. Mientras caminaba desde la parada del autobús, calculó mentalmente si tendría suficiente comida en el refrigerador como para cocinar para dos. En apenas siete u ocho años los precios habían aumentado de forma alarmante, mientras que los sueldos se habían mantenido igual. Recordaba cuando medio kilo de carne de cerdo costaba veintitantos dólares, pero ahora con eso apenas alcanzaba para doscientos cincuenta gramos.
Seguramente habría un poco de cerdo y algunas espinacas en el refrigerador, suficiente para preparar un salteado con jengibre. Un acompañamiento de huevos al vapor completaría una cena simple y nutritiva. A su hermana Siu-Man, que era ocho años menor, le encantaban los huevos al vapor, y Nga-Yee a menudo preparaba ese plato suave y sedoso cuando la alacena estaba casi vacía: una buena comida con cebolleta y un toque de salsa de soja. Lo más importante de todo era que costaba poco. En el pasado, en la época en que estaban todavía más ajustadas económicamente que ahora, los huevos las habían sacado de apuro muchas veces.
Tenían suficiente para esa noche, pero se preguntó si debería probar suerte en el mercado, de todos modos. No le gustaba dejar el refrigerador completamente vacío; desde pequeña sabía que había que tener siempre un plan de apoyo. Además, varios vendedores bajaban los precios justo antes de cerrar y, tal vez encontraría buenas ofertas para el día siguiente.
Iiiii-uuuu-iiiii-uuuu.
Un coche policial pasó a toda velocidad, y la sirena interrumpió los pensamientos de Nga-Yee. Solo entonces se percató de la multitud delante de su edificio, la Casa Wun Wah.
¿Qué podía haber sucedido? Nga-Yee siguió caminando a la misma velocidad. No era la clase de persona que disfruta de sumarse a la excitación general, razón por la cual muchos de sus compañeros de bachillerato la habían etiquetado como solitaria, introvertida, estudiosa, bicho raro. No le había molestado. Cada uno tiene derecho de elegir cómo vivir la vida. Tratar de encajar dentro de las ideas de los demás es pura tontería.
—¡Nga-Yee! ¡Nga-Yee! —Una mujer regordeta, de unos cincuenta años y cabello rizado la saludó desesperadamente con las manos entre la docena de espectadores. Era Tía Chan, la vecina del piso veintidós. Se conocían lo suficiente como para saludarse, pero nada más.
Tía Chan corrió la corta distancia que la separaba de Nga-Yee, la tomó del brazo y la arrastró hacia el edificio. Nga-Yee no comprendía una palabra de lo que estaba diciendo, salvo su nombre; el terror hacía que su voz sonara como un idioma extranjero. Comenzó a entender, por fin, cuando reconoció la palabra “hermana”.
A la luz del atardecer, Nga-Yee avanzó por entre la gente y por fin pudo ver la horripilante escena.
La multitud se arremolinaba alrededor de un cuadrado de pavimento, a unos diez metros de la entrada principal, donde yacía una adolescente con uniforme escolar blanco y el cabello arremolinado sobre el rostro. Un líquido rojo oscuro formaba un charco alrededor de su cabeza.
Lo primero que pensó Nga-Yee fue: ¿No es alguien de la escuela de Siu-Man?
Dos segundos después, comprendió que la figura que yacía inmóvil en el suelo era Siu-Man.
Su hermanita, tendida sobre el pavimento frío.
La única familia que tenía en el mundo.
En un instante, el mundo a su alrededor se dio vuelta.
¿Sería una pesadilla? Tal vez estaba soñando. Miró los rostros a su alrededor. Reconoció a los vecinos, pero los sintió como desconocidos.
—¡Nga-Yee! ¡Nga-Yee! —´Tía Chan la aferró del brazo y la sacudió con fuerza.
—¿Siu... Siu-Man? —Ni siquiera pronunciando el nombre en voz alta podía relacionar el objeto tirado en el suelo con su hermana menor.
Siu-Man tenía que estar ahora en casa, esperándola para que preparara la cena.
—Atrás, por favor. —Una oficial de policía con uniforme prolijamente planchado se abrió camino entre la gente, mientras que dos paramédicos se arrodillaban junto a Siu-Man con una camilla.
El paramédico de más edad colocó una mano debajo de su nariz, le presionó con dos dedos la muñeca izquierda y, luego, le abrió un párpado e iluminó la pupila con una linterna. Todo eso llevó unos pocos segundos, pero para Nga-Yee fue como una sucesión de escenas congeladas.
Ya no sentía el paso del tiempo.
Su subconsciente estaba tratando de salvarla de lo que sucedería después.
El paramédico se incorporó y negó con la cabeza.
—Por favor, hacia atrás, despejen el camino —ordenó la oficial de policía. Los paramédicos se alejaron de Siu-Man, con expresión sombría.
—¿Siu... Siu-Man? ¡Siu-Man! ¡Siu-Man! —Nga-Yee hizo a un lado a Tía Chan y corrió hacia su hermana.
—¡Señorita! —Un policía alto se movió rápidamente para tomarla de la cintura.
—¡Siu-Man! —Nga-Yee luchó en vano para soltarse, luego se volvió para suplicar: —¡Es mi hermana! ¡Tienen que salvarla!
—Señorita, por favor, cálmese —dijo el policía, como sabiendo que sus palabras no surtirían efecto.
—¡Por favor, sálvenla! ¡Médicos...! —Nga-Yee, pálida, se volvió para implorar a los paramédicos que se alejaban. —¿Por qué no la ponen sobre la camilla? ¡Rápido, tienen que salvarla!
—¿Señorita, usted es la hermana? Cálmese, por favor —le indicó el policía, con el brazo alrededor de su cintura, tratando de hablar con la mayor compasión posible.
—Siu Man… —Se volvió para contemplar la figura quebrada en el suelo, pero ahora otros dos policías la estaban cubriendo con una lona verde oscura. —¿Qué están haciendo? ¡Deténganse! ¡Deténganse ya mismo!
—¡Señorita! ¡Señorita!
—No la cubran, ¡tiene que respirar! ¡El corazón le sigue latiendo! —Nga-Yee se inclinó hacia adelante, sin energía. El policía ya no la sujetaba, sino que la sostenía—. ¡Sálvenla, tienen que salvarla, se lo suplico! Es mi hermana, mi única hermana...
Y así, en esa noche de un martes cualquiera, delante de la Casa Wun Wah, en la urbanización Lok Wah, del distrito de Kwun Tong, los vecinos, que por lo general eran volubles, guardaron silencio. El único ruido que se oía entre los edificios fríos era el llanto desesperado de una hermana mayor; los sollozos golpeaban como el viento en los oídos de todas esas personas, llenándolos de un dolor indeleble.
CAPÍTULO 1
1.
—SU HERMANA SE SUICIDÓ.
Cuando Nga-Yee oyó al policía pronunciar esas palabras en la morgue, no pudo contenerse y replicó con voz pastosa:
—¡Es imposible! Tiene que haber un error. Siu-Man nunca haría algo así. —El sargento Ching, un hombre delgado de unos cincuenta años, con canas en las sienes, tenía un leve aire de gangster, pero algo en sus ojos le decía que podía confiar en él. Sereno ante la incipiente histeria de ella, habló con una voz profunda y calma que la hizo callar.
—Señorita Au, ¿usted está segura de que su hermana no se suicidó?
Nga-Yee sabía muy bien, aunque no quería reconocerlo, que Siu-Man tenía muchos motivos para buscar la muerte. La presión que había soportado durante los últimos seis meses era mucho mayor de lo que merecía cualquier chica de quince años.
Pero deberíamos comenzar con los muchos años de desgracias de la familia Au.
Los padres de Nga-Yee nacieron en la década del sesenta; eran inmigrantes de segunda generación. Cuando en 1946 estalló la guerra entre los nacionalistas y los comunistas, una gran cantidad de refugiados comenzaron a emigrar de China continental a Hong Kong. Los comunistas emergieron victoriosos e instauraron un nuevo régimen que reprimió cualquier oposición, por lo que cada vez más gente comenzó a refugiarse en esa colonia británica. Los abuelos de Nga-Yee eran refugiados de Guangzhou. Hong Kong necesitaba mucha mano de obra barata y raramente rechazaba a aquellos que ingresaban de manera ilegal en el territorio, por lo que sus abuelos pudieron asentarse, conseguir sus documentos con el tiempo y convertirse en ciudadanos de Hong Kong. Aun así, sus vidas fueron difíciles: hacían trabajo manual durante largas horas y por muy poco dinero. Las condiciones de vida eran durísimas, también. No obstante, Hong Kong atravesaba un período de auge económico y, si uno estaba dispuesto a sufrir un poco, las circunstancias mejoraban. Algunos hasta cabalgaron la ola y alcanzaron el éxito.
Por desgracia, los abuelos de Nga-Yee nunca tuvieron esa oportunidad. En febrero de 1976, un incendio en el barrio de Shau Kei Wan, en la bahía Aldrich, destruyó más de mil casas de madera y dejó a unas tres mil personas sin hogar. Los abuelos de Nga-Yee murieron en ese infierno; sobrevivió su hijo de doce años, Au-Fai, el padre de Nga-Yee. Debido a que no tenía ningún otro familiar en Hong Kong, Au Fai fue adoptado por un vecino que había perdido a su esposa en el incendio. El vecino tenía una hija de siete años llamada Chau Yee-Chin, quien sería la madre de Nga-Yee.
Por ser tan pobres, Au Fai y Chau Yee-Chin no tuvieron una educación formal. Ambos comenzaron a trabajar antes de la mayoría de edad, Au Fai como obrero en un depósito y Yee-Chin como camarera en un restaurante de dim sum, una típica comida cantonesa. Aunque trabajaban duramente para ganarse la vida, nunca se quejaban, y hasta pudieron disfrutar de unas migajas de felicidad cuando se enamoraron. Pronto comenzaron a hablar de casamiento. Al enfermar el padre de Yee-Chin en 1989, se casaron rápidamente para poder cumplirle al menos uno de sus deseos antes de que muriera.
Durante algunos años después de eso, la familia Au pareció haberse liberado de la mala suerte.
Tres años después de casarse, Au Fai y Chau Yee-Chin tuvieron una hija. El padre de Yee-Chin había sido educado en China. Antes de morir, les pidió que llamaran a su hijo Chung-Long si era varón y Nga-Yee si era una niña: “Nga” por elegancia y belleza, “Yee” por felicidad. El matrimonio y la niña se mudaron a una pequeña vivienda situada en un bloque de apartamentos en To Kwa Wan, donde llevaban una vida austera pero feliz. Todos los días, cuando Au Fai volvía de trabajar, al ver los rostros sonrientes de su esposa y su hijita sentía que no podía pedirle nada más al mundo. Yee-Chin manejaba bien el hogar. A Nga-Yee le gustaban los libros y se comportaba muy bien y todo lo que Au Fai deseaba era ganar un poco más de dinero para que ella pudiera ir a la universidad algún día y no tuviera que ponerse a trabajar antes de terminar el bachillerato, como habían tenido que hacer él y su esposa. Actualmente, se necesitaba preparación académica para salir adelante en Hong Kong. En los años setenta y ochenta, si uno estaba dispuesto a trabajar duro, conseguía empleo con facilidad, pero los tiempos habían cambiado.
Cuando Nga-Yee cumplió seis años, el dios de la fortuna sonrió a la familia Au: después de estar varios años en lista de espera, finalmente les llegó el turno de conseguir una vivienda del gobierno.
En la superpoblada Hong Kong, donde escaseaba la tierra, no alcanzaban las viviendas subvencionadas del gobierno para satisfacer la demanda. En 1998, Au Fai recibió la notificación de que les había sido adjudicada una unidad en la urbanización pública Lok Wah. Sucedió justo en el momento indicado: después de la crisis financiera asiática, la empresa para la que trabajaba Au Fai había hecho una gran reestructuración, y él fue uno de los primeros obreros a los que despidieron. Su jefe lo ayudó a conseguir otro trabajo, pero el sueldo era mucho menor y le costaba pagar la escuela primaria de Nga-Yee. La carta de la Autoridad de la Vivienda fue como maná caído del cielo. El nuevo alquiler sería menos de la mitad de lo que pagaban actualmente y si vivían con frugalidad, hasta podrían comenzar a ahorrar.
Dos años después de mudarse a la Casa Wun Wah, Chau Yee-Chin volvió a quedar encinta. Au Fai estaba encantado de ser padre otra vez y Nga-Yee ya tenía edad para comprender que ser la hermana mayor significaría tener que trabajar duro para ayudar a sus padres. Como su suegro le había dejado solamente un nombre para cada sexo, Au Fai recurrió a su vecino —un antiguo maestro de escuela— en busca de ayuda para elegir el hombre de una segunda hija.
—¿Qué le parece llamarla Siu-Man? —sugirió el anciano, sentado con Au Fai afuera del edificio, en un banco—. “Siu”, que significa ‘pequeña’ y “Man”, que significa ‘nubes coloreadas por el atardecer’.
Au Fai miró hacia donde apuntaba el anciano y vio cómo el sol poniente teñía las nubes con una paleta de colores brillantes.
—Au Siu-Man... Es un nombre que suena bien. Gracias por su ayuda, señor Huang. En mi ignorancia, nunca se me habría ocurrido algo tan bello.
Ahora que eran cuatro, el apartamento de la urbanización Wun Wah comenzó a resultarles apretado. Eran viviendas diseñadas para dos o tres personas y no tenían paredes internas. Au Fai presentó una solicitud para mudarse a algo más amplio. Les ofrecieron sitios en Tai Po o Yuen Long, pero, después de hablarlo, Yee-Chin sonrió y dijo:
—Nos hemos acostumbrado a vivir aquí. Esos sitios están muy lejos. Tu viaje al trabajo sería una pesadilla y Nga-Yee tendría que cambiar de escuela. Puede que estemos algo apretados aquí, pero ¿recuerdas cuánto más pequeña era nuestra choza de madera?
Así era Chau Yee-Chin, siempre satisfecha con su suerte. Au Fai se rascó la cabeza y no se le ocurrió ningún argumento mejor, aunque siguió esperando poder darle una habitación a cada hija antes de que comenzaran el bachillerato.
No imaginó que no viviría para ver ese día.
Au Fai murió en un accidente ocurrido en su lugar de trabajo en el año 2004. Tenía cuarenta años.
Después de la crisis financiera de 1997 y la epidemia de síndrome respiratorio agudo grave (SARS) de 2003, la economía de Hong Kong agonizaba. En un esfuerzo para reducir costos, muchos empresarios comenzaron a subcontratar operaciones o a contratar empleados por períodos breves para evitar así las cargas sociales. Una empresa grande contrataba a una más pequeña para realizar ciertas operaciones, y esta última subcontrataba los trabajos a unidades más pequeñas. Una vez que todas ellas se llevaban su parte, los sueldos de los empleados eran mucho menores que antes, pero, en ese clima precario, no les quedaba otra opción que callar y aceptar lo que se les ofrecía. Au Fai tenía que acudir a esos contratistas y pelear con otros obreros por los pocos puestos disponibles. Por fortuna, llevaba en el depósito el tiempo suficiente como para haber obtenido una licencia para operar las máquinas elevadoras, lo que le proporcionaba una ventaja cuando repartían los puestos o cuando operaban en el puerto. Allí, lo que elevaba no eran productos, sino cables. Los cables de amarre de los cargueros eran demasiado gruesos y pesados como para amarrarlos a mano y había que moverlos con la elevadora. Para maximizar sus ingresos, Au Fai tenía dos empleos, el del depósito de Kowloon y el de descargar barcos en las terminales de contenedores de Kwai Tsing. Quería ganar la mayor cantidad posible de dinero mientras todavía tuviera energías. Sabía que la fuerza no le duraría para siempre y que llegaría el día en que no podría exigirle tanto a su cuerpo ni aunque quisiera.
Una tarde lluviosa de julio de 2004, el encargado del muelle cuatro de Kwai Tsing notó que faltaba una de las máquinas elevadoras. Au Fai había estado conduciendo hacia la Zona Q13, y allí sus colegas descubrieron un poste muy golpeado en un costado. Junto a él había restos de plástico amarillo que reconocieron de inmediato como parte de la máquina elevadora, que, por accidente, Au Fai había hecho caer al agua. Terminó atrapado entre el vehículo y las pinzas, que quedaron a medio enterrar en el lecho marino a siete metros de profundidad. Cuando pudieron sacar la elevadora con una grúa, Au Fai estaba muerto desde hacía horas.
Nga-Yee tenía doce años cuando perdió a su padre, y Siu-Man, cuatro.
Yee-Chin, aunque estaba destrozada por la muerte de su amado esposo, no se permitió hundirse en el dolor, ya que sus hijas ahora dependían por completo de ella.
Según la ley laboral, la familia de cualquier empleado que moría en el trabajo debía recibir como compensación el salario de sesenta meses, cosa que les habría permitido vivir durante varios años. Lamentablemente, la mala suerte golpeó otra vez a la familia Au.
—Señora Au, no es que no quiera ayudarla, pero esto es todo lo que la empresa puede ofrecerle.
—Pero, Ngau, Fai trabajó tanto para Yu Hoi, durante muchos años. Salía de casa antes de que amaneciera y volvía cuando las niñas estaban durmiendo. Casi nunca veía a sus propias hijas. Ahora soy una pobre viuda con dos hijas sin padre. No tenemos a nadie que nos ayude. ¿Y usted me dice que solamente nos puede dar esta suma insignificante?
—La empresa está bastante mal, para serle sincero. Es posible que tengamos que cerrar el año que viene y, si eso sucede, ni siquiera podríamos darle esta pequeña suma.
—¿Pero por qué tiene que salir de ustedes el dinero? Fai tenía el seguro de empleado.
—La cobertura de Fai... Al parecer hay un problema con eso.
Ngau llevaba en la empresa más tiempo que Fai y había visto a Yee-Chin varias veces, por lo cual el jefe, el señor Tang, le había pedido que tuviera una “conversación” con ella. Según él, era cierto que la empresa lo había asegurado, pero cuando la aseguradora puso a un inspector a revisar el caso, el reclamo fue denegado. El accidente había tenido lugar después de que finalizase el turno de Au Fai, y no había forma de demostrar que hubiera estado operando la elevadora por motivos laborales. Además, no le habían encontrado ningún desperfecto al vehículo, por lo que no podían descartar la posibilidad de que Au Fai simplemente se hubiera quedado dormido o se hubiera desmayado.
—Tengo entendido que hasta querían reclamarle los daños ocasionados a la elevadora, pero el jefe dijo que no había que hacer leña del árbol caído. Fai trabajó mucho para la empresa, y aun si la aseguradora no quiere hacerse cargo, tenemos que hacer algo por él. Así que la compañía le ofrece esta pequeña suma a modo de condolencias. Esperamos que la acepte.
Yee-Chin tomó el cheque con manos temblorosas. Las palabras “reclamarle los daños ocasionados a la elevadora” la habían enfurecido de tal forma que casi se echó a llorar, pero sabía que Ngau solamente repetía lo que le habían dicho. Ese dinero —el equivalente a tres meses de sueldo de Au Fai— sería una nimiedad.
Yee-Chin intuyó que el jefe le estaba ocultando algo, pero no veía la forma de defenderse. Se vio obligada a aceptar el cheque y agradecer a Ngau.
Ella no había trabajado a tiempo completo desde que nacieron las niñas, solamente había ayudado de tanto en tanto en una lavandería para ganar un poco de dinero para sus gastos. Ahora no le quedaba otra opción que volver a ser camarera en un restaurante de dim sum. Si bien el costo de vida se había disparado en los diez años desde que trabajó por última vez, los sueldos seguían casi iguales. Comprendió que no había forma en que ella y sus hijas pudieran sobrevivir, de manera que tuvo que buscar un segundo empleo. Tres veces por semana, trabajaba el turno nocturno en una tienda de almacén. Salía a las seis de la mañana y dormía apenas cinco horas antes de partir hacia el restaurante.
Varios vecinos quisieron convencerla de que dejara de trabajar y aceptara los planes de ayuda social, pero ella se negaba:
—Sé que solamente gano un poco más de lo que me daría la ayuda social, y que podría ocuparme de Nga-Yee y de Siu-Man todo el día —respondía, sonriendo con dulzura—, pero si lo hiciera, ¿cómo les enseñaría la importancia de valerse por sí mismas?
Nga-Yee la escuchaba y recordaba sus palabras.
Perder a su padre fue un gran golpe para ella. Estaba comenzando el bachillerato, y Au Fai le había prometido que después de los exámenes finales, toda la familia haría un viaje de tres días a Australia para festejar..., pero las dejó antes de que eso pudiera suceder. Nga-Yee siempre había sido una niña introvertida, y después de la muerte de su padre se retrajo aún más. Pero no se entregó a la desesperación: el ejemplo de su madre le mostró que, por más cruel que fuera la realidad, había que ser fuerte. Con Yee-Chin entregada a su trabajo, Nga-Yee pasó a ser la encargada de la casa: la limpieza, las compras, la cocina y el cuidado de su hermana de cuatro años. Cuando cumplió trece años, Nga-Yee ya era experta en todas esas tareas y comprendía cómo ser austera y ahorrar. Todos los días, después del colegio, tenía que rechazar invitaciones sociales y perderse actividades extracurriculares. Sus compañeros la llamaban solitaria y bicho raro, pero no le importaba; comprendía dónde estaban sus responsabilidades.
Siu-Man, en cambio, no pareció verse afectada por la muerte de su padre.
Protegida por su madre y su hermana mayor, tuvo una niñez normal. Nga-Yee, a veces, se preocupaba pensando que la malcriaba, pero la sonrisa inocente de su hermanita la convencía de que era perfectamente normal sentir adoración por ella. De tanto en tanto, Siu-Man hacía demasiadas travesuras y Nga-Yee se veía obligada a poner rostro serio y regañarla. Sin embargo, cuando Nga-Yee se sentía abrumada y se echaba a llorar —después de todo, solo era una adolescente de bachillerato— Siu-Man la reconfortaba, le acariciaba el rostro y murmuraba: “No llores, por favor, hermana”. Había ocasiones en que Yee-Chin volvía a casa tarde por la noche y encontraba a sus hijas acostadas en la misma cama, habiéndose reconciliado luego de una pelea.
No fueron fáciles para Nga-Yee los cinco años de bachillerato, pero sobrevivió, y hasta logró obtener unos de los mejores resultados de los exámenes de su año. Sus calificaciones fueron lo suficientemente buenas para permitirle entrar en el sexto año preuniversitario, y su profesora le dijo que estaba segura de que no tendría problemas para ganarse un lugar en una universidad de primer nivel. Pero, por más que los docentes trataran de convencerla, ella se mantenía firme e insistía con que quería conseguir un empleo. Era una decisión que había tomado el día que murió su padre: por mejor que le fuera en los exámenes, renunciaría a la posibilidad de una educación universitaria.
—Mamá, una vez que comience a trabajar, tendremos dos sueldos y podrás relajarte un poco.
—Yee, has trabajado tan duro y te has esforzado tanto. No te rindas ahora. No tienes que preocuparte por el dinero. En el peor de los casos, puedo buscarme un tercer empleo de medio tiempo...
—¡Basta, mamá! Vas a destrozarte la salud si sigues con este ritmo. Para ti, ha sido una lucha pagarme el bachillerato en estos últimos años. No puedo permitir que sigas preocupándote.
—Son solamente dos años más. Me han dicho que las universidades tienen planes de asistencia, así que no tendremos que preocuparnos por pagar.
—Se llaman préstamos de honor, mamá..., tendría que pagarlos de todos modos una vez que me gradúe. Hoy en día los sueldos para graduados que recién empiezan son bajos, y los estudiantes de humanidades como yo no tienen tanta amplitud de oferta laboral. Seguramente terminaría pagando el préstamo con un sueldo de miseria. No me quedaría nada. Cinco años más manteniéndonos tú y, luego, otros cinco en los que yo apenas podría contribuir algo. Tienes cuarenta años, mamá. ¿De verdad quieres seguir trabajando así hasta que tengas cincuenta?
Yee-Chin no supo qué responder. Nga-Yee había estado ensayando el discurso durante casi dos años, por lo que el argumento era bien sólido.
—Si consigo trabajo, todo cambiará —prosiguió Nga-Yee. En primer lugar, puedo empezar a aportar dinero ahora, no dentro de cinco años. En segundo lugar, no le deberé dinero al gobierno. Y tercero, puedo ganar experiencia laboral, siendo joven. Y lo más importante de todo, si ambas trabajamos mucho, cuando Siu-Man termine el bachillerato, habremos ahorrado lo suficiente como para que ella no tenga que preocuparse por ninguno de estos temas y pueda enfocarse en sus estudios. Quizás hasta podamos enviarla a una universidad del extranjero.
Nga-Yee nunca había sido buena para los discursos, pero esas palabras sinceras le brotaron fluidas y persuasivas.
Yee-Chin terminó por ceder ante su hija. Al fin y al cabo, objetivamente, tenía razón en muchas cosas. De todos modos, no pudo menos que sentir tristeza. ¿Sería una mala madre por tener una hija que iba a sacrificar su futuro por el de su hermana menor?
—Mamá, créeme, todo esto valdrá la pena.
Nga-Yee lo tenía todo planeado. Entre el trabajo de la casa y el cuidado de su hermana, el único pasatiempo para el que le quedaba tiempo era la lectura. Como no tenían dinero, la mayoría de los libros provenían de la biblioteca pública, donde ahora esperaba poder conseguir empleo. Y así fue: se postuló con éxito para el puesto de asistente de bibliotecaria en la sucursal de la Bahía East Causeway y pasó a ser empleada del Departamento de Servicios Culturales y Tiempo Libre de Hong Kong.
Si bien Nga-Yee trabajaba para el gobierno, no se la consideraba empleada pública, por lo cual no recibía ninguno de los beneficios correspondientes. Para reducir gastos, el gobierno de Hong Kong, como muchas empresas privadas, había reducido los empleados permanentes y pasado a tener empleados contratados, generalmente por uno o dos años. Al cabo de ese tiempo, el contrato caducaba sin problemas ni indemnizaciones. De ese modo, en tiempos de dificultades económicas la nómina de empleados se reducía de manera natural, y si había dinero para gastar, se renovaban los contratos, pero siempre el control quedaba en manos del empleador. Además, el gobierno subcontrataba algunos trabajos, de modo que era muy posible que un repositor de estanterías de la biblioteca pública estuviera trabajando para un contratista, en condiciones aún peores que las de los empleados contratados. Cuando Nga-Yee se enteró de todo esto, no pudo dejar de pensar en la forma en que habían tratado a su padre ni de verlo en el rostro de algunos de los guardias de seguridad más ancianos.
Con todo, no estaba desconforme. Su puesto no era de jerarquía, pero llevaba a casa unos diez mil dólares de Hong Kong al mes, lo que mejoraba ampliamente la situación de la familia Au. Yee-Chin pudo dejar su segundo empleo y aliviar la carga de tantos años. Siguió trabajando en el restaurante, pero ahora con más tiempo para estar en casa y retomar poco a poco la tarea de criar a Siu-Man. Los turnos de Nga-Yee cambiaban continuamente, por lo que no tenía un horario fijo; en consecuencia, dejó de pasar tanto tiempo con su hermana. Al principio, Siu-Man se abalanzaba sobre su extenuada hermana en cuanto volvía de trabajar y no paraba de hablarle de esto y lo otro, pero con el tiempo pareció aceptar que ella estaba ocupada y dejó de molestarla. La familia de Nga-Yee lentamente fue tornándose normal. Madre e hija ya no vivían preocupadas por pagar los gastos. Después de tanto sufrimiento, por fin podían saborear algo mejor a medida que sus vidas, antes tan caóticas, se asentaban en la regularidad.