Kitabı oku: «La Fanfarlo»

Yazı tipi:


Charles Baudelaire

La Fanfarlo



Baudelaire, CharlesLa Fanfarlo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2012. - (Trazos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-214-61. Narrativa Francesa-Cuento.CDD 843

Traducción: Alejandrina Falcón

Ilustración de tapa: Nicolás Arispe

Ilustración de contratapa: María Rabinovich

Edición: Octavio Kulesz

Diseño: Verónica Feinmann

Título Original: La Fanfarlo

© Libros del Zorzal, 2006

Buenos Aires, Argentina

Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina.

Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Ambassade de France en Argentine.

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de La Fanfarlo, escríbanos a:

info@delzorzal.com.ar

www.delzorzal.com.ar

Samuel Cramer, que en el pasado firmó con el nombre de Manuela de Monteverde algunas locuras románticas –en los buenos tiempos del Romanticismo–, es el producto contradictorio de un pálido alemán y de una oscura chilena. Agregue a este doble origen una educación francesa y una cultura literaria, y estará usted menos sorprendido –cuando no satisfecho y edificado– por las extrañas complicaciones de este carácter.

Samuel tiene la frente pura y noble, los ojos brillantes como gotas de café, la nariz atrevida y burlona, los labios impúdicos y sensuales, el mentón cuadrado y déspota, la cabellera pretenciosamente rafaelesca. Es a la vez un gran haragán, un ambicioso triste y un ilustre desdichado, pues en toda su vida no ha tenido sino mitades de ideas. El sol de la pereza, que resplandece sin cesar en su interior, evapora y consume esa mitad de genio con que el cielo lo ha dotado.

Entre todos los hombres semibrillantes que he conocido en esta terrible vida parisina, Samuel fue, más que ningún otro, el hombre de las grandes obras fallidas. Criatura enfermiza y extravagante, su poesía resplandece mucho más en su persona que en sus obras; y, hacia la una de la mañana, entre el resplandor de un fuego de carbón mineral y el tictac de un reloj, se me ha aparecido siempre como el dios de la impotencia –dios moderno y hermafrodita–, ¡impotencia tan colosal y enorme que llega a ser épica!

¿Cómo dar a conocer y mostrar claramente esta naturaleza tenebrosa, atravesada de vivos destellos, perezosa y emprendedora a un mismo tiempo, fecunda en proyectos difíciles y en irrisorios fracasos; espíritu en el cual la paradoja a menudo tenía visos de ingenuidad, y cuya imaginación era tan vasta como la soledad y la pereza absolutas?

Uno de los defectos más naturales en Samuel era considerarse el igual de aquellos a quienes solía admirar. Después de la lectura apasionada de un buen libro, su conclusión involuntaria era:

–¡Esto es tan hermoso que podría ser mío! Y de ahí a pensar: “Por lo tanto, es mío”, sólo hay un paso.

En el mundo actual, esta clase de caracteres es más frecuente de lo que se piensa; las calles, los paseos públicos, los cafés y todos los refugios del flâneur están plagados de seres de esta especie.

A tal punto se identifican con el nuevo modelo que no están lejos de creer que lo han inventado. Hoy los veremos descifrando penosamente las páginas místicas de Plotino o de Porfirio; mañana admirarán el modo en que Crébillon hijo ha expresado el lado frívolo y francés de su carácter. Ayer se entretenían familiarmente con Jerónimo Cardano; ahora juegan con Sterne, o se entregan con Rabelais a todos los excesos de la hipérbole. De hecho, son tan felices en cada una de sus metamorfosis que no guardan rencor alguno a todos estos grandes genios por habérseles adelantado en la estima de la posteridad. ¡Ingenuo y respetable descaro! Así era el pobre Samuel.

Hombre de bien por su origen y un poco sinvergüenza por pasatiempo, comediante por temperamento, representaba para sí mismo, y a puertas cerradas, incomparables tragedias, o, mejor dicho, tragicomedias. Si la alegría lo rozaba o apenas se insinuaba, debía asegurarse de ello, y entonces nuestro hombre ensayaba risas y carcajadas. Si algún recuerdo hacía que una lágrima asomara a sus ojos, corría al espejo para mirarse llorar. Cuando alguna mujer de mala vida, en un acceso de celos brutal y pueril, le hacía un rasguño con una aguja o una navaja, Samuel se jactaba de haber recibido una cuchillada, y cuando debía unos miserables veinte mil francos, exclama alegremente: “¡Qué triste y miserable suerte la de un genio acosado por un millón de deudas!”

Por lo demás, cuídese bien de creer que fuera incapaz de experimentar sentimientos verdaderos, y que la pasión tan sólo rozó su epidermis. Hubiese vendido sus camisas por un hombre al que apenas conocía, y a quien, un día antes, por la sola inspección de su frente y de su mano, había declarado su íntimo amigo. Llevaba a las cosas del espíritu y del alma la contemplación germánica; a las cosas de la pasión, el fugaz e inconstante ardor de su madre; y a la práctica de la vida, todos los defectos de la vanidad francesa. Se hubiese batido en duelo por un autor o un artista muerto dos siglos antes. Era ateo con pasión como había sido devoto con fervor. Era, a un mismo tiempo, todos los artistas que había estudiado y todos los libros que había leído; y, sin embargo, pese a esta habilidad de histrión, seguía siendo profundamente original: era el tierno, el caprichoso, el perezoso, el terrible, el sabio, el ignorante, el desaliñado, el coqueto Samuel Cramer, la romántica Manuela de Monteverde. Adoraba a un amigo como a una mujer; amaba a una mujer como a un compañero. Poseía la lógica de todos los buenos sentimientos y la ciencia de todas las astucias, y sin embargo jamás triunfó en nada, porque creía demasiado en lo imposible. ¿Qué tiene de sorprendente? Estaba siempre intentanto concebirlo.

Una tarde Samuel tuvo deseos de salir; el tiempo estaba agradable y perfumado. Tenía, según su gusto natural por el exceso, hábitos de reclusión y de disipación igualmente violentos y prolongados; y hacía ya mucho tiempo que permanecía fiel a su hogar. La pereza materna, la haraganería criolla que corría por sus venas, le impedían sufrir por el desorden de su cuarto, de su ropa y de sus cabellos excesivamente sucios y enmarañados. Se peinó, se lavó y, en unos minutos, supo recobrar el porte y el aplomo de aquellas personas para quienes la elegancia es cosa de todos los días; después abrió la ventana. Un día cálido y dorado se precipitó en el gabinete polvoriento. Samuel se maravilló de que la primavera hubiese llegado tan pronto, en muy pocos días, y sin anunciarse. Un aire cálido e impregnado de agradables perfumes lo invadió; una parte se le subió al cerebro, lo llenó de fantasías y de deseo; el resto le removió libertinamente el corazón, el estómago y el hígado. Apagó resueltamente sus dos velas, una de las cuales aún palpitaba sobre un volumen de Swedenborg, y la otra se extinguía sobre uno de esos libros vergonzosos cuya lectura sólo es provechosa para aquellos espíritus poseídos de una inmoderada inclinación por la verdad.

Desde lo alto de su soledad, atiborrada de papeles, empedrada de libros y poblada de sueños, Samuel solía ver, paseando por los jardines de Luxemburgo, una silueta y una figura que había amado en provincia, a la edad en que se ama el amor. Sus rasgos, aunque madurados y ensanchados por los años, conservaban la gracia profunda y decente de la mujer honesta; en el fondo de sus ojos aún brillaba, por momentos, la ensoñación húmeda de la joven. Iba y venía habitualmente escoltada por una criada bastante elegante, cuyo rostro y aspecto delataban más bien a la confidente y a la dama de compañía que a la sirvienta. Parecía buscar los sitios más apartados, y se sentaba tristemente con actitudes de viuda, teniendo, a veces, en su mano distraída, un libro que no leía.

Samuel la había conocido en los alrededores de Lyon, joven, despierta, traviesa y más delgada. A fuerza de mirarla y, por así decir, de reconocerla, había encontrado uno a uno todos los pequeños recuerdos que se relacionaban con ella en su imaginación; evocaba para sí todos los detalles de esa historia de juventud, extraviados desde entonces en las preocupaciones de su vida y en el dédalo de sus pasiones.

Esa tarde la saludó, pero con más cuidado y más miradas. Al pasar delante de ella, escuchó detrás de sí este fragmento de diálogo:

–¿Qué le parece ese joven, Mariette?

Pero esto dicho con un tono de voz tan distraído que aun el observador más malicioso no hubiese tenido nada que objetar.

Lo encuentro muy bien, señora. ¿La señora sabe que es Samuel Cramer?

Y con tono más severo:

–Pero ¿cómo es posible que usted sepa eso, Mariette?

Por eso, al día siguiente, Samuel puso especial cuidado en devolverle su pañuelo y su libro, que encontró sobre un banco y que ella no había perdido, dado que se encontraba cerca de allí mirando cómo los gorriones se disputaban unas migas, o contemplando el trabajo interior de la vegetación. Como suele ocurrir entre dos seres cuyos destinos cómplices han elevado el alma a un mismo diapasón, y pese al modo abrupto en que inició la conversación, Samuel tuvo la extraña felicidad de encontrar a una persona dispuesta a escucharlo y a responderle.

¿Tendré la dicha, señora, de estar presente todavía en un rincón de su recuerdo? ¿Tanto he cambiado que no puede reconocer en mí a un compañero de la infancia, con quien usted se dignó jugar a las escondidas y faltar sin permiso a la escuela?

Una mujer –respondió la dama con una breve sonrisa– no tiene derecho a reconocer tan fácilmente a las personas; por eso, le agradezco, señor, que me haya dado usted la oportunidad de evocar esos hermosos y alegres recuerdos. Además... cada año que pasa contiene tantos acontecimientos y pensamientos... y, en verdad, me parece que han pasado muchos años...

Años –replicó Samuel– que para mí fueron, a veces, muy lentos; otras, fugaces ¡pero todos invariablemente crueles!

¿Y la poesía?... –dijo la dama con una sonrisa en los ojos–.

¡Siempre, señora! –respondió Samuel riendo–. Pero ¿qué está leyendo?

Una novela de Walter Scott.

Me explico ahora sus frecuentes interrupciones. ¡Oh! ¡Qué escritor aburrido! ¡Un polvoriento desenterrador de crónicas! Un amasijo de descripciones fastidiosas y desordenadas, un montón de cosas viejas y trastos de toda clase: armaduras, vajillas, muebles, posadas góticas y castillos de melodrama, donde se pasean autómatas, vestidos con casacas y jubones abigarrados; tipos conocidos de los que ningún plagiario de dieciocho años querrá saber nada en diez años; castellanas imposibles y enamorados desprovistos de toda actualidad, ¡ninguna verdad de corazón, ninguna filosofía de sentimientos! ¡Qué diferencia con nuestros buenos novelistas franceses, en los que la pasión y la moral se imponen a la descripción material de los objetos! ¿Qué importa que la castellana lleve gorguera o miriñaque, o enaguas Oudinot, mientras solloce o traicione como se debe? ¿El amante le interesa más por llevar un puñal en su chaleco en vez de una tarjeta de visita, y un déspota vestido de traje negro le causa un terror menos poético que un tirano con armadura de hierro y barda de cuero?

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

₺279,65
Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
41 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875992146
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: