Kitabı oku: «El grillo del hogar»

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Charles Dickens

El grillo del hogar

e-artnow, 2021

EAN 4064066443719

Índice

Primer grito

I

II

III

IV

V

VI

Segundo grito

I

II

III

IV

V

VI

Tercer grito

I

II

III

IV

V

VI

Charles Dickens
El grillo del hogar

Primer grito

Índice

I

Índice

Empezó el puchero. No necesito que me contéis lo que la señora Peerybingle dijera; yo me entiendo. Dejad que la señora Peerybingle se pase hasta la consumación de los siglos asegurando la imposibilidad de decidir cuál empezó: yo digo que fue el puchero. Tengo motivos para saberlo. El puchero empezó cinco minutos antes que el grillo, según el relojito holandés de cuadrante barnizado situado en el rincón.

¡Como si el reloj no hubiese cesado de tocar! ¡Como si el segadorcido de movimientos convulsivos y bruscos que lo remata, paseando la hoz de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha ante la fachada de su palacio morisco, no hubiese segado medio acre de césped imaginario antes que el grillo hubiese hecho notar su presencia!

A decir verdad, no fui nunca terco, como todo el mundo sabe. Por nada del mundo opondría mi opinión personal a la opinión de la señora Peerybingle, si no estuviese perfectamente seguro de lo ocurrido. «Nada me induciría a semejante cosa. Pero se trata de una cuestión de hecho, y el hecho es que el puchero empezó por lo menos cinco minutos antes que el grillo hubiese dado señal de vida. Si insistís, apostaré que transcurrieron diez minutos.

Dejarme contar el caso tal como ocurrió. Es lo que hubiera hecho desde la primera frase a no considerar que si cuento una historia debo empezar por el principio, y ¿cómo queréis que empiece por el principio si no empiezo por la vasija?

Parecía que la vasija y el grillo luchaban. Una lucha musical, exclusivamente musical. Vais a saber su origen y sus consecuencias.

La señora Peerybingle había salido al obscurecer de una tarde húmeda y fría, haciendo sonar sus zuecos sobre el empedrado lleno de lodo; por cierto que sus pisadas reproducían groseramente alrededor del patio una porción de figuras circulares de la primera proposición de Euclides. La señora Peerybingle había ido a la fuente a llenar el puchero. De vuelta ya, y quitados los chanclos, que no era poco -por ser los chanclos muy altos y la señora Peerybingle muy pequeña-, puso el puchero al fuego. Entonces perdió su sangre fría, o por lo menos olvidó la paciencia que la caracterizaba; porque estando el agua fría como el hielo y hallándose en forma de granizo líquido y escurridizo que se infiltra hasta lo más interno de toda substancia, incluso los círculos de hierro que sostienen los chanclos, no había respetado los dedos del pie de la señora Peerybingle, llegando a salpicar sus piernas. Y como precisamente, cuando estamos algo orgullosos de nuestras piernas, y con razón, procuramos con empeño usar medias aseadas, claro está que en principio hallaríamos algo durilla semejante prueba.

Además, el puchero mostraba una obstinación creciente. No quería dejarse acomodar sobre la barra superior de la rejilla; no quería prestarse tranquilamente a las desigualdades del carbón; se inclinaba hacia adelante con modales de borracho, y vertía entretanto el agua sobre el hogar, con insufrible sandez. Hay más: la tapadera, resistiendo a los dedos de la señora Peerybingle, empezó por girar de arriba abajo, y luego con ingeniosa testarudez, digna de mejor causa, se hundió de lado hasta el fondo del puchero. El cascarón del Royal-George no hizo para salir del agua la mitad de la resistencia monstruosa que la tapadera opuso a los esfuerzos de la señora Peerybingle, antes que ésta pudiese sacarla y colocarla de nuevo en su sitio.

Y aun entonces el desgraciado puchero se mostró huraño y gruñón, poniendo el asa en aire de desafío, y levantando el pico con burlona impertinencia hacia la señora Peerybingle, como si dijese: «No quiero hervir. Nadie me forzará a hervir».

Pero la señora Peerybingle, cuyo buen humor había vuelto, se frotó las manos regordetas para sacudir el polvo, y se sentó riendo ante el pucherillo. No obstante, la alegre llama se elevaba y caía sucesivamente, derramando espléndida claridad sobre el segadorcito colocado en lo alto del reloj holandés, de modo que parecía que estuviese pegado allí, inmóvil como un tronco ante el palacio morisco, y que sólo la llama estuviese en movimiento.

Y a pesar de todo, el hombrecito se movía; sufría sus espasmos acostumbrados, por segundo, siempre con la misma regularidad. Pero hay que notar con preferencia que era verdaderamente terrible observar los padecimientos de que era víctima apenas iba a sonar el reloj. Cuando el cuclillo sacaba la cabeza fuera de la abertura del castillo y cantaba su nota seis veces, cada uno de aquellos gritos le trastornaba como si fuese la voz de un fantasma o como si le tirasen de un alambre atado a sus piernas.

Sólo después de una violenta sacudida y cuando el alboroto de las cuerdas y las pesas colocadas debajo de él habían cesado enteramente, el pobre segador, lleno de espanto, iba calmándose poco a poco. Y no temblaba sin razón, porque los estrepitosos esqueletos de relojes, con sus algazaras inquietantes, llegan a desconcertar a una persona mayor, y me extraña mucho que hayan existido hombres, pero sobre todo holandeses, que se hayan complacido en inventarlos. En efecto; según la creencia popular, a los holandeses les gustan las vastas envolturas y los amplios vestidos para cubrirse de arriba abajo, de modo que hubieran obrado muy bien, por analogía, no dejando sus relojes desnudos y sin protección en las regiones inferiores de su individualidad.

Ahora bien; en aquel momento, notadlo bien, fue cuando el puchero empezó el concierto de la velada. En aquel momento el puchero, volviéndose tierno y musical, empezó a dejar oír en su garganta murmullos irresistibles y a permitirse breves ronquidos, que detenía en la primera nota, como si no estuviese seguro de que enlazasen bien con los murmullos. En aquel momento, después de haber realizado dos o tres vanas tentativas para ahogar sus sentimientos expansivos, sacudió todo mal humor, toda reserva, y dejó escapar de pronto un torrente de notas tan alegres, tan gozosas, que ni el ruiseñor estúpido tuvo de ellas la menor idea. ¡Y tan sencillas! Habríais podido comprender aquel canto como un libro, mejor quizá que ciertos libros que vosotros y yo podríamos citar. Con su cálido aliento, exhalado en una ligera nube que subía graciosa y coquetona a una altura de algunos pies y luego quedaba suspendida junto al ángulo de la chimenea, como en su cielo familiar, el puchero prosiguió su canción con tanto arranque y energía, que su cuerpo zumbaba y se zarandeaba de placer sobre el fuego, y la misma tapadera, la tapadera poco ha rebelde -tan potente es la influencia del buen ejemplo-, ejecutó una especie de jiga(1) haciendo un ruido semejante al de un címbalo adolescente, sordo y mudo, que nunca conociera el son de su mellizo.

Indudablemente, el canto del puchero era un canto de invitación y de bienvenida dirigido a alguien de fuera, a alguien que se dirigía en aquel momento hacia el grato rincón doméstico, hacia el fuego que chisporroteaba. La señora Peerybingle lo sabía perfectamente, mientras su imaginación se entregaba a dulces ensueños delante del hogar.

-La noche es negra -cantaba el puchero-; las hojas muertas cubren el camino; arriba reinan la bruma y las tinieblas; abajo no hay más que miserable lodo; no se halla en la atmósfera, triste y sombría, un solo punto en que pueda descansar la mirada, y apenas se ve un fulgor rojo-obscuro y siniestro en la dirección en que imperan el Sol y el viento. No es más que un fuego rojo que marca las nubes para castigarlas por el mal tiempo que causan. El vasto llano, en toda su extensión, es tan sólo una larga faja negruzca de lúgubre aspecto. El poste indicador está cubierto de escarcha. La lluvia congelada hace resbaladizo el camino; más abajo el agua no se ha convertido del todo en hielo, pero ya no es libre; nada conserva su forma natural; pero ¡él viene, él viene, él viene!

Aquí, precisamente en este punto, fue cuando el grillo entró en escena con un crrri, crrri, crrri, de magnífica potencia a coro con el puchero; pero con una voz tan asombradamente desproporcionada a su estatura -¡su estatura!, era casi invisible-, sobre todo comparándole con el puchero, que si por desgracia hubiese reventado como un cañón excesivamente cargado, cayendo, víctima de su celo, su cuerpecito roto en mil fragmentos, no hubiera parecido sino la consecuencia natural y perseguida con su trabajo afanoso.

El puchero había terminado el solo. Perseveró con ardor constante; pero el grillo se erigió en concertino y se mantuvo en su supremacía. ¡Dios mío, qué modo de gritar! Su voz trémula, aguda y penetrante a la vez, resonaba en la casa y parecía fulgurar como una estrella en medio de la obscuridad que reinaba en el exterior. Notábase en sus notas más elevadas un indescriptible temblorcillo que permitía creer que, arrebatado por la intensidad de su entusiasmo, no permanecía en equilibrio sobre sus piernas y se veía obligado a saltar y brincar. No obstante, marchaban muy bien unidos el grillo y el puchero. El estribillo de la canción era siempre el mismo, y, gracias a su mutua emulación, lo repetían con voz cada vez más fuerte.

La linda oyente -hay que saber que la señora Peerybingle era joven y bonita, aunque tenía una figura de las que suelen llamarse regordetillas, lo que no es tacha apreciable, según mi gusto particular-; la linda oyente, pues, encendió una bujía, dirigió una mirada al segador que remataba el reloj y que estaba haciendo una cosecha más que mediana de minutos, y miró por la ventana; pero la obscuridad no le permitió ver más que su cara reflejada en el vidrio. Verdad es -según mi opinión, y según la vuestra también, lo juraría-que en vano habría buscado la señora Peerybingle por algunas leguas a la redonda algo tan agradable como lo que entonces pudo contemplar. Cuando volvió a sentarse en su sitio, el grillo y el puchero se esmeraban todavía en el canto con cierta rivalidad furiosa, siendo indudablemente el lado flaco del puchero la presunción de vencer constantemente.

Notábase entre los dos toda la animación de una carrera. ¡Crrri, crrri, crrri!… El grillo logra una milla de delantera. ¡Hum, hum, hum-m-m!…, el puchero zumba tras él como una gruesa peonza. ¡Crrri, crrri, crrri!…, el grillo dobla la esquina. ¡Hum, hum, hum-mm!…, el puchero se le acerca cada vez más, va sobre sus talones; no hay que temer que suelte su presa. ¡Crrri, crrri, crrri!… El grillo está más floreciente que nunca. ¡Hum, hum, hum-m-m!…, el puchero va poco a poco, pero avanza sobre terreno firme. ¡Crrri, crrri, crrri!… El grillo va a triunfar. ¡Hum, hum, hum-m-m!…, el puchero no le dejará vencer. Hasta que puchero y grillo se mezclaron y se confundieron de tal modo en el desorden y la precipitación de la carrera, que para decidir con algún acierto si el puchero gritaba o el grillo zumbaba, o si, por el contrario, el grillo gritaba y el puchero zumbaba, o si ambos gritaban y zumbaban a la vez, se necesitaba mejor cabeza que la mía y quizá que la vuestra. Pero lo indudable es que el puchero y el grillo, en un solo y único momento y por medio del poder de una combinación que únicamente ellos conocen, enviaron sus consoladoras canciones desde las cercanías del fuego a un rayo de luz que, brillando a través de la ventana, iba a hundirse en el fondo del tenebroso camino, y aquella luz, dando de lleno sobre cierta persona que en el mismo instante avanzaba por aquel lado entre la obscuridad, le explicó toda la cuestión en un abrir y cerrar de ojos -al pie de la letra-y le gritó:

-¡Bien venido seas a tu casa, antiguo compañero! ¡Bien venido seas, muchacho!

Logrado este fin, el puchero, vencido en toda la línea, derramó furioso su contenido hirviente, y fue apartado del fuego.

II

Índice

La señora Peerybingle corrió inmediatamente a la puerta. El ruido de las ruedas de una carreta, el paso de un caballo, la voz de un hombre, las idas y venidas de un perro transportado de gozo, y la aparición, tan sorprendente como misteriosa, de un niño de mantillas, causaban una confusión en medio de la cual era difícil entenderse.

De dónde venía el niño y cómo la señora Peerybingle le tomó en brazos en menos de un segundo, lo ignoro por completo; pero lo cierto es que se veía un niño sano y robusto en los brazos de la señora Peerybingle, que parecía estar no poco orgullosa de él, cuando fue suavemente conducida hacia el fuego por un hombre de robusta musculatura, de mucha mayor edad y estatura que ella, y obligado a encorvarse enteramente para besarla. Pero merecía la pena. Ya se podía descender seis pies, y aun padeciendo de lumbago.

-¡Cielo santo, John! -dijo la señora Peerybingle-. ¡En qué estado habéis llegado por causa del tiempo!

Era innegable, en efecto, que el recién llegado había sufrido su acción. La bruma espesa colgaba de sus cejas en forma de gotas congeladas, semejando estalactitas, y la acción simultánea del fuego y de la humedad hacía aparecer verdaderos arcos iris hasta en las puntas de su bigote.

-Claro está -respondió John lentamente, desenvolviendo una manta que le rodeaba el cuello y calentándose las manos-; claro está, Dot(2). Como que no estamos precisamente en verano, nada tiene de extraño, Dot.

-Deseo, John, que os acostumbréis a no llamarme Dot; no me gusta semejante calificativo -dijo mistress Peerybingle, haciendo una linda mueca que demostraba claramente todo lo contrario.

-¿Cómo queréis, pues, que os llame? -prosiguió John, dejando caer sobre ella una mirada acompañada de una sonrisa y rodeando su talle con un abrazo tan suave como podía serlo un abrazo de su enorme mano y su brazo de Hércules-. Mi guapa moza con su… No; no quiero decir su guapo mozo, por temor de echar a perder lo que tenía meditado; pero poco me ha faltado para hacer un chiste; no creo que nunca se me haya acercado tanto a los labios.

Según sus afirmaciones, estaba frecuentemente próximo a decir algo muy ingenioso el alto, lento, macizo y honrado John; pero si tenía el cuerpo pesado, no dejaba de conservar un humor juguetón y ligero; si su superficie era ruda, no era menos suave en el fondo; si estaba embotado exteriormente, no cabe duda que su interior era vivo y ágil; en conjunto era algo torpe, ¡pero tan buen muchacho! ¡Madre naturaleza! Concede a tus hijos la verdadera poesía del corazón que se ocultaba en el pecho del pobre mandadero -porque, dicho sea de paso, no era más que un mandadero-, y no los seguiremos sin placer en sus conversaciones en vil prosa, lo mismo que en los episodios de su existencia también prosaica. ¡Aun tendremos que darte las gracias por el solaz que experimentaremos en su compañía!

Daba gusto ver a Dot tan pequeñita y con el niño en brazos, un muñeco, mirando el fuego con aspecto de coquetería soñadora, e inclinando a un lado su delicada cabecita para hacerla descansar de un modo especial, en parte natural y en parte estudiado, en la curtida caraza del mandadero. Daba gusto verle a él con tierna torpeza, mientras se esforzaba en adaptar su grosero apoyo a las necesidades de la ligera mujercita, convirtiendo su virilidad ya madura en un bastón de juventud para la edad delicada de su gentil compañera. Daba gusto ver a Tilly Slowboy, la niñera bajita que en el fondo de la habitación esperaba que le entregasen el niño y contemplaba aquel grupo con pura mirada de catorce años, cómo permanecía allí con la boca y los ojazos abiertos, y la cabeza inclinada hacia adelante aspirando con avidez el aire sano de la vida de familia.

Y aun faltaba ver a John el mandadero, que, a consecuencia de una señal que Dot le hizo a propósito del niño, retuvo su mano en el momento de tocarle, como si hubiese temido destrozarle entre sus dedos, y con el cuerpo inclinado se contentó con examinarle atentamente a respetuosa distancia, con mezcla de orgullo y cortedad.

-¿Verdad que es hermoso, John? ¿Verdad que es encantador cuando está dormido?

-Encantador, ya lo creo -dijo John-, y no hace más que dormir, ¿no es así?

-¡No, por Dios, John!

-¡Bah! -murmuró John con aire pensativo-, me había parecido que tenía casi siempre los ojos cerrados. ¡Eh, eh!

-¡Dios mío, John! ¡Qué modo de sacudir al pequeñuelo!

-¡No debe de hacerle bien volver los ojos así! -dijo el mandadero asombrado-. ¡Mirad cómo guiña ambos ojos a la vez! Mirad su boca; la abre y cierra como un pez.

-No merecéis ser padre, no lo merecéis -dijo Dot, con toda la dignidad de una matrona llena de experiencia-. Pero ¿cómo podríais conocer los males que afligen a los niños, John? ¡Ni sus nombres sabéis, tontísimo!

Y después de poner otra vez al niño sobre su brazo izquierdo y de darle una ligera palmada en la espalda, para colocarle mejor, pellizcó, riendo, la oreja de su marido.

-No -respondió John quitándose el ropón-, ciertamente, Dot, no tengo grandes conocimientos en asuntos semejantes. Lo que puedo asegurar es que esta tarde he sostenido con el viento una lucha bastante ruda. Soplaba el noroeste, y ha penetrado en mi carreta durante todo el camino, a mi regreso.

-¡Dios mío! ¡Pobre John! -gritó mistress Peerybingle, que desplegó instantáneamente una actividad prodigiosa-. ¡Aquí, Tilly! Tomad mi preciosísimo tesoro, mientras voy a hacer algo útil. ¡Cielo santo! ¡Creo que le ahogaría a fuerza de besarle! ¿Quieres irte, perrazo mío? ¿Quieres irte, Boxer? Dejad que empiece por haceros el té, John; en seguida os ayudaré a arreglar los paquetes.

Como la abeja diligente,

como la abeja pequeñita…

y lo que sigue, como sabéis, John. ¿Aprendisteis en la escuela la canción: Como la abeja diligente?

-No lo suficiente para dominarla por completo -respondió John-. Estuve una vez próximo a aprenderla toda, pero creo que no hubiera hecho más que estropearla.

-¡Ja, ja, ja! -exclamó Dot, riendo a carcajada suelta, y su risa era la más graciosa y alegre que pueda imaginarse-. ¡Sois el más adorable badulaque del mundo!

Sin discutir en manera alguna semejante aseveración, salió John de la estancia para ver si el mozo, que llevaba una linterna, que desde largo rato danzaba ante la puerta y la ventana como un fuego fatuo, había limpiado bien el caballo, mucho más gordo de lo que podríais creer, y tan viejo, que la época de su nacimiento se perdía en la obscura noche de los tiempos. Boxer, comprendiendo que la familia entera tenía derecho a sus atenciones, que debían ser repartidas imparcialmente entre cada uno de sus miembros, entraba y salía con desordenada agitación, ora describiendo un círculo de bruscos ladridos alrededor del caballo, mientras le estregaban a la puerta del establo; ora haciendo como que se lanzaba ferozmente contra su señora, parándose por su propio impulso delante de ella con aire ceremonioso; ora arrancando un grito de espanto a Tilly Slowboy, sentada junto al fuego en su sillita de niñera, aplicándole, cuando menos podía esperarlo, el hocico húmedo a la mejilla; ora demostrando indiscreto interés por el niño; ora volteando sobre sí mismo infinidad de veces delante del hogar antes de tenderse, como si quisiera permanecer allí toda la noche, y volviendo luego a levantarse y yéndose fuera a agitar la punta del rabo al aire libre, como si se acordase de una cita y se alejase a toda prisa para no faltar a la palabra comprometida.

-¡Ea, ya está la tetera lista y al fuego! -exclamó Dot, tan seriamente ocupada como una niña jugando a señora de su casa-. Aquí está el jamoncillo frío. Aquí la manteca; allí el panecillo y todo lo demás. Aquí está la cesta para los paquetes pequeñitos, por si habéis traído algunos. ¿Pero dónde estáis, John? Por Dios, no dejéis caer el chiquitín en el fuego, Tilly.

Bueno es que se sepa que miss Slowboy, a pesar de la vivacidad con que rechazó esta observación, demostraba un talento raro y asombroso en lo que concernía a colocar al chiquitín en posiciones dificilísimas; muchas veces había expuesto su débil existencia con una sangre fría propia y peculiar suya. La muchacha era alta y flaca, de modo que su traje parecía estar en perpetuo peligro de deslizarse por su espalda, semejante a una percha, de la que pendía negligentemente. Su atavío era notable por las desigualdades que generalmente mostraban sus trajes de franela de hechura singular, así como por enseñar por la espalda, a falta de corsé, dos trozos de corpiño color verde obscuro. Y como Tilly se hallaba en un estado perpetuo de admiración ante todas las cosas, y completamente absorta gracias a la contemplación incesante de las perfecciones de la señora y del niño, puede decirse que los descuidillos de miss Slowboy hacían honor igualmente a su corazón y a su cabeza, aunque no hiciesen tanto honor a la frente del chiquitín, puesta con demasiada frecuencia en tales circunstancias en contacto con las puertas, los aparadores, los escalones, los hierros de la cama y otras cosas heterogéneas. Pero, después de todo, veíase en dichos acontecimientos el halagüeño resultado del asombro que experimentaba sin tregua Tilly Slowboy al verse tan bien tratada e instalada en casa tan cómoda. Porque los Slowboy, de ambas ramas, paterna y materna, eran mitos desconocidos en el decurso de la historia. Tilly había sido educada por la caridad pública; era expósita, y como los expósitos no suelen crecer entre mimos y ternezas, su situación, aunque modesta, le parecía muy dichosa.

Os hubiera gustado casi tanto como al mismo John ver a la señora Peerybingle volviendo con su marido, arrastrando el célebre cesto y haciendo los más enérgicos esfuerzos sin resultado alguno, porque al fin y al cabo era John el que lo arrastraba. No es del todo imposible que semejante escena hubiese divertido al grillo; tengo tentaciones de creerlo. Lo que es probado es que se puso a cantar con nuevo ardor.

-¡Vaya, vaya! -dijo John lentamente según su costumbre-; ¡hoy está más alegre que nunca!

-A buen seguro nos predice alguna ventura, John. Siempre nos ha traído felicidad. No hay nada tan alegre como la presencia de un grillo en el hogar.

John la miró como si estuviese próximo a creer que en este caso ella sería el grillo en jefe, con lo cual participaría por completo de su opinión. Pero probablemente ésta fue una de las ocasiones en que poco hubiera faltado para que hiciese un chiste, porque no despegó los labios.

-La primera vez que escuché su alegre cancioncilla fue la noche en que me condujisteis a esta casa, mi nueva morada, para hacerme señora de ella. Pronto hará un año. ¿Os acordáis, John?

¡Sí, sí! John se acuerda, y no haya miedo que lo olvide.

-Su gorjeo me daba la bienvenida del modo más expresivo que pueda imaginarse. Me pareció henchido de promesas y de consuelos; creí que me aseguraba vuestra amabilidad y vuestra bondad, y que no tardaríais -yo entonces lo dudaba, John-en hallar una vieja cabeza sobre los hombros de la loquilla que era ya vuestra mujer.

John, con aire pensativo, golpeó cariñosamente uno de los hombros y después la cabeza de Dot, como si quisiera decir: «No, no; no lo había pensado, y estoy contento de lo que hallé». Y tenía mucha razón; lo que había encontrado no era tan malo.

-El grillo decía la verdad, John, cuando me hizo la promesa de que os hablo; porque siempre fuisteis para mí el más atento y el más afectuoso de todos los maridos del mundo. Me habéis hecho tan feliz en esta casa, John, que por ello amo al grillo con toda el alma.

-Entonces, también yo le amo, Dot -dijo el mandadero-; también yo le amo.

-Le amo por los buenos pensamientos que su música hizo nacer en mí cada vez que le escuché. Algunas veces, por la tarde, al obscurecer, cuando me sentía algo sola, algo triste, John, antes que el niño hubiera venido al mundo para hacerme compañía y alegrar la casa; cuando pensaba en el desconsuelo que tendríais si yo muriese y en el que yo tendría si pudiese saber que me habíais perdido, su crrri, crrri, crrri, llegado del hogar, me hablaba con una vocecita tan dulce, tan simpática para mi corazón, que a su primer sonido se desvanecía mi pesar como un sueño, y cuando temía -lo temí alguna vez, ¡era yo tan joven!- que nuestro matrimonio fuese una unión desigual, por ser yo una niña y parecer vos más bien mi tutor que mi marido; cuando temía que no pudieseis llegar, a pesar de vuestros esfuerzos, a amarme tanto como deseabais, su crrri, crrri, crrri me devolvía el valor y me llenaba de nueva confianza. He aquí por qué amo tanto al grillo.

-Y yo también -repitió John-. Pero, Dot, ¿afirmáis que deseo y espero poder llegar a amaros? ¿Qué queréis decir? ¿Cómo podéis hablar así? Lo había logrado mucho tiempo antes de conduciros aquí para que fueseis dueña y señora del grillo, Dot.

Dot apoyó un momento la mano en el brazo de John y le contempló con aire conmovido como si hubiese querido decirle algo. Un momento después se arrodillaba ante el cesto, charlando con animación, ocupadísima con los paquetes.

-No hay muchos paquetes esta noche, John; pero he visto algunos fardos detrás del carruaje, y aunque embaracen más, rinden mayor provecho, de modo que no podemos quejarnos, ¿verdad? ¿Sin duda habréis distribuido bastantes a lo largo del camino?

-Ya lo creo -respondió John-, muchos, muchos.

-Pero ¿qué es esta caja redonda? ¡Cielo santo! John, es una torta de boda.

-Sólo las mujeres pueden adivinar estas cosas -dijo John lleno de admiración-; un hombre no lo hubiera acertado nunca. En cambio, apuesto cualquier cosa a que si ponéis una torta de boda en una caja de té, en un catre de tijera, en una banasta de salmón o en cualquier otro continente inverosímil, una mujer sabrá adivinar lo que hay dentro sin la menor vacilación. Sí; es una torta de boda que he tomado en casa del pastelero.

-¡Y pesa horriblemente, algo así como… cien-libras! -exclamó Dot haciendo grandes esfuerzos para levantarla-. ¿A quién está destinada, John? ¿Dónde irá a parar?

-Leed la dirección en el lado opuesto.

-¡John! ¡Dios mío, John!

-¿Verdad que parece imposible? -preguntó éste.

-No puede ser -prosiguió Dot, sentándose en el suelo y sacudiendo la cabeza-que vaya destinada a Gruff y Tackleton, el comerciante de juguetes.

John hizo una señal afirmativa.

Mistress Peerybingle lo repitió unas cincuenta veces, pero no era en ella señal de afirmación, sino de sorpresa muda y llena de compasión. Durante aquel rato apretaba los labios imprimiéndoles una diminuta mueca, para la cual no estaban hechos a buen seguro, y continuó dirigiendo al mandadero una mirada distraída pero penetrante, mientras por su parte miss Slowboy, que tenía aptitud para reproducir fragmentos de conversación corriente para distraer al niño, pero despojándolos de todo sentido y poniendo los sustantivos en plural sin excepción alguna, preguntaba en alta voz al chiquitín si eran en verdad los Gruffs y Tackletons, comerciantes de juguetes; si se iría a las tiendas de los pasteleros para tomar las tortas de las bodas; y si las madres sabían reconocerlas en las cajas cuando los padres las llevaban a las casas.

-¿Y creéis que ese matrimonio se efectuará? -preguntó Dot-. ¡Dios mío! ¡Si May y yo íbamos a la misma escuela cuando éramos pequeñitas! -John iba a pensar en Dot, y a representársela tal cual debió ser cuando pequeñita, cuando iba a la escuela; no faltó mucho para que lo hiciera. La contemplaba ya con aire de satisfacción soñadora; pero se limitó a la contemplación y no dijo ni una palabra.

-¡Y él tan viejo, tan distinto de ella! Decid, John, ¿cuántos años más que vos tiene Gruff y Tackleton?

-¿Cuántas más tazas de té beberé esta noche de una sola vez de las que Gruff y Tackleton haya bebido jamás en cuatro? Ésta es mi pregunta -respondió en tono juguetón el mandadero mientras aproximaba su silla a la mesa y principiaba el asalto al jamón-. En lo que toca a comer, como poco, pero mi poco lo como a gusto.

Era una frase ritual de John, que solía repetir cada vez que comía; una de sus ilusiones inocentes, porque su insaciable apetito no dejaba de desmentirle ni una sola vez. En aquella ocasión la fórmula consabida no hizo brotar la menor sonrisa de los labios de su mujer, que, permaneciendo en pie entre los paquetes, rechazó lentamente la caja de la torta con su piececito, sin mirar ni un instante, aunque bajase los ojos, al lindo zapatito que tanto solía interesarla. Absorta en sus ensueños, se quedó allí sin acordarse del té ni de John, aunque éste la llamase y golpease la mesa con el cuchillo para despertar su atención, hasta que, al fin, se levantó y le tocó el brazo; Dot le contempló entonces un instante, y corrió en seguida a colocarse en su sitio a la mesa, cerca de la tetera, riéndose de su negligencia. Pero no fue aquélla la misma risa de antes; y del tono depende la música, según es bien sabido.

El grillo había callado también. No podría explicaros por qué aquel cuartito no tenía el mismo aspecto gozoso de antes.

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Litres'teki yayın tarihi:
03 eylül 2025
Hacim:
130 s.
ISBN:
4064066443719
Yayıncı:
Telif hakkı:
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