Kitabı oku: «Sobre la naturaleza de los dioses»

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Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO MORENO HERNÁNDEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1999.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO356

ISBN 9788424932855.

INTRODUCCIÓN

1. La obra filosófica de Cicerón

Marco Tulio Cicerón escribió hacia el final de su vida, entre el 45 y el 44 a. C., más de una docena de tratados de contenido filosófico 1 . Esta labor coincidió con un periodo de honda preocupación para el autor. Tras divorciarse de su esposa Terencia y contraer nuevas nupcias con la joven Publilia, Cicerón veía fallecer a su querida hija Tulia 2 . Poco después se separaba de su segunda esposa y comenzaba a sufrir las consecuencias de una larga serie de conflictos familiares: difícil relación con su hijo Marco, mal entendimiento con su hermano —y compañero de fatigas políticas— Quinto, conflictos con el hijo de éste y con su propio yerno Dolabela, etc. 3 . También en el ámbito político se produjeron por entonces acontecimientos muy desfavorables para el orador, como el ascenso de César al poder tras su victoria sobre Pompeyo (48), con la desaparición consiguiente del régimen republicano, o como la formación, una vez muerto el dictador (44), del segundo triunvirato, desde el que Marco Antonio ordenará, finalmente, el asesinato del arpinate 4 .

No cabe duda de que tantas tribulaciones de carácter personal habían de hacer mella en un espíritu inquieto como el de Cicerón, quien, pese a haber mostrado desde joven un vivo interés por la filosofía, hubo de esperar hasta estos años de vejez para poder desarrollar de manera sistemática sus estudios en la materia 5 . Cicerón cumplía así varios objetivos a un tiempo: remediaba, en cierta medida, el dolor que le producía la muerte de Tulia (el autor se refirió a menudo a esta función puramente lenitiva de su actividad literaria: cf., por ejemplo, Ac. I 11; Nat. I 9; Cartas a Ático XII 14, 3 y 44, 4), se distanciaba temporalmente —aunque más bien a su pesar— de la ajetreada vida política de Roma, tan decepcionante para él en aquellos momentos, y, por último, llevaba a cabo —aunque fuera sin la calma y sin la brillantez que él mismo habría deseado— uno de sus planes más ambiciosos, como era el de aportar a la sociedad romana un corpus filosófico extenso, escrito en latín y de cierta calidad literaria (acerca de esta intención cívico-didáctica cf. Ac. I 11; Del supremo bien y del supremo mal I 10; Nat. I 7; Div. II 4; Sobre los deberes I 1).

La abundante producción filosófica de Cicerón durante esta época puede sintetizarse así 6 :

Año 45:

— Marzo: Consolatio, conclusión del Hortensius.

— Mayo: conclusión de los Academica priora (Catulus y Lucullus) e inicio de una segunda versión de la obra 7 ; comienzo del De finibus.

— Junio: conclusión de los Academica posteriora, conclusión del De finibus.

— Julio: Tusculanae disputationes (terminadas probablemente en agosto), traducción del Timeo platónico (27d-47b) 8 .

— Noviembre: conclusión del De natura deorum (iniciado durante el verano), Cato Maior de senectute (terminado, probablemente, a principios del 44, antes del asesinato de César).

Año 44:

— Marzo: probable conclusión del De divinatione (con adiciones posteriores al asesinato de César).

— Junio: conclusión del De fato.

— Julio: De gloria, Topica, Laelius de amicitia (concluido a principios del verano del 44, antes del viaje de Cicerón a Grecia, o entre septiembre y octubre de ese mismo año, tras su regreso a Roma).

— Noviembre: De officiis (libros primero y segundo; conclusión del libro tercero a principios de diciembre).

La redacción final de los tratados ciceronianos de contenido filosófico-religioso (De natura deorum, De divinatione y De fato; Nat., Div. y Fat., respectivamente) ha de situarse, por tanto, en los meses que transcurren entre mediados del año 45 y junio del 44, si bien la intención de escribirlos pudo surgir mucho antes. Como en tantos otros casos, no cabe determinar con exactitud el momento en que estos tratados fueron publicados definitivamente, es decir, en un número significativo de copias y tras un periodo de cierta divulgación entre los círculos eruditos romanos 9 .

Pese a la gran variedad de contenidos de su obra filosófica, Cicerón era consciente del carácter sistemático que ésta ofrecía, como puso de manifiesto al esbozar una ordenación de la mayoría de sus escritos en el prólogo al libro segundo del tratado Sobre la adivinación (II 1-4). El autor distingue en él tres grupos, de acuerdo con una clasificación bastante coherente 10 : en el primero de ellos se incluyen las obras de carácter específicamente filosófico, mencionadas en sucesión cronológica (Hortensius, Academici libri, De finibus bonorum et malorum, Tusculanae disputationes, De natura deorum, De divinatione y —todavía in animo, según sus palabras— De fato); el segundo grupo está formado por escritos de distintas épocas y que no se hallaban integrados, propiamente, en su proyecto filosófico de estos últimos años (De re publica, Consolatio, Cato Maior de senectute y Cato); en el tercer y último grupo se incluyen los tratados sobre retórica (De oratore, Brutus y Orator), una materia de especial relevancia para el autor, convencido de que la verdadera elocuencia no podía prescindir de la filosofía (‘madre de todo buen hacer y de todo buen decir’, según Brut. 322), al igual que la filosofía necesitaba de la elocuencia para adquirir su expresión idónea (cf. Inv. I 5). Cicerón, que procuró durante toda su vida pública conciliar de una manera eficaz la teoría y la práctica, es decir, el pensamiento y la acción política (dominios que él veía encarnados en las figuras de Platón y de Demóstenes, respectivamente 11 ), consideraba como una tarea esencial del filósofo la de saber conjugar sapientia y eloquentia, y esta aspiración es la que determinó también, en gran medida, la realización de su obra literaria (cf. Inv. I 1; De or. III 142; Tusc. I 7; Fat. 3) 12 . En su actitud estaba implícita, naturalmente, la idea de corte platónico de que el philosophus, en cuanto sapiens o doctus orator, ha de asumir el compromiso de respetar la tradición (mos maiorum) y de defender la rectitud moral (cf. Tusc. V 5: o vitae philosophia dux, o virtutis indagatrix expultrixque vitiorum!), recurriendo para ello al ejercicio de la retórica propia de los filósofos (rhetorica philosophorum, más elevada que la de carácter judicial o forensis, según se desprende de Del supremo bien y del supremo mal II 17; Nat. III 9).

No podemos entrar a discutir cuál ha sido el alcance real de la aportación de Cicerón a la filosofía romana en particular o a la historia del pensamiento en general. Su acierto se ha puesto en duda con frecuencia, llegándose a cuestionar —en términos a veces muy injustos— la originalidad, la calidad e incluso la licitud de su empresa 13 . En realidad, resulta difícil rebatir el perfil poco entusiasta que suele trazarse, en términos absolutos, del legado propiamente filosófico de Cicerón, tanto por la relativa superficialidad e inconsistencia teórica de tal legado —condiciones que han solido achacarse al talante ‘escéptico’ y ‘ecléctico’ de su autor 14 —, como por la insuficiente elaboración formal a la que, por distintas razones, fue sometido. Como se sabe, ni el ideario de Cicerón —que ha de inscribirse, básicamente, en los postulados de la Academia tardía 15 — era demasiado rígido en materia filosófica, ni el método de indagación que empleó por lo general —de un pragmatismo muy romano, basado sobre todo en la contraposición sistemática de argumentos (disputatio in utramque partem; cf. Nat. I 11; Fat. 1)— era el más adecuado para una exposición rigurosa y detallada de sus propias creencias. Ello no significa que no las tuviera, o que fuese pesimista respecto a las posibilidades de una aproximación objetiva a la verdad, entendida siempre por él como la mayor y más bella de las aspiraciones (cf. Del supremo bien y del supremo mal I 3: «no cabe límite alguno en la persecución de la verdad, si ésta no ha llegado a encontrarse; y cansarse de buscar es un oprobio, cuando es tan bello lo que se busca»). Según se desprende de sus propios textos, Cicerón consideraba que la distinción entre lo verdadero y lo falso entraña dificultad, pero no es imposible (cf. Nat. I 12), y que, en cualquier caso, el filósofo siempre podía limitarse a investigar lo meramente ‘probable’ (probabile) o ‘verosímil’ (veri simile), sin someterse a ataduras de escuela y ejercitando, de esa manera, su propia libertad intelectual (cf. Tusc. V 33: «nosotros vivimos al día, y decimos todo aquello que, con apariencia de probable, ha llegado a impresionar nuestro espíritu; así es como sólo nosotros conseguimos ser libres»). Sobre estos últimos conceptos, de gran significación epistemológica para nuestro autor (cf., por ejemplo, Luc. 32), en cuanto que hacían de la filosofía algo más que la plasmación de un mero ‘afán de polémica’ (studium disserendi, como se apunta a propósito del académico Cota en Div. I 8), se basó también buena parte de su teoría político-moral 16 .

Pese a la sincera admiración que sentía por figuras del pensamiento ya clásicas por entonces, como la de Platón (deus ille noster, según Cartas a Ático IV 16, 3) 17 o la de Aristóteles (princeps philosophorum, una vez exceptuado Platón, según declara Pisón en Del supremo bien y del supremo mal V 7) 18 , la intención última de Cicerón nunca fue, seguramente, la de especular como lo hicieron los filósofos griegos en los que se inspiraba. Su objetivo parece haber sido más bien el de ofrecer a sus conciudadanos —muy mal pertrechados, todavía, en materia filosófica— una obra comprensible, útil y adecuada a las necesidades de la Roma de su tiempo, parte de cuya intelectualidad no terminaba de ver con buenos ojos el cultivo de una disciplina foránea como la filosófica (cuya lenta penetración en Italia se produjo, sobre todo, a raíz de la toma de Atenas por parte de Sila, en el año 88, pero que había comenzado a abrirse camino desde mediados del siglo II 19 ).

Según suele reconocerse hoy, la obra filosófica ciceroniana es de un mérito innegable como producción literaria en sí. Se trata, al fin y al cabo, de la obra vastísima de un autor esencial, capaz de ejecutar —prácticamente ex nihilo y pese a la indiferencia o la franca animadversión de parte de sus compatriotas— un proyecto inteligente y riguroso, de enorme importancia para las letras romanas y que fue de gran trascendencia para la cultura occidental.

2. La literatura filosófica romana en época de Cicerón

La obra filosófica ciceroniana contó con muy escasos precedentes en Roma. El género apenas había podido arraigar en un ambiente cultural en el que todavía tendía a confundirse filosofía con especulación sofística, y en el que no llegó a calar lo suficiente el empeño de pioneros tan ilustres como el propio Enio 20 . Cuando Cicerón redactó su obra, las dos corrientes de pensamiento de mayor éxito en Roma eran el epicureísmo y el estoicismo, o, más bien, lo que quedaba de estas doctrinas helenísticas, una vez difuminados en gran medida sus postulados originales, como consecuencia del eclecticismo general dominante y de la considerable erosión ejercida por el influjo simplificador de las interpretaciones de carácter popular. Ambas escuelas, que se percibían en cierto modo como antitéticas, resultaban insatisfactorias para él. El epicureísmo, pese al crédito de que gozaba en ciertos ámbitos eruditos 21 y pese a la autoridad literaria que había pretendido conferirle Lucrecio con su grandioso poema De rerum natura 22 (obra que se sumaba al arduo trabajo ya realizado previamente por los numerosos cultivadores romanos del Jardín) 23 , había despertado desde siempre un enérgico y determinante rechazo por parte de nuestro autor, debido a buen seguro al perfil ideológico de esta escuela, profundamente materialista, reacia a la asunción de cualquier compromiso político por parte de sus seguidores, y que no apreciaba, en apariencia, otro bien que la voluptas 24 . El estoicismo, mucho más afín a la ideología de Cicerón —sobre todo en el terreno moral—, pero de una rigidez doctrinal muy ajena a su talante, tampoco terminaba de constituir para él un sistema filosófico totalmente asumible (Cicerón critica con frecuencia a los estoicos —con la ilustre excepción de Panecio— por su adrogantia, por su concepto de providentia, por su tendencia a la superstición y por su rigorismo ético, caracterizado por considerar la virtus como el único bien posible) 25 . Resulta evidente, por lo demás, que el recurso a otro tipo de escuelas de escaso arraigo en Roma por entonces, como la pitagórica o la peripatética 26 , tampoco era suficiente para realizar el tipo de investigación filosófica que requería el proyecto ciceroniano, abocado a adoptar una perspectiva mucho más abierta y plural desde el punto de vista metodológico.

En cualquier caso, son todas estas corrientes de pensamiento (íntimamente relacionadas entre sí, en cuanto que se proponían dar solución a una misma serie de problemas) las que configuran el repertorio de fuentes al que tendrá que recurrir el académico Cicerón para la confección de su obra, una suma filosófica que, pese a prestar atención a doctrinas muy heterogéneas, no cabe concebir como un mero pastiche de opiniones enfrentadas. Su autor conocía los fundamentos teóricos de cada escuela lo suficiente como para poder sintetizarlos de manera correcta y coherente, de modo que, pese a haberse servido en ocasiones de manuales, epítomes, repertorios doxográficos, colecciones de placita, etc., y, pese a testimonios como el de Cartas a Ático XII 52, 3, donde Cicerón calificaba su trabajo de mera copia (apógrapha sunt, minore labore fiunt; verba tantum adfero, quibus abundo), su obra refleja una elaboración personal muy intensa, basada en la selección rigurosa de fuentes y en la interpretación crítica de éstas, como también se desprende del propio testimonio del autor al respecto (cf., por ejemplo, Del supremo bien y del supremo mal I 6; Off. I 6) 27 . No ha de olvidarse que en su selección de materiales también debieron de influir poderosamente los maestros a los que, una vez adquirida su formación inicial, bajo la supervisión de Quinto Mucio Escévola (Augur), tuvo acceso nuestro pensador, tanto en Roma (el epicúreo Fedro y el académico Filón) 28 , como en Grecia, que seguía siendo por entonces visita obligada para todo aspirante a una formación intelectual de cierta calidad 29 (en Atenas escuchó al académico Antioco y en Rodas al influyente estoico Posidonio) 30 . Pese a los numerosos avatares de su intensa vida pública, nunca dejó de mantener contacto con filósofos de mayor o menor realce, entre los que podría destacarse al estoico Diódoto, con quien mantuvo una estrecha amistad hasta la muerte de éste, en el año 59 (cf. Brut. 309; Cartas a Ático II 20, 6). Cicerón añadía a esta sólida formación filosófica una biblioteca personal muy bien nutrida, que complementó en ocasiones mediante los préstamos bibliográficos de amistades como Ático o Luculo (cf., por ejemplo, Del supremo bien y del supremo mal III 7).

La labor filosófica de Cicerón se vio dificultada, sin embargo, por la ausencia de una tradición literaria romana en el género. Esta carencia, responsable en última instancia de la relativa insuficiencia del latín de la época como lengua filosófica, fue denunciada por Lucrecio 31 y claramente percibida por Cicerón, sobre todo a raíz del reto que supuso para él la redacción de los Academici libri 32 . A la dificultad intrínseca que —según suele admitirse— suponía el uso de un latín algo rudo todavía para la expresión de contenidos abstractos, apenas paliada por los escarceos terminológicos de la literatura sapiencial precedente, se unía el hecho de que parte de la erudición romana contemporánea, capaz de acceder directamente a las fuentes griegas, advertía las limitaciones de su lengua respecto al modelo que representaba la rica tradición helénica y cuestionaba la necesidad de una tarea como la que Cicerón, con indudable clarividencia, se había propuesto. Entre los detractores de la literatura filosófica en latín ha solido situarse —con bastante injusticia— a Varrón, quien alegaba que los romanos cultos ya leían filosofía en griego, mientras que los menos cultos no lo harían ni siquiera en su propia lengua (según se desprende de Ac. I 4, con réplica posterior de Cicerón en I 9-10; la misma idea se recoge también en Del supremo bien y del supremo mal I l) 33 .

Al llevar a cabo su obra, nuestro autor hizo gala de un profundo sentido del equilibrio, procurando en todo momento dotar al latín de la flexibilidad necesaria para la expresión filosófica, tanto en el ámbito léxico (mediante el enriquecimiento semántico del vocabulario usual latino) 34 como en el sintáctico, pero sin que por ello perdiera su identidad como lengua de Roma. Cicerón recurrió para conseguirlo a una serie de procedimientos bien conocidos, como el empleo de palabras latinas de significado menos técnico que sus correspondientes griegos 35 (incurriendo —deliberadamente a veces— en la inconcinidad léxica; es el caso de pról ē psis en Nat. I 43-44, o el de tantos términos traducidos del griego como se recogen en el Timeo), empleo de perífrasis (cf. Del supremo bien y del supremo mal III 15), transliteración de términos griegos ya sancionados en latín por la consuetudo y por el usus 36 , introducción de neologismos (sunt enim rebus novis nova ponenda nomina, como se afirma en Nat. I 44 y, de manera muy similar, en Ac. I 25), etc.

A propósito de este último procedimiento, ha de destacarse que la presencia de nuevas acuñaciones es relativamente escasa en el conjunto de la obra filosófica de Cicerón, a diferencia de lo que se observa en su obra poética; son, sin embargo, significativas, y, pese a su desigual acierto y, en ocasiones, dudosa necesidad, revelan un notable interés por ampliar el léxico abstracto utilizado en la época 37 : beatitas, beatitudo (Nat. I 95, donde se advierte que utrumque omnino durum, sed usu mollienda nobis verba sunt), comprehendibilis (Ac. I 41; cf. Luc. 17, 31), confatalis (Fat. 30), evidentia (Luc. 17: perspicuitatem aut evidentiam nos, si placet, nominemus, fabricemurque si opus erit verba), indifferens (Del supremo bien y del supremo mal III 53), indi viduum (sc. corpus; Del supremo bien y del supremo mal I 17), indolentia (Del supremo bien y del supremo mal II 11), inmutabilitas (Fat. 17), medietas (Tim. 23), moralis (Fat. 1), opinabilis (Ac. I 31), probabilitas (Luc. 104), qualitas (Ac. I 25; Nat. II 94; este término podría ser, en realidad, una acuñación varroniana), etc. Cicerón iniciaba así un complejo proceso de creación terminológica, que había de prolongarse sin interrupción hasta época humanística. El éxito de la tarea emprendida por nuestro autor y, en general, del método aplicado en ella lo acredita, en última instancia, su buena acogida en la tradición filosófica posterior, para la que la obra ciceroniana constituyó siempre un punto de referencia insustituible 38 .

3. El diálogo filosófico ciceroniano

Como ya hemos señalado, Cicerón se encuentra al iniciar su proyecto filosófico con un campo prácticamente intacto. De hecho, fue en buena medida la escasa calidad formal de las obras epicúreas y estoicas que circulaban por entonces la que le puso ante la necesidad de buscar un vehículo literario apropiado para la realización de su plan 39 . Lo halló en el diálogo, género de rica tradición griega —tanto platónica como aristotélica— y que le permitía poner en práctica, sin excesivas dificultades, los dos objetivos esenciales que se había fijado: abundancia de contenidos y amenidad en la expresión (copiose ornateque, como él mismo apunta en Tusc. I 7; cf., de manera similar, Nat. I 58).

Heredero también en este aspecto de una escasa y pobre tradición propiamente romana 40 , comenzó su trabajo inspirándose en el diálogo de Platón y en el de Heraclides 41 , evolucionando luego hacia el del Aristóteles ‘exotérico’, que se caracterizaba por la inserción de largas intervenciones de carácter expositivo (oratio perpetua, frente al estilo ‘mayéutico’ practicado por Platón; cf. Del supremo bien y del supremo mal I 29), por la anteposición de proemios (cf. Cartas a Ático IV 16, 2), y, finalmente, por la inclusión de personajes contemporáneos, entre los que también podía figurar el propio autor 42 . Recurriendo a este modelo, es decir, según la manera del Aristóteles hoy perdido (more Aristotelio 43 ), Cicerón se veía autorizado a introducir los largos discursos de carácter monológico que sostienen sus personajes (generalmente contemporáneos 44 ), así como sus extensos y elaborados proemios, y, por último, a incluir su participación como interlocutor más o menos activo 45 .

La forma de diálogo adoptada condicionaba, ciertamente, la belleza literaria de la obra, que, sin la vitalidad ‘agonística’ que supo insuflarle Platón, corría el riesgo de convertirse en un árido tratado de carácter doctrinal, con brotes más bien ocasionales de cierta calidad dramática (baste remitir, como muestra, al postizo apóstrofe que dirige Cota a Veleyo en Nat. I 113: adnuere te video; puede compararse Varrón, Ling. Lat. V 57). Es algo que una revisión detenida por parte del autor habría podido evitar, al paliar la escasa elaboración que ofrecen algunos de sus diálogos 46 (como se reconoce, implícitamente, al inicio del De fato), o al eliminar, por ejemplo, la ruptura de la ficción dramática que producen insertos del tipo ut supra dixi, característicos de la lengua escrita (cf., por ejemplo, Nat. II 65, III 59). No obstante, tampoco se le han de negar a Cicerón algunos méritos en el difícil arte del diálogo, como su notoria habilidad en el retrato de caracteres (el de Veleyo, el de Cota, el de Balbo, el de Quinto o el del propio autor, en el caso de nuestras obras), presentados siempre según su conveniencia literaria 47 , o como su destreza para introducir una pluralidad de perspectivas que aumentaba la expresividad y la eficacia dialéctica —casi forense— de las disputationes. También cabe aludir, en este sentido, a las abundantes pinceladas cómicas —e incluso irónicas— que aparecen en estos tratados 48 , las cuales constituyen uno de los rasgos más característicos del estilo empleado por el autor (en cuya obra, por lo demás, se critica a Epicuro en varias ocasiones por su falta de sentido del humor —cf., por ejemplo, Nat. II 46, 74—, mientras que se alaba a Demócrito, precisamente por lo contrario [Div. II 30]). Muchas de estas veladas alusiones humorísticas —al igual que otras tantas de carácter propiamente filosófico— nos pasan hoy, con toda seguridad, inadvertidas.

En cuanto a la recepción de estas obras, baste destacar que los diálogos filosóficos ciceronianos parecen haber ido dirigidos sobre todo —al menos inicialmente— a un público culto pero amplio, es decir, a la urbanitas romana de finales de la república, interesada en los temas tratados (en cuanto que también estaba amenazada, a juicio de Cicerón, por la crisis de la pietas, por la superstición, etc.) y capaz de comprender el arriesgado compromiso literario asumido por el autor 49 . Su recreación del género dialógico sirvió de modelo formal para buena parte de la literatura filosófica posterior, tanto antigua, como tardoantigua y medieval 50 . Cabe recordar a este respecto que las obras teológicas de Cicerón, integradas en el tradicionalmente llamado ‘corpus de Leiden’ 51 , fueron apreciadas desde muy temprano, como demuestra el amplio conocimiento que tenía de ellas un erudito como Hadoardo, en pleno siglo IX (plasmado en sus ex cerpta del Vat. Regin. Lat. 1762) 52 , o un humanista de la talla de Petrarca en el XIV .

Respecto a la pervivencia de estos tratados en España, baste decir, con carácter general, que, frente a lo que cabría esperar en un principio y pese a la existencia de reminiscencias literarias significativas a partir del siglo XIV , no parecen haber suscitado un especial interés entre nosotros en ningún momento, limitándose su presencia a una serie de citas breves, dispersas y, a menudo, de puro acarreo, resultado del despojo de los más variados centones medievales. Una de las causas más importantes de este cierto desdén pudo ser, a nuestro juicio, la dificultad ideológica que todavía entrañaba, por diversas razones, el empleo doctrinal y literario de esta parte de la filosofía escrita por Cicerón, pese al calculado ‘revival’ de tales fuentes paganas que habían alentado algunos humanistas 53 .

4. Filosofía y religión

Los tratados De natura deorum, De divinatione y De fato se hallan íntimamente relacionados entre sí 54 . Concebidos como una trilogía (cf. Div. II 3), configuran la llamada ‘teología’ ciceroniana, en cuanto que se dedican a analizar, sobre todo, el problema que entraña la definición de la divinidad, así como el que supone delimitar la relación existente entre ésta y los hombres (siempre determinada de manera decisiva, en el ámbito romano, por la mediación que representaban, en cada momento histórico, el Estado y sus instituciones) 55 . Pese a su reducida extensión, la unión de los tres tratados constituye una pequeña enciclopedia del pensamiento filosófico y religioso de la antigüedad, un tesoro casi perdido cuyas exiguas reliquias pueden conocerse hoy, aunque sólo sea en cierta medida, gracias al testimonio de recopilaciones como la que Cicerón confeccionó, no tanto desde la perspectiva del anticuario —más acorde con el temperamento de un Varrón—, como desde la del estadista romano, culto e interesado por la relación existente entre filosofía y religión, así como por la proyección política y social de ambos dominios en el seno del Estado 56 .

Cicerón escribe sus obras en un momento de profunda transformación social, casi de convulsión. La religión romana tradicional —una superposición de estratos de muy diversa cronología, ya fosilizados en muchos casos (es significativa al respecto, por ejemplo, la mención del iuges auspicium que se recoge en Div. II 77)— experimentaba una descomposición evidente 57 , y la práctica cultual y ritual reflejaba con mayor fidelidad los entresijos del interés político que las creencias íntimas de una población como la romana, instruida, urbana, y cuya mentalidad nada tenía ya de arcaica 58 . En ese panorama de cambio ha de inscribirse la vigorosa irrupción de nuevos cultos y de nuevas supersticiones que Roma sufría por entonces, como consecuencia natural de su expansión por todo el Mediterráneo. Fue una época de ansiedad e incertidumbre (bien reflejadas, por ejemplo, en Div. II 83, 86, 149) 59 , ante las cuales se produjeron muy diversas reacciones en el ámbito literario. Entre ellas cabe destacar la de Varrón (cuyas Antiquitates rerum divinarum, dedicadas a César, conoció a buen seguro nuestro autor 60 ), la del pitagórico Nigidio Fígulo (en un tratado De dis, no conservado) o la del propio Cicerón, por no mencionar la original propuesta de Lucrecio, que, en realidad, partía de un trasfondo ideológico coincidente en cierto sentido con el de los autores antes citados. Tales iniciativas, muy distintas entre sí, respondían a un mismo desafío filosófico, y muestran el elevado nivel de especulación al que se había logrado llegar en la época, gracias, sobre todo, al interés que habían ido suscitando los planteamientos estoicos en materia teológica 61 . El intenso debate teórico reflejaba en el fondo la crisis final de un sistema y, asimismo, el inicio de una nueva sensibilidad, sobre la que el cristianismo había de arraigar con fuerza —y, como es natural, en todas sus dimensiones— no mucho después.

Conviene destacar al respecto que, pese a la intención política que, a buen seguro, alimentaba la erudición de estos autores romanos del siglo I a. C., sus propuestas trascendían el mero interés social; es decir, rebasaban la perspectiva externa, esencial en la religión romana, invadiendo también —y con idéntica legitimidad— el terreno de la religiosidad subjetiva. Es el caso, por ejemplo, de estas obras ciceronianas. En ellas no se ignora, en ningún momento, la dimensión política y social —moral, en el fondo— de una práctica religiosa basada tradicionalmente en el concepto de pietas 62 , pero tampoco se olvida la dimensión subjetiva o personal de esa misma práctica, un nivel de pensamiento que sería erróneo identificar con la superstitio denunciada por Cicerón (cf., por ejemplo, Nat. II 71), y que era el que promovía en última instancia, desde la propia sociedad, muchas de las transformaciones y redistribuciones que el sistema experimentaba.

Cicerón, como tantos filósofos griegos que le precedieron y como la mayoría de sus contemporáneos, no cree en una teología ‘poética’ o ‘civil’ que a nadie podía ya satisfacer 63 , e indaga en un concepto de religio basado sobre criterios distintos, es decir, fundado en la naturaleza (natura) — capaz de revelar, por sí misma, la existencia de una divinidad con la que incluso tiende a identificarse (cf. Nat. I 2, II 5, 81-82)— y basado también en la razón (ratio), único recurso frente a los absurdos de la costumbre (consuetudo) y frente al deterioro social que producía —pese a la existencia de una creciente inquietud religiosa (Nat. II 5)— el también creciente abandono del culto tradicional (cf., por ejemplo, Nat. I 83 y I 3-4, respectivamente) 64 . Cicerón pretendía mostrar, en última instancia, que la divinidad también podía ser objeto de estudio filosófico 65 , y, asimismo, que la superioridad en materia religiosa que, a su entender, ostentaba Roma frente a los griegos, como base del poder del Estado (cf. Leyes II 69; Harusp. resp. 19; Nat. II 8 y, con carácter general, POLIBIO VI 56, 6-12), no debía —ni podía— sustentarse sobre la falsedad y el engaño (cf. Nat. I 3; II 5, 9, 70; III 53) 66 . De ahí que en su obra se pregunte, sobre todo, por la verdadera definición de la divinidad (quid aut quale sit deus, según afirma Cota en Nat. I 60) y por la posible actuación real de ésta sobre la vida humana, entre otros muchos temas (cf. Nat. I 14).