Kitabı oku: «Mujer, eres promesa»
Mujer: ¡Eres promesa!
Mujer: ¡Eres promesa!
Textos escogidos del P. José Kentenich
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo
Raíces
Hija
Fruto del amor
Debilidad que es fortaleza
Confianza
Abismos de miseria y misericordia
Riqueza
Contradicciones
Desilusiones
Custodia
¿Compartimos una esencia común?
¿Cómo fuimos diseñadas?
Madre
Se pierde para ganar
Sacrificio
Angustia y desamparo
Pero primero, esposa
Ayuda mutua
Abiertos a la vida
Emancipación
Presencia femenina más incisiva
Complementar
Autoridad compartida
Cuidar la vida
Mujeres en el mundo
Un don que se dona
Trasluz
Centrada
Integrada
Vinculada
Epílogo
Una promesa que ya se ha cumplido
La promesa eres tú
| Bercetche, Clara Maria Mujer : ¡eres promesa! / Clara Maria Bercetche. - 1a ed . - Florencio Varela : Schoenstatt - Nazaret, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-950-9645-21-91. Vida Cristiana. 2. Mujeres. I. Título.CDD 248.843 |
MUJER: ¡ERES PROMESA!
Textos escogidos del P. José Kentenich
Clara María Bercetche
Ilustraciones: Maia Wyler
Foto de contratapa: Padre José Neuenhofer
Editorial Schoenstatt Nazaret
I
Todos los textos en cursiva pertenecen al Padre José Kentenich. En los que proceden de su paso por Latinoamérica, entre 1947 y 1952, se han omitido las fechas para facilitar la lectura. Las citas en cursiva que tienen una fecha al pie de página pertenecen a conferencias de uso interno del Instituto de las Hermanas de María de Schoenstatt. Los textos tomados de ediciones impresas, tienen su indicación al pie de página.
Digitalización: Proyecto451
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-950-9645-21-9
“¿Qué es la mujer? una promesa de Dios
a la humanidad. En la mujer, Dios le ha hecho
una promesa sumamente grande a la humanidad.
Ella debe ser una imagen de su entrega
y amor ilimitados, de un amor que se dona
como un torrente infinito y sobreabundante”.
PRÓLOGO
Mujer, este libro es para ti.
A ti, que eres hija, y por eso soñada, amada, parte de un proyecto, heredera de una promesa.
Mujer, que conoces el dolor, la soledad, la impotencia.
Mujer, que encuentras coraje para luchar hasta el fin, hasta el martirio,
La humanidad necesita tu genio que impulse la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que los humildes comienzos.
Mujer del espíritu, a ti te toca restaurar el ser, encarnar la armonía, honrar la vida, salvar la paz.
Estamos ante un recodo en el camino de la historia. Un modelo de humanidad se hace a un lado, dejando paso a contornos desconocidos. ¿Dejaremos que ideologías desgarren lo más sagrado de nuestra esencia? ¿Dejaremos que se tronche la vida sin abrirle la puerta para que exista?
En una época de decisivos cambios y, por ende, de turbulencias, se alza la voz del ser y del alma como respuesta al clamor de un tiempo que reclama claridad y verdad.
Depende de nosotras soñar un mundo más humano.
Depende de nosotras proclamar nuestra verdad y enseñarla a otros.
Por eso, en este libro presentamos el ideal de mujer que nos ha convencido.
Sentimos la necesidad de compartir lo que hemos atesorado, ha iluminado gozosamente nuestra realidad.
Al clausurar el Concilio Vaticano II, San Pablo VI dirigió una alocución a las mujeres en la que dijo: “Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora” (1).En el camino hacia la realización de esta afirmación hay, todavía, trechos por andar. Pero es mucho lo que se ha avanzado. Y en este caminar nos orienta un gran astro luminoso: el ideal de la grandeza y dignidad femenina que resplandece en la Santísima Virgen María.
El Padre José Kentenich, Fundador de la Obra internacional de Schoenstatt, contempló en cada mujer el rostro de María; en su frente, la corona de María; en su corazón, la espada de María; en su alma, la fuerza arrolladora de María. En medio de tiempos en los que se ponía en duda esta realidad expresó: “Tengo una fe imperturbable en lo bueno de la mujer”, más tarde confesó: “Veo como una parte de la misión de mi vida ayudar a salvar la naturaleza femenina” (2). Al recuperar su libertad, luego del difícil período de su separación de la Obra pudo constatar que su intuición no había sido errada. En ese momento pudo decir: “Ha sido una obra maestra de la conducción divina que nos ha guiado y conducido, el que fueran nobles almas femeninas, en cuyas almas puras fueron llevadas las grandes ideas de Schoenstatt” (3).
En estas páginas hemos querido volcar algo de la inagotable riqueza que hemos recibido, valiéndonos del arte, la poesía y de textos escogidos. Con estas pinceladas deseamos, de algún modo, despertar el interés por conocer mejor ese mundo maravilloso del que somos parte.
Este libro nos invita a explorar las distintas dimensiones de la mujer. Detrás de todas estas facetas nos sonríe el arquetipo hacia el cual miramos con confianza: María. Cada una de nosotras es original y diferente, sin embargo, todas estamos llamadas a ser, como ella: raíz, custodia, trasluz…
Desde la persona de María y en su compañía, deseamos desplegar todo lo que significa ser mujer, así como el pequeño vástago se desarrolla dando como resultado un árbol frondoso. Su trayectoria comienza en la oscuridad de la madre tierra, pero tras un tiempo considerable de crecimiento en el que afrontará tormentas y ventiscas, se alzará victorioso ofreciendo sombra y cobijo a todos los que lo necesiten.
Creemos en la mujer, valoramos su rol imprescindible en la familia y en la vida pública; la vemos con agrado en su donación a toda vida que la requiera. Tanto en la esfera privada como a escala social, ella está capacitada para crear y contagiar la experiencia de hogar, fomentando vínculos interpersonales y combinando el pensamiento racional con un saber más profundo y vital, afectivo e intuitivo.
Oímos el llamado a ser fuente de vida, faro y alma de la cultura. Por eso ¡nos sabemos promesa!
1- San Pablo VI. Mensaje a las mujeres, 8 de diciembre de 1965.
2- 01.12.1938
3- 24.12.1965

RAÍCES
Duermen en la noche de la tierra.
Enlazan el ignoto origen
con el desarrollo ascendente que las asombra.
Alimento. Sostén. Misterio.
En ellas juega el pasado inaccesible
en huellas imborrables.
Abrimos nuestra mirada a la mujer focalizando sus raíces.
Hija
Toda mujer es fundamentalmente hija. Sea cual sea su camino, lo iniciará siéndolo y lo será durante toda su vida. Esta realidad ineludible está impresa en su ser, es el eje de su existencia.
Somos creaturas porque dos personas que se amaron, se aliaron al poder de Dios y nos trajeron al mundo. Aun en el caso de que esa relación no haya sido fruto de un amor puro, tenemos la certeza de que el Amor que nos hizo nacer, sí lo fue, lo es y los será: es el Dios que se define como Amor, inalterable, infinitamente bondadoso y misericordioso.
No hemos pedido la vida, se nos dio como un don. No pudimos nacer por nosotras mismas, debemos lo que somos al Creador, a Dios, nuestro Padre.
Ese Padre, Amor infinito, nos pensó, nos ‘soñó’ desde siempre, mucho antes que nuestros padres y en el momento preciso, en un nuevo ‘hágase’, fuimos concebidas y dadas a luz.
Sólo hubo un testigo en el momento de nuestro origen: Dios, nuestro Padre y Creador. En ese instante, cuando no éramos más que un minúsculo ser, ya contemplaba en nosotras, una promesa para el mundo. Nos necesitaba, por eso nos regaló la vida. Sabía de los muchos caminos zigzagueantes que tendríamos que recorrer, pero confió en nosotras y por eso nos dotó de las capacidades necesarias para recorrerlo y realizar la misión que depositó en nuestras manos.
Fruto del amor
Es por eso que nuestro origen no es otro que el Amor. Fuimos y somos amadas por ese Padre que diseñó nuestra originalidad, que nos acompaña en el andar y nos espera para un abrazo eterno.
Queremos convencernos de esta realidad:
“El Padre ama a su hija”.
Venimos del amor, estamos llamadas a responder ese amor, sólo en ese amor, el latir de nuestro corazón cobra vida realmente. Todo momento fuera de ese amor se transforma en un ‘no vivir’.
“El que no ama está en la muerte...” (4)
Somos hijas, queremos por ello, profundizar esas raíces de filialidad.
“Hablamos del árbol de la mujer. La raíz es filialidad sencilla. Nótenlo una vez en ustedes mismas: cuánto más sencilla me sienta ante Dios, tanto más madura y vigorosa seré”.
Debilidad que es fortaleza
Si nuestra relación fundamental con respecto a Dios es ser hijas, entonces, nuestra tarea será procurar que ese vínculo sea extraordinariamente fuerte, profundo, delicado, entrañable… Entonces seremos mujeres capaces de llevar adelante la vida con fortaleza.
“Nunca seremos fuertes, si no hundimos nuestras raíces en Dios. Una verdadera mujer no puede vivir por sí misma: ella necesita una fuerza superior”.
Esta dependencia de esa fuerza superior puede sentirse a veces como una cierta debilidad. Por el contario se trata de una gran fortaleza: nuestra naturaleza femenina está orientada naturalmente hacia lo sobrenatural. Si cultivamos este vínculo, notamos que Dios se nos hace muy cercano y que, justamente Él, necesita de nosotras para acercarse a muchos otros.
“¿Cómo se manifiesta una filialidad original? En una vinculación a Dios sencilla y personal. Y esto es algo natural en la mujer. (…) Una vinculación a Dios ingenua, no reflexiva. Aquí tienen lo más genuino, filial, virginal y puro de una noble naturaleza femenina: la vinculación de la persona de la mujer a la Persona de Dios”. Hablamos de una vinculación a Dios ingenua, personal o personalizada. Cuando traten con una noble representante del sexo femenino, observen el encanto que irradia. En ella no hay nada de puritanismo. No me puedo imaginar nada más natural y hermoso que esa vinculación a Dios ingenua y personal. Es la perfecta armonía entre naturaleza y gracia (5).
El diálogo con Dios, irreflexivo, natural y espontáneo, se manifiesta en nuestra naturaleza. ¡Cuántas veces lo habremos constatado en nosotras o en otras personas! En momentos claves en los que ocurren cosas bellas e importantes, nuestra alma tiende espontáneamente a mirar hacia el cielo y exclamar: ¡gracias! Si por el contrario sucede algo que penetra en nuestro interior como una espada de acero punzante, la mirada se eleva suplicando el auxilio y la fuerza. La verdadera filialidad nos permite desenvolvernos con libertad y naturalidad. La persona más sobrenatural es la más natural.
“La mujer es radicalmente religiosa porque se experimenta como vaso vacío, tierra abierta. La tierra mira al cielo esperando la lluvia, la caricia del rayo del sol, la semilla que trae el viento para reverdecer, para cubrirse de flores. La mujer desea el Verbo, el germen (6).”
En este campo tenemos un don particular. Se trata de una fina sensibilidad por percibir la presencia de Dios en las personas, en la creación, en los acontecimientos, que no está tan marcado en el alma del varón. Esta sensibilidad también se extiende a la percepción de las personas que nos rodean. Cuánto bien le hace al sexo masculino que le ayudemos a percibir lo que siente el otro, cuántas veces el varón no ve lo que nosotras vemos, no comprende lo que entendemos sólo con una mirada.
No se trata de algo casual, de una modalidad como cualquier otra: en este sentido tenemos una gran misión vinculada a la complementación sexual, a la educación de los hijos y a la influencia que debemos ejercer en el mundo.
“En este campo poseemos por naturaleza valores que son mucho más grandes que los que se encuentran en la religiosidad masculina (7).
Hablábamos acerca de una cierta debilidad. Debilidad, a veces, física, cuando las tareas nos sobrepasan, cuando el cuerpo no responde, cuando los límites de la edad nos recortan la libertad exterior; debilidad vinculada con los momentos en el mes en que somos más vulnerables, sensibles, fluctuantes. A veces, debilidad emocional, cuando las circunstancias nos sacuden violentamente y no podemos volver al equilibrio, cuando una experiencia fuerte anula nuestra capacidad de razonar, cuando un suceso ha tocado nuestro punto débil y nos embarga la desolación.
Debilidad espiritual, por no poder juzgar con objetividad, por no ver claros los objetivos, por no abarcar todos los caminos que pueden abrirse para alcanzar la meta, por quedar atrapadas en el campo afectivo. Debilidad moral cuando caemos, fallamos, cuando no estamos a la altura de lo que los demás esperan de nosotras…
“En la mujer, el desamparo es más grande que en el hombre, por eso, ella extiende sus brazos hacia el cielo más que él”.
“Hay algo singularmente hermoso en la pequeñez reconocida ante Dios. (…) Mi ser sencillo, desamparado, me impulsa a arrojarme en los brazos del Dios eternamente sabio, bondadoso y lleno de misericordia” (8).
En una mirada abarcadora, descubrimos que justamente la debilidad hondamente experimentada es como el imán que atrae el mundo sobrenatural hacia nosotros.
Es lo que leemos en la vida de María Santísima: ella experimentó su debilidad hasta el extremo. En la mañana de la Redención la vemos como la Esclava del Señor. ¡Cuántos interrogantes se habrán agolpado en su alma! ¿Cómo sería posible que una joven fuera la Madre de su propio Dios? ¿Cómo podía albergar en su propio cuerpo al Verbo eterno, al Redentor del mundo? ¿Cómo reaccionaría José al percibir su estado? ¿Y sus parientes? ¿Cómo asumiría la soledad que todo esto conlleva? ¿Cómo podría educar a su hijo y acompañar su crecimiento?
Y en el ocaso la vemos junto a la cruz. ¿Cómo quedar de pie ante un dolor que era más lacerante que la espada de siete filos que le fue profetizada? ¿Cómo ver padecer palmo a palmo a ese Hijo de sus entrañas que quiso darlo todo por nosotros? ¿Cómo ver agonizar a quien fue el sentido de su vida durante treinta y tres años? En la cruz está su Salvador, el Dios hecho Hombre, carne de su carne, el Dios de su pueblo, la promesa aguardada desde siglos de quien fue compañera y colaboradora permanente en su corto paso por la tierra. A mayor amor, mayor compasión, es decir, mayor participación en el dolor de quien se ama. Al eclipsarse la vida de Jesús, un peso gigantesco cae sobre ella.
María misma, nos enseña a mirar con agrado nuestra fragilidad.
“Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios mi Salvador, porque miró la pequeñez de su servidora…” (9)
María, hija, le canta a su Padre. Desde su pequeño lugar contempla con alegría la grandeza de su Dios. ¿Y cuál es el punto de inflexión en donde es tocada por esa omnipotencia? Justamente su pequeñez. Allí se dirigió la mirada misericordiosa de su Padre, allí la encontró y desde allí la elevó por encima de los hombres, de los santos más encumbrados, y de los ángeles de la corte celestial. Como un recipiente vacío reclama ser colmado por el contenido, su ser nada atrae la plenitud de Aquel que no cabe en el universo.
Nosotras, que formamos parte de las generaciones que la llaman feliz, no podemos dejar de contemplarla y suplicar su intercesión.
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