Kitabı oku: «El proyecto polaco»

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Claudio Martyniuk

El proyecto polaco

Europa del Este, 1939 /

América del Sur, 1949

Anotaciones sobre el emigrar



Martyniuk, ClaudioEl proyecto polaco. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014. - (Entretiempo; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-356-31. Literatura Argentina.CDD A860

Diseño de tapa e ilustración: Marta Almeida

©Libros del Zorzal, 2008

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

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Índice

Flotación | 8

Tristeza e indiferencia | 16

Fumar | 17

Brumas | 19

En la línea, uniformado | 20

Matiz que no se alcanza | 30

Pantano de historia | 31

Feo | 40

Encierro | 40

Recortes | 43

Soldados | 44

En el frío | 46

Distancia | 48

Noche | 49

Plegado | 49

El peine | 50

Radio | 51

Cajita musical | 51

El peso de los pies | 52

Indeseables | 54

Permitir a los infelices | 56

Reducción | 59

Certificado | 59

Cavó pozos ciegos | 61

Sellos | 62

Experiencia del saber | 63

Trajes | 63

Mapas | 64

Montañas | 68

Hambre | 68

Ucranianos | 69

Peldaños | 71

Letrada | 72

Rusos | 72

El mando soviético | 74

Katyn | 76

Pan de antes | 81

Munro | 81

Panadería | 84

Barco | 86

Palabras sin fotografías | 88

Tal vez mentiras | 91

Pérdidas | 92

Una aparición | 93

Carbón | 93

Zanja | 94

Antióxido | 95

Amasar | 96

Polvo | 97

Esquema | 97

Atlas | 98

Monte Cassino | 99

Pedir | 100

Papas | 101

Pozos | 102

El proyecto polaco | 103

Caminar | 104

Alegato | 105

Debería | 107

Para Felicitas

Flotación

Una luna, un cielo

Y el mar oscuro.

Ingeborg Bachmann,

“La noche de los perdidos. El final del amor”

Veintidós días de Génova a Buenos Aires, pero eso fue después, después del viaje de la guerra y después de estancarse en el hambre, después también del amor. Primero Jan estuvo en el Oriente Medio de Montgomery, en Persia y Palestina, entre ejercicios y escaladas, en el aburrimiento, intercambiando palabras con el talento lingüístico del europeo oriental. Después en El Cairo, en los primeros encuentros con las tropas alemanas del mariscal Rommel, encuentros sin armas para enfrentar los tanques que provocaron el repliegue y la caída de Tobruk, marcha atrás que no todos pudieron concretar, y ésos terminaron en campos, en celdas ínfimas; marcha atrás para agruparse y esperar, esperar la ofensiva. Y fue a Italia, a subir Italia, para hacer subir a los nazis; estuvo en Monte Cassino. Antes de la batalla los soldados aliados capturados fueron llevados a Cinecittà y el estudio de cine se convirtió en campo de concentración. Batalla, heridas, medallas y después, entre norteamericanos e ingleses, el estancamiento del final de la guerra. Empezó el desplazamiento a campos de internación, campos para personas desplazadas. Cocinar, contar, cantar, beber, dormir en carpas y esperar. Compartir, caminar, descubrir pueblos: descubrió Moresco, con sus chicas jóvenes en el camino. Una: Bernardina. Se atraen. Como él, otros polacos son abrazados por italianas de pelo castaño; eran todos jóvenes que buscaban el sol después de años de destrucción y se encuentran con las pieles más blancas. En las laderas de las montañas, en las playas, en las casas pobres y antiguas, la felicidad no queda por siempre atada a la pobreza. Nace Anna, hija de Bernardina; nace Walter, hijo de Jole, también del pueblo de Moresco, y Enrico, polaco. A ellos, polacos padres e hijos, se les impuso el emigrar. La Cruz Roja certificó los destinos posibles, todos lejanos, pero la lejanía alienta la fantasía. Emigración, utopía del desplazamiento que hace renacer la confianza en el fin del hambre, en el encuentro del trabajo y la prosperidad, pero que lo hace poniendo en riesgo cuerpos, liquidando lenguas. Estaban tomados por la ilusión de comer más que de volver; estaban a pan y sopa, pero Bernardina ya sentía el temor de hallar el espanto en la lejanía. Ya rumbo al océano, con el miedo de que lo mejor pase a ser el presente que se abandona, un presente que abandona, que abandonó a Bernardina. Juntar ropa, sábanas, mantelería y cubiertos; guardar todo en el baúl y tomar un tren a Génova, un día antes de la partida. El embarque, una procesión en el atardecer. El barco, absorbiendo miserias y esperanzas. Se revisan cuerpos, cuerpos que deben aprobarse. Un oficial estudia papeles, muchos son pasaportes humanitarios. Ella temiendo perder a Anna. Jole sin tanto temor vigilaba a Walter. Giovanni –que era Jan, que en Italia dejó de ser Jan– y Enrico –antes Henrik–, ellos dos llevaban los bultos y los papeles. Ya entraban al espacio que se desplaza en el agua, cargado de emigrantes mal vestidos, de mirada temerosa. Un marinero los agrupaba para asignar lugares y después dar la comida. Bernardina bajaba una escalera empinada, Anna sollozaba. No entendía el inglés de los marineros; hablar se hizo tarea de Giovanni. No había parientes despidiéndolos; ya se habían despedido en Moresco. Empiezan los preparativos para salir, pero para Bernardina ya era una eternidad el tiempo afuera del pueblo, ya era enorme la distancia y el dolor preanunciaba angustias futuras. Giovanni marchaba, impulsaba ese marchar que veía como acercarse al futuro. Cansados, anocheciendo, instalados en un espacio hacinado, empezó la partida. Tenían naranjas y manzanas. Comían en la cubierta viendo alejarse las luces de la ciudad, la luz de Italia. Deslizándose por la oscuridad, el mar asediaba a Bernardina. Enrico y Giovanni hablan en voz baja, en polaco. Anna y Walter están adormecidos. La primera noche, como todas las restantes, Anna quedaba atrapada en los brazos de su mamá, madre que así apretaba sus miedos, sus prevenciones. Temía que sus peores pensamientos se realizaran. Se iban realizando. Desorden, incomodidad, mareos y vómitos, temor por Anna, por una caída, y el desprecio por la comida incomible. Y cada instante eternizándose en oscilaciones. Repetición de instantes, de unidades sin progresión. Apretando contra el pecho a Anna, lo único, lo más cierto que tenía. En el inframundo de una celda, la cotidianidad insoportable se dilata. Ella le reprocha desde su interior, mirándolo con un grave silencio: –Qué locura tu idea de ir a América. ¿Por qué me dejé llevar? Hasta que por fin se duermen juntas, Bernardina y Anna. Giovanni, entre los sueños y la impotencia, fuma en la cubierta. Mar movido, azul intenso, muy movido. Ella despreciaba los baños sucios. Asco. Ante la comida se repetían esas sensaciones. No se veía tierra. El encierro de la sala era absoluto, claustrofóbico. Decenas y decenas de personas sobre colchones de paja. Crecía la palidez de Bernardina. Abatida, quería llegar. Ya no importaba dónde. Desanimada, sólo atendía a Anna, y lo hacía con obsesión. El cansancio de la tensión la vencía hasta que los mareos volvían. Las corrientes, las olas, los vendavales eran más potentes en su interior. Sopa aguada, pan duro, lamentos y llantos. Anna aportaba amenidad. Se reía en los pasillos subterráneos. Muchos estaban despreocupados, transparente era la pobreza que los sometía. El barco, nuevo campo de refugio, ofrecía la esperanza del movimiento como principal alimento. Giovanni conversaba con todos los que podía, quería comunicarse. Bernardina sólo con Jole, y las dos mostraban gestos de desprecio por el destino y también por los otros. Más por la noche que de día, crecía la aversión al mar, y la aversión atrapaba el corazón de Bernardina. Evitaba mirarlo. Veinte días, veintidós días de temblor inquietante, de padecimiento mortal. Fue un nervio todo el viaje. Había mil setecientos pasajeros, de los cuales novecientos eran mujeres y niños. Todo estaba ocupado por italianos, italianas y polacos, polacos desesperados y alegres, ciegos y luminosos. Todos de tercera clase, viajando en las peores condiciones, pero viajando por esperanzas. No Bernardina. Los oficiales ocupaban las mejores plazas, y a Bernardina le molestaba la desigualdad. Sobre la sociabilidad, y también acerca de la operatoria marina, ella no mostraba ningún interés. Nació un dolor intenso y recurrente en Bernardina, que de las entrañas le llegaba a la cabeza. El aseo, expuesto a miradas, aunque sean femeninas, le perturbaba. Y ante el agua dulce se preguntaba si habría la suficiente. Ya en la inmensidad del océano, un día de cielo límpido y de aire fresco, pero no importaba para las familias arrinconadas, tristes, con las marcas de la miseria; eran desgraciados consumiendo las últimas fuerzas en un viaje, esperanzados en llegar, como esperando que los esperaran con un milagro. Iban a trabajar, dejando atrás desastres, infelicidad y privaciones. Desangrados, daban piedad. Los polacos, sobrevivientes de adversidades, hallaban el rincón para celebrar la amistad, para recordar anécdotas y jugar a las cartas. Doloridos e impotentes, esperaban la Argentina. ¿Será para Bernardina ese aire nuevo? Llegaban gritos de chicos, voces alzadas, palabras en genovés, en piamontés y en calabrés, canciones polacas, instrucciones en inglés. Los emigrados guardaban algunos billetes; sin saber si valían, creían en su valor. Cada tanto, en un rinconcito, ella lloraba mirando a Anna. La chiquita no entendía la pregunta de la mamá: “¿Y adónde vamos?”. Tras una tierra, lejos de la patria. Tal vez alguna ilusión de hallar la verdadera patria. O por desengaño, sólo tras la tierra, sin buscar nada más. La pasión por hallar lugar, comida y trabajo. La angustia de dejar, de no saber qué se encontrará, cuánto esfuerzo habrá que hacer antes de descansar sabiendo que mañana no habrá que partir otra vez, que de nuevo la destrucción pisa los talones. Navegar cargando los momentos terribles de la vida, mirando el mar, esperando llegar a un país donde las personas fueran como olas anónimas, impersonales, imprevisibles. Navegar con entusiasmo muerto, madre de malos augurios. Jan sí esperaba. El tiempo sana, las manos construyen, pensaba. Además, ¿qué peor se puede ya, después de todo, encontrar ahora? El océano puede alejar los padecimientos. Ya nada peor podrá suceder. Mirando al mar, letanía in crescendo, flotación en la desesperación, pronóstico de hundimiento. El estruendo de la lluvia inundaba el interior. No era ruido, era mucho sonido. Y la oscuridad se hacía absoluta. El hilo tenue de la creencia en la Argentina se convertía en simulación. El impulso de Jan, que ella acompañó con silencioso descreimiento, en la brutalidad de la vida, ¿originó un error? Jan/Bernardina/Anna, considerados en conjunto, memoria del mundo personificada. Pobres, emigrados, temblorosos, a merced del agua, de la tierra, del viento, asfixiados. Abrir cada tanto la ventanita para airear el denso interior de la sala enorme, hacinada. Las primeras discusiones con Jan; los primeros reproches. Nació la impaciencia cuando todavía se expresaban amor con la mirada. Anna vomitando. El médico, al que se tardó en llegar, dijo que es normal. ¿Qué es normal? Rezar. La miseria ítalo-polaca seguía su marcha. Amargura entremezclada con el calor ecuatorial. Buscando un pequeño empleo, fantaseaba Jan. Imaginar un capital que se va formando, un negocio algún día. Independencia y progreso. Como si se abriera la puerta al jardín infinito. Aversión al movimiento, Bernardina. Mirando al otro lado del mar, con el pensamiento que proyectaba temores, mientras el clima era cada vez más cálido. El cielo se cubrió de nubes y el viento trajo un aguacero. Había poca agua dulce fresca. El calor atropellaba. Anna con diarrea. Walter también. Aburrimiento. Alargamiento de lo más mínimo. ¿Y si llegan muertos a destino? Sentir el comienzo del desorden, quizás el final. ¿Qué queda del ánimo con el que se había emprendido la emigración? Otros, muchos, hacían bufonadas. Cielo blanco. Aguas blancas. Sol. Un dormitorio con cuatrocientas personas, entre mujeres y niños. Más de treinta grados de calor. Durmiendo con el rosario en la mano. Repartían galletas. Tosían. Hablaban en sueños. Daban vueltas. Chicos llorando. Hambre. Dolores. Sed. Nada extremo comparado con la guerra o con el campo. Cositas que van faltando. Una caldera día a día más caliente era ese dormitorio improvisado. Estaban del otro lado del ecuador, en el sur. Ella padeciendo. Jan con sus amigos, jugando a las cartas, contando historias. Ella, con Jole, cuidando a Anna y Walter. Temiendo por ellos. Por el futuro de todos. Entre tinieblas, aun bajo la blancura impuesta por el sol. Miseria errante eran. Putrefactos. Jan tomando en sus brazos a Anna. Felicidad. Miran hacia el mar. Ven vacío. Un vacío brillante. El mar se hace azul, el destino se acerca. Avance tortuoso. Miradas recelosas, fastidios, miedos. En la cucheta, Bernardina duerme abrazando a Anna; no duerme por temor. Falta todavía. La tristeza no era una máscara. Descenso, el viaje como descenso. No el tedio, las historias de robos, enfermos, muertes. Los riesgos multiplicados por la imaginación de Bernardina. Cuidar a Anna. Hacer de Anna el mástil más firmemente sujeto. Walter, el hijo de Jole y Enrico, se cayó de una escalera. Siempre hay un chico que corre o llora. Más cerca. Y renace la esperanza. Se siente un alivio. Ella quiere salir de esa tumba. Miedo que, ingenua, cree que llega a su fin. Aumentaban los murmullos, los preparativos, la ansiedad. Se acercaban a tierra. América. Río de la Plata. Ella siente falsa la esperanza. Llora. No quiere volver a mirar el agua. Veintidós. Dentro de la caverna, en el Hotel de Inmigrantes. Prejuicios confirmados. ¿Errores de traducción? El Hotel, estación de otra política de encierro. Temor por salir de la caverna. Ella, sola con Anna, con el cielo, en la caverna. Jan de noche, solo de noche con ella. Jan, ahora Juan, y la búsqueda de sustento. Cuerpos protegidos de voces incomprensibles, de corrientes incomprensibles, extrañas. Hasta Rosina, de Constitución, cerca de la estación, hasta el límite de la experiencia en la ciudad. Y los cuidados de la existencia limitados a sobrevivir, por Anna. El mundo de Bernardina, Munro, la casa, la habitación alquilada primero, después de comprar el terreno, adentro del cemento que puso Juan. Su imaginación enturbia el exterior, le provoca incertidumbre. Todos son sombras y fuegos. De su cueva sale solamente por necesidad o violencia. Sin ciencia, si ciencia es salir del pequeño mundo propio al gran mundo común (¿pero acaso no cruzó el océano?). Lo hizo siempre encavernada. Sabía que nunca hay sello suficiente para la caverna, y este saber le da dolor, le alimenta la inquietud. Su fuente de saber es la experiencia, y Bernardina es reacia a experimentar lo extraño, y eso es todo lo argentino. Alumbra figuraciones para aislar sus experiencias. Horrorizada por el ser de esos otros de América, igual aprendiendo a sobrevivir y a subsistir. Contraposiciones, luz y oscuridad, entrar y salir a la vastedad, pruebas, riesgos para su individuación. Juan –ya Juan, ni Giovanni ni Jan– traspone la costa de su porvenir. Ella, con su sombría retórica, no se permite puerta alguna. Cuidando, dándole leche a Anna, atendiendo sus restantes obligaciones, pasando el tiempo a puertas cerradas. Idiota al salir al mundo de los fenómenos, comenzando por la lengua, la nueva lengua, recibía todo como una revelación, sin que nada fuera una respuesta a una pregunta. ¿Se embota la angustia y la inquietud por tanta extrañeza? Lo que llega al oído de ella es violencia, no es su sorprendente novedad, ni tampoco su posible semejanza, es su aspecto nuevo lo que perturba. Habrá sí embotamiento de esa novedad, y el rechazo cada vez demandará menos atención. No se cansará de rechazar. Alma arrojada fuera de sus raíces, sin interés óptico ni lingüístico para hacer el tránsito. Viajó. Se encerró. Sin asombro permaneció, y permanecer es quedarse adentro. Solo salir al cielo, sin los otros. Sin fatiga, por inquietud. Sin curiosidad, con arrogancia desprecia. Retraimiento posible por la movilidad de Juan. Ella, de asombrarse retraído, vivencia actualizada de la apología del origen cultural. ¿No le era insoportable el encierro en una caverna amenazada? Tiene un conocimiento de sí, tiene recuerdos, y con ellos resiste en la penumbra de un lugar vacío. Pero necesitaba confiar, y en los límites de esa entrega había un puñadito de personas: Jan, por supuesto; Rosina paisana ya radicada en Buenos Aires, en Constitución, casada con Fernando y con una hija apenas mayor que Anna: Rita; su paisana Jole, casada con el polaco Enrico, que estuvo en un gulag, pero fue policía, con un hijo, Walter, de la misma edad de Anna; y Wanda después, la mujer de León, otro polaco, madre de Marisa, también de la edad de Anna; y, claro, Anna, ya a veces Ana. No se entregó a la promesa. Se escapó de la necesidad de confiar. Escéptica y pesimista, aun mirando al marido y a la hija. No podía ser expectativa y esperanza. Fue evasión, lamento y fractura. Dolida, mísera, infeliz en un rincón. Un ser lejos, alejada irreversiblemente de su patria, de su lengua, de su juventud, de sus padres, de su educación, de sus flores y fantasías soleadas. También para Bernardina existía el deseo de poseer algo más allá del mundo conocido, más allá de su yo, más allá del miedo con el que choca su imaginación. Pero el miedo la trastornaba. Muchos años después, en 1970, cuando Irene Kumin, la vecina rumana, y su hijo Vittorio, viajan a Europa, sube al barco a despedirla. Se angustia, o revive la angustia. Se marea, teme quedarse adentro y partir, otra vez partir. Y ya no quiere partir.

* * *

Tristeza e indiferencia

En El poder cambia de manos, una novela de Czeslaw Milosz, se encuentra un personaje Jan Martyniak. La época –la Segunda Guerra–, el país –Polonia–, las tensiones con los rusos, y por supuesto el nombre, remiten a la misma historia, cercana y distante a la vez. ¿Cómo subsiste el pasado? ¿Qué son el amor y el dolor, que pueden olvidarse y paliarse? ¿Cómo comprender los vínculos que desaparecieron y que persisten con un lugar, con un sentimiento, con las personas? En el último párrafo de la novela, el mismo marginado profesor de historia que la abre, contando su trabajo de traductor de Tucídides, dice:

El cielo de verano estaba azul, con una nube blanca y la flecha de una golondrina. A lo lejos oyó música de trompetas en un desfile mezclada con los chirridos del tranvía. Gil ordenó sobre la mesa las cuartillas que había escrito. Las puso en pila y fue igualando los bordes con la mano. A pesar de todo, al hombre le quedan medios para lograr la calma. Se fija una tarea y mientras la realiza comprende que es una tarea insignificante, perdida en la multitud de preocupaciones y esfuerzos humanos. Pero cuando su pluma queda parada en el aire esperando resolver un problema de interpretación o de sintaxis, todos los que alguna vez se han servido del pensamiento y del lenguaje a través de los siglos, se hallan junto a este hombre, el cual nota inconscientemente esa estimulante presencia. Y esta fusión con ellos le proporciona la calma. ¿Quién podría ser tan arrogante como para saber cuáles son los actos que se unen y sostienen mutuamente y cuáles los que caerán en el ridículo y en el olvido fuera de lo que merece llamarse un patrimonio? En vez de insistir en esto, más vale que nos impongamos la única norma importante: mantenernos libres de tristeza y de indiferencia (Milosz 1980: 272).

* * *

Fumar

Lo encontré fumando. Estaba viejo, muy viejo para sus cincuenta y seis, viejo y enfermo. El corazón y los pulmones lo obligaban a vivir entre médicos y hospitales. Estaba en su casa, en el patio, sobre unos mosaicos que alguna vez le sobraron y quedaron en un rincón, contra la pared que daba a la esquina. Desde esos mosaicos alcanza a mirar afuera. Afuera no había nada. Una esquina de Munro. Tres casas pobres, tres familias pobres, poco tránsito. Él miraba afuera. Fumaba. Los médicos se lo habían prohibido. Fumaba y vio que lo miraba fumar. Todos le decíamos que no fumara. Yo no quería perderlo. Fumaba y no le dije nada. Me miró, con el cigarrillo entre los dedos. ¿Imparciales? Su cara tenía una sonrisa apagada, una expresión de búsqueda de complicidad en la resignación. Fumaba, había fumado, mantenía la coherencia. Miraba más allá, un afuera estrecho, un horizonte que se le cerró. Miraba, tal vez aún soñaba. En ese afuera se pueden encontrar los alimentos. En casa sólo guardarlos, como ellos lo hacían. Sombras de fuego vivo, ese horizonte siempre abierto para Bernardina, extraña y nostálgica, indefinida fuera de su país. Nostos, regreso. Pero ella no quería el regreso. No sabía regresar. Temía el intento. Algos, sufrimiento. Nostalgia, sufrimiento por el deseo imposible de estar en el hogar, en el suelo natal. Él miraba afuera, ella adentro, nunca hablaban de un regreso, nunca una odisea. Paseaban, ensimismados, con el pasado silenciado. Estaban con las manos vacías. Latas de conserva en un galpón, guardadas y acumuladas por Bernardina. Juan fumando. Alegoría del mundo, ese encierro, la casa, él mirando afuera, fumando su nulo espacio, mirando sobre la pared la hondura que se pierde. Fumar, hechicería. Fumar, ante el estado del mundo. Fumar, registrando el tiempo final de una vida, consumo bajo exceso de desasosiego, bajo un infinito de estrechez. Fumar la angustia hace de ese fumar síntoma de libertad. Lo entiendo. Más que Bernardina y Anna. Entonces no entendía. Sólo intuí algo la última vez, esa vez que fumó sobre los mosaicos, apoyado en la pared, mirando afuera. Se dio vuelta, me miró. Ningún poder ya en él. Balbucea una sonrisa. ¿O sólo mira? Presencia mínima, en un baldío, en un patio miserable. Se llevó el secreto de su mirada. No lo hizo. Mirada de verdad inexistente, pura atmósfera desolada. Era otoño. Afuera el tiempo pasaba. Entenebrecido, sin desesperación. Pero cómo saberlo, apenas conservo cuasi recuerdos que ni siquiera sé si son recuerdos míos o provocados por otros, por otras cosas, ni siquiera sé si son entidades subjetivas con pátina objetiva por el modo de descripción. Penetró su mirada, pero no soy el dueño de esa mirada. ¿Propietario del recuerdo? Esa mirada, su recuerdo, no tiene sustancia. Experimenté la mirada. Pero esa experiencia pierde, de repente, una identidad que me doy cuenta que nunca tuvo. Pasiva, devorada, esa experiencia se funde con otra. Juan armando una fogata. Podó árboles para alimentar la fogata de San Pedro. Fuego, danza de fuego. Humo sutil, siempre naciendo en el rojo. Haciendo humo. El recuerdo del humo, pluriforme, vacilante, huidiza, informe como el humo.

* * *

Brumas

Esto es lo que digo, esto es lo que escribo y sólo esto es lo que se halla en las palabras que trazo, en las líneas que forman estas palabras y en los blancos que aparecen en el intervalo entre dichas líneas: por mucho que vaya a la caza de mis equivocaciones (por ejemplo, había escrito “hice” en vez de “cometí” al referirme a los errores de transcripción del apellido de mi madre) o divagué durante dos horas sobre la longitud del capote de mi padre, o busqué en mis frases, evidentemente para encontrarlas enseguida, los ecos infantiles del Edipo o de la castración, jamás encontraré en mi propia insistencia más que el reflejo último de una palabra ausente en la escritura, el escándalo de su silencio y de mi silencio: no escribo para decir que no diré nada, no para decir que no tengo nada que decir. Escribo: escribo porque hemos vivido juntos, porque he sido uno entre ellos, sombra entre sus sombras, cuerpo junto a sus cuerpos; escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble y porque su rastro es la escritura: su recuerdo ha muerto en la escritura; la escritura es el recuerdo de su muerte y la afirmación de mi vida.

Georges Perec,

W o el recuerdo de la infancia

Ahora debería resumir los acontecimientos, pero están desvaídos mis recuerdos, aunque algunos quedan como brumas agitadas de un recorrido desde el otro lado del mundo. Desventurado, extraviado en el sur, y la aventura del recuerdo es fragmentaria, sin integración, o tal vez los vacíos den la unidad. ¿Patria? Sólo hogar, buscar un espacio, levantar las paredes, ansiar descansar. Enterrados los actos escolares, alejado del juego patriótico por el destierro, envejeciendo. Pero el tiempo del viejo era óxido, sedimentos descascarados. El cuerpo descarado, perdiendo recuerdos y potencias, padeciendo enfermedades pero sin padecer el olvido, ¿aunque podría olvidar? Ajeno, reducido, ensimismado en el dolor, con la muerte en los talones. Todavía era joven cuando percibía al futuro como espacio, un espacio mayor al Atlántico. Después, reducido a Munro, enfermo, el horizonte apenas lo percibía asomándose a la calle sobre el muro. Intento, trato de poner las cosas en claro, pero no es más que espuma que se disuelve, y en un pozo imperceptible queda una inmensidad no percibida. Estoy desprovisto de fe, en medio de un invierno absoluto, sin consuelo, sin un absurdo al que pueda aferrarme. Fue una ruina. Se abandonó al dolor, se hundió. Sin vocación más que trabajar, sucio, amargado, hambriento, con una mujer que lo amaba. Sangró y sudó. Destruyó los recuerdos, apenas sé de él. Recuerdo que lloraba. ¿Su semen habrá perforado el hielo siberiano? Ya no está aquí el hombre. Recibió caridad con humillación. Fue extranjero en todas partes. Desgarrado, dolorido, en el desierto.

* * *

En la línea, uniformado

Quería la luna. La acarició en el verde de la colina, con el amor en ascenso. Fue un paseo campestre, abrazados, cuando los aliados ya habían vencido. Un instante de abundante cielo, de quietud. Y la fantasía, la ilusión, la vigilia, la espera del futuro, los sueños nunca confesados. Flores efímeras, las últimas flores. Pero el vacío sobre el horror y el dolor fue el espejo que cubrió su vida. Fue un viaje inacabado, estancado, astillado, petrificado en un punto, desenfocado bajo una luz otoñal, sucia. Los gestos desaparecían, la repugnancia cedía. Ahí unos luchan porque otros luchan. Y así todos; allá, acá también. Las sombras se alargan. Quedan medallas, estrellas de metal, después de murallas de fuego, vientos de balas, quedan cuerpos borrosos. Los sobrevivientes se mantienen minados. Fuman, y el humo atraviesa las heridas. Persisten la confusión de los ataques, el frío acumulado, el hambre, el miedo, los nervios, las atrocidades, el sacrificio, el valor, la servidumbre, el barro, las ratas, las pisadas que se cargan de sangre, la vida subterránea. Después de la guerra, el paso por la oscuridad mineral convierte al soldado, lo hunde en su único objeto de reflexión a lo largo de toda la vida. Busca olvido, indiferencia, tranquilidad del pasado que sigue impidiendo el descanso. Busca desconocerse, alejarse de la experiencia que nunca cesa de gobernar la memoria. Lo único conocido es ese recuerdo que no perime. Eso que nubla la mente, convertirlo en ruinas. Batalla en vano a la uniformidad, la aridez del barro, la sequedad del polvo. Su organismo es un hormiguero en plena aniquilación, como ese afuera insistente. El estado de intranquilidad cedió a la resignación. Su destino languidecía. Su mirada se vaciaba. Rastreaba otro tono para el recuerdo. Filtraba, suspendía, emancipaba. Creía que lo lograba. Todo persistía. Todo lo visible temblaba con una fuerza magnética sutil, extraordinaria, disonante. Vigilaba, acechaba siempre. Y el soldado dejaba oír los signos de fatiga. Eran restos inconexos, imágenes remotas, que cavaban el pozo. Terror, desmoronamiento, fango. Se trató de una retirada, de una pérdida. De otra baja.

La guerra rastrilla. Engaño, bengalas de colores y gas. En la Primera Guerra, desde el ataque con gas clórico en Yprés, el 22 de abril de 1915, 1.000.000 de personas murieron por los gases usados, y no sólo por los alemanes: Hitler sufrió una ceguera temporal por el gas mostaza empleado por los británicos. Los italianos temían quebrar el Pacto de Acero firmado con Alemania por la amenaza de que fuera usado gas contra su población. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas norteamericanas depositaron sustancias químicas cerca de Orán, entre otros lugares; contaban con un cuarto de millón de bombas de gas mostaza. Se estima que fue el gas almacenado por los británicos en el buque John Harvey, en Bari, el que provocó la contaminación de seiscientos marineros británicos.

Oficiales arrogantes se servían de los soldados caprichosamente. Maltrataban. Reemplazaban la falta de confianza por la coacción. Hacían inalcanzable lo que estaba a centímetros de la mano. Hacedores de parajes de aniquilación, escombros, esqueletos. Buscadores de fama. Banales. Patton cazando codornices en Sicilia, abofeteando a los enfermos. Montgomery cerca de Lucerna, festejando el primer aniversario de El Alamein con vino, carne fresca y música. Lineales, violentos, autoritarios. Los excesos de vodka, coñac, ginebra y puros que se consumían en las cumbres postraron a Churchill en Cartago. Jugando con las palabras. Tridente se llamó la conferencia que decidió, por impulso de Churchill, el inicio de las operaciones aliadas para sacar a Italia de la guerra y mantener ocupadas a la mayor cantidad posible de unidades alemanas, mientras 3.000.000 de soldados de Hitler luchaban en el Frente Oriental. Creer, obedecer, combatir, el lema del Duce. Operación Avalancha, la lucha aliada en Salerno. Bárbara, Bernhardt y Gustav, las líneas que Alemania fortificó en Italia, para crear un sistema inexpugnable de posiciones en profundidad; la Línea Gustav estaba clavada en el terreno montañoso de Monte Cassino, para que las tropas aliadas se rompieran los dientes al chocar contra ella. Operación Diadema, para la toma de Monte Cassino, prevista para el 11 de mayo una hora antes de la salida de la luna, a las 23 horas de un día gris y húmedo.

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₺336,82
Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
121 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875993563
Telif hakkı:
Bookwire
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