Kitabı oku: «Libro de los árboles. La labranza. Libros I-V»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 329

Asesores para la sección latina: JOSE JAVIER ISO y JOSÉ LULS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volwnen ha sido revisada por JORGE FERNÁNDEZ LÓPEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2004.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO409
ISBN 9788424937058.
INTRODUCCIÓN 1
«Poco a poco, los techos abovedados y las paredes pintadas al fresco se vienen abajo, las prensas para el vino quedan inservibles y las bodegas se convierten en almacén de grano. Abandonada y saqueada, la uilla da cobijo a familias de pastores. Dos esqueletos de la alta Edad Media enterrados bajo el pórtico dan fe de unas gentes de huesos débiles y mal formados, de un existir en el límite de la supervivencia. El subdesarrollo tiene entre nosotros una historia más larga que las fases de ‘milagro económico’, aunque deje menos huellas en el subsuelo. Con su llana y su pala, el arqueólogo trata de rehacer la continuidad de la historia a través de los largos intervalos oscuros.»
Una continuidad que, casi dos mil años más tarde, nos remite a la obra de Columela como necesario y precioso complemento de los hallazgos del arqueólogo a la hora de reconstruir lo que fuimos y, en alguna medida, somos todavía. La cita reproduce el párrafo final de un artículo de Ítalo Calvino, publicado en 1980 en las páginas de La Repubblica , a propósito de las excavaciones de la uilla romana de Settefinestre, en la costa tirrena. Calvino lo tituló «El cerdo y el arqueólogo»: ese año, el equipo dirigido por Andrea Carandini había sacado a la luz las pocilgas de la granja, que plantearon algunas cuestiones concretas relacionadas con la cría de tan sustancioso animal. El escritor italiano, estudiante de agronomía en su juventud, sabe de qué habla; la uilla de Settefinestre responde, claro es, a lo descrito en los tratados agronómicos antiguos, en particular los de Varrón y Columela, y de ellos echa mano para debatir y aclarar las dudas suscitadas por la labor de los arqueólogos. De paso, demuestra que leer esas obras puede ser algo más que una tediosa obligación 2 .
Vida
Lucius Iunius Moderatus Columella , es decir, Lucio Junio Moderato (o Moderado) Columela, nombre completo que dan a nuestro escritor los manuscritos, así como la inscripción de que luego se hablará, era originario de Gades , la actual ciudad de Cádiz: in nostro Gadium municipio , dice en Res rustica VIII 16, 9 3 , tratando de cierto pescado atlántico, el gallo o pez de San Pedro; y en X 185 se refiere a una variedad de lechuga propia de las costas tartesias o gaditanas (et mea —sc. lactuca— quam generant Tortesi litore Gades) . No podemos precisar la fecha de su nacimiento, si bien los datos que pueden recabarse de su obra y de otras fuentes antiguas hacen pensar que pudo ser por los mismos años en que Cristo venía al mundo en el otro extremo del Mediterráneo, sub Caesare Augusto 4 . Seguramente su infancia y mocedad transcurrieron en tierras de la Bética, donde estaba afincado su admirado tío Marco Columela —uir inlustribus disciplinis eruditus ac diligentissimus agricola Baeticae prouinciae 5 —, mentor de su iniciación en la economía rústica. Suponemos que luego se trasladó a Roma, aunque ignoramos cuál fue allí su ocupación. Sí sabemos que, antes de escribir su obra en edad madura, estuvo en Oriente (en Siria y Cilicia, donde observó la siembra del sésamo, según refiere en II 10, 18), tal vez como mando superior del ejército romano; así lo sugiere al menos la inscripción encontrada en Tarento, funeral u honoraria, que nos lo presenta como tribuno militar de la legión sexta (CIL IX 235) 6 :

L · IVNIO · L · F · GAL
MODERATO
COLVMELLAE
TRIB · MIL · LEG · VI · FERRATAE
En cualquier caso, las primeras palabras de la obra —Saepenumero ciuitatis nostrae principes audio culpantis …— sitúan ya a Columela en lo más alto de la sociedad romana, el ambiente en que se movían otros hispanos como él, Séneca el filósofo o Junio Galión, a quienes nombra con admiración y afecto: en III 3, 3, el primero es calificado de uir excellentis ingenii atque doctrinae , y en IX 16, 2, se referirá al segundo como Gallio noster 7 . A sus posesiones agrícolas, situadas en los alrededores de Ardea, Carséolos o Alba (tres lugares del Lacio) 8 , dedicó sin duda gran parte de su tiempo y lo mejor de sus energías: Columela demuestra un profundo conocimiento de la labranza, a la vez erudito y práctico, que presupone el contacto directo y continuado con la realidad de las uillae . Otra finca, mencionada en la Res rustica a propósito de la maravillosa feracidad de sus vides, ha sido —es todavía— objeto de controversia: en III 3, 3, el gaditano dice in nostris Caeretanis; y en III 9, 6, dirigiéndose a Silvino, también propietario en el mismo lugar, in Caeretano tuo 9 . Pues bien, la ubicación de esos agri C(a)er(r)etani ha sido bastante discutida. Adoptada en principio la lección Cerretani , se identificaron durante mucho tiempo con los cerretanos de la Tarraconense citados, entre otros, por Marcial, hasta que los Rodríguez Mohedano, y tiempo después W. Becher, defendieron la tesis hoy más aceptada, que restituye la forma Caeretanus y sitúa esas tierras de Columela y de su amigo Silvino en la etrusca Caere , hoy Cervéteri, a pocos kilómetros de Roma por la vía Aurelia 10 . Existe, en fin, una tercera hipótesis que lee Ceretani y sitúa esos campos en la hispana Ceret (hoy Jerez); formulada primero y desestimada luego en el ámbito de la filología germánica, esta identificación —que implica también a Silvino como possessor en la Bética— ha sido defendida de nuevo con renovada argumentación por don Antonio Tovar 11 . Sobre la fecha de la muerte de nuestro autor, distintos indicios apuntan a que le sobrevino en edad avanzada, aunque seguramente no más allá de los 65 ó 70 años (Plinio, que escribe por los años setenta del siglo, lo cita ya como no vivo).
Una cuestión, en fin, habitualmente preterida en los últimos tiempos, aun sin estar del todo resuelta, es la posible identidad de nuestro agrónomo y el filósofo neopitagórico Moderato de Gades. Tal posibilidad fue planteada por Nicolás Antonio, quien no acaba de decidirse al respecto, y Fabricio la recoge en su Bibliotheca Latina , juzgándola muy improbable 12 . Los Mohedano, en cambio, se inclinan por identificarlos, aunque con ciertas reservas, y un siglo después, Bücheler seguirá encontrando muchos puntos comunes a uno y otro, lo que le llevará a defender, si no la identidad, sí un parentesco entre ambos 13 .
Obra
De sus escritos hemos conservado la Res rustica , en doce libros, y un Liber de arboribus que todos los manuscritos conservados traen inserto en la obra mayor como libro III, de manera que durante siglos la tradición conoció un solo tratado con trece libros. Enseguida me referiré a los interrogantes de todo tipo que el Libro de los árboles plantea.
Aparte, Columela mismo afirma (XI 1, 31) que había compuesto también una obra aduersus astrologos con el fin de refutar la creencia exagerada en el influjo de los astros en el clima; y en otro lugar nos dice que tiene intención de escribir acerca de «los ritos seguidos por los antiguos en las lustraciones y demás ceremonias que se hacen para favorecer la cosecha» (II 21, 5), pero ignoramos si llegó a cumplir su propósito. Por último, casi todos los manuscritos que presentan la tabla de materias al final del libro XI (entre ellos los más antiguos, carolingios, el Sangermanensis , S, y el Ambrosianus , A), añaden una nota advirtiendo que, además de los doce libros, existe otro dedicado a Eprio Marcelo 14 que trata de las viñas y los árboles. Si la nota, como parece, no es de Columela, sino posterior, sí certifica al menos un momento de la tradición de la Res rustica con los doce libros originales, antes de la inserción del De arboribus como libro III 15 .
En cuanto al singularis liber ad Eprium Marcellum , muchos piensan que hay que identificarlo precisamente con el Liber de arboribus , el cual trata asimismo de las viñas y los árboles. No dejan de suscitarse, sin embargo, algunos reparos. Ningún manuscrito nos ha transmitido la dedicatoria a Eprio Marcelo en el Liber de arboribus y, por otra parte, parece que éste no fue en principio un liber singularis , aunque sea el único conservado en la tradición manuscrita, pues comienza con la alusión a un primer (primo) volumen o libro, de modo que la obra estaba compuesta al menos de tres (si hubieran sido sólo dos, sería de esperar priore) : Quoniam de cultu agrorum abunde primo uolumine praecepisse uidemur, non intempestiua erit arborum uirgultorumque cura, quae uel maxima pars habetur rei rusticae (árb . 1, 1) 16 . Una posibilidad es que la dedicatoria fuera suprimida al pasar ese singularis liber o Liber de arboribus al cuerpo de la Res rustica como libro tercero —ya que mantener la dedicatoria a Eprio Marcelo en un tratado cuyo destinatario repetidamente expreso era Publio Silvino habría sido incongruente—, pero todavía tendríamos que explicar por qué el libro II, donde se trata el «cultivo de los campos», se adjetiva primus y no prior . ¿Basta este inconveniente para rechazar la ecuación singularis liber ad Eprium Marcellum = Liber de arboribus? Posiblemente, no. Columela pudo conservar ese libro como único resto de una primera redacción de su obra; posteriormente sería introducido en el arquetipo de S y A como libro III 17 , pero sin que el ensamblaje fuera perfecto: aunque se eliminara la dedicatoria a Eprio Marcelo, en el párrafo inicial quedó la referencia a un libro no «anterior», sino «primero»; además, la nota al final de la tabla de materias del libro XI revelaba la distribución original ahora alterada, y las citas internas de la Res rustica , así como las referencias de otros autores a pasajes de Columela, mostraban la incoherencia en la nueva numeración de los libros. Las primeras ediciones mantuvieron todavía esa ordenación equivocada, con el Liber de arboribus inserto en la Res rustica como libro III; fue la edición veneciana de Aldo Manucio y Jucundo de Verona (1514) la que, mediante el examen a fondo de la cuestión y aportando pruebas concluyentes, restableció la auténtica distribución de los libros —la Res rustica en doce libros, y aparte el De arboribus — según la conocemos hoy. Ahora bien, en lo que se refiere al Libro de los árboles , no sólo se discute su identificación con el libro dedicado a Eprio Marcelo, sino incluso la autoría columeliana. Aldo, en su edición de 1514, se limitó a plantear la cuestión, si bien se inclina a creer que es obra de Columela, igual que Nicolás Antonio, quien recurre a la hipótesis de una doble redacción del tratado, de manera que el De arboribus sería reliquia de una primera versión, más modesta, de la Res rustica . En general, los filólogos han abundado en esta opinión, fundándose sobre todo en las citas del libro que se encuentran en Plinio y Paladio como de Columela; pero no han faltado algunas voces disonantes: ya en el siglo XVII , Caspar von Barth atribuyó el opúsculo a Gargilio Marcial 18 , un autor del siglo III cuya obra De hortis debe bastante a Columela; y en fechas más recientes, Will Richter 19 ha llegado a la conclusión de que el libro fue escrito por un abreviador anónimo del siglo II o de un momento posterior, a su juicio harto peor agrónomo y escritor que el gaditano 20 . Y si bien es cierto que Raoul Goujard, erigiéndose en el principal valedor de la autoría columeliana, ha rebatido con determinación e insistencia los argumentos de Richter 21 , hoy por hoy la cuestión no puede darse por zanjada 22 .
Un problema añadido, aunque menor, es el suscitado por el pasaje donde Casiodoro atribuye a Columela dieciséis libros sobre agricultura: Columella XVI libris per diversas agriculturae species … illabitur (Inst . I 28, 6 = Migne LXX, 1142 y siguientes). La notación de la cifra es una lección dudosa, fácilmente imputable a una confusión del copista, pudiendo leerse XIV o XIII , variantes que también se encuentran en los códices 23 . De acuerdo con la lectura elegida (XVI, XIV o XIII) , se calcula de forma distinta el número de libros que tenía la obra a que perteneció el De arboribus , así como el total de libros de Columela conocidos por Casiodoro, incluyéndose o no en el cómputo sus escritos aduersus astrologos y pro frugibus (si es que éste fue algo más que un proyecto). No reproduciré aquí los diferentes cálculos e hipótesis, posibles casi todos, pero ninguno concluyente 24 .
Contenido y estructura de la «Res rustica»
El presente es el primero de los dos volúmenes de que constará la obra de Columela en esta Biblioteca Clásica Gredos; incluye el Libro de los árboles y los libros I a V de la Res rustica (La labranza) . Falta, pues, un segundo volumen que completará la traducción de la Res rustica con los libros VI a XII. En los párrafos siguientes me referiré al contenido de la obra y a su distribución en los distintos libros. Vaya por delante que la Res rustica columeliana es, sin lugar a dudas, la obra más completa e innovadora que la Antigüedad nos ha legado en materia agronómica. Según una convención habitual en la poesía didáctica, escrita con un destinatario expreso (el Perses de Hesíodo, el Memio de Lucrecio, etc.), los doce libros de la obra mayor están dirigidos a un tal Publio Silvino, de quien nada se sabe salvo lo que en ella leemos. La ausencia de otras fuentes que aporten más datos sobre él, junto con el hecho de servir a veces como contrapunto a las tesis agronómicas del autor, movió a P. D. Carroll a sostener el carácter ficticio del personaje, que habría sido inventado por Columela para personificar ideas contrarias a las suyas 25 . La hipótesis, seductora en algunos aspectos, casa mal con determinados pasajes de la Res rustica donde la referencia a Silvino produce más bien una impresión de autenticidad, incluso cuando ejerce ese papel de contraposición a que aludíamos, como en V 1, 1-4, donde Columela justifica no haberse ocupado de ciertos aspectos de la agricultura, aunque acaba cediendo a los ruegos de su interlocutor. Si se trata de una invención funcional, sin más, no se ve la necesidad de atribuirle la propiedad de una finca concreta (III 9, 6) o de mencionarlo en compañía de otros amigos del autor que sí conocemos, Marco Trebelio, por ejemplo (V 1, 2-3), o Galión (IX 16, 2).
El libro I comienza con un largo prefacio general, de gran importancia para conocer el pensamiento de nuestro escritor, solemne y pleno de amargo entusiasmo, si así puede decirse, pues en él se funde la queja por el mal estado de la agricultura con la exposición del verdadero origen de esos males y su posible remedio. Como otros escritores latinos, Columela funda el prestigio de la agricultura en el mos maiorum y los viejos exempla , pero al mismo tiempo es evidente, en este Prefacio como en el resto de la obra, la voluntad de procurar, más allá de una economía de subsistencia, la mayor rentabilidad de los cultivos 26 . Sigue una nutrida relación de escritores griegos y latinos —más el cartaginés Magón— de agricultura, y expone luego Columela las condiciones requeridas por la hacienda en cuanto a su ubicación, la calidad del suelo y la salubridad del lugar, ocupándose también de las edificaciones que habrán de levantarse en ella. Termina el libro con instrucciones para el propietario y el capataz referentes al modo de tratar al personal servil. El segundo libro se abre, a instancias de Silvino, quien ha leído ya el primero, con una renovada refutación de la doctrina común que veía el agotamiento de la tierra como un proceso inevitable, y contra la cual Columela se había manifestado en el Prefacio general, para pasar enseguida a describir las clases de terreno y, sobre todo, pues ese es el contenido principal del libro, las labores necesarias para el cultivo de cereales y legumbres. Interesa señalar que en el códice S (Sangermanensis , siglo IX ), el de mejor nota, el libro II es titulado sementiuus , esto es, «el de la siembra» 27 , y cultivos de siembra son, en efecto, los de los cereales y las legumbres (incluidas las plantas forrajeras) que en él se exponen.
Esta denominación —liber sementiuus —, presente como título en la tradición textual más antigua, debe juzgarse en principio genuina y entenderse complementariamente y en paralelo a la que aparece encabezando el siguiente libro, el III, llamado surcularis prior en los dos códices más antiguos y en bastantes recentiores , así como en la tabla del final del libro XI. Es de imaginar que el propio Columela, o bien un copista temprano, quiso distinguir con ese adjetivo los cultivos mediante planta (plantón, injerto, esqueje = surculus) —es decir, la viticultura principalmente, pero también otros tipos de árboles y arbustos— de los del libro II, cuyo método es la siembra. El libro IV continúa la exposición de la viticultura iniciada en el libro anterior y no lleva ningún epígrafe en los manuscritos (le correspondería el de surcularis secundus); sí lo lleva, en cambio, el libro V, llamado surcularis liber tertius en los dos códices más antiguos, S y A, y en no pocos recentiores (en parte, los mismos que llamaban surcularis prior al III) 28 . Este libro empieza con un compendio de agrimensura al que sigue la referencia a la viticultura en las provincias y a la formación de la arboleda emparrada o arbustum , cultivo de la viña propio de Italia, así como a la plantación e injerto de otros árboles (olivos, frutales, cítiso). Se cierra así, con cinco libros, la parte estrictamente agrícola de la Res rustica , ya que los restantes (VI-IX) del plan inicial están dedicados a la ganadería 29 .
Recordemos que el De arboribus o Libro de los árboles figura en todos los códices conservados como liber tertius , insertado entre el sementiuus y el surcularis prior , de manera que éste (aun siendo en puridad el III) se convierte en el libro IV de la tradición manuscrita, y así los siguientes hasta el XII y último, que es el XIII de los manuscritos 30 . Se ha dicho que su contenido resume el de los libros III, IV y V, pero en realidad lo que en él encontramos es una exposición parcial del contenido de esos libros, ya que en determinados asuntos el texto corre en paralelo, llegándose en algunos puntos a una equivalencia prácticamente literal, mientras que muchos otros aspectos expuestos en ellos faltan por completo en el Libro de los árboles . Dos circunstancias (¿independientes?) hacen particularmente llamativa la relación entre el libro V de la Res rustica y el De arboribus . La primera, el sorprendente mal estado del texto en el libro V, sobre todo desde el capítulo 8 hasta el final; la segunda, el ceñido paralelismo textual, en especial a partir de V 5, 10 / árb . 18 (en esta parte el texto es prácticamente idéntico).
La parte pecuaria de la Res rustica incluye primero un par de libros, el VI y el VII, dedicados respectivamente al ganado mayor (buey, mula y caballo) y menor (oveja, cabra y cerdo, más el perro y el asno), con un prefacio común a ambos y amplias nociones de veterinaria. Los dos libros restantes, el VIII y el IX, exponen las villaticae pastiones , esto es, la cría de animales de granja, según esta distribución: gallinas, palomas, tordos, pavos, gansos y patos, más la piscicultura, se tratan en el octavo; las reservas de caza (liebres y otros animales salvajes), más la apicultura, van en el noveno. El cuadro de la economía rural parece así completo, pero al final del libro IX anuncia Columela que va a tratar la horticultura, en verso, cediendo a los ruegos de Publio Silvino y de Junio Galión, el hermano de Séneca. Y escribe el libro X, con más neta ambición literaria que los anteriores, en la estela de las Geórgicas virgilianas y del poema didáctico alejandrino 31 . Las descripciones brillantes y coloristas priman en él sobre la precisión técnica que caracteriza los libros en prosa. Por lo demás, como ha señalado René Martin, Columela deja ahora la gran explotación y pasa a describir un trozo de tierra que puede cultivar un sólo hombre y que evoca el huertecillo virgiliano primorosamente atendido por el viejo tarentino (Geórg . IV 125-146) 32 . Aquí como en alguna otra parte del tratado —aun siendo desde luego el autor más citado también en los libros en prosa— es Virgilio, si se me permite parafrasear a Saint-Denis, el espejo en que se mira nuestro Columela 33 .
Por más que al comienzo del libro X, en su prefacio en prosa, viene a decir nuestro agrónomo que ése va a ser el último libro del tratado 34 , añadirá luego el undécimo a instancias de su joven amigo Claudio Augustal, prosificando la horticultura ya expuesta en hexámetros. Pero a las labores del hortelano preceden dos largos capítulos: retoma el primero el tema, ya tratado en el libro I, de los deberes del vilicus o capataz, mientras el segundo desarrolla un calendario rústico, útil complemento para la ejecución de cuanto se ha venido explicando. Al final del libro XI, según dijimos, muchos manuscritos traen un índice por materias de los distintos libros, supuestamente añadido por el propio Columela, que parece poner fin a la obra. No es así, sin embargo, y todavía se incorpora el libro XII, el más extenso, que expone, en paralelo con el prontuario del vilicus recogido en el libro anterior, los deberes de su compañera y asociada, la vilica , junto con una larga serie de recetas para preparar toda clase de conservas caseras.
Consideración aparte merece el contenido ideológico de la obra, al que ya he aludido al referirme al Prefacio general. En este asunto es inexcusable acudir al estudio de René Martin sobre el pensamiento social y económico de los agrónomos latinos 35 , cuyas conclusiones, discutibles a veces, han sido punto de partida obligado para cualquier estudio ulterior. Las relativas a Columela (págs. 289-373) fueron refundidas por el mismo Martin en unos pocos y densos párrafos publicados después 36 , que intento a mi vez sintetizar aquí. Tras afirmar la ausencia de innovación tecnológica relevante en la obra de nuestro agrónomo, el investigador francés señala su extraordinaria significación, por el contrario, como pensador económico. Columela parte de una actitud activa que le lleva a analizar con particular lucidez la mala situación de la agricultura itálica, propugnando —contra el abandonismo que se resigna a la agrorum infecunditas como a una fatalidad inevitable— el replanteamiento racional de las formas de producción. Esta nueva visión de lo que es y puede ser la agricultura, expuesta a lo largo de la obra, y particularmente en el Prefacio general, se concreta en los puntos siguientes.
Partiendo de una perspectiva que enlaza con Virgilio y el pensamiento estoico, nuestro autor desarrolla lo que se ha dado en llamar «ideologia della terra» 37 , en virtud de la cual la agricultura debe ser considerada como la primera actividad humana por su valor ético, económico y social; desechados el ejército y el comercio como medios ilícitos de fortuna, la propiedad y explotación de la tierra aparecen como fundamento de la sociedad y el Estado. Columela rechaza la teoría de la creciente esterilidad del suelo, expuesta ya por Lucrecio: en opinión de nuestro agrónomo, la tierra no envejece, ni es cierto que un cultivo intensivo agote su capacidad generadora, sino que el problema reside en la adecuada nutrición del suelo 38 . Consecuentemente, Columela defiende con insistencia el abonado del terreno, que en su época sólo podía ser orgánico. De ahí su interés por unir agricultura y ganadería, vistas por él (VI 1) como complementarias; critica así implícitamente la práctica común entonces de trasladar el pastoreo al saltus , con lo que las tierras de labor quedaban privadas del principal medio de reconstitución. Con todo, inmerso en una sociedad y un modo de producción esclavista, Columela no cuestiona el sistema como tal, sino su funcionamiento. Propone medidas concretas para males que diagnostica sin embozo (el absentismo de los propietarios, la descuidada elección de capataces y esclavos) 39 y aconseja tratar con consideración —más por interés que por humanidad— la mano de obra servil. La escasa viabilidad de tales propuestas no impide que la suya sea una de las reflexiones más lúcidas llevadas a cabo en la Antigüedad sobre el sistema de producción esclavista. Pero su idea más original quizá sea que el propietario ha de tener la posibilidad y, sobre todo, la voluntad de «invertir», introduciendo mejoras en el proceso productivo, fundamentalmente en cuanto a la calidad de la mano de obra. Se advierte aquí de nuevo una actitud de sorprendente modernidad, que prefigura los modos capitalistas 40 . Plinio el Viejo defenderá, al contrario que Columela, el abaratamiento de los costes de producción como único medio de compensar la inevitable, al parecer, mengua de las ganancias 41 . Tales son, al hilo de la exposición de René Martin, las ideas más relevantes en la ideología social y económica de nuestro autor. Conforman un análisis detallado y penetrante de la agricultura romana, y en no pocos aspectos prefiguran directrices y conceptos de la historia económica posterior 42 .