Kitabı oku: «Periodismo y literatura»

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CORPUS BARGA FOTOGRAFIADO EN 1928

CORPUS BARGA

PERIODISMO Y LITERATURA

Selección y prólogo de

Arturo Ramoneda

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL


© Herederos de Corpus Barga

© Fundación Banco Santander, 2009

© De la introducción, Arturo Ramoneda

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-92543-89-2

ÍNDICE

1  Corpus Barga: periodismo y literatura, por Arturo RamonedaBibliografíaProcedencia de los escritos de esta ediciónNotas sobre esta edición

2  PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICASLOS PASOS CONTADOS [Selección]I. Mi familia. El mundo de mi infanciaII. Puerilidades burguesasIII. Las DeliciasIV. Los galgos verdugosVIAJESParís-Madrid. Un viaje en el año 19Un viaje en el año 30París: 1936Un viaje a la isla de PascuaEl Cuzco o la abolición de la historiaLas ciudades. El monóculo de SirioLITERATURA, ARTE, CIENCIA Y POLÍTICAVisita a Rodin, el escultorVisita a Bergson, el filósofoVenus y VulcanoLa casa de los BarojaValle-Inclán, en la más alta ocasiónValle-InclánBlasco Ibáñez y el cinematógrafoRamón en ParísLos tés de MadariagaUn aspecto de Ortega el refractarioLos últimos días de don Antonio MachadoHay contradicciónTimidez de la literatura españolaVallejo indescifradoPolítica y literaturaAzaña, Edipo presidente de la RepúblicaEl retablo de Maese FallaPichi o la creación literariaParadePicasso en Buenos Aires[París, marzo de 1943]Mallarmé y ZolaEl jardín de MonetUn discurso de MussoliniColoquio con el DuceLas elecciones alemanas o el centenario del romanticismoParadoja de lo cómicoLA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLAEl honor de su señoría¿Se inicia el fascismo español?Política española. Entre el socialismo y el fascismoLa caída de LerrouxEstudios españoles: paradoja del políticoEl fondo insobornable del pueblo españolEL EXILIOLa reconquista de la inteligencia españolaPor las nuevas generaciones españolasNARRATIVAPASIÓN Y MUERTE O MARY Y LOS ALTOS HORNOS

ARTURO RAMONEDA

CORPUS BARGA: PERIODISMO Y LITERATURA

DESPUÉS DE LA GUERRA CIVIL, el político Mariano Ansó resumió con bastante exactitud los rasgos fundamentales de la personalidad de Corpus Barga, al que conocía desde mucho antes y al que trató, hacia 1941, en Niza:

«Independientemente de sus escritos, admiraba en él su vida de revolucionario teórico, desde los lejanos tiempos de la Semana Roja de Barcelona, y sobre todo de la huelga revolucionaria de 1917. Sin adscripción especial a ningún grupo, su pluma estuvo siempre al servicio de los movimientos progresivos. Su rasgo más curioso fue su independencia de toda clase de poderes, incluso en los días propicios de la República. Otra característica de su robusta personalidad fue su elegancia espiritual, e incluso física, en medio de las situaciones más extremas.

Hubo siempre en su porte algo de aristocrático, heredado sin duda de sus mayores y del medio social en que se desenvolvió su infancia. Hombre por su edad a caballo entre los siglos XIX y XX, su anecdotario de recuerdos y convivencias con personajes de la monarquía, amigos de su padre, era riquísimo. Aún recuerdo con fruición las viejas aventuras de Alfonso XII y el duque de Sesto, referidas a él por su padre, amigo de ambos personajes. A pesar de estos antecedentes familiares tan alejados de su ideología, su vida pública, entendiendo por tal su oficio de escritor, fue una línea recta sin rodeos ni contemplaciones. Jamás que yo sepa aspiró a un cargo público ni a una prebenda, a las que con tanta facilidad se acogían otros seudorrevolucionarios decadentes.

En aquellos tiempos de Niza su compañía y su ejemplo me sirvieron de ayuda y estímulo. Dábamos largos paseos, a un tiempo, por la breve geografía de la ciudad y por el ancho campo de la historia del pasado y del presente. Imposible para mí poder fijar su verdadero emplazamiento ideológico. Demasiado culto y universal para situarle dentro del anarquismo ibérico; demasiado rectilíneo en materias políticas y de justicia social para encontrarle un acomodo en uno cualquiera de los partidos o sociedades obreras de nuestro tiempo. Tampoco puede decirse de él que fuese un francotirador en espera de cobrar pieza, como tantos otros de apariencia huraña, pero en el fondo muy domesticables. Apuntaba siempre muy alto, asemejándose mucho más su dialéctica a una filosofía de fondo que a una pragmática de circunstancias»1.

El escritor, que había nacido el 9 de junio de 1887, pronto redujo su largo nombre, Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, al de Corpus Barga, según él, por haber nacido el día del Corpus, aunque Corpus era uno de sus nombres de pila. Entonces no debió prever los quebraderos de cabeza que había de ocasionar a sus interlocutores futuros. Juan García Hortelano recordará así una visita que, con otros compañeros, le hizo en 1970:

«Hace tiempo, en peregrinación un grupo de escritores a casa de Luis Romero, donde íbamos a ser presentados a Corpus Barga, nos detuvimos, a punto de pulsar el timbre, repentinamente atenazados por un elemental problema de protocolo. ¿Cómo llamar al maestro admirado y supuestamente venerable? ¿Acaso don Corpus? Todos, como es de ley, nos resistíamos a tal apelación. Sin encontrar solución, llamamos, fuimos recibidos, presentados por Romero y convencidos de la inutilidad del tratamiento gracias a la cortesía, la inteligencia y la gracia de quien, por una vez, hacía bueno el dicho de que es el hombre su estilo»2.

De los inicios de su carrera literaria hay que destacar la atención preferente y casi exclusiva a escritores de generaciones bastante alejadas, por la edad de sus componentes, de él (Pío Baroja, Valle-Inclán, Azorín y Silverio Lanza, entre otros). Es revelador que, si exceptuamos una breve nota autocrítica, que ni se molestó en firmar, de su novela La vida rota, nunca colaborara en la revista Prometeo, que dirigía su sobrino Ramón Gómez de la Serna.

Es también notable su precocidad (en 1907 ya colabora en los prestigiosos Lunes de El Imparcial con un artículo titulado «Sobre una contradicción nietzscheana»), lo que le permitió, en uno de sus artículos, «La rebelión de un ángel»3, colocar su «hora literaria» al compás de la de Arthur Rimbaud.

A comienzos de 1904, cuando no había cumplido los diecisiete años, publica su primer libro de poemas, Cantares, del que no existen ejemplares, aunque sí disponemos de un interesante testimonio de Ramón Gómez de la Serna:

«Un día —no sabrá ni él mismo cómo— tuve en mis manos un ejemplar de su libro… ¿Cómo se llamaba aquel libro? Lo tuve en mis manos muy pocos minutos; pero recuerdo aquello como si me hubiese asomado al libro más crudo que he leído. Era interesante, disparatado, audaz. Tenía el estilo de los grandes atentadores»4.

Dos años después, en un curioso libro, Clara Babel, Corpus mezclaba relatos de temática variadísima, y de valor muy desigual, que van desde la finura poética de los titulados «El silencio del sol» y «Un musulmán arrogante» hasta un descarado tono iconoclasta, muy en la línea del que exhiben los periódicos estudiantiles y anarquistas de la época.

Corpus comienza a escribir muy pronto en la prensa republicana de entonces. Su primer artículo en El País, titulado «La soberbia del mercurio», apareció el 4 de agosto de 1906. Años después recordará: «Yo escribía en periódicos como El País, y en todos los periódicos de rebeldía que había entonces. Así empezábamos todos. Azorín me dijo un día que él había estado escribiendo un año entero en El País, sin cobrar, un artículo casi diario, y que son los mejores artículos que ha escrito, en los que ha escrito con más pasión»5. En Los pasos contados también recuerda las características de algunos de sus primeros escritos: «El radical Nakens, no anarquista, pero en España el republicano más cercano a ellos, no quiso publicar en su periódico uno que le llevé, y no por razones políticas, sino por respetabilidad moral»6.

Desde muy pronto, asiste a la tertulia del café de Levante, cuya importancia en la vida cultural española ha sido reconocida por numerosos autores. Según Julio Gómez de la Serna:

«Corpus intervenía, con sus camaradas, en la confección de las ideas más radicales, saturándose de las grandes drogas: música, literatura, política. Allí el espíritu burgués quedaba deshecho, triturado, en el fondo de los vasos de café, de las copas de alcoholes y de las pipas, llenas de carácter. Él conoce desde entonces y como nadie las mejores frases, las mejores anécdotas de los Baroja, de Azorín, de Valle-Inclan»7.

Fue precisamente en Baroja en quien Corpus buscó apoyo y aliento para sus inquietudes literarias:

«Hace días dejé en casa de Pío Baroja —recuerda en Los pasos contados— un artículo mío por si le parecía bien y quería hacerlo publicar en algún periódico. Con el artículo (¿habrá entendido mi letra, por más que me he esforzado en hacerla clara?) le dejé el librito que me ha hecho editar el abuelo [se refiere a Clara Babel] en pago de mis artículos breves que contiene, aparecidos en periódicos anarquistas».

En Desde la última vuelta del camino, Baroja confirmará estas palabras:

«Corpus Barga tendría diecisiete o dieciocho años, cuando se presentó un día en mi casa de la calle de Mendizábal hace cuarenta años. Era un joven alto y rubio, de ideas un tanto subversivas. Poco después escribió un libro de cuentos y de artículos y apareció en el café de Levante. Más tarde hizo un semanario violento, le denunciaron y se marchó a París»8.

Aunque Baroja poco pudo hacer por él, se inicia así una amistad entre ambos que se mantendrá inquebrantable a lo largo de los años, incluidos los difíciles de la guerra civil, y a pesar de diversas polémicas que mantuvieron y de mutuas y cariñosas ironías.

También inicia Corpus sus relaciones amistosas con Valle-Inclán, un escritor que, desde un primer artículo que le dedicó en 1910, ocupará un lugar preferente en su obra. «Es difícil hablar de un literato difunto —escribirá en 1936— a quien se ha conocido íntimamente en la vida»9.

Corpus, que poco antes había quedado huérfano, decide abandonar sus estudios de ingeniería de Minas en el tercer año de carrera, a pesar de su siempre ponderada facilidad para las matemáticas, con el fin de dedicarse de lleno a las actividades literarias.

En este abandono, hay un hecho que vale la pena recordar: el hundimiento del tercer depósito de las Aguas de Lozoya, entonces en construcción, en el que quedaron sepultados centenares de obreros.

Corpus comentará en Las Delicias:

«¿Te acuerdas de tu indignación —le interroga su amigo Jaime— cuando el hundimiento del tercer depósito? ¡Cómo hablabas del espanto de las mujeres desgreñadas que tomaron en Chamberí por asalto el tranvía en que ibas tú, bien desayunado con pan y manteca! […] La Guardia Civil nos abría paso a nosotros, los futuros ingenieros, que íbamos, ¡qué farsa!, a prestar los primeros auxilios con las palas y los picos de las panoplias del patio de la Escuela que nos distribuyeron los profesores. No sabíamos manejar las herramientas y no teníamos las que nos hacían falta […]. ¿Por qué al día siguiente en vez de ir a la Escuela nos fuimos a la manifestación de los Cuatro Caminos y tiramos piedras y nos dispararon?»10.

Esto explica que su familia decidiera confinarlo en su casa solariega de Belalcázar, pueblo de la sierra de Córdoba donde Corpus había pasado temporadas en su infancia (las notas que allí tomó le sirvieron para redactar su primera novela, La vida rota, que apareció en 1910 y que, reelaborada, se convertirá en Los galgos verdugos11, volumen cuarto de Los pasos contados).

Poco después, Corpus realiza un viaje a América que su hija Rafaela recordaba así (carta del 14 de agosto de 1978): «El viaje de mi padre a Buenos Aires se produjo cuando aún era menor de edad, después de la muerte de sus padres. Se escapa, trabaja en un buque, y, porque no tiene dinero, está unos días en Buenos Aires sin comer y cambia una petaca de cuero a un vendedor ambulante por unos pasteles de miel que lo ponen enfermo. Unos días más tarde lo encuentra la policía y es enviado a España por orden de su tutor».

También en esta época continúa con sus colaboraciones en la prensa. En algunas de ellas, en El Intransigente y en El Radical, parece claro su deseo de dinamitar una sociedad que le parecía sumida en una crisis más profunda y radical que la denunciada por los hombres del 98.

A mediados de 1910 visita París, donde se relaciona con diversos escritores españoles (Pío Baroja y Ramón Gómez de la Serna, entre otros), con el ruso Ilia Ehrenburg, al que ayuda a descifrar la poesía de San Juan de la Cruz, y con un hijo de Tolstoi, que era escultor y que, según Corpus, no estaba muy de acuerdo con las teorías que su padre había expuesto sobre el matrimonio y la sexualidad en La sonata a Kreutzer.

De regreso a Madrid, a mediados de 1911, Corpus pasa una temporada en Andalucía y renueva sus ataques contra el caciquismo en una conferencia que pronuncia en la Casa del Pueblo de Belalcázar.

En 1913 conoce a José Ortega y Gasset, con el que mantendrá una relación continuada hasta 1936, y al que dedicará diversos artículos. Con él y con Pío Baroja y Roberto Castrovido asistirá, el 23 de noviembre de 1913, al homenaje que se tributó a Azorín en Aranjuez, con el fin de recordar «al público literario que el escritor aguarda desde hace un año a las puertas de la Academia, sin que esta se haya todavía percatado del alto respeto y sólido entusiasmo que su obra merece».

Unos días antes, el 17, había aparecido el primer número de un semanario, Menipo, dirigido y redactado en su totalidad por Corpus (los dibujos corrieron a cargo de Tito Salmerón, hijo de Nicolás Salmerón), y en el que el personaje del cuadro de Velázquez se encargará de pasar revista a los más diversos aspectos de la vida madrileña:

«Menipo salta definitivamente del cuadro del Museo del Prado y, después de calentarse los pies con unas cuantas fuertes pisadas convenciéndose al mismo tiempo de que su cuerpo puede caminar, ha echado un trago del jarro que tiene a su vera y volviendo a embozarse en su capa, firme de figura y único de genio, se ha lanzado a la calle […]. Menipo sabe que un periódico no se hace en la Redacción por unos señores que, teniendo que ir a la Redacción, no se enteran de las cosas. Un periódico donde se va a hablar de lo que pasa en la calle tiene que hacerse en la calle también».

Sin embargo, Menipo va a tropezar pronto con la vara de la justicia y sus paseos durarán muy poco. Un artículo sobre el viaje que hizo el famoso acorazado Carlos V en diciembre de ese mismo año a México originó una denuncia del Ministerio de Marina que estuvo a punto de costarle un serio disgusto. Corpus lo evitó marchándose a París, donde fijará su residencia definitiva.

Las causas de este exilio voluntario fueron, sin embargo, mucho más complejas, según explicó en repetidas ocasiones:

«Soy, como tantos otros españoles, intelectuales y obreros, desperdigados por Europa y América, un inadaptado a la vida española, no porque lleve viviendo muchos años fuera, sino que estoy fuera desde mi juventud por haber disentido radicalmente de la vida en España. Y no únicamente del régimen político. De la vida, es decir, de la sociedad en todas sus manifestaciones. De su imaginación o literatura como de su realidad política, de la vida familiar como de la social, y sobre todo de la vida más íntima, más falsamente íntima y espiritual»12.

A partir de estas fechas, Corpus se entrega de lleno a sus tareas periodísticas, con un olvido casi absoluto de los restantes géneros literarios. Esta decisión le acarreará en el futuro diversas críticas. En opinión de Max Aub, tanto Antonio Porras como él «dieron al periodismo lo que tal vez debieron otorgar a la novela»13. José Domingo le reprocha algo parecido: «Queda todavía por hacer la valoración de su temprana labor narrativa, a la que perjudicó sin duda la falta de continuidad y la absorción de sus actividades por el periodismo y el ensayo»14.

REFLEJOS DE PARÍS

Corpus se establece definitivamente en París, donde vivirá, si descontamos sus estancias en Berlín en 1930 y en España mientras duró la República, hasta 1948.

Desde ahí empieza a colaborar en la prensa española. A un primer artículo en El País («La mujer francesa», 22 de marzo de 1914), seguirán otras series en este mismo diario («París financiero», «París devorante», «París artístico») en las que se revela su inclinación, que se plasmará más tarde en cientos de artículos, a comentar, analizar e interpretar para los españoles la realidad francesa en sus más variados aspectos.

En 1916, La Correspondencia de España, en donde ya había aparecido un artículo suyo el año anterior15, lo nombra corresponsal en el extranjero y lo destina a Viena, pero Corpus se queda en París, suponiendo, con razón, que sería esta ciudad, en breve plazo, el centro de las noticias de la guerra. En este periódico colaborará asiduamente hasta mediados del año siguiente.

Poco después, en octubre de 1917, ya está embarcado, en Madrid, en la empresa de la botadura de un nuevo diario, El Sol, cuyo primer número aparecerá el 1 de diciembre, y del que será corresponsal en París durante muchos años.

En los numerosos artículos que publicará aquí y en otros periódicos y revistas, dominan, aunque nada le es ajeno, los asuntos políticos y literarios. En muchos de ellos confluyen o se alternan la naturalidad de Baroja, el afán de precisión azoriniano, el amor a lo barroco de Valle-Inclán, los juegos metafóricos y conceptuales de Ramón Gómez de la Serna y José Bergamín y el rigor intelectual y la vocación divulgadora de Ortega y Gasset16.

Juan Ramón Jiménez, en la semblanza que le dedicó en Españoles de tres mundos, precisaba:

«Directo, con la distancia menor y rápida. Su escritura tiene el vuelo de rectas y ángulos de una libélula.

… Parece que escribe con sarmientos, con yerbas, con agua, con carbón, con hormigas, con escoria, con rocío.

En ningún escritor español encuentro correspondencia como la suya a la estética jeneral de nuestro tiempo. Sin alarde ni manifiesto es un cubista verdadero y lejítimo.

Tiene todas las características de las vanguardias, pero sin disciplina. Parece más bien un centinela avanzado, ansioso y fuerte, por los bellos paisajes de lo actual, en cuyo ocaso alegre fulgura, casi en la mano, el futuro»17.

El pintor Ramón Gaya, que lo trató en París hacia 1927, destacará su vasta cultura y su capacidad para abordar los asuntos más dispares:

«Sí, allí lo conocí. Yo le había tenido siempre gran admiración, porque mi padre, lo primero que leía, cuando llegaba El Sol, era la columna de Corpus Barga, que era corresponsal en París. Cada día enviaba una prosa espléndida sobre algo muy vivo, muy inmediato. Hablaba, por ejemplo, de una exposición de Braque, y al día siguiente sobre unas máquinas de escribir que habían aparecido; sobre mil cosas, y siempre era una maravilla»18.

En noviembre de 1918, Corpus viaja a Bruselas para presenciar la entrada del rey Alberto al frente de sus tropas, después de la retirada de los alemanes. Un mes después, cuando la recuperación de la Alsacia y de la Lorena por los franceses, acude a Estrasburgo, con otros compañeros de diferentes diarios. Alberto Insúa, que nunca mostró excesiva simpatía por él, lo recuerda así:

«Por allí andaba, con gesto desdeñoso, Corpus Barga, el corresponsal de El Sol, que no había hecho más que fumar, sin beber una gota, porque —declaró— no tengo el fetichismo del champaña. Pues yo sí, y me gustaba el fetiche»19.

A finales de junio de 1919, con motivo de la firma del Tratado de Versalles, que ponía fin a la Primera Guerra Mundial, la Asociación de la Prensa de París decidió enviar por los aires un saludo de paz a las Asociaciones de la Prensa de otras capitales europeas. El mensajero había de ser un corresponsal en París del país al que se dirigía el mensaje. Los elegidos para venir a España fueron el teniente B. de Romaner, que pertenecía a una de las célebres escuadrillas francesas conocidas como «Las Cigüeñas», y Corpus Barga.

El recibimiento que se les tributó fue apoteósico y las recepciones y homenajes en Madrid menudearon. En el banquete que se celebró en su honor en el hotel Ritz, se aludió, en la mayor parte de los discursos que se sucedieron, a la trascendencia de ese viaje para la futura amistad hispano francesa y se exaltó la unión de las dos grandes fuerzas del siglo XX: la aviación y la prensa.

Corpus Barga dejará un valioso testimonio de esta aventura en varias crónicas publicadas en el diario El Sol en julio de ese mismo año, que serían recogidas más tarde por Juan Ramón Jiménez en un volumen (París-Madrid. Un viaje en el año 19). El 27 de julio, el poeta le escribía:

«Mi querido Corpus: varios amigos de usted y míos [esos amigos eran Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, José Moreno Villa, Enrique Díez-Canedo y Justo Gómez Ocerín], y yo, hemos pensado editarle, en un bello tomito, su Viaje […]. Se trata, como usted sabe, de demostrar a usted así —y contra algo indefinido— nuestra admiración y conformidad»20.

La edición iba precedida de dos cartas del autor: una a Enrique Díez-Canedo y otra «a los editores benévolos de este librito». En esta última, Corpus echaba mano, una vez más, del tópico referido al «rebelde, mezquino idioma», siempre reacio a dejarse doblegar e insuficiente para expresar emociones complejas y nuevas.

Sin embargo, Corpus tuvo que sentirse bastante satisfecho de estas crónicas. Prueba de ello es que dieciséis años más tarde vuelve a reproducirlas, aunque con algunas variantes, en La Nación de Buenos Aires21.

En estos años también colabora en otras publicaciones españolas y extranjeras. Su firma aparece con frecuencia en la revista España, fundada en 1915, y que ejerció notable influencia sobre los medios intelectuales ibéricos, y en la revista gráfica Nuevo Mundo, casi siempre en artículos sobre aspectos de la vida parisiense. En 1921, Juan Ramón Jiménez le pide, lo mismo que a Unamuno, a Ramón Pérez de Ayala y a otros escritores, su cooperación para la que será su revista Índice (Corpus escribió en tres de los cuatro números que salieron). Mayor trascendencia tendrán sus colaboraciones en la Revista de Occidente, desde la primera entrega (julio de 1923). Su firma aparece también en los primeros números de La Gaceta Literaria, en artículos, generalmente, sobre acontecimientos teatrales. Ernesto Giménez Caballero, el director de esta publicación, en la conferencia que dio el 17 de abril de 1928 en Ediciones Inchausti, de Madrid, con motivo de una Exposición de Carteles Literarios, incluyó a Corpus en la «verdadera lista, estrecha y relativamente completa, de los jóvenes nuevos, en la que no entran los falsificadores sino en mínimas influencias».

En 1929 comienza a escribir para La Nación de Buenos Aires y a ocuparse de las colaboraciones francesas, tan importantes siempre en este diario.

Desde sus primeros tiempos en París, Corpus se relaciona con algunos de los más importantes artistas y escritores del momento: Pedro Salinas, al que conoció en diciembre de 1914, Picasso, Maiakovski, Cocteau, Eric Satie, Kerensky, Zuloaga, Joan Miró, Diego Rivera, Mateo Hernández, Colette, Fabián de Castro, Thomas Mann y Modigliani, entre otros muchos (Ilia Ehrenburg, en Gente, años, vida22, lo recuerda entre los asiduos del famoso Café de la Rotonde).

También, durante la Primera Guerra Mundial entrevistó, para la revista España, a diversos personajes (Rodin, Bergson, Morel-Fatio, Léon Bonnat, etc.) que pudieran contribuir a inclinar la balanza española del lado de los aliados. Además, en esa época actúa de ejemplar anfitrión o acompañante de españoles —Valle-Inclán, Pío Baroja, Cipriano de Rivas Cherif, Azaña, Unamuno, Blasco-Ibáñez, Salvador de Madariaga, E. Díez-Canedo, Ramón Gómez de la Serna y José Gutiérrez Solana— que pasan por la capital francesa.

En 1934, a propósito de una estancia de Luigi Sturzo en Madrid, Corpus comentaba:

«Por deber profesional he contemplado en alguna hora de su triunfo a los tribunos más populares de nuestra época; a Jaurés, que parecía un vaciado de escultura más que un hombre de carne y hueso; a Guesde, con su bien cortada careta de apóstol; al simpático Marcel Sembat, a quien su mujer no pudo sobrevivir y que era tan querido de los obreros de París porque era tan parisiense como ellos; a Snowden, que se hace el antipático; a Trotski, el severo; a Mussolini, que siempre ha hablado desde su pedestal; a Hitler, a Goebbels, los ultrademagogos; y a los viejos tribunos españoles, a aquel Salmerón, pluscuamperfecto, más aplaudido cuanto menos se le comprendía. Ninguno de estos actores de vida pública ha podido tener jamás en el mitin un éxito mayor que el del abate siciliano [se refiere a Luigi Sturzo] cuando hablaba de la transformación social a la muchedumbre no ya italiana, napolitana, del año 20, fanatizada por la guerra y la revolución»23.

Corpus abandona en estos años con frecuencia París para realizar viajes a otros lugares. De ellos podríamos destacar sus paseos por Bretaña en 1923, por Alemania en 1927, por Holanda en 1929, y, sobre todo, sus dos estancias en Italia en 1920 y 192524.

Más frecuentes fueron sus visitas a nuestro país. «En ninguna parte del mundo donde he vivido me he sentido desterrado —recordará años más tarde—. Mi mujer es francesa, mis hijos también; tengo un nieto norteamericano y otros dos nietos y dos biznietos peruanos. Pero nunca he dejado de sentirme español. Todos los años iba a España y viajaba por España. La conozco casi toda. Sé, por ejemplo, que la mejor entrada es la antigua de los ingleses. Por Algeciras. La carretera de Algeciras a Málaga es la más bella de Europa»25.

En los numerosos artículos que originaron estos viajes pasará revista a diversos aspectos de la vida española y se detendrá, con particular delectación, en las transformaciones que observa en la capital de España26.

También, en estas escapadas, vuelve a frecuentar a los escritores de generaciones pasadas, inicia su amistad con los más jóvenes y asiste a veces a las tertulias de Pombo, de la Revista de Occidente y de la Cervecería La Española.

El 21 de marzo de 1929 pronuncia una conferencia con motivo de la exposición de pinturas y esculturas de españoles residentes en París, instalada en el Jardín Botánico de Madrid. Ese mismo año, como culminación de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, firma el manifiesto que un grupo de intelectuales dirige a Ortega y Gasset, «un hombre de excepcional mentalidad, pulcra historia, sin contaminaciones, con ningún pasado político y eficaz ideología porvenirista».

Su obra literaria es muy reducida en estos años. En 1920 trabajaba en dos libros, uno de poemas (Ofrenda a Santiago) y otro de relatos (La rosa de los cuentos), que no llegó a publicar, y de los que dio a conocer sendas muestras en la revista España (el poema «La mujer del camino» y el relato «La crueldad de los dioses»). También en esta época tradujo una novela de Léon Werth (Ivona y su amante) y el Orfeo de Cocteau.

En 1930 aparecen en un volumen dos interesantes relatos que había publicado años atrás en la Revista de Occidente. Apocalipsis en 1923 (julio-septiembre) y Pasión y muerte o Mary y los Altos Hornos en 1926 (XI, enero-marzo).

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