Kitabı oku: «Periodismo y literatura»

CORPUS BARGA FOTOGRAFIADO EN 1928
CORPUS BARGA
PERIODISMO Y LITERATURA
Selección y prólogo de
Arturo Ramoneda
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL

© Herederos de Corpus Barga
© Fundación Banco Santander, 2009
© De la introducción, Arturo Ramoneda
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ISBN: 978-84-92543-89-2
ÍNDICE
1 Corpus Barga: periodismo y literatura, por Arturo RamonedaBibliografíaProcedencia de los escritos de esta ediciónNotas sobre esta edición
2 PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICASLOS PASOS CONTADOS [Selección]I. Mi familia. El mundo de mi infanciaII. Puerilidades burguesasIII. Las DeliciasIV. Los galgos verdugosVIAJESParís-Madrid. Un viaje en el año 19Un viaje en el año 30París: 1936Un viaje a la isla de PascuaEl Cuzco o la abolición de la historiaLas ciudades. El monóculo de SirioLITERATURA, ARTE, CIENCIA Y POLÍTICAVisita a Rodin, el escultorVisita a Bergson, el filósofoVenus y VulcanoLa casa de los BarojaValle-Inclán, en la más alta ocasiónValle-InclánBlasco Ibáñez y el cinematógrafoRamón en ParísLos tés de MadariagaUn aspecto de Ortega el refractarioLos últimos días de don Antonio MachadoHay contradicciónTimidez de la literatura españolaVallejo indescifradoPolítica y literaturaAzaña, Edipo presidente de la RepúblicaEl retablo de Maese FallaPichi o la creación literariaParadePicasso en Buenos Aires[París, marzo de 1943]Mallarmé y ZolaEl jardín de MonetUn discurso de MussoliniColoquio con el DuceLas elecciones alemanas o el centenario del romanticismoParadoja de lo cómicoLA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLAEl honor de su señoría¿Se inicia el fascismo español?Política española. Entre el socialismo y el fascismoLa caída de LerrouxEstudios españoles: paradoja del políticoEl fondo insobornable del pueblo españolEL EXILIOLa reconquista de la inteligencia españolaPor las nuevas generaciones españolasNARRATIVAPASIÓN Y MUERTE O MARY Y LOS ALTOS HORNOS
ARTURO RAMONEDA
CORPUS BARGA: PERIODISMO Y LITERATURA
DESPUÉS DE LA GUERRA CIVIL, el político Mariano Ansó resumió con bastante exactitud los rasgos fundamentales de la personalidad de Corpus Barga, al que conocía desde mucho antes y al que trató, hacia 1941, en Niza:
«Independientemente de sus escritos, admiraba en él su vida de revolucionario teórico, desde los lejanos tiempos de la Semana Roja de Barcelona, y sobre todo de la huelga revolucionaria de 1917. Sin adscripción especial a ningún grupo, su pluma estuvo siempre al servicio de los movimientos progresivos. Su rasgo más curioso fue su independencia de toda clase de poderes, incluso en los días propicios de la República. Otra característica de su robusta personalidad fue su elegancia espiritual, e incluso física, en medio de las situaciones más extremas.
Hubo siempre en su porte algo de aristocrático, heredado sin duda de sus mayores y del medio social en que se desenvolvió su infancia. Hombre por su edad a caballo entre los siglos XIX y XX, su anecdotario de recuerdos y convivencias con personajes de la monarquía, amigos de su padre, era riquísimo. Aún recuerdo con fruición las viejas aventuras de Alfonso XII y el duque de Sesto, referidas a él por su padre, amigo de ambos personajes. A pesar de estos antecedentes familiares tan alejados de su ideología, su vida pública, entendiendo por tal su oficio de escritor, fue una línea recta sin rodeos ni contemplaciones. Jamás que yo sepa aspiró a un cargo público ni a una prebenda, a las que con tanta facilidad se acogían otros seudorrevolucionarios decadentes.
En aquellos tiempos de Niza su compañía y su ejemplo me sirvieron de ayuda y estímulo. Dábamos largos paseos, a un tiempo, por la breve geografía de la ciudad y por el ancho campo de la historia del pasado y del presente. Imposible para mí poder fijar su verdadero emplazamiento ideológico. Demasiado culto y universal para situarle dentro del anarquismo ibérico; demasiado rectilíneo en materias políticas y de justicia social para encontrarle un acomodo en uno cualquiera de los partidos o sociedades obreras de nuestro tiempo. Tampoco puede decirse de él que fuese un francotirador en espera de cobrar pieza, como tantos otros de apariencia huraña, pero en el fondo muy domesticables. Apuntaba siempre muy alto, asemejándose mucho más su dialéctica a una filosofía de fondo que a una pragmática de circunstancias»1.
El escritor, que había nacido el 9 de junio de 1887, pronto redujo su largo nombre, Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, al de Corpus Barga, según él, por haber nacido el día del Corpus, aunque Corpus era uno de sus nombres de pila. Entonces no debió prever los quebraderos de cabeza que había de ocasionar a sus interlocutores futuros. Juan García Hortelano recordará así una visita que, con otros compañeros, le hizo en 1970:
«Hace tiempo, en peregrinación un grupo de escritores a casa de Luis Romero, donde íbamos a ser presentados a Corpus Barga, nos detuvimos, a punto de pulsar el timbre, repentinamente atenazados por un elemental problema de protocolo. ¿Cómo llamar al maestro admirado y supuestamente venerable? ¿Acaso don Corpus? Todos, como es de ley, nos resistíamos a tal apelación. Sin encontrar solución, llamamos, fuimos recibidos, presentados por Romero y convencidos de la inutilidad del tratamiento gracias a la cortesía, la inteligencia y la gracia de quien, por una vez, hacía bueno el dicho de que es el hombre su estilo»2.
De los inicios de su carrera literaria hay que destacar la atención preferente y casi exclusiva a escritores de generaciones bastante alejadas, por la edad de sus componentes, de él (Pío Baroja, Valle-Inclán, Azorín y Silverio Lanza, entre otros). Es revelador que, si exceptuamos una breve nota autocrítica, que ni se molestó en firmar, de su novela La vida rota, nunca colaborara en la revista Prometeo, que dirigía su sobrino Ramón Gómez de la Serna.
Es también notable su precocidad (en 1907 ya colabora en los prestigiosos Lunes de El Imparcial con un artículo titulado «Sobre una contradicción nietzscheana»), lo que le permitió, en uno de sus artículos, «La rebelión de un ángel»3, colocar su «hora literaria» al compás de la de Arthur Rimbaud.
A comienzos de 1904, cuando no había cumplido los diecisiete años, publica su primer libro de poemas, Cantares, del que no existen ejemplares, aunque sí disponemos de un interesante testimonio de Ramón Gómez de la Serna:
«Un día —no sabrá ni él mismo cómo— tuve en mis manos un ejemplar de su libro… ¿Cómo se llamaba aquel libro? Lo tuve en mis manos muy pocos minutos; pero recuerdo aquello como si me hubiese asomado al libro más crudo que he leído. Era interesante, disparatado, audaz. Tenía el estilo de los grandes atentadores»4.
Dos años después, en un curioso libro, Clara Babel, Corpus mezclaba relatos de temática variadísima, y de valor muy desigual, que van desde la finura poética de los titulados «El silencio del sol» y «Un musulmán arrogante» hasta un descarado tono iconoclasta, muy en la línea del que exhiben los periódicos estudiantiles y anarquistas de la época.
Corpus comienza a escribir muy pronto en la prensa republicana de entonces. Su primer artículo en El País, titulado «La soberbia del mercurio», apareció el 4 de agosto de 1906. Años después recordará: «Yo escribía en periódicos como El País, y en todos los periódicos de rebeldía que había entonces. Así empezábamos todos. Azorín me dijo un día que él había estado escribiendo un año entero en El País, sin cobrar, un artículo casi diario, y que son los mejores artículos que ha escrito, en los que ha escrito con más pasión»5. En Los pasos contados también recuerda las características de algunos de sus primeros escritos: «El radical Nakens, no anarquista, pero en España el republicano más cercano a ellos, no quiso publicar en su periódico uno que le llevé, y no por razones políticas, sino por respetabilidad moral»6.
Desde muy pronto, asiste a la tertulia del café de Levante, cuya importancia en la vida cultural española ha sido reconocida por numerosos autores. Según Julio Gómez de la Serna:
«Corpus intervenía, con sus camaradas, en la confección de las ideas más radicales, saturándose de las grandes drogas: música, literatura, política. Allí el espíritu burgués quedaba deshecho, triturado, en el fondo de los vasos de café, de las copas de alcoholes y de las pipas, llenas de carácter. Él conoce desde entonces y como nadie las mejores frases, las mejores anécdotas de los Baroja, de Azorín, de Valle-Inclan»7.
Fue precisamente en Baroja en quien Corpus buscó apoyo y aliento para sus inquietudes literarias:
«Hace días dejé en casa de Pío Baroja —recuerda en Los pasos contados— un artículo mío por si le parecía bien y quería hacerlo publicar en algún periódico. Con el artículo (¿habrá entendido mi letra, por más que me he esforzado en hacerla clara?) le dejé el librito que me ha hecho editar el abuelo [se refiere a Clara Babel] en pago de mis artículos breves que contiene, aparecidos en periódicos anarquistas».
En Desde la última vuelta del camino, Baroja confirmará estas palabras:
«Corpus Barga tendría diecisiete o dieciocho años, cuando se presentó un día en mi casa de la calle de Mendizábal hace cuarenta años. Era un joven alto y rubio, de ideas un tanto subversivas. Poco después escribió un libro de cuentos y de artículos y apareció en el café de Levante. Más tarde hizo un semanario violento, le denunciaron y se marchó a París»8.
Aunque Baroja poco pudo hacer por él, se inicia así una amistad entre ambos que se mantendrá inquebrantable a lo largo de los años, incluidos los difíciles de la guerra civil, y a pesar de diversas polémicas que mantuvieron y de mutuas y cariñosas ironías.
También inicia Corpus sus relaciones amistosas con Valle-Inclán, un escritor que, desde un primer artículo que le dedicó en 1910, ocupará un lugar preferente en su obra. «Es difícil hablar de un literato difunto —escribirá en 1936— a quien se ha conocido íntimamente en la vida»9.
Corpus, que poco antes había quedado huérfano, decide abandonar sus estudios de ingeniería de Minas en el tercer año de carrera, a pesar de su siempre ponderada facilidad para las matemáticas, con el fin de dedicarse de lleno a las actividades literarias.
En este abandono, hay un hecho que vale la pena recordar: el hundimiento del tercer depósito de las Aguas de Lozoya, entonces en construcción, en el que quedaron sepultados centenares de obreros.
Corpus comentará en Las Delicias:
«¿Te acuerdas de tu indignación —le interroga su amigo Jaime— cuando el hundimiento del tercer depósito? ¡Cómo hablabas del espanto de las mujeres desgreñadas que tomaron en Chamberí por asalto el tranvía en que ibas tú, bien desayunado con pan y manteca! […] La Guardia Civil nos abría paso a nosotros, los futuros ingenieros, que íbamos, ¡qué farsa!, a prestar los primeros auxilios con las palas y los picos de las panoplias del patio de la Escuela que nos distribuyeron los profesores. No sabíamos manejar las herramientas y no teníamos las que nos hacían falta […]. ¿Por qué al día siguiente en vez de ir a la Escuela nos fuimos a la manifestación de los Cuatro Caminos y tiramos piedras y nos dispararon?»10.
Esto explica que su familia decidiera confinarlo en su casa solariega de Belalcázar, pueblo de la sierra de Córdoba donde Corpus había pasado temporadas en su infancia (las notas que allí tomó le sirvieron para redactar su primera novela, La vida rota, que apareció en 1910 y que, reelaborada, se convertirá en Los galgos verdugos11, volumen cuarto de Los pasos contados).
Poco después, Corpus realiza un viaje a América que su hija Rafaela recordaba así (carta del 14 de agosto de 1978): «El viaje de mi padre a Buenos Aires se produjo cuando aún era menor de edad, después de la muerte de sus padres. Se escapa, trabaja en un buque, y, porque no tiene dinero, está unos días en Buenos Aires sin comer y cambia una petaca de cuero a un vendedor ambulante por unos pasteles de miel que lo ponen enfermo. Unos días más tarde lo encuentra la policía y es enviado a España por orden de su tutor».
También en esta época continúa con sus colaboraciones en la prensa. En algunas de ellas, en El Intransigente y en El Radical, parece claro su deseo de dinamitar una sociedad que le parecía sumida en una crisis más profunda y radical que la denunciada por los hombres del 98.
A mediados de 1910 visita París, donde se relaciona con diversos escritores españoles (Pío Baroja y Ramón Gómez de la Serna, entre otros), con el ruso Ilia Ehrenburg, al que ayuda a descifrar la poesía de San Juan de la Cruz, y con un hijo de Tolstoi, que era escultor y que, según Corpus, no estaba muy de acuerdo con las teorías que su padre había expuesto sobre el matrimonio y la sexualidad en La sonata a Kreutzer.
De regreso a Madrid, a mediados de 1911, Corpus pasa una temporada en Andalucía y renueva sus ataques contra el caciquismo en una conferencia que pronuncia en la Casa del Pueblo de Belalcázar.
En 1913 conoce a José Ortega y Gasset, con el que mantendrá una relación continuada hasta 1936, y al que dedicará diversos artículos. Con él y con Pío Baroja y Roberto Castrovido asistirá, el 23 de noviembre de 1913, al homenaje que se tributó a Azorín en Aranjuez, con el fin de recordar «al público literario que el escritor aguarda desde hace un año a las puertas de la Academia, sin que esta se haya todavía percatado del alto respeto y sólido entusiasmo que su obra merece».
Unos días antes, el 17, había aparecido el primer número de un semanario, Menipo, dirigido y redactado en su totalidad por Corpus (los dibujos corrieron a cargo de Tito Salmerón, hijo de Nicolás Salmerón), y en el que el personaje del cuadro de Velázquez se encargará de pasar revista a los más diversos aspectos de la vida madrileña:
«Menipo salta definitivamente del cuadro del Museo del Prado y, después de calentarse los pies con unas cuantas fuertes pisadas convenciéndose al mismo tiempo de que su cuerpo puede caminar, ha echado un trago del jarro que tiene a su vera y volviendo a embozarse en su capa, firme de figura y único de genio, se ha lanzado a la calle […]. Menipo sabe que un periódico no se hace en la Redacción por unos señores que, teniendo que ir a la Redacción, no se enteran de las cosas. Un periódico donde se va a hablar de lo que pasa en la calle tiene que hacerse en la calle también».
Sin embargo, Menipo va a tropezar pronto con la vara de la justicia y sus paseos durarán muy poco. Un artículo sobre el viaje que hizo el famoso acorazado Carlos V en diciembre de ese mismo año a México originó una denuncia del Ministerio de Marina que estuvo a punto de costarle un serio disgusto. Corpus lo evitó marchándose a París, donde fijará su residencia definitiva.
Las causas de este exilio voluntario fueron, sin embargo, mucho más complejas, según explicó en repetidas ocasiones:
«Soy, como tantos otros españoles, intelectuales y obreros, desperdigados por Europa y América, un inadaptado a la vida española, no porque lleve viviendo muchos años fuera, sino que estoy fuera desde mi juventud por haber disentido radicalmente de la vida en España. Y no únicamente del régimen político. De la vida, es decir, de la sociedad en todas sus manifestaciones. De su imaginación o literatura como de su realidad política, de la vida familiar como de la social, y sobre todo de la vida más íntima, más falsamente íntima y espiritual»12.
A partir de estas fechas, Corpus se entrega de lleno a sus tareas periodísticas, con un olvido casi absoluto de los restantes géneros literarios. Esta decisión le acarreará en el futuro diversas críticas. En opinión de Max Aub, tanto Antonio Porras como él «dieron al periodismo lo que tal vez debieron otorgar a la novela»13. José Domingo le reprocha algo parecido: «Queda todavía por hacer la valoración de su temprana labor narrativa, a la que perjudicó sin duda la falta de continuidad y la absorción de sus actividades por el periodismo y el ensayo»14.
REFLEJOS DE PARÍS
Corpus se establece definitivamente en París, donde vivirá, si descontamos sus estancias en Berlín en 1930 y en España mientras duró la República, hasta 1948.
Desde ahí empieza a colaborar en la prensa española. A un primer artículo en El País («La mujer francesa», 22 de marzo de 1914), seguirán otras series en este mismo diario («París financiero», «París devorante», «París artístico») en las que se revela su inclinación, que se plasmará más tarde en cientos de artículos, a comentar, analizar e interpretar para los españoles la realidad francesa en sus más variados aspectos.
En 1916, La Correspondencia de España, en donde ya había aparecido un artículo suyo el año anterior15, lo nombra corresponsal en el extranjero y lo destina a Viena, pero Corpus se queda en París, suponiendo, con razón, que sería esta ciudad, en breve plazo, el centro de las noticias de la guerra. En este periódico colaborará asiduamente hasta mediados del año siguiente.
Poco después, en octubre de 1917, ya está embarcado, en Madrid, en la empresa de la botadura de un nuevo diario, El Sol, cuyo primer número aparecerá el 1 de diciembre, y del que será corresponsal en París durante muchos años.
En los numerosos artículos que publicará aquí y en otros periódicos y revistas, dominan, aunque nada le es ajeno, los asuntos políticos y literarios. En muchos de ellos confluyen o se alternan la naturalidad de Baroja, el afán de precisión azoriniano, el amor a lo barroco de Valle-Inclán, los juegos metafóricos y conceptuales de Ramón Gómez de la Serna y José Bergamín y el rigor intelectual y la vocación divulgadora de Ortega y Gasset16.
Juan Ramón Jiménez, en la semblanza que le dedicó en Españoles de tres mundos, precisaba:
«Directo, con la distancia menor y rápida. Su escritura tiene el vuelo de rectas y ángulos de una libélula.
… Parece que escribe con sarmientos, con yerbas, con agua, con carbón, con hormigas, con escoria, con rocío.
En ningún escritor español encuentro correspondencia como la suya a la estética jeneral de nuestro tiempo. Sin alarde ni manifiesto es un cubista verdadero y lejítimo.
Tiene todas las características de las vanguardias, pero sin disciplina. Parece más bien un centinela avanzado, ansioso y fuerte, por los bellos paisajes de lo actual, en cuyo ocaso alegre fulgura, casi en la mano, el futuro»17.
El pintor Ramón Gaya, que lo trató en París hacia 1927, destacará su vasta cultura y su capacidad para abordar los asuntos más dispares:
«Sí, allí lo conocí. Yo le había tenido siempre gran admiración, porque mi padre, lo primero que leía, cuando llegaba El Sol, era la columna de Corpus Barga, que era corresponsal en París. Cada día enviaba una prosa espléndida sobre algo muy vivo, muy inmediato. Hablaba, por ejemplo, de una exposición de Braque, y al día siguiente sobre unas máquinas de escribir que habían aparecido; sobre mil cosas, y siempre era una maravilla»18.
En noviembre de 1918, Corpus viaja a Bruselas para presenciar la entrada del rey Alberto al frente de sus tropas, después de la retirada de los alemanes. Un mes después, cuando la recuperación de la Alsacia y de la Lorena por los franceses, acude a Estrasburgo, con otros compañeros de diferentes diarios. Alberto Insúa, que nunca mostró excesiva simpatía por él, lo recuerda así:
«Por allí andaba, con gesto desdeñoso, Corpus Barga, el corresponsal de El Sol, que no había hecho más que fumar, sin beber una gota, porque —declaró— no tengo el fetichismo del champaña. Pues yo sí, y me gustaba el fetiche»19.
A finales de junio de 1919, con motivo de la firma del Tratado de Versalles, que ponía fin a la Primera Guerra Mundial, la Asociación de la Prensa de París decidió enviar por los aires un saludo de paz a las Asociaciones de la Prensa de otras capitales europeas. El mensajero había de ser un corresponsal en París del país al que se dirigía el mensaje. Los elegidos para venir a España fueron el teniente B. de Romaner, que pertenecía a una de las célebres escuadrillas francesas conocidas como «Las Cigüeñas», y Corpus Barga.
El recibimiento que se les tributó fue apoteósico y las recepciones y homenajes en Madrid menudearon. En el banquete que se celebró en su honor en el hotel Ritz, se aludió, en la mayor parte de los discursos que se sucedieron, a la trascendencia de ese viaje para la futura amistad hispano francesa y se exaltó la unión de las dos grandes fuerzas del siglo XX: la aviación y la prensa.
Corpus Barga dejará un valioso testimonio de esta aventura en varias crónicas publicadas en el diario El Sol en julio de ese mismo año, que serían recogidas más tarde por Juan Ramón Jiménez en un volumen (París-Madrid. Un viaje en el año 19). El 27 de julio, el poeta le escribía:
«Mi querido Corpus: varios amigos de usted y míos [esos amigos eran Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, José Moreno Villa, Enrique Díez-Canedo y Justo Gómez Ocerín], y yo, hemos pensado editarle, en un bello tomito, su Viaje […]. Se trata, como usted sabe, de demostrar a usted así —y contra algo indefinido— nuestra admiración y conformidad»20.
La edición iba precedida de dos cartas del autor: una a Enrique Díez-Canedo y otra «a los editores benévolos de este librito». En esta última, Corpus echaba mano, una vez más, del tópico referido al «rebelde, mezquino idioma», siempre reacio a dejarse doblegar e insuficiente para expresar emociones complejas y nuevas.
Sin embargo, Corpus tuvo que sentirse bastante satisfecho de estas crónicas. Prueba de ello es que dieciséis años más tarde vuelve a reproducirlas, aunque con algunas variantes, en La Nación de Buenos Aires21.
En estos años también colabora en otras publicaciones españolas y extranjeras. Su firma aparece con frecuencia en la revista España, fundada en 1915, y que ejerció notable influencia sobre los medios intelectuales ibéricos, y en la revista gráfica Nuevo Mundo, casi siempre en artículos sobre aspectos de la vida parisiense. En 1921, Juan Ramón Jiménez le pide, lo mismo que a Unamuno, a Ramón Pérez de Ayala y a otros escritores, su cooperación para la que será su revista Índice (Corpus escribió en tres de los cuatro números que salieron). Mayor trascendencia tendrán sus colaboraciones en la Revista de Occidente, desde la primera entrega (julio de 1923). Su firma aparece también en los primeros números de La Gaceta Literaria, en artículos, generalmente, sobre acontecimientos teatrales. Ernesto Giménez Caballero, el director de esta publicación, en la conferencia que dio el 17 de abril de 1928 en Ediciones Inchausti, de Madrid, con motivo de una Exposición de Carteles Literarios, incluyó a Corpus en la «verdadera lista, estrecha y relativamente completa, de los jóvenes nuevos, en la que no entran los falsificadores sino en mínimas influencias».
En 1929 comienza a escribir para La Nación de Buenos Aires y a ocuparse de las colaboraciones francesas, tan importantes siempre en este diario.
Desde sus primeros tiempos en París, Corpus se relaciona con algunos de los más importantes artistas y escritores del momento: Pedro Salinas, al que conoció en diciembre de 1914, Picasso, Maiakovski, Cocteau, Eric Satie, Kerensky, Zuloaga, Joan Miró, Diego Rivera, Mateo Hernández, Colette, Fabián de Castro, Thomas Mann y Modigliani, entre otros muchos (Ilia Ehrenburg, en Gente, años, vida22, lo recuerda entre los asiduos del famoso Café de la Rotonde).
También, durante la Primera Guerra Mundial entrevistó, para la revista España, a diversos personajes (Rodin, Bergson, Morel-Fatio, Léon Bonnat, etc.) que pudieran contribuir a inclinar la balanza española del lado de los aliados. Además, en esa época actúa de ejemplar anfitrión o acompañante de españoles —Valle-Inclán, Pío Baroja, Cipriano de Rivas Cherif, Azaña, Unamuno, Blasco-Ibáñez, Salvador de Madariaga, E. Díez-Canedo, Ramón Gómez de la Serna y José Gutiérrez Solana— que pasan por la capital francesa.
En 1934, a propósito de una estancia de Luigi Sturzo en Madrid, Corpus comentaba:
«Por deber profesional he contemplado en alguna hora de su triunfo a los tribunos más populares de nuestra época; a Jaurés, que parecía un vaciado de escultura más que un hombre de carne y hueso; a Guesde, con su bien cortada careta de apóstol; al simpático Marcel Sembat, a quien su mujer no pudo sobrevivir y que era tan querido de los obreros de París porque era tan parisiense como ellos; a Snowden, que se hace el antipático; a Trotski, el severo; a Mussolini, que siempre ha hablado desde su pedestal; a Hitler, a Goebbels, los ultrademagogos; y a los viejos tribunos españoles, a aquel Salmerón, pluscuamperfecto, más aplaudido cuanto menos se le comprendía. Ninguno de estos actores de vida pública ha podido tener jamás en el mitin un éxito mayor que el del abate siciliano [se refiere a Luigi Sturzo] cuando hablaba de la transformación social a la muchedumbre no ya italiana, napolitana, del año 20, fanatizada por la guerra y la revolución»23.
Corpus abandona en estos años con frecuencia París para realizar viajes a otros lugares. De ellos podríamos destacar sus paseos por Bretaña en 1923, por Alemania en 1927, por Holanda en 1929, y, sobre todo, sus dos estancias en Italia en 1920 y 192524.
Más frecuentes fueron sus visitas a nuestro país. «En ninguna parte del mundo donde he vivido me he sentido desterrado —recordará años más tarde—. Mi mujer es francesa, mis hijos también; tengo un nieto norteamericano y otros dos nietos y dos biznietos peruanos. Pero nunca he dejado de sentirme español. Todos los años iba a España y viajaba por España. La conozco casi toda. Sé, por ejemplo, que la mejor entrada es la antigua de los ingleses. Por Algeciras. La carretera de Algeciras a Málaga es la más bella de Europa»25.
En los numerosos artículos que originaron estos viajes pasará revista a diversos aspectos de la vida española y se detendrá, con particular delectación, en las transformaciones que observa en la capital de España26.
También, en estas escapadas, vuelve a frecuentar a los escritores de generaciones pasadas, inicia su amistad con los más jóvenes y asiste a veces a las tertulias de Pombo, de la Revista de Occidente y de la Cervecería La Española.
El 21 de marzo de 1929 pronuncia una conferencia con motivo de la exposición de pinturas y esculturas de españoles residentes en París, instalada en el Jardín Botánico de Madrid. Ese mismo año, como culminación de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, firma el manifiesto que un grupo de intelectuales dirige a Ortega y Gasset, «un hombre de excepcional mentalidad, pulcra historia, sin contaminaciones, con ningún pasado político y eficaz ideología porvenirista».
Su obra literaria es muy reducida en estos años. En 1920 trabajaba en dos libros, uno de poemas (Ofrenda a Santiago) y otro de relatos (La rosa de los cuentos), que no llegó a publicar, y de los que dio a conocer sendas muestras en la revista España (el poema «La mujer del camino» y el relato «La crueldad de los dioses»). También en esta época tradujo una novela de Léon Werth (Ivona y su amante) y el Orfeo de Cocteau.
En 1930 aparecen en un volumen dos interesantes relatos que había publicado años atrás en la Revista de Occidente. Apocalipsis en 1923 (julio-septiembre) y Pasión y muerte o Mary y los Altos Hornos en 1926 (XI, enero-marzo).
BERLÍN
En 1930, cuando comenzaba la irresistible ascensión del nazismo, La Nación envía a Corpus a dirigir su agencia de Berlín. En mayo realiza un nuevo viaje, esta vez en el Graf Zeppelin, desde Alemania hasta América (de Pernambuco se trasladó a Buenos Aires en hidroavión). Los artículos que originó este vuelo, que recogemos en esta antología, le servirán para una apología del riesgo y la aventura como soluciones a un mundo de mecanizada monotonía.
En Berlín conoce a Meyerhold, con el que discute sobre diversos aspectos del teatro clásico español, e intima con Augusto Assía y con Francisco Ayala.
«Yo conocí a Corpus Barga en Madrid —recuerda este último— por aquellas fechas o un poco más tarde, quizá fuera el año 25, en la Revista de Occidente, adonde yo solía ir todos los días a la tertulia de Ortega y Gasset, y en una de esas visitas pasajeras que hizo desde sus corresponsalías yo le vi con una especie de aire europeo, con una personalidad muy distinguida. Era algo así como una presencia de París en Madrid en aquel momento. Después, pocos años más tarde, cuando yo terminé mis estudios fui a Alemania durante un año, y como a él le habían trasladado allí de corresponsal del mismo periódico, fue entonces cuando nos tratamos bastante e hicimos gran amistad»27.
Desde Berlín envía algunos artículos, en los que destaca un violento ataque contra las reivindicaciones catalanistas, a la recién creada revista Nueva España. Su rechazo de cualquier tipo de nacionalismo («la más negra reacción de este siglo») tendrá ocasión de manifestarse más ampliamente dos años después con motivo de las discusiones en torno al Estatuto Catalán de Autonomía. El universalismo que quiere para la República —su sentido es tal «que, si fuera por ella, toda Europa tendría la misma ciudadanía, igual legislación», escribirá— justifica esta actitud.
MADRID, DE NUEVO
A finales de marzo de 1931, Corpus se une al grupo de redactores que abandona El Sol cuando en el Consejo de Administración entran personas que quieren romper a la desesperada una lanza por la monarquía. Como refuerzo de Abc y de El Debate, periódicos empeñados en demostrar que España estaba inmunizada contra toda sacudida revolucionaria, el Gobierno, ayudado por el conde de Gamazo y por Félix de Lequerica, había conseguido la compra de la mayoría de acciones de El Sol por capitalistas de derecha, para privar de esta tribuna a los republicanos.
Corpus, que defendió siempre este diario, «cuya importancia histórica en el advenimiento de la República y en la transformación espiritual de España no la puede negar ya ni la ceguera espiritual de la pasión»28, mostrará su despecho ante el comportamiento poco solidario de muchos de sus compañeros:
«Yo estaba entonces en Berlín; estábamos en Berlín algunos colaboradores de El Sol, y recuerdo nuestra desesperación, nuestra primera desilusión, cuando supimos que, a poco de proclamarse la República, en El Sol, que era monárquico, se celebraba un banquete en honor de los que se habían quedado o habían entrado después de nuestra separación en el periódico y habían obtenido algunos cargos en la República. A ese banquete asistieron algunos ministros, por lo menos uno de ellos socialista […]. Asistió un ministro socialista a este banquete, porque su subsecretario, don Luis Araquistáin, había vuelto a ingresar en El Sol, monárquico después de nuestra salida»29.
Sin embargo, rápidamente, apenas terminada la operación que lo había despojado de El Sol y de La Voz, se puso en marcha la capacidad organizativa de Nicolás Urgoiti. La fórmula elegida para sustituirlos fue una revisa trisemanal, Crisol, cuyo primer número apareció el 4 de abril de 1931, y en cuyas gestiones preparatorias tuvo una participación activísima Ortega y Gasset. El 6 de enero de 1932 salía el último número de este periódico: «El presente número es el último de Crisol por ahora. Mañana aparecerá Luz, nuestro nuevo periódico. Nos despedimos de nuestros lectores para reanudar la relación con ellos mañana mismo, bajo otra forma, pero con el mismo espíritu».
Corpus colaboró asiduamente en ambas publicaciones con unos artículos de corta extensión, de gran concentración conceptual y expresiva, y en los que, con un apasionamiento desconocido, pasaba revista a la actualidad nacional. Desde el advenimiento de la República se había establecido en Madrid, donde La Nación lo había nombrado director de su agencia en España.
En enero de 1933 cesan sus colaboraciones en Luz «porque el entonces director, Luis Bello, no me dejaba disentir de él»30. Meses más tarde, vuelve a este diario como director. Jesús Izcaray comentará:
«El director de Luz es Corpus Barga. Yo le conocía tan sólo por sus crónicas de años anteriores en El Sol, páginas de estilo muy trabajado, montadas frecuentemente sobre temas inactuales; finas siempre y en ocasiones agudas […]. Corpus es un cordobés [sic] grave y llano, de una cordialidad algo distante. Largo, aguileño, tiene unos extraños ojos sin color, en los que, fijándose bien, se ve chispear una ironía indulgente. Aunque en edad me lleva bastantes palmos y muchos más todavía en nombre, me ha acogido como a un viejo compañero, me ha felicitado por mi juventud, que no creía tan temprana, y ha tenido la elegancia de no darme consejos, como si yo no tuviera menester de ninguno. Si algún día necesito consultarle algo, me ha dicho, no tengo más que entrar en su despacho»31.
Esta nueva ocupación le permite satisfacer viejas inclinaciones:
«Nunca me he podido acostumbrar a la sala o los despachos de redacción o de dirección; siempre me han parecido detestables; en cambio, las imprentas de los periódicos, desde la primera en que entré, han sido una de mis delicias, me gusta todo en ellas; el ruido, el olor, ese olor a tinta de imprenta, el sofoco de la suciedad, el desorden aparente, tantas cosas desagradables producen una embriaguez de energía y dinamismo. Como en Luz era el director y podía andar por el periódico y estar donde quisiera, me pasaba el día en la imprenta, hacía yo también, como los obreros, el periódico en ella»32.
Luz desapareció el 7 de noviembre de 1934. Para sustituirlo salió el Diario de Madrid, de vida bastante azarosa, que sucumbió en diciembre de 1935. En él colaboró Corpus junto con otros periodistas notables.
Mientras era director de Luz, Corpus planeó y dirigió un semanario con el título de Diablo Mundo, cuyo primer número apareció el 18 de abril de 1934. En él figuran las firmas habituales de Luz, desde José Bergamín y Guillermo de Torre hasta José María Quiroga Pla y Gustavo Pittaluga.
Aunque Diablo Mundo suponía el intento de difundir un tipo de revista de corte europeo, no logró mantenerse a flote y dejó de publicarse poco después (el número 9 y último salió el 23 de junio de 1934)33.
Corpus colabora también en la revista Oasis (marzo y septiembre de 1935) con dos artículos en los que vuelve a evocar su citado viaje de 1930 en el zepelín, y en el número 2 (15-v-1933), dedicado en gran parte a Ortega y Gasset, de Cruz y Raya. Después de los elogios de María Zambrano y de Salvador Lissarrague, Corpus, en un texto más irónicamente reservado («Las siete vidas frustradas de José Ortega y Gasset»), reconocía la deuda de los españoles con un hombre que, según afirmaba, «se ha negado a falsificar su vida».
La lógica efervescencia política, con los explicables enfrentamientos entre los diferentes grupos, que se produce a la caída de la monarquía, la vitalidad desconocida en la vida española, las crisis que se suceden y el peligro que suponen los miedos, reservas y dudas de algunos son temas obsesivos en la mayor parte de sus escritos de estos años, sin que sus firmes convicciones republicanas excluyan la crítica, lúcida siempre, de muchos graves errores de unos y de otros.
El entusiasmo ante la España nueva que surgía el 14 de abril de 1931 está presente en varios de sus escritos:
«España se ha desencantado, se ha despertado, se ha buscado y se ha encontrado. ¿Dónde está España?, ha sido la pregunta que durante un siglo se han legado, como testamento espiritual, unos a otros, los algunos españoles que la buscaban. España está ya en todas partes. No digamos que haya en toda España una solidaridad de los problemas (la España perdida, abandonada, amodorrada, encantada está en vías de desaparecer)»34.
España, después del aislamiento tan perjudicial en que vivió durante la Dictadura, se ha incorporado a la marcha del mundo y con ello a la crisis, económica y política en apariencia, pero en el fondo y originariamente moral, en que han venido viviendo los pueblos rectores de Europa. El miedo y la desmoralización de muchos españoles se ponen de relieve en acontecimientos aparentemente tan graves como los ocurridos en Asturias en 1934 y que, sin embargo, para Corpus, hay que encuadrar en un contexto mucho más general:
«Surge la revolución en Asturias, no más fuerte que las contemporáneas en otras naciones, y los antirrevolucionarios propagan, deformándolas y exagerándolas, las atrocidades revolucionarias; se domina la revolución, no más fuertemente que en nuestros días la han dominado otras naciones, y los revolucionarios, también deformándolas y exagerándolas, propagan las atrocidades contrarrevolucionarias. Unos y otros son todos uno. Son españoles desmoralizados. Como son así cuando se desmoralizan los franceses y los alemanes y los ingleses»35.
A comienzos de 1936, Corpus muestra su entusiasmo ante el triunfo del Frente Popular y, sobre todo, ante un pueblo, fiel a sus derechos, a sus organizaciones, a la defensa de sus auténticos derechos, que no se ha dejado sobornar por el despliegue propagandístico de la CEDA. Para él, el pueblo español es insobornable políticamente y nunca ha sucumbido a presiones externas36.
El 21 de abril de 1936, Corpus asiste al banquete en honor de Luis Cernuda, por la publicación de La realidad y el deseo, en el café de la calle de Botoneras de Madrid. Poco después emprende un nuevo viaje por diversas ciudades europeas y vuelve a colaborar en El Sol. Este diario informaba así el día 28 de abril:
«Emprende ahora este escritor una serie de viajes por el mundo. Sus primeras visitas han de ser para los países de la vieja Europa, que él supo interpretar de manera tan certera. De cada uno de los puntos por que pase en su larga peregrinación enviará, reflejadas en tantas otras crónicas, sus impresiones a nuestros lectores».
Hasta el mes de julio envía artículos desde París, Viena, Budapest, Bucarest y, finalmente, Rusia, pero el viaje se ve interrumpido por el estallido de la guerra.
LA GUERRA CIVIL
Aunque sus declaraciones relativas a los años de la guerra y a la complejidad de los acontecimientos que se suceden son escasas, sobre todo si las comparamos con sus continuas manifestaciones en torno a lo ocurrido en la etapa precedente, Corpus no dudó, como Antonio Machado y otros que no eran hombres de partido, en su apoyo incondicional a la legitimidad de la República.
En París tendrá un papel destacado en las relaciones entre la España en guerra y la URSS. La necesidad de evitar un entendimiento directo entre las embajadas rusa y española, lo que hubiera confirmado al francés medio las afirmaciones fascistas de que los republicanos españoles estaban cerca del comunismo, justifica su papel en este juego diplomático.
Corpus será el encargado de comprar los aviones que había de traer a España André Malraux, al que había conocido en la Embajada española de París en los primeros meses de la guerra.
Este acontecimiento le servirá para atacar a los países que habían decidido no intervenir en la guerra. Para él, lo que había fallado realmente ante los sucesos de España era Europa, su política, todos los buenos propósitos que surgieron a raíz del Tratado de Versalles y que intentó poner en práctica la Sociedad de Naciones37.
Más tarde, Malraux pensó en él como posible colaborador para su película L’espoir (Sierra de Teruel), aunque al final se decidió por Max Aub.
En Madrid, primero, después en Valencia y en Barcelona y en sus frecuentes viajes al extranjero, Corpus desarrolla una intensa actividad. Participa en el desmantelamiento del Museo del Prado y en el envío de sus inapreciables tesoros a Ginebra, mientras se resolvía el conflicto; dirige, durante algún tiempo, la Revista de las Españas; colabora en El Mono Azul, en Hora de España y en otras publicaciones, y es uno de los artífices del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, que se celebra en julio de 1937 en Barcelona, Valencia y Madrid38.
También firma diversos documentos en apoyo de la República y da conferencias sobre política internacional, como recordará Teresa Pamiès:
«Hom podia anar a escoltar [es el año 1938] l'Aureli Campmany parlant de l'Angel Guimerá, o conèixer personalment l'Altolaguirre o Corpus Barga, que feia unes conferències de política internacional amb una gràcia periodística inimitable»39.
El 23 de enero de 1939 el Gobierno dispone que todos los organismos del Estado abandonen Barcelona. El nombre de Corpus irá unido para siempre al de Antonio Machado en el doloroso camino del exilio, como él mismo recordará en diversos artículos (dos de ellos figuran en esta antología).
FRANCIA, DE NUEVO
Después de la guerra, Corpus se instala de nuevo en Francia, país en el que encontró acomodo una emigración de base más popular y sindical, frente a la otra, de raíz pequeñoburguesa e intelectual, que marchó a América (a México sobre todo).
En su Memoria de la melancolía40, María Teresa León, que lo califica de «excelente como amigo, como escritor», recuerda, emocionada, esta época:
«Nosotros [ella y Rafael Alberti] vivimos cerca de Corpus en esa calle Notre Dame des Champs, donde cuenta Ernest Hemingway que él vivió feliz por coincidir con la Closerie des Lilas, el café de los poetas hacia el año veintitantos, convertido en los puntos clave de los norteamericanos en su descubrimiento de París. La casa de Corpus Barga fue para nosotros el rincón amigo que se busca desesperadamente cuando tantas cosas nos fallan. Sus ojos, tan certeros para quedarse con lo digno de mirarse o para abandonar lo superfluo, nos acompañaron durante muchos meses. Era el tiempo de nuestro trabajo en Paris Mondial. Dormíamos tanto. El día se nos iba en sueño […]. Nos rodeaban las sirenas de alarma. Los soldados no se despedían de su paz y su gente cantando himnos patrióticos. El velo de tristeza se acentúa, ¿verdad, Corpus? Y Corpus nos contaba su vida de corresponsal de guerra durante los años 14 al 17, y Marcelle [su mujer] lo miraba con sus recuerdos vivos, y Ninoche [su hija Rafaela] jugaba a crecer como hacen los arbolitos aunque soplen los vientos».
Corpus, desde muy pronto, comienza a colaborar en publicaciones extranjeras —su firma estaba entonces vetada en la prensa española—. Escribe en El Sol y Crítica de Buenos Aires y en las revistas fundadas por exiliados41. Así ocurre en Romance, creada en México a los pocos meses de la llegada de los primeros emigrantes españoles, y en Cabalgata, fundada por Lorenzo Luzuriaga y con Francisco Romero y Francisco Ayala de consejeros. También escribe en cuatro de los ocho números que salieron de Independencia en 1946 y 1947.
Entre sus actividades de estos años, es justo destacar su importante papel en la constitución, en el otoño de 1944, de la Unión de Intelectuales Españoles (UIE) en Francia. Ese mismo año comienza a editarse el Boletín de la UIE, la publicación, según Antonio Risco42, «de mayores vuelos culturales de aquellos primeros años de exilio». Este boletín desapareció a finales de 1948, cuando se habían tirado 47 números.
Las actividades promovidas por esta Unión de Intelectuales fueron abundantes.
Entre las primeras, destacamos un «Curso de conferencias» que se inició en abril de 1945. Fue inaugurado por Emilio Herrera, que disertó sobre «La cartografía aplicada a la navegación aérea». En días sucesivos intervinieron Salvador Bacarisse, Corpus Barga, que habló sobre «El Don Juan desconocido»43, Nicolás Cabrera y Victoria Kent, entre otros.
La UIE reafirmaba la necesidad de que los exiliados no se aislaran y mantuvieran la comunicación con todos los intelectuales opuestos al régimen franquista que vivían en España. Por otra parte, consciente de la dispersión y del desconocimiento de las mutuas acciones, deseaba coordinar sus actividades «con las de aquellas entidades de intelectuales republicanos españoles existentes en otros países», hasta llegar a «unificar nuestra acción y alcanzar una estructura federativa».
En 1946, Corpus contrastaba la situación de los españoles residentes en Francia con la de los refugiados en América:
«Somos pocos y apenas tenemos medios de publicidad. Nuestros compañeros que están en América tienen estos medios, han contribuido felizmente a creaciones editoriales que honran a las repúblicas americanas de idioma castellano. También se hallan en mejor situación que nosotros los profesores españoles de las universidades de Estados Unidos»44.
También Corpus pedía un concierto común, por lo menos para transmitir información, porque, decía:
«Los escritores en el destierro que nos hemos quedado en Francia empezamos a salir del aislamiento. Hemos estado más aislados, más separados de la producción literaria española de la emigración —y de la otra— que los escritores españoles que se fueron a las repúblicas americanas o que quedaron en Londres»45.
LIMA
Corpus se traslada a Lima en 1948, donde fue durante un tiempo catedrático de la Escuela de Periodismo. Al año siguiente, cuando esta escuela pasó a formar parte de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos —era entonces rector Luis Alberto Sánchez—, fue nombrado director de la misma.
En una carta que dirige a la revista Ínsula, de Madrid, el 20 de junio de 1964, el escritor resume su visión de este nuevo lugar de residencia:
«Lima es una ciudad oscura, de luz siempre turbia, incluso cuando abrasa el sol tropical. Ahora, con la entrada del invierno y durante ocho meses, es la ciudad de la niebla del Pacífico. A mí me da asma. Pero se toma la carretera del interior y a los pocos kilómetros aparece el sol de pronto como una iluminación eléctrica que se enciende. En los Andes peruanos, como hay tres cadenas de montañas, hay muchos valles, muchas alturas, muchos climas, muchos soles. […] El Perú es un país para viajar de verdad, enajenándose, sufriendo incomodidades, corriendo riesgos»46.
Desde su llegada a esta ciudad mantiene estrechos contactos con diversos exiliados y con otros intelectuales residentes en ella.
Victorio Macho recordará que tenía la costumbre «de ir yo al café del Patio», instalado en un viejo convento limeño: «Allí teníamos una interesante tertulia, donde acudían Marcel Bataillon (famoso historiador francés), el escritor Sánchez Albornoz, el pensador García Bacca, Corpus Barga, Alejandro Micó-Quesada, Manuel Solari y otros hombres de gran personalidad».
Corpus asistió a la boda de Victorio Macho, que se celebró antes de que el escultor regresara a España: «Entre las personas que acudieron a la casa de Zoilita [la mujer de Victorio Macho], donde se celebró el ágape nupcial, se encontraba Corpus Barga, que me dijo con enojo: “Usted no debe volver a España”. “Quien no puede volver es usted”, le repliqué»47.
En 1955, Corpus realiza un viaje a la isla de Pascua, donde lo que más le sorprende es «hallar la mitad de la isla habitada por ovejas merinas, como las de mis abuelos […]. Las merinas de la isla de Pascua se crían selváticas, se las ve desperdigadas como las piedras volcánicas por entre las cuales huyen y corren en parejas o en tríos» (léanse al respecto los artículos que recogemos aquí).
Una visita a Francia en 1956 le sirve para unas agudas reflexiones sobre la Europa de la época y sobre el prestigio creciente de la ciencia y de los adelantos técnicos48.
En estos años, el escritor continúa con sus colaboraciones en la prensa hispanoamericana: La Nación, de nuevo, El Nacional de Caracas, El Tiempo, de Bogotá, y, sobre todo, en periódicos y revistas de Lima (El Comercio, Expreso, Visión del Perú, Mar del Sur, etc.). José Miguel Oviedo comentaba, a propósito de una entrevista que le hizo en 1973:
«Alguna vez afirmé que Corpus Barga era el más grande periodista que había escrito en el Perú, y lo sigo sosteniendo. En un medio donde la mediocridad abunda y la falta de imaginación suele faltar, él impuso un memorable estilo que combinaba la oportunidad con la rareza, la información con la quimera, la brevedad con la hondura y la gracia perdurables»49.
También dirigió Gaceta Sanmarquina, la revista de la Escuela de Periodismo, desde su fundación en mayo de 1964 (el primer número salió en junio de ese año). El 18 de julio de 1965, con motivo de la entrega del título de periodista a tres licenciados, Corpus «dio comienzo a la actuación, explicando en breves palabras la historia de la Escuela, hoy Departamento». Entre otras cosas, dijo que, a pesar de los escasos recursos con que contó desde su creación, «la obra realizada, que ha culminado con la publicación del Boletín de la Universidad, Gaceta Sanmarquina, cuyo éxito nacional e internacional se ha hecho patente, ha sido en síntesis satisfactoria»50.
Además, son notables sus escritos en la prensa española: Revista de Occidente, Papeles de Son Armadans e Ínsula.
En 1966, la muerte de su hijo Andrés, que era gerente de la compañía de aviación francesa UTA, y de su nuera Simone, en un accidente automovilístico en Colombo (Ceilán), pone «jirones de pena que me entraban en efecto como una cuña porque mi pena es de verdad, pues me parece que es la primera vez que tengo una pena […]. Sólo pienso de verdad, sangro, cuando pienso en vosotros, Andrés, Simone. Mi pensamiento de vosotros es verdadero aunque lo expreso en falso: literatura»51.
En octubre de 1967 Corpus se despide de la universidad con una conferencia sobre «Mis años de periodista: una autobiografía comprendida entre los años más cruciales del siglo (1914-1945)». En ella evocó el primer periódico que dirigió en Madrid, Menipo, los pormenores de sus entrevistas a grandes personajes del siglo xx (Bergson, Mussolini, etc.) y algunos hechos históricos acaecidos en las dos guerras mundiales, de los que fue testigo.
En este mismo acto, que tuvo lugar en la Ciudad Universitaria el «Día del periodista», se le rindió un cariñoso homenaje, en el que intervinieron José Miguel Vélez Picasso, profesor de Historia del Periodismo, y Flora Saldaña Menéndez, redactora de la Gaceta Sanmarquina. Por ella nos enteramos de una vuelta sentimental de Corpus a sus ya tan lejanos estudios científicos:
«Le gusta conversar con la juventud, pero más con el estudiante de Ciencias. Una vez, a uno que llegó repentinamente a la redacción y que estudiaba Matemáticas lo convirtió en periodista: así el primer trabajo científico («Teoría de los conjuntos») recogido por este joven fue publicado en Gaceta Sanmarquina. Es, Corpus Barga, un joven; por eso, entre nosotros, viajaba apiñado en los enormes ómnibus, con él hemos aprendido a ser jóvenes en nuestra juventud, y la juventud espiritual es tan importante en el periodismo y en la poesía como en la ciencia»52.
En carta del 5 de abril de 1968 al abogado Gregorio Coloma, amigo suyo y de su familia en Alcoy, comentaba:
«Me he jubilado en la Universidad; sigo perteneciendo al claustro de la Facultad de Letras, porque me han hecho catedrático emérito, siento perder el contacto con los estudiantes, tan jóvenes, con quienes hacía buenas amistades, pero ya me daba vergüenza seguir dando clase a los ochenta años. ¿Por qué no se jubila usted ya?, me dijo un día un chófer que me llevó a la Ciudad Universitaria; pensé que tenía razón. Echo ahora más de menos a Europa, siempre me había imaginado que daría clases hasta que me marchara del Perú».
Durante estos años, Corpus se dedica a redactar, a partir de 1957, sus memorias, Los pasos contados, su obra más conocida.
En mayo de 1975, la Asociación de Prensa de Madrid lo nombra periodista de honor. Un año antes se le había concedido a su relato Los galgos verdugos el Premio de la Crítica.
Hay que recordar que, mucho antes, Max Aub, que sin consultar a nadie decidió ingresar en la Real Academia Española dictando un memorable discurso, incluyó en la «Lista de los señores académicos de número en 1 de enero de 1957» a Corpus, que se habría hecho cargo de «su sillón» el 14 de enero de 1949. Antes habrían «ingresado» en esa institución Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti y Luis Cernuda, entre otros.
Del interés de Corpus por la marcha de la literatura en la España de posguerra hay abundantes testimonios.
José Agustín Goytisolo recibió inesperadamente, a finales de la década de los cincuenta, una carta suya a raíz de la aparición de uno de sus libros, Salmos al viento:
«Ya puede imaginarse —comenta el poeta—, como si el pasado viniese a descubrir el presente, una cosa extrañísima. En la carta, además, me hablaba de los escritores de aquí como si estuviese en España, cuando, en verdad, estaba en Lima desde la posguerra, exiliado como tantos. Citaba a Jaime [Gil de Biedma], a Valente, a Barral, a Ana María Matute, al Ferlosio, a mis hermanos, por no decir a los escritores madrileños»53.
Goytisolo comienza a cartearse con él, y en 1963, cuando Corpus visitó Barcelona, en su primera estancia en España después de la guerra, lo acompañó al dentista, y «continuamos hablando de las cosas y de la literatura de aquí, como podría hacer con quien nunca se ha movido de España y aún mejor, porque él sabía, como quien dice, todo».
En su segundo viaje a la Península, que tuvo mayor repercusión en la prensa, Corpus visita de nuevo Belalcázar. Acude a comprobar la ruina total de la Casa Grande, a enfrentarse con unas estancias, tan queridas por él, que se habían desplomado con la ausencia de vida en sus huecos. En vano busca la pervivencia de los seres con quienes convivió en otras fechas (véase, al final de esta antología, el final de Los galgos verdugos).
Unas declaraciones tardías, en las que se limitó a expresar, de pasada, su nostalgia de España, llevaron a Gonzalo de Bethencourt, en las postrimerías del franquismo, a orquestar, desde las páginas del diario Pueblo (9 y 21 de mayo de 1975), una campaña, en la que participó Camilo José Cela54, a favor de su retorno a nuestro país.
Ni Corpus, con sus casi ochenta y siete años, estaba para semejante aventura, ni la desahogada situación económica de su familia habría impedido el regreso, ni mucho menos aún su corazón había variado de rumbo en cuanto a ideas y creencias.
Poco después, el 8 de agosto de 1975, moría en Lima a consecuencia de una neumonía. A su lado estaban su hija Rafaela (Ninoche), su yerno Edmond Gabai y el resto de su familia (su mujer ya había fallecido).
María Zambrano escribirá unos años después de su desaparición:
«Yo le leía siempre encantada, dondequiera que apareciese. Ese dondequiera es un poco excesivo, pues él no se equivocaba de lugar, al tiempo que se daba poco a ver: una condición de buen periodista y, asimismo, de buen novelista. Más que darse él a ver, da a ver, da a sentir, da a situar, ordena. […]
Era un hombre que vivió mucho y que no lo parecía. Sin estar escondido, era dueño de sí mismo y, sin duda alguna, también lo era de muchos secretos de los que nunca presumía y a los que jamás hizo alusión. No he conocido a nadie como él. Así, con ese perfil tan puro, con esa elegancia, con esa capacidad para ver tanto lo real como lo posible»55.
A. R.
BIBLIOGRAFÍA
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Pasión y muerte. Apocalipsis, Madrid, Ediciones Ulises, 1930, con prólogo de Julio Gómez de la Serna.
Pasión y muerte, Santiago de Chile, Biblioteca de Letras, 1933.
Los pasos contados: una vida española a caballo en dos siglos (1887-1957), Barcelona, Edhasa, 1963-1967, 3 vols.: I. Mi familia. El mundo de mi infancia. II: Puerilidades burguesas. III. Las Delicias (Crónica madrileña de hacia 1906). Estos volúmenes de Los pasos contados fueron reeditados por Alianza Editorial en 1979. El tomo I llevaba un interesante prólogo de Gregorio Coloma Escoín. Como volumen IV figuraba Los galgos verdugos, que se había publicado de forma independiente en esa editorial en 1973. Este cuarto volumen se vio enriquecido con unos apéndices en los que se recogieron importantes trabajos de Corpus, algunos inéditos. De Los pasos contados hubo reediciones en la editorial Bruguera y, en 2002, en la Comunidad de Madrid (Consejería de Educación) y Visor Libros (2 vols., con prólogo de Fernando R. Lafuente).
La baraja de los desatinos: crónica cinematográfica de 1700, Lima, Milla Batres, 1968. Esta novela se reeditó en Barcelona (Seix Barral, 1971), con el título original de Hechizo de la triste marquesa: crónica cinematográfica de 1700. Se reimprimió en la editorial Júcar en 1987 y en Abada Editores (Madrid) en 2005.
«Del hombre raro de Getafe: dos cartas y una invitación», Papeles de Son Armadans, julio de 1964, págs. 11-39.
«Algunos papeles inéditos de Corpus Barga», Papeles de Son Armadans, núms. CCL, CCLI, CCLII, enero, febrero y marzo de 1977.
«El amante de Madame/Platón», El País, 6 de agosto de 1978.
«Los pies (comedia)», Revista de Occidente, julio-septiembre de 1980, págs. 155-174.
Crónicas literarias, edición de Arturo Ramoneda, Madrid-Gijón, Júcar, 1985.
Apocalipsis: Pasión y muerte; Hechizo de la triste marquesa; Cuentos, edición de Arturo Ramoneda, Madrid-Gijón, Júcar, 1987.
Un viaje en el año 19; Un viaje en el año 30; Otros viajes, edición de Arturo Ramoneda, Madrid-Gijón, Júcar, 1987.
Paseos por Madrid, edición de Arturo Ramoneda, Madrid-Gijón, Júcar, 1987. Este libro fue reeditado por Alianza Editorial (El Libro de Bolsillo) en 2002 y por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid en 2009.
Entrevistas, semblanzas y crónicas, edición de Arturo Ramoneda, Valencia, Pre-Textos, 1992.
Contando sus pasos: primer viaje a América (La vida rota, segunda parte) y otros textos inéditos de juventud, edición de Isabel del Álamo Triana, Valencia, Pre-Textos, 1997.
Viajes por Italia, edición de Arturo Ramoneda, Sevilla, Renacimiento, 2003.
Fuegos fugitivos: antología de artículos de Corpus Barga (1949-1964), edición de Marcel Velázquez Castro, Lima, UNMSM, Fondo Editorial, Centro Cultural de España, Embajada de España en Perú, 2003.
Corpus Barga, Madrid, Biblioteca Nacional, 2005. Se trata de un inventario del archivo de Corpus Barga que compró en octubre de 2000 esta Biblioteca.
La vida rota, edición de Arturo Ramoneda, Sevilla, Renacimiento, 2007.
Después de la muerte de Corpus Barga, en 1975, se han editado algunos de los relatos, artículos y ensayos que dejó inéditos y que no quiso dar a conocer. Con la excepción de los textos que editó Gregorio Coloma Escoín en Papeles de Son Armadans, casi siempre de gran interés, los demás tienen, en general, una bajísima calidad y hacen un flaco servicio al escritor. Cualquier lector desprevenido que se tope con ellos puede llegar a conclusiones erróneas sobre su valía como literato. Paradójicamente, aún permanecen sepultados en numerosos periódicos y revistas, sin que nadie se haya preocupado de estudiarlos y editarlos, algunos de sus escritos importantes (por ejemplo, los que dedicó a la Primera Guerra Mundial, a la Segunda República Española o a sus estancias en Francia y en Perú después de la guerra civil). De la repercusión de su obra en estos últimos años recordaremos únicamente la creación, en el año 2002, por la Diputación de Córdoba, del Premio de Narrativa Juvenil «Corpus Barga», que difunde la editorial Algaida.
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SABUGO ABRIL, Amancio, «Narrativa de Corpus Barga», Cuadernos Hispanoamericanos, 459, septiembre de 1988, págs. 95-104.
SCHNEIDER, Luis Mario: véase AZNAR SOLER, Manuel.
VV. AA., El exilio español de 1939, III y IV, Madrid, Taurus, 1979.
—, La generación del 27 visita a Don Quijote. Corpus Barga y otros, selección de textos de Jesús García Sánchez, Madrid, Visor Libros, 2007.
ZAMBRANO, María, «Un perfil», Diario 16, 7 de junio de 1987.
PROCEDENCIA DE LOS ESCRITOS DE ESTA EDICIÓN
PÁG. 3
Los fragmentos del apartado titulado «Páginas autobiográficas» proceden de los cuatro volúmenes de la edición de Alianza Editorial de Los pasos contados.
PÁG. 93
París-Madrid. Un viaje en el año 19, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Fortanet, 1920.
PÁG. 115
Un viaje en el año 30, Madrid-Gijón, Ediciones Júcar, 1987. Los artículos sobre este viaje aparecieron en La Nación, de Buenos Aires, los días 18, 19, 20, 21, 22, 23, 25 y 27 de mayo de 1930.
PÁG. 137
«Otro París. ¿Otra Francia?», El Sol, 8 de mayo de 1936.
PÁG. 139
«Espectáculos de París», El Sol, 8 de mayo de 1936.
PÁG. 141
«En busca del paraíso encontrado», La Nación, 10 de julio de 1955.
PÁG. 145
«La isla de las estatuas degolladas», La Nación, 4 de septiembre de 1955.
PÁG. 151
—«El Cuzco o la abolición de la historia», recogido en Fuegos fugitivos, Lima, UNMSM, Fondo Editorial, Centro Cultural de España, Embajada de España en Perú, 2003, págs. 205-211.
PÁG. 159
«El monóculo de Sirio», El Sol, 30 de agosto de 1927.
PÁG. 163
«Los artistas de Francia hablan de España. Visita a Rodin, el escultor», España, núm. 57, 24 de febrero de 1916, págs. 9-12.
PÁG. 173
«Los intelectuales de Francia hablan de España. Visita a Bergson, el filósofo», España, núm. 60, 16 de marzo de 1916, págs. 10-12.
PÁG. 183
«Venus y Vulcano», El Comercio (Lima), 3 de julio de 1958.
PÁG. 187
«La casa de los Borja (Crónica madrileña de hacia 1909)», Revista de Occidente, núm. 7, octubre de 1963, págs. 76-93.
PÁG.193
«Valle-Inclán, en la más alta ocasión», Revista de Occidente, núms. 44-45, noviembre-diciembre de 1966.
PÁG. 199
«Valle-Inclán», Revista de Occidente, núm. CLI, enero de 1936, págs. 88-91.
PÁG. 203
«Blasco Ibáñez y el cinematógrafo», La Nación, 29 de julio de 1934.
PÁG. 207
«Ramón en París», Revista de Occidente, núm. LVI, febrero de 1928, págs. 275-286.
PÁG. 217
«Los tés de Madariaga», Papeles de Son Armadans, núms. CCLXIX-CCLXX, agosto-septiembre de 1978, págs. 217-248.
PÁG. 221
«Un aspecto de Ortega el refractario», Sur, julio-agosto de 1956, págs. 170-179.
PÁG. 231
«Hay contradicción», La Estafeta Literaria, núm. 349, 30 de julio de 1966.
PÁG. 235
«Timidez de la literatura española», La Gaceta Literaria, núm. 21, 1 de noviembre de 1927.
PÁG. 239
«Vallejo indescifrado», Visión del Perú, número extraordinario dedicado a César Vallejo, 1968. Este artículo fue reproducido por la revista Camp de l'Arpa, núm. 30, marzo de 1976.
PÁG. 245
«Política y Literatura», Revista de Occidente, núms. CXLIV, CXL y CXLVI, junio, julio y agosto de 1935.
PÁG. 251
«Azaña, Edipo presidente de la República», Papeles de Son Armadans, núm. CCLII, 1977, págs. 141-155. Este artículo está recogido en Los pasos contados, IV, Madrid, Alianza Editorial, 1979, págs. 289-295.
PÁG. 257
«El retablo de Maese Falla», El Sol, 30 de junio de 1923.
PÁG. 259
«Pichi en Gredos», Luz, 30 de julio de 1932.
PÁG. 261
«Parade», La Correspondencia de España, 13 de junio de 1917.
PÁG. 263
«Picasso en Buenos Aires», Diario de Madrid, 17 de noviembre de 1934.
PÁG. 267
«[París, marzo de 1943]», recogido en Los pasos contados, IV, Madrid, Alianza Editorial, 1979, págs. 397-412. El título del artículo es incorrecto. La muerte de Max Jacob, a la que se refiere Picasso, tuvo lugar en 1944.
PÁG. 271
«Mallarmé y Zola. La ecuación de un tiempo», La Nación, 12 de mayo de 1929.
PÁG. 273
«El jardín de Monet», El Sol, 14 de diciembre de 1926.
PÁG. 275
«Un discurso de Mussolini», El Sol, 10 de enero de 1925.
PÁG. 279
«Coloquio con el Duce», El Sol, 27 de enero de 1925.
PÁG. 283
«Las elecciones alemanas o el centenario del romanticismo», La Nación, 19 de septiembre de 1930.
PÁG. 287
«Paradoja de lo cómico», El Comercio (Lima), 8 de septiembre de 1957.
PÁG. 295
«El honor de su señoría», Crisol, 29 de julio de 1931.
PÁG. 297
«¿Se inicia el fascismo español?», La Nación, 8 de abril de 1933.
PÁG. 303
«Política española. Entre el socialismo y el fascismo», La Nación, 4 de abril de 1934.
PÁG. 307
«La caída de Lerroux», La Nación, 10 de mayo de 1934.
PÁG. 311
«Estudios españoles: Paradoja del político», La Nación, 26 de julio de 1935.
PÁG. 315
«El fondo insobornable del pueblo español», La Nación, 22 de marzo de 1936.
PÁG. 321
«La reconquista de la inteligencia española», Boletín de la UIE, núm. 17, abril de 1946.
PÁG. 327
«Por las nuevas generaciones españolas», Boletín de la UIE, núm. 20, julio de 1946.
PÁG. 337
Pasión y muerte, Revista de Occidente, núm. XI, enero-marzo de 1926.
NOTAS SOBRE ESTA EDICIÓN
En la primera parte de esta antología hemos incluido fragmentos representativos de los tres primeros volúmenes de las memorias del autor, Los pasos contados, en los que Corpus, con una progresiva inclinación por los procedimientos novelescos, repasa los primeros años de su vida y la de su familia hasta 1906. Todos se articulan sobre la grande y la pequeña historia de la época (salvo alguna excursión veraniega, Madrid es el escenario único de ellos). En los dos primeros volúmenes, Mi familia. El mundo de mi infancia y Puerilidades burguesas, centrados en él y en su hermano Rafael, el marco histórico es, necesariamente, reducido. Corpus quiere relatar la historia de una de las familias españolas hidalgas, de nobleza media, que ha ido desarraigándose hasta perder sus bienes raíces y formar una burguesía ociosa y burocrática de la que intentaron liberarse los miembros de ella que se dedicaron a profesiones liberales. En el tercer volumen, Las Delicias, en el que Andrés cuenta ahora con un interlocutor, Jaime, con el que puede compartir sus ideas, Madrid alcanza un protagonismo mayor. El lector se topa con un abigarrado desfile de personajes, representativos de la vida del momento. También hemos incluido el último capítulo del volumen IV, Los galgos verdugos, en el que Corpus, en 1970, visita, después de muchos años, Belalcázar, el pueblo de La vida rota y de Los galgos verdugos.
De los comentarios sobre sus muchos viajes por Europa y América hemos seleccionado los que dedicó a dos vuelos, en 1919 y en 1930, de los que hemos hablado en la introducción, y sus visitas a la isla de Pascua y al Cuzco.
En el apartado sobre personajes del siglo xx hemos evitado, para romper la monotonía, el orden estrictamente cronológico. Debe tenerse en cuenta que algunos escritos de Corpus, como los que dedicó a la casa de los Baroja o a Valle-Inclán en la Primera Guerra Mundial, fueron escritos tardíamente.
Hemos incluido también algunos de sus muchos artículos sobre la Segunda República española y sobre su exilio en Francia a partir de 1939.
La obra narrativa de Corpus, poco extensa, cuenta con los cuatro volúmenes de Los pasos contados y con una novela que redactó en Francia, en los años cuarenta, y que se editó, en Lima, con el título de La baraja de los desatinos. En la edición española de 1971 en la editorial Seix Barral recobró su título original, Hechizo de la triste marquesa. El cambio de título fue explicado por el propio autor: «Este título, que descentra a la obra (La baraja de los desatinos), se debe a un hecho sintomático de las diferencias del castellano en los distintos países en que se habla. El título original era Hechizo de la triste marquesa, pero aquí [en Lima] no se pudo poner porque entendían no que la marquesa estaba hechizada sino que tenía hechizo, gracia, gancho. El lector español no creo que se hubiera equivocado de sentido. Aquí hubo que poner otro título para evitar la anfibología».
No hemos recogido esta novela, en la que Corpus reconstruye, de forma sarcástica y con la inclusión de elementos mágicos, un episodio de las Memorias del duque de Saint-Simon sobre un período conflictivo de la historia de España (los últimos años del reinado de Carlos II y los inicios del de Felipe V), debido a su extensión (no habría tenido sentido fragmentarla). Algo parecido ocurría con su primera novela, La vida rota. Hemos preferido rescatar otro relato, de corte vanguardista, Pasión y muerte. En él, Corpus convierte un material (pasiones enajenadoras, amores no correspondidos, «flores» redimidas del fango, arrepentimientos y renuncias ejemplares), que convenientemente desarrollado podría haber originado un melodrama lacrimógeno, un edificante relato social o un análisis exhaustivo de mundos interiores, en un juego intelectual del que lo sentimental y lo trascendente están excluidos.
Téngase en cuenta que, en algunos textos, Corpus sigue las normas ortográficas francesas para la puntuación de las oraciones exclamativas e interrogativas.
Quiero dejar constancia aquí de mi agradecimiento, por el excelente trato recibido durante la elaboración de este libro, a Lola Martínez de Albornoz y Blanca Gómez Mosquete.
A. R.
PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICAS
LOS PASOS CONTADOS
[Selección]
I. MI FAMILIA. EL MUNDO DE MI INFANCIA
MI NOMBRE casi completo es Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna. ¿Cuándo llegará en España el momento de reducir estos apellidos tan ridículamente largos? Yo he procurado hacerlo con el mío. De nombre de pila me llamo, además de Andrés, los nombres de mis padrinos, de uno de los santos tutelares de la casa solariega de mi familia, que tiene dos: san Rafael y san Cayetano, y del día en que nací, el 9 o el 11 de junio, que en el año 1887 fue el día del Corpus. García de la Barga es un apellido de la provincia de Burgos, de Salas de los Infantes (los Siete Infantes de Lara hijos de Gonzalo Gustioz, señor de Salas y de Lara) y de los Barbadillos. Yo he estado de niño en una casa solariega que tenía una tía mía en Barbadillo de Herreros. La primera vez que visité el Museo Arqueológico de Madrid, mi padre me dijo que me fijara bien en el retrato de Mudarra, porque este era antepasado nuestro.
•
Mi padre era un castellano viejo de Córdoba: prefería los cantos de la Montaña al cante flamenco; no bebía vino blanco ni ponía los pies en los casinos, empezando por el Casino de Madrid y los clubs encopetados de la corte, porque decía de ellos con desprecio que eran tabernas; no iba a los toros, sostenía además que el toreo auténtico no era el cordobés ni el sevillano sino el rondeño, y al famoso Guerrita, que por ser de Córdoba le llamaban el Califa y que había cambiado el modo de torear y la manera de ser del torero, subiendo de clase, rodeándose de señorones que le escuchaban con todo respeto, le trataba de mayoral.
•
Los García de la Barga eran de la barga, de la cuesta, de la montaña, ganaderos; pertenecían a la Mesta, la histórica asociación de ganaderos españoles que resultaba, en realidad, como una orden de caballería más importante que las otras. El Honrado Concejo de la Mesta tenía más poder en la economía española que el Consejo de Castilla. Los ganaderos poseían caminos exclusivos más que ahora los automovilistas. Los clubs del automóvil han logrado en algunas partes, pero sin hacer daño a nadie ni apropiárselas, que haya autopistas; el Honrado Concejo de la Mesta obtuvo pistas exclusivamente para el ganado, las famosas cañadas que rayaban los campos de Castilla, desde León hasta Extremadura y Andalucía, y eran suyas, los labradores no podían roturarlas ni para defenderse de las plagas que incubaran; en cambio los ganados podían pastar en las tierras no cercadas por donde atravesaban y pastaban también en las cercadas, dando lugar a pleitos, alguno de los cuales no se ha resuelto aún. El historiador francés Fernando Braudel en su obra sobre El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II, en la que estudia tan honda y extensamente el fenómeno universal de la trashumancia, dice que la Mesta era un sistema grandioso de organización política, económica y social en las mesetas de las dos Castillas, que no tiene igual en el Mediterráneo. Las ciudades pastoriles, caravaneras, laneras, se hicieron urbes industriales y comerciales: Segovia fabricaba paños, Burgos organizaba el envío de flotas de lana a Flandes por Santander y Bilbao, o a Italia por Málaga, Alicante y Valencia. El libro clásico sobre la Mesta The Mesta, a Study in Spanish Economic History 1273-1836 no sé si está traducido al español. Lo escribió el norteamericano Julius Klein, a quien ayudó, facilitándole datos, mi hermano Pedro, que era el abogado de la Mesta, la cual ya entonces no se llamaba Mesta sino Asociación de Ganaderos del Reino. En la historia de Braudel he leído que la trashumancia de Castilla ha tenido además mucho nomadismo. La verdadera trashumancia española habría existido en Navarra. En Castilla su desplazamiento no era horizontal como el de los nómadas sino vertical como el de los pastores, pero, bajo la protección de los jueces de la Mesta, se trasladaban, con los rebaños, pueblos enteros como los nómadas. Los madrileños de mi edad, sin salir de la capital, presenciábamos todos los años el desplazamiento vertical de Castilla, pasaba por la Puerta del Sol y ya no tenía nada de nomadismo, era trashumante y estaba tan bien regulado como la circulación de los ferrocarriles. Por el centro de Madrid había una cañada, la calle de Alcalá, y en los meses de trashumancia, en primavera y en otoño, los señoritos madrileños que iban a la cuarta de Apolo (el último sainete con música de los cuatro que daba todas las noches el teatro Apolo, la catedral de ese que llamaban género chico y era el postrer eco del teatro español popular) y luego a Fornos se asomaban de madrugada a la puerta de este café, que estaba en la esquina de las calles de Alcalá y Peligros, para reírse viendo cómo corrían y qué buscaban al pasar por allí con sus rebaños los zagales y los rabadanes, toda la jerarquía complicada de los pastores. La única concesión que había hecho el Honrado Concejo de la Mesta a la capital de España era esa de que los rebaños esperaran en las orillas del Manzanares a que hubiera el menos tráfico posible en la vía más importante para atravesar la ciudad por ella, pues si como calle pertenecía al Concejo de Madrid, como cañada su dueño indiscutible no podía ser otro que el de la Mesta, y de los dos concejos el de la Mesta poseía los títulos más antiguos de propiedad. El paso nocturno de los ganados trashumantes era el motivo de una fiesta callejera como la producida, que ya he evocado, por un entierro de capitán general. Había entre ambas sus diferencias y hasta contraposiciones: una sucedía por la mañana y requería sobre todo una clara mañana de Castilla; la otra, por la noche, y resultaba mejor cuando la noche era primaveral, algo sofocada, como la primavera castellana; en aquella desfilaban los personajes más importantes del clero, la milicia, la política, las letras, y en esta, los carneros mejores, no ya de España, del mundo, los famosos merinos españoles. El público que acudía a presenciar el desfile no era el mismo en una y otra fiesta ni actuaba lo mismo en el contacto ovidiano de la sensualidad, mejor dicho no actuaba en la pastoral, se contentaba con presenciar los asaltos que daba la sensualidad ciudadana y nocturna, clandestina, a los pastores de Belén, los cuales, muéstrenles como les plazca los «nacimientos» y digan lo que quieran los villancicos, no son tan inocentes como sus corderos (suponiendo que estos lo sean), conocen la lujuria pánica de los campos y, bien mirado, el sátiro es un pastor a quien el pecado de la bestialidad ha convertido en chivo. Los rebaños entraban en Madrid por el puente de Segovia y subían por la cuesta de la Vega a la calle Mayor. Los faroles municipales que vistos desde abajo parecían pocos, menos numerosos y menos brillantes que las estrellas, en la calle Mayor, aunque las luces de la ciudad de entonces parecerían ahora apagadas, deslumbraban a los pastores, excitaban a los mastines y amedrentaban a los carneros más que a las ovejas. Ellas eran las que parecían mantener el movimiento continuo del rebaño, estar acostumbradas a la noche artificial, ser las trasnochadoras. En la calle Mayor, del café de las Platerías salían ya los parroquianos a contemplar a los montaraces y generosamente se sacaban del bolsillo los terrones de azúcar que los cafés madrileños, también con generosidad, daban siempre de propina (en la perfecta organización de aquellos establecimientos, de aquellas instituciones, la propina era recíproca, un lazo de unión entre el parroquiano y el camarero) y querían con su dulzura atraer a los perros albarraniegos; los mastines abrían sus fauces sangrientas enseñando las sanguijuelas que atrapaban en los arroyos, las mujeres chillaban, los parroquianos generosos desistían, excepto alguno, sin duda comerciante, que continuaba ensayando toda clase de tretas habituales en las relaciones cada vez más estrechas de hombre a perro, con el designio secreto, nada generoso pero natural en un comerciante precavido, de llevarse un buen guardián para su tienda. Alguna chulapa acariciaba con entusiasmo a un corderillo y, en tal caso, nunca faltaba un chusco que hacía reír a los papanatas exclamando: «A ver si nos lo sirves en una fuente con muchas patatas!». En la Puerta del Sol, en aquellas horas del sol de medianoche, los pastores, luego de deslumbrados enardecidos, se emborrachaban con la iluminación de la gran farola mientras de la sombra de los Jardines o de la Aduana, nombres sin realidad, todo símbolos, predestinados, de callejas donde se escondían detrás de la mole de los palacios carolinos de Hacienda y de la Academia de Bellas Artes, bajaban las mamillonas, que son las bacantes más temibles, y asaltaban a los zagales, los raptaban en una nube apestosa en la que iban ya casados la ovejuna y el pachulí. Llegaban furiosos los rabadanes jinetes haciendo patear a sus monturas, llamando a los perros (temían más la pérdida de un animal que de un hombre), ponían orden en la orgía, establecían turnos para que no quedaran desatendidos los mastines y en consecuencia el ganado y acababan por entrar en los turnos también ellos, dejaban el pegaso por la bacante; el caballo se quedaba a la puerta del prostíbulo y el chulo de guardia apenas si tenía tiempo de darse un paseo en él por la calle oscura, luciéndose ante sí mismo con la silla vaquera y los estribos de zapato. La orgía giraba espesa y vertiginosa; por algo era de bacantes y sátiros. Pero qué eternidad los momentos del zagal, cuando se veía ante una mujer desnuda y blanca, multiplicada en los espejos de un cuarto sofocado de perfume y luz. Qué nieve caliente. Poco más arriba, en la esquina de Fornos giraba otra vez la ronda de pastores y prostitutas, por la calle de Peligros hasta donde llegaba la de Jardines, aéreos, los tiestos sucios en las ventanas podridas. El rebaño bajaba y subía a lo largo de la calle Alcalá, escoltado por los rudos mastines, seguido por los finos borriquillos cargados con las alforjas, las mantas, las trébedes, los calderos, los cuernos de aceite, y salía de Madrid cruzándose con el sol mañanero que por las Ventas del Espíritu Santo empezaba a ejercer su oficio de vendedor ambulante de rayos y dardeaba los ojos de los pastores ciegos, sajaba las pupilas atragantadas de luces y mujeres desnudas. Los pastores al salir de la ciudad se hubieran perdido en el campo sin la marcha ininterrumpida de los rebaños, el río de lana que iban siguiendo. Conozco estos detalles porque los descubrí con pasión para escribir uno de mis primeros artículos. Con cuánto temor debí de esperar y qué alegría debió de darme su publicación en El Liberal, diario que con El Imparcial y La Correspondencia de España (los títulos de los periódicos, como los de los cuadros y las comedias, sitúan a una época) constituía el tresillo de la prensa casera madrileña; pero ¿se publicó en El Liberal o en El País, órgano de la oposición republicana y de los escritores primerizos, o no se publicó? No me acuerdo. Indiferentes no menos que las estrellas al mundo, el demonio y la carne, es decir a los pastores y perros merineros, las ovejas noctámbulas seguían de día su camino, continuaban su trabajo, interrumpido sólo las horas precisas para reponerse, de producir lana fina. Los carneros andantes, como las ovejas andariegas, es natural, endurecían sus músculos, no daban carne buena y, en cambio, afinaban su lana, una de las grandes riquezas de España, la famosa lana merina que tuvo el monopolio en el mercado de Londres durante los siglos XVIII y XIX, mientras en la fabricación de los tejidos era insustituible la finura de la primera materia. Y todavía, recientemente, en un viaje a la isla oceánica, perdida, incomunicada, de Pascua, qué extraño asombro me ha producido, no el rastro de la civilización misteriosa cuyas estatuas colosales, monolitos con cabezas desmesuradas, las hicieron pasar por obra de gigantes de un continente desaparecido, sino el hallar la mitad de la isla habitada por ovejas merinas, como las de mis abuelos.
•
Los recuerdos de alcance más lejano cuando miro hacia atrás en mi vida son los de un mundo gigante, del que sobre todo percibo la dureza, la rigidez, la flexibilidad desmesuradas, desentendidas de mí, huidizas hacia arriba, mundo hundido y vertical que obliga a tener la vista levantada (si los niños tuvieran un ojo en la coronilla no tendrían por qué crecer), en el que había faldas y pantalones altos, tapices y cortinas interminables, puertas elevadas y enanos, los botijos de la despensa, los tiestos de las palmeras del salón, los morillos de las chimeneas, Carlos Martel y un sarraceno con quien estaba luchando a brazo partido, las patas de madera de los muebles, las patas de verdad de los caballos, que se parecían a las patas de los sillones, las ruedas delanteras de los carruajes y otras cosas a mi medida, los juguetes. Era un mundo de gigantes habitado por enanos. De no sé qué sol me vuelve la aspiración a la luz que se desprendía de él; me veo a horcajadas en el aire, ofuscado si levanto los ojos, que nunca recibían bastante luz levantados en mi mundo hundido. Debía de ser el quinqué de la antesala, el mayor de mi casa, redondo, dorado y gordo, suspendido por cadenas gruesas y cortas, cerca del techo; era el atractivo más irresistible de los varios que se encontraban en la antesala dicha, hoy diríamos hall, espacio, el de esta, propicio a los juegos y donde nos gustaba encaramarnos sobre el criado a mi hermano Rafael y a mí porque además nos lo habían prohibido.
•
El niño más mimado se tiene que dar cuenta de que su vida no es la verdadera, de que se le engaña; a esto se debe quizá que los niños sean naturalmente tristes y tengan que estar siempre jugando. Además de con los juegos, Rafael y yo nos consolábamos refugiándonos en nuestras casas: estando solos, nos encontrábamos en nuestro mundo de verdad. El gabinete en que nuestra madre estaba siempre dedicada a sus labores o leyendo, cuando no salía y no tenía nada que hacer en el interior de la casa, al que decíamos, por su tonalidad general, gris para distinguirlo del otro que había al lado del comedor, se hallaba tan repleto de butacas, sillas, mesitas y otros muebles que ya me acuerdo únicamente de que no nos resultaba más propicio que el despacho de nuestro padre, salvo las tardes de invierno al anochecer, los días sin visitas —aunque en él sólo se recibía a las visitas de confianza—, en que nos sentábamos en la pradera de la alfombra a los pies de nuestra madre, ante la fascinación del fuego avivado en la chimenea francesa de leña, y no veíamos colores sino formas en el fuego, tan verdaderas como las nuestras, hasta que el convento de las Descalzas Reales, presentandose con su ciprés más elevado que las tejas de su campanario, a través de los altos y fríos cristales del balcón, enviaba sus campanadas del Ángelus y nuestra madre, si no estaba allí ninguna de nuestras hermanas mayores, pues en el caso contrario enviaba a una de ellas al interior de la casa a decirlo, se levantaba y acercándose con el brazo alargado a la puerta unida por un pasillito a la antesala tiraba del cordón de la campanilla; el criado que acudía calmoso sabía demasiado lo que le iban a decir: «Venid todos a rezar el rosario». Venían todos los que hubiera en la casa, no cabíamos en el oratorio, contiguo al gabinete, que era pequeño y de forma rara, terminado en punta; allí la casa hacía esquina y había un balcón como el del gabinete, daba a la otra calle, tenía papeles de colores pegados a los cristales, prestándoles aspecto de vidrieras de iglesia; nosotros, arrostrando el castigo que nos estaba anunciado, nos empeñábamos en despegarlos, nos parecían calcomanías. El oratorio debía de ser una pizca arrancada al gabinete gris vestida de otro color, una percalina roja forraba las paredes, el altar estaba en la parte más ancha pintado de azul, había encima de la tabla una construcción en escalera de un lado a otro para poner los candelabros; quería ser alegre, remedaba no a los altares españoles de la iglesia de las Descalzas, a los de la capilla de las Madres del Sagrado Corazón, las monjas francesas del convento de la calle del Caballero de Gracia, entonces de moda en Madrid —el Caballero y las Madres, estas por la educación de barniz francés que daban a las señoritas de la buena sociedad, entre ellas a nuestras hermanas, y el Caballero de Gracia por todo lo contrario, por el madrileñismo del solo de Chueca en la zarzuela La Gran Vía.
•
Todo Madrid conocía, admiraba y consideraba como cosa propia la magnífica parada, con sus mantos, sus criados y sus camellos, de los Reyes Magos que se exhibía todos los años en la que fue capilla ducal del palacio desaparecido de los Medinaceli, los Lacerda, la familia real más legítima de España. Los Magos verdaderamente llevaban los juguetes a los balcones, ventanas o chimeneas, si las había, de las casas de los hombres donde había niños y algún dinero; en la nuestra llegaban a la chimenea del cuarto de dormir de nuestros padres o a la del gabinete gris, la tercera chimenea, no pasaban de tres, era mucho lujo, la del gabinete entre el comedor y la sala, ya he dicho que era frígida. Y el recuerdo de lo que tan inefable suponía aquel momento en el mundo de nuestra niñez me asombra a mí mismo hoy que los niños son reyes todo el año; entonces aquel era el único momento del año que los reyes magos entregaban su cetro a los niños y que la niñez era realmente una magia, ahora las sociedades más reaccionarias se hallan genésicamente cada día mejor organizadas en función del porvenir; se trata de poner al alcance de la infancia todo lo que se produce, incluso de los explosivos se hace juguete. En el mundo de mi niñez no había en Madrid más que tres comercios importantes de juguetes, el Bazar de la Unión, que estaba en el patio de una casa de la Puerta del Sol, antiguo círculo político del siglo XIX, la Unión Liberal; el Bazar X, más amplio, en los patios unidos de dos casas, una que daba a la calle de Carretas y la otra a la de Espoz y Mina (ambos bazares tenían la juguetería corriente a todos los precios), y la tienda de Medel, juguetería de lujo, en la entrada de la calle de Alcalá. Los juguetes, aun los de lujo, resultaban pobres y poco variados, no existía la riqueza de materias y medios que hay actualmente ni la preocupación, y por tanto la invención, para hacerlos; llegaba a haber algunos que los niños aborrecíamos, me acuerdo de un carro de la basura con una escoba que se repetía mucho y yo detestaba; los juguetes antes que un recreo, una revelación, como son hoy, empezaban inspirando dudas, los niños no podíamos menos de hacernos, no ya la pregunta esperanzadora de si habría o no, sino la desconsoladora de si nos gustarían o no los juguetes que esperábamos el día de los Reyes, el de nuestro santo, y algún otro día extraordinario por motivos particulares en cada familia —en casa era por la venida del tío Rafael de Belalcázar, que siempre nos hacía algún regalo—; se regalaba al niño juguetes dos o tres veces al año y los mismos todos los años. La juguetería dinámica, actualmente el mundo de las maravillas, estaba reducida al ferrocarril de muelle para dos vueltas, el velocípedo, el regalo de mayor importancia, y la linterna mágica, de una magia inocente y no se sabía por qué sólo para hombres (luego de estudiante las vistas pornográficas y las fotografías clandestinas tuvieron y nunca han dejado de tener para mí el aire inocente de mi linterna mágica); las niñas estaban excluidas de lo dinámico, sus casas de muñecas, a veces muy grandes —nuestras hermanas mayores habían tenido y nuestra hermana menor heredó una como un armario—, mostraban la mudez dramática de lo quieto, eran casas encantadas, se las limpiaba y arreglaba para enseñarlas y después no se las podía tocar, hubiera sido una profanación, como sucedía con la caja de cristal donde estaba encerrada una monjita en su celda, objeto absurdo que no recuerdo en qué sitio de nuestra casa se hallaba […]. Las muñecas eran igualmente estáticas, como figuras de cera, no ya las ordinarias de cartón pintado, las peponas, se les decía en Madrid, sino también las finas, las de biscuit con su carita de porcelana mate, todavía no cerraban los ojos y menos hablaban y hacían, cual las de hoy, algunas funciones naturales de las personas; a lo más tenían articulados los brazos y las piernas. Los juguetes de los niños estaban hechos asimismo de cartón los grandes, pero de plomo los pequeños, los soldados de ejércitos con caballería de sable, cañones de dos ruedas, carros de caballos, tiendas redondas de campaña, camilleros y cantineras, ejércitos napoleónicos; en los juguetes grandes de cartón predominaban los cascos y chacós, petos, sables, bandoleras, bocamangas y todos los arreos de los dragones y los húsares sin que hubieran desaparecido los cascos, corazas, lanzas y cimitarras de caballeros cristianos y mahometanos: toda esta guardarropía de pasta de papel se centraba sobre el caballo de la misma materia que podía tener de verdad la crin, la cola, las riendas y estribo, y miraba intencionadamente con el redondel enorme de sus ojos pintados, como los caballos de Velázquez y el bisonte de Altamira, este de ojos oblicuos. El caballo de cartón era el juguete que más nos seducía a los niños de entonces, colmaba entre nuestras manos la misma vida y la misma poesía, la poesía de la realidad y la realidad de la poesía, que entre las manos de las niñas la muñeca de cabeza de cartón y cuerpo de serrín; el caballo tenía el cuerpo hueco, se le hacía un agujerito y se iba echando todo lo que se quería en su buena panza, ni él ni la pepona podían sustraerse a su idéntico destino: ser acariciados, abrazados, utilizados, sobados, despintados y destripados, víctimas del cariño y la crueldad de la infancia —es curioso que ni la pepona ni el caballo de cartón hayan tenido su Andersen, como el soldado de plomo—. Los juegos de astucia resultaban aún más limitados, no había más que los rompecabezas de cubos con sus seis estampas y las construcciones de un plural muy corto. De los juguetes callejeros ofrecidos por los vendedores ambulantes a la puerta del Retiro, en los jardines de la plaza de Oriente y en otras plazas con jardincillos, había uno que nos arrebataba porque lo habíamos visto en una estampa inglesa de colores que ilustraba un libro de nuestra madre y representaba un parque londinense orgulloso con su vendedor de globos; pero en el parque del Retiro, en los jardines de la Plaza de Oriente, no aparecía sino de tarde en tarde este vendedor y no llevaba un racimo coloreado como el de la estampa, intenso, ni tenía nada que le pudiera dar orgullo, ofrecía con humildad tres o cuatro globos desvaídos, anémicos, resultaba difícil henchirles de ilusión; el otro juguete del aire madrileño, que vendía la vendedora ambulante de la cecina más repulsiva y la fruta seca más mísera: la mojama y el altramuz, y los juguetes más mezquinos, no queríamos ni mirarlo: era el pobre, viejísimo y asiático molinete.
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El café Suizo, en la esquina de las calles de Alcalá y de Sevilla, era el más elegante de Madrid, un café muy serio frecuentado por senadores, académicos y catedráticos de la universidad; además era el único café madrileño que tenía un salón separado, con puerta aparte, para las señoras y los niños; en este salón no entraban más hombres que los padres o maridos correspondientes, los novios no podían entrar aunque estuvieran admitidos por la familia o, como también se decía, fueran novios formales: estaba mal visto. Ni acompañada de sus padres le estaba permitido a una señorita sentarse en un café con su novio, por muy formal que este fuese por añadidura. Los cafés eran sólo para hombres, excepción hecha del salón aparte del Suizo, en el que como he dicho no entraban más que los hombres reglamentarios, y del Antiguo Café y Botillería de Pamba, en la calle de Carretas, al que las señoras de la clase media inferior solían ir pero únicamente por las tardes, a merendar, porque no era sólo café sino, como lo decía su rótulo, también botillería, especialista en bebidas heladas, refrescos y platos de arroz con leche. En el Suizo me lavaron la mano y nos refrescamos todos; nuestra madre tomó limonada con cerveza; la niñera se empeñó en tomar sólo limonada, sin duda para no ser tanto como la señora pues nosotros sabíamos que le gustaba mucho la cerveza, y a los chicos nos dieron zarzaparrilla, bebida que recuerdo ahora cuando alguna vez me veo obligado a beber Coca-Cola, y que no nos gustaba; lo importante en el Suizo no era lo que bebíamos sino estar en asientos de terciopelo rojo ante el mundo ficticio, lo sabíamos, precisamente nos atraía su falsedad, y lujo de los espejos. Había una cosa antipática: el triste mármol de las mesas; en cambio, transformaban todo y nos hacían parecer que estábamos en otro mundo los estores color crema que caían a lo largo de sus altas ventanas haciendo elegantes pliegues curvos y tamizando la luz, produciendo así una luz colada, una claridad contenida. En la esquina opuesta a la del Suizo, estaba el café de Famas y este tenía también una sala aparte, la del restorán, el único que había entonces en Madrid en una planta baja. El francés de Tournié se hallaba en el piso entresuelo, encima de la repostería, y el castizo de Botín, según Hemingway uno de los mejores restaurantes de Europa, se encontraba a su vez encima de la tienda cuyo escaparate mostraba los lechoncitos desnudos ante los cuales se le hacía la boca agua a la gente que no reparaba en que eran tan poco apetecibles como los niños recién nacidos. El Saturno de Goya no se come a sus hijos cuando son niños de teta sino cuando son ya mayorcitos y me parece que lo mismo ocurre con el cuerpo de la mujer que va a tragarse. Es un sádico cósmico el Saturno de Goya, un precursor de la bomba final, la nada española. Y sin embargo, cuántos monstruos no menos espantables habían comido en Botín. Los comedores de Lhardy, el restorán neoclásico isabelino, se encontraban repartidos en todos los pisos de la casa. El de Fornos, a ras de la calle, resultaba extranjero, y el café de Fornos, en cambio, no podía ser más madrileño. Las ventanas del restorán tenían estores como las del Suizo y a mí me enajenaban más extrañamente porque no nos llevaban nunca a Fornos, ni al restorán ni menos al café.
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Los días corrientes, casi todos los días del año, cuando salíamos de paseo, al llegar a la Puerta del Sol hacíamos lo más divertido, tomar el tranvía, y colmaba la diversión que el tranvía estuviese lleno y fuéramos en la plataforma delantera, aliado del mayoral que iba de pie con las riendas de las dos mulas en la mano izquierda y la tralla en la derecha, la cual agarraba además el manubrio del freno. La mano movía el freno y lo aseguraba el pie derecho apretando con el refuerzo de cuero pegado en la punta de la alpargata un tope entre los dientes de una rueda en el suelo. En las cuestas abajo, es decir, cuando más necesitaba hacer este movimiento, el mayoral se veía obligado a mantener el equilibrio del cuerpo solamente con el otro pie, tirando nada más que lo justo de las riendas; es verdad que entonces había una cosa menos de qué ocuparse, la tralla, que se dejaba a caballo en la barandilla, la cuerda hacia fuera y el palo hacia dentro; guiar un tranvía resultaba más difícil que hoy resulta conducir un camión, exigía facultades más delicadas. Rafael y yo, empinándonos, lográbamos ver las ancas de las mulas y nos gustaba especialmente verlas alzar la cola y descubrir algo que parecía arrugado y se estiraba, dilataba y abría hasta dejar caer unas bolas gruesas, blandas y doradas, fenómeno que solía ocurrir en las cuestas arriba, mientras resaltaban las formas turgentes de las bestias; el enardecimiento que tal esfuerzo nos producía se aliviaba en los altos de la cuesta si las mulas se paraban un poco y se abrían de piernas para lanzar su chorro. El olor a piel sudada y a cuero sobado nos embargaba desde que en la Puerta del Sol subíamos a la plataforma del tranvía de mulas; nuestros pulmones se ensanchaban en la calle de Alcalá, al llegar el tranvía a La Equitativa, ensancharse la calle y empezar la bajada que se hacía vertiginosa a partir de San José hasta la Cibeles, del hombre casto a la diosa de la naturaleza; la estatua de esta diosa estaba a un lado de la plaza, en la entrada del paseo llamado de Recoletos, no por el convento de esta orden que según dicen hubo allí, eso es leyenda, sino, seguramente, debido a que por dicho paseo huyeron los monjes espantados ante la madre de los dioses paganos, triunfante en su carro tirado por un soberbio tronco de fieras. Madrid tenía también su mitología, aunque algo ramplona, hay que reconocerlo; en la época a que me estoy refiriendo, Rafael y yo todavía no la conocíamos. El tranvía podía seguir derecho sin perder la velocidad adquirida a medio freno en la bajada que aprovechaba cambiando el paso de las mulas, del trote con que bajaban al galope tendido, en la subida iniciada después de atravesar la llanura de la plaza; pero aquí el espectáculo era siempre nuevo, emocionante y el mismo, como un número de circo: antes de llegar a la plaza se divisaba desde la plataforma que en el otro extremo, donde se iniciaba la cuesta arriba, separábase de un grupo de hombres y bestias situado junto a la acera una yunta de mulas seguida por el mulillero —le llamaban así—, el cual sostenía con las dos manos el balancín de los tiros; las mulas y el mulillero se colocaban entre los rieles del tranvía, cara a la cuesta, y no se apartaban al llegar las mulas del tranvía sino que arrancaban al mismo paso en el mismo momento en que llegaban estas, y el mulillero, un muchacho, dejaba enganchado el balancín en la punta de la lanza de ellas y de un salto salía ileso de entre las bestias, ligando con este movimiento, al poner el pie en el suelo, el de sacarse la tralla que llevaba colgando del cuello, empuñada y correr al lado de las mulas dando trallazos y voces iguales a los del mayoral hasta que las cuatro bestias tiraban a un tiempo y entonces se subía de otro salto al estribo de la plataforma. A medida que avanzaban cuesta arriba, las mulas iban retardando sus movimientos, perdían el galope; mediada la pendiente, siempre en idéntico sitio, no podían correr más y seguían al paso, el mulillero saltaba de nuevo al arroyo y restallaba la cuerda trenzada en la punta que parecía ser ella la que lanzaba las interjecciones y a veces caía en el lomo de los cuadrúpedos, veíamos modelarse los músculos en las ancas, saltar chispas de los adoquines en cuesta; el mayoral agitaba enérgico las riendas flojas y el chasquido de su tralla sonaba en las orejas de los animales; sin duda para que les parecieran golpes les daban algunos en ellas con la punta de la cuerda: las interjecciones, las blasfemias, los trallazos; el esfuerzo de las mulas, tan finas; el pantalón ceñido, como la gorra, y la blusa flotante, como el pañuelito, del mulillero; la faja negra y pesada, formando bolsa a lo canguro, del mayoral; toda esta violencia bestial y ágil, dura en la luz seca, nos arrebataba a los chicos, el rapto de los niños se hacía entonces en tranvía. No conocíamos aún las mulillas de la tauromaquia y desconocíamos por tanto que el arrastre del tranvía madrileño venía a ser igual que el del toro, ahora que más difícil; el del tranvía nos parecía un número de circo, también más difícil que muchos números de circo y más entretenido. Una vez, sin embargo, nos anonadó a Rafael y a mí: ignoro por qué íbamos en un riperst o rippers (no recuerdo cómo se escribía, aunque lo supe después, debía de ser el nombre de su inventor; nosotros suponíamos que se refería Paco Alcaraz a este vehículo cuando decía: «Los riperst del implacable Miranda»), una especie de tranvía sin carriles, tirado por mulas y con una mulilla de arrastre, nada más que una, para subir la cuesta muy empinada de la calle Ancha de San Bernardo; la subida resultaba pobre, además de penosa, el rippers o riperst continuaba tropezando en los adoquines, dando cabezadas en el aire, las mulas se detenían, el mayoral y el mulillero las pegaban y no con la punta de la tralla, como los del tranvía, sino que cruzaban a trallazos el lomo de las bestias y hasta despreciaban la cuerda y les daban de palos en el lomo y la cabeza; los viajeros continuaban dentro zarandeados, resignados. Mas el rippers, al fin y al cabo, no pertenecía a nuestro mundo, no podía ser considerado lo mismo que el tranvía del Retiro, el tranvía de los niños madrileños bien nutridos, en el cual todos queríamos ser todo, jugábamos luego y, si preferíamos ser mulilleros, también nos gustaba ser mulas. Los tranvías de verano, abierto, con techo, muchas divisiones horizontales, largos estribos, maderas livianas y, sin duda porque llevaban cortinillas listonadas, blancas y azules, llamados por la excesiva fantasía popular jardineras, inspiraban a su vez nuestros juegos, nos infundían deseos de ser además de mayoral, mulillero y mula, el tranviero, le decíamos, que en el tranvía en marcha andaba de compartimiento en compartimiento por el estribo como el albañil por el andamio, dando y cobrando los billetes. Cuando viajábamos en tren, los niños nos quedábamos estupefactos al ver que en ellos ocurría lo mismo; y ahí sí que era hazaña, no existían aún los vagones comunicables y con pasillo, el revisor, en el tren en marcha, pasaba de un compartimiento a otro por el estribo y lo más arriesgado no estaba en tal paso sino en que los estribos no se unían de un vagón a otro, había que dar una zancada para pasar y todavía quedaba un riesgo mayor que el de la zancada de estribo a estribo, el abrir desde ellos las cerraduras muy duras y los picaportes muy pesados, como las puertas que el revisor debía manejar después de abiertas conteniéndolas con fuerza, pues se hubieran destrozado a merced del ventarrón incesante de la velocidad que asaltaba el interior de los vagones causando estremecimiento en los viajeros; con la gorra hasta los ojos y las manos negras, la subida del revisor de noche al vagón daba miedo. Pero todo eso no quitaba prestigio, para nosotros, al tranviero de la jardinera; por el contrario, le prestaba un eco amplificador, una sombra gigante.
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En el mundo cerrado de casa estábamos más libres que en el abierto de la calle, nos vigilaban menos y no nos llevaban de la mano. El niño llevado de la mano va encadenado, la mano de la persona mayor que lo lleva y su propia mano, por mucho cariño con que vayan enlazadas, son eslabones de su cadena; al llegar a casa y pasar de lo horizontal a lo vertical, puede ser puesto impunemente en Libertad, no hay peligro, es la libertad capona. Los niños no son más que ideas y son tratados como ideas —a las que es necesario reprimir—. A mi hermano Rafael y a mí, y supongo que a todos los niños en el mismo caso, nos pasaba lo que a cualquier distinguido intelectual, no se nos ocultaban ni bajo la mano cariñosa las cadenas propias de la condición humana (para que haya libertad de ideas lo primero que tiene que haber es ideas, etc.), que en nosotros se planteaban con hechos, que era nuestra manera natural de pensar; podíamos ser tan sutiles como un intelectual, pero éramos tan torpes como él, no las reconocíamos en la libertad de andar encerrados por casa. Esto no es decir que dejáramos de percibirlas. ¿Por qué teníamos, como tienen generalmente los niños, la obsesión de asomamos a ventanas y sobre todo a balcones? «Que te vas a caer» es una de las exclamaciones que, ellas sí, se caen de lo alto para aplastar a los niños. Vista desde el balcón cerrado, la calle es el otro lado, otro mundo, está detrás de los cristales, en seguridad; abriendo las vidrieras y saliendo al balcón, el niño, ese que luego nunca nos abandona enteramente, se queda suspenso: detrás no hay nada, el otro mundo está debajo y no hundido como el suyo que está arriba, lo ve en el vacío, de coronilla, visión anarquista, deja abolido todo; el gesto de libertad de señalar con el dedo todas las cosas, que el niño multiplica en la calle, no tiene, desde el balcón, sentido y es reemplazado por la fuerza de atracción que sienten los niños hacia las rejas y las verjas y que nos hacía a Rafael y a mí marchar a lo largo de las del Retiro tocándolas con un palo cuando no conseguíamos que nos subiesen al zócalo de piedra para agarrarlas con ansiedad, como los presos; así nos agarrábamos también, en el balcón voladizo, a los barrotes de la barandilla, ahora que lo hacíamos para sentirnos presos, protegidos por los barrotes de hierro en el vacío. El balcón de casa que más nos estimulaba era el del oratorio, el más recatado, tenía de añadidura la ventaja de ser en el que menos podían vernos; encerrados en casa nos estaba prohibido abrir los balcones y, cuando estaban abiertos, asomarnos. Qué placer hacerlo, escabullirnos corriendo del cuarto de los armarios cerrados y pararnos en la antesala, suspender la respiración, escuchar y, si no oíamos ningún ruido por el lado del gabinete gris, avanzar, también sin hacer ruido, supongo que debido al mimetismo, al gusto de adaptarnos a la atmósfera de silencio, de puntillas, y pasando por el pasillito y el escondrijo que, según Amancio, era la sacristía, llegar al oratorio oloroso a nardos, rosas o claveles, atisbar en la oscuridad la lucecita que navegaba a bordo del redondel de la lamparilla flotante en un mar interior de aceite y continuar más cautelosos hasta las vidrieras del balcón que parecían vitrales de iglesia, poner nuestras manos en el duro y frío picaporte y empleando toda nuestra fuerza, abrirlo. Atrás el oratorio, su altar, las imágenes, las flores, los candelabros; es decir atrás no, afuera, todo saltaba por la ventana, la luz de la lamparilla era lo que primero saltaba. El oratorio se iba a paseo antes de que el día entrase en él, y nosotros estábamos en el balcón viendo, casi tocando, los balcones de la punta de la casa de enfrente y precipitando después nuestra mirada a la plazuela de Navalón hundida entre las casas, en los adoquines, mientras acariciábamos los barrotes de la baranda. El balcón era espacioso y la baranda alta, de barrotes de hierro, historiados con curvas, muy separados, sostenidos en una cenefa decorativa de hierro también; nos subíamos, naturalmente, a ella para tratar de ponernos de codos en la baranda, como las personas mayores, y ver mejor la plazuela honda, acabábamos jugando al tranvía: Rafael, en un extremo del balcón, hacía de mayoral, había traído su látigo y daba trallazos en el lomo del aire, yo hacía del tranviero que cobraba los billetes en una jardinera yendo por el estribo, la cenefa de la baranda, de compartimiento en compartimiento, agarrándome a los barrotes.
II. PUERILIDADES BURGUESAS
DOS HOJAS de una puerta como después, en toda mi vida, no he visto otra ni de palacio ni de catedral que me pareciera tan alta nos abrieron a mi hermano Rafael y a mí la entrada a la escuela. Fue la última alta puerta del mundo hundido de nuestra niñez. Por la que había de pasar no ya un siglo —desde luego el XIX— sino todos los siglos que pasan con la infancia. Una vez traspuesta, cambió nuestra visión del mundo. Era, sin embargo, la puerta de la sala de un colegio modesto instalado en dos pisos de una casa vieja y sucia, medio al aire porque faltaba la casa de al lado, en una calleja desdentada y seca, a pesar de que se llama pomposamente como la reina de las flores, que va de la calle de Trujillos a la plaza de Santa Catalina de los Donados. Conviene recordar, porque ya no se acordará nadie, que se llamaba donados a los sirvientes de las órdenes religiosas mendicantes, las que en principio debían vivir con más pobreza. ¿Designaban a estos miserables los donados de esa santa Catalina o se trataba de los generosos donadores de sí mismos y de sus bienes? «Quién tiene los donados?», nos estábamos siempre preguntando los chicos de aquel colegio. Una de las primeras cosas que aprendimos en él Rafael y yo fue a jugar a los dados, lo que abolió los juegos de nuestra casa. Todavía si hoy pido los dados en un bar tengo que contenerme para no hacerlo diciendo: «¿Quién tiene los donados?».
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Fuimos mi hermano y yo al colegio con nuestro padre el primer día y entramos en el despacho del director que estaba enfrente de la sala. El director recibió con mucha reverencia a nuestro padre, le hizo sentar enseguida en una butaca y a nosotros nos estuvo acariciando un rato la cabeza y reconfortando con golpecitos en la espalda; estos golpecitos, en efecto, nos reconfortaron, yo sentí que también le reconfortaban a Rafael, pero las caricias en la cabeza no las podíamos sufrir, sobre todo desde el día que oímos al lunático Paco Alcaraz decir a alguien que nos estaba acariciando así: «No se debe acariciar a los niños como a los perros». Hoy me parece que no tenía razón, aunque desde luego no se deba acariciar a los niños como a los perros, porque lo que se debe evidentemente es acariciar a los perros como a los niños. Luego el director llamó al criado, un jovenzuelo pecoso, y le ordenó que nos quitara el gabán y nos pusiera el delantal que teníamos muy apretado, cada uno el suyo, en un paquete envuelto con papel de seda. Cuando estuvimos con el delantal bien puesto y estirado: «Ahora despedíos de vuestro padre hasta pronto y venid conmigo, no tengáis miedo», nos aseguró, pero a nosotros no nos aseguraba nada, Rafael y yo nos miramos y comprendimos que hablaba para nuestro padre, no para nosotros; nos cogió de la mano, nos condujo a la antesala y allí, sí, habló para nosotros deteniéndose ante un cuarto oscuro para decimos que al llegar al colegio lo primero que debíamos hacer era ir a ese cuarto, donde el criado nos daría nuestro delantal y colgaría de la alta percha, que recorría las paredes, nuestro abrigo y nuestra gorra. Después mandó al criado que abriera la puerta de la sala: «Las dos hojas», añadió con cierta solemnidad. Las dos hojas fueron abiertas y a mí se me vino la puerta encima como si me cayera sobre la cabeza un alto armario abierto y repleto yo no sabía de qué, todo se me confundía. El director, sin soltarnos la mano, avanzó entre niños que empecé a distinguir puestos de pie detrás de sus pupitres y a mí se me figuraba que me agarraban con la vista, el director tenía que arrastrarme: nos hizo avanzar hasta el primer banco delante de la tarima donde estaba la mesa y el maestro de pie como los niños, pero a diferencia de estos mirando al director y no a nosotros; lo primero que se me pegó a las pupilas fueron los dos montoncitos de pelo negro de su barba partida y corta. No oí lo que dijo el director; cuando este se marchó, y cerraron las puertas, Rafael y yo nos sentamos al mismo tiempo que todos los niños, nos encontramos sentados en el primer banco, enseguida me llamó la atención que Rafael sobresalía de los demás de este banco; yo no sobresalía entre los más pequeños.
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Teníamos dos maestros de primeras letras, he hablado de don Emeterio, severo, puntualizador, con el lapicero-goma en sus explicaciones y que era además temible cuando esperaba una respuesta apoyando los codos en la mesa, sosteniendo en cada una de las dos manos uno de los dos pequeños florones en que dividía su negra barba y mirándonos fijamente; nosotros le mirábamos a las piernas, los pantalones perpendiculares debajo del tablero, los lazos de los calzoncillos atados con cintas encima de los calcetines, las botas paralelas, negras, cuadradas, firmes y silenciosas, parecían amaestradas, pues don Emeterio se mostraba orgulloso de sus botas, afirmaba que eran muy buenas porque al andar crujían, se inclinaba a mirarlas, lo que aumentaba el efecto de las rodilleras que le subían por detrás los pantalones, los cuales ya de por sí le quedaban cortos. El otro maestro, don Victoriano, con la barba en punta, de color castaño, las manos volando por encima de la mesa y, por debajo, las piernas cruzadas, un pie en el aire columpiándose, no nos imponía tanto respeto, estaba menos tiempo sentado detrás de la mesa, en lo alto de la tarima. El maestro más importante era don Emeterio. Don Victoriano nos vigilaba mientras hacíamos palotes; entonces se empezaba a aprender la escritura cubriendo con trazos en un papel pautado las líneas oblicuas que se llamaban caídos. «Hay que seguir bien los caídos», nos decía don Victoriano, y desde el primer día, sin que nos hubiese dicho quiénes eran los caídos, le comprendíamos: si hoy, que no se aprende de esa manera rígida a dibujar las letras, en una clase de párvulos se dijese la misma frase me parece que ningún niño la comprendería aunque se le diese el papel pautado; en la enseñanza moderna habrá otras expresiones que los niños comprenderán sin necesidad de que se las expliquen; así como cada tiempo tiene en cada cosa sus significados tácitos que todos entienden, por eso no se expresan, tiene también sus comprensiones tácitas de cosas que se dicen explícitamente, pero no se conocen. En la evidentemente inútil operación de seguir los caídos nos manchábamos de tinta las manos y el delantal, el pupitre estaba vacunado, la tinta en él no hacía ya mancha; sin embargo, nada de lo que se aprende es inútil y cuando después, en algunos momentos, me he manchado de tinta en las imprentas de los periódicos poniendo un título o componiendo una página, he sentido como en lontananza que estaba haciendo palotes y me he aplicado sacando la lengua como si me estuviera vigilando don Victoriano; por eso, aunque me esté mal el decirlo, he sido un buen armador y un titulista hábil: el primer trabajo, la primera labor es probable que sean más trascendentales en la vida de un hombre que la primera sensualidad o el primer contratiempo. A don Emeterio le temíamos, pero no le odiábamos; jamás cometía una injusticia ni una falta de equidad, nunca se equivocaba. Nos enseñaba a leer, silabeaba y leía de un modo tan justo que los niños más rebeldes a ese tratamiento gimnástico se quedaban impresionados. Muchas veces don Victoriano le contaba riéndose a don Emeterio historias que nosotros no entendíamos y que don Emeterio oía sin reírse. Otras veces era don Emeterio quien, sin perder su severidad, le contaba historias a don Victoriano y este se reía. A don Victoriano le queríamos; nos castigaba no menos que don Emeterio, pero nos quitaba los castigos en cuanto empezábamos a cumplirlos. Años después, habiendo pasado ya mi hermano y yo de las primeras letras, don Victoriano levantó una gran emoción en todo el colegio: había caído —parecía unida a él esta palabra «caído»— soldado para ir a la guerra de Cuba, terrible en nuestras imaginaciones por una pareja de personajes que eran llamados la Fiebre Amarilla y el Vómito Negro, negro y amarillo como los colores de la temible Guardia Civil, y que yo me representaba, a la Fiebre como un cuerpo largo y seco, un enorme esqueleto, y al Vómito como una fuente que vomitara, en vez de agua, la tinta de la escuela, pero más espesa; igual que la pez de los zapateros de portal que era la que yo había visto: don Emeterio movía con pesadumbre la cabeza, de la que pendían los dos crespones de su barba; los otros profesores y el director miraban con preocupación a don Victoriano y le dirigían palabras de aliento sobre ciertas gestiones que realizaban. Entre los chicos, don Victoriano tenía desde hacía tiempo cariz de héroe. Una mañana, estando en clase, había resonado de pronto un estruendo como de una explosión: las vidrieras de los balcones temblaron, por los pasillos corría la gritería de los muchachos que abandonábamos las aulas en barullo, los maestros se interrogaban perplejos; el primero que abrió una vidriera y se asomó a la calle fue don Victoriano que, inclinando sobre la baranda su busto todo lo que podía, miraba hacia el oriente, en dirección del Palacio Real, por donde parecía haber venido el ruido, mientras de la calle subía un clamor de voces precipitadas y el redoblar de pies corriendo. «Los anarquistas han puesto una bomba en el Palacio Real», decidió no sé quién. «No es posible, ¿y la guardia?» «Harían falta muchas bombas para destruir Palacio», protestaban otras opiniones ingenuas. Los profesores se habían ido agrupando tras don Victoriano. Por fin se abrió paso el profesor de Física, don Ramiro Suárez, un hombre pequeño, estirado, con gesto habitual de sequedad y que en contraste, por no sé qué defecto lagrimal, causaba la tierna sospecha de que se le iba a caer una lágrima del ojo izquierdo, se asomó bien al balcón, pero en vez de mirar a la calle miró al cielo, sorprendiendo a todos; no tardó mucho en dar por satisfecha su curiosidad y se retiró del balcón murmurando: «Debe de haber sido un bólido». Todos nos tranquilizamos, como si el bólido fuese alguien de confianza. La calle se había tranquilizado también, pero las clases no se reanudaron y el director no permitió que se marcharan enseguida, como lo deseaban, los chicos que iban solos a sus casas —es verdad que se querían marchar, pero no para ir a sus casas sino para ver lo que pasaba—, los otros teníamos que esperar a que vinieran a buscarnos, lo que no tardaron en hacer las familias alarmadas; mi hermano y yo, como vivíamos muy cerca, fuimos los primeros en salir, ante la envidia de los demás. Se confirmó que había caído un bólido en Madrid, el prestigio de sabio disfrutado por don Ramiro quedó confirmado también; muchos años después, aún se encomiaba en el colegio: «Cuando cayó el bólido en Madrid, don Ramiro lo dijo enseguida». Tan alto como el valor científico de don Ramiro, quedó el valor personal de don Victoriano, «el primero que se había asomado al balcón». Este encomio resonaba todavía fresco en el colegio cuando don Victoriano cayó soldado. El servicio militar se hacía entonces en España por mala suerte y se evitaba por dinero; en tiempo de paz, llegaban todos los años a la edad militar más mozos que soldados se podían mantener, se echaba a suertes, el que no se libraba por número se libraba, si tenía dinero, pagando una cantidad; don Victoriano, falto de fortuna en los dos sentidos de la palabra, había hecho su servicio militar, estaba en la reserva cuando estalló la guerra de Cuba y al ser llamado nuevamente, no sé si por recuerdo del número que le cayó para ser soldado en tiempo de paz o porque hubiera alguna otra lotería negra para ir a la guerra, decíamos, con un eco de fatalidad, que cayó soldado, le hacíamos, infantil o popularmente, de modo acertado, un héroe de tragedia. Las gestiones del director y los profesores para que no fuese a Cuba fracasaron. Tuvo que acuartelarse en el cuartel de la Montaña, el que en Madrid amenaza al Palacio Real desde la montaña del Príncipe Pío, donde se preparaba el embarque de tropas. La tarde anterior a su acuartelamiento le despedimos todos en el colegio, profesores y alumnos, a lo largo de los pasillos, en las escaleras, en el portal. Los chicos más pequeños soltaron el trapo, como decía luego el director relatando el momento dramático. Don Emeterio andaba haciendo menos ruido con las botas.
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Al año siguiente llegó un día al colegio don Emeterio como siempre, severo, impenetrable, haciendo ruido con las botas, y dio la noticia de que don Victoriano había muerto en Cuba, no dijo, o yo no me acuerdo si lo dijo, de qué había muerto. Apenas causó impresión. La guerra no hacía más que producir héroes. Nuestro preferido era el más popular, el que todos conocíamos no por su nombre, por su denominación de romance, el héroe de Cascorro, un precursor del soldado desconocido, un inclusero madrileño de quien no sabíamos y yo no sé todavía exactamente lo que había hecho, desde luego un incendio, porque se le representaba siempre con una lata de petróleo, y a quien esto de ser incendiario y petrolero le aumentaba todavía la popularidad y daba un aspecto más exaltador.
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Nuestro padre nos había puesto a Rafael y a mí, en vez de en un colegio de curas, como a nuestro hermano mayor Pedro, en este otro hasta cierto punto doctrinal y laico, con relentes de la Institución Libre de Enseñanza y anatematizada por la Iglesia, no porque estuviera cerca de casa ni por el prurito de buscar buenos profesores, ni mucho menos porque la burguesía española estuviese cambiando de ideas, sino porque una parte de ella, la vieja burguesía hidalga, estaba cambiando económicamente. Cual otras familias cuya riqueza venía de la tierra, a la que habían abandonado para lanzarse a la vida política y cortesana, la nuestra se arruinaba. La política y la burocracia no sustituían a la ganadería y la agricultura como sostén de esa burguesía hidalga que se hundía manteniendo en alto su lema resignado y triste: «Pobres pero honrados». Parte de ella, sin embargo, se salvó transfundiéndose en la nueva burguesía del dinero, ya por rápidas carreras hechas —los abogados, los médicos— a costa de esta nueva clase rica, mientras los políticos y los militares se encumbraban a la sombra de Palacio, o también por matrimonios, lo que en la técnica cruda del arribista se dijo luego desvergonzadamente «dar el braguetazo». La milicia, desde los tiempos de Napoleón, ha sido en nuestras sociedades una escalera directa o un ascensor veloz para cambiar de clase. Semejante medio de comunicación sólo se establece o funciona a pleno rendimiento cuando hay guerra. No se debe despreciar tal motivo del militarismo que ha sostenido en gran proporción tantas guerras coloniales (en España, las últimas de Marruecos: los militares iban a Marruecos para ascender, o descender, morir). Por algo los mejores militares, en España como en Francia, han salido de las colonias. Los colegios ricos de Madrid continuaban siendo los religiosos, los Escolapios, los Jesuitas. El colegio de Figueroa era barato. La mayoría de los chicos que estudiaban en él pertenecían a la burguesía pobre de las profesiones liberales, de la burocracia inferior, del comercio pequeño, y entre ellos se deslizaban algunos hijos de artesanos, de criadas y de porteras, por quienes se sacrificaban sus padres —aunque debían de pagar menos que los nuestros, don Julián tenía la picardía de la equidad— para que estudiaran el bachillerato, pudieran seguir carrera y hacerse señoritos. Un día, hablando con los otros chicos, Rafael y yo dijimos, por darnos importancia, que nuestro hermano mayor había estudiado en los Escolapios de la calle de Hortaleza, y ellos se extrañaron: «¡Anda, por qué no estudiáis también allí vosotros, con lo bonito que es el uniforme!»; esta observación nos dejó tristes a Rafael y a mí, sentimos envidia del uniforme que había llevado nuestro hermano mayor. En los colegios de externos, los estudiantes no llevábamos uniforme, no teníamos uniformidad ni intimidad, puesto que no dormíamos bajo el mismo techo ni comíamos juntos; en nuestro colegio ni siquiera estudiábamos ni jugábamos juntos, no había horas de estudio ni de recreo. Llegábamos poco antes de las ocho de la mañana y nos deteníamos a la puerta, hacían igual los que llegaban en aquel momento, formábamos todos un grupo si coincidíamos con el paso de las burras de leche que volvían de repartir su jarabe natural, la esperanza de la aurora entre las casas donde había ancianos achacosos, niños débiles, enfermos que habían pasado minuto a minuto las largas horas de las toses y los ahogos intermitentes de la noche sentados en la cama, los ojos fijos; los chicos de entonces estábamos familiarizados con la leche de burra, como los de ahora con las vitaminas, algunos la habíamos probado, conocíamos su sabor dulce y generalmente no nos gustaba, aunque se parecía, nos lo aseguraban, a la que se tomaba con tanto gusto cuando se era niño de teta, clase de niños que está llamada a desaparecer si no ha desaparecido ya, como, en consecuencia, las nodrizas humanas o animales; pero lo que nos unía un momento íntimamente a todos los chicos, que echábamos el vaho al respirar las mañanas de invierno o aspirábamos con la boca abierta las primaverales a la puerta del colegio, era lo que las burras de leche con el burrero traían de rebaño, de campo, que se metía en aquel Madrid sin horizontes en el que todas las plazas merecían el nombre de una de ellas, Puerta Cerrada: durante un momento la encogida plaza de Santa Catalina de los Donados se transformaba en un prado extendido hasta un caminito de montaña, la costanilla de los Ángeles, por donde subían las burras de leche; tenían en ella su burrería. Al anochecer se respiraba otro momento de aire campestre en Madrid con la vuelta de las cabras que también subían por las costanillas; en las horas del día daban la nota campesina de la ciudad las carretas de bueyes que lentamente, con sus bueyes espatarrados y sus boyeros que picaban a los bueyes, bajaban las cuestas con más dificultad que las subían. Madrid conservaba mucho ambiente aldeano por sus vendedores ambulantes, sobre todo los de «miel de la Alcarria, miel», su aire del campo no se encontraba en los árboles ni en las flores sino en los animales y no en las aves sino en los cuadrúpedos. La breve comunión natural de algunas mañanas terminaba en cuanto entrábamos en las clases; estábamos delante del profesor, callados, poco atentos, casi siempre distraídos, ausentes, aislados los unos de los otros, oliéndonos, así hasta las doce y lo mismo por la tarde de dos a cinco; me llegan de nuestros condiscípulos los olores, el olor a tabaco y lápiz de Alonso, el olor a arroz con almejas de Ordóñez, el olor a hojalata y ceniza de Castillo, a cebolla y regaliz de Medina, el olor a humedad de un chico que llevaba el traje remendado, los olores diversos de los demás, de los que no sé cómo se llamaban, he olvidado también todo lo referente a su presencia; los chicos del colegio no debíamos de hacer otra cosa juntos que olernos, no nos fijábamos los unos en los otros, algunos apenas nos conocíamos.
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Los chicos no teníamos más medios de conocimiento mutuo que las peleas entre nosotros, raras por lo poco que nos mezclábamos, las escapadas en pequeño grupo para ir a jugar a la plaza de Oriente, en donde hacíamos amistades de juego con otros chicos, pero nuestro grupo se disolvía en ellas, y los exámenes en el Instituto de San Isidro, medio hostil a los colegios particulares que nos obligaba a reconocernos unidos. Qué jornadas de terror y de alegría los días de examen. El examen era el terrorismo de la pedagogía y como todos los terrorismos no asustaba, envilecía, destruía la personalidad del aterrorizado. Durante el curso la preparación de la víctima destinada a ese sacrificio se hacía en la casa de cada uno; en el colegio, las clases eran la anticipación, el ensayo del acto del sacrificio. Los profesores no explicaban de antemano, se limitaban en general a tomar las lecciones que se estudiaban en casa tal como venían en el texto, de memoria, y acaso aclaraban algún punto que nadie había comprendido; como ya he dicho, no hacíamos ningún trabajo por escrito, salvo los problemas de matemáticas. Las notas de clase representaban lo que serían las notas de examen y producían, aunque atenuado, el mismo terror; el estudio en casa consistía no en aprender sino en prepararse para contestar a la lección de clase, es decir, en hacer un ensayo del ensayo, se necesitaba por tanto alguien —el padre, el hermano mayor, un familiar— que hiciera de profesor todas las veces que fuese preciso, que repasara las lecciones al chico hasta que la escena saliese perfecta con el parlamento o las respuestas del colegial bien aprendidas. Tales ejercicios aplicados debidamente podían haber producido grandes actores al teatro español; es verdad que producían oradores, predicadores, abogados. La España del siglo XIX tuvo mejores oradores que poetas, novelistas y autores dramáticos.
En casa fue nuestro hermano Pedro el encargado de tomarnos las lecciones a Rafael y a mí. Los sábados y las vísperas de fiesta a la salida del colegio nos íbamos a casa corriendo para vestirnos con los trajes de paseo y marchamos al Retiro con nuestro padre y nuestras hermanas mayores, volver reposadamente por la calle de Alcalá, la de Sevilla, la carrera de San Jerónimo, la Puerta del Sol, la calle del Arenal, la vía mundana por donde volvían del paseo de coches los que iban a pie, o ir a casa del tío Alejandro o a hacer otra visita, llegábamos a casa poco antes de cenar; los demás días el criado nos estaba esperando y nos llevaba de paseo o a hacer algún encargo, encargar vino (en un gran almacén con bodega que olía fuerte) o petróleo (que olía tan espeso) o avisar a Indalecio, el tapicero, que vivía en los barrios bajos, en una casa de patio en la que nos divertía subir por la escalera estrecha a los corredores al aire libre donde nos rodeaban enjambres de chicos y chicas sucios, despeinados, descalzos y mal cubiertos con los trajes rotos, que nos miraban un momento y se alejaban corriendo y metiendo bulla; Rafael y yo los envidiábamos tanto como ellos podían envidiarnos a nosotros. Volviendo a casa nos deteníamos en la panadería de la calle de la Misericordia, que se abría en el piso bajo de la casa de los capellanes de las Descalzas Reales convertido en tienda, con tres escalones para llegar a ella, cuyo escaparate mostraba una barra transversal, una sola, del exquisito pan de Viena; era la única panadería de pan de Viena que había entonces en Madrid, su aspecto no tenía nada de encopetado, parecía, tal como la recuerdo, una panadería de pueblo, pero, sin duda, este pan especial no se repartía en las casas, nuestro criado iba a buscarlo todos los días, o acaso fuera para llevarlo antes de que se enfriase la hornada. A mi hermano y a mí nos chocaban ciertos personajes que encontrábamos alguna vez en la panadería misma los días de invierno apoyados en el mostrador y otras veces los veíamos bajar por la calle de Capellanes; nos fijamos en que dos de ellos, uno encorvado, con barba en punta y las manos en los bolsillos del gabán, el otro recto, con la barba larga, pipa en la boca y la capa caída en los hombros, cuando salían de la tienda le decían al dependiente: «Hasta luego»; también llevaba capa y barba otro, algo más pequeño, con quevedos y bastón de puño recto de plata; había además el que llevaba «macfarlán», prenda anfibia entre gabán y capa, el de la cabeza grande y los ojos saltones que lloraban cuando él reía, el que andaba inclinado, apoyándose en un bastón que le estaba corto; de los restantes mi recuerdo es confuso, eran no muchos pero no siempre los mismos. Estos diversos y para nosotros misteriosos personajes, porque estaban en la tienda sin comprar nada, tenían de común el sombrero; en todos, si de formas variadas, era blando, llamaba la atención en la calle transitada por sombreros duros, de copa alta o de copa redonda, y gorras; los dos que decían al dependiente «Hasta luego» solían estar con boina vasca en la tienda; todos completaban con sus figuras el atractivo, sin que lo supiéramos, novelesco, que nos hacía sentir el paraje con la casa conventual, los capellanes, la panadería, el teatro, el callejón y el chiribitil del zapatero, de que ya he hablado. A las seis en punto teníamos que estar de vuelta en casa para ponemos enseguida a estudiar las lecciones en el cuarto que estaba al lado de la antesala, por donde paraba el chubesqui, que todavía guardaba para nosotros las cenizas de su encanto. Las tardes que nuestro hermano mayor se retrasaba dejábamos abiertos los libros de estudio en el antipático bufete francés que nos pellizcaba los dedos y nos íbamos al cuarto de al lado, el de los armarios y nuestros juegos, en el que nos poníamos a jugar contraídos e inquietos, acongojados, recelosos, los oídos en guardia para escuchar los pasos de nuestro hermano en la escalera y que nos encontrara acodados en el bufete arisco. El recuerdo de aquellos juegos lúgubres, el de una tarde que subía del patio una luz oscura y el cuarto estaba desconocido, inhóspito, con el traje nuevo, los obreros que lo habían empapelado habían dejado en un rincón, arrugadas, las trizas del vestido de papel viejo, me entristece todos los juegos de mi infancia. Nuestro hermano Pedro nos imponía la severidad de los Escolapios: no podíamos ir a jugar hasta que no supiéramos perfectamente las lecciones, y cuando al llegar la hora de la cena, las ocho, no las sabíamos, volvíamos al cuarto de estudio después de cenar y no nos acostábamos hasta saberlas. Nuestro hermano jamás nos dirigía una palabra ni nos hacía un gesto de aliento. Si tenía que darnos alguna explicación, nos la daba seca, duramente, como si tuviéramos con ella que redimir alguna culpa. No sospechábamos que pudiera haber gusto en estudiar; para nosotros estudiar era un deber aterrador, un trabajo forzado. Hoy sé que también lo fue para él y pienso en la sujeción a que se sometía por nosotros; entonces Rafael y yo le temíamos, es decir que le odiábamos, no le comprendíamos, no llegamos a tener intimidad de hermanos con él; su carácter, cuando era joven, tampoco se prestaba a ello. ¿De dónde le pudo venir el deseo frustrado de ser marino?
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Seguía la carrera de abogado contra su voluntad, estudiaba Derecho porque se llamaba Pedro, como nuestro abuelo, el gran romanista. Nuestra madre le puso ese nombre pensando que un día estudiaría el Derecho romano de su padre; tal idea es la prueba de que una familia española de la pequeña nobleza, al igual, es de suponer, de otras familias españolas análogas, había pasado a constituir la burguesía, pues una de las mutaciones más propias de esta ha sido poner en el lugar de los ya inexistentes privilegios hereditarios la herencia del saber; en el medio en que yo he vivido la burguesía iba siendo formada por la pequeña nobleza, no por el pueblo ascendente. Nuestro hermano mayor había renunciado a ser marino para cumplir la promesa, que no sabíamos en qué ocasión y a qué edad dio a nuestra madre, de obtener el premio y la matrícula de honor, máximos galardones para el estudiante universitario, en la asignatura de Derecho romano de la Universidad Central. Los obtuvo en exámenes memorables que nuestra madre no dejó nunca de recordar con la misma expresión de éxtasis y ternura, como si fueran recientes. Nuestro hermano mayor, después de haber cumplido como un hombre, a costa de sí mismo, era un hombre libre que huía de la sociedad, no se dejaba tomar las medidas para hacerse trajes, de manera que los sastres de las buenas familias madrileñas se negaban a vestirlo porque decían que los desacreditaba; no necesitaba gabán ni usaba calzoncillos, prendas que consideraba, más que inútiles, entorpecedoras; no se peinaba y se cortaba el pelo solamente cuando llegaba el momento de evitar otra incomodidad superior, las melenas; se negaba a comer de vigilia los viernes de cuaresma y nuestra pobre madre, desazonada, que paliaba como podía la violencia de sus negativas, buscaba prescripciones del doctor Carreras y apaciguamientos del prelado don Antonio Ruiz, decano del Tribunal de la Rota, órgano que sonaría menos bien si se dijese como debiera decirse en castellano Tribunal de la Rueda, de la Nunciatura Apostólica, para cometer el sacrilegio de servir en la mesa de una familia cristiana, un viernes de cuaresma, día de menú extraordinario, en que se esmeraba la cocinera haciendo platos exquisitos de pescado y legumbres, el bistec cotidiano cubierto vulgarmente de patatas. Otro de sus escándalos que sufría nuestra madre era su colección de novelas de Zola, el réprobo de entonces, puestas en el Índice; le vino esa afición porque además de estudiar en los Escolapios de la calle de Hortaleza, el colegio más encopetado de Madrid, había sido enviado en el tren de lujo París-Madrid —el Sudexprés, se decía— a pasar un año, antes de entrar en la universidad, en un colegio extranjero, francés, también de religiosos, en la frígida llanura de Orleans, de donde ya en las primeras vacaciones, las de Navidad, cuando fuimos todos, chicos y grandes, a esperarlo con mucho tiempo de anticipación a la estación del Norte, cuya sala de espera provinciana nos acogió —fue caldeada por el jefe de estación que hizo encender la chimenea en honor de nuestro padre, pero nuestra madre, impaciente porque el tren a pesar de ser el rápido Sudexprés tenía retraso, salía seguida de alguna otra persona mayor y decidida a pasearse por el andén pateando para entrar en calor y estirar, no los músculos, los nervios—, una noche de diciembre, nuestro hermano trajo el pelo de la cabeza peinado en punta, como un cepillo, a la francesa, su desprecio por el frío madrileño, que manifestó no llevando gabán, y el gusto por la literatura francesa, no tanto clásica (y esto es curioso, pues venía de un colegio francés y de curas) como moderna, que entonces era el naturalismo a cuya lectura se dedicó sobre todo después de terminar con el Derecho romano.
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Nuestro padre no intervenía nunca en estas cuestiones. No leía, no recuerdo haberle visto nunca leer un libro y cuando hacía como que leía el periódico, sentado en una butaca de su despacho, era para disimular que dormía o se hablaba. Debió de leer solamente durante la época de sus estudios, entonces en España anticuados pero serios, y principalmente en literatura libros de poesía, los únicos libros de imaginación a que se refería y de los que hasta citaba algún verso alguna vez. Desde que yo lo recuerdo parecía leer nada más que en su interior, leerse a sí mismo, que eso es escucharse, soliloquiaba en silencio. «Ayer he visto a vuestro padre que atravesaba la plaza de Oriente hablando solo», nos dijo un día al salir de clase a Rafael y a mí uno de los chicos del colegio. Sin duda, se lo había dicho ya a los otros chicos, porque notamos que mientras nos lo decía los demás nos miraban con cierto respeto. Nuestro padre atravesaba la plaza de Oriente por las tardes para ir del Consejo de Estado al Senado y si había jugando allí algunos compañeros nuestros, a veces estábamos también Rafael y yo, se le quedaban mirando con asombro y temor a ver si soliloquiaba. Lo único que le reconvenía nuestro padre a nuestro hermano mayor era lo siguiente, expresado así: «La naturaleza te ha dotado de todo lo necesario para que seas fino y tú te empeñas en ser basto». Nuestro hermano tenía en efecto el tipo moreno fino del madrileño y una nariz grande como nuestra madre, también madrileña, morena, menuda y con una nariz grande, la del romanista don Pedro. La biblioteca de nuestro hermano naturalmente estaba prohibida a nuestras hermanas, era el infierno en el que no se podía entrar sin abandonar toda esperanza; nuestras hermanas tampoco mostraban deseos de conocerla. Carmen, la mayor, era lectora de libros románticos, distantes como ella, y Eulalia, casi de la misma edad de nuestro hermano y que se entendía muy bien con él, no mostraba afición por la lectura, estaba, como nuestro padre, por la acción, pero si nuestro padre como hombre de acción se había convertido en un teórico de esta clase de hombres, es decir, que se había dejado ganar por la pereza de no hacer más que lo que debía hacer un consejero de Estado y un senador vitalicio, o sea nada, nuestra hermana Eulalia desplegaba la actividad de la mujer práctica, intervenía en las cuestiones provocadas por las negativas y violencias de nuestro hermano y era la única que las amansaba. Nuestro hermano, como en general los naturalistas literarios de España y otras partes, se hizo en música, sin duda por compensación, wagneriano. Realizábase así en aquellos días la reunión de lo alemán y lo francés, del europeo completo; a nuestra madre le dolía viéndola en su hijo predilecto; los católicos españoles entonces no se sentían, como se han sentido después, germanófilos. Ni germanófilos ni francófilos. Su Europa estaba en otra, en ninguna parte. Wagner, pagano, era tan réprobo como Zola, ateo. Además, nuestra madre había sido educada en el culto del Derecho romano y las óperas italianas, que hacían las delicias de nuestro abuelo, otra compensación musical, nuestro abuelo se la debía probablemente no a nada italiano sino a lo que le correspondía de inglés, del romanticismo inglés, para quien Italia venía a ser ya la India. Nuestra madre de ninguna manera parecía nieta de una inglesa, era plenamente católica, apostólica y romana, como Menéndez Pelayo. Las aficiones, negaciones y violencias de nuestro hermano tenían la misma entraña que la dureza con que nos tomaba las lecciones y la imaginación con que nos obligaba a jugar; sus naumaquias y sus batallas de papel de abogado, papel de oficio que cogía en el despacho de nuestro padre o mandaba comprar para rasgarlo, arrugarlo, doblarlo, convirtiéndolo con ensañamiento en soldados y escuadras: Trafalgar, Austerlitz, Wagner, Zola, el bistec del Viernes Santo, la cabeza despeinada, el invierno sin gabán, los pantalones sin calzoncillos, los trajes hechos sin tomar las medidas, la huida ante las visitas y la sociedad, el pavor que nos infundía en los estudios, todo sumaba la misma protesta contra el Derecho romano, y por muy agresivo que resultara para los respetos y las creencias, lo que hería más los sentimientos de nuestra madre era que daba la medida del sacrificio hecho por su hijo para ella. Cuanto más violento, negativo y sacrílego le veía menos podía dejar de sentir, en el mismo horror que ello le causaba, la magnitud del amor filial y sumiso, más grande que la vocación, es decir, que el llamamiento de la ilusión. Luego el carácter de nuestro hermano se normalizó, diré por qué cauces, y nuestra madre y él se reían evocando sus desavenencias, pero esto no significaba que su cariño hubiese sido antes menor sino que había aumentado su confianza. Nuestra madre la ponía entera en el hijo que había tenido ocasión de hacer sus pruebas. Confianza clarividente que alivió la angustia de sus últimos años y de su muerte pensando, consumada ya la ruina de la casa de Belalcázar, en el porvenir incierto que le esperaba a sus hijas. Como el cariño maternal no es exclusivo, nuestra madre era muy expansiva en su cariño hacia todos nosotros. Pero ¿qué es el cariño en la familia? ¿La familiaridad, la costumbre, el acomodo en común de varios egoísmos? Nuestro padre no se mostraba expansivo, besaba alguna vez en la frente a sus hijas, a los hijos unas palmadas en el hombro constituían la caricia mayor que nos prodigaba y que, en efecto, no tenía menos fuerza que el más fuerte abrazo. Su severa reserva de castellano doblado de cordobés dejó escapar señales que permitieran sospechar su predilección paterna solamente los últimos años de su vida; su predilecto fui yo, me comparaba a su hermano Críspulo, el fiscal cascarrabias que por no esperar el coche, al salir sin abrigo de un besamanos de Palacio, un día de imprevista tormenta, se fue con una pulmonía chula, de esas madrileñas que rondan sobre todo la plaza de Oriente, al otro mundo, pero nuestro padre afirmaba que sus cóleras no desorientaban sus juicios. La verdad es que no puedo asegurar que a mí me pase lo mismo. Las preferencias entre los hermanos ya he dicho cuáles eran, nuestros hermanos Pedro y Eulalia —Perico y Lala les decían siempre— formaban una molécula familiar; Rafael y yo, otra. Nuestra hermana mayor, Carmen, y la más pequeña, Esperanza, quedaban en los dos extremos como cabos sueltos. Eulalia, como Pedro, tenía la nariz de la familia de nuestra madre, y un tipo fino de madrileña. Rafael, rubio, los ojos azules, la nariz ancha, era el que más se parecía a nuestro padre. Carmen y Esperanza también, según se decía, habían salido a la familia de Belalcázar, sin embargo de ser delgadas. En los retratos del Hispaleto que había en la galería de la casa de Belalcázar nuestras tías eran unas Bargotas; quizá lo que les abultaba eran las ropas. La composición química de nuestra familia se ampliaba con los Sedano, primos segundos que vivían en nuestra casa, y los primos carnales, hijos unos de la tía Isabel, hermana de nuestra madre, y otros del tío Andrés, hermano de nuestro padre, que vinieron a vivir a Madrid. El sentido aglutinante de la familia mantenía aún en actividad sus atractivos; parientes más lejanos se añadían eventualmente al círculo familiar cuyo centro se situaba en nuestra casa, mejor dicho la de nuestro padre, decano o patriarca; en casa, todos, hermanos, primos y allegados formábamos un mundo de iguales en el que se conservaba el espíritu justo, insobornable, de la niñez, no se pasaba ninguna falta y se la sancionaba con burlas, la sanción más aleccionadora. En el seno de las grandes familias burguesas se desarrollaba así una educación natural, superior a la de los colegios y las institutrices, aunque fuesen inglesas. En ese medio despreocupado y divertido se disolvieron las acritudes y se evaporaron los resentimientos de nuestro hermano Pedro, que resultaba ser uno de sus principales animadores, el más simpático de todos. Otra inclinación normalizó a nuestro hermano mayor: la que sentía por el teatro del género chico (los personajes de José Barrios) y por los toros. Realmente, la tipología en la burguesía madrileña, no del pueblo, del siglo XIX se halla toda en Galdós. El Juanito Santa Cruz de Fortunata y Jacinta es el prototipo del señorito de aquella burguesía. Hasta el nombre es un acierto. Uno de los compañeros de nuestro hermano se llamaba del mismo modo. Otro de los compañeros era el hijo del duque de Veragua, gran amigo y correligionario, el duque, de nuestro padre, en el partido liberal y en el Senado. En sus visitas a la ganadería Veragua, nuestro hermano aprendió a torear; muchos años después le vi hacer a un novillo, en un herradero de Belalcázar, una faena tan bien como un torero de cartel. Nuestro hermano mayor, que nos había alucinado con su teatro guiñol, aterrorizado con el estudio y cautivo en mil combates y batallas, tenía que ser quien nos llevara, a Rafael y a mí, a hacer algo trascendental en todo muchacho madrileño de entonces: ir por primera vez a una corrida de toros.
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El primer espectáculo en el que los muchachos de Madrid nos sentíamos transportados a la escena o, dicho como conviene, a un paso tan decisivo que dejábamos de ser espectadores y nos figurábamos actores se llamaba la parada, era el relevo de la guardia del Palacio Real. Los muchachos, las niñeras, los retirados, los cesantes, los vendedores ambulantes, los pordioseros, los provincianos éramos el público que a través de la alta verja de la plaza de la Armería veía a los dos minúsculos ejércitos, una compañía de infantería con bandera y música, un escuadrón de caballería y dos cañones de artillería cada uno, formados en reposo frente a frente, las banderas desplegadas, mientras los dos coroneles que los mandaban juntaban en medio sus caballos seguidos de sus cornetas de órdenes a pie y las bandas tocaban alternativamente los trozos de música más en boga del género chico. «Ahí, detrás de los cristales de aquel balcón están viendo la parada las infantas.» «Y el rey y su madre están en el de al lado», solían decir en alta voz algunos ilusos si no lo habían dicho antes algunos guasones para engañar a los paletos que en sus campos veían una nube cuando iba a aparecer en la orilla y en la ciudad no distinguían más allá de sus narices y solían ser chatos; pero todos, los que creían y los que no creían, miraban con ansiedad los balcones lejanos, buscaban, como siempre ha buscado el hombre en sus fiestas, la presencia de los dioses. La verdadera fiesta para nosotros los muchachos, realmente, no consistía en la parada que, al contrario, nos aburría, sino en el desfile, la salida petulante del cabo de gastadores avanzando estirada la pierna hacia arriba y la punta del pie hacia abajo al compás de un pasodoble madrileño, el cual además movía como por resorte nuestras piernas y los brazos de las niñeras, bien que en sentidos diferentes, las piernas a lo largo hasta ponemos delante del cabo, que debía de parecer que iba abriéndose paso dándonos puntapiés, y los brazos a lo alto haciendo subir y bajar a los niños de pecho. Otro desfile, pero este tenía lugar antes de la parada, nos estremecía más a los chicos que estábamos en el secreto, Rafael y yo procurábamos ir siempre con tiempo para no perderlo: el de los alabarderos, el Real Cuerpo de Alabarderos, la guardia interior de Palacio. Habíamos oído contar que apostados en los descansillos y en las puertas, galoneados de plata, su tricornio muy levantado y su frac azul con peto blanco rayado o banda roja, sus altas polainas azules y su blanco, impecable, calzón corto, los días de recepción los alabarderos daban con el cuento de la alabarda en las losas de mármol los golpes reglamentarios anunciando la llegada de todo personaje —grande de España, ministro o consejero— que llevase en el bicornio pluma blanca, la pluma que costaba una onza de oro. Esa guardia era muy popular, muy madrileña en aquel Madrid monárquico; estaba tan unida al pueblo de Madrid que siguió la evolución popular y votó por la república en las elecciones municipales que produjeron la caída de la monarquía en España. Los alabarderos eran soldados reenganchados, vivían con sus mujeres y sus hijos en un viejo caserón, convertido en cuartel, cerca de Palacio, sobre la joroba donde se conservan las huellas más antiguas de la capital, pues ahí se levantó el primer barrio bajo la protección y al servicio del castillo, entre la después calle Mayor y la plaza de Oriente, la más occidental de la ciudad, como el Puente Nuevo, de París, es el puente más viejo de la capital del Sena. Todas las mañanas bajaban en formación de su colina a la plaza para ir a Palacio a relevar a la guardia interior mientras el ejército de verdad relevaba la exterior y nunca faltaban chicos, mujeres y transeúntes —el panadero con su cesta en la cabeza, el alcarreño con su orza de miel, el cobrador de alguna empresa— que se detenían para verlos y los seguían con la vista, los acompañaban hasta donde llegaba esta, hasta las fronteras de un trasmundo de fantasía. Los alabarderos, gentes como ellos, pasaban tales fronteras, iban a otro mundo que ellos se figuraban y respetaban con envidia. Para los chicos que estábamos en el secreto la fantasía resultaba mayor porque la guardia palatina desfilaba al son de una música inaudita salvo en ese desfile: atambores y un pífano que todas las mañanas avanzaba en el aire lanzando el mismo gorjeo. Es preciso recordar que no los tricornios, ni los fraques, ni las alabardas con sus relucientes cuchillas de media luna causaban admiración callejera, tales aderezos no estaban al alcance del pueblo, se hacían respetar, pero la perilla que yacía emboscada en la barba de todo hombre de pelo en pecho y este desdeñaba aislar y lucir le hacía cómplice y compadre del alabardero obligado a dejársela crecer, aislarla, recortarla, pues constituía un requisito indispensable para ser admitido en el Real Cuerpo, un aditamento imprescindible del uniforme; se podía ver, se veía corrientemente a un alabardero sin alabarda, nunca sin perilla. Aunque fuese vestido de paisano. La perilla tenía que ser inseparable del hombre. No se admitían perillas postizas. A un alabardero se le reconocía siempre por la perilla como a un torero por la coleta. Tampoco entonces se admitían coletas postizas. Lo contrario de las coletas de los toreros, la coronilla de los curas, obedecía a exigencias de menor autenticidad.
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Para nosotros las fiestas de Semana Santa eran los oficios. No nos equivocábamos, no había entonces en Madrid un teatro mejor que los oficios hechos en una buena iglesia. La del convento de las Descalzas Reales tenía fama para tales representaciones. Empezaba a ser divertido el día desde antes de ir a la iglesia, en el desayuno que no podía ser ni siquiera el de los viernes de vigilia de la cuaresma; los días de Semana Santa, para compensar el chocolate flaco hecho con agua, nos daban picatostes con mucho aceite o migas; estas nos gustaban aún más, pues nos decían que era lo que comían al amanecer los pastores de Belalcázar, para nosotros los pastores de Belén, los únicos que conocíamos. Si nuestras migas no las tomábamos al amanecer, nos lo figurábamos, nos habíamos levantado más temprano de lo habitual, es decir, antes de las siete, teníamos que levantarnos y vestirnos bien, los oficios empezaban temprano, duraban toda la mañana. Por excepción llevábamos libro, el Evangelio, a la iglesia, cosa que hubiéramos detestado corrientemente. No lo leíamos, pero nos gustaba sobar con la punta de los dedos las incrustaciones de marfil o algún otro adorno de mal gusto que solía tener la encuadernación. En la sólida y noble iglesia de las Descalzas Reales le permitían a nuestro padre sentarse en la capilla a la izquierda del altar mayor, destinada al coro de músicos y cantores; en ella se elevaba el órgano que apuntaba a la tierra con sus trompetas celestiales, no sé si sería el mismo de Victoria, el San Juan de la Cruz de la música, que fue organista de las Descalzas.
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Supimos lo que era un teatro cuando nos llevaron a ver, en el teatro Español, la comedia de magia El amor todo lo puede o la pata de cabra, el gran éxito teatral del siglo XIX; recuerdo únicamente de ella a los actores que aparecían y desaparecían por el suelo, lo cual, precisamente porque habíamos visto el foso en el teatro del palacete, nos producía más impresión, nos decíamos que habíamos estado en el lugar donde sucedían tales cosas. Quisimos realizarlas nosotros haciendo un escenario con las mesas separadas lo suficiente para escamotearnos entre ellas, pero yo me caí y me lastimé, siguiendo mi sino, en una mano. El día de los Inocentes nos llevaban a la función para niños que se daba en la bombonera de don Cándido, como se llamaba al teatro Lara, de don Cándido Lara, cuyas localidades eran muy disputadas sobre todo ese día en que se las disputaban los grandes para ellos y para los chicos; nosotros teníamos la entrada asegurada, sabíamos que Manolón (el administrador de casa, ya no don Lino Berrocal, el previsor del porvenir que nos había dejado herederos de un terreno en Tetuán de las Victorias, Manuel Gómez Valverde, natural de El Viso, cerca de Belalcázar, colocado por nuestro padre en la Asociación de Ganaderos, antiguo Consejo de la Mesta, sección de Cañadas, hombre joven, voluminoso, calvo y amigo de los taquilleros) triunfaba siempre en esas disputas. Las funciones de Inocentes estaban empedradas de gags, diríamos hoy, no me acuerdo de ninguno. Un día de Difuntos, naturalmente, vimos el Don Juan de Zorrilla y no dejamos de verlo en la misma fecha los años sucesivos. Hoy, cuando lo veo o lo leo, no acierto a discernir si es un mamarracho, según pretenden demostrar gentes de buen juicio, o una obra maestra, de acuerdo con el criterio del público que continúa viéndolo, por lo menos una vez al año, y de grandes escritores. Valle-Inclán era uno de los entusiastas del Don Juan de Zorrilla y no por el tipo que falta en Tirso, el de Doña Inés, sino por su poesía. Le gustaba poner el siguiente problema a los denigradores de la obra: «¿Qué adjetivo emplearía usted comparando la pasión de una mujer por un hombre al río que va al mar? ¿Cómo va el río?». El denigrador decía: corriendo, atraído, arrebatado, enajenado, suspenso, lo que fuera, siempre vi que triunfaba Valle-Inclán. «Zorrilla lo dice mejor en la declaración de Doña Inés a orillas del Guadalquivir: “Yo voy a ti como va 'sorbido' al mar ese río”». Sin duda, Zorrilla era un romántico que escribía con la propiedad inapelable de los clásicos, pero su Don Juan me sigue pareciendo lo que me parecieron de niño sus antifaces, su apuesta, su convento, su cementerio, sus estatuas que hablan y se filtran por las paredes, una gran comedia de magia; drama religioso-fantástico, rezan debajo del título las primeras ediciones. En la mesa enorme del cuarto de la plancha llegamos a representar la escena del cementerio Rafael y yo con los maniquíes de mimbre que servían para arreglar los vestidos de nuestras hermanas y que andando el tiempo habían de ser nuestras primeras queridas. El Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas, se lo vimos hacer todavía al gran actor romántico Antonio Vico, en un teatrón situado en la calle de Toledo, frente al mercado de la plaza de la Cebada, donde se representaban los viejos dramones del romanticismo, se llamaba teatro de Novedades; terminó en una verdadera tragedia, un incendio en el que perecieron numerosos espectadores. Vico estaba tan grueso que no podía entrar por el balcón para raptar a Doña Leonor y hacerla poco galantemente responsable de uno de los ripios con que trata de deslumbrarla: «Para ti la jaca torda, la que, cual dices tú, los campos borda»; entraba muy tranquilo por la puerta y durante la representación en todas las escenas había una silla en la que Vico, de pronto, aunque no viniera a cuento se sentaba; declamaba desde luego sentado el monólogo, que nos hacían escuchar con atención manifiesta, es decir, que poníamos atención en ponerla, «Sevilla, Guadalquivir, cual atormentáis mi mente». Lo que nos seducía de don Álvaro era la salida final del convento para el desafío: «No pasen el paredón que hay pena de excomunión», esta frase creaba la atmósfera mejor que pudiera hoy hacerlo el director de escena más entrometido. A Vico en escena lo veo siempre sentado. Muchos años más tarde, cuando ya había muerto, le volví a ver, pero en un escenario de París, bajo la apariencia de Sarah Bernhardt, quien después de que le cortaran una pierna seguía representando sentada en una silla. El espectáculo propiamente dicho, el que las personas mayores llamaban así y al que íbamos más frecuentemente, estaba en el circo. Había dos en Madrid: el aristocrático, de Párish, con acento en la a, le decían unos, y me parece que una hache en alguna parte, o de Price, según lo llamaban otros, que si no lo han convertido en un banco debe de continuar en la plaza, si no me equivoco, del Rey, a la entrada de la calle del Barquillo, y el popular, el circo Colón, que estaba en la plaza de su nombre. El aristocrático funcionaba a temporadas, las temporadas elegantes, sobre todo la de primavera, cuando se terminaba el abono del Real, la ópera; venía a ser el complemento de los toros: las tardes de toros y las noches de circo, el ruedo y la pista, círculos tangentes irreales a fuerza de acumular realidad, tan parecidos como distintos. El circo popular estaba abierto todo el año, por lo menos los días de fiesta. Bastaba tener cincuenta céntimos, claro que entonces dos reales era una cantidad, pero nosotros la solíamos tener, para entrar. Con esta entrada general había que subir a las gradas más altas y no numeradas. Ya he expuesto la estrategia empleada por Amancio que nos llevaba en las batallas libradas por el público barato para llegar hasta allí. Rafael y yo siempre estábamos pensando en ir al circo. Yo ponía tanto empeño como él en ir y no por darle gusto a mi hermano, pero el espectáculo del circo tenía para mí yo no sabía qué de antipático. Sin embargo, luego en casa me empeñaba de nuevo tanto como Rafael en realizar entre los dos todos los ejercicios posibles que en la pista nos habían parecido irreales. Rafael tomaba a su cargo los papeles de fuerza, yo me distinguía en el salto, llegó a llevarme en pie sobre sus hombros. La antipatía que me causaba y me sigue causando el espectáculo del circo es la misma que he sentido siempre por los jardines zoológicos y las jaulas, los alambres, ¿hay algo más antipático que un alambre? Las barras niqueladas de cirugía, los barrotes insoportables de hierro, los animales haciendo gracias como los niños amaestrados, las fieras aburridas. A mí no me engañaba la ducha de luz que inundaba la pista del circo Colón, circo más triste de lo debido porque era un circo pobre, ni después me han convencido la literatura y la pintura que se han hecho sobre el circo y sus sorpresas y tristezas, la tristeza del circo es zoológica, ¿hay nada más triste que un jardín zoológico, una jaula al sol, el galope musical que acompaña a la bailarina ecuestre, el vals de los elefantes, las arias de los equilibristas, sea la que fuere, una música de circo? No creo que me equivocara mi impresión primera de niño. El circo no responde a la esperanza y alegría que causa su antecedente en la vida del espectador, el tiovivo, esa invención de la rueda para no ir a ninguna parte, obra anónima de la humanidad y tan genial como la rueda de la locomoción y la transmisión. Hay otra invención genial de la rueda: la ruleta. Hagan ustedes sus juegos (de ideas) con las tres. A pesar de sus novedades y cosas raras, el circo no produce verdadera sorpresa. Lo sorprendente de él es su determinismo, su precisión, su muestrario de la máquina humana en toda clase de manifestaciones. El circo es un museo de lo mucho que el hombre puede hacer maquinalmente y no hace porque no lo necesita, cada vez menos necesitará semejantes maquinaciones orgánicas puesto que cada vez más, para sustituirlas, inventa máquinas. Al maquinismo del circo se debe precisamente que los clownes y los payasos, los graciosos del norte o del sur, sólo suelan ser graciosos cuando se caen o se pelean; cuando crean la espontaneidad, creación teatral, se les ve mejor fuera de la pista, en el escenario del music-hall, como se veía a Grok, o en la pantalla, como se ve a Chaplin. La gracia del circo es muscular; en cambio, la fuerza del mismo es no la fuerza bruta, la racionalizada. La tarde que vimos en el circo Colón a la familia numerosa china que se balanceaba sostenida geométricamente por el padre colgado de un gancho por la trenza, mientras se enrojecía la frente y parecía que iba a desprenderse la cabellera, pero no se desprendía, Amancio dio en alta voz una explicación de esa fortaleza: «Nu es el pelu, es una peluca», que tranquilizó a los espectadores del gallinero e hizo reír en casa cuando Rafael y yo la contamos muy convencidos. «Sería mucho más difícil», nos dijeron. El chino venerable sostendría a la familia, la falsa familia de los circos, con su pelo natural, pero Amancio tenía razón, aquella cabellera estaba cultivada, preparada, distribuida con la misma ciencia que los pesos equilibrados de los familiares, no era la cabellera natural, espontánea, revuelta, sino algo cuidadosamente peinado y dispuesto por artificio en la cabeza para que diese la máxima resistencia.
¿Qué fuerza bruta había de arrebatarnos a los muchachos de Madrid sino la de los toros? Antes de verlos el huracán que los días de corrida se levantaba en las rinconadas madrileñas y corría por la calle de Alcalá hasta la Plaza venía a ser, para nosotros ni siquiera espectadores, como el que producen en el ruedo las pesadas arrobas de un toro corriendo en sus primeras embestidas al capote. Los toros se planteaban en términos de cuestión supongo que en todas las buenas familias, por lo menos en la nuestra. La primera cuestión, los abonos. Nuestro hermano mayor tenía su abono de aficionado que conoce las ventajas y desventajas de cada sitio y sabe elegir el suyo en el tendido. Nuestras hermanas mayores también tenían que ir a los toros y su sitio no podía estar en el tendido, al que no iban más que hombres, ni en las primeras filas, la barrera y la contrabarrera, a las que iban mujeres, pero qué mujeres, y donde además las localidades costaban tan caras. Las señoras o señoritas no se concebía que fueran a la Plaza vieja de Madrid sino a delantera de grada (cobijada) o a palco; en fin, no cabía pensar que nuestro hermano y nuestras hermanas mayores fuesen juntos a los toros. Nuestro padre, si en su juventud había ido alguna vez, no iba ya porque, como creo haber dicho a su debido tiempo (en el primer tomo), mostraba escaso aprecio por la fiesta que me parece no se decía aún nacional, pero sí castiza, en lo que sería poco cordobés, y, asimismo, porque el buen cordobés, como el buen sevillano, veía poco corridas de toros, no veía todas las de su ciudad, y no se daban muchas en ella, menos que en otras ciudades españolas, menos desde luego que en Madrid o en Barcelona; no necesitaba vedas; Córdoba, Sevilla, precisamente por ser las cunas más fértiles de toreros, es decir, de actores, no lo eran de espectadores del toreo, o César o nada, en dichas ciudades la tauromaquia ha sido una ciencia infusa y un arte innato. Es verdad que nuestro padre tampoco asistía a las carreras de caballos ni al juego de pelota ni al circo ni al teatro, no había más espectáculos en Madrid, no iba a ninguno. El abono de nuestras hermanas mayores a los martes lilas del teatro Español de Díaz de Mendoza y la Guerrero, a los jueves de gala del Real y a los sábados elegantes del circo no presentaba dificultades: «Manolón, al renovar el abono no te olvides de cambiar las butacas, a ver si pueden darnos las que están, etc.»; tales variantes, aunque siempre anunciaba que eran imposibles, las lograba con facilidad Manolón de los taquilleros, sus amigos. Las butacas abonadas para esos espectáculos eran tres para nuestra madre y nuestras dos hermanas mayores en los buenos tiempos, en los malos fueron dos, nuestras hermanas alternaban. El día de función en el Real venía a casa Pagés, el único peluquero de señoras que había en Madrid, en la calle de Peligros, pero a las señoras acudía a peinarlas a domicilio, para hacerle el peinado a nuestra madre que debía vestirse con escote cortesano y ponerse en las orejas, el cuello, la muñeca y el dedo el juego de esmeraldas del Perú —hoy diríamos del Ecuador o de Colombia, se hablaba de América todavía en términos de virreinato, tradicionales en la familia—; la reina regente y las infantas ocupaban ese día su palco.
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La tarde de toros salimos de casa antes que nuestras hermanas, nos parecía, sin embargo, que podía ser tarde y andábamos más deprisa que nuestro hermano mayor y nuestro primo Críspulo, hijo del tío Andrés, el hermano de nuestro padre que había querido convertir en perlinos a todos los caballos de la casa de Belalcázar y estaba siempre en alguna provincia o islas adyacentes como gobernador civil, si no en un puesto de su carrera jurídico-militar. Nuestro primo Críspulo estudiaba Derecho en Madrid, como nuestro hermano, vivía en una casa de huéspedes y venía a comer a casa por lo menos los domingos e iba a los toros con nuestro hermano y, aquel día, con nosotros; se reía de nuestro andar precipitado; nuestro hermano mayor decía: «Tenemos que llegar temprano, para que podáis ver bien los corrales», los entre bastidores del espectáculo taurino. La Puerta del Sol no era la de todos los días, ni la que habíamos visto una tarde excepcional, cuando la atravesamos con el desfile de los Victorianos que marchaban a Cuba. Entonces la vimos hirviente, rebosante, bien que estática. Ahora el aumento de empeños de mantas y colchones de que nos hablaba José Barrios, el jefe de la sucursal del Monte de Piedad en la cabecera del Rastro: «A la plaza, dos reales, a la plaza», mil gritos como flechas, todos los carruajes de Madrid, los públicos como los privados, que habían abandonado su itinerario cotidiano para seguir el de la plaza: las pesadas góndolas chorreando gente desde el techo, arrastradas por tres y dos y una, o dos, dos, dos, seis mulas; las jardineras, sacudidas, donde los aficionados juntaban las cabezas y enseñaban las espaldas; los rippers de la calle Ancha de San Bernardo, más obstinados y brutos que de costumbre, como equivocados de camino; los ómnibus herméticos de los ferrocarriles y la ropa de sus baúles, el montón de aficionados en el techo; el penco desbocado, la manuela, el tronco, las patas por los aires, el milord, las chulas, las señoras en volandas; el landó, el matador medio envuelto en las luces de su capa y sus amigos a oscuras, la cuadrilla iba en jardinera; el remolino de la Puerta del Sol enderezado a trallazos y blasfemias por la calle de Alcalá, nuestros tranvías del Retiro perdidos, perdida su bravura, llevados presos en sus carriles por racimos de gente subida a sus estribos, cogida a sus plataformas, los despreciábamos ahora Rafael y yo, la voz del primo Críspulo para que tomáramos uno, nuestros gritos pidiendo ir en góndola, necesidad de tomarla por asalto, ausencia de nuestro estratega de multitudes, Amancio, arrebato de nuestro hermano mayor que nos encaramó en la góndola, en la imperial, miedo que no sentí cuando me quedé colgado al balcón del lado de la calle, vértigo del sol que iba también a los toros haciendo vibrar el aire; surco del llanto, junto a la acera derecha de la calle Alcalá, por donde a contracorriente del ancho movimiento estruendoso y tupido se desprendían como gruesas lágrimas silenciosas los diferentes vehículos, góndolas, jardineras, rippers, ómnibus, manuelas, milores no, landós tampoco, se quedaban esperando a sus señores, los demás carruajes de alquiler vacíos que volvían a subir, repletos y contentos en el movimiento general, me acordé de ellos, de su alegría y su tristeza alternativas, cuando vi por primera vez una noria en Belalcázar; los jinetes que subían junto a la acera izquierda, el alguacilillo negro silueteado y el picador amarillo monolítico con el monosabio rojo a las ancas, sin perder la serenidad de sus caballos al paso, dando la sensación alucinadora, pues todos los adelantaban, de que andando hacia delante retrocedían, Rafael y yo temíamos que llegasen tarde y no tomaran parte en la corrida; apresuramiento de los andarines detrás del cordón de espectadores parados en el borde de las aceras, como si presumiesen llegar antes que los coches; nuestro descendimiento de la góndola, rebaño para penetrar en la plaza de toros adonde el sol no había llegado todavía; asalto de las sombras con su olor úrico bajo las gradas, nuevo encuentro con el sol que estaba ya viendo los corrales; puyas que los picadores ponían a las paredes, pateo y boñigas de los jamelgos, aroma a cera y claveles de la capilla, lo alto del estribo de la barrera, la subida en tropel al cielo del tendido, nuestro hermano mayor gritando a un espectador que ocupaba uno de nuestros sitios, gestos, golpes de ambos, revoltijo de los que se echaban encima, un guardia de orden público, un guardia civil, que deshacían el grupo y se llevaban dos rostros ensangrentados, voz de nuestro primo Críspulo que los acompañaba: «Volveré enseguida, os quedáis con estos amigos», amigos que no nos hacían caso, angustia de encontramos solos en aquella muchedumbre a la redonda, los tendidos abanicándose con mil abanicos, el clarín como la trompeta de órdenes de la parada, los toreros tan pequeños como los de la papelería de Palomeque que vendía, además de soldados, toreros de plomo, pero no para jugar los chicos sino para que los grandes hicieran regalos a sus amigos extranjeros, como hacía nuestro hermano mayor a sus condiscípulos del colegio de Orleans, el toro que nos tapaba los ojos, «Oye, ¿qué ha hecho?», nos preguntábamos uno a otro Rafael y yo cada vez que oíamos aplaudir o gritar después de un encuentro del toro con un capote o un caballo, sólo se veían claramente los pares de banderillas, los toreros estaban siempre moviéndose y tan rápidamente que no podíamos seguirlos, se nos escapaban de la vista, el arrastre del toro con la cabeza levantada y el salto final, sobre su cuerpo, del mulillero que era lo que más nos gustaba; regreso de Críspulo: «Se han hecho bastante daño, no van a poder venir, los están curando», consuelo de un amigo: «No han perdido nada, qué corrida más asquerosa»; las vueltas y las revueltas del ruedo, el mareo, el cansancio, la salida en rebaño, el regreso a pie, las góndolas y las jardineras vacías, las aceras de la calle Alcalá repletas y deslizándose hacia la Puerta del Sol, el llevarnos a merendar que nos habían prometido y no se nos había olvidado ni a Rafael ni a mí, el café donde nos estaba esperando nuestro hermano mayor con un parche en su gran nariz hinchada y el otro con quien se pegó que llevaba el parche en una ceja demasiado saliente, asombro y explicación de nuestro primo Críspulo: «Ya me decía yo que le conocía a usted de la universidad», la conversación: «Si es el hermano de…». «Si lo hubiese sabido». «Nos está bien empleado por idiotas.» «No habéis perdido nada…», descontento de Rafael y mío porque el parche de la nariz se veía más que el de la ceja, le hubiéramos dado con gusto al rostro de tal ceja un puñetazo en las narices, a los pocos días Rafael no quería seguir estudiando la lección y se peleó con nuestro hermano mayor, este ya varias veces nos había dicho que estaba cansado de tomarnos las lecciones, decidió no volver a ocuparse de nosotros, torneo en el café por quién pagaba la merienda, la calle de Alcalá sin los landós, los milores y las manuelas que se habían quedado en el paseo de coches del Retiro, reguero alegre de los vendedores de periódicos voceando: «¡EI Tío Jindama con la reseña de la corrida!», el silencio de los que volvían de la plaza arrastrando los pies y desbordaban las aceras al aproximarse a la Puerta del Sol donde la calle se estrecha, la vuelta de los toros era una manifestación de protesta, la que vimos otra tarde no mucho después Rafael y yo que tardamos mucho en ir de nuevo a los toros y seguimos yendo con Amancio a ver la vuelta, los vendedores de periódicos que en vez de vocear «El Tío Jindama con la reseña» voceaban el extraordinario de El Heraldo con algo de lo que sólo entendimos la palabra «Cavite», nos preguntamos por ella entre los gritos de la multitud que se detuvo en la calle de Sevilla, bajo los balcones de la agencia de El Heraldo en La Equitativa, de los cuales pendían grandes carteles blancos que Amancio como los demás manifestantes procuraba leer, aparición, como un guiñol, de un señor voluminoso de chistera, subido no se veía sobre qué y agitando un bastón con borlas, las voces que le lanzaban como pedruscos entre las que sonaba una que ya habíamos oído: «Matadero», y otra que nos era desconocida: «Aguilerón», estrategia de Amancio para sacarnos del barullo, Amancio en casa contándole a nuestro padre lo que había pasado: «Entonces, dun Albertu Aguilera… », la explicación de un amigo de nuestro padre: «Aguilerón evitó que fueran a Palacio… ». Esta fue una tarde histórica a la que luego se aludía siempre con una indignación ingenua: «Cuando se perdieron las colonias, la gente volvía de los toros».
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Mis primeras lecturas personales fueron las aleluyas, cuyo pliego era como una hoja de periódico; se vendían, como los periódicos, en la calle, los días de procesión, para ser cortadas y arrojadas; así, ahora, en las oficinas de Nueva York cortan las hojas de las guías de teléfonos para arrojarlas en señal de saludo al paso de un cortejo por la Quinta Avenida. En Madrid, ya no se arrojaban ni se cortaban, continuaban vendiéndose al margen de las procesiones, formaban parte de la mercancía callejera con las rosquillas, las naranjas, los altramuces, los molinetes. En la alegría de la calle, donde había colgaduras pendientes de los balcones abiertos y estaba tendida la tropa conteniendo al público, que esperaba el paso de las imágenes, eran realmente las hojas de un periódico, el extraordinario sensacional, la crónica, no de la procesión que iba a pasar, sino de lo que podía pasar en tal atmósfera. En las aleluyas se aprendían fábulas, historias, los hechos de la vida de un hombre real o fingido; lo importante para mí no era el hombre, sino los hechos. Me acordé de las aleluyas cuando tanto tiempo después leí en Goethe que el hombre se conoce en la acción. Otra clase de imaginaciones me produjeron dos libros: los cuentos de Andersen y Miguel Strogoff, de Julio Verne. Esos cuentos se reducían, para mí, a uno solo (de los otros no me acuerdo), el del soldado de plomo, que no sé si se llama así, no he querido nunca volver a leerlo para que no pierda en mi imaginación el polvo de ala de mariposa, que conserva todavía, al cabo de los años. La historia del soldado mismo no llegaba a interesarme. En cambio, la que me enajenaba era la historia de la que no se sabía nada, la historia desconocida, y precisamente por eso inolvidable, del anciano que habitaba aislado en su palacio de otra edad, de pesada puerta, que abría, indiferente, un criado, y altos balcones frente a la casa, desde donde yo le atisbaba. El cuento de Andersen no era duro, terminante, como las historias de las aleluyas. Tenía algo detrás, otra historia, en la que se respiraba otra atmósfera que había que imaginar y para mí tenía el aroma de una caja de doble fondo, que nos enseñaba a veces nuestra madre. Miguel Strogoff me enardecía por lo contrario que el cuento de Andersen me enajenaba, por el viaje azaroso del correo del zar. El libro en que yo lo leía era como un cuaderno de cubierta ilustrada con el retrato de un coloso algo fofo, una figura extraña que llevé, por lo visto, durante años olvidada en un desván de la imaginación, hasta que conocí al pintor mexicano Diego Rivera, me di cuenta de que era la de él y se la devolví. Las imágenes y las personas o las cosas que les corresponden no van siempre juntas. Si a veces se encuentran las imágenes antes que las personas o las cosas imaginadas, otras veces pasa mucho tiempo hasta que se encuentra la imagen de lo que se ha visto. Habrá un orden del mundo, pero ¡hay también un desorden! Los cuentos de Perrault no me hicieron impresión. Los tres mosqueteros no lo leí, nos lo contó a Rafael y a mí nuestra hermana Eulalia durante muchas tardes de vuelta de paseo en el tranvía del Hipódromo, un verano que no salimos de Madrid. La imaginación de los niños españoles se encendía con nombres extranjeros, no ya en los libros traducidos, sino, asimismo, en uno de tanta tradición española como el Romancero; el de Durán, que estaba en el despacho de nuestro padre, en la mesa del centro, fue el primer libro español que recuerdo haber leído. Otro de los primeros libros españoles que leí pasó rozándome con el desfile de sus períodos, las oraciones en correcta formación y las palabras tan bien puestas; era, lo he dicho hace muchas páginas, la Introducción al Símbolo de la Fe, de Fray Luis de Granada. Estaba en el gabinete de mi madre y me atraía por su tamaño grande y su encuadernación confortable. Debo confesar que sólo me gustaba leer de él, pero eso no me importaba leerlo muchas veces, lo que dice de los animales. Cierta vez que estaba engolfado en su lectura, sentí una gran decepción, porque alguien, no sé ya quién, que entró en el gabinete y miró por encima de mi hombro, me dijo: «¿Estás leyendo a Luis Sarria?». A mi madre le extrañaba mucho que yo leyera a Fray Luis y sentía recelo, yo notaba muy bien que no le agradaba. Me veo algo después en el sofá de la antesala, al calor de la estufa que había ocupado un área tan importante en el mundo de la infancia de Rafael y mía, arrebatado por la lectura de una novela de Galdós, debía de ser un episodio nacional, pues yo era el personaje que se encuentra en todos los acontecimientos. Los libros españoles, clásicos o modernos, que leíamos en las clases del colegio, si eran de verso, nos gustaban, en general, a los chicos, lo que nos gustaba era la rima; si eran de prosa nos resultaban insoportables, empezando por el Quijote. La célebre descripción del amanecer, con «el rubicundo Apolo» y «los pequeños y pintados pajarillos», me parecía a mí tan antipática como «la perenne convivencia de lo espiritual y lo corporal» del libro de psicología de don Urbano González Serrano, no nos decían que era una parodia de las descripciones que se hacen de la naturaleza en los libros de caballerías, el trozo que leíamos se detenía en la invocación a Dulcinea; entonces, ¿para qué nos hacían leer ese trozo?, ¿para que lo tomáramos como una muestra del buen estilo de Cervantes? Menos nos decían, pues, sin decir lo anterior, tampoco podrían decirnos esto, que si Cervantes se burla de tales descripciones de los libros de caballerías, no las sustituye en su libro con otras descripciones de la naturaleza, de la cual se limita a dar indicaciones, a veces elogiosas, porque en su tiempo el paisaje era asunto de la pintura, no de la literatura, se pintaba (de un modo generalmente convencional), pero no se describía; no nos decían nada de todo lo que cabe decir sobre las curiosas relaciones artísticas entre el hombre y la naturaleza. Nos quedábamos, por tanto, sin saber que el paisaje de mancha y desolación, que se ha puesto como fondo a Don Quijote, es posterior a Cervantes (en tres siglos). Pero aunque nos hubiesen situado como es debido los textos clásicos y nos hubieran hecho leer libros modernos divertidos, éramos muy jóvenes para que el terror nos permitiera, no ya nos acicateara, el gusto a la lectura, que es un placer. Todos los estudios los hacíamos bajo un terrorismo latente, el de los exámenes. Sin embargo, los días de examen, como lo tengo dicho, eran jornadas no sólo de terror, también de alegría. El despertar y el desayuno, las primeras horas del día, a Rafael y a mí, supongo por lo de vestirnos tan temprano con los trajes de paseo que solíamos ponernos nada más que por las tardes, nos hacían el efecto de ser las de Semana Santa, cuando íbamos con nuestro padre a los oficios que tanto nos sugestionaban de las Descalzas Reales. Pero entonces, el ligero temblor matinal se debía al madrugón; ahora a fuerza de miedo teníamos un temblor paralizado por el cloroformo de la cobardía, que detiene, asimismo, a la amenaza, la oculta con un velo invisible y pesado. En el colegio aprendíamos a reaccionar valientemente contra el miedo, pero sólo contra el miedo de la agresión personal, en las peleas. El miedo de los exámenes nos sobrepasaba. Pensando ya de hombre en él, me ha parecido que era el terror pánico, cósmico. Era el terror del infierno que, en cambio, el infierno no nos causaba, como tampoco nos convencían las delicias del cielo. Desayunábamos deprisa y mal, no habríamos desayunado si nuestra madre no nos hubiese obligado, temía que nos mareáramos durante el examen, y para que después no se nos alcanzara el estómago, nos daba dinero, con el que enseguida de examinarnos debíamos ir a tomar algo a un café que había en la calle de Toledo, no lejos del instituto, en la acera de enfrente, el café de San Isidro que, tanto como el Imperial, sonaba con el prestigio más chulapón en las canciones del teatro por horas, el género chico que privaba en Madrid. Ir al café, como nuestro primo Damián Sedano y al Imperial o al San Isidro, tal promesa de delicias la gustábamos mezclada al terror. El placer que no nos hubiera podido dar ningún libro de imaginación bajo la amenaza de exámenes nos lo daba el café, pero un café que era también literatura. La calle de Trujillos abajo, que seguíamos al salir de casa, huía de nuestros pies inseguros; pasada la del Arenal, al subir la de las Hileras se nos hacía un nudo en la garganta; atravesábamos la plaza Mayor con esa decisión que suelen dar las plazas y que nos aliviaba en aquel vía crucis, pero al tomar la violenta cuesta abajo de la calle de Toledo, perdíamos el equilibrio, nos temblaban las piernas y los brazos, íbamos hechos unos peleles, nos habríamos caído sólo con que nos hubiesen tocado.
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Debía de hacer más de un año que, por la mala situación económica general, de la que se hablaba, como sucede ante ciertas enfermedades, con más espanto que de la enfermedad, de la cura, «los presupuestos de Villaverde», se decía, dando a la receta el nombre del ministro que impuso las economías, luego de la guerra, y la especial de la casa de Belalcázar, no salíamos de veraneo. Nuestra madre y nuestras hermanas pasaban las tardes en el sofá y las butacas de la sala grande, a oscuras, desfallecidas. En la sala se habían quitado las cortinas, las alfombras, los adornos; se había quedado menos apretada, vestida de verano con sus fundas blancas; sin embargo, Rafael y yo teníamos que buscar el fresco de las baldosas blancas y azules para dormir la siesta antes de ir a la Casa de Campo o a la Moncloa. Nuestro hermano Pedro tenía preparado un viaje aparte. El único a quien no le importaba no veranear, más aún, a quien le gustaba pasar los veranos en Madrid era nuestro padre, que salía a la calle durante las horas de mayor sofoco, en las cuales, como se decía, «Madrid era un horno», y alguna vez volvía diciendo cosas como esta, que despertaba la indignación sorda de la familia y habría hecho faltarle el respeto si ello hubiera sido concebible: «He atravesado la plaza de la Cibeles y corría un vientecillo fresco». La plaza de la Cibeles estaba considerada como la más tórrida de Madrid. Después de vivir en el extranjero, y en países más fríos que España, los veranos de Madrid no me han parecido ni he visto que a los madrileños les parezcan tan terribles. Las sensaciones vitales que produce una ciudad no dependen sólo del clima, dependen asimismo de cómo se reciben. Ignoro si ha cambiado la temperatura, pero sé que ha variado la sociedad madrileña. El veraneo era una necesidad, no ya natural, sino social del Madrid acomodado de principios de siglo. Veranear daba rango a una familia burguesa, como tener coche. «Estaba mal visto» no veranear. Y había que veranear en las playas del norte, en el Cantábrico: de las playas españolas, la más visitada era la del Sardinero, en Santander; la reina regente prefería la Concha, de San Sebastián, pero hacía una vida retirada, no tenía corte; las más elegantes no podían ser otras, claro está, que las francesas, San Juan de Luz, aunque el nombre parecía español. A las playas del Mediterráneo iba alguna vez la clase media pobre y popular, como a una verbena, en un tren carreta especial, de tarifa rebajada, en el que no dejaba de llevar su botijo, antes que las maletas, cada familia o grupo, y por eso se le llamaba tren botijo. No el verano, el veraneo era lo que ponía enferma a la buena burguesía española, y en reacción contra esta morbosidad se produjo (en la aristocracia castiza) la defensa del veraneo en Madrid. El marqués de Alcañices y duque de Sexto, a quien ya he recordado con sus patillas de majo de Cádiz y que había sido alcalde de la capital, proclamaba que él no salía de Madrid en verano, es verdad que tampoco salía en invierno; los ferrocarriles no habían facilitado todavía los viajes, nuestro padre se resistía a viajar porque había viajado siempre incómodo a caballo, en coche propio o en diligencia y sostenía que el ferrocarril era más incómodo, le mareaba; el veraneo madrileño celaba sus delicias con las verbenas, se bailaba por las noches bajo guirnaldas de papel y al son del organillo en todos los solares de Madrid, el pueblo se manifestaba más social que la burguesía, las mujeres más asequibles, el calor se hacía blandamente cómplice con su relajo. El político escéptico y conservador don Francisco Silvela, a quien se le achacaban todas las frases cáusticas, tuvo que ser también el autor de la que se decía a este propósito: «Madrid en verano y sin familia, Baden-Baden». Baden-Baden era entonces el sitio de reposo y diversión más encopetado de Europa. A pesar de estos elogios interesados todo el que podía, salvo las excepciones señaladas, abandonaba la capital en verano. Por lo mismo que el tren empezó siendo una nueva aventura del viaje, la aventura mayor puesto que la menos conocida, lo primero que debía tener de extraordinario el veraneo era viajar de la manera más moderna, en tren expreso. Ir a veranear en un correo o en un mixto resultaba deslucido. Ir a veranear a un sitio donde no fuera necesario para llegar tomar el tren deshonraba. El tren expreso que con sus vagones elevados y cerrados, de una estación a otra igual, había suprimido las molestias y el encanto de las variaciones de los lugares, tenía sin embargo su romanticismo, como no lo tenía aún la diligencia, la cual estaba entonces en la etapa en que no era más que pintoresca. El tren había adelantado tanto a la diligencia también en esto que había superado ya el romanticismo y estaba realmente en el sentimentalismo del tren expreso de Campoamor, llegaría siguiendo su horario a la nostalgia de la estación de Azorín. A Rafael y a mí lo que nos enardecía del veraneo era el ir en tren.
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Ahora noto y me parece curiosa la gustosa desazón que empezó, no sé si en Rafael empezaría antes, a proporcionarnos pensar en las mujeres aquel invierno en que estudiábamos el quinto año de bachillerato y era como una asignatura clandestina aprender en fotografías y libros pornográficos que nos vendían sin que los hubiéramos pedido en las librerías de lance, adonde habíamos ido a comprar un libro de texto («Sí, lo tengo y también tengo este que es más interesante»), las intimidades sexuales, que nosotros sólo podíamos practicar en la imaginación, iniciándonos y ayudandonos unos a otros como buenos hermanos de la masonería perpetuamente renovada y universal, que ha sido puesta bajo la advocación de Onán, como podía haberlo sido bajo la de otro personaje bíblico o no. También resulta poco exacto llamar al onanismo vicio solitario, no suele ser solitario al principio, verdad que entonces tampoco es vicio. Nuestro hermano Pedro nos advertía con indirectas sobre los males que nos podía acarrear y nos vigilaba donde únicamente le era hacedero, en casa, ya a Rafael y a mí se nos había añadido el primo Rafael, de quien he hablado, y la promiscuidad del onanismo infantil se detenía sólo en los hermanos. Pero en el colegio en que había estudiado Pedro era aún peor que en el nuestro, un día sorprendimos una conversación que tenía con otros amigos y nos enteramos de que en los Escolapios, los alumnos, cuando iban a confesar y estaban en las capillas, armaban las grandes orgías masturbadoras. Los confesores daban por supuesto que nos dedicábamos a ese deleite. Supongo que no sería a mí solo a quien, antes de que me acusara, me preguntaban si lo hacía y cuántas veces; era el pecado más horrendo. A pesar de este horror, las amenazas con el infierno y las advertencias contra los males físicos, los chicos no teníamos miedo ni sentíamos remordimiento, la depresión que sufríamos después del placer nos daba una tristeza animal. En los momentos de excitación, yo no pensaba en Julia ni desnuda ni arrodillada ni de ninguna manera, supongo que a Rafael le pasaría lo mismo con ella y a los demás chicos con sus Julias; pasaban, en cambio, por mi imaginación las fotografías, una sola bastaba para que empezara a moverse y fuera toda una película sin saber ni sospechar que hubiera, ignoro si las había ya, películas pornográficas. Nos excitaba el artificio de la imaginación, la realidad nos extrañaba, nos disgustaba, no tardaría yo mucho en experimentar que llegaba a darnos náuseas. Me parece que se toma el efecto por la causa cuando se hace al onanismo infantil responsable de la náusea o al menos la desilusión, la falla de la imaginación que se produce a menudo en el primer contacto con la realidad del otro sexo. No es el onanismo el causante de la orgía imaginaria. El artificio que nos excitaba era el de la imagen, por esquemática que fuese; en casa, los domingos por la tarde, el primo Rafael, mi hermano y yo, nos disputábamos los dos maniquíes de mimbre que había para arreglar los vestidos de nuestras hermanas y que nos habían servido de estatuas para hacer la escena del cementerio de Don Juan Tenorio, los palpábamos, los levantábamos y acabábamos rodando por el suelo abrazados a ellos; la literatura buenamente pornográfica nos hacía poco o ningún efecto, incluso llegaba a hacemos reír, sin duda porque era muy burda. En cambio, yo descubrí, en la biblioteca de nuestro hermano mayor, el libro de narraciones de Sacher-Masoch, La herencia de Caín, y una de ellas, especialmente La Venus de las pieles, nos excitó a todos los que la leímos. Qué impresión tan distinta había de darme Wanda de Dounaieff como se llama en la narración, cuando la conocí, todavía altanera, aunque anciana, imposibilitada y perseguida por austríaca en París al comienzo de la Primera Guerra Mundial de nuestro siglo, en 1914, y le presté mis señas para que vendiera sin salir del anónimo las pieles que aún le quedaban.
III. LAS DELICIAS
EN EL AÑO mil novecientos y pico sonaban mucho los pregones en Madrid. Se los oía muy distintamente. Sus gritos cargados de afectividad, no sólo en los oídos desgarrados, tiernos, hondos, sino como viniendo de muy lejos, recorrían las calles, atropellados a veces por la carrera de un coche simón, zarandeados otras por el bamboleo de una carreta de bueyes o el traqueteo de un carro tirado por tres o cuatro mulas de reata. Los juramentos de los carreteros los asesinaban. Los chillidos de una vecina que llamaba a otra o al chico los atravesaban de parte a parte. El coche de lujo con llantas de goma apenas si los pateaba con los cascos del ligero tronco de caballos. El ómnibus o el tranvía lo había en pocas calles; ahora, en las que lo había, machacaba o aserraba a los pregones más gallardos. Si las graves campanas de las iglesias y los conventos volcaban sus toneladas de silencio sólido, monolítico, al pasar ellos, los sepultaban vivos, los hacían inauditos. Salvo en estos momentos excepcionales en que se oían las horas, el tiempo, los pregones, rotos y todo, lucían sus líneas sonoras, se deslizaban en el aire como cohetes, eran los fuegos artificiales del oído. Corrientemente, el organillo, haciendo bailar las monedas que le tiraban por los balcones y rebotaban en las aceras y los adoquines al son de sus pasodobles y sus chotis, lograba meter a los pregones en las alcantarillas. Pero cuando este chulo dejaba libre la calle, el pregón era el divo del arroyo, se cruzaba altanero con el violín o la flauta del músico ambulante, encuentro sentimental de la música noble venida a menos y la voz del mercado que señoreaba, modulándose en gorgoritos, en versos de geografía bucólica, nostálgica dentro de aquel Madrid callejero con más cacharrerías que árboles, tan cerrado y sin perspectivas campestres: el infantil «¡Moras, moritas, moras!», el femenino «¡Y rábanos!, rabanitos como el agua, tiernos», el masculino «¡Buen requesón de Miraflores y a pruebaaa!», el ambiguo «¡La fresa de Aranjuez, la fresaaa!», los hombres maduros, «¡Al buen arrope manchego, al buen arrope!», «¡Miel de la Alcarria, miel!», y el primaveral, el mozo «¡La buena planta de claveles dobleees!». Estos ecos subían de las calles de adoquines y ladrillos. En la Puerta del Sol subían tantos pregones que no se oían, había que acercarse, pasar por delante de cada uno de ellos para oírlo, estaban estancados, se abrían en ondas, formaban corros, pero no corrían, sus pregoneros no eran andantes, marcaban el paso todo el día sobre las mismas losas como buenos cortesanos, y ellos, los pregones, en vez de bucólicos, como los de las calles, eran cortesanos también y aromáticos e íntimos para las vírgenes y las que iban a dejar de serlo, las novias: «¡Nardos, nardos!», con su fragancia nocturna en las capillas y las alcobas; o para otros usos: «¡Papel de Armenia!», que se oía y olía, aun en plena Puerta del Sol, a perfume hasta cierto punto oriental mezclado al olor del cuarto de un enfermo cuando acababan de sacar el bacín, que es donde y cuando se quemaba ese papel; o de utilidad ciudadana: «¡Gomas para el paraguas!», «¡Llaveros de níquel!»; o de alta especulación pasional o erótica: «¡La desesperación y
El arrepentimiento, de Espronceda!», «¡El arte de amar, de Ovidio!»: o «Juguetes para los niños!», «¡El bonito juego del ratón y el gato!», «¡Don Nicanor tocando el tambor!»: o «¡Necesario para los paletos!»: «¡El Almanaque Zaragozano y la Guía con todos los paseos, calles, plazas y plazuelas que tiene Madrid!».
Mas, en el enero madrileño de 1906, seguramente ningún pregón suena más hondo que este de sube y baja: «¡La cañamoneraaa!, cañamones», cuando va y viene como ahora, a primera noche, por el barrio de las Descalzas Reales.
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Debo reconocer que ignoro si a los demás chicos de mi edad les sucedía lo mismo que a mí; la tiranía de las pantorrillas femeninas la sufrí sin compartirla con ningún amigo ni con mi hermano. Los estudios de Rafael y los míos, al separarse, nos separaron, no más allá, más acá de lo que podíamos darnos cuenta: perdimos sin echarla de menos nuestra intimidad, nos creamos insensiblemente cada uno la nuestra. Cuando nos encontrábamos juntos seguíamos toreando al alimón y nos habría extrañado si alguien nos hubiese dicho que ya no éramos igual el uno para el otro y que la última cosa de nosotros que supimos unidos sin tener que decírnosla fue que cada uno tenía ya su vida secreta. Rafael, invariable en su propósito de ser militar, estudiaba en una academia privada; si no era por el momento preparatoria para el ingreso en las academias militares, puesto que después de la guerra de Cuba fueron cerradas, lo había sido, y en espera de que volvieran a abrirse y volver a serlo se había especializado en la preparación para el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Montes, título con que el genio lingüístico de la Administración española nos desconcertaba: ingeniero era decir industria, maquinaria; montes decía campo inculto. Minas, sí, iba con ingeniería, lo habíamos visto bajando a la mina del Terrible, en Peñarroya, cerca de Belalcázar; yo me sentía guiando un grupo de mineros, no me imaginaba ningún puesto con una pandilla de leñadores, que no había visto nunca, ni de segadores a destajo como las que habíamos encontrado en Belalcázar mismo, y me fastidiaba ya imaginarme en una formación militar. La academia del tercer piso de la casa de la Flor y Nata, en la plaza de Celenque, donde yo estudiaba, preparaba exclusivamente para el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Minas. La dirigía un ingeniero llamado Castañón y a quien le hubiera ido mejor llamarse Castañeta; era menudo, cóncavo, como contrahecho, de barba rala y una agitación tanto más intensa cuanto más se mostraba tenida bajo presión constante, manifiesta en los dos ojillos redondos, encendidos sobre ojeras triangulares, alargadas, en forma de antorchas, y que se comunicaba a los otros profesores y a los alumnos. Una vez pasada la puerta, siempre abierta, de aquel tercer piso se estaba en otro mundo diferente y aislado del que se acababa de dejar, se habían dejado atrás, huyendo escaleras abajo, la indolencia, la tardanza, la labia madrileña, lo «poco más o menos», el casi. En aquella academia casera, de pasillo oscuro y grifo en la cocina, como el primer colegio de Figueroa, había invisibles dos columnas y un frontón en el que, sin duda, estaba escrita la sentencia «Afuera todos los casis», que el ingeniero Castañón proclamaba todas las veces que teníamos que sacar cuenta con aproximaciones.
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La Escuela que, según las posibilidades ofrecidas por el escalafón del cuerpo, podía admitir menos alumnos fue, el primer año que yo estudié el preparatorio, la de Ingenieros de Minas. El preparatorio estaba dividido en dos años, pero raros eran los alumnos que no lo hacían en tres y hasta en cuatro; para los efectos de la eliminación el más temible era el primero. A las dificultades corrientes vino a añadirse, el primero que yo estudié, el forzoso aumento de candidatos debido al cierre de las academias militares; en fin, a los padres de los alumnos que empezamos a estudiar aquel año en la academia del ingeniero Castañón, este les advirtió con la honradez matemática de una aproximación de diez mil millonésimas que no seríamos aprobados en los exámenes de junio ni en los de septiembre, bien que él se comprometía a que la máquina de su academia de hacer examinandos funcionase a máximo rendimiento para cada cerebro; era maquinaria tan formidablemente organizada la academia del ingeniero Castañón que no se contentaba con llegar a un nivel común de preparación para todos los alumnos, estaba dispuesta para llegar a tantos niveles como alumnos, a nivel por cabeza. El ingeniero Castañón, no sé si sería un buen ingeniero de minas pero era un ingeniero insuperable en la maquinaria de los exámenes de ingreso en la Escuela de Ingenieros de Minas. Sabía lo que se decía cuando aseguró que yo pasaría ese año, me sometió enseguida a un régimen más especial que a mis compañeros, hubo para mí horas y explicaciones especiales, se acabaron desde luego las bromas pesadas que nos dábamos el algebrista Espina y Capo y yo. La Academia Castañón tendría por lo menos un aprobado aquel año, el año llamado a pasar a la historia de las academias preparatorias como el más difícil de los difíciles. Otros alumnos, desde luego Jaime, fueron siendo a su vez especialmente especializados; me parece sin embargo que ninguno fue tan especializado, tan triturado por la maquinaria para hacer examinandos como yo lo fui. Me pasaba todo el día con una aproximación de diez mil millonésimas, en una habitación del piso tercero de la casa que hacía rincón en la plaza de Celenque, contemplando las batallas matemáticas que se desarrollaban en una pizarra o interviniendo en las batallas, y esto me satisfacía físicamente, de pie con el brazo levantado, estirándome bien el sobaco para escribir desde lo más arriba posible, excepto en las rápidas interrupciones que he señalado y medido con la aproximación debida en que miraba por el balcón al peldaño de la acera de la Travesía del Arenal; en el frígido cuarto estucado que seguía compartiendo con mi hermano Rafael en la casa de nuestros padres, la maquinaria continuaba funcionando por la noche proyectada sobre las paredes blancas que se pusieron negras, cubiertas por las interminables frases del idioma algebraico, y me deslumbraban, eran la prueba positiva de «lo que queríamos demostrar»: en mi cuarto las matemáticas me parecían aún más verdaderas, pero tuve que renunciar a esta superabundancia demostrativa, por lo demás natural, nada más natural que las pruebas de noche no fueran lo mismo que de día, y me conformé a cualquier hora del día o de la noche con la prueba original, negativa, hubo que poner en mi cuarto una pizarra de academia, todo retornó a estar invertido, el fondo se volvió negro, las figuras blancas como las paredes, se pudo limpiar el estuco y cuando la pizarra se hallaba repleta de números y signos usados se revolvían estos en un trapo y quedaba vacante, ofreciéndose igual que una hoja de papel, ahora no blanca, negra, también hay mujeres negras, a ser de nuevo henchida; costaba trabajo cubrirla pero se la vaciaba con más facilidad que a un cesto de papeles rotos. Mi mente se había reducido a una tabla rasa por donde pasaban sin dejar rastro las voces calladas de cantidades y medidas abstractas en busca de corroboraciones y de incógnitas. Fuera de ella todo me parecía irreal, no miraba las cosas, no hablaba con las personas, iba solo; en mi casa respetaban, luego supe que con cierta inquietud, mi mutismo y únicamente mi madre rompía mi aislamiento para decirme: «Tienes que ir a El Águila, a comprarte otros pantalones» o en vez de pantalones era chaqueta, siempre una sola prenda, se compraba con economía lo que me hiciera más falta, y en un almacén de ropas hechas que no comprendo por qué relaciones tenía como muestra El Águila, las plumas de águila deben de estar hechas a medida; había que renunciar a las medidas y a los sastres que las tomaban con aproximaciones de diez mil millonésimas; la gimnasia algebraica de estar de pie extendiendo el brazo frente a la pizarra estaba aumentando mi crecimiento natural, este saltaba a la vista, unas veces se me quedaban cortos los pantalones, otras, las mangas, pronto resulté el más alto de mis hermanos, y mientras más alto me hacía por fuera, me iba haciendo por dentro más encogido, encerrado, huraño. En el desfile mudo por mi pizarra interior se deslizaban, como en mis cuadernos de clase, el príncipe Pi, la señorita √-1 y la curva inferior de la pierna femenina. Con las voces calladas y los signos abstractos se acogían cada vez más hondamente en mí el hombre teórico y la mujer imaginaria.
Los llevaba conmigo acaloradamente en los paseos sin fin y las andanzas sin objeto que daba y me pasaba solo, es decir, con esos y otros habitantes de mis soledades, los domingos y mejor aún los días de fiesta entre semana, y mejor todavía si la fiesta era inesperada porque un profesor estaba enfermo o era sólo para mí porque el ingeniero Castañón se me quedaba mirando en medio del camino de una incógnita y me decía ante el suspenso de su busca: «Vaya usted a tomar el aire del Retiro; esta tarde —otras veces era: mañana— continuaremos». El título de bachiller tenía la prerrogativa automática, no del tratamiento de «don», como nos habían dicho, no se le pedía a nadie el título de bachiller para llamarle «don», sino la trascendental de poder salir solos. Mi hermano Rafael y yo salimos ya solos muchas veces el último año del colegio, otros chicos salían solos desde antes; pero se lo teníamos que decir, pidiéndole o haciendo como que le pedíamos permiso, a nuestra madre, la cual en efecto podía denegárnoslo y nos lo denegaba alguna que otra vez; o si nuestra madre no estaba en casa, ni tampoco nuestro padre, que no intervenía en tales menudencias y nunca nos decía que no, ni nuestros hermanos, se lo decíamos a los criados, y estos podían hacemos observaciones: «No le va a gustar a la señora», e incluso, en el caso de ser criados antiguos, Amancio, la Cipriana, impedirnos salir. Desde el día que pasamos el último examen del bachillerato, la palabra «bachiller», sin que fuera pronunciada ni escrita nos abría la puerta de la calle tan mágicamente como ahora esa mecánica invisible y silenciosa que abre las puertas de los grandes hoteles o de otros edificios puesta en movimiento por el paso del pie. La liberación respecto a la familia que había empezado en el colegio con el bachillerato y la primera confesión se hacía decisiva en la conducta y en las ideas, especialmente en las religiosas, por lo menos esto me sucedió a mí, al terminar el bachillerato y dejar el colegio. No era al Retiro donde solía irme cuando el ingeniero Castañón me mandaba a tomar el aire o cuando salía yo por impulso propio de casa los días que no tenía academia. Solía ir, sería mejor decir que solía encontrarme, porque no pensaba de antemano adonde encaminar mis pasos ni en tomar el aire o cumplir una finalidad cualquiera, por la parte más agreste de la Moncloa. Nadie, sin duda, hubiera sospechado mi falta de finalidades y objetivos viéndome marchar; lo hacía decidido, con firmeza y sin apresuramientos, aprendí sin quererlo, supongo que por voluptuosidad, a ser un buen andarín, la circulación de la sangre llegaba a embriagarme y yo no andaba, flotaba, iba más allá de mí mismo, hasta las lejanías del Guadarrama, que eran todavía entonces para mí incoloras, informes, vagarosas, no me había puesto aún los ojos de Velázquez para verlas como aparecen en el fondo de los retratos ecuestres velazqueños, pues, aunque entraba ya en los museos, en el de pintura no fue Velázquez lo primero que me atrajo; la enajenación de la marcha que me subía hasta los ojos era pura y muy distinta, lo opuesto del arrebato de la velocidad que no le lleva a uno por delante sino que parece dejarlo atrás, arrastrarlo, como luego lo sentí ya en la bicicleta y en el galope a caballo y más tarde con mayor intensidad en el automóvil, y que en el avión, en el primer avión descubierto, en el que aturdía el golpe del viento y acabé por tumbar el busto boca arriba, volcada por completo la impresión flotante de la marcha a pie, me daba la de caer, como ahora se cae con paracaídas pero no al suelo, al cielo. Otras veces, en lugar de encontrarme frente al lejano Guadarrama, me perdía en el callejeo inmediato de las vueltas y revueltas esquinas, rinconadas, redes, plazuelas, callejones, costanillas, portillos, campillos y hasta en las calles principales, paseos y carreras de Madrid, el cual tenía de laberinto que no se vislumbraba la salida; el cielo por alto y puro que fuese no se veía más que como techo, duramente; había que salir a las rondas para verlo pero no como desde la Moncloa, no hasta en su lejanía sobre el campo, sino a lo ancho sobre el descampado que se hallaba de pronto detrás de un farol municipal, como un gran solar urbano. Sin embargo, Madrid era una ciudad definitiva, nada de una ciudad en proyecto, sin acabar; al contrario, parecía una ciudad más que acabada, a la que se le habían quitado, de un modo tajante, pedazos. Yo no estaba en condiciones de apreciar su belleza. El Madrid finisecular, hasta 1914, en que la Primera Guerra Mundial le llevó con prodigalidad las horribles primeras casas de cemento, era un pueblo bonito, rojo, de ladrillo y tejas. La atracción y la repulsión que parecen regir la dinámica de los mundos se ejercen con no menos fuerza en la dinámica de las calles. ¿Por qué unas son simpáticas y otras antipáticas y, aun en una misma calle, una acera nos atrae y otra nos repele? El fenómeno es tan general que no comprendo cómo no se me ocurrió, es verdad que no se le ha ocurrido a nadie, que yo sepa, hacer una encuesta sobre las atracciones y repulsiones en cuestión; en mi caso, cuando, de vuelta del extranjero, fui director de algún diario o revista, la encuesta debiera haber sido para averiguar hasta dónde las atracciones y repulsiones callejeras de los madrileños habían variado, porque pueden variar aunque no varíen las calles. En el Madrid de mi adolescencia, situándose en su centro, la Puerta del Sol, eran simpáticas las calles que van hacia el este, Alcalá y San Jerónimo, y las que van hacia el oeste, Arenal y Mayor, y eran antipáticas la que va hacia el norte, Montera, y eso que al subirla parecía que se pudiera lanzar la montera al aire, y la que va hacia el sur, Carretas, en la que parecía que había siempre subiéndola una carreta de bueyes; de las otras dos que van por el noroeste, una era simpática, Carmen, y la otra, Preciados, era poco estimada. Habría resultado una equivocación contentarse como un extranjero con las explicaciones que saltaban a la vista y achacar la falta de simpatía de las calles hacia el norte y hacia el sur a que estaban en cuesta; la calle por excelencia para los madrileños de entonces era la de Alcalá, que sube y baja. Mayor influjo debía de tener la orientación aunque también hubiese resultado falso asimilar las simpatías y las orientaciones callejeras como se podía comprobar en las del muy Carmen y los poco Preciados, del noroeste de la Puerta del Sol. Y subiendo hacia el norte, de las dos calles en que se divide en la Red de San Luis la de la Montera y siguen en la misma dirección, la de Hortaleza era simpática y la de Fuencarral no, quizá debido a la zeta y a la doble erre, la primera da más sabor a la huerta y la segunda echa al vino el agua de la fuente. Y las otras dos calles anchas, en cuesta y en la misma dirección que la de Alcalá, la carrera de San Jerónimo y la calle de Atocha, variaban no a lo ancho, de acera a acera, a lo largo: al principio muy atractivas, la de San Jerónimo hasta Sevilla, con la enjundia de lo céntrico, y la de Atocha hasta Antón Martín tan popular; más allá Atocha llevaba oculto su esparto y nadie pensaba en San Jerónimo, despertaban pocos entusiasmos, eran de esas calles que desaniman. No había sido siempre así; en la carrera de San Jerónimo tuvo lugar y sigue teniéndolo en un cuadro de Goya la carga de los mamelucos, cuando la sublevación del pueblo contra las tropas de Murat el 2 de mayo, porque las hostilizaron desde el palacio de Medinaceli; pero un siglo después, cuando se construyó en los solares del palacio el primer Palace de la capital, este por su situación pareció frío, tardó en ejercer su función cosmopolita de caravanserrallo. La calle corta y céntrica que se llevaba todas las simpatías en aquel Madrid era la del Príncipe, le iba bien el nombre. Podía permitirse la coquetería de ir vestida pobremente y encaminarse por la dirección que hacía antipática a la calle de Carretas, bien que no caía en la paradoja donde probablemente radicaba la antipatía de esta calle que subía para ir a los barrios bajos. La del Príncipe había encontrado naturalmente el camino llano de los barrios populares, ella misma era popular: envuelta en su pañuelo de flecos, pisando bien como buena madrileña (en todas las ciudades se dice como algo especialmente propio que sus mujeres pisan bien, prueba innecesaria de que la pasión pedestre por las mujeres es universal), llevándose tras sí al señorío y al pueblo, iba en breves pasos entre tiendas lujosas para perderse enseguida en cruces, embudos y pendientes. […] El barrio entre la calle del Príncipe y la Puerta del Sol era el corazón de Madrid donde latían por lo menos de paso las clases sociales. Allí los teatros serios, el Español, la Comedia, y el despacho de billetes para las corridas, las sastrerías de trajes de luces y de capas de paño oscuro con embozo de terciopelo vivo, la lonja del almidón y las platerías con monedas antiguas, las pastelerías de medio pelo, de pastas con jerez, y las tabernas chulaponas de vino peleón y carteles de toros, las cervecerías y las pajarerías de la plaza de Santa Ana, los restaurantes de comedores reservados, la calle pequeña en la que se veía siempre en las esquinas o al borde de las aceras mujeres paradas que hacían guiños a los hombres que pasaban y algunos chicos y grandes haciendo gestos de burla o de espanto ante los espejos cóncavos y convexos que había a la puerta de una tienda; esta calle no era el corazón, era el ombligo de aquel barrio y de Madrid; a los madrileños se les llamaba gatos y ella era la calle del Gato, según los eruditos municipales había sido la calle de Álvarez Gato, el poeta madrileño del siglo XV autor de un Cancionero; qué error de la gloria dar a las calles nombres de personas, todas estas pierden su personalidad y toman la de la calle, en la cual ciertamente influye el nombre pero no por lo que tiene de la persona a que se refiere sino, aunque sea el nombre de una persona, por lo que tiene de cosa, e incluso en las que tienen el nombre de alguna cosa y mejor aún si el nombre no significa ninguna, lo que influye de él, lo que suscita y estimula se halla en la cosa que es él mismo, en su sustancia, en la poesía. En esta cosa en sí del nombre de una calle queda más la cosa significada que la persona enaltecida, las personas se hacen menos favorables a la poesía que las cosas. Las calles admiten nombres de personas en su historia natural, en su toponimia; el error de ponerles nombres personales sin referencia con el lugar, por el simple deseo de glorificar a las personas nombradas, es el de concebir la historia sin la geografía. La historia concebida así hace artificiales a sus glorias. Algo queda de las carretas cuando se sube la calle que las nombra; nadie piensa en Isabel II al atravesar la plaza de este nombre. Perdone el lector no madrileño tantas divagaciones madrileñistas que en el supuesto mejor sólo pueden interesar a los madrileños, sin embargo de que para hacerlas pasar me he esforzado en presentarlas bajo aspectos hasta cierto punto universales, era el universo en el que inconscientemente yo me movía durante los paseos solitarios de mi adolescencia, lo llevaba puesto cual un buzo la escafandra y ahora me doy cuenta de que veía a Madrid como en un acuario sin agua, a veces me faltaba la respiración, me fatigaba igual que un buzo. Entonces entraba a respirar en un museo, en donde el aire tenso de la calle dejaba su tirantez a la puerta y se hacía flexible, sensible. Mis museos preferidos eran los que estaban vacíos, quiero decir sin visitantes, los habitantes de ellos apenas existían para mí, yo no iba a verlos, excepto a Mudarra en el Museo de Arqueología pues me recordaba la advertencia de mi padre, seriamente burlona, de que me fijara en él porque era antepasado nuestro, y a una Venus del Tiziano en el Museo de Pinturas. En el vacío de los museos se escapaban corriendo con sus pantorrillas de señorita Raíz de Menosuno por la tabla rasa de mi mente las cifras invisibles y las palabras calladas y entre ellas el príncipe Pi, o Pío, que luego tenía que ser para mí Pío Baroja, me quedaba vacío a mi vez, descansado. Pero no por mucho tiempo porque en aquella soledad cualquier presencia llamaba la atención, y la de un muchacho solo y como perdido debía de extrañar mucho a los guardianes, me sentía enseguida vigilado; si me sentaba en algún taburete, pues no había asientos más confortables, me hallaba incómodo, acosado por las miradas del guardián que acababan por arrinconarme, aunque el taburete estuviera en mitad de la sala, y encerrarme; terminaba encontrándome como en un calabozo bajo la vigilancia imprevista a través de la mirilla; me levantaba para zafarme de ella y el ruido de mis pasos, de sala en sala, de un guardián a otro, iba acrecentándola, el museo no estaba deshabitado, al habitarlo mi ruido despierto se despertaban también sus habitantes, todo el rumor sórdido, sin ecos para mí, del pasado me seguía con las miradas de los guardianes, me perseguía, tenía que marcharme. El Museo del Prado era el único en el que se podía pasar desapercibido; en una de sus salas había siempre a media mañana sentados, quietos, dos o tres hombres indefinidos, sin aparente relación entre sí, solitarios, que parecían no hacer nada ni mirar las pinturas; daban menos señales de vida que las mujeres desnudas de los cuadros con quienes estaban de visita, una visita muda en la que se podía tomar parte y entonces se enteraba uno sin que tuvieran que decírselo de que en aquella sociedad silenciosa y solitaria había, como en todas, sus preferencias y que la beldad desnuda preferida, la que encendía las miradas con un destello de esperanza, de crueldad o de rencor, era una gorda tumbada a cuyos oídos debía de llegar la música callada de un órgano que tocaba un organista correctamente vestido. Ahora me doy cuenta de que el vestido del organista era lo que confería toda su importancia al desnudo de la auditora. Los visitantes sentados de esa sala del museo se renovaban; llegaban y se sentaban lenta, sigilosamente, pero de pronto había uno que se levantaba bruscamente y se marchaba apresurado, sin despedirse de esos cuadros sensuales del Tiziano que muestran un color dorado, lujurioso, debido al cambio del aceite con el tiempo. Yo estuve en aquellas visitas, iba a escribir vistas, algunas mañanas, mis preferencias fueron a otra Venus o bacante que se hallaba en una fiesta al aire libre tumbada boca arriba, el rostro arrebolado y que además no sirvió a mi deleite. Mi coincidencia con aquellos hijos de Onán que acudían al Museo del Prado fue platónica, yo había renunciado a mi padre putativo y vivía en estado de castidad desde mi primer amor, la Petronila de Belalcázar, de la que ya no me acordaba. Si en aquel museo se podía pasar desapercibido y descansar, la bacante de la Bacanal del Tiziano aumentaba mi desasosiego y me echaba a la calle como los viejos guardianes, sus gruesas miradas, del Museo Arqueológico. En la calle yo iba cabizbajo, distraído, me decían; iba en efecto preocupado como los perros por lo que había en el suelo. La mirada que para rebotar en la acera desde un tercer piso tomaba la inclinación de 45 grados, desde su altura natural que era ya de un metro setenta tomaba todas las inclinaciones en busca de botinas a quienes poner los botones ascendentes, más botones de los que permitía la altura de la caña. En las paradas de los tranvías, especialmente los días lluviosos, me paraba con los hombres que solía haber allí esperando no se hubiera podido saber qué tranvía imaginario porque no tomaban ninguno, ni siquiera se acercaban a la vía, guardaban las distancias necesarias para contemplar la función del estribo consistente en hacer que se levantaran las faldas de las mujeres que apoyaban en él la botina con todos sus botones y el atrevido comienzo de la pierna. Había que presenciar la operación hasta el fin. Alguno hubiera podido lanzarse tras su presa imaginaria y coger el tranvía en marcha. Sin duda no era esa la dirección en que se cazaba, nadie lo hacía; en cambio no era raro que alguna pierna femenina al bajar del tranvía, aunque se mostraba mucho menos, se llevara tras sí a uno de los puntos firmes de la parada del deseo: esas piernas que descendían no iban de retirada como las otras sino que llegaban buenas para el ataque. «En la plaza de Santo Domingo se ve más», me deslizó en el oído como una consigna, alejándose, un desconocido que se encontraba al lado mío en una parada de mirones de la calle Mayor cierta tarde lluviosa. Y otro día me encontré, sin querer, en la parada de tranvías de la plaza de Santo Domingo, en el lado donde se inicia la violenta pendiente hacia la plaza de Isabel II, de modo que se podía uno parar en un plano inferior al del tranvía y ver hasta la rodilla bajo la falda levantada por la pierna doblada de la mujer con el pie en el estribo. Los mirones poseían sus secretos, su masonería, como los parchistas, que así, me parece haberlo ya recordado, les decían en Madrid peyorativamente, por las menos refinadas de sus operaciones, por pegarse como parches contra las mujeres en las aglomeraciones, a los retardados discípulos del Arte de amar de Ovidio (según la versión pregonada a voz en grito en las aceras de la Puerta del Sol). Los parchistas, al contrario de los mirones, se metían naturalmente en las plataformas repletas de los tranvías donde a ciertas horas, que ellos tenían cronometradas, se formaban las aglomeraciones cotidianas y más baratas. En las graderías de los teatros y los circos, recomendadas por Ovidio y más recomendables en Madrid que en Roma porque no estaban al descubierto y podía disfrutarse siempre en ellas de la aglomeración cuando menos de las sombras, bien que no llegaban a la densidad que acumulan hoy las salas de cine, las graderías mejores, no para la vista, para el tacto —el paraíso se llamaban en el Teatro Real y el gallinero en los demás teatros—, ofrecían posibilidades limitadas no sólo por la economía personal y por la necesidad de un espectáculo que atrajera al público, sino principalmente por lo limitado y la edad del público femenil que acudía. Las tentaciones se desbordaban en toda su variedad y a sus anchas, es decir, cuando había apreturas, en las iglesias, mejor al anochecer, durante las novenas a los santos de moda, bajo el chisporroteo de las luces y el calor de la cera derretida, o en la calle cuando había procesión o entierro y el artista consumado del arte de parchear lograba la obra maestra de situarse inmediatamente detrás de la mujer acosada y tenerla entre sus brazos con el pretexto de ser él quien sostuviera la sombrilla o el paraguas; el público madrileño cumplía firmemente, en contra de los elementos, con su deber de espectador. En las ciudades hay múltiples asociaciones tácitas que los sociólogos no estudian y los novelistas no imaginan. He pensado escribir, y llevo todavía metida en no sé qué parte del cuerpo, la novela de esas masonerías involuntarias que forman los usos, los juegos, los vicios, las manías y las religiones, como son: las amistades de los cafés, de bar, de los medios cotidianos de locomoción; la internacional de los ajedrecistas, el cosmopolitismo de los invertidos, la universalidad de los filatélicos, etc. En los paseos solitarios de mi adolescencia conocí al detalle el funcionamiento de las que he hablado, conocí la teoría pero no llegué a tener la práctica. Cierta tarde, yendo yo como siempre cabizbajo por una acera estrecha, me crucé con los flecos de un pañuelo de crespón que iban saltando sobre el volante de unas faldas; levanté la cabeza porque sentí al punto que me tiraban por una manga y vi muy cerca de mí una cara levantada, dos ojos, alegres, de mirada abierta, de mujer, que me absorbieron y no me dejaron ver enseguida otra cosa, pero oí una voz joven y burlona: «Anda, qué gracia, nos hemos enredao». La muchacha soltó el pañuelo, su falda se quedó quieta y apareció su blusa palpitante mientras pretendiendo echarlo a broma pero conteniéndose, irritada, se puso a desenredar los flecos que se habían cogido a los botones de mi bocamanga; estábamos muy cerca, casi rozándonos, yo sentía en todo mi cuerpo el calor del suyo. Los flecos no se desenredaban a pesar de la agilidad de los dedos; estos se detuvieron de pronto y la muchacha dijo muy seria: «Oiga ustez, o me corto los flecos o le corto a ustez los botones». Sacó unas tijeras y no tuvo que cortar nada, deshizo con ellas el enredo. Volvió a ajustarse al cuerpo el pañuelo, me miró como si antes no me hubiera visto: «¡Podía haberme enredado peor!», exclamó y se fue deprisa riendo. Yo en vez de seguirla tampoco seguí mi camino, continué andando y me hallé sin premeditación en la calle del Gato, que no estaba cerca de donde había sido el encuentro, una calle de no recuerdo qué nombre pero recuerdo su situación, era transversal entre las calles de Fuencarral y Hortaleza. En la del Gato estaban al borde de las aceras las mujeres que hacían guiños de invitación a un viaje clandestino. A estas mujeres era a quien yo iba dispuesto a seguir. Había tres. La primera, detrás de la cual pasé, volvió la cabeza y vi su perfil con el farolito del ojo que guiñaba; la segunda se volvió enteramente y pasé bajo la mirada implacable del ojo que no guiñaba; la tercera no sólo se volvió enteramente sino que se me echó encima y murmuró un rezo que no entendí. A pesar de mi resolución, pasé haciéndome el distraído y fui a detenerme ante los espejos deformadores como si eso fuese lo que me interesaba. La verdad era que no miraba a los espejos, me estaba mirando interiormente, no hubiera podido decir qué; desde luego, estoy seguro, no con una mirada reversible de introspección. Tampoco había mirado a las mujeres ni hubiese podido decir cómo eran, se me había quedado prendido, a pesar mío, algún detalle de ellas; me infundían un temor distinto de los que hasta entonces había sentido; sería falso decir extraño porque era debido a una amenaza nada de afuera, de adentro, entrañable, no entrañada; y todavía en la calle del Gato, calle de paso, no me importaba aventurarme y con el pretexto de los espejos detenerme sabiendo que ellas estaban detrás de mí en acecho. En otras calles por las que no pasaban más que los vecinos y en cuya esquina las había visto no me atrevía ni a entrar, así en la de Jardines, por cuya boca se asomaban envueltas en su mantón, aisladas, a la bulliciosa calle de la Montera cual las cucarachas de la carbonera a la cocina de casa, según había visto de niño. El temor que me producían las busconas era repulsivo, igual que el causado por las estampas de anatomía patológica donde se representan las plagas del cuerpo humano, pues, en efecto, provenía de las que había visto en una librería de lance en la que se exhibían abiertos, enseñando sus entrañas ilustradas, colecciones de cuentos pornográficos y tratados de medicina sexual, como si el borroso librero hubiera querido poner las cosas en claro y equilibrar su conciencia compensando la muestra de las delicias con la de los peligros de las furias domesticadas que llevaban el veneno de la serpiente escondido en la sangre. Había oído ya hablar de tales peligros pero no me hicieron impresión hasta que los vi pintados; si la letra entra con sangre, como decía el antiguo proverbio pedagógico y en el fondo es verdad, la imagen entra en la sangre. Esta es la tinta de imprenta que lleva consigo el organismo humano. Me conducía a la calle del Gato la impulsión sexual, no la atracción; se entablaba por el contrario la lucha entre dos fuerzas, la sexualidad de la calle del Gato era repelente. Al acercarme a la buscona me parecía que cuando abriera el mantón se le caería una pierna o un brazo y en el invierno, que tiritando se tapaba hasta los ojos, se le caerían estos, la nariz o los dientes; no quedaban de ella en lo último de mi imaginación más que los palillos del esqueleto y los agujeros de la calavera. Sin embargo, tampoco debía de ser este disfraz de la muerte lo que me atemorizaba; probablemente la impresión de las estampas patológicas formaba parte del carnaval que se dan las imaginaciones a sí mismas y lo que me paralizaba ante las prostitutas era lo que tenían de mujeronas que sabían y hacían lo que tenían que hacer: en vez del temor a la sífilis, era un temor vital. Estando aquella tarde ante los espejos deformadores de la calle del Gato me despertó la mirada desde lo remoto de la luna la buscona que me había hablado y se acercaba a mí abriéndose el mantón y mostrándome una figurita erguida de mujer que se iba agrandando y rellenando mientras algo delicioso me recorría el cuerpo, de la cabeza a las puntas de los dedos de las manos y los pies, pero a medida que se rellenaba, se deformaba, se convertía en una figurota aplastada, la blusa, las faldas parecían carnes arrugadas, pellejos gordos y doblados, la boca grotesca hablaba, yo no oía ni siquiera su rumor mientras ella disolvía en mi oído las palabras frescas y alegres de la muchacha del pañuelo de flecos: «Anda, qué gracia, nos hemos enredao». Dejé en el espejo el montón de carne sucia y me fui deprisa de la calle del Gato.
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