Kitabı oku: «Plegaria en el asedio»

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PLEGARIA
EN EL ASEDIO

DAMIR OVČINA

TRADUCCIÓN DEL BOSNIO Y NOTAS

DE LUISA FERNANDA GARRIDO Y TIHOMIR PIŠTELEK


TÍTULO ORIGINAL: Kad sam bio hodža

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.U.

Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

info@automaticaeditorial.com

www.automaticaeditorial.com

Kad sam bio hodža, copyright © 2016 by Damir Ovčina

© de la traducción, Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek, 2021

© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2021

© de la ilustración de cubierta: Fede Yankelevich, 2021

Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.U.


ISBN: 978-84-15509-70-7

eISBN: 978-84-15509-73-8

DEPÓSITO LEGAL: M-26155-2021

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección ortotipográfica: Automática Editorial

Impresión y encuadernación: Romanyà Valls

Primera edición en Automática: octubre de 2021

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

Tabla de contenido

NOTA DE LOS EDITORES

MAPA ESQUEMÁTICO DEL ASEDIO DE SARAJEVO

PLEGARIA EN EL ASEDIO

NOTA DE LOS EDITORES

Damir Ovčina (Sarajevo, 1973) tardó veinte años en escribir esta novela que, inspirada en su propia experiencia, nos narra la vida de un joven adolescente durante el sitio de Sarajevo. Una tarde de abril de 1992, el protagonista salió de su casa familiar en el barrio de Dobrinja hacia Grbavica para encontrarse con una amiga. Por la noche ya no pudo volver. El barrio de Grbavica había sido tomado por las fuerzas serbias y comenzaba el asedio de la ciudad, el más largo vivido por una población en la historia reciente. No pudo regresar a su casa en cuatro años.

Ovčina ha pasado dos décadas ordenando y dando sentido al torrente de imágenes, impresiones y sensaciones que dejaron sus vivencias para trasladarnos en esta titánica novela (publicada en Bosnia y Herzegovina con el título Kad Sam Bio Hodza, «Cuando fui imán», en su traducción literal) la experiencia íntima de la guerra. Todo ese tiempo ha sido necesario para dar con la forma exacta; para que las palabras lograran alcanzar credibilidad, fuerza, verdad e integridad. Como editores del texto en español, que se ha titulado Plegaria en el asedio, solo podemos aspirar a alcanzar este mismo objetivo y llevar el abrumador ejercicio literario y existencial de Ovčina a los lectores hispanohablantes. Algo así hubiese sido imposible sin la magnífica y rigurosa traducción de Luisa F. Garrido y Tihomir Pištelek. El escritor y crítico Miljenko Jergović dijo de esta obra: «Plegaria en el asedio no se puede moldear. Ahí radica su mayor fortaleza». Y, efectivamente, estamos ante un texto que no acepta moldes. Esta es también, sin duda, la fortaleza de esta traducción; una labor monumental que logra rehacer en nuestra lengua, y con toda naturalidad, el poderoso artefacto de Ovčina sin traicionarlo, sin renunciar al riesgo ni a la dificultad.

El estilo de Ovčina es único, nadie escribe como él, en Bosnia ni en ningún otro lugar. La suya es una escritura llena de omisiones, de espacios en blanco; Ovčina parece rehuir los verbos y, de esta forma, arrojarnos a un mundo de acciones implícitas, de esquirlas de oraciones que se precipitan hacia un sentido hondo, directo, crudo…, y a su vez confieren al texto un ritmo que nos arrastra como lectores a una experiencia real y orgánica de los acontecimientos, vistos a través de los ojos de un joven de diecisiete años que se abisma atónito al infinito mar de horror que es la guerra, y que, entre sus furiosas olas, logrará hallar resquicios de esperanza, tablas de salvación.

Ovčina escribe de tal manera que el lector deja de percibir la estructura formal de las frases, las oraciones van desdibujándose, perdiéndose de vista, para dejar paso a la historia que se filtra a través de ellas, primero como un manantial, luego como un arroyo y, finalmente, transformada en un vertiginoso torrente de presente inmediato, de supervivencia interior, de emociones, de miedos, de horror y humanidad, que nos arrollará. Solo está lo que está sucediendo. Y nosotros ante ello. El objetivo es, tal vez, secuestrar al lector, arrastrarlo a su infierno y hacerlo sin artificios, con el mínimo imprescindible de medios narrativos.

Asistimos a una novela que recorre de forma pormenorizada más de cuatro años de experiencia de una guerra, de un asedio, una crónica de vivencias en primera persona. El lector queda encerrado junto con el protagonista en el barrio de Grbavica, bajo control enemigo, separado del resto de la ciudad por un puente, la única salida, inaccesible, rodeada de francotiradores. Y si algo nos demuestra esta novela es que no son las armas o la sombra de la muerte lo más aterrador; el terror se instala en la cotidianidad, en el día a día, en la rutina de la guerra, en la incertidumbre a la que se vio expuesta la población asediada. A merced del otro. Ángel o monstruo. Tan solo el refugio que se encuentra en el amor, la amistad y la esperanza nos mantiene en pie durante el asedio.

MAPA ESQUEMÁTICO DEL ASEDIO DE SARAJEVO


Las rayas discontinuas señalan la línea del frente que delimita el perímetro del sitio de Sarajevo.

PLEGARIA
EN EL ASEDIO

DAMIR OVČINA

TRADUCCIÓN DEL BOSNIO Y NOTAS

DE LUISA FERNANDA GARRIDO Y TIHOMIR PIŠTELEK


A Edita Ljevo (1971-2017)

Nieve hasta el borde del guardanieves. Mi padre con la pala delante del edificio. Con una parka de estilo militar. Me da la espalda. Yo por la senda de nieve del aparcamiento. Con la nieve de una rama de pino formo una bola. Cae delante de la pala. Sus ojos verdes.

Bienvenido. Ya era hora.

La puerta del garaje levantada. Se sopla las manos. Copos de nieve pegados en su capucha. Enero. El cielo blanco.

¡Vete a ayudarla!

¡Déjame hacerlo a mí!

Acabo con el coche y voy.

El coche, un Escarabajo azul, arranca a la segunda. El tubo de escape empieza a echar humo. La bicicleta plegable apoyada en la estantería del garaje. El coche vacío encendido en la entrada. La puerta derecha abierta. Nieve en la luna delantera. Mi padre levanta los limpiaparabrisas y frota el cristal con la mano desnuda. Hielo en el borde de los escalones. Los salto de dos en dos. Un par de patadas contra el suelo para quitarme la nieve de las botas. En el portal, olor a guiso. Dentro, el acumulador de calor sopla aire. Mamá me llama por mi nombre. Se levanta envuelta en una manta de cuadros.

Solo es un problema de las articulaciones.

¡No me digas!

Un tipo de reúma.

¡Qué cosas dices!

Una sábana sobre el sofá estampado con respaldo de madera. En la mesita, té, medicinas, naranjas y el periódico Oslobođenje. En el aparcamiento, griterío de niños. Ocho escalones hasta la puerta del portal.

¡Despacio!

Para.

¡Apóyate en mí! Solo un poquito más.

¡Espera!

Cuidado, aquí.

Vamos.

Sus ojos cansados. El coche se pone en marcha. En la placa azul colgada a la izquierda de la entrada pone calle Franca Prešerna. A la derecha, el número 16. El Escarabajo lento por la calle recta. Fruta y verdura debajo del alero de la frutería. Sarajevo bajo la nieve. Los coches pasan. En su interior, las personas miran fijamente hacia delante.

El Volkswagen directo al acceso principal del hospital. El portero nos indica el pabellón de urgencias. El Escarabajo marcha atrás, luego cuesta abajo hasta la entrada. Mamá tiene los ojos entornados. Yo abro la puerta y la sujeto. El motor sigue encendido. Nosotros dos hacia la entrada, él debe quitar el coche, una ambulancia espera para acercarse.

Dentro un doctor próximo a los sesenta le examina las úlceras y ordena tomarle muestras de sangre. La enfermera la lleva hasta la camilla en la otra habitación donde se hacen los análisis. Yo con su chaquetón. En el cuarto le están mirando la herida a alguien. Una enfermera de acá para allá con papeles. Gente nerviosa en la sala de espera. Mi padre entreabre la puerta y nos acercamos a mi madre, que está tumbada en una camilla elevada mientras le hacen un electrocardiograma. Un doctor rapado al cero observa los valores y decide mandarla a un angiólogo. Luego teclea pensativo en una antigua máquina de escribir. Le entrega a mi padre un papel con números de esto y aquello y el nombre de la enferma. Indica adónde ir a continuación. Yo le echo el chaquetón por encima. El Escarabajo en la entrada. Ella se desploma en el asiento delantero y yo salto al trasero por encima del del conductor. Fugaz marcha atrás y vuelta hacia la salida del recinto. El portero pregunta, mi padre agita el papel, el portero da vía libre. Un gran edificio en medio de un complejo de la época austrohúngara. Una enfermera arrebujada en un abrigo sujeta la puerta mientras entramos. Mi padre vuelve para aparcar el Escarabajo en alguna parte. El vestíbulo enorme. El celador de turno nos manda al ascensor y luego a la tercera planta.

Dentro calor. El angiólogo de apellido checo hace un reconocimiento largo y meticuloso, pregunta acentuando el tú con voz muy alta y tabalea en una máquina de escribir más vieja aún que la anterior. Luego nos explica adónde hay que ir.

En el clínico dermatológico, la médica de turno con nuestro mismo apellido. Su padre es un célebre profesor de anatomía. Nos consuela. Ingresarán a mi madre en el hospital. Que no nos preocupemos. Yo voy por las cosas. Los bancos del pasillo pintados de verde. En la habitación donde la instalan, dos camas vacías. Dolorida, se tumba en una que está debajo de la ventana. Frente a ella una mujer de avanzada edad con la piel untada de crema. Meto las manos en los bolsillos. La enfermera se marcha a la planta de arriba. Una joven doctora de porte enérgico entra con mi padre.

¿Y qué piensa?

Encoge los hombros y arruga los labios.

¿Cuánto tiempo lleva enferma?

Hace veinte días que se desencadenó.

¿Por qué no han venido antes?

Pues no sabíamos.

¿Qué no sabían?

Que era algo grave

Desde luego no parece baladí.

Conectan el suero. Su cabeza forma un hoyo en la almohada. La piel cubierta de úlceras. La enfermera nos apremia. Mi madre nos anima a irnos. En la puerta, me vuelvo. Ella saluda con la mano y entorna los ojos. Nosotros fuera. Un señor mayor coloca delante de la tienda de ultramarinos cajas de plátanos. Taxistas con cazadora de cuero y cuello de piel apoyados en los capós. El aire cada vez más frío. Hollín de las casas apiñadas en las faldas de las colinas. Mi padre respira hondo. Yo me pongo el gorro gris. Él se levanta el cuello. Con ritmo acompasado traqueteamos en el Escarabajo hasta el barrio del Aeropuerto. El teléfono suena en nuestro piso mientras corro por las escaleras. No llego a tiempo.

¿Quieres un té?

Asiento.

Las noticias. Tensión en Bosanski Brod. Cañones en el fango de Eslavonia. Una tregua en Croacia firmada en Sarajevo todavía en vigor. El reportero de Derventa. Una unidad de policía de Sarajevo a Posavina. Luego en la pantalla llamamientos a la paz. Mi padre en el sillón, yo encima del acumulador eléctrico. Me duermo unos segundos. Segundos largos. Muy rebuscado el programa nocturno de la tele. Mi libro en el suelo. Una oscuridad pesada. Luz en la planta baja del edificio al otro lado del jardín comunal. En alguna parte un motor. Apunto en un cuaderno nuevo todo lo que ha sucedido hoy. La caligrafía no me gusta, por lo que cambio la forma de las letras y cuido la legibilidad. No pongo la fecha arriba con números, sino que la escribo con letras para que no sea un vulgar diario. Sueño con la escuela. Sé que estoy soñando. Hago un esfuerzo para comprender qué es este pesado malestar que siento incluso en sueños. Lo comparo rápidamente con los problemas que he tenido hasta ahora y me parece grande. Me imagino cómo será cuando sea el pasado con el que se mide la vida. Por lo menos una hora hasta el alba. Un coche por la calle Akifa Šeremeta. Un perro por ahí. El volumen de la radio en el cuarto de estar muy bajito.

Las manecillas se han separado. Madrugada en el aparcamiento. Las ramas del cerezo se balancean ligeramente. En el balcón de enfrente una mujer sale por un instante, deja algo y cierra. Oigo a mi padre levantado.

Pongo agua para el café. El acumulador del cuarto de estar empieza a soplar aire caliente. Él en la cocina. Miramos las tazas y luego por la ventana. Quiero decir algo para relajar la situación pero me contengo. Papá resopla. Echo más café.

Voy a comprar algo.

¡Necesitamos leche! Y el periódico, el Oslobođenje.

Abajo el portal cerrado con llave. Los coches cubiertos de nieve.

Por la calle Kralja Tomislava entre la nieve. A mi izquierda el viejo edificio del clínico para enfermedades oculares. En un poste un anuncio en el que pone vendo piso en Zaima Šarca cuarenta y cinco metros cuadrados a buen precio. Centellean las ventanas en los rascacielos azules. El autobús rojo número 17 colina arriba.

A través de la plaza de Skenderija y a pie por la orilla del río hasta la calle Lenjinova. El monte Trebević blanquea. Nubes bajas en la cima. Con las manos hundidas en los bolsillos paso delante de la floristería del reloj en el barrio de Kovačići. Compro algunas chucherías en la tienda de ultramarinos. La pesada puerta metálica en la calle Lenjinova 1. Acierto con la llave a la segunda. Arriba, en el piso. Enciendo la calefacción. Abro el grifo para que corra el agua y espero sentado sobre la cazadora. Trolebuses y coches en la calle Zagrebačka. La radio con polvo. Marco seis números. Ha salido a la tienda. Digo mi nombre y apellido, que son recibidos con frialdad. Un trolebús gira desde la Zagrebačka. Un taxi delante de la zapatería Planika. Polvo en la vajilla en la vitrina antigua. Yo de ventana en ventana, del baño al acumulador de calor. Las manecillas se han separado. Nadie en las escaleras. Una voz detrás de una puerta. Olor a guiso en la segunda planta. Río abajo hasta la calle Bratstva i jedinstva. Algún transeúnte a lo largo del río. Nieve en el asfalto. Esa a la que he llamado antes, dejando mi nombre y apellido, vive muy alto en la calle Blagoja Parovića. Delante de su entrada un Lada ranchera en el que un hombre de mediana edad carga un fregadero. El portal abierto. Subo. Escaleras sin ventanas. El ascensor chirría. Seis viviendas por planta. Olor a pescado frito. Llamo al timbre. La mujer, de unos cincuenta años, espera que le diga algo.

Buenos días.

¿Sí?

¿Está en casa?

¿Eres tú?

Doy una respuesta neutral.

La llama. Mirada severa. La requerida aparece en la puerta.

Aquí estoy.

¿Estás bien?

Más o menos.

Tiene un sofá azul. Un piso con varias habitaciones. Las ventanas de su cuarto miran al este. No estoy acostumbrado a la altura. Arrecia la nevada. Una džezva1 roja con café y dos tazas en la bandeja. La puerta entreabierta.

Estáis muy alto.

¿Cómo estás?

Una situación difícil.

¿Qué?

Mascullo algo entre dientes. Ella trae unas galletas Jaffa. Se arregla el pelo y alisa la colcha.

¿Quieres que te enseñe mi colección de discos?

No es el momento.

Para mí sí.

¡No fastidies!

¡Piénsalo!

Ah. Si fuera tan fácil. Y tampoco sabrías cómo, te rajarías.

¡Vamos fuera!

¿Adónde?

A cualquier parte.

Espérame abajo.

En las escaleras olor a sarma.2 En una pared, una pintada: Tito, hermano, cómprame un habano. Ella con un chaquetón. El flequillo trasquilado a propósito y el moño a la japonesa.

¿A pie?

A pie.

De cháchara pasamos delante del cuartel, de la garita con la bandera azul, blanca y roja con la estrella de cinco puntas. Me tira una bola de nieve, yo respondo. Yo preocupado, ella convencida de un desenlace feliz.

La ciudad gris bajo el manto blanco.

¿Vamos a mi casa?

¿A Dobrinja?

A la calle Lenjinova.

¿Qué hay allí?

Nadie en la casa.

¿Qué haremos?

Tengo buenos discos.

No sé nada de esas cosas.

Yo tampoco. Podemos hablar de tiempos antiguos.

De veras, no estoy segura.

Vamos, tía.

Mejor vamos ahora al centro y luego ya veré si tengo coraje y me animo.

Lo tienes y puedes si realmente quieres. Y yo estoy seguro de que quieres, aunque no quieras.

Por la calle Kralja Tomislava con las manos en los bolsillos. La tenducha de los burek3 vacía. Quince minutos hasta el tranvía. Dentro poca gente. La nevada arrecia. Ella me sacude la nieve de la capucha. Frente a la Escuela de Economía, ella a la derecha, yo a la izquierda.

¿Te llamo yo dentro de una hora?

¡Llama!

En la Lenjinova dos vecinas suben lentamente por las escaleras. La mayor, con pañuelo negro a la cabeza, tiene más de ochenta años y la nieta, con las bolsas de la compra en las manos, cinco más que yo. Nos preguntamos por la salud. A veces me imagino a la que es cinco años mayor en diferentes situaciones. Ahora me sonríe fugazmente. Ellas a paso lento por las escaleras. El acumulador ha calentado un poco el piso. Seis números y luego su voz.

Eres tú.

¿Vienes?

Lo intentaré.

El edificio pequeño donde está correos.

Lo sé.

Los trolebuses al este y al oeste. Gente y coches por la Zagrebačka. Delante de la oficina de correos alguien grita algo. Portazo en el portal. Música en el otro edificio. Un radiotaxi desde la Lenjinova.

Llaman a la puerta. En la penumbra resplandece la nieve en el abrigo negro.

¿Dónde está ese café?

Para ti solo lo mejor.

Estoy emocionada.

Espero a que el agua empiece a hervir. Huele a piedra de mechero. El piso lleno de aire rancio. Los muebles viejos. Faros de coches en dirección al este y al oeste. Voces dispersas.

Hierve el agua.

Hierve, hierve.

¿A qué te refieres?

¿Cómo se desabrocha esto?

Hay que hacerlo desde este lado.

¿Así?

Así.

¿Y eso?

Esto así.

Esta parte de aquí y más arriba merece un elogio.

¿Cuál?

Pues esto de aquí y lo de más arriba, esto. Justo esto.

¿Y qué me dices de esto otro?

Déjame ver.

¿Te refieres a esto?

A esto y esto de aquí.

Pues es bueno.

¿Tan bueno como esto o cómo?

Sí, como esto, pero a la vez diferente, no es fácil hacer una simple comparación.

¿Así que es eso?

Sí, eso es.

Música dulzona de la emisora 202. Un trolebús acelera hacia la plaza de Skenderija. Alguien ruidoso en la escalera. Una planta más abajo el volumen alto de una televisión.

Hay que practicar para obtener resultados óptimos.

Y que lo digas.

En la radio una canción de ambiente otoñal. Ella dice que ha sido divertido y que ahora tiene que marcharse a casa.

A lo largo del paseo Wilson hace frío. El río marrón crecido debido a las nevadas. Un coche por el puente, los faros centellean, el ruido se aleja. Perros en alguna parte. Yo le tiro una bola de nieve, ella me responde. Yo critico el mundo, ella alaba mis críticas. Un comentario romántico mío sobre algo, su respuesta cautelosa. Desentierro frases memorizadas, sus manos hundidas hasta el fondo en los bolsillos del abrigo. La puerta pesada del portal de su edificio. Cuando se mueve se enciende la bombilla de las escaleras.

En fin, fue un programa muy variado.

Esta es la edad de piedra de mis ambiciones en lo que se refiere al asunto.

En el ascensor ella a las alturas. A mí me serenan la oscuridad y el viento. Imagino mi casa como si todo estuviera bien. Luego calculo los días que podrían pasar hasta que esto suceda. El tranvía atestado, hacia el oeste, y luego en Neđarići casi no alcanzo el autobús 36. Muchos conocidos dentro. Por la calle Akifa Šeremeta y luego a través del aparcamiento. La nieve a media altura. Luz en nuestra cocina. En la ventana a la derecha de las escaleras, la vecina con la cara pegada al cristal. Me saluda. Delante del portal dos pinos cubiertos de nieve. Calor en casa.

¿Cómo está?

Un poco mejor. Incluso ha comido algo.

¿Puede dormir?

A ratos.

¿Quieres un té?

¡Vale!

La televisión nos inunda de noticias. En el edificio contiguo suena un acordeón. Se abre la puerta del piso de al lado y reciben a alguien afablemente. Enfrente música y una voz sollozante a través de los sonidos del acordeón.

Ay, ese infeliz de ahí. Lo habrá dejado la novia, o algo similar.

¡Oh, qué extraño, un tío así!

Ahora canta canciones tristes.

Ya, ya.

Agua en el baño durante un buen rato. Ya ha pasado medianoche. La radio muy bajita. Muy pocos coches por la calle Akifa Šeremeta y menos todavía por la Franca Prešerna. Yo leo, adelante y atrás. Anoto en el cuaderno lo que ocurre y cómo y quién ha dicho qué. Detesto mi letra. Las frases aún más. Sin embargo, me gusta escribir.

1Cazo con mango largo que se utiliza para hacer café de puchero.

2Plato típico de los Balcanes que consiste en hojas de repollo rellenas de carne y otros ingredientes.

3Una especie de pastel salado de masa filo relleno con carne por lo general.

₺728,82
Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
704 s. 8 illüstrasyon
ISBN:
9788415509738
Telif hakkı:
Bookwire
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