Kitabı oku: «Miss Tacuarembó»
MISS TACUAREMBÓ
DANI UMPI

Índice
Cubierta
Portada
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco
Sesenta y seis
Sesenta y siete
Sesenta y ocho
Sesenta y nueve
Setenta
Setenta y uno
Setenta y dos
Setenta y tres
Setenta y cuatro
Setenta y cinco
Setenta y seis
Setenta y siete
Setenta y ocho
Setenta y nueve
Ochenta
Ochenta y uno
Ochenta y dos
Ochenta y tres
Sobre el autor
Créditos
Uno
Por entonces en mi casa aún no había televisor color. Teníamos uno blanco y negro de escasas pulgadas y casi no funcionaba. El color llegó el día en que cumplí seis años. Lo recuerdo perfectamente, porque mientras todos mis amiguitos recién bañados me acosaban con regalos y besos prolijos, yo permanecía absorta, ida, frente a mi reflejo brillante en la pantalla pixelada, acariciando los botones suaves del control remoto.
Los sueños podían volverse realidad. Se lo había pedido a Cristo. Cristo estaba a mi lado, de mi lado, con un televisor color virgen para mis ojos grises, en medio de mi pequeño cumpleaños, rodeándome con niños perfumados que yo apenas conocía. En la cocina se amontonaba gente del barrio que veía todos los días, y familiares de los que nunca recuerdo los nombres. Observaban mi felicidad sosteniendo vasos con sidra. Finalmente tuve mi sueño al alcance de la mano, y lo encendí ansiosa.
Hicimos mucha fuerza con Carlos para que mi deseo me fuera concedido. Durante dos meses, al comienzo de cada misa dominical cerrábamos los ojos al unísono, pensando en el televisor color que yo quería. Un televisor divino, totalmente plateado, con sonido estéreo efervescente. Cuando el padre Costa decía “El Señor esté con ustedes”, nosotros, en lugar de contestar “y con tu espíritu”, nos mirábamos mudos y cerrábamos los ojos, apretando fuertemente la tenue oscuridad que lográbamos aprisionar, para no abrirlos hasta el ofertorio. Recién entonces, con las venas anchas tiñendo de sangre toda la parroquia, abríamos los párpados calientes e hinchados, mirando la cruz sin pestañear. Entonces el rojo de nuestra mirada se diluía y ocurría el milagro: toda la parroquia cantaba y Cristo crucificado se reía. Juro por Carlos y por mí que Cristo se reía. Carlos es testigo. Cristo se reía y me decía en silencio: tu deseo será concedido. Entonces nosotros también reíamos de felicidad, uniéndonos al coro de ancianas:
Tú has venido a la orilla
no has buscado ni a sabios ni a ricos
tan sólo quieres que yo te siga
Señor
me has mirado a los ojos
sonriendo has dicho mi nombre
en la arena
he dejado mi barca
junto a Ti buscaré otro mar
Cuando nuestras voces eran más fuertes que la de mi madre, la canción terminaba y todos se acercaban hasta el padre Costa a comulgar, menos nosotros, lógicamente. Entonces yo metía mi dedo índice en la boca, sobre la lengua, y le daba gracias a Cristo, porque sabía que algún día mi deseo se haría realidad, sólo para mí.
Y un día, en medio de mi sexto cumpleaños, entré al dormitorio con los ojos vendados. Todos mis nuevos amigos entonaban tímidamente un “Que los cumplas feliz” sin música, impregnados en Pibe’s y Coqueterías. Mi madre me sacó la venda y allí estaba mi televisor. Y allí estaba yo. Y allí estaba Cristo, asegurándome que siempre estaría conmigo y cumpliría todos mis deseos, siempre y cuando yo concurriera a misa cada domingo y permaneciera con los ojos cerrados hasta el ofertorio.
Dos
—¿Por qué recurrió a nosotros, Haydée?
—Porque quiero recuperar a mi hija Natalia, que no veo desde hace seis años.
—Usted se conectó con la producción del programa hace dos meses, ¿verdad?
—Es cierto.
—En aquella oportunidad mencionó que su hija guardaba un gran rencor hacia usted, como pudimos apreciar en el tape…
—Efectivamente.
—¿Por qué usted quiere reencontrarse con su hija, Haydée?
—Porque una hija es una hija. Siempre la quise y estoy dispuesta a escuchar sus reproches… sólo quiero saber si está bien. No puedo vivir sin saber dónde está…
Haydée llora.
—Si la viera ahora, ¿qué le diría, Haydée?
—Le diría que la quiero. Eso… que la quiero, que nunca dejé de pensar en ella, que…
Haydée continúa llorando.
—¿Qué más?
—Creo que nada más. Sólo quiero encontrarla para decirle que la quiero.
El conductor mira a la cámara.
—Señoras y señores. Éste es el llanto de una madre que busca desesperadamente a una hija. Un llanto sincero y conmovedor. No se mueva de su asiento. No cambie de canal. Volvemos después de unos consejos comerciales.
La tribuna aplaude.
Tres
Tú has venido a la orilla
no has buscado a sabios ni a ricos
tan sólo quieres que yo te siga
Señor
me has mirado a los ojos
sonriendo has dicho mi nombre
en la arena he dejado mi barca
junto a Ti buscaré otro mar
Abrí los ojos y le agradecí casi sin lágrimas. Cristo me sonrió dulcemente y me dejó ir. Prometí hacerle un acto de bien para retribuir su amor y me ofrecí voluntariamente a ayudar a mi madre en la feria de postres de la parroquia.
El salón parroquial estaba hecho un desastre. Mi madre había llevado una escoba porque la de la parroquia siempre la robaban las chicas que estudiaban dactilografía, unas alocadas. Yo estaba acostumbrada a lidiar con el polvo y la mugre de los pisos de mi casa, pero aquello era demasiado y mis medias nuevas eran demasiado blancas. Todo era demasiado. Bajo el polvo, el piso relucía como recién encerado y mi madre le desnudó el brillo con sólo pasarle un trapo húmedo luego de un par de barridas. Yo sabía barrer, no era como esas gemelas pálidas y de trenzas duras, hijas de la catequista amiga de mi madre. Yo era mucho más despierta, mucho más simpática y mucho más inteligente que esos dos merengues. Yo era muy activa, sobre todo en mi casa y en sitios como la parroquia. Yo también sabía cómo sacar brillo con un manotazo húmedo.
Guardamos las sillas que sobraban en la piecita del fondo y colocamos dos manteles nuestros sobre un par de caballetes con una tabla torcida. Lo hicimos solas y mis medias no se ensuciaron tanto. Cuando todo quedó como mi madre había pensado, nos sentamos frente a la mesa vacía, rodeadas de olor a lavandina y cuadros de santos lánguidos. Me di cuenta de que sentía una especie de alivio latiendo acompasadamente en mi pecho. Mi madre intentó no mostrarse emocionada ante mi acto de amor, pero lloró.
—Gracias —dijo de corazón.
No le respondí. No tenía nada que agradecerme. No lo hice por ella. No lo hice por la feria de postres. No lo hice por la parroquia. No lo hice por Dios. Lo hice por mi televisor resplandeciente y por mi Cristo risueño clavado en una cruz, siempre dispuesto a concederme deseos.
Cuatro
Yo nunca creí en Dios, pero sí creí en Cristo (en el Cristo de aquella parroquia, para ser más específica).
Cinco
—Señoras y señores, volvemos a un nuevo bloque de nuestro programa. Como seguramente recordarán, en el bloque anterior la señora Haydée nos comentaba, desesperadamente, que quería reencontrarse con su hija Natalia. ¿No es así, Haydée?
—Efectivamente.
—Nuestra platea y toda la teleaudiencia es testigo de este llamado sincero, de corazón. La señora Haydée ha viajado desde Tacuarembó, Uruguay, país hermano, para gritar más fuerte su pedido desgarrador. Observen estos ojos.
Primer plano de los ojos de Haydée, humedecidos discretamente.
—Señoras y señores, estos ojos no mienten. Han venido desde muy lejos… ¿Cuántas horas de viaje realizó, Haydée?
—No sé… muchas. Cinco desde Tacuarembó a Montevideo y otras cinco o seis hasta Buenos Aires.
—Señoras y señores, en esta mirada hay mucho más que diez horas de esperanza. Y, como acostumbramos a presenciar en nuestro programa, sabemos que no fue un viaje en vano. Pero antes veamos un tape sobre Haydée y su pueblo.
La cámara se esfuma en un televisor del decorado y una voz en off comienza a describir Tacuarembó sobre una imagen soleada de Haydée comprando verduras en una feria callejera.
Seis
Mi madre me mandó sola a la feria.
Después de mi barrida en el salón parroquial comenzó a verme y a tratarme casi como a una señorita. Comentaba los programas televisivos conmigo y me preguntaba qué quería de postre para el domingo.
—Una tarta de frutillas —dije, y allí estaba yo, con un bolso de plástico, eligiendo un kilo de frutillas en la feria, como una señora grande, como una niña educada. Elegí las más gordas y las más rojas de las más baratas, guardé el cambio íntegro en mi bolsillo y volví sin comerme ninguna. De regreso a casa toqué timbre en lo de Carlos, que demoró en atenderme.
—Dale, vamos a casa a comer una tarta de frutilla. Avisale a tu madre y me acompañás.
—No puedo.
—Dale, va a estar riquísima y vos tenés que estar conmigo. Esta tarta también es un regalo de Cristo y vos siempre me acompañás cuando yo recibo estos regalos…
—No puedo.
—¡Carlos! ¿No te acordás qué fue lo que pedimos hace tres semanas en misa?
—Sí, una tarta de frutillas, pero no puedo.
—¡Carlos! Si vos no me acompañás, Cristo no me va a dar nada más. Dale, vení.
—No puedo.
—¡Carlos! —gritó su madre desde la cocina—. ¿Qué son esos gritos?
—No es nadie —gritó bajito.
—¡Carlos! —volvió a gritar su madre, acercándose a la puerta con unos guantes de goma—. Ya te dije que no quiero volverte a ver jugando con nenas.
—No vino a jugar, vino a invitarme a comer en su casa.
—¡Carlos! Entrá para adentro.
Carlos entró. Nadie volvió a gritar.
—Carlos está en penitencia y no puede ir.
Unos guantes de goma tomaron el picaporte. Lenta y ruidosamente comenzaron a cerrar la puerta, mirándome a los ojos.
—Es sólo una tarta —dije, pero ella continuó su gesto y me cerró la puerta en la cara.
Carlos me miraba desde la ventana enrejada, con las manos apoyadas en el vidrio y los ojos petrificados en mis frutillas. De pronto los guantes de goma cerraron las cortinas y la sombra frágil de mi amigo permaneció en silencio, respirando flores bordadas en punto cruz, con una tela, un vidrio, una ventana, unas rejas, una calle y la vereda de enfrente entre él y el horizonte.
Luego de almorzar le alcancé un pedazo en un tupperware y quedamos en encontrarnos en misa.
Frente a Cristo, cuando todos se pusieron de pie y el padre Costa entró en acción ruidosamente, cerramos los ojos y pedimos sudando que la madre de Carlos se muriera. La sangre de mis ojos bañó mi mirada. La luz que entraba por los vitrales traspasaba mi piel y mis venas, dibujándome el rostro ensangrentado de la madre de Carlos en los párpados. Nos costó no abrirlos antes del ofertorio, pero no lo hicimos.
Cada vez que se abrían y se topaban con la sonrisa de Cristo, estaban fatigados, pero llenos de esperanzas. Cristo siempre nos decía que nuestro deseo se haría realidad, pero pasaban los domingos, nos deshacíamos en oscuridad ante la cruz y la madre de Carlos nunca se moría.
Nunca se murió.
Siete
Con seis años comencé a ir a la escuela y, como era previsible, no me gustó. No lograba adaptarme a aquel espacio tan amplio y mi madre no hacía nada al respecto, comentando con la maestra que mi pánico era lógico pues nunca había hecho el preescolar. Ponerme la túnica me daba frío, inclusive en verano. Creo que nunca podría andar vestida de blanco: parece que todo el mundo se acaba y sólo tu cuerpo es testigo. Vestirse de blanco es una sensación que no se parece a nada. Ir a la escuela es una sensación horrible que se parece a nada.
Llegaba sudando a clases. El trayecto era interminable. El sol del mediodía me pesaba más que la mochila, aun en invierno, pero debía seguir. Cada paso que daba costaba un suspiro. Mi túnica inmaculada resplandecía en medio de la calle y los vecinos me observaban callados, seguramente conspirando en mi contra, entre el canto de las chicharras. Muchas veces quise escaparme de ese trayecto; irme a caminar por ahí sin túnica o encerrarme en mi dormitorio bajo las sábanas en las siestas silenciosas.
Carlos no podía acompañarme. Su madre se lo había prohibido, entre otras cosas.
Durante las primeras clases no hacía más que llorar y volvía por el medio de la calle con la cara derretida, la boca seca y los ojos erizados, rojos. Cuando todo eso terminaba, corría a abrir la puerta de mi casa para sentarme frente a mi televisor nuevo con un vaso de cocoa. Sólo así el dolor desaparecía de mi rostro y mi paladar. Sólo así la calma llegaba a mi cabeza y mi entorno encontraba lentamente su sitio; me acomodaba en el sillón como una gorda asumida: cada cosa ocupaba su lugar y cada palabra de mi boca se decía en el momento correcto. Sólo necesitaba un televisor. Sólo necesitaba mi televisor color.
La pantalla resplandecía en silencio mientras mis dedos hurgaban en el control remoto, buscando el volumen a tientas. Cuando lo encontraban, comenzaban a subirlo de a poco, hasta ensordecer a mamá. De la pantalla salían chispas, saltaban en el aire por la estática o por la felicidad de mi sonrisa elástica. Una travesura. A veces lo hacía a propósito, para verla gritar sin escucharla. Poco a poco Lucía Méndez comenzaba a bailar con un vestido rojo frente a su propia imagen, al ritmo de la música tierna de un piano y un coro susurrante. Yo me petrificaba con el vaso entre los labios. Entonces Lucía acomodaba los holgados rulos de su pelo castaño entre los hombros y comenzaba un nuevo capítulo de Vanessa.
Siempre amé sus teleteatros. Aún hoy puedo ver las mismas historias en el cable; cada vez que lo hago me preparo un vaso de cocoa y comienzo lentamente a subir el volumen de sus conversaciones. Cada vez más alto. Cada vez más alto, hasta que mis tímpanos respiran hondo y se ensanchan para abarcarlo todo.
Ocho
—Cuéntenos, Haydée, cuándo fue que usted comenzó a sentir un poco de distancia con su hija. Se sabe que llegado el momento los hijos crean sus propios espacios, pero ¿qué fue lo patológico en su comportamiento?
—No sé… muchas cosas. No quiero decirlas porque no me gustaría que sonaran como reproches.
—Dígalas, por favor, Haydée.
—Hace muchos años, cuando ella comenzó a ir a la escuela, más o menos, solía coleccionar estampitas. Yo se las conseguía en la parroquia o se las pedía a las hermanas que venían cada tanto. Tenía una colección grande, con casi todas las santas, y las guardaba en una caja. Un día, mientras yo limpiaba los pisos de la parroquia, las encontré rotas dentro de uno de los jarrones del Santísimo. Entonces se las pegué con cinta adhesiva y sin decir una sola palabra se las regresé al cajón de su mesa de luz, donde las guardaba.
—¿Ella reaccionó de alguna manera especial ante su gesto?
—Sí. Las volvió a romper y nuevamente las encontré en el jarrón.
Nueve
Tú has venido a la orilla
no has buscado a sabios ni a ricos
tan sólo quieres que yo te siga
Señor
me has mirado a los ojos
sonriendo has dicho mi nombre
en la arena he dejado mi barca
junto a Ti buscaré otro mar
Abrí mis ojos asustados, sin poder soportar la mirada de Cristo desde su cruz. Debía comentárselo a Carlos, pero no lo pude hacer hasta la siesta. Apenas tragué la última cucharada del postre corrí hasta su casa y lo tomé de la mano para llevarlo al parque y contarle mi secreto.
—¿Que qué? ¡Estás loca!
—No, no estoy loca, te digo que Cristo me devolvió las estampitas. Volvieron a aparecer en mi cajón.
—Seguro que fue tu madre.
—No, fue Cristo.
—¿Y cómo sabés?
—Porque mientras todos cantaban, yo le pregunté, “¿fuiste vos?, ¿fuiste vos?”, y al abrir los ojos me respondió que sí.
Diez
—Y bueno… ella tenía un amiguito. Un amiguito medio rarito. Siempre estaban juntos. Todo el tiempo, todo el tiempo. Carlos, se llamaba. Estoy segura de que ellos se siguen viendo. Se querían mucho. Carlos también se fue de su casa más o menos en la misma fecha que mi hija…
En la pantalla aparece la foto de un niño con un gesto tímido, a medio reír, los hombros encogidos, los dientes muy blancos, el pelo levemente alborotado y los labios apenas arqueados. La imagen se esfuma, la pantalla se llena de luz y comienza un nuevo corte comercial. Una señora promociona un jabón en polvo, acariciando unas toallas blanquísimas. Hunde la mano en la tela esponjosa, la saca y deja una huella.
Once
—Vos me habías dicho que ibas a limpiar la grasera y de esto que te cuento hace tres meses… así me ves ahora, Carlos.
—Te juro que la limpié, linda.
—No parece. Mirá: fideos verdes. Hace tres meses que no comemos fideos verdes.
—Están verdes porque están podridos, linda.
—Están podridos porque hace más de tres meses que no se limpia la grasera.
—¡Yo la limpié, linda! ¿No te acordás? No me los tires porque me da asco. Estás muy nerviosa, linda. Me voy al club.
—Sí, andate. ¿Cómo querés que no esté nerviosa si llego al apartamento y me lo encuentro todo inundado con esta mierda?
—No es mierda. Estás demasiado nerviosa y te molesta cualquier insignificancia, linda.
—Terminala con eso de los nervios.
—Terminala vos… aunque creo que yo estaría igual de nervioso. Aparecer por primera vez en televisión y en ese programa… como que no entrás a la fama por la puerta grande, linda. ¿Ya hiciste las valijas?
—Llevo una sola. No te creas la medida de todas las cosas, lindo.
—¿Ya la hiciste, linda?
—Cuando la compré ya estaba hecha.
—Me voy antes de que comience el especial de chistes malos. Si en tu debut televisivo comenzás a hacer esos chistes… Te dije que no me tiraras esos fideos podridos.
—Son verdes.
—¡No me los tires! ¡No, no!