Kitabı oku: «La salud sí tiene precio»

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Prólogo. Por un sistema de salud humanizado, accesible y equitativo

Enio Garcia

Presentación

José Gomes Temporão

Parte I. La salud como un problema de economía política

1. Introducción a la economía

Axel Kicillof, Cecilia Abulafia, Leonardo Verna

2. La salud como sistema y como campo

Mario Rovere, Leonel Tesler, Nicolás Kreplak

3. Historia, contexto, debates y aplicación de los análisis de desigualdades en salud

Enio Garcia, Noelia López, Andrea Paz

Parte II. Qué pasa con los sistemas de salud en el mundo

4. El sistema de salud argentino: consideraciones desde una mirada de la economía política

Ariel Lieutier, María José Luzuriaga, Enio Garcia, Eduardo Pérez

5. La tecnología sanitaria y la falacia del mercado imperfecto

Daniel Gollan, Nicolás Kreplak

6. Complejo económico-industrial de la salud. Teoría y praxis sobre la participación del sector salud como componente del desarrollo económico-social nacional y la soberanía sanitaria

Carlos Augusto Grabois Gadelha, Enio Garcia, Nicolás Kreplak

7. El sistema de salud de Brasil: subfinanciamiento del sector público y subsidio al privado

Ligia Bahia, José Antonio, María José Luzuriaga

8. Sistemas de salud en perspectiva comparada

María José Luzuriaga

Parte III. Si no es ahora, ¿cuándo? Lo que revela la pandemia

9. Derrumbando mitos en tiempos de pandemia. La economía política de la salud en debate

Laura Muñoz, Leandro Tomás Amoretti

10. Las vacunas desde una perspectiva global

Dora Corvalán

Agradecimientos

Sobre los/as autores/as

Daniel Gollan, Nicolás Kreplak, Enio Garcia

compiladores

LA SALUD SÍ TIENE PRECIO

Medicamentos, hospitales, pandemias y la necedidad de repensar el sistema sanitario

Cecilia Abulafia • Leandro Tomás Amoretti • Ligia Bahia • Dora Corvalán • Enio José Garcia • Daniel Gollan • Carlos Augusto Grabois Gadelha • Axel Kicillof • Nicolás Kreplak • Ariel Lieutier • Noelia López • María José Luzuriaga • Laura Muñoz • Andrea Paz • Eduardo Pérez • Mario Rovere • José Sestelo • José Gomes Temporão • Leonel Damián Tesler • Leonardo Verna

La salud sí tiene precio / compilación de Daniel Gollan; Nicolás Kreplak; Enio Garcia.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Singular)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-111-0

1. Sistemas de Salud. 2. Acceso a la Salud. 3. Asignación de Recursos para la Atención de Salud. I. Gollan, Daniel, comp. II. Kreplak, Nicolás, comp. III. Garcia, Enio, comp. IV. Título.

CDD 351

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Edición al cuidado de Verónica Engler

Diseño de portada: Pablo Font

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: octubre de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-111-0

Prólogo

Por un sistema de salud humanizado, accesible y equitativo

Enio Garcia

Este libro es fruto del trabajo interdisciplinario de docentes e investigadores/as de Brasil y la Argentina, vinculados/as a la temática de la economía política de la salud, muchos/as de los/as cuales se reunieron en los últimos años en el marco de la diplomatura que sobre esta materia organizan en conjunto la Universidad Nacional de José C. Paz y la Fundación Soberanía Sanitaria. Empezamos a gestarlo en 2019, antes de que el Frente de Todos ganara las elecciones y algunxs de quienes integrábamos ese equipo pasáramos a la gestión del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires. Luego llegó la pandemia de covid-19 y, en medio del intenso trabajo cotidiano para poner a punto el sistema sanitario, retomamos la idea de plasmar en un libro las discusiones y reflexiones que veníamos desarrollando en torno a temáticas que la coyuntura impuesta por esta enfermedad puso sobre el tapete: las desigualdades en salud, las patentes, el acceso a los medicamentos, la incorporación de nueva tecnología sanitaria y los costos y precios a pagar, la participación protagónica del sector salud en el desarrollo económico nacional y su tendencia a la financiarización, entre otros. Tópicos habituales para quienes estamos inmersos en los sistemas de salud, pero que no formaban parte de la agenda pública.

Desde nuestra óptica, un análisis económico de la salud exige asumir que la inequidad no es un fenómeno natural, que el Estado tiene un papel decisivo para reducirla o aumentarla, y que se pueden utilizar herramientas con orígenes teóricos diversos para analizar la realidad y transformarla.

Nosotros pensamos la salud como un derecho. Es decir, no solo desde una dimensión individual, familiar, como algo que las personas deben resolver por sus propios medios. Muy por el contrario, es necesario un Estado que intervenga, organice y garantice un piso de igualdad en el acceso a la prevención, los tratamientos y la recuperación.

Efectivamente, la salud sí tiene un precio, que es el costo de los medicamentos, los insumos, las prácticas y tecnologías sanitarias. Se requiere una inversión para producir y para que haya trabajadores/as que brinden sus servicios. La cuestión es que ese costo de la atención, del tratamiento, de las terapias, no puede estar librado simplemente a las reglas del mercado y la posibilidad de pago de cada individuo. Por eso la importancia de discutir la economía de la salud en clave política, para ver cómo sostenemos en el tiempo un sistema sanitario basado en una lógica de derechos.

Así, hay que debatir acerca de las patentes, la industria farmacéutica y las cadenas de producción que nutren el sistema. Porque si la producción de estas tecnologías o alguna de sus etapas es nacional, eso podrá influir en la balanza comercial, ampliar el acceso, generar conocimiento local y crear riqueza. Además, al ser un sector altamente dependiente de la mano de obra, la salud genera trabajo extensivo, de ahí que sea necesario estimar los beneficios económicos directos e indirectos en la sociedad.

Desde una perspectiva crítica, opuesta a la lógica neoliberal que entiende el campo de la salud en términos puramente mercantiles y asistencialistas, los capítulos del libro proponen un análisis en torno a tópicos variados pero cuyo norte común es servir como herramienta de debate en un momento de crisis mundial de los sistemas sanitarios, en el que resulta esencial reflexionar profundamente y ofrecer respuestas inteligentes a los desafíos actuales.

La primera parte desarrolla nuestra visión sobre la economía y la salud. En el capítulo 1, Axel Kicillof, Cecilia Abulafia y Leonardo Verna trazan las coordenadas generales sobre la economía como disciplina y las principales discusiones que la atraviesan. Luego, Mario Rovere, Leonel Tesler y Nicolás Kreplak proponen las nociones de sistema y campo para comenzar a pensar la salud desde una óptica político-económica. Como cierre de este tramo introductorio, Enio Garcia, Noelia López y Andrea Paz exploran los diversos modos de estudiar las desigualdades en salud.

La segunda parte se ocupa de abordar problemas concretos. En el capítulo 4, Ariel Lieutier, María José Luzuriaga, Enio Garcia y Eduardo Pérez analizan el sistema de salud argentino desde la economía política. A continuación, Daniel Gollan, exministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, y Nicolás Kreplak cuestionan la lógica que orienta la incorporación de nueva tecnología sanitaria al preguntarse si brindar servicios de salud es tan caro como suele plantearse. Por su parte, Carlos Augusto Grabois Gadelha (exsecretario de Ciencia, Tecnología e Insumos Estratégicos del Ministerio de Salud de Brasil durante el gobierno de Dilma Rousseff), Enio Garcia y Nicolás Kreplak explican su propuesta de participación protagónica del sector salud en el desarrollo económico de un país. En el capítulo 7, Ligia Bahia, José Sestelo y María José Luzuriaga plantean el problema de la financiarización del sector en Brasil. A continuación, María José Luzuriaga compara los sistemas de salud de países considerados centrales y los de Latinoamérica.

Finalmente, en la tercera parte incluimos dos capítulos escritos en el último año, específicamente dedicados a la pandemia por covid-19. Laura Muñoz y Leandro Tomás Amoretti desarman y analizan varios de los mitos más extendidos que contraponían falsamente la salud y la economía. En el último capítulo, Dora Corvalán analiza desde una perspectiva histórica el reparto desigual de las vacunas a nivel global y sus causas y consecuencias políticas, económicas y sociales.

Consideramos que esta obra colectiva puede resultar de gran interés tanto para el sector académico como para los/as profesionales de la salud y quienes están involucrados/as en la gestión y el desarrollo de políticas para construir un sistema sanitario más humanizado, accesible y equitativo.

Presentación

José Gomes Temporão

En tiempos de crisis política, ambiental, sanitaria y ética en América Latina, regidos por la implementación de políticas de corte neoliberal, la publicación de este libro sobre economía y política de la salud adquiere una relevancia especial.

Estableciendo puentes y diálogos entre varias de las dimensiones estructurales que intervienen en la conformación de los sistemas de salud de Brasil y la Argentina, esta obra se focaliza en las medidas que terminan impactando en el desempeño de esos sistemas en términos globales.

Con un fuerte contenido crítico de la visión hegemónica sobre las relaciones entre economía y salud (que implica una concepción neoclásica limitada a la cuestión técnico-gerencial), estas páginas aportan una mirada más amplia sobre la salud abarcando la totalidad de las relaciones sociales comprometidas en ella.

Resultado del intercambio entre investigadores de los campos de la salud y la económica de Brasil y la Argentina, el libro construye un diálogo fértil entre varias de las dimensiones del contexto sanitario actual de nuestros países: desde la economía hasta las desigualdades en salud, desde la discusión sobre sus sistemas sanitarios hasta el análisis del complejo económico industrial de la salud como componente central de los procesos de desarrollo nacional.

El presente trabajo, basado en un pensamiento crítico sobre las relaciones entre economía y salud, es de suma importancia para poder proyectar, desde el contexto de las transformaciones contemporáneas, escenarios futuros para la salud en América Latina. Las reflexiones aquí vertidas nos permiten revisar el pensamiento económico y social hegemónico en el capitalismo contemporáneo y nos ofrecen nuevas perspectivas para luchar por la salud como un derecho.

Parte I

La salud como un problema de economía política

1. Introducción a la economía

Axel Kicillof, Cecilia Abulafia, Leonardo Verna

Introducción

Como en otras esferas del conocimiento, en economía no existe una única manera de explicar los fenómenos. A lo largo de la historia del pensamiento económico, se pueden reconocer distintas corrientes que traen aparejadas diferentes recomendaciones de política económica. La corriente que ha logrado ubicarse como la teoría económica hegemónica o predominante –el denominado mainstream económico– es la escuela neoclásica o marginalista y se corresponde con políticas neoliberales. En la mayor parte de los ámbitos de construcción de conocimiento –las instituciones de educación, las publicaciones científicas– se enseñan los fundamentos neoclásicos como fundamentos económicos. Es decir que, tácitamente, “economía neoclásica” y “economía” se utilizan como sinónimos y, al hacerlo, se decide ignorar que existen otras explicaciones para los fenómenos económicos.

En términos de historia del pensamiento económico, la corriente neoclásica reconoce los aportes de Adam Smith, David Ricardo, Karl Marx, entre otros, y toma de ellos buena parte de sus fundamentos. Sin embargo, no es una incorporación en términos de pluralismo de pensamientos, ya que no se acepta una multiplicidad de explicaciones, sino que se señalan como aciertos los puntos de coincidencia con el pensamiento marginalista y como errores los puntos de ruptura.

El pensamiento hegemónico propone para la ciencia económica una evolución darwinista: sobreviven las ideas que son más aptas. Si solo se enseña aquella teoría que resiste más refutaciones, si el resto de las teorías son calificadas como explicaciones con errores conceptuales, si se estudia la historia solo para rescatar los fragmentos que encajan en la teoría actual, lo que se está revelando es la intención de enseñar una teoría económica como si fuera la única verdad.

En oposición al mainstream económico, otro grupo de economistas sostiene que hay diferentes escuelas de pensamiento que coexisten en cada momento, y ninguna, por definición, es capaz de demostrar que la otra está equivocada. Entienden la historia del pensamiento económico no como una evolución estrictamente histórica en el sentido de narrar un desarrollo de lo antiguo a lo moderno, sino como la oportunidad de poner a dialogar las distintas corrientes teóricas.

Quienes no tienen una formación en economía reconocerán con facilidad que cualquier fenómeno económico –como la inflación, el crecimiento, la distribución o la formación de precios– encuentra más de una explicación. Con respecto a la inflación, por ejemplo, el pensamiento hegemónico asegura que tiene su origen exclusivamente en la cantidad de dinero que circula en la economía de un país. Sin embargo, ante la evidencia de países que aumentan su base monetaria sin registros de inflación, como la eurozona luego de la crisis de 2008, otras teorías basan sus explicaciones en los costos y estructuras productivas y analizan los precios en un contexto de globalización, de transnacionalización de la producción, enfrentando radicalmente la afirmación de que los precios dependen con exclusividad de la oferta monetaria.

En suma, la corriente heterodoxa, en la que se alinea este libro, sostiene que existe una multiplicidad de teorías económicas que conviven, destaca la fuerte intencionalidad por parte de la corriente predominante de presentarse como pensamiento único, y afirma que estudiar la historia del pensamiento económico no es otra cosa que estudiar economía.

Historia de las ideas económicas: desde los clásicos hasta la actualidad. Acuerdos y desacuerdos

Durante los siglos XVIII, XIX y XX se desarrolló la mayor parte de las escuelas de pensamiento económico contemporáneo. En este apartado se analizarán algunos de los aportes principales de las escuelas clásica, neoclásica y keynesiana. No se realizará un estudio riguroso de cada teoría, sino más bien una recopilación de puntos de encuentro y desencuentro entre autores, con énfasis en problemáticas que puedan ser útiles para el análisis de la actualidad.

Adam Smith en busca de una explicación del capitalismo

Dejando de lado las corrientes fisiócratas y mercantilistas por motivos expositivos, la obra Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, publicada en 1776 por Adam Smith, puede considerarse un buen punto de partida, pues da comienzo al estudio de la ciencia económica como tal. La relevancia de esta obra es fenomenal por innumerables motivos, pero a continuación haremos hincapié en dos de los principales.

En primer término, la obra de Smith describió las características de un sistema económico incipiente y novedoso. Luego de siglos de orden económico, político y social feudal, la forma de organización de la producción de las sociedades occidentales atravesó profundos cambios organizacionales y técnicos que devinieron en el sistema de manufactura y, posteriormente, de producción fabril, característicos del sistema capitalista. El autor supo describir las nuevas relaciones sociales de producción –presentó, por ejemplo, las tres clases sociales del capitalismo: trabajadores, capitalistas y terratenientes– y buscó establecer cuáles eran las leyes económicas que regían el funcionamiento de las sociedades. Su contribución es especialmente destacable si se toma en consideración el hecho de que fue escrita durante un período de profundas transformaciones. Si bien era evidente la existencia de cambios en la producción, puesto que se evidenciaron aumentos significativos en la cantidad de productos elaborados, no se había producido aún la Revolución Industrial, que consolidaría al capitalismo como sistema predominante.

Smith observó que en pocos años la productividad del trabajo había crecido exponencialmente, y encontró que la causa principal del fenómeno era una nueva forma de organización de la producción: la división del trabajo. Esto implicaba que el trabajo artesanal ya no era realizado en su totalidad por una sola persona, sino que cada trabajador se concentraba en una única tarea del proceso. Con esta nueva forma de organizar la producción se eliminaron tiempos muertos, y los trabajadores lograron mayor destreza. Además, el hecho de dividir el proceso en pequeñas tareas simples facilitó la invención de máquinas, de manera que se logró una producción mucho mayor en la misma cantidad de tiempo. Con esto dejó establecido un concepto clave para todos los economistas clásicos: todos los bienes son producto de trabajo humano.

En segundo lugar, La riqueza de las naciones contiene una variedad de explicaciones para los fenómenos económicos que se observaban. De hecho, en muchos pasajes es evidente el carácter contradictorio entre las teorías sugeridas por el autor. Un mismo fenómeno es explicado en distintos tramos del libro con lógicas diferentes y a veces opuestas. En efecto, el autor señala las carencias de su análisis y esto tiene que ver con que Smith es el primero en sistematizar las ideas económicas. Pero lejos de ser una crítica a su trabajo, lo que se pretende en este caso es destacar que la presencia de esta multiplicidad de explicaciones permitió que su obra contuviera la génesis de todas las teorías económicas contemporáneas fundamentales. Tanto marxistas como neoclásicos, por ejemplo, se nutren de conceptos presentados por Smith para desarrollar muchos de sus principales aportes.

¿Cuáles son para Smith las reglas de la nueva forma de producción capitalista? ¿Qué factores se tienen en cuenta para producir, intercambiar, trabajar, distribuir? La organización de la economía es una organización de la sociedad, y los actores económicos son personas de la sociedad. Las leyes económicas son, por lo tanto, leyes humanas. Sin embargo, Smith observa que se las estudia como algo externo. Es decir que el ser humano, a pesar de hacer las leyes que organizan la sociedad, no las conoce, no las comprende, y las estudia como algo ajeno que lo domina, sin ser ni naturales ni divinas. Son leyes humanas, pero inconscientes. A diferencia del orden feudal, que se creía que estaba establecido por voluntad divina, en el capitalismo es la acción de cada individuo la que determina su participación en la economía de la sociedad. En el afamado pasaje en que Smith presenta la noción de “la mano invisible”, se describe cómo los seres humanos, egoístas por naturaleza, al actuar en busca de su beneficio personal, terminan favoreciendo el orden social. Como si una mano invisible se encargara de equilibrar las voluntades personales para que la sociedad alcance el máximo nivel de bienestar. Este orden perfecto y automático servirá de sustento fundamental para las recomendaciones liberalistas: no se debe interferir en los mecanismos de ajuste del mercado, puesto que ellos logran el mejor ordenamiento en la economía.

Para desarrollar la dinámica capitalista, Smith partió de la explicación de la particularidad de este sistema en el que los productos del trabajo toman la forma de mercancía. Las personas producen los bienes que saben y están en condiciones de hacer, y luego intercambian el excedente por bienes producidos por otros individuos.[1]

Si bien existen labores domésticas que no tienen como destino el intercambio –como la persona que trabaja para cocinar su propia cena–, la mayor parte de la producción será llevada al mercado para ser intercambiada. Lo que se intercambia, entonces, son mercancías.

Para describir qué son las mercancías, Smith señaló que, en el momento del intercambio, se evidencia que estas tienen valor:

Debemos advertir que la palabra “valor” tiene dos significados diferentes, pues a veces expresa la utilidad de un objeto particular y otras veces la capacidad de comprar otros bienes, capacidad que se deriva de la posesión de dinero. Al primero lo podemos llamar “valor en uso” y al segundo “valor de cambio” (1987: 30).

Tal vez la primera intuición de quien conoce estas dos categorías de valor sea aventurarse a pensar que aquellas mercancías con más utilidad –valor de uso– sean las mismas con mayor valor de cambio. Sin embargo, Smith advirtió que a menudo una mercancía con gran utilidad, como el agua, tiene poco valor de cambio; asimismo, una mercancía con gran valor de cambio, como un diamante, tiene relativamente poca utilidad. Entonces, si el valor de cambio no depende de la utilidad, ¿de qué factores depende?

Tres teorías de valor

Smith propuso dos teorías alternativas, contradictorias entre sí, que dieron lugar a un gran debate posterior, del que incluso se desprende una tercera teoría. Por un lado, Smith planteó la siguiente pregunta: si la proporción del intercambio no estaba dada por la utilidad de las mercancías, ¿cuál podía ser el sustento que permitía compararlas? Aseguró:

Todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida. Pero una vez establecida la división del trabajo, es solo una parte muy pequeña de ellas la que se puede procurar con el esfuerzo personal. La mayor parte se conseguirá mediante el trabajo de otras personas y será rico o pobre de acuerdo con la cantidad de trabajo ajeno [de] que pueda disponer o se halle en condiciones de adquirir. En consecuencia, el valor de cualquier bien para la persona que lo posee y no piensa usarlo o consumirlo, sino cambiarlo, es igual a la cantidad de trabajo que puede adquirir o del que pueda disponer por mediación suya. El trabajo, por consiguiente, es la medida real del valor de cambio de todos los bienes (Smith, 1987: 31).

Esto es lo que se conoce como teoría de valor-trabajo. Advirtió luego que la comparación de trabajos traía aparejadas ciertas dificultades y, por lo tanto, que no podía ser ese el sustento de los precios. Señal, por ejemplo, de que en el capitalismo los trabajos se producían de manera privada y, en consecuencia, se desconocían sus tiempos. Además, resultaba problemático comparar trabajos cualitativamente distintos (¿valen lo mismo dos horas de trabajo de un médico, de un mecánico, de un docente?). Por otra parte, en la producción capitalista intervenían, además de los trabajadores, los capitalistas y terratenientes. Si los precios se determinaban solo por la cantidad de trabajo, ¿de dónde surge la remuneración a las otras clases sociales? Con esto, da lugar a la segunda teoría del valor: los precios debían alcanzar para remunerar a las tres clases sociales y, por lo tanto, se obtenían a partir de la suma del salario, la renta y el beneficio. Tomó en consideración las remuneraciones medias, es decir, el promedio de los salarios industriales, para determinar el precio de un bien industrial. A estos precios los llamó “precios naturales”. Sin embargo, existen ocasiones en que los precios pagados en el mercado están por encima o por debajo del precio natural. Esto se debe a excesos de demanda o excesos de oferta del bien. De todos modos, estos excesos son necesariamente transitorios, puesto que la mano invisible del mercado se encargará de generar las señales e incentivos para que se corrijan y, eventualmente, el precio de mercado se iguale con el precio natural, alcanzando un equilibrio. El fundamento de los precios en esta explicación se encuentra en los costos de producción, con alteraciones circunstanciales que se deben a la oferta y la demanda.

Existe una tercera teoría de valor que apareció de la mano de los teóricos neoclásicos en la segunda parte del siglo XIX, responsables de la unificación de los conceptos de valor de uso y valor de cambio. La teoría marginalista sostiene que la intención de un individuo al intercambiar es lograr el mayor beneficio posible, maximizar su bienestar. Al resignar una unidad de cierto bien se sacrifica la satisfacción que dicho bien provee, y solo se aceptará el intercambio si la mercancía recibida supera la utilidad resignada. Lo mismo aplica a decisiones que no son necesariamente de consumo, como la aceptación de un puesto de trabajo: será aceptado siempre y cuando el salario compense la pérdida de tiempo de ocio que se resigna. La medida de intercambio se basa, entonces, en la utilidad medida por la escasez, la cual responde a la subjetividad del individuo. Los bienes más útiles van a valer más, pero si están disponibles en abundancia (utilidad), su precio va a tender a caer (escasez). Los teóricos marginalistas alcanzaron este razonamiento partiendo del supuesto de que la cantidad de bienes en la economía está dada, y siempre son escasos en comparación con las necesidades humanas, por lo que presentaron a la economía como la ciencia de la escasez. Esta teoría asemeja la dinámica de fijación de precios a una subasta: “el rematador walrasiano” –en honor al autor, Walras– media entre las voluntades de compradores y vendedores hasta encontrar la tasa de cambio óptima, que refleja la cantidad de bienes disponibles y cuánta utilidad le genera a los individuos que desean obtenerla.

Los sucesores de la teoría de valor-trabajo: Ricardo y Marx

Volviendo a los economistas clásicos, el sucesor inmediato de Adam Smith fue David Ricardo, economista inglés que continuó con el estudio de las dinámicas del capitalismo e hizo grandes aportes con sus explicaciones sobre la distribución del ingreso y la teoría de ventajas comparativas para el comercio internacional, las cuales se utilizan hasta la actualidad. Ricardo se alineó con la primera definición de valor mencionada en el apartado anterior, la teoría de valor-trabajo. Respondió algunas de las problemáticas planteadas por Smith al desestimar el uso de la teoría. Aseguró que los bienes se cambian en proporción a la cantidad de trabajo directo e indirecto que se usó para producirlos, resolviendo así la comparación de trabajos de distinta complejidad. Reconoció, además, que en ocasiones la escasez resulta relevante para la determinación de los precios, pero solo en casos particulares. Se trata de los bienes no reproducibles, como puede ser una obra de arte, un elemento con valor histórico o los producidos por la naturaleza, como el carbón o el agua, que por sus características únicas no admiten reproductibilidad y, por lo tanto, la relación entre la oferta y la demanda determinará su precio. A todo el resto de los bienes de la economía se le puede aplicar la teoría que compara cantidad de tiempo de trabajo humano incorporado en el bien. Resulta prudente anticipar que los marginalistas solo tomaron la segunda parte de la explicación de Ricardo, puesto que aplican el supuesto de una cantidad dada de bienes en la economía: todos los bienes son, por lo tanto, no reproducibles.

Con relación a la remuneración de las distintas clases sociales, Ricardo, como Adam Smith, se basó en la visión de los costos de factores. Es decir que los ingresos provenientes del intercambio deben alcanzar para compensar los aportes de los trabajadores con un salario, la participación del terrateniente con una renta, y el resto representará el beneficio del capitalista. Como su predecesor, puso en ejercicio la teoría de los costos de producción para explicar una dinámica capitalista, en este caso, haciendo foco en la porción del ingreso de la que se apropian las clases terratenientes y capitalistas.

Tanto Ricardo como Smith partieron de la defensa del trabajo como sustento de valor, pero en el desarrollo de la obra se ven tentados a utilizar otra explicación. ¿Cuál es el sustento de valor detrás de la teoría de costos de producción? ¿Qué hay detrás del salario, la renta y el beneficio?

Karl Marx logró saldar esta aparente contradicción a través de su explicación del plusvalor. En el intercambio de mercancías, todas se pagan de acuerdo con su valor, pero hay una mercancía en particular que genera más valor en su utilización. Se trata de la mercancía “fuerza de trabajo”. El tiempo de trabajo es pagado al trabajador por su valor, es decir, recibe el salario que la sociedad determina suficiente para su supervivencia. Sin embargo, el valor de uso de la mercancía fuerza de trabajo es, precisamente, crear valor: nadie contrataría a un obrero por $100 la jornada, si en ese mismo tiempo el producto de su trabajo equivale a $100. El hecho es que, durante la jornada de trabajo, el obrero genera un valor mayor a su salario: el denominado plusvalor, del cual se apropia el capitalista y toma luego la forma de beneficio o ganancia.

Con este aporte, el trabajo se podría reincorporar como único sustento de valor y fundamentación de los precios. Sin embargo, Marx destacó un posible inconveniente adicional. Se observa en la economía que las tasas de ganancia se igualan entre las distintas ramas de producción. Si hubiera alguna actividad más rentable que otra, los capitales fluirían hacia ella en busca del mayor beneficio. Pero ¿cuál es el mecanismo por el cual las cantidades de trabajo se convierten en precio y al mismo tiempo se igualan las tasas de ganancia en la economía a pesar de provenir de ramas de producción en las que las cantidades de trabajo utilizadas son distintas? Karl Marx logró saldar esta problemática con el concepto de “composición orgánica del capital”, con el cual propone que hay ramas más intensivas en capital y otras más intensivas en trabajo.