Kitabı oku: «Pobres conquistadores», sayfa 6
La tarde acabó y sobrevino un nuevo crepúsculo lleno de vientos y premoniciones, caldo para las pesadillas de la noche. El amanecer ya no sería de esperanza, sino de resignación, pues se lanzaban a lo desconocido y a lo trabajoso de una navegación incierta que precisaría de toda su eficacia. Las maniobras se emprendieron con la exactitud del que lo ha hecho cientos de veces, ausentes de ímpetu o grandilocuencia, solo silencio y rutina. En esta ocasión, los administradores hacían un inventario más cuidadoso para evitar dejarse nada, pues era su última escala conocida. La noche anterior se habían quedado hasta tarde pesando los víveres que se habían recogido y evaluando su estado, debido a la política estricta de velocidad de crucero y utilidad de la carga. Todo parecía correcto. Ahora tenían víveres para unas tres semanas si racionaban con rigor, obviamente se aumentarían las reservas con aquello que pudieran pescar en alta mar. Pero llegados al mes sin encontrar tierra, ¿qué pasaría? Había que tener fe ciega en el capitán o ignorancia total de lo que se estaba haciendo para proseguir en ese viaje. Como despedida, el quinteto por entero subió al peñasco desde el cual tres días antes los habían recibido e hicieron algo que no se esperaba nadie. Cantaron a coro una canción de mar:
Si ves la vela desaparecer,
no pienses bella que no volveré.
Si ves la nube oscura al despertar,
no pienses que voy a zozobrar.
Porque sabes sin dudar,
que tu hombre es marinero,
de la gran mar.
Porque sabes que brego,
incesante contra olas.
Y nunca lleves velo,
tengo pacto con el profundo,
y ni al otro lado del mundo,
mi ánimo arrugo.
Porque sabes sin dudar,
que tu hombre es marinero,
de la gran mar
Y al acabar, Romprett bramó:
—¡Volveréis! —Las tripulaciones por entero, repentinamente animadas por esa magia vital y en parte salvaje que tenía el quinteto, estalló en un grito de reafirmación. Y entonces todo fue valentía y tesón. Al menos hasta que la isla ya no se viese.
Trucano, estaba pensando de todo, pensaba qué pasaría si por algún motivo caprichoso esas dos naves pasaban a ser naves proscritas y su destino en el viaje de vuelta debía ser el de reducirse a astillas y sus cuerpos a jirones de carne. Esa noche no podría dormir con ese pensamiento. Y es más, no podía ni comentárselo a nadie.
Muchas relaciones quedarían cambiadas tras el paso por isla Fink, como suele ocurrir cuando se está en un sitio donde “nadie mira” ni hay nadie que te pueda hacer sentir responsable.
Es más fácil que alguien bajo órdenes de otro caiga en el salvajismo, porque ya no está bajo las de su propia conciencia. Y así se dio, de manera más o menos oculta, o más o menos expuesta durante esos tres días. Como ahora simplemente a esos salvajes les colmaba el trabajo en exceso, todo había quedado en el olvido inmediato. Ahora mandaba la mar, y esta como el tiempo, ponía a todos en su sitio.
Al cuarto día de navegación, sin dejar de llevar ese imparable ritmo que les daba la corriente, padecieron el paso de una tormenta de considerable virulencia. De las que los expertos ya estaban acostumbrados pero que los novatos sufrían con el estómago revuelto y con el equilibrio trastocado. Las naves desaparecían por completo de la visión del horizonte en mareas repentinas del oleaje mientras durante unos segundos todos los de cubierta solo veían el agua de mar que inundaba el puente y los ahogaba para volver a aparecer arrastrados por la cubierta, tosiendo y exhaustos. Era un mal sueño que empezaba a hacerse demasiado largo, tanto como para que a alguno le asaltase la locura de querer saltar por la borda.
Los oficiales y contramaestres estuvieron al quite, en medio de los terribles vaivenes. Y cuando todo parecía que no podría ser peor, de repente, la carga atada en cubierta se empezaba a soltar. Todos debían hacer algo por muy malas que fueran las condiciones. El silbido del viento era tan fuerte que no se podía oír ninguna orden, los enlaces que las llevaban desde los capitanes y los oficiales a duras penas podían llegar con eficacia a su destino. Era corriente que una orden dada cuando era transmitida por el mensajero o bien ya no era necesaria en el destino por el cambio de la situación o bien ya había sido tomada la iniciativa por los marineros de ese sector.
Al final, las dos fragatas parecían gobernarse solas como monstruos oscuros e intrépidos, apareciendo y desapareciendo entre las enormes depresiones que el oleaje provocaba, mientras los marineros hacían las mil y una maniobras para que esos monstruos perviviesen. El propio Alekt se vio forzado a desplazarse él mismo hasta el lugar donde quería que se ejecutase una orden, mientras en el camino, entre golpes, gestos y palmadas mandaba recogerse a los que presentaban señales de agotamiento: no podía permitirse el lujo de perder ni un solo hombre. Por desgracia en las peores embestidas de esa noche perdió dos valiosos marineros: un nalausiano contratado que había demostrado tener un nervio y una camaradería sin igual y uno de los empleados de la familia, experto en cordaje y costura de velas. Para todos, una desgracia de la que, para más desánimo, no se dieron cuenta hasta que estuvieron fuera de la terrible tormenta.
Y como todo lo malo conocido, esto tampoco podía durar siempre. La calma siempre resultante de una tempestad pudo dar el necesario descanso a las tripulaciones, al menos unos pocos minutos para reponerse. Justo después, vendría el momento de identificarse, numerarse, ver quién faltaba, evaluar los daños, poner prioridades en las reparaciones y un sinfín de cosas para cuando se ha salido del infierno de agua. Tras corregir el rumbo y retomar la corriente volvieron a navegar en la ruta indicada, esta vez la veloz corriente los llevaba hacia el Sur como si estuviesen en la cuerda de una polea.
Isla Fink habría desaparecido de la visión hacía ya más de dos jornadas y, en un día despejado desde la cofa, se hubiese oteado una línea parecida en el horizonte a la que vieron al llegar. No obstante, el frente nuboso que habían pasado lo impedía totalmente. Si hubiesen tenido ese hipotético día despejado, ni siquiera con las lentes se hubiese visto el tenue perfil de la lejana isla, ni por las noches se podía tampoco ver un atisbo de la penumbra que podía arrojar el faro en la noche cerrada. El tiempo y la distancia habían hecho desaparecer esa isla deseada y ominosa a un mismo tiempo. Así lo estaba observando Alekt Tuoran con su catalejo, en un ejercicio de obviedad.
Cuando estuvo cansado de divisar la pelea de nubarrones que habían dejado atrás, se dirigió al contramaestre para que llamase a Trucano, que estaba reparando cuantiosos desperfectos. Como vio que el trabajo estaba prácticamente acabado aprovecharía la ocasión para hablar con él. El contramaestre trajo a Trucano, que tenía expresión de preocupación y la mirada de súplica, se podía leer fácilmente que esperaba recibir otra tunda como la de tierra firme en isla Fink. Alekt, ordenó al contramaestre retirarse en el estilo respetuoso en que lo hacía normalmente. Eso tranquilizó al ebanista. Entonces, el patrón inició la charla entre los dos:
—Será mejor que hablemos con más calma en el camarote, además, no está Gotert en cubierta ni mira ninguno de sus soldados. Eso hay que tenerlo siempre en cuenta.
—Comprendo patrón —contestó Trucano, ya algo más tranquilo.
Bajaron a la penumbra de los pasillos que llevaban al camarote del capitán y ni siquiera encendieron bujías. Cuando Alekt cerró la puerta detrás de sí, hizo un gesto exigiéndole un poco de silencio. El capitán, en un acto de paranoia inducida, pegó el oído a las paredes. Al cabo de un momento dio su conformidad y empezó a hablar, o más bien a susurrar:
—Antes que nada, deseo expresarte mis disculpas por la paliza. No sé si te diste cuenta pero tu vida estaba en juego. —Trucano miró al suelo nervioso, estaba sorprendido y llegó a pensar que su jefe estaba buscando una excusa para sus prontos y cambios de carácter, pero calmándose un poco le preguntó cortésmente:
—Capitán Alekt Tuoran, con el debido respeto, ¿a qué os referís! Disculpadme si soy incapaz de seguiros.
—De acuerdo, entonces simplemente no te diste cuenta de nada. Y has aguantado vivir con esta humillación sin saber el porqué de la paliza que te propiné. —Se quedó callado ante este hecho, y prosiguió—: Eso dice mucho de ti, mi buen Trucano.
—No podía hacer nada más, eres el jefe y hasta hace no demasiado mi enemigo, por lo que podía ser tu prisionero una vez vencido —respondió el ebanista con brevedad.
—Claro, eso es cierto también. Pero podrías haber extendido el rumor de mi brutalidad entre los compañeros, incluso entre los oficiales —objetó Alekt, pero Trucano seguía con su razonamiento:
—Ellos también son jefes, patrón, y los demás marineros no me conocen mucho y en realidad están bastante apegados a sus jefes.
—Bueno, olvidemos ahora estas consideraciones. —Así se deshizo Alekt de este embarazoso empecinamiento de Trucano por no reconocerse nobleza alguna en sus gestos. Se quedó unos segundos pensativo, intentando aclararse las ideas, ya que como cualquier hombre a veces olvidaba cuál era el verdadero tema de una conversación por derivar la charla a cualquier sitio menos a su fin. Por fin lo recordó y atajó en presentaciones, se lo dijo así de crudo a Trucano:
—El viejo Ertulel te iba a rebanar el cuello con su cuchillo para evitar que te fueras de la lengua. Conozco sus maneras y era seguro que lo iba a hacer, tenía el arma en la mano. Yo tuve que armar ese tinglado de la paliza con la esperanza de hacer reaccionar a Romprett, que tiene en realidad más autoridad moral que Ertulel. Así fueron las cosas, y las hice con la esperanza de salvarte de ese perturbado de Ertulel. Veo que ha funcionado, pero lo que tú no ves es lo mal que lo he pasado al tener que hacerlo. —Trucano no sabía qué decir ni qué hacer, su capitán abrió la ventana del camarote, cogió de nuevo el catalejo y miró en la dirección de isla Fink, acto estúpido pues la persistencia de las nubes de la tormenta sobrepasada le impedían ver nada más allá. Al final, Trucano, lacrimoso, solo pudo decir:
—Gracias Alekt. —Y Alekt, observándolo con la mirada entre dura y melancólica que ya exhibió en el camino de Erevost, le contestó:
—Gracias a ti, amigo mío.
Como Trucano guardaba el protocolo de jerarquía y aún no se había ido, permanecía callado esperando órdenes. Alekt le dio la última orden de ese día:
—Mañana, cuando pronuncie algunas palabras por los desaparecidos, tú me harás de intérprete muchacho. Uno de los desaparecidos era nalausiano, como bien sabes.
—Sí, patrón. —Y Trucano desapareció del puente de mando con una sensación de protección. En realidad, ningún capitán habría permitido otro lenguaje en una ceremonia. Alekt era una excepción en la marinería del imperio de Strooli y del mundo entero, para bien y para mal.
Al día siguiente, antes del desayuno, en cada barco todos los hombres estaban reunidos en el puente y guardaron unos minutos de silencio. Al cabo de ese tiempo, uno de sus amigos citó una anécdota suya:
—Estando de guardia, vio como los compañeros caían de sueño. Sus tareas se concentraban en supervisar su sector y dar vueltas para espabilar a los compañeros que se dormían.
Otro marinero tomó el turno y dijo:
—Tenía un saque fenomenal compañeros, aún recuerdo los veinte vasos de turpa que se metió. Ganó la apuesta y luego se la gastó en invitarnos otro día.
Y así sugirieron tema tras tema, el recuerdo del que fue vivo, que era lo que debía prevalecer. Si alguno lo decía en nalausiano era traducido por Trucano y a la inversa para los que hablaban en rigani. Al acabarse los comentarios y los recuerdos, Alekt levantó la mano y dijo:
—Saludos Untaro Deprobet, estás con nosotros. Saludos Tistert ta Kom.
—¡Saludos! —gritaron al unísono todos los marineros.
En aquel momento hubiesen tirado por la borda los cadáveres amortajados de sus compañeros, pero la fuerza del mar durante la tormenta ya había hecho ese infame trabajo. Los recuerdos se quedaron en isla Fink, el sabor de una vida sin ley se probó en isla Fink, la salvaje camaradería estaba en isla Fink, el último vestigio del imperio se quedó en isla Fink, y por supuesto las cartas, guardadas con el celo de la palabra dada y con el azar de que vuelva a pasar otro barco para llevárselas. Ahora empezaría el dominio de la verdadera aventura, donde nada ni nadie les ayudaría, ni habría escalas a puertos conocidos, donde los elementos miden la verdadera dimensión de los seres humanos y cada uno se encuentra a sí mismo, para siempre.
CAPÍTULO IV
¿A DÓNDE SE SUPONE QUE VAMOS?
Si había algo en este viaje que lo salvaba era la velocidad imparable de las naves, que no estuviesen jamás quietas y que diesen todo el trabajo posible para no hacer pensar a los marineros, elucubrar y razonar sobre el destino de su viaje.
Pero la obviedad iba a salir a flote en una pregunta simple, ¿a dónde vamos? La respuesta si no acallada, se respondía con una imposición de argumentos reglamentarios y dogmas de la mar: «debes confiar en el rumbo que marca el capitán si te consideras marinero» o «el viaje acabará cuando lleguemos a tierra y si allí nos dirigimos es que tierra habrá». A veces ocurrían hechos que en principio aterrorizaban a la tripulación y les recordaba que estaban en otro mundo dentro del mundo que pensaban conocer. El evento más fascinante sin duda fue la aparición de un “monstruo” marino. Cuando vieron ese monstruo por primera vez fue cuando Nástil, el vigía, pudo distinguir desde lo alto una forma blanca difuminada por la refracción del agua, de un tamaño desconocido para un ser vivo, al menos para ellos. Gritó cosas incomprensibles desde su cofa:
—¡Algo! ¡Se ve algo en el agua! ¿Pero qué es eso? —Los demás no entendían nada, pero aquel que se asomase a la borda y viese esa informidad titánica se quedaba mudo de terror. Pudieron estimar la envergadura de aquella cosa en unos cuarenta y cinco metros. Aunque al principio pensaban que se estaban equivocando en esa estimación, dado que lo más grande que había visto eran ballenas que rondaban los veinte metros, haciendo los respectivos recálculos, se dieron cuenta de que no iban errados. Pero como cada día a lo largo de una semana, aparecían varias de estas bestias, al final se convirtieron en rutina, y ya acostumbrado, Nástil voceaba sin miedo:
—¡Monstruo blanco, a estribor! —Alekt miraba por la borda de estribor y en efecto vio a la enorme criatura, esta vez nadie se aterrorizaba aunque no podían dejar de asombrarse de la envergadura de esos animales. Hablando al segundo oficial, pensó en voz alta:
—Nadie nos creerá si no capturamos uno, pero claro, capturar uno de esos podría suponer el fin de la expedición. —Emendel le respondió aunque Alekt no esperase respuesta:
—De todas maneras, patrón, parecen bastante pacíficos. No hemos tenido ni un solo roce con ellos y creo que más vale dejarlo así.
—Lo mismo pensaba yo. Pero, un momento… —Alekt se calló, para escuchar sus pensamientos—. ¿Quién podría no pensar igual que nosotros en este barco? —El segundo oficial captó el razonamiento de su capitán de manera telepática y le contestó:
—Gotert Muntro, mi capitán.
—Vamos a visitarle —dijo Alekt. Y dicho y hecho, ambos hombres bajaron hasta el camarote del valido del emperador. Al llamar a la puerta de este la abrió inmediatamente y lo encontraron alegre.
—Muy buenos días señores, ¿qué se os ofrece?
—Buenos días Gotert, venimos a hacer una sugerencia de capital importancia para este viaje —tanteó así a su teórico superior. Este respondió mientras se ajustaba las botas:
—Entonces escucharé vuestras sugerencias, pero sed rápido, porque hoy tenemos una actividad finalmente provechosa en este viaje. —Alekt y Emendel intuyeron inmediatamente cuál iba a ser esa actividad en un cruce de miradas. El segundo oficial asintió con un leve movimiento de cabeza. Entonces Alekt elevó la voz para arrojar un mandato al notable del imperio:
—No tocaréis a esos monstruos que acompañan el viaje de esta nave, ni de la fragata Clan Tuoran. Es más, ni siquiera pescareis el más insignificante alevín hasta que esas bestias abandonen nuestra ruta. Esta orden no tiene discusión ni recurso alguno. —El joven Gotert se quedó mudo, rabioso y pensativo sobre el tipo de venganza que le brindaría a Alekt Tuoran, mientras le sostenía la mirada. Al final pudo decir algo:
—Sabéis que responderéis ante el emperador de esto. Sabéis que estáis impidiendo que tengamos pruebas de este viaje y de las conquistas del imperio, eso prácticamente es una traición. —Alekt tuvo respuesta rápida:
—Independientemente de lo que me estéis cargando, joven señor, os impido semejante actividad porque prefiero enfrentarme a un posible tribunal sumario que a un seguro naufragio por intentar dar caza a esos gigantes. —Hubo otro instante de miradas silenciosas, sostenidas y desafiantes. Alekt concluyó—: Ahora, os dejamos con la orden dada, no vamos a permitir discusión alguna. —Y se fueron rápidamente dejándole con su mirada de hielo dirigiéndose a sus espaldas y luego al pasillo vacío y oscuro.
Una vez fuera, el segundo oficial comentó a Alekt:
—De todas maneras patrón, la cabeza de ese bicho no pesaría demasiado y no nos ralentizaría demasiado su peso. Quizás, si pudiéramos cazar uno, contentaríamos lo suficiente al valido del emperador, como para no enfrentarnos a sus acusaciones —Alekt se giró rabioso y le contestó:
—Cállate Emendel, olvida inmediatamente lo que acabas de decir. Sabes exactamente a qué nos exponemos si le hacemos algo a uno de esos animales. Sinceramente, ¿tienes el criterio tan ligero como para que la amenaza de un lacayo te lo cambie tan rápidamente? No hace nada estabas pensando como yo. —El segundo oficial quiso abusar un poco de la aparente amistad que el capitán dispensaba a todos, y le volvió a insistir:
—Pero capitán Alekt, se supone que hemos hecho este viaje para algo o para llegar a alguna parte, si no llegamos a una tierra firme en un tiempo razonable deberíamos tener una prueba de haber llegado a algún lugar remoto. Reconozco como decía antes que la tarea es harto peligrosa, pero también lo es adentrarse a quién sabe dónde o incluso volver con las manos vacías. —Alekt estaba muy enfadado pero tranquilo, esta vez iba a contenerse y solo dijo:
—La orden que he dado a Gotert también va para ti. Vuelvo a decirte que me sorprende qué débiles convicciones tienes cuando al principio estabas de mi parte y ahora intentas convencerme de la locura que propone ese imberbe de Gotert. —El segundo oficial enmudeció avergonzado y Alekt se desembarazó de su oficial con una breve orden:
—Puedes retirarte Emendel.
Emendel se retiró contrito. El oficial tampoco veía claro a dónde se quería llegar con este viaje y qué más podía depararles si seguían contrariando al poder del emperador en la figura de Gotert. Mientras, Alekt enumeraba y revisaba con quién podía contar para evitar o contener un motín a bordo. Aunque no tuviese otra táctica, de nuevo volvería a explicar, esa misma noche a sus subalternos inmediatos, qué es lo que tendría planeado para lo que restaba de expedición. Era lo mejor que podía hacer para mantener la confianza. No tardó ni un minuto en llamar a Trucano, que le hacía de enlace, y le dijo:
—Aviso al grupo de mando: esta noche al tercer toque tras la caída del sol, reunión urgente. —Trucano salía disparado a llevar el mensaje, pero Alekt le frenó con la mano y añadió—: Tú también vienes y tomarás acta. —Trucano asintió sonriendo viendo que había recuperado la confianza de su patrón. Al volverse, pudo ver las miradas fijas de algunos de sus marineros y sus temores. Prácticamente le estaban reprochando con la mirada que iban a un final más que incierto, plagado de suposiciones teóricas y sin ninguna historia que lo avalase. Así eran estos hombres, seguirían antes a un capitán que a su vez siguiese una antigua leyenda de mar plagada de tesoros que a un hombre racional que había hecho unas sólidas aseveraciones basadas en las observaciones. A pesar de todo, ellos contaban con él y él con ellos. No dudarían en cumplir su rol de marineros y capitán. Alekt tenía desde hacía tiempo en mente enviar un mensaje a su hermano sobre la resolución que habían decidido y llamó a Nástil para que enviase el mensaje, el vigía bajó como un rayo agarrándose a las jarcias con una habilidad que tenían muy pocos. Llegó en un salto, casi cómico, para ponerse delante de su superior:
—¿Qué se le ofrece patrón?
—Mensaje para Clan Tuoran, Nástil, apunta. —Y el marinero sacó de su bolsa en bandolera el pequeño encerado para apuntar el mensaje. Alekt dictó:
—«Prohibido atacar bestias, peligro de naufragio». Puedes subir, Nástil, esperaré respuesta si la hay inmediata. —Al cabo de un rato. Tras el intercambio de códigos de banderolas, se oyó a Nástil reírse de la respuesta. Acto seguido, bajó con la misma habilidad de antes y le resumió la respuesta con una sonrisa socarrona en los labios:
—Su hermano le pregunta si yo mismo, el mensajero quiero decir, no me estoy aburriendo al encargarme estos mensajes tan tontos. —Los dos se rieron. En todo caso, también sabían que no estaba de más avisar de tales cosas con el fin de uniformizar la disciplina en ambos barcos.
Mientras todo eso ocurría, los monstruos marinos no dejaban de acompañarlos, como pudo comprobar el capitán cuando volvió a echarle una ojeada a la mar. Rápidamente Alekt se dio cuenta que estaban allí porque compartían la fuerza de la corriente, porque probablemente necesitaban viajar a algún lejano lugar. Entonces Alekt, apoyado en el pasamano de la borda, mirando las siluetas serpenteantes de esos monstruos, comenzó una secuencia lógica de pensamientos:
¿A dónde se supone que tendrían que ir estos animales? ¿A algún lugar mejor? Es lo más plausible, es lo que cualquier ser vivo hace cuando recorre grandes distancias, no como nosotros que nos aventuramos a lo desconocido. Pero… ¿Cuál sería un lugar mejor para ellos? Uno donde haya comida suficiente, está claro. Ya está visto que estos animales no tienen fijación por presas grandes, porque nuestro barco no lo atacan, esto resulta obvio después de tanto tiempo de convivencia con ellos en el mismo viaje. Entonces necesitan grandes cantidades de peces o de quisquillas o de lo que sea que coman en sus latitudes, pero algo pequeño y en grandes bancos. En consecuencia nos dirigimos probablemente a donde haya grandes bancos de animalillos susceptibles de capturarse. Ahora lo tengo: ¿dónde ocurre esto? A media distancia de un continente al final de una corriente. Eso es, cuando los veamos detenerse y darse la comilona con sus pececillos o lo que fuera, nos estarán diciendo «seguid dos o tres días y veréis tierra». Debo explicarles esta hipótesis a mis oficiales Urtrul y a Emendel. Por fin tengo el argumento definitivo para la reunión, ya nadie me preguntará: ¿A dónde se supone que vamos? A alguna parte como esos dragones marinos que nos acompañan. Además es el argumento perfecto para no atacar a estos trazadores de caminos de la mar. Aunque fuesen de una mansedumbre tal como para ser cazados sin peligro, al hostigarlos los dispersaríamos y perderíamos la inapreciable ayuda que nos están prestando.
Alekt miró a las bestias titánicas, pudo contar dos ejemplares del calibre de cuarenta y cinco metros, tal como se habían estimado, y cuya sombra blanquecina abarcaba casi por entero la eslora de la fragata, iban notablemente más rápidas que la nave y dejábanse paso unas a otras sin empujarse. Había más individuos de tamaño menor, pero no menos majestuosos. Se podía distinguir claramente dónde tenían las cabezas, prácticamente venían a ser como dragones con las fosas nasales en la parte superior de sus morros, que de vez en cuando sacaban a la superficie para resoplar ruidosamente, entonces esa operación les obligaba a decelerar su marcha y ser adelantadas por el resto de sus congéneres. Tenían extremidades enormes en forma de aleta, no obstante, con la fuerza de la corriente y a fin de favorecer su natación, las llevaban pegadas a su cuerpo largo y solo las agitaban esporádicamente, dándose un enrome desplazamiento que se sumaba a la fuerza de la corriente. Pero por lo general se acompañaban de un movimiento serpenteante también a intervalos y así iban ganando velocidad si la corriente no podía darles más impulso. Alekt los miraba con cariño, pues iban a ser la baliza que les indicara el buen camino. En ese momento, pensó que su hermano podría tener los mismos problemas previos a los motines, por lo que pensó en la mejor manera de transferirle esta esperanzadora información. En seguida encontró el recurso y gritó todo lo alto que pudo con la mano pegada a la mejilla:
—¡Nástil, nuevo mensaje: que se pongan a distancia de arco!
La distancia de arco permitía enviar en una flecha, mensajes detallados y con un mayor nivel de confidencia, pues solo los capitanes o los oficiales autorizados podrían desenrollar el mensaje. No obstante, para esta maniobra del día actual, habría que contar con la colaboración de las bestias que pudiera haber en la distancia que separaba ambas naves. Sería una maniobra más lenta de lo normal, y por supuesto, más tensa.
La fragata Clan Tuoran debía iniciarla y acabarla mientras la Eretrin fijaba su rumbo, ¿chocarían con algún monstruo? ¿Provocarían la ira de esas descomunales bestias? Varios hombres asomados a la borda se aseguraban de que no pasasen por ahí ninguno de esos seres. Cuando vieron el momento adecuado empezaron a virar muy levemente para poner su rumbo oblicuo al que llevaban. No pasaba nada, habían enganchado el mejor momento. Pero lo mejor de todo es que una vez iniciado el cambio de rumbo los titánicos acompañantes parecían haber entendido el movimiento de la fragata y ellos mismos se desviaban permitiendo la maniobra de la nave. Argüer, el querido hermano, volvía a aparecer delante del rostro de Alekt aunque fuese desde lejos. Se le veía más delgado, pero no dejaba de sonreír como era costumbre en él. Ya habían conseguido la distancia de alcance del arco y varios marineros disponían engarzada a las jarcias un amplio panel de madera con recuadros de colores en cuadrícula como diana para el lanzamiento.
Alekt tenía por otra parte el mensaje enrollado y a su arquero preparado. Ajustaron, primero el capitán y luego el arquero, el mensaje a la flecha. Y Alekt como parte del protocolo, le dijo:
—Dispara en el momento adecuado. No doy la orden, decide tú cuándo debes disparar. —El arquero tensó el arco y disparó en ese preciso instante, no le hacía falta esperar más.
Cuando la flecha pasaba rauda entre las aguas que separaban las naves, de repente, la cabeza de un monstruo que había entre los dos barcos se asomó como si quisiera dar un salto, provocando la sorpresa, el asombro y hasta el espanto cuando se definieron sus trazos reptilianos a la luz del día. ¿Percibió la flecha como una posible presa? ¿Tendrían estos animales la virtud de la curiosidad? En todo caso, la zambullida de la increíble cabeza del monstruo armó un revuelo de espuma, salpicaduras y vaivenes que se notaron en ambos barcos. Todo el mundo temió por el disparo, si podía tocar al animal e irritarlo, o si el mensaje llegaría a caer al agua, pero por suerte, aunque el blanco se había movido, la flecha se clavó si no en el centro al menos claramente en la seguridad de las cuadrículas centrales de la diana. En cuanto la flecha quedó insertada en el panel, quien se lanzó ágilmente a por el mensaje fue el corpulento capitán, Argüer Tuoran, que quiso ahorrarse cualquier tipo de intermediario. Esa maniobra, casi acrobática, permitió vislumbrar la temible habilidad del patrón y además cerciorarse de su total recuperación, casi como una especie de aviso o señal. Cuando tuvo entre manos el pergamino se lo leyó inmediatamente y desde la lejanía saludo a su hermano dando la conformidad de lo que decía. Simplemente resumía las razones por las que no debían atacar a los monstruos, detalladas, argumentadas por si tenía entre los soldados embarcados algún maníaco de la caza. Pero también explicaba su hipótesis de que aquellas bestias de alguna forma los guiaban y eso, como argumento alentador, debía explicarse a la oficialidad. Por la cara que puso su hermano casi comprendió que en efecto esperaba esa noticia y le venía todo al dedillo.
Al día siguiente, después de la reunión del grupo de mando, se difundió un bando sobre cómo iban a ir las cosas y qué se podía hacer o no hacer con las bestias. Todo quedó claro, pero más claro quedó al día siguiente cuando las expresiones eran alegres y todo el mundo bregaba con más fuerza. ¿Por qué? Porque unas bestias enormes, sin quererlo ni sentirlo, les habían dicho a dónde había que ir. Ahora nadie dudaba, y las miradas que empezaban a ser de recelo, eran ahora de confianza y agradecimiento tanto hacia las bestias como hacia sus oficiales, y curiosamente de similar tono.
Alekt correspondía el esfuerzo de sus hombres con recompensas, descansos periódicos y una emanación de confianza recíproca hacia ellos. Pero Alekt en realidad se estaba forzando, empezaba en su interior a anidar una animadversión y desprecio intelectual hacia sus hombres que siempre encubriría con la distancia de patrón a marinero. Esto era así porque odiaba que sus propios argumentos, siempre un tanto filosóficos, fueran siempre algo incomprendidos por todos ellos. Odiaba que sus marineros tuvieran un comportamiento tan cambiante y se dejasen influenciar tan vivamente por historias de superstición, supersticiones aferradas firmemente en sus almas y que jamás habían tenido la valentía de reconocer. Los empezaba a aborrecer porque ahora les había convencido un argumento sin contrastar, una historia que hubiera podido ser una mentira, como quien explica un cuento a un niño. En definitiva, odiaba la ignorancia practicante de la chusma (como lamentablemente él los llamaba a veces) de la que dependía aquella expedición. Se daba cuenta que en realidad él estaba solo entre un montón de hombretones que tenían poco que ver con su carácter, exceptuando lo que podía conocer de Trucano Negosores.
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