Kitabı oku: «Un amor al alba»

Yazı tipi:

LARGO RECORRIDO, 161

Élisabeth Barillé

UN AMOR AL ALBA

ANNA AJMÁTOVA Y AMEDEO MODIGLIANI

TRADUCCIÓN DE DAVID M. COPÉ

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: mayo de 2021

TÍTULO ORIGINAL: Un amour à l'aube

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

© Éditions Grasset - Fasquelle, 2014

© de la traducción, David M. Copé, 2021

© de esta edición, Editorial Periférica, 2021. Cáceres

info@editorialperiferica.com

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-18264-95-5

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

«Todo aquello ocurrió en la prehistoria de nuestras vidas: la suya, demasiado breve; la mía, demasiado larga. El hálito del arte aún no había incendiado, transfigurado esas dos existencias. Era la hora diáfana y ligera que precede al alba.»

ANNA AJMÁTOVA

«Todo cuanto alguna vez amé, haya podido conservarlo o no, lo amaré siempre.»

ANDRÉ BRETON

RECONOCER

Cabeza de mujer en piedra caliza, 64 cm, realizada hacia 1910-1912. En la parte posterior, la firma de Amedeo Modigliani. La casa de subastas Christie’s, que la registró para sus ventas parisinas del 14 de junio de 2010 en el lote número veinticuatro, tasa la obra en seis millones de euros. Muerto a la temprana edad de treinta y seis años, Modigliani sólo dejó veintisiete esculturas: diecisiete de ellas se conservan en los mejores museos del mundo;1 las otras diez pertenecen a colecciones privadas. La escultura que hoy va a subastarse nunca se había exhibido en público desde que Gaston Lévy, fundador de la cadena Monoprix, la adquiriera en 1927.

Su aparición en la sala impone el silencio. ¿Cómo describirla? ¿Cómo plasmar por escrito su presencia implacable, su terrible dulzura? Parece situarse a medio camino entre la esfinge, la virgen y lo supersónico, diría un Baudelaire de nuestra época. ¿Hay alguno en la sala, algún amante de lo imposible que haya acudido a azuzar su necesidad de algo diferente? ¿O acaso todas esas sillas, tan ridículas de repente frente a semejante bloque de belleza, sólo están ocupadas por contables que tasan –en millones de euros, de dólares, de libras esterlinas, de francos suizos, de yenes, de yuanes y de dólares de Hong Kong– su deseo de posesión y la rentabilidad de su inversión?

Empieza la subasta, se instala otro silencio car­gado no se sabe muy bien de qué, pero es algo que lastra, que pesa. Están los que palidecen con cada nueva puja; aquéllos cuyos dedos se crispan al reali­zar cálculos improbables; los decepcionados que capitulan con una sonrisa en los labios; los fatalistas, aliviados por abandonar una carrera que un anónimo oculto tras no se sabe qué pantalla gana finalmente. En un mundo mejor, la suma que se invierte serviría para construir un hospital: 43,18 millones de euros, gastos incluidos, el precio más alto pagado en una subasta en Francia por una obra de arte.

No fui testigo directa de estos hechos, pero cuando me enteré al cabo de unos meses –en la consulta de un médico de cabecera a quien le debía de parecer de lo más elegante dejar catálogos de ventas esparcidos sobre la mesita baja de la sala de espera–, mi pensamiento se detuvo en una frase, que en aquel momento me pareció absurda, al pie de unas litografías de campos de lavanda: «Todo es misterio».

Lo que sucede es que reconozco esa cabeza, esa frente, ese cuello, ese perfil; identifico a la mujer de carne y hueso, a esa mujer única. Esa mujer tiene un cuerpo, una vida, una historia cuya fuerza, al igual que ocurre con Modigliani, va unida a la tragedia. Tengo un nombre en la punta de la lengua, un nombre que, en mi juventud, descifré en las contraportadas de libros antiguos que habían llegado a Francia en baúles, libros rusos y soviéticos. En aquellos tiempos, esa diferencia podía levantar un auténtico muro entre las personas. Pero no en nuestra casa: la Rusia blanca de mi abuelo, exiliado en Francia desde 1920, compartía un mismo techo con la soviética, esa Rusia roja donde había vivido cincuenta años Genia, la mujer a quien, haciendo una locura, se trajo a Francia en 1963 para casarse con ella según el rito ortodoxo: una niña en tiempos de Nicolás II, una joven en tiempos de Lenin, toda una mujer en tiempos de Stalin y, luego, de Jrushchov. Una vida sometida a la Historia y, para materializarla en Occidente, en un país al que la Historia apenas tocaba de refilón, esos baúles llenos de libros. Las austeras cubiertas de los volúmenes soviéticos, que, en los ejemplares más caros, presentaban unos grabados originales que les daban un mayor empaque.

Ya entonces me pareció original aquel nombre. Me sonaba menos ruso, más tártaro u oriental, de ahí esas visiones de dunas y desiertos cuando lo pronunciaba lentamente y en voz alta.

Ajmátova.

Ese nombre no se mencionaba en el catálogo. Y, sin embargo, parece que ya se ha dicho todo acerca de esa escultura, acerca de su primera exhibición pública en París, en el Salón de otoño de 1912, y acerca del lugar que ésta ocupa en la obra de un hombre que en un primer momento soñó con ser escultor. Para el experto de la casa de subastas, esa virgen altiva que aparece de frente, como expuesta al viento −la proa de un largo buque transoceánico tallado por los ciclones−, prefigura la obra pictórica de un artista a quien los problemas de salud obligaron a coger los pinceles. El autor del catálogo, por su parte, ve en ella la alargada sombra de la reina Nefertiti. De haber asistido a la subasta, ¿habría tenido yo el valor de ironizar abiertamente sobre ese recurso fácil al cliché?

Pero ese 14 de junio de 2010 yo no estaba en París, sino en San Petersburgo; para ser más exactos, en el canal del Fontanka, en la casa museo de Anna Ajmátova. ¿Cómo era posible haber visitado tantas veces Rusia y que mis vagabundeos no me hubieran conducido nunca hasta aquel lugar?, pensaba. Recorría el muelle de granito, reluciente por la lluvia; los reproches y los recuerdos se entremezclaban: los baúles forrados de papel Kraft y sus tesoros de libros, la niña fascinada por el país desconocido que brotaba de aquellas páginas, la estudiante de liceo que abraza la lengua rusa porque lo tiene que hacer y porque quiere hacerlo. Recordaba también una edición bilingüe que compré en la rue des Écoles, Los poetas de la Edad de Plata, esa milagrosa eclosión de nuevas voces en la Rusia de principios del siglo XX: poemas de Gumiliov, eruditos, misteriosos; poemas de Mandelstam, siempre atravesados por una extraña tensión; poemas de Ajmátova: agudos versos de juventud, orgullosas elegías de la madurez. Anna, la paloma; Ajmátova, la depredadora. La heroica Anna Ajmátova. Recordaba sus penas de poeta prohibida y reclusa, sus tormentos de madre, la hiriente ironía de su espíritu mordaz. Recordaba también su belleza: una belleza singular, trabajada, una belleza conquistada que lograba resaltar entre unos defectos estridentes, insoportables –nariz partida, cuello interminable–; una belleza arrogante para la estudiante de liceo, aturdida ante aquel destino vetado, pues la belleza −la gran belleza, la belleza que se erige a base de voluntad y sabe imponerse a la desgracia− es un destino, por supuesto.

El apartamento del Fontanka, que ocupa un ala del palacio Sheremetev y que está anunciado en la calle por una enorme foto de Anna con vestido de flores y cuello oscuro, nunca llegó a ser, hablando con propiedad, su casa. Se trataba de la residencia oficial que las autoridades soviéticas habían concedido al que sería su tercer marido, el historiador del arte Nikolái Punin. Cuando en 1925, en los albores de su relación, ella se instaló en esa vivienda, tuvo que compartirla con la primera esposa y con la hija de Punin, alojadas en una pieza contigua, sin sospechar que esa cohabitación forzosa habría de ser perpetua, y que debería soportarla incluso después de su ruptura al no disponer de ningún otro lugar en el que vivir en Leningrado. En 1989, con ocasión del centenario de su nacimiento, el apartamento comunitario se convirtió en un museo dedicado exclusivamente a ella. Un lugar de culto, me dije al atravesar el patio que me separaba de él.

Intuyo lo que me aguarda: viejos parqués encerados, manuscritos en sus vitrinas y todo un bazar sentimental para recordarnos que los objetos sobreviven siempre a las personas. En la entrada, el gabán que colgaba debajo de dos pobres sombreros apenas llamó mi atención, a diferencia del teléfono que una vestal en alpargatas mira fijamente, como si fuera a sonar de un momento a otro; y así parece, en efecto. Según espeta una voz hostil, Anna Andréyevna Ajmátova lo cogía cada mañana con un nudo en la garganta esperando obtener noticias de su hijo, prisionero en un gulag.

¿Puedo hacer una foto? ¿He comprado la entrada que me da derecho? No, sólo he adquirido la que permite el acceso. En este caso, la cámara debe permanecer dentro de mi bolso.

Un gueridón, un gramófono, un oso de peluche, un tintero negro lleno de tinta seca, un chal a rayas, un secreter repleto de papeles personales. Voy de una habitación a otra, de un objeto a otro, de un pensamiento a otro. La vanidad de la existencia, la fútil eternidad de los objetos, la vibración extinta de las correspondencias.

Y, de repente, aquel dibujo.

Al acercarme, compruebo que se trata de una fotocopia.

A primera vista se ve que es un Modigliani.

Ajmátova por Modigliani. ¿Qué vínculo sugiere ese boceto a lápiz?

Me acerco más. Esos traviesos mechones sobre la exquisita distorsión de la nuca, ligeros, alocados, como si fuera la frente de un niño; ¿ese detalle adorable es amistad?, ¿es amor?

¿Cómo no hacer una foto de aquello? ¡Imposible! Sé que al tomarla estoy haciendo otra cosa o, mejor dicho, que algo se desencadena en mi interior. ¿Qué? No lo sé, como tampoco sé que, en ese preciso momento, el enigma también está presente en París, en una sala de subastas de la avenue Mantignon.

Cierro el catálogo allí donde acaba de rozarme el ala sedosa del misterio. No me atrevo a guardármelo en el bolso. Me toco las mejillas: están ardiendo. Después oigo mi nombre. Me levanto un poco bruscamente, por lo que parece, pues algunas cabezas se alzan también. Me encantaría poder anunciarles a todos los allí presentes que ya tengo mi próximo libro.

ENCONTRARSE

El 21 de enero de 1910 los relojes públicos detuvieron sus agujas a las 23:55 horas. Los parisinos que salían de los teatros, de los bares o de casas que supuestamente no frecuentaban, ironizaron acerca de lo pretencioso del confort moderno. Aún había luz en sus casas. Se pusieron sus calzones de franela y se durmieron ajenos a la inundación que acababa de interrumpir el funcionamiento de la fábrica de la Société Urbaine d’Air Comprimé, sita en el quai Panhard-Levasseur. Podemos imaginarnos cuál fue su estupor al despertar y verse rodeados por las aguas del Sena. De repente, París parece Venecia, sin góndo­las, ay, pero con botes Berton concebidos para doce personas. ¿Cuántos exactamente? No los suficientes para todo el mundo: los diputados pueden disponer de ellos para dirigirse a la Cámara sin mojarse las polainas, pero no así los menos pudientes, a quienes les cuesta Dios y ayuda atravesar los raudales lodosos con el agua llegándoles por la cintura.

La crecida empeora cada día que pasa: se evacúa a los enfermos de la Pitié-Salpêtrière, a los detenidos de la Conciergerie; pero no así a los inquilinos del Jardin des Plantes: a la jirafa le costará el pellejo. En el bando de los bípedos, una sola víctima en treinta días de inundación: un joven caporal arrastrado por la corriente cuando llevaba a un telegrafista a hombros.

Los trabajos de limpieza de calles y sótanos durarán meses.

El 2 de mayo de 1910, cuando los tacones bobina de Anna Andréyevna Gumilieva −su nombre de casada desde el 25 de abril− resuenan bajo el techo de vidrio de la gare de l’Est, el suministro eléctrico no se ha restablecido aún en todas partes.

Algo ha desaparecido con la inundación, es difícil precisar qué: quizá la inocencia, la fe jovial en el progreso. Los parisinos ahora sienten escalofríos cada vez que miran el Sena, cuando se detienen a contemplar las nubes sobre los puentes: los estragos que podría desencadenar el paso del cometa Halley saturan sus cabezas de pensamientos sombríos. Se lo espera a mediados de mes. Quien ve el cometa Halley ve su sangre, reza un proverbio, pues se le asocia todo un rosario de calamidades, entre ellas, la caída de Jerusalén en el año 70 d. C. ¿Qué nueva catástrofe traerá consigo? ¿Esas tormentas que vienen sucediéndose ininterrumpidamente desde finales de marzo son acaso sus mensajeras? Le Petit Parisien hace sonar la alarma en sus columnas: ¿hay que temer otra crecida?

París saca a relucir todos sus grises. El agua despierta las alcantarillas. El hermoso mes de mayo comienza estropeado.

¿Percibe la joven rusa el incesante repiqueteo de la lluvia sobre el tocado de cristal de la gare de l’Est? ¿O acaso la felicidad y la emoción que la embargan monopolizan su atención?

¡Estoy en París!

Todo se lo confirma a su alrededor: las faldas, más cortas que en San Petersburgo; la finura de los cueros que ciñen los tobillos bajo medias de colores; las miradas audaces, con un toque de rímel; el colorete en las mejillas; la arrogante amplitud de los sombreros. El suyo, comprado a la mejor modista de Kiev, donde vive su madre desde que se divorció, se ve provinciano. Tendrá que librarse de él.

Puede que tales sean sus pensamientos mientras Nikolái Stepánovich Gumiliov, Kolia, como ella lo llama, se dispone a practicar su francés con un mozo de equipajes. Kolia lo habla bastante bien, algo que no tiene mérito alguno: entre 1906 y 1908 multiplicó sus estancias en París. Lo sabe todo de la capital, todo cuanto es preciso saber, afirma él, para moverse a sus anchas: los horarios de los museos, las mejores tascas del Quartier latin, los timos de los tenderos, las tarifas de los mozos de equipajes, cómo hacerse el nudo de la corbata, así que Anna deja que negocie el porteo del equipaje hasta el taxi.

Anna piensa en todo lo que le espera.

En el tren, los recién casados han preparado la lista de lo que hay que ver: el palacio del Trocadero sobre la colina de Chaillot; la basílica del Sacré-Cœur, cuya construcción está finalizando en lo alto de Montmartre; la torre Eiffel, por supuesto, ya que nació el mismo año que Anna, en 1889; los grandes bulevares que rodean la ópera Garnier; el Bois de Boulogne… Lo más chic de París, según Kolia. Anna quiere ir a la rue Hautefeuille: Baudelaire nació allí, ¿verdad? ¿Y dónde está enterrado? Tiene la intención de dejar una rosa negra en su tumba.

¡Una rosa negra!, exclama Kolia con ironía.

Pues entonces una rosa empapada de tinta, o bien una rosa cuando sea noche cerrada.

Las flores del mal. Mucho tiempo después, Ajmátova afirmará haber leído el poemario en francés con sólo trece años.

¿Decía la verdad la gran poeta?

Ser célebre a la fuerza significa mentir, ya sea de forma calculada o espontánea.

Ajmátova celebró su decimotercer cumpleaños en 1902, cerca de San Petersburgo, en Tsárskoye Seló o Villa de los Zares. Esa pequeña y coqueta ciudad se enorgullece de alojar la residencia favorita del zar, el elegante palacio de Alejandro, construido por Giacomo Quarenghi, arquitecto de Catalina II, en unos jardines de estilo inglés sembrados de lagos artificiales. Celoso de su intimidad familiar, hasta el punto de desatender su tarea como monarca, según algunos ministros, Nicolás II pasa allí el mayor tiempo posible. Toda una corte de rentistas, funcionarios y oficiales retirados gravita alrededor del palacio. ¿Acaso Andréi Gorenko buscaba restituir el honor mancillado fijando su residencia en Tsárskoye Seló? En 1887, sospechoso de traición por sus vínculos con un teniente que se pasó al bando antizarista, perdió, en efecto, su puesto de ingeniero de la flota imperial y fue degradado al rango de oscuro funcionario. Toda una desgracia para ese fanfarrón, un narciso al que le gustan todas las mujeres, menos la suya. De Inna Gorenko, de soltera Stógova, de esa madre engañada sin discreción ni remordimientos, Anna Ajmátova nos dejará un retrato lleno de claroscuros: conmovedora por su capacidad para soñar, exasperante por lo torpe y perdida que se la ve cuando tiene que encender la estufa o coser un botón. Anna creció en un hogar yermo de amor y libros.

Andréi e Inna Gorenko apenas si leían, algo raro en la burguesía rusa por pequeña que fuera su fortuna. ¿Debemos creer a Ajmátova cuando afirma no haber visto más que un solo volumen encuadernado en el salón familiar? Para ser más exactos, la obra del poeta-ciudadano Nekrásov, una reliquia para Inna, recuerdo de un primer marido que se había suicidado, y que ella sólo abre en las grandes ocasiones.

Es menester imaginar las lámparas de noche encendidas bajo los iconos, a la criada susurrando sus oraciones, a un padre molesto por no poder dar rienda suelta a su temperamento mujeriego, a cuatro chicas y dos chicos con la piel enrojecida tras haber tomado un baño con el agua ardiendo, a una madre intentando reunir ese pequeño mundo alrededor de unos versos que denuncian sin genio alguno la indigna suerte del pueblo.

Anna mira hacia fuera. Esa impaciencia suya. Esa necesidad de algo diferente. Anna piensa en Pushkin, que fue alumno del colegio imperial de Tsárskoye Seló, y en la certeza que la estremece cada vez que pasa delante de su estatua: algún día será poeta. A pesar de que todavía es una niña, ya tiene una idea muy precisa de lo que es la belleza: la belleza exalta y libera. Anna piensa en el estruendo de las olas, en el mar Negro, donde veranea la familia; piensa en el placer terrible de pasear sola por la playa de Eupatoria sin nada bajo el vestido.

Algún día seré poeta, repite apretando los puños.

En otras palabras −y en boca de una rusa nacida en 1899, a finales de un siglo que todavía muestra una marcada inclinación (aunque no por mucho tiempo) a encerrar a las mujeres en el redil de las coerciones−: seré libre. Mientras tanto, ¡a prepararse! La libertad no es una libélula que se cace prendiéndola de las alas en lo alto de un junco, sino más bien una fiera agazapada entre las sombras de las pulsiones. La libertad hay que ganársela, hay que merecerla.

Anna se hace la interesante. Trepa a los árboles, aprende a silbar, asegura preferir las víboras a los pájaros. Sus hermanas son unas señoritas, y no quiere parecerse a ellas. Cuando se queda quieta delante del espejo es para posar y declamar versos. ¿Cómo podrá ella convertirse en Pushkin? Aislándose, aguzando el intelecto con los libros.

Anna querría abrir los peligrosos, los prohibidos. Y en esa Rusia zarista que gobierna a través de su policía e impone la censura, libros así no faltan: Nicolás II acaba de incluir en su lista de textos prohibidos la Salomé de Oscar Wilde, traducida al ruso por Konstantin Balmont, el jefe de filas de los simbolistas en Moscú. ¿Dónde están los libros que se queman? En su casa, no. Para encontrarlos será preciso abandonar Tsárskoye Seló. Mientras tanto, tendrá que saber quién es ella, qué es lo que quiere y perseverar.

En ese preciso momento, y en la misma ciudad, otro solitario se amonesta en términos parecidos: Nikolái Stepánovich Gumiliov, un personaje misterioso, alumno del liceo imperial, un falso tímido que lleva la provocación al extremo cuando afirma que Baudelaire es mejor que Pushkin.

La obra de Baudelaire llega a San Petersburgo hacia 1900. Los primeros traductores de Las flores del mal son también poetas. Próximo a los anarquistas, Piotr Jakoubovitch publica sus versos bajo seudónimo para evitar la censura. Innokienti Ánnienski no tiene que preocuparse por ese tipo de cosas: es tal el dominio que este hombre posee de la alquimia verbal, que las enciclopedias lo llaman el Mallarmé ruso, aunque, ebrio de modestia, llega al extremo de ocultar a sus colegas filólogos que él no sólo enseña lenguas antiguas, sino que también escribe poemas cincelados según los cánones del Parnaso francés. En 1903 ocupa el cargo de director en el liceo imperial de Tsárskoye Seló. ¿Cómo ha conseguido llamar su atención Gumiliov? ¿Dándole a leer sus versos a bocajarro? ¿Ha descubierto el traductor de Las flores del mal un don, una voz?

Sólo sabemos esto: Gumiliov lee a Baudelaire siguiendo el consejo de Ánnienski. Baudelaire, explica el traductor pedagogo, es el anti-Nekrásov; Baudelaire no supedita la poesía a ninguna causa, a ningún fin, a ninguna verdad; la poesía no tiene por objeto la verdad: la poesía sólo se tiene a sí misma. Ser su propio objeto, su propio desafío significa cincelar versos poderosos como el rayo, continúa Ánnienski.

¿Cómo se alcanza esa intensidad?, pregunta el alumno.

Mediante el trabajo incesante de la forma, responde el artista con máscara de profesor.

Eso es lo que hacen precisamente Konstantín Balmont y Valeri Briúsov, murmura Gumiliov, que acaba de revelar el nombre de dos autores a los que admira. Dos fuentes de irritación para Ánnienski, poco amigo del espiritualismo, el ocultismo y el decadentismo tan del gusto de ese par de moscovitas. Los simbolistas rusos son débiles porque prefieren la sombra a la presa. La presa es la verdad, a la que el verbo da caza. No ver sino la parte de sombra de las palabras, no cultivar más que sus asociaciones secretas es perder lectores y perderse uno mismo. La presa es la realidad, recalca Ánnienski.

El poeta debe sorprender la realidad de un brinco vigoroso y perfecto.

Así hablaba a su discípulo el primer traductor ruso de Baudelaire.

Siete años después, en el tren camino a París, el discípulo convertido en marido, desde la posición de superioridad que le confieren los dos poemarios que ha publicado, le dirige las mismas palabras a su mujer: ser poeta es ser un cazador. Si logras hacerte un hueco entre, pongamos, Pushkin, Baudelaire y un servidor, no muestres piedad alguna con la lengua y sé certera como el cazador a la hora de abatir a tu presa.

Un conductor de la joven compañía de taxis parisinos los deja en el número 10 de la rue Bonaparte. El Sena queda a dos pasos. En 1910 se venden postales con espectaculares imágenes de la crecida de enero; una de ellas, tomada precisamente en la rue Bonaparte, muestra un río que sólo puede atravesarse en barca. El número 10 es un edificio de dos plantas, de aspecto bastante lúgubre, como tantos inmuebles parisinos sometidos al tizne de los siglos. Un sastre ocupa por aquel entonces la planta baja. La pensión Florquin posee el entresuelo, destinado a recibir a los huéspedes, y cuatro habitaciones en la primera planta provistas de un lavabo y de un bidé. Los water-closets son de uso común y están en el rellano; a la turca, como en la mayoría de las viviendas parisinas.

París estimula las ganas de ser una mujer o un hombre de su tiempo. El París superficial, sin duda, el de los placeres, el eje inamovible de los esclavos de la juerga, siempre a caballo entre dos hoteles de lujo y mil encandilamientos. Pero hay otro París, el de los arrabales y las colinas, el de los talleres helados y los desvanes. Y ese París aún tiene un pie en el siglo anterior. En los albores de esa nueva era, no todos los parisinos disfrutan aún de un sistema de alcantarillado que ya conocían los romanos. Hay bombas que durante la noche vacían las fosas sépticas dentro de camiones cisterna tirados por caballos.

Por fin se halla en París, casada y llena de expec­tativas. Pasa esa primera noche en vela, agredida por un hedor insoportable; salta de la cama donde el otro duerme o finge dormir, se asoma por la ventana, contiene las arcadas, observa las cisternas pintadas de color marrón y azafrán −los caballos, igual de exhaustos que en Rusia−, sale al rellano, abre una puerta mal cerrada, duda ante dos pequeñas plataformas de cemento con forma de suela, se reprocha ser tan deli­cada. La espera, la soledad, la vergüenza… Toma nota de todo ello, atravesada por un voluptuoso escalofrío de impaciencia, se repite esas palabras que suponen más que un programa, que son, para ella, el porvenir entero: la presa es la verdad, lo real, el poeta debe sorprender la realidad de un salto vigoroso y perfecto.

La poesía se nutre de todo.

En esa primera noche parisina sin duda hay vergüenza a ambos lados de la cama: una vergüenza que ninguno de los dos revela a su compañero, a pesar de tener la certeza de que, de confesársela, el otro la comprendería perfectamente, pues también la sufre y seguro que también se la reprocha a sí mismo; una vergüenza banal, que desconocían en Tsárskoye Seló: la vergüenza de no disponer del dinero suficiente para pagar los anhelos que suscita la capital de los placeres; la vergüenza de tener que escatimar en gastos cuando otros compatriotas llevan un tren de vida principesco, como Serguéi Diáguilev, el mago de los Ballets Rusos, cuya nueva temporada París aguarda impaciente, y que siempre tiene un sitio reservado en la mesa tanto en Prunier como en casa de Serguéi Shchukin, que posee un palacio en Moscú digno del mismísimo zar. En cada visita a París, este rico empresario saquea las galerías de la rive droite, arramblando, tras pagar altas sumas, con pinturas de Monet y Renoir, y, mostrando ya su buen ojo, con las de Matisse y Picasso.

¿A qué recuerdos puede recurrir para hacer llevadero el insomnio? ¿Su boda en Kiev? Él, deslumbrante; ella, ensimismada y pálida, como aguardando el momento de la ejecución. ¿El día más hermoso de una vida? No para ella. Ni sus hermanos ni sus hermanas se desplazaron para asistir a la ceremonia; su padre fingió estar enfermo. Los Gorenko desaprobaban la indolencia con que ella ligaba su vida a un hombre al que no amaba: Nikolái Stepánovich Gumiliov, hijo de Stepan Yakovievich Gumiliov, antiguo médico militar en Kronstadt. ¿Por qué había decidido casarse con él si estaba enamorada de otro? ¿Para olvidar al donjuán que la hacía sufrir? ¿Quizá por cansancio, para poner punto final a cuatro años de frágiles promesas, de estúpidas discusiones, de escandalosas reconciliaciones que la dejaban con la extraña sensación de no estar en comunión consigo misma? ¿Para complacerlo? «Me ama tanto que resulta absolutamente terrorífico», le había confesado a un allegado, mientras a otro le confiaba que Kolia la había conseguido por pura perseverancia. Y también mediante el chantaje: en los dos meses que él estuvo en Francia, sin tener noticias de ella, quiso acabar con todo en dos ocasiones y no fue capaz. ¿Se había casado con él por pura compasión o por el temor a una vida vana? El hartazgo de la vida en provincias, de sus rentistas con esclavinas, de sus hijas tan prudentes, llorando por una existencia ya periclitada antes de haber empezado. ¿Le había dicho que sí para escapar del infierno chejoviano de Tsárskoye Seló? En una carta dirigida a su cuñado, poco antes de su boda, se había sincerado en los siguientes términos: «Voy a casarme con mi amigo de la infancia, Nikolái Stepánovich Gumiliov. Hace tres años que me ama, y creo que mi destino es ser su esposa». No había tenido la honestidad de añadir: «… y ser una poeta reconocida». En eso, Kolia le llevaba la delantera. ¿Lo había elegido porque era un autor reconocido en los círculos literarios a ambas orillas del Nevá y porque pensaba que de ese modo aumentaban sus probabilidades de serlo ella también?

Anna se remonta aún más atrás en el tiempo. Invierno de 1903, el día de Nochebuena, su primer encuentro, bajo las arcadas color mostaza del Gostiny Dvor, las galerías Lafayette de San Petersburgo. Ella iba acompañada de una amiga de su edad, y él, de un chico que lo superaba en estatura y encanto, su hermano mayor. ¿Qué era lo que quería comprar ella? ¡Ah, sí!, guirnaldas para el abeto. ¿Y qué buscaba él? Una ocasión para sufrir, quizá. ¿Qué es lo que le habría llamado la atención de ella? ¿La gravedad de su mirada? ¿Su talle esbelto, que la hacía aparentar más edad que sus catorce años? Él era tres años mayor. Tengo la edad que tenía Rimbaud cuando escribió «El barco ebrio», le diría más adelante, con un tono afectado que no hacía sino acentuar sus defectos: un cráneo con forma de huevo, ojos saltones –y bizco del derecho–, una voz cansina. ¿Se oye a sí mismo cecear? Tímido y presuntuoso. Un chico imposible. La indiferencia de Anna es un jarro de agua fría. Qué crueles sabemos ser a los catorce años. ¡Hasta nunca!, piensa ella. Sólo que, ay, esa frialdad enardece a Kolia.

Cada ser nace con una capacidad de sufrir que le es propia. Algunos consiguen conservar sellada esa reserva de sufrimiento sin sumergirse ni perderse demasiado en ella; otros no lo consiguen; se ofrecen, se inflaman y se abren, las caricias van siempre acompañadas de gritos, y los abrazos, de lágrimas. El bando de los que sangran y el bando de los que hacen sangrar: dos bandos antagónicos que se atraen, lo que llamamos pasión, que hace que las parejas, provistas de un saber infalible sobre los defectos del otro, se amen y se destruyan. En ese primer encuentro de 1903 entre Ajmátova y Gumiliov se interpretará la zarabanda del hierro y la sangre. Anna será, en un principio, el agente del mal. «Porque le he dado a beber | hasta la ebriedad un dolor amargo», confesará en un poema de sus inicios. Después el cuchillo cambiará de manos. Al casarse con su princesa, Kolia se desapega de ella. Querrá gustar a las mujeres. Es un joven extraño, él lo sabe; así se muestra, y le funciona.

En ese París ahíto de tormentas el equilibro de fuerzas ha cambiado. Décadas después, en las entrevistas con Lidia Chukóvskaia, Ajmátova lo recordará en estos términos: «Habíamos estado prometidos demasiado tiempo […]. Cuando nos casamos en 1910, él ya había perdido el entusiasmo».

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
150 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788418264955
Telif hakkı:
Bookwire
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