Kitabı oku: «La habitación de los susurros»

Yazı tipi:

DEAN

KOONTZ

LA HABITACIÓN

DE LOS

SUSURROS

Traducción de

JUAN PASCUAL MARTÍNEZ FERNÁNDEZ


Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y eventos son producto de la imaginación del autor o están usados de manera ficticia, así que cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, establecimientos comerciales, sucesos o lugares, es fortuito.

Título original inglés: The Whispering Room.

Autor: Dean Koontz.

© Dean Koontz, 2017.

© de la traducción: Juan Pascual Martínez Fernández, 2020.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2020.

REF.: ODBO664

ISBN: 9788491876243

AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL

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ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO A RICHARD HELLER: UNA ROCA FIRME EN TIEMPOS TURBULENTOS, MI AMIGO, ABOGADO Y SABIO CONSEJERO DURANTE CASI TREINTA AÑOS, QUIEN SABE QUE EL ORO MÁS VALIOSO TIENE CUATRO PATAS.

No parecen seguir ninguna clase de reglas en concreto; al menos, si las hay, nadie las cumple.

LEWIS CARROLL,

Alicia en el país de las maravillas

[En la colmena] las abejas no trabajan si no están a oscuras; el pensamiento no funciona a menos que esté en silencio; tampoco funcionará la virtud si no es en secreto.

THOMAS CARLYLE,

Sartor Resartus

CONTENIDO

1 PRIMERA PARTE: A LA MANERA DE HAWK12345678910111213141516171819202122232425262728293031323334353637

2 SEGUNDA PARTE: VIRUS POLIMÓRFICO1234567891011121314151617181920212223242526272829303132

3 TERCERA PARTE: VIAJE POR CARRETERA12345678910111213141516

4 CUARTA PARTE: IRON FURNACE1234567891011121314151617181920212223242526272829

5 QUINTA PARTE: ENCONTRAR A JANE123456789101112131415161718192021222324252627282930

6 SEXTA PARTE: LA NOVENA PLANTA12345678910111213141516171819202122232425262728293031323334353637

PRIMERA PARTE A LA MANERA DE HAWK



Cora Gundersun caminó a través de un fuego abrasador sin quemarse y sin que su vestido blanco prendiera. No tenía miedo, antes bien se sentía emocionada, y las muchas personas admiradas que presenciaban aquel espectáculo estaban boquiabiertas de pasmo, mientras que en sus expresiones de asombro parpadeaban los reflejos de las llamas. La llamaron por su nombre pero no con voces de alarma, sino con fascinación, con una nota de veneración incluso, por lo que Cora se sintió emocionada y humilde a partes iguales por que la hubieran convertido en alguien invulnerable.

Dixie, una perra salchicha dorada de pelo largo, despertó a Cora lamiéndole la mano. La perra no sentía respeto alguno por los sueños, ni siquiera por el que su dueña había disfrutado durante tres noches seguidas y del que le había hablado a Dixie con vívidos detalles. Ya había amanecido, era la hora del desayuno y del aseo matutino, para Dixie mucho más importante que cualquier simple sueño.

Cora tenía cuarenta años y un aspecto pajaril y vivaz. Mientras la pequeña perra bajaba el conjunto de escalones portátiles que le permitían subir y bajar de la cama, Cora se levantó para enfrentarse al día. Se puso unas botas que le llegaban al tobillo con reborde de piel que ella utilizaba como zapatillas de invierno, y en pijama siguió a la dachshund que trotaba por la casa.

Justo antes de entrar en la cocina, se le ocurrió la idea de que un desconocido estaría sentado a la mesita de la estancia y que algo terrible sucedería.

Por supuesto, ningún hombre la esperaba. Nunca había sido una mujer asustadiza. Se reprendió a sí misma por haberse sobresaltado sin motivo, sin ninguno en absoluto.

La cola dorada y plumosa de la perra barrió el suelo con impaciencia mientras Cora le ponía agua fresca y pienso.

Para cuando tuvo preparada y encendida la cafetera, Dixie ya había terminado de comer. Parada delante de la puerta trasera, la perra ladró con educación, solo una vez.

Cora cogió un abrigo de un perchero de la pared y se encogió de hombros.

—A ver si puedes vaciarte tan rápido como te llenas. Hace más frío ahí fuera que en el sótano del Hades, querida, así que no te entretengas.

Mientras abandonaba el calor de la casa camino del porche, el aliento le brotó como si un puñado de fantasmas que le poseían el cuerpo desde hacía tiempo hubiera sido expulsado mediante un exorcismo. Se quedó en la parte de arriba de los escalones para vigilar a la preciosa Dixie Belle, por si acaso todavía quedara algún mapache malhumorado por allí después de una noche en busca de comida.

Más de un palmo de nieve de finales de invierno había caído la mañana anterior. Al no haber soplado el viento, los pinos todavía cargaban estolas de armiño en cada rama. Cora había excavado un claro en el patio trasero para que Dixie no tuviera que rebuscar en la nieve profunda.

Los perros salchicha tienen un olfato muy agudo. Sin hacer caso de la súplica de su ama de que no perdiera el tiempo, Dixie Belle vagó de un lado para otro en el claro, con la nariz pegada al suelo, llena de curiosidad por averiguar qué clase de animales las habían visitado durante la noche.

Miércoles. Día de escuela.

Aunque Cora llevara fuera del trabajo desde hacía dos semanas, todavía sentía que debía darse prisa para ir a la escuela. Dos años antes, la habían nombrado «maestra del año en Minnesota». Quería mucho —y echaba de menos— a sus niños de sexto curso de primaria.

Las migrañas, que comenzaban de repente y que duraban entre cinco y seis horas, a veces acompañadas por malos olores que solo ella podía percibir, la habían inhabilitado. Los dolores de cabeza parecían responder lentamente a los medicamentos: zolmitriptán y un relajante muscular llamado Soma. Cora nunca había sido una persona enfermiza, y quedarse en casa la aburría mucho.

Dixie Belle finalmente orinó y dejó dos excrementos pequeños, que Cora recogería con una bolsa de plástico más tarde, cuando ya estuvieran congelados.

Cuando siguió a la dachshund al interior de la casa, vio que había un desconocido sentado a la mesa de la cocina, tomando un café que se había servido con todo el descaro. Llevaba puesto un gorro de lana. Se había desabrochado la chaqueta, también forrada de lana. Tenía un rostro alargado y unos rasgos afilados, y su mirada fría y azul era directa.

El intruso habló antes de que Cora pudiera gritar o darse la vuelta para huir.

—Juega al mensajero del miedo conmigo.

—Sí, vale —respondió, porque ya no parecía ser una amenaza. Después de todo, lo conocía. Era un tipo agradable. Él la había visitado al menos dos veces la semana anterior. Era un hombre muy agradable.

—Quítate el abrigo y cuélgalo. —Ella hizo lo que le pidió—. Ven aquí, Cora. Siéntate.

Sacó una silla y se sentó a la mesa. A pesar de mostrarse amistosa con todo el mundo, Dixie se retiró a un rincón y se acomodó allí para observarlo todo recelosa desde un ojo claro y otro castaño.

—¿Soñaste anoche? —le preguntó el hombre agradable.

—Sí.

—¿Fue el sueño del fuego?

—Sí.

—¿Fue un buen sueño, Cora?

Ella sonrió y asintió.

—Fue maravilloso, un paseo maravilloso a través de un fuego relajante, sin miedo en absoluto.

—Tendrás el mismo sueño otra vez esta noche.

Ella sonrió y palmeó dos veces en señal de regocijo.

—Oh, bien. Es un sueño tan maravilloso… Algo así como uno que tenía a veces de niña: el sueño de volar como un pájaro. Volar sin miedo a caer.

—Mañana es el gran día, Cora.

—¿De verdad? ¿Qué está pasando?

—Lo sabrás cuando te levantes por la mañana. No volveré más. Incluso con lo importante que es esto, no necesitas ninguna orientación práctica.

Se terminó el café, deslizó la taza hasta situarla delante de ella, se puso de pie y colocó su silla debajo de la mesa.

Auf Wiedersehen, estúpida zorra flacucha.

—Adiós —respondió ella.

Una serie de luces diminutas que centelleaban y zigzagueaban aparecieron de repente en su visión, un aura que precedía una migraña. Cerró los ojos, temiendo el dolor que estaba por llegar. Pero el aura pasó. El dolor de cabeza no se produjo.

Cuando abrió los ojos, tenía la taza vacía sobre la mesa, delante de ella, con un residuo de café en el fondo. Se levantó para servirse otra.


Un domingo de marzo por la tarde, en defensa propia y con gran angustia, Jane Hawk había matado a un querido amigo y maestro.

Tres días después, un miércoles, cuando la noche estaba tan repleta de estrellas relucientes que ni siquiera el enorme despliegue de luces en el valle de San Gabriel, al noreste de Los Ángeles, podía aclarar completamente el cielo, la mujer llegó a pie a una casa que había explorado antes en coche. Llevaba consigo una bolsa grande llena de contenido incriminatorio. En la pistolera de hombro que llevaba debajo de la chaqueta deportiva colgaba una pistola Colt.45 ACP robada, modificada en una de las mejores tiendas de armas personalizadas del país.

El barrio residencial parecía tranquilo en medio de esa época caótica, silencioso en un tiempo caracterizado por el clamor. Los árboles pimenteros de California susurraban y las frondas de las palmeras crujían suavemente en una fragante brisa de jazmines. La brisa también estaba cargada por el mal olor de la descomposición que surgía de un desagüe del canal y también por otro, tal vez procedente de los cuerpos de las ratas envenenadas que habían huido de la luz del sol para morir en la oscuridad.

El cartel de EN VENTA en el patio delantero de la casa, el estado del césped al que le hacía falta una buena siega, el candado de seguridad fijado en el pomo de la puerta delantera y colocado por alguna inmobiliaria y las cortinas echadas indicaban que el lugar debía de estar vacío. Lo más probable fuera que el sistema de seguridad no estuviera activado, porque no quedaba nada en la casa que se pudiera robar y porque una alarma habría complicado la tarea de mostrar la propiedad a los posibles compradores.

El patio que había en la parte posterior de la casa carecía de muebles. El agua oscura que ondulaba en la piscina desprendía un leve olor a cloro, y era un espejo para la luna menguante.

Un murete de separación estucado y unos ficus ocultaban la parte posterior de la casa a los vecinos. Ni siquiera a la luz del día la habrían visto. Jane abrió la cerradura de la puerta de atrás con una pistola de ganzúas LockAid comprada en el mercado negro y que se vendía legalmente solo a las agencias policiales. Volvió a meter el dispositivo en la bolsa, abrió la puerta y se quedó escuchando a medio entrar la cocina sin luz, las habitaciones que había más allá.

Convencida de que su evaluación de la casa había sido la correcta, cruzó el umbral, cerró la puerta tras de sí y volvió a echar el cerrojo. De la bolsa sacó una linterna LED con dos configuraciones: la encendió en el haz más tenue y examinó una cocina elegante con armaritos blancos brillantes, encimeras de granito negro y electrodomésticos de acero inoxidable. No había utensilios de cocina a la vista. Tampoco vajilla de porcelana china de diseño a la espera de ser admirada en los estantes de esos pocos armaritos superiores que tenían puertas transparentes.

Atravesó habitaciones espaciosas tan oscuras como ataúdes cerrados y sin muebles. Aunque las cortinas cubrieran las ventanas, mantuvo la linterna en la luz de corto alcance, dirigiéndola solo hacia el suelo.

Se quedó cerca de la pared, donde era menos probable que crujieran los peldaños de la escalera, pero aun así anunciaron su llegada mientras ascendía.

Aunque lo que le interesara fuera la parte delantera de la casa, recorrió todo el segundo piso para asegurarse de que estaba a solas. Era una casa de clase media alta en un vecindario deseable, con un baño privado en cada habitación, aunque la frialdad de sus estancias vacías hizo que Jane tuviera el presentimiento de que se trataba de una zona urbana en declive y en decadencia social.

O, tal vez, no fueran las habitaciones oscuras y frías lo que fomentara esa aprensión. De hecho, la embargaba un presentimiento persistente desde hacía casi una semana, desde que se había enterado de lo que estaban planeando algunas de las personas más poderosas en este nuevo mundo lleno de maravillas tecnológicas para sus conciudadanos.

Dejó la bolsa de mano junto a una ventana en un dormitorio delantero, apagó la linterna y abrió las cortinas. No observó la casa que estaba justo enfrente de la calle, sino la que estaba al lado: un buen ejemplo de arquitectura de estilo Craftsman.

Lawrence Hannafin vivía en esa dirección, y era viudo desde marzo del año anterior. No había llegado a tener hijos con su difunta esposa. Aunque solo tuviera cuarenta y ocho años, veintiuno más que Jane, era probable que Hannafin estuviera solo.

Ella no sabía aún si lo podía considerar un posible aliado. Lo más probable fuera que se tratara de un cobarde sin convicciones, alguien que rehuiría el desafío que ella tenía la intención de plantearle. La cobardía era la actitud por defecto de los tiempos en los que vivían.

Esperaba que Hannafin no se convirtiera en un enemigo.

Durante siete años, ella había sido agente del FBI en el Grupo de Respuesta a Incidentes Críticos, siendo asignada con mayor frecuencia a casos relacionados con las Unidades de Análisis de Comportamiento 3 y 4, las cuales se ocupaban de los asesinatos en masa y los asesinatos en serie, entre otros delitos. Solo había matado en dos ocasiones en ese puesto, en una situación desesperada en una granja que se encontraba aislada. La semana anterior, mientras no estaba de servicio en el FBI, había matado a tres hombres en defensa propia. Se había convertido en una agente fugitiva, y ya estaba harta de tener que matar a gente.

Si Lawrence Hannafin no poseía el coraje y la integridad que su reputación sugería, Jane esperaba que al menos la rechazara sin intentar llevarla ante la justicia. No habría justicia para ella. No habría abogado defensor. Ni juicio por jurado. Teniendo en cuenta lo que sabía sobre ciertas personas poderosas, lo mejor que podía esperar era recibir un balazo en la cabeza. Ellos tenían los medios para hacerle algo mucho peor: la capacidad de romperla, de borrarle todos los recuerdos, de robarle el libre albedrío y reducirla a la esclavitud más dócil.


Jane se quitó la chaqueta deportiva y la pistolera de hombro y durmió, aunque no demasiado bien, en el suelo, con la pistola a mano. Como almohada, usó el cojín de una silla que había junto a la ventana al final del pasillo del segundo piso, pero no tenía nada que pudiera utilizar como manta.

El mundo de sus sueños era un reino de sombras cambiantes y de media luz plateada sin una procedencia concreta, a través del cual huía de maniquíes malévolos que en el pasado habían sido como ella, pero que ahora eran tan incansables como robots programados para la caza, con los ojos desprovistos de todo sentimiento.

La alarma del reloj de pulsera la despertó una hora antes del amanecer.

Sus limitados artículos de tocador incluían pasta de dientes y un cepillo. En el baño, con la linterna tenue puesta en un rincón del suelo, con la cara convertida en una máscara de expresión atormentada en el espejo oscuro, se lavó el sabor del miedo de aquellos sueños.

Abrió unos centímetros las cortinas de la ventana de la habitación y observó la casa de Hannafin a través de unos pequeños binoculares de gran potencia mientras su aliento cargado de menta humedecía brevemente el cristal de la ventana.

De acuerdo con su página de Facebook, Lawrence Hannafin corría una hora cada mañana al amanecer. Una habitación del segundo piso se iluminó y, minutos más tarde, se encendió una luz suave en el vestíbulo de la planta baja. Con una diadema para combatir el sudor de la cabeza, pantalones cortos y zapatillas de correr, salió por la puerta principal cuando el cielo del este enrojecía con las primeras luces rosadas del día.

Jane observó con los binoculares cómo echaba la llave y luego la guardaba en un bolsillo de los pantalones cortos.

Lo había observado desde su coche el día anterior. Había corrido tres manzanas en dirección al sur, luego había girado hacia el este en un vecindario con terrenos para caballos, donde había seguido los senderos para cabalgar que recorrían las colinas sin urbanizar llenas de maleza y de hierbas silvestres. Había estado fuera sesenta y siete minutos. Jane solo necesitaba una pequeña parte de ese tiempo para hacer lo que debía hacer.


Otra mañana típica de Minnesota. Una losa de cielo de color gris como una capa de hielo sucio. Copos de nieve dispersos en el aire en calma, como si se hubieran escapado entre los dientes apretados de una tormenta reticente a soltarse.

Vestida con su pijama y sus botines de piel, Cora Gundersun preparó un desayuno a base de tostadas con mantequilla espolvoreadas con queso parmesano, huevos revueltos y el tocino de Nueske, el mejor del mundo, que se sirvió bien frito, crujiente y sabroso.

Una vez sentada a la mesa, leyó el periódico mientras comía. De vez en cuando, partía un trozo de tocino para dárselo a Dixie Belle, que esperaba pacientemente junto a su silla y recibía cada golosina con deleite y gratitud.

Cora había soñado de nuevo que caminaba sin sufrir daño alguno a través de un fuego abrasador mientras los espectadores se maravillaban de su invulnerabilidad. El sueño la animó y se sintió purificada, como si las llamas hubieran sido el fuego amoroso de Dios.

No había padecido una migraña desde hacía más de cuarenta y ocho horas, lo que suponía el alivio más prolongado a su sufrimiento de que había disfrutado desde que comenzaron los dolores de cabeza. Se atrevió a esperar que su inexplicable aflicción hubiera llegado a su fin.

Con varias horas por delante antes de que necesitara ducharse, vestirse y conducir hasta el pueblo para hacer lo que debía, aún en la mesa de la cocina, abrió el diario que llevaba desde hacía algunas semanas. Su escritura era casi tan limpia como la producida por una máquina, y las líneas de cursiva fluían sin interrupción.

Una hora después, dejó el bolígrafo, cerró el diario y se puso a freír más tocino de Nueske, por si esa resultaba la última ocasión que tendría para comerlo. Fue una idea muy peculiar. Nueske producía tocino fino desde hacía décadas, y Cora no tenía ninguna razón para suponer que fueran a cerrar el negocio. La economía era mala, sí, y muchas empresas se habían retirado, pero Nueske era para siempre. Sin embargo, comió el tocino con tomates cortados en rodajas y más tostadas con mantequilla, y de nuevo lo compartió con Dixie Belle.


Jane no cruzó la calle directamente de la casa vacía a la casa de Hannafin. Caminó hasta el final de la manzana con la bolsa de mano, y luego media manzana más antes de cruzar la calle y acercarse a la residencia desde el norte, lo que redujo de forma considerable la posibilidad de que alguien mirara por una ventana el tiempo suficiente para reconocer tanto de dónde había venido ella como adónde iba.

En la casa de estilo Craftsman, los escalones de piedra tallada bordeados con ladrillos conducían hasta un ancho porche, y en ambos extremos de este, las glicinias de color carmesí en primera floración bajaban en cascada sobre los paneles de celosía, lo que proporcionaba una buena privacidad para poder cometer el allanamiento.

Tocó el timbre tres veces. No hubo ninguna respuesta.

Insertó la lámina delgada y flexible de la pistola LockAid en la ranura del cerrojo y apretó el gatillo cuatro veces antes de que todos los tambores de clavijas quedaran alineados.

Una vez dentro, antes de cerrar la puerta a su espalda, le habló al silencio.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

Cuando solo el propio silencio le respondió, se adentró.

Los muebles y la arquitectura combinaban entre sí de modo elegante. Había chimeneas de piedra de pizarra con revestimientos cerámicos. Los muebles eran de estilo Stickley con telas de algodón estampadas en tonos tierra. Las lámparas también eran de estilo Arts and Crafts, iluminación de artesanía. Vio alfombras persas.

El vecindario deseable, la casa grande y el diseño interior no favorecían su esperanza de que Hannafin fuera un periodista limpio. Se trataba de un periodista con puesto fijo, y en esos días, cuando los periódicos, en su mayoría, eran tan delgados como los adolescentes anoréxicos y desaparecían de forma constante, los periodistas de plantilla, incluso aquellos que trabajaban para un importante diario de Los Ángeles, no recibían grandes salarios. El dinero en cantidades realmente grandes se lo llevaban los periodistas de televisión, la mayoría de los cuales no eran por ello más periodistas que si fueran astronautas.

Hannafin, sin embargo, había escrito media docena de libros de no ficción, y tres de ellos habían pasado varias semanas en el tercio inferior de la lista de los más vendidos. Habían sido obras serias, bien escritas. Quizás hubiera elegido invertir el dinero de los derechos de autor en su casa.

El día anterior, tras usar uno de los ordenadores públicos de una biblioteca en Pasadena, Jane había pirateado con facilidad el proveedor de telecomunicaciones de Hannafin y había descubierto que no solo utilizaba un teléfono móvil, sino también un teléfono fijo, de modo que lo que estaba a punto de hacer era aún más fácil de realizar. Había podido acceder al sistema de la compañía telefónica porque conocía una puerta trasera creada por un superfriki informático del FBI, Vikram Rang.

Vikram era amable y divertido, y cruzaba las líneas legales cuando el director o un poder superior del Departamento de Justicia le ordenaban hacerlo. Antes de que Jane se fuera de permiso, Vikram se había enamorado inocentemente de ella, aunque por entonces ella estuviera casada y tan lejos de las posibilidades de ese juego que bien podría haber estado en la Luna. Era una agente que cumplía estrictamente el reglamento, de modo que nunca había recurrido a métodos ilegales, pero había sentido curiosidad por lo que podría estar haciendo el círculo interno corrupto en el Departamento de Justicia, y le había dejado a Vikram que se vanagloriara de sus habilidades cada vez que había querido impresionarla.

Al pensar en ello, ahora le parecía como si hubiera intuido que su buena vida se volvería amarga, que acabaría desesperada y huyendo, y que iba a necesitar todos los trucos que Vikram pudiera mostrarle.

Según los registros de la compañía telefónica, además de un teléfono instalado en la pared de la cocina, había tres modelos de escritorio en la casa de Hannafin: uno en el dormitorio principal, otro en la sala de estar y el tercero en el estudio. Ella comenzó por la cocina y terminó en el dormitorio principal, retirando la parte inferior de cada caja del teléfono con un destornillador Phillips pequeño. Conectó un chip de dos funciones que podía activarse remotamente para servir bien como un transmisor infinito, bien como una toma de línea estándar; instaló una derivación inalámbrica y cerró la carcasa. Solo necesitó diecinueve minutos para completar toda aquella tarea.

Si el gran vestidor que había en el dormitorio principal no le hubiera servido para sus planes, habría encontrado otro armario. Pero este le iba bien. Una puerta con bisagras, no una corredera. Aunque en esos momentos no estuviera cerrada con llave, la puerta mostraba una cerradura, tal vez por contener una pequeña caja fuerte de pared escondida allí o tal vez porque la difunta señora Hannafin había tenido en su poder una colección de joyas valiosas. Era una cerradura ciega desde el interior del armario, sin un cerrojo operable en ese lado. Un taburete le permitió llegar a los estantes más altos con facilidad.

Hannafin tenía mucha ropa con etiquetas elegantes: trajes Brunello Cucinelli, una colección de corbatas Charvet, cajones con jerséis de St. Croix. Jane escondió un martillo entre unos jerséis y un destornillador en el bolsillo interior de un traje azul a rayas.

Pasó otros diez minutos abriendo cajones en varias habitaciones, sin buscar nada específico, solo haciéndose una idea acerca del hombre.

Si salía de la casa por la puerta principal, el pestillo encajaría en su lugar, pero la cerradura no quedaría echada. Cuando Hannafin regresara y descubriera que la cerradura no estaba echada, sabría que alguien había estado allí en su ausencia.

En lugar de eso, salió por la puerta de un lavadero que conectaba la casa con el garaje y dejó la cerradura sin echar, pues allí era más probable que pensara que no había cerrado con llave.

La puerta lateral del garaje no tenía cerrojo. El simple cierre de pestillo la aseguró cuando ella salió y la cerró tras de sí.


De nuevo en la desierta casa en venta, cuando ya el sol de la mañana cubría el edificio, Jane encendió las luces del baño principal.

Como a veces le pasaba últimamente, la cara en el espejo no reflejó lo que ella esperaba. Después de todo lo ocurrido a lo largo de los cuatro meses anteriores, se sentía agobiada y desgastada por el miedo, el dolor, la preocupación. A pesar de tener el cabello más corto y de llevarlo teñido de castaño rojizo, el reflejo le devolvió un aspecto muy parecido a como era antes de que aquello comenzara: una persona de veintisiete años de aire juvenil y mirada clara. Era horrible que su marido hubiera muerto, que su único hijo estuviera en peligro y escondido, y sin embargo no se podía leer en su rostro ni en sus ojos ningún testimonio de pérdida y ansiedad.

Entre otras cosas, la bolsa grande contenía una peluca rubia larga. Se la colocó en la cabeza y la aseguró, la cepilló y usó una gomilla azul de pelo para hacerse una coleta. Se puso también una gorra de béisbol que no llevaba ningún logotipo o eslogan. Vestida con pantalones vaqueros, un jersey y un abrigo deportivo para ocultar la pistolera de hombro y el arma, pasaba desapercibida, excepto por el hecho de que durante los días anteriores los medios informativos se habían asegurado de que su rostro fuera tan familiar para el público como el de cualquier estrella de televisión.

Podría haberse esforzado en disfrazarse mejor, pero quería que Lawrence Hannafin no tuviera ninguna duda sobre su identidad.

Esperó tras la ventana del dormitorio principal. Según su reloj, el corredor regresaba sesenta y dos minutos después de comenzar su ejercicio matutino.

Debido a su fama por los libros más vendidos y el público lector que tenía gracias al periódico, gozaba de la libertad de trabajar de vez en cuando en casa. Sin embargo, acalorado y sudoroso como estaba, probablemente decidiera ducharse más pronto que tarde. Jane esperó diez minutos antes de ir a visitarlo.


Hannafin lleva viudo un año, pero todavía no se ha acomodado completamente a estar solo. A menudo, cuando regresa a casa, como ahora, llama por costumbre a Sakura. En el silencio que obtiene por respuesta, se queda inmóvil, afectado por su ausencia.

A veces, él mismo se pregunta, irracionalmente, si, de hecho, está muerta. Cuando ocurrió su crisis médica, él se hallaba fuera del estado con motivo de un reportaje. Incapaz de soportar verla muerta, autorizó la cremación. Como consecuencia, de vez en cuando se vuelve con la repentina convicción de que está detrás de él, viva y sonriendo.

Sakura. En japonés, el nombre significa «flor de cerezo». Se ajustaba con su delicada belleza, si no con su fuerte personalidad…

Él había sido diferente antes de que ella apareciera en su vida. Ella era tan inteligente, tan tierna… Su apoyo suave pero constante le dio la confianza necesaria para escribir esos libros que antes no representaban más que proyectos de los que hablaba. Para ser periodista, era alguien extrañamente retraído, pero ella lo sacó de lo que llamaba su «caparazón de tortuga infeliz» y lo abrió a nuevas experiencias. Antes de ella, se mostraba tan indiferente a la ropa como al buen vino; pero ella le enseñó estilo y refinó su gusto, hasta que él quiso parecer guapo y educado para que estuviera orgullosa de que la vieran con él.

Después de su muerte, guardó todas las fotografías en las que estaban juntos, que ella había enmarcado en plata y había dispuesto amorosamente aquí y allá por la casa. Las imágenes lo habían perseguido, ya que ella sigue persiguiendo sus sueños más noches de las que no lo hace.

—Sakura, Sakura, Sakura —le susurra a la casa en silencio, y luego sube la escalera para ducharse.

Era corredora, y le insistió en que corriera para mantenerse tan en forma como ella, para que permanecieran sanos y envejecieran juntos. Correr sin Sakura al principio parecía imposible, y los recuerdos como fantasmas lo esperaban en cada recodo de cada ruta que habían seguido. Pero dejar de correr le pareció una traición, como si ella de verdad estuviera ahí fuera en esos senderos, incapaz de regresar a la casa de los vivos, esperándolo para poder verlo y saber que él estaba bien y lleno de vida, siendo fiel al régimen de carreras que ella había establecido para ambos.

Si alguna vez Hannafin se atreviera a expresar tales pensamientos a la gente en el periódico, lo llamarían sentimental a la cara, y sensiblero y llorón, o cosas peores, a su espalda, porque no hay lugar en el corazón de la mayoría de los periodistas contemporáneos para el sentimentalismo, a menos que esté entremezclado con la política. Sin embargo…

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
583 s. 40 illüstrasyon
ISBN:
9788491876243
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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