Kitabı oku: «Obras I»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 146

Asesores para la sección latina: JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO FONTÁN PÉREZ.
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1990.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO256
ISBN 9788424931858.
Ausonius Gallus ubique argutus et excitans, nec lectorem sinit dormitare.
(L. VIVES, De tradendis disciplinis III 9).
ABREVIATURAS DE LAS OBRAS DE AUSONIO


Apéndices:
| De rosis nascentibus: | De rosis nasc. |
| Septem sapientium sententiae: | Sept. sap. sent. |
INTRODUCCIÓN GENERAL
I. VIDA Y OBRA DE AUSONIO
Ausonio representa un ejemplo arquetípico de homo nouus en el Bajo Imperio, tanto más transparente por cuanto él mismo ofrece numerosos datos autobiográficos y de la sociedad que vivió; además, su condición de profesor y creador le permite enlazar el mundo cultural del pasado —la tradición literaria grecolatina— con el suyo propio —la cultura y la literatura de su época— y proyectarse hacia el futuro, gracias a un prestigio literario cuyos méritos no se pueden negar. Esa dualidad provoca que la obra de Ausonio refleje un universo de matices desde los de carácter estrictamente sociohistórico hasta los más genuinamente filológicos; si a ello se añaden las especiales condiciones de la transmisión de su obra —cuya historia aún no parece cerrada—, a nadie debería sorprender el interés que suscita la figura de Ausonio.
De ahí que hayamos creído muy necesario abordar de un modo extenso cada uno de esos aspectos, para poner al alcance del lector no especializado, pero también del estudioso del mundo antiguo, una presentación en profundidad de la figura tan compleja como variada del escritor Décimo Magno Ausonio. Tal presentación se hace tanto más necesaria por no existir ninguna similar en nuestra lengua y apenas en otras.
1. Los retratos de Ausonio
Cualquier biografía que se precie, ha comenzado siempre por colocar en el frontispicio de la obra el retrato del héroe; si no era auténtico, se inventaba. También nuestra historia empieza así.
Probablemente no es Ausonio el personaje retratado en una estatuilla de la Biblioteca de Auch1. Un ilustre convecino, si eso pretenden los de Auch, un cónsul, merecería algo más; ese retrato de hombre maduro pero imberbe, de cabellos ondulados y largos, regordete y vestido con gruesa y elegante toga, bien puede ser del siglo IV, incluso de un rétor o un magistrado de la ciudad, mas en ese caso sería preferible suponer que se trate de Estafilio, nacido en la vieja Auscia (Auch), a quien Ausonio dedica un encendido elogio, pues fue su maestro en Burdeos2.
Tampoco pasa de ser una sugestiva pregunta la que H. Jucker plantea a propósito del Hermes de Welschbillig3. Pero no es necesario ir tan lejos; el propio Ausonio ha hecho su autorretrato y lo ha dejado en la boca de su padre:
El mayor alcanzó la cumbre de los honores como prefecto de las Galias y de Libia y del Lacio, hombre tranquilo, clemente, sereno en su mirada, su voz, su rostro, un niño siempre para su padre, por su mente y su corazón4.
Los defectos del hijo eran culpa de los malos tiempos, y en ningún momento el poeta traiciona esa imagen que pretende dar de sí mismo. Ausonio habla mucho de sí y de los que le rodean, y de ese modo nos introduce como un guía en el siglo IV, en su Burdeos natal. Nada más abrir su obra podemos leer su autobiografía en 40 versos5: «he dejado dicho quién soy… para que tú, querido lector, quienquiera que fueres, lo sepas y, al conocerme, me respetes con tu recuerdo» (vv. 2-4). Él, que gustaba como pocos de las glorias de este mundo, ansía la inmortalidad de su obra6 y con ella entreteje su vida para que nunca obra y vida, vida y obra, puedan vivir la una sin la otra. Ausonio es el mejor biógrafo de Ausonio y, gracias a él, su familia, la escuela de Burdeos, sus amigos, su tiempo, resultan cercanos. Pero también sabe, que para algo es maestro de retórica, esconder las sombras y adornar lo vulgar.
2. Las raíces y la niñez de Ausonio
Durante la anarquía militar del siglo III, cuando el poder imperial se usurpa en cada provincia de los vastos dominios romanos y los emperadores se suceden vertiginosamente, la ciudad de Autun, el centro principal de los heduos, se subleva contra Victorino, recién nombrado emperador de la Galia en Colonia, y tiende sus brazos hacia el emperador de Roma, Claudio; se interpreta este acontecimiento como la expresión del descontento de la aristocracia provincial hacia los pillajes de las tropas —fundamentalmente bátavas—, de los ejércitos romanos destacados en la frontera germánica. Los refuerzos de Claudio no llegaron a tiempo: después de siete meses de asedio, a finales del año 269, la ciudad es saqueada por los soldados de Victorino, y sus principales, muertos o exiliados7.
Un noble heduo, cuya familia y apellido se extendían por la provincia lugdunense y sobre todo en la ciudad de Vienne, debe huir con su hijo, que en aquel momento contaría pocos años de edad; ese joven, llamado Cecilio Argicio Arborio8, desposeído y alejado de su tierra, se casó en Tarbela con una mujer de origen modesto, morena de tez y llena de austeras virtudes. Con esfuerzo lograron vivir si no ricos, al menos sí con desahogo; Arborio y su esposa, Emilia Corintia9 «la mora», que así la llamaban sus amigas por el color de su rostro, tuvieron cuatro hijos, tres niñas y un niño. Una de ellas, Emilia Eonia10, se casó hacia el 307/8 con un médico, aún mozo, de costumbres sanas y prudentes, y poco aficionado a la palabra, aunque sabía hablar con ingenio en los momentos propicios; ese muchacho que debía rondar los veinte años, se llamaba Julio Ausonio11, y procedía de Bazas, junto al Garona, en Aquitania. El matrimonio prosperó sin llegar a la opulencia en Burdeos. Emilia Melania12, la primera niña nacida de ambos, murió cuando aún mamaba. El más pequeño de los hermanos, Aviciano13, que parecía seguir los pasos del padre, también murió joven. Julia Driadia14, la tercera hija del matrimonio, enviudó pronto de Pomponio Máximo15, que le dejó, a su vez, tres hijos16; llena de virtudes y tal vez convertida al cristianismo, vivió sesenta años, cuidando a un padre longevo, pues Julio Ausonio alcanzó casi los noventa años de edad. Pero el hijo que dio nombre y gloria a la familia fue el segundo, Décimo Magno Ausonio, nacido apenas un año después de la primera, hacia 31017.
El abuelo materno, Cecilio Argicio Arborio, no pudo evitar que la madre del niño desvelase el futuro que él había adivinado leyendo los astros del recién nacido18. Pero los espléndidos augurios no parecían confirmarse cuando Ausonio había alcanzado ya la edad madura.
Durante los primeros años de su vida, fueron su madre y sus tías, Emilia Hilaria19 y Emilia Driadia20, las que se ocuparon de su educación; también Julia Catafronia21, hermana de su padre, veló por él y, por supuesto, la exigente abuela materna. Pronto se hizo cargo del niño su tío materno Emilio Magno Arborio22, que dejó en su alma una huella imborrable, a pesar de haber vivido tan sólo treinta años. Casado con una mujer noble y rica, gozó de inmenso prestigio como rétor, primero en Burdeos, luego en Tolosa; finalmente, cumbre del honor y la gloria, fue llamado por el emperador Constantino para que educase a uno de sus hijos en Constantinopla23. La fama de Arborio debió llegar a Oriente a través de los hermanos de Constantino —Dalmacio, Constancio y Constante—, que a la sazón, y tras la muerte de otros miembros de la familia del emperador en 324 y 325 (Licinio y Crispo), vivían en Tolosa una especie de exilio24.
Puede que Ausonio siguiera a su tío a Tolosa, para continuar estudiando con él; en Ordo urbium nobilium 18, llama a esa ciudad altricem nostri, y en Parentalia 3, vv. 9-10 afirma que su tío lo educó hasta ser virum. De ahí que se sitúe la estancia de Arborio en Tolosa con Ausonio entre el 325 y el 330, y el viaje a Constantinopla hacia el 330, donde poco después moriría. Si esto es cierto, ha de suponerse que en el momento de abandonar el tío la Galia, nuestro poeta regresaría a Burdeos para acabar su formación.
3. La formación de Ausonio y la escuela de Burdeos
Del mismo modo que conocemos la familia de Ausonio hasta detalles insospechables25, gracias al propio poeta que nos ha dejado en sus Parentalia (opúsculo III) una magnífica colección de retratos de ciudadanos medios de la Galia del s. IV, también podemos seguir, con igual fidelidad, el ambiente en que estudió Ausonio; su Commemoratio Professorum Burdigalensium (opúsculo IV) repite, esta vez con los gramáticos y los rétores de Burdeos, maestros o colegas, el mismo esquema seguido con la familia26.
Gracias a esta colección de poemas, sabemos cuáles fueron los primeros maestros de Ausonio y quiénes le enseñaron el arte de la retórica. El gramático Macrino27 le hizo aprender las primeras letras, si bien nuestro poeta apenas guarda de él más que el recuerdo de su nombre. También tuvo profesores de griego, Rómulo, Corintio y Menesteo28, todos ellos llenos de vocación por su tarea, a pesar de sus escasos conocimientos; Ausonio confiesa no haber sido capaz de entusiasmarse con la lengua helénica cuyo estudio abandonó tan pronto como pudo. Su celo profesional le obliga a defender a sus maestros, culpando a su propia incapacidad de tal fracaso. Pero este gesto de humildad, lleno de valor en quien tan alto concepto tenía de sí mismo, no debe ser absolutamente sincero: Julio Ausonio, su padre, dominaba mejor el griego que el latín y el propio Ausonio muestra en su obra un conocimiento suficiente de esa lengua; aceptando que haya retomado su estudio en otra época de su vida, parece más imputable el fracaso de los primeros años a la impericia de los docentes que a la ruda mente de los alumnos.
Muy pronto, como he adelantado, entraría bajo la tutela de su propio tío29, tal vez primero en Burdeos y luego en Tolosa. Al regresar a su ciudad natal, continuó sus estudios con otros rétores ilustres, como Tiberio Víctor Minervio30, a quien recuerda como el primero entre sus profesores y de quien hace un entrañable elogio; como Luciolo31, antiguo condiscípulo y futuro colega; y muy probablemente Latino Alcimo Alecio32, de quien no dice de un modo expreso que haya sido su profesor, pero se deduce a partir del lugar de excelencia que le asigna en su recuerdo. Puede haber escuchado también las lecciones de Estafilio33, venido de Auch, y a quien ama como padre y tío.
Una vez terminados sus estudios, se inició en la carrera forense, que abandonó pronto por sentirse poco dotado para ella34; así comenzó su actividad docente —primero como gramático, luego como rétor—, que duraría treinta años en su ciudad natal35 y que le abriría las puertas de una gloria tardía cuando su fama como profesor le llevó al palacio imperial para educar al príncipe heredero.
No es difícil imaginarse el ambiente de la escuela en esos momentos; el propio Ausonio nos lo describe en varios lugares de su obra y muy especialmente en el encantador Liber protrepticus ad nepotem (opúsculo VII)36, utilísimo para conocer los métodos de enseñanza usados en el siglo IV y lo que un profesor que los ha experimentado durante decenios, piensa de ellos. Un maestro serio, de áspera voz y sereno semblante, doma a fuerza de golpes y varas, cuando su palabra no resulta agradable, a un puñado de pequeñuelos que esperan aturdidos la llegada del recreo. La escuela da miedo, aunque no debiera ser así; la solemnidad del lugar, donde se cultiva a las Musas, ha cedido su puesto al desasosiego temeroso. Allí se debe leer a Homero y a Menandro, a Terencio y Salustio, marcando el ritmo, motivando los sentimientos, haciendo correctamente las pausas. Es el camino del progreso: una raíz amarga que luego hará brotar dulces frutos. Y por su parte, el maestro debe armarse de infinita paciencia para no recoger sino éxitos muy escasos y siempre demasiado tardíos.
Ausonio, con todo, ha amado esa escuela y la ha vivido intensamente; también le ha dado lo mejor de sí mismo; es su oficio y se siente satisfecho. El esfuerzo está sobradamente justificado porque él no conoce otro camino para que el niño llegue a ser un día hombre en el sentido pleno del término. Esa creencia profunda en el método y en los objetivos romperá su alma al final de su vida al comprobar que el mejor de sus discípulos no participa de esa convicción. Pero todavía no ha llegado el momento del fracaso; al contrario, Ausonio cobra cada día nueva fama como profesor y pronto deja de ser gramático para convertirse en rétor. Todos estos años de su vida, sin embargo, habrían quedado olvidados para nosotros, si ese amor intenso por el oficio y la inquietud al ver cómo tantos esfuerzos se borraban de la memoria de los hombres, no le hubieran obligado a dejar escrito, muchos años después para recuerdo de las generaciones venideras, una colección de poemitas dedicados a sus colegas. Esos dos sentimientos son, a mi entender, los que animan la Commemoratio professorum Burdigalensium; y más que el sistema de educación, que evidentemente surge aquí y allá, más que la escuela como institución, le interesará honrar a sus servidores, por modestos que sean.
4. Su familia
Ausonio debió de casarse en torno a esos años; hacia el 334, cuando contaba unos veinticuatro, se sitúa el momento de su matrimonio con una muchacha, probablemente nueve años más joven, llamada Atusia Lucana Sabina37, de origen senatorial y noble sobre todo por sus costumbres; su padre, Atusio Lucano Talisio, ofrecía la imagen de ese señor que desdeña la gloria pública y abraza voluntariamente la tranquilidad de la vida privada; él quería que el joven maestro fuera su yerno, pero murió poco antes de que se realizara su deseo38.
De la unión entre Ausonio y Sabina nacieron tres hijos; el primero, que llevó el nombre del padre39, murió cuando comenzaba a balbucear las primeras palabras, pero su premura por irse de este mundo, no impidió al poeta escribir una carta hermosísima, la 17, dirigida a su padre Julio; pocas veces un antiguo ha dejado testimonio tan íntimo y lleno de pietas filial, manifestando ese sentimiento de amor, comprensión y respeto que todo hombre bien nacido experimenta por su padre al traer un hijo a la vida. Luego vendrían Hesperio y una niña, cuyo nombre, extrañamente, no nos ha sido revelado por el poeta. Ambos vivieron la vejez del padre: Hesperio compartió muchos momentos de la vida de Ausonio; la hija, por su parte, se casó en primeras nupcias con Valerio Latino Euromio40, escogido cuidadosamente por el poeta como yerno; su pronta muerte no le impidió ejercer el cargo de praeses en la prefectura de Iliria y un puesto en la hacienda imperial. De ambos nacería un hijo que colmaría el gozo del anciano Ausonio; a él, muy verosímilmente van dirigidos el Liber Protrepticus primero, y el Genethliacos (opúsculo VI) después, con motivo de su décimo sexto cumpleaños41. El segundo matrimonio fue con el vicario de Macedonia, Talasio42, que a la sazón tenía ya un hijo recién nacido de un matrimonio anterior; ese pequeño, nacido en Pela mientras Talasio ejercía su magistratura macedona y querido por Ausonio como un verdadero nieto, será conocido con el nombre de Paulino de Pela.
Poco duró el matrimonio de Ausonio y Sabina; una pronta muerte, como ocurrió con su hermana Namia, la arrebató de su lado cuando sólo contaba veintiocho años de edad. Ausonio la amaba y ese sentimiento se fue acrecentando después de su muerte; si no basta como prueba la fidelidad del poeta, que no se volvió a casar, ahí está el poema 9 de Parentalia, uno de los más intensos de la colección:
En mi vejez ya no puedo apaciguar el dolor sufrido: pues de continuo se recrudece como recién pasado. Admiten el sosiego del tiempo otros enfermos: estas heridas las hace aún más graves el paso lento del día. Rizo, sin más compañía, mis canas pacientes y cuanto más solo, más triste vivo. La herida aumenta porque calla la casa silenciosa y tiene frío nuestro lecho, porque con nadie comparto ni lo malo ni lo bueno43.
Es patética la imagen de soledad de ese anciano que recuerda tan vivamente a su esposa muerta treinta y seis años antes. Sin duda, el sentimiento que destila esa composición es más profundo que los epigramas, simpáticos, formalmente correctos, incluso con cierta vena interior algunos, que le dedica en vida44.
Porque Ausonio, como hemos dicho antes, había comenzado a escribir ya; al principio, con pocas ambiciones. Como tantos otros jóvenes, buscaba la poesía fácil, juguetona, picante, y naturalmente, la forma ideal la ofrecía el epigrama45; seguramente no conservamos todos los que intentó en esos años, pero a los dedicados a Sabina, habría que añadir los números 38 y 65; tal vez, otros también: Peiper, en su edición ya citada, pág. XCV, sugiere la posibilidad de que pertenezcan a los años de docencia en Burdeos los epigramas referentes a gramáticos y rétores (núms. 6-13, 60 y 61) y el 34, dirigido a Gala, cuya juventud ha desaparecido; aquéllos, por tener una temática vinculada al oficio del poeta en esos momentos; éste, porque no parece probable que Ausonio haya osado escribir unos frívolos dísticos a una mujer que se llamaba igual que la hermana de Graciano, la futura esposa de Teodosio, después del nacimiento de ésta.
De la primera época, cuando el abogado deja su lugar al gramático, podemos leer también la Epistula 17, a la que ya me he referido antes, dedicada a Julio Ausonio, su padre, y escrita al nacer el primogénito del poeta, que poco después moriría.
Pero también está presente entonces ese gusto por lo complicado, lo barroco, lo erudito, que tanto daña su poesía como acto de creación, por más que sirva para ilustrar con vigor la estética del siglo IV, tan vinculada a la estética de la época de los Flavios; la Epistula 13, enviada a Teón, un amigo que se las da de poeta y que tiene el raro privilegio de recibir cuatro cartas, en general insultantes, de nuestro Ausonio, está rehecha a partir de un escrito de juventud46 y es todo un modelo de esa manera de concebir el «arte» tan grata a los sabios versificadores.
5. La llamada al Palacio
En febrero del año 364, tras la muerte del efímero emperador Joviano, el ejército aclama a Valentiniano, oficial oriundo de Panonia y cristiano de religión, como nuevo emperador, al tiempo que le obliga a designar un colega; Valentiniano asocia al poder a su hermano Valente con el título de Augusto y le encomienda el gobierno de Oriente47. Este acontecimiento va a cambiar radicalmente la vida de Ausonio, hasta entonces modesto rétor en una ciudad modesta. Valentiniano I decide, en un momento incierto pero que debe situarse poco antes o durante el 36748, llamarlo como preceptor de su hijo Graciano, nacido en el 359. Peiper49 corrige justamente a Schenkl50 que sugiere la posibilidad de que el bordelés haya sido llamado a la corte por su fama de literato; es cierto que Valentiniano, a pesar de su rudo carácter, sentía cierta inclinación hacia las letras e incluso se atrevía a componer en verso51, pero Ausonio a la sazón había escrito muy poco y no había publicado probablemente nada52. Hace falta convenir, pues, con Peiper, en el hecho de que debía su fama a la docencia; tal vez, incluso, estaba todavía vivo el recuerdo de su tío Arborio, llamado a Constantinopla como educador de un hijo de Constantino.
Ausonio se traslada a Tréveris, residencia acostumbrada del Augusto de Occidente, y logra imponer su personalidad como educador, primero, como político, después, en un medio, hasta entonces ajeno a él y a su familia, tan viciado como la corte del siglo IV53. Con ingenuo orgullo, con vanidad candorosa, lo repite varias veces, desde el comienzo de su obra:
y llamado al palacio áureo de Augusto fui el gramático de su hijo y luego el rétor. No se trata de presunción vana ni de orgullo basado en débiles razones. Puede que haya habido maestros de prestigio superior pero nadie tuvo mejor discípulo. El Alcida, alumno de Atlas, y el Eácida, de Quirón (éste casi pertenece a la misma cepa que Júpiter y aquél es hijo suyo) tuvieron por hogar Tesalia y Tebas: pero el mío reina sobre el orbe completo, que está bajo su poder54.
Y la misma infatuación aflora en el Liber protrepticus, vv. 80-88, cuando se propone a sí mismo como modelo para su nietecillo, animándole a seguir sus estudios:
Eso aguanté yo hasta que la pena misma me resultó útil y un buen hábito ablandó con el uso el trabajo, hasta que fui llamado para cumplir el regalo sagrado de la educación imperial y fui provisto de honores diferentes, cuando los palacios de oro obedecían mis mandatos. Que Némesis se aleje y la fortuna acompañe mis bromas: yo goberné el imperio mientras que el emperador, vestido aún con la pretexta, prefería, en medio de su púrpura, su cetro y su trono, las leyes de su maestro, y pensaba que mis méritos eran mayores que los suyos55.
Incluso, la Gratiarum actio (opúsculo XXIV) está empapada de esa convicción y, en definitiva, su lectura sugiere más las virtudes del poeta que las del emperador; son especialmente ilustrativos los párrafos 30-33 y 68-69.
Resulta difícil valorar si Ausonio era el preceptor más adecuado para Graciano; indudablemente no es un talento excepcional. Pero tenía virtudes dignas de aprender por un niño: su amor al estudio, su pietas, su bondad de corazón; también tenía virtudes dignas de aprender por un príncipe: su patriotismo, su conocimiento de la historia y la literatura de Roma, su suave dureza, su sentido pragmático. Y los defectos, esa vanidad desmedida, esa untuosidad protocolaria, esa superficialidad vital, esa sequía de ideas, ¿no son defectos demasiado generalizados en su siglo? Mas no resulta desdeñable el hecho de que Amiano Marcelino lo apreciara como maestro56.