Kitabı oku: «La chica salvaje»

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LA CHICA SALVAJE
Delia Owens

Traducción de Lorenzo F. Díaz

LA CHICA SALVAJE

V.1: octubre de 2019

Título original: Where The Crawdads Sing

© Delia Owens, 2018

© de la traducción, Lorenzo F. Díaz, 2019

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2019

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma.

Esta edición se ha publicado mediante acuerdo con G.P. Putnam’s Sons, un sello de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: John & Lisa Merrill - Getty Images | AnnaTamila - Shutterstock | CribbVisuals - Istockphoto

Corrección: Francisco Solano e Isabel Mestre

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-17743-38-3

IBIC: FA

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

CONTENIDOS

Portada

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Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Mapa

Primera parte: La marisma

Prólogo

Capítulo 1: Mamá

Capítulo 2: Jodie

Capítulo 3: Chase

Capítulo 4: La escuela

Capítulo 5: La investigación

Capítulo 6: Un barco y un chico

Capítulo 7: Temporada de pesca

Capítulo 8: Datos negativos

Capítulo 9: Jumpin'

Capítulo 10: Solo es hierba al viento

Capítulo 11: Bolsas de arpillera llenas

Capítulo 12: Peniques y gachas

Capítulo 13: Plumas

Capítulo 14: Fibras rojas

Capítulo 15: El juego

Capítulo 16: La lectura

Capítulo 17: Cruzando el umbral

Capítulo 18: La canoa blanca

Capítulo 19: Alguna cosa

Capítulo 20: Cuatro de Julio

Capítulo 21: Coop

Segunda parte: El pantano

Capítulo 22: La misma marea

Capítulo 23: La concha

Capítulo 24: La torre de vigilancia

Capítulo 25: Una visita de Patti Love

Capítulo 26: La barca en la orilla

Capítulo 27: En Hog Mountain Road

Capítulo 28: El camaronero

Capítulo 29: Algas

Capítulo 30: Las corrientes

Capítulo 31: Un libro

Capítulo 32: Coartada

Capítulo 33: La cicatriz

Capítulo 34: El registro de la cabaña

Capítulo 35: La brújula

Capítulo 36: Para atrapar un zorro

Capítulo 37: Tiburones grises

Capítulo 38: Justicia dominical

Capítulo 39: Chase por casualidad

Capítulo 40: Cypress Cove

Capítulo 41: Un pequeño rebaño

Capítulo 42: Una celda

Capítulo 43: Un microscopio

Capítulo 44: Compañero de celda

Capítulo 45: Gorro rojo

Capítulo 46: Rey del mundo

Capítulo 47: El experto

Capítulo 48: Un viaje

Capítulo 49: Disfraces

Capítulo 50: El diario

Capítulo 51: Luna menguante

Capítulo 52: El motel Tres Montañas

Capítulo 53: Eslabón perdido

Capítulo 54: Viceversa

Capítulo 55: Flores de hierba

Capítulo 56: La garza nocturna

Capítulo 57: La luciérnaga

Agradecimientos

Sobre la autora

La chica salvaje

Una novela exquisita, una oda a la naturaleza y a lo salvaje

Durante años, los rumores de la existencia de la Chica Salvaje han perturbado la vida de la pequeña localidad de Barkley Cove, un tranquilo pueblo de pescadores en Carolina del Norte. Abandonada a los seis años, Kya es una joven sensible, inteligente y de una belleza insólita que ha sobrevivido en soledad en las marismas, con la naturaleza como única amiga. Es una superviviente nata. Su solitaria vida se complica cuando un hombre aparece asesinado en el pantano y la acusan del crimen. Entonces, todos sus misterios saldrán a la luz.

Una magistral novela que nos habla de los secretos del ser humano, las pulsiones que nos mueven y la verdadera naturaleza del amor y del odio.

El fenómeno literario del año: más de 3 millones de ejemplares vendidos en Estados Unidos y traducida a más de 40 idiomas

«En esta obra, Owens explora las desoladas marismas de la costa de Carolina del Norte a través de la mirada de un joven abandonada. Y, en su desolación, esta chica nos abre los ojos a las maravillas secretas, y los peligros, de su mundo privado […]. Un libro bellísimo […]. Un misterioso asesinato, una historia de madurez y una oda a la naturaleza.»

The New York Times Book Review

«Una novela evocadora […]. Kya es una heroína inolvidable».

Publishers Weekly

«Esta maravillosa novela tiene un poco de todo: misterio, amor y personajes fascinantes.»

Nicholas Sparks, autor best seller

«Un debut magnífico. Owens presenta una historia de misterio contada con una bella prosa lírica. Un logro espléndido, ambicioso, verosímil y muy adecuado para los tiempos que corren.»

Alexandra Fuller, autora best seller

«A través de la historia de Kya, Owens explora el efecto de la soledad en el ser humano.»

Vanity Fair

«Es la historia de una vida extraordinaria, de un misterio terrible y fascinante, de un homicidio y de un juicio. Y también es la denuncia de los abusos que sufren las mujeres».

La Lettura - Corriere della Sera

«La desgarradora historia de Kya, una joven que debe aprender a conectar y confiar en los humanos, se entreteje con un misterioso asesinato que revela violentos secretos. Un debut maravilloso».

People Magazine

«La nueva gran novela americana […]. Un debut lírico».

Southern Living

«La preciosa novela de Owens es tanto un cuento sobre la madurez como una cautivadora novela de misterio».

Real Simple

«La lectura perfecta para los amantes de Barbara Kingsolver».

Bustle

«Una novela con el ritmo de una vieja balada. Es evidente que Owens conoce los paisajes que retrata íntimamente, desde el barro negro en los porches al sabor del agua salada y el graznido de las gaviotas.»

David Joy, autor de The Line That Held Us

«Una obra llena de lirismo. La profunda conexión de Kya con el lugar que llama hogar y las criaturas que lo habitan atrapará al lector.»

Booklist

«Conmovedora. Una exploración original del aislamiento y la naturaleza desde la perspectiva de una mujer, y una apasionante historia de amor.»

Entertainment Weekly

Para Amanda, Margaret y Barbara:


aquí os digo que,

si nunca os hubiera visto,

nunca os habría conocido.

Os vi,

os conocí,

os quise,

siempre.



Primera parte
La marisma

Prólogo

1969

Una marisma no es un pantano. Una marisma es un espacio luminoso donde la hierba crece en el agua y el agua fluye hasta el cielo. Donde deambulan lentos arroyos que llevan al astro sol hasta el mar y donde aves de largas patas se elevan con gracia inesperada —como si no estuvieran hechas para volar— contra el graznido de un millar de níveos gansos.

Entonces, en la marisma, aquí y allá, el pantano se desliza hasta profundos lodazales, oculto en pegajosos bosques. El agua de pantano es estanca y oscura al tragar la luz en su cenagosa garganta. En esos cubiles, hasta las lombrices nocturnas son diurnas. Se oyen ruidos, claro, pero, comparado con la marisma, el pantano es silencioso, pues su descomposición es celular. Allí la vida se descompone y apesta y vuelve al mantillo podrido; un regodeo turbador de muerte que engendra vida.

La mañana del 30 de octubre de 1969, el cuerpo de Chase Andrews yacía en el pantano, que lo habría absorbido de forma silenciosa, rutinaria. Que lo habría ocultado para siempre. Un pantano lo sabe todo de la muerte, y no por ello la considera una tragedia, y menos un pecado. Esa mañana, dos muchachos del pueblo fueron en bicicleta a la vieja torre de bomberos y vieron su cazadora vaquera en el tercer tramo de la escalera.

Capítulo 1
Mamá

1952

La mañana de agosto ardía con tal calor que el húmedo aliento de la marisma envolvía de niebla los robles y los pinos. Los grupos de palmitos estaban extrañamente silenciosos, excepto por el lento aleteo de las garzas al elevarse desde la laguna. Kya, que entonces tenía seis años, oyó cerrarse de golpe la puerta mosquitera. Desde lo alto del taburete dejó de frotar la suciedad del cazo y lo bajó a la palangana con espuma usada. No se oía nada, aparte de su respiración. ¿Quién había salido de la cabaña? Mamá no. Nunca dejaba que la puerta diera un portazo.

Cuando Kya corrió al porche, vio a su madre con una falda marrón, con los bordes golpeándole los tobillos, que se alejaba con zapatos de tacón por el arenoso camino. Los zapatos de punta cuadrada eran de falsa piel de cocodrilo. Era el único par que tenía para salir. Kya quiso gritarle, pero sabía que no debía despertar a papá; abrió la puerta y se detuvo en los escalones de ladrillo y madera. Desde allí vio la maleta azul que llevaba. Normalmente sabía, con la seguridad de un perrito, que su madre volvería con carne envuelta en grasiento papel marrón o con un pollo con la cabeza colgando. Pero para ello no se ponía los zapatos de cocodrilo ni cogía una maleta.

Mamá siempre miraba atrás desde el camino al cruzar la carretera, y alzaba un brazo para saludar con la mano; luego se metía por el sendero que serpenteaba entre bosques de ciénagas y lagunas con espadañas, y por allí —si la marea lo permitía— llegaba a la ciudad. Pero ese día siguió andando, tambaleándose por los baches. Su alta figura emergía de vez en cuando por las brechas del bosque hasta que, entre las hojas, solo se veían de vez en cuando retazos de su bufanda blanca. Kya corrió hasta el lugar desde donde se veía la carretera; seguro que mamá saludaría allí, pero solo llegó a atisbar la maleta azul —un color inapropiado en un bosque— cuando desaparecía. Una pesadez tupida como el algodón le oprimía el pecho mientras volvía a los escalones para esperarla.

Kya era la menor de cinco hermanos; los demás eran mucho mayores, aunque no sabía sus edades. Vivían con mamá y papá, apretujados como conejos en una jaula, en la tosca cabaña cuyo porche con mosquitera miraba con grandes ojos por debajo de los robles.

Jodie, el hermano más cercano a Kya, pero siete años mayor, salió de la casa y se paró detrás de ella. Tenía sus mismos ojos oscuros y el mismo pelo negro; le había enseñado el canto de los pájaros, el nombre de las estrellas y a manejar la barca entre los juncos.

—Mamá volverá —dijo.

—No sé. Llevaba los zapatos de cocodrilo.

—Las madres no dejan a sus hijos. No es propio de ellas.

—Dijiste que una zorra dejó a sus crías.

—Sí, porque se destrozó la pata. Habría muerto de hambre si hubiera intentado alimentarse ella y alimentar a sus crías. Lo mejor que podía hacer era dejarlos, curarse y, así, luego poder criarlos. Mamá no se muere de hambre, volverá.

Jodie no estaba tan seguro como parecía, pero lo decía por Kya.

—Mamá llevaba la maleta azul, como si fuera muy lejos —susurró ella con un nudo en la garganta.

* * *

La cabaña estaba apartada de las palmeras, que se extendían por llanuras de arena hasta un collar de verdes lagunas, con la marisma en la distancia. Kilómetros de hierba tan resistente que crecía en agua salada, interrumpidos por árboles tan torcidos que adoptaban la forma del viento. Bosques de robles se agolpaban en los costados de la cabaña y protegían la cercana laguna, cuya superficie bullía de la rica vida que albergaba. El aire salado y el graznido de las gaviotas llegaban desde el mar, entre los árboles.

La concesión territorial no había cambiado mucho desde la década de 1500. Las parcelas dispersas de la marisma no estaban delimitadas legalmente, sino dispuestas de modo natural —un arroyo fronterizo aquí, un roble muerto allí— por renegados. Un hombre no construye una cabaña contra una palmera en una ciénaga a no ser que venga huyendo o haya llegado al final de su camino.

La marisma estaba protegida por una costa desgarrada, bautizada por los primeros exploradores como «Cementerio del Atlántico» porque la resaca, los enfurecidos vientos y los bajíos destrozaban los barcos como si fueran forros de papel en lo que acabaría siendo la costa de Carolina del Norte. El diario de un marinero decía: «Bordeamos la costa…, pero no se puede discernir ninguna entrada… Una violenta tormenta nos arrastró…, nos vimos forzados a volver mar adentro para proteger el barco y nuestras vidas y fuimos empujados a gran velocidad por una fuerte corriente… La costa…, al ser cenagosa y de pantanos, nos volvimos a la nave… El desánimo invade a quienes vienen a establecerse en estos lugares».

Los que buscaban tierras siguieron su camino, y esta famosa marisma se convirtió en una trampa que recogía una mezcolanza de marineros amotinados, náufragos, morosos y fugitivos que huían de la guerra, de los impuestos o de leyes que no aceptaban. Los que no mató la malaria o no se tragó el pantano engendraron una estirpe de leñadores de distintas razas y diversas culturas; cada uno podía talar un bosque con un hacha y cargar kilómetros con un ciervo. Eran ratas del río, cada uno con su territorio; vivían al margen de todo, hasta que desaparecían un día en el pantano. Doscientos años después, se les unieron esclavos fugados que huían a la marisma, llamados maroons, esclavos liberados, atribulados, sin dinero, que se dispersaron por las marismas con pocas alternativas.

Sería una tierra cruenta, pero en absoluto yerma. En la tierra o en el agua se acumulaban capas de oscilantes cangrejos, langostas en el cieno, aves acuáticas, peces, camarones, ostras, gordos ciervos y rollizos gansos. Un hombre al que no le importara luchar para comer no moriría de hambre.

En 1952, algunas concesiones llevaban cuatro siglos en poder de una ristra de personas inconexas de las que no había constancia. La mayoría desde antes de la Guerra Civil. Otros habían ocupado las tierras en tiempos recientes, tras las guerras mundiales, cuando los hombres volvían rotos y arruinados. La marisma no los confinaba, sino que los definía y, como cualquier terreno sagrado, guardó sus secretos. A nadie le importaba que se apropiaran de las tierras; nadie más las quería. Después de todo, era un páramo de fango.

Los moradores de la marisma establecían las leyes como destilaban el whisky; no las tenían grabadas a fuego en tablas de piedra o escritas en documentos, sino profundamente estampadas en los genes. Genes antiguos y naturales, como los que se incuban en halcones y palomas. Cuando el hombre se ve acorralado, desesperado o aislado, recurre al instinto de supervivencia. Rápidos y justos, los genes triunfantes se transmiten de una generación a otra con más frecuencia que los genes amables. No es cuestión de moral, sino de matemáticas. Las palomas luchan entre ellas tan a menudo como los halcones.

* * *

Mamá no volvió aquel día. Nadie habló de ello. Y todavía menos papá. Levantaba las tapas de las cazuelas, y apestaba a pescado y licor de barril.

—¿Qué hay de comer?

Los hermanos y hermanas se encogieron de hombros y bajaron la mirada. Papá maldijo y salió cojeando hacia el bosque. Antes ya se habían peleado; mamá se había ido una o dos veces, pero siempre volvía y abrazaba a todos los que la necesitaban.

Las dos hermanas mayores prepararon una comida a base de judías pintas y pan de maíz, pero nadie se sentó en la mesa, como habrían hecho con mamá. Se sirvieron judías de la cazuela, pusieron encima el pan de maíz y se lo llevaron para tomarlo en sus colchones o en el gastado sofá.

Kya no podía comer. Se sentó en los escalones del porche mirando la carretera. Era alta para su edad, flaca y huesuda, de piel muy morena y pelo liso, negro y espeso como las alas de un cuervo.

La oscuridad interrumpió su vigilancia. El croar de las ranas ahogaba el sonido de las pisadas, pero aun así se tumbó a escuchar en su colchón del porche. Esa mañana la había despertado el chisporroteo del tocino en la sartén de hierro y el olor de los bizcochos mientras se doraban en el horno de leña. Se subió la pechera del mono y corrió a la cocina a sacar platos y tenedores. A aplastar granos de sémola. Muchas mañanas mamá la abrazaba con una gran sonrisa —«Buenos días, mi niña preferida»— y las dos hacían las tareas como si bailaran. A veces, mamá cantaba canciones populares o recitaba rimas infantiles: «Este cerdito fue al mercado». O bailaba un jitterbug con Kya y golpeaba con los pies el suelo de madera hasta que se apagaba la música de la radio de pilas y sonaba como si cantara desde el fondo de un barril. Otras mañanas mamá hablaba de cosas de adultos que Kya no entendía, pero pensaba que las palabras de mamá necesitaban llegar a alguna parte, así que las absorbía por la piel mientras echaba más leña en el horno. Y asentía, como si la entendiera.

Entonces venía el jaleo de levantar a todo el mundo y dar de comer. Papá no acudía. Tenía dos estados: callado o gritando. Así que no pasaba nada cuando se dormía o no volvía a casa.

Pero esa mañana mamá había estado callada, con la sonrisa perdida y los ojos rojos. Se había envuelto la cabeza con un pañuelo blanco al estilo pirata y se había tapado la frente, pero asomaba el borde amarillo de un moratón. Justo después del desayuno, antes de lavar los platos, mamá puso algunas cosas en la maleta y se fue por el camino.

La mañana siguiente, Kya volvió a apostarse en los escalones y taladró el camino con sus ojos negros como un túnel que espera un tren. La marisma que había más allá estaba velada por una niebla tan baja que la esponjosa parte inferior descansaba en el barro. Tamborileaba con los dedos de los pies desnudos, pinchaba a los escarabajos con tallos de hierba, pero una niña de seis años no puede pasar mucho tiempo sentada y no tardó en pasearse por las planicies de la marea, con sonidos de succión que tiraban de sus pies. Acuclillada al borde del agua clara, miró cómo los foxinos nadaban entre las manchas de sol y las sombras. Jodie le gritó desde las palmeras. Y ella lo miró fijamente, tal vez tenía noticias. Pero cuando se acercó entre las puntiagudas hojas de palmito comprendió, por su forma casual de moverse, que mamá no había vuelto.

—¿Quieres que juguemos a los exploradores? —preguntó.

—Dijiste que eras muy mayor para jugar a los exploradores.

—Bah, acabo de decirlo. Nunca se es muy mayor. ¡Te echo una carrera!

Cruzaron corriendo las planicies, luego el bosque hacia la playa. Ella chilló cuando él la alcanzó y se rio hasta que llegaron al gran roble que proyectaba sobre la arena sus enormes ramas. Jodie y su hermano mayor, Murph, habían clavado unos maderos en sus ramas para que hicieran de atalaya y fuerte en el árbol. Buena parte ya se estaban cayendo y colgaban de clavos oxidados.

Normalmente, cuando la dejaban participar, hacía de esclava, llevaba a sus hermanos bizcochos calientes robados de la sartén de mamá. Pero hoy Jodie dijo:

—Puedes ser capitán.

Kya alzó el brazo derecho para liderar la carga.

—¡Echemos a los españoles!

Empuñaron espadas de madera y atravesaron arbustos mientras gritaban y apuñalaban enemigos.

Y, como las fantasías vienen y van con facilidad, luego ella caminó hasta un tronco cubierto de musgo y se sentó. Él se unió en silencio. Quiso decir algo para que dejase de pensar en mamá, pero no encontró las palabras, y miraron en silencio la navegante sombra de los zapateros.

Kya regresó a los escalones del porche y esperó un largo rato, pero no lloró al contemplar el final del camino. Su rostro permaneció inmóvil, sus labios eran una fina línea bajo unos ojos escrutadores. Mamá no volvió ese día.

Capítulo 2
Jodie

1952

Las semanas siguientes a que se fuera mamá, también se fueron el hermano mayor de Kya y dos de sus hermanas, siguiendo su ejemplo. Habían soportado las rabietas de papá, que empezaban con gritos y acababan con puñetazos o reveses, hasta desaparecer, uno a uno. De todos modos, ya eran casi adultos. Y luego, a medida que olvidaba sus edades, dejó de acordarse de sus verdaderos nombres, solo de que los llamaban Missy, Murph y Mandy. En su colchón del porche, Kya encontró un montoncito de calcetines que le habían dejado sus hermanas.

La mañana en que solo quedó Jodie, Kya se despertó con el ruido metálico y la grasa caliente del desayuno. Corrió a la cocina, pues pensaba que mamá estaba en casa friendo buñuelos y tortitas. Pero era Jodie, que removía las gachas en la estufa de madera. Sonrió para ocultar la decepción, y él le dio una palmada en la coronilla, y la calló cariñosamente con un gesto: si no despertaban a papá, podrían comer solos. Jodie no sabía hacer bizcochos, y no había beicon, así que hizo gachas y huevos revueltos con tocino y se sentaron juntos, e intercambiaron en silencio miradas y sonrisas.

Lavaron rápidamente los platos y cruzaron corriendo la puerta camino de la marisma, con él en cabeza. Entonces, papá gritó y cojeó hacia ellos. Era increíblemente flaco y su cuerpo parecía a punto de desplomarse por la escasa gravedad. Tenía los molares amarillos como los dientes de un perro viejo.

Kya miró a Jodie.

—Podemos huir y escondernos donde el musgo.

—No pasa nada. Estaré bien —dijo él.

* * *

Más tarde, casi al anochecer, Jodie encontró a Kya en la playa mirando el mar. Cuando se paró a su lado, ella no lo miró y mantuvo la mirada fija en las enturbiadas olas. Aun así, por la forma en que habló, supo que papá le había pegado en la cara.

—Tengo que irme, Kya. No puedo seguir viviendo aquí.

Ella estuvo a punto de volverse para mirarlo, pero no lo hizo. Quería suplicarle que no la dejara sola con papá, pero se le atascaron las palabras.

—Lo entenderás cuando seas mayor —añadió.

Kya quiso gritar que podía ser joven, pero no idiota. Sabía que el motivo por el que se iban todos era papá, y se preguntaba por qué nadie se la llevaba. También había pensado en irse, pero no tenía adónde ir ni dinero para el autobús.

—Ten cuidado, Kya, ¿me oyes? Si alguien viene a por ti, no huyas a la casa. Podrían cogerte allí. Corre a la marisma, escóndete en los arbustos. Borra siempre tus huellas; ya te he enseñado cómo hacerlo. Y también debes esconderte de papá.

Como ella seguía sin hablar, le dijo adiós y cruzó la playa a zancadas hasta el bosque. Justo antes de desaparecer entre los árboles, ella se volvió y miró cómo se alejaba.

—Este cerdito se quedó en casa —dijo a las olas.

Rompió su inmovilidad y corrió a la cabaña. Gritó su nombre al entrar, pero las cosas de Jodie ya no estaban y su cama no tenía sábanas.

Se tiró en el colchón y contempló cómo se deslizaba por la pared lo que quedaba del día. Como suele suceder, la luz persistía después de ponerse el sol; algo de ella se remansó en la habitación y, por un breve instante, las abultadas camas y los montones de ropa vieja tuvieron más forma y color que los árboles de fuera.

La sorprendió algo tan mundano como un hambre feroz. Fue a la cocina y se paró en la puerta. Esa habitación se había calentado toda la vida con el pan mientras se horneaba, el hervir de garrafones o el burbujeante guiso de pescado. Ahora estaba rancia, silenciosa y oscura.

—¿Quién va a cocinar? —preguntó en voz alta.

«¿Quién va a bailar?», podría haber preguntado también.

Encendió una vela y azuzó las cenizas calientes del horno de madera, al que añadió leña. Usó los fuelles hasta prender una llama y puso más madera. El frigorífico hacía las veces de alacena porque la electricidad no llegaba a la cabaña. Para que no se formara moho, mantenían la puerta abierta con un matamoscas. Aun así, en todos los resquicios crecían venas de rocío negro y verdoso.

—Ahogaré los gorgojos en el tocino y lo calentaré —dijo mientras sacaba las sobras.

Así lo hizo, y comió directamente del cazo mientras miraba por la ventana por si llegaba papá. Pero no apareció.

Cuando la luz del cuarto de luna tocó la cabaña, se tumbó en su colchón del porche —un colchón abultado con sábanas de verdad, con estampado de rositas azules que mamá había comprado en un baratillo— para pasar la noche sola por primera vez en la vida.

Al principio se sentaba, de cuando en cuando, a mirar por la mosquitera. Por si oía pisadas en el bosque. Conocía la forma de todos los árboles, pero algunos parecían agitarse aquí y allí, moviéndose con la luna. Durante un rato estuvo tan tensa que no podía ni tragar, pero, entonces, la noche se llenó del canto familiar de las ranas arborícolas y las cigarras periódicas. Más consoladores que tres ratones ciegos con un cuchillo de carnicero. La oscuridad tenía un olor dulzón, el aliento terroso de ranas y salamandras que habían conseguido llegar al final de otro día de apestoso calor. La marisma se acurrucaba en ella misma con la neblina, y se durmió.

* * *

Papá no volvió a casa en tres días y Kya hirvió grelos del huerto de mamá para desayunar, almorzar y cenar. Fue al gallinero a coger huevos, pero lo encontró vacío. No había ni gallinas ni huevos.

—¡Cagadas! ¡Sois todas unas cagadas!

Había tenido intención de ocuparse de ellas desde que mamá se había ido, pero no lo había hecho. Y ahora se habían escapado y dispersado, y se las oía cloquear a lo lejos, entre los árboles. Tendría que echar grano para atraerlas.

Papá apareció con una botella la tarde del cuarto día y se tumbó en su cama.

La mañana siguiente entró en la cocina y bramó:

—¿Dónde se han metido todos?

—No lo sé —dijo sin mirarlo.

—Sabes menos que un chucho callejero. Y eres tan inútil como las tetas en un verraco.

Kya salió en silencio por el porche; cuando estaba en la playa buscando mejillones olió a humo y alzó la mirada para ver una columna de humo en la dirección de la cabaña. Corrió todo lo deprisa que pudo, salió de entre los árboles y vio una hoguera encendida en el patio. Papá tiraba a las llamas los cuadros, los vestidos y los libros de mamá.

—¡No! —gritó Kya.

Él ni la miró, y arrojó al fuego la vieja radio de pilas. La cara y los brazos de Kya ardían cuando se lanzó a recoger los cuadros, pero el calor la echó atrás.

Corrió a la cabaña para impedir que papá cogiera más cosas y lo retó con la mirada. Papá alzó la mano y ella no se movió. De pronto, se volvió y cojeó hasta su barca.

Kya se desplomó en los escalones y miró cómo las acuarelas de mamá se volvían cenizas. Se quedó allí sentada hasta que se puso el sol, hasta que todos los botones brillaron como rescoldos y los recuerdos del jitterbug con mamá se fundieron en las llamas.

En los días siguientes, Kya aprendió de los errores de los demás, y quizá incluso más de los piscardos, cómo vivir con él. No te pongas en medio, no dejes que te vea, huye de las manchas de sol a las sombras. Despertaba y salía de la casa antes de que él se levantara, vivía en el bosque y en el agua y volvía a la casa sin hacer ruido para dormir en su colchón del porche, lo más cerca posible de la marisma.

* * *

Papá había luchado contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial; la metralla le había alcanzado el fémur izquierdo y le había quitado su último motivo de orgullo. Los cheques semanales por discapacidad eran su única fuente de ingresos. Una semana después de que Jodie se fuera, el frigorífico estaba vacío y apenas quedaba algún nabo. Cuando Kya entró en la cocina ese lunes por la mañana, papá señaló un dólar arrugado y unas monedas en la mesa de la cocina.

—Con esto comprarás comida para la semana. Las limosnas no existen —dijo—. Todo cuesta algo, y con ese dinero podrás mantener la casa, recoger leña para el horno y hacer la colada.

Por primera vez en su vida, Kya fue sola al pueblo de Barkley Cove a hacer la compra. Este cerdito se fue al mercado. Caminó trabajosamente por arenas profundas y barro negro a lo largo de seis kilómetros hasta que la bahía relució ante ella con la aldea en su costa.

Los Everglades rodeaban el pueblo y mezclaban su neblina salada con la del océano, en marea alta al final de la calle Mayor. Las marismas y el mar aislaban el pueblo del resto del mundo, y su única conexión era la carretera de un solo carril que renqueaba hacia el pueblo con el hormigón cuarteado y lleno de baches.

Tenía dos calles. La Principal recorría la costa con una hilera de tiendas, con el colmado Piggly Wiggly en un extremo y la tienda de repuestos Western Auto en el otro, y un restaurante en el centro. En la mezcolanza había un Kress Five and Dime, un Penney (solo venta por catálogo), la panadería Parker y una zapatería Buster Brown. Al lado del Piggly estaba la cervecería Dog-Gone Beer Hall, que ofrecía perritos calientes, chili picante y gambas fritas servidas en barquitos de papel. En ella no entraban mujeres ni niños por considerarse inapropiado, pero habían puesto una ventanilla en la pared para que pudieran pedir perritos calientes y cola Nehi desde la calle. La gente de color no podía comprar en el establecimiento, ni en el interior ni por la ventanilla.

La otra calle, la Mayor, iba desde la vieja carretera hasta el océano y se acababa al cruzarse con la Principal. Así que el único cruce del pueblo estaba entre la Principal, la Mayor y el océano Atlántico. Las tiendas y negocios no estaban pegados unos a otros como en la mayoría de los pueblos, sino separados por pequeños solares con maleza de palmitos y avena del mar, como si la marisma se hubiera extendido hasta allí de la noche a la mañana. A lo largo de más de doscientos años, el cortante viento salado había castigado los edificios cubiertos de cedro hasta volverlos del color del óxido, y los marcos de las ventanas, la mayoría pintados de azul o blanco, se habían descascarillado y cuarteado. En su mayoría, el pueblo parecía cansado de pelearse con los elementos y se había resignado a desplomarse.

El muelle, envuelto en cuerdas deshilachadas y con pelícanos viejos, sobresalía en la pequeña bahía, cuyas aguas, cuando estaban calmas, reflejaban el rojo y el amarillo de los barcos camaroneros. Caminos polvorientos, con pequeñas casas de cedro a ambos lados, daban vueltas entre los árboles, rodeaban lagunas y bordeaban el océano a ambos lados de las tiendas. Barkley Cove era prácticamente un pueblo olvidado, con partes dispersas aquí y allá entre estuarios y juncos, como el nido de una garza azotado por el viento.

Descalza y vestida con un mono con peto que le venía pequeño, Kya se paró donde la marisma daba a la carretera. Se mordió el labio; deseaba volver corriendo a casa. Ni se imaginaba lo que le diría a la gente, cómo se las arreglaría para saber pagar lo que comprase. Pero el hambre es acuciante; entró en la Principal y se dirigió, agachando la cabeza, hacia el Piggly Wiggly por una acera desmoronada que aparecía de vez en cuando entre matojos de hierbas. A medida que se acercaba al Five and Dime, oía un ruido detrás y saltó a un lado justo cuando tres chicos, unos años mayores que ella, pasaron en bicicleta. El que iba en cabeza miró hacia atrás y se rio porque casi la atropella, y estuvo a punto de chocar con una mujer que salía de la tienda.

—¡Chase Andrews, ven aquí ahora mismo! Los tres.

Pedalearon unos cuantos metros más, luego se lo pensaron mejor y volvieron al lado de la mujer, la señorita Pansy Price, vendedora de telas y lociones. Su familia había sido dueña de la mayor granja en los aledaños de la marisma y, aunque hacía mucho tiempo que se había visto obligada a vender, mantenía su papel de refinada terrateniente, cosa que no resultaba fácil viviendo en un pequeño apartamento sobre el restaurante. La señorita Pansy solía llevar sombreros con turbante de seda, y esa mañana su tocado era rosa, lo que hacía resaltar el rojo de los labios y las manchas de colorete.

—Estoy por contarle esto a vuestras madres —regañó a los chicos—. O, mejor aún, a vuestros padres. Ir a toda velocidad por la acera, a punto de atropellarme. ¿Qué tienes que decir a eso, Chase?

Su bicicleta era la más elegante, con el sillín rojo y el manillar cromado y levantado.

—Lo sentimos, señorita Pansy, no la vimos porque esa niña se puso en medio.

Chase, bronceado y con el pelo negro, señaló a Kya, que había retrocedido y estaba medio metida en un arrayán.

—Olvídate de ella. No puedes ir por ahí echando a los demás la culpa de tus pecados, aunque sean basura del pantano. Tendréis que hacer una buena obra para compensar esto. Por ahí va la señorita Arial con su compra; ayudadla a meterla en la camioneta. Y meteos dentro la camisa.

—Sí, señora —dijeron los chicos mientras pedaleaban hacia la señorita Arial, que les había dado clase a todos en segundo.

Kya sabía que los padres del chico de pelo negro eran los dueños de la tienda de la Western Auto, y por eso tenía la bici más molona. Lo había visto descargando grandes cajas de cartón del camión y llevándolas dentro, pero nunca le había dirigido la palabra ni a él ni a los demás.

Esperó unos minutos y volvió a agachar la cabeza para ir a la tienda. Una vez dentro del Piggly Wiggly, estudió la selección de grano y eligió una bolsa de medio kilo porque arriba había una etiqueta roja: «Oferta de la semana». Como le había enseñado mamá. Se demoró en el pasillo hasta que ya no hubo clientes ante la caja registradora y se acercó a la cajera, la señorita Singletary, que preguntó:

—¿Dónde está tu mamá?

La señorita Singletary tenía el pelo corto, rizado y de color púrpura como un lirio a la luz del sol.

—Con sus labores, señora.

—Pero tienes dinero para el grano, ¿verdad?

—Sí, señora.

Al no saber contar la cantidad exacta dejó el billete de dólar.

La señorita Singletary se preguntó si la niña sabría distinguir las monedas, así que contó despacio mientras ponía el cambio en la mano abierta de Kya.

—Veinticinco, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, ochenta y cinco y tres peniques. Porque el grano cuesta doce centavos.

A Kya se le revolvió el estómago. ¿Se suponía que ella también debía contarlo? Miró el enigma de monedas que tenía en la mano.

La señorita Singletary pareció ablandarse.

—Bueno, venga. Vete ya.

Kya salió de la tienda y caminó todo lo deprisa que pudo hacia el sendero de la marisma. Mamá le había dicho muchas veces: «No corras nunca en el pueblo o la gente pensará que has robado algo». Pero, en cuanto llegó al sendero de arena, echó a correr unos buenos setecientos metros. Y luego caminó el resto deprisa.

Una vez en casa, creyendo que sabía preparar las gachas, echó el grano en el agua hirviendo como había hecho mamá, pero se pegaron y formaron una gran bola que se quemó por fuera y quedó cruda por el centro. Tan correosa que solo pudo darle un par de bocados, así que volvió al huerto y encontró unos pocos grelos entre las varas doradas. Los coció y se los comió, y se bebió el caldo con el cazo.

En pocos días le pilló el tranquillo a preparar las gachas, aunque, por mucho que removiera, seguían formándosele grumos. La semana siguiente compró costillas —marcadas con una etiqueta roja— y las coció con gachas y grelos en un guiso que sabía bien.

Kya había hecho la colada con mamá muchas veces, así que sabía frotar la ropa con jabón de lejía en la tabla de lavar bajo la espita del patio. Los monos de papá pesaban tanto cuando estaban mojados que no podía escurrirlos con sus manitas, y no podía llegar a la cuerda para tenderlos, así que los tendía sobre las hojas de los palmitos de la linde del bosque.

Papá y ella bailaban así, viviendo separados en la misma cabaña, a veces sin verse durante el día. Sin hablarse casi nunca. Limpiaba lo que manchaba tanto ella como él, como una mujercita muy seria. Aún no sabía cocinar lo bastante para hacerle la comida y, de todos modos, no estaba nunca, pero hacía la comida, recogía lo que tiraba, barría y lavaba los platos la mayoría de las veces. No porque se lo hubieran mandado, sino porque era la única manera de mantener la cabaña decente para cuando volviera mamá.

* * *

Mamá siempre decía que la luna de otoño salía el cumpleaños de Kya. Así que, pese a no recordar su fecha de nacimiento, una noche de luna llena y dorada sobre la laguna Kya se dijo: «Creo que tengo siete años». Papá no lo mencionó y, desde luego, no hubo tarta. Tampoco dijo nada sobre ir a la escuela y ella, puesto que no sabía gran cosa del asunto, tenía miedo a sacar el tema.

Seguro que mamá volvería para su cumpleaños, así que la mañana siguiente a la última luna llena del verano se puso el vestido de percal y miró al camino. Deseaba ver a mamá caminando hacia la cabaña, con su falda larga y sus zapatos de cocodrilo. Como no apareció nadie, cogió el cazo con granos y atravesó el bosque hasta la costa. Se llevó las manos a la boca, echó la cabeza atrás y gritó: «Kii-ou, kii-ou, kii-ou». En el cielo aparecieron motas plateadas que bajaron a la playa desde las olas.

—Ya vienen. Hay tantas que no sé contar tan alto —dijo.

Las aves gritaban y chillaban mientras volaban en círculo y luego descendían, se detenían cerca de su cara y se posaban al lado de los granos que ella tiraba. Por fin se callaron y se pusieron a acicalarse y ella se sentó en la arena, con las piernas dobladas a un lado. Una gaviota grande se posó en la arena cerca de Kya.

—Es mi cumpleaños —le dijo al pájaro.

Capítulo 3
Chase

1969

Las patas podridas de la abandonada torre de vigilancia contra incendios se hundían a horcajadas en el cenagal, que creaba sus propios tentáculos de niebla. Descontando el graznido de los cuervos, el silencioso bosque parecía contener un ánimo expectante cuando los dos muchachos, Benji Mason y Steve Long, los dos de diez años, los dos rubios, subieron por la húmeda escalera la mañana del 30 de octubre de 1969.

—Se supone que en otoño no hace tanto calor —dijo Steve a Benji.

—Sí, y todo está silencioso, menos los cuervos.

—Uaaa. ¿Qué es eso? —preguntó Steve mientras miraba entre los escalones.

—¿Dónde?

—Allí. Tela azul, como si hubiera alguien tumbado en el barro.

—¡Eh, tú! ¿Qué haces ahí? —gritó Benji.

—Le veo la cara, pero no se mueve.

Bajaron al suelo moviendo los brazos y forcejearon por llegar al otro lado de la base de la torre, con el barro verdoso pegado a sus botas. Era un hombre tirado de espaldas con la pierna derecha grotescamente torcida hacia delante desde la rodilla. Tenía los ojos y la boca muy abiertos.

—¡Santo cielo! —dijo Benji.

—Dios mío, es Chase Andrews.

—Será mejor ir a buscar al sheriff.

—Pero se supone que no deberíamos estar aquí.

—Eso ahora no importa. Los cuervos bajarán en cualquier momento.

Alzaron la cabeza hacia los graznidos y Steve dijo:

—Puede que uno de los dos deba quedarse, para mantener alejados a los pájaros.

—Tú estás loco si crees que voy a quedarme aquí solo. Y te apuesto cinco centavos a que tú tampoco.

Con esto, cogieron las bicis, pedalearon con fuerza por el sendero de almibarada arena de vuelta a la calle principal, atravesaron todo el pueblo y entraron en el bajo edificio donde el sheriff Ed Jackson estaba sentado ante su mesa en la oficina iluminada con bombillas que colgaban de simples cables. Era ancho, de estatura mediana, con el pelo rojizo y el rostro y los brazos salpicados de pálidas pecas y hojeaba una revista de Sports Afield.

Los muchachos atravesaron la puerta abierta sin detenerse a llamar.

—Sheriff…

—Hola, Steve, Benji, ¿venís de un incendio?

—Hemos visto a Chase Andrews tirado en el pantano bajo la torre de vigilancia. Parecía muerto. No se movía un pelo.

Desde que Barkley Cove se había fundado, en 1751, ningún hombre de la ley había ampliado su jurisdicción más allá de los juncos. En las décadas de 1940 y 1950, algunos sheriffs habían utilizado sabuesos para buscar a convictos huidos a la marisma, y la comisaría seguía teniendo perros por si acaso. Pero Jackson solía ignorar cualquier crimen cometido en el pantano. ¿Por qué interrumpir a ratas que matan ratas?

Pero se trataba de Chase. El sheriff se levantó y cogió el sombrero del perchero.

—Llevadme.

Ramas de roble y acebo silvestre crujieron contra la camioneta de la policía cuando el sheriff bajó por el sendero de arena con el doctor Vern Murphy, delgado y en forma, con el pelo gris, el único médico del pueblo, sentado a su lado. Los hombres se bamboleaban con el ritmo de los profundos baches, la cabeza de Vern casi chocaba con el parabrisas. Viejos amigos de casi la misma edad, pescaban juntos y se ocupaban de los mismos casos. Los dos guardaban silencio ante la perspectiva de confirmar de quién era el cuerpo tumbado en el cenagal.

Steve y Benji iban sentados en la parte trasera con las bicis hasta que la camioneta se detuvo.

—Está por allí, señor Jackson. Detrás de los arbustos.

Ed bajó de la camioneta.

—Vosotros esperad aquí, chicos.

El doctor Murphy y él vadearon el barro hasta donde estaba Chase. Los cuervos habían huido con la llegada de la camioneta, pero en las alturas zumbaban otros pájaros e insectos. La insolente vida seguía adelante.

—Sí que es Chase. Sam y Patti Love no sobrevivirán a esto.

Los Andrews habían encargado cada enchufe, cuadrado cada cuenta, etiquetado cada precio de la Western Auto pensando en Chase, su único hijo.

Vern se acuclilló junto al cuerpo y buscó un latido con el estetoscopio, y lo declaró muerto.

—¿Cuánto tiempo crees? —preguntó Ed.

—Yo diría que al menos diez horas. El forense lo sabrá con seguridad.

—Debió de subir anoche y cayó desde lo alto.

Vern examinó a Chase sin moverse y se incorporó junto a Ed. Los dos hombres observaron los ojos de Chase, que todavía miraban al cielo desde su cara hinchada, y luego observaron la boca abierta.

—Cuántas veces habré dicho a la gente de este pueblo que acabaría pasando algo así —comentó el sheriff.

Conocían a Chase desde que nació. Habían visto cómo había pasado de ser un niño encantador a un guapo adolescente, de quarterback, estrella e ídolo del pueblo a trabajar con sus padres y, finalmente, a un hombre apuesto casado con la más guapa. Y ahora estaba allí tirado, solo, menos digno que el cieno. Como siempre, la grosera mano de la muerte era la estrella de la función.

Ed rompió el silencio.

—Lo que pasa es que no entiendo por qué los demás no pidieron ayuda. Siempre vienen aquí en grupo o en parejas a meterse mano. —El sheriff y el doctor intercambiaron un asentimiento breve, sabiendo que, pese a estar casado, Chase podría haber traído a otra mujer a la torre—. Vamos a retirarnos de aquí. Echemos un buen vistazo a los alrededores —dijo mientras alzaba el pie más de lo necesario—. Vosotros, chicos, no os mováis de ahí; no vayáis a dejar más huellas.

Señaló unas huellas que iban de la escalera al cenagal hasta tres metros de Chase.

—¿Esas huellas son vuestras de esta mañana? —preguntó.

—Sí, señor, no pasamos de ahí —dijo Benji—. En cuanto vimos que era Chase, dimos marcha atrás. Puede ver dónde retrocedimos.

—Vale. —Ed volvió—. Vern, hay algo que no me cuadra. No hay huellas junto al cuerpo. De haber estado con un amigo o con alguien, cuando cayó habrían bajado y pisoteado todo esto, se habrían arrodillado junto a él, para ver si seguía vivo. Mira qué profundas son las huellas en este barro, pero no hay más huellas. Ninguna que proceda de las escaleras o que vaya a ellas, ni alrededor del cuerpo.

—Entonces puede que estuviera solo. Eso lo explicaría todo.

—Bueno, voy a decirte algo que no lo explica. ¿Dónde están sus huellas? ¿Cómo pudo Chase Andrews bajar por el sendero, cruzar este barrizal hasta las escaleras para subir a lo alto y no dejar ninguna huella?

Capítulo 4
La escuela

1952

Días después de su cumpleaños, Kya estaba sola, con los pies descalzos en el barro, agachada para ver cómo le salían las patas a un renacuajo. Se incorporó bruscamente. Un coche revolvía la profunda arena al final del camino de casa. Nadie acudía en coche hasta allí. Luego, de entre los árboles, llegó el murmullo de gente hablando, se trataba de un hombre y una mujer. Kya corrió a los arbustos, desde esa posición podría ver quiénes eran y huir de ellos. Tal como le había enseñado Jodie.

Del coche bajó una mujer alta que se movía insegura sobre altos tacones, como había hecho mamá por el camino de arena. Debían de ser los del orfanato, que iban a por ella.

«Seguro que puedo correr más que ella. Con esos tacones se caerá de morros». Kya esperó y vio a la mujer acercarse a la mosquitera del porche.

—Yuuju, ¿hay alguien en casa? Soy la inspectora escolar. He venido a llevar a Catherine Clark a la escuela.

Mira por dónde. Kya se quedó muda. Estaba segura de que debería haber ido al colegio a los seis años. Y ahí estaban, con un año de retraso.

No tenía ni idea de cómo hablar con otros niños, y menos con una profesora, pero quería aprender a leer y saber lo que venía después del veintinueve.

—Catherine, querida, si me oyes, sal, por favor. Es la ley, cariño; tienes que ir a la escuela. Además, seguro que te gusta, querida. Todos los días dan de comer gratis. Creo que hoy toca pastel de pollo con hojaldre.

Eso era otra cosa. Kya tenía mucha hambre. Para desayunar había cocido granos, a los que había echado galletas saladas porque no tenía sal. Si sabía alguna cosa de la vida era que no podías comer granos sin sal. En toda su vida, había comido pastel de pollo un par de veces, pero recordaba esa costra dorada, crujiente por fuera, blando por dentro. Sentía el sabor de la salsa, como si fuera sólida. Fue su estómago, que actuó por su cuenta, lo que hizo que Kya se levantara entre las hojas de los palmitos.

—Hola, querida, soy la señorita Culpepper. Ya eres mayor y estás lista para ir a la escuela, ¿verdad?

—Sí, señora —dijo Kya con la cabeza gacha.

—No pasa nada, puedes ir descalza, como hacen otros, pero debes llevar falda; eres una niña. ¿Tienes un vestido o una falda, cariño?

—Sí, señora.

—Muy bien, pues vamos a vestirte.

La señorita Culpepper siguió a Kya por la puerta del porche y pasó la pierna por encima de una hilera de nidos de pájaros que Kya había colocado a lo largo de los maderos del suelo. En el dormitorio, Kya se puso el único vestido que le venía bien, un suéter a cuadros con una manga sujeta con un imperdible.

—Bien, querida, te queda muy bien.

La señorita Culpepper alargó la mano. Kya se la quedó mirando. Hacía semanas que no tocaba a otra persona, y nunca había tocado a un desconocido. Pero puso su manita en la de la señorita Culpepper y ella la guio por el camino hasta el Ford Crestliner que conducía un hombre callado con un fedora gris. Kya se sentó en el asiento trasero sin sonreír y sin sentirse un polluelo refugiado bajo el ala de su madre.

Barkley Cove tenía una escuela para blancos. Los alumnos de los cursos primero a duodécimo iban a un edificio de ladrillo de dos pisos frente a la oficina del sheriff. Los niños negros tenían su propia escuela, un bloque de cemento de un piso junto al barrio de color.

La llevaron a las oficinas de la escuela, encontraron su nombre, pero no la fecha de nacimiento en los registros del condado, y la pusieron en segundo, aunque no había ido al colegio un solo día de su vida. De todos modos, el primer curso estaba lleno, dijeron, y qué más le da a la gente de la marisma, que quizá va unos meses a la escuela y luego no se la vuelve a ver. El sudor asomó a su frente cuando el director la condujo por un ancho pasillo con el eco de sus pasos. Abrió la puerta de un aula y le dio un empujoncito.

Camisas a cuadros, faldas largas, zapatos, muchos zapatos, algunos pies descalzos, y ojos, todos la miraban. Nunca había visto tanta gente. Puede que hubiera una docena. La maestra, la misma señorita Arial a la que habían ayudado aquellos niños, condujo a Kya hasta un pupitre cerca del fondo. Podía poner sus cosas en el casillero, le dijeron, pero no tenía cosas.

La maestra volvió al frente de la clase y dijo:

—Catherine, levántate, por favor, y di a la clase tu nombre completo.

Se le revolvió el estómago.

—Vamos, querida, no seas tímida.

Kya se levantó.

—Señorita Catherine Danielle Clark —contestó, porque mamá le había dicho una vez que ese era su nombre completo.

—¿Puedes deletrear perro para nosotros?

Kya guardó silencio y miró al suelo. Mamá y Jodie le habían enseñado algunas letras, pero nunca había deletreado una palabra en voz alta para nadie.

Los nervios se agitaron en su estómago. Aun así, lo intentó.

—P-e-d-d-o.

La risa recorrió de un lado a otro los pupitres.

—¡Chsss! ¡Silencio todos! —exclamó la señorita Arial—. No nos reímos, me oís, no nos reímos de los demás. Ya deberíais saberlo.

Kya se sentó de golpe en su asiento del fondo de la clase, e intentó desaparecer como un escarabajo se esconde en el agujereado tronco de un roble. Pero, por muy nerviosa que estuviera, con la maestra dando la clase, se inclinó hacia delante, pues quería aprender lo que venía después de veintinueve. De momento, de lo único que hablaba la señorita Arial era de una cosa llamada fonética, y los estudiantes, con la boca formando una O, repetían los sonidos de aa, o y u que ella hacía, y todos gemían como palomas.

A eso de las once, el olor a mantequilla caliente del pan y el hojaldre horneándose llenó los pasillos y entró en el aula. El estómago de Kya sintió un pinchazo y se tensó y, cuando la clase formó una fila y desfiló hacia la cafetería, tenía la boca llena de saliva. Imitó a los demás y cogió una bandeja, un plato de plástico verde y cubiertos planos. Había un gran ventanal con mostrador que daba a la cocina y, ante ella, una enorme bandeja esmaltada de pastel de pollo, entrecruzada de un grueso y crujiente hojaldre, y burbujeante salsa caliente. Una mujer negra y alta, que sonreía y llamaba a algunos niños por su nombre, depositó una gran ración de pastel en su plato, seguida de otra de alubias con mantequilla y un panecillo. Y le dio pudin de plátano y un cartón rojo y blanco de leche para que lo pusiera en la bandeja.

Se dirigió hacia la zona del comedor, donde la mayoría de las mesas estaban ocupadas por niños que hablaban y reían. Reconoció a Chase Andrews y a sus amigos, que casi la habían echado de la acera con sus bicis; apartó la mirada y se sentó en una mesa vacía. Sus ojos la traicionaron en varias ocasiones por mirar a los chicos, las únicas caras que conocía. Pero ellos la ignoraron, igual que los demás.

Kya miró el pastel lleno de pollo, zanahorias, patatas y guisantes. Con el dorado hojaldre marrón encima. Se le acercaron varias chicas, vestidas con faldas largas abultadas con varias capas de miriñaques. Una era alta, delgada y rubia, otra redonda con mofletes. Kya se preguntó cómo podrían trepar a un árbol o subirse a una barca con esas faldas tan grandes. Desde luego, no podrían vadear un río para coger ranas; no podrían ni verse los pies.

Kya miró el plato a medida que se acercaban. ¿Qué les diría si se sentaban con ella? Pero las chicas pasaron de largo mientras gorjeaban como pájaros y se unieron a sus amigas en otra mesa. Descubrió que, pese al hambre que le atenazaba el estómago, tenía la boca seca y le costaba tragar. Así que, tras tomar unos bocados, se bebió toda la leche, llenó el cartón con todo el pollo que pudo, procurando no ser vista, y lo envolvió en la servilleta con el panecillo.

No abrió la boca en todo lo que quedaba de día. Y estuvo callada hasta cuando la maestra le hizo una pregunta. Pensó que se suponía que ella debía aprender de ellos, no ellos de ella. «¿Por qué voy a arriesgarme a que se rían de mí?», pensó.

Al sonar el último timbre, le dijeron que el autobús la dejaría a cinco kilómetros de su casa; el camino era demasiado arenoso, y todas las mañanas tendría que ir andando hasta el autobús. En el regreso, mientras el autobús oscilaba por los profundos baches y pasaba ante tramos de espartizales, de la parte delantera brotó una cancioncilla: «¡Señorita Catherine Danielle Clark! —gritaron la Altaflacarrubia y la Gorditamofletuda, las chicas del almuerzo—, ¿en qué parte de la marisma vives? ¿Dónde tienes el sombrero, rata de pantano?».

El autobús acabó parándose en un cruce sin señales de retorcidos senderos que se perdían en el bosque. El conductor abrió la puerta y Kya bajó disparada y corrió casi medio kilómetro, jadeó buscando aire y anduvo deprisa hasta llegar a su camino. No se paró en la cabaña, sino que corrió y atravesó los palmitos hasta llegar a la laguna y bajar por la vereda que atravesaba los densos y protectores robles, hasta el océano. Salió a la playa desierta y, cuando se detuvo en la línea de la marea, el mar le abría los brazos y el viento le tiraba del pelo y le deshacía las trenzas. Estaba a punto de llorar; lo había estado todo el día.

Kya llamó a los pájaros haciéndose oír por encima del rugir de las olas. El canto del océano era de voz de bajo, las gaviotas, de soprano. Volaron en círculo sobre las marismas y la arena, chillaron y graznaron mientras ella tiraba a la playa la corteza del pastel y los panecillos. Se posaron con las patas extendidas y movieron la cabeza.

Algunas aves le picotearon suavemente entre los dedos de los pies, y ella se rio por las cosquillas, hasta que las lágrimas surcaron sus mejillas y, por fin, grandes y roncos sollozos brotaron de ese lugar congestionado bajo su garganta. Cuando vació el cartón, tuvo tanto miedo de que, como los demás, las gaviotas la abandonaran que pensó que no podría soportar el dolor. Pero se quedaron en la playa, a su alrededor, concentradas en acicalarse las extendidas alas grises. Así que se sentó y deseó poder llevárselas a dormir con ella al porche. Se las imaginaba amontonadas en su colchón, como un esponjoso montón de cuerpos cálidos y emplumados, todos juntos bajo las sábanas.

Dos días después, oyó al Ford Crestliner batir la arena y fue corriendo a la marisma, pisó con fuerza los tramos de arena, dejó huellas claras como el día y luego entró de puntillas en el agua sin dejar huellas, dio media vuelta y siguió otra dirección. Cuando encontraba barro, corría en círculo para crear un rastro confuso. Y, cuando llegaba a suelo firme, apenas lo rozaba, saltaba de una mata de hierba a otra sin dejar huella.

Fueron cada dos o tres días durante unas semanas más, el hombre del fedora se encargaba de buscarla y darle caza, sin llegar nunca ni a acercarse. Y una semana ya no fue nadie. Solo se oía el graznar de los cuervos. Dejó caer las manos a los costados y miró el camino desierto.

Kya no volvió a la escuela ninguna vez en su vida. Cuando suponía que podía aprender algo, observaba a las garzas y recogía conchas. «Ya sé arrullar como una paloma —se decía—. Y mucho mejor que ellas, con sus bonitos zapatos».

* * *

Una mañana, semanas después del día que fue a la escuela, el sol brillaba con fuerza cuando Kya se subió al fuerte en el árbol de sus hermanos para buscar barcos veleros que enarbolaran la bandera del cráneo y las tibias. Demostrando que la imaginación crece hasta en los terrenos más solitarios, gritó: «¡Ho! ¡Piratas ho!». Enarboló su espada y saltó del árbol para lanzarse al ataque. Una punzada de dolor le atravesó de repente el pie derecho y ascendió como fuego por la pierna. Las rodillas cedieron, cayó de costado y chilló. Vio un clavo largo y oxidado clavado en la planta del pie.

—¡Papá! —gritó. Intentaba recordar si había vuelto a casa la noche anterior—. Ayúdame, papá —gritó, pero no obtuvo respuesta.

Alargó la mano con un gesto rápido y se arrancó el clavo mientras gritaba para cubrir el dolor.

Hundió y movió los brazos por la arena de forma inconsciente, gimoteando. Finalmente, se sentó y examinó la planta del pie. Apenas había sangre, solo la pequeña abertura de una herida pequeña y profunda. Entonces se acordó del tétanos. Se le hizo un nudo en el estómago y sintió frío. Jodie le había contado que un niño había pisado un clavo oxidado sin estar vacunado. Las mandíbulas se le habían agarrotado tanto que no podía abrir la boca. Luego, la columna vertebral se le contrajo hacia atrás como un arco y nadie pudo hacer nada, salvo ver cómo se moría por las contracciones.

Jodie había sido muy claro en un detalle: hay que vacunarse a los dos días de pisar un clavo o estabas perdido. Kya no tenía ni idea de cómo conseguir esa vacuna.

—Tengo que hacer algo. Seguro que me muero si espero a papá.

El sudor le corría profusamente por la cara mientras cojeaba por la playa hasta llegar a los robles más frescos que rodeaban la cabaña.

Mamá limpiaba las heridas con agua salada y las envolvía con barro mezclado con todo tipo de pociones. No había sal en la cocina, así que cojeó hasta el bosque en busca de un arroyo salobre, tan salado con la marea baja que sus orillas relucían por los brillantes cristales blancos. Se sentó en el suelo y empapó el pie en la salmuera de la marisma sin dejar de mover la boca: la abría, la cerraba, la abría, la cerraba, imitaba bostezos, la movía como si masticara, cualquier cosa para impedir que se le encajara. Al cabo de casi una hora, la marea había retrocedido lo suficiente para poder cavar con los dedos un agujero en el negro barro, y metió el pie con cuidado en la sedosa tierra. Allí el aire era fresco y los gritos de las águilas le dieron ánimos.

Al caer la tarde, estaba hambrienta y volvió a la cabaña. El cuarto de papá seguía vacío, y probablemente no volvería hasta dentro de varias horas. Jugar al póker y beber whisky mantiene a un hombre ocupado la mayor parte de la noche. No había granos, pero, tras rebuscar, encontró una vieja y grasienta lata de manteca Crisco, cogió un poco de grasa blanca y la extendió en una galleta salada. La mordisqueó y luego se comió cinco más.

Se acercó a su colchón del porche, atenta por si oía la barca de papá. La cercanía de la noche la arrastró y la agitó y le llegó el sueño a retazos, pero debió de dormirse profundamente cerca del alba porque despertó con el sol de lleno en la cara. Abrió enseguida la boca: aún le funcionaba. Arrastró los pies yendo y volviendo del estanque salobre a la cabaña hasta que, por el paso del sol, descubrió que habían pasado dos días. Abrió y cerró la boca. Puede que lo hubiera conseguido.

Esa noche, tras abrigarse en las sábanas del colchón del suelo, con el pie cubierto de barro envuelto en un trapo, se preguntó si se despertaría muerta. No, recordó, no sería tan fácil: se le arquearía la espalda, se le retorcerían las extremidades.

Minutos después notó un pinchazo al final de la espalda y se sentó.

—Oh, no, oh, no. Mamá, mamá. —La sensación se repitió y la hizo callar—. Solo es un picor —musitó.

Por fin, completamente agotada, se durmió, y no abrió los ojos hasta que las palomas arrullaron en los robles.

Durante una semana fue dos veces al día al estanque, vivió a base de galletas saladas y de Crisco, y papá no volvió en todo ese tiempo. Al octavo día, podía mover el pie sin sentir rigidez y el dolor había retrocedido a la superficie.

—¡Lo conseguí, lo conseguí! —gritó mientras bailaba, apoyándose en el pie izquierdo.

Al día siguiente, se dirigió a la playa a buscar más piratas.

—Lo primero que haré será ordenar a mi tripulación que recoja todos los clavos.

* * *

Se levantaba temprano, seguía buscando el estrépito que organizaba mamá al cocinar. El desayuno favorito de mamá eran huevos revueltos de sus propias gallinas, tomates maduros cortados en rodajas y buñuelos de pan de maíz que preparaba con una mezcla de pan de maíz, agua y sal, fritos en grasa tan caliente que la mezcla burbujeaba y se formaba puntilla en los bordes. Mamá decía que solo se fríe de verdad cuando oyes restallar la fritura desde la habitación de al lado, y Kya llevaba toda la vida despertándose con el ruido de los buñuelos saltando en la grasa. Oliendo el humo azul del maíz caliente. Pero ahora la cocina estaba silenciosa, fría, y Kya saltó del colchón del porche y fue a la laguna.

Pasaron los meses, el invierno se enseñoreó despacio del lugar, como hacen los inviernos en el sur. El sol, cálido como una manta, envolvía los hombros de Kya y la empujaba a adentrarse más en la marisma. A veces oía en la noche sonidos que no conocía o se sobresaltaba si un rayo caía demasiado cerca, pero la tierra la recogía cada vez que tropezaba. Hasta que, por fin, en un momento indeterminado, el dolor de su corazón desapareció como el agua al filtrarse por la arena. Seguía allí, pero en lo más profundo. Kya puso la mano en la tierra húmeda y vital, y la marisma se convirtió en su madre.

Capítulo 5
La investigación

1969

En las alturas, las cigarras chillaban contra un sol inclemente. Todas las demás formas de vida se escondían del calor y emitían un zumbido ausente desde los arbustos.

—Vern, aquí hay mucho que hacer, pero no me parece bien —dijo el sheriff Jackson mientras se secaba la frente—. Ni los padres ni la mujer de Chase saben que ha muerto.

—Yo iré a decírselo, Ed —replicó el doctor Vern Murphy.

—Te lo agradezco. Coge mi camioneta. Envía a la ambulancia para recoger a Chase y pide a Joe que venga con mi camioneta. Pero no hables de esto con nadie más. No quiero que venga todo el pueblo, y eso es lo que pasará si lo cuentas.

Vern miró un largo instante a Chase antes de irse, como si se le hubiera escapado algo. Como médico, debería poder arreglarlo. Tras ellos estaba el pesado aire del pantano, que esperaba paciente su turno.

Ed se volvió hacia los chicos.

—Vosotros os quedáis. No necesito que nadie hable de esto por el pueblo, y no toquéis nada ni dejéis más huellas en el barro.

—Sí, señor —dijo Benji—. Cree que alguien mató a Chase, ¿verdad? Porque no hay huellas. Puede que lo empujaran.

—Yo no he dicho nada de eso. Esto es trabajo policial estándar. Ahora no os pongáis en medio y no repitáis nada de lo que oigáis aquí.

El ayudante del sheriff, Joe Purdue, un hombre bajo de espesas patillas, llegó con la camioneta menos de quince minutos después.

—Me cuesta asimilarlo. Chase muerto. Fue el mejor quarterback que ha tenido este pueblo. Esto no está bien.

—En eso tienes razón. Bueno, pongámonos a trabajar.

—¿Qué tienes de momento?

Ed se apartó algo más de los chicos.

—Bueno, obviamente, así de entrada, parece un accidente: se cayó de la torre y se mató. Pero, de momento, no he encontrado sus huellas yendo a los escalones ni huellas de nadie más. A ver si podemos encontrar pruebas de que alguien las ha borrado.

Los dos hombres de la ley peinaron la zona durante diez minutos.

—Tienes razón, no hay más huellas que las de los chicos —dijo Joe.

—Sí, y ningún indicio de que alguien las borrara. No lo entiendo. Sigamos. Ya me ocuparé luego de eso.

Hicieron fotos del cuerpo, de su posición con relación a la escalera, primeros planos de las heridas de la cabeza, de la pierna retorcida. Joe tomaba notas mientras Ed dictaba. Cuando medían la distancia del cuerpo al sendero, oyeron el costado de la ambulancia arañado por los espesos arbustos que bordeaban el camino. El conductor, un viejo negro que hacía décadas que se ocupaba de los heridos, los enfermos, los moribundos y los muertos, inclinó la cabeza en señal de respeto y empezó a susurrar sugerencias.

—Veamos, tiene los brazos muy separados del cuerpo, así que no podremos hacerlo rodar hasta la camilla; habrá que levantarlo y va a pesar, sheriff, señor, sujete la cabeza del señor Chase. Muy bien. Eso, eso.

Hacia el final de la mañana ya habían conseguido subirlo a la parte trasera del coche, con todo el barro que tenía pegado.

Dado que el doctor Murphy ya habría comunicado su muerte a los padres de Chase, Ed dijo a los chicos que podían irse a casa y subió con Joe las escaleras, que llegaban hasta lo alto y se estrechaban en cada tramo. A medida que subían, más se alejaban las esquinas redondas del mundo, que se llenaban hasta el borde de espesos bosques y acuáticas marismas. Cuando llegaron al último escalón, Jackson alzó las manos y abrió de un empujón una reja de hierro. Al salir a la plataforma, volvió a cerrarla porque era parte del suelo. El centro de la plataforma era de planchas de madera separadas, grises por los años, pero su perímetro estaba formado por una serie de rejas que podían abrirse y cerrarse. Mientras estuvieran bajadas podías caminar por ellas con seguridad, pero, si alguna se dejaba abierta, podías caer al terreno situado veinte metros más abajo.

—Eh, mira eso. —Ed señaló el otro extremo de la plataforma, donde una de las rejas estaba levantada.

—¿Qué diantres…? —dijo Joe mientras caminaba hacia ella.

Al observarla, vieron abajo el contorno perfecto de la forma deformada de Chase incrustada en el barro. El cieno amarillento y los hierbajos habían saltado a los alrededores como una salpicadura de pintura.

—Esto no me cuadra —dijo Ed—. La gente se olvida a veces de cerrar la reja de las escaleras. Ya sabes, al bajar. Se ha encontrado abierta más de una vez, pero las otras casi nunca se dejan abiertas.

—¿Y por qué iba a abrir Chase esta en concreto? ¿Por qué la abriría nadie?

—A no ser que alguien planeara empujar a alguien por ella para matarlo —dijo Ed.

—¿Y por qué no la cerraron luego?

—Porque Chase no habría podido cerrarla si se hubiera caído solo. Tenía que dejarse abierta para que pareciera un accidente.

—Mira la viga que hay justo debajo del agujero. Está golpeada y astillada.

—Sí, ya lo veo. Chase debió de golpearse en la cabeza con ella al caer.

—Subiré allí para buscar sangre y muestras de pelo. Recogeré algunas astillas.

—Gracias, Joe. Y saca fotos. Iré a por una cuerda para sujetarte. No necesitamos que haya dos cuerpos en ese barro el mismo día. Y hay que sacar huellas de esta reja, de la reja de la escalera, de la barandilla. Todo lo que pueda haber tocado alguien. Y recoger pelos, hilos.

* * *

Más de dos horas después, estiraron la espalda para recuperarse de tanto estar encorvados y agachados.

—No digo que aquí pasara algo —dijo Ed—. Es demasiado pronto. Pero, aparte de esto, no se me ocurre nadie que quisiera matar a Chase.

—Pues yo diría que hay una buena lista —dijo el ayudante.

—¿Como quién? ¿A quién te refieres?

—Vamos, Ed. Ya sabes cómo era Chase. Iba a por toda falda que veía como un toro escapado del corral. Antes de casarse y después de casarse, con solteras y con casadas. He visto perros cachondos en época de celo comportarse mejor que él.

—Vamos, que no era tan malo. Vale. Tenía fama de donjuán, pero no se me ocurre nadie del pueblo que quisiera matarlo por eso.

—Yo solo digo que hay gente a la que no le caía bien. Algún marido celoso. Tuvo que ser alguien al que conocía. Alguien al que conocemos todos. No es probable que Chase subiera aquí con algún desconocido.

—A no ser que estuviera hasta las cejas de deudas con alguien de fuera. De eso sí que no sabemos nada. Y un hombre lo bastante fuerte como para empujar a Chase Andrews. Que no es poca cosa.

—A mí se me ocurren algunos que podrían haberlo hecho —dijo Joe.

Capítulo 6
Un barco y un chico

1952

Una mañana, papá, recién afeitado y vestido con una camisa arrugada y abotonada, entró en la cocina y dijo que se iba a Asheville, en el autobús de la Trailways, para discutir unos asuntos con el ejército. Creía que le debían más pensión por incapacidad e iba a reclamarla y no volvería en tres o cuatro días. Nunca le contaba a Kya sus asuntos, adónde iba o cuándo volvía, por lo que ella se lo quedó mirando, muda, vestida con el mono que le quedaba demasiado pequeño.

—Pareces sordomuda, como todos —dijo mientras la puerta del porche se cerraba tras él.

Kya lo vio alejarse cojeando por el camino, la pierna izquierda trazaba un arco hacia fuera y luego adelante. Se le agarrotaron los dedos. Puede que todos acabasen dejándola, yéndose uno a uno por ese camino. Cuando llegó a la carretera y miró hacia atrás inesperadamente, Kya alzó la mano y saludó con fuerza. Un gesto para retenerlo. Papá alzó la mano en un saludo rápido y desdeñoso. Pero al menos era algo. Más de lo que había hecho mamá.

Entonces ella se acercó a la laguna, donde las primeras luces reflejaban el brillo de cientos de alas de libélulas. Los robles y los espesos arbustos rodeaban el agua y la oscurecían como si fuera una caverna, y se detuvo al ver la barca de papá a la deriva al extremo de la cuerda. Si se la llevaba a la marisma y él lo descubría, le pegaría con el cinturón. O con la paleta que tenía junto a la puerta del porche. El «bate de bienvenida», lo llamaba Jodie.

Puede que fuera el ansia por alejarse lo que la hizo acercarse a la barca, un viejo esquife metálico de fondo plano que papá utilizaba para pescar. Había montado en él toda la vida, normalmente con Jodie. A veces le dejaba coger el timón. Incluso conocía el camino por algunos de los estuarios y canales más intrincados que discurrían por un mosaico de agua y tierra, tierra y agua, hasta desembocar finalmente en el mar. Porque, aunque el océano estaba justo al otro lado de los árboles que rodeaban la cabaña, la única forma de llegar hasta él en barca era yendo en dirección contraria, tierra adentro, navegando por los laberínticos kilómetros de canales que acababan volviendo al mar.

Pero, al tener solo siete años y ser una chica, nunca había manejado sola la barca. Y flotaba allí, amarrada a un tronco por una simple cuerda de algodón. El suelo de la barca estaba lleno de trapos grises, deshilachadas redes de pescar y latas de cerveza medio aplastadas. Se subió a ella y dijo en voz alta:

—Tengo que mirar la gasolina, como dijo Jodie, para que papá no se dé cuenta de que la he cogido. —Golpeó el oxidado depósito con una rama—. Suficiente para un viaje corto, supongo.

Miró a su alrededor, como todo buen ladrón, y soltó el cabo de algodón del tronco para avanzar con la única pala que había. La silenciosa nube de libélulas se abrió a su paso.

Incapaz de resistirse, tiró del cable del encendido y se sobresaltó cuando el motor arrancó a la primera, chisporroteando y escupiendo humo blanco. Agarró la caña del timón y aceleró demasiado, por lo que la barca giró con violencia, con el motor aullando. Soltó el acelerador, alzó las manos y la barca se movió despacio con un ronroneo.

«Cuando tengas problemas, suéltala. Vuelve a ir despacio».

Fue más despacio y se movió entre viejos cipreses caídos, más allá de los palos amontonados de la presa del castor. Luego contuvo la respiración al dirigirse hacia la entrada de la laguna, casi escondida por la espesura. Se agachó bajo las ramas bajas de árboles gigantes y se movió despacio entre la espesura a lo largo de más de cien metros, mientras las tortugas se deslizaban por los troncos que flotaban en el agua. Una alfombra flotante de lentejas acuáticas coloreaba el agua del mismo verde que el techo de hojas, y formaba así un túnel esmeralda. Finalmente, los árboles se separaron, y se deslizó a un lugar de amplio cielo y altas hierbas, donde se oía el graznido de los pájaros. Lo que ve un pollito, supuso ella, cuando sale del cascarón.

Kya siguió navegando, una niñita pequeña en una barca, se desviaba a un lado y a otro mientras el interminable estuario se bifurcaba y trenzaba ante ella. «Cuando salgas, mantente a la izquierda en todas las curvas», había dicho Jodie. Apenas tocó el acelerador, movió el barco por la corriente y procuró que no sonara mucho. Rodeó un grupo de juncos y se encontró un ciervo de cola blanca bebiendo con un cervatillo nacido la pasada primavera. Alzaron la cabeza bruscamente y salpicaron el aire con gotas de agua. Kya no se detuvo, habrían salido corriendo, una lección aprendida observando pavos silvestres: si te portas como un depredador, ellos lo harán como presas; ignóralos, sigue moviéndote despacio. Pasó por su lado y los ciervos se mantuvieron inmóviles como pinos hasta que Kya desapareció tras la hierba.

Entró en un lugar de lagunas oscuras en un estrecho de robles y recordó que al otro lado había un canal que llevaba a un enorme estuario. Se encontró varias veces con callejones sin salida y tuvo que dar marcha atrás para tomar otra desviación. Siempre reteniendo en la mente todas las desviaciones para poder volver. Por fin tuvo delante el estuario, y el agua se prolongaba tanto en la distancia que reflejaba todo el cielo y todas las nubes.

La marea estaba de retirada, cosa que sabía por las marcas del agua en las orillas de la ensenada. Cuando retrocediera lo suficiente, en cualquier momento algunos canales se secarían y ella se encontraría perdida, varada en tierra. Tendría que volver antes de que eso sucediera.

Al rodear un conjunto de hierbas altas se encontró con el océano —gris, severo y latiendo— que la miraba con el ceño fruncido. Las olas chocaban entre sí, cubiertas por su saliva blanca, y se rompían en la playa con un sonoro estallido, energía buscando dónde descargar. Entonces se alisaban en suaves lenguas de espuma, esperando la siguiente oleada.

La resaca la provocaba y la retaba a romper las olas y entrar en el mar, pero le faltaba valor sin Jodie. De todos modos, ya era hora de dar media vuelta. En el cielo occidental asomaban nubes de tormenta que formaban enormes hongos grises a punto de reventar.

No había gente, ni barcas en la lejanía, por lo que le supuso una sorpresa volver al gran estuario y encontrar allí, junto a las hierbas de la marisma, a un chico pescando en otra vieja barca. Su rumbo la haría pasar a siete metros de él. En ese momento, ella parecía un crío del pantano, con el pelo enredado y las mejillas sucias surcadas de churretones.

Ni quedarse sin gasolina ni la amenaza de tormenta le producía la misma tensión que ver a otra persona, sobre todo a un chico. Mamá había dicho a sus hermanas mayores que se cuidaran de los chicos; si tienes aspecto tentador, los hombres se vuelven depredadores. «¿Qué hago? Voy a pasar junto a él», pensó mientras apretaba los labios.

Por el rabillo del ojo vio que era delgado y que llevaba los rizos rubios recogidos bajo una gorra de béisbol. Era mucho mayor que ella, once años, quizá doce. Tenía el rostro muy serio cuando se acercó a él, pero le sonrió con sinceridad y calidez y se tocó el borde de la gorra como un caballero que saluda a una dama elegante con vestido y sombrero. Ella asintió de forma sutil y miró al frente, aceleró un poco y pasó por su lado.

Lo único en lo que podía pensar era en volver al terreno familiar, pero debió de equivocarse en alguna desviación porque, al llegar a la segunda ristra de lagunas, no encontró el canal que llevaba a casa. Dio vueltas y vueltas, buscó nudosas raíces de robles y arrayanes. El pánico la invadía. Ahora todos los tramos de hierba, los bancos de arena y los ramales le parecían iguales. Apagó el motor y se quedó parada en medio del bote, se mecía con los pies muy separados mientras intentaba ver por encima de la hierba, sin conseguirlo. Se sentó. Perdida. Con poca gasolina. Con una tormenta que se aproximaba.

Maldijo a su hermano por haberse ido y repitió lo que decía papá:

—¡Maldito seas, Jodie! Has cagado fuego y te has sentado en él.

Lanzó un gemido cuando la barca se movió en la suave corriente. Las nubes le ganaban terreno al sol, se movían pesadamente, en silencio, cubrían el cielo y arrastraban sombras por el agua clara. La galerna podría estallar en cualquier momento. Y, peor aún, si seguía fuera mucho rato, papá sabría que había cogido la barca. Avanzó un poco; tal vez podría encontrar a ese chico.

Unos minutos de navegación la llevaron a un recodo y al gran estuario de más allá y, al otro lado, al chico de la barca. Unas garcetas alzaron el vuelo, como una hilera de banderas blancas contra las crecientes nubes grises. Lo miró fijamente, temía acercarse a él, temía no hacerlo. Por fin, atravesó el estuario.

Él alzó la mirada cuando se acercó.

—Hola —dijo.

—Hola. —Miraba las hierbas más allá de su hombro.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó—. Espero que no vayas fuera. Esa tormenta viene hacia aquí.

—No —respondió ella mientras miraba el agua.

—¿Estás bien?

Se le hizo un nudo en la garganta al contener un sollozo. Asintió, pero no podía hablar.

—¿Te has perdido?

Ella volvió a asentir. No pensaba llorar como una niña.

—Muy bien. Yo me pierdo constantemente —dijo, y sonrió—. Oye, yo te conozco. Eres la hermana de Jodie Clark.

—Lo era. Se ha ido.

—Bueno, sigues siendo su… —Pero lo dejó correr.

—¿Cómo es que me conoces? —Lo miró directamente a los ojos.

—Oh, he ido a veces de pesca con Jodie. Te he visto un par de veces. Eras muy pequeña. Te llamas Kya, ¿no?

Alguien que conocía su nombre. Le sorprendió. Se sintió como atada a algo, liberada de otra cosa.

—¿Sí? ¿Conoces mi casa? ¿Sabes ir desde aquí?

—Supongo que sí. De todos modos, ya es hora. —Movió la cabeza hacia las nubes—. Sígueme.

Recogió el sedal, metió el aparejo en una caja y encendió el fueraborda. Al atravesar el estuario, le hizo una seña con la mano y ella lo siguió. Navegaban despacio y él se metió directamente en el canal de la derecha, miró atrás para asegurarse de que había tomado la curva y siguió. Lo hizo en todas las curvas hasta las lagunas de los robles. Cuando se metió en el canal oscuro que llevaba a casa, ella se dio cuenta de dónde se había equivocado y nunca volvería a cometer ese error.

La guio por su laguna, aunque ella le hizo señas de que conocía el camino, hasta la costa donde estaba la cabaña, junto a los árboles. Ella aceleró hasta el viejo pino medio hundido y amarró la barca. Él se apartó de la barca de ella y se bamboleó en sus estelas enfrentadas.

—¿Ya estás bien?

—Sí.

—Bueno, se acerca una tormenta, será mejor irse.

Kya asintió, y luego recordó lo que le había enseñado mamá.

—Gracias.

—Muy bien. Me llamo Tate, por si volvemos a vernos. —Ella no dijo nada, así que él añadió—: Bueno, adiós.

Mientras se alejaba, perezosas gotas de lluvia salpicaron la costa de la laguna.

—Va a llover sapos y culebras; ese chico va a quedar empapado.

Se detuvo ante el depósito de gasolina, metió dentro el palo y rodeó el borde con las manos para que no le entrara la lluvia. Tal vez no supiera contar monedas, pero sabía que no se podía echar agua a la gasolina. «Ha bajado mucho. Papá se dará cuenta. Tengo que ir con un bidón al Sing Oil antes de que vuelva papá».

Conocía al dueño, el señor Johnny Lane, que siempre llamaba basura del pantano a su familia, pero valdría la pena enfrentarse a él, a las tormentas y las mareas, porque solo podía pensar en volver a ese espacio de hierba y cielo y agua. Se había asustado al estar sola, pero ya estaba tarareando por la excitación. Y había otra cosa. La calma del chico. Nunca había conocido a nadie que hablara o se moviera con tanta firmeza. Con tanta seguridad y tanta facilidad. Se había relajado solo con estar cerca de él, y ni siquiera muy cerca. Respiraba sin dolor por primera vez desde que se habían ido mamá y Jodie, sentía más alejado el dolor. Necesitaba esa barca y a ese chico.

* * *

Esa misma tarde, Tate Walker cruzó andando el pueblo, llevaba la bicicleta por el manillar; saludó con la cabeza a la señorita Pansy, del Five and Dime, y pasó ante el Western Auto hasta llegar a la punta del muelle del pueblo. Estudió el mar buscando el bote camaronero de su padre, The Cherry Pie, y distinguió en la distancia su brillante pintura roja y los bordes de las redes que se mecían con la marea. Saludó con la mano cuando se acercó, escoltado por su propia nube de gaviotas, y su padre, un hombre corpulento con hombros como montañas y espeso pelo rojo y barba, alzó la mano en el aire. Scupper, como lo llamaba todo el mundo en el pueblo, le tiró un cabo a Tate, que lo ató y luego saltó a bordo para ayudar a la tripulación a descargar la pesca.

Scupper le revolvió el pelo a Tate.

—¿Cómo estás, hijo? Gracias por venir.

Tate sonrió y asintió.

—Claro.

Tanto ellos como la tripulación se pusieron a trabajar, metieron las gambas en cajas de alambre, las cargaron hasta el muelle, se gritaron unos a otros para tomarse luego unas cervezas en el Dog-Gone, y preguntaron a Tate por la escuela. Scupper, que era un palmo más alto que los demás, cogía las cajas de tres en tres, para cruzar la pasarela con ellas y volver a por más. Tenía las manos grandes, como de oso, con los nudillos descarnados y heridos. Menos de cuarenta minutos después, la cubierta estaba fregada, las redes, atadas, y los cabos, asegurados.

Le dijo a la tripulación que dejaba para otro día tomar una cerveza con ellos, que debía acabar unas cosas antes de irse a casa. Una vez en la timonera, Scupper puso un 78 r. p. m. de Miliza Korjus en el tocadiscos atado a la encimera y subió el volumen. Bajó con su hijo a la sala del motor, donde Tate le fue pasando herramientas a su padre para que este engrasara piezas y apretara tornillos a la escasa luz de una bombilla. Todo ello mientras la dulce y sonora ópera se elevaba más y más en el cielo. El tatarabuelo de Scupper, al emigrar desde Escocia, había naufragado ante la costa de Carolina del Norte en el año 1760; fue el único superviviente. Nadó hasta la costa, llegó a los Bancos Externos, encontró una esposa y engendró trece hijos. Eran muchos los que podían trazar sus raíces hasta ese primer señor Walker, pero Scupper y Tate no se relacionaban con ellos. No participaban en las celebraciones dominicales a base de ensalada de pollo y huevos picantes de sus parientes, como no lo habían hecho cuando aún estaban su madre y su hermana.

Finalmente, con el gris crepúsculo, Scupper dio una palmada a Tate en los hombros.

—Hemos acabado. Vamos a casa a cenar.

Bajaron por el muelle, recorrieron la calle principal y salieron a un sinuoso camino que llevaba a su casa, un edificio de dos pisos con viejas tejas de cedro construido en la década de 1800. El marco blanco de la ventana se había pintado hacía poco y el césped que se extendía casi hasta el mar estaba bien podado. Pero las azaleas y los rosales que había junto a la casa crecían con malas hierbas.

Mientras se quitaban las botas amarillas en el vestíbulo, Scupper preguntó:

—¿Estás harto de las hamburguesas?

—Nunca me harto de hamburguesas.

Tate se puso ante la encimera de la cocina, cogió pegotes de carne de hamburguesa para hacer medallones y los puso en una bandeja. Su madre y su hermana Carianne, las dos con gorras de béisbol, le sonreían desde una foto colgada junto a la ventana. A Carianne le encantaba esa gorra de los Atlanta Crackers, la llevaba a todas partes.

Apartó la mirada de ellas y se puso a cortar tomates en rodajas y a revolver las judías que se estaban cociendo. Estarían ahí de no ser por él. Su madre cociendo un pollo en su jugo, Carianne preparando bizcochos.

Como de costumbre, a Scupper se le quemaron un poco las hamburguesas, pero estaban jugosas por dentro y eran gruesas como una pequeña guía telefónica. Los dos estaban hambrientos y comieron en silencio.

Pasó un rato y entonces Scupper preguntó a Tate por la escuela.

—La biología está bien; me gusta. Pero estamos dando poesía en literatura. No puedo decir que me guste. Todos tenemos que leer un poema en clase. Tú solías recitarlos, pero no recuerdo ninguno.

—Tengo el poema para ti, hijo. Mi preferido: «La cremación de Sam McGee», de Robert Service. Solía leéroslo a todos. Era el preferido de tu madre. Se reía cada vez que lo leía, nunca se cansaba de él.

Tate bajó la mirada ante la mención de su madre y revolvió las judías en el plato.

—No creas que la poesía es para maricas —siguió diciendo Scupper—. Hay muchos poemas de amor muy ñoños, sí, pero también los hay graciosos, y muchos sobre la naturaleza, incluso sobre la guerra. Están para hacerte sentir algo.

Su padre le había dicho muchas veces que un hombre de verdad es aquel que llora sin vergüenza, lee poesía con el corazón, siente la ópera en el alma y hace lo que haga falta para defender a una mujer. Se acercó a la sala de estar sin dejar de hablar.

—Me lo sabía de memoria, pero ya no. Aquí está, te lo leeré.

Volvió a sentarse a la mesa y empezó a leer. Cuando llegó a esta parte:

Y allí estaba Sam, aparentando calma y seguridad,

en medio del rugido del horno,

tenía una sonrisa que podía verse a un kilómetro,

y dijo:

Por favor, cierre la puerta.

Aquí se está muy bien,

pero temo que deje entrar

el frío y la tormenta.

Es la primera vez desde que salí de Plumtree,

en Tennessee, que tengo algo de calor.

Scupper y Tate se rieron.

—Tu madre siempre se reía en esta parte.

Los dos sonrieron, recordando. Estuvieron así un rato. Entonces, Scupper comentó que él lavaría los platos mientras Tate hacía los deberes. Una vez en su cuarto, mientras repasaba el libro de poesía para buscar qué poema leer en clase, Tate encontró un poema de Thomas Moore:

… se fue al lago del lúgubre pantano

donde, toda la noche, a la luz de una luciérnaga,

remó en su blanca canoa.

Y la luz de su luciérnaga pronto veré,

y su remo pronto oiré;

larga y llena de amor nuestra vida será,

y esconderé a la doncella en un ciprés,

cuando cerca estén los pasos de la muerte.

Las palabras le recordaron a Kya, la hermanita de Jodie. Parecía tan pequeña y sola en la gran extensión de la marisma… Imaginaba a su hermana perdida en ella. Su padre tenía razón: los poemas te hacen sentir cosas.

Capítulo 7
Temporada de pesca

1952

Aquella tarde, después de que el chico pescador la guiara hasta su casa por la marisma, Kya se sentó con las piernas cruzadas en su colchón del porche. La neblina del chaparrón se filtraba por la mosquitera remendada y le tocaba la cara. Pensó en el chico. Amable pero fuerte, como Jodie. Las únicas personas con las que hablaba eran papá, de vez en cuando, e, incluso menos, con la cajera del Piggly Wiggly, la señorita Singletary, que últimamente se había molestado en enseñar a Kya la diferencia entre las monedas de cinco, diez y veinticinco centavos, puesto que ya sabía lo que eran los centavos. Pero la señorita Singletary también podía ser muy curiosa.

—Por cierto, cariño, ¿cómo te llamas? ¿Cómo es que ya no viene tu mamá? No la veo desde que florecieron los nabos.

—Mamá tiene muchas tareas, así que me envía a mí a comprar.

—Sí, cariño, pero nunca compras suficiente para toda tu familia.

—Verá, señora, es que tengo que irme. Mamá necesita estos granos enseguida.

Siempre que podía, Kya evitaba a la señorita Singletary yendo a la otra cajera, que no mostraba ningún interés, salvo para decir que los niños no deberían ir descalzos a la tienda. Le daban ganas de decirle que no pensaba coger las uvas con los pies. Además, ¿quién podía permitirse comprar uvas?

Cada día más, Kya se limitaba a hablar con las gaviotas. Se preguntaba si no podría llegar a algún acuerdo con papá para usar su barca. En la marisma podría recoger plumas y conchas y quizá ver alguna vez al chico. Nunca había tenido un amigo, pero sentía su utilidad, su llamada. Podrían recorrer los estuarios, explorar los helechos. Puede que la considerase una niña pequeña, pero sabía moverse por la marisma y podía enseñarla.

Papá no tenía coche. Usaba la barca para pescar, para ir al pueblo, para cruzar el pantano y llegar al Swamp Guinea, un bar desvencijado, un garito de póker conectado con la tierra firme por una desvencijada plataforma que atravesaba las espadañas. Estaba construido con listones de madera mal cortados y un techo de hojalata, y crecía de forma desigual a medida que se le añadían habitaciones, con el suelo a diferentes niveles en función de la altura que hacían sobresalir del pantano las columnas de ladrillo. Papá cogía la barca para ir allí o a cualquier otra parte, ya que rara vez iba caminando; así que ¿por qué iba a prestársela?

Pero, cuando él no estaba, dejaba que sus hermanos la usaran, probablemente porque pescaban peces para la comida. Ella no tenía interés por la pesca, pero puede que se la dejara a cambio de otra cosa, que suponía que era la manera de convencerlo. Quizá cocinando o haciendo más cosas en la casa, hasta que mamá volviera.

La lluvia disminuyó. Caía alguna gota aquí y allí que hacía temblar las hojas como el movimiento rápido de la oreja de un gato. Kya se puso en pie de un salto, limpió el frigorífico-alacena, fregó el suelo de madera de la cocina y rascó meses de granos pegados a los quemadores del horno de leña. A primera hora del día siguiente, lavó las sábanas de papá, que apestaban a sudor y whisky, y las extendió sobre los palmitos. Repasó el cuarto de sus hermanos, que era poco más que un armario, limpió y barrió. Había calcetines sucios amontonados en el fondo del armario y cómics amarillentos desperdigados por el suelo junto a dos colchones sucios. Intentó recordar la cara de los chicos, los pies que acompañaban a esos calcetines, pero los detalles estaban borrosos. Hasta la cara de Jodie se le estaba desdibujando; le veía los ojos un instante y luego se escapaba, desaparecía.

A la mañana siguiente, cargó una lata de un galón, recorrió el camino de arena que llevaba al Piggly y compró cerillas, costillas y sal. Ahorró veinte centavos.

—No puedo comprar leche, necesito gasolina.

Se detuvo en la gasolinera Sing Oil, en las afueras de Barkley Cove, que se alzaba en un bosquecillo de pinos rodeada de camiones oxidados y coches abandonados, amontonados sobre bloques de cemento.

El señor Lane vio llegar a Kya.

—Fuera de aquí, pequeña mendiga. Basura del pantano.

—Traigo dinero de verdad, señor Lane. Necesito gasolina y aceite para el motor de la barca de mi padre.

Y le mostró dos dimes, dos monedas de cinco centavos y cinco peniques.

—Una cantidad tan miserable apenas paga mi esfuerzo, pero, venga, dámelo.

Y se agachó para coger la abollada lata cuadrada.

Ella le dio las gracias al señor Laine, que volvió a gruñir. La comida y la gasolina le pesaban más a cada kilómetro, y tardó en volver a casa. Por fin, en la sombra de la laguna, vació la lata en el depósito de gasolina y frotó la barca con trapos y con arena húmeda hasta que los costados de metal asomaron entre la roña.

* * *

Al cuarto día de haberse ido papá, empezó a hacer de centinela. Al final de la tarde, un temor frío se apoderó de ella y casi dejó de respirar. Allí volvía a estar, mirando el camino. Necesitaba que volviera, por muy malo que fuera. Por fin llegó, a primera hora de la tarde, caminando por el sendero de arena. Corrió a la cocina y sirvió un goulash de mostaza parda, costilla y granos. No sabía cómo hacer salsa, así que echó en una jarrita el caldo de las costillas con trozos de grasa blanca. Los platos estaban agrietados y eran de diferentes juegos, pero puso el tenedor a la izquierda y el cuchillo a la derecha, como le había enseñado mamá. Y esperó, pegada al frigorífico como una cigüeña atropellada.

Abrió la puerta principal de un golpe, la hizo chocar contra la pared, y atravesó la sala de estar en tres zancadas para llegar a su cuarto, sin molestarse en llamar o mirar en la cocina. Era normal. Le oyó dejar la maleta en el suelo, abrir los cajones. Seguro que notaba las sábanas limpias, el suelo fregado. Si sus ojos no notaban la diferencia, lo haría su nariz.

Salió al cabo de unos minutos, directo a la cocina, y miró la mesa puesta y los humeantes cuencos con comida. La vio parada contra el frigorífico, y se miraron el uno al otro como si nunca se hubieran visto antes.

—Ah, pequeña, ¿qué es todo esto? Parece que has crecido de pronto. Hasta cocinas.

No sonreía, pero su expresión era tranquila. Estaba sin afeitar, y sobre la sien izquierda le colgaba el pelo oscuro y sucio. Pero estaba sobrio; conocía los indicios.

—Sí, señor. También preparé pan de maíz, pero no me salió bien.

—Ah, bueno. Gracias. Eres una buena chica. Estoy agotado y hambriento como un jabalí flaco.

Cogió la silla para sentarse y ella hizo lo mismo. Llenaron los platos en silencio y se comieron la carne correosa de las pegajosas costillas. Él cogió una vértebra, le sorbió la médula y el jugo grasiento brillaba en sus mejillas con patillas. Mordisqueó los huesos hasta que quedaron lisos.

—Esto estaba mejor que un sándwich frío de berzas —dijo.

—Ojalá me hubiera salido el pan de maíz. Igual debería ponerle más soda y menos huevos. —Kya no podía creerse que estuviera hablando, pero no podía contenerse—. Mamá lo hacía muy bueno, pero supongo que no presté suficiente atención a los detalles…

Entonces pensó que no debería hablar de mamá y se calló.

Papá empujó el plato hacia ella.

—¿Queda algo más de comer?

—Sí, señor, hay de sobra.

—Oh, y echa un poco de ese pan de maíz. Me gusta mojar en la grasa, y apuesto a que el pan está bastante bueno, esponjoso como un bizcocho.

Ella sonrió para sus adentros mientras le llenaba el plato. ¿Quién habría imaginado que el pan de maíz sería el punto de partida?

Pero ahora, tras pensar en ello, le preocupaba que, si le pedía usar la barca, él pensase que solo había cocinado y limpiado para pedirle el favor, y por eso había empezado, pero ahora le parecía diferente. Le gustaba sentarse y comer como una familia. Su necesidad de hablar con alguien era urgente.

Así que no le habló de usar la barca y, en vez de eso, preguntó:

—¿Puedo salir contigo a pescar alguna vez?

Él se rio con fuerza, pero el tono era amable. Era la primera vez que reía desde que se fueron mamá y los demás.

—¿Así que quieres salir a pescar?

—Sí, señor, sí que quiero.

—Eres una chica —dijo mientras miraba su plato y masticaba la costilla.

—Sí, señor, soy su chica.

—Bueno, puede que te lleve alguna vez.

La mañana siguiente, Kya bajó corriendo el sendero de arena. Con los brazos extendidos, espurreaba sonidos y escupía saliva. Se elevaba y volaba sobre la marisma, buscando nidos para luego elevarse y volar ala con ala con las águilas. Sus dedos se volvieron largas plumas que se recortaban contra el cielo, recogiendo el viento tras ella. Entonces papá la devolvió bruscamente a la tierra, al gritarle desde la barca. Se le desplomaron las alas, el estómago se le encogió; debía haber adivinado que la había cogido. Ya sentía la raqueta en el trasero y en la parte posterior de las piernas. Sabía que podría esconderse, esperar a que se emborrachara y que no la encontraría. Pero se había internado demasiado en el sendero, se la veía con claridad y él esperaba con las cañas y los avíos de pesca, y le hacía señas de que se acercara. Se acercó andando, en silencio, asustada. Los aparejos de pesca estaban en la barca, y un frasco de licor de maíz metido bajo el asiento.

—Sube —fue lo que dijo como invitación.

Ella iba a mostrar alegría o gratitud, pero la expresión neutra de él hizo que se callara mientras subía a bordo y se sentaba mirando hacia adelante en el asiento metálico. Él encendió el motor y se dirigieron hacia el canal, esquivaron la vegetación y recorrieron los canales a uno y otro lado mientras Kya memorizaba árboles caídos y tocones viejos para poder orientarse. Aminoró la marcha en un remanso e hizo señas a Kya para que se sentara en el asiento central.

—Venga, saca unos gusanos de la lata —la animó él, con un cigarrillo liado a mano colgando de la comisura de la boca.

Le enseñó a enganchar el cebo, tirar el sedal y recogerlo. Parecía contorsionar el cuerpo en extrañas posturas para no tener que rozarla. Solo hablaron de pesca, sin aventurarse a tocar otros temas, y tampoco sonrieron a menudo, pero estuvieron cómodos en ese terreno común. Él bebió algo de licor, pero luego se dedicó a la pesca y no volvió a beber. Al final del día, el sol suspiró, pasó a ser del color de la mantequilla, y puede que no se dieran cuenta, pero se les aflojaron los hombros y se les relajó el cuello.

Kya esperaba en secreto no pescar nada, pero sintió un tirón, algo que tiraba de su sedal, y alzó un gran besugo, que relucía plateado y azul. Papá se inclinó hacia delante y lo cogió con la red, luego volvió a sentarse, se dio una palmada en la rodilla y lanzó un grito de entusiasmo como ella nunca le había visto. Ella sonrió abiertamente y se miraron a los ojos, cerrando un circuito.

Antes de que papá lo ensartara, el besugo daba coletazos en el fondo de la barca y Kya tuvo que mirar una distante hilera de pelícanos, estudiar las nubes, lo que fuera con tal de no ver esos ojos moribundos del pez que miraban un mundo sin agua, esa gran boca que absorbía aire sin valor. Pero lo que le costó a ella y lo que le costó al pez valieron la pena para tener este pequeño momento en familia. Puede que no para el pez, pero, aun así.

Al día siguiente volvieron a salir en la barca y, en una laguna oscura, Kya vio flotando en la superficie las suaves plumas de la pechuga de un gran búho cornudo. Todas rizadas en los extremos, por lo que se desplazaban como pequeños barcos anaranjados. Las recogió y se las metió en el bolsillo. Luego encontraría un nido abandonado de colibrí, tejido en una rama, y lo puso a salvo en la proa.

Esa noche, papá preparó una comida a base de pescado frito, recubierto de maíz y pimienta negra, servida con granos y guisantes. Luego, mientras Kya lavaba los platos, papá entró en la cocina con su vieja mochila de la Segunda Guerra Mundial. La arrojó desde la puerta a una de las sillas, pero resbaló y cayó al suelo con un fuerte sonido que la hizo sobresaltarse y volverse.

—He pensado que podrías usarla para las plumas, los nidos de pájaros y esas cosas que recoges.

—Oh —dijo Kya—. Oh, gracias.

Pero él ya había salido por la puerta del porche. Cogió la raída mochila, hecha de lona lo bastante fuerte como para durar una vida, con pequeños bolsillos y compartimentos secretos. Cremalleras resistentes. Miró por la ventana. Nunca le había dado nada.

Kya y papá salieron todos los días cálidos de invierno y todos los días de primavera, hasta muy lejos, bajaron por la costa, pescaron, lanzaron el sedal y lo recogieron. Y, estuvieran en un estuario o en una ensenada, buscaba al chico en su barca, esperando volver a verlo. Pensaba con frecuencia en él, quería que fuera su amigo, pero no tenía ni idea de cómo hacer eso, ni siquiera de cómo encontrarlo. Y entonces, de pronto, una tarde papá y ella doblaron un recodo y allí estaba, pescando, casi en el mismo lugar donde lo había visto por primera vez. Él sonrió y saludó enseguida. Ella alzó la mano sin pensar y devolvió el saludo, casi sonriendo. Luego bajó la mano con la misma rapidez cuando papá la miró sorprendido.

—Es un amigo de Jodie, de antes de que se fuera —dijo.

—Debes cuidarte de la gente de aquí —la advirtió—. Esto está lleno de basura blanca. Casi nadie de los que andan por aquí valen alguna cosa.

Ella asintió. Quería volver a mirar al chico, pero no lo hizo. Y le preocupó parecerle antipática.

Papá conocía la marisma como un halcón conoce sus prados: cómo cazar, cómo esconderse, cómo aterrorizar a los intrusos. Y las preguntas de una curiosa Kya lo acicateaban a explicar las estaciones de los gansos, las costumbres de los peces, a leer el tiempo en las nubes y las contracorrientes en las olas.

Algunos días, ella metía en la mochila comida para un pícnic y comían crujiente pan de maíz, que ya casi dominaba, con cebollas cortadas, mientras el sol poniente caía sobre la marisma. A veces, él se olvidaba del licor y bebían té de frascos para mermelada.

—Mis padres no siempre fueron pobres, ¿sabes? —balbuceó de pronto un día que estaban sentados a la sombra de un roble, con el sedal flotando en una laguna parda que zumbaba por los insectos que volaban a poca altura—. Tenían tierras, tierras muy ricas, y cultivaban tabaco y algodón y todo eso. Cerca de Asheville. Tu abuela paterna llevaba sombreros grandes como la rueda de una carreta y faldas muy largas. Vivíamos en una casa con una barandilla que le daba la vuelta, y de dos pisos de altura. Estaba bien, pero que muy bien.

«Una abuela». Kya abrió la boca. En alguna parte había o hubo una abuela. ¿Dónde estaba ahora? Kya deseaba preguntar lo que había sido de ellos. Pero tenía miedo.

Papá siguió hablando.

—Entonces, todo a la vez se fue a paseo. Yo era un criajo en esa época, así que no sé, pero llegó la Depresión, gorgojos en el algodón. Y no sé qué más, y todo desapareció. Lo único que quedó fueron deudas, un montón de deudas.

Kya se esforzó en visualizar su pasado con esos pocos detalles. No se decía nada de la historia de mamá. Y papá se enfadaba si alguno de los dos hablaba de la vida anterior al nacimiento de Kya. Sabía que antes de la marisma su familia había vivido en alguna parte lejana, cerca de otros abuelos, en un lugar donde mamá llevaba vestidos comprados en tiendas con pequeños botones de perlas, cintas de seda y bordes de encaje. En cuanto se mudaron a la cabaña, mamá guardó los vestidos en baúles, y cada pocos años sacaba uno y le quitaba todo eso para hacer un vestido de faena, porque no había dinero para nada nuevo. Y ahora esos vestidos bonitos habían desaparecido junto con su historia, quemados en la hoguera que hizo papá cuando Jodie se fue.

Kya y papá siguieron pescando, los sedales se agitaban sobre el suave polen amarillo que flotaba en el agua quieta, y ella creyó que había acabado de hablar, pero, entonces, añadió:

—Algún día te llevaré a Asheville y te enseñaré las tierras que fueron nuestras, que debieron ser tuyas.

Tras una pausa, tiró del sedal.

—Mira, cariño, tenemos uno grande, ¡tan grande como Alabama!

De vuelta en la cabaña, frieron el pez con bolas de pan de maíz «gordas como huevos de ganso». Luego, ella sacó sus colecciones, clavó con cuidado los insectos en cartones y las plumas a la pared de la habitación trasera y formó un collage suave y con movimiento. Después se tumbaría en su colchón del porche y escucharía los pinos. Cerró los ojos y luego los abrió de pronto. Él la había llamado «cariño».

Capítulo 8
Datos negativos

1969

Tras acabar la investigación de la mañana en la torre de vigilancia, el sheriff Ed Jackson y el ayudante Joe Purdue acompañaron a la viuda, Pearl, y a sus padres, Sam y Patti Love, a ver el cadáver de Chase en una mesa de acero, bajo una sábana, en un frío laboratorio de la clínica que hacía las veces de morgue. Para despedirlo. Pero aquello era demasiado frío para cualquier madre e insoportable para cualquier esposa. Hubo que ayudar a las dos mujeres a salir de la sala. De vuelta en la oficina del sheriff, Joe comentó:

—Bueno, no ha podido ir peor…

—Sí. No sé cómo puede superarlo nadie.

—Sam no dijo ni una palabra. Nunca habla mucho, pero esto ha sido más fuerte que él.

Dicen que el agua salada de la marisma se come un bloque de cemento para desayunar, y ni la oficina del sheriff, que era como un búnker, podía mantenerla a raya. En la parte inferior de las paredes había marcas de agua cuyos bordes tenían cristales de sal y un moho negro se propagaba como vasos sanguíneos en dirección al techo. En las esquinas se alojaban pequeños hongos oscuros.

El sheriff sacó una botella del cajón inferior de su escritorio y sirvió un trago doble para cada uno en las tazas de café. Lo tomaron hasta que el sol, dorado y almibarado como el bourbon, se deslizó en el mar.

* * *

Cuatro días después, Joe entró en la oficina agitando unos documentos en el aire.

—Tengo el primer informe del laboratorio.

—Echémosle un vistazo.

Se sentaron en lados opuestos del escritorio para estudiarlo. De vez en cuando, Joe intentaba matar una mosca.

—Hora de la muerte: entre la medianoche y las dos de la madrugada de la noche del 29 al 30 de octubre de 1969 —leyó Ed en voz alta—. Justo lo que pensábamos. —Tras leer un poco más, continuó—. Lo que tenemos aquí son datos negativos.

—Ahí le ha dado. Aquí no hay nada, sheriff.

—Exceptuando las huellas de los dos chicos hasta el tercer tramo de escaleras, no hay huellas recientes en la barandilla, ni en las rejas, nada. Ni de Chase ni de nadie.

La barba vespertina ensombrecía la complexión normalmente rubicunda del sheriff.

—Así que alguien las borró. Todas. ¿Cómo no iban a estar sus huellas en la barandilla o en la reja?

—Justo. Antes no teníamos pisadas y ahora no tenemos huellas. No hay ninguna prueba que indique que pisó el barro para llegar a los escalones, que subió los escalones o que abrió las dos rejas de arriba, la de las escaleras y por la que cayó. Ni de que lo hiciera alguien más. Pero los datos negativos siguen siendo datos. Alguien lo limpió todo muy bien o lo mató en otro lugar y cargó con su cuerpo hasta la torre.

—Pero, si alguien llevó su cuerpo allí, habría huellas de neumáticos.

—Así es. Tenemos que volver y buscar huellas de neumáticos que no sean nuestras o de la ambulancia. Puede que se nos escapara algo.

Al cabo de otro minuto de lectura, Ed dijo:

—El caso es que ahora estoy seguro de que no fue un accidente.

—Estoy de acuerdo —concedió Joe—, y no todo el mundo sabe borrar tan bien sus huellas.

—Tengo hambre. Vamos a la cafetería antes de salir.

—Pues prepárate para una emboscada. Todos en el pueblo están muy afectados. El asesinato de Chase Andrews es lo más gordo que ha pasado puede que desde nunca. Los cotilleos van subiendo como señales de humo.

—Mantén los oídos alerta. Tal vez nos enteremos de alguna cosa. La mayoría de esos inútiles no saben mantener la boca cerrada.

Una hilera de ventanas, enmarcadas por persianas antihuracanes, cubría la fachada del Barkley Dove Diner, que daba al muelle. La estrecha calle era lo único que separaba el edificio, construido en 1889, de los empapados escalones del muelle del pueblo. Cestas para camarones abandonadas y redes de pescar amontonadas se alineaban bajo sus ventanas, y aquí y allí había conchas de moluscos que cubrían la acera. Por todas partes se oían chillidos de aves, y había cagadas de pájaros. Afortunadamente, el aroma a salchichas y bizcochos, a nabo cocido y pollo frito, cubría el potente olor de los barriles de pescado alineados en el muelle.

Una escandalera no muy fuerte se derramó al exterior cuando el sheriff abrió la puerta. Al igual que las mesas, todos los reservados, con sillas de respaldo alto y acolchado tapizado en rojo, estaban ocupados. Joe señaló dos taburetes vacíos junto al mostrador de las gaseosas y se dirigieron allí.

Por el camino oyeron al señor Lane, de la Sing Oil, hablar con su mecánico.

—Yo creo que fue Lamar Sands. ¿Te acuerdas de que pilló a su mujer montándoselo con Chase en la cubierta de su elegante lancha motora? Eso es un móvil, y Lamar ha tenido sus broncas con la ley.

—¿Qué broncas?

—Estaba con el grupo que le cortó los neumáticos al sheriff.

—Entonces era un crío.

—Y tuvo algo más, pero ahora no me acuerdo de qué.

Tras el mostrador, el dueño y cocinero, Jim Bo Sweeny, se apresuraba en voltear pasteles de cangrejo en la parrilla, removía un cazo de crema de maíz en el fuego y hundía muslos de pollo en la freidora, para luego volver a empezar. Y entre medias apilaba platos delante de los clientes. La gente decía que podía preparar la masa para los bizcochos con una mano mientras fileteaba un siluro con la otra. Servía su famosa especialidad —lenguado a la brasa relleno de gambas con gachas de queso y pimentón— solo unas pocas veces al año. No necesitaba anunciarlo; se corría la voz.

Mientras el sheriff y su ayudante sorteaban las mesas hacia el mostrador, oyeron a la señorita Pansy Price, del Kress Five and Dime, conversar con una amiga.

—Seguro que fue esa mujer que vive en la marisma. Está para que la encierren. Apuesto a que sería capaz de hacerlo…

—¿Qué quieres decir? ¿Qué tiene que ver ella con nada?

—Bueno, hubo un tiempo en que estuvo liada con…

Cuando el sheriff y su ayudante llegaron al mostrador, el primero dijo:

—Pidamos bocadillos po’boys para llevar y salgamos de aquí. No podemos dejarnos arrastrar por todo esto.

Capítulo 9
Jumpin’

1953

Sentada en la proa, Kya observaba cómo la bruma llegaba a la barca. Al principio pasaron sobre sus cabezas retazos de nubes, luego la niebla las envolvió en grisura y solo se oía el tic, tic, tic del silencioso motor. Minutos después, se formaron pequeños borrones de un color insospechado cuando la destartalada forma de la gasolinera marina apareció ante ellos, como si fuera ella la que se movía y no ellos. Papá se acercó y golpeó suavemente el muelle. Kya solo había estado allí una vez. El dueño, un viejo negro, saltó de la silla para ayudarlos; por eso todo el mundo lo llamaba Jumpin’, saltador. Sus patillas blancas y su barba salpimentada enmarcaban un rostro ancho y generoso con ojos de búho. Alto y enjuto, no paraba de hablar, sonreía o echaba atrás la cabeza con los labios apretados en su propia risa.

No vestía mono, como la mayoría de los trabajadores de la zona, sino una camisa azul abotonada y planchada, pantalones oscuros demasiado cortos y botas de faena. No con frecuencia, pero de vez en cuando, en los días más crueles del verano, llevaba un raído sombrero de paja.

Su Gas and Bait, Gasolina y Cebos, se tambaleaba sobre su propio e inseguro muelle. Un cable atado al roble más cercano a la orilla, a unos trece metros del agua estancada, lo mantenía tirante con toda su fuerza. El abuelo de Jumpin’ había construido con madera de ciprés ese muelle y esa cabaña antes de lo que nadie podía recordar, en un tiempo anterior a la Guerra Civil.

Tres generaciones habían clavado por toda la cabaña brillantes carteles de metal —de Nehi Grape Soda, de Royal Crown Soda, de Camel Filters y veinte años de matrículas de coches de Carolina del Norte—, en un estallido de color que podía verse a gran distancia desde el mar, salvo si la niebla era muy espesa.

—Hola, señor Jake. ¿Cómo le va?

—Bien. Me he despertao con el pie bueno —respondió papá.

Jumpin’ se rio como si nunca hubiera oído la manida frase.

—Y ha traído a su hijita. Muy bien.

Papá asintió. Y luego, como si se le acabara de ocurrir, dijo:

—Sip, esta es mi hija, la señorita Kya Clark.

—Pues encantado de conocerla, señorita Kya.

Kya se miró los dedos de los pies, no sabía qué decir.

Jumpin’ no se molestó y siguió hablando sobre lo buena que era últimamente la pesca. Y entonces preguntó:

—¿El depósito lleno, señor Jake?

—Sí, hasta arriba.

Los hombres hablaron del tiempo, de la pesca, y otra vez del tiempo, hasta que se llenó el depósito.

—Que tengan un buen día —se despidió.

Papá navegó despacio de vuelta al brillante mar. El sol tardó menos tiempo en devorar la niebla que Jumpin’ en llenar el depósito. Avanzaron durante varios kilómetros rodeando una península de pinos hasta llegar a Barkley Cove, donde papá amarró la barca a las vigas profundamente marcadas del muelle del pueblo. Los pescadores iban y venían cargando pescado, repasaban los aperos de pesca.

—Supongo que podremos comer algo en el restaurante —dijo papá, y la condujo por el muelle hasta el Barkley Cove Diner.

Kya nunca había comido en un restaurante, nunca había pisado uno. El corazón le latía con fuerza mientras se sacudía el barro seco del mono que le quedaba corto y se alisaba el cabello revuelto. Cuando papá abrió la puerta, todos los clientes se pararon a medio bocado. Algunos hombres saludaron débilmente a papá con la cabeza y las mujeres fruncieron el ceño y apartaron la mirada.

—Vaya, no han debido de saber leer el cartel de «Se exige camisa y zapatos» —bufó una mujer.

Papá le hizo un gesto a Kya para que se sentara en una pequeña mesa con vistas al muelle. No podía leer el menú, pero él le recitó la mayor parte y pidió pollo frito, puré de patatas, salsa, judías blancas y bizcochos esponjosos como algodón recién cosechado. Él tomó gambas fritas, gachas de queso, okra frita y tomates verdes fritos. La camarera puso en la mesa una bandeja con bolitas de mantequilla sobre cubos de hielo y una cesta con pan de maíz y bizcochos, y todo el té frío dulce que podían beber. Tomaron helado y tarta de moras negras de postre. Kya estaba tan llena que pensó que iba a ponerse mala, pero había valido la pena.

Mientras papá esperaba para pagar la cuenta en la caja registradora, Kya salió a la acera donde el olor fétido de los barcos de pesca flotaba sobre la bahía. Llevaba una servilleta grasienta que envolvía el pollo y los bizcochos sobrantes, los bolsillos del mono atiborrados de paquetes de galletas saladas que la camarera había dejado a la izquierda de la mesa para que cogieran.

—Hola.

Kya oyó una vocecita a su espalda y se volvió para ver que una niña de unos cuatro años de rizos rubios se dirigía a ella. Con un vestido azul pálido, extendía la mano hacia ella. Kya se quedó mirando la manita; era regordeta y blanda, quizá la cosa más limpia que había visto nunca. Nunca se la había frotado con jabón de sosa, y no tenía barro en las uñas. Entonces miró a la niña a los ojos y se vio reflejada en ellos como una niña cualquiera.

Kya se pasó la servilleta a la mano izquierda y extendió despacio la derecha hacia la niña.

—Eh, tú, ¡no te acerques! —exclamó la señora Teresa White, esposa del predicador metodista, que salió de pronto por la puerta de la zapatería Buster Brown.

En Barkley, la religión era estricta y encarnizada. Por pequeño que fuera el pueblo, tenía cuatro iglesias, y eso solo para los blancos; los negros tenían otras tres.

Por supuesto, los pastores y los predicadores, y desde luego sus esposas, gozaban de gran respeto en el pueblo, y siempre vestían y se comportaban de acuerdo con su posición. Teresa White solía llevar faldas color pastel y blusas blancas, con zapatos y bolso a juego.

Ahora corría hacia su hija para cogerla en brazos. Se apartó de Kya y puso a la niña en la acera, y se acuclilló luego a su lado.

—Meryl Lynn, cariño, no te acerques a esa niña, ¿me oyes? Está sucia.

Kya vio que la madre le pasaba los dedos por los rizos; no se le escapó cuánto tiempo se miraron a los ojos.

Del Piggly Wiggly salió una mujer que caminó deprisa hasta ellas.

—¿Estás bien, Teresa? ¿Qué ha pasado? ¿Estaba molestando esa niña a Meryl Lynn?

—La vi justo a tiempo. Gracias, Jenny. Ojalá esa gente no viniera al pueblo. Mírala. Toda sucia. De lo más desagradable. Hay por ahí una gripe intestinal que seguro que la han traído ellos. El año pasado nos trajeron un caso de sarampión, y eso fue grave —dijo mientras agarraba a la niña y se alejaba.

Entonces, papá, que portaba cerveza en una bolsa de papel marrón, la llamó a su espalda.

—¿Qué haces? Venga, tenemos que irnos. Va a bajar la marea.

Kya se volvió y lo siguió y, mientras navegaban hacia casa por la marisma, seguía viendo los rizos y los ojos de la madre y de la niña.

Papá seguía desapareciendo y no volvía en varios días, pero con menos frecuencia que antes. Y cuando aparecía no se desplomaba sumido en un estupor, sino que comía y hablaba un poco. Una noche jugaron a las cartas, a gin rummy, y soltaba una risotada cada vez que ella ganaba y ella se reía tapándose la boca con la mano, como una niña corriente.

Cada vez que Kya salía del porche miraba el sendero y pensaba que, aunque las glicinias silvestres habían desaparecido en los últimos días de primavera y su madre se fue a finales del verano, aún podía imaginarla volviendo a casa por el sendero. Con los zapatos de falso cocodrilo. Quizá ahora que papá y ella pescaban y hablaban podían intentar ser una familia. Papá les pegaba a todos, especialmente si estaba borracho. A veces la cosa iba bien unos días, y comían juntos guiso de pollo. Una vez hasta volaron una cometa en la playa. Pero luego bebía, gritaba, pegaba. Aún tenía en su mente los detalles de alguno de sus arrebatos. Una vez, papá empujó a mamá contra la pared de la cocina, y le pegó hasta que se desplomó en el suelo. Kya le gritó llorando que la dejase, y le tocó el brazo. Él la agarró por el hombro y le gritó que se bajara los pantalones y la ropa interior, y se agachara sobre la silla de la cocina. Con un gesto rápido debido a la práctica, se sacó el cinturón del pantalón y la azotó. Naturalmente, recordaba el ardiente dolor que le laceró las nalgas, pero, extrañamente, recordaba con más detalle los vaqueros caídos alrededor de sus flacos tobillos. Y a mamá encogida en un rincón junto al horno, llorando. Kya no sabía el motivo de la pelea.

Pero, si mamá volviese ahora, cuando papá se portaba decentemente, quizá pudieran volver a empezar. A Kya no se le ocurrió pensar que quien se había ido era mamá y papá se había quedado. Pero sabía que su madre no la dejaría para siempre, que, si seguía viva, acabaría volviendo. Todavía podía ver los rojos labios de mamá cantando con la radio, y la oía decir:

—Ahora escucha atentamente al señor Orson Welles, habla como un caballero. Nunca digas pués, di «puedes». Esa palabra no existe.

Mamá pintaba los estuarios y los atardeceres al óleo y con acuarelas, tan vivos que parecían arrancados de la tierra. Había traído material para pintar y compraba alguna cosa en el Kress Five and Dime. A veces mamá dejaba a Kya pintar sus cosas en bolsas de papel marrón del Piggly Wiggly.

* * *

A primeros de septiembre de ese verano de pesca, una tarde que palidecía de calor, Kya fue al buzón situado al final del sendero. Miraba la propaganda cuando se paró en seco al ver un sobre azul con la clara letra de mamá. Algunas hojas del sicomoro estaban recobrando el tono amarillo que tenían cuando ella se fue. Todo ese tiempo sin una señal y ahora una carta. Kya se la quedó mirando, la alzó a la luz, pasó los dedos por la letra inclinada y perfecta. El corazón le golpeaba el pecho.

—Mamá está viva. Vive en alguna parte. ¿Por qué no ha vuelto a casa?

Pensó en abrir el sobre, pero la única palabra que sabía leer era su propio nombre, y no estaba en el sobre.

Corrió a la cabaña, pero papá se había ido con la barca. Así que apoyó la carta contra el salero de la mesa, para verla. No apartó la mirada del sobre mientras freía los frijoles con cebollas, no fuera a desaparecer.

Cada poco se inclinaba hacia la ventana de la cocina para escuchar el zumbido de la barca. Y, de pronto, papá subía los escalones cojeando. Sintió que le abandonaba el valor y salió corriendo por su lado mientras gritaba que iba a la letrina y que pronto estaría la cena. Esperó dentro de la apestosa letrina, el corazón echaba carreras al estómago. Se puso en pie sobre el banco de madera y miró por la abertura en forma de media luna de la puerta, sin saber bien qué vería.

Entonces, la puerta del porche se abrió de golpe y vio a papá dirigirse a toda prisa hacia la laguna. Fue directo a la barca, con una bolsa de papel en la mano, y se alejó tras encender el motor. Ella corrió de vuelta a la casa, a la cocina; la carta no estaba. Abrió los cajones del cuarto de su padre, rebuscó en su armario.

—¡También es mía! Es tan mía como tuya.

De vuelta en la cocina, miró en el cubo de la basura y encontró las cenizas de la carta, todavía con bordes azules. Las sacó con una cuchara y las depositó en la mesa: un montoncito de restos negros y azules. Rebuscó en la basura, poco a poco; algunas palabras podían haberse colado hasta el fondo. Pero no había nada, salvo rastros de ceniza pegados a piel de cebolla. Se sentó a la mesa, con los frijoles todavía bullendo en el cazo, y miró el montoncito.

—Mamá tocó eso. Puede que papá me diga lo que ponía. No seas estúpida, eso es tan improbable como nieve en el pantano.

Había desaparecido incluso el matasellos. Ya nunca sabría dónde estaba mamá. Metió las cenizas en una botellita y las guardó en la caja de puros que tenía junto a la cama.

* * *

Papá no volvió esa noche a casa, ni al día siguiente y, cuando lo hizo, el que se tambaleaba por la puerta era el antiguo borracho. Cuando reunió valor para preguntar por la carta, él ladró:

—No es asunto tuyo —y añadió—: No va a volver, así que ya pués ir olvidándote de ella.

Y volvió a arrastrar los pies hacia la barca.

—Eso no es verdad —le gritó Kya a su espalda mientras apretaba los puños. Lo miró mientras se alejaba y le chilló a la laguna vacía—: ¡Y pués no es una palabra!

Luego se preguntaría si no debería haber abierto ella la carta y no habérsela mostrado a papá. Así podría haber salvado sus palabras para leerlas algún día y él habría estado mejor sin conocerlas.

Papá no volvió a llevarla a pescar. Aquellos cálidos días acabaron como una estación pasajera. Las nubes bajas se habían despejado y el sol salpicado brevemente su mundo para volver a desaparecer tras nubes de tormenta.

Kya no recordaba cómo se rezaba. ¿Lo importante era cómo poner las manos o lo fuerte que cerrabas los ojos?

—Puede que mamá y Jodie vuelvan a casa si rezo. Incluso con los gritos y las peleas, esa vida era mejor que estas gachas apelotonadas.

Cantó trocitos de himnos —«y camina a mi lado cuando el rocío permanece en las rosas»— que recordaba de la pequeña iglesia blanca a la que mamá la había llevado alguna vez. La última, el Domingo de Pascua anterior a su marcha, pero lo único que recordaba de aquel día eran los gritos y la sangre, alguien que caía y mamá corriendo, así que desechó el recuerdo.

Kya miró entre los árboles al maíz de mamá del huerto de nabos, ahora lleno de malas hierbas. No había ninguna rosa.

—Olvídalo. Ningún dios pasará por aquí.

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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
373 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9788417743383
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