Kitabı oku: «La chica salvaje»
Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.
Queremos invitarle a suscribirse a la newsletter de Ático de los Libros. Recibirá información sobre ofertas, promociones exlcusivas y será el primero en conocer nuestras novedades. Tan solo tiene que clicar en este botón.
LA CHICA SALVAJE
Delia Owens
Traducción de Lorenzo F. Díaz
LA CHICA SALVAJE
V.1: octubre de 2019
Título original: Where The Crawdads Sing
© Delia Owens, 2018
© de la traducción, Lorenzo F. Díaz, 2019
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2019
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma.
Esta edición se ha publicado mediante acuerdo con G.P. Putnam’s Sons, un sello de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imagen de cubierta: John & Lisa Merrill - Getty Images | AnnaTamila - Shutterstock | CribbVisuals - Istockphoto
Corrección: Francisco Solano e Isabel Mestre
Publicado por Ático de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@aticodeloslibros.com
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 978-84-17743-38-3
IBIC: FA
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
CONTENIDOS
Portada
Newsletter
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Mapa
Primera parte: La marisma
Prólogo
Capítulo 1: Mamá
Capítulo 2: Jodie
Capítulo 3: Chase
Capítulo 4: La escuela
Capítulo 5: La investigación
Capítulo 6: Un barco y un chico
Capítulo 7: Temporada de pesca
Capítulo 8: Datos negativos
Capítulo 9: Jumpin'
Capítulo 10: Solo es hierba al viento
Capítulo 11: Bolsas de arpillera llenas
Capítulo 12: Peniques y gachas
Capítulo 13: Plumas
Capítulo 14: Fibras rojas
Capítulo 15: El juego
Capítulo 16: La lectura
Capítulo 17: Cruzando el umbral
Capítulo 18: La canoa blanca
Capítulo 19: Alguna cosa
Capítulo 20: Cuatro de Julio
Capítulo 21: Coop
Segunda parte: El pantano
Capítulo 22: La misma marea
Capítulo 23: La concha
Capítulo 24: La torre de vigilancia
Capítulo 25: Una visita de Patti Love
Capítulo 26: La barca en la orilla
Capítulo 27: En Hog Mountain Road
Capítulo 28: El camaronero
Capítulo 29: Algas
Capítulo 30: Las corrientes
Capítulo 31: Un libro
Capítulo 32: Coartada
Capítulo 33: La cicatriz
Capítulo 34: El registro de la cabaña
Capítulo 35: La brújula
Capítulo 36: Para atrapar un zorro
Capítulo 37: Tiburones grises
Capítulo 38: Justicia dominical
Capítulo 39: Chase por casualidad
Capítulo 40: Cypress Cove
Capítulo 41: Un pequeño rebaño
Capítulo 42: Una celda
Capítulo 43: Un microscopio
Capítulo 44: Compañero de celda
Capítulo 45: Gorro rojo
Capítulo 46: Rey del mundo
Capítulo 47: El experto
Capítulo 48: Un viaje
Capítulo 49: Disfraces
Capítulo 50: El diario
Capítulo 51: Luna menguante
Capítulo 52: El motel Tres Montañas
Capítulo 53: Eslabón perdido
Capítulo 54: Viceversa
Capítulo 55: Flores de hierba
Capítulo 56: La garza nocturna
Capítulo 57: La luciérnaga
Agradecimientos
Sobre la autora
La chica salvaje
Una novela exquisita, una oda a la naturaleza y a lo salvaje
Durante años, los rumores de la existencia de la Chica Salvaje han perturbado la vida de la pequeña localidad de Barkley Cove, un tranquilo pueblo de pescadores en Carolina del Norte. Abandonada a los seis años, Kya es una joven sensible, inteligente y de una belleza insólita que ha sobrevivido en soledad en las marismas, con la naturaleza como única amiga. Es una superviviente nata. Su solitaria vida se complica cuando un hombre aparece asesinado en el pantano y la acusan del crimen. Entonces, todos sus misterios saldrán a la luz.
Una magistral novela que nos habla de los secretos del ser humano, las pulsiones que nos mueven y la verdadera naturaleza del amor y del odio.
El fenómeno literario del año: más de 3 millones de ejemplares vendidos en Estados Unidos y traducida a más de 40 idiomas
«En esta obra, Owens explora las desoladas marismas de la costa de Carolina del Norte a través de la mirada de un joven abandonada. Y, en su desolación, esta chica nos abre los ojos a las maravillas secretas, y los peligros, de su mundo privado […]. Un libro bellísimo […]. Un misterioso asesinato, una historia de madurez y una oda a la naturaleza.»
The New York Times Book Review
«Una novela evocadora […]. Kya es una heroína inolvidable».
Publishers Weekly
«Esta maravillosa novela tiene un poco de todo: misterio, amor y personajes fascinantes.»
Nicholas Sparks, autor best seller
«Un debut magnífico. Owens presenta una historia de misterio contada con una bella prosa lírica. Un logro espléndido, ambicioso, verosímil y muy adecuado para los tiempos que corren.»
Alexandra Fuller, autora best seller
«A través de la historia de Kya, Owens explora el efecto de la soledad en el ser humano.»
Vanity Fair
«Es la historia de una vida extraordinaria, de un misterio terrible y fascinante, de un homicidio y de un juicio. Y también es la denuncia de los abusos que sufren las mujeres».
La Lettura - Corriere della Sera
«La desgarradora historia de Kya, una joven que debe aprender a conectar y confiar en los humanos, se entreteje con un misterioso asesinato que revela violentos secretos. Un debut maravilloso».
People Magazine
«La nueva gran novela americana […]. Un debut lírico».
Southern Living
«La preciosa novela de Owens es tanto un cuento sobre la madurez como una cautivadora novela de misterio».
Real Simple
«La lectura perfecta para los amantes de Barbara Kingsolver».
Bustle
«Una novela con el ritmo de una vieja balada. Es evidente que Owens conoce los paisajes que retrata íntimamente, desde el barro negro en los porches al sabor del agua salada y el graznido de las gaviotas.»
David Joy, autor de The Line That Held Us
«Una obra llena de lirismo. La profunda conexión de Kya con el lugar que llama hogar y las criaturas que lo habitan atrapará al lector.»
Booklist
«Conmovedora. Una exploración original del aislamiento y la naturaleza desde la perspectiva de una mujer, y una apasionante historia de amor.»
Entertainment Weekly
Para Amanda, Margaret y Barbara:

aquí os digo que,
si nunca os hubiera visto,
nunca os habría conocido.
Os vi,
os conocí,
os quise,
siempre.

Primera parte
La marisma
Prólogo
1969
Una marisma no es un pantano. Una marisma es un espacio luminoso donde la hierba crece en el agua y el agua fluye hasta el cielo. Donde deambulan lentos arroyos que llevan al astro sol hasta el mar y donde aves de largas patas se elevan con gracia inesperada —como si no estuvieran hechas para volar— contra el graznido de un millar de níveos gansos.
Entonces, en la marisma, aquí y allá, el pantano se desliza hasta profundos lodazales, oculto en pegajosos bosques. El agua de pantano es estanca y oscura al tragar la luz en su cenagosa garganta. En esos cubiles, hasta las lombrices nocturnas son diurnas. Se oyen ruidos, claro, pero, comparado con la marisma, el pantano es silencioso, pues su descomposición es celular. Allí la vida se descompone y apesta y vuelve al mantillo podrido; un regodeo turbador de muerte que engendra vida.
La mañana del 30 de octubre de 1969, el cuerpo de Chase Andrews yacía en el pantano, que lo habría absorbido de forma silenciosa, rutinaria. Que lo habría ocultado para siempre. Un pantano lo sabe todo de la muerte, y no por ello la considera una tragedia, y menos un pecado. Esa mañana, dos muchachos del pueblo fueron en bicicleta a la vieja torre de bomberos y vieron su cazadora vaquera en el tercer tramo de la escalera.
Capítulo 1
Mamá
1952
La mañana de agosto ardía con tal calor que el húmedo aliento de la marisma envolvía de niebla los robles y los pinos. Los grupos de palmitos estaban extrañamente silenciosos, excepto por el lento aleteo de las garzas al elevarse desde la laguna. Kya, que entonces tenía seis años, oyó cerrarse de golpe la puerta mosquitera. Desde lo alto del taburete dejó de frotar la suciedad del cazo y lo bajó a la palangana con espuma usada. No se oía nada, aparte de su respiración. ¿Quién había salido de la cabaña? Mamá no. Nunca dejaba que la puerta diera un portazo.
Cuando Kya corrió al porche, vio a su madre con una falda marrón, con los bordes golpeándole los tobillos, que se alejaba con zapatos de tacón por el arenoso camino. Los zapatos de punta cuadrada eran de falsa piel de cocodrilo. Era el único par que tenía para salir. Kya quiso gritarle, pero sabía que no debía despertar a papá; abrió la puerta y se detuvo en los escalones de ladrillo y madera. Desde allí vio la maleta azul que llevaba. Normalmente sabía, con la seguridad de un perrito, que su madre volvería con carne envuelta en grasiento papel marrón o con un pollo con la cabeza colgando. Pero para ello no se ponía los zapatos de cocodrilo ni cogía una maleta.
Mamá siempre miraba atrás desde el camino al cruzar la carretera, y alzaba un brazo para saludar con la mano; luego se metía por el sendero que serpenteaba entre bosques de ciénagas y lagunas con espadañas, y por allí —si la marea lo permitía— llegaba a la ciudad. Pero ese día siguió andando, tambaleándose por los baches. Su alta figura emergía de vez en cuando por las brechas del bosque hasta que, entre las hojas, solo se veían de vez en cuando retazos de su bufanda blanca. Kya corrió hasta el lugar desde donde se veía la carretera; seguro que mamá saludaría allí, pero solo llegó a atisbar la maleta azul —un color inapropiado en un bosque— cuando desaparecía. Una pesadez tupida como el algodón le oprimía el pecho mientras volvía a los escalones para esperarla.
Kya era la menor de cinco hermanos; los demás eran mucho mayores, aunque no sabía sus edades. Vivían con mamá y papá, apretujados como conejos en una jaula, en la tosca cabaña cuyo porche con mosquitera miraba con grandes ojos por debajo de los robles.
Jodie, el hermano más cercano a Kya, pero siete años mayor, salió de la casa y se paró detrás de ella. Tenía sus mismos ojos oscuros y el mismo pelo negro; le había enseñado el canto de los pájaros, el nombre de las estrellas y a manejar la barca entre los juncos.
—Mamá volverá —dijo.
—No sé. Llevaba los zapatos de cocodrilo.
—Las madres no dejan a sus hijos. No es propio de ellas.
—Dijiste que una zorra dejó a sus crías.
—Sí, porque se destrozó la pata. Habría muerto de hambre si hubiera intentado alimentarse ella y alimentar a sus crías. Lo mejor que podía hacer era dejarlos, curarse y, así, luego poder criarlos. Mamá no se muere de hambre, volverá.
Jodie no estaba tan seguro como parecía, pero lo decía por Kya.
—Mamá llevaba la maleta azul, como si fuera muy lejos —susurró ella con un nudo en la garganta.
* * *
La cabaña estaba apartada de las palmeras, que se extendían por llanuras de arena hasta un collar de verdes lagunas, con la marisma en la distancia. Kilómetros de hierba tan resistente que crecía en agua salada, interrumpidos por árboles tan torcidos que adoptaban la forma del viento. Bosques de robles se agolpaban en los costados de la cabaña y protegían la cercana laguna, cuya superficie bullía de la rica vida que albergaba. El aire salado y el graznido de las gaviotas llegaban desde el mar, entre los árboles.
La concesión territorial no había cambiado mucho desde la década de 1500. Las parcelas dispersas de la marisma no estaban delimitadas legalmente, sino dispuestas de modo natural —un arroyo fronterizo aquí, un roble muerto allí— por renegados. Un hombre no construye una cabaña contra una palmera en una ciénaga a no ser que venga huyendo o haya llegado al final de su camino.
La marisma estaba protegida por una costa desgarrada, bautizada por los primeros exploradores como «Cementerio del Atlántico» porque la resaca, los enfurecidos vientos y los bajíos destrozaban los barcos como si fueran forros de papel en lo que acabaría siendo la costa de Carolina del Norte. El diario de un marinero decía: «Bordeamos la costa…, pero no se puede discernir ninguna entrada… Una violenta tormenta nos arrastró…, nos vimos forzados a volver mar adentro para proteger el barco y nuestras vidas y fuimos empujados a gran velocidad por una fuerte corriente… La costa…, al ser cenagosa y de pantanos, nos volvimos a la nave… El desánimo invade a quienes vienen a establecerse en estos lugares».
Los que buscaban tierras siguieron su camino, y esta famosa marisma se convirtió en una trampa que recogía una mezcolanza de marineros amotinados, náufragos, morosos y fugitivos que huían de la guerra, de los impuestos o de leyes que no aceptaban. Los que no mató la malaria o no se tragó el pantano engendraron una estirpe de leñadores de distintas razas y diversas culturas; cada uno podía talar un bosque con un hacha y cargar kilómetros con un ciervo. Eran ratas del río, cada uno con su territorio; vivían al margen de todo, hasta que desaparecían un día en el pantano. Doscientos años después, se les unieron esclavos fugados que huían a la marisma, llamados maroons, esclavos liberados, atribulados, sin dinero, que se dispersaron por las marismas con pocas alternativas.
Sería una tierra cruenta, pero en absoluto yerma. En la tierra o en el agua se acumulaban capas de oscilantes cangrejos, langostas en el cieno, aves acuáticas, peces, camarones, ostras, gordos ciervos y rollizos gansos. Un hombre al que no le importara luchar para comer no moriría de hambre.
En 1952, algunas concesiones llevaban cuatro siglos en poder de una ristra de personas inconexas de las que no había constancia. La mayoría desde antes de la Guerra Civil. Otros habían ocupado las tierras en tiempos recientes, tras las guerras mundiales, cuando los hombres volvían rotos y arruinados. La marisma no los confinaba, sino que los definía y, como cualquier terreno sagrado, guardó sus secretos. A nadie le importaba que se apropiaran de las tierras; nadie más las quería. Después de todo, era un páramo de fango.
Los moradores de la marisma establecían las leyes como destilaban el whisky; no las tenían grabadas a fuego en tablas de piedra o escritas en documentos, sino profundamente estampadas en los genes. Genes antiguos y naturales, como los que se incuban en halcones y palomas. Cuando el hombre se ve acorralado, desesperado o aislado, recurre al instinto de supervivencia. Rápidos y justos, los genes triunfantes se transmiten de una generación a otra con más frecuencia que los genes amables. No es cuestión de moral, sino de matemáticas. Las palomas luchan entre ellas tan a menudo como los halcones.
* * *
Mamá no volvió aquel día. Nadie habló de ello. Y todavía menos papá. Levantaba las tapas de las cazuelas, y apestaba a pescado y licor de barril.
—¿Qué hay de comer?
Los hermanos y hermanas se encogieron de hombros y bajaron la mirada. Papá maldijo y salió cojeando hacia el bosque. Antes ya se habían peleado; mamá se había ido una o dos veces, pero siempre volvía y abrazaba a todos los que la necesitaban.
Las dos hermanas mayores prepararon una comida a base de judías pintas y pan de maíz, pero nadie se sentó en la mesa, como habrían hecho con mamá. Se sirvieron judías de la cazuela, pusieron encima el pan de maíz y se lo llevaron para tomarlo en sus colchones o en el gastado sofá.
Kya no podía comer. Se sentó en los escalones del porche mirando la carretera. Era alta para su edad, flaca y huesuda, de piel muy morena y pelo liso, negro y espeso como las alas de un cuervo.
La oscuridad interrumpió su vigilancia. El croar de las ranas ahogaba el sonido de las pisadas, pero aun así se tumbó a escuchar en su colchón del porche. Esa mañana la había despertado el chisporroteo del tocino en la sartén de hierro y el olor de los bizcochos mientras se doraban en el horno de leña. Se subió la pechera del mono y corrió a la cocina a sacar platos y tenedores. A aplastar granos de sémola. Muchas mañanas mamá la abrazaba con una gran sonrisa —«Buenos días, mi niña preferida»— y las dos hacían las tareas como si bailaran. A veces, mamá cantaba canciones populares o recitaba rimas infantiles: «Este cerdito fue al mercado». O bailaba un jitterbug con Kya y golpeaba con los pies el suelo de madera hasta que se apagaba la música de la radio de pilas y sonaba como si cantara desde el fondo de un barril. Otras mañanas mamá hablaba de cosas de adultos que Kya no entendía, pero pensaba que las palabras de mamá necesitaban llegar a alguna parte, así que las absorbía por la piel mientras echaba más leña en el horno. Y asentía, como si la entendiera.
Entonces venía el jaleo de levantar a todo el mundo y dar de comer. Papá no acudía. Tenía dos estados: callado o gritando. Así que no pasaba nada cuando se dormía o no volvía a casa.
Pero esa mañana mamá había estado callada, con la sonrisa perdida y los ojos rojos. Se había envuelto la cabeza con un pañuelo blanco al estilo pirata y se había tapado la frente, pero asomaba el borde amarillo de un moratón. Justo después del desayuno, antes de lavar los platos, mamá puso algunas cosas en la maleta y se fue por el camino.
La mañana siguiente, Kya volvió a apostarse en los escalones y taladró el camino con sus ojos negros como un túnel que espera un tren. La marisma que había más allá estaba velada por una niebla tan baja que la esponjosa parte inferior descansaba en el barro. Tamborileaba con los dedos de los pies desnudos, pinchaba a los escarabajos con tallos de hierba, pero una niña de seis años no puede pasar mucho tiempo sentada y no tardó en pasearse por las planicies de la marea, con sonidos de succión que tiraban de sus pies. Acuclillada al borde del agua clara, miró cómo los foxinos nadaban entre las manchas de sol y las sombras. Jodie le gritó desde las palmeras. Y ella lo miró fijamente, tal vez tenía noticias. Pero cuando se acercó entre las puntiagudas hojas de palmito comprendió, por su forma casual de moverse, que mamá no había vuelto.
—¿Quieres que juguemos a los exploradores? —preguntó.
—Dijiste que eras muy mayor para jugar a los exploradores.
—Bah, acabo de decirlo. Nunca se es muy mayor. ¡Te echo una carrera!
Cruzaron corriendo las planicies, luego el bosque hacia la playa. Ella chilló cuando él la alcanzó y se rio hasta que llegaron al gran roble que proyectaba sobre la arena sus enormes ramas. Jodie y su hermano mayor, Murph, habían clavado unos maderos en sus ramas para que hicieran de atalaya y fuerte en el árbol. Buena parte ya se estaban cayendo y colgaban de clavos oxidados.
Normalmente, cuando la dejaban participar, hacía de esclava, llevaba a sus hermanos bizcochos calientes robados de la sartén de mamá. Pero hoy Jodie dijo:
—Puedes ser capitán.
Kya alzó el brazo derecho para liderar la carga.
—¡Echemos a los españoles!
Empuñaron espadas de madera y atravesaron arbustos mientras gritaban y apuñalaban enemigos.
Y, como las fantasías vienen y van con facilidad, luego ella caminó hasta un tronco cubierto de musgo y se sentó. Él se unió en silencio. Quiso decir algo para que dejase de pensar en mamá, pero no encontró las palabras, y miraron en silencio la navegante sombra de los zapateros.
Kya regresó a los escalones del porche y esperó un largo rato, pero no lloró al contemplar el final del camino. Su rostro permaneció inmóvil, sus labios eran una fina línea bajo unos ojos escrutadores. Mamá no volvió ese día.