Kitabı oku: «Constelaciones familiares y bipolaridad»

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Durante la última década, la historia del arte psicoterapéutico ha centrado su interés en el papel que juegan las memorias familiares en el surgimiento de los padeceres humanos de toda naturaleza. Pero, asimismo, en la búsqueda de respuestas para enfrentar uno de los sufrimientos que más estragos genera en la actualidad: el trastorno bipolar.

El autor presenta en este libro, con lenguaje directo, una clara visión de cómo las redes y las relaciones familiares participan en su gestación, y cuáles son los conflictos interpersonales y transgeneracionales a partir de los que se hace presente este sufrimiento en la vida de las personas.

Sin duda, un apasionante viaje que desnuda la realidad de un dolor afectivo, fruto de una disfunción familiar, y que sólo encontrará sanación plena gracias a la reconstrucción del tejido vincular básico de la vida: los ancestros.


Eduardo Horacio Grecco nació en Argentina y reside actualmente en México. Formado en el campo de la psicología y el psicoanálisis, investigó la obra de Jung, como así también la Bioenergética y la Psicología transpersonal. Es autor de varios libros de autoayuda y de Terapia Floral, campo en el cual es un reconocido maestro, y como tal lleva varios años impartiendo cursos y conferencias en distintos países de América y Europa.

Algunos de sus libros publicados por esta Editorial son: Terapias Florales y Psicopatología, Volver a Jung; Sexo, amor y esencias florales, Muertes inesperadas; La bipolaridad como don; Despertando el don bipolar, Bipolaridad como oportunidad.

Eduardo Horacio Grecco

Constelaciones familiares y bipolaridad


Índice

  Cubierta

  Contratapa

  Biografía del autor

  Portada

  Epígrafe

  Prólogo

  Introducción

  Capítulo primero. Relojes de la vida 1. El reloj causal 2. El reloj sincronístico 3. La vida cotidiana 4. Los otros como sincronicidad 5. Comprender y explicar 6. Historia y trama 7. Trama y argumento

  Capítulo segundo. Puntos de partida 1. Sombra y conciencia 2. La noche oscura 3. Registros del enfermar 4. Luz y sombra 5. Afecto 6. Sentimiento y emoción 7. Trauma 8. Predisposición

  Capítulo tercero. Subir al autobús equivocado 1. Huellas de experiencias infantiles en los bipolares 2. Órganos, sistemas corporales, familia 3. Las huellas arquetípicas 4. Un eje de unión de memorias 5. Sin embargo

  Capítulo cuarto. La madre y su hijo 1. Sintonía, contacto y diferenciación 2. Juegos de crianza 3. Espectro disociativo 4. Espectro simbiótico

  Capítulo quinto. Espectro y encendido bipolar 1. Espectro bipolar 2. Encendido bipolar 3. Las causas y el proceso del encendido bipolar 4. Hiperia

  Capítulo sexto. Naturaleza y rasgos bipolares 1. Textura de la bipolaridad 2. La trama bipolar 3. El elogio a la oscilación 4. Vínculos bipolares 5. Un caso particular del espectro bipolar: adicciones 6. Espacio bipolar

  Capítulo séptimo. La conexión misteriosa 1. El lenguaje crea mundos 2. La vida es forma en movimiento 3. El universo cuántico 4. La permanencia de la información

  Capítulo octavo. Memorias constelares y bipolaridad 1. Señor de la oscuridad: hígado 2. Afectos y personalidad hepática 3. Cuerpo, familia, espectro bipolar

  Epílogo

  Apéndice. Remedios para bipolares Los vínculos y el cuerpo La experiencia del “no” Verticalidad y movimiento Juegos infantiles Tres esquemas para la construcción del eje interior Remedios para bipolares

  Bibliografía

  Créditos

  Otros títulos de esta editorial

Hay que honrar a los ancestros familiares de los cuales provenimos: abuelos, padres, todos los mayores, que están contenidos en nuestros genes y memorias.

Del mismo modo, a los que somos terapeutas nos corresponde honrar la genealogía que habita en nuestros talentos y capacidades para ayudar al que sufre y padece, abuelos, padres, tíos, hermanos en el oficio de curar.

A unos y otros está dedicado este libro.

El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre.

Martin Buber

Coincidiendo con todos los demás, encontramos el centro de nosotros mismos.

Pierre Teilhard de Chardin

Prólogo

Tengo la certeza de que voy a alguna parte, la vida sabrá dónde, yo me dejo guiar…

Eduardo Grecco

Leer este libro es como escuchar a Eduardo Grecco con sus palabras llenas de verdad, de conocimiento y de amor por la vida.

Si bien, en sus propias palabras, no pretende más que éste sea un viaje que asome su práctica psicoterapéutica, encuentro en este libro una valiosa herramienta, tanto para terapeutas como para pacientes, familiares, estudiosos y curiosos que quieran conocer, de viva voz y en la piel de un experto, qué es la bipolaridad, cómo entenderla desde los afectos y afecciones, y cómo la familia y las raíces pueden ser una carga o un recurso, además de proponer posibilidades de sanación y transformación.

Según he entendido hasta ahora siguiendo el trabajo de Eduardo, la bipolaridad se vuelve una cárcel si no somos capaces de conectar con nuestra Alma, si no podemos habitar nuestro cuerpo, si no logramos resignificar nuestros vínculos, reinventar nuestro destino y reescribir nuestra historia.

El Alma, el cuerpo y la familia tienen heridas; algunas de ellas han sido reprimidas, bloqueadas u olvidadas, pero estas memorias siempre vuelven. El trabajo de acompañar heridas requiere revisitar zonas de riesgo, para lo cual hay que tener capacidades y habilidades apropiadas a fin de contener las historias.

La habilidad de Eduardo Grecco es lograr reconocer las heridas del alma, tocarlas y mover interiormente a la persona para conseguir transformaciones profundas. Él se apoya en esa ayuda del Alma para proponer el cambio; la conoce y sabe de su sombra, de hecho cita “la noche oscura del Alma”, porque al final de cuentas para recuperarla siempre hay que vivir y atravesar esa parte oscura... En este libro somos guiados a reconocer la sincronicidad como fuerza del Alma, y no cabe duda de que cuando el Alma está lista, entonces aparecen los recursos de sanación.

¿Pero por qué una persona, aunque lo desee, no puede moverse de sus afecciones?

En la práctica terapéutica de Constelaciones encontramos que el síntoma es la presencia de la ausencia, esa dolorosa ausencia que pide ser reconocida, recordada e integrada. La función del síntoma es recordarnos que falta algo o alguien, que algo no está en orden, y por esa razón, para mantener equilibrio en las familias, algún miembro de manera inconsciente asumirá “llevar” esta carga a través de un síntoma, manifestado en enfermedad, dolor o pérdida. De esta forma, intentará equilibrar para todo su sistema familiar los enredos, olvidos y embrollos vividos a lo largo de la historia ancestral.

Eduardo nos lleva a entender que la Bipolaridad es un síntoma que carga uno de los miembros, pero en realidad pertenece a toda la familia. Ésta es la razón por la que resignificar los vínculos, las creencias y los mandatos familiares representa una oportunidad para volverse autónomos de la familia, sin por ello dejar de ser parte.

Al decir del autor, para poder liberarnos de los síntomas es necesario reconocer que no nacemos vírgenes, nacemos llenos de memorias. Algunas de ellas no nos pertenecen, son parte de nuestro legado; por eso hay que integrar toda la experiencia personal, constelar familiar, arquetípica y almática hasta apropiarnos de ellas y transformarlas con un acto creativo en una fuerza.

He tenido la oportunidad de trabajar en conjunto con Eduardo, y puedo dar fe de que su experiencia personal y profesional está plasmada en este libro. Un libro que logra responder preguntas que tal vez los lectores aún no han expresado, y sin embargo a través de sus páginas se sentirán comprendidos y escuchados.

Al comenzar su lectura, los invito a dejar de buscar explicaciones, a vivir la experiencia, y posiblemente sus heridas podrán convertirse en dones.

Deseo a Eduardo, testigo y facilitador de transformaciones, que la vida lo siga guiando a escribir libros tan llenos de experiencias y comprensión para todos los que necesitan el alivio de sus palabras; a los lectores les auguro un viaje lleno de sincronías hacia el interior de su ser, donde puedan encontrar fuerza para seguir en este camino que la vida nos muestra día a día.

SUJEY ALEMÁN ROLDÁN

Directora de Constelaciones México,

Instituto de Soluciones Sistémicas, México D.F.

Introducción

Habrá cosas que nos pasan y no se viven, y por ende no se aprende de ellas, dando como resultado que el suceso no se transformará en experiencia.

Luis Chiozza

El mensaje que deseo compartir con ustedes, en esta ocasión, es parte de la experiencia de trabajo con las personas llamadas bipolares y la visión de la enfermedad y la salud que esta tarea me ha llevado a desarrollar a lo largo del tiempo. Perspectiva que considera a la bipolaridad no sólo como una manifestación clínica y un emergente familiar sino, además, como una búsqueda espiritual por un sendero equivocado.

Basta enfocar la mirada sobre la fenomenología clínica para descubrir la semejanza que existe entre expresiones bipolares y místicas. Argumento que hoy se sustenta desde un lugar tan distante a nuestra praxis como lo es la neurociencia, que señala la convergencia de los procesos que dan lugar a la producción creativa, mística y bipolar.

Al usar el término espiritualidad no me refiero a nada religioso, sino a algo más abisal y primigenio: la ambición humana de que en su existencia haya sentido. Y el sentido sólo se encuentra sintiendo; es una experiencia cardíaca. Pero ocurre que a pesar de su llamativa afectividad, la bipolaridad no es un fogueo emotivo extremo sino, por el contario, un disfraz dogmático del propio sentir, que impide a la persona un contacto genuino con su auténtica vivencia.

Entre el éxtasis sin fe de la manía, y la noche oscura sin para qué de la melancolía, se percibe la desesperada ansiedad del alma bipolar por encontrar la conexión con el Ser interior que ha perdido. Y ese Ser, su Eje Interior, ella debe comparecer a rescatarlo del sitio en donde se oculta: su espacio genealógico, su mundo constelar, su esfera parental. Ese pozo de vacuidad de tiempo que se ha producido en su existencia al haber aceptado pagar, sin cuestionarlo, una deuda firmada por un ancestro o asumiendo y sosteniendo un padecer, como tributo indispensable para alcanzar el merecimiento de pertenecer a una específica tribu parental. Esta dimensión perdida y sepultada en el ayer, ha tragado su quietud, su oscilar pausado, y la ha arrojado como una piedra contra un metal: saca chispas, hace ruido, pero no forja, es crisol de nada.

Sin embargo, la misma red vincular familiar es la que puede devolverle el equilibrio, la capacidad de integrar polaridades; permitirle cruzar la orilla del desamparo que la inunda y arribar al cobijo que anhela. Hundida en su desesperado sufrir, ella está intentando –de un modo fallido– corregir un enredo pasado, cancelar un pendiente silenciado, reconciliar a Caín y Abel, Jacob e Isaac, mostrar la premura de develar un secreto de muerte, gritar lo que por generaciones se ha callado, encubrir, con el desgarro de su padecer, talentos de ancestros desperdiciados, injusticias, exclusiones…

Claro está que una tarea es explicar la bipolaridad, y otra muy distinta, comprenderla. Explicaciones sobran, comprensiones faltan. Y el primer paso para entender una pizca del mundo bipolar es reconocer su naturaleza esencialmente humana. Que la bipolaridad desdichada es el descarrío de un modo complejo del funcionar natural de los seres humanos, un desvío, no sólo personal, sino familiar y colectivo.

No estoy muy seguro de haber podido plasmar, en este libro, el diseño interior que concibo como el rumbo que deberíamos seguir para brindar, tal vez, no una sanación de este padecer, pero sí su reivindicación como experiencia. Tengo la certeza de que ninguna teoría cura y, ya ven, aquí estoy dibujando una. Pero al releer lo escrito me doy cuenta de que no se trata tanto de un texto científico, o un manual sobre la bipolaridad, como del relato de un viaje extraño y singular en torno de mi actividad terapéutica. Una actividad muy parecida a la de un tejedor, que en su telar entrelaza los diversos hilos de una biografía hasta formar, con retazos de diversos colores, una trama plena de intenciones.

He vivido lo suficiente como para darme cuenta de que aquello que uno fragua con sus pensamientos, es semilla que toma tiempo en fructificar. Pero la vida no desecha nada; con todo crea. Este imaginario me da cierta tranquilidad de espíritu acerca del destino de lo que he aprendido sobre el padecer bipolar. No espero que permanezca, pero sí deseo compartirlo, y tener la posibilidad de dar a conocer que el mundo que concibo sobre este tema es fuente de dicha en mi vida. Es por eso mi gratitud para pacientes, lectores y editores.

Un comentario final. La visión constelar familiar que utilizo en la práctica clínica, presente en este libro, no pertenece al campo sistémico, aunque toma algunos elementos de él. Más bien, es un enfoque transversal que parte de la visión psicodinámica, y se adereza con mucho de bioenergética y psicología transpersonal. Asimismo, este recurso terapéutico no es un territorio privativo en mi labor clínica, pero durante años he colaborado en intervenciones familiares aplicadas a la bipolaridad, experiencia que intento transmitir aquí. Por otra parte, en mis libros anteriores sobre el espectro bipolar se encuentran desarrollados, extensamente, las miradas teóricas, terapéuticas y clínicas que sustento en relación con este padecer. El lector podrá encontrar en ellos la posibilidad de ampliar aspectos aquí puntualizados, que por la propia naturaleza del presente texto sólo se mencionan de modo breve.

EDUARDO H. GRECCO

México, enero de 2015

Capítulo primero

Relojes de la vida

He hecho de mí lo que no sabía, y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.

Fernando Pessoa

El punto de partida de la visión que auspicio es considerar que la enfermedad no es un mal a combatir sino una oportunidad para saber más de nosotros mismos. Que aquello que sentimos como un obstáculo o barrera, es posible de apreciarlo como espejo que nos muestra lo que no vemos de nosotros mismos y, al mismo tiempo, maestro de nuestro proceso de evolución. Desde esta percepción, estoy convencido de que cada uno de nosotros realiza una travesía espiritual a través de la enfermedad, y al llevarla a cabo de un modo acertado, esta excursión nos acerca más a la salud y la dicha.1

Los movimientos de este viaje, adversidades que se presentan inesperadamente, encuentros y desencuentros impostergables, logros que se alcanzan contra toda esperanza, no acontecen de modo casual sino, por el contrario, están provocados por el interjuego de dos fuerzas, complementarias en su antagonismo. La una y la otra reconocen intereses desiguales y responden a preguntas diversas, pero ambas contribuyen a dar razón de dos dimensiones de la enfermedad: causa y sentido.

Es muy cierto que, si bien hay un reloj causal que permite explicar la razón del emerger de un síntoma en nuestra vida, las influencias que participan en su construcción y génesis, también hay que reconocer la existencia de otro reloj, la sincronicidad, que brinda la posibilidad de comprender su sentido. Y aquello que da sentido a la vida, es sentir. De modo que la causa de la pérdida de sentido –que provoca por sustitución la aparición del síntoma en la vida de una persona, manifestación destinada a ocupar el lugar de un afecto que falta–, radica, en última instancia, en la ausencia o bloqueo de la expresión emocional. Así, lo que enferma no es sentir sino reprimir el sentir, el asedio injustificado al fluir de los afectos.

En este punto, es forzoso tener presente que, allí donde un afecto se ha visto impedido de expresión, el síntoma asoma como su representante. Cuando esto sucede, el afecto sofocado se abre a la posibilidad de retornar como afección. De modo que los síntomas son estelas que rememoran antiguas situaciones en donde determinados sentimientos fueron ahogados. Son un lenguaje que narra la historia de una expresión tímica impedida, apagada o extinguida. Significantes de un significado extraviado para la conciencia.

Que lo excluido de la vida yoica retorne, y que conozcamos los mecanismos mediante los cuales esto ocurre, nos permite conocer las causas que, de una manera más o menos segura, están en la raíz de un síntoma. Sin embargo, esta explicación no dice mucho acerca del lugar que éste ocupa en la trama de la vida de quien lo padece. Tampoco da cuenta de su significación, ni lo que enseña. Las causas, por más sofisticadas y holísticas que se perfilen, sólo responden al porqué de las cosas. La historia narra y explica el acontecer de una enfermedad, pero es muda a la hora de comprender su para qué.

Es cierto que la reconstrucción de una biografía aporta un conjunto de respuestas teleológicas reveladoras en torno de los cursos posibles de una enfermedad. Sin embargo, esto no implica deducir sentido en relación a la trama de una vida. Es que la significación de un síntoma en el marco de la terapéutica y dentro de la vida de una persona son dos cosas diferentes.

En el consultorio, las explicaciones precipitan sentido (aunque no lo tenga) en la conciencia del paciente. Sin embargo, cada paciente es una persona que trasciende los límites de un consultorio o de una teoría científica. La explicación nunca calma su dolor, sólo posterga la sentencia sobre él, y muchas veces aumenta la ignorancia de sí mismo y embota la comprensión de la situación en la cual se encuentra.

Esto no conlleva que explicar y comprender sean perfiles que mantengan entre ellos, de manera obligada, un maridaje tormentoso. Por el contrario, es posible hacerlos converger, pero no pretender que uno u otro hagan lo que no les corresponde.

1. EL RELOJ CAUSAL

Es muy cierto que el concepto de causalidad ha sufrido una variedad de modificaciones significativas a lo largo de historia, pero también es verdad que su esencia parece mantenerse firme. El principio de causalidad se adaptó a las necesidades de los nuevos problemas que la ciencia y la sociedad le planteaban y, por eso, sobrevive en muy buenas condiciones, sin haber renunciado a la esencia de su naturaleza. ¿Cuál es?: cada suceso tiene causa.

Esto implica varias cosas: todo ocurre de forma conectada, nada está aislado; cualquier hecho, incidente, gracia o desgracia, se encuentra ligado a otros en un dinámico proceso de interacción; un evento se continúa con otros; la causa precede al efecto. De esta condición última se desprende la necesidad de la línea de tiempo que supone la causalidad y el hecho de que la causa siempre se encuentra en el ayer de lo causado.

El reloj causal es el que habla de las influencias que determinan resultados, consecuencias, secuelas y frutos. Su acción se resume en frases como: Todo efecto tiene una causa; No existe efecto sin causa; Todo accionar tiene causa; Nada se hace sin causa; Todo cuanto comienza a existir debe tener una causa eficiente; Todo cuanto existe de manera contingente tiene causa eficaz.

Sin embargo, la causalidad unívoca se vio obligada, por el peso de su misma insuficiencia, a ampliarse a lo “pluri” o “multi”. Es que una serie causal del tipo “virus X genera patología Z”, es bastante improbable que se respalde en la realidad, tomando en cuenta la cantidad de factores que concurren en las vicisitudes que estallan, en la vida, como síntoma. Si bien esta consideración (multicausalidad) es aplicable en la naturaleza, es una afirmación más rotunda aún en lo humano.

Sin embargo, incluso contando con la noción de sobredeterminación en la apreciación de los procesos humanos, y aceptando la posibilidad de que esta perspectiva permita descifrar la génesis de un síntoma, conducta o cualquier otra manifestación, tal perspectiva sólo alcanzaría a predicar eso (que no es poco), pero no lograría poner en evidencia el significado existencial de tal producción.

Con Sigmund Freud la causa fue, al principio de sus reflexiones, el trauma. Luego el complejo de Edipo, y más luego el de castración; otros investigadores señalan, en el origen de las neurosis, temas como complejo de inferioridad, abandono materno, etc. Incluso, de lo personal se avanzó a lo no personal: anclajes arquetípicos, constelaciones familiares, memorias del alma. Es igual: aunque cambiemos el motivo, nos extendamos en el espacio o retrocedamos en el tiempo, todo se restringe a buscar causas en el pasado. En suma, la causalidad da cuenta de la presencia del pasado en nuestra vida. Eso explica la secuencia de nuestra historia, pero no la trama de nuestra biografía. Indica la cartografía de un organismo, pero no de las intenciones que lo alienta. Para eso, hace falta dar un paso más.

2. EL RELOJ SINCRONÍSTICO

Desde la sincronicidad, la vida no es fruto de causas sino de sentidos que se asocian entre sí. Es decir, las relaciones que se establecen entre los sucesos, personas o cosas, no son obra de agentes causales, sino de misteriosas conexiones atemporales, en donde la convergencia de significados es lo que cuenta.

Hace unos años, durante un seminario cuyo tema central giraba en torno al enfoque alquímico e iniciático de la psicoterapia, sucedió un evento singular. El día antes de finalizar, al filo del anochecer, centraba la enseñanza sobre el hecho terapéutico de que los procesos de descubrimiento interior ayudan a ver, de modo más nítido, la malla de nuestra historia, y que de ese modo, en el cristal de la vida las palabras esclarecedoras, interpretaciones, revelaciones e insight, asisten a las personas en su labor de adquirir claridad y ver mejor tras esos cristales.

Insistía en que, tal vez, esos cristales, que son una elección del alma para llevarnos a aprender determinadas lecciones de la vida, nunca se van a disolver, que jamás las personas van desistir de tener cristales, pero que no es lo mismo ver la realidad por medio de un cristal sucio o empañado, que a través de otro límpido y despejado; que cuanto más transparentes sean los cristales –más libres de creencias, apegos, modelos e influencias ajenas–, más cerca está la persona de verse y ver el mundo tal cual es.

La mañana siguiente, durante el cierre del curso, en el preciso instante en que retomaba esa misma idea y la desplegaba, un hombre, desde el exterior, iniciaba su labor de limpiar la ventana del fondo del aula. Entre ambos eventos, que sucedían en un entorno temporal de simultaneidad, no existía nexo material alguno. La asociación entre ellos no era de naturaleza causa-efecto, sino de significado. Independientes cada uno de ellos en su génesis, entrelazados sin embargo por el nudo de una fuerza simbólica concurrente. Jung designa esta coincidencia no causal como fenómeno sincronístico.

Ahora bien, tanto la sincronicidad como la causalidad son leyes del universo que funcionan de modo constante. Así, en cada instante, aunque no se piense en ello, la ley de la gravedad funciona con independencia de si la conciencia la registra o no. Las cuatro grandes leyes causales existen y existieron, aun antes de que los hombres pudieran formularlas. La ley de la gravedad era un orden real antes de la caída reveladora de una manzana ante los ojos de Newton.

Del mismo modo, la sincronicidad también opera de un modo permanente; pero al igual que la causalidad, no siempre los seres humanos alcanzan conciencia de su accionar. Sin embargo, tal vez con ella exista una cierta resistencia a considerar su validez, a pesar de los testimonios reiterados sobre su presencia y eficacia.

Esto se debe no sólo a la naturaleza del campo de experiencia en donde se enmarca, sino al hecho de que la sincronicidad es una fuerza de cambio. La causalidad, la gravedad, por ejemplo, nos afectan, pero la sincronicidad nos empuja a la transformación personal. La primera conmociona, la segunda conmueve. Y ya conocemos la repulsa de los seres humanos para abrirse al cambio interior.

Todo lo dicho se liga con una particularidad propia de la sincronicidad: la sensibilidad. ¿Qué significa? Que si la persona no registra las sincronicidades que aparecen a su paso, la percepción de este lenguaje de la naturaleza se torna más difícil de aflorar, y cada vez se reconoce menos su presencia en la vida. Por el contrario, a medida que la conciencia se va abriendo y dejando guiar por la sincronicidad, aparece con más fuerza, pero si no es escuchada se aleja de la existencia.

Llevando este concepto al desarrollo del proceso enfermar-curar, cobra sentido la afirmación, tan reiterada por Jung, acerca de que la sincronicidad es, por una parte, guía que reorienta a la persona en la noche oscura del alma, cuando abandona las seguridades de la conciencia y la razón, y por otra, el timón que la dirige hacia donde le corresponde ir a ella, como la ballena a Jonás.

¿Cómo se logra que la sincronicidad adquiera tal rol? Trabajando en los pequeños detalles la vida cotidiana y dejando que la gracia del alma se derrame sobre la conciencia.

3. LA VIDA COTIDIANA

Hay que aprender a dejarse conducir por el alma en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Cuando en este plano se aprende a fluir con las mareas de la vida, luego es más sencillo operar en las grandes causas de la existencia.

Algunas personas desvalorizan lo cotidiano porque les parece insuficiente, olvidando que “la totalidad de la vida es simbólica porque todo en ella tiene significado” (Boris Pasternak), o que “se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas” (Walt Whitman). Estar en lo cotidiano es vivir la vida aquí y ahora, pero “algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora” (John Lennon).

Vivir en lo cotidiano y acercarse a la sincronicidad por esta calle entraña que la persona ha logrado el punto de estar centrada en su interior, ser profundamente fiel a sí misma y habitar en la vida de un modo sencillo. Simplicidad que no presume, necesariamente, dicha.

Sigmund Freud declaraba, con cierta ironía, en una confesión autobiográfica ilustrativa: “He sido un hombre afortunado en la vida: nada me fue fácil”. Sin embargo, lo difícil tampoco requiere infelicidad, así como lo cotidiano no por ser lo que es resulta aburrido o insípido. Todo es una cuestión de miras, ya que “todos vivimos en la tierra, pero algunos levantamos los ojos hacia las estrellas” (Oscar Wilde).

Cuando se acepta la sincronicidad de lo cotidiano, se descubre la sincronicidad de lo que no lo es. De la misma manera que es imposible conectarse con la guía espiritual sin antes haberse enlazado con la terrenal, es inviable vivir lo trascendente sin previamente haber pasado por lo diario y familiar. La puerta de acceso a lo excepcional es lo habitual.

Entonces, es por el sendero de las acciones de lo cotidiano –a lo cual hay que adjuntar la experiencia creativa y el encuentro con los otros– como la sincronicidad se hace real en la vida de cada persona. De este modo, la conciencia se acostumbra a hilvanar y a observar que todo en el universo siempre le está hablando, tanto en la luminosidad como en la oscuridad.

El libro de Umberto Eco, El nombre de la rosa, es un ejemplo de cómo la sincronicidad anuda la malla de la existencia en relación con la luz y las tinieblas. Y más allá de las situaciones concretas, donde la sincronicidad ejerce su autoridad y en las cuales se hace palpable su presencia como proceso, es el ariete que ayuda a derribar las murallas yoicas que impiden penetrar a la persona en la noche oscura del alma y dejarse guiar por la oscuridad. Aquí es donde aplica aquello de que hay, en este tramo de la labor del alma, que aprender a ver en las sombras y no dejarse seducir por el impulso de salir a la luz, sino estar dispuestos a permanecer en la oscuridad el tiempo necesario, así como lo hace la semilla antes de convertirse en planta.

El libro Salida del alma a la luz del sol –traducido de manera inapropiada como El libro egipcio de los muertos– es un texto referido a lo que le espera transitar a la persona que fallece, en su camino hacia la luz, hacia la resurrección. No es un libro sobre la muerte sino sobre la vida, y narra las transmutaciones que va recorriendo el alma antes de poder llegar a Ser en la luz de Ra. Y lo crucial es que todo este transcurso acontece en la oscuridad.

En ese paso por la noche oscura, hay que aprender a escuchar las sincronicidades que van llevando, de modo suave o brutal, hacia la realización del plan del alma. Una voz que no se ajusta a las leyes de la razón, sino de la intuición.

Carl Jung aseguraba que la sincronicidad era un memorando psíquico, un recordatorio de que el universo tiene un orden fundamental que no se ajusta a la lógica de la causalidad. Leer ese orden permite avanzar, con paso firme, por el camino de la evolución.

4. LOS OTROS COMO SINCRONICIDAD

Entre las sincronicidades que se manifiestan en la vida hay una muy especial: los otros. La sincronicidad prefiere hablar a través de los demás que aparecen en la biografía de una persona. Y no sólo los que permanecen en ella, sino todos esos otros que la cruzan un instante, pero que le dan un nuevo sentido.

No es la duración o permanencia de una relación la que, por sí misma, renueva a alguien. Se trata de algo diferente, de una cualidad misteriosa que transmuta y que a veces persiste apenas el lapso de un relámpago, pero que con sólo eso resulta capaz de estremecer una vida.

Esto conlleva a la necesidad de estar alerta y prestar atención a quienes aparecen en nuestra historia, aunque sea por un minuto, dado que muchos pueden ser portadores de la sal que fermenta y transforma. Es que “ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados” (Ernesto Sabato).

Viajo mucho, y para no sentirme extranjero en todas partes practico, desde hace años, ciertos rituales que apuntalan el arraigo a la tierra donde la vida me lleva en cada oportunidad. Así, al llegar a cada ciudad que ya conozco, tengo determinados lugares que suelo visitar. Por ejemplo, cada vez que voy a Córdoba, España, recorro la Mezquita, convertida en el siglo XIII en la actual Catedral de Santa María de Córdoba.

Esta mezquita fue construida en el siglo VIII sobre las ruinas de la basílica visigoda de San Vicente, y vaya uno a saber sobre qué otro templo fue levantada esa basílica. Es en los arcos denominados mihrab donde puede observarse la evolución de la construcción: las columnas visigodas con arcos de herraduras, que resultaban demasiado bajos para los musulmanes, por lo cual añadieron pilares sobre las columnas y dispusieron otros más altos sin derribar los anteriores. Estos arcos policromados son mi punto de referencia y anclaje; me dan una sensación de arraigo profundo y me recuerdan que los apegos pueden convivir con la belleza, y que también se puede construir sobre experiencias ya vividas.

En ocasión de este relato, viajé desde Madrid a Córdoba en tren. Me ubiqué en un asiento de pasillo. En el de la ventanilla viajaba un hombre que en cierto momento del trayecto me preguntó: “¿Usted conoce Córdoba?”. Con cierta falta de entusiasmo respondí que sí. Él insistió: “¿Y le gusta?”. Mi respuesta cortante denotó mi empeño en evitar la conversación: “Sí, me gusta mucho Córdoba”. Pero sin darse por aludido, continuó: “Yo sigo, no bajo en Córdoba. Esta mañana, arreglando unas cosas, se me cayó una postal de Córdoba que alguien me regaló o la compré; se la voy a dar, se la regalo, la tengo aquí en el bolsillo, no sé por qué la puse en el bolsillo…, y la verdad, se la regalo”.

La situación no resultaba cómoda, pero más por hábito que por sentires, pude articular un “muchas gracias” y guardé la postal en la mochila. Luego de arribar a destino, vacío la mochila en el hotel y aparece la postal. En el dorso veo algo escrito a mano: una frase de san Juan que repito con frecuencia. Debajo de la frase había una dirección en la misma Córdoba. De manera que, para ser consecuente con lo que enseño, me dirigí al lugar y allí descubrí una pequeña librería con mesas sobre las cuales se apilaban textos de lo más disímiles. A poco de revisar, encontré un libro que hacía muchos años estaba buscando sin haberlo podido conseguir hasta ese día. Este evento es una sincronicidad que enseña que hay que prestar atención a quienes aparecen en la vida.

Jorge Luis Borges decía en una entrevista: “Uno puede darse cuenta de que el otro es inteligente, aunque el otro no diga nada. Uno está recibiendo continuamente algo, hasta los sufrimientos, hasta los sacrificios, hasta los maleficios, todo tiene algún fin. En el caso del poeta, todo lo que le pasa es una especie de arcilla que tiene que transformar, que moldear en belleza, y así todas las cosas se justifican, y los males también. Las ideologías también, la ceguera también. Yo debo agradecer esos dones, aunque, a veces, sean o parezcan terribles”.

Muchos amanecen cada día buscando mejorar y armonizar su vida. Creen que si superan con esfuerzo sus defectos –o al menos intentan controlarlos–, si hacen obras de caridad y le dedican sesenta minutos diarios a la meditación, un día descubrirán el “despertar de la conciencia”. Si bien estas acciones orientan a vivir de modo consciente, el inicio del proceso sea, quizás, el menos esperado, más mundano y a la mano, y menos dramático.

5. COMPRENDER Y EXPLICAR

Ya hablamos sobre la dirección de estas dos orientaciones del espíritu humano a la hora de darse cuenta del valor de cada una de ellas en la vida de una persona. Ahora quiero presentar una visión de conjunto de sus fortalezas y debilidades.

Comprender, en principio, supone poner el acento en los motivos que alientan una conducta que obliga a bucear en las intenciones interiores de una persona, tratando de conectar las vivencias que en ella acontecen, sin pretender con eso elaborar ninguna teoría, ni deducir leyes, sabiendo que los resultados de este enfoque cualitativo tendrán conclusiones relativas –aunque estemos en relación directa con lo estudiado–, por el solo hecho de nuestra participación subjetiva en el acto de comprender. De manera que esta dirección del conocimiento permite descubrir sentidos, a partir de la comprensión del mundo interior de una persona, pero tiene limitaciones a la hora de expandir esta deducción a otras o para generalizar conclusiones.

Explicar, por su parte, implica hallar las causas que provocan una conducta. Por esta razón obliga a la observación desde el exterior de la persona, conectando los hechos tal como aparecen, intentando formular teorías y encontrar leyes, sostenidas en datos cuantitativos que permitan predicciones precisas, y recolectados a partir de experimentos objetivos, en una relación mediatizada por instrumentos y distanciada de lo subjetivo. Por este camino, el conocimiento que se logra permite establecer leyes que facilitan determinar las conductas posibles cuando existen ciertas causas específicas, pero resulta poco útil a la hora de entender lo que sucede en la intimidad de la persona que expresa esa conducta.

La cuestión clínica, entonces, gravita en interrogarse acerca de cómo es susceptible articular estos dos relojes, para explicar así la naturaleza de la génesis de un padecer, y al mismo tiempo comprender su significado. Es decir, bucear por la historia y la trama al mismo tiempo.

6. HISTORIA Y TRAMA

La historia me fascina. Siempre preferí la antigua y medieval a la más reciente, con excepción de la época del Renacimiento, cuyo encanto y locura consigue atraparme, si bien en mi interior provoca hondos sentimientos encontrados. Esta pasión por la historia, hizo natural, de adulto, mi vocación primera por el psicoanálisis.

Durante la adolescencia tenía fe en la historia, hasta que un profesor me curó el idealismo al enfrentarme con la diferencia entre lo sucedido y lo narrado. Más tarde, al inicio de la universidad, leer a Sartre me dio una clave mayor sobre el hecho de que la historia no es lo acontecido sino lo que se hace con lo sucedido. Pero la comprensión del quehacer de la práctica clínica hizo que percibiera con nitidez que, merced a su dimensión temporal, la historia no consiste en el anudamiento de una secuencia de eventos separados entre sí, sino, por el contrario, en el paso de una configuración a otra, de manera incesante y encadenada.

Esto se aprecia con mayor robustez en la historia de las personas que demandan ayuda terapéutica. Ellas creen advertir que los sucesos de su biografía –aun en su fragmentación– son parte de un proceso de transformación continua, y aunque no se percaten de los eslabones que los unen, tienen conciencia de que los entreteje un hilo conductor. Es como si hubiera una necesidad imperiosa de dar continuidad a lo vivido, y cuando no se es capaz de procurarlo desde la conciencia, la sombra se encarga de ello.

Es interesante ver que esta secuencia no responde a un orden cronológico sino subjetivo, como si la narración histórica fuese una reescritura ficcional y no la descripción objetiva de hechos. En la biografía personal no importa la verdad histórica como tal, sino la mítica, la trama desde donde cada quien imagina sus recorridos, que narra y hace jugar precisos papeles a los personajes de esa novela.

7. TRAMA Y ARGUMENTO

Suelo enseñar que los síntomas son el fruto de creencias equivocadas. Y que para lograr remover los síntomas es ineludible cambiar el sistema de conjeturas ideológicas que sostiene nuestra personalidad.

Otro nombre de sistema de creencias es identidad; este referente que asumimos como lo que nos distingue es donde radica buena parte de la razón del sufrimiento que nos aqueja. Los hinduistas tenían mucha razón en indicar que para avanzar en el proceso de liberación era necesario disolver la identidad.

Ya sea sistema de creencias o identidad, lo cierto es que esta estructura para leer la realidad, a nosotros y a los otros, se conforma desde los primeros tiempos de vida, como parte de la tarea de modelaje que realiza el complejo materno en cada uno de nosotros. En este ámbito se instala lo que debemos ser y con quienes tenemos que estar: identidad y relaciones.

Allí comienza, pero la historia de vida va envolviendo, puliendo y cristalizando al sistema de creencias, hasta convertirlo en una coraza que nos separa de la realidad. Nuestra historia, organizada en función de este sistema, se convierte entonces en un mito afianzado. Pero un mito al cual se le ha arrancado el corazón. En lugar de ser un límite entre el alma y la realidad, una unión entre lo humano y lo divino, acaba siendo una muralla que separa y encarcela. En lugar de funcionar como la fuerza que re-encanta la vida cotidiana, se vuelve un rezo monótono y carente de vivacidad.

Para Aristóteles, la trama es el alma de la tragedia. Quiero quedarme sólo con este concepto y ampliarlo a todas las formas de que la historia se reviste, y dejar de lado otros aspectos que acerca de lo mismo señalaba el maestro de Alejandro Magno.

Una historia tiene alma, la fuerza que la anima, pero esa alma encarna en una personalidad para cobrar existencia. La personalidad es lo visible, y el alma, lo que no lo es. La primera se muestra por presencia; la segunda por ausencia. Sin embargo, es a través de la narración de la personalidad de la historia (sucesos, personajes, recuerdos, sueños, lugares, síntomas, etc.) que se manifiesta su alma.

Pero del mismo modo que una relación puede vaciarse de afectos y convertirse en un vínculo, es posible asesinar el alma de una historia y transformarla en una cronología.

Nosotros, cada quien a su modo, narramos nuestra historia, pero en realidad es la historia la que nos narra. El cuento que hacemos de nuestra vida nace de una estructura, donde los trozos y trazos entrelazados del relato –por momentos carentes de congruencia exterior– tienen una línea de sentido que se encuentra más allá de la conciencia. El yo la verbaliza, pero hay otro interior que escribe el guión.

Cada historia tiene miles de hilos con los cuales se teje. Atravesar los hilos (tramar) para dar forma a un tejido es la tarea de la trama. El telar donde se trenza la malla no está a cargo del Yo; él sólo figura como el referente que asume ese papel, sin ser el verdadero autor. Esto significa que la trama es la estructura estructurante de la historia que cada uno comparte como propia. ¿Y cómo se forja esa trama?

Hay memorias arquetípicas, familiares, personales; mandatos y creencias; lealtades y pactos; maldiciones y promesas; fantasías y deseos, complejos y exclusiones; secretos y expiaciones. En el interior de cada persona existe un juego de intereses múltiples y enmarañados imposible de abarcar en palabras, y que es responsable de perpetuar en cada persona un modo de lectura de la realidad. Es una herramienta, pero también un límite.

La trama da sentido, pero cuando éste se pierde o resulta inadecuado para satisfacer las necesidades emocionales de una persona, o no logra articular los diferentes afanes y ambiciones de sus diversas instancias psíquicas, se produce un derrumbe, que toma figuras muy distintas pero conduciendo todas a la exigencia de reescribir la historia. Muchas veces, es lo que lleva a buscar ayuda en un tratamiento.

Esto no significa que realmente quien acude a una terapia anhela transformar su trama. Por lo general, sólo pretende parches. El Ego se resiste a un cambio verdadero; la historia que cuenta, lo que refleja, son los desvelos yoicos, la intención de que el yo no sufra, pero sin que nada se modifique. Es que el Yo guarda una lealtad ciega a la trama de su vida.

Si reparamos en la narración histórica de cada uno vemos que en sus idas y venidas hay un argumento, como un guión, donde los personajes de esa historia juegan un rol, llevan a cabo acciones, se revisten de ciertas características y en donde los eventos se suceden en cierto orden temporal y espacial.

Imaginemos a una persona que, agobiada por la memoria de su orfandad y abandono en la primera infancia, ha desarrollado un fuerte sentimiento de desconfianza hacia todos y cada uno con quienes establece algún vínculo. Desde su trama interpreta cualquier cercanía como la posibilidad de que se reitere el abandono inicial, y esto la lleva a responder con conductas que alejan a los otros de su vida.

El temor a repetir el dolor la obliga a desplegar un mecanismo de defensa protector pero que la condena al aislamiento. Y esta trama le organiza un argumento de vida, en el cual los demás se convierten en posibles abandonadores en lugar de receptores. Por lo tanto, todo acto que realicen es visto como “me voy, no me quedo, te dejo solo”.

Este orden perceptivo-cognitivo-emocional no sólo se configura como un aprendizaje que deja huella en lo psíquico, sino que se cristaliza como una vía registrada en los senderos de la fisiología del sistema nervioso. La danza de los neurotransmisores y el canto de las conexiones axonales acompañan este proceso, para consolidarlo como un patrón que se resiste a mudar en algo diferente. La trama, entonces, se hace memoria en la carne.

1 La vida es un viaje experimental, realizado sin querer. Es un viaje del espíritu a través de la materia, y como es el espíritu el que viaja, es dentro de él donde se vive (Fernando Pessoa).

Capítulo segundo

Puntos de partida

En el mundo de la ciencia muchas veces se escucha a científicos decir “Eso es un buen razonamiento. Mi teoría estaba equivocada”, y cambian su enfoque para descubrir nuevas cosas. Sin embargo, no recuerdo la última vez que un político, un psiquiatra o un religioso dijese lo mismo.

Carl Sagan

Cómo conciliar historia con trama, explicar con comprender, causalidad (traumas, constelaciones familiares, arquetipos, genes) con sincronicidad, es un arte. Pero un arte que no sólo queda implicado y circunscripto en el ámbito de la terapéutica, sino que es parte de la vida. Conocer de causas de las cosas da tranquilidad a la conciencia, pero no despeja la incertidumbre del alma. El alma demanda alcanzar significados, comprender el para qué de los sucesos, y recordemos que quien pone sentido en la vida es el sentir. De manera que, mientras la explicación se recuesta del lado de la razón, la sincronicidad lo hace en los afectos y el alma.

Pero afectos y razón no deben separarse sino complementarse. Sin embargo, cada uno tiene su propio espacio y persiguen fines diferentes. Los afectos, a diferencia de la razón –que busca analizar, distinguir, separar–, están alentados por una insaciable ambición simbólica, acompañada por una intensa exigencia de orientarse hacia lo concreto. El pensamiento abstrae, discontinúa; los afectos materializan, asocian. ¿Cómo armonizar inclinaciones que, a toda luz, son tan disímiles?

Por ende, para dar respuesta a esta pregunta es necesario desarrollar algunas ideas preliminares, una especie de mapa con el cual vamos a intentar guiar esta excursión sobre la bipolaridad.

1. SOMBRA Y CONCIENCIA

Desde la fundación del trabajo –que hoy denominamos “psicoterapia”–, el objetivo de esta herramienta siempre fue posibilitar el descubrimiento de aspectos de la persona que le eran desconocidas para su conciencia, y que Freud enunció bajo la fórmula de “hacer consciente lo inconsciente”, y a lo cual Jung prefería denominar “nuestro encuentro con la sombra”.

En paralelo a este proceso de develamiento –en realidad, como habilitador de que éste ocurra–, la construcción de una relación interpersonal entre terapeuta y paciente forma parte esencial de su naturaleza. De manera que psicoterapia equivale tanto a relación como a saber más de uno mismo, por el sendero de ir arrancándole a la oscuridad segmentos de su señorío.

Freud suscitó la necesidad teórica de la comprensión histórica de los pacientes, para hacer viable el movimiento de concientización; es decir, que sólo en el marco de una biografía –entendida como relación de sentido y no sucesión de hechos– puede generarse una verdadera “toma de conciencia” capaz de producir cambios significativos. Esto implica una concepción que deja atrás el antagonismo entre situación e historia, y que enfoca su tarea a incluir en sus reflexiones la totalidad de la realidad del paciente.

Al revisar las diferentes versiones sobre el proceso de “darse cuenta” podemos apreciar el acuerdo en torno de que el producto de su actividad engendra una progresiva inclusión –un crecimiento por mayor comunicación– de aspectos, hasta ese momento disociados. En suma, se crece uniendo todo lo que estaba separado.

Tal dinámica comporta pensar que lo denominado “nuestra sombra” implica una región lógica (no espacial) que abarca todos los aspectos que la persona rechaza de sí misma y, puesto que no los admite dentro de sí, el proceso de individuación no puede cumplirse. Para que esto suceda se hace ineludible la integración del todo del individuo.

La sombra representa, pues, nuestra cara oculta y excluida, a la cual Jung se refiere como “nuestro hermana de la oscuridad, que aunque invisible forma parte de nuestra totalidad”.

Este reino inconsciente es atemporal y está regido por una lógica que evade las leyes de la causalidad, y su constitución está nutrida por la presencia de una operación psicológica que Freud describe como represión. Dispositivo inherente a la vida psíquica, que opera tanto en términos de la filogenia como de la ontogenia. En el primer caso, este acontecimiento se ubica en el momento del paso hipotético de la naturaleza a la cultura; en el segundo, se despliega en torno de los procesos que, desde el nacimiento en adelante, actúan como los responsables de suprimir los contenidos rechazables y dolorosos para la conciencia. En este sentido –si bien la represión funciona como una defensa–, sus intereses van en una dirección opuesta a la realización e individuación.

Pero sucede que los contenidos rechazados no desaparecen. Por el contrario, crecen (la sombra nunca está en reposo), y cada día la persona necesita destinar mayor energía para mantenerlos alejados del contacto consciente. Es que, como dice Jung: “El consciente se puede amaestrar como un papagayo; no, sin embargo, el inconsciente. Por esta razón, san Agustín ha expresado su agradecimiento a Dios por no haberlo hecho responsable de sus sueños”.

Como consecuencia de esta lucha por sujetar a la sombra, por una parte el Yo se va empobreciendo en sus capacidades creativas, y por otra, lo reprimido retorna, de manera deformada, bajo la figura de sueños, síntomas y vínculos. Es justamente mediante la observación de estas figuras como podemos interpretar el tenor de lo ocultado. En otras palabras, mientras la sombra permanezca como tal, el hombre se encuentra esclavizado a sus dictados e impedido de sanar los desgarrones de su integración. Por eso el camino para sanar esta herida consiste en enfrentar la sombra y abrazarla (como de un modo excelente lo describe la novela de Úrsula Leguin, El mago de Terramar.)

A partir de este lugar, la función del terapeuta consistiría en ser “partero” de la sombra del paciente. Ayudarlo a que dé a “luz” aquello que se mantiene en la oscuridad del inconsciente y que lo preña de padecimientos psicofísicos y desdichas vinculares. Un parto, en general, similar al propio y “natural” de las mujeres –aunque no exclusivamente sufriente– donde hay un dolor evolutivo que hace avanzar y que, luego de pasado, invade de gozo y disminuye la ignorancia.

Desde el punto de vista del terapeuta involucrado en el marco de la relación con un paciente, a quien está ayudando a enfrentarse con su sombra, vale aquí esta reflexión de Nietzche: “Hay casos en que los psicólogos somos como los caballos. Nos asustamos de nuestra propia sombra, que se mueve delante de nosotros. El psicólogo tiene que apartarse de su ego para ver”; y agrego de mi parte, para ayudar al paciente a “ver” su lado oscuro y temido.

Es interesante observar cómo, luego de este “hallazgo” de sus contenidos inconscientes, la persona se vuelve más compasiva, ya que para desplegar este sentimiento necesita haber vivido la experiencia de atravesar un dolor, padecido en carne propia, y sobre el cual haya prevalecido.

Así, el encuentro con la sombra –que nunca es casual, que siempre es sincronístico, que siempre sucede como parte de un trabajo, aun cuando no sepamos que lo estamos haciendo– forma parte del proceso más global de la evolución. Por lo tanto, como estamos destinados a tener que aprender (evolucionar), somos forzados a toparnos con la sombra. Más tarde o más temprano, según la disposición de nuestra personalidad a aceptar los dictados del alma.

El hacernos uno con la sombra, apareja estar cumpliendo con la tarea en esta escuela que es la tierra, alcanzar mayor capacidad de compasión, más sabiduría sobre nosotros mismos, comprensión del plan de la vida, centramiento en nuestra misión y, especialmente, un creciente dominio de nuestros talentos y fuerzas, que dejan de actuar enajenados por la conciencia, para ponerse al servicio de la unidad en el amor.

2. LA NOCHE OSCURA

Hombres y mujeres concurren a consultar a un terapeuta porque se sienten perdidos, dolidos, atemorizados, deprimidos o, tal vez, abrumados por conflictos o desgarrados y heridos por penas de amor. Lo que anhelan es dejar de sufrir, decir adiós a sus malestares y recuperar la salud y el brillo del sol para sus vidas; volver a respirar libres del peso y de las ataduras de la enfermedad y de los enfrentamientos antagónicos que los quiebran y fragmentan.

Los estudios de psicología, y otras artes terapéuticas, preparan a sus oficiantes para ayudar en la tarea de restaurar la paz extraviada, unir lo dividido y también guiar en la búsqueda del significado de las dolencias, es decir, interpretar el sentido simbólico y emocional de los síntomas.

Pero, en general, no entrenan para advertir que todo padecer es una iniciación, una noche oscura por la cual hay que transitar hasta llegar al sitio a donde el alma quiere habitar; a saber que el yacer en una noche oscura es algo natural, ya que, la oscuridad forma parte de la vida misma, que la noche oscura es un tiempo en donde la persona aprende a confiar y esperar, a tomar con calma los momentos difíciles y dejar que los procesos en los cuales está embarcado hagan su obra, a no fijarse metas y establecer propósitos, sino solo transitar. Viajar hacia la propia vida, preparase para atreverse a dar la cara al destino y renacer.

Cuando san Juan de la Cruz se refiere a esta experiencia, señala que el camino hacia la unión con Dios es un camino angosto “el cual, por ser tan estrecho y por ser tan pocos los que entran por él, […] tiene el alma por gran dicha y ventura haber pasado por él a la dicha perfección de amor […] llamando noche oscura con harta propiedad a este camino estrecho”.

Este camino estrecho, para el místico español, lleva a la unión con Dios y es uno de los tres caminos de la montaña con la cual simboliza el intento de ascender hacia la perfección. Dos de ellos (el de los bienes materiales y el de los bienes espirituales) no llegan a la cima, y sólo arriba a ella el sendero de las “nadas”. El sendero de no poseer nada para poseerlo todo, del no pedir a ninguna cosa que sea todo, ya que sólo aquel que es ninguna cosa, lo es todo.

Esto implica comprender la necesidad de la disolución de las apetencias yoicas (trascender el ego) para que el alma tome el timón de nuestra vida, pero también que esta operación sólo es posible si se acepta la noche oscura como oportunidad, ya que una noche oscura puede ayudarnos a darnos cuenta de la verdadera naturaleza de nuestros conflictos. Y comenzar de nuevo.

Si lo que se busca es la salud o la liberación de problemas, la oscuridad emerge como algo que debe ser superado; pero si lo que se espera de la vida es que sea una herramienta para disminuir la distancia que nos separa de la plenitud del alma, la oscuridad brinda dones significativos y necesarios para recorrer adecuadamente el sendero de la evolución.

Thomas Moore señala que:

Una auténtica noche oscura del alma no es un reto superficial sino un hecho que le arrebata la alegría de vivir. Un hecho externo o un estado de ánimo que incide en lo más profundo de la existencia. No se trata sólo de un sentimiento sino de una ruptura de su propio ser, y quizá tarde un tiempo en atravesar ese túnel. […] La depresión es una enfermedad psíquica, una noche oscura es una prueba espiritual. Muchas personas creen que lo importante en la vida es solventar los problemas propios de la vida. Pero la felicidad suele ser efímera y uno nunca deja de tener problemas. Quizá su propósito en la vida sea reforzar su identidad y mantener una relación más profunda con las personas que le rodean y con la vida, es decir, vivir intensamente la vida. Por más que lo anterior pueda parecer obvio, muchas personas quieren evitar la vida. Temen dejar que fluya a través de ellas, de modo que canalizan su vitalidad en ambiciones, adicciones y preocupaciones que no les proporcionan nada valioso. Una noche oscura puede presentarse, paradójicamente, como una forma de volver a vivir. Elimina todo lo superfluo de nuestra vida y nos ayuda a comenzar de nuevo.

Este párrafo de Thomas Moore sintetiza la perspectiva que quiero introducir en el territorio terapéutico:

la labor del terapeuta no consiste en curar neurosis o enfermedades físicas, sino en acompañar llamados, pruebas y revelaciones espirituales, ayudar a que las personas purguen y dejen atrás todo aquello que las aparta de la luz y del destino de sus almas.

3. REGISTROS DEL ENFERMAR

Vivimos en una sociedad con un paradigma científico que, con la finalidad de producir saber, disocia. En lugar de concebir la integralidad de la vida, separa individuo de sociedad, naturaleza de cultura, afecto de razón, personalidad de alma, cuerpo de psiquismo.

Sin embargo, los seres humanos constituimos una totalidad que es posible leer desde varios ángulos, pero no por eso deja de ser una estructura integral multidimensional. Su arquitectura y su dinámica son analógicas en sus diferentes niveles de integración, de manera que al acceder a un fenómeno y leerlo desde una perspectiva, estamos suponiendo que algo semejante sucede en el resto. Así, podemos plantear que la experiencia humana, en este caso del enfermar, puede ser interpretada por un proceso que denominamos los tres registros.

Imaginemos que una persona tiene dolores en el pecho y le cuesta respirar. Esto la lleva realizar una consulta médica; el profesional que la atiende indica placas radiográficas de pulmón y cuando las ve diagnostica enfisema pulmonar.

Vale recordar que el enfisema pulmonar es una afección obstructiva de las vías respiratorias ocasionada por una dilatación permanente de la parte más profunda de los bronquios, con una destrucción crónica de la pared alveolar, con o sin fibrosis manifiesta, que en general aparece después de bronquitis crónica, y ocasiona al paciente dificultad para respirar . Se tiene la impresión de falta el aire y ahogo.

Si bien en la placa no está el enfisema, el médico, por los signos que ve en ella, interpreta y emite un diagnóstico. Es decir que el diagnóstico es una interpretación basada en conocimientos previos. Tenemos aquí, entonces, un primer registro, en este caso biológico, de una manifestación clínica decodificada en diagnóstico.

Pero esa persona está muy motivada por el trabajo personal y decide realizar una visita a un profesional especializado en psicosomática para indagar el significado de su síntoma.

Supongamos, por un momento, que el terapeuta va traduciendo el enfisema en términos de rechazo materno, una herida en la sintonía con la madre ocurrida en los primeros tiempos de vida. Le comenta que las señales de su padecer indican una mayor urgencia de hacer caso de sus propias necesidades y, a causa de que los pulmones guardan una estrecha relación con la capacidad de aspirar la vida, libertad y territorio, el enfisema le muestra la exigencia de apropiarse de su propio espacio personal. Y que, en última instancia, esta especie de esclerosis indica que algo que debería estar vivo está muerto en ella. Nuevamente nos topamos con una interpretación, en este caso psicológica, que nos conduce a un segundo registro, a la sazón psíquico.

Sin embargo, es dable seguir avanzando; a partir de imaginar que por medio de la enfermedad realizamos una travesía espiritual en la vida, se hace espacio para buscar el significado almático de este síntoma. Los síntomas suelen ser la ocasión de un despertar espiritual y es muy interesante observar, en los pulmonares, la implicación en términos de vínculos que conllevan, más si imaginamos que los alveolos pulmonares son un espacio vicariante de escenificación de la memoria constelar. Aquí ya penetramos en el paraje del tercer registro.

Entre las claves del enfermar pulmonar hay que tener en cuenta el sentimiento de ahogo, la sensación de ausencia de autonomía, una profunda necesidad de mostrar al mundo que existimos y de vivir intensamente.

En el vientre materno el bebé respira a través de su madre, y sus pulmones se encuentran bañados en líquido. El grito del nacimiento es esencial para vaciar los pulmones de agua e iniciar la respiración pulmonar. Y se produce luego del corte del cordón umbilical, de tal manera que el comienzo de la respiración simboliza, por una parte, nacimiento, y por otra está asociada a una pérdida.

Los pulmones son órganos que desde el punto de vista espiritual se relacionan con la capacidad de integrar la vida y el alma, de asimilar el universo que compartimos con el resto de las personas. El enfisema, en este plano, alude a la presencia de una rigidez que no le permite a la persona ser flexible y sincera y, al mismo tiempo, tener un balance adecuado entre el dar y el tomar. La vida de esta persona se ha malogrado, dejándose tragar por el egoísmo y la soberbia, y demanda una reorientación existencial profunda, que vuelva a ponerla en contacto con la misión y vocación del alma.


Esta mirada supone reconocer planos diferentes de realización de la conducta humana y nos permite desplegar la idea de que, así como el oxígeno es el nutriente del cuerpo, los afectos son el oxígeno del psiquismo y las relaciones son el oxígeno del alma.

4. LUZ Y SOMBRA

El oxígeno aparece en la tierra como un regalo de la vida vegetal. Y ésta sólo es posible por la presencia de la luz, que es, en esencia, la luz del sol. De tal manera, la vida vegetal –con sus colores y figuras representando el primer intento de humanización de la tierra– da lugar a crear la condición de existencia de la vida animal, mediante el don del oxígeno que ella produce. Así, todo el proceso de evolución humana está asentado sobre la base inicial de la presencia de la luz en este recorrido.

Si bien la luz es la fuente creativa de la vida, los seres humanos emanamos de la oscuridad. No sólo por aquello del bíblico “Hágase la luz”, sino por el hecho natural de que habitamos, durante nueve meses, en la oscuridad del claustro placentario. La oscuridad precede a la luz, y también es la materia prima a partir de la cual nace la luz.

La condición dual –luz y oscuridad– permite construir dos ejes de comparaciones antagónicas en la vida de las personas: luz-conciencia-eros y oscuridad-sombra-thanatos.

Sin embargo, tal polaridad serial no es excluyente; la existencia consiste en esa dialéctica de muerte y resurrección, oscuridad y luz, todo al mismo tiempo. Y resulta atrayente imaginar la articulación que cuaja como resultado de la interacción dinámica entre ambos polos de luz y oscuridad: el color.

Los seres humanos no vemos la luz de manera directa, sino colores. Pero en verdad, no todos sino una gama de ellos, como si existiera una luz exotérica y otra esotérica, que no nos resulta accesible a la percepción.

De modo metafórico, es posible concebir el hecho de que cuando la luz se emociona, se hace color. Por esa vía, el color se convierte en el mediador entre la luz y la oscuridad, entre lo espiritual y lo terrenal, al igual que los afectos son los conectores entre personalidad y alma, cuerpo y psiquismo. Colorear la vida, transformar el mundo en un espacio multicolor, el espíritu en alma, es la labor de los afectos.

Cada familia es una gama de colores, y cada personaje familiar, un tono de esta gama. Hay familias con muchos matices y otras en las cuales el espectro es más restringido. Cada color es un afecto, y los colores familiares dominantes indican las temáticas emocionales de cada grupo familiar. Hay colores excluidos y rechazados, otros que se repiten mucho, algunos que desentonan y varios que generan malestar y problemas de aceptación. Incluso, hay colores secretos que no se comparten. Hay colores bipolares, simbióticos, disociados…

El sol representa lo espiritual y la tierra lo terrenal. El punto medio entre el sol y la tierra es la luna, nuestros afectos, nuestra memoria. Y los afectos son hilos mediante los cuales las hormonas tejen el entramado de nuestras relaciones.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
31 ekim 2024
Hacim:
215 s. 10 illüstrasyon
ISBN:
9789507546921
Telif hakkı:
Bookwire
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