Kitabı oku: «Constelaciones familiares y bipolaridad»
Durante la última década, la historia del arte psicoterapéutico ha centrado su interés en el papel que juegan las memorias familiares en el surgimiento de los padeceres humanos de toda naturaleza. Pero, asimismo, en la búsqueda de respuestas para enfrentar uno de los sufrimientos que más estragos genera en la actualidad: el trastorno bipolar.
El autor presenta en este libro, con lenguaje directo, una clara visión de cómo las redes y las relaciones familiares participan en su gestación, y cuáles son los conflictos interpersonales y transgeneracionales a partir de los que se hace presente este sufrimiento en la vida de las personas.
Sin duda, un apasionante viaje que desnuda la realidad de un dolor afectivo, fruto de una disfunción familiar, y que sólo encontrará sanación plena gracias a la reconstrucción del tejido vincular básico de la vida: los ancestros.

Eduardo Horacio Grecco nació en Argentina y reside actualmente en México. Formado en el campo de la psicología y el psicoanálisis, investigó la obra de Jung, como así también la Bioenergética y la Psicología transpersonal. Es autor de varios libros de autoayuda y de Terapia Floral, campo en el cual es un reconocido maestro, y como tal lleva varios años impartiendo cursos y conferencias en distintos países de América y Europa.
Algunos de sus libros publicados por esta Editorial son: Terapias Florales y Psicopatología, Volver a Jung; Sexo, amor y esencias florales, Muertes inesperadas; La bipolaridad como don; Despertando el don bipolar, Bipolaridad como oportunidad.
Eduardo Horacio Grecco
Constelaciones familiares y bipolaridad

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Epígrafe
Prólogo
Introducción
Capítulo primero. Relojes de la vida 1. El reloj causal 2. El reloj sincronístico 3. La vida cotidiana 4. Los otros como sincronicidad 5. Comprender y explicar 6. Historia y trama 7. Trama y argumento
Capítulo segundo. Puntos de partida 1. Sombra y conciencia 2. La noche oscura 3. Registros del enfermar 4. Luz y sombra 5. Afecto 6. Sentimiento y emoción 7. Trauma 8. Predisposición
Capítulo tercero. Subir al autobús equivocado 1. Huellas de experiencias infantiles en los bipolares 2. Órganos, sistemas corporales, familia 3. Las huellas arquetípicas 4. Un eje de unión de memorias 5. Sin embargo
Capítulo cuarto. La madre y su hijo 1. Sintonía, contacto y diferenciación 2. Juegos de crianza 3. Espectro disociativo 4. Espectro simbiótico
Capítulo quinto. Espectro y encendido bipolar 1. Espectro bipolar 2. Encendido bipolar 3. Las causas y el proceso del encendido bipolar 4. Hiperia
Capítulo sexto. Naturaleza y rasgos bipolares 1. Textura de la bipolaridad 2. La trama bipolar 3. El elogio a la oscilación 4. Vínculos bipolares 5. Un caso particular del espectro bipolar: adicciones 6. Espacio bipolar
Capítulo séptimo. La conexión misteriosa 1. El lenguaje crea mundos 2. La vida es forma en movimiento 3. El universo cuántico 4. La permanencia de la información
Capítulo octavo. Memorias constelares y bipolaridad 1. Señor de la oscuridad: hígado 2. Afectos y personalidad hepática 3. Cuerpo, familia, espectro bipolar
Epílogo
Apéndice. Remedios para bipolares Los vínculos y el cuerpo La experiencia del “no” Verticalidad y movimiento Juegos infantiles Tres esquemas para la construcción del eje interior Remedios para bipolares
Bibliografía
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Hay que honrar a los ancestros familiares de los cuales provenimos: abuelos, padres, todos los mayores, que están contenidos en nuestros genes y memorias.
Del mismo modo, a los que somos terapeutas nos corresponde honrar la genealogía que habita en nuestros talentos y capacidades para ayudar al que sufre y padece, abuelos, padres, tíos, hermanos en el oficio de curar.
A unos y otros está dedicado este libro.
El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre.
Martin Buber
Coincidiendo con todos los demás, encontramos el centro de nosotros mismos.
Pierre Teilhard de Chardin
Prólogo
Tengo la certeza de que voy a alguna parte, la vida sabrá dónde, yo me dejo guiar…
Eduardo Grecco
Leer este libro es como escuchar a Eduardo Grecco con sus palabras llenas de verdad, de conocimiento y de amor por la vida.
Si bien, en sus propias palabras, no pretende más que éste sea un viaje que asome su práctica psicoterapéutica, encuentro en este libro una valiosa herramienta, tanto para terapeutas como para pacientes, familiares, estudiosos y curiosos que quieran conocer, de viva voz y en la piel de un experto, qué es la bipolaridad, cómo entenderla desde los afectos y afecciones, y cómo la familia y las raíces pueden ser una carga o un recurso, además de proponer posibilidades de sanación y transformación.
Según he entendido hasta ahora siguiendo el trabajo de Eduardo, la bipolaridad se vuelve una cárcel si no somos capaces de conectar con nuestra Alma, si no podemos habitar nuestro cuerpo, si no logramos resignificar nuestros vínculos, reinventar nuestro destino y reescribir nuestra historia.
El Alma, el cuerpo y la familia tienen heridas; algunas de ellas han sido reprimidas, bloqueadas u olvidadas, pero estas memorias siempre vuelven. El trabajo de acompañar heridas requiere revisitar zonas de riesgo, para lo cual hay que tener capacidades y habilidades apropiadas a fin de contener las historias.
La habilidad de Eduardo Grecco es lograr reconocer las heridas del alma, tocarlas y mover interiormente a la persona para conseguir transformaciones profundas. Él se apoya en esa ayuda del Alma para proponer el cambio; la conoce y sabe de su sombra, de hecho cita “la noche oscura del Alma”, porque al final de cuentas para recuperarla siempre hay que vivir y atravesar esa parte oscura... En este libro somos guiados a reconocer la sincronicidad como fuerza del Alma, y no cabe duda de que cuando el Alma está lista, entonces aparecen los recursos de sanación.
¿Pero por qué una persona, aunque lo desee, no puede moverse de sus afecciones?
En la práctica terapéutica de Constelaciones encontramos que el síntoma es la presencia de la ausencia, esa dolorosa ausencia que pide ser reconocida, recordada e integrada. La función del síntoma es recordarnos que falta algo o alguien, que algo no está en orden, y por esa razón, para mantener equilibrio en las familias, algún miembro de manera inconsciente asumirá “llevar” esta carga a través de un síntoma, manifestado en enfermedad, dolor o pérdida. De esta forma, intentará equilibrar para todo su sistema familiar los enredos, olvidos y embrollos vividos a lo largo de la historia ancestral.
Eduardo nos lleva a entender que la Bipolaridad es un síntoma que carga uno de los miembros, pero en realidad pertenece a toda la familia. Ésta es la razón por la que resignificar los vínculos, las creencias y los mandatos familiares representa una oportunidad para volverse autónomos de la familia, sin por ello dejar de ser parte.
Al decir del autor, para poder liberarnos de los síntomas es necesario reconocer que no nacemos vírgenes, nacemos llenos de memorias. Algunas de ellas no nos pertenecen, son parte de nuestro legado; por eso hay que integrar toda la experiencia personal, constelar familiar, arquetípica y almática hasta apropiarnos de ellas y transformarlas con un acto creativo en una fuerza.
He tenido la oportunidad de trabajar en conjunto con Eduardo, y puedo dar fe de que su experiencia personal y profesional está plasmada en este libro. Un libro que logra responder preguntas que tal vez los lectores aún no han expresado, y sin embargo a través de sus páginas se sentirán comprendidos y escuchados.
Al comenzar su lectura, los invito a dejar de buscar explicaciones, a vivir la experiencia, y posiblemente sus heridas podrán convertirse en dones.
Deseo a Eduardo, testigo y facilitador de transformaciones, que la vida lo siga guiando a escribir libros tan llenos de experiencias y comprensión para todos los que necesitan el alivio de sus palabras; a los lectores les auguro un viaje lleno de sincronías hacia el interior de su ser, donde puedan encontrar fuerza para seguir en este camino que la vida nos muestra día a día.
SUJEY ALEMÁN ROLDÁN
Directora de Constelaciones México,
Instituto de Soluciones Sistémicas, México D.F.
Introducción
Habrá cosas que nos pasan y no se viven, y por ende no se aprende de ellas, dando como resultado que el suceso no se transformará en experiencia.
Luis Chiozza
El mensaje que deseo compartir con ustedes, en esta ocasión, es parte de la experiencia de trabajo con las personas llamadas bipolares y la visión de la enfermedad y la salud que esta tarea me ha llevado a desarrollar a lo largo del tiempo. Perspectiva que considera a la bipolaridad no sólo como una manifestación clínica y un emergente familiar sino, además, como una búsqueda espiritual por un sendero equivocado.
Basta enfocar la mirada sobre la fenomenología clínica para descubrir la semejanza que existe entre expresiones bipolares y místicas. Argumento que hoy se sustenta desde un lugar tan distante a nuestra praxis como lo es la neurociencia, que señala la convergencia de los procesos que dan lugar a la producción creativa, mística y bipolar.
Al usar el término espiritualidad no me refiero a nada religioso, sino a algo más abisal y primigenio: la ambición humana de que en su existencia haya sentido. Y el sentido sólo se encuentra sintiendo; es una experiencia cardíaca. Pero ocurre que a pesar de su llamativa afectividad, la bipolaridad no es un fogueo emotivo extremo sino, por el contario, un disfraz dogmático del propio sentir, que impide a la persona un contacto genuino con su auténtica vivencia.
Entre el éxtasis sin fe de la manía, y la noche oscura sin para qué de la melancolía, se percibe la desesperada ansiedad del alma bipolar por encontrar la conexión con el Ser interior que ha perdido. Y ese Ser, su Eje Interior, ella debe comparecer a rescatarlo del sitio en donde se oculta: su espacio genealógico, su mundo constelar, su esfera parental. Ese pozo de vacuidad de tiempo que se ha producido en su existencia al haber aceptado pagar, sin cuestionarlo, una deuda firmada por un ancestro o asumiendo y sosteniendo un padecer, como tributo indispensable para alcanzar el merecimiento de pertenecer a una específica tribu parental. Esta dimensión perdida y sepultada en el ayer, ha tragado su quietud, su oscilar pausado, y la ha arrojado como una piedra contra un metal: saca chispas, hace ruido, pero no forja, es crisol de nada.
Sin embargo, la misma red vincular familiar es la que puede devolverle el equilibrio, la capacidad de integrar polaridades; permitirle cruzar la orilla del desamparo que la inunda y arribar al cobijo que anhela. Hundida en su desesperado sufrir, ella está intentando –de un modo fallido– corregir un enredo pasado, cancelar un pendiente silenciado, reconciliar a Caín y Abel, Jacob e Isaac, mostrar la premura de develar un secreto de muerte, gritar lo que por generaciones se ha callado, encubrir, con el desgarro de su padecer, talentos de ancestros desperdiciados, injusticias, exclusiones…
Claro está que una tarea es explicar la bipolaridad, y otra muy distinta, comprenderla. Explicaciones sobran, comprensiones faltan. Y el primer paso para entender una pizca del mundo bipolar es reconocer su naturaleza esencialmente humana. Que la bipolaridad desdichada es el descarrío de un modo complejo del funcionar natural de los seres humanos, un desvío, no sólo personal, sino familiar y colectivo.
No estoy muy seguro de haber podido plasmar, en este libro, el diseño interior que concibo como el rumbo que deberíamos seguir para brindar, tal vez, no una sanación de este padecer, pero sí su reivindicación como experiencia. Tengo la certeza de que ninguna teoría cura y, ya ven, aquí estoy dibujando una. Pero al releer lo escrito me doy cuenta de que no se trata tanto de un texto científico, o un manual sobre la bipolaridad, como del relato de un viaje extraño y singular en torno de mi actividad terapéutica. Una actividad muy parecida a la de un tejedor, que en su telar entrelaza los diversos hilos de una biografía hasta formar, con retazos de diversos colores, una trama plena de intenciones.
He vivido lo suficiente como para darme cuenta de que aquello que uno fragua con sus pensamientos, es semilla que toma tiempo en fructificar. Pero la vida no desecha nada; con todo crea. Este imaginario me da cierta tranquilidad de espíritu acerca del destino de lo que he aprendido sobre el padecer bipolar. No espero que permanezca, pero sí deseo compartirlo, y tener la posibilidad de dar a conocer que el mundo que concibo sobre este tema es fuente de dicha en mi vida. Es por eso mi gratitud para pacientes, lectores y editores.
Un comentario final. La visión constelar familiar que utilizo en la práctica clínica, presente en este libro, no pertenece al campo sistémico, aunque toma algunos elementos de él. Más bien, es un enfoque transversal que parte de la visión psicodinámica, y se adereza con mucho de bioenergética y psicología transpersonal. Asimismo, este recurso terapéutico no es un territorio privativo en mi labor clínica, pero durante años he colaborado en intervenciones familiares aplicadas a la bipolaridad, experiencia que intento transmitir aquí. Por otra parte, en mis libros anteriores sobre el espectro bipolar se encuentran desarrollados, extensamente, las miradas teóricas, terapéuticas y clínicas que sustento en relación con este padecer. El lector podrá encontrar en ellos la posibilidad de ampliar aspectos aquí puntualizados, que por la propia naturaleza del presente texto sólo se mencionan de modo breve.
EDUARDO H. GRECCO
México, enero de 2015
Capítulo primero
Relojes de la vida
He hecho de mí lo que no sabía, y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
Fernando Pessoa
El punto de partida de la visión que auspicio es considerar que la enfermedad no es un mal a combatir sino una oportunidad para saber más de nosotros mismos. Que aquello que sentimos como un obstáculo o barrera, es posible de apreciarlo como espejo que nos muestra lo que no vemos de nosotros mismos y, al mismo tiempo, maestro de nuestro proceso de evolución. Desde esta percepción, estoy convencido de que cada uno de nosotros realiza una travesía espiritual a través de la enfermedad, y al llevarla a cabo de un modo acertado, esta excursión nos acerca más a la salud y la dicha.1
Los movimientos de este viaje, adversidades que se presentan inesperadamente, encuentros y desencuentros impostergables, logros que se alcanzan contra toda esperanza, no acontecen de modo casual sino, por el contrario, están provocados por el interjuego de dos fuerzas, complementarias en su antagonismo. La una y la otra reconocen intereses desiguales y responden a preguntas diversas, pero ambas contribuyen a dar razón de dos dimensiones de la enfermedad: causa y sentido.
Es muy cierto que, si bien hay un reloj causal que permite explicar la razón del emerger de un síntoma en nuestra vida, las influencias que participan en su construcción y génesis, también hay que reconocer la existencia de otro reloj, la sincronicidad, que brinda la posibilidad de comprender su sentido. Y aquello que da sentido a la vida, es sentir. De modo que la causa de la pérdida de sentido –que provoca por sustitución la aparición del síntoma en la vida de una persona, manifestación destinada a ocupar el lugar de un afecto que falta–, radica, en última instancia, en la ausencia o bloqueo de la expresión emocional. Así, lo que enferma no es sentir sino reprimir el sentir, el asedio injustificado al fluir de los afectos.
En este punto, es forzoso tener presente que, allí donde un afecto se ha visto impedido de expresión, el síntoma asoma como su representante. Cuando esto sucede, el afecto sofocado se abre a la posibilidad de retornar como afección. De modo que los síntomas son estelas que rememoran antiguas situaciones en donde determinados sentimientos fueron ahogados. Son un lenguaje que narra la historia de una expresión tímica impedida, apagada o extinguida. Significantes de un significado extraviado para la conciencia.
Que lo excluido de la vida yoica retorne, y que conozcamos los mecanismos mediante los cuales esto ocurre, nos permite conocer las causas que, de una manera más o menos segura, están en la raíz de un síntoma. Sin embargo, esta explicación no dice mucho acerca del lugar que éste ocupa en la trama de la vida de quien lo padece. Tampoco da cuenta de su significación, ni lo que enseña. Las causas, por más sofisticadas y holísticas que se perfilen, sólo responden al porqué de las cosas. La historia narra y explica el acontecer de una enfermedad, pero es muda a la hora de comprender su para qué.
Es cierto que la reconstrucción de una biografía aporta un conjunto de respuestas teleológicas reveladoras en torno de los cursos posibles de una enfermedad. Sin embargo, esto no implica deducir sentido en relación a la trama de una vida. Es que la significación de un síntoma en el marco de la terapéutica y dentro de la vida de una persona son dos cosas diferentes.
En el consultorio, las explicaciones precipitan sentido (aunque no lo tenga) en la conciencia del paciente. Sin embargo, cada paciente es una persona que trasciende los límites de un consultorio o de una teoría científica. La explicación nunca calma su dolor, sólo posterga la sentencia sobre él, y muchas veces aumenta la ignorancia de sí mismo y embota la comprensión de la situación en la cual se encuentra.
Esto no conlleva que explicar y comprender sean perfiles que mantengan entre ellos, de manera obligada, un maridaje tormentoso. Por el contrario, es posible hacerlos converger, pero no pretender que uno u otro hagan lo que no les corresponde.
1. EL RELOJ CAUSAL
Es muy cierto que el concepto de causalidad ha sufrido una variedad de modificaciones significativas a lo largo de historia, pero también es verdad que su esencia parece mantenerse firme. El principio de causalidad se adaptó a las necesidades de los nuevos problemas que la ciencia y la sociedad le planteaban y, por eso, sobrevive en muy buenas condiciones, sin haber renunciado a la esencia de su naturaleza. ¿Cuál es?: cada suceso tiene causa.
Esto implica varias cosas: todo ocurre de forma conectada, nada está aislado; cualquier hecho, incidente, gracia o desgracia, se encuentra ligado a otros en un dinámico proceso de interacción; un evento se continúa con otros; la causa precede al efecto. De esta condición última se desprende la necesidad de la línea de tiempo que supone la causalidad y el hecho de que la causa siempre se encuentra en el ayer de lo causado.
El reloj causal es el que habla de las influencias que determinan resultados, consecuencias, secuelas y frutos. Su acción se resume en frases como: Todo efecto tiene una causa; No existe efecto sin causa; Todo accionar tiene causa; Nada se hace sin causa; Todo cuanto comienza a existir debe tener una causa eficiente; Todo cuanto existe de manera contingente tiene causa eficaz.
Sin embargo, la causalidad unívoca se vio obligada, por el peso de su misma insuficiencia, a ampliarse a lo “pluri” o “multi”. Es que una serie causal del tipo “virus X genera patología Z”, es bastante improbable que se respalde en la realidad, tomando en cuenta la cantidad de factores que concurren en las vicisitudes que estallan, en la vida, como síntoma. Si bien esta consideración (multicausalidad) es aplicable en la naturaleza, es una afirmación más rotunda aún en lo humano.
Sin embargo, incluso contando con la noción de sobredeterminación en la apreciación de los procesos humanos, y aceptando la posibilidad de que esta perspectiva permita descifrar la génesis de un síntoma, conducta o cualquier otra manifestación, tal perspectiva sólo alcanzaría a predicar eso (que no es poco), pero no lograría poner en evidencia el significado existencial de tal producción.
Con Sigmund Freud la causa fue, al principio de sus reflexiones, el trauma. Luego el complejo de Edipo, y más luego el de castración; otros investigadores señalan, en el origen de las neurosis, temas como complejo de inferioridad, abandono materno, etc. Incluso, de lo personal se avanzó a lo no personal: anclajes arquetípicos, constelaciones familiares, memorias del alma. Es igual: aunque cambiemos el motivo, nos extendamos en el espacio o retrocedamos en el tiempo, todo se restringe a buscar causas en el pasado. En suma, la causalidad da cuenta de la presencia del pasado en nuestra vida. Eso explica la secuencia de nuestra historia, pero no la trama de nuestra biografía. Indica la cartografía de un organismo, pero no de las intenciones que lo alienta. Para eso, hace falta dar un paso más.