Kitabı oku: «El inconsciente explicado a mi nieto»

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Élisabeth Roudinesco

El inconsciente

explicado a mi nieto

Traducido por Agustina Blanco



Roudinesco, ElisabethEl inconsciente explicado a mi nieto / Elisabeth Roudinesco. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Agustina Blanco.ISBN 978-987-599-532-11. Psicología. 2. Inconciente. I. Blanco, Agustina, trad. II. Título.CDD 150.1

Título original: L’inconscient expliqué à mon petit-fils

© Editions du Seuil, 2015

Prohibida su venta en España.

Traducción: Agustina Blanco

© Libros del Zorzal, 2017

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Para Gabor y Pernette

Agradezco a Lucie (11 años), Ninon (8 años), Karine (9 años), Émile (11 años), Vitya (11 años) y Gabriel (13 años), quienes aceptaron responder a mis preguntas y transmitirme su concepción del inconsciente, el sueño, el cerebro y la sexualidad.

Índice

1.Tomarse tiempo para comprender aquello que no vemos | 8

2.¿Dónde se esconde el inconsciente? | 19

3.El inconsciente de antes y el inconsciente de hoy | 29

4.Viaje al centro del sueño | 46

5.Un doctor en Viena | 58

6.¿Hay vida en el inconsciente? | 74

7.¿Los animales tienen inconsciente? | 84

8.El lado oscuro del inconsciente | 98

1

Tomarse tiempo para comprender aquello que no vemos

¿Qué es exactamente el inconsciente?

El inconsciente se parece a un iceberg. Ya sabes, esas montañas de hielo que aparecen como por encima del mar, cerca del Polo Norte: un bloque helado a la deriva, puntiagudo, fornido, biselado o erosionado. Imagina por un instante ese hermoso objeto inerte, cuya mitad está inmersa en las profundidades del océano, mientras que la otra navega por la superficie del agua. Ambas mitades son iguales: la parte invisible es más importante que la parte visible, y también más peligrosa porque permanece oculta. Todos los navegantes lo saben. Temen muchísimo más aquello que está escondido que aquello que resulta aparente. Eso es el inconsciente, la parte sumergida de la montaña blanca, compuesta de varios pisos, con trincheras, pasarelas, laberintos. Podemos compararla con una casa flotante de la cual no logramos definir el contorno, pero cuya presencia intuimos.

¿Pero cómo es posible que esa casa esté presente y a su vez ausente, sea flotante y a su vez sólida?

Porque es una casa que se parece a un bote sin timón, sin vela, sin motor. No conocemos ni su forma, ni el lugar donde irá a tirar el ancla. En ese sentido, el inconsciente, comparable a esa casa, es una inconsciencia, una actividad que escapa a la razón. Cuando alguien es inconsciente, decimos que está loco o que ha perdido el conocimiento. Zoé, la hija de mi amiga Julie, que tiene cuatro años menos que tú, me dijo que para ella, cuando uno es consciente, sabe lo que hace, encuentra su camino y contiene un poco sus emociones, mientras que, cuando uno es inconsciente, desconoce lo que hace el cerebro. Es como cuando dormimos.

Un orate ¿está loco?

Sí y no. Todo depende de la mirada que fijemos sobre él. Hace mucho tiempo, en la Edad Media, los orates, o sea los inconscientes, eran vistos como borrachos, gente que abusaba de los placeres, que amaba el carnaval, los disfraces, el vagabundeo. Un gran pintor, El Bosco, representó esa inconsciencia en un famoso cuadro, La nave de los locos, que puedes ver en el museo del Louvre. Allí, reúne en una embarcación a la deriva a unos diez personajes privados de consciencia: mujeres y hombres sentados a la mesa, con la boca bien abierta, que no saben a quién morder y no consiguen comer ni cantar. Una oca rellena está colgada de un mástil, inalcanzable y, donde iría la vela que debería guiarlos, El Bosco pintó un trozo de crepé y, en lugar de un remo, colocó un cucharón gigante en las manos de un navegante ciego.

Sumidos en la inconsciencia, esos hombres y esas mujeres viven en un mundo invertido: no van a ninguna parte y su cabeza no domina sus cuerpos. Viven en una casa sin cimientos que no puede fijarse a ningún suelo. Tienen con qué alimentarse pero no logran comer. Eso es el inconsciente en el sentido de la inconsciencia; un viaje fuera de la consciencia.

¡Pero sólo dices cosas negativas sobre el inconsciente!

Tienes razón. El inconsciente es también el país de las maravillas, y podemos atribuirle bellos colores. Si se te antoja, puede ser dorado, como en los cuentos de princesas despertadas por un príncipe azul luego de un periplo en una calabaza, también puede ser un agujero negro lleno de tristeza, puede ser rojo como el enojo, o azul como un cielo primaveral en el campo.

Tu amiga Lucie, mi ahijada, que tiene cinco años menos que tú, un día dijo que el inconsciente se parecía a un omelette mezclándose en su cabeza. Lo que quería decir es que el inconsciente es un lindo desorden que se puede comer.

¿Entonces hay una diferencia entre ser inconsciente y tener inconsciente?

Sí, quien es inconsciente comete actos insensatos. Tener inconsciente es tener esa casa en el interior de uno mismo, ese lugar que se sustrae de nuestra consciencia, lleno de imaginario, intuiciones y emociones. El inconsciente es cuando tú no decides, como dice Lucie de manera tan bonita. Y como dice Vitya también: “Es cuando digo algo que no quería decir”.

¿Pero hay otros nombres para designar el inconsciente?

En realidad, por un lado tenemos lo que tú inventas cuando quieres designar el inconsciente y, por otro lado, la manera en la que lo nombran los especialistas que, desde hace mucho tiempo, han creado distintos nombres para definirlo. Al ser una casa flotante y oculta, también es un doble de la consciencia. Se dice entonces que es una subconsciencia o una supraconsciencia, un estado en el cual lo que piensas está disociado de lo que haces.

¿Cómo es que lo que pienso puede estar disociado de lo que hago?

Por ejemplo, piensas que debes ponerte las botas de goma para salir a pasear cuando llueve. Te las pones con cuidado, caminas un momento y, de golpe, te percatas de que tu pie izquierdo se encuentra en la bota derecha y tu pie derecho en la bota izquierda. ¿Qué ha sucedido? En ese caso, has sido víctima de un automatismo mental, como si un robot hubiera actuado en tu lugar sin que te dieras cuenta.

¿Cómo se puede frenar ese automatismo?

Podrías luchar contra ese automatismo comprándote una bota roja y otra azul para no equivocarte, pero entonces correrías el riesgo de pasar por una persona inconsciente que no sabe distinguir la izquierda de la derecha. Toda persona tiene automatismos, toda persona tiene, por lo tanto, un subconsciente diferente de su consciencia. Toda persona también tiene reflejos, es decir, movimientos automáticos que no controla: se trata de reacciones involuntarias de los órganos del cuerpo. Desde hace mucho tiempo, ciertos filósofos, médicos, escritores y poetas se han interesado por esa idea de que nuestro pensamiento está partido en dos: por un lado, seríamos una máquina, por el otro, una consciencia.

Dime el nombre del que partió en dos mi pensamiento…

Fue el filósofo francés René Descartes quien, en el siglo xvii, hace casi cuatrocientos años, fabricó un concepto para decirlo. Dijo que existía una oposición entre la razón y lo que a ella se le escapa. Llamó cogito a aquello que pienso, aquello que cada persona piensa, y lo dividió en dos partes: una parte racional que se relaciona con la consciencia, es decir, con lo que pienso conscientemente, y una parte irracional que está relegada al campo de la locura. Esa parte puede salir de su agujero de golpe, cuando en lugar de ser razonable me enojo y no consigo dominarme. Se dice entonces que estoy “fuera de mí”, es decir, fuera de mi consciencia.

¿Y después de Descartes?

Doscientos años más tarde, otros pensadores, a quienes llamamos psicólogos o psiquiatras, significaron a esa “casa inconsciente”, a esa nave de los locos y sus delirios, como un automatismo mental: el subconsciente.

¿Pero cuál es realmente la diferencia entre la inconsciencia y la subconsciencia?

La inconsciencia es cuando alguien está inconsciente. La subconsciencia es lo que se encuentra por encima de la consciencia. La palabra subconsciente designa ciertamente la parte oculta del iceberg, pero no algo insensato que escape a la razón. Si el subconsciente te da órdenes, te domina, tiene un influjo sobre ti y te hace actuar de manera automática, eso significa que estás alienado y no que eres un orate. La diferencia es importante. Una persona alienada no ha perdido la razón ni la consciencia, sencillamente ha transportado o transferido una parte de sí misma –su alma, su espíritu, su estado mental– hacia un objeto, una idea, una institución, un médico, un sacerdote, un gran jefe, un brujo, un dios o varios dioses, y a ellos les encarga que conduzcan su vida. Ya no piensa por sí misma sino que otra cosa piensa en su lugar, ya no es libre, aliena su libertad. Pero sí tiene un pensamiento.

¿Pero cuál es entonces la diferencia entre un brujo, un sacerdote, un psiquiatra y un psicólogo? ¿Todos se ocupan de lo mismo?

Un brujo es un personaje de cuentos y leyendas al cual se le atribuyen poderes mágicos de sanación y predicción. A menudo lleva un sombrero puntiagudo y harapos, y se desplaza por los aires montado en una escoba. Pero también puede parecerse a un héroe de hoy que a ti te gusta mucho, Harry Potter, ese muchacho inglés huérfano que progresivamente, a partir de sus 11 años, adhiere a un mundo paralelo al de sus compañeros comunes. El brujo es el rey de la inconsciencia, el elegido de una secta que cree descifrar enigmas en todo el mundo.

¿Y el sacerdote?

El sacerdote es el representante de una religión, es decir, de un sistema de creencias que responde a ciertos interrogantes. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Quién me guía con independencia de mi voluntad? El sacerdote también se ocupa de los orates, pero da una significación a su inconsciencia dirigiéndolos hacia una fe o una espiritualidad, hacia algo más elevado que ellos, y que no percibimos a través del mero conocimiento racional, o sea, hacia una alienación superior. El sacerdote es el rey de los hombres que creen en un Dios todopoderoso que sería el rey del universo y del destino.

¿En qué se diferencia el psiquiatra del sacerdote?

El psiquiatra es un médico que se ocupa de los alienados en los hospitales o en la vida cotidiana: se lo va a visitar. Él mira la alienación como una enfermedad y no impera sobre los orates, pues para él no podemos ser otra cosa que alienados. El psiquiatra es el rey del subconsciente, del cual explica el funcionamiento por medio de clasificaciones, sin tener necesidad de creer en una potencia superior al hombre. Da medicamentos, consejos, tratamientos corporales o mentales para vivir mejor, comer mejor, encaminar mejor la propia vida; es un médico del alma y del cuerpo.

¿Cómo son esas clasificaciones?

Bueno, por ejemplo, en lugar de decir que alguien ha perdido su alma o que está poseído o alienado, el psiquiatra dirá que es bipolar, depresivo, hiperactivo, maníaco, borderline, perverso narcisista, parafílico, disfórico, ansioso, compulsivo, esquizoide, paranoide, psicótico, que está afectado por un burn out. Son designaciones que puedes leer todos los días en la prensa. Es el lenguaje de los psiquiatras.

¿Y el psicólogo?

El psicólogo no es médico, pero cura los trastornos del alma, las pasiones, los diversos sufrimientos. Contrariamente a los brujos y a los sacerdotes, los psiquiatras y los psicólogos son los reyes de la razón: quieren que el subconsciente sea dominado por la razón y la consciencia. Buscan curar y cuidar: se los llama psicoterapeutas. Son servidores de la razón que han aprendido un saber de los libros y que han sido iniciados a la clínica por un maestro en la universidad.

¿Qué es la clínica?

Es el arte de interpretar los signos de una enfermedad.

¿Qué tiene en común toda esta gente?

Los sacerdotes, los brujos, los psiquiatras y los psicólogos tienen un punto en común: se ocupan de las enfermedades del alma. Unos mediante la confesión o los cuidados medicamentosos o los intercambios relacionales, los otros mediante ceremonias rituales o incubaciones consistentes en tragar pociones mágicas.

¿En qué se diferencian realmente?

Los sacerdotes y los brujos creen en una verdad establecida y sagrada que no puede ser criticada y a la cual cada uno debe someterse: ritos vestimentarios y alimenticios, rezos, obediencia a una autoridad que no puede ser cuestionada. Son personas religiosas. Los psiquiatras y los psicólogos, por el contrario, son portadores de un saber enseñado que no es una verdad definitiva y del cual se puede dudar.

2

¿Dónde se esconde el inconsciente?

Me queda claro que hay distintas palabras para designar el inconsciente. ¿Pero dónde se encuentra? ¿En la cabeza?

Es una buena pregunta. El inconsciente se encuentra en el cerebro, esa masa química encerrada en tu cabeza y compuesta de vísceras a las que llamamos células o neuronas, y que se parecen a una ruta de montaña con túneles encastrados unos dentro de otros.

¿Cómo se sabe qué sucede dentro del cerebro?

Hemos comenzado a saberlo cuando los científicos tomaron en cuenta la importancia de esa masa, hace alrededor de cincuenta años (a mediados del siglo xix). En la misma época, otro científico, muy célebre, Charles Darwin, demostraba que los hombres no habían sido creados por Dios de una sola vez, sino que estos pertenecían en parte al mundo animal y estaban sujetos a una ley de la naturaleza que escapa a todo dominio: la evolución. Hoy se ha admitido que los hombres descienden de sus antepasados, los monos, y que sus cerebros han evolucionado durante millones de años, convirtiéndose en seres más complejos y más competentes con el correr del tiempo. El cerebro humano, más desarrollado que el cerebro del animal, efectivamente es portador de la consciencia, la inteligencia, el alma, las emociones, el espíritu y también el inconsciente.

¿Quién estudia el cerebro?

Los neurólogos, los biólogos, todos los científicos, médicos o no, especialistas en neurociencias: todos ellos se ocupan del funcionamiento del sistema nervioso.

¿Pero el inconsciente se esconde en los corredores del cerebro?

El cerebro permite que el hombre exista y piense. Por eso, de hecho, se suele decir que alguien muy inteligente es el “cerebro” de una organización. Pero el cerebro no es otra cosa que el soporte material del pensamiento: una máquina biológica y química que gobierna nuestro organismo. Hoy en día, gracias a los avances técnicos, el cerebro puede ser observado en sus más mínimos movimientos. Podemos verlo moverse o enojarse. Podemos observar sus fallos. Cuando experimentas una emoción fuerte, tu cerebro reacciona. Pero no se puede observar el pensamiento con un microscopio, ni siquiera con las técnicas de exploración de hoy –escaner, computadora, escucha de las resonancias magnéticas. Tampoco podemos ver el espíritu, el alma, la consciencia, la razón, el subconsciente. El inconsciente no se esconde en el cerebro, pero existe gracias a él.

¿Pero cómo puedes decir que existe gracias al cerebro si no lo podemos ver?

Porque el inconsciente es una abstracción, es decir, una representación de la mente: lo pensamos, lo sentimos, lo construimos, pero no podemos tocarlo, verlo ni capturarlo. Y por eso no puede ser únicamente cerebral. En realidad, no vive en ninguna parte pero sí se manifiesta, se expresa. Está envuelto por la consciencia, que tampoco vemos.

Y cuando una persona ya no tiene cerebro, ¿de todos modos tiene inconsciente?

Desde luego que no, ya que el cerebro es la máquina que comanda todos los órganos del cuerpo, incluidas las neuronas que permiten pensar. Cuando una persona ya no tiene cerebro, o su cerebro no funciona para nada, está muerta, aun cuando se la mantiene en vida de forma artificial con tubos y máquinas. Se dice entonces que esa persona está en estado de muerte cerebral.

El cerebro sí que puede verse, ¿pero tiene actividad?

Sí, pero no puede escribir un libro solo, ni componer música, ni construir ciudades, ni inventar religiones. Sólo un sujeto que piensa puede hacer semejantes cosas. Y sólo un sujeto que piensa tiene un inconsciente escondido en su consciencia.

¿Pero entonces cómo se sabe que el inconsciente existe de verdad?

El inconsciente existe como una fuerza, como una energía que se manifiesta por medio de lo que sentimos, por medio de las emociones. Cuando estás alegre sin saber por qué, cuando tienes la impresión de que puedes volar por los aires para atrapar un pájaro, o que en lugar de tus botas de goma tienes botas de siete leguas que te permiten correr más rápido que una gacela o una cebra. Si el inconsciente no tiene color ni olor, sí puede ser de una gran belleza, pues es misterioso y perturba el cerebro, como dijo en The Prelude el poeta inglés William Wordsworth, maravillado por esa fuente oculta de donde manaban sus propios pensamientos:

Mantenía una comunión inconsciente

con la belleza (…)

Cavernas había en el interior de mi mente

que el sol jamás podía penetrar.1

Pero esa energía que sale de una caverna ¿puede atravesar el cuerpo?

El inconsciente también se manifiesta por medio del lenguaje, cuando habla en tu lugar o cuando piensa en ti, como subraya Zoé, quien dice lo mismo que Jacques Lacan y el filósofo Averroes. Si, por ejemplo, tú quieres decir “yo quiero a mi papá” y, en lugar de eso, dices “yo quiero a mi dromedario”, te sorprenderás e intentarás entender por qué una frase sustituyó a la otra. Y te verás obligado a entender por qué, al pensar en tu papá, pronunciaste la palabra dromedario. ¿Acaso tu padre te regaló un dromedario de peluche al que tú abrazabas cuando él se iba de la casa a trabajar? ¿O acaso en el momento de decir que quieres a tu papá se deslizó en tu cabeza la imagen de un animal al que quieres por sobre todas las cosas, más que a tu padre? Sólo el ser humano es capaz de hablar, de realizar tales sustituciones, o de inventar idiomas y palabras para expresar lo que piensa y, a su vez, lo que se le escapa cuando habla.

¿Todo el mundo sabe que tiene inconsciente?

Esa es una pregunta delicada. Esa consciencia que uno puede tener del inconsciente se planteó en Europa y en las sociedades llamadas occidentales, por oposición a las sociedades de los pueblos primeros, indígenas, autóctonos o aborígenes (habitantes primeros). Esos pueblos sin escritura viven sin Estado, sin protección. Forman comunidades regidas por costumbres y tradiciones ancestrales que se transmiten de generación en generación y mantienen relaciones estrechas con la naturaleza y los animales. Todavía son muy numerosas en el mundo de hoy: las encontramos en Amazonía, en las islas del Océano Pacífico, en África, en Indonesia, en las Antillas, etc. Esos pueblos, que fueron estudiados por los etnólogos, no piensan como nosotros. No piensan que tienen inconsciente. Para ellos, la naturaleza forma una totalidad con sus plantas, sus humanos y sus animales, y no hay división entre la consciencia y la inconsciencia, entre lo que es racional y aquello que no lo es.

¿Esos pueblos piensan algo?

Tienen un pensamiento y un inconsciente. Pero no disponen del saber sobre sí mismos que les permitiría nombrar el inconsciente o la consciencia de la misma manera que nosotros. Clasifican a los hombres, las plantas, las cosas y los animales un poco como un carpintero que hace bricolaje con trozos de madera que recoge a su alrededor. Son guiados por sacerdotes o brujos a los que se les da el nombre de chamanes, es decir, sanadores que median entre un mundo llamado invisible (los espíritus buenos y malos, los muertos, los ancestros, mitad hombres, mitad animales) y el mundo visible de la comunidad.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
71 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875995321
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